EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

EL REY SAÚL (J. G. Bellett)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

NC = Biblia Nácar-Colunga

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano; conocida también como Santa Biblia "Vida Abundante")

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

EL REY SAÚL

 

 

1 Samuel 8 - 10.

 

No hay en la Escritura un personaje que proporcione advertencias más solemnes que el del Rey Saúl. A medida que pasamos de etapa en etapa a través de su historia, ella llena el alma con muy horribles pensamientos del corazón del hombre de traición y corrupción; y como nosotros estamos seguros que esta historia se ha escrito para nuestra enseñanza (Romanos 15:4), bien podemos estar agradecidos a nuestro Dios por el consejo que ella nos proporciona, y procurar Su gracia para que podamos leer la lección santa para provecho.

         Pero deberíamos saber esto: que aunque el Espíritu de Dios puede haber registrado así amablemente estos hechos del impío para nuestra enseñanza, todos ellos fueron ejecutados por la mano y conforme al corazón del hombre mismo. Dios ha de ser conocido aquí, y en historias similares, solamente en esa soberanía divina que saca el bien del mal, y en ese interés por Sus santos que registra aquel mal para amonestación de ellos.

 

         El primer Libro de Samuel tiene un carácter muy distintivo. Exhibe sorprendentemente la remoción del hombre y la introducción de Dios. Comienza, por consiguiente, con la mujer estéril recibiendo un hijo de parte del Señor; siendo esto, en la Escritura, el símbolo constante de la gracia, y la promesa del poder divino que actúa sobre la incompetencia de la criatura. Nos muestra, después, el sacerdocio (el cual había sido establecido en un orden y una sucesión normales) corrompiéndose y quitado mediante juicio, y eso introduce aquel Sacerdote de Dios (el cual iba a ser conforme a Su corazón, y para quien Él iba a edificar una casa firme) (2 Samuel 2:35). Y entonces, de igual manera, nos muestra el reino (establecido al principio conforme al deseo del hombre) corrompiéndose, y quitado mediante juicio, y tras eso, vemos que es introducido aquel Rey de Dios (el cual era a la vez según Su corazón, y para quien Él edificaría también una casa firme). Así, este Libro exhibe todo, ya sea en el santuario o sobre el trono, mientras se arruina en manos del hombre, y el encargo final de todas las cosas puestas en las manos del ungido de Dios. Y este ungido de Dios, nosotros sabemos, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, va a ser nada menos que el Hijo de Dios mismo, el Rey de Dios que va a tener el reino inamovible, y el Sacerdote de Dios que va a tener un sacerdocio intransferible.

 

         La historia del Rey Saúl comienza verdaderamente con el capítulo ocho de este libro. Encontramos allí el corazón insubordinado de Israel, quienes se habían estado apartando del Señor, como Él dice allí a Samuel, desde que Él los había sacado de Egipto, procurando una distancia aún mayor de Él, y deseando un rey en lugar de Él. El mal gobierno de los hijos de Samuel en este momento fue el pretexto de ellos. No hay duda que ellos actuaron corruptamente, y que Samuel pudo haber sido culpable al hacerles jueces, consultando quizás demasiado con carne y sangre, y muy poco con el bienestar de Israel y el honor del Señor. Pero el Señor revela la fuente verdadera de este deseo de tener un rey, diciendo a Samuel, "no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos." (1 Samuel 8:7). Al igual que Moisés en un caso semejante (Éxodo 16:7), Samuel no era nada como para que el pueblo murmurase contra él o sus hijos; sus murmuraciones no eran contra él, sino contra el Señor.

         "Israel no me quiso a mí" dice el Señor, "Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos." (Salmo 81: 11, 12). Ellos tendrán lo que su alma estaba codiciando ahora, pero encontrarán que ello es su plaga. Su propio rey será el dolor y la ruina de ellos, así como son todas nuestras cosas, si nosotros las seguimos y las tenemos. "¡Apaciéntase de ceniza, un corazón engañado le extravía…!" (Isaías 44:20 - VM). Pero, ¿qué otra cosa excepto ceniza (dolor y muerte) es lo que recolecta para nosotros el trabajo de nuestras manos? Esto es siempre así, independientemente de la manera en que lo tratemos, y así lo iba a encontrar ahora Israel en su propio rey (1 Samuel 8: 11-17).

         Pero en la gracia habitual, el Señor da aquí a Su pueblo espacio para arrepentirse de esta su malvada elección antes de que cosecharan su amargo fruto. Y esto es justamente lo que Él había hecho anteriormente en el Monte Sinaí. Cuando ellos estuvieron allí decididos a aceptar la ley de fuego, como si ellos pudiesen cumplirla y vivir por medio de ella, Moisés es hecho pasar una y otra vez entre ellos y el Señor, con el fin de, como parece, darles espacio para volverse y confiar aún en aquella gracia que los había redimido de Egipto, y no arrojarse ellos mismo sobre los términos del Monte Sinaí (Ver Éxodo 19). E igualmente aquí, yo creo, Samuel pasa con la misma intención una y otra vez entre el Señor y el pueblo. Pero como ellos escucharon allí a su propio corazón en su confianza y autosuficiencia, de igual modo, ellos tendrán aquí un rey pese a todas las amables advertencias de Dios. Ellos siguen nuevamente su propio camino.

         Y yo pregunto, queridos hermanos, ¿no es éste Su modo de obrar, y ¡cuán lamentable! con todo, demasiado a menudo, nuestro modo de obrar es como el de Israel? ¿No nos está Él controlando a menudo mediante Su Espíritu, para que no vayamos en la senda de nuestro propio corazón, y sin embargo, no somos nosotros como Israel, demasiado a menudo desatentos a Su Espíritu? ¿Y qué encontramos siempre que es el final de nuestro propio camino, sino dolor y confusión? Porque si el Señor quisiera nuestra destrucción no tiene más que dejarnos librados a nosotros mismos. Legión es el hórrido testimonio de esto (Marcos 5). Él presenta al hombre en su condición innata apropiada, escogiendo la cautividad de Satanás, y, como tal, siendo uno a quien nada puede aliviar excepto aquella gracia soberana que no se detiene a consultar el deseo propio del hombre (ya que entonces no actuaría jamás), sino que avanza recto con su propio propósito a rescatar y a bendecir.

         Pero eso era ahora Israel, conociendo sólo su propia voluntad en este asunto del rey. Y esto nos prepara inmediatamente para la clase de persona que vamos a encontrar en su rey pronto a aparecer. Porque el pueblo voluntarioso debe tener un rey voluntarioso. De ningún otro se pudo decir que todo el deseo de Israel era acerca de él. De ningún otro Samuel pudo haber dicho, "Ahora, pues, he aquí el rey que habéis elegido, el cual pedisteis." (1 Samuel 12:13). Ningún otro podía haber sido el rey de este pueblo.

         Pero todo esto presagia cosas horribles en el rey, y días horribles para Israel. Y eso es lo que encontraremos. En el orden divino, un tiempo como el reino del Rey Saúl tiene sus usos designados. Al mostrarnos el reino en manos del hombre, ello sirve para dar surgimiento al reino en manos de Dios - el mal y la corrupción y el desastre marcando el uno, honra y bendición y reposo el otro. El reino traído por el deseo propio de ellos les dejaría ver cuán inadecuados eran ellos para proveer para su propia felicidad; tal como este "presente siglo malo" se encuentra inadecuado para satisfacer, "presente siglo malo" que nuestras propias pasiones han formado y modelado, dejándonos sometidos aún a vanidad. Pero con todo esto, la obra de Dios se erguirá en bienaventurado contraste. El reino bajo Saúl en toda su miseria y vergüenza podría dar surgimiento a los días gloriosos y pacíficos de David y Salomón, así como nuestros días darán surgimiento al "siglo venidero" en los días del Hijo del Hombre.

 

         Pero, no obstante la forma en que el Señor sirve así a Su propia gloria y al consuelo de Su pueblo mediante esto, es Israel quien trae esta temporada de vergüenza y dolor sobre ellos mismo. Ellos sembraron el viento, y segarán el torbellino (Oseas 8:7 - VM). Saúl se presenta, el escogido de una nación voluntariosa e insubordinada, para hacer su obra mala. Y así, él está en una categoría con otro más impío que él mismo. Él está como el tipo y hermano de aquel rey en el día postrero que va a hacer "su voluntad" - aquel que va a venir "en su propio nombre", y va a decir en su corazón "no hay Dios." Saúl estaba ahora presentándose como el primero de esa línea de pastores, o gobernantes, que iban a 'comer ellos pero no iban a apacentar a las ovejas', que 'iban a comer la grosura, y a vestirse de lana.' (Ezequiel 34), y hacer toda esa obra mala que está profetizada aquí acerca del propio rey de Israel, y a completar ese carácter que está bosquejado aquí de Saúl. [1]

 

 

[1] Saúl es tratado aquí expresamente como el "varón violento", o el postrer enemigo de Israel en 2 Samuel 22 y en el Salmo 18. Este postrer enemigo, o el último de estos reyes del pueblo, dará lugar al David verdadero, el cual apacentará la heredad de Dios con integridad de corazón y la pericia de sus manos (Salmo 78:72), así como este primero de ellos es sucedido por David el hijo de Isaí, el hombre según el corazón de Dios. Este último de ellos es llamado el "pastor insensato" en Zacarías 11:15.

 

         Israel es dejado ahora en manos de tales pastores, viendo que ellos han rechazado al Señor, su buen Pastor, y desearon uno según su propio corazón. El primero de ellos, como encontramos aquí, fue de esa tribu, de la cual se había dicho en tiempos pasados, "Benjamín es lobo arrebatador; A la mañana comerá la presa, Y a la tarde repartirá los despojos." (Génesis 49:27). Y él era de esa ciudad, en esa tribu, que ya había obrado tal desastre en Israel, y que había sido la ocasión de casi borrar el memorial de una de las tribus de entre el pueblo del Señor. (Jueces 19 - 21).

         Pero nosotros aprendemos aún más de él, que aun perteneciendo a la menor de todas las familias de su tribu, y que, también, era la tribu más pequeña en Israel, su padre Cis era "un hombre poderoso e influyente." (1 Samuel 9:1 - LBLA). Y de esta descripción, yo deduzco que Saúl y su padre habían prosperado en este mundo, siendo hombres que eran sabios en su generación, personas de esa clase que "quieren enriquecerse" (1 Timoteo 6:9), aunque la naturaleza y familia y circunstancias están todas contra ellos. Y Saúl nos es mostrado, primeramente, buscando las asnas de su padre. Algo de la propiedad familiar se había perdido, y debía ser buscado - su propia asna había caído en el hoyo y debía ser sacada. Pero aunque él era de tal manera cuidadoso de sus propias cosas, parece que él, por lo menos hasta ahora, no le importaban mucho las cosas de Dios, porque, hasta este momento, él ni siquiera conoce a la persona de Samuel, quien era ahora el gran testigo de Dios en la tierra; y poco después de esto, sus vecinos, que le conocían antes, se preguntaban muy maravillados de que él se encontrara entre los profetas, diciéndonos que aunque hasta ahora estaba en una esfera humilde, él y la casa de su padre habían sido formados más por los bajos principios del mundo que por los dignos pensamientos del Señor de Israel. Y un tal era justamente el adecuado para ser dirigido a Samuel en aquel tiempo cuando el corazón mundano del pueblo estaba deseando un rey. Su mente estaba puesta en las asnas, tal como Samuel parece sugerir. El mundo se había establecido en su corazón, aunque por las circunstancias, no se había desarrollado en muchos de sus frutos apropiados. Y esta es una terrible advertencia, amados. Las circunstancias, como aquí, pueden ser verdaderamente necesarias a fin de demostrar el terreno del corazón; pero es el propio corazón el que determina al hombre delante de Dios (1 Samuel 16:7), y más temprano o más tarde determinará la vida delante de los hombres. (Proverbios 4:23; Mateo 15:19).

         De acuerdo con esto, al ser presentado el presunto rey, no tenemos mención alguna de alguna calificación moral que él tuviese. Todo lo que aprendemos de él es esto, que él era "joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo." (1 Samuel 9:2). Se habla de él así, y solamente así. Él es juzgado simplemente según la carne, considerado sólo en el hombre exterior, y así, convenía al hombre que le había deseado, porque "el hombre mira la apariencia exterior." (1 Samuel 16:7 - LBLA). Por consiguiente, cuando el pueblo vio su estatura y nada más, ellos clamaron, "¡Viva el rey!" (1 Samuel 10:24). Este era el rey según el corazón de ellos. Él era del mundo, y el mundo ama a los suyos. [2]

 

[2] Absalón, otro de la misma generación con Saúl, es descrito sólo de esta manera también. "Y no había en todo Israel ninguno tan alabado por su hermosura como Absalón; desde la planta de su pie hasta su coronilla no había en él defecto." (2 Samuel 14:25). Y ciertamente, ambos eran tipos de la bestia, o del rey voluntarioso, del día postrero. ¿Y no se engalanará él con la misma belleza en la carne? ¿No tendrá él todas sus partes y proporciones atractivas para admiración? ¿No será él perfecto en todas las sutiles atracciones y formas de belleza como la serpiente en el huerto?

                

         Y permitan que yo diga aquí que si Saúl es así el hombre según el corazón del hombre, y David, como leemos después, el hombre según el corazón de Dios, nosotros aprendemos en uno lo que nosotros somos, y en el otro lo que Dios es. Y los caracteres distintivos de los dos reyes es este: Saúl tendrá todo lo suyo y será todo para él mismo; David deseaba ser nada y deseaba tener nada, pero no obstante, en cualquier estado en que él estuviese, deseaba ser el diligente siervo desinteresado de los demás. Y así es presentado el hombre, para nuestra vergüenza, en la estrechez de corazón de Saúl, pero Dios nos es presentado, para nuestro consuelo, en la generosa autoconsagración de David.

         Todo este carácter de Saúl será horriblemente revelado en todos los pasajes de su historia futura, pero los mismos principios están ahora en temprana acción. Puede ser que el ojo con menos práctica no pueda discernir esto, y de hecho, ser "ingenuos para el mal" es bueno y bienaventurado. Pero el corazón responderá algunas veces al corazón, y hará que algunos de nosotros, amados, seamos más rápidos para detectar su traición que los demás. De este modo, en Saúl reteniendo las palabras de Samuel tocantes al reino, escondiéndose entre el bagaje cuando la suerte había caído sobre él, y nuevamente, disimulando cuando algunos le tuvieron en poco, hay en todo esto, yo juzgo, sólo la exhibición exterior de virtud. [3] Porque el amor del mundo y de su alabanza puede permitirse, a veces, ser humilde y generoso. Puede incluso exponer esas, o cualesquiera otras virtudes, cuidando, no obstante, de exponerlas en una dirección tal que ellas puedan traer a casa, después de un corto viaje, algunos ricos ingresos a las codicias que gobiernan.

 

[3] Otro, efectivamente, se ocultó cuando ellos habrían venido para hacerle rey (Juan 6), pero Él estaba actuando en eso conforme a la gloria y a la voluntad de Dios; Saúl, en esto, la estaba resistiendo, a pesar de que su modestia, como se podría pensar, pueda atraer, por un tiempo, el juicio de la simple mente humana.

 

         En manos de uno como este fue delegado ahora el reino de Israel, pero uno como este no era «el rey de Dios.» No obstante, darles un rey parece haber sido el propósito de Dios desde el principio. Las palabras proféticas tanto de Jacob como de Moisés acerca de Judá, así como también las palabras de Balaam (Números 24:17), insinúan esto; así como también el título de Moisés, "rey en Jesurún" (Deuteronomio 33:5). Y más que estas, la ordenanza referente al rey en Deuteronomio 17, y el hecho de que el propio Señor Jesús buscó el reino cuando Él estuvo aquí (Mateo 21:1), y al final, en Su segunda venida él lo tomará (Salmo 2:6), demuestran que el primer propósito de Dios era dar un rey a Israel.

 

         Pero todas las cosas no estaban preparadas de inmediato para el rey; varios cursos previos se deben cumplir, antes de que la piedra superior del edificio divino pudiera ser presentada. Israel tenía que ser redimido de la esclavitud en primer lugar - después tenía que ser llevado a través del desierto para aprender los modos de obrar y los secretos del amor de Dios - luego, tenían que obtener la entrega de su herencia prometida de manos del usurpador. Hasta que todas estas se llevaran a cabo, no todo estuvo listo para el rey. Si estas cosas se hubiesen cumplido, el rey habría aparecido sin demora para coronar la obra completa con la belleza plena del Señor. Pero Israel había interrumpido y retrasado tristemente cada etapa en este modo de obrar del Señor. Después de la redención de Egipto ellos se habían adjudicado, a través de la desobediencia, un viaje de cuarenta años en el desierto; después de tomar la herencia, ellos, nuevamente a través de la desobediencia, habían traído aguijones en sus ojos y espinas en sus costados (Números 33:55); y ahora, ellos se anticipan al rey de Dios, y nuevamente a través de la desobediencia y la obstinación ellos traen su propio rey, como otra plaga sobre ellos. Pero este es el modo de obrar del hombre, amados, nuestro modo de obrar por naturaleza. A través de incredulidad y obstinación nosotros rehusamos esperar el tiempo de Dios, y nosotros mismos nos procuramos un Saúl. Fue así como Sara trajo a Ismael a su casa, y como Jacob se atrajo sus veinte años de exilio y servidumbre sobre sí mismo. Nuestra propia política e incredulidad tortuosas deben responder por estos pesares. Dios, si se espera en Él, traerá la bendición que enriquece y que no añade tristeza con ella (Proverbios 10:22); pero nuestro propio camino sólo nos enseña que aquel que siembra para la carne, de la carne deberá segar corrupción (Gálatas 6:8). Hasta el día de hoy, Israel está aprendiendo esto, y segando el fruto del árbol que ellos plantaron, aprendiendo lo que es estar al servicio de las naciones lo cual, al igual que Saúl, ellos se han puesto sobre ellos mismos; y el único gozo de ellos radica en esto, que los consejos de gracia de Dios, pese a todo, va a permanecer firmes, y Su propio rey se sentará sobre su santo monte de Sión (Salmo 2:6).

         Pero a pesar de todo esto, y aunque Israel está ahora transferido a otras manos, Dios demostrará que nada faltará por parte Suya. Él no sólo ha indicado Saúl a Samuel, y Samuel ha indicado después a Saúl en la fiesta sacrificial, y le ungió y le besó (1 Samuel 9, 10), sino que por boca de varios testigos se había establecido el propósito divino, y el Espíritu, como facultad para el cargo, había sido impartido y llega ahora una "situación" de la que Samuel habla ("Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo." - 1 Samuel 10:7 - LBLA) para demostrar así que Dios estaba con el rey.

 

1 Samuel 11 - 15.

 

         El insulto de Nahas amonita hacia Jabes de Galaad fue esta "situación", y el Señor da a Israel una victoria completa sobre él en la mano del rey de ellos. Ya que esta batalla era la batalla del Señor, en la medida que el Señor cumpliría Su parte en este asunto. No necesitamos investigar de dónde Israel sacó sus instrumentos de guerra, si ahora "en toda la tierra de Israel no se hallaba herrero" (1 Samuel 13:19), ya que este día no se ganó por fuerza ni por poder, sino "¡…por mi Espíritu!, dice Jehová." ("Y respondiendo, me dijo así: Ésta es la palabra que dice Jehová a Zorobabel: ¡No por esfuerzo, ni con poder, sino por mi Espíritu! dice Jehová de los Ejércitos." Zacarías 4:6 - VM). Por lo tanto, esta victoria podría haberse ganado igualmente con cántaros y teas (Jueces 7), o con quijadas de asnos (Jueces 15), o con hondas y piedras del arroyo (1 Samuel 17), así como con maza y arco.

         Así, nuevamente, como en tiempos antiguos, el Señor se aprueba a Sí mismo como no faltándole nada, no obstante lo voluntarioso y duro de cerviz que se pueda encontrar que es Su pueblo. Y después de esto, el rey es aceptado nuevamente por el pueblo (1 Samuel 12); y este capítulo nos recuerda Éxodo 20, así como el capítulo 8 nos recordó Éxodo 19. Porque en Éxodo 20, Moisés los transfiere a su nueva posición, pero los declara culpables de lo terrible de ella; y aquí, Samuel los establece formalmente bajo el rey de ellos, pero los declara culpables nuevamente al igual que con el trueno y la tempestad del Monte Sinaí. El trueno y la lluvia vinieron aquí sobre ellos, como la promesa y el preludio temibles del fin del propio reino de ellos, así como la sacudida de la tierra en Sinaí prometió el final de su propio pacto. Y bajo ello, ellos clamaron aquí en terror, tal como lo habían hecho antes. Ellos habían dicho allí a Moisés, "Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos." (Éxodo 20:19) - y ellos dicen aquí a Samuel, "Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros." (1 Samuel 12:19). Y Samuel en misericordia aquí, como Moisés allí, les anima aún a que se aferren del Señor, quien, pese a todo, los estaba reconociendo amablemente todavía como Su pueblo. [4]

 

[4] Este trueno en la época de la siega es advertido aquí como algo notable; y ciertamente lo era. Jehová era el labrador de la tierra de Israel (Deuteronomio 11), y si Israel hubiese estado en sencilla lealtad a Él, todas las cosas habrían sido testigos del cuidado y la habilidad del labrador divino, y la bendición de aquel pueblo que tenía al Señor como su Dios. No habría habido nada fuera de temporada: la lluvia temprana y la tardía habrían caído sólo en sus meses designados. El trueno en la siega no se habría conocido, o habría sido conocido sólo en juicio, tal como lo es aquí.

 

         Estas dos ocasiones están así en estricta analogía moral, y nos muestran que el rey Saúl fue introducido ahora en el sistema Judío, al igual que la ley lo había sido en el Monte Sinaí, a través de la obstinación e incredulidad del pueblo, no siendo Saúl más rey de lo que la ley era el pacto de Dios. Israel había perdido nuevamente su paz mediante todo eso, y ellos mismos se habían lanzado en pesares y dificultades con las que ellos apenas contaban; pero el Señor los perdona y los acepta, tal como Él lo había hecho en Sinaí, y los coloca ahora nuevamente en la senda en el nuevo carácter de ellos.

         Y viene nuevamente ahora la prueba. "No temáis" les dice Samuel, "vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón." (1 Samuel 12:20). Pero antes de que la primera escena en el reino finalice, todo es quebrantado y se pierde, tal como el pacto del Sinaí fue quebrantado antes de que Aarón y el pueblo hubiesen dejado al pie del Monte. Allí, el pueblo se impacientó ante la demora de Moisés, y, violando el primer artículo mismo del pacto, hicieron un becerro de oro. Igualmente aquí, Samuel había dejado a Saúl por un breve espacio de tiempo, diciéndole que descendiera a Gilgal, y lo esperase allí hasta que él viniese y ofreciera los sacrificios, pero Saúl ofrece ahora los sacrificios él mismo (1 Samuel 13). Él desatiende la Palabra del Señor. El primer hecho del rey fue así, nuevamente, una violación del primer mandamiento que él había recibido. Y así fue todo de nuevo, al igual que en Sinaí, así fue en Gilgal, el quebrantamiento inmediato del pacto por parte del hombre. El Señor, es cierto, tenía gracia reservada para Israel mientras ellos mismos se estaban destruyendo de este modo; así como Él mostró en Sinaí los testimonios de misericordia en la cima del Monte, mientras Israel estaba alejando, mediante el pecado, toda su bendición presente al pie del Monte. Pero con todo, en manos del rey ahora, al igual que en la del pueblo en aquel entonces, todo fue desastre y pérdida.

         Una maduración rápida y, sin embargo, una maduración plena fue la de este fruto de sus propios modos de obrar. Pero, aparte de este gran hecho de pérdida, existen rasgos de carácter exhibiéndose ellos mismos en el rey del pueblo que marcan fuertemente su generación. Lo vemos a él actuando según la manera prevista por Samuel. Él escoge tres mil hombres de Israel para que le sirvieran, enviando a los demás a sus tiendas, tratándoles como si ellos fuesen su propiedad, como teniendo el derecho de hacer con ellos lo que él quisiera hacer, con los suyos propios. "Siempre que veía Saúl algún hombre poderoso, o algún hombre valiente, le tomaba consigo." (1 Samuel 14:52 - VM) - tomando así a sus hijos y designándoselos para él mismo, tal como Samuel había dicho (1 Samuel 8:11 y ss.). Y todos sus modos de obrar eran el mismo tono de voluntad propia, completamente opuestos a la manera del rey de Dios prescrito por Moisés (Deuteronomio 17: 14-20). En la soberanía de su complacencia, el rey del pueblo hace su propia voluntad, exaltándose por sobre sus hermanos, tocando la trompeta por todo el país, hablando con una voz como de dios y no de hombre, y diciendo, "Oigan los hebreos." (1 Samuel 13:3); trayendo así al pueblo a sus propios dinteles, por decirlo así, y perforando allí sus orejas, para que ellos pudiesen ser sus siervos para siempre (Éxodo 21:6).

         Y él sería sacerdote, así como rey. Él se sentaría gustosamente en el santuario así como en el trono; en desobediencia, él mismo ofrecerá el sacrificio; dándonos terribles muestras, en todas estas cosas, de los modos de obrar de aquel que es aún más atrevido, magnificándose él mismo por sobre todo, plantando sus tiendas en el glorioso monte santo, y sentándose en el templo de Dios. [5]

 

[5] Para marcar el voluntarioso carácter infiel de Saúl aún más, puedo comentar que el arca de Dios no se consultó ni una vez a lo largo de su reino. (1 Crónicas 10: 13, 14).

                

         Así fue Saúl, y así será su hermano mayor, o antitipo, en el día postrero. Pero al igual que a pesar de todas las transgresiones y quebrantamientos del pacto en el Monte Sinaí, el Señor no le permitió al enemigo triunfar sobre Israel, sino que los llevó a la buena tierra que Él les había prometido; igualmente aquí, pese a todo esto, Él obra para ellos liberación de los Filisteos tal como Él lo había prometido, y eso, también, en un modo que muestra Su mano de forma más maravillosa que en el día de Gedeón o de Sansón (1 Samuel 14). Esta victoria en Micmas, al igual que las victorias de Josué, verificó la fidelidad del Dios de Israel. Ninguna cosa buena podía fallar. Él había prometido ahora fortaleza contra los Filisteos, así como Él había prometido la tierra de los Cananeos en aquel entonces, y este día de Micmas, y el que sigue a continuación, cumple la Palabra de Dios (1 Samuel 9:16; 14: 47, 48).

         Pero todo esto, así como todo lo demás, sirve solamente para desarrollar más y más el rey del pueblo. Los modos de obrar de un voluntarioso están marcados fuertemente en todo lo que él hace. Su curso es incierto y caprichoso, debido a que es justamente lo que su voluntad propia lo determina. Pero en medio de toda la reunión actual de tinieblas hay un objeto de alivio para el ojo - la persona y las acciones de Jonatán. Él es aquel que, en un reino apóstata, reconoce a Dios y es reconocido por Él, el remanente en medio de los miles de Israel, aquel que estuvo en el secreto de Dios, y supo donde yacía la fortaleza de Israel. Y de este modo, él está completamente preparado para todas las oportunidades del propósito divino. Le vemos en inmediata simpatía con David, tan pronto como David aparece (1 Samuel 18:1). Sus hechos en Israel, antes de que se escuchase acerca de David, tienen el sabor del espíritu mismo que anima después a David; ya que la victoria de Micmas, la cual su mano ganó, estaba en pleno carácter con la del valle de Ela, la cual David logró más tarde. Ambos confiaron en Dios, como el único dador de victoria. El espíritu con el que Jonatán entró los pasajes entre Boses y Senes (1 Samuel 14:4), llevó a David al frente de batalla contra el gigante. Y esto, puedo decir, es el carácter de todo remanente - ellos andan en el espíritu de la esperanza puesta delante de ellos, de modo que cuando se manifiesta, ellos están preparados para ella. Así como Jonatán está aquí listo para David, Ana y Simeón esperaban "la consolación de Israel" (Lucas 2: 21-38), y abrazaron al Niño en el momento que le vieron. De igual manera, en el día postrero, el remanente estará esperando al Señor como un pueblo afligido y pobre; y así, mientras tanto, nosotros deberíamos velar por la gloria celestial en el espíritu de santo retiro del mundo y de las cosas del mundo. En espíritu y conversación, nosotros deberíamos ser como "hijos de luz e hijos del día" (1 Tesalonicenses 5:5), señalando así nuestro carácter de remanente, aunque la noche está aún a nuestro alrededor; de modo que cuando la luz de la mañana empiece a manifestarse, y el día del reino llegue, nosotros podamos hallar nuestro lugar natal en ella. El aceite en los vasos de las vírgenes sensatas nos dicen esto. Nos dice que ellas habían calculado el costo de estar alerta hasta el fin - que ellas mismas sabían que estaban sólo como 'prisioneras de esperanza' (Zacarías 9:12) en este mundo, y que era aun solamente de noche, lo cual necesitaría la lámpara, hasta que la gracia fuese traída a ellas en la aparición de Jesucristo.

         Y el carácter de los apóstatas está señalado justamente en la manera opuesta. Es este remanente lo que ellos aborrecen, y su esperanza para la que ellos no están preparándose. Es este justo Jonatán quien mueve ahora a Saúl a envidia. Parece que Saúl le habría sacrificado para su codicia, así como sabemos que él procuró matarlo después. Porque a la envidia, o al amor al mundo, no le importa aunque tenga por presa incluso a un hijo de sus propios lomos, como sabemos, en el caso de José, deseó ardientemente un hermano para un sacrificio. En Saúl, la envidia cazó también a David como una perdiz en las montañas, y aun habría matado a Samuel, a quien, bajo Dios, Saúl debía todo (1 Samuel 16:2). Como dice el proverbio divino, "Cruel es la ira, e impetuoso el furor; Mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?" (Proverbios 27:4).

         Y con todo esto, él no tuvo coraje en la causa del Señor cuando vino la prueba. Él hace un gran revuelo y se da bastante prisa con sus seiscientos hombres tras él en Gilgal (1 Samuel 13:15 y ss.); pero a medida que le seguimos a Gabaa, donde la batalla era inminente, él aguarda en la parte más lejana bajo un granado, y tampoco le vemos en el campo hasta que el día está ganado. Él se enfurece después de la batalla, pero no da un golpe en ella; y todo lo que él hace es sacrificar el honor de Israel por su propia voluntad, porque en el mero ejercicio de su propia complacencia, él juramenta al pueblo para que no toque ningún alimento hasta la tarde, y esa maldición impide la derrota completa de los Filisteos.

         Así, en este día memorable, todo lo que él es realmente es ser Acán en el campamento (Josué 7). Jonatán es la fortaleza, y Saúl no es más que el que perturba a Israel. Pero con todo esto, él puede ser muy religioso, cuando la religión no lo aparta de su propio camino, o cuando, como Jehú, él se puede servir de ella. Después de la ofensa del pueblo al comer la sangre con la carne, él mismo ordena la mesa del campamento en la debida forma religiosa (1 Samuel 14:33 y ss.). Pero esto, en lugar de interponerse a su propio deseo, sólo le sirve, porque mediante esto él toma el honor del sacerdocio para él, y se exalta así a sí mismo. Él se apresura nuevamente como si él fuese el único objeto de importancia en la escena completa, recogiendo así los pensamientos del hombre a sí mismo, y andando en la luz plena de la apariencia del mundo, lo cual era el todo para él, la cosa por la cual él vivía.

 

         Todo esto es tinieblas, efectivamente, pero nosotros tenemos que penetrar aún tintes más sombríos.

         Cuando Israel entró en la tierra, ellos recibieron una comisión para destruir a las naciones, porque el día de la visitación había llegado para ellas. Pero yo comentaría aquí que no era toda la tierra la que debía ser destruida de este modo, sino sólo esas naciones que habían sido culpables de menospreciar a Dios, y habían llenado la medida de sus pecados. Los Cananeos habían tenido testigos de Dios entre ellos en tiempos antiguos, ya que Abraham, Isaac, y Jacob habían estado allí, pero ellos permanecían aún siendo Cananeos. Los Egipcios habían conocido a José y la gracia y el poder del Dios de José, pero habían dejado de acordarse de Él. Y Amalec había visto al Dios de gloria conduciendo Sus huestes fuera de Egipto, con Su nube sobre ellos, y habían visto el agua de la roca siguiéndoles, pero la mano de Amalec se levantó, en aquel momento, contra el trono de Dios. De estos tres, Egipto, los Cananeos, y Amalec, Egipto y los Cananeos ya habían sido juzgados, y el día de Amalec había llegado ahora; ya que ciertamente cuando la copa de la ira del Señor estaba pasando, ellos no podían ser olvidados. [6]

 

[6]  Y yo comentaría además, que el juicio de las naciones en el día postrero será en la misma manera. No es toda la tierra la que va a ser destruida en aquel entonces, sino solamente esas naciones entre las cuales los testigos de Dios han estado previamente, aquellas que formarán en aquel entonces la confederación contra el ungido del Señor. Los reinos del mundo llegarán a ser, entonces, del Señor, y no serán destruidos; las costas lejanas formarán el séquito de la gloria terrenal del Mesías, así como las ciudades muy lejanas y el pueblo de antaño habían de ser dejados para volverse tributarios de Israel (Deuteronomio 20: 10-18), y solamente para ser cortado aquellas, como lo he comentado arriba, que habían llenado la medida de su pecado, y habían despreciado a Dios. (Génesis 15:16).

          

         Pero Israel no había sido completamente fiel a la comisión que ellos habían recibido contra los Cananeos, tal como nos lo muestra el capítulo 1 del Libro de Jueces; y ahora, nuevamente, nuestro capítulo 15 de 1 Samuel es justamente ese capítulo 1 de Jueces, pero bajo la mano del rey Saúl. El reino había sido recibido ahora, así como la tierra lo había sido entonces, y el rey recibe ahora su comisión, tal como la había recibido la nación. "Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene" (1 Samuel 15:3), dice el Señor a Saúl por medio de Samuel. Pero Saúl hace un acuerdo con Amalec, al igual que las tribus lo habían hecho anteriormente con los Cananeos. Él perdona a Agag, así como Benjamín había perdonado a los Jebuseos, Manasés a la gente de Dor, Efraín a la gente de Gezer, Zebulón a la gente de Quitrón, Aser a la gente de Aco, y Neftalí a la gente de Bet-semes. (Jueces 1). Y así, tenemos aquí con el rey, como allí con las tribus, la desobediencia del hombre, y la consiguiente pérdida de toda bendición y honra. "Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová," dice Samuel a Saúl, "él también te ha desechado para que no seas rey." (1 Samuel 15:23).

         Y esto fue como la pérdida del Edén para el Señor. La tierra de Israel debería haber sido el reposo terrenal, donde Dios podría haber guardado Su día de reposo (sabbath). Pero estaba contaminada ahora, al igual que el paraíso de antaño; y así como en tiempos antiguos Dios se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra (Génesis 6:6), Él se arrepiente ahora de haber puesto a Saúl por rey sobre Israel (1 Samuel 15:35). El reino iba a producir ahora espinos y abrojos, así como la tierra lo hizo entonces. Samuel se fue a llorar, y el Señor no se complace con el reino.

         De este modo, todo es ruina bajo la mano del rey del pueblo, y la codicia de su corazón se ve obrando nuevamente con temible poder en esta escena. Porque él procura inmediatamente volver la conquista de Amalec para su propio beneficio y su propia gloria, indiferente como él era a la Palabra y a la gloria de Dios. Él se abalanza primeramente sobre el botín, y después se levanta un monumento (1 Samuel 15:12), es decir, erige un monumento a su propio nombre, buscando así hacer que su victoria sirva tanto a su soberbia como a su codicia. Es verdad que él dice, "Yo he pecado"; pero lo mismo dijo Balaam antes de él, y Judas después de él. Y aun en esa confesión, el deseo de su corazón no se dirigía hacia el perdón y la paz de Dios, sino hacia su propia honra delante de los hombres. Porque estas son sus palabras a Samuel, "Yo he pecado; pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel." (1 Samuel 15:30). Esta fue su pasión - él amaba la alabanza de los hombres. Él aceptaría, a toda costa, la honra que viene del hombre, y Samuel lo entrega ahora a una mente reprobada. Samuel vuelve por un momento con él hacia el pueblo, pero luego lo deja para siempre.

 

1 Samuel 16 - 27.

 

         De este modo, el juicio de Dios está sobre él, y un espíritu malo de parte del Señor viene a atormentarle. (1 Samuel 16). Y ha llegado ahora el tiempo para revelar nuevamente "el secreto de Dios." ("El secreto de Jehová es para los que le temen." Salmo 25:14 - RVR1909). Pues en todas las épocas de la destrucción del hombre llevada a cabo por él mismo, otra cosa ha estado sucediendo en los planes del Dios bendito. Así, desde antaño, la simiente prometida es sembrada en el campo de espinas y abrojos del hombre. (Génesis 3). Mientras sus hermanos están llenando sus pecados y pesares en Canaán, José, desconocido para ellos, está creciendo en Egipto para ayuda de ellos; mientras Israel está en el calor del horno, Moisés se está preparando, en las remotas soledades de Madián, para ser el libertador de ellos. Y nuevamente, mientras el desastre sigue, en rápida sucesión, a los pecados, los Jueces son levantados como los libertadores de Dios para el pueblo; y por último, cuando el sacerdocio se contaminó, y la gloria se había ido a la tierra del enemigo, Samuel, el niño, es dado a luz para levantar la roca de socorro.

         Así había sido antes, y así es nuevamente ahora. Saúl y el reino están trayendo ruina sobre ellos mismos, pero David, "el secreto de Dios", está bajo preparación para establecer el trono en honor, y el reino en orden y fortaleza. Y ¿qué son estas cosas sino anuncios para nosotros acerca de Aquel que es el verdadero secreto de Dios? Ya que como tal, el bendito Hijo de Dios es ahora, aunque la carne y la sangre decaen, la semilla oculta en el creyente que ha de brotar en la resurrección como una planta de gloria. Y, como tal, Él soportará, en una ocasión futura, las columnas de la tierra, cuando todas las otras cosas se estén disolviendo. Él saldrá entonces de Sus aposentos secretos, como José o como Moisés, como Samuel o como David, y será como la luz de la mañana, después de una noche oscura y lúgubre, cuando el sol surge, una mañana sin nubes. [7]

 

[7] Moisés predica a Cristo como "el secreto de Dios" en Deuteronomio 29:29. En relación con eso, en el capítulo siguiente (Deuteronomio 30: 11-14), él habla de un cierto "mandamiento", que él describe allí; y Pablo, en su ministerio, se refiere a esas palabras de Moisés como descriptivas de "la justicia que es por la fe", o, la Palabra de Cristo. (Romanos 10:6). Y el Apóstol revela plenamente, de este modo, lo que el Legislador había insinuado sólo misteriosamente, y muestra que Jesús en el secreto que pertenece a Dios - el verdadero recurso de Dios para los pecadores. Y puedo comentar además que uno de los nombres de Cristo es 'secreto' (traducido generalmente como "admirable" o "maravilloso"). (Jueces 13:18; Isaías 9:6).

                                     

         Y así es siempre el modo de obrar de la gracia: ella entra en ejercicio después que el hombre ha sido convicto de completa insuficiencia. Ella habla de este modo: "Si Jehová de los ejércitos no nos hubiese dejado un resto pequeño, como Sodoma fuéramos, y semejantes a Gomorra." (Isaías 1:9). El hombre hace de Jerusalén una Sodoma, una ruina repulsiva, y entonces, de esa ruina, Dios en Su gracia y fuerza edifica nuevamente una "Ciudad de justicia." (Isaías 1:26). Y esta gracia toma siempre como sus instrumentos a las cosas débiles y a las cosas insensatas de este mundo. Tal fue Jesús de Nazaret, tal fue Pablo con un aguijón en su carne, y tal es ahora David. "El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón." (1 Samuel 16:7). El hombre ya había mirado, como hemos visto, la apariencia externa, y había hallado su objeto en Saúl, quien, personalmente, era el mejor de los hijos de Israel. Pero la elección de Dios no se iba a disponer mediante una medida semejante (Salmo 147:10). Una vara del tronco de Isaí es Su objeto, una vara de un suelo seco en el cual no había ninguna hermosura delante de los ojos de los hombres, uno de quien su padre "según la carne" dice con desdén, "Queda aún el menor, que apacienta las ovejas" (1 Samuel 16:11) - aquel que, al igual que uno mayor que él, el hombre estaba despreciando y la nación estaba aborreciendo (Isaías 49:7). Este, este hijo más joven de Isaí de Belén, el apacentador de unas pocas ovejas en el desierto, es ahora el objeto de Dios. "Levántate y úngelo," dice el Señor a Samuel, "porque éste es." (1 Samuel 16:12).

 

         Y debo comentar aquí, nuevamente, algo que me parece que tiene un gran valor moral en ello. Yo aludo a lo que parece haber sido la diferente condición de la casa de Saúl y la casa de David, cuando ellos son traídos separadamente ante nosotros. La casa de Saúl, como hemos visto, no era una casa de renombre en Israel, sino que habían hecho fortuna, como dice la gente. La de David, por otra parte, había estado una vez en honra, era de la tribu de Judá, y en su genealogía llevaba el distinguido nombre de Booz, quien había sido, quizás, el hombre sobresaliente en su generación. Pero ahora parece ser de otra manera con ellos, porque David y su padre y la casa de su padre no tienen ahora distinción, sino que toman sencillamente su lugar entre los muchos miles de Israel. ¿Pero qué importa todo esto? el mundo encuentra su objeto en Saúl ("los hombre te alabarán cuando te hagas bien a ti mismo" - N. del T.: traducción literal del Inglés al Español de Salmo 49:19 - Santa Biblia, Versión en Inglés de J. N. Darby), y Dios lo encuentra en David. Y estas cosas nos enseñan, amados, que es más seguro estar 'descendiendo' que 'elevándose', como se dice, en el mundo. Y ellas nos dicen también que aquel a quien Dios exaltará, Él lo abate primeramente; aquel que Él glorificará, Él lo humilla primeramente. Él pone la sentencia de muerte en los hijos de resurrección. Pero en cuanto a los impíos, "no hay para ellos dolores de muerte; más bien, es robusto su cuerpo." (Salmo 73). [8] Saúl no pasó por ningún pesar hasta llegar al trono, así como David sí lo hizo. Esaú, el hombre de la tierra, tuvo ducados en su familia, mientras que los hijos de Jacob fueron aún desconocidos sin hogar en la tierra (Génesis 36), y sin embargo, está escrito, "A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí." (Romanos 9:13).

 

[8] El Salmo 73 es la prueba del alma al aprender que la muerte y la resurrección es el principio de Dios.

 

         El modo de obrar de Dios es, conforme a esto, duro para que la carne y sangre lo aprendan, efectivamente, y la mano de Dios encuentra así su objeto en David, y nosotros tenemos ahora ante nosotros, por consiguiente, un nuevo rasgo en la escena. Tenemos a David, el escogido de Dios, así como a Saúl dentro y a los Filisteos afuera. David está ante nosotros en la fortaleza del Espíritu de Dios, y él pronto da pruebas de su ministerio tanto sobre el rey rechazado como sobre el incircunciso. A ambos se les hace reconocer el poder del Señor que estaba en él. Tanto si fuese el arpa o la honda, su mano es experta para utilizar ambas. El rey tenía un espíritu malo en él, y el incircunciso respira masacre, pero David está por encima de ambos en la fortaleza del Señor. El espíritu inmundo se va del rey al mandato de su arpa, y el gigante Filisteo cae bajo su honda (1 Samuel 16, 17). Se podría pensar que el mal curso del rey Saúl fue interrumpido por esto, pero pronto parece que esto era sólo otra etapa en su camino descendente. La puerca iba a volver a su cieno. El espíritu inmundo sale solamente para reunir y traer otros siete espíritus peores que él. Este apaciguamiento del espíritu malo no fue más que una adulación de Dios con la boca, ya que el corazón del rey no fue corregido por ello para con Él. Él no fue alejado de sus codicias mediante ello. Su amor por el mundo y su alabanza, su voluntad propia, y su odio por el justo, aún lo gobiernan, y Dios y Su palabra y Su gloria son tan poco considerados como siempre.

         Y vemos en todo esto a Israel; porque (a tal príncipe, tal pueblo) Saúl es el representante de Israel en apostasía, así como él es el precursor, o tipo, del rey de ellos en el día postrero. Este modo de obrar de Saúl bajo el arpa de David ha sido el modo de obrar de Israel bajo los ministros de Dios. Elías elevó entre ellos, por un momento, el clamor, "¡Jehovah es Dios! ¡Jehovah es Dios!" (1 Reyes 18:39 - RVA), pero todo fue rápidamente "Baal" nuevamente. En la luz de Juan el Bautista ellos se regocijaron después, pero fue sólo por una temporada; y cuando la mano del Hijo de Dios mismo estuvo entre ellos para sanarles y bendecirles, ellos acudieron a Él por miles, y cuando Él predicó ellos estaban maravillados (Lucas 4), y cuando Él entró en la ciudad de ellos, clamaron, "Hosanna" (Mateo 21), pero pronto todo terminó en la cruz. El espíritu malo había sido encantado, el espíritu malo había salido, pero la casa estaba aún dispuesta para él, y sólo para él. Y así, el arpa de David y la gracia y el ministerio del Hijo de Dios eran sólo la misma etapa en las sendas descendientes del rey y del pueblo. Ambos eran, a pesar de todo, desobedientes y contradictores. Y fue este caso del arpa de David, tal como yo juzgo, que el Señor tenía en mente cuando Él dijo, "Pues si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿vuestros hijos por quién los echan?" - asemejando así a Saúl aquella generación de Israel a quienes Él estaba predicando, y haciendo que el poder del arpa de David fuera el mismo de aquella predicación. Y la parábola del espíritu inmundo saliendo y regresando con otros peores que él, que el Señor ofrece a continuación (Lucas 11), es así una exposición tanto de la historia de Saúl como la de esa generación. Y así encontraremos que el espíritu que salió ahora de Saúl, volvió a entrar en él nuevamente con mayor fuerza, así como la expulsión de demonios y la limpieza de la casa de Israel por un tiempo por el Hijo de Dios terminó sólo en que Él se convirtió en la víctima de sus codicias y de su enemistad, Porque Saúl era el hombre según el corazón del pueblo, el pleno representante de la nación rebelde e incrédula.

        

         Pero el pecado de Saúl no va a impedir la misericordia de Dios. David tiene que hacer una obra con el Filisteo, que debe ser hecha, aunque el rey jamás haya sido tan indigno. Y vemos aun en esto el modo de obrar de Hijo de Dios. Él vino a destruir el poder del enemigo, así como a sanar a la hija de Sión; y aunque ella, al igual que Saúl, pueda rehusar ser sanada, el Hijo de Dios debe hacer Su obra sobre el gran Goliat. Él debe llevar cautiva la cautividad. Él debe poner fin al pecado. Él debe derribar la pared intermedia de división y clavar el acta en la cruz. Él debe dar muerte a la enemistad y abolir la muerte. Él debe llevar a cabo todo este triunfo glorioso sobre el pleno poder del enemigo, aunque Él no encuentra a nadie en Israel, los cuales eran los Suyos, que lo reciba, ni a nadie en el mundo, el cual Él había hecho, que lo conozca.

         Esto es nuevamente vergüenza y consuelo para nosotros: vergüenza de que pudimos tratar así Su amor; consuelo de que Su amor sobrevivió a un tratamiento semejante. Y sobre esto, yo repararía además (ya que ello nos trae otra lección), que aunque Saúl conoció por un tiempo el poder del arpa de David, él nunca conoció al propio David. Él no se había enterado de David, si es que puedo hablar así - David era aún un extraño para él (1 Samuel 17:56). ¡Y de qué manera esto nos habla aún del hombre y de Israel! [9] Él hombre disfrutará de la lluvia del cielo, y de la estación fructífera; pero permanece ignorante acerca del Padre que ordena todo esto para él. Israel fue sanado por Jesús, pero no se enteró de Jesús; muchos de los que Le apretaban en la multitud, nunca Le tocaron. Y todo esto es como Saúl quien podía ser refrescado por la música de David, pero que sin embargo tiene que preguntar "Abner, ¿de quién es hijo ese joven?" (1 Samuel 17:55).

 

[9] La transposición de la última parte del capítulo 17 al capítulo 16, con el fin de satisfacer la objeción que se ha efectuado al hecho de que Saúl no conocía a David en el capítulo 17, aunque había estado tanto con él en el capítulo precedente está, a mi entender, absolutamente fuera de lugar; y me sorprende que semejantes esfuerzos como aquel surjan del libro de Dios manejado más con una mente crítica que con una mente moral. Nosotros deseamos el carácter de "niños", ya que "los sabios" son prendidos en la astucia de ellos. (Mateo 18:3; 1 Corintios 3:19).

     

         Y esto, amados hermanos, es verdaderamente triste y solemne; y pienso que puedo decir que yo jamás me sentí más impresionado, meditando acerca de la Escritura, con pensamientos de lo que el hombre es, que en esta meditación acerca del pobre Saúl miserable y desventurado. El tema es muy solemne, efectivamente. Nos presenta el modo de obrar del hombre, el modo de obrar de un hijo de este mundo, quien sigue adelante en voluntad propia, con desesperado propósito de corazón, a tomar a toda costa el mundo como su porción. Y ello no es ninguna teoría, ni cosa singular. Ello encuentra todos los días su contraparte en nuestro mundo; y la encontraría en nosotros mismos, si no fuera por el amable cuidado de nuestro Dios. Y yo ruego, amados, que ni mi pluma, ni vuestros ojos, puedan seguir viajando a través de estas lúgubres sendas del hombre, sin que nuestro corazón sienta qué cosa es vivir de este modo y morir de este modo, como un amador de este presente mundo (siglo) malo. "El hombre que reprendido endurece la cerviz, De repente será quebrantado, y no habrá para él medicina." (Proverbios 29:1).

 

         A través de los capítulos siguientes (18 - 27), David llega a ser el objeto principal; y todo lo que nosotros vemos en Saúl es sólo el curso de un hombre del mundo irritado y decepcionado, el cual, mediante la incitación de sus propias concupiscencias se apresura a la destrucción, al igual que un caballo a la batalla. Él siente que está perdiendo el mundo, y eso es todo para él. Nada le importó el reino, para su propio bien; y él valoró su bienestar, sólo en la medida que eso servía al mundo en su corazón y a su honor entre los hombres. El espíritu malo regresa ahora con otros peores que él. Anteriormente, se trataba de un espíritu que lo atormentaba, pero ahora este espíritu irrita sus concupiscencias, y es demasiado fuerte para el arpa de David (1 Samuel 16:14; 1 Samuel 18:10). Él se había vuelto ahora uno de aquella generación que no oirá la voz de los que encantan, por más hábil que el encantador sea. (Salmo 58). La canción de las mujeres (1 Samuel 18:7), al contrario, había despertado todas las malas pasiones de su alma; y envidia y orgullo herido y aborrecimiento hacia el trabajo del justo, y se expresan pavorosamente a lo largo de todas estas escenas. Esa canción fatal fue para Saúl lo que el sueño de José había sido para sus hermanos, y lo que las noticias de los magos fueron después para Herodes - dicha canción avivó toda su enemistad; y los primeros éxitos de David son, obviamente, solamente nuevas irritaciones para su concupiscencia (1 Samuel 19: 8, 9); y nada la desarraiga. Convicciones, decepciones, resoluciones: todo fracasa. Y la pasión gobernante es fuerte aún en la muerte; ya que mientras él confiesa que David pronto tendrá todas las cosas, y él mismo será puesto en el sepulcro, aun así él dice, "júrame, pues, ahora por Jehová, que no destruirás mi descendencia después de mí, ni borrarás mi nombre de la casa de mi padre." (1 Samuel 24:21). Verdaderamente, su advertencia es una advertencia solemne para nosotros. Los ojos de Saúl estaban encendidos por el fuego del infierno, y él los mantenía fijos sobre el justo como presa del infierno. "Miraba Saúl a David con malos ojos." (1 Samuel 18:9 - NC). Y no está en poder de la perspectiva, o de la cercanía de la muerte, sanar "los malos ojos." El espíritu de envidia y de contienda obrará en nosotros, aun hasta el último aliento mismo; y la única cura divina para ello es, aprender por medio del Espíritu Santo, con corazones ensanchados, a dejar de ocuparnos de nuestro honor, o interés, personal, y a tomar nuestro lugar en los intereses de Dios; es saber que tenemos nuestro honor, nuestro honor perdurable, solamente en aquel sistema poderoso y glorioso, al cual los otros diez mil, y nuestros miles están todos contribuyendo (1 Samuel 18:7). Esto dará victoria divina sobre el mundo. Pero el mundo era el objetivo de Saúl, y él debe conseguirlo a toda costa. Él no sabía nada aparte de "lo suyo propio" (Filipenses 2:4; 2:21), y jamás había aprendido la gloriosa y exaltadora lección de que todo es nuestro, si nosotros somos de Cristo, porque Cristo es de Dios. (1 Corintios 3: 21-23).

         Pero Saúl querría que David cayese por medio de la mano de otro más que por la suya, ya que él tenía algunos aguijones de conciencia en el asunto tal como estaba; y aparte de eso, él vio que David "era acepto a los ojos de todo el pueblo" (1 Samuel 18:5). Él conspira contra su vida mediante los Filisteos primeramente, y después por medio de su hija, y, por último, le solicita aun a Jonatán que él sea el verdugo. Pero al fracasar estos, y sólo obligando a David a salir de la corte y del campamento, él le proclama entonces como un traidor; y haría que su pueblo lo tratase como un renegado. Pero ningún arma formada contra él puede prosperar. Cada trampa del cazador es quebrada, ninguna astucia puede sorprender, ninguna fuerza puede vencerle. Cuando los alguaciles de los Judíos vinieron a prender a Jesús, ellos tuvieron que regresar, diciendo, "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!" (Juan 7:46); y el propio Saúl y sus oficiales son transformados en profetas, para que toda compañía que ataría a este ungido del Señor pudiera ser desatada también.

         Y David, en el exilio y la vergüenza de un renegado, reúne a su alrededor una compañía, así como el mundo estimaría, tan deshonrada como él; pero que demuestran la verdadera fuerza y la única honra de la nación en aquel entonces, y que después resplandece en las filas más brillantes del pueblo, cuando el reino es establecido en justicia. Ya que es a este David, a este David exiliado y a su compañía de afligidos y descontentos, a quienes Israel busca en su problema (1 Samuel 23:1); y se le hace saber al enemigo que la presencia del Dios de Israel está con ellos. Los Filisteos son derrotados por ellos, y los Amalecitas son saqueados; pero ellos defienden y rescatan a sus hermanos expuestos y amenazados (1 Samuel 22, 25). Estos y otros hechos semejantes son hechos por ellos, y el sacerdote y el profeta y la espada de Goliat (el símbolo y el botín de la guerra gloriosa) están con ellos. Al igual que después con uno mayor que David hubo otra compañía deshonrada, que sin embargo era "la simiente santa" de la nación, los publicanos y las rameras, las mujeres Galileas, y aquella de quien Él había echado siete demonios. Saúl y sus amigos mantuvieron una corte, es cierto, y los Escribas y los Fariseos se sentaban en la cátedra de Moisés, pero estos eran sepulcros blanqueados; y el único lugar de verdadero honor era salir fuera del campamento, y encontrarse allí con David y Cristo, y sus compañías deshonradas. Porque esta es la senda bienaventurada de Aquel que envilece la soberbia del hombre, y levanta al mendigo del estercolero.

 

         Sin embargo, debido a que David era así el escogido del Señor, Saúl es su enemigo, la victima que su enemigo codiciaba; y mientras más sabiamente David se conduce, y muestra que Dios está con él, más le teme y le aborrece Saúl con corazón encaprichado y procuraría matarle; siguiendo, en todo esto, el modo de obrar de Satanás quien, conociendo al Hijo de Dios en su día, temblaba delante de Él, y sin embargo, procuraba destruirle. Así tan plenamente resultó ser Saúl de los "hijos de este siglo (mundo)" y de "los hijos del malo"; un rey adecuado para la rebelde nación de Israel, mostrándonos, su curso completo, que nada es demasiado horrible para el hombre, cuando Dios lo abandona debido a su iniquidad. ¿Acaso la matanza en Nob, a manos de su Edomita, no nos muestra esto? (1 Samuel 22:6 y ss.) ¿Acaso la masacre en Belén llevada a cabo por otro Saúl, no nos muestra esto? Y no son estas sino muestras de los modos de obrar de aquel "varón violento", en el día postrero, el cual haciendo según "su voluntad" "saldrá con gran ira para destruir y matar a muchos." (Daniel 11).

         Pero Saúl puede llorar cuando se encuentra con David (1 Samuel 24:16); pero lo mismo hizo Esaú cuando se encontró con Jacob. No obstante, no hay ninguna confianza en estas lágrimas. Ellas no pueden más que indicar, en el mejor de los casos, el terreno pedregoso, mientras todo el tiempo el corazón no es recto para con Dios. David no podía confiar en las lágrimas de Saúl, sino que se aleja de ellas a su dominio en el desierto, y dice, "Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl." (1 Samuel 24, 27). Así fue con el Hijo de Dios; cuando muchos estaban creyendo en Jesús, contemplando los milagros que Él hacía, Él no se fiaría de ellos (Juan 2); así de indigno es el hombre de la confianza de Dios aunque él exponga lo mejor de él.

         Y Saúl también puede profetizar. Pero también lo han hechos otros de la misma generación. Balaam el profeta profetizó mientras amaba el premio de la maldad (2 Pedro 2:15). Caifás el sacerdote profetizó (Juan 11: 49-52), mientras estaba sediento de sangre inocente. Judas el apóstol obraba milagros mientras él llevaba el corazón de un traidor. Y Balaam el profeta, Saúl el rey, Caifás el sacerdote, y Judas el apóstol, pertenecen todos ellos a una generación. Un corazón nuevo, un corazón mudado por Dios (1 Samuel 10:9), como un don para el cargo, había sido impartido a cada uno de ellos, y ellos profetizaron, u obraron milagros, en el Espíritu. Pero todo esto nos habla acerca de que no son los dones los que nos hacen lo que deberíamos ser, y que nada servirá si el corazón no está con Dios.

 

1 Samuel 28 - 31.

 

         No olvidaré que mi actual ocupación es con Saúl; pero no puedo soslayar enteramente reseñas adicionales, que estos capítulos sugieren, acerca de David y de Jonatán.

 

         En David nosotros vemos mucho de lo que es verdaderamente hermoso y excelente, todo esto impregnado ricamente del Espíritu de Dios. Pero no obstante, vemos también el fracaso del hombre. Los problemas demuestran ser tentaciones para él, y tales tentaciones son, a veces, demasiado fuertes para él. Él miente a Ahimelec (1 Samuel 21:1), finge estar loco delante de Aquis (1 Samuel 21:12 y ss.), procura vengarse de Nabal (1 Samuel 25), y busca un refugio entre los incircuncisos. Porque esto es lo que resulta ser el hombre incluso en este, uno de sus mejores ejemplos. Pero el Señor no fue así. Él se mantuvo sin defecto, el autor y consumador de la fe. La fe de David en Nob o en Gat no fue la que había sido en el valle de Ela, pero todo fue un pleno e igual resplandor en Jesús desde el pesebre hasta el madero.

 

         En Jonatán vemos también una fe hermosa. Su alma quedó ligada a David en el momento en que lo vio (1 Samuel 18:1), y él se despoja a sí mismo para colmar a David - él se quita sus ropajes para poder vestir a David. Porque Dios le permite a Jonatán ver claramente el propósito divino con respecto a David. Pero después la pregunta es, ¿siendo esto así, fue Jonatán lo suficientemente lejos? ¿no debería él haber dejado más completamente a su padre, y haberse unido a la pequeña compañía renegada en la cueva de Adulam? ¿y acaso no es su caída sin gloria en Gilboa el premio a su incredulidad? Yo opino que lo es; y así, Jonatán nos presenta otra prueba de que no hay nadie perfecto sino el Señor, que nadie más que Él ha caminado por la senda de la fe sin ningún paso atrás, sin error alguno a la diestra o a la siniestra. [10]

 

[10] Yo también consideraría aquí adicionalmente, por un momento, a Nabal y Abigail. La historia de ellos tiene, considerablemente, el carácter de la historia de Saúl y David - más amable en su tono, pero con todo, del mismo carácter general. Es una escena en la cual la mujer, el vaso más frágil, actúa, pero actúa en el mismo espíritu de fe con David, mientras la misma persona, "el necio", o el "varón violento", se muestran en Nabal tal como lo había hecho en Saúl. Y David y Abigail se encuentran finalmente, mientras Saúl y Nabal perecen igualmente bajo la mano de Dios. David deja la corte del apóstata, y Abigail la casa del necio, y ellos se encuentran, primeramente, "fuera del campamento", y después, "en el trono." Y así con el Señor y la iglesia. Él, al igual que David, tiene que pasar por la escena de la prueba más profunda, y pasar por el campo más extenso de labor; pero la iglesia, el vaso más frágil, tiene que conocer, en su medida, algo de lo mismo, y al igual que Abigail, debe abandonar su hogar en la fe de su amado, dejar la casa del necio por el ungido del Señor.

Y permítanme añadir aquí que nada sino la fe podía haber avalado la conducta de Jonatán o la de Abigail. Uno habría sido un hijo rebelde, y la otra una esposa rebelde, si ambos no hubiesen comprendido y creído los propósitos de Dios con respecto a David. Pero la demanda de Dios sobre la fe no conoce rival, y pide el sacrificio de las demandas tanto de un padre como de un marido. Las demandas humanas caen ante ella. Y así el Señor, hace sobre nosotros las demandas de Dios mismo, cuando Él dice, "El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí." (Mateo 10:37). Si Él no hubiera venido con la autoridad de Dios mismo, Él no podría haber demandado así mucho de nosotros; y el corazón que responde a esta demanda no Le puede decir nada menor a, "¡Señor mío, y Dios mío! (Juan 20:28). Esta es una forma en que la Escritura nos predica Su gloria divina.

 

         Pero debo apresurarme ahora a las escenas finales de esta historia solemne y conmovedora. Porque la noche de Israel está cayendo ahora con muchas nubes oscuras y pesadas. (1 Samuel 28). Samuel ha muerto, los Filisteos están más fuertes y amenazantes que nunca, David el libertador del pueblo ha sido obligado a salir fuera del campamento, y nuestro pobre rey, el esclavo de sus codicias, es todo temor y confusión. Él pregunta a Dios, pero no hay respuesta, como está escrito, "Por cuanto yo he llamado, y vosotros habéis rehusado,. . . me mofaré cuando viniere vuestro espanto." (Proverbios 1: 24, 26 - VM). El Señor estaba edificando ahora contra él y - colocándole en lugares oscuros - Él le estaba cercando, y haciendo pesadas sus cadenas, y cuando él clamó ahora, Él cerró la puerta a su oración. Fue verdaderamente un día de tinieblas y tribulación para Israel, así como lo será dentro de poco. Había ahora un abandono de los vivos por los muertos, y una búsqueda de encantadores y adivinos, que susurran hablando (Isaías 8:19), así como será en la aflicción del día postrero. El día de la iniquidad final de Israel es ahora anticipado - es "tribulación y tinieblas, oscuridad y angustia" tal como será entonces. (Isaías 8: 20-22).

         En diferentes estaciones de la maduración de la iniquidad del hombre, ha existido una confederación de reyes y sus consejeros contra el Señor y Su Ungido. De este modo, Faraón tomó consejo con los magos para resistir a Moisés. Balac envió a buscar a Balaam para maldecir a Israel. Los Judíos con Caifás, consejero de ellos, se enfurecen contra el Señor, e imaginan el mal. Y así en el día postrero, la confederación de la bestia y el falso profeta se formarán contra el poder, y en desprecio a la gloria y a la adoración de Dios. Y así, al final de la iniquidad, ya sea en Egipto, en Madián, en Israel o en la Cristiandad, el hombre despliega toda su fuerza, formando confederaciones entre los sabios y los grandes de la tierra. 'El carpintero anima al platero, y el que alisa con martillo al que bate en el yunque' (Isaías 41:7); pero todo esto hace que se exponga la mayor gloria de Aquel que está sentado sobre las corrientes de las aguas. Su paciencia ha sido entonces despreciada, Su espera para ser amable ha sido entonces descuidada, y "la vara justiciera" (Isaías 30:32), la venganza decretada, sólo tiene que tomar su curso.

         Y ahora, en nuestra historia, tenemos otro ejemplo del mismo esfuerzo desesperado del hombre de la consumación de su pecado. Saúl con la adivina de Endor (1 Samuel 28:3 y ss.) es otro rey apóstata en consulta con su consejero de maldad para llenar la medida de su iniquidad. (1 Crónicas 10). La copa estaba a punto de llenarse, y el juicio a las puertas preparado para entrar.

         Puedo comentar aquí que Saúl nunca había levantado un ídolo en la tierra, aunque el modo de obrar de Israel había sido de tal grado tanto antes como después de él. Él había sido movido, más bien, por el deseo de levantarse él mismo, marcando así más claramente su hermandad, como he comentado antes, con aquel voluntarioso de los últimos días, quien no va a respetar a ningún dios sino que se va a engrandecer a sí mismo por sobre todos. Y con este deseo él ya ha limpiado la tierra de encantadores y adivinos.

         Pero incluso esta luz era tinieblas en él; ya que era a él mismo, y no al Dios de Israel, a quien el introduciría gustosamente en lugar del ídolo. Pero ahora que él se está perdiendo, y que el mundo, tal como él teme, se está alejando de él, él estrechará manos muy gustosamente con cualquier ayudador, y formará confederación incluso con la adivina de Endor. El modo en que el Señor se encarga de tratar con esta confederación es muy sorprendente. Él había dicho por medio de Su profeta Ezequiel, "Cualquier hombre de la casa de Israel que hubiere puesto sus ídolos en su corazón, y establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro, y viniere al profeta, yo Jehová responderé al que viniere conforme a la multitud de sus ídolos" (Ezequiel 14: 1-8). Ahora bien, yo considero que esto fue exactamente el modo de obrar del Señor en este caso. Saúl era un hombre corrupto, en cuyo corazón, y delante de cuyo rostro, el mundo se levantaba como su ídolo y piedra de tropiezo; y debido a esto el propio Señor le responde ahora. Él quita completamente el asunto de manos de la adivina, presenta a Samuel por un instante conforme al deseo de Saúl, pero ello es solamente en juicio, sólo "conforme a la multitud de sus ídolos", sólo para hablarle de la venganza que, a las mismas puertas, estaba ahora preparada para él, su casa, y su pueblo. La adivina es desechada, precisamente, de hecho, como lo había sido Balaam. Balac, al igual que Saúl, había consultado al profeta; pero el profeta, al igual que la adivina, había sido desestimado y decepcionado. Él no pudo ir más allá de la Palabra del Señor, sino que habla sencillamente como le Señor le constriñó; al igual que aquí la adivina es confundida, y clama atemorizada, no sabiendo lo que ella veía, porque el Señor había tomado el asunto en Sus manos conforme a la palabra del profeta. Y así, esta apariencia y esta palabra de Samuel, fue otra escritura hecha por mano sobre la pared con el dedo de Dios mismo, señalando el juicio contra otro rey profano. [11]

 

[11] Véase otro ejemplo de esto en el caso de Jeroboam y Ahías. (1 Reyes 14).

                                               

         El Señor ilustra así en Saúl, Su propio principio de actuar tal como es revelado por Ezequiel. Era ahora demasiado tarde para cualquier otra cosa que no fuera una respuesta en juicio. Al igual que Esaú, Saúl podría tener a Dios como su porción. La primogenitura era suya, pero él la vendió. Él la vendió por el honor que proviene del hombre, así como Esaú lo hizo por un plato de lentejas. Y ahora no hay lugar para arrepentimiento para aquel que suplica a Samuel, sino que la puerta se cerró, y el amo de la casa se había levantado.

         Y Saúl no fue renovado mediante todo esto así como tampoco Dios fue llevado a arrepentirse mediante ello. El profeta viniendo de entre los muertos no persuadirá allí donde el profeta que vive ha sido rechazado. Esaú podría llorar por la pérdida de la bendición, pero él aún aborrecía a su hermano. Igualmente aquí, Saúl, por un instante, se sorprende y se turba, yaciendo en el suelo y rehusando ser consolado; pero la turbación y el asombro pasan, y él toma de manos de la mujer y es refrescado por sus manjares. De este modo, esta es sólo otra etapa en su senda descendente, es más un progreso que una interrupción en su senda oscura y malvada. Así como después en Israel, Su pueblo, la resurrección de Lázaro no hizo más que fortalecer la enemistad contra el Señor, y sólo los arrastró más rápidamente a terminar el pecado de ellos en el Calvario. (Juan 11:47).

 

         Y nosotros sólo tenemos que seguir ahora a nuestro encaprichado rey al lugar del juicio, el "día de la visitación." Él había rechazado la Palabra del Señor, y el Señor le había rechazado. Su pecado había sido juzgado antes - no era necesario hacer ahora una investigación. Cada pasaje de su malvado reinado lo había declarado, y el solamente tenía que enfrentar ahora el juicio. Conforme a esto, en la fortaleza de ese alimento que él había recibido de manos de su consejera de maldad, él sale contra los incircuncisos, pero es solamente para caer ante ellos (1 Samuel 31). Pero él no muere la muerte de todos los hombres. Él muere como muere un necio, traspasado por su propia espada; sus hijos caen con él, y su ejército es derrotado por los enemigos del Señor. "Así murió Saúl en aquel día, juntamente con sus tres hijos, y su escudero, y todos sus varones." (1 Samuel 31:6). Porque era el Señor, y no los Filisteos, quien tenía una controversia con él. El día fue el día del Señor, y el en día del Señor caen el rey apóstata y su ejército. Ellos "yacen también incircuncisos . . . con los que descienden al sepulcro." (Ezequiel 32:30); y él llega a este fin, así como otro lo hará, y no hay quien le ayude. ("Y plantará sus pabellones palaciales entre los mares, junto al hermoso y santo monte; mas llegará a su fin; y no habrá quien le ayude." Daniel 11:45 - VM).

 

         Todo termina así, en el terrible día del Monte de Gilboa. Nuestro rey nos ha presentado un terrible modelo del apóstata y su fin. Él fue, de hecho, uno que dejó su primer estado. Escogido, ungido, dotado para el cargo, él se mantuvo primero plenamente en el título y ejercicio del trono; pero él cayó por la transgresión, y su cargo lo va a tomar otro. ¡Perdido, encaprichado, hijo de este mundo! La muerte fue aquí, nuevamente, la paga del pecado, aquí estaba el fin de los modos de obrar del hombre y de Israel, ruina y confusión y todo el poder del enemigo, la siega del torbellino producto del viento que ellos habían sembrado, el fin de esa tormenta de lluvia y trueno que ellos habían sido llamados a oír el principio de su pecado. (1 Samuel 12).

         Nuestro Señor ha dicho, "Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados." (Juan 9:39). Así es en esta escena (1 Samuel 29 al 31). Aquí, "los cojos arrebatan la presa" (Isaías 33:23 - VM, y los valientes "se doblegan bajo el yugo de prisionero." (Isaías 10:4 - VM). David, el pobre renegado, con su excelente pequeña compañía lleva a cabo hechos poderosos que aún deben ser recordados; pero Saúl, con la fortaleza de su campamento y la gloria de su corte, perece, siendo escarnio y oprobio de los incircuncisos. El botín de Amalec se reparte entre los amigos de David, mientras que las armas de Saúl penden en casa de Astarot y su cabeza cuelga en el templo de Dagón. (1 Crónicas 10:10). "Este es el botín de David" (1 Samuel 30:29), se dijo sobre Amalec; mientras los Filisteos tuvieron que publicar por todas partes entre su pueblo que Saúl estaba muerto. (1 Samuel 31:9).

         Así se quiebran los arcos de los fuertes, mientras los débiles se ciñen de poder (1 Samuel 2:4). Porque para juicio ha venido el Señor al mundo, para que los que no ven, vean, y los que ven sean cegados. (Juan 9:39).

 

         Pues bien, amados hermanos, ciertamente tenemos razón para recordar a Saúl, así como nuestro bendito Maestro nos ha encargado recordar a la mujer de Lot. En él vemos al hombre de la tierra pereciendo en sus propias corrupciones; y en su historia leemos el fin de uno cuyo pensamiento interior fue que su casa habría de continuar para siempre, pero cuyos caminos demostraron su insensatez. "He aquí el hombre que no puso a Dios por su fortaleza, Sino que confió en la multitud de sus riquezas, Y se mantuvo en su maldad." (Salmo 52:7).

         ¿Podemos, usted y yo, situarnos sobre la ruina de todo aquello por lo cual Saúl vivió, y, con todo, encontrar que no hemos perdido nada? ¿Podemos considerar al mundo fallándonos, y, no obstante, saber que nuestra verdadera herencia está intocada? ¿Nos ha conducido hasta ahora "el Dios de gloria", fuera del mundo? ¿Hemos lanzado, hasta aquí, nuestra ancla dentro del velo? ¿Está todo nuestro bien con Jesús? Oh, hermanos, ¿no hay acaso una causa para que la advertencia de la historia de Saúl resuene en nuestros oídos? ¿No nos muestra, esta historia, que "la amistad del mundo es enemistad contra Dios"? (Santiago 4:4) Él buscó el honor del mundo, y lo que este tenía para dar; y para que pudiera estar seguro de eso, él abandonó a Dios. Y, ¿acaso nosotros no somos presionados y tentados por el mismo mundo que lo arruinó a él? ¡Oh, que nuestro bendito, bendito Señor pueda, mediante Su gracia, establecer nuestros corazones en Él, y poner nuestros ojos en Su gloria, de modo que podamos estar firmes en la ruina de todo lo que se pueda arruinar, y, sin embargo, encontrar que nuestra porción es como los collados eternos! ¡Amén, Señor Jesús!               

 

J. G. Bellet

 

The Bible Treasury, Vol. 14

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Julio 2010.-

Título original en inglés:
KING SAUL, by J. G. Bellett
Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com

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