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Collected Writings Vol. 28, Expository No. 7
EFESIOS
INTRODUCCIÓN
La epístola a los Efesios nos ofrece la más rica exposición de las bendiciones de los santos
individualmente, y de la asamblea, exponiendo al mismo tiempo los consejos de Dios con respecto a la gloria de Cristo. Cristo
mismo es visto como Aquel que ha de sostener todas las cosas reunidas bajo Su mano, como Cabeza de la asamblea. Vemos a la
asamblea colocada en la más íntima relación con Él, así como los que la componen lo están con el Padre mismo, y en la posición
celestial otorgada a ella por la gracia soberana de Dios. Ahora bien, estos caminos de gracia para con ella revelan a Dios
mismo, y en dos caracteres distintos; tanto en relación con Cristo como con los Cristianos. Él es el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo. Él es el Dios de Cristo, cuando se considera a Cristo como hombre; Él es el Padre de Cristo cuando se le
considera como el Hijo de Su amor. En el primer carácter, la naturaleza de Dios es revelada; en el segundo, vemos la íntima
relación que disfrutamos con Aquel que tiene este carácter de Padre, y esto según la excelencia de la relación propia de Cristo
con Él. Es esta relación con el Padre, así como aquella en la cual nosotros estamos con Cristo, como Su cuerpo y Su novia,
la que es la fuente de bendición para los santos y para la asamblea de Dios, de la cual la gracia nos ha hecho miembros como
un todo.
Incluso la forma [en que está escrita] esta epístola, muestra de qué forma los pensamientos
del apóstol estaban llenos del sentido de la bendición que pertenece a la asamblea. Después de haber deseado gracia y paz
a los santos y fieles [1] en Éfeso, del Padre de los verdaderos Cristianos, y de Jesucristo su Señor, él comienza a hablar
de inmediato de las bendiciones de las cuales todos los miembros de Cristo participan. Su corazón estaba lleno de la inmensidad
de la gracia; y nada en el estado espiritual de los Cristianos Efesios requirió
algún comentario particular adaptado a dicho estado. Es la cercanía del corazón a Dios la que produce la sencillez, y la que
nos permite disfrutar, en sencillez, las bendiciones de Dios de la forma que Dios mismo las confiere, tal como fluyen de Su
corazón, en toda la excelencia de ellas - disfrutarlas en relación con Aquel que las imparte, y no meramente en un modo adaptado
al estado de aquellos a quienes son impartidas; o a través de una comunicación que sólo revela una parte de estas bendiciones,
porque el alma no sería capaz de recibir más. Sí, cuando estamos cerca de Dios, lo estamos en sencillez, y toda la extensión
de Su gracia y de nuestras bendiciones se despliega de la forma en que se encuentra en Él.
[1] La palabra traducida "fieles" podría ser traducida como 'creyentes.' Esta palabra se usa
como un término sobrescrito, tanto aquí como en la epístola a los Colosenses.
Debemos recordar que el apóstol estaba entonces en prisión, y que la Cristiandad ya había sido establecida por algunos años,
y estaba expuesta a toda clase de ataques. Decir que uno era creyente como en el principio, era decir que él era fiel. La
palabra, entonces, no expresa meramente que ellos creían, ni que cada individuo caminaba fielmente, sino que el apóstol se
dirigió a aquellos quienes por gracia mantenían fielmente la fe que habían recibido.
De paso, es importante notar dos cosas aquí: primero, que la cercanía moral a Dios, y la
comunión con Él, son los únicos medios para cualquier crecimiento verdadero en el conocimiento de Sus caminos y de las bendiciones
que Él imparte a Sus hijos, porque esta es la única posición en la cual los podemos percibir, o de ser moralmente capaces
de hacerlo; y, también, que toda conducta que no sea apropiada a esta cercanía a Dios, toda liviandad de pensamiento, la cual
Su presencia no admite, nos hace perder estas comunicaciones de parte de Él y nos hacen incapaces de recibirlas. (Comparen
con Juan 14: 21-23). En segundo lugar, no es que el Señor nos abandona a causa de estas fallas o este descuido; Él intercede
por nosotros, y nosotros experimentamos Su gracia, pero esto ya no es más comunión o progreso inteligente en las riquezas
de la revelación de Sí mismo, de la plenitud que hay en Cristo. Esto es gracia
adaptada a nuestras necesidades, una respuesta a nuestra miseria. Jesús nos extiende Su
mano según la necesidad que sentimos - necesidad producida en nuestros corazones por la operación del Espíritu Santo.
Esto es gracia infinitamente preciosa, una dulce experiencia de Su fidelidad y amor: aprendemos, por medio de esto, a discernir
el bien y el mal juzgando el yo, pero la gracia tuvo que ser adaptada a nuestras necesidades, y recibir un carácter de acuerdo
a aquellas necesidades, como una respuesta a ellas; hemos tenido que pensar en nosotros mismos.
En un caso como este, el Espíritu Santo hace que nos ocupemos de nosotros mismos (por gracia,
sin duda), y cuando hemos perdido la comunión con Dios, no podemos descuidar este regreso hacia nosotros mismos sin engañarnos
y endurecernos a nosotros mismos. ¡Es lamentable! las relaciones de muchas almas con Cristo apenas van más allá de este carácter.
Es demasiado común a todos. En una palabra, cuando esto sucede, habiendo sido admitido el pensamiento de pecado en el corazón,
para que nuestras relaciones con el Señor sean verdaderas, esto debe ser en el terreno de esta triste admisión del pecado
(por lo menos en pensamiento). Es solamente la gracia la que nos permite tener que ver de nuevo con Dios. El hecho de que
Él nos restaura realza Su gracia a nuestros ojos; pero esto no es comunión. Cuando caminamos con Dios, cuando caminamos según
el Espíritu sin contristarle, Él nos mantiene en comunión, en el disfrute de Dios, la fuente positiva de gozo - de un gozo
eterno. Esta es una posición en la que Él puede ocuparnos - como estando nosotros mismos interesados en todo lo que le interesa
a Él - con todo el desarrollo de Sus consejos, Su gloria y Su bondad, en la Persona de Jesús el Cristo, Jesús el Hijo de Su
amor; y el corazón es ensanchado en la medida de los objetos que lo ocupan. Esta es nuestra condición espiritual normal. En
lo general, este era el caso de los Efesios.
Ya hemos observado que Pablo había sido especialmente dotado por Dios para comunicar Sus
consejos y Sus caminos en Cristo; así como Juan lo fue para dar a conocer Su carácter y Su vida tal como fue manifestada en
Jesús. El resultado de este don particular en nuestro apóstol se encuentra naturalmente en la epístola que estamos considerando.
No obstante, estando nosotros en Cristo, encontramos en ella un desarrollo notable de nuestras relaciones con Dios, de la
intimidad de esas relaciones, y del efecto de esa intimidad. Cristo es el fundamento sobre el cual son edificadas nuestras
bendiciones. La forma en que las disfrutamos es estando en Él. Así, nosotros llegamos a ser el objeto real y presente del
favor de Dios el Padre, así como Cristo mismo es objeto de este favor. Hemos sido dados a Él por el Padre; Cristo ha muerto
por nosotros; nos ha redimido, lavado y vivificado, y nos presenta, según la eficacia de Su obra y según la aceptación de
Su Persona, ante Dios, Su Padre. El secreto de toda la bendición de la asamblea es que es bendecida con Jesús mismo, y por
eso - así como Él, visto como hombre - es aceptada ante Dios, porque la asamblea es Su cuerpo, y disfruta en Él y por Él de
todo lo que Su Padre le ha conferido. El Cristiano es amado individualmente como Cristo fue amado en la tierra; de aquí en
adelante él participará de la gloria de Cristo ante los ojos del mundo, como una prueba de que él fue amado así, en relación
con el nombre del Padre, lo cual Dios sostiene con respecto a esto (Juan 17: 23-26). Por eso, en general vemos en esta epístola
al creyente en Cristo, no a Cristo en el creyente, aunque eso ciertamente es verdadero. La epístola nos conduce a los privilegios
del creyente y de la asamblea, más que a la plenitud de Cristo mismo, y hallamos más el contraste entre esta nueva posición
con lo que éramos siendo parte del mundo, que el desarrollo de la vida de Cristo: esto se encuentra más ampliamente en Colosenses,
que se ocupa más de Cristo en nosotros. Pero esta epístola, colocándonos en la relación de Cristo con Dios y el Padre y sentados
en lugares celestiales, da el carácter más alto de nuestro testimonio aquí.
Ahora Cristo está en dos relaciones con Dios, Su Padre. Él es un hombre perfecto ante Su
Dios; Él es un Hijo con Su Padre. Nosotros hemos de compartir ambas relaciones. Esto lo anunció Él a Sus discípulos antes
de que regresara al cielo: es revelado en todo su alcance por las palabras que Él habló: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan. 20:17) Esta preciosa - esta inapreciable verdad, es
el fundamento de la enseñanza del apóstol en este lugar. Él considera a Dios en este doble aspecto, como el Dios de nuestro
Señor Jesucristo, y como el Padre de nuestro Señor Jesucristo; y nuestras bendiciones están en relación con estos dos títulos.
Pero antes de procurar presentar en forma detallada los pensamientos del apóstol, notemos
que él aquí comienza enteramente con Dios, con Sus pensamientos y Sus consejos, no con lo que el hombre es. Podemos asirnos
de la verdad, por decirlo así, por uno u otro de estos dos fines - por el de la condición del pecador en relación con la responsabilidad
del hombre, o por el de los pensamientos y consejos eternos de Dios en vista de Su propia gloria. Este último es ese lado
de la verdad al cual el Espíritu nos hace mirar aquí. Incluso la redención, tan gloriosa como es en sí misma, es consignada
al segundo lugar, como medio por el cual disfrutamos el efecto de los consejos de Dios.
Era necesario que los caminos de Dios deban ser considerados en este aspecto, esto es,
Sus propios pensamientos, no meramente los medios por los que es traído el hombre al gozo del fruto de ellos. Es la epístola
a los Efesios la que nos los presenta así; así como la de a los Romanos, después de decir lo que es la bondad de Dios, comienza
con el estado del hombre, demostrando la maldad y presentando a la gracia como lo que la enfrenta y lo liberta de ella.
"El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual
en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él."(Efesios 1: 3, 4a) El capítulo 1 expone estas bendiciones (versículos
4 al 7), y los medios por los que son compartidas; en los versículos 8-10, el propósito establecido por Dios para la gloria
de Cristo, en Quien las poseemos. Luego, los versículos 11-14, ponen ante nosotros la herencia, y el Espíritu Santo dado como
un sello a nuestras personas, y como las arras de nuestra herencia. Entonces sigue una oración, en la que el apóstol pide
que sus amados hijos en la fe - digamos que nosotros - supiésemos nuestros privilegios y el poder por el que hemos sido traídos
a ellos, el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos y lo colocó a la diestra de Dios para poseerlos, como Cabeza
de la asamblea, la cual es Su cuerpo, la cual, con Él, será establecida sobre todas las cosas creadas por su Cabeza como Dios
y que Él heredará como hombre, llenando todas las cosas con Su gloria divina y redentora. En pocas palabras, primero tenemos
el llamamiento de Dios, lo que los santos son ante Él en Cristo; luego, habiendo declarado el pleno propósito de Dios con
respecto a Cristo, la herencia de Dios en los santos; tenemos entonces la oración de que podamos saber estas dos cosas, y
el poder por el cual somos traídos a ellas y a disfrutar de ellas.
Pero debemos examinar estas cosas más detalladamente. Hemos visto el establecimiento de
las dos relaciones entre el hombre y Dios - relaciones en las que Cristo mismo está. Él subió a Su Dios y a nuestro Dios,
a Su Padre y a nuestro Padre. Compartimos con Él todas las bendiciones que fluyen de estas dos relaciones. Él nos ha bendecido
con todas las bendiciones espirituales; no falta ninguna. Y ellas son del orden más alto; no son temporales, como eran las
de los Judíos. Es en la capacidad más exaltada del hombre renovado que disfrutamos de estas bendiciones: y son adaptadas a
esa capacidad, son espirituales. Estas bendiciones están también en la más alta esfera: no están en Canaán o la tierra de
Emmanuel. Estas bendiciones se nos otorgan "en los lugares celestiales"; se nos otorgan de la manera más excelente - que no
da lugar a ninguna comparación - están en Cristo. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha bendecido con todas las
bendiciones espirituales en los lugares celestiales en Cristo. Pero esto fluye desde el corazón de Dios mismo, desde un pensamiento
más allá de las circunstancias en que Él nos encuentra en el tiempo. Este era nuestro lugar en Su corazón, "antes de la fundación
del mundo." Él se propuso darnos un lugar en Cristo. Él "nos escogió en Él."
¡Qué bendición, qué fuente de gozo, qué gracia, el hecho de ser así los objetos del favor
de Dios, según Su amor soberano! Si lo midiéramos, es por Cristo por quien debemos procurar hacerlo; o, por lo menos, es así
que debemos sentir lo que este amor es. Nótese especialmente aquí la manera en que el Espíritu Santo lo mantiene continuamente
ante nuestros ojos, que todo está en Cristo - en los lugares celestiales en Cristo - Él nos había elegido "en Él" - para ser
adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo - hechos "aceptos en el Amado." Este es uno de los principios fundamentales
de la instrucción del Espíritu en este lugar. El otro es que la bendición tiene su fuente en Dios mismo. Él es su fuente y
autor. Su propio corazón, si podemos expresarlo así, y Su propia mente, son su fuente y medida. Por lo tanto es solamente
en Cristo que podemos tener cualquier medida de aquello que no se puede ser medido. Porque Él es, completa y adecuadamente,
el deleite de Dios. El corazón de Dios encuentra en Él un objeto suficiente para expresarse sin restricción enteramente a
sí mismo, hacia el cual Su amor infinito puede ejercerse completamente.
La bendición entonces proviene de Dios; pero además está con Él mismo y ante Él, para gratificarse
a Sí mismo, para satisfacer Su amor. Es Él quien nos ha elegido, es Él quien nos ha predestinado, es Él quien nos ha bendecido;
pero es para que podamos estar ante Él, y ser adoptados como hijos Suyos. Así es la gracia en estos grandes fundamentos. Esto
es, por consiguiente, lo que la gracia se complació en hacer por nosotros.
Pero hay otra cosa que debemos notar aquí. Somos escogidos en Él antes de la fundación
del mundo. Ahora, esta expresión no es simplemente la de la soberanía de Dios. Si Dios escogiera a algunos ahora, sería tan
soberano como si lo hubiera hecho antes de la fundación del mundo: pero esto muestra que nosotros pertenecemos, en los consejos
de Dios, a un sistema establecido por Él en Cristo antes de que el mundo existiera, que no es del mundo cuando este ya existe,
y que existirá después de que la forma de este mundo haya pasado. Este es un aspecto muy importante del sistema Cristiano.
La responsabilidad entró (para el hombre por supuesto) con la creación de Adán en este mundo. Nuestro lugar nos fue dado en
Cristo antes de que el mundo existiese. El desarrollo de todos los caracteres de esta responsabilidad continuó hasta la cruz
y terminaron allí; inocente, un pecador sin ley, bajo la ley, y, cuando fue culpable en todo, la gracia - Dios mismo viene
al mundo de pecadores en su bondad y encuentra odio a cambio de Su amor. El mundo quedó juzgado y los hombres perdidos, y
esto lo aprende ahora el individuo con respecto a sí mismo. Pero entonces la redención fue consumada, y el pleno consejo y
propósito de Dios en la nueva creación en Cristo resucitado fueron revelados, el último Adán, "el misterio, que por todos
los siglos ha estado encubierto" (Efesios 3:9 - Versión Moderna), mientras la
responsabilidad del primer hombre estaba siendo probada. Compárese con 2a Timoteo 1: 9-11; Tito 1: 2, donde vemos esta verdad
presentada de una manera muy clara.
Esta responsabilidad y la gracia no pueden ser realmente reconciliadas sino sólo en Cristo.
Los dos principios estaban en los dos árboles del jardín del Edén; luego la promesa a Abraham incondicionalmente, para que
pudiésemos comprender que la bendición era por pura gracia; después, la ley presentó nuevamente a ambos [principios] juntos,
pero presentó la vida como consecuencia de la responsabilidad. Cristo vino, es la vida, tomó sobre Sí mismo, por todos los
que creen en Él, la consecuencia de la responsabilidad, y vino a ser, como el Hijo divino y también como Cabeza resucitada
de entre los muertos, la fuente de vida, habiendo sido quitado nuestro pecado; y aquí, como resucitados con Él, no solamente
hemos recibido la vida, sino que estamos en una nueva posición habiendo sido con Él vivificados de la muerte, y tenemos una
porción según los consejos que establecieron todo en Él antes de que el mundo existiera, y son establecidos según la justicia
y la redención, como una nueva creación, de la que el Segundo Hombre es la cabeza. El capítulo siguiente explicará como fuimos
sacados a este lugar.
Hemos dicho que Dios se revela a Sí mismo en dos caracteres, incluso en Su relación con
Cristo; Él es Dios, y Él es Padre. Y nuestras bendiciones están relacionadas con esto; es decir, con Su naturaleza perfecta
como Dios, y con la intimidad de la relación positiva con Él como Padre. El apóstol no aborda aún el asunto de la herencia,
ni los consejos de Dios, con respecto a la gloria de la cual Cristo ha de ser el centro como un todo; sino que él habla de
nuestra relación con Dios, de lo que somos con Dios y ante Él, y no de nuestra herencia - de lo que Él nos ha hecho ser, y
no de lo que Él nos ha dado. En los versículos 4-6, se explica nuestra propia porción en Cristo ante Dios. El versículo 4
está subordinado al nombre de Dios; el versículo 5, al nombre de Padre.
El carácter de Dios mismo es presentado en lo que se atribuye a los santos (v. 4). Dios
podría encontrar Su delicia moral únicamente en Sí mismo y en lo que moralmente es semejante a Él. Este es realmente un principio
universal. Un hombre honrado no puede encontrar ninguna satisfacción en uno que no se le parece respecto a esto. Con mayor
razón aún, Dios no podría soportar lo que está en oposición con Su santidad, puesto que, en la actividad de Su naturaleza,
Él se debe rodear a Sí mismo con lo que Él ama y de lo que se deleita. Pero, antes de todo, Cristo es esto en Sí mismo. Él
es personalmente la imagen del Dios invisible. El amor, la santidad, la perfección intachable en todas Sus formas, están unidas
a Él. Y Dios nos ha elegido en Él. En el versículo 4 encontramos nuestra posición respecto a esto. Primeramente, estamos ante Él: Él nos trae a Su presencia. El amor de Dios tiene que hacer esto para satisfacerse
a sí mismo. El amor que está en nosotros también debe ser hallado en esta posición para tener su objeto perfecto. Es allí
únicamente donde se puede encontrar la felicidad perfecta. Pero siendo esto así, es necesario que seamos semejantes a Dios.
Él no nos podría traer a Su presencia para deleitarse en nosotros y no obstante admitirnos allí sin que Él encuentre deleite
en nosotros. Por eso, Él nos escogió en Cristo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor. Él mismo es santo
en Su carácter, intachable en todos Sus modos, Su naturaleza es amor. Es una posición de felicidad perfecta - en la presencia
de Dios, semejante a Él; y eso, en Cristo, el objeto y la medida de afecto divino. Así Dios se complace en nosotros; y nosotros,
poseyendo una naturaleza como la de Él con respecto a sus calidades morales, somos capaces de disfrutar de esta naturaleza
completamente y sin estorbo, y de disfrutarla en su perfección en Él. Es también Su propia elección, Su propio afecto, que
nos ha puesto allí, y nos ha puesto allí en Cristo quien, siendo Su eterno deleite, es digno de todo esto; para que el corazón
encuentre su reposo en esta posición, porque nuestra naturaleza concuerda con la de Dios, y también fuimos escogidos para
esto, lo que muestra el afecto personal que Dios tiene para con nosotros. Hay también un objetivo perfecto y supremo del cual
nos ocupamos.
Nótese aquí que, en la relación de la que aquí hablamos, la bendición está en relación
con la naturaleza de Dios; por lo tanto no se dice que somos predestinados a esto según el puro afecto de Su voluntad. Somos
escogidos en Cristo para ser bendecidos en Su presencia; es Su gracia infinita; pero el gozo de Su naturaleza no podría (ni
tampoco podría la nuestra en Él) ser otro de lo que es, porque tal es Su naturaleza. La felicidad no se podría encontrar en
otra parte o con otro.
Pero en el versículo 5 llegamos a privilegios particulares, y somos predestinados a estos
privilegios. "...habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de
su voluntad." Este versículo no pone ante nosotros la naturaleza de Dios, sino la intimidad, como hemos dicho, de una relación
positiva. Por lo tanto, es según el puro afecto de Su voluntad. Él puede tener ángeles ante Él como siervos; pero Su voluntad
fue tener hijos.
Quizás se podría decir que si uno es admitido a deleitarse en la naturaleza de Dios, difícilmente
uno podría no estar en una relación íntima; pero la forma, el carácter, de tal relación, depende ciertamente de la soberana
voluntad de Dios. Además, ya que poseemos estas cosas en Cristo, el reflejo de esta naturaleza divina y la relación de hijo
van juntos, porque los dos se unen en nosotros. No obstante, debemos recordar que nuestra participación en estas cosas depende
de la soberana voluntad de Dios nuestro Padre; así como los medios de compartirlas, y la manera en que las compartimos, es
porque estamos en Cristo. Dios nuestro Padre, en Su bondad soberana, según Sus consejos de amor, escoge tenernos cerca de
Sí mismo. Este propósito, que nos une a Cristo en la gracia, se expresa fuertemente en este versículo, así como también lo
que lo precede. No sólo caracteriza nuestra posición, sino que el Padre se presenta a Sí mismo en una manera peculiar con
respecto a esta relación. El Espíritu Santo no está satisfecho diciendo, "habiéndonos predestinado para ser adoptados," sino
que Él agrega: "hijos suyos." Uno podría decir que esto está implicado en la palabra "adoptados." Pero el Espíritu haría una
distinción especial en este pensamiento a nuestros corazones, que el Padre escoge tenernos en una relación íntima con Él mismo
como hijos. Para Él somos hijos por medio de Jesucristo, según el puro afecto
de Su voluntad. Si Cristo es la imagen del Dios invisible, nosotros llevamos esta semejanza, siendo escogidos en Él. Si Cristo
es Hijo, nosotros entramos en esa relación.
Estas son, entonces, nuestras relaciones, tan preciosas, tan maravillosas, con Dios nuestro
Padre en Cristo. Estos son los consejos de Dios. No encontramos nada aún de la condición previa de aquellos que habían de
ser llamados a esta bendición. Es un pueblo celestial, una familia celestial, según los propósitos y consejos de Dios, el
fruto de Sus pensamientos eternos y de Su naturaleza de amor - lo que aquí se llama "la gloria de su gracia." No podemos glorificar
a Dios por agregar algo a Él. Él se glorifica a Sí mismo cuando Se revela. Por lo tanto, todo esto es para alabanza de la
gloria de Su gracia, según la cual Él ha actuado hacia nosotros en la gracia en Cristo; según la cual, Cristo es la medida
y la forma de ella hacia nosotros, es en Él en quien la compartimos. Toda la plenitud de esta gracia se revela en Sus modos
para con nosotros - los pensamientos originales, por decirlo así, de Dios, que no tienen ninguna otra fuente aparte de Él
mismo, y en y por medio de los cuales Él se revela a Sí mismo, y por la realización de los cuales Él se glorifica a Sí mismo.
Y nótese aquí, que al final del versículo 6 el Espíritu no dice 'el Cristo'. Cuando habla de Él, el Espíritu pondría énfasis
en los pensamientos de Dios. Él ha actuado hacia nosotros en gracia en el Amado - en Aquel que es peculiarmente el objeto
de Sus afectos. Él pone de relieve esta característica de Cristo cuando habla de la gracia conferida a nosotros en el Amado.
¿Había un objeto especial del amor, del afecto de Dios? Él nos ha bendecido en aquel objeto.
¿Y dónde nos encontró cuando quería ponernos en esta posición gloriosa? ¿Quién son aquellos
a quienes Él escogió para bendecir de esta manera? Los pobres pecadores, muertos en sus delitos y pecados, esclavos de Satanás
y de la carne.
Si es en Cristo que vemos nuestra posición según los consejos de Dios, es en Él también
donde encontramos la redención que nos establece en ella. Tenemos redención por Su sangre, el perdón de nuestros pecados.
Aquellos a quienes Él bendeciría eran pobres y miserables por causa del pecado. Él ha actuado hacia ellos según las riquezas
de Su gracia. Hemos notado ya, que el Espíritu revela en este pasaje los consejos eternos de Dios con respecto a los santos
en Cristo, antes de que Él hable del tema del estado desde el cual Él los sacó, cuando los encontró en su condición de pecadores
aquí abajo. Ahora se revelan todos los pensamientos de Dios con respeto a ellos en Sus consejos, en los que Él se glorifica
a Sí mismo. Por lo tanto, se dice que lo que Él tuvo a bien hacer con los santos fue según la gloria de Su gracia. Él se revela
a Sí mismo en esto. Lo que Él ha hecho para pobres pecadores es según las riquezas de Su gracia. En Sus consejos, Dios se
ha manifestado a Sí mismo; Él es glorioso en gracia. En Su obra, Él piensa en nuestra miseria, en nuestras necesidades, según
las riquezas de Su gracia: nosotros tenemos parte en estas riquezas, como siendo el objeto de ellas en nuestra pobreza, en
nuestra necesidad. Él es rico en gracia. Así nuestra posición está ordenada y establecida según los consejos de Dios, y por
la eficacia de Su obra en Cristo - nuestra posición, es decir, con referencia a Él. Si hemos de pensar aquí, donde son revelados
los pensamientos y los consejos de Dios, si la remisión y la redención vienen de esto, no debemos pensar según nuestra necesidad
como su medida, sino según la medida de las riquezas de la gracia de Dios.
Pero hay más: Dios, habiéndonos puesto en esta intimidad, nos revela Sus pensamientos respecto
a la gloria de Cristo mismo. Esta misma gracia nos ha hecho los depositarios del propósito establecido de Sus consejos, con
respecto a la gloria universal de Cristo, para la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Este es un favor inmenso que
nos concedió. Estamos interesados en la gloria de Cristo tanto como somos bendecidos en Él. Nuestra cercanía a Dios y nuestra
perfección ante Él nos permite tener interés en Sus consejos con respecto a la gloria de Su Hijo. Y esto conduce a la herencia
(compárese con Juan 14:28). Así Abraham, aunque en una posición inferior, era el amigo de Dios. Dios nuestro Padre nos ha
permitido disfrutar de todas las bendiciones en los lugares celestiales; pero Él reunirá todas las cosas en Cristo, así las
que están en los cielos, como las que están en la tierra, bajo Cristo como Cabeza, y nuestra relación con todo eso es puesta bajo Él, así como nuestra relación con Dios Su Padre, depende de nuestra posición
en Él; es en Él que tenemos nuestra herencia.
El beneplácito de Dios era reunir todo lo creado bajo la mano de Cristo. Este es Su propósito
para la administración de los tiempos en los que se manifestará el resultado de todos Sus caminos.[2] Nosotros heredamos
nuestra parte en Cristo, herederos de Dios, como se dice en otra parte, coherederos con Cristo. Aquí, sin embargo, el Espíritu
pone ante nosotros la posición en virtud de la cual nos ha tocado la herencia, más bien que la herencia misma. Él lo atribuye
también a la soberanía de Dios, como hizo antes con respecto a la relación especial de hijos para con Dios. Nótese también
aquí, que en la herencia seremos para alabanza de su gloria; así como en nuestra relación con Él somos para alabanza de la
gloria de Su gracia. Manifestados en posesión de la herencia, seremos la exhibición de Su gloria hecha visible y vista en
nosotros; pero nuestras relaciones con Él son el fruto, para nuestras propias almas, con Él y ante Él, de la gracia infinita
que nos ha introducido allí y nos ha capacitado para ellas.
[2] Será un espectáculo grandioso, como resultado de los modos de Dios, ver todas las
cosas reunidas en perfecta paz y unión bajo la autoridad del hombre, del segundo Adán, el Hijo de Dios; nosotros asociados
con Él en la misma gloria con Él, Sus compañeros en la gloria celestial, objetos de los consejos eternos de Dios. No entraré
aquí en detalles acerca de esta escena, porque el capítulo que estamos considerando dirige nuestra atención a las comunicaciones
de los consejos de Dios respecto a ella, y no a la escena misma. El estado eterno, en el que Dios es todo en todos, es otra
cosa. La dispensación (N. del T.: lit. administración) del cumplimiento de los tiempos es el resultado de los modos de Dios
en el gobierno; el estado eterno, el de la perfección de Su naturaleza. Nosotros, incluso en el gobierno, somos presentados
como hijos según Su naturaleza. ¡Maravilloso privilegio!
Tales son entonces los consejos de Dios nuestro Padre con respecto a Cristo, en lo que
se refiere a la gloria conferida a Él como hombre. Él reunirá todas las cosas en Él como su Cabeza. Y como es en Él en quien
tenemos nuestra posición verdadera con respecto a nuestra relación con Dios el Padre, así también es con respecto a la herencia
conferida a nosotros. Somos unidos a Cristo en relación con lo que está arriba; asimismo somos con respecto a lo que está
abajo. El apóstol habla aquí primeramente de Cristianos Judíos, que han creído en Cristo antes de que Él se manifieste; este
es el significado de: "nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo." Si puedo aventurar usar una nueva palabra, "que
pre-confiábamos en Cristo" - confiaban en Él antes de que Él apareciera. El remanente de los Judíos en los últimos días creerá
(como Tomás) cuando Lo vean. Bienaventurados los que no vieron, y creyeron. El apóstol habla aquí de aquellos que de entre
los Judíos ya habían creído en Él.
En el versículo 13 él extiende la misma bendición a los Gentiles, lo que da ocasión para
otra preciosa verdad con respecto a nosotros - algo que es verdadero de todo creyente, pero que tenía una fuerza especial
con respecto a aquellos de entre los Gentiles. Dios había puesto Su sello en ellos por medio el don del Espíritu Santo. Ellos
no eran herederos de las promesas según la carne; pero, cuando creyeron, Dios los selló con el Espíritu Santo de la promesa,
que es "las arras de nuestra herencia," tanto de uno como del otro, Judíos y Gentiles,
hasta que la redención de la posesión adquirida por Cristo le sea entregada a Él, hasta que Él tome, de hecho, posesión de
ella por Su poder - un poder que no permitirá subsistir a ningún adversario. Nótese aquí, que el tema no es el del nuevo nacimiento,
sino que el de un sello puesto en los creyentes, una demostración y garantía de la futura plena participación en la herencia
que pertenece a Cristo - una herencia a la que Él tiene derecho mediante la redención, por medio de la cual Él ha comprado
todas las cosas para Sí mismo, pero de las cuales Él solamente se apropiará por Su poder, cuando habrá reunido a todos los
coherederos para disfrutarlas con Él.
El Espíritu Santo no es las arras del amor. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Dios nos ama como nos amará en el cielo. El Espíritu Santo no es más que
una garantía de la herencia. Aún no poseemos nada de la herencia. En aquel entonces seremos para alabanza de Su gloria. La
gloria de Su gracia ya es revelada.
De esta forma, tenemos aquí a la gracia que ordenó la posición de los hijos de Dios- los
consejos de Dios con respecto a la gloria de Cristo como Cabeza sobre todo - la parte que tenemos en Él como Heredero - y
el don del Espíritu Santo a los creyentes, como las arras y el sello (hasta que ellos sean puestos en posesión con Cristo)
de la herencia que Él ha ganado.
Desde el versículo 15 hasta al fin, tenemos la oración del apóstol por los santos, brotando
de esta revelación - una oración basada en la forma en que los hijos de Dios han sido traídos a sus bendiciones en Cristo,
y conduciéndonos así a la verdad completa en cuanto a la unión de Cristo y la asamblea, y el lugar que Cristo toma en el universo
que Él creó como Hijo, y que Él reasume como hombre; y sobre el poder mostrado al ponernos, así como también a Cristo mismo,
a la altura de esta posición que Dios nos ha dado en Sus consejos. Esta oración está fundada sobre el título de "Dios de nuestro
Señor Jesucristo"; la del capítulo tres sobre el del "Padre de nuestro Señor Jesucristo." Allí es más comunión que consejos.
Dios es llamado aquí, el Padre de gloria, como siendo su fuente y autor. Pero no solamente se dice, "El Dios de nuestro Señor
Jesucristo," sino que veremos también que Cristo es visto como hombre. Dios ha operado en Cristo (v.20), Él lo ha resucitado
de los muertos - ha hecho que Él se siente a Su diestra. En una palabra, todo lo que le sucedió a Cristo es considerado como
el efecto del poder de Dios que lo ha realizado. Cristo pudo decir, "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré," porque
Él era Dios; pero aquí Él es considerado como hombre; es Dios quien Lo resucita.
Hay dos partes en esta oración: primero, para que ellos puedan entender lo que son el llamamiento
y la herencia de Dios; y en segundo lugar, lo que es el poder que los pone en posesión de lo que este llamamiento les confiere
- el mismo poder que coloca a Cristo a la diestra de Dios, después de haberlo levantado de entre los muertos.
Primero, la comprensión de las cosas que nos ha dado. Me parece que encontramos las dos
cosas que, en la parte anterior del capítulo, hemos visto que es la porción de los santos - la esperanza del llamamiento de
Dios, y la gloria de Su herencia en los santos. El primero está asociado con los versículos 3-5, es decir, nuestro llamamiento;
lo segundo, en el versículo 11, la herencia. En el primero hemos encontrado la gracia (es decir, Dios actuando hacia nosotros
porque Él es amor); en el último, la gloria - el hombre manifestado como disfrutando de los frutos del poder y los consejos
de Dios en Su persona y herencia. Dios nos llama para estar ante Él, santos y sin mancha en amor, y al mismo tiempo para ser
Sus hijos. La gloria de Su herencia es la nuestra. Noten que el apóstol no dice "nuestro llamamiento," aunque nosotros somos
los llamados. Él caracteriza este llamamiento relacionándolo con Él, quién llama para que podamos comprenderlo según su propia
excelencia, según su verdadero carácter. El llamamiento es según Dios mismo. Toda la bienaventuranza y carácter de esta vocación
son según la plenitud de Su gracia - son dignos de Él. Esto es lo que esperamos. También es Su herencia, como la tierra de
Canaán era Suya, como Él había dicho en la ley, y que, no obstante, Él heredó en Israel. Aun así, la herencia del universo
entero, cuando será llenado de gloria, pertenece a Él, pero Él la hereda en los santos. Son las riquezas de la gloria de Su
herencia en los santos. Él llenará todas las cosas con Su gloria, y es en los santos dónde Él las heredará. Éstas son las
dos partes de la primera cosa hacia la cual habían de ser abiertos los ojos de los santos. Somos llamados por el llamamiento
de Dios a disfrutar de la bienaventuranza de Su presencia, cerca de Él, a disfrutar de lo que está más alto que nosotros.
La herencia de Dios se aplica a lo que está debajo de nosotros, a cosas creadas, que son todas sometidas a Cristo, con quien
y en quien disfrutamos de la luz de la presencia de Dios cerca de Él. El deseo del apóstol es que los Efesios entiendan estas
dos cosas.
La segunda cosa que el apóstol pide para ellos es, que conozcan el poder ya manifestado,
que ya había obrado para situarlos en esta posición bendita y gloriosa. Porque, así como fueron introducidos por la gracia
soberana de Dios en la posición de Cristo ante Dios Su Padre, así también la obra que ha sido hecha en Cristo, y la exhibición
del poder de Dios que ocurrió al levantarlo del sepulcro a la diestra de Dios el Padre sobre todo nombre que se nombra, son
la expresión y el modelo de la acción del mismo poder que obra en nosotros los que creemos, el cual nos ha levantado de nuestro
estado de muerte en el pecado para tener parte en la gloria de este mismo Cristo. Este poder es la base de la posición de
la asamblea en su unión con Él y del desarrollo del misterio según los propósitos de Dios. Cristo en persona resucitado de
entre los muertos está sentado a la diestra de Dios, mucho más alto que todo poder y autoridad, y sobre todo nombre que se
nombra entre las jerarquías por las que Dios administra el gobierno del mundo que ahora existe, o entre aquellas del mundo
venidero. Y esta superioridad existe, no sólo con respecto a Su divinidad, cuya gloria
no cambia, sino con respecto al lugar dado a Él como hombre; porque hablamos aquí - como hemos visto - del Dios de nuestro
Señor Jesucristo. Es Él quién Lo ha levantado de la muerte, y quien Le ha dado gloria y un lugar sobre todo; un lugar del
que, sin duda, Él era digno personalmente, pero que Él recibe y debe recibir, como hombre, de la mano de Dios, quien Lo ha
establecido como la Cabeza sobre todas las cosas, uniendo a la asamblea a Él como Su cuerpo, y levantando a los miembros de
su muerte en los pecados por el mismo poder con que levantó y exaltó a la Cabeza - dándoles vida juntamente con Cristo, y
sentándolos en los lugares celestiales en Él, por el mismo poder que Lo exaltó. Así, la asamblea, Su cuerpo, es Su plenitud.
En realidad, es Él quien llena todas las cosas en todo, pero el cuerpo forma el complemento de la Cabeza. Es Él, porque Él
es Dios así como hombre, quien llena todas las cosas en todo - y esto, ya que Él es hombre, según el poder de redención, y
de la gloria que Él ha adquirido; para que el universo que Él llena de Su gloria la disfrute según la estabilidad de esa redención
del poder y efecto de los cuales nada podía separarlos.[3] Es Él, repito,
quien llena el universo con Su gloria; pero la Cabeza no está aislada, dejada, por decirlo así, incompleta como tal, sin Su
cuerpo. Es el cuerpo el que Lo completa en esa gloria, así como un cuerpo natural completa a la cabeza; pero no para ser la
cabeza o dirigir, sino para ser el cuerpo de la cabeza, y que la cabeza deba ser la cabeza de su cuerpo. Cristo es la Cabeza
del cuerpo sobre todas las cosas. Él llena todas las cosas en todo, y la asamblea es Su plenitud. Éste es el misterio en todas
sus partes. Por consiguiente, podemos observar que es cuando Cristo (habiendo consumado la redención) fue exaltado a la diestra
de Dios, que Él toma el lugar en el cual Él puede ser la Cabeza del cuerpo.
[3] Comparen con el capítulo 4: 9,10: y esta introducción de la redención, y el lugar
que Cristo ha tomado como Redentor, como llenando todas las cosas en todo, es de mucho interés.
Maravillosa porción de los santos, en virtud de su redención, y del poder divino que operó
en la resurrección de Cristo, cuando Él había muerto bajo nuestras transgresiones y pecados, y Lo sentó a la diestra de Dios:
¡una porción que, excepto Su posición personal a la diestra del Padre, también es nuestra por medio de nuestra unión con Él!
Capítulo 2
En el capitulo 2 [4] es presentada la operación del poder de Dios en la tierra, con el
propósito de traer almas al goce de sus privilegios celestiales, y así formar la asamblea aquí abajo, más bien que la revelación
de los privilegios mismos, y por consiguiente la de los consejos de Dios. No son ni siquiera estos consejos; es la gracia
y el poder que obran para su cumplimiento, guiando a las almas al resultado que este poder producirá según esos consejos.
Cristo es visto primero, no como Dios bajando aquí y presentado a pecadores, sino como muerto, esto es, donde nosotros estábamos
por el pecado, pero resucitado de allí por el poder. Él murió por el pecado; Dios le había resucitado de la muerte y lo había
sentado a Su diestra. Nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados: Él nos dio vida juntamente con Él. Pero como
lo que está en cuestión es la tierra, y la operación del poder y gracia en la tierra, el Espíritu habla naturalmente de la
condición de aquellos en quienes obra esta gracia, de hecho, habla de la condición de todos. Al mismo tiempo, en las formas
terrenales de religión, en el sistema que existía en la tierra, existían aquellos que estaban cerca y los que estaban lejos.
Ahora, hemos visto que en la plena bendición de la cual habla el apóstol, está
concernida la naturaleza de Dios mismo, en vista de la cual, y para la gloria de la cual, fueron establecidos todos Sus consejos.
Por lo tanto, formas externas, aunque algunas de ellas han sido establecidas provisionalmente en la tierra por la propia autoridad
de Dios, no podrían tener valor ahora. Ellas habían servido para la manifestación de los caminos de Dios como sombras de las
cosas por venir, y habían sido relacionadas con la exhibición de la autoridad de Dios en la tierra entre los hombres, manteniendo
algún conocimiento de Dios - cosas importantes en su lugar; pero estas figuras no podían hacer nada con respecto a traer almas
a la relación con Dios, para disfrutar la manifestación eterna de Su naturaleza, en corazones hechos capaces de esto por la
gracia, mediante su participación en esa naturaleza y reflejándola. Por esto, esas figuras no tenían valor alguno, no eran
la manifestación de estos principios eternos. Pero las dos clases de hombres, Judíos y Gentiles, estaban allí y el apóstol
habla de ambos. La gracia toma personas de ambos grupos para formar un cuerpo,
un nuevo hombre, por medio de una nueva creación en Cristo.
[4] Es el poder que, levantando a los santos con Cristo de la muerte del pecado, y uniéndolos
a Él quien es la cabeza, forma su relación con Él como Su cuerpo. La primera parte del capítulo entregó nuestra relación individual
con el Padre, en la que Cristo es el Primogénito entre muchos hermanos. Aquí venimos a la relación colectiva con Cristo, el
postrer hombre y el hombre resucitado. Hasta la segunda parte de la oración tenemos los consejos de Dios. Desde la última
parte tenemos las operaciones de poder para realizarlos. Y es aquí donde nuestra unión con Cristo entra por primera vez, la
cual, aunque los consejos de Dios con respecto a ella son revelados, sin embargo son efectuados ahora espiritualmente, como
se ve en el capítulo 5.
En los primeros dos versículos de éste capítulo él habla de aquellos que fueron sacados
de entre las naciones que no conocían a Dios - Gentiles, como ellos son comúnmente llamados. En el versículo 3 él habla de
los Judíos - dice, "también todos nosotros." Él no entra aquí en los terribles detalles contenidos en Romanos 3 [5] porque
su objeto no es convencer al individuo, a fin de mostrarle los medios de justificación, sino que exponer los consejos de Dios
en la gracia. Aquí, entonces, él habla de la distancia que hay entre Dios y el hombre que se encuentra bajo del poder de la
oscuridad. Con respecto a las naciones, él habla de la condición universal del mundo. El curso entero del mundo, el sistema
completo, era según el príncipe de la potestad del aire; el mundo mismo estaba bajo el gobierno del que obró en los corazones
de los hijos de desobediencia, quiénes por su propia voluntad evadieron el gobierno de Dios, aunque ellos no podían evadir
Su juicio.
[5] Noten especialmente aquí, que, en Efesios,
el Espíritu no describe la vida del viejo hombre en pecado. Dios y Su propia obra son todo. El hombre es visto como muerto
en sus pecados; por lo tanto, lo que es producido es enteramente de Dios, una nueva creación de Su parte. Un hombre que vive
en pecado debe morir, debe juzgarse a sí mismo, debe arrepentirse, debe ser limpiado por gracia; es decir, que se le trata
como a un hombre vivo. Aquí el hombre está sin ningún movimiento de vida espiritual: Dios lo hace todo; Él da vida y resucita.
Es una nueva creación.
Si los Judíos tenían privilegios externos, si ellos no estaban en un sentido directo bajo
el gobierno del príncipe de este mundo (como era el caso de las naciones que se sumergieron en la idolatría, y se hundieron
en toda la degradación de ese sistema en el que el hombre se revolcaba, en la lascivia en la que los demonios se deleitaban
en sumirlo burlándose así de su sabiduría); si los Judíos no estaban, como los Gentiles, bajo el gobierno de demonios, no
obstante en su naturaleza ellos eran conducidos por los mismos deseos que aquellos por los cuales los demonios influyeron
a los pobres paganos. Los Judíos llevaban la misma vida con respecto a los deseos de la carne; ellos eran hijos de ira, lo
mismo que los demás, pues esta es la condición de los hombres; son hijos de ira por naturaleza. En sus privilegios externos
los Israelitas eran el pueblo de Dios, por naturaleza eran hombres como los otros. Y observen aquí estas palabras, "por naturaleza".
El Espíritu no está hablando aquí de un juicio pronunciado de parte de Dios, ni de pecados cometidos, ni de Israel habiendo
fracasado en su relación con Dios por caer en la idolatría y rebelión, ni siquiera por haber rechazado al Mesías y así privados
a sí mismos de todo recurso - todo lo cual Israel había hecho. Él tampoco habla de un juicio pronunciado por Dios sobre la
manifestación del pecado. Ellos eran, como todos los otros hombres, por naturaleza hijos de ira. Esta ira fue la consecuencia
natural del estado en el cual ellos estaban.[6]
[6] La fe, cuando es enseñada por la Palabra,
siempre regresa a esto: el juicio se refiere a actos hechos en el cuerpo. Pero nosotros estábamos muertos en pecados - sin
ningún movimiento vital hacia Dios. Nosotros no venimos a juicio (Juan 5), sino que hemos pasado de muerte a vida.
El hombre tal como era, Judío o Gentil, y la ira, iban naturalmente juntos, así como hay
un vínculo natural entre el bien y la justicia. Ahora Dios, aunque en juicio al tomar conocimiento de todo lo que es contrario
a Su voluntad y gloria, está sobre todo aquello en Su propia naturaleza. A aquellos quiénes son dignos de ira Él puede ser
rico en misericordia, porque Él lo es en Sí Mismo. El apóstol por lo tanto Lo presenta aquí como actuando según Su propia
naturaleza hacia los objetos de Su gracia. Estábamos muertos dice el apóstol - muertos en nuestros delitos y pecados. Dios
viene, en Su amor, a librarnos por Su poder - "Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó". No había
nada bueno obrando en nosotros: estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. El movimiento vino de Él, ¡alabado sea Su
nombre! Él nos ha dado vida; no sólo eso - Él nos ha dado vida juntamente con Cristo. Él no había dicho en una manera directa,
que se le había dado vida a Cristo, aunque esto pueda ser dicho, donde se habla el poder del Espíritu en Él mismo. Sin embargo,
Él fue resucitado de entre los muertos; y, cuando se habla de nosotros, se nos dice que toda la energía por medio de la cual
Él salió de la muerte es empleada también para nuestra vivificación; y no solamente eso, estamos asociados con Él incluso
al ser vivificados. Él sale de la muerte - nosotros salimos con Él. Dios nos ha impartido esta vida. Es Su gracia pura, y
una gracia que nos ha salvado, que nos encontró muertos en pecados y nos ha sacado de la muerte así como Cristo salió de ella,
y por el mismo poder, y nos sacó con Él por el poder de vida en la resurrección - con Cristo,[7] para ponernos en la luz y
en el favor de Dios, como una nueva creación, así como Cristo está allí. Judíos y Gentiles se hallan juntos en la misma nueva
posición en Cristo. La resurrección ha puesto fin a todas esas distinciones; no tienen lugar en un Cristo resucitado. Dios
le dado vida tanto al uno como al otro con Cristo.
[7] Aquí hay una creación totalmente nueva,
y el nuevo estado es contemplado sencillamente en sí mismo. Estábamos muertos para Dios en nuestro viejo estado. Aquí no se
contempla al hombre como viviendo en pecados y siendo responsable, sino que totalmente muerto en ellos y creado de nuevo:
por eso, en esta parte de la epístola, no tenemos el perdón, ni la justificación.
El hombre no es contemplado como un hombre vivo y responsable. En Colosenses nosotros somos resucitados con Cristo, pero "perdonándoos
todos los pecados", los cuales Cristo había llevado descendiendo a la muerte. Aquí tampoco tenemos al viejo hombre, y la muerte
aplicada a él, aunque ambos, el andar y el viejo hombre, son reconocidos como hechos, aunque no en relación con la resurrección.
En Colosenses tenemos que, aun cuando se habla de "muertos en pecados", se añade "y en la incircuncisión de vuestra carne"
(Colosenses 2:13), porque es muerte para con Dios. La epístola a los Romanos considera al hombre responsable en el mundo;
por esta razón ustedes tienen la plena justificación, muerto al pecado y no la resurrección con Cristo. El hombre es un hombre
vivo aquí, aunque justificado, y vivo en Cristo.
Ahora bien, habiendo Cristo hecho esto, Judíos y Gentiles, sin las diferencias que la muerte
había abolido, se encuentran juntos en el Cristo resucitado y ascendido, sentados juntos en Él en una nueva condición común
a ambos - una condición descrita por la del propio Cristo.[8] Pobres pecadores de entre los Gentiles y de entre los desobedientes
y contradictores Judíos, son traídos a la posición donde Cristo está, por el poder que le levanto de la muerte y le sentó
a la diestra de Dios,[9] para mostrar en las edades venideras las inmensas riquezas de la gracia que lo había realizado. Una
María Magdalena, un ladrón crucificado, compañeros en la gloria con el hijo de Dios, todos los que creemos, testificaremos
de esto. Es por gracia que somos salvos. Ahora no estamos todavía en la gloria: es por medio de la fe. ¿Podría alguno decir
que por lo menos la fe es del hombre?. No,[10] esta no es nuestra tampoco en este aspecto, pues todo es don de Dios y no por
obras, para que nadie se gloríe, porque somos hechura Suya.
[8] Esto no es meramente vida comunicada
(la que tuvimos en Romanos), sino que un lugar y una posición totalmente nuevos que hemos tomado, una vida teniendo el carácter
de resurrección desde un estado de muerte en pecados. Y aquí no se nos ve como vivificados por Cristo, sino que vivificados
con Él. Él es el hombre resucitado y glorificado.
[9] En Colosenses los santos se ven solamente
resucitados con Cristo, con una esperanza guardada para ellos en el cielo, y son llamados a poner la mira en las cosas de
arriba, donde están escondidos Cristo y la vida de ellos con Él. Además, su resurrección con Cristo es sólo de carácter administrativo
para este mundo en el bautismo, en relación con la fe en el poder que levantó a Cristo. No tenemos la unión de Judíos y Gentiles
en Él como resucitados y en lugares celestiales. En realidad en Colosenses, solamente los Gentiles están en los pensamientos
del apóstol.
[10] Estoy bastante consciente de lo que
los críticos dicen aquí con respecto al género, pero esto es igualmente cierto con respecto a la gracia, y al decir "por gracia.
. . y esto no de vosotros", es simplemente un absurdo; pero 'por medio de la fe' puede suponerse que es de nosotros mismos,
aunque no se puede suponer lo mismo de la gracia. Por lo tanto, el Espíritu de Dios agrega, "y esto no de vosotros, pues es
don de Dios." Es decir, el creer es don de Dios, no de nosotros mismos. Y esto
es confirmado por lo que sigue: "No por obras." Pero el objeto del apóstol es mostrarnos que todo era por gracia y una nueva
creación - hechura de Dios - de Dios. Hasta aquí van juntos la gracia, la fe y todo.
¡De qué manera poderosa el Espíritu pone a Dios mismo adelante, como la fuente y realizador
de todo, y el único! Es una creación, pero, como obra de Él, es de un resultado
que está de acuerdo con Su propio carácter. Ahora, esto se hace en nosotros. Él toma a pobres pecadores para mostrar Su gloria
en ellos. Si es la operación de Dios, con toda certeza será para obras buenas: Él nos ha creado en Cristo para ellas. Y observen
aquí que si Dios nos ha creado para buenas obras, estas deben ser caracterizadas en su naturaleza por Aquel que las ha obrado
en nosotros, creándonos según Sus propios pensamientos. No es el hombre quien procura acercarse a Dios, o satisfacerlo a Él
por hacer obras que le agradan según la ley - la medida de lo que el hombre debe ser; es Dios quien nos toma en nuestros pecados,
cuando no hay ni un movimiento moral en nuestros corazones ("no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios"), y nos crea
de nuevo para obras de acuerdo con esta nueva creación. Es completamente una nueva posición en la que somos puestos, según
esta nueva creación de Dios - un nuevo carácter que se nos confiere según la predeterminación de Dios. Las obras también son
predeterminadas según el carácter con el que nos revestimos por medio de esta nueva creación. Todo es absolutamente según
la mente de Dios mismo. No es el deber según la creación antigua.[11] En la nueva creación todo es el fruto de los propios
pensamientos de Dios. La ley desaparece respecto a nosotros incluso con respecto a sus obras; junto con la naturaleza a la
que ella se aplicó. El hombre obediente a la ley era hombre como debía ser según el primer Adán; el hombre en Cristo debe
caminar según la vida celestial del segundo Adán, y andar digno de Él como Cabeza de una nueva creación, siendo resucitado
con Él, y siendo el fruto de la nueva creación - digna de Él, quien lo ha formado precisamente para esto. (2a. Corintios 5:
5).
[11] No es que Dios no reconoce las relaciones
que Él había formado originalmente - Él lo hace plenamente cuando estamos en ellas; pero la medida de la nueva creación es
otra cosa.
Por lo tanto, al gozar los Gentiles de este privilegio inefable - aunque el apóstol no
reconoce al Judaísmo como una circuncisión verdadera - ellos debían recordar de dónde habían sido sacados; sin Dios y sin
esperanza como ellos estaban en el mundo, ajenos a todas las promesas. Sin embargo, por lejos que hubieran estado, ahora fueron
hechos cercanos por Su sangre. Él había derribado la pared intermedia, habiendo abolido la ley de los mandamientos por la
que el Judío, que era distinguido por estas ordenanzas, estaba separado de los
Gentiles. Estas ordenanzas tenían su esfera de acción en la carne. Pero Cristo (como viviendo en relación con todo esto),
estando muerto, ha abolido la enemistad para formar en Sí mismo de ambos - Judío o Gentil - un nuevo hombre; los Gentiles
hechos cercanos por la sangre de Cristo, y la pared intermedia de separación derribada, para reconciliar con Dios a ambos
en un solo cuerpo; no solamente habiendo hecho la paz por la cruz, sino habiendo destruido - por la gracia que era común a
ambos, y que ninguno podría reclamar más que el otro, puesto que era por el pecado - la enemistad que existía hasta entonces,
entre el Judío privilegiado y el Gentil idólatra alejado de Dios, aboliendo en Su carne la enemistad, la ley de los mandamientos
expresados en ordenanzas.
Habiendo hecho la paz, Él la anunció con este objetivo al uno y al otro, al que estaba
lejos y al que estaba cerca. Porque por Cristo todos nosotros - ya sea Judíos
o Gentiles - tenemos entrada por un solo Espíritu al Padre. No es el Jehová de los Judíos (cuyo nombre no fue invocado sobre
los Gentiles); sino que es el Padre de los Cristianos, de los redimidos por Jesucristo, que son adoptados para formar parte
de la familia de Dios. Así, aunque uno sea Gentil, ya no es un extranjero ni advenedizo; uno tiene ciudadanía cristiana y
celestial; de la verdadera familia de Dios mismo. Así es la gracia. Con respecto a este mundo celestial, siendo así incorporados
en Cristo, esta es nuestra posición. Todos, Judío o Gentil, así reunidos en un cuerpo, constituyen la asamblea en la tierra.
Los apóstoles y los profetas (del Nuevo Testamento) forman el fundamento del edificio, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo. En Él, todo el edificio va creciendo para ser un templo, teniendo los Gentiles su lugar, y formando con
los otros la morada de Dios en la tierra, quien está presente por Su Espíritu. Primeramente, él mira la obra progresiva que
estaba siendo edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, la totalidad de la asamblea según la mente de Dios;
y, en segundo lugar, él mira la unión que existía entre los Efesios y otros creyentes Gentiles y los Judíos, como formando
la casa de Dios en la tierra en ese momento. Dios mora en ella por el Espíritu Santo.[12]
[12] Es extremadamente importante en estos
días ver la diferencia entre esta edificación progresiva, nunca completa hasta que todos los creyentes que han de formar el
cuerpo de Cristo sean reunidos, y el templo actual de Dios sobre la tierra. En el primero, Cristo es el constructor. Él la
lleva adelante sin fracaso, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Esto no está completo aún, ni contemplado
como un todo hasta que esté terminado. De ahí que nosotros nunca encontramos en las Epístolas un edificador en este caso:
en Pedro: "allegándoos a él, como a piedra viva, . . .vosotros también, como piedras vivas sois edificados. . ."(1 Pedro 2:5
- Versión Moderna - H.B.Pratt); de igual modo aquí, en Efesios, crece para ser un templo santo en el Señor. Pero, además de
esto, el actual cuerpo profesante manifestado es considerado como un todo en la tierra; y el hombre es visto como edificador.
"Vosotros sois. . .edificio de Dios"(1a. Corintios 3). "Yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima;
pero cada uno mire como sobreedifica." La responsabilidad del hombre entra, y la obra es sujeta a juicio. Es el atribuir a
esto los privilegios del cuerpo, y de aquello que Cristo edifica, lo que ha producido el catolicismo y todo lo que es semejante.
La cosa corrupta que caerá bajo juicio está falsamente vestida con la seguridad de la obra de Cristo. Aquí en Efesios 2 no
solamente encontramos la obra construida en forma progresiva y segura, sino el edificio actual como un hecho en la bendición
de este, sin referencia a la responsabilidad humana de edificar.
El capítulo 1 había puesto ante nosotros los consejos y propósitos de Dios; comenzando
con la relación de los hijos y el Padre, y, cuando se menciona la operación de Dios, la asamblea como el cuerpo de Cristo
unida a Él, quien es Cabeza sobre todas las cosas. El capítulo 2, tratándose de la obra que llama afuera a la asamblea, que
la crea aquí abajo por la gracia, pone ante nosotros a esta asamblea por una parte, creciendo para ser un templo santo, y
luego como la morada actual de Dios aquí abajo por el Espíritu.[13]
[13] Es verdad que el capítulo 2 habla del cuerpo (v. 16); pero la introducción de la casa
es un elemento nuevo y requiere algún desarrollo. Aunque la obra que se lleva a cabo en la creación de los miembros que han
de componer el cuerpo es totalmente de Dios, ella se realiza en la tierra. Los consejos de Dios tienen en vista en primer
lugar a individuos, para ponerlos cerca de Sí mismo, tal como Él querría tenerlos; entonces, habiendo enaltecido a Cristo
sobre todo nombre que se nombra, ahora o de aquí en adelante, le otorga a Él ser cabeza del cuerpo, formado por individuos
unidos a Cristo en el cielo sobre todas las cosas. Ellos serán perfectos según su Cabeza. Pero la obra sobre la tierra, si
reúne a los recién nacidos, los reúne en la tierra. Lo que ahora responde aquí abajo a la presencia de Cristo en el cielo
es la presencia del Espíritu Santo en la tierra. El creyente individual es, desde luego, el templo de Dios, pero en este capítulo,
de lo que se habla es del cuerpo completo de Cristianos formado en la tierra; ellos llegan a ser la casa, la morada, de Dios
en la tierra. Verdad maravillosa y solemne. Inmenso privilegio y fuente de bendición;
pero igualmente gran responsabilidad. Se observará que, hablando del cuerpo de Cristo, hablamos del fruto del propósito eterno
de Dios y de Su propia operación; y, aunque El Espíritu puede aplicar este nombre a la asamblea de Dios en la tierra, considerada
como estando compuesta por verdaderos miembros de Cristo, no obstante, el cuerpo de Cristo, así como es formado por el poder
vivificante de Dios según Su propósito eterno, está compuesto de personas unidas a la Cabeza como miembros verdaderos. La
casa de Dios, tal como está establecida ahora en la tierra, es el fruto de una obra de Dios, encomendada aquí a hombres, no
es el objeto apropiado de Sus consejos (aunque la ciudad en Apocalipsis responde en alguna medida a ella). Entre tanto sea
la obra de Dios, es evidente que esta casa está compuesta por aquellos que son llamados verdaderamente por Dios, y Dios la
estableció así, y como es mencionada aquí (comparen con Hechos 2: 47). Pero no debemos confundir el resultado práctico de
esta obra, realizado en manos de hombres, y bajo su responsabilidad (1a. Corintios 3), con el objeto de los consejos de Dios.
Nadie puede ser un miembro verdadero de Cristo, ni ser una piedra verdadera en la casa, sin estar realmente unido a la Cabeza;
pero la casa puede ser la morada de Dios, aunque aquella que no es una piedra verdadera pueda entrar en su construcción. Pero
es imposible que uno que no haya nacido de Dios pueda ser miembro del cuerpo de Cristo. Vean la nota anterior.
Capítulo 3
Todo el capítulo 3 es un paréntesis que devela el misterio; y que presenta simultáneamente,
en la oración que lo concluye, el segundo carácter de Dios que se nos presentó al principio de la Epístola, esto es, el del
Padre de nuestro Señor Jesucristo; y esta es la manera en que es presentado aquí. El capítulo 1 entrega los consejos de Dios
tal como ellos son en sí mismos, agregando Su obra de resucitar a Cristo y sentándole por sobre todas las cosas en lo alto
al fin. El capítulo 2, Su obra al vivificar a otros con Él y formar la asamblea entera de aquellos que son resucitados en
Cristo, tomados por la gracia de entre Judíos y Gentiles; estos son los pensamientos y la obra de Dios. El capítulo 3 es la
administración de Pablo de ello; habla especialmente del hecho de hacer entrar a los Gentiles sobre la misma base de los Judíos.
Este era la parte enteramente nueva de los caminos de Dios.
Pablo era un prisionero por haber predicado el evangelio a los Gentiles - una circunstancia
que sacó a relucir muy claramente su particular ministerio. Esta forma de ministerio, en lo principal, está presentada así
en Colosenses 1. Sólo que en esta última Epístola todo el asunto es tratado más brevemente, y el carácter y principio esencial
del misterio según su lugar en los consejos de Dios es menos explicado, es contemplado sólo en un lado especial de ello, lo
conveniente al propósito de la Epístola, es decir, Cristo y los Gentiles. Aquí el apóstol nos asegura que él lo había recibido
por una revelación especial, como ya les había enseñado en palabras que, aunque pocas, eran convenientes para dar una comprensión
clara de su conocimiento del misterio de Cristo - un misterio que en otras generaciones no se dio a conocer, pero que era
revelado ahora por el Espíritu a los apóstoles y profetas. Se observará aquí que los profetas son, en forma muy evidente,
los del Nuevo Testamento, puesto que las comunicaciones hechas a ellos se ponen en contraste con el grado de luz otorgada
a generaciones anteriores. Ahora, el misterio había estado oculto por todos los tiempos anteriores; y de hecho fue necesario
que fuese así; porque haber puesto a los Gentiles sobre la misma base de los Judíos habrían sido demoler el Judaísmo, tal
como Dios mismo lo había establecido. En ello Él había levantado cuidadosamente una pared intermedia de separación. El deber
del Judío era respetar esta separación; el Judío pecaba si no la observaba estrictamente. El misterio la desechó. Los profetas
del Antiguo Testamento, y Moisés mismo, habían mostrado realmente que los Gentiles se regocijarían un día con el pueblo: pero
el pueblo permanecía como un pueblo separado. Que ellos iban a ser coherederos, y del mismo cuerpo, habiéndose perdido toda
distinción, había estado, en verdad, enteramente escondido en Dios (parte de Su propósito eterno antes de que el mundo fuese),
pero no había formado parte de la historia del mundo, ni de los caminos de Dios con respeto a ello, ni de las promesas reveladas
de Dios.
Es un maravilloso propósito de Dios el cual, uniendo a los redimidos a Cristo en el cielo
como un cuerpo a su cabeza, les dio un lugar en el cielo. Porque, aunque estamos viajando en la tierra, y aunque somos la
morada de Dios por el Espíritu en la tierra, con todo, en la mente de Dios nuestro
lugar está en el cielo.
En el siglo venidero, los Gentiles serán bendecidos; pero Israel será un pueblo especial
y separado.
En la asamblea, toda distinción terrestre se pierde; todos nosotros somos uno en Cristo,
resucitados con Él.
El evangelio del apóstol fue dirigido de esta forma a los Gentiles, para anunciar así las
buenas nuevas a ellos según el don de Dios, que había sido otorgado a Pablo por la operación de Su poder, para proclamar a
ellos no meramente a un Mesías según las promesas hechas a los padres, un Cristo Judío, sino un Cristo cuyas riquezas eran
inescrutables. Nadie podría descubrir hasta el fin, y en todo su desarrollo en Él, la realización de los consejos, y la revelación
de la naturaleza de Dios. Estas son las riquezas incomprensibles de un Cristo en quien Dios se da a conocer a Sí mismo, y
en quien todos los pensamientos de Dios se realizan y son mostrados. Estos propósitos de Dios con respecto a un Cristo, la
Cabeza de Su cuerpo la asamblea, Cabeza sobre todas las cosas en el cielo y la tierra, Cristo, Dios manifestado en la carne,
estaban siendo ahora dadas a conocer y se estaban cumpliendo, hasta el punto de reunir a los coherederos en un solo cuerpo.
Saulo, el enemigo inveterado de Jesús proclamado como el Mesías, incluso así proclamado por el Espíritu Santo desde el cielo
- por lo tanto, el peor de todos los hombres - llega a ser Pablo por la gracia, el instrumento y testigo de aquella gracia
para anunciar estas riquezas incomprensibles a los Gentiles. Esta era su función apostólica con respecto a los Gentiles. Había
otra misión - aclarar a todos con respecto a este misterio, que, desde el principio del mundo, había estado escondido en Dios.
Esto responde a las dos partes del ministerio del apóstol señaladas en Colosenses 1: 23-25: así como el versículo 27 en aquel
capítulo corresponde con el versículo 17 aquí. Dios, quien creó todas las cosas, tenía este pensamiento, este propósito, antes
de la creación, para que, cuando Él sometiera toda la creación a Su Hijo que llegó a ser un hombre y glorificado, ese Hijo
debiera tener compañeros en Su gloria, que deberían ser como Él mismo, miembros de Su cuerpo espiritual, viviendo de Su vida.
Él hizo conocer a los Gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, que les dieron una
porción en los consejos de Dios en la gracia. Él aclaró a todos, no precisamente con respecto al misterio, sino a la administración
[14] del misterio; es decir, no solamente el consejo de Dios, sino el cumplimiento en el tiempo de ese consejo al traer a
la asamblea unida bajo Cristo, su cabeza. Él, quién había creado todas las cosas, como la esfera del desarrollo de Su gloria,
había guardado este secreto en Su propia posesión, para que la administración del misterio, ahora dado a conocer por el establecimiento
de la asamblea en la tierra, debiera ser en su tiempo el medio de hacer conocido a los más enaltecidos de los seres creados,
la múltiple y multiforme sabiduría de Dios. Estos principados y potestades en los lugares celestiales habían visto a la creación
surgir y expandirse delante de sus ojos; habían visto el gobierno de Dios, Su providencia, Su juicio; Su tierna intervención
en la tierra en Cristo. Aquí había un tipo de sabiduría enteramente nueva; una cosa fuera del mundo, hasta ahora encerrada
en los pensamientos de Dios, escondida en Él mismo de tal modo que no hubo ninguna promesa o profecía de ella, sino que el
objeto especial de Su eterno propósito; relacionado en una manera peculiar con Aquel que es el centro y la plenitud del misterio
de piedad; que tuvo su lugar propio en la unión con Él; que, aunque fue manifestada en la tierra y establecida con Cristo
a la cabeza de la creación, no formó parte de ella. Era una nueva parte de ella. Era una nueva creación, una manifestación
distinta de la sabiduría de Dios; una parte de Sus pensamientos que hasta entonces habían estado reservada en el secreto de
Sus consejos; la administración real de la cual, en la tierra y en su tiempo por medio de la obra del apóstol, dio a conocer
la sabiduría de Dios según Su claro propósito, según Su propósito eterno en Cristo Jesús. "En quien," agrega el apóstol, "tenemos
seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él": y es de acuerdo con esta relación que nosotros lo hacemos.
[14] Me parece que esta es la palabra correcta,
y no "la dispensación."
Por lo tanto, estos creyentes Gentiles no debían estar desanimados en cuanto al encarcelamiento
de aquel que les había proclamado este misterio; porque esto eran la prueba y el fruto de la posición gloriosa que Dios les
había otorgado, y de la cual los Judíos estaban celosos.
Esta revelación de los caminos de Dios no nos presenta a Cristo, como lo hizo el primer
capítulo, como hombre resucitado por Dios de la muerte, para que nosotros también podamos ser resucitados para tener parte
con Él, y que la administración de los consejos de Dios deben así ser realizados. Lo presenta como el centro de todos los
caminos de Dios, el Hijo del Padre, el Heredero de todas las cosas como el Hijo Creador, y el centro de los consejos de Dios.
Es al Padre de nuestro Señor Jesucristo a quien el propio apóstol se dirige ahora; así como en el capítulo 1 era al Dios de
nuestro Señor Jesucristo. Toda familia (no "toda la familia") se pone a sí misma bajo este nombre de Padre de nuestro Señor
Jesucristo. Bajo el nombre de Jehová únicamente estaban los Judios. "A vosotros solamente he conocido de todas las familias
de la tierra," había dicho Jehová a los Judíos en Amos, "por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades" (Amos 3:2);
pero bajo el nombre de Padre de Jesucristo todas las familias - la asamblea, los ángeles, los Judíos, los Gentiles, todas
- toman nombre. Todos los caminos de Dios en lo que Él había arreglado para Su gloria estaban dispuestos en forma conjunta
bajo este nombre, y estaban en relación con ello; y lo que el apóstol pidió para los santos a quienes él se dirigió fue, que
ellos pudieran ser capaces de comprender el significado completo de estos consejos, y el amor de Cristo que formaba el centro
asegurado para sus corazones.
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