Introducción
El gran tema del Evangelio y de las Epístolas de Juan es la vida. Tenemos,
sin embargo, esta diferencia; en el Evangelio vemos la perfecta manifestación de la vida eterna en Cristo, mientras que las
Epístolas presentan los frutos y las pruebas de esta vida en los creyentes.
En el curso de las Epístolas, el apóstol nos advierte contra el anticristo
y los falsos profetas, y habla del tiempo en que él escribió como siendo de forma característica el "último tiempo". Podemos
concluir así, que las Epístolas fueron probablemente los últimos escritos del Nuevo Testamento y que, cuando el apóstol escribió,
la ruina de la Iglesia en la responsabilidad, ya había empezado.
Esto da a las Epístolas una profunda importancia para los creyentes en estos
últimos días, puesto que aprendemos por medio de estas que, en un día de ruina, aunque la Iglesia pueda ser trasquilada del
poder y la exhibición exteriores que la caracterizaron en los días de Pentecostés, aún es posible para el creyente individual
regresar a aquello que es vital -la vida que fue manifestada en perfección en Cristo desde el principio. Ni la ruina de la
Iglesia, ni la corrupción de la Cristiandad, pueden tocar aquello que es verdad en Cristo. De esta forma, la vida que fue
manifestada en Él, y comunicada al creyente, aún puede ser vivida y manifestar sus benditos frutos en el poder del Espíritu.
Alguien dijo bien una vez, << Al darme vida eterna, Dios también me
ha dado una naturaleza y una aptitud para gozar de Él para siempre. >> Podemos agregar que estas Epístolas dejan
abundantemente claro que, a pesar de toda la ruina de la profesión Cristiana y la dispersión del pueblo de Dios, nosotros
podemos, en el poder de esta nueva vida, entrar en nuestra porción eternal y gozar de comunión con Personas divinas y los
unos con los otros, incluso ahora.
La PRIMERA Epístola de Juan
1
Vida y Comunión
(1 Juan 1:1 - 1 Juan 2: 2)
El gran propósito de la Primera Epístola de Juan es presentar las características
y la bienaventuranza de la vida eterna —esa vida "la cual estaba con el Padre" en la eternidad, que ha sido manifestada
perfectamente en Jesús, la Palabra de vida, a su tiempo, y que ha sido impartida a los creyentes.
El gran propósito al presentar esta vida en toda su bienaventuranza es, por
una parte, capacitarnos para detectar toda falsa pretensión de posesión de la vida, y, por otra parte, estimularnos a vivir
la vida. ¡Cuán lamentable! demasiado a menudo, como creyentes, estamos satisfechos
de saber, basados en la autoridad de la Escritura que, creyendo en el Hijo de Dios, tenemos la vida, pero estamos poco ejercitados
ya sea para conocer la bienaventuranza de la vida que tenemos como para vivir la vida.
En la primera porción de la Epístola - capítulos 1:1 al 2:2 - tres verdades
principales son puestas ante nosotros:
En primer lugar, en los versículos 1 y 2, allí se presenta la vida eterna manifestada
en Cristo.
En segundo lugar, en los versículos 3 y 4, allí nos es revelada la bienaventuranza
de la vida eterna, que conduce a la comunión con las Personas divinas y al cumplimiento del gozo.
En tercer lugar, desde el versículo 5 hasta el 2:2, somos instruidos en cuanto
a la naturaleza santa de Dios con Quien la vida eterna nos pone en comunión, los medios por los cuales nosotros podemos ser,
como pecadores, traídos a una bendición tal, y como creyentes, mantenidos en el disfrute de la vida en comunión con el Padre.
(a) La vida eterna manifestada en Cristo (versículos 1, 2).
(Versículos 1, 2). La Epístola comienza llevándonos de regreso al principio
del Cristianismo. "Lo que era desde el principio" es una expresión característica del apóstol Juan. Él la usa ocho veces en
el curso de sus Epístolas (1 Juan 1:1; 1 Juan 2: 13, 14, 24 (dos veces); 1 Juan 3:11; 2 Juan 5, 6). Esta frase se refiere
al principio del Cristianismo en la Persona de Cristo en la tierra. En el curso de la Epístola aprendemos que, incluso en
los días del apóstol, muchos maestros anticristianos se habían levantado, negando la verdad del Padre y del Hijo. Y muchos
falsos profetas estaban en el mundo quienes negaban la Deidad de Cristo y rehusaban oír a los apóstoles. Para salvaguardar
al verdadero pueblo de Dios contra estos males horrendos que atacan los fundamentos de nuestra fe, el apóstol trae ante nosotros
aquello que es verdad en Cristo desde el principio.
Ni la ruina de la Iglesia en la responsabilidad, sin importar lo grande que
ella sea, ni la corrupción de la Cristiandad profesante, no obstante lo extendida que ella esté, puede, ni siquiera por un
momento, afectar la verdad manifestada en Cristo. En la Iglesia y en nosotros mismos hay ruina y fracaso, pero la verdad como
ha sido manifestada en Él, permanece en toda su perfección y bienaventuranza. En presencia de la enseñanza anticristiana y
de los muchos falsos profetas que abundan en la Cristiandad, el único y gran recurso de los fieles será encontrado escuchando
las enseñanzas de los apóstoles, y así ellos estarán capacitados para asirse de la verdad tal como ha sido manifestada en
Cristo "desde el principio".
En este gran pasaje, entonces, aprendemos que la nueva vida del creyente -
la vida eterna - ha sido manifestada en absoluta perfección desde el principio en la vida de Cristo en la tierra. Ya que ha
sido expresada perfectamente en Cristo, no puede haber más desarrollo de la vida. No se puede hacer progreso sobre la perfección.
Puede que haya, ¡lamentablemente!, ha habido, alejamiento de la verdad, y de ahí que exista la necesidad de que se nos recuerde
regresar a lo que fue expresado en Cristo desde el principio, para que nosotros podamos tener una verdadera apreciación de
la vida que nos ha sido impartida.
Así la Epístola comienza recordándonos lo que ha sido manifestado en Cristo,
la Palabra de Vida. La vida eterna no nos ha sido descrita simplemente por medio de abstractas declaraciones doctrinales;
ha sido expresada en forma viva en una Persona viviente, Quien fue visto por los ojos de los apóstoles, contemplado como un
Objeto delante de ellos, y palpado con sus manos. Se habla de esta Persona como la Palabra de Vida, porque como la Palabra,
Él expresó perfectamente la vida.
Se habla de esta vida como "la vida eterna", y se nos dice que "estaba con
el Padre". Así aprendemos que la vida eterna es una vida que pertenece a la eternidad, y, estando con el Padre, es una vida
celestial. Esta vida eterna que habitaba con el Padre en la eternidad fue manifestada a su tiempo cuando el Hijo - la Palabra
de Vida - se hizo carne.
Nosotros tenemos la vida por gracia, pero en el creyente hay a menudo mucho
fracaso que estropea la expresión y el disfrute de la vida. Sólo podemos ver y conocer la perfección de la vida que tenemos
mirando a Cristo. Alguien ha dicho, << Cuando ... vuelvo mis ojos a Jesús, cuando contemplo toda Su obediencia, Su
pureza, Su gracia, Su ternura, Su paciencia, Su consagración, Su santidad, Su amor, Su completa libertad de toda autosatisfacción,
puedo decir, Esa es mi vida ... Puede estar oscurecida en mi, pero no deja de ser verdad que esa es mi vida. >>(J.N.Darby).
(b) La bienaventuranza de la vida eterna (Versículos 3, 4)
(Versículo 3). Lo que los apóstoles han visto manifestado de forma tan bendita
en Cristo, ellos lo informan a los creyentes, para que podamos gozar con ellos de las bienaventuranzas de esta vida. La vida
eterna encuentra su expresión en la forma más alta de comunión "con el Padre, y con su Hijo Jesucristo." Los apóstoles nos
unen junto a ellos y a unos con otros en una vida de comunión con el Padre y el Hijo. << Yo sé >>, ha dicho
alguien, << que cuando me estoy deleitando en Jesús - en Su obediencia, en Su amor por el Padre, por nosotros, en
Su ojo sencillo y Su corazón puro y consagrado- yo tengo los mismos sentimientos, los mismos pensamientos, que el Padre mismo.
En aquello que el Padre se deleita, que no puede sino deleitarse, en Quien ahora
me deleito, yo tengo comunión con el Padre. De igual forma con el Hijo en el conocimiento del Padre. >> (J.N.Darby).
(Versículo 4). Más aún, estas cosas están escritas para que, siendo conducidos
a esta comunión, nuestro gozo sea pleno. El Salmista puede decir, "En tu presencia hay plenitud de gozo." (Salmos 16:11).
Aquí aprendemos que es posible gustar esta plenitud de gozo que será nuestra en el cielo mientras andamos por el camino que
nos lleva al cielo.
(c) El Dios con Quien podemos tener comunión (1:5 - 2: 2)
(Versículo 5). Que se haya hecho posible para un hombre, que una vez era pecador
en sus pecados, tener comunión con Personas divinas es una verdad maravillosa, y de inmediato hace surgir la pregunta, ¿Quién
es el Dios con Quien hemos sido traídos a tener comunión?
El apóstol nos dice que el Único en Quien ha sido manifestada la vida eterna
en toda su perfección es también el Único en Quien Dios ha sido perfectamente dado a conocer -el Dios con Quien esa vida nos
lleva a tener comunión. De esta manera él puede escribir, "Y este es el mensaje que hemos oído de él y os lo anunciamos: Que
Dios es luz, y no hay en él ningunas tinieblas." (versículo 5 - Versión Moderna). Los apóstoles, mientras contemplaban a Cristo,
veían la perfecta revelación de todo lo que Dios es. Ellos vieron la perfecta pureza de Cristo, y comprendieron que Dios es
luz - santidad absoluta. Ellos vieron el perfecto amor de Cristo, y comprendieron que Dios es amor. Estas son las grandes
verdades que el apóstol enfatiza en el curso de la Epístola - Dios es luz y Dios es amor (1 Juan 4:8). La vida, la luz y el
amor han sido perfectamente manifestados en Cristo.
(Versículo 6). Pero la verdad en cuanto a Dios enseguida llega a ser una prueba
de la realidad de nuestra profesión. Si Dios es luz, se deduce que, si decimos que tenemos comunión con Él, y andamos en un
camino que prueba que estamos en total ignorancia de Dios, profesamos aquello que es completamente falso.
(Versículo 7). En los días del Antiguo Testamento, Dios moraba en densas tinieblas.
Algunos atributos de Dios fueron revelados, pero Su naturaleza aún no había sido dada a conocer. La plena revelación de Dios
esperaba la venida de Cristo. Nadie sino una Persona divina podía revelar una Persona divina. Así, cuando Cristo se hizo carne,
leemos, "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer." (Juan 1:18). No sólo es verdad que "Dios
es luz", sino que a través de la plena revelación de Dios en Cristo, Él también "está en luz." Más aún, los Cristianos, teniendo
la plena revelación de Dios en Cristo, han sido llamados de las tinieblas y la ignorancia de Dios a su luz admirable. El privilegio
de ellos ahora es andar en la luz de Dios plenamente revelado. Los resultados prácticos de andar la luz se dan a continuación:
En primer lugar, tenemos comunión unos con otros. En la vida cotidiana aquí,
tenemos intereses separados y egoístas, pero "en luz" de la plena revelación de Dios, tenemos intereses y gozos comunes. Entramos
a una comunión en el conocimiento de Personas divinas, marcada por vida y luz y amor. Esta comunión permanece verdadera para
nosotros a pesar de todo el fracaso en la Iglesia en la responsabilidad. El tiempo no puede tocarla y la muerte no la arrebatará
de nosotros. El día de Pentecostés dio una brillante ilustración de esta comunión. Jerusalén estaba en tinieblas, pero en
ese día tres mil almas vinieron a la luz de Dios revelada en Cristo. Ellos hablaron en otras lenguas y venían de "todas las
naciones bajo el cielo", pero de inmediato se encontraron en una comunión entre ellos, ya que leemos que ellos "perseveraban
en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros." (Hechos 2:42)
En segundo lugar, estando en luz conocemos la eficacia infinita de la sangre
de Jesucristo Su Hijo que nos limpia de todo pecado, y así nos hace perfectamente aptos para la luz. Sería espantoso para
un pecador entrar a la luz de Dios plenamente revelado si no hubiera limpieza de sus pecados. Pero el Único que ha dado a
conocer plenamente a Dios ha muerto para hacernos completamente aptos para la presencia de Dios así revelado.
(Versículos 8-10). En tercer lugar, en la luz hay una completa exposición de
todo lo que somos. Tenemos pecado en nosotros y hemos cometido pecados. Si decimos que hemos llegado a una perfección sin
pecado, nos engañamos a nosotros mismos y probamos que la verdad no está en nosotros, ya que el pecado está aún en nosotros.
Si decimos que nunca pecamos, no solamente nos engañamos a nosotros mismos sino que hacemos a Dios mentiroso, "pues que en
muchas cosas todos tropezamos." (Santiago 3:2 - Versión Moderna). No obstante, en los modos gubernamentales de Dios para con
Sus hijos, "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados." No se nos dice que pidamos perdón, sino, como hijos, que confesemos los pecados que necesitan perdón. Nosotros
reconocemos nuestros pecados al Padre, y Él no sólo perdona los pecados sino que nos limpia de las contaminantes influencias
de los pecados.
(1 Juan 2: 1, 2). En cuarto lugar, el perdón de los pecados del creyente es
hecho posible a través de la abogacía del Señor Jesús. Como el pecado está en nosotros, y podemos pecar, Dios ha hecho una
rica provisión para mantenernos en comunión. No obstante, estas cosas han sido escritas para nosotros de forma que podamos
ser guardados de pecar. El hijo que desobedece al padre no deja de ser hijo; y si nosotros pecamos, nuestras relaciones como
hijos con el Padre permanecen, aunque nuestra comunión el Padre es impedida. Para que el pecado pueda ser juzgado y confesado,
y que la comunión pueda ser restaurada, el Señor Jesús actúa como nuestro Abogado -Uno que representa y se encarga perfectamente
de nuestra causa delante del Padre.
Esta abogacía está fundamentada en la inmutable eficacia de la obra propiciatoria
de Cristo. Él se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, y en vista de todo lo que Cristo es y ha hecho, no sólo por el Judío
sino por todo el mundo, Dios puede proclamar el perdón para todos y justificar a aquellos que creen, trayéndolos a una relación
con Él mismo como Padre, la cual no puede ser alterada por ningún fracaso de parte del creyente. Pero, en esa posición como
hijos, si fracasamos, Jesucristo es nuestro abogado. El Señor ejerció Su abogacía a favor de Pedro incluso antes de que él
hubiese fracasado. Él pudo decir a Pedro a la vista de su cercana negación, "yo he rogado por ti." El resultado de la abogacía
del Señor es vista cuando Pedro es conducido al arrepentimiento y restauración. Así
el efecto de estar en la luz de la plena revelación de Dios en Cristo es traer a los creyentes a una comunión totalmente independiente
de cosas terrenales, para manifestar la eficacia limpiadora de la sangre, para exponernos como teniendo el pecado en nosotros
y estando propensos a pecar, y para revelar a Cristo como nuestro Abogado, Quien trata con nuestros fracasos para restaurarnos
a la comunión.
2
Las Características de la Vida Divina
(1 Juan 2: 3-11)
La primera porción de la Epístola presenta la vida eterna como manifestada
en perfección en Cristo en la tierra. Esta vida, impartida al creyente, capacita
a quien la posee para tener comunión con las Personas divinas y probar así la plenitud de gozo.
En esta segunda porción de la Epístola, el apóstol trae ante nosotros las dos
grandes características de la vida divina en su manifestación aquí abajo -obediencia a Dios y amor a nuestros hermanos. La
práctica de estas dos cualidades, o el fracaso al exponerlas, llega a ser la prueba
en cuanto a si la profesión de conocer a Cristo (versículo 4), de estar en Cristo (versículo 6), y andar en la luz
(versículo 9), es verdad o no.
(Versículos 3, 4). Estar en la luz de la plena revelación de Dios, y tener
comunión con Dios, es conocer a Dios. El verdadero conocimiento de Dios conducirá al reconocimiento de que Dios es soberano
y nosotros somos Sus criaturas, y por consiguiente, a Dios se le debe sumisión. Nosotros somos dependientes de Dios, y esta
dependencia es expresada por medio de sujeción u obediencia a Dios. Si decimos que conocemos a Dios, y con todo, andamos en
desobediencia a Su voluntad, nuestra profesión es falsa y la verdad no mora en nosotros.
(Versículo 5). Más aún, "el que guarda Su palabra, en éste verdaderamente el
amor de Dios se ha perfeccionado." El Señor Jesús, como Hombre, anduvo en perfecta
sujeción y obediencia a la voluntad del Padre. La voluntad de Su Padre fue el motivo, así como la regla, para todos sus actos
y palabras. Él pudo decir, "yo hago siempre lo que le agrada" (Juan 8:29). Como resultado, el amor del Padre fue perfectamente
conocido y gozado por Él. Así el Señor puede decir a Sus discípulos, "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor,
así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor." (Juan 15:10 - LBLA).
(Versículo 6). Si, entonces, profesamos permanecer en Él y, bajo Su influencia,
gozar de comunión con el Padre, esto nos conducirá a andar como Cristo anduvo, con las benditas experiencias del amor del
Padre que Él gozó. Mientras estemos aquí abajo nosotros no podemos ser lo que Él era, porque Él era sin pecado; pero es nuestro
privilegio andar como Él anduvo. Él no se agradó a Sí mismo, sino que hizo solamente aquellas cosas que agradaban al Padre.
Nosotros hemos sido elegidos para obedecer como Cristo obedeció y a andar y agradar a Dios. (1 Pedro 1:2 - "elegidos
según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo:
Gracia y paz os sean multiplicadas."; 1 Tesalonicenses 4:1 - "Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor
Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más
y más.").
(Versículo 7). Lo que el apóstol escribe a los creyentes no es ningún mandamiento
nuevo, sino la palabra que ellos habían oído desde el principio; ya que él está escribiendo de la vida, señalada por la obediencia
y el amor, que fue expresada en absoluta perfección en Cristo. Cualquiera persona profesando escribir algo nuevo de esta vida
estaría haciendo la falsa pretensión de dar luz más allá de lo ya expresado perfectamente en Cristo.
(Versículo 8). Lo que, en efecto, es nuevo, es que la vida que fue expresada
en perfección en Cristo ha sido impartida a creyentes, de modo que puede ser dicho, "cosa que es verdadera en él y en vosotros."
(1 Juan 2:8 - Versión Moderna). Para el creyente es posible vivir esta vida en comunión con Personas divinas, ya que Dios
ha sido plenamente revelado en la Persona del Hijo, y ha venido así a la luz. Habiendo sido Dios revelado, las tinieblas e
ignorancia de Dios que caracterizaban al mundo "van pasando." Cuando nazca el Sol de justicia, el mundo entero vendrá a la
luz. Todos conocerán al Señor. Entonces las tinieblas habrán pasado; pero, incluso ahora, "las tinieblas van pasando", cuando
emergen personas del Judaísmo y del paganismo, y vienen a la luz de la revelación de Dios en el Cristianismo.
(Versículos 9,10). El apóstol ha hablado de la obediencia como una de las dos
grandes pruebas de la realidad de la profesión de conocer a Dios y estar así en la luz. Él habla ahora del amor como una segunda
característica de aquellos que están verdaderamente en la luz. Se deduce, por una parte, que el que odia a su hermano está
en tinieblas o ignorancia de Dios, por mucho que pueda profesar de tener la vida y estar en la luz. Por otra parte, aquel
que ama a su hermano permanece en la luz y no actuará de forma que él tropiece.
(Versículo 11). Un Judío profesaba tener el conocimiento de Dios y estar así
en la luz, y con todo, él odiaba y perseguía al Cristiano, probando que él no estaba en la luz de Dios revelada en Cristo.
Una persona tal, "está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos."
Este no es uno que esté simplemente en un estado de tinieblas, como podría ser el caso de un verdadero Cristiano quien, habiendo
caído bajo una nube, admite amargos pensamientos contra su hermano. Esto supone a uno que está "en tinieblas", es decir, en
un sistema en el que no hay revelación de Dios. "Tinieblas" es la ausencia de la revelación de Dios, y es una expresión usada
en contraste con "la luz verdadera", la cual es la revelación de Dios.
Aquí tenemos, entonces, las grandes características de la vida eterna -obediencia
y amor. Más aún, el pasaje muestra claramente que si nosotros poseemos la vida, y vivimos la vida, esto nos conducirá a:
En primer lugar, al conocimiento de Dios el Padre -nosotros Le conoceremos
(versículos 3, 4).
En segundo lugar, conociendo al Padre, andaremos en obediencia a Su voluntad
(versículos 3, 4).
En tercer lugar, guardando Sus mandamientos, nosotros seremos confirmados en
Su amor (versículo 5).
En cuarto lugar, andando así en obediencia, nosotros andaremos como Cristo
anduvo (versículo 6).
En quinto lugar, andando como Cristo anduvo, nos amaremos los unos a los otros
(versículo 10).
3
Crecimiento en la Vida Divina
(1 Juan 2: 12-27)
El apóstol ha hablado de la vida eterna manifestada en perfección en Cristo;
él también ha traído ante nosotros las dos grandes características que caracterizarán a aquellos que poseen la vida mientras
pasan por este mundo -obediencia y amor. En la porción de la Epístola que está a continuación, el apóstol muestra que, aunque
todos los creyentes poseen la vida, con todo, hay crecimiento en la vida divina.
Él ve a los creyentes como formando la familia de Dios, y usa las relaciones
de la vida común —padres, jóvenes e hijitos- para presentar diferentes etapas de crecimiento espiritual en la aprehensión
de la verdad y en la experiencia Cristiana. Él no usa estos términos para presentar etapas en la vida natural, sino, más bien,
diferencias en el crecimiento espiritual. Una persona convertida en una edad
avanzada, espiritualmente no sería más que un niño, mientras que un creyente comparativamente joven en años podría, por medio
del progreso espiritual, llegar a ser un padre. Además, el apóstol presenta las trampas especiales a las que están expuestos
los creyentes en las diferentes etapas del crecimiento.
(Versículo 12). "Os escribo a vosotros, hijitos míos, por cuanto vuestros pecados
os son perdonados a causa de su nombre." (Versión Moderna). Antes de hablar de las diferentes etapas del crecimiento espiritual,
el apóstol se refiere a la bendición que es verdadera de toda la familia de Dios. Él se dirige a todos los creyentes como
a "hijitos"; este es un término cariñoso. Él declara, entonces, que el perdón de pecados es la gran bendición que caracteriza
a cada miembro de la familia de Dios. Separados de esta bendición ellos no pertenecerían a esta familia. El apóstol no escribe
a pecadores a fin de que ellos puedan ser perdonados, sino a creyentes debido a que son perdonados. Además, ya que él va a
hablar de experiencias y progreso espiritual, les recuerda a los creyentes que son perdonados "por su nombre." Como creyentes,
él nos recuerda que no hemos sido perdonados por nada de lo que somos, o a causa de cualquier experiencia no obstante lo real
que ella sea -eso sería 'por nuestro nombre'. Nosotros somos perdonados debido a lo que Dios ha encontrado en Cristo
y Su obra -"por su nombre". El Señor mismo había instruido a los discípulos "que se predicase en su nombre el arrepentimiento
y el perdón de pecados en todas las naciones" (Lucas 24:47). Pedro, al llevar a cabo la comisión del Señor, proclamó a los
Gentiles que, "todo aquel que en él creyere, recibirá en su nombre remisión de pecado" (Hechos 10:32 - Versión Moderna). De
esta forma, el perdón de pecados no es un asunto de un logro; es proclamado a nosotros por medio del Señor Jesús, y recibido
por medio de la fe en Cristo. (Hechos 13: 38, 39).
(Versículo 13). Habiendo indicado lo que es común a toda la familia de Dios,
el apóstol presenta tres etapas del crecimiento espiritual bajo los términos: padres, jóvenes e hijitos. Él no escribe a "ancianos",
jóvenes e hijitos. Difícilmente sería "ancianos" una figura apropiada para presentar la etapa más alta del crecimiento espiritual,
ya que el término implica debilidad y decaimiento. Él usa el término "padres", que sugiere madurez y adultez de experiencia.
Las características destacadas de cada clase son indicadas en primer lugar;
los padres han conocido a Cristo que es desde el principio; los jóvenes son caracterizados habiendo vencido al maligno; los
hijitos han conocido al Padre.
En el curso del crecimiento natural podemos perder en gran medida las características
de una etapa más temprana del crecimiento. Esto no es así en el crecimiento espiritual. Los jóvenes no cesan de conocer al
Padre debido a que han aprendido a vencer al maligno; los padres no cesan de vencer al maligno debido a que han aprendido
a conocer a Aquel que es desde el principio.
Al escribir a cada clase el apóstol usa las palabras "porque conocéis" y "porque
habéis", mostrando que había un punto de afinidad entre él y cada clase. Era decir prácticamente, << Yo les escribo
debido a que ustedes están gozando lo que yo estoy gozando >>. Estas tres etapas cubren todo el terreno del Cristianismo
práctico. Aquel que posea todas estas características será un Cristiano plenamente desarrollado.
(Versículo 14). Padres. Habiéndonos dado las características destacadas de
cada etapa del crecimiento Cristiano, el apóstol otra vez se refiere a cada clase, presentando en el caso de los jóvenes y
los hijitos, sus peligros especiales. Él no tiene nada nuevo que agregar en cuanto
a los padres; él repite, "habéis conocido al que es desde el principio". Puede surgir la pregunta, ¿Acaso los jóvenes y los
hijitos no conocen a Cristo? Ciertamente que ellos conocen a Cristo como su Salvador, pero conocer a Cristo como Aquel Único
que es desde el principio implica que no solamente conocemos a Cristo como salvándonos de nuestros pecados y del juicio, sino
que hemos avanzado de tal forma en la vida espiritual que hemos discernido en Cristo a Aquel Único que es el principio de
un completo mundo nuevo de bendición, según los consejos del corazón del Padre. La expresión "desde el principio", tiene la
fuerza de 'desde el comienzo'. Conocer que Él es desde el principio es entender que, con la venida de Cristo, está
el comienzo de una creación enteramente nueva en la que las cosas antiguas habrán pasado para siempre. Quienes conocen a Cristo de esta manera, no tendrán ninguna esperanza adicional de reformar al hombre o de mejorar
el mundo. Ellos mirarán más allá de este mundo y tendrán sus mentes puestas en las cosas de arriba. Todas sus esperanzas estarán
centradas en Cristo. Ellos han alcanzado una etapa de crecimiento en la cual Cristo es todo y está en todo.
(Versículo 14). Jóvenes. Los hijitos se caracterizan por su confianza en el
amor del Padre. Los jóvenes no pierden esta confianza, pero, además, se caracterizan por la fuerza espiritual para vencer
en el conflicto. En la vida natural, los jóvenes tienen que enfrentar el mundo y luchar la batalla de la vida. De igual forma,
en la vida espiritual, los "jóvenes" son aquellos creyentes que se caracterizan por ese vigor espiritual que les capacita
para vencer al maligno.
La fuente de su fuerza para vencer es la palabra de Dios. Ellos vencen al enemigo,
no por razón o habilidad humanas, no por la sabiduría de las escuelas, sino por medio de la palabra de Dios, y además, por
la palabra de Dios permaneciendo en ellos. No es simplemente que ellos comprenden la palabra de Dios, o que la han guardado
en su memoria, sino que ella forma sus pensamientos, ocupa sus afectos y gobierna sus acciones. Para los tales, la palabra
no es algo que se puede tomar livianamente, o entregar livianamente, bajo la influencia de un maestro. Ella habita en el corazón
como siendo la palabra de Dios, y por lo tanto, sostenida en la fe en Dios. Alguien ha dicho, << El verdadero secreto
de poder usar la palabra de Dios contra el diablo es que la palabra de Dios esté guardando vuestra propia alma >>.
Si la palabra de Dios permanece en nosotros, llegará a ser nuestra guía en
cada circunstancia y nuestra defensa en cada conflicto. Algunos han puesto sus ojos en la conciencia como una guía, y así
con la mayor sinceridad han sido conducidos a acciones de lo más reñidas con el Cristianismo, incluso a perseguir a los santos
de Dios, como en el caso de Saulo de Tarso. Estrictamente, la conciencia no es una guía, sino un testigo. Ella atestigua según
la luz que nosotros tenemos. La verdadera luz y guía es la Palabra de Dios, y, si tenemos esa luz, la conciencia atestiguará
en cuanto a si nuestro andar es según la luz. Así la Palabra de Dios llega a ser la prueba para todo. A veces podemos probar
cosas por su utilidad o éxito aparentes. Solamente descubriremos el verdadero carácter de cualquier cosa si la sometemos a
la prueba de la Palabra de Dios. Someter a la prueba de la Palabra es estar verdaderamente sometidos a Dios, y el diablo no
tiene poder contra una persona sometida. Así nosotros vencemos al maligno.
Tenemos el ejemplo más perfecto de esta victoria en nuestro Señor. El diablo
buscó sacarle del lugar de dependencia de Dios, de consagración a Dios, y de confianza en Dios. El Señor venció en cada caso,
no por medio del uso del poder de Su Deidad, sino, como el Hombre perfecto, dependiente, usando la Palabra de Dios. En cada
tentación el Señor venció diciendo, "Escrito está". Además, la palabra que Él usó fue la palabra que Él guardó. Es inútil
intentar enfrentar las tentaciones del diablo con una palabra que nosotros mismos no estamos obedeciendo. Si nuestros pensamientos
y palabras y caminos son gobernados por la Palabra, nosotros la podemos usar eficazmente
contra el diablo y vencer.
(Versículo 15). Los jóvenes pueden entrar en conflicto con el diablo y en contacto
con el mundo. Como la carne aún está en nosotros, el mundo es un peligro muy real. Somos enviados al mundo como testigos de
Cristo, pero no somos del mundo. Por consiguiente, somos advertidos a no amar al mundo. Más aún, se nos recuerda que "Si alguno
ama al mundo, el amor del Padre no está en él." Nosotros podemos, lamentablemente, ser tentados por él, o, en un momento en
que hemos bajado la guardia, ser vencidos por él, pero la pregunta que nos prueba es, ¿Amamos al mundo? Una palabra solemne
para todo quien profesa ser de la familia de Dios y sin embargo parece estar más a gusto en compañía del mundo que entre el
pueblo de Dios.
(Versículo 16). El apóstol no nos deja en ninguna duda en cuanto al carácter
del mundo del que habla. Él no se refiere al mundo físico de la naturaleza, sino a ese gran sistema construido por el hombre
caído, que se caracteriza por los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida.
Se ha notado que estos tres principios entraron con la caída del hombre. El
diablo tentó a Eva con la pregunta, "¿Conque Dios os ha dicho...?" Si la palabra
de Dios hubiese estado morando en su corazón, ella la podría haber usado para vencer al diablo. ¡Lamentable! esta palabra
no gobernaba sus pensamientos, así que, cuando la cita (o más bien, la cita mal), ella no solamente carecía de poder para
vencer, sino que cayó en la trampa de principios mundiales. Ella "vio...que el árbol era bueno para comer", y así fue arrastrada
por los deseos de la carne. Además, ella vio que "era agradable a los ojos", y fue atraída así por los deseos de los ojos.
Por último, ella vio que este era un "árbol codiciable para alcanzar la sabiduría", y la vanagloria de la vida que ansía el
conocimiento fue despertada. Siendo arrastrado por los principios del mundo, Adán desobedeció a Dios y fue expulsado del jardín.
El mundo, entonces, es un vasto sistema organizado por el hombre caído para complacer los diferentes deseos de la carne, para
gratificar el ojo, y para atender las varias formas de vanagloria.
En este mundo no hay nada que sea del Padre, y no hay amor por el Padre. Para
el creyente, el Padre ha abierto otro mundo que está caracterizado, no por el deseo que busca su propia satisfacción, sino
por el amor que busca el bien de su objeto. No es un mundo que busca gratificar la vista, sino donde Cristo es el Objeto que
todo lo satisface — “Vemos a Jesús" (Hebreos 2:9 - Versión Moderna). No es un mundo caracterizado por la vanagloria
que se jacta en su propia sabiduría, sino que es uno que se caracteriza por la humildad que se deleita por sentarse, como un principiante, a los pies de Jesús.
(Versículo 17). Además, el mundo del hombre va pasando. No obstante lo bella
que puede ser en ocasiones su exhibición exterior, está dominado por el pecado, y la sombra de la muerte está sobre todo.
Ya hemos oído que las tinieblas, o la ignorancia de Dios, van pasando; ahora aprendemos que el mundo que mora en tinieblas
también va pasando. En contraste con el mundo que pasa, los que hacen la voluntad de Dios permanecen para siempre; ellos pertenecen
a un mundo sobre el cual ninguna sombra de muerte alguna vez caerá.
Los Hijitos. Hemos aprendido del versículo 13 que la primera característica
de los hijitos es que ellos han "conocido al Padre." Mientras ellos progresan espiritualmente, se les hará entrar en conflicto
espiritual. Llegarán a ser jóvenes y pelearán la buena batalla de la fe. Ellos
saldrán a luchar por el Señor, pero comienzan en el círculo hogareño. En ese bendito círculo de amor, ellos pueden saber poco
del poder del enemigo y del conflicto que se encuentra ante ellos, pero aprenden el amor del corazón del Padre y el sostén
de la mano del Padre. No es solamente que saben que son niños, y que Dios es su Padre, sino que ellos conocen al Padre con
Quien están en relación. Poco pueden saber de las profundidades de Satanás, o de las trampas del mundo, o del mal en sus propios
corazones, pero conocen el corazón del Padre. Una vez ellos no conocían nada del corazón del Padre y nada les importaba la
voluntad del Salvador, pero como pecadores fueron traídos al Salvador y, por la fe en Cristo Jesús, pasaron a formar parte de la familia de Dios, como leemos, "pues todos sois hijos de Dios por la fe en
Cristo" (Gálatas 3:26). Les fue dado el Espíritu Santo, el amor de Dios fue derramado en sus corazones, y ahora pueden levantar
su mirada y decir, "¡Abba, Padre!". Ellos saben que el Padre los ama con un amor que nunca se cansa y con un cuidado que nunca
cesa.
(Versículo 18). Los hijitos, por su inexperiencia, están más particularmente
en peligro de ser engañados. Así el apóstol les advierte contra seductores anticristianos. Se nos dice que este es "el último
tiempo". Como ya han pasado diecinueve siglos desde que estas palabras fueron escritas (N. del T. : el autor vivió entre
los años 1862/63? - 1943), podemos concluir que el apóstol no se refiere al último tiempo en cuanto al tiempo cronológico,
sino más bien último tiempo en cuanto al carácter. Sabemos que el último tiempo antes que el juicio caiga sobre la Cristiandad
apóstata estará caracterizado por la aparición del Anticristo. Pero maestros anticristianos ya habían aparecido en los días
del apóstol, "por esto conocemos que es el último tiempo."
(Versículo 19). Estos maestros anticristianos serían una trampa especial para
los creyentes, en vista de que ellos surgirían en el círculo Cristiano y luego abandonarían la profesión Cristiana.
(Versículo 20). Para capacitar a los creyentes a escapar de toda enseñanza
anticristiana, se nos recuerda, primeramente, que tenemos el Espíritu Santo —la Unción— y así somos capaces de
juzgar todas las cosas. No conocemos nada por nosotros mismos, pero teniendo
el Espíritu tenemos la capacidad de conocer todas las cosas.
(Versículo 21). En segundo lugar, tenemos "la verdad". El Espíritu no nos ilumina
el entendimiento por medio de alguna imaginación interior; Él usa "la verdad", y nos capacita así para detectar el error.
Nosotros no detectamos la mentira ocupándonos con el mal sino conociendo la verdad. Lo que nos corresponde es ser simples
en lo que concierne al mal y sabios en cuanto al bien.
(Versículos 22, 23). En tercer lugar, teniendo el Espíritu y la verdad, aprendemos
de inmediato que la Persona de Cristo es la gran prueba de todo sistema anticristiano. Podemos ser engañados si los juzgamos
por los términos Cristianos que ellos pueden usar y las prácticas que pueden seguir. La prueba real es, ¿qué posición tienen
ellos con relación a la verdad en cuanto a la Persona de Cristo? Se encontrará que todo sistema falso niega en alguna forma
la verdad de Su Persona. Hay, sin embargo, dos formas principales de error y oposición a la verdad. Una forma de error, principalmente
hallada entre los Judíos, niega que Jesús es el Cristo - el Mesías que ha de venir. La otra forma de error, que surge en la
profesión Cristiana, niega la verdad del Padre y del Hijo. Cuando el Anticristo aparezca, él unirá la mentira de los Judíos
con la mentira que surge en la profesión Cristiana, negando al mismo tiempo que Jesús es el Mesías y que Él es una Persona
divina. Hoy, cada sistema falso que ha surgido en la Cristiandad se yergue condenado por la negación de la verdad de la Persona
de Cristo como el Hijo, y la negación de la verdad del Hijo llevará a la negación de la verdad en cuanto al Padre.
(Versículo 24). Nuestra salvaguardia contra todo error en cuanto a la Persona
de Cristo se encuentra en permanecer en lo que hemos oído desde el principio. Los Judíos pudieron decir a Jesús, "Tú, ¿quién
eres?" El Señor respondió, "Ese mismo que os he dicho desde el principio." (Juan 8:25 - Versión Moderna). Una traducción más
exacta de estas palabras es, "Absolutamente lo que yo también les digo." (N. del T.: traducido de la Versión Inglesa de
la Santa Biblia de J. N. Darby). Sus palabras eran la perfecta expresión de Él mismo. ¡Cuidado! nosotros podemos usar
palabras para esconder lo que somos: Él usó palabras para expresar perfectamente lo que Él era. Nosotros hemos oído Su voz
y conocemos la verdad en cuanto a Él. Podemos tener mucho que aprender de las glorias de Su Persona, pero sabemos Quién es
Él. Cualquier pretensión de modernismo, o cualquier otro sistema falso, que nos dé verdad adicional en cuanto a Su Persona,
es una negación de que la plena verdad salió a la luz en el principio. Si lo que hemos oído desde el principio permanece en
nosotros - si ello gobierna nuestros afectos - permaneceremos en la verdad del Hijo y del Padre. Las ovejas oyen Su voz y
así son capaces de detectar las muchas falsas voces de los extraños, como leemos, "Mas al extraño no seguirán ... porque no
conocen la voz de los extraños" (Juan 10:25).
(Versículo 25). En cuarto lugar, tenemos vida eterna según la promesa. Esta
vida nos pone en relación con Personas divinas. Las palabras del Señor son, "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti,
el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17:3).
Es evidente, entonces, que estos maestros anticristianos quedan expuestos como
no siendo de nosotros - la compañía Cristiana (versículo 19); ellos no tienen el Espíritu (versículo 20); no conocen la verdad
(versículo 21); niegan al Padre y al Hijo (versículo 22); ellos no continuaron en lo que era desde el principio (versículo
24); y ellos no poseen vida eterna (versículo 25).
Los niños en Cristo ("hijitos") pueden escapar de su enseñanza de maldad por
tener el Espíritu, la verdad, el conocimiento del Padre y del Hijo, permaneciendo en lo que ellos han oído desde el principio
en Cristo, y viviendo la vida eterna por medio de la cual ellos pueden gozar la comunión con Personas divinas.
(Versículos 26, 27). Estas, entonces, son las cosas que el apóstol escribe
para exponer a aquellos que desearían descarriarnos, y para advertirnos contra
ellos. Además, no sólo tenemos la palabra escrita, sino también el Espíritu Santo para capacitarnos a entender la palabra
y probar las enseñanzas de los hombres. Los maestros pueden pasar, pero el Espíritu permanece. La enseñanza del mejor de los
maestros puede ser parcial, pero el Espíritu Santo nos puede enseñar "todas las cosas". La enseñanza del mejor de los maestros
a veces puede estar mezclada con imperfección, pero la enseñanza del Espíritu Santo "es verdadera" y ella "no es mentira".
El propósito de todo falso maestro es seducir a los santos para que abandonen la verdad; el efecto de la enseñanza del Espíritu
Santo es conducir a los santos a permanecer en la verdad tal como Cristo la presentó desde el principio.
4
Manifestación de la Vida Eterna en los Creyentes
(1 Juan 2:28 - 1 Juan 3:23)
Habiendo puesto ante nosotros las diferentes etapas del crecimiento en la vida
Cristiana, el apóstol, manteniendo aún ante nosotros el gran tema de la vida, presenta la vida eterna contemplada en las prácticas
del creyente. El apóstol ya había presentado la justicia y el amor como caracterizando la naturaleza de la vida eterna. Estos
rasgos han sido perfectamente expresados en Cristo y ahora deben caracterizar la vida de los creyentes. Además, si la manifestación
de esas cualidades es la prueba práctica de la posesión de la vida, la ausencia de estas cualidades pondrá al descubierto
toda falsa pretensión de tener la vida.
En esta nueva porción de la Epístola, el apóstol trae, en primer lugar, ante
nosotros la Manifestación de Cristo como aquello que debería gobernar nuestra vida práctica (2:28 al 3:3).
En segundo lugar, él presenta las características de la nueva vida que distingue
a los hijos de Dios de los hijos del diablo -justicia y amor (1 Juan 3: 4-16).
En tercer lugar, él aplica estas verdades a la vida práctica del creyente (1
Juan 3: 17-23).
(a) Práctica en relación con la Manifestación de Cristo (2: 28 al 3:3)
En la porción precedente de la Epístola, el apóstol ha mirado hacia atrás a
lo que nosotros hemos oído "desde el principio". Él presenta esta nueva porción mirando hacia delante a la venida del Señor.
(Versículo 28). Este versículo forma un eslabón conector con lo que está antes
y la porción que sigue. Resume la porción precedente apelando a toda la familia de Dios en las palabras, "Y ahora, hijitos,
permaneced en él". La única gran salvaguardia contra el mundo, y los maestros anticristianos de quienes él ha estado hablando,
se encuentra en permanecer en la verdad tan perfectamente presentada en Cristo "desde el principio". Esto, además, conduce
al apóstol a mirar adelante a la venida de Cristo, ya que es igualmente importante permanecer en Él para que nuestra conducta
pueda ser consistente con Su manifestación. De esta forma se presenta la venida de Cristo para regular y poner a prueba nuestra
práctica.
El apóstol desea que el andar del creyente pueda ser de una carácter tal que
no habrá nada en los santos de lo cual ellos se avergonzarán en la venida Cristo, cuando al fin nuestras palabras y modos
y andar se harán manifiestos, sea "cuál sea", y las intenciones ocultas de los corazones sean manifestadas (1 Corintios 3:13;
1 Corintios 4:5; 2 Juan 8). ¡Es lamentable! cuán a menudo hay muchas cosas en nuestras palabras y modos y andar que incluso
buscaríamos defender o excusar, pero que deberíamos condenar inmediatamente si son juzgadas en la luz de la manifestación
de la gloria de Cristo.
En los versículos siguientes (1 Juan 2:29 - 3:3), el apóstol pone ante nosotros
nuestros privilegios y la provisión llena de gracia que Dios ha hecho, para que podamos andar de un modo que sea conveniente
a Cristo y no nos avergoncemos en Su venida.
(Versículo 29). En primer lugar, el apóstol muestra que toda buena conducta
Cristiana encuentra su origen en la nueva naturaleza que los creyentes han recibido por medio del nuevo nacimiento. Es la
misma naturaleza que estaba en Cristo, produciendo los mismos frutos de justicia, demostrando así que el creyente es nacido
de Dios.
(1 Juan 3:1). En segundo lugar, el apóstol nos recuerda que somos llamados
a la relación de hijos, y, como tales, somos los objetos del amor del Padre. Se ha señalado que toda relación tiene su afecto
especial, y que es el afecto peculiar a la relación lo que le da dulzura y carácter a la misma. Somos llamados a contemplar
este amor que fue expresado perfectamente en Cristo en la tierra y ha sido dado al creyente. Cuando Cristo estuvo aquí, Él
fue el Objeto del amor del Padre y del odio del mundo. Él se ha ido, pero ha dejado aquellos que ha colocado en Su propio
lugar ante el Padre y ante el mundo. En Su oración el Señor pudo decir, "...los has amado a ellos como también a mí me has
amado" (Juan 17:23). Otra vez, el Señor pudo decir, "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a
vosotros" (Juan 15:18). Cuán bueno es, entonces, buscar tener plena conciencia de
que somos amados por el Padre así como Cristo fue amado, y que somos privilegiados al compartir con Cristo, Su lugar de rechazo
de parte del mundo.
(Versículo 2). Una tercera gran verdad es la bendita esperanza unida a la relación
en la que somos puestos. Cristo va a aparecer, y cuando Él se manifieste, "seremos semejantes a él, porque le veremos tal
como él es." En la tierra, Cristo fue el Varón de dolores y experimentado en quebranto; fue desfigurada su apariencia más
que la de cualquier hombre, y su aspecto más que el de los hijos de los hombres. Para nosotros, aún no se ha manifestado lo
que habremos de ser, ya que llevamos las marcas de la edad y de la preocupación y del dolor, pero nosotros esperamos Su manifestación.
Por un momento los apóstoles vieron Su gloria en el Monte de la Transfiguración, y nosotros, por medio de la fe, le vemos
"tal como Él es", coronado de gloria y de honra, y "sabemos" que seremos semejantes a Él, no como Él fue, sino "como Él es."
Además, cuando seamos semejantes a Él, le veremos cara a cara. Mientras estamos
en este cuerpo de nuestro estado de humillación, verle tal como Él es sería abrumador. El propio apóstol Juan cayó ante Sus
pies cuando, en la Isla de Patmos, él vio al Señor en Su gloria. Pero cuando al final seamos semejantes a Él,
¡Gozo sin par al ver su hermosa faz!
que en este mundo es luz y siempre paz.
(Versículo 3). Entonces, si nosotros andamos en justicia, según los instintos
de la nueva naturaleza, si, como hijos, caminamos conscientes del amor del Padre, si nos guardamos separados del mundo que
no conoció a Cristo, si caminamos en el goce de la esperanza de que cuando Cristo se manifieste nosotros seremos semejantes
a Él, entonces, en efecto, no nos alejaremos de Él avergonzados en Su venida, ya que todo aquel que tiene esta esperanza en
él, se purifica a sí mismo, como Cristo es puro.
Nuestra esperanza está en Cristo, ya que es solamente por medio de Su poder
que al final llegaremos a ser "semejantes a él", cuando leemos, "el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación
en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a sí mismo" (Filipenses
3:21 - LBLA). Nosotros no podemos prescindir de Su obra pasada para arreglar todo asunto entre nuestras almas y Dios; no podemos
prescindir de Su obra presente en las alturas para mantenernos de día en día; no podemos prescindir de Él para que suceda
el último gran cambio; y cuando estemos en la gloria, nosotros Le necesitaremos por toda la eternidad. Nuestra bendición,
nuestro gozo, nuestro todo, están unidos con Cristo por los siglos de los siglos.
Además, esperando el último gran cambio, aquel que tiene esta esperanza en
Cristo llegará a ser moralmente semejante a Él. Esta esperanza tendrá un efecto transformador. Nosotros aún no somos puros
como Él es puro, pero el bendito efecto de esta esperanza será el de guardarnos del mal y purificarnos según la perfecta norma
de pureza presentada en Él.
(b) Las características de la nueva vida que caracterizan a los hijos de
Dios en contraste con los hijos del diablo (1 Juan 3: 4-16)
Esta porción de la Epístola muestra claramente que la nueva vida poseída por
los hijos de Dios se manifiesta en un andar marcado por la justicia y el amor, en contraste con la transgresión de la ley
y el odio que distinguen a los hijos del diablo. En los versículos 4 al 9, el apóstol habla de la justicia en contraste con
la transgresión de la ley; en los versículos 10 al 23, él habla del amor en contraste con el odio.
(Versículo 4). Luego el apóstol contrasta la transgresión de la ley de la vieja
naturaleza con la justicia de la nueva naturaleza que los creyentes poseen como nacidos de Dios. Él declara que, "Todo aquel
que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley." Pecar no es simplemente transgredir una
ley conocida, como sugiere la traducción defectuosa al Inglés del versículo, tal como figura en la Biblia Inglesa "Authorised
Version." El principio del pecado es infringir la ley, o hacer la propia voluntad totalmente aparte de cualquier ley. Como
otro dijo, << Pecado es el actuar sin el freno de la ley o la restricción de la autoridad de otro - el actuar desde
la propia voluntad >> (J.N.Darby.).
(Versículo 5). Habiendo definido el pecado, el apóstol se vuelve inmediatamente
a Cristo para traer ante nosotros al Único en Quien "no hay pecado." Al hacerse carne, Él estaba enteramente sujeto a la voluntad
del Padre. Viniendo al mundo, Él pudo decir, "He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad" (Hebreos 10:9). Atravesando
el mundo Él pudo decir, "No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre" (Juan 5:30). Saliendo del mundo, Él pudo decir, "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42). Nosotros
sabemos, también, que es por la voluntad de Dios que los creyentes han sido "santificados mediante la ofrenda del cuerpo de
Jesucristo hecha una vez para siempre" (Hebreos 10:10). Así que el apóstol puede decir, "él apareció para quitar nuestros
pecados." En Él, entonces, no hubo pecado, o principio de transgresión de la ley.
(Versículo 6). Participando de esta naturaleza, y permaneciendo en Él, nosotros
no pecaremos. Permanecer en Cristo es verlo a Él por medio de la fe, conocerlo a Él por la experiencia, y andar bajo Su influencia.
"Todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido." El apóstol contrasta así las dos naturalezas: la vieja naturaleza
infringe la ley; la nueva naturaleza no puede pecar. Las dos naturalezas coexisten en el creyente; así el apóstol puede decir
en un pasaje, "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos" (1 Juan 1:8) y, en este pasaje, "todo aquel
que peca, no le ha visto, ni le ha conocido."
(Versículo 7). Entonces somos advertidos contra todo engaño. La posesión de
la nueva naturaleza es demostrada, no por la profesión que hacen las personas, sino por el modo en que actúan. "El que hace
justicia es justo, como él es justo." Si nosotros participamos de Su vida, ella se mostrará en un andar caracterizado por
la justicia, como Él es justo.
(Versículo 8). En contraste con el que hace justicia y es nacido de Dios, el
que "practica el pecado es del diablo." ¡Es lamentable! a través del descuido el creyente puede caer en pecado, pero el que
vive en pecado muestra claramente que él tiene la misma naturaleza del diablo, quien peca desde el principio de su historia.
El Hijo de Dios apareció para deshacer las obras del diablo para que los creyentes, con una nueva naturaleza, puedan estar
bajo el dominio de Cristo, y, permaneciendo en Él, actuar en justicia, como Él es justo.
(Versículo 9). En contraste con el que muestra que es del diablo al practicar
el pecado, el que es nacido de Dios no practica el pecado. Hay en él una nueva simiente - la vida divina - y esa vida que
él tiene, nacida de Dios, no puede pecar. Es verdad que la carne está en el creyente; pero la nueva naturaleza es una naturaleza
libre de pecado, y el creyente es visto como identificado con la nueva naturaleza.
(Versículos 10, 11). Con el versículo 10 el apóstol procede a hablar del amor.
Él ha mostrado que la "justicia" en contraste con la "infracción de la ley" distingue a los hijos de Dios de los hijos del
diablo. Ahora él muestra que 'el amor' en contraste con 'el odio', es una segunda gran característica de la
nueva naturaleza. Desde el principio de la manifestación de Cristo en este mundo, hemos escuchado que deberíamos amarnos unos
a otros. De esta forma, como el apóstol ha dirigido nuestros pensamientos a Cristo como Aquel en Quien la justicia fue perfectamente
expresada (versículos 5-7), así ahora él nos recuerda el mensaje que habíamos oído acerca de Cristo, porque en Él vemos la
perfecta expresión del amor divino.
La vida de Cristo reproducida en los creyentes nos conducirá no sólo a evitar
el pecado, sino a manifestar la nueva vida amándonos unos a otros. Ha sido verdaderamente dicho, << La mera naturaleza
amigable puede ser encontrada en perros y otros animales, siendo esta la naturaleza animal; pero el amor de los hermanos es
un motivo divino. Los amo porque ellos son de Dios. Tengo comunión en las cosas divinas con ellos. Un hombre puede ser muy
poco amigable de forma natural, y, con todo, puede amar a los hermanos con todo el corazón; y otro puede ser muy amigable,
y no tener amor por ellos en absoluto. >> (J.N.Darby.).
(Versículo 12). En Caín se presentan los dos principios malignos. Participando
de la naturaleza del maligno, él aborreció a su hermano; y la raíz de su odio fue la falta de ley que marcó su propia vida,
en contraste con la justicia que caracterizó las obras de su hermano.
(Versículo 13). El conocimiento de que las obras de Abel eran buenas y las
suyas malas provocó un aborrecimiento celoso en el corazón de Caín. Entonces,
nosotros no debemos maravillarnos si, por la misma razón, los creyentes son aborrecidos por el mundo.
(Versículo 14). El mundo, del cual Satanás es el príncipe, se caracteriza por
estar sin ley y por el odio, y está en una condición de muerte moral. Pero "nosotros", los que somos creyentes, "sabemos que
hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos." El amor es la prueba práctica de la vida divina. Nosotros conocemos
a un hijo de Dios que hasta ahora ha sido un perfecto extraño para nosotros, uno que quizás puede estar socialmente por sobre
nosotros o, al contrario, en una esfera de vida mucho más humilde, o que puede ser de otro país y hablar un idioma diferente,
pero de inmediato nuestro amor sale del uno al otro y estamos en relaciones más íntimas que con nuestras relaciones según
la carne. La razón es simple; tenemos la misma vida - la vida eterna - con el mismo Objeto, Cristo; gozamos en común del mismo
afecto por Cristo y de los mismos deseos según Cristo.
(Versículos 15, 16). El apóstol muestra entonces la expresión extrema del odio
en contraste con la expresión mayor del amor. El odio, si se desenfrena, llevará al homicidio. El que odia es, en espíritu,
un homicida, y ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.
En contraste, vemos en Cristo la expresión perfecta del amor, en que Su amor
lo llevó a poner Su vida por nosotros. Teniendo Su ejemplo perfecto ante nosotros, deberíamos estar preparados, en el poder
de la nueva vida caracterizada por el amor, para poner nuestras vidas por los hermanos. Esto no significa necesariamente una
muerte real, sino perder la vida aquí por causa de Cristo. (Mateo 16:25).
Así, en el curso de este pasaje, se nos recuerda que el hombre caído está bajo
la muerte, caracterizado por estar sin ley, por el odio, y la violencia. El hombre sin ley siempre es egocéntrico, buscando
sólo gratificarse a sí mismo haciendo su propia voluntad, aparte de toda restricción. Esto, necesariamente, conduce al aborrecimiento
de todo aquel que frustra su voluntad; y el odio conduce a actos violentos, expresados en una forma extrema por el homicidio.
Estos son los principios malignos que salieron a luz por primera vez en la
historia de Caín y que han marcado desde entonces el curso de este mundo. Al principio de la historia de la raza, los hombres
dejaron a Dios como el centro de sus pensamientos; se volvieron egocéntricos. Habiendo sido abandonado Dios, no hubo ningún
vínculo que mantuviese juntos a los hombres, con el resultado de que fueron esparcidos a otros lados. Las naciones en las
que fueron divididos llegaron a ser un centro para ellos mismos, cada uno procurando realizar su propia voluntad, y, en consecuencia,
odiando todo lo que se opusiese. De esta forma el celo y el odio surgieron entre las naciones, conduciendo a la violencia
y a la guerra.
Así toda la miseria del mundo puede ser rastreada hasta el hecho solemne de
que el hombre llegó a ser un centro para sí mismo, independiente de Dios, o 'sin ley'. Está claro, entonces, que todo
el sistema del mundo está caracterizado por estas tres cosas: está sin ley, el odio y la violencia.
En contraste con este mundo, Dios a sacado a luz un mundo enteramente nuevo
— el mundo venidero - del que Cristo es el centro, y, tomando su carácter de Cristo, se caracteriza por la justicia,
el amor y la entrega propia. Para entrar en este nuevo mundo de bendiciones de Dios, debemos conocer a Cristo que es desde
el principio. De ahí que el apóstol insista tan constantemente en "Lo que era desde el principio" (1 Juan 1:1; 1 Juan 2: 7,
13, 14). Esta expresión, tan característica de los escritos del apóstol, indica que, desde el momento que Cristo vino a este
mundo, hubo un comienzo enteramente nuevo. A partir de aquel momento todo el sistema del mundo comienza a pasar, y allí salta
a la vista lo que permanece. "Y el mundo se va pasando con su concupiscencia; mas el que hace la voluntad de Dios permanece
para siempre" (1 Juan 2:17 - Versión Moderna). Cristo es el centro del gran universo de bendición de Dios. Él es la Palabra
de vida, el Único que ha expresado perfectamente a Dios. Nosotros miramos a Cristo y vemos que Dios es luz y Dios es amor.
Pero hay más, Cristo no sólo saca a Dios a la luz, Él también capacita al creyente
para la luz por medio de Su sangre que lo limpia de todo pecado.
Si Cristo es el centro del nuevo mundo de bendición de Dios, todo en ese mundo
debe depender de Él. Hay tres diferentes círculos de bendición, pero Cristo es el centro de todo: el círculo Cristiano viene
primero; luego Israel será restaurado y bendecido; finalmente las naciones Gentiles entrarán en la bendición milenaria. El
secreto de la bendición para cada círculo consistirá en que todos son recuperados de la infracción de la ley al ser traídos
a la dependencia de Cristo.
Habiendo presentado a Cristo desde el principio como el gran Centro del nuevo
universo de Dios, el apóstol muestra cómo ha obrado Dios con los creyentes para traerlos a la bendición. Somos nacidos de
Dios en gracia soberana, puestos en relación con Dios, amados con un amor que es apropiado a la relación y, por último, apareceremos
en la semejanza de Cristo. En el entretanto, mientras permanecemos en Cristo, nos caracterizaremos por la justicia, el amor
y la entrega propia, vistos en su forma más elevada al poner nuestras vidas por nuestros hermanos.
(c) La práctica del amor y sus efectos (Versículos 17-23)
(Versículos 17, 18). El apóstol concluye esta porción de su Epístola con una
aplicación práctica de las verdades de las que ha estado hablando. Con la carne en nosotros es fácil hacer una profesión de
amor de palabra y de lengua. Nuestros hechos, sin embargo, mostrarán si nuestras palabras son verdad. Si está en nuestras
manos ayudar a un hermano a quien vemos en necesidad, y aún así declinamos hacerlo, esto pondrá de manifiesto que nuestra
profesión de amor es vana.
(Versículos 19-21). Andando en amor, nosotros seremos libres y felices en nuestra
relación con Dios. El hijo que está consciente de desobedecer los deseos del padre no puede ser feliz en la presencia del
padre. Si nuestra conciencia nos condena, sabemos que Dios sabe todas las cosas. Él tiene perfecto conocimiento de eso que
sabemos que está mal, y, hasta que el mal sea confesado y juzgado ante Dios, nosotros no podemos gozar de la comunión con Dios, ni tampoco podemos tener confianza al recurrir a Él.
Aquí no se trata del perdón o de la salvación eternos, ya que el apóstol está
escribiendo a aquellos que son perdonados y que están en la relación de hijos.
Es un asunto de poder andar en feliz libertad con Dios como hijos. Para tener esta confianza debemos andar de tal manera que
nuestros corazones no nos condenen por fracasar en el amor práctico.
(Versículos 22, 23). Andar en la feliz confianza de que estamos haciendo esas
cosas que son correctas delante de Sus ojos nos dará gran libertad al recurrir al Padre en oración. Guardando Sus mandamientos,
pediremos según la voluntad de Dios y podremos contar con una respuesta a nuestras oraciones. Si esta petición es acerca de
dirección para nuestro camino, o poder para superar alguna trampa, o gracia sustentadora para una prueba, nosotros pediremos
y recibiremos de Aquel cuyo poder es tan grande como Su amor, y cuyo oído está siempre abierto al clamor de Sus hijos.
Sus mandamientos pueden ser resumidos por la fe en Su Hijo Jesucristo y el
amor de unos a otros. En el espíritu de estos mandamientos, el apóstol Pablo podía dar gracias por los santos Colosenses,
orando con confianza por ellos, ya que él dice,
"Habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos
los santos" (Colosenses 1:4).
5
Permaneciendo En Dios Y Dios En Nosotros
(1 Juan 3:24 - 1 Juan 5:5)
El apóstol ha presentado las dos grandes características de la nueva naturaleza
- justicia y amor. Él nos ha exhortado a vivir la vida de amor práctica para que podamos andar en confianza delante de Dios.
Él muestra ahora que un andar marcado por el amor práctico de unos por otros y por la confianza delante de Dios sólo es posible
cuando nosotros permanecemos en Dios y Dios en nosotros. Que estas son las verdades principales en esta porción de la Epístola se pone de manifiesto mientras leemos el pasaje. En 1 Juan 3:24 el apóstol escribe, "El
que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él"; en 1 Juan 4:12, "Si nos amamos unos a otros, Dios permanece
en nosotros"; en el versículo 13, "En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros"; en el versículo 15, "Todo
aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios"; en el versículo 16, "El que permanece
en amor, permanece en Dios, y Dios en él".
(Versículo 24). El pasaje comienza trayendo ante nosotros el inmenso privilegio
que Dios ha dado al creyente, según el cual le es posible permanecer en Dios, y Dios en él. Si andamos en obediencia a Dios,
permaneceremos en Él. Esto significa, seguramente, que nosotros permanecemos en el claro goce de todo lo que Dios es en Su
amor y poder y santidad, y así andar en confianza delante de Él. Además Dios, por medio de Su Espíritu, mora en nosotros,
de modo que no solamente tenemos vida, sino que tenemos el poder para vivir la vida de amor y comunión.
(1 Juan 4: 1-6). Antes de proceder con este gran tema, el apóstol, en un pasaje
parentético, nos advierte contra los espíritus falsos. Los tales están en el mundo, y es necesario advertir a los creyentes
contra ellos. Somos advertidos de la necesidad de probar los espíritus por los cuales los hombres hablan, y de tener cuidado
de estimar a las personas meramente por su profesión. Muchos que profesan ser profetas de Dios son en realidad falsos profetas
hablando por medio de espíritus malos. De las propias palabras del Señor sabemos que un falso profeta es uno que tiene toda
la apariencia de ser una de Sus ovejas, debido a que viene con vestido de oveja, pero que
interiormente no es más que un lobo rapaz dedicado a la destrucción de las ovejas (Mateo 7:15).
El apóstol procede a darnos tres grandes pruebas según las cuales nosotros
podemos distinguir entre el espíritu de verdad y el espíritu de error:
(Versículos 2, 3). Primeramente, la mayor de todas las pruebas es aquella que
concierne a Cristo mismo. Nosotros podemos probar si los hombres hablan por el Espíritu de Dios por su actitud hacia Cristo.
La pregunta probadora es, ¿Confiesan ellos a Jesucristo venido en carne? Ellos pueden, de hecho, confesar que Jesucristo es
verdaderamente un hombre, y un modelo de hombre; pero, ¿confiesan ellos que Él "ha venido en carne", y, por lo tanto, que
Él es una Persona Divina que existía antes de que Él viniese en carne? Además, confesar a Jesucristo venido en carne no es
solamente confesar la verdad de Su Persona, sino que también es inclinarse personalmente en obediencia a Él como Señor. El
falso maestro no confesará ni la verdad de Su Persona, ni Le reconocerá como Señor, y prueba así que él no es de Dios y que
está hablando por un espíritu falso, el espíritu del anticristo que ya se ha dispersado por el mundo.
(Versículo 4). Cuando estos falsos espíritus son detectados, el creyente puede
vencerlos por medio del Espíritu Santo que mora en él, ya que el Espíritu Santo es mayor que el espíritu del anticristo que
está en el mundo.
(Versículo 5). En segundo lugar, nosotros podemos detectar falsos espíritus
por su conexión con el mundo. ¿Son ellos populares en el mundo? Todo espíritu falso es del mundo y habla del mundo y, por
consiguiente, en concordancia con los pensamientos y principios del mundo. Como ellos hablan así, el mundo los oye. Es evidente
que nada que es verdaderamente de Dios será popular en el mundo, ya que sabemos que todo lo que hay en el mundo, no proviene
del Padre (1 Juan 2:16). Cualquier predicación o libro religioso que sea popular en el mundo será, en la medida de su popularidad,
condenado como no enseñando la verdad. ¡Cuántos movimientos religiosos del presente quedan expuestos inmediatamente, para
el creyente, por medio de esta simple prueba!
(Versículo 6). En tercer lugar, una prueba final para detectar el espíritu
de error es planteada por medio de la pregunta, ¿Aceptan ellos la enseñanza de los apóstoles? Estos últimos pueden decir,
"Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye." Cuantos críticos infieles del presente
descartan las enseñanzas de los apóstoles como siendo meramente doctrina Juanina o Paulina a ser tratadas como las opiniones
de hombres parcialmente instruidos y, por consiguiente, a ser rechazadas o aceptadas según sus enseñanzas se ajusten a las
opiniones de estos días en que se profesa de una mayor ilustración.
Nosotros podemos verdaderamente crecer en el conocimiento de la verdad que
ha sido revelada, pero no puede haber ningún desarrollo o adelanto sobre la verdad entregada por medio de la inspiración.
Se deduce que aquellos que rechazan la enseñanza apostólica quedan completamente condenados por este solemne pasaje como no
siendo "de Dios", porque el apóstol puede decir por medio de la inspiración, "El que no es de Dios, no nos oye."
Podemos detectar así el espíritu de error y el espíritu de verdad, y podemos
escapar de los falsos profetas, del falso sistema y de los falsos espíritus que
hoy están dispersos en la Cristiandad haciendo estas sencillas preguntas:
¿Cuál es la actitud de ellos hacia Cristo?
¿Son ellos populares en el mundo?
¿Aceptan ellos las enseñanzas de los apóstoles?
La única salvaguardia del creyente, que ha probado los espíritus y ha encontrado
que son anticristianos, es tratarlos como malignos y rechazarlos totalmente. Se ha dicho con propiedad, << Tan pronto
como se discierne al demonio, no hay sino un solo curso de acción a seguir - tratar al demonio como un demonio. Si se adopta
este curso de acción, él se encontrará impotente ante el nombre de Jesús; pero si nosotros recurrimos a cualquier otra forma,
si nos rendimos a consideraciones humanas, si somos amistosos con los agentes del enemigo, pronto nos encontraremos en debilidad
delante de Satanás, no pudiendo estar Dios con nosotros en el curso de acción que hemos escogido >> (J.N.Darby).
Habiéndonos dado esta solemne palabra de advertencia, el apóstol reanuda el
gran tema de esta porción de la Epístola ya puesto ante nosotros en el último versículo de 1 Juan 3 - permaneciendo en Dios
y Dios en nosotros. A fin de que estas grandes verdades puedan ser una realidad
práctica para nosotros, el apóstol presenta el amor de Dios en una manera triple. Primeramente, en los versículos 7 al 11,
él habla del amor de Dios para con nosotros, resolviendo todo asunto de nuestro pasado. En segundo lugar, en los versículos
12 al 16, él presenta el amor de Dios en nosotros, gobernando nuestra presente vida de testimonio. En tercer lugar, en los
versículos 17 al 19, él habla del amor de Dios con nosotros, en vista del futuro.
(Versículos 7, 8). El amor de Dios para con nosotros. En el goce de esta nueva
vida, el apóstol se dirige a los creyentes como "Amados", y dice, "Amémonos unos a otros." A fin de que extendamos nuestro
amor unos a otros, él nos recuerda lo que Dios es y lo que Dios ha hecho. Dios es amor, y Dios ha actuado en amor hacia nosotros.
De esta forma, hay un doble motivo para amarnos unos a otros. En primer lugar, la naturaleza misma de Dios es amor, y, habiendo
nacido de Dios, nosotros participamos de Su naturaleza. Al amarnos unos a otros, damos una prueba práctica de que somos nacidos
de Dios y que conocemos a Dios. Si no tenemos amor para los hermanos, esto probaría que somos extraños para Dios.
(Versículos 9, 10). "El amor de Dios para con nosotros" es un segundo gran
motivo para amarnos unos a otros. No sólo tenemos una declaración de que Dios
es amor, por mucho que esto sea verdad, sino que tenemos la manifestación del amor de Dios para con nosotros. En los días
en que no habíamos sido regenerados, estábamos muertos para Dios en nuestros pecados. Para que nosotros pudiéramos vivir y
nuestros pecados fuesen perdonados, Dios manifestó Su amor para con nosotros enviando a "su Hijo unigénito al mundo, para
que vivamos por él" y, además, Él "envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados."
(Versículo 11). Si Dios, entonces, ha manifestado así Su amor para con nosotros,
nosotros, que hemos nacido de Dios, "debemos también nosotros amarnos unos a otros." Este amor a los hermanos no es un mero
afecto natural, que puede encontrarse incluso en los animales irracionales. Es amor fluyendo de la posesión de la naturaleza
divina, un amor que fue manifestado para con nosotros cuando estábamos muertos y aún en nuestros pecados. Es, por lo tanto,
un amor que se puede elevar por sobre el mal y cualquier cosa que yo pueda detectar que está mal en un hermano. Yo lo amo,
no a causa de lo que él es, sino en virtud de la naturaleza que yo poseo, la cual es amor.
El pensamiento ha sido expresado para que yo debiera elevarme por sobre todo lo que es desagradable y desafortunado
en mi hermano, a causa de que Dios me amó cuando yo estaba era tan desafortunado como es
posible.
(Versículos 12, 13). El amor de Dios en nosotros. Habiendo hablado del amor
de Dios para con nosotros, el apóstol pasa a hablar del amor de Dios que ha sido "perfeccionado en nosotros." Con esto está
conectada la gran verdad del Espíritu que ha sido dado a nosotros. Esto es más que tener una nueva naturaleza, porque el Espíritu
es una Persona divina. "Nadie ha visto jamás a Dios"; pero sabemos que "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre,
él le ha dado a conocer." El Espíritu Santo cumple para nuestras almas la declaración de Dios por medio del Hijo, porque Él
da testimonio acerca de Cristo, nos recuerda lo que Cristo ha dicho, y toma de las cosas de Cristo y nos las hace saber (Juan
14:26; Juan 15:26; Juan 16:14). La perfección misma del amor, el mayor privilegio que el amor puede conceder, es que "permanecemos
en él, y él en nosotros."
(Versículo 14). Además, si el Espíritu Santo da testimonio de Cristo y del
amor de Dios manifestado en Cristo, el resultado de recibir este testimonio será que los creyentes darán testimonio al mundo
de que "el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo." (1 Juan 4:14 - Versión Moderna). El Señor pudo decir a Sus
discípulos que "el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio
también, porque habéis estado conmigo desde el principio" (Juan 15: 26, 27).
El amor de Dios para con nosotros, y la nueva naturaleza en nosotros, la cual
es amor, nos conducirán en el poder del Espíritu a amarnos unos a otros y a rendir testimonio al mundo de que el Padre envió
al Hijo para ser el Salvador del mundo.
(Versículos 15, 16). Además, sabemos que el Espíritu de Dios mora en nosotros,
no simplemente por las experiencias que Él nos da, sino que Su presencia en cada creyente nos es asegurada por medio de la
palabra, ya que leemos, "Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios." ¡Es lamentable!
nosotros podemos vivir, algunas veces, tan descuidadamente que no somos conscientes de que Dios está en nosotros por medio
de Su Espíritu. Podemos contristar al Espíritu hasta que guarde silencio, de modo que gozamos poco del amor que Dios tiene
para con nosotros. Si nosotros andamos en el poder de un Espíritu no contristado, conoceremos y creeremos el amor que Dios
tiene para con nosotros y, permaneciendo en amor, permaneceremos en Dios y Dios en nosotros.
(Versículos 17-19). "En esto es consumado el amor para con nosotros, para que
tengamos confianza en el día del juicio; por cuanto según él es, asimismo somos nosotros en este mundo. No hay temor en el
amor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor; por cuanto el temor tiene en sí castigo: el que teme, no ha sido hecho
perfecto en el amor. Nosotros amamos a Dios, por cuanto él nos amó primero." (Versión Moderna). El amor de Dios con nosotros. Habiendo hablado del amor de Dios "perfeccionado en nosotros", el apóstol
habla ahora del amor 'perfeccionado con nosotros' (N. del T.: "en esto ha sido perfeccionado el amor con nosotros..."
- 1 Juan 4:17 - Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español de Francisco Lacueva,
Editorial Clie). El apóstol escribe así en vista del futuro, el día del juicio. El amor de Dios remueve todo temor en
cuanto al futuro llevándonos a ver que como Cristo es, así somos nosotros en este mundo. Como creyentes, estamos tan limpios
de nuestros pecados y del juicio que ellos merecen como Cristo mismo está. Cuando aparezcamos ante el tribunal de Cristo,
tendremos nuestros cuerpos glorificados y seremos semejantes a Él; pero, incluso ahora, mientras aún estamos en este mundo,
estamos tan limpios de nuestros pecados así como Cristo está. Nuestra justicia delante de Dios es presentada en Cristo en
la gloria. No tenemos que mirar al interior de nuestros propios corazones para ver si estamos libres de juicio; nosotros alzamos
la vista a Cristo y vemos que Él está tan libre de todos nuestros pecados y juicio, los cuales Él llevó en la cruz, que Él
está en la gloria.
Así el perfecto amor echa fuera el temor. Librados del temor al tormento, somos
perfeccionados en amor, siendo nuestro amor hecho brotar por su gran amor hacia nosotros: "Nosotros le amamos a él, porque
él nos amó primero."
(Versículos 20, 21). Habiendo hablado de nuestro amor a Dios, el apóstol nos
da inmediatamente una prueba para demostrar la realidad del amor a Dios. Que alguien diga que ama a Dios, mientras que al
mismo tiempo odia a su hermano, demostraría que él es un mentiroso. Nosotros no hemos visto a Dios realmente, pero podemos
ver algo de Dios en nuestro hermano, y, si las cualidades de Dios en los santos no provocan nuestros afectos, es obvio que
nosotros no amamos a Dios. Es la voluntad de Dios que "El que ama a Dios, ame también a su hermano."
(Capítulo 5, versículos 1-5).
Además, no se nos deja ninguna duda en cuanto a quién es nuestro hermano, ya que el apóstol procede a darnos las características
de uno que pertenece a la familia de Dios.
Primeramente, nuestro hermano es uno acreditado como nacido de Dios en cuanto
a que él cree que Jesús es el Cristo.
En segundo lugar, siendo nacido de Dios, es uno que ama a Dios y a todos los
que han sido engendrados por Dios, los hijos de Dios.
En tercer lugar, amando a Dios, él guarda los mandamientos de Dios, y estos
no son gravosos, porque Su gran mandamiento es amar a nuestro hermano.
En cuarto lugar, el que es nacido de Dios vence al mundo por medio de la fe.
Como nacidos de Dios, ya no somos de este mundo, como el Señor pudo decir, vosotros "no sois del mundo" "como tampoco yo soy
del mundo" (Juan 15:19 y 17:14). Pertenecemos a otro mundo del cual Cristo es el centro, y por la fe miramos ese mundo y nos
elevamos por sobre el presente mundo malo.
En quinto lugar, la fe que vence al mundo es una fe que tiene a Cristo como
su objeto - nosotros creemos que "Jesús es el Hijo de Dios."
6
Los que dan Testimonio del Hijo
(1 Juan 5: 6-12)
Antes de finalizar su Epístola, el apóstol presenta un triple testimonio al
Hijo de Dios, Aquel a través de Quien la vida eterna ha sido comunicada a los creyentes. Está el testimonio del agua, el testimonio
de la sangre, y el testimonio del Espíritu.
(Versículo 6). Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo mediante la encarnación,
pero, para bendecir a los pecadores e impartir vida eterna a los creyentes, Él tuvo que venir mediante agua y sangre. En otras
palabras, Él tuvo que morir.
Su vida de infinita perfección expuso nuestra condición y reveló nuestra necesidad,
pero no pudo satisfacer esa necesidad o impartirnos vida eterna.
Aparte de Su muerte, Él habría estado para siempre solo, según Sus propias
palabras, "A menos que el grano de trigo caiga en tierra y muera, queda solo; mas si muere, lleva mucho fruto" (Juan 12:24
- Versión Moderna).
El agua y la sangre que fluyeron del costado herido de un Cristo muerto, ambos
testifican de Su muerte, y presentan dos grandes resultados de Su muerte. El
agua testifica del juicio de muerte pronunciado y ejecutado sobre la carne, mediante el cual el creyente es limpiado de la
vieja naturaleza. Nosotros estamos crucificados con Cristo, y, participando en la vida de Cristo resucitado, nos consideramos
a nosotros mismos como muertos con Él para el viejo hombre que es gobernado por el pecado. Así somos purificados de la vieja
naturaleza. Además, Él viene a nosotros mediante sangre. Por Su muerte, no solamente somos purificados del viejo hombre, sino
que somos justificados de nuestros pecados por medio de Su sangre. Además, en el terreno de Su muerte y resurrección, el Espíritu
Santo ha sido dado para darnos testimonio de Cristo y de la eficacia de Su muerte.
(Versículos 7, 8). Dejando fuera el versículo 7, el cual es una interpolación
admitida, tenemos a los tres testigos presentados nuevamente, pero ahora en el orden de su testimonio en la tierra. En el
versículo 6 hemos leído el orden histórico en el cual el Espíritu Santo vino después de la muerte de Cristo. Cuando es un
asunto de testimonio para nosotros, el Espíritu Santo es mencionado primero, ya que es por medio del Espíritu que nosotros
recibimos el testimonio de la muerte de Cristo y apreciamos el valor del agua y de la sangre. Estos tres, el Espíritu, el
agua y la sangre, se unen en un testimonio al Hijo y a la eficacia de Su obra, y la bendición de la vida eterna que viene
al creyente a través de esa obra.
(Versículos 9, 10). En estos versículos el apóstol nos recuerda que el testimonio
de estas grandes verdades es "de Dios." Si nosotros recibimos el testimonio de los hombres, cuanto más deberíamos recibir
el testimonio que Dios da de Su Hijo. Aquel que cree tiene, por medio del Espíritu, un testimonio en sí mismo de la verdad
de Dios. Como Dios ha dado así un testimonio adecuado acerca de Su Hijo, se deduce que "el que no cree a Dios, le ha hecho
mentiroso."
(Versículos 11, 12). Todas estas grandes verdades - la muerte de Cristo y la
presencia del Espíritu Santo en el creyente - dan testimonio del hecho de que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está
en Su Hijo. Está en nosotros como un don; está en Él como una fuente. Aparte del Hijo no puede haber vida delante de Dios.
Tener al Hijo es haber recibido la verdad y tener al Hijo ante nosotros como el Objeto de nuestra fe. Aquel que está en ignorancia
acerca del Hijo, o rechaza la verdad, no tiene al Hijo de Dios y "no tiene la vida."
7
Confianza en Dios
(1 Juan 5: 13-21)
La Epístola finaliza con una expresión de la confianza en Dios que es el resultado
práctico de estar establecido en la verdad de la vida eterna. El esfuerzo de los maestros anticristianos y de los falsos profetas,
contra los cuales el apóstol advierte a los creyentes, es debilitar la confianza del creyente en Dios. El gran propósito de
la enseñanza del apóstol es confirmar a los creyentes en la verdad y establecer así la confianza de ellos en Dios, permitiéndoles
resistir a aquellos que los harían extraviar.
Se observará que en estos versículos finales esta confianza en Dios es mantenida
ante nosotros por medio del uso repetitivo de las expresiones, "sepáis" y "sabemos" (versículos 13, 15, 18, 19 y 20).
(Versículo 13). Engañadores habían intentado, desde el principio, que los creyentes
se volvieran atrás de la verdad presentada en Cristo, unir a los creyentes con el mundo, y debilitar la enseñanza de los apóstoles
cuestionando su autoridad. La tendencia de estos falsos maestros sería privar a los santos del conocimiento y del goce de
sus privilegios. Para contrarrestar estas falsas influencias, el apóstol escribe esta Epístola a aquellos que creen "en el
nombre del Hijo de Dios", para que puedan "saber" que ellos tienen vida eterna.
(Versículos 14, 15). Esta confianza en Dios encuentra su expresión en la oración
de la vida diaria - "si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye." Y si sabemos que Él nos oye, también "sabemos
que tenemos las peticiones que le hayamos hecho." Él, según Su perfecto amor y perfecta sabiduría, reserva para Sí mismo el responder a nuestras peticiones a Su propio tiempo y Su propio modo. En la confianza
en Dios que es el resultado de la nueva vida, es nuestro privilegio dar a conocer nuestras peticiones a Dios, pero no a hacerle
imposiciones a Dios en cuanto a Su respuesta. Él puede ver como conveniente mantenernos en espera, pero mientras tanto tenemos la consolación de saber que Él oye todo lo que pedimos que sea conforme a
Su voluntad.
(Versículos 16, 17). Además, esta confianza en Dios nos conduce no sólo a orar
por nosotros, sino también a interceder por otros. Muchas enfermedades que vienen sobre el pueblo de Dios no son de ningún
modo un medio para castigar el pecado, sino, como en el caso de Lázaro, para la gloria de Dios (Juan 11:4). No obstante, existe
el trato gubernamental de Dios para con Su pueblo, y, si vemos a un hermano castigado por Dios por medio de alguna enfermedad
debido a un pecado en particular, nosotros podemos interceder por el tal, en el entendido que el pecado no es de muerte.
Toda injusticia es pecado y acarrea sus consecuencias gubernamentales, pero
estas consecuencias no siempre pueden ser de muerte. Si el pecado es de muerte o no, depende de las circunstancias particulares.
Muchos creyentes pueden haber sido llevados a decir una mentira sin llegar a estar bajo el severo castigo de la muerte; pero
en el caso de Ananías y Safira la mentira fue agravada por las circunstancias y llegó a ser un pecado de muerte.
(Versículo 18). A pesar de todo lo que los engañadores pueden decir en contra,
"Sabemos que todo aquel que es engendrado de Dios, no peca." (1 Juan 5:18 - Versión Moderna). Sabemos que como nacidos de
Dios tenemos una nueva vida, y esa nueva vida es perfecta y no puede ser tocada por el maligno. Así que el Señor puede decir
de Sus ovejas, "yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:28). Viviendo la
vida del nuevo hombre nosotros no pecaremos, ni seremos atribulados por el maligno.
(Versículo 19). Además, teniendo una vida nueva, sabemos que somos de Dios
y que podemos así distinguir entre aquellos que son nacidos de Dios y el mundo que nos rodea que yace bajo el poder del maligno.
Viviendo en el poder de la vida nueva, no sólo escapamos del maligno sino que somos librados del mundo.
(Versículo 20). El apóstol confirma nuestra confianza en Dios resumiendo las
grandes verdades de la Epístola. Sabemos que el Hijo de Dios ha venido. La Epístola comienza con esta gran verdad. Habiendo
venido, Él nos ha dado un pleno entendimiento - al ser la plena revelación de Dios - a fin de que conozcamos a Aquel que es
verdadero. Así la Epístola continua diciéndonos que el mensaje que hemos oído
del Hijo es que Dios es luz y Dios es amor. Además, hemos aprendido que, a través del don de la vida eterna y del Espíritu,
"nosotros estamos en el que es verdadero, es decir, en su