Contenido
Sección
1 Introducción
2 Las Consolaciones del Piadoso en un Día de Ruina
3 La senda del Piadoso en un Día de Ruina
4 Los Recursos del Piadoso en los Postreros Días
5 El Servicio de Dios en un Día de Ruina
1. Introducción
La Primera Epístola a Timoteo
presenta a la iglesia de Dios como la casa de Dios y prescribe su orden divino según la mente de Dios. Reconoce que había,
incluso entonces, individuos que se habían apartado a vana palabrería, deseando ser doctores de la ley, y que había algunos
que habían naufragado en cuanto a la fe. Se dan, también, advertencias de que en los postreros tiempos algunos apostatarán
de la fe. No obstante, la masa de los Cristianos es vista como deseando responder a sus responsabilidades manteniendo el orden
de la casa de Dios, y el gran propósito del Espíritu en la Epístola es dar instrucciones en cuanto a ese orden y a la conducta
consistente con él en todos los detalles de su administración en la tierra.
En la Segunda Epístola a Timoteo todo cambia.
La iglesia, como casa de Dios, ya no es vista como mantenida en el orden según Dios, sino como habiendo caído en desorden
por efecto del fracaso del hombre. En vista de este fracaso y desorden el apóstol Pablo escribe a Timoteo para estimularle,
instruirle y exhortarle en un día de ruina y, además, advertirle que el mal continuaría y aumentaría durante todo el transcurso
de la dispensación, manifestándose en sus peores formas en los postreros días.
Así, en el curso de la Epístola, aprendemos
que ya en la época del apóstol el evangelio estaba en aflicción, el predicador a los Gentiles estaba en prisión, y los santos
habían abandonado a uno que les había dado a conocer la verdad plena del Cristianismo (2 Timoteo 1). Falsos maestros se estaban
levantando en la profesión Cristiana quienes, mediante profanas y vanas palabrerías, estaban enseñando errores que conducirían
a la impiedad, de tal manera que, como resultado, la casa de Dios vendría a ser como una casa grande en la que hay utensilios
para usos honrosos asociados con utensilios para usos viles (2 Timoteo 2). Además, si tal era la condición que tenía su comienzo
en aquel día, una condición peor seguiría. En los postreros días vendrían tiempos peligrosos cuando la masa de Cristianos
profesantes estaría caracterizada por la apariencia de piedad sin su eficacia (N. del T.: "teniendo la
forma de la piedad, mas negando el poder de ella" - 2 Timoteo 3:5 - Versión Moderna).
En una condición semejante los malos hombres irían de mal en peor hasta que finalmente la profesión Cristiana no soportaría
la sana doctrina. De este modo, en la Primera Epístola la masa es contemplada aún como fiel, aunque los individuos pudiesen
fracasar: en la Segunda Epístola la masa ha fracasado, y solamente los individuos permanecen fieles a su profesión (2 Timoteo
3 y 2 Timoteo 4).
Además. la Epístola muestra que en el momento
cuando la tormenta de mal estaba surgiendo, el mismo que tan a menudo derrotó al enemigo y condujo a los santos, estaba a
punto de ser quitado. De este modo podría parecer que el apóstol iba a ser quitado en el momento mismo cuando su presencia
se necesitaba más.
Sin embargo, esta combinación de circunstancias
- la tormenta naciente de mal y la remoción de uno tan apropiado para enfrentarla - es usada por el Espíritu de Dios para
demostrar a los fieles en todo el transcurso del período Cristiano que, aparte de toda acción humana, Dios es suficiente para
cada emergencia que ellos puedan ser llamados a enfrentar.
Aunque estaba a punto de partir, y esperando
con confianza la corona de justicia en el día del Señor, el apóstol no podía más que sentir profundamente el fracaso de aquello
que, conforme a Dios, él había sido utilizado para establecer en la tierra. Todo este dolor de corazón él lo vierte en los
oídos de sus amados hijos en la fe. Este desahogo del corazón del apóstol a Timoteo es usado por el Espíritu de Dios por una
parte, para advertir anticipadamente a los creyentes del carácter progresivo de la corrupción de la Cristiandad a través del
transcurso de toda la dispensación y, por otra parte, para presentarnos la grandeza
de nuestros recursos en Dios, en Cristo y en las Escrituras, para que podamos sostenernos en medio del mal y andar conforme
a la mente de Dios en tiempos peligrosos.
La enseñanza de la Epístola es presentada
en el orden siguiente:
1. En primer lugar, en 2 Timoteo 1, las consolaciones permanentes del piadoso en el día de ruina;
2. En segundo lugar, en 2 Timoteo 2, la senda del piadoso en un día de ruina;
3. En tercer lugar, en 2 Timoteo 3, los recursos del piadoso en los días postreros;
4. En cuarto lugar, en 2 Timoteo 4, las instrucciones especiales para el servicio a Dios en el día cuando la masa de
la profesión Cristiana ya no soportará la sana doctrina.
2. LAS CONSOLACIONES DEL PIADOSO EN EL
DÍA DE RUINA
Capítulo 1
El Espíritu de Dios está a punto de presentarnos
la ruina de la Casa de Dios y el fracaso creciente de la profesión Cristiana a través de todo el transcurso de la dispensación
con su culminación del mal en los días postreros. Semejante terrible retrato del colapso de la Cristiandad bien puede espantar
al corazón más resuelto. Por consiguiente, antes de describir la ruina, el Apóstol busca establecer nuestras almas y fortalecer
nuestra confianza en Dios antes de presentarnos nuestros recursos de ayuda en Dios. Por lo tanto, en este primer capítulo,
pasan allí ante nosotros, la vida que es en Cristo Jesús (1); las cosas que Dios nos ha dado (6, 7); el testimonio de nuestro
Señor (8); la salvación y el llamamiento de Dios (9, 10); el día de gloria, mencionado como "aquel día" (12, 18); y las sanas
palabras de verdad que ningún error pueden afectar (13).
(V. 1). Pablo comienza la Epístola presentando
sus credenciales. Él escribe con toda autoridad como "apóstol de Jesucristo." Es bueno para nosotros, entonces, leer la Epístola
como trayéndonos un mensaje de Jesucristo por medio de Su enviado. El apostolado de Pablo no es por ordenación o voluntad
de hombre, sino "por la voluntad de Dios." Además, Pablo fue enviado por Jesucristo para servir en este mundo de muerte teniendo
en cuenta el cumplimiento de la promesa de la vida, la vida que es contemplada en toda su plenitud en Cristo Jesús en gloria.
Como sucede a menudo con el Apóstol Pablo, "la vida" es contemplada en su plenitud en gloria, y, en este sentido, puede ser
mencionada como una promesa. Ninguna ruina de la Iglesia puede tocar esta vida que es en Cristo Jesús y que pertenece a todo
creyente.
(Vv. 2-5). El Apóstol puede dirigirse a Timoteo
como su "amado hijo." Qué consuelo es que en un día de ruina existan aquellos a quienes podemos expresar nuestro afecto sin
reservas, y ante quienes, con toda confianza, podemos desahogar nuestros corazones. Dos características principales en Timoteo
motivaron el amor y la confianza de Pablo. Primero, él se acordaba de sus lágrimas; en segundo lugar, él recordaba su fe no
fingida. Las lágrimas de Timoteo demostraban que él era un hombre de una profundidad y de un afecto espiritual que sentía
la condición baja y quebrantada de la profesión Cristiana: su fe no fingida demostraba que él podía elevarse por sobre todo
el mal en obediencia a, y con confianza en, Dios.
De hecho Timoteo puede haber sido de una
naturaleza tímida y en peligro de haberse angustiado por el mal que estaba entrando en la Iglesia; como él se caracterizaba
por lágrimas y fe, el Apóstol fue estimulado a enseñarle y exhortarle sabiendo
que él tenía las cualidades que le capacitarían para responder a esta instancia. Y no es de otra forma hoy en día. Las enseñanzas
de esta conmovedora Epístola encontrarán poca respuesta a menos que haya lágrimas que hablen de un corazón tierno que puede
lamentarse sobre las desdichas del pueblo de Dios, y la fe que puede tomar el camino de separación de Dios en medio de la
ruina.
Pablo se complacía en recordar en sus oraciones
a este hombre de lágrimas y fe. Que alegría para todo santo que tenga el corazón quebrantado por la condición del pueblo de
Dios, saber que hay santos consagrados y fieles que le recuerdan en oración. La fidelidad en un día de deserción une a los
corazones en los lazos de amor divino.
(V. 6). "Por causa de lo cual, te amonesto
que avives el don de Dios que hay en ti, por medio de la imposición de mis manos." (Versión Moderna). Habiendo expresado su
amor para con Timoteo y su confianza en él, Pablo pasa a la exhortación, al estímulo y a la enseñanza. Primero, le exhorta
a avivar "el don de Dios" que le había sido impartido para el servicio del Señor. En su caso este había sido dado a través
del Apóstol. En presencia de dificultades, peligros e infidelidad general, cuando pareciera haber pocos resultados del ministerio,
existe el peligro de pensar que es casi inútil ejercitar el don. Por lo tanto, necesitamos la advertencia contra dejar caer
el don en desuso. Debemos avivarlo; y, en un día de ruina, debemos ser más insistentes en su uso. Poco tiempo después el Apóstol
puede decir, "que prediques la palabra, que instes a tiempo y fuera de tiempo" (4:2).
(V. 7). Habiendo hablado de dones que son
especiales para el individuo, el Apóstol pasa a recordarle a Timoteo el don que es común a todos los creyentes. Dios da a
algunos un don especial para el ministerio de la palabra, Él da a todo Su pueblo
el espíritu de poder, y de amor, y de dominio propio. Difícilmente podría parecer que la
referencia es al Espíritu Santo, aunque el don del Espíritu se implica. Es más bien el estado y el espíritu del creyente
que es el resultado de la obra del Espíritu Santo y, por consiguiente, participa del carácter del Espíritu, como el Señor
dijo, "lo que es nacido del Espíritu, espíritu es." (Juan 3:6). Timoteo puede haber sido tímido por naturaleza, y retraído
en cuanto a la disposición, pero el Espíritu Santo no produce espíritu de cobardía, sino de poder y de amor y de dominio propio.
En el hombre natural nosotros podemos hallar poder sin amor, o amor degenerándose en un mero sentimiento. Con el Cristiano,
bajo el control del Espíritu, el poder se combina con el amor, y el amor es expresado con dominio propio.
Así,
no obstante lo difícil del momento, el creyente está bien equipado con poder para hacer la voluntad de Dios, para expresar
el amor de Dios, y para ejercitar un juicio sobrio en medio de la ruina.
(V. 8). Habiéndonos recordado el espíritu
de santo denuedo que nos ha sido dado, el Apóstol puede decir de inmediato, "No te avergüences pues del testimonio de nuestro
Señor, ni de mí, preso suyo." (Versión Moderna). El testimonio de nuestro Señor es el testimonio de la gloria de Cristo establecido
como Hombre en poder supremo después de haber triunfado sobre todo el poder de Satanás. Pedro no se avergonzó del testimonio
de nuestro Señor, pues él testificó con denuedo, diciendo, "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este
Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo." (Hechos 2:36). Como alguien ha dicho, 'Después que
el diablo hubo conducido al hombre a llevar a cabo todo lo que pudo hacer contra Cristo, he aquí que, después de todo, Jesús
es coronado con gloria y honra. Ahora bien, ¡con toda seguridad eso es victoria!'
De modo que, en este día, cuando la ruina
ha entrado entre el pueblo de Dios, cuando el triunfo de Satanás es tal que Pablo está encarcelado, los santos le han abandonado
y el mal está aumentando, el Apóstol, aunque esté sintiendo profundamente todo esto, es sostenido a través de todo y elevado
por sobre todo ello por la comprensión de que el Señor Jesús está en el lugar supremo de poder sobre toda influencia de Satanás.
El Señor en gloria es su recurso. Por consiguiente él dice, "El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas" y, "El
Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial." (4: 17, 18).
Nosotros hablamos mucho, y debidamente, de
Cristo en Su senda terrenal, de Cristo en la cruz, y de Cristo regresando, pero cuán raramente hablamos de Cristo donde Él
está actualmente en la gloria de Dios, y con todo, este es el testimonio del Señor - el gran testimonio que se necesita
para el momento, el testimonio del cual se nos advierte que no nos avergoncemos.
No obstante la magnitud de la ruina, no obstante
el fracaso entre el pueblo de Dios, cualesquiera sean las dificultades que debemos enfrentar, no obstante el abandono de los
santos (1:15), la voluntad propia de aquellos que se oponen (2: 25, 26), o la maldad de los que puedan procurar causarnos mal (4:14), nuestro recurso infalible es que nos encontramos en el Señor Jesús
a la diestra de Dios. Mirándole a Él encontraremos, como el Apóstol, que seremos elevados por sobre todos los fracasos, ya
sea en nosotros o en los demás. ¡Lamentablemente! en nuestras dificultades podemos empeorar las cosas procurando corregirlas
en nuestra propia fuerza; mientras que si nos volviésemos al Señor hallaríamos, como Pablo, que el Señor está con nosotros
para fortalecernos y para librarnos de toda obra mala.
Cuán necesario es, entonces, que rindamos
un testimonio claro a la presente posición del Señor en el lugar de supremacía y poder como un Hombre en la gloria, en quien
está todo recurso para sostenernos en los días más oscuros.
Además, cuidémonos de avergonzarnos de aquellos
que, en un día de alejamiento, buscan con denuedo dar al Señor Su lugar; y estemos preparados para soportar el mal, si es
necesario, en el mantenimiento del evangelio, conociendo que podemos contar con el poder de Dios para sostenernos.
(Vv. 9, 10). Habiéndonos advertido de que
no nos avergoncemos del testimonio del Señor, ni de uno que testifica de Su lugar supremo como Señor y sufre oprobio a causa
de su testimonio, y habiéndonos estimulado a participar de las aflicciones del evangelio, el Apóstol procede a recordarnos
la grandeza de ese evangelio, que es poder de Dios para los que se salvan y para los llamados (1 Corintios 1: 18, 24). La
comprensión de la gloria del Señor y la grandeza del evangelio nos guardará de avergonzarnos del testimonio y nos prepara
para soportar aflicciones con el evangelio.
Queda claro a partir de estos versículos que los dos grandes temas del evangelio son la salvación y el llamamiento.
Por una parte el evangelio proclama la manera de ser salvo; por otra parte nos presenta el propósito de Dios para el cual
somos salvados. Nosotros somos propensos a limitar el evangelio al importante asunto de nuestra salvación; pero haciendo esto
perdemos la bendición mucho más profunda conectada con el propósito eterno de Dios, y de esta manera nos privamos de entrar
en el llamamiento celestial. Es claro que el primer gran objetivo del evangelio es nuestra salvación, y Dios no iba a dejar
al creyente en incertidumbre en cuanto a esta salvación, como leemos en esta Escritura, Él "nos salvó." El efecto bendito
de la muerte y resurrección del Señor Jesucristo es situar al creyente fuera del juicio que se merece a causa de sus pecados,
y librarle de la maldición de este mundo. Por lo cual leemos que Él "se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos
del presente siglo malo." (Gálatas 1:4). Aunque por ahora estamos, de hecho, en el mundo, nosotros no somos, al estar libres
de su poder e influencia, moralmente de él.
Esta es la primera parte del evangelio, y con esta parte la mayoría del pueblo de Dios procuraría estar satisfecha.
No obstante, el evangelio proclama bendiciones mucho mayores, pues nos habla del llamamiento de Dios. No sólo Dios nos ha
salvado, sino que leemos que Él nos "llamó con llamamiento santo." En este pasaje el llamamiento es mencionado como un "llamamiento
santo"; también se habla de él como de un "llamamiento celestial" (Hebreos 3:1), y de un "supremo llamamiento" (Filipenses
3:14). La salvación nos libra de nuestros pecados y del mundo condenado a juicio: el llamamiento nos une con el cielo y con
todas esas bendiciones espirituales que Dios ha determinado para nosotros en los lugares celestiales en Cristo. Por lo tanto,
las bendiciones del llamamiento de Dios son "no conforme a nuestras obras", ni a nuestros pensamientos, ni a nuestros méritos,
sino "según el propósito suyo y la gracia."
No se trata solamente de que todas nuestras
deudas han sido pagadas, y que hemos sido librados de la influencia y el poder de la escena en la cual incurrimos en las deudas,
sino que aprendemos para nuestra admiración que, conforme al propósito de Dios,
hay cosas preparadas para los que le aman que "ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre." (1 Corintios
2:9). En el llamamiento de Dios se nos revela el secreto de Su corazón mientras Él despliega ante nosotros una vasta perspectiva
de bendiciones celestiales, y nos asegura que toda esta bendición fue determinada para nosotros en Cristo antes de la fundación
del mundo. Aprendemos así que mucho antes de que nosotros hubiésemos pecado, o incurrido en una sola responsabilidad, Dios
tenía un propósito establecido para nuestra eterna bendición. Ningún mal que nosotros hayamos hecho, ningún fracaso en responsabilidad
en la Iglesia, pueden alterar el propósito de Dios, del mismo modo que ningún bien que podamos hacer puede conseguirlo.
Este propósito eterno ahora ha sido manifestado
por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio
del evangelio. Cristo al morir ha enfrentado, para el creyente, el juicio de muerte que permanecía sobre nosotros, y nos abrió
una nueva escena de vida e incorrupción. La muerte ya no puede evitar que el creyente entre en esta escena de vida y bendición
conforme al propósito de Dios. No se trata solamente de que el alma pase de muerte a vida, sino que el cuerpo se vestirá de
incorrupción. De este modo, por medio del evangelio, es traída a la luz una esfera de vida e incorruptibilidad que nunca más
podrá ser estropeada por la muerte o la corrupción. En el poder del Espíritu se puede disfrutar de esta nueva escena incluso
ahora.
(V. 11). Además, se nos ha dado a conocer
este evangelio en toda su plenitud por medio de un instrumento especialmente designado - uno que viene a nosotros como Apóstol
de Jesucristo a los Gentiles. Viene, por lo tanto, con la autoridad adecuada a través de un Apóstol que habla por revelación
e inspiración.
(V.12). Al mismo tiempo, fue a causa de su
fiel testimonio que Pablo tuvo que sufrir. No fue ninguna maldad lo que le llevó al sufrimiento y al oprobio. Su celo como
heraldo, su consagración como Apóstol enviado por Cristo, su fidelidad a la Iglesia como maestro, le permitió decir, "por causa de lo cual también padezco estas cosas." (V. 12 - Versión Moderna). La prisión fue sólo una de "estas
cosas" que este siervo fiel tuvo que padecer. Hubo otros sufrimientos sentidos de forma más penetrante por su sensible corazón,
pues "estas cosas" incluyeron el abandono de aquellos que él amaba que estaban en Asia y entre quienes había trabajado por
tanto tiempo. Además, también, él padeció por la oposición de profesantes que, como Alejandro, le causaron muchos males al
Apóstol (4:14). No obstante, viendo que estaba sufriendo por su fidelidad como siervo de Jesucristo, él puede decir, "no me
avergüenzo." Además, no solamente no se avergonzaba, sino que él no fue derribado, tampoco ninguna palabra de enojo resentido
escapó de sus labios a causa de la injusticia del mundo, y el abandono, ingratitud, e incluso oposición de parte de muchos
Cristianos. Él es elevado por sobre toda depresión, todo resentimiento y todo rencor, ya que está persuadido de que Cristo
puede guardar su depósito hasta aquel día. Cuando a Cristo "le ultrajaban, no respondía
ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia. (1 Pedro 2:23 - LBLA). En
el espíritu de su Maestro, Pablo, en presencia del padecimiento, del abandono y los insultos, encomienda todo en manos de
Cristo. Su honra, su reputación, su carácter, su defensa, su felicidad, todas estas cosas son encomendadas a Cristo sabiendo
que, aunque los santos puedan abandonarle, e incluso oponérsele, con todo, Cristo nunca le faltará. Él está persuadido de
que Cristo puede cuidar sus intereses, defender su honra y corregir todo mal en "aquel día".
En la luz de "aquel día" Pablo puede pasar
triunfalmente a través del "día de hoy" con todo sus insultos, burla y vergüenza. Podemos preguntarnos porqué se permitió
que el consagrado Apóstol fuera abandonado y recibiera oposición incluso de parte de los santos; pero nosotros no nos preguntaremos
en "aquel día" cuando todo lo malo será corregido, y cuando se hallará que toda la vergüenza y el padecimiento y el oprobio
resultarán en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. Los fieles en el día de hoy pueden realmente ser
una minoría pequeña e insignificante, como el Apóstol Pablo y los pocos que estaban asociados con él al final de su vida;
no obstante, en "aquel día" se hallará que fue mucho mejor haber estado con los pocos despreciados que con la mayoría infiel.
La vanidad de la carne gusta de ser popular
y darse importancia a sí misma, y hacerse prominente ante el mundo y los santos, pero en vista de aquel día, es mejor tomar
un lugar humilde no atrayendo la atención sobre uno mismo, que tomar un lugar público y hacerse notar, pues allí se hallará
que los primeros serán postreros; y los postreros, primeros.
De hecho, nosotros podemos padecer a causa
de nuestro propio fracaso, y esto debería humillarnos. Sin embargo, con el ejemplo del Apóstol ante nosotros, hacemos bien
en recordar que si hubiéramos andado en fidelidad absoluta, nosotros habríamos padecido aún más, pues siempre permanece como
una verdad que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán
persecución." (3:12 - Versión Moderna). Si somos fieles a la luz que Dios nos ha dado, y procuramos andar en separación de
todo aquello que es una negación de la verdad, nosotros hallaremos, en nuestra pequeña medida, que tendremos que enfrentar
persecución y oposición, y, en sus formas más dolorosas, de nuestros compañeros Cristianos. Y que bueno es para nosotros,
cuando viene la prueba, si podemos, como Pablo, encomendar todo al Señor, y esperar su vindicación en aquel día. Demasiado
a menudo nosotros somos iracundos e impacientes en la presencia de males, y procuramos corregirlos en el "día de hoy", en lugar de esperar "aquel día". Si, en la fe de nuestras
almas, la gloria de aquel día resplandece ante nosotros, en lugar de ser tentados a rebelarnos ante los insultos y males que
puedan ser permitidos, nosotros nos gozaremos y alegraremos porque, dice el Señor, "vuestro galardón es grande en los cielos."
(Mateo 5:12)
(Vv. 13, 14). Contemplando, entonces, que
este gran evangelio, con su salvación y su llamamiento, llega a Timoteo a través de una fuente inspirada, él es exhortado
a retener "el modelo de las sanas palabras" (1:13 - RVR1977) que había oído del Apóstol. Las verdades comunicadas a Timoteo
en "sanas palabras" tenían que ser sostenidas por él en una forma ordenada, o en un modelo, de modo que el pudiese declarar
clara y ciertamente lo que él sostenía. Teniendo este modelo, las verdades transmitidas por las "sanas palabras" serían contempladas
en relación correcta las unas con las otras. Para nosotros este modelo (o forma)
se encuentra en la Palabra escrita, y muy especialmente en las Epístolas de Pablo. Así, en la Epístola a los Romanos, hay
una presentación ordenada de las verdades concernientes a nuestra salvación, mientras sus otras Epístolas entregan un modelo
respecto a la iglesia, la venida del Señor y otras verdades. En la Cristiandad este modelo se ha perdido en gran parte mediante
el uso de textos aislados aparte de su contexto. Este modelo (o forma), presentado en la Escritura, debe ser guardado celosamente.
Hombres sinceros pueden intentar formular su creencia en confesiones religiosas, artículos de religión, y credos teológicos:
sin embargo, tales expedientes humanos, cualquiera sea el uso que puedan tener en su lugar, resultan siempre ser insuficientes
para alcanzar la verdad y no pueden tomar el lugar del modelo inspirado presentado
en la Escritura.
Por otra parte, este modelo de sanas palabras
recibidas del Apóstol, debe ser sostenido, no como un mero credo al cual podemos otorgar nuestro asentimiento, sino en fe
y amor en Cristo Jesús, la Persona viviente de quien la verdad habla. No es suficiente tener un modelo (o forma) de sanas
palabras. Si la verdad ha de ser efectiva en nuestras vidas, ella deber ser sostenida "en la fe y amor que es en Cristo Jesús."
La verdad que cuando es presentada por primera vez al alma es recibida con gozo, perderá su frescura a menos que sea mantenida
en comunión con el Señor. Además, si la verdad debe ser sostenida en comunión con Cristo, solamente puede ser en el poder
del Espíritu Santo. Por lo tanto, toda la extensión de la verdad contenida en el modelo (o forma) de las sanas palabras que
había sido dado a Timoteo, debía ser guardada por el Espíritu Santo que mora en nosotros.
(V. 15). La inmensa importancia de mantener
el modelo de la verdad en comunión con Cristo, mediante el poder del Espíritu, es enfatizada por el hecho solemne de que aquel
por medio del cual la verdad había sido revelada fue abandonado por el cuerpo principal de santos en Asia. Los mismos santos
a quienes habían sido revelados el llamamiento celestial y toda la extensión de la verdad Cristiana, se habían apartado de
Pablo. No se trata de que estos santos se habían apartado de Cristo, o que habían renunciado al evangelio de su salvación;
pero la verdad del llamamiento celestial revelada por el Apóstol no había sido sostenida en comunión con Cristo, y en el poder
del Espíritu. Por lo tanto, ellos no estaban preparados para estar asociados con él en el lugar exterior de rechazamiento
en este mundo que la verdad plena del Cristianismo implica.
Es evidente, entonces, que nosotros no podemos
confiar en los santos más iluminados para el mantenimiento de la verdad. Es solamente del modo que Cristo ordena los afectos
en el poder del Espíritu que nosotros guardaremos el buen depósito que nos ha sido encomendado.
(Vv. 16-18). La referencia a Onesíforo y
su casa es muy conmovedora. Demuestra que la indiferencia y el abandono de la mayoría no condujeron al Apóstol a pasar por
alto el amor y la amabilidad de un individuo y su familia. De hecho, el abandono de la mayoría hizo que el afecto de los pocos
fuese mucho más precioso. Cuando la gran mayoría afligía el corazón de Pablo, había por lo menos uno de quien él podía decir,
"muchas veces me confortó." Los demás podían avergonzarse de él, pero de este hermano él podía decir que "no se avergonzó
de mis cadenas." Cuando los demás le abandonaron aún había uno de quien él puede escribir, "me buscó solícitamente y me halló."
Cuando los demás no se ocupaban de él, Pablo puede reconocer con placer a este hermano que "tantos servicios" le prestó "en
Efeso." (V. 18 - Versión Moderna).
Cuán gratificante debe haber sido para el
corazón del Apóstol, en el día de su abandono, comprender la compasión y las consolaciones de Cristo hallando su expresión
a través de este hermano consagrado. Si Pablo no olvida esta expresión de amor en el día de su abandono, el Señor no la olvidará
en "aquel día" - el día de la gloria venidera.
3. La senda del Piadoso en un Día de
Ruina
Capítulo 2
El creyente, instruido en la mente de Dios,
no puede hacer menos que admitir que lo que es tenido por iglesia de Dios ante los hombres no tiene ningún parecido a la iglesia
de Dios presentada en la Escritura. Este grave alejamiento de la Palabra de Dios muestra claramente que la intención de Dios
para con la iglesia, durante su residencia temporal en un mundo del cual Cristo está ausente, ha sido arruinada en manos del
hombre. Pocos, de hecho, negarían que vivimos en un día de ruina. Es, sin embargo, de importancia primordial entender claramente
lo que nosotros queremos decir cuando hablamos de la ruina de la iglesia.
Debemos recordar que en la Escritura la iglesia
es contemplada en dos maneras. Por un lado, es presentada conforme al consejo de Dios; por otro lado, es vista en relación
con la responsabilidad del hombre. En el primer aspecto es presentada en la Escritura como fundamentada sobre Cristo el Hijo de Dios, compuesta de todos los creyentes verdaderos, y destinada a ser presentada
a Cristo como una iglesia gloriosa, sin que tenga mancha, ni arruga, ni cosa semejante. Como tal, es el resultado de la obra
de Cristo, y las puertas del infierno no pueden prevalecer contra ella. Ninguna ruina puede tocar la obra de Cristo, ni hacer
anular los consejos eternos de Dios para Cristo y la iglesia.
En el segundo aspecto, la iglesia es contemplada
como establecida en responsabilidad para testificar de Cristo durante el tiempo de Su ausencia, y para presentar la gracia
de Dios a un mundo necesitado. ¡Es lamentable! La iglesia ha fracasado completamente en llevar a cabo esta responsabilidad.
A través de la falta de dependencia en el Señor, de sumisión al Espíritu, y obediencia a la Palabra, el pueblo de Dios se
ha dividido y se ha dispersado; y la carencia de vigilancia ha terminado en una vasta profesión que incluye a creyentes e
incrédulos. Como resultado, aquello que pasa ante el mundo como iglesia, lejos de representar la gloria de Cristo, es 'una
negación de la naturaleza, el amor, la santidad, y los afectos de Cristo.' De esta manera, en la tierra, el testimonio de
la iglesia ha sido arruinado. El hecho de que tengamos que hablar de una iglesia profesante que es visible, y de una iglesia
espiritual compuesta de todos los verdaderos creyentes, sólo muestra cuán completa es la ruina.
Entonces, si hablamos de vivir en un día
de ruina, queremos dar a entender que nos ha tocado nuestra porción en un día cuando el testimonio rendido por la iglesia
a un Cristo ausente ha sido arruinado. En los discursos a las siete iglesias en el libro del Apocalipsis tenemos un perfil
profético de la historia de la iglesia en la tierra, vista como el testigo responsable para Cristo; en ellos tenemos el fracaso
progresivo de la iglesia en responsabilidad predicho con exactitud divina por el Señor mismo, comenzando con su alejamiento
del primer amor, y finalizando con una condición tan nauseabunda para Cristo que finalmente ella será vomitada de Su boca.
La Escritura, sin embargo, da luz adicional
con respecto a un día de ruina. En esta Segunda Epístola a Timoteo, no sólo tenemos la predicción de la ruina, sino que el
Espíritu Santo, por medio del Apóstol Pablo, da instrucciones muy definidas al piadoso acerca de cómo actuar cuando la ruina
ha entrado. No obstante lo oscuro del día, por grande que sea la ruina, el pueblo de Dios no es dejado sin la guía divina.
La misericordia de Dios ha marcado una senda para Su pueblo en un día de ruina. Nosotros podemos carecer de la fe en Dios
y de la consagración a Cristo que son necesarias para tomar la senda; a pesar de todo, ella está señalada en la Palabra de
Dios para la obediencia a la fe.
Así, llegamos a la conclusión de que dos
cosas son necesarias para tomar inteligentemente la senda de Dios en medio de
la ruina. Primero, es esencial que nosotros tengamos algún conocimiento de la doctrina de Pablo (la cual incluye la verdad
del evangelio así como la verdad de la iglesia); en segundo lugar, tiene que haber una correcta condición espiritual. Sin un cierto conocimiento de la iglesia, tal como es presentada en la Escritura,
sería imposible apreciar la extensión de la ruina; y sin una correcta condición espiritual, el creyente escasamente estará
preparado para tomar la senda que Dios ha señalado en medio de la ruina.
Pablo asume, evidentemente, que aquel a quien
él escribe conoce bien su doctrina. En los capítulos primero y segundo él se refiere a las cosas que Timoteo había oído de
él (2 Timoteo 1:13; 2 Timoteo 2:2); y en el tercer capítulo él dice, "Tú empero has conocido perfectamente mi enseñanza".
(2 Timoteo 3:10 - Versión Moderna). No hay, por lo tanto, ninguna revelación de la verdad de la iglesia en esta Segunda Epístola.
Tal verdad es presentada plenamente por el apóstol en las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses, en la Primera Epístola
a los Corintios y en la Primera Epístola a Timoteo.
La senda de Dios para nosotros en un día
de ruina, y la condición espiritual que se necesita para tomar la senda, son develadas en este segundo capítulo de la Segunda
Epístola a Timoteo. Si deseamos responder a los pensamientos de Dios en este día de fracaso, nosotros haremos bien en estudiar,
orando sin cesar, este importante pasaje. Las verdades de este capítulo pueden ser consideradas en el orden siguiente:
(a)
La condición espiritual necesaria para discernir y tomar la senda de Dios en medio del fracaso de la
Cristiandad (versículos 1-13);
(b)
Un breve bosquejo del curso del mal que ha conducido a la corrupción de la Cristiandad (versículos 14-18);
(c)
El recurso del piadoso y la senda de Dios para el individuo en medio de la ruina (versículos 19-22);
(d)
El espíritu en el cual enfrentar a aquellos que se oponen a la senda de Dios (versículos 23-26);
(a) La condición espiritual necesaria para la senda de Dios en un día de
ruina (versículos 1-13)
(V.
1). La gracia espiritual es la primera gran necesidad en un día de debilidad. Por eso la exhortación del versículo del comienzo
es, "fortalécete en la gracia que hay en Cristo Jesús." (2:1 - LBLA). Para resistir
la creciente marea del mal, para caminar en una senda que el Señor ha señalado para los Suyos en medio de las corrupciones
de la Cristiandad, y para continuar caminando con determinación en esta senda a pesar del fracaso, de la oposición y del abandono, se requiere gran gracia - la gracia que hay en Cristo Jesús. Cualquiera que
sea la oposición que pueda haber para con la senda de Dios, cualesquiera sean las dificultades al perseverar en ella, cualesquiera
sean las tentaciones a apartarse de ella, la gracia del Señor es suficiente para permitir al creyente vencer toda oposición,
elevarse por sobre cada dificultad, resistir toda tentación, y obedecer Su palabra y responder a Sus pensamientos. Como alguien
a dicho, 'Cualquiera sea la necesidad, Su plenitud es la misma, no disminuida, accesible y gratuita.' La gracia espiritual
es el primer requisito para los "hombres fieles" en un día de infidelidad. Además, la gracia de la que el apóstol habla es
más que un 'espíritu agradable'. Implica que en el Cristo resucitado y ascendido, a partir de la época del inicio de la iglesia
en la tierra hasta el último día de su estancia temporal aquí, está cada recurso que capacita al hombre de Dios a mantener
su vida de testimonio y servicio sin recurrir a ninguno de los recursos del hombre que tantos han adoptado en un día de decadencia.
Escribiendo a los Corintios, el apóstol puede agradecer a Dios por "la gracia de
Dios" que les fue dada "en Cristo Jesús"; y al instante él muestra que esta gracia es "toda palabra", el "conocimiento" y
los dones con los que ellos habían sido enriquecidos en Cristo ("Siempre doy gracias a mi Dios por vosotros, por la gracia
de Dios que os fue dada en Cristo Jesús, porque en todo fuisteis enriquecidos en El, en toda palabra y en todo conocimiento,
así como el testimonio acerca de Cristo fue confirmado en vosotros; de manera que nada os falta en ningún don, esperando ansiosamente
la revelación de nuestro Señor Jesucristo." 1 Corintio 1: 4-7 - LBLA). Cada exhortación en el capítulo que estamos considerando
sólo profundizará nuestro sentido de la necesidad de la gracia que hay en Cristo Jesús si hemos de responder a la mente de
Dios.
(V. 2). En segundo lugar, no
sólo la gracia es necesaria, sino que los fieles deben poseer también la verdad, si ellos han de ser provistos con la mente
de Dios para un día de fracaso y deben ser idóneos para enseñar a otros. Además, la verdad necesaria para un día de ruina
no es solamente la verdad que se encuentra en la Escritura como un todo, sino, muy especialmente, la verdad comunicada por
el apóstol en presencia de muchos testigos. En un día de ruina, los escritos apostólicos se convierten en una prueba muy determinante
a través de los cuales se puede discernir a los "hombres fieles." "Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios, no nos oye." (1 Juan 4:6).
Entonces, para que durante todo
el tiempo podamos poseer la verdad, Timoteo es enseñado a encargar "las cosas" oídas del apóstol a hombres fieles, quienes,
a su tiempo, estarán capacitados para enseñar a otros. Es el camino de Dios que la verdad encerrada en los escritos apostólicos
sean encargados a aquellos que son idóneos para enseñar a otros. La autosuficiencia y la presunción de la carne pueden congratularse
a sí mismas de que pueden prescindir de la ayuda de otros; pero, mientras Dios es soberano y puede enseñar directamente desde
Su palabra, Su modo habitual es mantenernos mutuamente dependientes los unos de los otros - que recibamos como principiantes,
y que comuniquemos a otros la verdad y la luz que hemos recibido.
Además, es importante ver que
lo que nosotros transmitimos no es autoridad oficial, o posición oficial, sino la verdad.
Timoteo no tenía encargo ni poder para transmitir a cualquier individuo, o clase de individuos, el derecho exclusivo u oficial
a predicar. Era la verdad revelada, afianzada contra el error por medio de testigos, la que tenía que ser encargada a otros.
A la luz de esta Escritura bien podemos desafiarnos con respecto hasta dónde nosotros estamos respondiendo a nuestras responsabilidades
de encargar a otros esta preciosa herencia de verdad que hemos aprendido de hombres fieles. Mantener la verdad y transmitirla
a otros sólo es posible cuando somos fuertes en la gracia que es en Cristo Jesús.
(V. 3). El mantenimiento de la verdad en un día de alejamiento general implicará penalidades. Nosotros, naturalmente, evitamos
el sufrimiento. Por lo tanto, Timoteo es exhortado - y cada uno que desea ser fiel a Cristo - de esta forma, "Sufre penalidades
conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús." (LBLA). Comparado con Pablo,
la parte de las penalidades que nosotros podemos ser llamados a sufrir será pequeña; pero, dondequiera que haya un santo hoy
en día que rechace el error y defienda la verdad, él debe estar preparado, en cierta medida, para enfrentar oposición (2 Timoteo
2:25), persecución (2 Timoteo 3:12), desamparo (2 Timoteo 4:10), y maldad (2 Timoteo 4:14); y, de igual forma que con respecto
al apóstol, estas cosas pueden venir incluso de sus hermanos. Esto, sin embargo, implica penalidades, y naturalmente cuando
se sufre injustamente, nosotros estamos inclinados a desquitarnos. Se nos recuerda, por lo tanto, a tomar nuestra parte en
las penalidades, no como un hombre natural, sino "como buen soldado de Cristo Jesús." Un buen soldado obedecerá a su Capitán
y actuará como él. Cristo es el gran Capitán de nuestra salvación, y Él ha alcanzado Su lugar de gloria, y nos ha dejado el
ejemplo perfecto de padecimiento y paciencia, pues "cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba,
sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia." (1 Pedro 2:23 - LBLA). Actuar de una manera tan contraria a la naturaleza
humana ciertamente requerirá de nosotros que nos fortalezcamos "en la gracia que es en Cristo Jesús." (2:1).
El Señor Jesús está en el lugar de poder
supremo y a su debido tiempo ejercerá el poder mediante el cual Él puede someter a todos los enemigos bajo Sus pies. Es aún,
no obstante, el día de la gracia; el día de juicio para los enemigos de la gracia no ha llegado todavía. Por consiguiente,
nosotros no necesitamos poder para aplastar a nuestros enemigos, sino que necesitamos gracia para tomar nuestra parte en las
penalidades. Esteban, en presencia de sus enemigos, quienes crujían los dientes contra él, y le apedrearon con sus piedras,
miró fijamente al cielo a "Jesús, puesto en pie, a la diestra de Dios." (Hechos 7:55 - Versión Moderna). Pero, si bien Jesús
es Señor en el lugar de poder supremo, Él no actúa por lo general en poder para aplastar a sus enemigos. Él hizo lo que estaba
en perfecta congruencia con el día de la gracia. Él dio gracia mediante la cual Esteban se fortaleció tanto en la gracia que
hay en Cristo Jesús que pudo tomar su parte en las penalidades, y, como un buen soldado de Cristo Jesús, no amenazó o respondió
ultrajando a sus perseguidores; al contrario, él oró por ellos y encomendó su espíritu al Señor. Pablo, igualmente en su día,
se fortaleció tanto en la gracia que hay en Cristo Jesús que soportó penalidades por Cristo y encomendó su vida, su felicidad,
su todo, a Cristo para "aquel día." (2 Timoteo 1:12).
(V. 4). En cuarto lugar, si nosotros, de
corazón, aceptamos la senda de Dios en un día de fracaso, será necesario que nos guardemos de enredarnos en los negocios de
esta vida. El apóstol no sugiere que nosotros no debamos atender los negocios de esta vida, o que seamos llamados a dejar
necesariamente nuestros negocios terrenales. En otras Escrituras él rechaza tal pensamiento, pues nos enseña determinadamente
a trabajar con nuestras manos para proveer las cosas honradamente, y puede decir de sí mismo, "vosotros sabéis que para lo
que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido." (Hechos 20:34). Pero él nos advierte
contra el hecho de que permitamos que los negocios de esta vida ocupen de tal manera nuestro tiempo, absorban nuestras energías,
y ocupen tan completamente nuestras mentes, que lleguemos a quedar enredados en una red, y no seamos ya libres para llevar
a cabo la voluntad de Dios. El buen soldado de Cristo Jesús es uno que procura, no agradarse él mismo, o incluso agradar a
los demás, sino que en primer lugar procura agradar a Aquel que le ha escogido para ser un soldado. En fiel lealtad a Aquel
que le ha escogido para ser un soldado bajo Su liderazgo, y procurando solamente Su deleite, nosotros deberíamos rechazar
toda organización humana que involucre la dirección de alguna autoridad humana. Escapar de los enredos de esta vida y ser
leales al Capitán de nuestra salvación sólo será posible en la medida que nos fortalezcamos en la gracia que es en Cristo
Jesús.
(V. 5). En quinto lugar, utilizando los juegos
públicos como figura, el apóstol dice, "Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente." De
igual modo en la esfera espiritual, la corona no será dada por una gran actividad, ni por la cantidad de servicio, sino por
la fidelidad en el servicio. La corona es dada al que lucha legítimamente. Se podría argumentar que, en un día de gran debilidad,
cada uno de nosotros tiene que adoptar cualesquiera métodos que pensemos que son los mejores para llevar a cabo nuestro servicio.
Para hacer frente a tales argumentos nosotros somos especialmente advertidos que, en un día de ruina, aún se mantiene como
una obligación para nosotros el luchar "legítimamente". De esta forma, la introducción de métodos carnales, maquinaciones
humanas y recursos mundanos en el servicio del Señor, es condenada. Servir conforme a los principios de la Escritura requerirá
que nosotros nos esforcemos "en la gracia que es en Cristo Jesús."
(V. 6). En sexto lugar, el siervo fiel debe
estar preparado para trabajar antes de participar de los frutos. Este no es nuestro reposo; es el tiempo de trabajar; el tiempo
de la siega está por venir. A menudo estamos demasiado ansiosos de ver frutos; pero es mejor perseverar en nuestro trabajo,
sabiendo que Dios no es injusto para olvidar la obra de nuestra fe y el trabajo de nuestro amor. (1 Tesalonicenses 1:3). El
siervo fiel espera oír el "Bien hecho" (Lucas 19:17 - LBLA) de Aquel a quien él busca complacer, recibir la corona después
de haber luchado legítimamente, y participar de los frutos después de haber trabajado primero.
(V. 7). "Considera lo que digo, pues el Señor
te dará entendimiento en todo." (LBLA) No es suficiente, sin embargo, tener estas
exhortaciones y admitir, de un modo general, su verdad. Si ellas han de gobernar nuestras vidas, debemos considerar lo que
el apóstol dice; y, a medida que consideremos estas cosas, el Señor nos dará entendimiento en todas las cosas. Progresaremos
poco en el entendimiento divino a menos que tomemos tiempo para meditar. El apóstol puede presentarnos ciertas verdades, pero
él no puede darnos el entendimiento. Esto, el Señor solo lo puede hacer. De modo que leemos que el Señor no sólo 'les abrió
las Escrituras' a los discípulos, sino que Él "les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras." (Lucas
24: 27, 32, 45).
(V. 8). Además, como un estímulo a nosotros
para llevar a cabo estas instrucciones, nuestra mirada es dirigida a Cristo. Debemos recordar a "Jesucristo (de la simiente
de David), como resucitado de entre los muertos, según mi evangelio." (Versión Moderna). No es simplemente el hecho de la
resurrección lo que debemos recordar, sino a Aquel que ha resucitado, y eso como Hombre, la simiente de David. ¿Somos llamados
a padecer en la senda de fidelidad? Entonces recordemos que nuestra parte de las "penalidades" es pequeña comparada con las
"penalidades" a la cuales Él tuvo que hacer frente. Si por causa de cualquier pequeña fidelidad de nuestra parte nos hallamos
abandonados, hallamos que se nos oponen y nos vemos insultados, incluso por muchos del pueblo de Dios, recordemos que Cristo,
en Su senda perfecta, fue siempre fiel a Dios y anduvo haciendo bienes a los hombres; y sin embargo, debido a Su fidelidad,
él siempre estuvo en afrenta. Por eso Él pudo decir, "por amor de ti he sufrido afrenta" (Salmo 69:7), y otra vez, "me devuelven
mal por bien, y odio por mi amor." (Salmo 109:5 - Versión Moderna).
Si, en la senda del servicio, somos exhortados
a soportar penalidades, procurando solamente agradarle a Él que nos ha escogido,
recordemos que Cristo pudo decir, "yo hago siempre lo que le agrada." (Juan 8:29).
Nada pudo mover al Señor de la senda de absoluta obediencia al Padre. Él trabajó, teniendo en vista los frutos de Su trabajo,
pues Él pudo decir, "Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura." (Juan 9:4). Ahora Él
ha terminado la obra que Dios le dio para hacer; las penalidades y el trabajo han finalizado y le vemos resucitado y coronado
de gloria y de honra, para recibir allí en resurrección "el fruto del trabajo de su alma." (Isaías 53:11 - Versión Moderna).
Entonces, en nuestra senda con su medida de penalidades y trabajo, 'acordémonos de Jesucristo'.
(V. 9). No solamente tenemos el modelo perfecto
del Señor Jesús en Su senda de penalidades y trabajo, sino que tenemos el ejemplo del apóstol Pablo quien, en su consagración
para dar a conocer el evangelio, participó en una medida no menor de las penalidades de la vida de Cristo. En lugar de estar
en honra en este mundo, él padeció hasta prisiones a modo de malhechor. Así él siguió en las pisadas de Su Maestro quien fue
acusado por el mundo religioso de Su día de ser "un hombre comilón y bebedor de vino" (Lucas 7:34), de tener "demonio" (Juan
8:48), y de ser un "pecador." (Juan 9:24). Sin embargo, ninguna persecución por parte del mundo puede impedir que la bendición
alcance al escogido de Dios. El mundo puede poner en prisión al predicador: no puede encarcelar la Palabra de Dios. En realidad,
la enemistad del mundo que encarceló a Pablo sólo se convirtió en una ocasión para llevar el evangelio ante los grandes de
la tierra, y además para escribir las Epístolas de la prisión que revelan tan maravillosamente nuestra vocación.
(V. 10). Puede ser que nosotros no estemos
preparados para soportar mucha penalidad ni mucho insulto, pero el apóstol puede decir, "todo
lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna."
Alguien ha dicho, '¡Cuán pocos aventurarían decir estas palabras como siendo la experiencia de sus propias almas desde ese
día hasta el día de hoy! No obstante, podemos desearlo fervientemente en nuestra medida; pero esto supone en el creyente no
meramente una buena conciencia, y un corazón ardiendo en amor, sino a él juzgándose a sí mismo minuciosamente, y ¡Cristo morando
en su corazón por la fe! (William Kelly).
Los escogidos de Dios obtendrán sin duda
la salvación y alcanzarán la gloria. Sin embargo, en el camino a la gloria todo el poder de Satanás, la enemistad del mundo,
y las corrupciones de la Cristiandad, se habrán puesto en formación de batalla contra ellos. Así que será a través de prueba
y penalidad que ellos alcanzarán la gloria. Para hacer pasar a los escogidos a través de tales circunstancias se necesitará
toda "la gracia que es Cristo Jesús" ministrada, como a menudo lo es, a través de Sus siervos fieles.
(Vv. 11, 12a). Para animarnos a recordar
a Jesucristo y seguir el ejemplo del apóstol de aceptar la senda de penalidad y trabajo, se nos recuerda la palabra fiel,
"Si somos muertos con él, también viviremos con él." Si somos llamados a soportar "todo", incluso la muerte, no olvidemos
que podemos dejar ir la vida a la luz de la gran verdad de que habiendo muerto con Cristo de cierto viviremos con Él. Y no
sólo viviremos con Él sino que, "si sufrimos, también reinaremos con él."
(Vv.
12b, 13). Existe, sin embargo, la solemne advertencia, "Si le negáremos, él también nos negará. Si fuéremos infieles, él permanece
fiel; él no puede negarse a sí mismo." La negación aquí no es una caída aislada, por muy vergonzosa que ella sea, como en
el caso del apóstol Pedro, sino la línea de conducta continuada de aquellos que, independientemente de la profesión que hacen,
niegan la gloria y la obra del Hijo. Los tales serán negados, tal como se ha dicho verdaderamente que 'Dios dejaría de ser
Dios, si Él consintiera la deshonra de Su Hijo.' Entre toda la infidelidad de la Cristiandad hacia Cristo, "él permanece fiel;
él no puede negarse a sí mismo."
De esta forma, los versículos de apertura
de este gran pasaje demuestran claramente que, para discernir la parte de Dios en un día de ruina y, sobre todo, para andar
fielmente este camino frente al abandono, la oposición y la maldad, no se necesita pedir poder divino para aplastar a nuestros
enemigos, sino la gracia que es en Cristo Jesús que nos permitirá tomar nuestra parte en el sufrimiento - la gracia que busca
con ojo sencillo agradar a Aquel que nos ha escogido; la gracia que nos conducirá a luchar legítimamente, rechazando todos
los métodos carnales y mundanos; y la gracia que prepara para el trabajo paciente mientras se esperan los frutos de nuestro
trabajo.
Además, necesitaremos, no sólo gracia ministrada
desde el Señor en gloria, sino en entendimiento espiritual que el Señor solo puede dar, y sobre todo tener al Señor mismo
ante nosotros como nuestro único Objeto - un Hombre verdadero de la simiente de David, pero un Hombre vivo en la gloria más
allá del poder de la muerte.
(b)
El curso del mal que ha conducido a la ruina de la iglesia como la casa de Dios (versículos 14-18)
En los versículos que dan comienzo al capítulo
hemos traído ante nosotros la condición espiritual que debería caracterizar a los "hombres fieles" y deberían capacitarles
para discernir el grave alejamiento de la verdad, así como la senda de Dios en medio de la corrupción. Antes de presentarnos
la senda de Dios, el apóstol, en los versículos 14 al 18, habla brevemente de algunos de los males que han causado la ruina
de la iglesia en la responsabilidad.
(V.v. 14-16). Ya hemos aprendido del capítulo
primero que todos los que estaban en Asia se habían apartado del apóstol. Esto implica que la iglesia no se había mantenido
a la altura del llamamiento celestial. El primer paso en la decadencia de la iglesia fue la renuncia a su carácter celestial.
La verdad más elevada es siempre la que primero es abandonada. Esta renuncia al llamamiento celestial dejó la puerta abierta
para la intrusión del mundo y la carne. En el versículo 14 de este capítulo el siervo de Dios se refiere a la primera manifestación
de la corrupción. El traza la ruina a partir de la mente humana que conduce a contender "sobre palabras, lo cual para nada aprovecha", dejando ir, de este modo, "la palabra de verdad."
Él nos advierte contra disputas
de palabras y nos llama a regresar, no sólo a la palabra de verdad, sino a la palabra de verdad usada bien. [*] Toda la Escritura es la palabra de verdad y sin embargo qué desastre puede ser provocado al dar
a la Escritura una interpretación privada, o al usar textos fuera de su contexto, y de esta forma, como Pedro dice, torcer
la Escritura para nuestra destrucción. (2 Pedro 3:16).
[* (N. del T: además de la RVR1960,
otras traducciones al Español del versículo 15 rezan así: "Procura con diligencia presentarte á Dios aprobado, como obrero
que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad." (RVR1909);
" Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad." (LBLA); "Procura con diligencia presentarte ante Dios como ministro
aprobado, obrero que no tiene de qué avergonzarse, manejando acertadamente la palabra
de la verdad." (Versión Moderna); "Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse,
que traza rectamente la palabra de verdad." (RVR1977) - las palabras en cursiva son del traductor).]
Luego, somos advertidos de más
decadencia. Las especulaciones no provechosas del versículo 14 iban a degenerar en "discursos profanos y vacíos." (V. 16 -
Versión Moderna). Los discursos que son profanos tratan las cosas divinas como si fuesen cosas comunes, en vista de que dan
poca importancia a las cosas sagradas. Estos discursos son "vacíos" por el hecho de que los argumentos utilizados carecen
de toda sustancia.
Además, somos advertidos de
que estos "discursos profanos y vacíos" irán en aumento. En lo que respecta a la
masa de la profesión Cristiana, Pablo no mantiene ninguna esperanza en cuanto a que el movimiento de degradación pueda ser
detenido permanentemente. Por el contrario, nosotros somos advertidos categóricamente que el mal avanzará "más y más." (V.
16 - Versión Moderna).
Asimismo, somos advertidos de
que con el aumento de los "discursos profanos y vacíos" vendrá un incremento de conductas
impías. Conversaciones profanas conducen a un andar impío. Mantener o propagar el error degradará, como siempre, la conducta
externa. El relajamiento de la doctrina conduce al relajamiento de las reglas o hábitos de conducta.
(Vv. 17, 18). Un terrible resultado adicional
del aumento de los discursos profanos y de la impiedad será la destrucción de las verdades vitales del Cristianismo en las
mentes de los hombres, pues leemos que la palabra de estos discursistas profanos se extenderá como gangrena la cual carcome interiormente hasta destruir los tejidos vitales del cuerpo.
De esta manera, paso a paso, con habilidad
divina, el apóstol traza el progreso del mal que ha corrompido la Cristiandad:
Primero, las especulaciones humanas sobre
palabras que para nada aprovechan;
En segundo lugar, disputas sobre las palabras
degenerando en discursos profanos y vacíos;
En tercer lugar, el constante aumento de
los discursos profanos y vacíos conduciendo a la impiedad; la conducta externa
de la profesión Cristiana degradada crecientemente a un nivel donde los hombres actúan sin temor de Dios;
En cuarto lugar, un andar impío que tiende
a destruir y dejar a los hombres sin las verdades vitales del Cristianismo.
Para mostrar el efecto de esta degradación
y la malvada condición en la cual la Cristiandad caería, el apóstol da dos ejemplos solemnes. Himeneo y Fileto, dos hombres
dentro de la profesión Cristiana, estaban enseñando el error. En lugar de 'trazar rectamente la palabra de verdad', ellos
habían errado acerca de la verdad. Enseñaban que la resurrección ya se había efectuado. Por lo visto, ellos no negaron la
resurrección; parece que ellos la espiritualizaron y argumentaron que, de alguna manera, ya había tenido lugar. Un error tal
no debe ser desestimado ligeramente como si fuese la descabellada especulación de fanáticos irresponsables. Independientemente
de lo irrazonable del error, el apóstol prevé que este error corromperá la iglesia profesante y actuará como una gangrena.
Tampoco es difícil ver que 'trastornaría la fe' de aquellos que se embebieron del error. Si la resurrección ya se había efectuado,
es evidente que los santos han alcanzado su condición final mientras están aún en la tierra, con el resultado de que la iglesia
cesa de esperar la venida del Señor, pierde la verdad de su destino celestial, y renuncia a su carácter de extranjera y peregrina.
Habiendo perdido su carácter celestial, la iglesia se arraiga en la tierra, tomando un lugar como parte del sistema para emprender
la reforma y el gobierno del mundo.
Cuando este fin ha sido alcanzado, la obra
del diablo ha sido hecha y él no conducirá más a sus instrumentos a insistir en el particular error. Hoy en día puede no haber
nadie que intentara enseñar que la resurrección ya se ha efectuado, pero los resultados de este extravagante error permanecen
y son contemplados plenamente desarrollados en la profesión Cristiana. La constitución, la administración, los esfuerzos religiosos,
el celo misionero de la profesión Cristiana, dan por seguro que la iglesia está arraigada en su hogar y llevando a cabo su
obra encomendada de reformar el mundo y civilizar a los paganos para hacer de este mundo un lugar respetable y feliz.
(c)
La senda de Dios para el individuo en un día de ruina (versículos 19-22)
(V. 19). Habiendo predicho la mala condición
en que la Cristiandad caería, el apóstol ahora nos instruye de qué manera actuar en medio de la ruina. Antes de hacerlo él
nos presenta dos grandes hechos para el consuelo de nuestros corazones:
En primer lugar, independientemente de la
magnitud del fracaso del hombre, "el fundamento de Dios está firme." El fundamento es la propia obra de Dios - cualquiera
sea la forma que esta obra pueda tomar - ya sea el fundamento en el alma, o el fundamento de la iglesia en la tierra, por
medio de los apóstoles y la venida del Espíritu Santo. Ningún fracaso del hombre puede anular el fundamento que Dios ha puesto,
o evitar que Dios complete lo que Él ha comenzado.
En segundo lugar, se nos dice para nuestro
consuelo, "Conoce el Señor a los que son suyos", y, como alguien ha dicho, 'Este conocimiento es nada menos que un conocimiento
de corazón a corazón, una relación entre el Señor y los que son Suyos.' La confusión ha llegado a ser tan grande, creyentes
e incrédulos se hallan en una asociación tan cercana, que, en lo que respecta a la masa, nosotros no podemos decir categóricamente
quién es del Señor y quién no lo es. En una condición tal, que consuelo es saber que lo que es de Dios no puede ser desechado,
y aquellos que son del Señor, aunque estén escondidos en la masa, a la larga no se pueden perder.
La obra de Dios, y los que son del Señor, saldrán a la luz en "aquel día" al cual el apóstol alude una y otra vez en
el curso de la Epístola (2 Timoteo 1: 12, 18; 2 Timoteo 4:8).
Habiendo consolado nuestros corazones en cuanto al carácter permanente de la obra de Dios y la seguridad de aquellos
que son del Señor, el siervo de Dios instruye al individuo de qué manera actuar entre las corrupciones de la Cristiandad.
Después de la partida de los apóstoles, la
decadencia comenzó rápidamente y ha continuado a través de los siglos hasta que, hoy en día, vemos en la Cristiandad la solemne
condición predicha por Pablo. Además, como hemos visto, el apóstol no mantiene ninguna esperanza de recuperación por parte
de la masa. Por el contrario, él nos advierte más de una vez que, con el paso del tiempo, habrá un incremento del mal. No
sólo aumentarán "los discursos profanos y vacíos" (2 Timoteo 2:16 - Versión Moderna), sino que los "hombres malos y los impostores
irán de mal en peor." (2 Timoteo 3:13 - Versión Moderna), y llegará el tiempo cuando los que componen la profesión Cristiana
"no soportarán la sana doctrina" y, "apartarán sus oídos de la verdad." (2 Timoteo 4: 3, 4 - LBLA).
Si, como se nos muestra, no hay ninguna perspectiva
de recuperación para la gran masa de la profesión Cristiana, ¿cómo debe actuar el individuo que desea ser fiel al Señor? Esta
pregunta profundamente seria es abordada y respondida por el apóstol en el importante pasaje que sigue a continuación - un
pasaje que señala claramente la senda de Dios para el individuo en un día de ruina (versículos 19-22).
Primeramente, notemos que no se nos dice
que dejemos aquello que profesa ser la casa de Dios en la tierra. Esto es imposible a menos que salgamos de la tierra o nos
convirtamos en apóstatas. No debemos abandonar la profesión del Cristianismo a causa de que, en manos de los hombres, esa
profesión