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JESÚS DESAMPARADO POR DIOS, Y LAS CONSECUENCIAS - Salmo 22 (W. Kelly)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

KJV1769 = King James 1769 Version of the Holy BIble (conocida también como la "Authorized Version")

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

 

JESÚS DESAMPARADO POR DIOS, Y LAS CONSECUENCIAS

 

 

Salmo 22.

 

 

La Escritura que he leído (Salmo 22) es preeminentemente el salmo de Uno desamparado por Dios. En esto, este salmo es único; no se trata de que no haya otros salmos que se refieren a aquella hora muy solemne, y a la bendita Persona que habla aquí a Dios; sino que este salmo lo hace sobre todos. No es meramente aquí donde tenemos al Señor tomando Su lugar entre los hombres, Aquel que confía, el cual el Salmo 16 presenta - Su confianza llevada adelante inquebrantablemente, mirando hacia adelante a través de la muerte en resurrección, sí, a la gloria a la diestra de Dios.

 

Pero, ¡qué contraste tenemos aquí! Él es desamparado por Dios, y no obstante se adhiere plenamente a Él y Le vindica absolutamente. Pero Él es desamparado por Dios. Ahora bien, Él no dice esto de Sus enemigos, aunque ellos lo hicieron también; se trata de Él mismo, y de Él mismo a Dios mismo. Ningún creyente ha sido desamparado así, o puede serlo. "En ti esperaron nuestros padres; Esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; Confiaron en ti, y no fueron avergonzados. Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía." (Salmo 22: 4-8). Nunca hubo una hora semejante, aun para Jesús; nunca podrá haber nuevamente una hora semejante. El bien y el mal fueron, en aquel entonces, llevados a un punto decisivo en la única Persona que podía resolver el enigma; el bien y el mal se encontraron en Uno que era perfectamente bueno, y no obstante, llevando el mal de mano de Dios. Ello fue expiación. No se trata del hecho que sea sólo esto lo que aparece en el salmo; pero Jesús hecho pecado es el primer y el más profundo pensamiento y hecho. No hubo dolor que Él no conociera; Él no fue salvado de ninguna vergüenza. Toros de Basán estuvieron allí; perros desvergonzados Le rodearon, el león rapaz no estuvo ausente. Verdaderamente, estas no son más que figuras, y el hombre fue más cruel, más bajo y más deliberado que todos, él solo fue verdaderamente culpable, movido por un enemigo más sutil, más poderoso; pero, lo más profundo y lo más asombroso de todo es que Dios estaba allí, y allí antes que nada, como no podía sino ser así - Dios como juez del pecado, quien hizo que Su Hijo que no conoció pecado fuese hecho pecado por nosotros.

 

Primero, repito, fue este juicio misterioso del mal sobre el Santo; no meramente primer lugar en realidad, sino porque se coloca necesariamente a sí mismo como la más solemne y solitaria de todas las cosas para Dios y el hombre, en el tiempo o en la eternidad, en la tierra o en el infierno. Por consiguiente, el Salmo comienza adecuadamente con esto, porque ¿qué se puede comparar con ello, pasado, presente, futuro? El Señor Jesús enfrentó a Satanás al principio en el desierto, al final en Getsemaní. Él había quebrantado su poder para la tierra y para el hombre en la tierra, saqueando los bienes del hombre fuerte (Mateo 12:29); pero se trataba ahora de otro asunto, de uno inconcebiblemente más profundo. Se trataba del pecado delante de Dios. No era un mero conflicto, no se trataba de nada que se pudiera quebrantar o ganar en el poder de la obediencia. Había habido bondad viva, y el sello de Dios estaba sobre ella. Pero se trataba aquí de otra cosa. Él había glorificado al Padre toda Su vida, pero ahora se trataba de glorificar a Dios en Su muerte, porque Dios es el Juez del pecado. Ya no se trataba de un asunto con el Padre como tal, sino con Dios como Dios con respecto al pecado. Aquel que había glorificado el Padre en una vida de obediencia, glorificó a Dios en la muerte, en la cual esa misma obediencia fue consumada; y no meramente esto: el mal fue cargado sobre Él, sobre Él en quien todo era bien, y ellos se encontraron. ¡Qué reunión!

 

Sí, Dios estaba allí, no como el Aprobador de lo que era bueno solamente, sino como el Juez de todo mal cargado sobre aquella bendita Cabeza. Fue Dios desamparando al Siervo fiel, obediente. Con todo, era Su Dios; de esto no se debería - no se podría - claudicar; ya que, por el contrario, Él aun entonces se sostiene firmemente de ello - "Dios mío, Dios mío"; sin embargo, Él tiene que añadir ahora, "¿por qué me has desamparado?" Se trataba del Hijo del Padre, pero fue como Hijo del Hombre que Él clamó necesariamente así, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Entonces, y sólo entonces, Dios abandonó a Su Siervo único inquebrantable, el Hombre Cristo Jesús. No obstante, nosotros nos inclinamos ante el misterio de los misterios en Su persona - Dios manifestado en carne. Si Él no hubiese sido Hombre, ¿de qué nos habría aprovechado? Si Él no hubiese sido Dios, todo habría fracasado en dar a Su padecimiento por los pecados el valor infinito de Él mismo. Esto es expiación. Y la expiación tiene dos partes en su carácter y alcance. Es expiación delante de Dios; es también sustitución por nuestros pecados (Levítico 16: 7-10, la suerte de Jehová y la suerte del pueblo), aunque la última parte no es tanto aquí el tema del salmista, y yo, por lo tanto, no me detengo ahora sobre ello. La parte más importante, el terreno de la expiación, aunque todo es de la importancia más profunda, es la suerte de Jehová.

 

Tenemos aquí, entonces, a Dios en Su majestad y justo juicio del mal; Dios en la exhibición de Su ser moral tratando con el pecado, donde solamente se podía tratar con él para sacar a la luz bendición y gloria, en la Persona de Su propio Hijo; Uno que pudo, cuando fue desamparado por Dios, alcanzar el más bajo, pero moralmente el más elevado, punto de glorificar a Dios, hecho por nosotros pecado en la cruz. Fue la perfección misma del hecho de que Él cargara con el pecado lo que hizo que Él no fuese oído. Hubo allí el dolor más agudo y la angustia más aguda y la amargura del rechazo; ¿y Él no lo sintió? ¿Acaso la gloria de Su Persona le hizo incapaz de padecer? La idea misma niega Su humanidad. Fue, más bien, Su deidad la que Le hizo soportar y lo sintiera más, y como ningún otro pudo. "He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Mas tú, Jehová, no te alejes; Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme. Libra de la espada mi alma, Del poder del perro mi vida." (Salmo 22: 14-20).

 

No obstante, Cristo el Señor vindica perfectamente a Dios quien Le desamparó en el acto. Otros habían clamado, y no hubo ninguno que no había sido librado; pero lo Suyo era no serlo. Ya que el padecimiento debe ir hasta lo sumo, y el pecado debe ser expiado justamente, y esto, asimismo, no mediante poder, sino mediante padecimiento.

 

Pero, ¿qué es esto que golpea nuestros oídos cuando la última gota de la copa es bebida? "Óyeme librándome de los cuernos de los unicornios. Anunciaré tu nombre á mis hermanos: En medio de la congregación te alabaré" (Salmo 22: 21, 22 - RVR1909), dice el Salvador. Él dice, ahora que Él ha resucitado de los muertos, "Anunciaré tu nombre a mis hermanos." Él lo había declarado; ese fue Su ministerio aquí abajo, pero ahora en un terreno enteramente nuevo. La muerte y sólo la muerte eliminó el pecado; la muerte, pero sólo Su muerte, pudo eliminar el pecado, de manera que el pecador pudo inclinarse ante Dios acerca de ello, y pudo ser traído sin pecado a la presencia de Dios. Y esto es lo que Dios mismo declara.

 

Presten atención aquí, también, a las consecuencias de ello: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos." (Salmo 22:22). Ahora bien, el Señor Jesús nos muestra en los evangelios, la maravillosa adaptación de la verdad del Antiguo Testamento. "Tu nombre", ¿cuál nombre? Cuando Él lleva el pecado, Él habla de Dios. Cuando mira hacia la liberación, o en la relación disfrutada, el Israelita piadoso habla de Jehová. Pero en el Nuevo Testamento, mientras Dios permanece Dios y debe ser siempre el Juez del pecado, Padre es el término característico de una relación que el Hijo de Dios conocía desde la eternidad, conocida, no obstante, como hombre, pero en una verdad y plenitud que pertenecían solamente a Él. Él les daría esto, en su realidad e intimidad, en la medida en que podía ser, en la redención, tal como muchas almas presentes aquí conocen con gozo. Pero lo repetiré para algunos corazones que no conocen esa bendita Palabra en su dulzura y su verdadero significado para el alma. Jesús lo podía sacar ahora a la luz.

 

"Anunciaré tu nombre a mis hermanos", y Él dice así también, "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 20:17). Él nunca lo había dicho así anteriormente. Él había estado declarando el nombre del Padre, pero Él nunca lo había presentado así; y vuestra particular atención es llamada a ser puesta en el hecho. Ello no meramente supone amor, sino amor sobre un fundamento de justicia. La gracia, indudablemente, fue aquello que Lo dio a Él, y obró así para el hombre pecador; pero Él nos concede aquí, cuando el pecado fue juzgado y quitado, conocer que Su Dios es nuestro Dios, y cuando la vida estaba produciendo mucho fruto en resurrección, que Su Padre es nuestro Padre. La gloria del Padre y la naturaleza de Dios se ocupaban ahora en bendecirnos con Él, tal como antes sólo la santa venganza de Dios salió a la luz contra el pecado. Ello era, en efecto, gloria en lo más alto, ello era gracia en lo más bajo, pero todo fue sobre la base de la justicia, sin la cual todo lo demás solamente hincharía el alma y la expondría a ser arrastrada hacia abajo a peores profundidades. La base de la justicia de Dios se necesita para el pecador, y aquel que en sí mismo no era más que pecador perdido, tiene ahora derecho a conocer a Dios no meramente como Dios, sino como Padre. "Anunciaré tu nombre a mis hermanos." Había perdón ahora, y paz; pero no sólo estos; había asociación con Cristo mismo. Había muchísimo más que esto, efectivamente, pero como no es aquí el asunto, no necesitamos ir más allá de lo que está ante nosotros, solamente con la modificación presentada por las Escrituras del Nuevo Testamento a la que ya se hizo referencia.

 

Ahora bien, presten atención a la manera en que sale a la luz la declaración de Su nombre. "Mi Dios, mi Dios", dice Jesús cuando estaba en la cruz y debido a que Él fue desamparado sobre ella, hecho pecado y cargando nuestros pecados en Su propio cuerpo en el madero. Ello es la respuesta verdadera y sencilla y poderosa a aquellos que suponen que Él había estado toda Su vida aquí abajo cargando el pecado; si esto hubiera sido así, Él debería sido desamparado por Dios de principio a fin, a menos que Dios rebosara de complacencia juzgando el pecado. Ello sería la virtual negación de Su vida en el gozo y la comunión del amor de Su Padre. Hijo de Dios aquí abajo, Él había andado siempre en el íntimo y perfecto reconocimiento de la presencia de Su Padre y de Su propia relación, y de ahí que Él sintiera muchísimo más lo que fue ser desamparado. Pero ahora el pecado que había sido cargado sobre Él ya no existe por Su muerte por él; y como testigo de que todo había desaparecido, Él es resucitado de los muertos, y declara entonces aquel nombre mismo - no en primer lugar "vuestro" Padre, ni tampoco nuestro Padre (esto estaría por debajo de Su gloria, independientemente de lo que Su amor es), sino "a mi Padre, y a vuestro Padre"; y "a mi Dios y a vuestro Dios." Lo que Dios es como Padre para Él reposa así ahora sobre aquellos por quienes Él murió, sobre aquellos cuyos pecados habían sido borrados por la sangre de Su cruz.

 

Pero esto no es todo. La aceptación perfecta y manifiesta del Hombre que Dios hizo pecado es ahora completamente de ellos; no meramente el amor del Padre, sino el carácter y la luz glorificados de Dios. De esta manera, se trata de amor, no sólo en la relación, sino en naturaleza; sí, más que esto: todo lo que Dios siente como Dios, todo lo que pertenece a Él vindicado para siempre, no meramente es de Cristo, sino que por la obra de Cristo pertenecen por consiguiente, a los que descansan en esa Persona, y en esa obra. Esa es la virtud y ese es el fruto de la expiación; ni tampoco es solamente para el cielo, ya que fue sacado a la luz por Él mismo en la tierra. Él iba al cielo, pero fue dado a conocer expresamente aquí por razones sabias y de peso a las almas que más lo necesitaban. A los pobres en espíritu, a los mansos, Sus discípulos, Él se había mostrado a Sí mismo como el modelo de dependencia y obediencia, de gracia y justicia, de resplandeciente y pacífica comunión con Su Padre; pero todo esto en sí mismo podía sólo agravar la condición de ellos, que estaba tan demasiado por debajo de la Suya, y debía ser, de este modo, más humillante para los Suyos, de no haber obrado Él por gracia la liberación de ellos. ¡Con qué fuerza, entonces, la verdad bienaventurada dio con ímpetu sobre sus almas! Dios mismo, el Padre del Señor Jesús, era el Padre de ellos, así como Él era el Dios de ellos; todo eso está en Dios tan completamente a favor de ellos por lo que Él ha obrado en la cruz, así como todo eso está en Él como Padre. Y observen que no es meramente "como el padre se compadece de los hijos" (Salmo 103:13), ya que hay ahora incomparablemente más. Él es el Padre tal como el Cristo Le conoció. "Anunciaré tu nombre a mis hermanos", hermanos traídos, y traídos justamente, a la relación exactamente idéntica, de tal modo que toda la satisfacción y deleite de Dios (no sólo del Padre, cuya relación Él nos ha concedido disfrutar, sino de Dios) mismo en Cristo es compartida plenamente con nosotros debido a la aceptación que tenemos en Cristo nuestro Señor.

 

Pero tenemos aún más para oír. "En medio de la congregación te alabaré." (Salmo 22:22). No es meramente "te alabaré", ni siquiera "en la congregación", sino "en medio de la congregación." El Apóstol Pablo cita esta Escritura en la Epístola a los Hebreos, y nosotros encontramos su espíritu cumplido en la pequeña compañía reunida en aquel día (Juan 20), 'la asamblea.' El Señor es hallado de inmediato en medio de ellos, no reprobándoles por su recién demostrada cobardía, incredulidad e infidelidad, para no decir nada de la falta de amor para con Su persona y padecimientos por Su nombre. Yo no digo que Él no tuvo Sus tratos con uno o con otro de ellos, pero Él les lleva inmediatamente a la relación más elevada y a las bendiciones mejores por Su sacrificio. Nosotros sabemos que Él trató con más de uno de ellos, pero esto no impidió, o pospuso, Su gracia, en absoluto.

 

"En medio de la congregación te alabaré." Piensen por un momento, amados amigos, ¡cuál fue la alabanza de Cristo en una hora semejante, cuáles deben haber sido Sus sentimientos cuando emergió de la oscuridad, desde el polvo de la muerte, desde el desamparo de Dios! Él solo podía estimar correctamente la inmensidad de todo ello, quien habiendo padecido una sola vez por los pecados, descansa ahora en la victoria duramente ganada. Fue entonces que Él llevó nuestros pecados; fue entonces que Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado. Resucitado de los muertos, Él ya no lleva más pecados; Él está alabando, y no está alabando solo sino "en medio de la congregación."

 

Permítanme añadir otra palabra. Hay un día por venir cuando esta tierra no estará más llena con gemidos, sino con aleluyas; se apresura el día cuando cada uno que nazca se unirá al coro de bendiciones, cuando el cielo y la tierra serán llenos de gozo y gloria; pero jamás llegará un día cuando tales alabanzas prorrumpirán como aquella alabanza que Él comenzó aquel día. No es que aquellos que alaban con Él, siento traídos a semejante asociación de bendición, alguna vez la perderán - ellos jamás la perderán; pero si ella comenzó en aquel entonces con Él, dicha alabanza será de ellos para siempre, pero es de ellos solamente con Él en medio de ellos; y el Salmo que tenemos ante nosotros lo demuestra aún más sorprendentemente porque fue escrito expresamente teniendo en perspectiva al pueblo terrenal. La alabanza del día de la resurrección es peculiar, siendo la alabanza de Cristo en medio de la congregación - es decir, de Sus hermanos.

 

¿Y quién podía declararlo como Él lo hizo? ¿Y cuándo podía haberlo declarado aun Él como cuando resucitó de los muertos por la gloria del Padre después de haber sido llevado al polvo de la muerte por el pecado? Nadie más que Él pudo sentir hasta lo sumo lo que fue ser desamparado por Dios y no ser oído cuando Él clamó; pero ahora, oído "desde los cuernos de los unicornios" (Salmo 22:21 - Traducción literal KJV1769), Él entra como el Hombre resucitado en la luz y la gloria de Dios resplandeciendo para siempre sobre el sacrificio acepto de Él mismo, y declara a Sus hermanos el Nombre (nosotros podemos decir ahora) de Su Padre y el Padre de ellos, de Su Dios y el Dios de ellos; y allí y así, en medio de la iglesia hecha libre ahora para siempre por Él y en Él, Él canta alabanzas. ¡Oh! ¡qué alabanzas eran las de Cristo, librado ahora por extenso y de una tan grande muerte! Pero, ¿no son también nuestras alabanzas? y, ¿no es 'en medio nuestro' donde Él las canta? ¡Qué carácter no imprime esta comunión sobre la adoración de la iglesia! La alabanza de Cristo, después que el pecado fuera juzgado como no lo puede ser nuevamente, y Aquel que fue crucificado en debilidad vive por el poder de Dios, da la justa y única idea plena de lo que conviene a la asamblea de Dios.

 

¿Son estos vuestros pensamientos, hermanos amados del Señor? ¿Es este el estándar por el cual ustedes prueban sus corazones y labios cuando ustedes presentan sus sacrificios espirituales al Dios y Padre de ustedes? Tengan por cierto que Él no valora ningún sacrificio comparado con aquellos del Cristo resucitado, quien se digna ser el Líder de los que se adhieren a Él en este día, que es aún el día de Su rechazamiento continuo, aunque Él está, como sabemos, glorificado en lo alto.

 

Su cántico es, verdaderamente, en el sentido más elevado, un nuevo cántico. Él ha padecido así solo; Él no alaba solo, sino en el coro completo de los redimidos conscientemente. ¡Que asombroso que no es aquí meramente "en" la congregación", sino "en medio" de ella que Él canta así! En el día de Su poder no será así para "la gran congregación." (Salmo 22:25). No es que Sus alabanzas faltarán en aquel día; no es que plebeyos y nobles no alabarán en la tierra cuando todas las obras de Jehová le alabarán a Él y todos Sus santos le bendecirán. (Salmo 145:10). No obstante, permanece verdadero el hecho de que hay una asociación revelada con Él de aquellos que están siendo llamados y reunidos ahora desde Su resurrección, la cual excede en profundidad cualquier cosa dicha de aquellos que siguen a continuación en aquel día resplandeciente y bendito. No se dice que Él declara a la gran congregación Su Dios y el nombre de Su Padre. En ella, de hecho, estará Su alabanza de Jehová, pero no es su medio como en el día de la resurrección para aquellos que no han visto y sin embargo han creído. (Comparen Salmo 22:22, etc., con Salmo 22:25, etc.). Porque lo que se dice de aquel jubileo para Israel y la tierra sería aún verdad si Él alabara solo sobre Su terreno y todos los demás en el de ellos. Ni Él les llama Sus hermanos - como ahora, independientemente que Él pueda pagar Sus votos (otra señal distintiva en sí misma) delante de aquellos que teman a Jehová (Salmo 22:25), cuando toda rodilla se doblará y toda lengua Le confiese como Señor para gloria de Dios, aun hasta todos los confines de la tierra y todas las familias de las naciones. (Salmo 22:27).

 

¿No es toda esta gracia efectivamente para nosotros quienes no merecíamos nada, la verdadera gracia de Dios en la que estamos? ¡Que nosotros podamos apreciar los consejos y los modos de obrar del Dios de toda gracia, el cual nos ha llamado a Su gloria eternal por Cristo Jesús! ¡A Él sea la gloria y el dominio por los siglos, Amen! ¡Que nuestras alabanzas, entonces, puedan abundar; pero que estas alabanzas puedan ser las alabanzas de Cristo en nuestro medio, el cual se digna estar donde hay dos o tres reunidos a Su nombre! Él no está ausente si nosotros somos llamados en algo a vindicar la verdad o la santidad de Dios; ¿está Él cuando nos reunimos a adorar a Su, y a nuestro, Dios y Padre? Por lo tanto, ofrezcamos siempre por medio de Él, sacrificio de alabanza - es decir, fruto de labios que confiesan Su nombre. (Hebreos 13:15).

 

Esto es seguido por un llamamiento a otros fundamentado sobre la resurrección del Mesías sufriente. "Los que teméis a Jehová, alabadle; Glorificadle, descendencia toda de Jacob, Y temedle vosotros, descendencia toda de Israel. Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, Ni de él escondió su rostro; Sino que cuando clamó a él, le oyó." (Salmo 22: 23, 24). Esto fue a lo menos, anticipado, podemos observar al pasar, en esas palabras que el Señor pronunció antes de partir. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." (Lucas 23:46). La respuesta pública a Su clamor fue cuando Dios le resucitó de los muertos.

 

De esta manera, no encontramos ya al Mesías padeciendo, sino oído, el nombre de Su dios y Su Padre declarado a sus hermanos, y Él mismo alabando en medio de la iglesia; y luego un llamamiento a todo aquel que teme a Jehová a alabarle, sobre el terreno de la expiación. Ya que por la cruz de Cristo toda la cuestión del pecado y de los pecados delante de Dios y para el creyente, fue zanjada para siempre.

 

Pero hay una escena nueva en los versículos que siguen a continuación, que puede ayudar a poner en evidencia más claramente lo que yo he intentado explicar. El Mesías dice aquí, "De ti será mi alabanza en la gran congregación." (Salmo 22:25). De este modo, "la gran congregación" es diferenciada de "la congregación" en el versículo 22 de este Salmo. Allí es claramente la asamblea rodeándole a Él cuando resucitó de los muertos, mientras que en el versículo 25 nosotros leemos, "De ti será mi alabanza en la gran congregación." Observen que no es en medio de ellos. No se habla de tal asociación con Cristo.

 

Observen, en Juan 20 (capítulo que ya nos ha proporcionado la ilustración y, de hecho, el cumplimiento, de Su nombre declarado a Sus hermanos, y la congregación en medio de la cual Él alaba) que también tenemos allí lo que responde a "la gran congregación." Ya que Tomás vino ocho días después y exclama al Señor, cuando se convence de su incredulidad, "¡Señor mío, y Dios mío!" (Juan 20:28). Ya no se traza más aquí la asociación de Cristo con los discípulos, sino otra confesión que la gracia sacará de "la gran congragación", al igual que con Tomás, cuando ellos también se arrepientan y confiesen a su Mesías largamente despreciado y rechazado. Ellos también dirán entonces, "¡Señor mío, y Dios mío!" Es muy verdadero el sorprendente tipo de lo que Israel conocerá y confesará aquel día. (Compárese con Zacarías 12).

 

¡Qué amplia será la alabanza! Pero no se trata de asociación con Cristo, no se trata de Él alabando en medio de la congregación. No hay semejante bienaventuranza de comunión con Él. De Cristo se dice, en aquel día, "Mis votos pagaré delante de los que le temen." (Salmo 22:25). ¿Podría algo mostrar más sorprendentemente que esto es sobre terreno Judío? Y más aún, no es sólo lo que se dice lo que las diferencia de aquellas en el versículo 22, sino lo que no se dice. De esta manera, no hay ninguna insinuación aquí acerca de declarar el nombre de Su Padre y de Su Dios, ni tampoco a ellos se les llama Sus hermanos. Habrá un pueblo bendecido, pero como un pueblo alrededor de Él quien es, a la vez, el Mesías reinante y Jehová Dios de ellos. Él alaba y paga sus votos aun en aquel día.

 

Se ha visto la alabanza de Cristo en medio de la asamblea de Sus hermanos cuando Él resucitó de entre los muertos, su Líder; y siguió igualmente allí a continuación un testimonio adecuado de Dios a aquellos que Le temían (compárese con Hechos 10:35), así como también a toda la descendencia de Jacob o Israel. El día cuando la gracia reúna a los hijos de Dios es también un día de buenas nuevas para toda criatura, Judíos o Gentiles, para que ellos puedan creer. Pero se trata ahora de más que un testimonio. Las alabanzas del Mesías son de Jehová en la gran congregación; el Mesías paga Sus votos delante de los que Le temen. Está allí el cumplimiento seguro y público de todas las promesas. Ahora bien, cada profecía de la gloria venidera para la tierra y las naciones está siendo cumplida. Por consiguiente, "Comerán los humildes, y serán saciados; Alabarán a Jehová los que le buscan; Vivirá vuestro corazón para siempre. Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra, Y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti. Porque de Jehová es el reino, Y él regirá las naciones." (Salmo 22: 26-28). Ni una palabra de esto fue presentada en la relación anterior. De aquí en adelante no se trata meramente de llamar a todos los confines de la tierra a recordar, sino que ellos recordarán. No será el evangelio de la gracia como ahora, ni tampoco de la iglesia, sino del reino en su exhibición de poder. Por consiguiente, todos se volverán a Jehová, tal como se nos asegura aquí, "todas las familias de las naciones adorarán delante de ti." Ya no se trata más del lugar Cristiano (esto nos fue presentado en el versículo 22) cuando el testimonio sale en el versículo 23, siendo establecido el testimonio de la fe en el versículo 24. Después de eso (versículos 25-31) viene lo que supone y caracteriza los días mileniales. Es cuando Cristo pide (Salmo 2) y obtiene la tierra en que Él está en la "gran congregación."

 

Ahora, por el contrario, lo Suyo es una "manada pequeña" (Lucas 12:32), y todo lo que es grande entre los hombres se opone a Dios. Muy pronto no será así; pero Cristo tendrá "la gran congregación", y Él mismo regirá las naciones. Entonces "los que comieron y se engordaron en la tierra se postrarán ante Él, Los que bajan al polvo se postrarán ante Él." (Salmo 22:29 - BTX). Es, aquel entonces, un día de dependencia confesada, aunque de las más ricas bendiciones, ya que nadie "puede conservar la vida a su propia alma." (Salmo 22:29). Él es la vida y la fortaleza de todo, así como Él es exaltado de entre todos. "Una simiente escogida lo servirá. Esto se dirá de Adonay hasta la postrera generación." (Salmo 22:30 - BTX). La generación antigua que rechazó a Cristo ya no está más, pero el remanente que regresó, después de pasar por el juicio y destrucción, será una simiente santa y un tronco nuevo. "Vendrán y anunciarán su justicia, A pueblo no nacido aún, anunciarán que Él hizo esto." (Salmo 22:31 - BTX). No se trata del cielo ni de la eternidad, ni tampoco del presente siglo malo, sino de la edad venidera resplandeciente y santa, cuando el Señor Jehová es bendecido y bendice, "el Dios de Israel, el único que hace maravillas" (Salmo 72:18); y en aquel día Su Nombre glorioso es bendecido para siempre, y toda la tierra será llena de Su gloria. Amén y Amén.

 

William Kelly

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Marzo 2011.-

Versión Inglesa
Versión Inglesa

Título original en inglés:
JESUS FORSAKEN OF GOD, AND THE CONSECUENCES, by William Kelly
Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com