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Edificación Cristiana en Gracia y Verdad

1a. TIMOTEO (Hamilton Smith)

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y estas han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

Versión Reina-Valera 1909 Actualizada (RVA) (Publicada por Editorial Mundo Hispano).

LBLA (La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso)
 
Versión Reina-Valera Revisada en 1977 (RVR77), Editorial Clie

La Primera Epístola a Timoteo

 

Por Hamilton Smith

 

 

Contenido

 

Sección

 

1. Introducción

 

2. El Mandamiento y su Propósito

 

3. El orden de la Casa de Dios

 

4. Advertencias contra la Carne Religiosa y Enseñanza en la Piedad

 

5. Advertencias contra la Mundanalidad y Enseñanza en la Piedad

 

6. Advertencias contra  de la Carne y Enseñanza en la Piedad

 

         1. Introducción

 

         La lectura concienzuda de la Escritura muestra que muchas de las Epístolas del apóstol Pablo son principalmente correctivas, siendo escritas para hacer frente a graves desordenes y enseñanzas erróneas que atribulaban a la primeras asambleas. Hay, sin embargo, Epístolas, como por ejemplo la Epístola a los Efesios y la Primera Epístola a Timoteo, las cuales son principalmente instructivas, por cuanto ellas presentan a la iglesia en su orden divino conforme a la mente de Dios.

         Cada una de estas Epístolas presenta un aspecto especial de la iglesia. En la Epístola a los Efesios la iglesia es vista como compuesta de creyentes unidos por el Espíritu Santo para formar el cuerpo místico del cual Cristo en el cielo es la Cabeza, presentando así a la iglesia en sus relaciones celestiales conforme a los consejos de Dios.

         En la Primera Epístola a Timoteo, la iglesia es vista como compuesta de creyentes "juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu." (Efesios 2:22). En conexión con esta gran verdad, la enseñanza de la Epístola tiene a la vista un doble propósito. Primeramente, el apóstol escribe para mandar a los que creyentes que vivan la vida práctica de piedad consistente con la casa de Dios, tal como leemos, "para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo." (1 Timoteo 3:15 - LBLA). En segundo lugar, el apóstol escribe para enseñarnos que el gran propósito de la casa de Dios es ser un testigo en el mundo de que Dios es un Dios Salvador, "el cual quiere que todos los hombres sean salvos." (1 Timoteo 2:4).

         El deseo de Dios es que, por medio de la iglesia, haya en el mundo un testimonio colectivo a Él mismo en toda Su santidad y gracia como un Dios Salvador. Para presentar este testimonio tenemos que conocer el orden de la casa de Dios y la conducta apropiada a Su casa.

         La Epístola presenta, de este modo, el propósito y el orden de la casa de Dios conforme a la mente de Dios. Muestra que el orden piadoso no es solamente para gobernar la asamblea, sino para que tenga un efecto sobre cada detalle de las vidas de aquellos que componen la casa de Dios, ya sean hombres o mujeres, casados o solteros, siervos o amos, ricos o pobres.

         En la arruinada condición de la Cristiandad la verdad de la Epístola está en gran parte obscurecida, o ignorada, sea por 'el individualismo' o por 'el sectarismo'. Muchas almas honestas, viendo poco más allá de su salvación individual, son indiferentes al hecho de que, siendo salvos, los creyentes forman la casa de Dios con todos sus privilegios y responsabilidades. Otros, sintiendo la necesidad de la comunión Cristiana, pero dejando de ver lo que Dios ha establecido, se han impuesto la obra de formar sistemas religiosos conforme a sus propias ideas de orden.

         Así, de diferentes formas, la gran verdad de que Dios ha formado Su casa compuesta de creyentes "juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu" es ignorada. La verdad nos conduciría, no a vernos meramente como individuos salvados, no a esforzarnos por reunir Cristianos en sistemas inventados por hombres, sino a reconocer nuestra parte en la casa que Dios ya ha formado, y actuar a la luz de ello, al mismo tiempo que rechazamos todo lo que es una negación de esa casa en principio y práctica.

         Deseando andar en la sencilla obediencia a la Palabra de Dios, apreciaremos la misericordia que nos ha preservado, en esta Epístola, el pensamiento de Dios para Su iglesia contemplada como la casa de Dios. Es solamente en la medida que tenemos ante nosotros el estándar de Dios que podemos procurar inteligentemente responder a Su pensamiento. Debemos conocer la verdad para actuar conforme a ella; y solamente en la medida en que estemos cimentados en la verdad, nosotros seremos capaces de detectar y rechazar el error.

         Presentando la conducta consistente con la casa de Dios, da como resultado que la práctica, más bien que la doctrina, pasa ante nosotros en la Epístola.

 

         En 1 Timoteo 1, el evangelio de la gracia de Dios es presentado como el gran testimonio que ha de fluir al mundo desde la casa de Dios.

 

         En 1 Timoteo 2 y 1 Timoteo 3, se nos enseña en cuanto al orden práctico que conviene a la casa de Dios, de modo que todos quienes componen la casa, tanto hombres como mujeres, puedan vivir en consistencia con la morada de Dios, y que no se debe permitir nada que estropee el testimonio que fluye de la casa.

 

         En 1 Timoteo 4 a 1 Timoteo 6 se nos advierte contra las diferentes formas en que la carne se manifiesta, y se nos enseña la forma "piadosa", o la "piedad", como la gran salvaguardia contra todo principio maligno contrario al orden de la casa de Dios.

 

         2. El Mandamiento y su Propósito

        

         (1 Timoteo 1)

 

         La Epístola comienza con la insistencia en las doctrinas de la gracia (v. 3), así como en una condición espiritual correcta (v. 5), para que el pueblo de Dios pueda ser testigo de Dios como el Salvador.

 

         (a) El Saludo (versículos 1, 2)

 

         (V. 1). Teniendo en mente la casa de Dios como un testigo del Dios Salvador, el apóstol se presenta como un apóstol de Jesucristo, por el mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza. De este modo él presenta a Dios como el Salvador del mundo y a Cristo como la única esperanza del alma. Separados de Cristo estamos sin esperanza (Efesios 2:12; Romanos 15:13).

 

         (V. 2). Dirigiéndose a Timoteo, como su hijo en la fe, el apóstol le desea gracia, misericordia y paz; pero, pensando en él como un creyente, él dice ahora, "de Dios nuestro Padre" y Cristo Jesús "nuestro Señor".

 

         (b) El Mandamiento y su Propósito (versículos 3-5)

 

         A continuación del saludo, el apóstol presenta inmediatamente el propósito especial para el cual él escribe a Timoteo. En primer lugar escribe para insistir sobre la presentación de las doctrinas de la gracia; en segundo lugar, exhorta a una correcta condición espiritual para ser un buen testigo de la gracia.

 

         (V. 3). Con respecto a la doctrina, habiendo trabajado el apóstol en Éfeso por dos años y tres meses, declarando a los santos todo el consejo de Dios, se podría pensar que habría poco peligro de que una falsa doctrina fuese enseñada en medio de ellos. Sin embargo, no era así, pues el apóstol se dio cuenta de que había "algunos" que estaban dispuestos a enseñar "diferente doctrina" incluso entre aquellos que tenían mayor luz. El orgullo natural del corazón puede pensar que mucha luz es una salvaguardia contra el error. Es bueno que nosotros aprendamos, mediante el ejemplo de la asamblea de Éfeso, que el hecho de que una compañía sea enriquecida por la verdad, y disfrute del más alto ministerio, no es garantía contra la falsa doctrina. Timoteo, entonces, debía mandar a algunos que no enseñaran ninguna otra doctrina más que la gran doctrina de la gracia de Dios.

 

         (V. 4). Abandonando la verdad, llegamos a ocuparnos de fábulas y genealogías interminables que pueden apelar a la razón, pero que sólo ocupan la mente con discusiones inútiles y no conducen a la edificación divina que es por fe. Las "genealogías interminables" complacen tanto a la mente natural como a la carne religiosa, pues excluyen a Dios y ensalzan al hombre. Las "genealogías interminables" dan por supuesto que toda bendición es un proceso de desarrollo que va pasando de generación en generación. Por esta razón, el Judío religioso le daba gran importancia a su genealogía. Del mismo modo, también, el hombre del mundo, con su falsamente llamada ciencia, procura excluir la fe en un Creador mediante teorías especulativas que ven todo lo que hay en la creación como un desarrollo gradual y genealógico de una cosa a partir de otra. Las especulaciones humanas, apelando a la razón, sólo pueden hacer surgir "disputas" que dejan el alma en tinieblas y duda. La verdad divina sola, al apelar a la conciencia y a la fe, puede dar certeza y edificación divina.

 

         (V. 5). Habiendo advertido contra la falsa doctrina, el apóstol pasa a hablar del propósito del mandamiento. El propósito que él tiene en mente es una condición espiritual correcta la cual solamente nos permitirá mantener la verdad y escapar del error. Solamente seremos guardados mientras sostengamos la verdad en conjunto con "el amor, procedente de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de fe no fingida." (Versión Moderna). La sana doctrina sólo puede ser mantenida con una correcta condición moral.

         La mente humana puede plantear y discutir cuestionamientos especulativos aparte de una condición moral correcta del alma, pues ellos dejan la conciencia y los afectos intactos, y, por lo tanto, no llevan el alma a la presencia de Dios. En contraste a las especulaciones del hombre, sólo se puede llegar a conocer la verdad de Dios por medio de la fe. Al actuar sobre la conciencia y el corazón, la verdad conduce al fortalecimiento de las relaciones morales del alma con Dios. Así, la verdad edifica conduciendo al amor procedente de un corazón puro, de una buena conciencia y de fe no fingida. Exhortar a estos resultados prácticos fue el gran propósito del mandamiento a los creyentes efesios. El mandamiento no fue llevar a cabo algún gran servicio o hacer algún gran sacrificio. No se trataba de hacer grandes cosas ante los hombres, sino estar es una condición correcta ante Dios. Amor en el corazón, "una buena conciencia", y, "fe no fingida" son cualidades que Dios solo puede ver, aunque los demás pueden ver los efectos que ellos producen en la vida.

 

         Así, en estos versículos iniciales, el apóstol pone ante nosotros el mandamiento de no enseñar otra doctrina sino sólo las doctrinas de la gracia, y la necesidad de una correcta condición espiritual para mantener la verdad y ser guardados del error.

 

         (c) Advertencias contra descuidar el mandamiento (versículos 6, 7)

 

         (Vv. 6, 7). Habiéndonos apremiado acerca de la profunda importancia de una condición espiritual correcta, el apóstol, antes de continuar su enseñanza, nos alerta contra los solemnes resultados de carecer de estas cualidades morales.

         Había algunos en el círculo Cristiano que habían perdido estas grandes cualidades espirituales del Cristianismo. Careciendo de ellas, se apartaron de la verdad a una vana palabrería. El Cristianismo, basado en la gracia de Dios, trae al alma en corazón y conciencia a la presencia de Dios. Cuando existe 'desvíación' de esta gracia, la carne religiosa se aparta a palabras vanas, conduciendo a los hombres a convertirse en "doctores de la ley". Los tales no se percatan del significado de su falsa enseñanza, ni tampoco entienden el verdadero uso de la ley que ellos afirman tan enérgicamente.

         Qué condena tan solemne es la advertencia del apóstol de la mayor parte de la enseñanza que fluye de los púlpitos de la Cristiandad. Habiendo perdido la verdadera gracia del Cristianismo y sus efectos, la profesión Cristiana se ha apartado a vana palabrería y a la enseñanza de la ley, con la consecuencia de que el evangelio puro de la gracia de Dios es rara vez predicado.

 

         (d) El correcto uso de la ley y la superioridad de la gracia (versículos 8-17)

 

         (V. 8). El apóstol condena por igual a los que se apartan a fábulas de la imaginación humana y a los que desean ser doctores de la ley. Sin embargo, existe una gran diferencia entre las fábulas humanas y la ley dada divinamente. Por lo tanto, aunque condena a los doctores de ley, el apóstol es cuidadoso en mantener la santidad de la ley. Las fábulas son totalmente malas, pero la ley es buena si es usada legítimamente.

 

         (Vv. 9-11). Al apóstol pasa a explicar el correcto uso de la ley. Él afirma que la ley no fue dada para un hombre justo. Tampoco es un medio de bendición para un pecador, ni una regla de vida para el creyente. Su uso legítimo es convencer a los pecadores de sus pecados, mediante el testimonio del juicio santo de Dios contra toda clase de pecado.

         Además, los pecados enumerados por el apóstol, como en efecto todos los demás pecados, no solamente son condenados por la ley sino que se oponen a la "sana doctrina" del evangelio de la gloria de Dios. La ley está, con respecto a esto, completamente de acuerdo con el evangelio. Ambos dan testimonio de la santidad de Dios, y por esta razón ambos son intolerantes con el pecado.

         No obstante, el glorioso evangelio de Dios, en la bendición que es proclamada al hombre, sobrepasa en alto grado cualquier bien que la ley podía llevar a cabo. Porque el evangelio, encomendado al apóstol, revela la gracia de Dios que puede bendecir al mas grande de los pecadores.

 

         (V. 12). Esto conduce al apóstol a declarar la gracia de Dios del evangelio ilustrada en su propia historia. La gracia soberana no solamente había salvado al apóstol, sino que, habiéndolo hecho, lo tuvo por fiel poniéndolo en el ministerio de la verdad.

 

         (V. 13). Para mostrar la gloria eminente de esta gracia, el apóstol se refiere a su carácter como hombre no convertido. En aquellos días él era un "blasfemo, perseguidor e injuriador". Él no sólo estaba unido con los sumos sacerdotes Judíos resistiendo al Espíritu Santo en Jerusalén, sino que era agente activo de ellos, al llevar esta oposición a ciudades extranjeras. Blasfemaba el Nombre de Cristo, perseguía a los santos de Cristo, y, siendo celoso por la ley, era insolentemente injuriador en su actitud hacia la gracia.

         Tal era el hombre en quien Dios manifestó Su misericordia (v. 13), Su gracia (v. 14) y Su clemencia (v. 16). Como un individuo, él fue objeto de la misericordia de Dios porque, no obstante la intensidad de su oposición a Cristo, había actuado en ignorancia e incredulidad. Era tan ignorante en cuanto a la verdad y a Cristo, que pensaba honestamente que estaba sirviendo a Dios procurando acabar con el Nombre de Cristo. Él no era como uno que, habiendo conocido la verdad del evangelio, se opone y lo rechaza voluntaria y deliberadamente.

 

         (V. 14). De este modo, en la misericordia de Dios, la gracia de nuestro Señor se le reveló como aquella que "fue más abundante" (o "sobreabundó" - Versión Moderna), por sobre todo su pecado. El descubrimiento del pecado de su corazón, y la gracia del corazón de Cristo para un pecador tal, fueron acompañados con "la fe y el amor" que tenían su objeto en Cristo.

 

         (Vv. 15, 16). Habiendo sido bendecido, el apóstol se convierte en un heraldo (o, mensajero) de la gracia de Dios a un mundo de pecadores, y en un ejemplo para los que después hubiesen de creer en Cristo para vida eterna.

 

         (V. 17). El recuento de esta gracia sobreabundante conduce al apóstol a prorrumpir en alabanza al "Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios". A Él le rendiría "honor y gloria por los siglos de los siglos". Pablo, cuando era celoso de la ley, era simplemente un hombre del siglo (de la edad) entonces presente, procurando mantener el siglo (la edad) de la ley. Dios es el "Rey de los siglos", Aquel que está actuando en gracia soberana para Su propia gloria a través de los siglos de los siglos.

 

         (e) El mandamiento especial a Timoteo (versículos 18-20)

 

         Habiendo mostrado el uso correcto de la ley, y el carácter sobreabundante de la gracia, el apóstol retoma el hilo de su discurso desde el versículo 5.

 

         (Vv. 18-20). A Timoteo su hijo, encomienda este mandamiento del cual él ya había hablado en los versículos 3 y 5. Timoteo tenía que actuar con toda la autoridad conferida por el apóstol, conforme a las profecías en cuanto al servicio que había sido demarcado para él. Llevar a cabo este servicio implicaría la  milicia. Para que este conflicto tuviese éxito se requeriría que la fe fuese mantenida tenazmente. La fe en este pasaje es, como uno ha dicho, 'la doctrina del Cristianismo ... aquello que Dios había revelado, recibido con certidumbre como tal - como la verdad' (J. N. Darby).

         Además, la verdad debe ser mantenida con una buena conciencia, de modo que el alma se mantenga en comunión con Dios. Cuán a menudo las herejías en las que caen los creyentes tienen su raíz secreta en un pecado consentido o sin juzgar que corrompe la conciencia, priva al alma de la comunión con Dios, y la deja presa de las influencias de Satanás.

         Algunos, en efecto, en la época del apóstol, habían desechado una buena conciencia y caído de tal modo en el error que habían naufragado en cuanto a la fe. Se nombra a dos hombres, Himeneo y Alejandro, quienes habían escuchado a Satanás y hecho declaraciones blasfemas. Mediante el poder apostólico ellos habían sido entregados a Satanás. Dentro de la casa de Dios estaba la protección del Espíritu Santo. Fuera de la asamblea está el mundo bajo el poder de Satanás. Se permitió que estos hombres quedaran bajo el poder de Satanás, para que, a través del padecimiento y de la angustia del alma, ellos pudiesen aprender el verdadero carácter de la carne y volver a Dios en humildad y quebrantamiento de espíritu.

 

           3. El Orden de la Casa de Dios

 

         (1 Timoteo 2 y 1 Timoteo 3)

 

         En esta división de la Epístola, el apóstol presenta el carácter de la casa de Dios (1 Timoteo 2: 1-4); el testimonio de la gracia de Dios que ha de fluir desde la casa (1 Timoteo 2: 5-7); la conducta apropiada para los hombres y mujeres que forman la casa (1 Timoteo 2: 8-15); los requisitos necesarios para aquellos que ejercen un cargo en la casa (1 Timoteo 3: 1-13); y, finalmente, el misterio de la piedad (1 Timoteo 3: 14-16).

 

         (a) La casa de Dios, una casa de oración para todas las naciones (1 Timoteo 1: 1-4) (Isaías 56:7; Marcos 11:17)

 

         (V. 1). "Exhorto pues, ante todo, que se hagan rogativas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias, por todos los hombres." (Versión Moderna). La casa de Dios es caracterizada como el lugar de oración. Las peticiones que ascienden a Dios desde Su casa deben estar marcadas por "rogativas", o ruegos sinceros, para necesidades especiales que surgen en circunstancias particulares; por "oraciones", las cuales expresan deseos generales apropiados para todo tiempo; por "intercesiones", implicando que los creyentes están en esa cercanía a Dios en la cual pueden rogar a favor de otros; y, por último, por "acciones de gracias", las cuales hablan de un corazón consciente de la bondad de Dios que se deleita en responder las oraciones de Su pueblo.

         En la Epístola a los Efesios, la cual presenta la verdad de la iglesia en su llamamiento celestial, somos exhortados a orar con súplica "por todos los santos" (Efesios 6:18). Aquí, cuando la iglesia es contemplada como el instrumento para el testimonio de la gracia de Dios, debemos orar con súplica "por todos los hombres".

 

         (V. 2). Somos llamados especialmente a orar por los reyes y por todos los que están en autoridad (eminencia) - por aquellos que están en posición de influenciar al mundo para bien o para mal. No es simplemente por 'el rey' o por 'nuestro rey' por quien debemos orar, sino "por los reyes". Esto supone que nosotros somos conscientes de nuestro vínculo con el pueblo del Señor que está en todo el mundo formando parte de la casa de Dios, y la verdadera posición de la iglesia estando en santa separación del mundo, no tomando parte alguna en su política y gobierno. En el mundo, pero no del mundo, la iglesia tiene el alto privilegio de orar, interceder y dar gracias a favor de aquellos que no oran.

         El apóstol da dos razones para orar por todos los hombres. Primeramente, se llama a orar por los reyes y por todos los que están en autoridad (eminencia) teniendo en mente el pueblo del Señor a través de todo el mundo. Hemos de procurar que la bondad soberana de Dios controle de tal forma a los gobernantes de este mundo que Su pueblo pueda vivir "una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad" (RVR77). Es evidentemente el pensamiento de Dios que Su pueblo pueda, pasando a través de este mundo hostil, llevar una vida tranquila, no haciéndose valer como si fuesen ciudadanos de este mundo, en la tranquilidad que refrena de participar en las disputas del mundo, en la piedad que reconoce a Dios en cada circunstancia de la vida, y en una dignidad práctica ante los hombres. Antiguamente el profeta Jeremías envió una carta al pueblo de Dios cautivo en Babilonia, exhortándoles a procurar la paz de la ciudad en la cual ellos eran mantenidos en esclavitud, orando al Señor por ella: "porque", dice el profeta, "en su paz tendréis vosotros paz" (Jeremías 29:7). En el mismo espíritu, nosotros hemos de procurar la paz del mundo, para que el pueblo de Dios pueda tener paz.

 

         (Vv. 3, 4). Luego se da una segunda razón para las oraciones del pueblo de Dios a favor de todos los hombres. Orar por todos los hombres es "bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos." Hemos de orar, no sólo teniendo en mente el bien de todos los santos, sino teniendo en mente también la bendición de todos los hombres.

         El mundo puede perseguir a veces al pueblo de Dios y procurar descargar sobre ellos todo el odio de sus corazones hacia Dios. A menos que andemos en juicio propio, tal trato hará que la carne se levante en resentimiento y represalia. Aprendemos aquí que es "bueno y agradable delante de Dios" actuar y sentir hacia todos los hombres, tal como Dios mismo lo hace, en amor y gracia. Así, hemos de orar por "todos los hombres", no simplemente por los que gobiernan bien, sino también por aquellos que maltratan al pueblo de Dios (Lucas 6:28 - RVR77). Hemos de orar, no para que el juicio retributivo alcance a los perseguidores del pueblo de Dios, sino para que en gracia soberana ellos puedan ser salvos.

         La casa de Dios no ha de ser solamente el lugar desde el cual la oración asciende a Dios, sino también el lugar desde el cual un testimonio fluye hacia el hombre. A su debido tiempo Dios tratará en juicio con los impíos, e incluso ahora puede a veces tratar gubernamentalmente con aquellos que se dan a la tarea de oponerse a la gracia de Dios y a los ministros de Su gracia, como cuando Herodes fue herido, y Elimas fue cegado (Hechos 12:23; Hechos 16: 6-11). Además, Dios puede, en ocasiones solemnes, tratar en juicio gubernamental con los que forman la casa de Dios para el mantenimiento de la santidad de Su casa, como se presenta en el terrible juicio que alcanzó a Ananías y Safira; y más tarde, el trato gubernamental mediante el cual algunos en la asamblea de Corinto fueron quitados en juicio (Hechos 5: 1-10; 1 Corintios 11: 32-32), Tales casos, sin embargo, son el resultado del trato directo de Dios. La casa de Dios, como tal, ha de ser un testimonio de Dios como un

Dios Salvador, el cual desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

         La 'voluntad' de Dios (en el caso del versículo 4: "el cual quiere"), no tiene referencia alguna con los consejos de Dios los cuales, muy ciertamente, se cumplirán. Estas palabras expresan la disposición hacia todos. Dios se presenta a Sí mismo como un Dios Salvador que "quiere" que todos puedan salvarse. Pero, si los hombres han de ser salvos, esto puede ser sólo por medio de la fe que viene al conocimiento de "la verdad". De esta verdad la casa de Dios es "columna y baluarte" (1 Timoteo 3:15). Mientras la asamblea está en la tierra, ella es el testigo y el sostén de la verdad. Cuando la iglesia sea arrebatada, inmediatamente los hombres caerán en la apostasía y serán entregados a un poder engañoso.

 

         (b) La casa de Dios, un testimonio de la gracia de Dios (versículos 5-7)

 

         (V. 5). Dos grandes verdades son expuestas ante nosotros como el terreno en el cual Dios trata con los hombres en gracia soberana. En primer lugar, hay un solo Dios; en segundo lugar, hay un solo Mediador.

         El hecho de que hay un solo Dios había sido declarado antes de que Cristo viniera. La unidad de Dios es la gran verdad fundamental del Antiguo Testamento. Fue el gran testimonio de Israel, como leemos, "Oye, Israel: JEHOVÁ nuestro Dios, JEHOVÁ, uno solo es." (Deuteronomio 6:4 - Versión Moderna). Era el gran testimonio que debía fluir a las naciones desde Israel, como leemos, "¡Todas las naciones júntense a una ...! ... escuchen a mis testigos, y digan: Es verdad. Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi Siervo, a quien he escogido; para que sepáis, y me creáis, y entendáis que yo soy. Antes de mí no fue formado dios alguno, ni después de mí habrá otro. ¡Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay Salvador!" (Isaías 43: 9-11 - Versión Moderna).

         El Cristianismo, al mismo tiempo que mantiene la gran verdad de que hay un solo Dios, presenta además la verdad igualmente importante de que hay un solo Mediador entre Dios y los hombres. Esta última verdad es la verdad distintiva del Cristianismo.

         Tres grandes verdades son presentadas caracterizando al Mediador. Primero, Él es uno. Si Dios es uno, es igualmente importante recordar la unidad del Mediador. Hay un solo Mediador y ningún otro. El papado, y otros sistemas religiosos corruptos de la Cristiandad, han negado esta gran verdad, y han restado valor a la gloria del único Mediador, instalando a María, la madre del Señor, y a otros hombres y mujeres canonizados como mediadores.

         En segundo lugar, el Único Mediador es un Hombre para que Dios pueda ser conocido por los hombres. El hombre no puede elevarse a Dios; pero Dios, en Su amor, puede descender al hombre. Uno ha dicho, 'Él descendió a las profundidades más bajas para que no hubiese nadie, incluso el más inicuo, que no pudiese sentir que Dios en Su bondad estaba cerca de él - que había descendido hasta él - Su amor hallando su ocasión en la miseria; y que no había ninguna necesidad para la cual Él no estaba presente, que Él no podía satisfacer.' (J. N. Darby).

 

         (Vv. 6, 7). En tercer lugar, este Mediador se dio a Sí mismo en rescate por todos. Si Dios ha de ser proclamado como un Dios Salvador, que quiere que todos los hombres sean salvos, Su santidad debe ser vindicada y Su gloria mantenida. Esto ha sido cumplido perfectamente por la obra propiciatoria de Cristo. La majestad de Dios, la justicia, el amor, la verdad, y todo lo que Él es, ha sido glorificado en la obra llevada a cabo por Cristo. Él es una propiciación por todo el mundo. Se ha hecho todo lo que se necesitaba. Su sangre está disponible para el más vil, quienquiera que él sea. De ahí que el evangelio dice al mundo, 'el que quiera, venga.' En este aspecto podemos decir que Cristo murió por todos, que se dio a Sí mismo en rescate por todos, un sacrificio disponible por el pecado, para quienquiera que venga. Estas son las grandes verdades que deben ser testificadas a su debido tiempo - la gracia de Dios proclamando a todos el perdón y la salvación sobre el terreno de la obra de Cristo, quien se dio a Sí mismo en rescate por todos. Cuando Cristo hubo ascendido a la gloria, y el Espíritu Santo hubo descendido a la tierra a morar en medio de los creyentes, formándolos así en la casa de Dios, el debido tiempo había llegado. Desde esa casa el testimonio debía fluir, siendo el apóstol aquel usado por Dios para predicar la gracia, y abrir de este modo la puerta de la fe a los Gentiles (Hechos 14:27). De esta forma él puede hablar de sí mismo como de un predicador, un apóstol, y un maestro de los Gentiles en la fe y en la verdad.

 

         (c) La conducta apropiada para los hombres y mujeres que forman la casa (versículos 8-15)

 

         Hemos visto en la primera parte del capítulo que la casa de Dios es el lugar de oración "por todos los hombres" (versículo 1), es testigo de la disposición de Dios en gracia hacia "todos los hombres" (versículo 4), y es testigo de Aquel que se dio a Sí mismo en rescate "por todos" (versículo 6).

         Si tal es el gran propósito de la casa de Dios, se concluye que no se debe permitir nada en la casa de Dios que pueda estropear este testimonio ya sea de parte tanto de los hombres como de las mujeres que forman la casa. Así el apóstol procede a dar instrucciones detalladas en cuanto a la conducta de cada clase. Este testimonio de la gracia de Dios no contempla a un grupo de creyentes, participantes de un testimonio particular, uniéndose para el servicio. No se trata de un grupo de evangelistas entregándose a la obra evangelística o al servicio misionero. Éste presenta a todos los santos compartiendo un interés común en el testimonio que fluye desde la casa de Dios.

 

         (V. 8). Primeramente, el apóstol habla de hombres en contraste a las mujeres. Los hombres en la casa de Dios deben caracterizarse por la oración. El apóstol está hablando de la oración pública, y en tales ocasiones el derecho a orar está restringido a los hombres. Además, la enseñanza no contiene ningún pensamiento de una clase oficial que guíe en oración. Orar en público no está limitado a los ancianos, o a hombres dotados, pues la oración nunca es tratada en la Escritura como un asunto de un don. Son los hombres los que deben orar y la única restricción es que una correcta condición moral debe ser mantenida. Aquellos que guían en la oración pública deben caracterizarse por la santidad, y sus oraciones deben ser sin ira ni contienda. El hombre que está consciente de un mal no juzgado en su vida no está en condición de orar. Además, la oración debe ser sin ira. Esta es una exhortación que condena completamente en uso de la oración para atacar veladamente a otros. Detrás de tales oraciones hay siempre ira o maldad. Además, la oración debe ser en la simplicidad de la fe y no con vano razonamiento humano.

 

         (V. 9). Las mujeres deben caracterizarse por vestirse con "una conducta y ropa decentes". (N. del T.: traducción literal de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento J.N.Darby). Esta mejor traducción indica claramente que no solamente en ropa sino en su actitud general las mujeres deberían caracterizarse por la "modestia" que rehúye toda impropiedad, y por el "pudor" que las conduce a cuidar sus palabras y modos de actuar. Ellas deben tener el cuidado de no usar el cabello, que Dios les ha dado como la gloria de la mujer, como una expresión de la vanidad natural del corazón humano. No deben procurar llamar la atención hacia ellas mismas adornándose con "oro, ni perlas, ni vestidos costosos". Además, las mujeres hacen bien en recordar que ellas pueden obedecer la letra de esta Escritura y, con todo, pueden perder el espíritu de ésta fingiendo alguna apariencia exterior peculiar, atrayendo así la atención hacia ellas mismas.

         La mujer que profesa el temor de Dios se caracterizará, no por fingir una espiritualidad superior, sino por "buenas obras". El lugar de ellas en el Cristianismo es conveniente y hermoso: se halla en esas "buenas obras", muchas de las cuales sólo pueden ser llevadas a cabo por una mujer.

         Nosotros vemos, en los Evangelios, cómo las mujeres servían al Señor de sus bienes (Lucas 8:3). María llevó a cabo una buena obra para el Señor cuando ungió Su cabeza con el perfume de gran precio (Mateo 26: 7-10). Dorcas hizo una buena obra al hacer vestidos para los pobres (Hechos 9:39). María, la madre de Juan Marcos, abrió su casa para que muchos se reunieran en oración (Hechos 12:12). Lidia, cuyo corazón el Señor abrió, hizo una buena obra cuando abrió su casa a los siervos del Señor (Hechos 16: 14, 15). Priscila hizo una buena obra cuando, con su esposo, ayudó a Apolos a conocer "más exactamente el camino de Dios" (Hechos 18:26). Febe, de Cencrea, ayudó "a muchos" (Romanos 16:2). Otras Escrituras nos dicen que mujeres piadosas pueden lavar los pies de los santos, aliviar al afligido, criar hijos y conducir el hogar. Leemos aquí que en público la mujer debe aprender en silencio. Ella no debe ejercer dominio sobre el hombre.

         El apóstol da dos razones para la sujeción de la mujer al hombre. En primer lugar, Adán tiene el lugar preeminente, puesto que él fue formado primero, después Eva. Una segunda razón es que Adán no fue engañado; la mujer lo fue. En un cierto sentido, Adán fue peor que la mujer, ya que él pecó a sabiendas. No obstante, la verdad recalcada por el apóstol es que la mujer mostró su debilidad en que ella fue engañada. Adán, en efecto, debería haber mantenido su autoridad y haber conducido a su mujer a la obediencia. Ella, en debilidad, fue engañada, usurpó el lugar de autoridad, y condujo al hombre a la desobediencia. La mujer Cristiana reconoce esto y cuida de mantenerse en el lugar de sujeción y silencio.

 

         (V. 15). Eva sufrió por su trasgresión, pero la mujer Cristiana hallará la misericordia de Dios que abunda sobre el juicio gubernamental, si el hombre y la mujer casados prosiguen en fe, amor y santidad, con modestia. Cómo vimos antes que la perseverancia en la sana doctrina depende tan ampliamente de una correcta condición moral (1 Timoteo 1: 5, 6), así vemos ahora que la misericordia temporal está conectada con un correcto estado espiritual.

 

         (d) La supervisión (obispado) en la iglesia de Dios (Capítulo 3, versículos 1-13)

 

         (V. 1). El apóstol ha hablado de la posición relativa de hombres y mujeres, y de la conducta conveniente a los tales en la casa de Dios. Esto prepara el camino para la enseñanza en cuanto a la supervisión (obispado) en la casa de Dios. El apóstol dice, "Si alguno aspira ejercer supervisión, buena obra desea." (N. del T.: traducción de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento de J.N.Darby; la versión RVR60 traduce: "Si alguno anhela obispado, buena obra desea.").

         En el discurso del apóstol a los ancianos en Éfeso, tres cosas se nos exponen caracterizando la supervisión (obispado). Primeramente, los supervisores (obispos) deben mirar por sí mismos y "por todo el rebaño". Ellos deben procurar que su propio andar, y el andar del pueblo de Dios, pueda ser digno del Señor. En segundo lugar, ellos han de "apacentar la iglesia del Señor." Ellos piensan, no solamente en el andar práctico del pueblo de Dios, sino que procuran el bienestar de sus almas, para que ellos puedan entrar en sus privilegios Cristianos y hacer que sus almas progresen en la verdad. En tercer lugar, ellos han de 'velar' sobre el rebaño para que pueda ser guardado de los ataques del enemigo exterior, así como de las corrupciones que puedan surgir dentro del círculo Cristiano por medio de hombres perversos que desvían las almas del Señor tras sí (Hechos 20: 28-31).

         Tal era la obra de supervisión (obispado), y el apóstol habla de ella como de una "buena obra". Hay el testimonio de la gracia de Dios que ha de fluir desde la casa de Dios, y el apóstol ha hablado ya de esto como "bueno y agradable delante de Dios". Hay también el cuidado de aquellos que componen la casa de Dios, para que su conducta sea la que conviene a la casa. Y su cuidado por las almas también es una "buena obra".

         Es importante recordar que el apóstol no está hablando de "dones", sino de un oficio local para el cuidado de la asamblea. La Cristiandad ha confundido los dones con los oficios o cargos. En la Escritura ellos son muy distintos. Los dones son dados por la Cabeza ascendida y son 'puestos' en la iglesia (Efesios 4: 8-11; 1 Corintios 12:28). Siendo así, el ejercicio del don no puede estar limitado a una asamblea local. El oficio de supervisor (obispo) es puramente local.

         Además, no hay nada en esta enseñanza en cuanto a la ordenación de individuos para estos oficios. Timoteo y Tito pueden ser autorizados por el apóstol para ordenar (o "establecer") ancianos (Tito 1:5), pero no hay instrucción para que ancianos designen ancianos, o para que la asamblea elija ancianos.

         El hecho de que estos siervos fueran autorizados por el apóstol para establecer ancianos prueba claramente que, en la época del apóstol, había asambleas en las cuales no había supervisores designados. Ellos carecían de ancianos debidamente designados a causa de la falta de autoridad apostólica (directa o indirecta) para designarlos. Es claro, entonces, por la Escritura, que no puede haber ancianos designados oficialmente excepto por un apóstol o sus delegados. El hecho de que el hombre designe ancianos u ordene ministros sería mostrar que se actúa sin la autorización de la Escritura.

         Esto no implica que la obra del supervisor no pueda ser hecha, o que no existan aquellos que son aptos para la obra en un día de crisis. La obra de los supervisores nunca fue más necesaria que hoy en día, y aquellos que están calificados de manera escrituraria para la obra pueden, en sencillez, servir al pueblo del Señor en su propia localidad; y es bueno que nosotros reconozcamos a los tales, teniendo siempre en mente la fuerza exacta de las palabras del apóstol, cuando dice, "Si alguno aspira ejercer supervisión, buena obra desea." (N. del T.: traducción de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento de J.N.Darby). El apóstol no habla de un hombre deseando el 'cargo' a fin de sostener una posición o para ejercer autoridad, sino del deseo de ejercer esta "buena obra". A la carne le agrada el cargo, y la posición, y la autoridad, pero rehuirá la "obra". Cuando esto se ve, tendríamos que admitir que existen pocos que tienen el deseo que el apóstol contempla.

 

         (Vv. 2, 3). Las cualidades que deberían caracterizar a los tales son claramente expuestas ante nosotros; y, como uno ha dicho, 'Las instrucciones incluso en cuanto a los ancianos y diáconos no son, por decirlo así, meramente para su propio bien; ellas nos muestran el carácter que Dios valora y busca en Su pueblo.' (F.W.Grant).

         El carácter moral del anciano debe ser irreprensible. Debe ser marido de una sola mujer, un requisito que tendría especial aplicación a aquellos surgiendo del paganismo con su poligamia. Un hombre convertido, aunque no debía ser rechazado porque tenía más de una mujer, sería inepto para la supervisión (obispado). Además, un tal (el supervisor) tenía que ser sobrio en el juicio, prudente en sus palabras, decoroso en conducta, hospedador. Él debía ser apto para enseñar, sin implicar necesariamente que tuviera el don de maestro, sino que tuviese aptitud para ayudar a otros en sus ejercicios espirituales. No debía ser una persona dada a exceso en el vino o en la violencia al actuar; por el contrario, él debía ser amable, no contencioso y libre de avaricia.

 

         (Vv. 4, 5). Además, tenía que ser uno que gobernara bien su casa, teniendo a sus hijos en sujeción - exhortaciones que indican claramente que el supervisor (obispo) tenía que ser un anciano, no solamente casado y poseyendo un hogar, sino que teniendo hijos.

 

         (V. 6). No debía ser un neófito (N. del T.: palabra vernácula empleada en la literatura desde Aristófanes en adelante, en la LXX y en papiros, en el sentido original de 'recién plantado' (en griego: neos, phuö), de Comentario al Texto Griego del Nuevo Testamento de A.T. Robertson, Editorial Clie - otra traducción: "recién convertido" - LBLA). Un Cristiano joven puede ser usado por el Señor para predicar a los demás tan pronto como se convierte, pero que un tal tome el lugar de un supervisor (obispo) obviamente sería incorrecto, y conduciría probablemente a su caída "en la condenación en que cayó el diablo" (LBLA). Uno dijo verdaderamente que la condenación en que cayó el diablo fue que 'se exaltó a sí mismo pensando en su propia importancia' (J.N.Darby).

 

         (V. 7). Finalmente, el supervisor debe tener un buen testimonio de los de afuera, de lo contrario él caerá en descrédito y en lazo del diablo. El lazo del enemigo es entrampar al creyente en alguna conducta delante del mundo, de modo que ya no pueda más lidiar con una conducta cuestionable entre los santos.

 

         (V. 8). El apóstol nos da además los requisitos necesarios para los diáconos. El diácono es un ministro, o uno que sirve. Del capítulo 6 de los Hechos de los Apóstoles aprendemos que su obra especial es descrita como "servir las mesas" y, tal como muestra la relación, esto se refiere a la satisfacción de las necesidades corporales y temporales de la asamblea, en contraste a la obra del supervisor (obispo) el cual está más especialmente preocupado en satisfacer las necesidades espirituales. No obstante, no es menos necesario que el diácono tenga requisitos espirituales. Los escogidos para la obra de diácono, en la iglesia primitiva en Jerusalén, debían ser hombres "de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría" (Hechos 6:3 - Versión Moderna). Aquí aprendemos que, al igual que los supervisores, ellos tenían que ser "honestos" ("serios" - Versión Moderna), "sin doblez" ("de una sola palabra" - LBLA; "no de dos lenguas" - Versión Moderna), no dados a mucho vino o a codicia.

 

         (V. 9). Además, ellos debían caracterizarse por guardar "el misterio de la fe con limpia conciencia". Guardar la doctrina correcta no es suficiente. La ortodoxia sin una conciencia pura indicaría cuán poco la verdad tiene poder sobre aquel que la posee; por eso cuán impotente es una persona tal para afectar a los demás.

 

         (v. 10). Asimismo, los diáconos deben ser aquellos que han sido probados y han demostrado, mediante la experiencia, ser irreprensibles en su propia conducta y, de este modo, ser capaces de lidiar con asuntos que necesariamente tendrían que encarar en su servicio.

 

         (Vv. 11, 12). Sus mujeres también debían ser "honestas" ("serias" - Versión Moderna), no calumniadoras, y fieles en todo. El carácter de ellas es mencionado especialmente, en vista de que el servicio de los diáconos, al tener que ver con las necesidades temporales, podía dar ocasión para que las esposas hicieran alguna maldad a menos que fuesen "fieles en todo". Al igual que los supervisores (obispos), los diáconos han de ser maridos de una sola mujer, gobernando bien sus hijos y sus casas. Se reitera, estas exhortaciones implican que el diácono no es un hombre joven, sino uno que está casado y tiene hijos, y de este modo es un hombre con experiencia.

                                                       

         (V. 13). En caso de que se pudiera pensar que el oficio de un diácono era inferior al de un supervisor (obispo), el apóstol declara especialmente que los que ejercen bien el oficio de diácono ganan para sí un grado honroso, y mucho denuedo en la fe que es en Cristo Jesús - una verdad, tal como se ha señalado a menudo, ilustrada notablemente en la historia de Esteban (Hechos 6: 1-5, 8-15).

 

         (e) El misterio de la piedad (versículos 14-16)

 

         (Vv. 14, 15). "Estas cosas te escribo, esperando ir en breve a verte, por si tardare más largo tiempo, para que sepas cómo debes portarte en la casa de Dios (la cual es la iglesia del Dios vivo) columna y apoyo de la verdad." (Versión Moderna).

         El apóstol cierra esta porción de su Epístola declarando decididamente que su razón para escribir "estas cosas" es que Timoteo pudiera saber como uno debe portarse en la casa de Dios.

         Se nos dice que la casa de Dios es "la iglesia del Dios viviente" (RVR60). Ya no es más un edificio de piedras materiales, como en el Antiguo Testamento, sino una compañía de piedras vivas - de creyentes. Está formada por todos los creyentes viviendo en la tierra en cualquier momento dado. Ninguna asamblea local es llamada jamás la casa de Dios.

         Asimismo, es la iglesia (asamblea) del Dios viviente. El Dios que mora en medio de Su pueblo no es como los ídolos muertos que los hombres adoran, que no pueden ver ni oír. Que nuestro Dios es un Dios viviente es una verdad de importancia bendita pero solemne, pero es una verdad que nosotros podemos olvidar fácilmente. Más adelante el apóstol nos puede decir que nosotros podemos trabajar y sufrir oprobios, "porque esperamos en el Dios viviente" (1 Timoteo 4:10). El Dios viviente es un Dios que se deleita en sustentar y bendecir a Su pueblo; sin embargo, si la santidad que conviene a Su casa no es mantenida, Dios puede poner de manifiesto que Él es el Dios viviente en solemnes tratos gubernamentales tales como con Ananías y Safira, quienes experimentaron la verdad de las palabras, "¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!" (Hebreos 10:31).

         Además, aprendemos que la casa de Dios es "columna y sostén de la verdad" (LBLA). La "columna" nos habla de ser testigo; el "sostén" es aquello que mantiene firme. No se dice que la casa de Dios es la verdad, sino que es la "columna" o testigo de la verdad. Cristo en la tierra era "la verdad" (Juan 14:6), y leemos nuevamente, "tu palabra es verdad" (Juan 17:17). Por mucho que la iglesia haya fracasado en sus responsabilidades permanece el hecho de que, establecida por Dios en la tierra, ella es testigo y sostén de la verdad. Dios no tiene a ningún otro testigo en la tierra. En un día de ruina pueden ser unos pocos débiles quienes mantienen la verdad, mientras la gran masa profesante, dejando de ser un testigo, será vomitada de la boca de Cristo.

         Es importante recordar que no se dice que la iglesia (o asamblea) enseña la verdad, sino que testifica la verdad que ya se halla en la Palabra de Dios. La iglesia tampoco puede alegar autoridad para decidir lo que es verdad. La Palabra es la verdad y contiene su propia autoridad.

 

         (V. 16). En vista de que la iglesia es la casa de Dios - el Dios viviente - y testigo y sostén (o baluarte) de la verdad, cuán importante es que sepamos cómo conducirnos en la casa de Dios. Teniendo en mente la conducta piadosa el apóstol habla del "misterio de la piedad", o del secreto de la conducta correcta. Uno ha escrito de este pasaje, 'Esto es citado e interpretado a menudo como si hablase del misterio de la Deidad, o del misterio de la Persona de Cristo. Pero se trata del misterio de la piedad, o del secreto mediante el cual toda piedad verdadera es producida - el manantial divino de todo lo que puede ser llamado piedad en el hombre.' (J.N.Darby). Este misterio de la piedad es lo que la piedad conoce, pero no es manifestado aún al mundo. El secreto de la piedad reside en el conocimiento de Dios manifestado en y por medio de la Persona de Cristo. Así, en este hermoso pasaje, tenemos a Cristo presentado dando a conocer a Dios a los hombres y a los ángeles. En Cristo, Dios fue manifestado en carne. La santidad absoluta de Cristo fue vista en que Él fue justificado en el Espíritu. Nosotros somos justificados en la muerte de Cristo: Él fue sellado y ungido completamente aparte de la muerte - la prueba de su Santidad intrínseca. Luego, en Cristo, como Hombre, Dios fue "visto por ángeles" (Versión Moderna). En Cristo, Él fue dado a conocer al mundo, y fue creído en el mundo. Finalmente, el corazón de Dios se da a conocer por la presente posición de Cristo en la gloria.

         Se habla de todo esto como del "misterio de la piedad", porque estas cosas no son conocidas por el incrédulo. Una persona tal, en efecto, puede apreciar la conducta externa que mana de la piedad; pero el incrédulo no puede conocer el manantial secreto de la piedad. Ese secreto es conocido sólo por los piadosos; y el secreto yace en el conocimiento de Dios; y el conocimiento de Dios les ha sido revelado en Cristo.

 

         4. Advertencias contra la Carne Religiosa y Enseñanza en la Piedad

 

         (1 Timoteo 4)

 

         Habiéndonos enseñado el orden de la casa de Dios y el secreto de toda conducta correcta por parte de los que forman la casa, el apóstol, en el resto de la Epístola, nos advierte contra ciertas actividades carnales que destruyen una conducta correcta, y nos instruye en cuanto a la piedad verdadera que es lo único que guardará a los fieles de esos diferentes males.

         En 1 Timoteo 4 el apóstol advierte más especialmente contra la apostasía, y la carne religiosa manifestándose en el falso principio del ascetismo [*]. En 1 Timoteo 5 se nos advierte contra la carne mundana, que se muestra a sí misma en voluntariedad y auto-gratificación. En 1 Timoteo 6 se nos advierte contra la carne codiciosa con su amor al dinero.

 

[*N. del T.: El ascetismo considera que el hombre está escindido en dos partes distintas, opuestas, y que mantienen una relación hostil: el cuerpo y el alma. Considera el alma como lo más propio del hombre, dado su origen y destino sobrenatural. El cuerpo, sus pasiones, necesidades y deseos, perturba y ensucia el alma, por lo que el alma precisa de una purificación. Generalmente el ascetismo propone una vida de rigor moral que busca controlar dichos deseos y pasiones (renuncia a la práctica sexual, moderación en la comida, dietas y prohibiciones varias en la alimentación, renuncia a la ostentación de la belleza corporal...). La vida en el mundo del espíritu se puede completar también con la práctica religiosa y el desarrollo del conocimiento. Este último punto lo encontramos por ejemplo en Platón, para el cual la práctica de la filosofía es una forma de ascesis, de separación del alma del cuerpo - Fuente: Historia de la Filosofía. Volumen 1: Filosofía Griega. Javier Echegoyen Olleta. Editorial Edinumen.]

 

         La salvaguardia contra esos males se encuentra en la "piedad". La verdad de la piedad tiene un lugar muy prominente en esta Primera Epístola a Timoteo. La palabra es usada quince veces en el Nuevo Testamento (versión RVR60), encontrándose nueve de estas ocasiones en esta Epístola (1 Tim. 2: 2, 10; 1 Tim 3:16; 1 Tim. 4: 7, 8; 1 Tim. 6: 3, 5, 6, 11 - versión RVR60). La piedad es la confianza en el Dios conocido y viviente que conduce al creyente a andar en el santo temor de Dios en medio de todas las circunstancias de la vida. La piedad reconoce y honra a Dios y es, por lo tanto, exactamente lo opuesto a la santurronería que busca exaltar el yo.

 

         En el capítulo 4 el apóstol nos advierte, en primer lugar, contra la apostasía de algunos que se vuelven del Cristianismo a una religión de la carne (versículos 1-5); luego él nos presenta la vida de piedad como aquella que guardará al alma de los males de la carne (versículos 6-10); finalmente, el apóstol entrega exhortaciones personales a Timoteo, que contienen enseñanza y guía para todos los siervos del Señor (versículos 11-16).

 

         (a) Advertencias contra la carne religiosa o el ascetismo (versículos 1-5)

 

         El apóstol ha finalizado la porción anterior de la Epístola con una hermosa exposición de "la fe" manifestando la gran verdad del Cristianismo como la manifestación de Dios en Cristo. Ahora el Espíritu advierte que, en los últimos tiempos de la profesión Cristiana, algunos se apartarán, o apostatarán, de la fe. Posteriormente, el apóstol nos advierte que algunos, mediante sus prácticas, negarán la fe (1 Timoteo 5:8 - o, renegarán de la fe, como reza el mismo versículo en la Versión Moderna); algunos, por codicia, se extraviarán de la fe (1 Timoteo 6:10); y algunos, por especulación, se desviarán de la fe (1 Timoteo 6: 21 - o, errarán acerca de la fe como reza el mismo versículo en la Versión Moderna)

 

         (Vv. 1, 2). Él habla aquí de apostatar de la fe. Claramente, el apóstol no está hablando de la gran apostasía predicha en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, que se refiere a la apostasía de la Cristiandad como un todo después del arrebatamiento de la iglesia. En este pasaje el apóstol dice "algunos apostatarán", refiriéndose, evidentemente, a la apostasía de individuos que tiene lugar en los postreros días antes de la venida del Señor.

         Mientras la asamblea de Dios está aún en la tierra, se levantarán aquellos que una vez hicieron profesión del Cristianismo pero que renuncian a las verdades fundamentales de la fe Cristiana con respecto a la Persona de Cristo.

 

         (V. 3). Detrás de esta apostasía está la influencia directa de espíritus engañadores que conducen a doctrinas de demonios en oposición a la verdad. El apóstata no es simplemente uno que descuida la verdad, ni que rechaza la verdad. El apóstata es uno que, habiendo hecho profesión de la fe, renuncia deliberadamente a la verdad y adopta algún otro credo religioso como siendo superior al Cristianismo. Los demonios hablan mentira aunque profesan mantener la verdad. Nosotros sabemos que el diablo es "mentiroso" (Juan 8:44) y que sedujo a nuestros primeros padres diciendo mentiras en hipocresía. El hecho de que la verdad no tiene poder sobre sus almas y que presten oídos a doctrinas de demonios demuestra claramente que sus conciencias están tan cauterizadas que ellos ya no son capaces de distinguir entre el bien y el mal. La apostasía, entonces, comprende no solamente el hecho de renunciar o abandonar la verdad sino también la adopción del error - la doctrina de demonios.

         En lugar de la verdad el apóstata finge una religión de la carne que profesa ser de la más elevada santidad. Ellos presumen de una pureza extraordinaria mediante la prohibición de casarse, y de una gran negación de sí mismos mediante la abstinencia de alimentos. En realidad, habiéndose apartado de la fe, ellos niegan a Dios como nuestro Salvador y, al rechazar casarse y al abstenerse de alimentos, niegan a Dios como el Creador. Esto significa la pérdida de toda piedad verdadera la cual teme a Dios y, como resultado, abre la puerta al libertinaje y al desenfreno. Estos espíritus engañadores, complaciendo al orgullo de la carne, ofrecen a los hombres la promesa de la mayor santidad para conducirles a la corrupción más profunda.

 

         (V. 4). La verdadera piedad se beneficia de toda misericordia que Dios pone a nuestro alcance. Las misericordias del matrimonio o de los alimentos, las cuales son rechazadas por aquellos que apostatan de la fe, han de ser recibidas con agradecimiento por los creyentes y los que conocen la verdad.

 

         (V. 5). La Palabra de Dios no aprueba el mundo y sus costumbres para el creyente; pero estas misericordias naturales, las cuales están disponibles para todo el mundo, son puestas aparte para que seamos confortados mientras pasamos por el mundo. Sin embargo, su uso es guardado para el creyente por la Palabra de Dios y la oración. La Palabra de Dios regula su uso, y mediante la oración el creyente las toma en dependencia de Dios.

 

         (b) La piedad o confianza en el Dios viviente (versículos 6-10)

 

         (V. 6). El apóstol nos ha presentado ciertos peligros contra los cuales el Espíritu nos advierte expresamente. Timoteo tenía que enseñar estas cosas a los hermanos, y al hacer esto demostraría ser un buen siervo de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina de la cual él estaba plenamente enterado. Los espíritus engañadores, de los que el Espíritu Santo habla, buscaban exaltar al hombre con un sentido de importancia y santidad religiosas. El siervo verdadero busca exaltar a Cristo ministrando la verdad.

         Ser un buen siervo de Jesucristo no es suficiente para conocer la verdad, y mantener la verdad;  necesitamos nutrirnos con la verdad y, en la práctica, seguir plenamente la verdad. Nuestras almas deben ser alimentadas si hemos de alimentar a otros. Debemos nutrirnos, no simplemente con las palabras de los maestros, por verdaderas que ellas sean, sino "con las palabras de la fe" que nos comunican "la buena doctrina" del Cristianismo y, si se siguen, producirán un efecto práctico en nuestras vidas, preservándonos de los males de los últimos tiempos.

 

         (V. 7). Habiéndonos exhortado a seguir la verdad, el apóstol nos advierte que rechacemos todo lo que está fuera de "las palabras de la fe". Las imaginaciones de los hombres tenderán siempre a la profanidad y a la insensatez, las cuales el apóstol caracteriza con desprecio como "fábulas... de viejas". Nuestro gran 'ejercicio' debería ser que se nos hallara caminando en la piedad. Podemos poner el servicio en primer lugar; pero existe siempre el grave peligro de estar activos en el servicio, descuidando la piedad personal. El buen siervo se ejercitará en la piedad para que él pueda ser "útil para el Señor, preparado para toda buena obra." (2 Timoteo 2:21 - LBLA). Nosotros podemos, a veces, como los santos Corintios, estar muy activos en el servicio y jactarnos en nuestros dones y, al igual que ellos, ser muy poco espirituales por no ejercitarnos en la piedad.

 

         (v. 8). Para enfatizar la importancia del ejercicio espiritual en cuanto a la piedad, el apóstol lo contrasta con el "ejercicio corporal". La alusión es, probablemente, a los juegos públicos, como en 1 Corintios 9: 24, 25, donde, al hablar de las carreras públicas, él dice, "todo el que compite en los juegos se abstiene de todo" (1 Corintios 9:25 - LBLA), o, "Todo aquel que lucha, en todo ejercita el dominio propio". (1 Corintios 9:25 - RVR77). Él continua advirtiéndonos en ese pasaje que tal ejercicio de dominio propio tiene solamente una ventaja pasajera; a lo más obtiene sólo una "corona corruptible", en contraste con la "incorruptible" que el Cristiano tiene en mente. De igual modo aquí, él dice, que el ejercicio corporal sólo es provechoso para muy pocas cosas; pero el ejercicio espiritual de la piedad es provechoso para todo, siendo rico en bendiciones en esta vida así como en la venidera.

 

         (Vv. 9, 10). El apóstol insiste acerca de la importancia de este ejercicio en cuanto a la piedad declarando, "Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos". Fue debido a su piedad que el apóstol pudo decir, "por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobio". Nosotros podemos estar preparados para trabajar y ser prominentes ante los hombres, y de este modo trabajar y ganar el aplauso, o trabajar para exaltar el yo. Pero si la piedad está detrás de nuestro trabajo, significará inevitablemente trabajo y oprobio.

         El apóstol procede a demostrar que la fuente de la piedad es la confianza en Dios. Nosotros confiamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen. La piedad es esa confianza individual en Dios que toma cada circunstancia de la vida como estando relacionada con Dios. El hombre no regenerado deja a Dios fuera de su vida; el creyente Le reconoce en todos los detalles de la vida y recibe y usa agradecidamente cada misericordia que Él pone a su alcance sin abusar de las misericordias. De este modo, la piedad es el antídoto contra todas las malas influencia de los postreros días, ya sea que el mal tome la forma de ascetismo, de celibato, de abstinencia de alimentos (1 Timoteo 4:3), de abandono del hogar propio y de vivir en hábitos de auto-indulgencia (1 Timoteo 5: 4-6), o de dar importancia a la ventaja mundana y al dinero (1 Timoteo 6: 3-10).