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Collected Writings Vol. 24, Expository No. 3.
J.N.DARBY
Collected Writings Vol. 24, Expository No. 3.
EL EVANGELIO DE MARCOS
INTRODUCCIÓN
Si deseamos un mejor entendimiento del pensamiento del Espíritu Santo sobre el Evangelio
de Marcos, debemos examinar brevemente Su enseñanza en los cuatro Evangelios. Estos nos presentan a Cristo, pero a Cristo
rechazado: y, al mismo tiempo, presentan al Salvador en cuatro aspectos diferentes. Además, hay una diferencia entre los tres
primeros y el último.
Los tres primeros presentan a Cristo como Aquel a quien el mundo debía recibir, aunque
el resultado fue que a Él lo mataron. En el cuarto encontramos al Señor Jesús rechazado ya desde el primer capítulo; y además,
también, a los judíos considerados como desechados: los que son nacidos de Dios son los únicos que reciben al Señor: por consiguiente,
en este Evangelio encontramos exhibidos más profundamente los principios de la gracia -"Nadie puede venir a mí, si el Padre
que me envió no le trajere"(Juan 6: 44 - Versión Moderna); y las ovejas son diferenciadas del mundo antes de que sean llamadas.
Los primeros tres Evangelios presentan a Cristo a los hombres para que Él pueda ser recibido; por lo tanto, ellos nos entregan
la historia de la creciente enemistad del hombre contra Él, y finalmente Su rechazo y muerte.
Con respecto al carácter de cada Evangelio, en Mateo el Señor es considerado como Emanuel,
el Mesías prometido, Jehová que salva a Su pueblo de sus pecados. El significado del nombre Jesús es "Jehová el Salvador".
Por consiguiente, la genealogía desciende desde Abraham y David, las cabezas y vasos de las promesas de donde el Mesías había
de descender. En este primer Evangelio, cuando Cristo se manifiesta en Su verdadero carácter, y en el espíritu de Su misión,
Él es rechazado moralmente; y los Judíos son dejados de lado como una nación. El Señor ya no busca fruto en Su viña, pero
muestra que realmente Él es el sembrador; Él revela el reino, pero en misterio (es decir, de la manera en que este reino existiría
en Su ausencia); Él revela la iglesia que Él mismo construiría, y el reino en su estado glorioso, cosas que deben ser sustituidas
por Su presencia en la tierra; luego, los últimos eventos y discursos de Su vida.
Marcos describe al Siervo-profeta; y por lo tanto, no tenemos la historia de Su nacimiento;
el Evangelio comienza con Su ministerio. Después hablaremos de su contenido. En el Evangelio de Lucas se nos presenta
al Señor como el Hijo del Hombre, y tenemos aquí un retrato de la gracia, y de la obra que actualmente continúa; y la genealogía
asciende hasta Adán. Sin embargo, los dos primero capítulos nos revelan el estado del pequeño, aunque piadoso, remanente entre
los judíos; un retrato muy exquisito de la actividad del Espíritu de Dios en medio de la nación mala y perversa. Estas almas
piadosas se conocieron bien entre si, esperaban la consolación de Israel; y la anciana y piadosa Ana, quien había visto al
Salvador presentado en el templo conforme al rito de la ley, anunció la venida del anhelado Mesías a todos quienes Lo esperaban.
En toda la parte restante de este Evangelio, Cristo es el Hijo del Hombre para los Gentiles.
En el Evangelio escrito por Juan no tenemos ninguna genealogía en absoluto. La Palabra
de Dios, que también es Dios, aparece en la carne en la tierra -Él es el Creador, el Hijo de Dios. El mundo no lo conoce.
Los suyos (los judíos) no le recibieron, pero los que Lo reciben tienen el privilegio de ser hechos hijos de Dios, siendo
realmente nacidos de Él. Y puesto que Cristo se presenta aquí como la manifestación de Dios, es por esta misma causa que Lo
encontramos inmediatamente rechazado. Este Evangelio nos lo presenta en Su propia persona; entonces Él saca fuera Sus propias
ovejas, y recoge aquellas de los Gentiles, y les da vida eterna a todas, y nunca pueden perecer. Al final de este Evangelio
se nos explica la venida del Espíritu Santo: pero comencemos a considerar el Evangelio escrito por Marcos.
CAPÍTULO
1.
Ya hemos dicho que comienza con el ministerio del Salvador. Es precedido solamente por
el testimonio de Juan. Este último prepara el camino del Señor, predica el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados,
y anuncia a un más glorioso Siervo de Dios, de quien él no es digno de desatar la correa de sus zapatos: Él bautizará con
el Espíritu Santo. El bautismo de fuego no es mencionado aquí, porque el tema es el servicio del Señor bendiciendo, y no el
del ejercicio de Su poder en juicio. El fuego siempre significa juicio.
El Señor se somete al bautismo de Juan; éste
es un hecho lleno de importancia y bendición para el hombre. Aquí Él toma el lugar de Su pueblo ante Dios: no necesito decir
que el Señor no tenía ninguna necesidad de arrepentimiento; pero Él desea acompañar a Su pueblo en el primer buen paso que
ellos toman, es decir, en el primer paso que ellos toman bajo la influencia de la palabra. Para Él era cumplir toda justicia.
A todas las partes donde el pecado nos había llevado, el amor y la obediencia lo guiaron a Él para nuestra liberación. Sólo
que aquí Él viene con la Suya propia: Él tomó nuestro lugar
en la muerte, Él llevó la maldición, Él fue hecho pecado. Aquí Él toma Su lugar como un hombre perfecto en relación con Dios
-con el Padre; ese lugar que Él adquirió para nosotros por la redención en la que somos posicionados como hijos de Dios.
Los cielos se abren: el Espíritu Santo desciende sobre el hombre. El Padre nos reconoce
como Sus hijos; Jesús fue ungido y sellado por el Espíritu Santo, así como nosotros lo somos; Él, porque era personalmente
digno de ello; nosotros, porque Él nos ha hecho dignos por Su obra y por Su sangre. El cielo se abre para nosotros, el velo
se rasga, y nosotros clamamos, "¡Abba, Padre!" ¡Gracia maravillosa! ¡Amor infinito! El Hijo de Dios se hizo hombre para que
nosotros también seamos hechos hijos de Dios, como Él mismo dijo después de Su resurrección: "Subo a mi Padre y a vuestro
Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 20: 17). El propósito glorioso inefable de Dios de colocarnos en la misma gloria,
en la misma relación que la de Su propio Hijo: en la gloria a la que Él tiene derecho por Su propia perfección por ser el
propio Hijo de Dios. "Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros
en Cristo Jesús." (Efesios 2: 7). Esto se cumplirá totalmente cuando acontezca lo que el Señor Jesús ha dicho: "Y la gloria
que me has dado a mí, yo se la he dado a ellos . . . para que conozca el mundo que tú me enviaste, y que los has amado a ellos,
así como me has amado a mí."(Juan 17: 23 - Versión Moderna) ¡Oh! ¡cuál debería ser el amor de los Cristianos por el Salvador,
quien por Sus sufrimientos, incluso hasta la muerte, ha adquirido una posición tal para nosotros, y la bendita seguridad de
estar con Él y semejantes a Él por toda la eternidad!
También es importante comentar que aquí la
Trinidad es revelada totalmente por primera vez. En el Antiguo Testamento leemos acerca del Hijo y del Espíritu
Santo; pero aquí, dónde tenemos la posición del segundo Hombre según la gracia, la Santa Trinidad es revelada totalmente. Al mismo tiempo la revelación es clara, y las tres personas
aparecen juntas; el Hijo es revelado como un hombre, el Espíritu Santo desciende como una paloma, y la voz del Padre reconoce
a Jesús en quien Él tiene complacencia. Podemos notar aquí la diferencia entre la responsabilidad del hombre y el propósito
de la gracia. El propósito de Dios fue señalado antes de que el mundo fuese creado, pero estaba señalado en el postrer Adán,
el Señor Jesucristo. En el libro de Proverbios (capítulo 8) se muestra que Cristo, como la Sabiduría, estaba con Dios, que Él era el objeto de la delicia de Dios, y que Su propio deleite
se encontraba al estar con los hijos de hombres. Pero antes de revelar Sus consejos, o de cumplir la obra que iba a producir
todo los efectos de este amor, Dios creó al hombre responsable -el primer Adán. Pero Adán fracasó en cumplir su deber, y todos
los medios que Dios ha empleado sólo han sacado a la luz la maldad del hombre, hasta que vino el segundo Hombre. De esta forma
ha sido manifestada la delicia que Dios tenía en el hombre.
No obstante, el hombre no ha estado deseoso de recibirlo; allí sólo permanecía el objeto
personal de la perfecta satisfacción de Dios; y así, en Su persona, Él ha tomado una posición que nosotros encontramos revelada
en este pasaje; la de Hijo de Dios, con los cielos abiertos, siendo sellado por el Espíritu Santo. Pero Él estaba solo. En
la cruz Él hizo todo lo que era necesario con respecto a nuestra responsabilidad; y ha hecho más -ha glorificado a Dios totalmente
en Su amor, en Su majestad, en Su verdad, y ha adquirido para nosotros la participación en Su propia posición como hombre
en la gloria de Dios; de hecho, no como el derecho de Dios, es decir, Su propio derecho como Hijo, sino de ser semejantes
a Él en la gloria, para que Él pueda ser el primogénito entre muchos hermanos. Éste es el propósito de Dios: y cuando la obra
de Cristo fue cumplida, este propósito fue sacado a la luz. Acerca de estar cumpliéndose esto en nosotros en la tierra, tenemos
un ejemplo de ello en el pasaje que estamos considerando. Comparen con 2a. Timoteo 1: 9; Tito 1: 2, 3.
Pero esto no
es todo. Tan pronto como Jesús hubo tomado Su lugar ante Dios como hombre, y cuando Él había sido manifestado como el Hijo
de Dios en naturaleza humana, Él es llevado al desierto por el poder del Espíritu Santo, y allí emprende la lucha con el diablo,
lucha en la que el primer Adán había sido vencido. Era necesario que Él venciera para hacernos libres; y noten también que
Sus circunstancias eran muy diferentes de aquéllas en las que se encontró el primer Adán. El primer Adán estaba rodeado con
las bendiciones de Dios, de las que Él gozaba plenamente; ellas eran un testimonio presente de Su favor. Cristo, al contrario,
estaba en el desierto con la conciencia de que Satanás estaba reinando ahora sobre el hombre, y que faltaban todas las consolaciones
exteriores; exteriormente, no había ningún testimonio de la bondad de Dios: de hecho, todo era contrario a esta. En Marcos
no se dan los detalles de la tentación y las respuestas del Señor, sino que sólo se registra el hecho (un hecho precioso para
nosotros) de que el Señor ha pasado por esta prueba. Él se presentó según la voluntad de Dios, llevado por el Espíritu Santo
a enfrentarse con el poderoso enemigo de la humanidad; ¡inmensa gracia! Primero, Él mostró nuestro lugar ante Dios, habiéndolo
tomado en Su propia persona; y luego, Él entró en conflicto con el diablo que nos mantenía cautivos. El tercer hecho que observamos
es que los ángeles se vuelven servidores de aquellos que serán herederos de la salvación. Aquí, entonces, están los tres testimonios
en relación con la manifestación de Jesús como hombre en la carne; -nuestra posición como hijos de Dios, Satanás vencido,
los ángeles nuestros servidores.
El Salvador (versículo 14), habiendo tomado Su lugar en el mundo, empieza el ejercicio
de Su ministerio, pero no antes del encarcelamiento de Juan. Después de que este precursor del Mesías fue lanzado en prisión,
y no antes, el Salvador empezó a predicar el evangelio del reino. El testimonio de Juan era muy importante para atraer la
atención del pueblo hacia Él; pero no habría sido correcto que él hubiese dado testimonio del Señor después que Él propio
Señor hubiese empezado a dar testimonio de Sí mismo. "Yo no recibo testimonio de hombre alguno", dijo el Señor, hablando de
Juan el Bautista; Juan 5: 34. ¡Él dio testimonio de Juan! Él era la Verdad
en Su propia persona, y Sus palabras y Sus obras eran el testimonio de Dios en el mundo. "¿Qué señal, pues, haces tú . . .?"
dijo el pueblo; "nuestros padres comieron el maná en el desierto. . ." Y el Señor replicó, "Yo soy el pan que descendió del
cielo." (Juan 6: 30, 31, 41). La predicación de Jesús anunciaba el reino, mostraba que el tiempo se había cumplido, que
el reino de Dios estaba cercano, que el pueblo debía arrepentirse y creer el evangelio. Debemos distinguir entre el evangelio
del reino y el evangelio de nuestra salvación. Cristo es el centro de ambos; pero hay una gran diferencia entre la predicación
de un reino que se acerca, y la de una redención eterna llevada a cabo en la cruz. Es muy posible que las dos verdades deban
anunciarse juntas. Y de hecho encontramos que el apóstol Pablo predicó el reino, pero él ciertamente también proclamó una
redención eterna llevada a cabo para nosotros en la cruz. Cristo profetizó de Su muerte, y anunció que el Hijo del Hombre
debía dar Su vida en rescate por muchos; pero Él no podía anunciar durante Su vida, una redención cumplida. Los hombres debían
haberle recibido y no debían haberle enviado a la muerte: de ahí que Su testimonio era sobre el reino que se estaba acercando.
Este reino, en su poder público, ha sido retrasado, porque Cristo ha sido rechazado (vean Apocalipsis 11: 17); y este
retraso dura todo el tiempo que Cristo está sentado a la diestra de Dios, hasta el tiempo cuando Él se levantará del trono
de Su Padre a juzgar. Dios ha dicho, "Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies," Salmo
110. No obstante, es verdad que el reino ya vino en misterio según Mateo 13; esto continua durante el tiempo que Jesús está
sentado a la diestra de Dios. Pero cuando llegue el momento designado por Dios, el Señor se levantará y establecerá el reino,
y con Su propio poder juzgará a los vivos; y la paz y la felicidad serán establecidas en la tierra. Y nosotros, quienes hemos
recibido a Cristo, aunque el mundo lo haya rechazado, iremos a recibirlo a Él en el aire, estaremos para siempre con el Señor,
y vendremos con Él en gloria cuando Él aparecerá ante el mundo, y reinaremos con Él; y, lo que es mejor aún, seremos semejantes
a Él y siempre con Él en los lugares celestiales en la casa del Padre. El desarrollo de estas verdades y de estos eventos
sólo se encuentra en la palabra de Dios después de la ascensión del Señor, después que el fundamento para el cumplimiento
del propósito de Dios fue colocado en la muerte del Salvador. Aquí Él anuncia sólo la cercanía del reino, para que los hombres
lo recibieran. Pero aunque Jesús enseñó en todas las sinagogas, no sólo estaban aquellos que lo oyeron, o quienes creyeron
lo que Él enseñaba, sino algunos que también lo siguieron. Es de la mayor importancia notar esto: en el día actual, muchos
profesan haber recibido el evangelio; ¡pero cuán pequeño es el número de aquellos que siguen al Señor en el camino de la fe,
en esa humildad y obediencia que caracterizaron los pasos del Señor en este mundo! Tratemos de seguirle a Él: quizás no podamos,
literalmente, dejar todo, como lo hicieron los primeros discípulos; pero podemos caminar en el espíritu en que ellos caminaron,
y estimar a Cristo como el todo para nuestras almas; y que todas las otras cosas no son sino estiércol para que podamos ganar
a Cristo en la gloria. El Señor llama aquí a hombres para hacerles pescadores de otros; busquemos nosotros también a otros,
para que ellos también puedan disfrutar el gozo inefable y glorioso que da el Espíritu Santo. Quizás no seamos apóstoles,
pero quienquiera que está lleno de Cristo dará testimonio de Cristo; de la abundancia del corazón habla la boca. Ríos de agua
viva fluirán del interior de quién viene a Cristo y bebe; Juan 7.
El Evangelio escrito por Marcos no presenta a la
persona de Emanuel, y luego la gracia de Su misión, como el que fue escrito por Mateo; sino que presenta rápidamente Su ministerio
en su aplicación a los hombres. El ministerio es necesariamente el mismo, pero el desarrollo es diferente. Su palabra y Sus
obras testifican igualmente a la autoridad con que Él enseñó al pueblo. Mientras Él estaba hablando, los oyentes en la sinagoga
estaban sorprendido, porque Su discurso no era como el de los escribas que insistían en las opiniones, sino que Él anunciaba
la verdad como Uno que la conocía y podía presentarla desde su mismo fundamento. Incluso los espíritus inmundos temían Su
presencia, y rogaban que no fueran destruidos. No obstante, fueron obligados a dejar al desdichado hombre a quien dominaban
bajo el poder de ellos mientras rogaban: de tal manera que el pueblo dijo: "¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta . .
.?" Se erigió un testimonio de que Dios había intervenido para liberar al hombre, y para comunicarle Su perfecta verdad. La
gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
Su fama se extendió por toda Galilea. Dejando la sinagoga Él
entra en casa de Simón y Andrés: el apóstol Pedro tenía una esposa, y la madre de ella estaba enferma y con fiebre. El Señor
la toma de la mano; la fiebre desaparece, y la mujer empieza a servirlos en perfecto estado de salud. En cuanto finaliza el
día de reposo, toda la ciudad se reunió a la puerta de la casa: el Señor sana al enfermo y hecha fuera demonios; los demonios
lo reconocen, aunque los hombres no. No obstante Él permanece Siervo de Dios, y se levanta antes de la salida del sol para
ir a un lugar solitario a orar. Pedro lo busca y, habiéndolo encontrado, dice, "Todos te buscan": pero Jesús, siempre Siervo,
no busca multitudes ni fama para Él, sino que se va a otros sitios a predicar y a librar del yugo de Satanás. Es importante
comentar que aquí los milagros del Señor no son simplemente una señal y prueba de poder, sino también de la bondad que estaba
actuando en el poder divino. Es esto lo que da el verdadero carácter divino a los milagros de Jesús. Todas Sus obras son el
fruto del amor, y dan testimonio en la tierra al Dios de amor. Hay sólo una aparente excepción, que, después de todo, es una
prueba de la verdad que estamos comentando. Esta excepción es la maldición de la higuera; pero ésta era una figura del pueblo
de Israel, y uno puede decir de la naturaleza humana, bajo el cultivo de Dios, que no produjo fruto -sólo había hojas, es
decir, hipocresía. Por lo tanto fue juzgada y condenada, y nunca más llevará fruto nuevamente; el jardinero cavó alrededor
de ella, y la abonó, pero todo era inútil; y entonces fue abandonada por Dios. El hombre debe nacer de nuevo -debe ser creado
de nuevo en Cristo Jesús.
En lo que sigue, tenemos una hermosa prueba del amor manifestado en las obras del Señor
Jesús. Un leproso viene a Jesús bien persuadido de Su poder, después de haber visto Sus milagros, o escuchado información
acerca de estas obras poderosas; pero él no estaba seguro que encontraría disposición en Él para sanarlo. Él le dice, "Si
quieres, puedes." El Señor, no satisfecho con estar dispuesto y con hacerlo, toca al leproso. Veamos, la lepra -¡terrible
enfermedad!- era una figura del pecado, y aquel que estaba enfermo de ella era echado fuera del campamento como inmundo; e
incluso un hombre que lo podía haber tocado también era echado fuera, porque él se contaminaba al hacerlo. Ningún medio podía
emplearse para sanar al leproso; únicamente era Jehová quién podía sanarlo; y entonces, sanado por Jehová, el sacerdote lo
declaraba limpio, y él podía, después de ciertas ceremonias, participar del culto divino. Aquí el Señor se presenta con este
poder divino y el amor de Dios. "Quiero, sé limpio." La buena disposición y el poder de Dios estaban allí, y fueron ejercidas
a favor del pobre hombre excomulgado. Pero hay algo más -Él toca al enfermo. Dios está presente; Jesús no puede ser contaminado;
pero Él se ha acercado tanto al hombre inmundo como para poder tocarlo -el verdadero Hombre entre los hombres, Dios manifestado
en carne. Dios, pero Dios en un hombre, el amor mismo, el poder que puede hacer todo lo necesario para librar al hombre del
efecto del poder de Satanás. La pureza imposible de contaminar se encuentra en la tierra -pero el amor también, es decir,
Dios está aquí, pero también como Hombre- y obra para bendición del hombre. El leproso es sanado inmediatamente, la lepra
desaparece. Pero aunque Dios se manifiesta en Su obra de poder y amor, Él no abandona el lugar de siervo, ahora que Él
lo ha tomado; Él despide al hombre sanado, diciendo, "Mira, no digas a nadie nada, sino vé, muéstrate al sacerdote, y ofrece
por tu purificación lo que Moisés mandó." Podemos comentar otra circunstancia en esta historia -que el Señor fue movido a
compasión cuando Él vio al leproso. Dios, en Su amor, es un hombre conmovido por la piedad en Su corazón por el desdichado
estado en que Él encuentra al hombre: a menudo encontramos este hecho en los Evangelios. Ahora el leproso limpio divulga la
fama de Jesús por todo los alrededores, de modo que el testimonio del poder de Dios presente con Su pueblo se hace sentir
en las mentes de los hombres. Jesús no buscó la gloria humana, sino cumplir la voluntad de Dios y la obra que Él le había
dado para hacer. Rodeado por todos, Él no puede entrar en la ciudad dónde la muchedumbre sorprendida se habría congregado
alrededor de Él.
CAPÍTULO 2.
Pero después de algunos días, cuando la expectación había disminuido un poco, el Señor
entra de nuevo en la ciudad. Pronto se divulgó que Él estaba en casa, y vinieron tantas personas juntas que no había lugar
para recibirlas, ni aun en derredor de la puerta. Jesús les predicó la palabra, porque este servicio siempre fue Su primer
objetivo. Él era la Palabra, Él era la Verdad, Él mismo era aquello que Su palabra anunciaba, de quien el hombre tenía
necesidad. Su palabra, también, fue confirmada por Sus obras, y el pueblo supo que Él poseía el poder que podía librarlos
de todo mal. Ellos traen a un paralítico, cargado por cuatro; pero no pudiendo acercarse hasta donde estaba Jesús, impedidos
como estaban por la multitud, descubren el techo -cosa que se hace fácilmente en el Medio Oriente- y bajaron al paralítico
al lugar dónde Jesús estaba. Ésta era una prueba evidente de la fe de ellos; era el profundo sentido de necesidad, y confianza
en Jesús, en Su amor, en Su poder. Sin un deseo urgente de ser sanado, y una confianza plena en el poder y amor de Jesús,
ellos se habrían descorazonado por la dificultad presentada por la multitud, y se habrían vuelto atrás, diciendo quizás, <<Vendremos
de nuevo, podremos acercarnos a Él en otra oportunidad.>> Pero no hay dificultades para la fe; sus principios son estos
-la necesidad de encontrar al Salvador, el sentimiento de nuestra miseria, y sentir que únicamente Jesús puede sanarnos- que
Su amor es lo bastante fuerte como para tomarnos en consideración en nuestra desdicha. Es, por supuesto, la obra del Espíritu
la que nos revela a Jesús; pero Él produce un sentido tal de nuestra desdicha que somos impelidos a ir a buscar al Señor,
y las dificultades no nos hacen retroceder, porque sabemos que sólo Jesús puede sanarnos, que Su amor es suficiente; en realidad,
no que ya estamos seguros de ser sanados, sino que es suficiente como para atraernos a Él en la convicción de que Él lo hará.
Y si ya hemos venido a Él, la fe siempre produce necesidad en el alma, y la seguridad que el Salvador responderá a nuestra
necesidad. Y Cristo nunca deja de responder a ella; Él puede permitir que las dificultades prueben la fe, pero la fe que persevera
encuentra la respuesta; y, si conocemos la suficiencia del Señor, lo que produce esta perseverancia es el sentido de nuestra
necesidad. La fuente de todo es la obra del Espíritu Santo en nuestro corazón. El Señor toma ocasión por medio del desdichado
estado del paralítico para señalar la verdadera raíz de todos los males - el pecado. Él había venido porque el pecado estaba
en el mundo, ¿y con qué objeto, entonces, sino para que el pecado pudiese ser perdonado? Es verdad que, puesto que Dios es
justo, es necesario que se haga una expiación perfecta por los pecados para que puedan ser perdonados. Pero Jehová, quien
conocía todo, podía otorgar el perdón de esa forma por medio del Hijo del Hombre, quien ahora hace que todos los creyentes
participen en un perdón perfecto por medio del evangelio. En cuanto a Su gobierno, Él también podía perdonar o dejar bajo
los efectos de Su castigo tanto a individuos como a la nación entera. Ahora Él, que estaba presente, tenía el derecho y la
potestad en la tierra para perdonar pecados: y Él dio la prueba de ello. En el Salmo 103, Él es celebrado como el Único que
perdonaría todas las iniquidades de Israel, y sanaría todas sus dolencias. La gran necesidad de Israel culpable era este
perdón: Cristo lo anuncia. En cuanto al propio gobierno de Dios, Israel no podía ser restablecido en bendición, si no poseía
el perdón de Dios. "Tus pecados te son perdonados", dijo el Señor: los escribas protestan contra la blasfemia. Pero Dios,
el Jehová del Salmo 103, estaba allí presente en la persona del Hijo del Hombre; y Él da la prueba de que este derecho le
pertenecía a Él cumpliendo lo que se dice en ese mismo Salmo: "el que sana todas tus dolencias", "que sana todas tus enfermedades"(Versión
Moderna), "el que sana todas tus enfermedades."(LBLA) "Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra
para perdonar pecados (dijo al paralítico): A tí te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa." El hombre se levanta,
toma su lecho y se marcha. El perdón y la potestad para sanar vinieron a la tierra en la persona del Hijo del Hombre,
de Aquel que, teniendo derechos y potestad divinos, estaba aquí en humillación en la tierra, para traer el amor y el poder
de Dios a la desdicha del hombre, a las fatales miserias del alma, dando una prueba de ello al librar el cuerpo de los sufrimientos
que había introducido el pecado. Dios estaba presente en amor. El poder para sanar estaba allí, pero la verdad importante
era que ese perdón vino a la tierra. Ésta es la primera gran verdad del evangelio. Que lo que aquí es anunciado por Cristo
es proclamado ahora en el evangelio, que es el medio de reconciliar la justicia de Dios con perdón gratuito, con el pleno
y perdurable perdón de pecados expuesto claramente ante los hombres en las palabras del Señor. Se anuncia la remisión de pecados,
fundamentada en la obra del Salvador. Pero si éste es el espíritu del evangelio, si ésta es la obra de Jesús, Él debe venir
a llamar a los pecadores, Él debe hacerse amigo de ellos, para que puedan tener confianza, y puedan creer en esta gracia,
y que el mundo pueda conocer el verdadero carácter del Salvador.
Lo que sigue en nuestra historia nos hace comprender
claramente la misión y el ministerio de Jesús. Él llama a Mateo, quien estaba sentado al banco de los tributos públicos. El
impuesto era aborrecible a los judíos, no sólo porque tenían que pagarlo contra su voluntad, sino mucho más porque era la
prueba de que ellos estaban en esclavitud al servicio de los Gentiles. Ellos habían perdido sus privilegios como pueblo libre
de Dios; y cuando sus compatriotas tomaron este puesto, como estaban acostumbrados a hacerlo, bajo los comendadores Romanos,
su amargura era muy grande, y el hombre que tomaba una situación tal era odiado como un pérfido traidor de la religión y la
nación. De esta forma, estos colectores de impuestos eras despreciados y detestados. Ahora Mateo invita al Señor, y muchos
otros publicanos estaban a la mesa con Jesús y con Sus discípulos. Los escribas y Fariseos plantean la pregunta acerca
de cómo podía ser posible que un maestro virtuoso se sentase y comiese con hombres inmundos y pecadores. Jesús oye esto y
responde con sabiduría divina. La sencillez de la respuesta iguala su fuerza. "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino
los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores." Aquí es la gracia la que está obrando; y la obra de Jesús
presenta un pleno contraste con la ley. La ley exigía del hombre la justicia humana; Cristo y el evangelio anuncian la gracia
divina que reina y revela la justicia de Dios. Aquí tenemos la gracia; en cuanto a la justicia divina, esta será plenamente
revelada cuando Cristo haya cumplido Su obra en la cruz: ¡verdad tan importante como preciosa! Cristo, el Salvador, vino
a buscar a pecadores, y no busca a justos; incluso donde hubiese alguno de ellos que lo fuesen, no habría necesidad de buscarlos,
pero en Su gracia soberana y perfecta bondad, Él vino a buscar a pecadores; Él no manda que se alejen sino que los busca,
y se puede sentar y comer con ellos, mientras que Él mismo es enteramente santo. Ésta es la manifestación de Dios en amor
en medio de pecadores, para ganar los corazones de los hombres, y para producir confianza en Dios en estos corazones, y para
unir todas las facultades del alma con el poder de un objeto perfecto, y para formarla según la imagen de aquello que la conduce,
y que contempla; y por consiguiente inspirar esta confianza, puesto que el bien entró en medio del mal, y había tomado parte
en la miseria en la que el hombre caído yacía -una bondad que no alejó al pecador a causa de sus pecados, sino que lo invitó
a venir. La ruina del hombre empezó cuando perdió su confianza en Dios: el diablo había tenido éxito persuadiendo a Eva
de que Dios no le había permitido al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y el mal, porque Él sabía que, si lo
hacía, él sería como Dios, sabiendo el bien y el mal; que Dios le había prohibido tocar el árbol por celos; y, si Él no deseaba
que fuéramos felices, debíamos hacernos felices a nosotros mismos. Y esto es lo que Eva buscó, y lo que buscan todos los hombres
que hacen su propia voluntad. Así el hombre cayó, y así permanece en toda la miseria que es fruto del pecado, esperando el
juicio de Dios en el pecado mismo. Ahora, antes de ejecutar el juicio, Dios vino en amor como Salvador a mostrar que Su amor
es mayor que el pecado, y que el peor pecador puede tener confianza en este amor que busca a los pecadores y se adapta a sus
necesidades, que no demanda del hombre justicia y le trae salvación y gracia por las cuales presentarlo finalmente a Dios
como Su justicia, por medio de la obra de Cristo: pero Él viene en amor a los pecadores a reconciliarlos con Él mismo. En
lugar de castigarlos por sus pecados, Él encuentra ocasión para manifestar la inmensidad de Su amor viniendo a aquellos que
yacían en pecado, y entregándose Él mismo como sacrificio para quitar este pecado. Cristo presenta este amor de Dios en
Su vida, el propio Dios manifestado al hombre en amor; en Su muerte Él está como hombre ante Dios, por nosotros hecho pecado
para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él, y para que el Dios justo, el Dios de amor, nunca más pueda recordar nuestros
pecados. En la historia que estamos considerando, Él manifiesta el amor de Dios hacia el hombre. La ley era la regla perfecta
de lo que el hombre debía ser como hijo de Adán; exigía que el hombre fuese tal como ella indicaba, y pronunciaba una maldición
sobre el hombre que no hacía lo que ella requería. Añadió la autoridad de Dios a lo que era adecuado a las relaciones en las
que el hombre se encontraba, y le dio al hombre una regla perfecta para la conducta en estas relaciones; una regla fácilmente
olvidada o rota en el estado caído del hombre. No daba vida, ni fuerza, ningún objeto al cual atraer y gobernar el corazón;
pero estableció la relación del hombre con Dios y con sus prójimos, y maldijo a todos aquellos que no la habían guardado,
es decir, a todos aquellos que estaban bajo ella. La carne no se somete, ni se puede someter a la ley de Dios: entonces
la gracia, aunque establece la autoridad de la ley y la propia maldición, ya que Cristo el bendito Salvador la llevó, debe
y necesita cambiar todo en los caminos de Dios. El perdón no es igual a la maldición, y pagar una deuda es muy diferente de
exigir el dinero. Es bastante justo exigir el pago, pero, si el deudor no tiene nada con que pagar, él está arruinado; mientras
que si paga, él es liberado de la deuda. Cristo ha hecho más; no sólo Él paga la deuda, sino que Él ha adquirido la gloria
para aquellos que creen. No sólo Él ha librado al deudor de sus deudas, sino que Él le ha dado una inmensa fortuna en la presencia
de Dios. Pero entonces el cambio está completo y perfecto, y las palabras del Señor que siguen nos muestran esto. Los
discípulos de Juan y los Fariseos acostumbraban ayunar, y el Señor da los motivos por los qué los Suyos podían no hacerlo.
El Esposo estaba presente así que este no era el tiempo de ayunar, pero el tiempo vendría pronto cuando el Esposo sería quitado;
y entonces ellos ayunarían. El gozo de Su presencia se convertiría en el dolor por Su ausencia, por la necesidad que esta
ausencia crearía en el corazón. La otra razón es esta: era imposible mezclar los dos sistemas; el vino nuevo (la verdad y
el poder espiritual del Cristianismo) no se podía echar en odres viejos, en las antiguas instituciones y ceremonias del Judaísmo.
Si se hiciera esto, el vino nuevo destruiría los odres, y ambos se estropearían, el vino se derramaría y los odres se perderían.
De igual forma, un trozo de tela nueva no es adecuada para un vestido viejo: el vestido se rasgaría, y la rotura sólo sería
mayor. De hecho no es posible unir el poder espiritual del Cristianismo a las ceremonias carnales que la naturaleza humana
ama, porque puede hacer de ello una religión sin una nueva vida, y sin que la conciencia sea tocada. El hombre no convertido,
si lo desea, puede hacer así tanto bien como el hombre convertido. No, el vino nuevo se ha de echar en odres nuevos: es importante
que recordemos esto. La dispensación fue cambiada, estaba comenzando un nuevo orden , y todo fue alterado; la naturaleza de
las cosas era diferente -ellas no podían existir al mismo tiempo; las ceremonias carnales y el poder del Espíritu Santo nunca
podrían ir juntos. ¡Piensen en ello, Cristianos todos! La Cristiandad
ha intentado embellecerse con estas ceremonias, e incluso, a menudo, bajo formas Paganas; ¿y en qué se ha transformado? Se
ha adaptado al mundo del que estas formas eran los rudimentos, y se ha vuelto realmente pagana, y difícilmente se puede encontrar
su verdadera espiritualidad en absoluto.
Pero había una institución fundada por Dios, es decir, la señal de Su pacto
con Israel -el día de reposo- y también era la señal del descanso de Dios en la primera creación. Ahora, en Israel, el hombre
fue puesto a prueba, para ver si, con una norma perfecta y con medios ofrecidos por la ley (al estar presente el propio Dios
en el tabernáculo o en el templo), él podía servir a Dios y cumplir justicia como un hijo de Adán en la carne. El día de reposo
no fue UN séptimo día sino EL séptimo día, en el que al final de la creación Dios cesó de crear, y descansó. Entonces se levantó
la pregunta acerca de si el hombre podía compartir el descanso de Dios: y la respuesta es, que él ha pecado, y por consiguiente
nunca puede tener parte en este descanso. Bajo la ley él fue puesto a prueba de nuevo; y entonces él hizo el becerro de oro
antes de que Moisés bajara del monte. Dios ejerció entonces paciencia con el pueblo hasta que rechazaron a Cristo. Pero era
imposible establecer un pacto entre Dios y el hombre en la carne; el hombre no podía disfrutar del descanso de Dios. Más que
esto; el día de reposo de la primera creación fue hecho para el hombre, y Aquel que disfrutó de todos los derechos del hombre
según los consejos de Dios era Señor del día de reposo: así son revelados estos dos principios. Primero, como cuando David,
el ungido del Señor, había sido rechazado, todo era común y profano; así cuando Cristo, la última prueba ofrecida al hombre
en la carne, fue rechazado, nada era santo para el hombre; el sello del primer pacto había perdido todo su significado. Entonces,
cuando Cristo renuncia durante un tiempo a Su posición en Israel como Mesías, Él se vuelve (como vemos a menudo en los Evangelios,
Lucas 9: 21, 22, etc.) el Hijo del Hombre. De esta forma, Él es el Señor del día de reposo que fue hecho para el hombre; así
la señal del antiguo pacto desaparece por medio del pecado del hombre y su rechazo de Cristo. La resurrección de Cristo
es el principio de la nueva creación, el fundamento del nuevo pacto establecido en Su sangre. Ésta es la señal del descanso
de Dios para nosotros. Satisfecho, glorificado por la muerte de Jesús, Dios lo ha levantado de entre los muertos y ha encontrado
un lugar de descanso para Su amor y Su justicia; y nosotros, los objetos de este amor, somos hecho justicia de Dios en Cristo.
Así el día del Señor es un muy precioso regalo de Él, y el verdadero Cristiano lo disfruta con todo su corazón; y, si
es fiel, él se encuentra en el Espíritu para disfrutar de Dios, gozoso de ser liberado de las obras materiales para adorar
a Dios como su Padre, y para disfrutar la comunión con el Señor. Siempre es una mala señal cuando un Cristiano habla de su
libertad y hace uso de ella para descuidar al Señor, para entregarse a las obras materiales del mundo. Por muy libre que pueda
ser un Cristiano, él es libre del mundo y de la ley, para servir al Señor. ¡Qué gran cantidad de bien él puede hacer en el
día del Señor! Y éste es un tercer principio que se encuentra en el capítulo 3 de este Evangelio.
CAPÍTULO 3.
La gracia había venido (Juan 1: 17), Dios mismo estaba presente en la gracia; y esta
gracia tenía libertad para hacer el bien en el día de reposo. El verdadero descanso del Señor es el ejercicio de Su amor en
medio del mal. Los Fariseos pensaban que no podían hacer el mal con tal de que sus tradiciones fueran observadas. Dios se
sintió libre para hacer el bien; y por esta razón el Señor sana la mano seca, llamando la atención de los Judíos de una manera
formal a este gran principio. Los Fariseos consultan con los Herodianos (quienes eran sus enemigos) para averiguar de
qué forma podrían dar muerte a Jesús; y el Señor se retira. Así que la dispensación de la ley es puesta a un lado por el Cristianismo,
que no puede ser introducido en las antiguas formas Judías; y, al mismo tiempo se mantienen los derechos del amor divino,
es decir, los derechos de Dios mismo. De esta forma, se manifiesta en forma clara el verdadero carácter del servicio del Señor.
Aquí cesa el desarrollo directo del ministerio del Señor. Lo que sigue consiste en parábolas y hechos que lo desarrollan y
muestran claramente las relaciones en las que el Señor se encontraba con los judíos.
Él se retira lejos del odio de
los gobernantes del pueblo para continuar Su servicio de amor. Lo sigue una gran multitud de todas partes del país, después
de haber oído hablar de las cosas maravillosas que Él hacía; tenemos aquí un retrato viviente del efecto de Su ministerio.
El Señor se ve obligado a tener una pequeña barca en el lago, ya que tan grande era el gentío, que le oprimía deseando tocarlo
para ser sanados. También los espíritus inmundos, cuando lo vieron, se postraban delante de Él, diciendo, "Tú eres el Hijo
de Dios." Observen aquí que a menudo encontramos en los Evangelios, que los espíritus inmundos poseían a las personas tan
completamente, que sus actos son atribuidos a los espíritus; y los endemoniados decían lo que los espíritus les hacían decir,
como si fuera con su propio acuerdo. La mente y cuerpo estaban tan completamente en posesión del espíritu, que la persona
poseída pensaba que lo que el espíritu le inspiraba eran sus propios pensamientos. La posesión era completa. "¿Has venido
acá para atormentarnos antes de tiempo? (Mateo 8: 29) . . ."Sé quien eres, el Santo de Dios." (Marcos 1: 24; Lucas 4: 34)
-a menudo es así. Pero el Señor no recibiría el testimonio de demonios, ni les permite que lo descubriesen.
Él
sube a un monte para poder estar alejado de la multitud por un breve tiempo, para estar solo; y llama a sí a los que Él quiso,
quienes vienen a Él. En el Evangelio de Lucas leemos que Él pasó toda la noche en oración antes de nombrar los apóstoles.
En Lucas encontramos mucho más de la humanidad del Señor, muy importante en su lugar. Él oró cuando los cielos le fueron abiertos;
Él oró cuando Él se transfiguró; y cuando estuvo en agonía en el huerto, Él oró más intensamente. Tenemos aquí más bien, el
progreso de Su ministerio: Él asocia con Él a otros siervos para continuar y extender Su obra. Ellos iban a estar con Él,
y entonces son enviados a predicar el evangelio con poder, a sanar enfermedades, y a echar fuera demonios. Observen aquí,
que Cristo no sólo hace milagros, sino que Él puede dar a otros el poder de realizarlos. Los apóstoles podían poner sus manos
sobre un hombre para que recibiera el Espíritu Santo; pero ellos nunca podían dar a otros el poder para realizar los milagros,
y echar fuera los demonios. Esto es algo mucho mayor que realizar milagros; es el poder y la autoridad de Dios. Él también
da los nombres a algunos de Sus discípulos -señal de suprema autoridad- y según el conocimiento que Él tenía de sus caracteres,
antes de que Él hubiera tenido cualquier experiencia de ello. Vemos, al mismo tiempo, de qué forma es recibido el testimonio
del Señor: Sus propios amigos piensan que Él está demente; y los líderes del pueblo atribuyen Sus obras maravillosas al poder
de Satanás. ¡Oh, en qué mundo vivimos! El hombre no puede ver nada en la actividad de la misericordia divina sino locura y
la obra del diablo. Pero ciertamente Satanás no echa fuera a Satanás: esto es lo que es una real locura. Si a un hombre fuerte
le son saqueados sus bienes, está claro que uno más fuerte ha venido y lo ha atado. ¡Alabado sea Dios! Pero este pecado -la
blasfemia contra el Espíritu Santo- no puede ser perdonado. Aunque ellos dijeron, <Nosotros no creemos>: "Ese hombre.
. . no guarda el día de reposo" (Juan 9: 16), <él nos engaña>, aunque esto ya era bastante malo, era perdonable; pero
los escribas reconocieron el poder -un poder mayor que el de los demonios, y, en lugar de reconocer allí el dedo de Dios,
ellos lo atribuyeron al príncipe de los demonios -llamaron demonio al Espíritu Santo. Era el fin de toda esperanza para Israel,
en cuanto a su responsabilidad. La gracia podría perdonar la nación, y lo hará cuando el Señor volverá en gloria; pero ahora,
como un pueblo responsable, su historia ha acabado.
Es por esta razón que el Señor renuncia a toda relación con el
pueblo según la carne. Su madre y hermanos vienen a llamarlo, pero el Señor no los reconocerá. Él presenta la palabra para
formar nuevos vínculos con las almas, pero todo vínculo con Israel está roto. Su madre no tiene nada que demandar de Él, Él
se niega a reconocer su llamado, Él dice: "Quién es mi madre y mi hermanos?"; y mirando a los que estaban sentados alrededor
de Él, "He aquí mi madre y mi hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y
mi madre." Aquí encontramos la ruptura entre el Señor y el pueblo. La paciencia del Señor continuó mostrando la misericordia
de Dios, hasta la última Pascua; pero realmente todo había terminado para el pueblo; su condenación no podía dejar de ser
pronunciada; Él ya no busca fruto en Su viña.
CAPÍTULO 4.
Sentado en una barca junto a la orilla, el Señor presenta la parábola del sembrador
que salió a sembrar aquello que, si se recibía en el corazón, debía producir por gracia, el fruto deseado por Dios. El
fruto no se iba a encontrar en la viña dónde el hombre iba a ser probado tal como estaba en la carne, bajo el antiguo pacto,
estando la ley escrita en tablas de piedra. Es debido a esto que el Señor maldijo la higuera que no produjo fruto, sino sólo
hojas; Él había cavado y la había abonado, pero en vano; por consiguiente, iba a ser cortada. ¡Verdad solemne! La gracia nos
eleva por sobre el pecado, pero el hombre en sí mismo está perdido en cuanto a su responsabilidad. El Señor comienza a enseñar
a la multitud en parábolas: diciendo "el sembrador salió a sembrar." Como hemos dicho, Él ya no busca fruto del hombre en
la tierra, ni en Su pueblo, sino que siembra aquello que debía producir fruto. Mientras el sembrador siembra, algunas
semillas caen junto al camino, algunas en pedregales, algunas entre espinos, y algunas en buena tierra. Aquí no es asunto
de doctrina, sino que los hechos que siguen a la siembra de la palabra del reino los presenta a ellos mismos; es un asunto
de hechos externos. Tres partes no llevan fruto. Cuando la palabra es sembrada en el corazón, en el primer caso, queda sobre
la superficie de la tierra, no penetra el corazón; el diablo quita la palabra, y no queda ningún fruto. En el segundo caso
la palabra es recibida con gozo; los oyentes se gozan al escuchar al sonido de la gracia, del perdón, del reino; pero cuando
viene la tribulación o la persecución, ellos la dejan. El oyente la había recibido con gozo; él la deja cuando viene la tribulación:
la conciencia no es traída a la presencia de Dios; no se percibe la necesidad de una conciencia turbada. Es en la conciencia
donde la palabra de Dios fija sus raíces; porque la presencia de Dios es revelada y despierta la conciencia. Dios mismo se
revela al corazón, y uno se encuentra a sí mismo en Su presencia, consciente de estar allí. Sigue el juicio de uno mismo,
termina la oscuridad, y la luz de Dios brilla en el corazón. Cuando la conciencia ya ha sido ejercitada, entonces el evangelio
trae gozo inmediato, y la respuesta de Dios a la necesidad del alma. Lo que sean la gracia y el amor de Dios, cuando estos
se revelan por primera vez, no producen gozo, porque alcanzan la conciencia; la luz penetra, porque Dios es luz. El amor (porque
Dios es amor) inspira confianza, el corazón es atraído y confía, como la mujer pecadora que lavó los pies del Señor con sus
lágrimas; pero la conciencia, sin ser purificada todavía, no tiene gozo. Si el anuncio de perdón da gozo, hay razón para temer
que la conciencia no sea despertada. La comprensión (quizás también los afectos naturales) ha entendido la hermosa historia
de amor y perdón relatada en el evangelio, pero la obra es superficial y desaparece. Otra parte de la semilla cayó entre
espinos, y al crecer los espinos, la ahogaron y no dio fruto. La última de todas las partes, la que cayó en buena tierra,
dio fruto en diferentes proporciones. El objeto de este discurso no es mostrar la forma en que esto sucede; sólo habla del
efecto manifestado. Indudablemente es la gracia, pero sólo se cuenta el hecho. En este último caso vemos la actividad de la
gracia en el corazón, porque crece y da fruto, y sigue creciendo. Aquel que verdaderamente ha recibido la palabra en el corazón,
está capacitado para comunicarla a otros. Puede que no tenga el don de predicación, pero él ama la verdad, él ama las almas,
y la gloria del Salvador; y la luz que se ha encendido en su corazón alumbra todo a su alrededor. Él también siembra según
su fuerza, y es responsable de hacerlo. Con respecto a esto, todo será manifiesto, la fidelidad y la infidelidad, así como
en todo lo demás. Dios envía luz al corazón para darla a otros, y no para esconderla. Nosotros recibiremos más, si somos fieles
comunicando lo que poseemos; y, si hay amor en nosotros, esto no puede fallar. La verdad y el amor vinieron en Cristo, y a
menos que el corazón esté lleno de Cristo, la verdad no será manifestada: si el corazón está lleno de otras cosas, o de sí
mismo, Cristo no puede manifestarse. Si Cristo -la verdad y el amor- está en el corazón, la verdad brillará para bendición
de otros, y nosotros mismos seremos bendecidos, y se nos dará más; y habrá libertad y gozo en el alma. Lo que un hombre posee
le será quitado si no permite a otros beneficiarse de la luz que él tiene. Nuevamente vemos aquí, que el ministerio del
Señor entre los Judíos ya había terminado. "A vosotros os es dado", Él dice a los discípulos, "saber el misterio del reino
de Dios, mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y
no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados." Ellos están bajo el juicio de Dios. El Señor
no quiere decir aquí que un alma no podría creer individualmente en Jesús, y así ser perdonada; sino que la nación judía,
habiendo rechazado el testimonio de Jesús, ahora ha sido abandonada por Dios, dejada fuera, y expuesta a Su juicio. Él reprende
a los discípulos porque tampoco podían entender la parábola, no obstante Él, en Su gracia, se las explica.
Después
de esta explicación y de las respectivas advertencias de las que hemos hablado, el Señor da otra parábola que presenta Sus
caminos muy claramente. El reino es como cuando un hombre echa semilla en la tierra, quien, levantándose y durmiendo, día
y noche, le permite crecer sin que él se de cuenta. La tierra produce fruto por sí misma de esta manera, primero la hoja,
luego la espiga, y después grano lleno en la espiga. Luego, cuando el fruto está maduro, él en seguida mete la hoz, porque
ha llegado el tiempo de la siega. Así obró personalmente el Señor, sembrando la palabra de Dios en la tierra; y al final,
Él volverá, y obrará de nuevo personalmente, cuando haya llegado el tiempo del juicio de este mundo; pero ahora, en el entretanto,
Él permanece sentado a la diestra de Dios, como si Él no se ocupara de Su campo, aunque en Él obra en secreto por Su gracia,
y produce todo. Pero no es manifiesto. Sin ser visto, Él obra para hacer crecer la semilla de una manera divina por Su gracia,
aunque aparentemente Él permite que el evangelio crezca sin tener nada que ver con ello hasta la siega. Entonces Él aparecerá
y obrará abiertamente.
Nuevamente Él enseña al pueblo con otra parábola. No encontramos aquí la historia completa
del reino como en el capítulo decimotercero de Mateo, sino sólo sus grandes principios, y la obra del Señor en contraste con
Su manifestación y el establecimiento del reino por Su propia presencia. Este reino crece durante Su ausencia, nadie sabe
cómo, por lo menos en cuanto al conocimiento humano. El reino, entonces, es como un grano de semilla de mostaza, la más pequeña
de todas las semillas; pero crece en cuanto es sembrada, y se vuelve una gran planta, incluso como un árbol suficientemente
grande como para que las aves que vuelan en el aire puedan descansar en sus ramas. Así la Cristiandad, una pequeña semilla, la de un hombre despreciado por el mundo, ha llegado a
ser un gran poder en la tierra, y extiende sus ramas por todas partes. Aquí el Evangelista repite que el Señor habló a la
multitud en parábolas, y que sin parábolas Él no se dirigía a ellos; luego Él explicó todo a Sus discípulos, cuando estuvieron
solos con Él.
En lo que sigue, pienso que tenemos un retrato de la partida de Jesús, y de Su poder; la seguridad de
los Suyos incluso cuando Él parecía ser indiferente a sus dificultades; luego la relación en la que Él se mantuvo hacia los
judíos. Jesús, habiendo despedido a la multitud, entra en una barca y se duerme, aunque una tempestad se levanta sobre el
lago, a tal punto que las olas llenan la barca. Los discípulos, llenos de temor, vienen a Jesús para despertarlo; Jesús se
levanta, reprende al viento, y dice al mar, "Cálmate, sosiégate" (Marcos 4: 39 - LBLA), y todo se tranquiliza. Pero entonces
Él reprueba el temor incrédulo de los discípulos; y de hecho, lector, ¿piensas tú que el poder del Hijo de Dios, de los consejos
de Dios, podía haber fallado a causa de una inesperada tempestad en el lago de Genesaret? ¡Imposible! Los discípulos estaban
en la misma barca con Jesús. Aquí hay una lección para nosotros: en todas las dificultades y peligros de la vida cristiana,
durante la travesía completa sobre las olas, a menudo agitadas por el mar tempestuoso de la vida y del servicio cristiano,
nosotros estamos siempre en la misma barca con Jesús, si estamos haciendo Su voluntad. Nos puede parecer que Él duerme; no
obstante, si Él permite que se levante la tempestad con el objeto de probar nuestra fe, no pereceremos puesto que estamos
con Él en la tempestad; evidentemente ni Él ni nosotros podemos perecer. A veces Él puede parecer indiferente a nuestro destino;
pero repito, nosotros estamos con Él; Su seguridad es la nuestra.
CAPÍTULO 5.
Si calmar los vientos y el mar muestran el poder del Señor sobre la creación, lo que
sigue lo muestra sobre los demonios; Él expulsa una Legión por Su palabra. Pero ahora encontramos el efecto de la manifestación
de Su poder en el mundo, incluso donde obró para liberación de los hombres. Ellos le piden a Jesús que se vaya, y Él se va.
¡Pobre mundo! La silenciosa influencia de Satanás en el corazón, es más desastrosa que Su poder exterior y visible; esto es
bastante triste, pero el poder del Señor es completamente suficiente para ahuyentarlo: considerando que, por otra parte, la
silenciosa influencia de Satanás en el corazón aleja al propio Jesús. Y observen que, cuando se siente la presencia de Dios,
esta es más terrible que la de Satanás; el hombre desearía librarse de esta última, pero no puede; pero la presencia de Dios
es insoportable cuando se hace sentir: y de hecho el hombre ha echado a Dios (en la persona de Cristo) de este mundo. Jesús
se entregó por nosotros, es verdad; pero, en cuanto a la responsabilidad del hombre, él ha echado al Señor. Yo no dudo que
toda esta escena es la representación del fin de la historia del Señor; y que los cerdos nos presentan el fin de los judíos,
quienes corrieron hacia la perdición como poseídos por el diablo al final de su historia. El mundo no deseaba tener a Jesús;
los judíos son lanzados a una ruina desesperada. El hombre que es curado está tranquilo; él desea estar con Jesús quien
se estaba marchando, pero esto no se le permite. Él debe ir y anunciar a otros lo que Dios ha hecho por él. Aquí está la posición
de los discípulos y de todo Cristiano después de la partida de este mundo del Señor. Ellos desean ir y estar con Él, pero
son enviados de nuevo al mundo para declarar la obra bendita que el Señor ha hecho en sus propias personas; ellos pueden decir
por su propia experiencia lo que es la gracia y el poder de Jesús. ¡Pero cuán deplorable es el estado del mundo y del hombre!
La presencia del diablo es más tolerable para él que la presencia de Dios. Él desearía comprobar las manifestaciones violentas
del poder de Satanás, pero no puede -se rompen las ligaduras (Salmo 2: 3), y el hombre es tan malo como siempre. Dios no es
un tirano como lo es Satanás; Él es bueno, lleno de gracia, y libera a los hombres en Cristo del poder de Satanás; pero, siendo
esto la prueba de la presencia y el poder de Dios, el hombre muestra que Su presencia es insoportable para él, incluso cuando
Dios se manifiesta como el que libra de todos los males que han introducido el poder del pecado y de Satanás.
La historia
que sigue revela las verdaderas relaciones entre Jesús e Israel. Jesús vino a sanar a Israel; pero, de hecho, hablando espiritualmente,
Israel estaba muerto; cuando Jesús vino, era necesario resucitar a Israel, si era la voluntad de Dios que Israel debía vivir;
el Señor podía hacerlo, y lo hará para esta nación en los últimos días. Pero estando entonces de camino con el pueblo, la
multitud de Israel lo rodeó; y, si la fe individual lo tocaba, la persona era sanada, y esto es lo que le pasó a la pobre
mujer afligida. Notemos algunos de los detalles del relato: -el Señor distingue entre la fe verdadera y el entusiasmo
de la multitud que fue atraída por Sus milagros y por los beneficios que había recibido. La multitud no carecía de sinceridad,
el pueblo vio los milagros y disfrutó de sus efectos, pero ellos no tenían fe en la persona de Jesús. Pero había algo bueno
en la mujer, por gracia, aquello que siempre se encuentra en la fe, una sentida necesidad y la percepción de la excelencia
de Su persona, y del poder divino que estaba en Jesús, acompañado con la verdadera humildad en lo concerniente a esta mujer.
La pobre mujer está segura que, si sólo toca el borde de Su vestido, ella será sanada; y de hecho, esto es lo que sucedió.
En cuanto la mujer se sana, Jesús percibe que el poder que está en Él, y que ha salido de Él a la mujer, ha obrado con eficacia.
Y siempre es así: muchos pueden oír el evangelio y estar encantados de escucharlo, pero la fe es otra cosa; y la fe siempre
recibe la respuesta del Señor a la necesidad que le presenta. Él puede hacer que uno espere, si Él encuentra que es un buen
ejercicio para la fe, pero Él siempre responde en amor: la mujer es sanada perfectamente. La fe hace que el creyente se humille
acerca de su miseria; la mujer quiso permanecer oculta, pero el Señor anima al creyente, diciendo en este caso, "Hija, tu
fe te ha sanado (Griego: salvado); véte en paz." (Versión Moderna). No obstante lo tímida y temerosa que un alma puede estar
en la presencia del Señor en las cosas espirituales, y no obstante lo mucho que pueda sentir su propia miseria, cuando la
llamada es verdadera, se abre y confiesa Su gracia y no la miseria que había hecho necesaria esta gracia. Es entonces cuando
el Señor anima y habla de paz al corazón. La fe personal está aquí claramente distinguida del entusiasmo de la multitud que
lo seguía, ya sea por curiosidad, o por los beneficios que Jesús les confería. Pero el poder de resurrección se encontraba
en Él y a través de Él. Israel, aunque muerto, sólo dormía: la voz del Señor lo llamará a la vida a Su debido tiempo.
CAPÍTULO
6.
Pero no obstante la grandeza de Su poder divino, Él se manifestó de una forma en que
no podía prestar nada al orgullo y a la vanidad de la naturaleza humana. El hombre era responsable de recibirlo porque Él
manifestó el carácter de la Deidad: Él no adularía y no daría
apoyo a las pasiones humanas, ni a aquellos de entre los Judíos como una nación. Si el hombre ha de recibir a Dios, él debe
recibir lo que Dios es; pero esto es justo lo que su naturaleza caída no hará. El carácter divino fue manifestado de forma
mucho más plena en la humillación de Jesús, que si Él hubiese venido como un Rey glorioso; pero Él no fue lo que el corazón
del hombre deseaba. Él era el hijo del carpintero, y eso era suficiente causa para Su rechazo. Ellos juzgaron según la carne:
los parientes de Jesús estaban en medio de ellos; y no vieron más allá. Asombrado por la incredulidad de ellos, Él los deja
después de haber hecho lo que demandaban las necesidades de algunos de ellos, porque Su gracia nunca falló. No hay profeta
sin honra sino en su propia tierra; porque es allí donde es conocido según la carne. Así fue con Jesús, no sólo en Nazaret,
sino también en Israel. Observen qué obstáculo es la incredulidad para el ejercicio del poder de Dios. La fe de la mujer enferma
que toca Su vestido hace que Su poder salga, pero la incredulidad de los habitantes de Su propio país impide su ejercicio.
Encontramos, "No pudo hacer allí ningún milagro,"etc. Quiera Dios permitir que no pongamos ningún obstáculo a la actividad
de Su gracia, que siempre está pronta para actuar; sino, al contrario, que podamos saber lo que es beneficiarse por Su poder,
haciendo que obre hacia nosotros por la fe; capítulo 6: 1-6.
Luego el Señor envía a Sus discípulos a predicar, y tenemos
una prueba de Su poder más notable que el de Sus propios milagros. Él les da el poder para realizar milagros, poder para echar
fuera todos los demonios. Éste es un poder evidentemente divino; Dios capacita al hombre para realizar señales y maravillas;
pero ¿qué hombre puede dar este poder a otro? Cristo lo dio, y Sus discípulos, capacitados por Su don, realmente echaron fuera
demonios: Cristo era Dios manifestado en gracia en la tierra. Nosotros ya hemos llamado la atención al hecho de que todos
los milagros del Señor, y los de Sus discípulos, no son sólo los resultados del poder, tal como los milagros de Moisés, de
Elías, etc., sino que son los frutos de la benignidad divina. Uno puede exceptuar la maldición de la higuera, pero ésta, después
de todo, es una prueba de lo mismo. El testimonio del Señor, tal como lo fue, marcado con el sello del amor, y confirmado
por Sus obras milagrosas, había sido rechazado; e Israel -el corazón del hombre- bajo la influencia de esta benignidad, de
la manifestación de Dios, de todo el cuidado que Dios le había prodigado, no produjo ningún fruto. Por consiguiente, el árbol
malo es juzgado para siempre, para que nunca pueda llevar fruto de nuevo. Así el hombre, habiendo mostrado él mismo que no
es nada más que culpable, y tan culpable, que todos los medios empleados por Dios, incluso el don de Su Hijo unigénito, han
sido incapaces de despertar un solo sentimiento bueno hacia Dios, en cuanto a su estado en la carne, finalmente es rechazado
por Dios. Dios puede salvarlo dándole una nueva naturaleza por medio del Espíritu Santo, pero en si mismo está sin esperanza.
¿Quién hará más de lo que Dios ha hecho? Más que esto; el Señor no sólo tiene el poder de dar a Sus discípulos autoridad
sobre los espíritus inmundos, sino que Él también puede ver a través de los corazones humanos. Los discípulos debían comenzar
sin llevar nada para el camino; y, no obstante, como leemos en Lucas, los discípulos dieron testimonio, en respuesta al Señor,
que a ellos no les faltó nada (Lucas 22: 35). Sostenidos por el poder de Emanuel, cuyo poder se extendía por todas partes,
y armados con Su autoridad, ellos debían quedarse en la casa en la que habían entrado hasta su salida de cada lugar. Así ellos
se debían conformar a esta misión; poseyendo la autoridad del Señor para su mensaje, debían actuar de acuerdo con esto. Y
dondequiera que su mensaje no fuese recibido, ellos debían sacudir el polvo de sus pies como testimonio contra esa ciudad,
cuyo destino sería peor que el de Sodoma y Gomorra. Es verdad que el Señor, lleno de benignidad y paciencia, envió nuevamente
a setenta discípulos delante de Él cuando subió a Jerusalén al final de Su carrera en la tierra, y éstos debían predicar el
evangelio. Pero en cuanto al principio de la misión, lo que encontramos en Marcos fue el último testimonio dado a Israel antes
del juicio de la nación. Éste iba a ser una última apelación a la conciencia y al corazón del pueblo, para que pudiera recibir
al Salvador y arrepentirse y volverse a Dios y escapar del terrible juicio que les esperaba; y para que, por lo menos, pudiese
haber un remanente que, movido por la poderosa palabra de Dios, pudieran volverse a Dios para gozar de Su bondad en el Salvador,
y una esperanza mejor que la que el Judaísmo les había podido dar. Los discípulos salieron predicando que los hombres
debían arrepentirse. ¡Qué gracia se encuentra en los enviados del evangelio! No sólo Dios nos da a gozar de salvación y de
Su amor, sino que emplea a hombres como instrumentos de la actividad de Su amor. ¡Oh, cómo deberíamos bendecir a Dios por
el hecho de que Él se digna usarnos para llevar el testimonio de Su amor inefable y de Su verdad al corazón de los hombres
-por lo menos a sus oídos, para que Él mismo pueda alcanzar sus corazones en Su gracia! Que nosotros conozcamos, por lo menos,
lo que es tener nuestros corazones llenos amor, ya sea que prediquemos o no, para que nuestros corazones puedan ser una verdadera
expresión de esa gracia que busca a los hombres. Así el poder de Dios acompañó a los discípulos; ellos echaron fuera demonios
y sanaron al enfermo.
Para ese entonces, el informe de las obras y del poder del Señor llegó a oídos del rey; su conciencia
estaba agitada porque hizo matar a Juan el Bautista. Aquí empieza la historia de los hechos que muestran en forma práctica,
la oposición del corazón del hombre al testimonio de Dios. La enemistad contra la verdad y la luz que se cumplió plenamente
en la muerte de Jesús, ya se manifestó en la muerte de Su predecesor. La conciencia natural de Herodes lo había inducido a
escuchar a Juan; el miedo que le tenía al santo varón que había sido fiel reprendiéndolo, resultó en que le tuviera alguna
consideración, y lo mantuviera alejado de la enemistad de Herodías; pero lo que es natural no es suficiente para levantar
una barrera ante la carne. La excitación de un banquete y el orgullo real son suficientes para provocar la muerte del profeta.
Ejemplo doloroso de la manera en que el hombre se engaña a sí mismo; y cuando se imagina lo suficientemente fuerte para mostrar
su poder, todo lo que puede hacer es revelar su debilidad y su esclavitud a sus pasiones. Todo esto no hace sino cumplir la
voluntad de Dios; esta enemistad del corazón del hombre debe mostrarse, y debe introducir, por el rechazo de Juan el Bautista
y del propio Jesús, cosas infinitamente mejores, a través de la gracia soberana de Dios.
Los discípulos regresan y
relatan a Jesús todo lo que ellos han hecho y enseñado; era natural que estuviesen llenos de ello. Pero el Salvador no dice
nada sobre esto; para Él, el poder era algo natural, y Él desea que los discípulos se aparten a un lugar desierto, para descansar
un poco, en soledad. Siempre es algo bueno, incluso necesario para nosotros, cualquiera pueda ser la bendición -y mientras
mayor sea esta- para nosotros, pobres criaturas que somos tan incapaces de resistir el efecto del poder cuando la obra es
por nuestros medios, estamos tan prestos a atribuirlo a nosotros sin percibirlo; es necesario, digo, retirarse a estar en
la presencia de Dios, y allí en Su presencia, averiguar lo que somos verdaderamente, disfrutar Su amor perfecto en seguridad:
pero para estar ocupados con Él y no con nosotros mismo. Esto es lo que el Señor hizo en Su tierna consideración por los Suyos.
Pero el amor de Dios no encuentra reposo en este mundo; y el hombre, no encontrando sino poco amor en los corazones
humanos, teme importunar al Señor cuando Él está presente allí; pero el amor divino nunca se niega a asistir a las necesidades
del hombre. El pueblo reconoció a Jesús y corrieron juntos desde toda ciudad, saliendo de su soledad para ver a Jesús; y Él,
viendo esta gran multitud, fue movido a compasión, porque eran como oveja sin pastor. Él comienza a enseñarles: éste es la
primera y verdadera necesidad de las personas abandonadas por sus pastores humanos; pero el Señor todavía piensa en todas
las necesidades de Su pueblo hambriento. Los discípulos deseaban despedir a la muchedumbre, pero Jesús deseaba alimentarla.
Este milagro tiene un gran significado en sí mismo, por el lugar que ocupa en este Evangelio. Jehová era el verdadero Pastor
de Israel y estaba allí presente en la persona de Cristo, quien en realidad fue rechazado. No obstante, Su compasión y Su
amor no se debilitaron por la ingratitud del pueblo. Para mostrar que realmente Él es Jehová, Él actúa según el Salmo
132: 15; "Saciaré a sus pobres de pan." (Versión Moderna). Éste es un salmo que predice el tiempo del Mesías, tiempo que se
cumplirá plenamente en los últimos días; pero Aquel que lo logrará estaba allí presente, y aunque Él sea rechazado, da la
prueba de que Jehová ha visitado a Su pueblo -Él sacia a sus pobres de pan. Su amor era muy superior a la malicia de Su pueblo.
Él ya había dicho que el Hijo del Hombre iba ser llevado a la muerte, y que el pueblo no recibiría a su Salvador -a Dios.
Con todo esto, Jehová no abandona Su amor; si el pueblo no quiere a Jehová, Jehová quiere al pueblo. Él da el precioso testimonio
de que el amor de Jehová no desmaya, sino que se eleva muy por arriba de la locura del hombre. ¡Que Su nombre sea alabado
y adorado por ello! Nosotros podemos contar cuanto más con Su bondad inagotable para que no nos permita caer en la negligencia,
sino para sostenernos en nuestra debilidad; porque Su amor es mayor que todos nuestros fracasos, para que podamos adorar Su
paciencia. Pero aquí encontramos otra verdad importante. El Señor no dice, <yo les daré de comer>, sino, "Dadles
vosotros de comer." El Señor desea que los discípulos sepan lo que es usar Su poder para el bien de otros, y que sepan como
usarlo por medio de la fe. ¡Oh, qué pensamiento es, que la verdadera fe emplea el poder de Jehová, y en circunstancias que
muestran que Su amor está por sobre nuestra infidelidad y fracaso! Cuán importante verdad para nosotros, que Cristo es la
expresión de este amor, de la superioridad de la gracia de Dios por sobre todos nuestros pecados; porque "Dios encarece su
amor hacia nosotros, en esto, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." (Romanos 5: 8 - Versión Moderna). Ésta
era la prueba de ello; pero aquello que se manifestó en Su muerte siempre es verdad para nosotros en Su vida. "Mucho más",
dice el apóstol, "siendo reconciliados, seremos salvados por su vida." (Romanos 5: 10 - Versión Moderna). Por consiguiente,
la fe depende de la inagotable fidelidad de este amor, y usa la fortaleza que se perfecciona en la debilidad. (2a. Corintios
12: 9). La carne en los discípulos ve nada más que los medios carnales, y no mira el amor y el poder de Dios, sino a lo que
se ve. Pero el Señor da comida en abundancia a la multitud hambrienta, y muestra que Él mismo es el Dios y Salvador de Israel.
El relato que sigue, nos presenta el retrato de la separación causada por el rechazo del Señor, y la bienvenida que
se le dará a Él, al final de la historia de este mundo que lo ha rechazado. Él no habla del juicio de Sus adversarios, sino
del cambio del mundo mismo. El Señor obliga a Sus discípulos a partir solos, mientras Él despide a la multitud; y cuando ellos
se han ido, Él va a un monte a orar. Esto es exactamente lo que el Señor ha hecho ahora: los discípulos son sacudidos en el
mar tempestuoso del mundo; Jesús ha despedido a Israel, y ha ascendido al cielo para interceder por nosotros. En el entretanto,
el viento es contrario, y nosotros nos esforzamos remando con dificultad y preocupación, aparentemente abandonados por el
Señor; pero Él siempre intercede por nosotros, y obtiene misericordia y gracia para nosotros en el tiempo de necesidad. Israel
había sido despedido. Más exactamente, los discípulos en el mar representan el remanente judío que, de hecho, llegó a
ser la iglesia (Hechos 2): pero aquí es considerado en su carácter de remanente judío. Jesús alcanza la nave, andando sobre
el mar, porque Él puede caminar serenamente en circunstancias que nos causan gran problema. Los discípulos tienen miedo, pero
Jesús los conforta, asegurándoles que es Él, su muy conocido amigo y Salvador. Así será al final de los tiempos: Jesús aparecerá
por sobre todas las circunstancias por las que Su pueblo es inquietado; y Él será el mismo compañero manso y humilde que caminó
en la tierra con Sus discípulos "en los días de su carne." "Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento." Yo repito
que el juicio de Sus adversarios no es mencionado aquí, sino lo que le sucederá a Su pueblo entre los judíos, cuando Él volverá.
Entonces el mundo estará de nuevo lleno de gozo. La tierra de Genesaret, que había alejado al Salvador después de que Él había
sanado al endemoniado, ahora lo recibe ahora y lo reconoce, y todos, de todas partes de la región, estaban encantados de disfrutar
de Su presencia. ¿Están listos nuestros corazones para recibir esta enseñanza? ¿Hemos aprendido que el llevar uno su cruz
es la verdadera posición del Cristiano, el camino al que el Señor nos ha guiado? Para caminar así tenemos necesidad de un
objeto que pueda gobernar el corazón, que pueda poseer sus afectos y pueda fijarlos en lo que tiene delante de ellos, y guiarlos;
un objeto al que también esté unida la cruz -es decir, Cristo que nos ha amado, y quién se entregó en la cruz por nosotros;
Cristo que está ahora en la gloria a la que Él nos está llevando, y quién nos muestra lo que es el camino de la cruz, para
que nosotros podamos estar con Él y semejantes a Él, siguiendo el camino en el que el Señor anduvo por nosotros en Su amor.
"Si alguno me sirve, sígame; y en donde yo estoy, allí también estará mi servidor." (Juan 12: 26 - Versión Moderna).
CAPÍTULO
7.
Este séptimo capítulo está lleno de la más interesante enseñanza. Primero, el juicio
del Señor sobre la piedad externa de los jefes del Judaísmo, que era totalmente exterior y nada menos que hipocresía, y que
dejaba de lado la ley de Dios. Todos estos lavamientos son despreciados por Dios; los Fariseos habían dejado de lado el mandamiento
de Dios para guardar su propia tradición. En segundo lugar, el Señor muestra que lo que sale de la boca de un hombre contamina
al hombre, porque sale del corazón; no lo que entra en el hombre. Luego, habiendo juzgado así a Israel y al hombre, Él muestra,
de la manera más conmovedora, la gracia soberana de Dios que atraviesa cada barrera para alcanzar la necesidad del hombre:
fuera de todos los derechos fundados en las promesas, exigiendo solamente que el corazón la reconozca para que pueda ser enteramente
la pura gracia de Dios en amor, la que hace el bien; revelándose como amor cuando el hombre es malo, y sin ninguna esperanza
fuera de esta gracia soberana. Las cosas exteriores son fáciles de hacer; al hombre le gusta hacer de ellas su religión,
porque no necesitan un corazón puro; al hombre le gusta hacerlas, y exaltarse a sí mismo y distinguirse de otros haciéndolas.
Por ellas, el hombre se jacta de gran piedad ante otros hombres, y gana una gran reputación para él; pero él puede ser malo
al mismo tiempo; estos actos exteriores no lo llevan a la presencia de Dios, quien busca el corazón. Por medio de estos actos,
el hombre es religioso sin poseer la santidad, y encuentra que esto solo lo satisface. Uno no encuentra a los Fariseos solamente
en la época de nuestro Señor; se encontrarán en todas las épocas. Este sistema siempre está ligado a la influencia que un
hombre ejerce sobre otro por medio de una posición externamente santa; no es la fe que posee verdad y gracia para sí misma
(verdad y gracia que vinieron por Jesucristo, y que producen santidad y comunión con Dios, quien se revela en ellas), sino
la influencia oficial que un hombre usa para su propia ventaja, dejando descuidadamente a un lado la voluntad y los mandamientos
de Dios. Así era entre los judíos; ellos lavaban sus manos, pero no sus corazones; eran muy escrupulosos sobre lo que entraba
en su boca, y descuidados sobre lo que salía de su corazón. La religión del hombre es siempre así; él puede observar una
religión tal como esta, y se adorna con ella como si se adornase con una gloria. Pero él no puede conseguir real santidad
de esta manera, y esto es evidente a los ojos de Dios, quien ve todo lo que sucede en el corazón. La verdadera santidad se
muestra en el andar práctico; uno puede fallar, pero el alma sostenida por la gracia busca solamente la aprobación de Dios;
tiene conciencia del fracaso, y se regocija en Dios, porque es Él quién mora en el alma, y la mantiene humilde. Pero los Fariseos
y los Saduceos entre los judíos, sacaban provecho de su reputación y posición para inducir al piadoso a dar muchas ofrendas
a Dios, a quien ellos representaban. Se despreciaban así los deberes hacia los padres, y se invalidaba la ley de Dios. Ellos
honraban a Dios con sus labios, pero su corazón estaba lejos de Él. Se acercaban a Él con sus dichos, pero no con su corazón;
este estaba lleno de codicia e iniquidad. Dios rechaza totalmente este tipo de honra. "En vano me honran", dice el profeta
Isaías, y el Señor lo repite. Dios quiere un corazón puro, santificado por el Espíritu y por la verdad; y Él quiere un culto
rendido en espíritu y en verdad: el Padre busca a tales adoradores para que le adoren. Él quiere gracia, pero se requiere
la verdad para poder acercarse a Dios, un corazón dónde exista la vida divina. Toda esta religión humana, exterior, Farisaica,
sacerdotal, es juzgada por el Señor una vez y para siempre. Dios demanda un corazón puro y obediencia verdadera. Los hombres
ponen en este tipo de religión, aquello a lo que la imaginación del hombre atribuye gran valor, honrando en esto la antigüedad
y las tradiciones de sus antepasados. Todo lo que se ve bajo las sombras de la antigüedad es bastante imponente; pero con
Dios es un asunto del corazón, y era igual entonces como es ahora con nosotros: estamos ante Dios, y Él nos ve tal como somos.
El asunto es el estado real del hombre. Pero, ¿qué son estos pobres corazones en su estado natural? Éste es el segundo
asunto del que el Señor se ocupa. Él ya ha rasgado el velo de la hipocresía, por medio del cual los Fariseos y sacerdotes
intentaban ocultar la impureza de sus corazones, y acreditar a su propia cuenta la piedad exterior que ellos enseñaban; se
manifiestan los motivos de sus corazones, y aparecen los esfuerzos que ellos hacen para cubrir la impureza y avaricia de su
corazón; su hipocresía es manifestada. El Señor no sólo rasga el velo de hipocresía, sino que también descubre lo que el corazón
produce. Esto es lo que Dios hace; Él escudriña nuestros corazones y los manifiesta, y entonces revela el Suyo. Esto es dejar
al descubierto, no meramente los corazones de los Fariseos, sino los corazones de todos los hombres; lo que sale de la boca
contamina al hombre, porque procede del corazón. ¡Qué retrato! El producto del corazón humano consiste en malicia, corrupción,
envidia. . . en una palabra, nada más que vicios. ¿Carecía el Señor de benevolencia o amor hacia el hombre? Su venida
es la prueba del amor de Dios. ¿Deseaba Él esconder lo bueno que se podría encontrar en el hombre? ¿Era Él el único capaz
de descubrir el mal? ¿Podía Él desear calumniar al ser que Él había venido a bendecir, salvar, y a quien le daría un lugar
con Él? Imposible: esto no podía ser. Pero en cambio, conociendo el corazón del hombre, Él estaba obligado a decir la verdad.
Era el amor que descubre la perversidad absoluta del corazón humano, para que el hombre no deba permanecer en este estado.
De hecho, es mejor que se descubra ahora en presencia de la gracia que en el día del juicio, cuando todo lo que se manifieste
será castigado, y el hombre condenado. Observen también que, cuando la santidad práctica y la obediencia ya no se encuentran
en la vida de los líderes, una religión fundada por Dios se convierte en el poder del pecado y de la hipocresía, y siempre
tiende a pervertir a la mente, a destruir la conciencia y la rectitud en todo; porque aquello que se considera como la autoridad
de Dios, incita a la hipocresía y a la iniquidad, y también tiende a producir incredulidad, porque los hombres ven que la
religión se asocia con aquello que incluso la conciencia natural condena. ¡Oh, qué triste historia es la del corazón humano
y de la iglesia de Dios, tal como los hombres la han hecho! Observen también la influencia de la autoridad religiosa corrupta
para cegar a los hombres y destruir la inteligencia espiritual. ¿Qué puede ser más claro que lo que el Señor dice? Pero la
conciencia natural no reconoce la verdad de que no es lo que entra en la boca de un hombre lo que contamina al hombre, sino
lo que sale de ella, porque procede del corazón. La cosa es bastante simple. Los discípulos no entienden, y pide una explicación
de ello; su inteligencia natural había sido cegada por la tradición de los ancianos. La manera de razonar adquirida por medio
de la autoridad de estos últimos, había estropeado el entendimiento de ellos. Y de hecho, ¿acaso no encontramos a muchos que
creen que lo que entra en la boca de un hombre lo contamina? Y sin embargo son almas sinceras; y no sólo esto, ellos también
creen que contamina comer un cierto tipo de comida un día, y que comerla otro día no lo hace: y esto debido a la tradición
de los ancianos. Esto es, en realidad, lo que los discípulos hicieron esencialmente; y el Señor los reprende, diciendo, "¿Así
que vosotros también estáis sin entendimiento? (Marcos 7: 18 - Versión Moderna). Aquí vemos el juicio del Señor contra muchas
cosas que guardan muchas almas esclavizadas, e incluso almas sinceras, como las de los discípulos.
Pero volvamos a
la preciosa exhibición del amor de Dios en las palabras del Señor a la pobre mujer. Encontramos que primero son reconocidos
todos los privilegios de los Judíos; pero también encontramos la verdad de Dios que se eleva muy por encima de tales privilegios,
para manifestar gracia y amor, dondequiera se pueda presentar una necesidad; no, de hecho, donde hay derecho a las promesas,
sino hacia una raza maldita, hacia una mujer de un país notorio por su estado endurecido. Dios se manifestó elevándose sobre
todas las barreras que anteriormente habían impuesto la iniquidad del hombre y el sistema exclusivo del Judaísmo, incluso
el sistema que Él mismo había establecido, cuya abolición se mostró por el rechazo de Cristo. El Señor entra en el territorio
de Tiro y Sidón; Él deseaba estar tranquilo, pero la bondad, unida con el poder son dos cosas muy raras en el mundo como para
permanecer inadvertidas; y la sentida necesidad despierta el alma y la hace ver claramente. Una pobre mujer tenía una hija
sujeta al poder de un espíritu inmundo; sintiendo su propia miseria y creyendo en el poder de Jesús, ella va a buscarlo. El
peso de la miseria que la oprimía le hizo esperar en Su bondad. El Señor se atiene a las promesas hechas por Dios a los judíos,
y en Su respuesta expone los derechos del pueblo de Dios; Él no podía tomar el pan de los hijos para darlo a los perros. ("Deja
que se sacien primero los hijos; porque no es justo tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perros." Marcos 7: 27 - Versión
Moderna). Observen que la mujer pertenecía a la raza maldita; si miramos los caminos de Dios en medio de Israel, no había
ni una sola promesa para ella; y ella no tenía ningún derecho que le perteneciera en común con el pueblo de Dios. Según los
judíos y la economía legal, ella era nada más que un perro: pero las necesidades presentes estaban allí, y también estaba
allí el poder de Dios, empleado siempre, tal como es, para Sus propios buenos propósitos, y esto le inspira confianza. Siempre
es así; la necesidad y la fe en la bondad y poder del Señor producen la perseverancia, como en el caso de aquellos que llevaron
al hombre paralítico cuando la multitud apretujada rodeaba a Jesús. Pero hay algo en el corazón de la mujer además de la confianza
que la gracia había producido allí. Ella reconoce los derechos de los Judíos como pueblo de Dios; reconoce que ella no es
más que un perro por lo que a ellos respecta; pero insiste en su demanda, porque ella siente que, aunque ella no es más que
un perro, la gracia de Dios es suficiente para los que no tenían ningún derecho. "Pero los perros también," dice ella, "debajo
de la mesa, comen de las migajas de los hijos" (Versión Moderna); reconoce lo que ella es, pero también lo que Dios es. Ella
cree en Su amor hacia los que no tienen ni derechos ni promesas; y en la manifestación de Dios en Jesús fuera de y sobre todas
las dispensaciones. Dios es bueno, y el hecho de estar en la miseria ya es una súplica para Él: ¿podía Cristo decir, <No,
Dios no es bueno como tu supones?> Él no podía decir esto: no habría sido la verdad. Esta es gran fe, fe que reconoce
nuestra propia miseria, que no tenemos derecho a nada; pero fe que cree en el amor de Dios claramente revelado en Jesús, sin
ninguna promesa, y sin embargo, totalmente revelado. Dios no puede negarse a sí mismo y decir, <No, Yo no soy el amor>.
Nosotros no tenemos ningún derecho a esperar el ejercicio de este amor hacia nosotros, pero podemos estar seguros que viniendo
a Cristo, impelidos por nuestras necesidades, encontraremos perfecta bondad, amor que nos sana, y la curación misma. Recordemos
que la verdadera necesidad persevera debido a que no puede hacer nada sin la ayuda del poder que se manifestó en Cristo; ni
sin la salvación que Él trajo; y tampoco hay salvación sin la ayuda que debe ser encontrada en Él para nuestra debilidad.
Y aquello que está en Dios, es la fuente de nuestra esperanza y de nuestra fe; y se pregunta cómo sabemos nosotros lo que
está en el corazón de Dios, podemos contestar, <Está perfectamente revelado en Cristo>. ¿Quién puso en el corazón de
Dios el enviar a Su propio Hijo a salvarnos? ¿Quién puso en el corazón del Hijo el venir y sufrir todo por nosotros? No el
hombre. Su fuente es el corazón de Dios. Nosotros creemos en este amor, y en el valor de lo que Cristo ha hecho y ha consumado
en la cruz, quitar el pecado por Su propio sacrificio. Además, Él hace bien todas las cosas, Él hace tanto al sordo oír, como
al mudo hablar. La gracia de Dios fue completamente mostrada hacia la pobre mujer, quien no tenía derecho a ninguna bendición,
ni a ninguna promesa; ella era una hija del Canaan maldito; pero la fe llega hasta el corazón de Dios manifestado en Jesús,
y de la misma forma, el ojo de Dios llega al fondo del corazón del hombre. De esta forma se encuentran el corazón de Dios
y el corazón del hombre, en la conciencia de que el hombre es completamente malo, que no tiene un solo derecho; de hecho él
reconoce realmente este estado, y al hacer esto, se rinde a la perfecta bondad de Dios. Pero el pueblo Judío, que pretendía
poseer la justicia y el derecho a las promesas, es echado a un lado; y excluido del favor de Dios en cuanto al antiguo pacto.
Sólo Jesús abre los ojos y los oídos del remanente traído a Él en la fe. Y no era sólo el pueblo Judío el que iba a ser rechazado
(y para siempre con respecto al antiguo pacto), sino que también se apartó al hombre en el terreno de la justicia, que es
el principio del primer pacto.
Luego el Señor se aleja nuevamente del territorio de Tiro y Sidón y regresa al país
de Galilea; donde Él se encontraba en medio del pueblo de Israel. Pero, como hemos dicho, Él fue virtualmente rechazado por
el pueblo. Jesús está consciente de que el pueblo amado está perdido, y todo lo que Él hace es esperar su ruina. Ellos le
traen un hombre que era sordo y con impedimentos en su habla, y le ruegan que ponga Su mano sobre él para sanarlo. Entonces
Jesús toma al hombre y lo lleva aparte de la muchedumbre: y entonces pone Sus dedos en sus orejas, y, habiendo escupido, toca
su lengua. Entonces Él levanta sus ojos al cielo: el poder siempre está presente en Él, pero el dolor oprime Su corazón, porque
el pueblo estaba realmente sordo a la voz del Buen Pastor; la lengua de ellos estaba atada e incapaz de alabar a Dios. Los
gemidos del Señor son la expresión de este sentimiento (versículo 34); puesto que el estado del pobre hombre representaba
el estado del pueblo amado. No obstante, ellos estaban felices de que, a pesar de todo, el amor de Aquel cuyos consejos nunca
varían reposase sobre ellos. Y de hecho el Señor estaba allí, y obró según este amor y estos gemidos; Él levantaba los ojos
al cielo, fuente de amor y de poder, y nunca se cansó hasta que el pueblo a cuyo favor Él ejerció este poder, ya no soportaría
Su presencia. Es verdad que ellos no podrían haberlo enviado a la muerte, si Él mismo no se hubiera entregado de Su propia
libre voluntad, pero vendría el tiempo en que Él se entregaría para lograr la redención; y hasta que ese momento llegue, Él
siempre se muestra como el Dios de bondad hacia los afligidos, y para toda necesidad del pueblo. En el versículo 33, vemos
que Él se aparta de la muchedumbre al sanar al hombre sordo. En el capítulo 8: 23, tenemos la misma situación; Él lleva al
ciego fuera de la aldea, pero Él lo sana; sólo allí se muestra el estado de Sus discípulos. Es conmovedor ver esta mirada
que el Señor levanta al cielo, y el gemido de Su corazón cuando Él ve que el pueblo es sordo a la voz de Dios, e incapaz de
bendecir Su nombre; y ver el corazón del Señor para con los hombres endurecidos, y cómo este corazón estaba en la armonía
con el cielo, que Él siempre manifestó. Allí Él encontraba la certeza de este amor que el hombre rechazaba; y descansaba en
los mismos sentimientos que reinan en el cielo, y de los cuales Él era la expresión en esta tierra ingrata. El poder del Señor
se mostró en el mismo momento; se le abrieron los oídos y se le destrabó la lengua. El pueblo no guardó el orden, sino que
divulgó por todas partes lo que Jesús había hecho, diciendo, "Admirablemente lo ha hecho todo; hace oír a los sordos, y hablar
a los mudos." (Marcos 7:37 - Versión Moderna). La obra del Señor abre los oídos, y motiva a los corazones humildes a alabar
Dios, y a reconocer Su amor. ¡Pero ay! ¡cuántos permanecen sordos a la voz del amor de Dios! "Cierra el inicuo su oído como
áspid sordo, que no oye la voz de los que encantan, ni aun del encantador más diestro en encantamientos." (Salmo 58 : 4, 5
- Versión Moderna).
CAPÍTULO 8.
El Señor continúa manifestando la bondad divina. Es lo principal a ser notado en esta
parte del Evangelio. Él ya había alimentado a los hambrientos, una señal manifiesta de la presencia de Jehová, como antes
habíamos observado -una señal que acompaña Su presencia. Aquí es más simplemente el poder divino, sin aludir al reino que
estaba por venir. El número siete es la expresión de perfección en cosas espirituales. La compasión del Señor le hace pensar
en las necesidades de los pobres, mientras que los discípulos sólo piensan en medios humanos y visibles para satisfacerse
ellos mismos. Éste es el caso, también demasiado frecuente, con creyentes verdaderos.
Luego el Señor deja a la muchedumbre,
y entra a la región de Dalmanuta. Allí los Fariseos piden una señal del cielo, aunque ellos ya habían visto lo suficiente;
pero la incredulidad nunca está satisfecha. Pero ahora el tiempo de prueba había pasado, era demasiado tarde; el Señor los
deja. Pero observen el espíritu del Señor hacia la generación perversa; Él gimió profundamente en Su espíritu, diciendo, "¿Por
qué pide señal esta generación? De cierto os digo que no se dará señal a esta generación." Moralmente, el final había llegado;
era inútil dar pruebas a corazones que habían resuelto no creer. Paciencia perfecta, amor, profunda lástima, y aflicción al
pensar en la incredulidad de los líderes del pueblo, estaban todas allí en Él, y se manifestaron tanto más claras cuanto más
sus corazones se endurecieron; y las señales eran inútiles para corazones que no creerían, y tampoco convenía a la majestad
de Dios dar alguna señal a hombres que no lo recibirían a Él. Sería echar perlas delante de los cerdos. Luego encontramos
que los mismos discípulos estaban realmente ciegos, no deliberadamente, sino de hecho. El Señor advierte a los discípulos
a guardarse de la levadura de los Fariseos y de Herodes. Los discípulos se habían olvidado de traer algo de pan, y ¡ay! también
del poder de Jesús manifestado en los milagros, por medio de los cuales Él había alimentado a miles de personas con unos pocos
panes. El Señor los reprende, diciendo, "¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?" Ellos estaban,
como se ve, endurecidos viendo tantos milagros, y no habían entendido nada de los milagros de Jesús al multiplicar los panes.
Pero el hecho que sigue muestra el estado de los discípulos en contraste con el pueblo. Este último no veía nada en
absoluto, y no recibiría la luz; los discípulos vieron pero no percibieron clara y distintamente; ellos vieron a hombres como
árboles caminando. Ellos amaban realmente al Señor, pero las costumbres Judías les impedían asir plenamente Su gloria. De
hecho, ellos creían que Él era el Mesías, pero el Mesías para sus corazones era algo más que el Cristo de Dios, el Salvador
del mundo. Ellos se habían unido por la gracia a la persona del Señor, pero no comprendían esa gloria divina que estaba, tal
como estaba, oculta en esa persona que se reveló en Sus palabras y obras. Ellos habían dejado todo para seguir al Señor; les
faltaba inteligencia, no la fe, por muy pequeña que ella fuese. Como ya hemos comentado, el espíritu estaba dispuesto, pero
la carne era débil. El Señor lleva al ciego fuera de la aldea, separándolo de Israel. Primero, el hombre sólo ve parcialmente:
los hombres le parecían como árboles caminantes. Pero la paciencia del Señor, tan grande como Su poder, entrega un retrato
del estado del corazón de los discípulos, y también un retrato de Su bondad incansable que no abandona al ciego hasta que
él ve claramente. Así Él hizo con los discípulos, sólo que aquí Él no habla de los medios: una vez que Jesús ascendió al cielo
y se sentó a la diestra de Dios, Él envió el Espíritu Santo, quien los llevó a toda verdad. Entonces vieron claramente. Pero
el Señor le prohíbe al ciego que entre en la aldea, o que lo diga a nadie en la aldea, no sólo porque Él no buscaba la gloria
vana de los hombres, sino también porque Él deseaba evitar una gran audiencia de personas curiosas que no eran sino un obstáculo
a Su obra real en las conciencias y corazones; y también porque Él deseaba mostrar que el tiempo de testimonio en Israel estaba
en su final. Rechazado por el mundo, Él ordena al hombre que ha sido libertado del poder de los demonios, que vuelva a su
casa, y que proclame allí lo que Dios había hecho por él. Los discípulos harían eso -proclamarían Su obra- cuando Cristo dejase
este mundo; pero aquí era asunto de Israel que había rechazado al Señor, y que el testimonio de Dios ya no tenía ningún lugar
en medio de ellos.
El siguiente discurso del Señor, menciona esto brevemente en la pregunta que Él hace a Sus discípulos,
"¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Y ellos contestaron, "Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas":
distintas opiniones, pero nada de fe. Entonces Él les pregunta, "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" Pedro responde, "Tú eres
el Cristo"; y el Señor prohíbe a los discípulos decirlo a ninguno, de la manera más positiva. Ésta es la prueba más clara
de que el testimonio en medio del pueblo estaba completamente en su final. No obstante, Él era el Cristo, pero Él fue rechazado
por el pueblo, lo que mostró que ellos eran sus propios enemigos al rechazar la maravillosa gracia de Dios. Luego Él empieza
a enseñar abiertamente a Sus discípulos que Él debe sufrir como Hijo del Hombre: una mayor posición y un mayor título, ambos
en cuanto al alcance de Su poder, y a la grandeza del dominio que Le pertenecía; porque todas las cosas serán sujetas al dominio
del Hijo del Hombre. Pero para que el Hijo del Hombre pudiera tomar Su lugar en la gloria, primero Él debía padecer, ser muerto
y resucitar; era necesario que la redención se cumpliera, y que el hombre entrase en una nueva posición, en un estado completamente
nuevo, en el que nunca había estado, incluso cuando era inocente. La posición de Cristo como Mesías se dejó de lado por ahora,
y Él entra en una posición mayor, donde las cosas viejas son dejadas atrás, del otro lado de la muerte, y todo lo que tenga
su fundamento en la obra de Cristo, en Su muerte -entra en un estado totalmente nuevo y eterno. Aquí el asunto es tratado
más con respecto a Sus sufrimientos; Él pone la cruz ante los discípulos, pero Él siempre habla de muerte y resurrección.
"Esto les decía claramente." Esto fue una piedra de tropiezo para Pedro que no deseaba que su Maestro fuese despreciado ante
los ojos de la muchedumbre; pero la cruz es la porción de aquellos que desean seguir al Salvador. Pedro, al decir esto, puso
una piedra de tropiezo en el camino de los discípulos; el Señor piensa acerca de esto, y, volviéndose y mirando a Sus discípulos,
Él reprende a Pedro, quien poco antes Lo había confesado como el Cristo, por medio de la gracia de Dios, y le dice, "Apártate
de mi vista, Satanás; porque no piensas en las cosas que son de Dios, sino en las que son de los hombres." (Marcos 8: 33 -
Versión Moderna). Tenemos aquí una lección importante, de hecho, más de una lección. Primero, el Cristiano necesita entender
bien que el camino de salvación, el camino que lleva a la gloria y al cielo, el camino por el que caminó el propio Cristo,
y en el que Él desea que lo sigamos, es un camino en el que debemos negarnos a nosotros mismos, sufrir, y conquistar. En segundo
lugar, aprendamos que un Cristiano puede tener fe verdadera, y ser enseñado por Dios, como aquí en el caso de Pedro, sin que
la carne en él haya sido juzgada de tal manera de capacitarlo para andar por el camino por el que lo lleva esta verdad. Es
importante recordar esto; la sinceridad
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