|
Collected Writings Vol. 24, Expository No. 3.
EL EVANGELIO SEGÚN MATEO *
{* [La primera parte de estas notas
fue entregada originalmente como una exposición de Mateo 13 y fue publicada así, traducida del Francés. Pero, como incluso
aquí la exposición da un bosquejo general de los capítulos precedentes, y como yo estoy facultado para agregar una versión
de las notas sobre los capítulos que siguen, he aventurado modificar de esta manera el título para conformar el documento
como un todo. La primera parte reside sólo en el capítulo 13.-Ed.]}
CAPÍTULO 13.
Con poca frecuencia un capítulo de
la palabra está tan aislado que nosotros podemos exponerlo sin tomar en cuenta la relación con lo que precede y con lo que
sigue. Hay algunos que contienen un solo asunto desarrollado lo suficiente para que podamos considerarlo separadamente. Algunas
veces, incluso un solo versículo presenta algunas características del precioso Salvador que pueden proporcionar material para
meditación durante muchas benditas horas. Pero para descubrir las ideas que se presentan en un capítulo, siempre es necesario
considerarlo en relación con esas cosas con las cuales se relaciona, según la intención del Espíritu. Esto es lo que trataré
de hacer con respecto al capítulo ante nosotros.
Este Evangelio puede ser llamado el
evangelio del reino. Es decir, relaciona la historia y los discursos de Cristo, especialmente en la perspectiva del establecimiento
del reino de los cielos. Este capítulo decimotercero nos revela los misterios del reino.
Consideremos la posición en la que
se encontraba la revelación del reino cuando el Señor la pronunció; en otras palabras, lo que eran sus relaciones para el
pueblo judío en ese momento. Con este objeto, repasemos un poco los contenidos de este Evangelio.
En el primer capítulo encontramos,
a semejanza del plan de Génesis, Números y Crónicas, la genealogía de la familia real y los dos grandes troncos con los que
las promesas estaban estrechamente ligadas, y de los que descendió Cristo: David y Abraham. Las promesas se hicieron a la
simiente de cada uno. La concepción milagrosa de Jesús, según las predicciones de la escritura, está entonces relacionada.
Luego, en el segundo capítulo, se nos
relata este nacimiento real (un asunto de alarma para Herodes que estaba en el disfrute de la realeza Judía), así como el
testimonio y el gozo hasta los confines de la tierra; la huida de Jesús a Egipto y Su regreso; y en todas estas circunstancias
se establece el cumplimiento de las profecías.
En el capítulo siguiente (3) se anuncia
el acercamiento del reino de los cielos. El profeta advierte al pueblo de la ira venidera, de la que era necesario huir; del
hacha que estaba puesta a la raíz de los árboles; él anuncia entonces, que Dios estaba buscando frutos, y que sería inútil
alardear de ser un hijo de Abraham, si uno no producía ninguno. Jesús se somete a la condición de los judíos y recibe al mismo
tiempo el testimonio de que Él es el Hijo de Dios. Aquí son profundamente instructivos Su sometimiento y humillación, y el
testimonio rendido acto seguido y rendido a Él mismo con respecto a la gloria de Su persona.
En el capítulo 4, Jesús, identificado
así en la humillación con los Judíos, y reconocido como el Hijo de Dios por el Padre, sufre la tentación del enemigo, quien
debe ser conquistado y atado, como el hombre fuerte, si uno desea saquear sus bienes; una tentación adecuada a las circunstancias
por las que pasaba el Mesías. Satanás busca apartar al Señor del camino de obediencia, instándole a que hiciera uso de Su
gloria, o para tomarla según Su voluntad, y como estando Él mismo en sometimiento a Satanás; por Sus necesidades naturales,
como el hambre; por Sus privilegios, es decir, las promesas que se le habían hecho a Él (Sus privilegios judíos o aquellos
del Mesías, según el Salmo 91); y por la gloria en el mundo, de hecho una gloria qué Él realmente poseerá de ahora en adelante
como don de Dios, incluso "todos los reinos del mundo"; y todo esto persuadiéndolo para desviarlo del camino de obediencia
en el que Él había entrado. Pero en vano. Entonces Jesús comienza, después que Juan es puesto en prisión, a predicar el acercamiento
del reino, Su morada en el lugar descrito en Isaías 9 dando lugar a la diferencia profetizada entre las últimas aflicciones
de los judíos y todas aquellas que precedieron la manifestación de la luz del Mesías.* Él predica el evangelio del reino y
confirma Su doctrina, y da testimonio a la verdad gloriosa de Su presencia, por medio de milagros de bondad que anunciaron
la visitación del Dios de Israel.
{*Cuando Satanás no puede persuadir
al creyente a alejarse del camino de obediencia, él comienza a actuar en sus adversarios, y a excitarlos a la oposición y
a la persecución. Jesús se retira antes de que este rechazo empezara de esa forma, y por lo tanto se vuelve el centro de luz
y bendición, en medio de la tribulación de Israel, según el pasaje citado.}
Habiendo atraído de esta forma la atención
de las multitudes, Él revela los principios del reino y el efecto del testimonio que le iba a ser rendido a Él (capítulos
5-7). Observen, no hay ninguna cuestión aquí acerca de la redención. Está la espiritualidad de muchas partes de la ley, o
más bien la aplicación hecha por Jesús de Sus ordenanzas tanto al corazón así como a los actos, y la introducción del nombre
del Padre como el motivo, principio y regla de conducta. Israel está aquí, como estaba, en camino, en peligro de ser entregado
al juez si no se pone de acuerdo con su adversario. Es la luz del cielo que brilla en la conducta de los hombres, por medio
de Aquel que vino del cielo.
En el capítulo 8, antes de las relaciones
históricas con Israel, nosotros tenemos un despliegue introductorio del poder que llegó y de sus efectos. Era Jehová limpiando
al leproso o la lepra de Israel, y enviando al limpio a los sacerdotes. Era, puesto que era Jehová, lo que alcanzó en poder
por sobre los límites de Israel y mostró que, mientras los gentiles vendrían del oriente y del occidente, los hijos del reino
serían echados afuera. Luego Él descendió en participación misericordiosa en todas sus dolencias y enfermedades; pero aquí,
no obstante, no teniendo ningún lugar entre los hombres; sino en medio de las sacudidas y grandes esfuerzos a través de los
deben pasar aquellos que estaban complacidos en identificarse con este rechazado por Su propia voluntad, ellos estaban seguros
en todo por ese mismo hecho, en la misma barca con Él, quién estaba allí en poder y consejos divinos, no obstante lo bajo
que Él pudiese llegar a estar. Éste era el lugar del remanente. Acerca de los otros, ellos Lo rechazarían; pero Israel, dejado
al poder de Satanás, se apresuraría precipitadamente de cabeza, como inmundo a la destrucción. Tal es la historia completa
de la venida del Mesías, de Jehová, de Jesús. Noten aquí que nosotros no tenemos al endemoniado enviado a contar del poder
que lo había sanado. Porque lo que es resaltado es el ministerio del Señor, su curso, recepción y efecto. Por lo tanto, ésta
es la relación de estos eventos para presentar la historia del Señor presentándose a Sí mismo. Es, en un cierto sentido, completa
en sí misma.
En el capítulo 9, Él continúa obrando
personalmente en el ministerio del reino. Reconocido como el Hijo de David por los hombres ciegos, y recibido por las multitudes
con admiración, Él es acusado, por el celo de los Fariseos, de echar fuera los demonios por el príncipe de los demonios; pero
el tiempo de la gracia hacia este pobre pueblo no había terminado todavía. Cuando Jesús ve a las multitudes, Él tiene compasión
de ellas; ellos eran como ovejas sin pastor.
En el capítulo 10, como Señor de la
viña, Él envía a Sus discípulos a "las ovejas perdidas de la casa de Israel", para declararles que el reino se había acercado;
una prefiguración (por así decirlo) de la transmisión de este ministerio a Sus discípulos, cuando Él mismo hubiese sido rechazado.
Pero no hay ningún otro asunto acerca de nadie sino de Israel. Ellos no debían ir por camino de gentiles. No obstante, a causa
de esta misión general, el Señor, en Sus instrucciones y estímulos, se expresa de una manera que podía servirles como una
guía en todas las circunstancias en que ellos podrían encontrarse, ya sea en su misión propiamente dicha, o durante Su ausencia
de la tierra: sin embargo, Él considera la misión de ellos simplemente como una misión a Israel, ya sea entonces, o incluso
en los últimos tiempos. Ellos no habrían de recorrer todas las ciudades de Israel antes que el Hijo del Hombre hubiese venido.
La caída de Jerusalén ha postergado ese evento hasta que Dios reasuma Sus obras hacia Israel.
El Señor, reasumiendo Sus obras de
amor, con ocasión de la llegada de los discípulos de Juan, hace un recuento de
toda la historia de esa obra entre los judíos (capítulo 11). El mismo Juan el Bautista, toma el lugar de un discípulo en vez
de un profeta, y el Señor da testimonio de él, en lugar de recibir testimonio de él. El reino de los cielos, en lugar de establecerse
en poder, al ser rechazado, es tomado solamente a viva fuerza, en desafío a las dificultades y a la oposición de los hombres;
porque los judíos, ya sea que uno les hubiese cantado lamentos fúnebres o tocado flauta, no habrían respondido al testimonio
de Dios. El rechazo de Jesús, un rechazo que Él acepta con entera sumisión, se explica por esto: sólo el Padre podía conocer
al Hijo, y sólo el Hijo podía revelar al Padre. El Mesías desaparece, por así decirlo, en Su gloria, demasiado pura para que
el hombre la reciba. Pero la gracia sólo brota en mayor abundancia, y HABIENDO SIDO ENTREGADAS TODAS LAS COSAS AL HIJO, ya
no es más un asunto acerca del Mesías de los judíos. Él invita a todos aquellos que están "trabajados y cargados", a venir
a Él. Es un capítulo del más alto interés.
Acerca de esto, en el capítulo 12 el
Señor rompe decididamente con los judíos. Él es Señor del día de reposo, dado como una señal del pacto con ellos, el Señor
en la gracia, mas aún Señor. Los Fariseos buscan matarlo. Él se esconde, y la luz de los gentiles comienza a amanecer en el
testimonio de Dios. Reconocido nuevamente como el Hijo de David por un pueblo sorprendido, los Fariseos pusieron el sello
a su iniquidad y a su condenación, atribuyendo de nuevo Sus obras al poder del príncipe de los demonios. Sobre esto, Jesús
pronuncia su juicio: la blasfemia contra el Espíritu Santo no se perdona. La
señal demandada por la generación perversa es negada: no le será dada ninguna otra señal, sino la señal del profeta Jonás.
Incluso el pueblo de Nínive y la reina del Sur los condenará, y por último el espíritu inmundo que había salido de las personas
volverá a entrar en ellas con otros espíritus peores, y su postrer estado será peor que el primero.* Tal será el fin de la
generación que rechazó al Salvador. Como resultado de eso, Él renuncia a los lazos de naturaleza que Lo relacionaban con este
pueblo como el Mesías según la carne y no reconoce ninguna otra relación mas que la obediencia a Su Padre.
{* Yo creo que esto se verificará en
la idolatría de los judíos bajo el Anticristo, en los últimos días.}
Este rápido bosquejo del contenido
de estos doce capítulos de la preciosa revelación de Dios, nos mostrará la importancia de la posición del capítulo 13, al
que hemos llegado ahora, y del que nos vamos a ocupar más particularmente. Está basado en el rechazo del Hijo del Hombre,
el Mesías, por la justicia propia de Israel; y, de hecho, en el juicio ejecutado sobre este pueblo a consecuencia de este
rechazo del Heredero de las promesas.
Por consiguiente, dirigiéndose el mismo
día a las multitudes, Jesús ya no aparece más como buscando fruto. Ya no era más un asunto de Su vid o Su higuera. Él siembra
-Él es un sembrador. Él no encuentra nada: Él trae con Él lo que puede brotar y producir fruto por Su gracia. Él distingue
plenamente a Sus discípulos; a ellos les es dado comprender los misterios del reino de los cielos, lo que no es concedido
a las multitudes cuyo corazón se ha engrosado. Él les habla en parábolas -una luz preciosa para el remanente guiado por Dios;
oscuridad para las personas guiadas por su propia ceguera.
Aquí, entonces, el Señor toma el lugar
de un sembrador, y la palabra cae aquí y allá, sobre todo tipo de tierra. Pero, habiendo tomado este carácter, ya no es más
simplemente un asunto acerca de los judíos (allí uno habría buscado fruto), sino, en
principio, acerca de cada oidor de la palabra. Sin embargo, no tenemos aquí la unidad de la iglesia, el cuerpo de Cristo,
en el cielo, sino Su trabajo en la tierra; y entonces, después de eso, las formas que deben tomar en la tierra, el reino y
el juicio relacionados con esto. Yo no diría que las consecuencias de eso no irían más allá, sino que aquí está contenido
el tema de este capítulo. Era el tiempo de la siembra, porque no había nada. Cada individuo que oyó llevó fruto según la naturaleza
de la tierra dónde cayó la semilla. Porque no tenemos aquí los secretos de la eficacia de la gracia de Dios, sino la responsabilidad
del hombre, y los efectos exteriores que seguirían como consecuencia de la obra efectuada en este mundo. Así la palabra era
"la palabra del reino", -el testimonio dado a los derechos de Cristo por la gracia de Dios- la
proclamación del establecimiento de la autoridad de Dios en la tierra -podía ser en la gracia, pero aún así requiriendo
la sumisión del hombre. El reino así proclamado tenía un carácter moral, porque era el reino de Dios, teniendo promesas preciosas
y una seguridad que estaban más allá de todo precio. Pero era, al mismo tiempo, el reino de los cielos cuya autoridad sería
establecida sobre la tierra, el gobierno de Dios aquí abajo, y Su obra con respecto a este gobierno; y no la iglesia unida
a Cristo en el cielo.
No obstante, en esta primera parábola
el Señor no presenta un símil del reino de los cielos, aunque la palabra era "la palabra del reino", porque aquí el asunto
no es generalmente sobre los efectos y resultados de la semilla, bajo el gobierno de Dios, sino sobre el hecho de la siembra
y el resultado individual, según la tierra dónde cayó la semilla. Por lo que respecta al trabajo del sembrador, este era un
asunto de individuos. El resultado sería un todo que requeriría, de hecho, una obra de separación, pero que era, no obstante
y mientras tanto, un todo. La obra no adoptó la corporalidad judía como su terreno; no reconoció a la antigua viña. Un sembrador
sembró, y cada grano, por así decirlo, tenía tal o cual efecto en el corazón dónde caía.
Aquí había un punto importante en la obra, o en la predicación del reino; la individualidad y la responsabilidad individual.*
Más aún, este era un principio siempre verdadero, pero que la propia obra pone en evidencia, -qué estaba en la raíz de la
obra, porque DIOS y el HOMBRE fueron totalmente manifestados. No era simplemente un asunto sobre el gobierno de un pueblo;
sino que el primer principio, la base del Cristianismo, iba a ser que cada uno debe llevar su propia carga. La gracia une
a aquellos que han recibido esta semilla con el buen efecto, porque la vida es común y el Espíritu es uno. Sin embargo, cada
uno recibe para sí y no puede desligarse de su propia responsabilidad con respecto a esto; una responsabilidad que hace referencia,
no sólo a su conducta moral como hombre, sino a la recepción del testimonio que la actividad del amor de Dios viene a esparcir
en el corazón, como semilla entre los hombres. ¡Si Dios es el juez, el principio de la responsabilidad individual fue siempre
verdad para el propósito del juicio eterno, y debe ser así! Él juzgará a cada hombre; no obstante, no era el principio en
que el sistema judío estaba basado aquí abajo; sino que, después del rechazo del Mesías por este pueblo, este principio fue
puesto en evidencia y se relacionó con la única cosa que permanecía como un terreno de relación entre Dios y el hombre; es
decir, el testimonio de Su amor y la revelación de Sus demandas sobre el corazón.
{* Es un principio que el Catolicismo
destruye completamente, poniendo a la iglesia y el reconocimiento de su autoridad ANTES de la recepción de la palabra bajo
la responsabilidad individual, mientras sin embargo, al final, esto deja a cada hombre su propia carga. Es la iglesia haciendo
la guerra contra Dios, y no el fruto de la bendición a la que el hombre es llamado.}
Yo me abstengo de entrar profundamente
en el significado de esta primera parábola, no porque no es importante (lejos de ello), sino sólo porque pienso que se debe
haber hablado tan a menudo sobre ella, tanto en público como en privado, en presencia de los lectores de estas páginas, que
es escasamente necesario hacerlo. Lo único que repetiré aquí es, que lo que hemos presentado no es una explicación doctrinal
del origen del bien, sino la obra real y su resultado real bajo la responsabilidad del hombre -los hechos de la nueva dispensación,
y no los consejos de Dios.
Lo que distingue a la buena tierra,
en lo que a la recepción de la palabra respecta, es la comprensión de la palabra por un hombre. En el caso contrario, hablando
estrictamente, él no la entiende: en los dos otros casos, está la apariencia de ello, pero ningún fruto: aquí uno no tiene
en cuenta nada más que el fruto.
Hasta aquí, sólo tenemos "la palabra
del reino." En las seis parábolas siguientes tenemos similitudes del reino mismo, o las formas que el reino toma después del
rechazo del rey en la tierra, y como consecuencia de la siembra de la palabra. Es fácil diferenciarlas en dos partes; a saber,
las tres primeras y las tres últimas, con la explicación de una de las primeras. Las primeras se dirigen a las multitudes;
las últimas, a los discípulos separadamente. Las primeras, me parece, nos presentan el exterior del reino en el mundo, su
estado tal como el mundo lo ve, sin pronunciar en absoluto el juicio de Dios acerca de éste. Ellas son históricas, como ya
hemos visto. Las últimas nos entregan los pensamientos e intenciones de Dios en el reino que existe aquí, y el resultado de
este todo externo. La eficacia de la gracia nunca se menciona en este capítulo; es una historia y no una explicación de doctrina.*
{* En las tres primeras, es el resultado
real de la semilla en el mundo. En las tres últimas, es el motivo poderoso que gobernó el corazón de aquel que fue guiado
por este motivo según el secreto de Dios.}
Se observará que aquí encontramos,
como en muchos otros lugares cuando el Espíritu nos presenta alguna vista general de los pensamientos de Dios, el número perfecto
de siete, dividido, como generalmente es el caso, en cuatro y tres -cuatro parábolas dirigidas a las multitudes, y tres a
los discípulos.
Yo he dicho que las tres primeras parábolas
nos presentan el exterior, el aspecto del reino para con el mundo; pero eso no impide a un hombre espiritual discernir los
principios que están obrando allí, ni juzgarlos según la mente de Dios; al contrario,
es lo que nosotros deberíamos hacer constantemente para caminar debidamente según la sabiduría de Dios.
Sin embargo, me ocuparé principalmente
con la explicación de lo que ocurre en la parábola misma. La primera idea que se nos presenta del reino descrito así en estos
misterios, es una obra hecha en un campo por su dueño; pero todo lo que él hace ahora es sembrar allí la buena semilla. El
trabajo que ha hecho puede fallar en su resultado general, en el campo, aunque la semilla no puede ser cambiada; y esto es
lo que llega a suceder.
Mientras los hombres duermen, el enemigo
de Aquel que siembra la buena semilla y a quien pertenece el campo, viene a sembrar la cizaña; y el campo, o la belleza de
la cosecha, son estropeados. El dueño del campo deja esas dos cosas para que lleven sus frutos apropiados. Él, a quien el
campo pertenece, había hecho Su obra; el enemigo había hecho la suya mientras
los hombres dormían; entonces él también se fue por su camino: el efecto era una triste mezcla en el mundo, de la que los
hombres podrían acusar al dueño del campo; pero siendo manifestado el asunto por sus efectos (porque había sido hecho en secreto),
los siervos lo descubren cuando llega a ser público. El amo explica a los siervos que vienen a Él y reciben su instrucción
de Él, que es la obra del enemigo y que la cosecha, por lo que respecta al mundo, se estropeará. En el momento de la siega
Él aplicará un remedio, es decir, en el momento del juicio, que hará una distinción en el campo entre lo bueno y lo malo.
No era asunto de los siervos destruir la cizaña. Ellos no eran los ejecutores del juicio del mundo, y el tiempo mismo aún
no había llegado.
Siendo establecido el reino aquí abajo
por la siembra durante la ausencia del rey, y no en poder, y por consiguiente por juicio, la confusión resultante de ello
sería el triste carácter del reino, hasta que deba ser establecido en poder, y el juicio deba acabar con el desorden producido
por Satanás.
Comparen aquí la manera en la que el
Señor presenta Sus modos de hacer las cosas con la descripción de la semilla en Marcos 4: 26. El reino de Dios es como si
un hombre, después de haber lanzado la semilla en la tierra, duerme de noche y se levanta de día, y la semilla brota y crece,
sin que él sepa cómo; porque de por sí la tierra da fruto, primero el tallo, luego la espiga y después el grano lleno en la
espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida ellos meten la hoz, porque la cosecha está lista. Durante el tiempo de la
mezcla y mientras el trigo no está todavía maduro, ningún juicio tiene lugar; si lo hubiera, podría arrancar fuera del mundo
el trigo que aún no madura.
Se ha hecho un esfuerzo para confundir
todo esto con la disciplina en la iglesia; pero el asunto es diferente. El asunto no es acerca de la iglesia o la disciplina,
sino sobre el reino y sobre el juicio que va a ser ejercido sobre el mal que Satanás ha introducido entre el trigo bueno.*
{* Mi objeto no es la controversia
sino la exposición de las parábolas. Sin embargo, debo agregar aquí una palabra sobre el valor de una interpretación presentada
a menudo de esta parábola. Es un hecho que hay una mezcla de los Cristianos con el mundo.
Muchos se aprovechan de esta parábola
para justificarse, o por lo menos para decir que nosotros no podemos arrancar la cizaña o ejercitar disciplina. En la iglesia-mundana
todo esto puede ser muy verdadero; pero, en primer lugar, si cualquiera razonase así para demostrar que el sistema de la iglesia-mundana
es bueno (porque, en realidad, su existencia es permitida), un tal profesa que como Cristiano está deseoso de hacer descender
a la iglesia a la tierra, en principio, al nivel al que Satanás, de hecho, la ha reducido; lo que es bastante para convencerme
que aquel que tiene la gloria de Cristo en lo profundo de su corazón, no se prestará ni por un momento a una idea tal. Reitero:
cuando yo encuentro que el todo está mal, yo no empiezo por arrancar la cizaña fuera de este sistema maligno; eso es lo que
harían los que se quedan allí e intentarían purificarlo. Yo no abandono el campo; no puedo hacerlo, porque "el campo es el
mundo"; pero el mal que yo hice, lo dejo de hacer. Yo todavía soy trigo, en el campo de cizaña, yo no he tocado la cizaña;
como Cristiano, yo sólo he corregido mi caminar individual en algunos aspectos, y estoy así separado por este mismo hecho,
de aquellos que persisten en el mal. Si puedo unirme en paz con otros para encontrar la presencia de Jesús según Su promesa,
tanto mejor; es una gran bendición. Pero no entro en ese asunto. Mi objeto es sólo exponer la parábola, evitando lo que es
un mero sofisma.}
En cuanto a la disciplina, apropiadamente
llamada así, siempre es ejercida sobre el trigo, y eso no con vistas a arrancarlo, sino, de ser posible, curándolo e incluso
restaurándolo aquí abajo. El hombre incestuoso fue entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que su espíritu
pudiese ser salvo en el día del Señor (1a. Corintios 5: 1-5). De hecho, él fue restaurado en la tierra, porque él se arrepintió
(2a. Corintios 2: 5-11). No es mi intención proseguir con este asunto, sino exponer las parábolas. Yo sólo me he referido
a esto con el propósito de decir, que los dos asuntos no tienen NI UNA SOLA IDEA EN COMÚN. Podemos observar aquí también,
cómo el Señor considera como un todo, el reino y todas las cosas en este, desde el principio hasta el final del mismo.
Concretamente, lo que hemos revelado
es, que el efecto de la obra de Satanás dónde Cristo había sembrado los hijos del reino, es decir, este estado de cosas en
la tierra, debe permanecer hasta la siega. La cizaña no son simplemente hombres no convertidos; ella son personas que Satanás
ha introducido, bajo la forma de Cristianismo, para estropear la cosecha de Dios en la tierra -en el lugar dónde la Cristiandad
fue establecida. No era la iglesia en el cielo, no eran las iglesias reunidas en ciertas localidades; estas ideas no se encuentran
aquí. Ellos son los hijos del reino, considerados como plantas de Dios en este mundo, pero quienes se encuentran en el lugar
dónde Satanás tenía poder para sembrar su propia semilla. El efecto, aparentemente no para honor del dueño, es explicado para
aquellos que aprenden de Él. El juicio lo explicará a aquellos que no serán enseñados.
Con respecto al juicio, la parábola
declara que hay un tiempo de siega, y no meramente la siega. En ese momento la cizaña es recogida primero y atada en manojos
CON EL PROPÓSITO de ser quemada, el trigo se recoge en el granero.*
{* El rapto de la iglesia pertenece
a esta época, a la siega, al final, pero a esta época, en lo referente a su tiempo. Parece que ella APARECERÁ en otra época.}
Generalmente hablando, el juicio o
la siega, tal como es presentada en la propia parábola, no va más allá de lo que es manifestado en este mundo. La cizaña se
recoge con el propósito de ser quemada: eso es todo; esto es lo que es apropiado para la tierra. Lo único que va más allá
de lo que es externo aquí abajo es el hecho de que el trigo es recogido en graneros. Es un hecho negativo -el trigo ya no
pertenece al campo: no aparece lo que acontece en el granero. Dios interviene por medio de los segadores para atar la cizaña
en manojos (no a paganos o a hombres no convertidos como tales, sino a los malvados de la Cristiandad, por lo menos del lugar dónde la buena semilla fue sembrada) y Él quita completamente
de la escena a Su propio pueblo. El estado natural de la cizaña es destruido, pero no es removida del campo. Éste es entonces
el resultado en este mundo, en el campo que pertenece a Cristo, en la siembra qué Él ha realizado.
La segunda parábola nos presenta el
reino durante este período. Del pequeño grano de mostaza, tal como era al principio, se forma allí un gran poder en la tierra,
de modo que los hombres buscan su protección, albergándose a sí mismos bajo sus ramas. Para la explicación de este símbolo,
comparen Ezequiel 17:23, también el capítulo 31; Daniel 4:10,12,14.
La tercera nos lo presenta, no en su
poder secular exterior, sino como un principio o doctrina que se extiende e impregna completamente aquello que se somete a
su influencia. No es aquí el corazón, o el mundo, sino el reino establecido en este mundo. La idea de la doctrina de Cristo,
en otras palabras, Su nombre, debe extenderse.
Una cierta esfera definida es sometida
a su influencia, y es llenada completamente con la profesión del nombre de Cristo. Yo veo aquí que el asunto particular que
nos ocupa es la existencia dentro de ciertos límites de la profesión externa de la doctrina o del nombre de Cristo. Estas
parábolas, como me parece, no tienen ninguna referencia al bien espiritual, ni tampoco es el propósito de ellas presentar
el lado oscuro de lo que ha llegado a suceder. Ellas son, como hemos dicho, históricas. Una percepción espiritual, quizás
cultivada y mejorada por otros pasajes de la escritura, me puede permitir que vea que un poder secular, como Nabucodonosor
o el Asirio, no es algo bueno, cuando el asunto es acerca de lo que Cristo ha establecido y sobre mi posición espiritual;
pero aquí el asunto se nos presenta como un hecho histórico; el reino iba a recibir tal carácter.
En general, la palabra levadura no
sugiere la idea del bien a una persona que está familiarizada con las escrituras; pero el propósito de la parábola es declarar
el hecho de la existencia general de la profesión externa del nombre de Cristo, dejando al discernimiento espiritual del hijo
de Dios, el juzgar aquello que existe de esta forma.
Llegamos ahora a las explicaciones
dadas a los discípulos, y a las parábolas que eran sólo para sus oídos. Aquí la semilla no es propiamente la palabra; son
los hijos del reino puestos en el mundo por Cristo, quienes tienen sus vidas -su existencia moral- de Él. Nosotros sembramos
la palabra; pero aquí el gran hecho es que el Hijo del Hombre pone a los Suyos en el mundo; es una obra que Él comienza. Siendo
rechazada la viña, Él no busca en el mundo lo que no encontró en Israel. Él introduce, pero en el mundo, a los Suyos, porque
todo había terminado en aquel entonces, por lo menos con Israel. Cuando Él ha hecho eso, Satanás hace lo mismo; activo en
el mal, en la tierra dónde había sido hecho el bien.
Israel, el pueblo de Dios, se ha vuelto
malvado, y guiado por el príncipe de este mundo, ellos rechazan a su Salvador, su Mesías. Al estar entonces Dios obrando el
bien en el mundo, Satanás asume una actitud de hostilidad activa. Todo lo que él puede hacer es estropear el efecto aquí abajo.
Pero el juicio tiene efecto sobre ello: la siega es el fin del siglo, los segadores son los ángeles; porque el asunto aquí
es acerca del gobierno de este mundo por Dios. Acerca de la expresión "DEL SIGLO", nosotros estamos acostumbrado a aplicarlo
a la iglesia; pero aquí no es un asunto acerca de la iglesia, sino de la introducción del reino de los cielos, del Mesías
siendo rechazado por los judíos. ¿En qué siglo el Señor se encontró con Sus discípulos? ¿Era esto la iglesia, o la dispensación
de la iglesia? De ninguna manera. Era una cierta época de este mundo, que iba a finalizar con la recepción del Mesías y el
restablecimiento de la ley como una regla por medio del gobierno de este Mesías. Habiéndolo rechazado el pueblo de Israel,
esta época se convierte pura y simplemente en ESTE PRESENTE MUNDO (SIGLO) MALO (Gálatas 1: 4), del que Cristo nos salva, pero
en el transcurso del cual Dios ha establecido Su reino, en el sentido del que nosotros acabamos de hablar.
El cierre final del siglo se suspende
mientras se desarrollan estos hechos, pero al final, llega su fin. Entonces el Hijo del Hombre (porque aquí está comprendido
el mundo, no solamente los judíos y su Mesías), recogerá de Su reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen
iniquidad, y ellos serán echados en el horno de fuego. Ése será el juicio de todo lo que se opone a la gloria de Cristo, cuando
Él lo ejecute. Pero aquí Él aparece como la Cabeza del gobierno
providencial de Dios, no como el Esposo que viene a buscar a Su esposa, ni como el Rey que viene a reinar en Israel, o sobre
los gentiles en relación inmediata con ellos. Es el Hijo del Hombre, Cabeza suprema del gobierno de Dios, que envía a los
ángeles de Su poder a recoger de Su reino, largamente contaminado por la presencia de los hijos del maligno, a todos los que
sirven de tropiezo.* Es un acto de Su propio poder, actuando como desde lo alto; no son los siervos los que lo ejecutarán.
Él envía a Sus propios mensajeros a recoger la cizaña y a echarla en el fuego. No entra Él mismo en el reino terrenal ya establecido.
Él actúa como desde lo alto por medio de Sus mensajeros, y los justos no son establecidos y bendecidos en el reino contaminado,
sino que ellos resplandecen como el sol en el reino de su Padre.* *
{* La primera acción concierne aquí
a los malvados, a la cizaña. En el caso de la red, el primer paso era separar lo bueno. Porque, en el caso de la cizaña, es el exterior del gobierno en el mundo, el resultado presente; en las últimas parábolas, los motivos
y el discernimiento espiritual; aunque el juicio llega por fin después.}
{* * Los justos resplandeciendo como
el sol, nos muestra cómo estas parábolas se aplican al mismo tiempo a Cristo y a los creyentes. Él abandona Su gloria terrenal,
menosprecia el oprobio, y sufre la cruz, por el gozo puesto delante de Él; pero esto necesariamente involucra a la iglesia
vista en la gloria según los consejos de Dios: -los justos resplandecerán. Nosotros vemos nuestra propia gloria en el sol,
con el que nosotros seremos iguales. En los dos casos está la gloria. "La gloria que me diste, yo les he dado" (Juan 17: 22),
para que Él, mientras aún la espera para Él, renuncia a toda Su gloria judía e incluso Su gloria personal, en cierto sentido,
para justicia, para llevar a la iglesia allí; en una palabra, Él renuncia a ello por la iglesia. Nosotros, mirando esa gloria
como nuestra, la vemos en Cristo; y así en la aplicación de la parábola, podemos decir, que Jesús lo ha hecho por la iglesia
como Su tesoro -nosotros lo hacemos por Cristo como nuestro tesoro. El consejo de Dios es que nosotros debemos estar juntos
en esa gloria.}
Éste es entonces el resultado del reino
que había sido contaminado por medio de la obra del enemigo; el juicio es la respuesta a la ausencia de todo juicio en el
reino, en el intervalo entre el tiempo de la siembra y la siega. No es, ni el gozo de la iglesia, ni el establecimiento del
trono de juicio sobre la tierra, sino la purificación del reino, la idea general de gobierno desde lo alto. Los siervos habían
pensado en restablecer aquí abajo el orden de cosas que existía entonces al comienzo arrancando el mal del mundo, para que
el campo aquí abajo pudiese estar de acuerdo con la intención de Aquel que había sembrado; o, en otras palabras, que el campo
que Él había sembrado debía ser una representación justa de Su obra y de Sus pensamientos; pero esto no era lo que iba a tener
lugar allí -esto ya no era posible.
Es un asunto de mayor revelación, que
entonces los justos (y me parece a mí que el término no necesariamente se limita a aquellos que habían vivido después que
la semilla del reino había sido sembrada) resplandecerán como el sol en el reino del Padre. Ésta es entonces la razón por
la que no había cuestión alguna en purificar el campo aquí abajo en el entretanto. Dios tenía mejores consejos reservados
para nosotros. Es una revelación que pertenece a los discípulos. El resto era el gobierno público de Dios, inteligible, o
lo que debía de haber sido inteligible, para un judío.
Las parábolas subsiguientes nos presentan
mas bien los secretos del reino -aquello que sólo concernía a los iniciados, a los discípulos. Ya no era más lo que era meramente
externo para las multitudes que Lo rodeaban. En lo que se dijo a las multitudes, todo tuvo lugar en el mundo, es decir, en
el campo, con la excepción del único hecho de que la buena semilla sería recogida y escondida en el granero. Todo pertenecía,
hablando propiamente, a este siglo, a menos que podamos exceptuar la existencia del granero. Pero en la explicación de esta
primera parábola, el Señor va más allá de lo que Él había dicho, pasa el límite, por así decirlo, y nos muestra, en el lloro
y el crujir de dientes, el terrible resultado del juicio de la cizaña: entonces Él también levanta la cortina en el otro lado,
y los justos resplandecen como el sol en el reino de su Padre. Pero esto arroja una luz completamente nueva acerca del principio
del reino. Dondequiera que esta revelación es entendida y dondequiera que nosotros actuamos según la comprensión de este propósito
de Dios, esto es un motivo para la acción.
Ya no es más un asunto acerca de cómo
establecer claramente las relaciones entre el antiguo sistema y las formas que asumió después del rechazo de Cristo, o a causa
del estado estéril de la viña; sino cómo comprender el efecto de los consejos de Dios que fueron mucho más lejos. Había allí
algo para influenciar el corazón. Nosotros hemos tenido antes los efectos de la siembra aquí abajo: el hecho de la mezcla,
y de la separación, y la forma que el reino tomó en el mundo a consecuencia de eso; aquí tenemos la revelación a los discípulos
del efecto fuera del mundo, y por consiguiente el motivo que dirigió a quién tenía comprensión en el reino (era esto lo que
caracterizó el reino en este respecto); por último, el discernimiento que supo como actuar, incluso en las circunstancias
de este confuso estado del reino, y no sólo el hecho de esta confusión en el mundo. Eso explica el orden de las parábolas.
En los dos casos, la parte histórica para la multitud sitúa la siembra y el juicio divino al final (esto es todo de lo que
puede tomar nota la mente de la multitud); y después de eso, los grandes hechos históricos, el árbol y la levadura.
Pero tenemos aquí el motivo que gobierna
e influencia al hombre que tiene la mente de Cristo -en primer lugar, el propio Cristo y nosotros por Su Espíritu- considerando
lo que se ha revelado dentro del velo; luego, la separación hecha con discernimiento cuando la red está llena. No es un caso
de sembrar una semilla, que resulta en una cosecha mezclada dejada en su estado natural hasta el tiempo de las actuaciones
de Dios. Es una actividad, el resultado del entendimiento y la motivación, basado en el descubrimiento de algo oculto, o en
la percepción y búsqueda de una hermosura que es apreciada y que merece que renunciemos a todo; o en la necesidad de haberse
separado y unidos juntos así, aquellos que constituyeron el único objeto de todo el esfuerzo y quienes previamente se habían
mezclado en la red con lo que no valía nada para los pescadores.
Una parte presenta el exterior, sobre
el que Dios ciertamente actuará al final, pero que es dejado como un retrato en su carácter completo ante los ojos del mundo:
un árbol grande, una levadura que hace leudar la masa entera. La otra parte presenta la inteligencia y la actividad del Espíritu
de Cristo, que renuncia a todo y percibe cosas buenas para valerse de ellas para renunciar a todo el resto.
Ahora, el primer principio, el principio
general de las dos primeras de estas tres parábolas basado, como yo he dicho, en la revelación de la gloria de los justos,
hecha en la explicación de la primera de las tres anteriores, es la energía que renuncia a todo a causa del descubrimiento
de lo que se vuelve de inestimable valor para el alma. Éste no habría sido el carácter del reino, si se hubiera establecido
entre los judíos; había principios y una conducta que les era apropiada. Su autoridad se habría ejercido para el mantenimiento
del bien y la justicia, y el fruto de su establecimiento habría sido una gran felicidad. Pero el reino, una vez rechazado
por aquellos que eran sus hijos, ya no era más de este mundo, y llegó a ser necesario para uno dejar todo lo que poseía, según
el descubrimiento hecho de la gloria, que después de eso pertenecía a los fieles en el reino de su Padre. Esta gloria causa
una renunciación a todo con tal de poseerla, según los consejos de Dios, de los que Él ha hecho un descubrimiento en la revelación
de este tesoro -la asamblea (iglesia), apropiadamente llamada así. El propio Cristo hizo esto, e incluso de dos maneras diferentes.
Él renunció a todo, Él se despojó a
sí mismo para cumplir esta obra y comprar la iglesia. Pero reitero: ¡de cuán gran valor para Él y para Dios debe haber sido
la iglesia, traída de esa forma a la gloria ante Él, que Él tuvo que dejar la gloria de Su Padre, Su seno, para tener y traer
de vuelta a Su iglesia con Él! En efecto, fue porque era infinitamente preciosa para el Padre, y porque Él deseó tenerla santa
y sin mancha ante Él, que el Hijo, según Su amor para con el Padre, se entregó por ella, habiéndole encomendado el Padre esta
obra, y la propia iglesia, para que Él pudiera traerla a Él; porque si el Padre ama al Hijo, y le ha entregado todas las cosas
a Él, así también el Hijo ha dado Su vida, para que el mundo conozca que Él ama al Padre, y que como el Padre lo mandó, así
Él lo hizo. Porque Él vino a hacer la voluntad de Su Padre.
Sin embargo, como Heredero real del
reino, Cabeza legal y perfecta, según Dios, de los judíos, el pueblo de Dios, y herederos de las promesas según la carne,
fue necesario para Él renunciar a todo eso, incluso a esta peculiar altura de exaltación. Él podía lamentar sobre Jerusalén,
cuyo hijos Él quiso juntar tan a menudo. Él podía entender el valor de cualquier cosa que era gloriosa en esa situación. Él
podía sentir toda la fuerza de esas palabras: "me alzaste, y me has arrojado," Salmo 102. No obstante, por el gozo de poseer
la iglesia, esta creación justa y preciosa del Padre en gracia y luz, esta joya de la luz de Dios, esta expresión de los pensamientos
del Padre en la gracia, testigo durante las edades por venir de la gracia que ha recibido (y eso porque es el reflejo de ella)
-por el gozo, digo yo, que siguió al descubrimiento de este tesoro que no era del mundo sino de Dios, en la luz, Él renunció
a todo lo que Él poseía entre los judíos; Él consideró todo lo demás como nada.
Respondiendo perfectamente al pensamiento
de Dios Su Padre, en consideración de aquello que era el objeto glorioso del amor de Dios, una creación no externa a Él como
Creador, sino formada para estar ante Él, según Su naturaleza que Él le había comunicado hasta donde era posible, Cristo -quién
de hecho, se había despojado a Sí mismo, pero quién no por esto respondió menos sino tanto más al pensamiento completo del
Padre, renunció a todo para cumplir con la voluntad del Padre y para poseer Él mismo este tesoro. Así el reino toma este carácter.
Es en CRISTO que NOSOTROS lo vemos, incluso este reflejo de la naturaleza del Padre, porque Él no es sólo por gracia (una
gracia creadora y comunicativa), sino que es esencialmente el reflejo y la imagen de la gloria del Dios invisible. Él es moralmente
la manifestación de esto en todas las cosas, y además de eso, considerando que en Él habita corporalmente toda la plenitud
de la Deidad. Así nosotros también, por causa de Cristo
glorificado ante el Padre, para esta gloria que tendremos con Él, cuando seremos semejantes a Él, viéndolo como Él es, pero
que de aquí en adelante también vemos en Él -nosotros también renunciamos a todo ahora. (Compare con Filipenses 3: 7, 8.)
No obstante, es Cristo quien nos ha dado el ejemplo de esto, por la entrega a Su Padre; Pablo era solamente un débil imitador
de Él, quién lo inspiró, y le había proporcionado el modelo perfecto de esa entrega.
Pero entonces Cristo, como quiera que
Él pudiera renunciar a Su gloria y derechos terrenales, no podía poseer todavía a la iglesia limpia y gloriosa como siendo
Su propiedad peculiar, separada para Él. Él debe tomarla en el mundo; pero eso no es un obstáculo para Él, Él la pone allí
y compra el campo entero. Pero el tesoro es Su objeto, y es suficiente para comprometerlo a tomar el campo entero; porque
el asunto aquí no es el gobierno benéfico que será establecido en el mundo cuando se habrán ejecutado los juicios que lo habrán
purificado, sino de algo que Él toma por causa del tesoro que está escondido allí. En otra parte, en los profetas, vemos todas
las bendiciones que fluirán de Su reino (la iglesia, la nueva Jerusalén, siendo glorificadas, de modo que las naciones andarán
a la luz de ella), bendiciones que serán el efecto de la administración pública del reino del Hijo del Hombre. Pero aquí tenemos
los misterios de este reino presentados a una comprensión espiritual.
Pero antes que nada, notemos aquí:
Dónde tienen lugar estas revelaciones de los secretos del reino; DÓNDE tiene lugar esta alegría que es motivo suficiente para
que Él, quién la posee, renuncie a todo, que es motivo para que Él sienta que todo es pérdida en comparación con esta gloria;
DÓNDE tiene lugar este discernimiento que puede percibir así la belleza de la perla de gran precio, de modo de permitirnos
entender que nosotros obtenemos todo renunciando a todo; -este discernimiento, por el que la comprensión espiritual, que puede
juzgar todas las cosas, percibe que guardar cualquier otra cosa sólo es impedir la posesión de aquello que esta inteligencia
divina prueba y aprecia, y que decide así en pleno conocimiento del caso. La opción está hecha, la naturaleza que busca perlas
ha encontrado la perla que la satisface. ¿Dónde está el lugar, digo yo, dónde tienen lugar estas revelaciones que excitan
y satisfacen esta naturaleza divina? Es "en la casa" donde estas cosas eran dadas a conocer a los discípulos que siguieron
a Jesús en separación, quienes lo amaban a Él. Ellos ya lo siguieron, ellos lo siguieron en separación; ellos recibieron en
separación lo que Le pertenecía, como estando Él mismo en separación del mundo. La multitud no las recibe.
Lleguemos ahora a la aplicación, o
más bien a la explicación, seguida por la parábola del tesoro escondido en el campo. Tenemos aquí el pensamiento secreto de
Dios. El asunto no es propiamente ese carácter externo del reino, sino el pensamiento interior de Aquel que está actuando
allí. El propio Cristo ha tomado un campo para Él, pero para uno que entiende Su pensamiento, ¿-es el campo Su objeto al tomarlo
ahora? No; es el tesoro que está en él. ALLÍ ESTÁ lo que llena Su corazón y que fue el motivo para hacer lo que Él hizo. Dios
le dio poder sobre todos los hombres para que Él pudiese dar vida eterna a todos aquellos a quienes el Padre le había dado.
No se me entendería por eso de decir que todos los hombres son el campo, sino solamente para mostrar como podía haber dos
pensamientos en los consejos de Dios.
Un campo ha sido comprado en el reino
de los cielo. Quizás en apariencia, el campo es el objeto que el comprador tenía a la vista. Cristo tiene el derecho de posesión
sobre este campo; Su autoridad debe reconocerse allí, porque Él lo ha comprado; pero el gozo de Su corazón, Su objeto en todo
eso, es el tesoro (la iglesia) qué está escondido allí. Lo que fue comprado por Cristo y que Le pertenece visiblemente, allí
donde Su nombre es eternamente reconocido en los tiempos de los misterios del reino, lo que es Su derecho, y lo que la comprensión
del hombre pudiese reconocer como la compra que Él hizo, eso que es un campo que un hombre compró, no es lo que Él tiene presente,
porque Él piensa en el tesoro que está oculto allí. Es la forma que ha tomado el reino.
Él no puede poseer la iglesia todavía,
pura, arrebatada al cielo para reinar con Él. Mientras tanto, ella está en el mundo; y el reino toma el carácter de un todo
que, en apariencia y por derecho, es un señorío, una posesión que pertenece a Cristo, pero de cuyos reales secreto y objeto,
sólo son conocidos por aquellos que tienen la mente de Cristo. Él ha tomado el campo a causa del tesoro,* pero lo que Él tiene
presente es el tesoro absolutamente puro tal como es conocido por Él. El ministerio de Pedro no distinguía todavía los dos,
aunque él y todos los santos después de él formaron parte del tesoro comprado. Pedro tenía las llaves del reino. Pablo se
convirtió por medio de la doctrina de la unión de Cristo y la iglesia unida a Él en la gloria; él no conoció a Cristo según
la carne.
{* Aunque el gran principio de renunciar
a todo por Cristo es un principio verdadero (y ya hemos hablado de esto), no podemos aplicar los detalles de esta parábola
a la historia de un alma individual. Un alma nunca es llamada a comprar nada para tener el tesoro; sino a buscar el no tener
nada excepto este. De hecho, en la historia de las almas, algo similar ocurre a menudo; es decir, uno abraza el Cristianismo,
el verdadero Cristianismo, con un gozo que se apodera de todo de una manera carente de discernimiento, por así decirlo. El
alma posee en efecto el verdadero tesoro, pero todavía no ha discernido en absoluto la belleza completa de esta perla exquisita.
El gozo se vuelve entonces, en apariencia, más contenido, pero la percepción espiritual de los pensamientos de Dios es más
real y profunda.}
Esto es lo que Sus discípulos deben
entender, cuando ellos ven aquello que es como una posesión que ha correspondido a Cristo, lo que pertenece a Él. Sus discípulos
entenderán lo que era el real objeto de Su corazón, y distinguirán claramente entre el campo y el tesoro que éste contenía,
aunque por estar el tesoro o la iglesia escondidos por el momento en el campo, la administración del gobierno de Dios debe
tomar esta forma exterior. *
{* Todos esto no afecta de ninguna
manera el asunto de la conducta o del deber de un santo en estas circunstancias. La parábola sólo presenta los pensamientos
de Dios con respecto a los hechos. Ésta era la forma que el reino tomaría, o más bien una figura que lo representa. El campo
comprado es del todo un pensamiento abstracto; nosotros siempre estamos en peligro de confundirlo con el estado real de cosas,
mientras que la parábola sólo nos presenta el principio. Yo he tratado de evitar esta trampa, pero no estoy seguro de haber
tenido éxito. En principio, Cristo ha comprado el mundo, y la iglesia está EN EL MUNDO. Su autoridad sólo se extiende a una
parte muy pequeña del mundo; y una parte, anteriormente sujeta a Su autoridad, ahora incluso se ha sublevado de ella; pero
la parábola no toca nada acerca de estos hechos. Es decir, sólo presenta el principio de que hay un tesoro escondido que ni
siquiera fue comprado sino que fue encontrado, y se compró algo externo por amor a este tesoro, escondido así allí, necesariamente
y de hecho; no es el asunto aquí si el tesoro existe como un todo individual, o en varias piezas. El comprador toma el todo,
tal como es, por causa del tesoro. El asunto de esta parábola es el gozo que Él encuentra en la belleza de este tesoro (la
iglesia). Aquí está el hecho del campo comprado como un todo; que Él podría poseer el tesoro que era estimado para Él. Tampoco
es este un asunto del establecimiento de la autoridad de Cristo bendiciendo en este mundo, ni de Su gozo en la liberación
de la creación misma. Eso tendrá lugar en el mundo por venir, cuando ya no habrá más un interrogante sobre los misterios del
reino. Este misterio de Dios se terminará; se manifestarán los resultados naturales del reino del Salvador, también la belleza
de la iglesia será manifestada en lo alto; y su gloria resplandecerá por todas partes.}
Es más, el reino de los cielos es semejante
a un mercader que busca buenas perlas. Aquí vemos al Señor juzgando, según Su inteligencia perfecta, la belleza moral de lo
que Él habría tenido para Él a cualquier precio. No es aquí simplemente el gozo de poseer un tesoro, sino de diferenciar y
valorar el tesoro que Él buscó y qué Él pudo apreciar y distinguir de todos los otros. Así el Espíritu de Cristo en su operación
real sólo descansa definitivamente en la iglesia, y eso no sólo en el gozo de poseerla, ni en lo de consumar salvación en
su redención, sino que en la consumación de todos los pensamientos de Dios, de toda esa belleza moral que puede tener su fuente
en el corazón y puede reproducirse para Él en esa iglesia que Él dio a Cristo. En particular, la epístola a los Efesios nos
presenta este pensamiento: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo,
para que fuésemos santos y sin mancha DELANTE DE ÉL en amor. Éste es su reproducirse en gracia. ¿Y cuál es el llamamiento
de acuerdo con el que nosotros debemos caminar? Es que nosotros somos "morada de Dios en el Espíritu." Él nos ha dado un lugar
que es para la alabanza de la gloria de Su gracia.
Mientras más examinamos esta epístola
y mientras más comprendemos el pensamiento de Dios que aparece allí, más percibiremos la perla que es de gran precio en la
estima del mercader, quién exclusivamente es capaz de estimarla. La repetición de la palabra enfática ÉL, Su PROPIA voluntad,
etc. que ocurre en el Griego, da fuerza adicional a este comentario.* Entonces, mis hermanos, ¡qué pensamientos debemos tener
de tal llamamiento de la iglesia, y de la propia iglesia, así ante Dios, tal como Él puede tenerla ante Él y encontrar satisfacción
allí, y encontrar nuevamente Sus propios pensamientos en ella, que pueda ser el deleite de Él, quién es la única fuente de
lo que puede ser conveniente para Él, y que pueda estar preparada para estar para siempre ante Él! Pero, para recibirla, para
darla a Cristo, fue necesario que Él tuviese que hacer tal cosa. ¡Qué pensamiento para nosotros! Para que nosotros pudiéramos
gozarlo, Él nos dio el propio Espíritu, y de Su propio Espíritu. Compare Efesios 3:16-21; vea también 1a. Juan 4:13. En este
último pasaje, el asunto es un individuo -su estado, y la prueba práctica como resultado de esto. Pero hay aún otra idea que
debemos sacar, y que causa que esto explique el estado del reino; es, que Cristo se despojó de todo para poseer este tesoro.
¿Dónde está Su gloria, Su reino, Su juicio, Su poder?
{* Yo expongo estas expresiones aquí
según su fuerza en el Griego: "Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprensibles
delante de él, en amor, habiéndonos predestinado a la adopción PARA SÍ MISMO, por medio de Jesucristo, . . . para loor de
la gloria de Su PROPIA gracia." Nuevamente, en el versículo 9, " habiéndonos dado a conocer el misterio de Su PROPIA voluntad, según
su propia buena voluntad que se propuso en SÍ MISMO", y, en el versículo 11, al "consejo de su propia voluntad".(Traducción
de textos de Efesios incluido en la Santa Biblia, versión
J.N.Darby en inglés - Nota del Traductor) }
El reino no tiene ninguno de estos
caracteres; pero nosotros, discípulos, conocemos a Cristo quien, aunque era rico, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros
con Su pobreza fuésemos enriquecidos. Él está escondido en Dios. La epístola a los Efesios habla de estos consejos de Dios
con respecto a nosotros, de estos consejos tan preciosos para nosotros. Aquí tenemos la misma idea, pero la idea del reino
perdido en aquel de la gracia. Cristo ama el tesoro, Él aprecia la perla. Él es en Sí mismo no solamente el reflejo, sino
la expresión perfecta de lo que el Padre es. Él sabe como presentar a Sí mismo a la iglesia, sin mancha, ni arruga, ni cosa
semejante. La perla está en Su pensamiento antes de que Él la encuentre como el objeto de Su amor. Pero entonces Él es presentado
aquí como un hombre que encuentra, no como Dios que crea y quién es la fuente de la belleza del objeto encontrado, como Sus
pensamientos son el prototipo de ello, de la belleza que satisface al que la encuentra y al Creador.
Aunque la iglesia es de Dios en su
existencia y su belleza, también debemos tener en cuenta lo que Cristo ha hecho, según los consejos de Dios, según la plenitud
de Su deseo, y el deleite que Él tiene en estos consejos. Él se entrega por eso, y Él se despoja de todo para poseer la iglesia,
tal como esto es según el pensamiento de Dios; y, para el discípulo que tiene entendimiento, éste es el carácter que toma
el reino. Es el tesoro de Cristo en este mundo, en el campo que Él compra; es la perla completamente pura, fuera de cualquier
concha de la que pudiese haber salido, la que responde a todo lo que busca Su corazón.
Hasta ahora tenemos la inteligencia
espiritual, con respecto a la comprensión del principio que caracteriza el reino en el pensamiento de Cristo, sobre el que,
en consecuencia, el creyente actúa según la medida de su inteligencia. Pero hay, además, una separación real de los elementos
que se mezclan dentro de él. En efecto, la red ha recogido todo tipo de personas fuera del mar de pueblos. Cuando la red está
llena, aquellos que la han sacado, los pescadores, se sientan en la orilla; ellos recogen lo bueno en vasijas y desechan lo
malo. Detengámonos aquí por un momento, porque importantes principios se presentan
a nuestros pensamientos. Los pescadores están ocupados de lo bueno: ellos lo ponen en vasijas. En cuanto a lo malo, ellos
sólo lo rechazan, y lo desechan: allí está el efecto de la comprensión del pescador. ¿Cuál es su objeto? ¿de qué se preocupa
él? De los peces buenos. Para tenerlos según su deseo y propósito, él debe de paso, desechar los otros, porque sólo es así
que él puede tener los bueno. Excepto a este respecto, él no tiene nada que ver con los malos -ellos no son de su incumbencia;
ellos son sólo un estorbo para él: la red no fue echada para ellos. Él recoge lo bueno en vasijas. Tampoco es de su incumbencia
su último destino: su tarea es recogerlos, y recogerlos en vasijas separadas. En esto aparecen su capacidad, su diligencia
y el éxito de sus esfuerzos. Sin éstos, él no podría hacerlo. Todo esto se dirige exclusivamente a una mente espiritual, sin
la cual nosotros no podemos entender estas enseñanzas. Pero hay una obra, los efectos que serán inteligibles por necesidad;
y como en la exposición de la parábola de la cizaña, tenemos el hecho adicional de la gloria del justo en otra esfera -un
hecho que representó en buena forma la aparente negligencia que había tenido lugar en el gobierno del reino; así en la explicación
de la red, tenemos un hecho que no está en la parábola, a saber, el juicio de los malos.
Los ángeles vendrán al fin del siglo,
y apartarán a los malos de entre los justos (ellos no se involucran aquí con los justos, como hicieron los pescadores), y
ellos los echarán en el horno de fuego, donde será el lloro y el crujir de dientes. Está bastante claro que éste es un procedimiento
totalmente diferente de lo que está relatado en la parábola, y que va más allá del contenido de ella. El asunto no es simplemente
la red, es una separación general y definida de los malos de entre los justos en ese momento. Los pescadores sólo se preocupaban
del contenido de su red y con lo bueno que se encontraba en ella. Los ángeles, al final del siglo, apartan a los MALOS; es
una obra general; y en este mundo dónde ellos están mezclados, no son los ángeles los que tienen que ver con la red.
Debemos observar bien que las dos cosas
ocurren en este mundo. No hay nada acerca de separar lo bueno y lo malo en el cielo. Tampoco hay algo aquí acerca del gran
trono blanco, sino sobre el fin de este siglo. Lo bueno que se encuentra en la red se separará y se pondrá en vasijas por
aquellos que han sacado la red a la orilla, según su discernimiento de lo bueno y lo malo; entonces los ángeles tomarán a
los malos en este mundo, los separarán de entre los justos que se encontrarán allí y echarán a los primeros en el horno de
fuego. Éste no era asunto de los pescadores. Pero los dos eventos tienen lugar en el mundo; al fin del siglo. Los ángeles
no tienen nada que hacer con los buenos, sino dejarlos; mientras los pescadores se ocupan de los buenos, para disponer de
ellos, rechazando y dejando de lado a los malos.
Se supone aquí que los discípulos entendían
todas estas cosas; el Señor los considera en esta luz; ellos son sabios, los entendidos de Daniel. Por lo cual Él dice, todo
escriba instruido en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.
Nosotros vemos por estas palabras el carácter de las enseñanzas que el Señor había dado recién; no hay ningún asunto acerca
de la iglesia como iglesia. Es verdad que los discípulos llegaron a ser parte de ella después, pero Él no los considera a
ellos en ese carácter. Lo que nosotros tenemos aquí es la aplicación de lecciones acerca del reino de los cielos al conocimiento
adquirido como por escribas en el Antiguo Testamento. No hay nada acerca del misterio escondido y después revelado por el
Espíritu Santo a los apóstoles y profetas; sino que tenemos luz proyectada por el reino y sus misterios, en las promesas y
el gobierno de Dios, los cuales un escriba habría encontrado en la ley y en los
profetas. Éstas eran cosas nuevas, pero ellos estaban relacionados con las cosas viejas; ellos no las pusieron de lado. Si
Pablo hubiese conocido a Cristo según la carne, él ya no lo conocía así. En su caso, el tema eran cosas completamente celestiales,
incluso el propio Cristo. Él hace notar, es verdad, en algunas digresiones, a manera de argumento, lo que se relaciona con
las cosas viejas; pero por lo que respecta a su ministerio directo, él ya no las conoce más.
Habiendo completado lo que yo tenía
que decir acerca de este capítulo, hago una pausa. Probablemente otros pueden agregar mucho a lo que he comunicado. En cada
pasaje de la palabra está siempre el germen de lo que es infinito. Yo sólo presento una explicación general, pero no tengo
ninguna duda de que ella es de Dios, ciertamente mezclada con la imperfección, pero aún así DE DIOS. En otra oportunidad,
si Dios quiere, puedo enviar una continuación del resumen de este evangelio.
APÉNDICE .
Algunos piensan que hay un orden histórico
en las parábolas, un orden que yo procedo a exponer sin hacer ningún comentario sobre él, como un pensamiento sobre el cual
cada hermano se formará una opinión según la luz que él posee. Primero, el hecho general de la siembra de la palabra, comenzada
por el propio Jesús; entonces, como hemos visto, el principio de los misterios del reino: el Hijo del Hombre siembra la buena
semilla, el enemigo hace su propia obra allí. El primer efecto: el poder jerárquico o el poder eclesiástico-secular en el
mundo. El segundo efecto: la Cristiandad nominal, una
levadura que sólo corrompe toda la masa. Entonces viene el descubrimiento de que lo que es precioso, es el tesoro escondido
en este campo; aquellos que tienen la comprensión espiritual distinguen este tesoro, aunque está oculto en el campo. Ésta
sería la doctrina Agustiniana y Protestante de una iglesia invisible. Pero, más allá de eso, es la percepción de la belleza
y la pureza en las que se convierte este tesoro y ellas son buscadas por aquellos que son guiados por el Espíritu de Cristo.
Finalmente, está la separación práctica de los buenos peces puestos en vasijas por aquellos que están involucrados con ese
trabajo.
Ésta es entonces la idea; yo repito
que cada cristiano juzgará esto, según su medida de comprensión espiritual. De cualquier manera que sea, todavía hay algo
para ser dicho en el tema del gran árbol y la levadura, con referencia a lo que puede descubrirse en ellos por una mente espiritual.
La diferencia entre lo que se describe en estas parábolas y lo que se dice en las tres últimas es muy notable. Aquí no hay
ningún rastro de afecto espiritual, ni de un gusto por las cosas divinas, ni de distinción entre lo bueno y lo malo. El amor
del Espíritu está completamente ausente, e incluso perdido. Yo digo perdido, porque al comienzo los siervos distinguieron
entre la buena semilla y la cizaña, y eso absolutamente bien, y estaban asombrados de encontrar la cizaña en un campo donde
su maestro había estado sembrando, aunque no correspondió a ellos ejecutar el juicio en la cizaña. Ellos estaban ocupados
cerca del amo, atendiendo a la buena condición del campo que le pertenecía, pero el campo sólo podía ser limpiado por medio
del juicio. ¿No sembraste buena semilla en TU campo? (esa era su pregunta) ¿de dónde, pues, tiene cizaña? Después, una comprensión
espiritual percibe que el campo es sólo un objeto secundario, admitiendo totalmente que fue comprado; busca la perla pura
y preciosa y también separa los buenos peces y los pone en vasijas.
Pero aquí no es eso; es un cuadro de
una oscuridad mundana y de efecto exterior. La unión con los intereses de Cristo fracasa; es un asunto externo, una condición
común dónde nada aparece sino lo que el mundo puede ver. Nosotros no decimos que no hay hijos de Dios escondidos en este sistema,
o algunos que han sido separados de él; pero el Espíritu de Dios no los toma en cuenta en absoluto en estas parábolas, ni
de cualquier espiritualidad que perciba en ellos, o lo que distingue entre lo que es aceptable a Cristo en Su reino y lo opuesto:
el resultado de la obra se corresponde exactamente con el mundo. Nosotros no pudimos distinguirlos (según estas parábolas)
: es un "árbol grande", un símbolo, a lo largo de toda la escritura, de poder humano y orgullo, los objetos del juicio de
Dios.
Es sólo cuando Cristo establecerá Su
propio reino en poder, que este reino se volverá un árbol grande en la tierra, según los consejos de Dios en justicia. (Vean
Ezequiel 17: 22-24) Mientras tanto el evento tiene lugar, pero como hemos visto, con una ausencia total de discernimiento
espiritual que contrasta con lo que precede y lo que sigue. Observen también con respecto a la levadura: éste no es el poder
externo y terrenal; es la difusión universal de una doctrina dentro de ciertos límites. Aquí debemos comentar que no es el
Hijo del Hombre que siembra la buena semilla, esa idea es abandonada: es el estado del reino que llevará un parecido al efecto
de los hechos de una mujer que actúa así. De esta forma, no hay ninguna distinción hecha aquí entre la siembra del Hijo del
Hombre y la obra del enemigo.
Si hay buena semilla, ella está bastante
perdida de vista. La parábola de la buena semilla y la cizaña nos demuestra que esta distinción había sido hecha por los siervos
de Cristo, pero toda la apariencia de ella es abandonada; no podemos decir que todo está bien, sino que la cizaña debe crecer
hasta la siega. Por consiguiente, todo discernimiento espiritual es completamente excluido de este estado de cosas; todo verdadero
testimonio a la obra de Dios es abandonado; porque uno no puede decir que todo está bien, ese sería el testimonio según el
corazón de Dios. Toda distinción entre el bien y el mal es destruida; es una masa, así que este testimonio a la diferencia
entre el bien y el mal también es abandonado; y así el mal, cubriéndose con el
nombre de Cristo, es lo que se presenta a sí mismo como una masa uniforme.
Yo no diría aquí que el Espíritu Santo
tuvo la intención de presentar esta idea a la multitud. Ya he dicho que estas parábolas hablan de lo que es exterior, del
aspecto externo del reino; pero el que estudia la palabra juzga según la mente de Cristo lo que es presentado así al mundo.
EXISTE aquello que distingue al verdadero Cristiano -el hombre espiritual discierne todas las cosas. Él no piensa que la masa
será cambiada, porque el hombre espiritual distingue y ama lo que es bueno; pero el estado de la multitud no lo gobierna:
él conoce por sí mismo que en cualquier otra parte de la escritura el árbol grande es el símbolo del hombre exaltado. ¿Debería
el hombre ser exaltado antes de la manifestación de Cristo? Él sabe que en cualquier otra parte de la escritura la levadura
es el símbolo de lo que es malo. ¿Acaso no nos ha proporcionado la historia de la
Cristiandad eso que corresponde totalmente a tal símbolo? Si esto es así, esto es lo que caracteriza el estado
del reino, según el Señor. En ese caso, ¿qué deber hacer el Cristiano? ¿Debe él estar satisfecho con dar un testimonio tal,
como siendo el testimonio de Cristo?
NOTA. - Es muy importante
para nosotros recordar que todo eso, que es el poder de la muerte en el incrédulo, son el estorbo y el tizón del poder que
produce fruto de la vida del creyente, a los que las energías puestas a nuestra disposición en la Persona divina se aplican. Esto se saca a plena luz, con su remedio específico, en la bondad
de Dios en esta parábola. Está el caso de las aves del aire, los pedregales, la siembra entre espinos, y en la buena tierra,
treinta, sesenta, y ciento por uno. Nosotros sabemos que el primero de éstos es el poder de Satanás -el poder de la muerte.
No hay vida en el alma. Cuando la palabra es sembrada en el corazón duro, el diablo se la lleva en cuanto es sembrada; él
la mantiene en muerte inconmovible. La palabra es el poder de vida. "De su propia voluntad él nos engendró, con la palabra
de verdad, para que seamos nosotros, en cierto sentido, las primicias de sus criaturas."(Santiago 1: 18 - Versión Moderna) Es de hecho LA MENTIRA
del diablo, por lo que trajo la muerte y mantiene a los a los hombres en ella, en lo cual él es un asesino, así, por otra
parte, nosotros somos vivificados por la verdad de Dios.
Pero hay Uno (Él es de hecho la PALABRA), quién es específicamente el poder vivificador, incluso es el
Hijo de Dios. "El postrer Adám vino a ser un espíritu vivificador."(1a. Corintios 15: 45b - Versión Moderna). Entonces, quién
nos reivindica de este estado de muerte y nos vivifica, es el Hijo de Dios. El Hijo del Hombre siembra la semilla, pero es
el Hijo de Dios quien vivifica; "para esto fue manifestado el Hijo de Dios: para deshacer las obras del diablo."(1a. Juan
3: 8 - Versión RV 1909 Actualizada) Es el carácter distintivo especial de Su adopción de hijos, que Él vivifica con poder
divino, como de hecho nadie mas pudo hacerlo. Comparen con Juan 5: 21, 24, 26. Esto es muy explícito, y ningún conocedor de
la escritura puede dejar de reconocer este poder de vida en el Hijo de Dios, como representando distintivamente Su poder y
carácter. Él se declara a Sí mismo, "Yo soy la resurrección y la vida"; y esto por Su palabra, "¡Lázaro, ven fuera!" No continuaremos
con los resultados de esto; pero tenemos al Hijo de Dios, por la palabra, deshaciendo las obras del diablo en el estado y
el poder de la muerte. Éste es el primer caso de la parábola. Lo que está en Él es el poder opuesto que supera el caso maligno
mencionado; y un hombre da fruto a treinta por uno, porque al estar realmente vivo, él debe crecer y llevar fruto.
Pero hay otro caso expuesto, aparentemente
no tan desesperado, pero igualmente destructivo -el recibimiento de la palabra en tierra poco profunda. No había raíz. Fue
recibida superficialmente; "y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra"; no tenía ningún proceso buscador de poder
en el que la palabra entraba en la conciencia y vivificaba el hombre interior. Descansó en los afectos y entendimiento naturales
que son todos según LA CARNE; es recibida solamente por medio
de los sentimientos naturales, y por consiguiente, actúa inmediatamente y con gozo, puesto que no alcanza a la conciencia;
y los mismos sentimientos naturales eran, por supuesto, rápidamente afectados cuando se producían tribulación y persecución,
y "en seguida tropiezan."(Versión Moderna) Comparen con Marcos 4. Nosotros sabemos cuan uniformemente se opone a ello el Espíritu.
"La carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; pues que éstos son contrarios entre sí."(Gálatas 5: 17
- Versión Moderna) "Los que son según la carne, piensan en las cosas de la carne; mas los que son según el espíritu, en las
cosas del Espíritu."(Romanos 8: 5 - Versión Moderna) "Mas si por el Espíritu
hacéis morir las obras", etc. . . No se necesita multiplicar pasajes de la escritura para mostrar la oposición entre estos
dos.
Pero, debemos observar que tenemos
AQUÍ en el Espíritu, el poder antagonista que vence a la carne, y asumiendo que un hombre está vivo, aún lo hace así. "El
hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios"(1a. Corintios 2: 14a - Versión Moderna) o, " El hombre animal no
percibe las cosas que son del Espíritu de Dios"(1a. Corintios 2: 14a - Versión Reina Valera 1909); por lo tanto sabemos que
este caso también es el del hombre natural, y que "las cosas del Espíritu" es aquello que él nunca ha recibido, aunque los
afectos o el intelecto puedan haber sido conmovidos o puedan haber sido deleitados con el maravilloso plan de redención. Pero
el mismo punto se aplica en un creyente; es decir, nosotros encontramos que cuando los hombres no caminan en el Espíritu,
está claro que ellos son sin provecho y bajos en su condición de vida. Es mortificando la carne por el Espíritu que los frutos
del Espíritu encuentran comparativamente libre crecimiento -produce a sesenta
por uno. Éste, entonces, es el contraste aquí -la carne y el Espíritu; y encontramos en esto, que la manera más hermosa de
la carne, la recepción aparentemente gozosa de la palabra del reino, ya sea en los afectos o en el intelecto, no llegan a
nada; de lo único que se ocupan es de nada más que de 'los deseos de la carne y de la mente'.
El tercer caso, comparado con otras
escrituras, pienso que es igualmente claro. El poder que estorba es declarado directamente, "las preocupaciones de este mundo,
el engaño de las riquezas y la codicia de otras cosas."(Marcos 4: 19 - Versión RV 1909 Actualizada) Comparen con Marcos 4; Lucas 8. Ahora, encontramos al mundo y al amor por este, continuamente opuestos
al Padre. "Todo lo que hay en el mundo -los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida- no proviene
del Padre sino del mundo."(1a. Juan 2: 16 - Versión RV 1909 Actualizada) "No améis al mundo, ni las cosas que están en el
mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él."(1a. Juan 2: 15 - Versión RV 1909 Actualizada) El odio del
mundo hacia el Hijo, mostró que ESTE (EL MUNDO) no era del Padre; y los hijos no eran de este mundo más de lo que era el Padre,
como emparentados con Él, así como Cristo, el Hijo, no era del mundo.
Cada uno que conozca y esté familiarizado
espiritualmente con el Evangelio de Juan debe haber notado la oposición entre el mundo y la adopción de hijos de Cristo; una
estando asociada con el Padre y la otra directamente opuesta a la gloria del Padre, en el gran asunto de esa adopción de hijos
en la que sólo era conocida. De esta forma, nuestro Señor concluye todo presentando Su obra y Su pueblo al Padre: "Padre justo,
el MUNDO no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste."(Juan 17: 25) El capítulo entero
ilustra el asunto. Ahora nosotros entenderemos bien la oposición entre los dos, y cómo Él "el cual se dio a sí mismo por nuestros
pecados para librarnos del presente siglo malo", cierra esa declaración diciendo: "Y les he dado a conocer tu nombre, y lo
daré a conocer aún, para que el amor, etc. . ." Pero, en el creyente, incluso cuando no solamente es vivificado, sino ejercitándose
a sí mismo en el Espíritu para mortificar los hechos del cuerpo, quien reconoce de inmediato el mal de la carne en seguida
(aunque nosotros estamos muy poco conscientes de cuán sutil y ampliamente se extiende su influencia seductora y engañosa,
y qué forma tan hermosa puede asumir el egoísmo innato), y en quien, en un sentido común, la carne está habitualmente mortificada
en cierta medida; ¡cuán a menudo encontramos al mundo manteniendo un poder predominante y un título reconocido por sobre el
juicio o el hábito, y la fructificación, comparativamente hablando, absolutamente destruida!
"En esto es glorificado mi Padre, en
que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos."(Juan 15: 8) Reconozcamos
entonces, basados únicamente en la escritura (excluyendo la consideración de las circunstancias en las que LA MENTIRA de este mundo tiene poder sobre nuestra mente), que el mundo
es un estorbo positivo a la fructificación, a la producción de mucho fruto en que el Padre es glorificado; y es por esta sencilla
razón, nuestra adopción de hijos, nuestra herencia, que el reino no es reconocido. El diablo, cuando él actúa en nosotros
por medio de la carne, "los deseos de la carne", "lo bueno para comer", o "de los ojos", y lo semejante, es el dios y príncipe
de este mundo; y el Espíritu en aquellos que son vivificados, donde no es opacado ni oscurecido por el espíritu de este mundo,
no sólo es el poder de la diferencia entre la naturaleza carnal y la espiritual, sino que testifica que somos hijos y herederos.
Así, en libertad, nosotros clamamos por medio de este espíritu, Abba, Padre; y los frutos son producidos a ciento por uno,
dónde somos libres del sistema al que estamos encadenados. La energía del reino está allí, el Salvador del reino está allí,
el sello del Padre de gloria, y por consiguiente, muertos para el mundo, hay poder sobre él. El sello entero de naturaleza
es diferente; nosotros no somos del mundo así como Cristo no es del mundo. De acuerdo con esto, cuando encontramos al Señor,
la vid verdadera, también encontramos al Padre como el labrador, limpiando los pámpanos, para que ellos pueda llevar más fruto.
Nosotros podemos estar verdaderamente aislados, pero HIJOS aislados, sobre quienes brilla la gloria del Padre en la esperanza
y el poder de una asociación interior; hijos de Dios, aunque en medio de una nación corrupta
y perversa. En una palabra, hijos de Dios (el Dios que nos ha llamado a "su reino y gloria", el Dios viviente), es
nuestro título que nos distingue; y, como los judíos estaban prometidos a Jehová, nosotros somos llamados a ser "perfectos,
como" nuestro "Padre qué está en los cielos es perfecto."
Aquí yo no puedo proseguir más lejos
con este asunto, aunque podría mencionarlo, con la venia del Señor, en una futura ocasión. En lo referente a la explicación
de la parábola, yo diría unas pocas palabras más. No están en cuestionamiento la inseparabilidad de los males, así como la
de los corteses agentes del remedio del pacto; el diablo, el mundo, y la carne, están demasiado íntimamente asociados como
para necesitar una explicación de nuestra distintiva consideración de ellos; y creo que más íntimamente de lo que las personas
normalmente están conscientes. No necesito hablar del Padre, del Hijo y del Espíritu; pero, aun cuando hemos hablado de ellos
obrando como para beneficio, no debemos olvidarnos de su unidad en cada acto, ya sea de creación o de cualquier otra cosa:
ellos actúan invariablemente en unidad, y tan invariablemente, hasta donde yo veo, en el mismo orden, es decir, por el Hijo,
por medio de la energía del Espíritu.
Es necesario otro comentario. Aunque
hemos considerado el amor hacia el mundo, como impidiendo la característica fructificación plena de los hijos de Dios, y el
conocimiento y el amor del Padre como el carácter contrastado, debemos recordar que este conocimiento es, en principio, la
porción de cada creyente. "Os he escrito a vosotros, hijitos, porque conocéis al Padre"(1a. Juan 2: 13c - Versión Moderna);
de otro modo, no podríamos poner a todos los creyentes bajo esta responsabilidad. Pero yo creo que se encontrará que la medida
de la fructificación de la vida que está en ellos depende mucho de su ejercicio en las verdades observadas y reiteradas aquí;
y que el carácter de su fructificación también depende mucho de su entendimiento más pleno y más profundo de lo uno o de lo
otro; y que el entendimiento del Padre en el pleno desarrollo de la gloria de la adopción de hijos, confiere un carácter completamente
nuevo a todo el transcurso de la vida del cristiano. Ésta es nuestra correcta vocación; y, aunque debemos estar atentos contra
el abandono de la clara referencia al Hijo (como administrando el poder del reino contra "el malo"), al Espíritu (como superando
o descubriendo las obras y el poder engañoso de la carne), al Padre (en contraste con el amor al mundo), una comprensión defectuosa
del principio de la gloria celestial destruirá de alguna u otra forma, la eficacia de nuestro servicio cristiano. La plenitud
de todo estaba en nuestro Señor; la plenitud de toda ayuda en ellos es nuestra responsabilidad práctica; el goce de la comunión
con ellos es nuestro privilegio. Yo creo que el cristianismo mal proporcionado, brota continuamente del poder de Satanás,
a través del abandono de, o impidiendo, el poder especial de una u otra de las Personas, mientras la indulgencia con cualquiera
de los males es apto para arrojarnos en las manos de Satanás; y aquí está la sabiduría de ministrar a las almas enfermas,
porque la fuente del mal puede ser una, su manifestación puede ser otra. ¡Cuán bendito es poder referirse a la seguridad de
una ayuda por el pacto del trino Dios Todopoderoso para las muchas dificultades que un mal puede traer! Un creyente será saludable
y fuerte contra el enemigo en la proporción que él sólo tiene referencia a todas.
Yo no digo que el progreso de un creyente
viene de conocer al Hijo, al Espíritu y al Padre -lejos de ello; pero creo que la manifestación del poder y la gloria de la
obra de ellos se desplegará gradualmente, así como la vivificación por medio del Hijo hará discernir bien al creyente las
operaciones del Espíritu contra la carne, y ambas cosas encuentran su pleno desarrollo en la manifestación de la gloria del
Padre, consciente (si él crece saludablemente) que Su reino no es de este mundo. En algunos casos de energía inusual de vida
divina, nosotros vemos por llamamiento de Dios, todos estos conocimientos rápidamente desarrollados, y consecuentemente, el
hombre abundantemente ejercitado, y su servicio es grande, correspondiendo al conocimiento recibido del Hijo en el reino,
como en el caso de los apóstoles Pedro y Pablo; pero no debo traspasar la parte práctica del asunto.
Estoy bastante consciente, de hecho
muy particularmente consciente, de la imperfecci
|