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Collected
Writings (Escritos Compilados) Vol. 33, Miscellaneous No. 2
CAPÍTULOS 1 al 10
INTRODUCCIÓN
El Evangelio de Juan tiene
un carácter especial, el cual ha impresionado las mentes de todos quienes le han prestado un poco de atención, incluso aunque
ellos no siempre hayan entendido claramente qué fue lo que produjo este efecto: no solamente impresiona la mente, sino que
atrae el corazón de un modo que no se encuentra en las otras partes del santo libro. La razón de esto es, que el Evangelio
de Juan presenta la Persona del Hijo de Dios - el Hijo de Dios descendido tan bajo, que Él puede decir,
"Dame de beber" (Juan 4). Esto atrae el corazón, si el corazón no está totalmente endurecido. Si Pablo nos enseña de qué manera
un hombre puede ser presentado ante Dios, Juan presenta a Dios ante el hombre. Su tema es Dios, y la vida eterna en un hombre,
prosiguiendo el apóstol con el tema en la Epístola (1 Juan),
mostrándonos esta vida reproducida en quienes la poseen al poseer a Cristo. Yo hablo solamente de los rasgos principales que
caracterizan estos libros; pues, es innecesario decirlo, muchas otras verdades, además de las que he hecho notar, se han de
hallar en ellos. De hecho, es el Evangelio de Juan el que nos entrega la doctrina del envío del Espíritu de Dios, ese otro
Consolador, que va estar con nosotros para siempre.
El Evangelio de Juan se
distingue muy claramente de los otros tres evangelios sinópticos, y haremos bien en hacer una pausa por un momento para considerar
el carácter de estos últimos, especialmente en cuanto esto involucra la diferencia entre ellos y el evangelio de Juan.
Los tres evangelios sinópticos,
Mateo, Marcos, y Lucas, proporcionan los detalles más preciosos de la vida del Salvador aquí abajo, de Su paciencia y de Su
gracia: Él fue la expresión perfecta del bien en medio del mal; Sus milagros (con la excepción de la maldición de la higuera,
el cual expresó la verdad en cuanto al estado de Israel, es decir, del hombre en posesión de todos los privilegios que el
hombre pudo disfrutar de parte de Dios) no fueron solamente una confirmación de Su testimonio, sino que todos ellos eran milagros
de bondad - la expresión del poder divino manifestado en bondad. Aquí encontramos el bien; Dios mismo, quien es amor, actuando,
aunque, en un cierto sentido, aún escondido, conforme a la gracia que pronto iba a ser claramente revelada. De esta manera
el bendito Salvador fue presentado al hombre, para ser reconocido y recibido: Él fue ignorado y rechazado.
Se ha hecho notar a menudo
que cada uno de los tres evangelistas presenta al Salvador en un aspecto diferente: Mateo nos presenta a Emanuel en medio
de los Judíos; Marcos, el Profeta Siervo; Lucas (después de los dos primeros capítulos, los cuales nos presentan el más interesante
retrato de un remanente con quienes Dios estaba, en medio de un pueblo hipócrita y rebelde) nos presenta al Hijo del Hombre,
más en relación con lo que existe en el presente; esto es, la gracia celestial; pero todos los tres, en lo medular, presentan
al Salvador en Sus pacientes modos de gracia en este mundo, para que el Hombre pueda recibirle; ¡y el hombre le rechazó!
El Evangelio de Marcos,
relacionado con el servicio de Jesús, no tiene genealogía.
Mateo, en relación con
los Judíos y las dispensaciones terrenales, sigue el rastro del Salvador desde Abraham y David, y muestra, asimismo, las tres
cosas que toman el lugar del Judaísmo; es decir, el reino tal como existe en el tiempo actual (capítulo 13), la iglesia (capítulo
16), y el reino en gloria (capítulo 17).
Lucas, que nos presenta
la gracia en el Hijo del Hombre, sigue el rastro de Su genealogía hasta Adán. Estos tres Evangelios hablan siempre de Cristo
como un Hombre aquí abajo, presentado a los hombres históricamente, y ellos siguen su narración hasta que Él es rechazado
absolutamente, anunciando entonces Su entrada en la nueva posición que Él ha tomado por medio de la resurrección. La ascensión,
la cual es el fundamento de nuestro lugar actual, sólo es presentada directamente en Lucas; se hace alusión a ella en los
últimos versículos suplementarios en Marcos.
El Evangelio de Juan considera
al Señor más bien en otra manera: nos presenta una Persona divina descendida aquí abajo, Dios manifestado en este mundo; un
hecho maravilloso, sobre el cual todo depende en la historia del hombre. Ya no se trata aquí de una cuestión de genealogía;
no se trata del segundo Hombre responsable hacia Dios (aunque esto sea siempre verdadero), y perfecto delante de Dios, y que
es todo Su deleite, al mismo tiempo que vemos en cada página que no se trata ya del Mesías conforme a la profecía; ya no se
trata de Emanuel, Jesús, quien salva a Su pueblo; ya no se trata más del mensajero que va delante de Su presencia: en Juan
se trata de Dios mismo, como Dios, quien en un Hombre se muestra a los hombres,* a los Judíos - pues Dios había prometido
que Él vendría - pero ante todo, para apartarlos enteramente (capítulo 1: 10, 11), demostrando al mismo tiempo que nada en
el hombre podía incluso comprender quien estaba presente allí con él. Luego, al final del Evangelio, hallamos la doctrina
de la presencia del Espíritu Santo, quién habría de reemplazar a Jesús aquí abajo, revelando Su gloria en lo alto, y dándonos
la conciencia de nuestras relaciones con el Padre y con Él.
{*
Habiendo venido como un Hombre, Jesús nunca deja el lugar de obediencia, y recibe todo de manos de Su Padre.}
Se ha de observar, asimismo,
que todos los escritos de Juan, y entre ellos su Evangelio, consideran al Cristiano como un individuo, y no distingue la iglesia,
ya sea como el cuerpo o como la casa. Además, el Evangelio de Juan trata de la vida eterna; él no habla del perdón de pecados,
excepto como una administración presente confiada a los apóstoles; y, en lo que respecta a Cristo, él trata esencialmente
el tema de la manifestación de Dios aquí abajo, y de la venida de la vida eterna en la Persona del Hijo de Dios; por consiguiente, él apenas habla en absoluto de nuestra porción celestial,
exceptuando tres o cuatro alusiones. Pero es tiempo de dejar estas reflexiones generales, para considerar lo que el propio
Evangelio nos enseña.
En primer lugar, entonces,
demos una mirada a su estructura. Los tres primeros capítulos son introductorios: Juan (el Bautista) no había sido aún encarcelado,
y Jesús, aunque enseñaba y hacía milagros, no había comenzado aún Su ministerio público. Los dos primeros de estos tres capítulos,
hasta el capítulo 2:22, forman un todo. El Capítulo 3 nos presenta la base de la obra divina en nosotros y por nosotros -
es decir, el nuevo nacimiento y la cruz, esta última introduciendo las cosas celestiales en cuanto a nosotros, y en cuanto
al propio Jesús. En el capítulo 4, Jesús pasa desde Judea a Galilea, dejando a los Judíos quienes no le recibieron, y toma
el lugar de Salvador del mundo en gracia. En el capítulo 5, Él da vida como Hijo de Dios; en el capítulo 6, Él llega a ser,
como Hijo del Hombre, el sustento de la vida, en Su encarnación y en Su muerte. El Capítulo 7 nos muestra que el Espíritu
Santo habría de reemplazarle - la fiesta de los tabernáculos, la restauración de Israel, tendría lugar después. En el capítulo
8, Su palabra es rechazada definitivamente; en el capítulo 9, son rechazadas Sus obras: pero aquel que ha recibido la vista
le sigue a Él. Así, en el capítulo 10, Él tendrá Sus ovejas, y las guardará para mejores cosas por venir. En los capítulos
11 y 12, Dios da testimonio de Él, como Hijo de Dios, por la resurrección de Lázaro; como Hijo de David, por Su entrada en
Jerusalén; como Hijo del Hombre, por la llegada de los Griegos; pero este título de Hijo del Hombre, traía con él la muerte,
un asunto que es tratado entonces. Betania es una escena que se destaca por sí misma; María comprendió en su corazón la posición
de Jesús; Aquel que daba vida, Él mismo debía morir. Su título de Hijo del Hombre cierra la historia de Jesús aquí abajo,
introduciéndole por medio de la muerte y por medio de la redención en una esfera mucho más amplia de gloria. Pero entonces
(capítulo 13), la pregunta surgió naturalmente, ¿iba Jesús a dejar a Sus discípulos? No; siendo glorificado en lo alto, Él
lavaría sus pies. Pero adonde Él fuera Sus discípulos no le podían seguir ahora. En el capítulo 14 hallamos los recursos de
consuelo durante el tiempo de la ausencia del Señor: el Padre ya había sido revelado en Él durante Su vida aquí abajo; cuando
Él hubiese regresado a lo alto, Él habría de enviar otro Consolador; por medio de Él, los discípulos sabrían que Él estaba
en el Padre, y ellos en Él, y Él en ellos. El Capítulo 15 nos muestra la relación de los discípulos con Él sobre la tierra,
tomando el lugar de los Judíos; el lugar de los discípulos delante del mundo, el de los Judíos al rechazarle a Él, y luego
el Consolador. El Capítulo 16 nos dice lo que el Espíritu Santo haría cuando viniese; de qué sería la prueba Su presencia
en el mundo, y qué enseñaría Él a los discípulos, poniéndolos, a la vez, en relación inmediata con el Padre. En el capítulo
17 el Señor, pronunciándose sobre el cumplimiento de Su obra, y la revelación del nombre del Padre, sitúa a los Suyos en Su
propia posición delante del Padre y delante del mundo; el mundo es juzgado, en que ha rechazado al Señor, y los Suyos son
dejados aquí en Su lugar. En los capítulos 18 y 19 tenemos la historia de la condena y crucifixión del Señor; en el capítulo
20, Su resurrección y la manifestación de Él mismo a Sus discípulos, así como la misión de ellos. El Capítulo 21 nos presenta
Su entrevista con los Suyos en Galilea, la restauración de Pedro, y la profecía de Jesús en cuanto a este último, y en cuanto
a Juan.
Después de este breve bosquejo
del Evangelio como un todo, entraremos ahora en los detalles de los capítulos.
CAPÍTULO
1
El primer capítulo nos
presenta la Persona del Señor en todos sus aspectos positivos
- lo que Él es en Sí mismo. No en Sus caracteres relativos; Él no es el Cristo aquí, ni la Cabeza de la iglesia, ni el Sumo Sacerdote - es decir, lo que Él fue, o lo que Él es, en la relación
con los hombres aquí abajo, sean Judíos o Cristianos. Pero es Cristo quien nos es presentado personalmente así como Su obra.
El capítulo comienza con
la existencia divina y eterna de la Persona de Jesús, el
Hijo de Dios, con lo que Él es en la esencia de Su naturaleza, por decirlo así. Génesis comienza con la creación, y el Antiguo
Testamento nos entrega la historia del hombre responsable en la tierra, la esfera de esa responsabilidad; Juan comienza con
aquello que precedió a la creación; él comienza todo de nuevo aquí, en la
Persona de Aquel que vino a ser el segundo Hombre, el postrer Adán.
No es, "En el principio
creó Dios"; sino, "En el principio era
el Verbo." (o, "En el principio existía el Verbo." Juan 1:1 - LBLA). Todo se fundamenta
en la existencia no creada de Aquel que creó todas las cosas: al principio de todas las cosas Él estaba allí, sin ningún principio.
"En el principio era el Verbo", es la expresión formal de que el Verbo (la
Palabra) no tuvo principio. Pero hay más en este notable pasaje: el Verbo era personalmente distinto, "el
Verbo era con Dios" (o, "estaba con Dios" - LBLA); pero Él no era distinto en naturaleza, "el Verbo era Dios." De este modo
tenemos la existencia eterna, la personalidad distintiva, la identidad de naturaleza, del Verbo; y todo existía en la eternidad.
La personalidad distintiva del Verbo no era, como la gente desearía que fuese, una cosa que tuvo un principio. "Él estaba
en el principio con Dios." (v. 2 - VM). Su personalidad es eterna como Su naturaleza. Esta es la gran y gloriosa base de la
doctrina del evangelio y de nuestro gozo eterno, lo que el Salvador es en Si mismo, Su naturaleza, y Su Persona.
Ahora viene lo que Él es
en Sus atributos, siendo tal. Antes que nada, Él ha creado todas las cosas, y aquí venimos al principio de Génesis. Tenemos
que ver con Él en aquello que Él es; el mundo no es más que lo que Él ha hecho. Todas las cosas por Él fueron hechas, y no
existe nada creado de lo cual Él no fue el Creador. Todo lo que subsiste, subsiste por medio de Él. Él era (een); todo lo que comenzó a existir (egeneto) comenzó "por medio
de él." (v. 3 - RVA). Él fue el Creador de todo lo que existe. (Comparen con Hebreos 1: 2, 10).
La segunda cualidad hallada
en Él es que "En él estaba la vida", v. 4. Esto no se puede decir de ninguna criatura; muchas tienen vida, pero ellas no la
tienen en sí mismas. Cristo llega a ser nuestra vida, pero es Él quien lo es en nosotros. "Dios nos ha dado vida eterna; y
esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida." (1 Juan
5: 11, 12). Esta es una verdad muy trascendental, con respecto a Él, con respecto a nosotros, y con respecto a la vida que
nosotros poseemos como Cristianos.
Pero hay más; esta vida
es "la luz de los hombres", una palabra de inmenso valor para nosotros. Dios mismo es luz, y es la luz divina como vida la
que se expresa a los hombres en el Verbo. No es la luz de los ángeles, aunque Dios es luz para todos, pues Él lo es en Sí
mismo, sino que, como ello está relacionado, está adaptada a otros seres, no a los ángeles, Sus delicias eran con los hijos
de los hombres (Proverbios 8). La proposición es una que es llamada recíproca; es decir, las dos partes de la proposición
tienen un igual valor. Yo también podría decir así: la luz de los hombres es la vida que está en el Verbo. Se trata de la
expresión perfecta de la naturaleza, consejos, y gloria de Dios cuando todo será consumado. Es en el hombre que Dios se hará
ver y se dará a conocer. "Dios fue manifestado en carne . . .Visto de los ángeles." (1 Timoteo 3:16). Los ángeles son la expresión
más elevada del poder de Dios en la creación; pero es en el hombre que Dios se ha mostrado a Sí mismo, y eso, moralmente,
en santidad y amor. Nosotros debemos andar como Cristo anduvo, ser imitadores de Dios como Sus hijos amados, y andar en amor,
como Cristo también nos amó, y se entregó por nosotros; y también, somos "luz en el Señor" (Efesios 5:8), pues Él es nuestra
vida. Si conocemos el amor, es en que Él puso su vida por nosotros, y nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos
(1 Juan 3:16). Si Dios nos castiga, es para que participemos de Su santidad. Nosotros andamos en luz, como Él está en luz.
Él nos ha escogido en Cristo, para ser "santos, y sin mancha delante de él en amor" (Efesios 1:4 - RVR1865), que es el carácter
de Dios mismo, un carácter perfectamente realizado en Cristo. Nosotros nos purificamos, así como Él es puro, sabiendo que
seremos semejantes a Él - siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor - siendo
renovados en el conocimiento conforme a la imagen de Aquel que nos creó. Y esto no es una regla, aunque en ello está implicada
una regla (pues nosotros debemos andar como Él anduvo), sino una vida que es la expresión perfecta de ella, la expresión de
la vida de Dios en el hombre. ¡Privilegio inefable! ¡Maravillosa cercanía a Jesús! "Porque el que santifica y los que son
santificados, de uno son todos." (Hebreos 2:11).
La redención desarrolla
y manifiesta todas las cualidades morales de Dios mismo, y por sobre Sus cualidades, Su naturaleza - amor y luz, y eso en
el hombre, y en conexión con los hombres. Nosotros somos, estando en Cristo, y Cristo en nosotros, el fruto y la expresión
de todo lo que Dios es en la plenitud y revelación de Él mismo. Él mostrará, en los siglos venideros, las abundantes riquezas
de Su gracia, en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús (Efesios 2:7). Pero entonces, para que todo esto saliera a la
luz, el amor e incluso la luz, una ocasión se debía presentar; y eso, no en un objeto amable e inteligente en lo bueno (pues
entonces el hombre podía amar), sino allí, donde todo lo contrario a esta naturaleza se mostraba; fue necesario, asimismo,
que se demostrara que el bien es superior al mal, dejando que el mal tuviese su libre curso. "La luz resplandece en medio
de las tinieblas, y las tinieblas no lograron sofocarla." (o, "no la comprendieron"; Juan 1:5 - VM). No solamente el hombre
no era luz, no sólo él era tinieblas, sin ninguna vislumbre de la naturaleza de Dios, sino que en él no había poder de recepción
de esta luz, había oposición de naturaleza. Ellos no vieron ningún atractivo en Él para desearle. En lo que no fue nada más
que la exhibición de la naturaleza divina en sí misma, fue imposible continuar más allá. En las cosas naturales, si hay luz,
ya no hay más tinieblas; pero en el mundo moral no es así; la luz, aquella que es pura en sí misma, y manifiesta todas las
cosas, está allí, y no se percibe quien está allí. "¿No es éste el hijo del carpintero?" (Mateo 13:55). "Si conocieras . . . quién es el que te dice: Dame de beber." (Juan 4:10). "Si éste fuera un profeta." (Lucas
7:39 - LBLA) - es un juicio claro, afirmando que Él no es un profeta, cuando Dios está allí, y se muestra Él mismo como tal.
Puesto que lo que Dios es en este mundo revela lo que hay arriba, la mente que reina allí no se asocia con un solo principio
que gobierna el corazón y las costumbres de los hombres. En ese corazón no hay ningún conocimiento de pecado, ningún conocimiento
de Dios, ningún conocimiento del estado en el que nos ha sumergido el pecado; el propio pecado es estimado conforme al mal
que nos ha hecho a nosotros, no conforme a su oposición a la naturaleza de Dios, aunque admito que se adquirió una conciencia
por medio de la caída; el egoísmo se ha convertido en el punto de partida de todo. Entonces, cuando la luz viene, la cual,
por el contrario, muestra lo que el pecado es, dónde este ha colocado al hombre moralmente delante de Dios, todo es juzgado
según el egoísmo como punto de partida; y la manifestación de Dios no halla ninguna entrada en el corazón. Este es un campo
desconocido para el hombre: es la verdad, y el hombre está en un estado de falsedad, ya que se halla sin Dios, y no entiende
nada aquí. Dios es luz; y cuando Él se manifiesta tal como Él es, pero adaptado al hombre, tal es el estado del hombre que
nada responde a esta manifestación. Si la conciencia, que es de Dios, es alcanzada, el odio de la voluntad es despertado (Vean
el final de Hechos 7 y Juan 3:19).
Tenemos, entonces, de una
manera abstracta, en estos cinco primeros versículos, lo que el Señor es, divinamente, en Sí mismo; y junto con esto, al final,
el efecto de Su manifestación en medio de los hombres, tal como ellos eran, aún de una manera abstracta. De este modo, es
como luz que Él es presentado aquí; no es amor lo que se revela. Descendido aquí como amor, Él ha estado activo, tanto hacia
el mundo, como eficazmente hacia los Suyos, lo que implica la cruz, es decir, la luz rechazada. Pero lo que se nos presenta
aquí es lo que el Señor es, no lo que Él hace en actividad divina. Los versículos 16 - 19 del capítulo 3 nos entregan el resumen
de lo que Él es en estos dos pormenores. Dios es amor; pero Cristo era la actividad de este amor, conforme a la naturaleza
y al establecido propósito de Dios. (Comparen el versículo 17 del capítulo que estamos examinando.). La ley demandaba del
hombre aquello que el hombre debía ser; en Cristo algo "vino" de Dios - luz y amor; pero este tema nos ocupará más plenamente
en un momento más. Yo sólo repito, que lo que nos es dado leer, hasta el presente, es lo que el Señor es en Sí mismo, pero
en el carácter que pone al hombre a prueba, que muestra lo que el hombre es; y el pasaje finaliza con el efecto de la manifestación
de lo que Él es, sin que Él sea nombrado. Esta Luz se puede manifestar allí, donde no hay nada que responda a ella: no es
sofocada (no es comprendida). Se trata de incapacidad moral, no de odio; este último se opone al amor.
Podemos observar que, al
ser hechos participantes de la naturaleza divina, nosotros llegamos a ser luz (Efesios 5:8). Nunca se dice que nosotros somos
amor. Dios es soberano en Su amor, sin duda es Su naturaleza, en comunión, y en bondad, y en misericordia, pero libre. Nosotros
somos hechos participantes de esta naturaleza, y andamos en amor, ya que el amor ha sido manifestado en Jesús, debido a que
Él es nuestra vida; pero es en obediencia que nosotros andamos así, es un deber, un gozoso deber - fácil, si andamos con gozo,
y más fuerte que el mal, pero no libre, como si tuviera su fuente en nosotros mismos. No podemos decir que nosotros somos
el amor supremo, una fuente de la que surge el amor; pero el nuevo hombre es santo en sí mismo; es eso lo que él es, aunque
esto sea, en nuestro caso, en relación con un objeto.
En el versículo 6 y los
siguientes, comenzamos la historia: Cristo tenía que aparecer. No se trata de lo que Él es de forma abstracta; ahora hallamos
a un precursor - Juan el Bautista. Dios, en Su bondad, no se satisfizo dando la luz: Él la anuncia - mediante otro, como para
atraer la atención de los hombres. Juan el Bautista da testimonio de la Luz,
pero aquí es para que todos puedan creer, y no solamente para Israel: Juan el Bautista no era la Luz, pero él vino para dar testimonio de Aquel que era la Luz. Ahora la Luz verdadera es Él
quien, viniendo a este mundo, es luz para todo hombre, Fariseo o pecador, Judío o Gentil. Él es la Luz, quien, venido desde lo alto, es eso para todos, ya sea que Él sea rechazado o
recibido: para un Simón o un Herodes, para Natanael o para Caifás. Él es la expresión de Dios, y de la mente de Dios para
todo hombre, cualquiera que sea el estado en que él esté. El asunto aquí no es el de la recepción de la luz en el corazón.
En ese caso se trata de una cuestión del estado del que recibe; aquí, se trata del hecho de la aparición de la Luz en este mundo. Ella estaba en el mundo en la Persona del Salvador; el mundo por Él fue hecho; pero cuando Él estuvo en el mundo, el mundo
no le conoció: Él vino a lo Suyo, los Judíos, Él, quien era su Jehová y su Mesías, y los Suyos no le recibieron (v. 9 - 11).
Este es el resultado de
la manifestación de la Luz en medio de los hombres, históricamente
- incapacidad para entenderla, y rechazo cuando se dirigió directamente a quienes ya habían estado en relación con ella mediante
las promesas y las profecías, y quienes habían recibido la ley de parte de ella, la norma de la vida humana - aunque permaneciendo
siempre Luz. Algunos, sin embargo, la recibieron; y a aquellos Él les dio el derecho de tomar el lugar de hijos de Dios, no
se trata de que habían algunos de mejor calidad, o con una voluntad menos perversa que los demás; no, ellos nacieron de nuevo,
nacidos de Dios; "nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios." (Juan 1:13
- RVA). La revelación exterior de la luz en el Verbo fue acompañada por un poder vivificador de Dios, el cual le dio una realidad
vital en el alma, al formar la simiente incorruptible de Dios. Como vida, Cristo estaba allí. El hombre nacía de Dios.
Esto finaliza la exposición
del Verbo (la Palabra) como luz en Sí mismo, y como revelado
en el mundo y en medio de los Suyos; presentado de manera abstracta en los versículos 1-5, e históricamente en los versículos
7-13, pero, con todo, en su naturaleza como luz, y no como un hombre; luego, después de todo, si ella era recibida, se presenta
en qué consistía la diferencia.
En el versículo 14, el
Cristianismo comienza históricamente. Hasta eso, es lo que Cristo era, así como
también cuál era el estado de la esfera en que Él fue manifestado. Ahora tenemos lo que Él llegó a ser - "Y el Verbo se hizo
carne." (v. 14 - RVA). No fue una aparición, como en el Antiguo Testamento, sino que Él tomó un tabernáculo para morar entre
nosotros, aunque no fuese más que por un tiempo. Era un Hombre en medio de los hombres (Él mantendrá el tabernáculo para siempre);
pero Él ha vivido aquí abajo lleno de gracia y verdad, amor y luz, adaptado al estado del hombre aquí abajo; entonces nosotros,
los creyentes, hemos recibido de Su plenitud, y gracia sobre gracia; en resumen, como el unigénito Hijo, que está en el seno
del Padre, Él ha dado a conocer al Padre. La Palabra hecha
carne puso Su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de
gracia y de verdad (v. 14 - BJ): todos nosotros hemos recibido de Su plenitud: entonces Él ha dado a conocer al Padre. Él
era el Hijo en manifestación, Hombre en medio de los hombres, la Palabra,
que era Dios, hecha carne. En Él la gracia y la verdad vinieron al mundo; Él es una fuente plena de gracia para nosotros,
de la que todos hemos recibido abundancia de gracia, y Él ha dado a conocer, también, al Padre.* Esta es la segunda parte
de nuestro capítulo, la historia de la Persona del Cristo.
De esto también Juan el Bautista da testimonio: él no era el Cristo, sino Su precursor, la voz que clama en el desierto, y
quien, al llamar al arrepentimiento, prepara el camino del Señor.
{*
Comparen 1 Juan 4:12, donde la dificultad de que "Nadie ha visto jamás a Dios", es resuelta de otra manera; esta comparación
proporciona la más profunda enseñanza en cuanto al estado del Cristiano.}
Esto introduce un tercer
punto. Entre tanto anuncia Su Persona, aquel que le presenta se oculta; él no es el Cristo, ni el profeta prometido por Moisés,
ni Elías prometido por Malaquías, sino solamente conforme a la palabra de Isaías, la voz que anuncia a otro, a quien los Fariseos
no conocían. Aquel que venía después de él, pero que era antes de él, del cual no era digno de desatar la correa del calzado.
Esto se vuelve un testimonio personal cuando Jesús aparece delante de Juan al siguiente día. (Versículo 29, y siguientes.)
Juan le designa aquí, no como el Mesías, sino en conexión con Su obra, de la que hay dos partes: Él quita el pecado, y Él
bautiza con el Espíritu Santo.
Jesús es "el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo." (Juan 1:19). El pecado debe ser quitado de delante de Dios. El tiempo vendrá cuando
ya no habrá más pecado delante de los ojos de Dios, ni delante de los nuestros, un tiempo de eterno reposo para Dios y para
nuestros corazones. ¡Qué verdadero reposo, y cuán bendito para el corazón! Ha habido un paraíso de inocencia, que dependió
de la fidelidad de la criatura, un estado de inocencia incierto, y perdido en seguida: ha habido un mundo de pecado, donde
sin embargo Dios ha estado actuando en gracia: habrá un mundo de cielos nuevos y tierra nueva, donde morará la justicia, un
estado de cosas que no puede ser conmovido, moralmente inmutable, porque el valor de la obra de Cristo permanece siempre el
mismo. Este no será un estado de inocencia donde todo dependía de la obediencia puesta a prueba, y en el que el hombre fracasó,
sino una felicidad dónde la obediencia fue perfectamente probada, y cumplida. La justicia asegura la estabilidad de este estado
de cosas, pues Dios no puede tener en poco la perfección de la obra de Cristo, para Su gloria. Asimismo no habrá nada más
allí que santidad. Todos allí glorificarán a Dios en todo lo que Él es; nada será contrario a Su naturaleza. El pecado será
quitado de delante de Dios en los cielos nuevos y tierra nueva. Jesús es Aquel que lo quita: la obra está hecha, el resultado
no se muestra todavía. El pasaje no dice, 'El Cordero de Dios que ha quitado",
ni, "quien quitará" - este pasaje presenta el carácter de Aquel que estaba allí
ante los ojos de Juan el Bautista, Aquel que lo estaba haciendo. El pasaje no trata de la culpabilidad en que nosotros estamos
(un asunto muy importante en su lugar), eso es evidente, sino de un estado de cosas delante de Dios. Juan toma habitualmente
las cosas así en sus grandes principios. Es Dios quien ha aparecido, y todo es juzgado conforme a la luz de Su presencia.
Su Santidad requiere - sí, Su majestad, por cuanto Él es santo - que el pecado sea quitado de delante de Sus ojos. Aquel que
cumplió la obra, quien lo estaba haciendo, estaba ahora allí presente en la tierra. Él era "el Cordero de Dios", el Cordero
que convenía perfectamente a la gloria de Dios, el Cordero que Dios solo pudo haber provisto para Sí mismo, quien pudo establecer
Su gloria, Su gloria más elevada, allí donde el pecado se encontraba; el Cordero que se pudo entregar libremente por esta
gloria, y cumplir así una obra que había de ser el fundamento moral (siendo su valor inmutable, y subsistiendo sin posibilidad
de cambio, pues la obra fue siempre ella misma) de una bendición eterna, conforme a Dios, y delante de Él.
La cruz es la base de esta
bendición. Todos los elementos morales del bien y el mal han sido claramente revelados, y cada uno ha sido mostrado en su
lugar apropiado, y Cristo está a la diestra de Dios, como Hombre, en la gloria divina, en virtud de haber resuelto toda cuestión
que era hecha surgir de este modo. Allí se pudo ver:
1.-
al hombre en su odio absoluto del bien, de Dios mismo manifestado en bondad, y eso para él: "han visto y han aborrecido a
mí y a mi Padre" (Juan 15:24);
2.-
todo el poder de Satanás, "viene el príncipe de este mundo" (Juan 14:30); "ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas"
(Lucas 22:53 - RVA);
3.-
al hombre en su perfección absoluta en Cristo; "para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así
hago" (Juan 14:31); y eso cuando ambos habían sido probados de la manera más absoluta;
entonces
4.-
a Dios, en Su justicia contra el pecado, como en ninguna otra parte: el pecado en nosotros, pero Dios en Su infinito amor
por el pecador.
Así
el hombre, en la Persona del Hijo de Dios, ha entrado en
una posición completamente nueva, en la gloria, más allá del alcance del pecado, la muerte, el poder de Satanás, y el juicio
de Dios después de haber pasado a través de él - el hombre, conforme a los consejos de Dios, colocando el sello más positivo
sobre la responsabilidad del hombre como una criatura, enfrentando las consecuencias de esta responsabilidad, y glorificando
a Dios de un modo tal como para obtener para el hombre, del amor y la justicia de Dios, un lugar que ha de ser la glorificación
eterna de Dios en Sus consejos soberanos y en Su gloria, la glorificación de Aquel que introdujo al hombre allí para ser el
instrumento de ello, entre tanto, al mismo tiempo, el orden de la creación ha de subsistir como resultado delante de Dios
en un estado donde Él hallara el reposo de Su naturaleza, y donde Cristo, el Hombre glorificado, ha de ser el centro de todos
los caminos de Dios en sus benditos resultados.
El Salvador tenía que hacer
aún otra cosa; es decir, bautizar con el Espíritu Santo. Esto es presentado por uno de los hechos más interesantes y conmovedores:
Jesús recibe el Espíritu Santo como Hombre, y la Escritura
emplea las mismas palabras en cuanto a Él como las que emplea cuando habla de nosotros: "Jesús de Nazaret . . . cómo Dios
le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hechos 10:38 - RVA); y el propio Señor dijo, "porque a éste es a quien
el Padre, Dios, ha marcado con su sello." (Juan 6:27 - LBLA). Jesús ha sido sellado como Hijo, como Hombre aquí abajo, en
virtud de Su propia perfección, y de Su propia relación con el Padre como Hijo; nosotros
somos sellados, siendo hijos por la fe en Él (Gálatas 3:26; 4:6), en virtud de la redención que Él ha cumplido. Nosotros,
por consiguiente, no podíamos haber sido sellados antes de que Él hubiese tomado Su lugar como Hombre en lo alto - testimonio,
al mismo tiempo, de la eficacia de la redención, y de aquello que la redención ha adquirido para nosotros. "Si el grano de
trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto." (Juan 12:24). Así leemos (Juan 7:39 - VM),
"El Espíritu Santo no había sido dado todavía [esto es, no todavía a los creyentes en la tierra], por cuanto Jesús no había
sido aún glorificado." Era el testigo de que Él era el Hijo personalmente. Ahora que la redención está cumplida, que Jesús
ha sido glorificado, después de sus logros, el Espíritu Santo es dado a nosotros quienes creemos en Jesús.
Así, también, aunque el
resultado del sacrificio de Cristo, quitando el pecado del mundo, aún no sea mostrado, nosotros sabemos que aquello que forma
la base de este bendito resultado está cumplido, y disfrutamos de su eficacia en la perfecta purificación de nuestra conciencia,
y en la gloriosa esperanza de estar con Cristo, semejantes a Él en el cielo, asegurándonos el Espíritu Santo una de estas
cosas, siendo las arras de lo otro. Cristo bautiza (o más bien ahora decimos que ha bautizado) a los Suyos con el Espíritu
Santo, dándonos la conciencia de ser hijos en plena libertad delante del Padre, quien le ha sellado como siendo personalmente
el Hijo de Dios, perfecto en todo. Esta señal fue dada a Juan el Bautista, quien abrió su boca para dar testimonio de que
Jesús era el Hijo de Dios. Juan vio claramente que Jesús era una Persona gloriosa, de quien no era digno de desatar la correa
del calzado, y él sintió que no era su lugar bautizar a esta Persona. Pero el descenso del Espíritu sobre Jesús es el testimonio
claro, celestial, mostrando quien era Jesús, en cuanto a Su Persona, como Hijo de Dios: Juan vio y dio testimonio de que Él
era el Hijo de Dios en este mundo. Es muy precioso para nosotros (aunque en nuestro caso no se trata de nuestras personas,
sino de la gracia soberana) pensar que, si ascendido a la gloria Él nos ha bautizado con el Espíritu Santo (testimonio de
que somos hijos y dándonos la conciencia de ello), Él, el Hijo eterno, recibió antes que nada, como Hombre aquí abajo, este
mismo testimonio, el sello y la unción del Espíritu, que nos capacita para clamar, "¡Abba, Padre!" Se trata de la anticipación
de esa verdad, de que Aquel que santifica y los que son santificados, de uno son todos; Hebreos 2:11.
Pero si se trata de aquí
abajo, un testimonio divino ha sido dado de que Jesús era el Hijo de Dios, Su título como Cordero de Dios es el que le caracteriza.
El corazón de Juan el Bautista ya le reconoció como tal, pues el testimonio que él rinde aquí no es un testimonio contenido
en su predicación. Él vio a Jesús caminando delante de él, y su corazón, lleno de la profunda verdad, exclama, "He aquí el
Cordero de Dios." (v. 29). Él ya le había anunciado en ese carácter, y nadie había seguido a Jesús; pero ahora lo que provino,
en gracia, de su corazón, atrajo corazones; dos de los discípulos de Juan le oyeron, y siguen al Señor. Así comienza Jesús
a reunir a Sus discípulos. Él acepta la posición de centro de reunión. Los dos discípulos habían recibido la Palabra de Dios pronunciada por la boca de Juan el Bautista, pero ni
Juan, ni ninguno de los profetas, habían tomado jamás el lugar de ser un centro, alrededor del cual aquellos que recibían
la Palabra de Dios se reuniesen; ahora estaba allí en el
mundo Uno a cuyo alrededor ellos podían reunirse de esa manera; se trataba del "Cordero de Dios." Jesús, viendo los dos discípulos
que le seguían, les dijo, "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dijo: Venid
y ved." (vv. 38, 39).
Este es un principio importante
y un hecho importante; no sólo había en la tierra un testimonio sino una Persona que era un punto de reunión para los que
recibían la Palabra de Dios, y eso de parte de Dios mismo.
Este fue el fruto del testimonio de Juan el Bautista. Andrés, uno de los dos discípulos de Juan, halla a Simón, su hermano,
y le anuncia que ellos habían hallado, no al Cordero de Dios, sino al Cristo. El testimonio que nosotros recibimos, siempre
está ligado a aquello que ya está en el corazón; no va más allá de lo que se adapta a lo que está allí. Si todo el amor de
Dios en Cristo es predicado, si una obra se lleva a cabo en el corazón, esto producirá una convicción de pecado, quizás incluso
para hacernos casi desesperar por salvación. "El Cordero de Dios" va infinitamente más allá que "el Mesías"; pero estas almas
sinceras que vemos aquí, y quienes habían recibido la Palabra
de Dios en sus corazones, habían hallado "al Mesías." En el versículo 42, Andrés trae a Simón a Jesús, quien le llama Cefas,
o Pedro, de otra manera. El derecho de poner nombres es la expresión de soberanía, tal como hallamos constantemente en la Palabra; sólo Cristo pone nombres con un conocimiento divino de las personas.
Él se asignó a Sí mismo una autoridad suprema, pero con la competencia de una Persona divina. Juan el Bautista nunca habría
puesto nombres a sus discípulos de este modo.
Pero aunque Jesús era el
centro que reunía a los que recibían el testimonio de Dios, Él vino para dar testimonio de la verdad, y llevando a cabo su
obra Él no tuvo dónde recostar Su cabeza. Él comienza este servicio activo en el versículo 43: Él quiso ir a Galilea, donde
Su testimonio iba a ser rendido entre los pobres del rebaño, y halla a Felipe. Este es el segundo carácter del testimonio.
El primero fue Juan, y lo que siguió; aquí es Cristo, y se trata de una cuestión de seguirle, a Él que era un peregrino y
extranjero en este mundo. Cristo aparece también de esta forma en otro capítulo; hasta este momento le hemos contemplado como
centro, Él recibía creyentes, y se rodeaba de ellos allí, donde él moraba; aquí ellos deben seguirle, donde Él era un peregrino
- un segundo testimonio de la mayor importancia.
Como objeto del testimonio
de Juan el Bautista, Jesús era el centro, y Él siempre lo es; pero, de hecho, en Su propio testimonio aquí abajo, Él era un
extranjero, y no tuvo dónde recostar Su cabeza; Él comenzó en el pesebre, y terminó en la cruz. Toda Su vida fue la vida de
Uno que fue extranjero aquí abajo, quien anduvo en el mundo para rendir testimonio en él a Dios en gracia, pero siguiendo
una senda que ningún ojo de buitre había visto (Job 28:7). Los dos caracteres del testimonio presentan con vigoroso realce,
el estado del mundo, por una parte; y por la otra, lo que Jesús estaba haciendo allí. ¿Por qué tener en este mundo un centro
de reunión, de parte de Dios, si no fuera que el mundo, e incluso el pueblo de Dios conforme a la carne, se había alejado
completamente de Dios, y que necesitaba alguien que sacara a las almas de este estado mediante la revelación de Dios en medio
de este mundo? Y ahora, nuevamente, el principio es el mismo, sólo que el bendito Centro está en el cielo: Él "se dio a sí
mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo" (Gálatas 1:4). Entonces, ¿por qué seguir a Jesús, ser un
peregrino como Jesús fue siempre aquí abajo? Adán no fue un peregrino en el paraíso; nosotros no seremos peregrinos en el
cielo: no había necesidad de un camino en el primero, y nosotros no hallaremos ninguno en el otro, como para desear salirnos
de él. Fue el reposo de Dios abajo; es el eterno reposo de Dios en lo alto; uno no saldrá de él; no hubo necesidad, y no habrá
necesidad, en el uno, o en el otro, de una senda donde se debe seguir a alguien. Aquí no es así; ni el reposo de Dios, ni
el reposo del hombre, han de ser buscados en la tierra, y lo que nosotros queremos es una senda a través del desierto. Solamente
hay una que es segura, y Uno solo pudo trazarla; y la fe sola la discierne; es Jesús quien dice, "Sígueme." Necesitamos una
senda, y la senda es hallada. Felipe también era de Galilea. La obra de Dios no se edificó sobre Jerusalén, el antiguo centro
según la carne; sino que la base, la senda, y el centro, es el Hijo de Dios, la revelación del propio Dios en el mundo, siendo
Él mismo las primicias, el despreciado y rechazado de los hombres, pero la imagen del Dios invisible.
Felipe halla a Natanael,
un Israelita, lleno de prejuicios, pero un corazón sencillo, pues incluso el Señor halló debajo de la higuera, hombres de
esta estampa, ligados al Judaísmo - un remanente cuyo corazón se abría a la verdad, hombres fieles, quienes esperaban la redención
de Israel. Natanael no pensaba que algo de bueno pudiese salir de Nazaret, ese lugar que, lejos de ser la Jerusalén de la promesa, era uno de los lugares más despreciados y desacreditados.
Pero era a Jesús a quien uno tenía que venir, era a Su Persona a quien las almas eran invitadas a venir: "Venid y ved." El
Señor muestra Su conocimiento perfecto de lo que estaba sucediendo en Natanael, declarando que él era sin engaño, y mostrando
este conocimiento de un modo tal como para penetrar su corazón. Natanael le reconoce, según el Salmo 2, como Rey de Israel
e Hijo de Dios. En Su respuesta, el Señor reconoce la fe de Natanael, fundamentada sobre lo que Él le había dicho acerca de
Sí mismo, y Él le anuncia Su propia gloria, según el Salmo 8, la gloria que pertenecía a un Mesías rechazado; pues en el Salmo
2 el Mesías es rechazado, en un pasaje citado por Pedro para este efecto, anunciando el Salmo que Dios establecería a Su Rey
ungido sobre Israel, no obstante Su rechazo. Pero después de la exposición profética de los sufrimientos del remanente en
los Salmos 3 al 7, el Salmo 8 anuncia los consejos de Dios en cuanto al hombre en la Persona del Hijo del Hombre. El hombre sin engaño, quien nos es presentado aquí bajo la higuera,
se convierte así en la ocasión de la revelación del Mesías en Su conexión con Israel, y luego, de la revelación de Su gloria
como el Hijo del Hombre, a quien todas las criaturas de lo alto habrán de servir, y que ha de ser el objeto de ellas como
el medio de las relaciones establecidas entre los cielos y la tierra.
Nosotros debemos notar
que aquí es, como hemos observado, el segundo día de testimonio; hallándose el primero en el versículo 35, el segundo en el
versículo 43. No se trata de la historia del Evangelio, sino del testimonio rendido a Jesús, antes que nada, por Juan el Bautista,
y luego el testimonio rendido por Él mismo. En el primer caso Él toma el lugar de Juan el Bautista; en el segundo, se trata
de la manifestación de Él mismo, un testimonio que continua desde Su servicio en la tierra hasta el cumplimiento del Salmo
8. Contemplado como ya rechazado por los Judíos, y desconocido para el mundo (cap. 1: 10, 11), Él toma, desde este momento,
el título de Hijo del Hombre, el título mediante el cual Él constantemente se llama a Sí mismo, aunque Él no podía tomar el
lugar mismo hasta que hubiera pasado a través de la muerte. Estos son los días de testimonio rendidos a Cristo como habiendo
venido a este mundo, que son desarrollados en la supremacía que Él posee sobre todas las cosas, presentada aquí sólo en su
naturaleza. Para el resto, la posición celestial del Señor es apenas el tema de la enseñanza del Evangelio de Juan: se alude
a ella, efectivamente, pero eso es todo.
CAPÍTULO
2
Lo que sigue, en el capítulo
2, revela en principio lo que sucederá cuando el Señor tome Su lugar de autoridad sobre los Judíos; el vino de la alegría
de la boda tomará el lugar del agua de la purificación, y Cristo purificará la casa de Su Padre por medio del juicio. Pero
será un Cristo resucitado quien llevará a cabo estas cosas. Es la resurrección lo que se nos presenta, el hecho de haber dejado
todas Sus relaciones con el mundo, y con Su pueblo aquí abajo según la carne, y de haber colocado al hombre en una posición
completamente nueva, la posición que rinde testimonio a Sus derechos para ejecutar el juicio de Dios. Pero noten, Él ya era
el templo verdadero. Jehová realmente ya no estaba en el templo en Jerusalén, aunque el templo era reconocido como una cosa
externa por el propio Señor hasta que el juicio fuera ejecutado: sólo que, en el tiempo de Su muerte, Él ya no la llama la
casa de Su Padre, sino la casa de ellos. Dios, de hecho, estaba en Él; Su cuerpo
era el templo verdadero.
Estas palabras del Señor
finalizan esta presentación de Su Persona, y de la posición que Él tomó en este mundo hasta el final, mostrándonos, a la vez,
que era en resurrección que Su gloria habría de cumplirse. Él declara también aquí que Él se levantaría; Él tenía, por consiguiente,
perfecto derecho a juzgar el templo corrupto y contaminado.
Lo que sigue habla de la
relación del Señor con los demás; el asunto comienza desde el versículo 22. Se trata de una cuestión del estado del hombre,
y de la obra que Dios estaba haciendo en él, y para él. El gran principio de que toda bendición pertenece al estado de resurrección,
o está basado en él, siendo dejado completamente atrás el hombre en su estado natural, se repite constantemente en Juan, como
uno puede ver en los capítulos 5, 6, y, de hecho, a través de todo el Evangelio. Tenemos entonces, aquí, los dos grandes fundamentos
del Cristianismo, en lo que respecta a nuestro estado; es decir, el nuevo nacimiento y la cruz, siendo ambos absolutamente
necesarios para nuestra salvación; pero lo segundo yendo más allá de lo que era necesario, conforme incluso a la naturaleza
de Dios, e introduciéndonos en los lugares celestiales.
Para tener parte en el
reino, uno debe tener una vida enteramente nueva. Incluso la fe en Jesús, como estando fundamentada en una demostración que
podía ser dirigida a la inteligencia humana, no tenía valor. Los hombres podrían estar verdaderamente convencidos (había personas
como esas en aquel tiempo, y aún las hay), ya sea por educación, o mediante el ejercicio de sus mentes, pero para estar en
relación con Dios, tiene que haber una nueva naturaleza - una naturaleza que pueda conocerle a Él, y que responda a la Suya propia. Muchos creyeron en Jesús cuando vieron los milagros que Él
hizo (v. 23); ellos concluyeron, como Nicodemo, que un hombre no podía hacer lo que Jesús estaba haciendo, si Él no fuese
lo que pretendía ser. La conclusión era perfectamente correcta. Pasiones que tenían que ser vencidas, prejuicios que tenían
que ser puestos a un lado, o intereses difíciles de sacrificar no estaban comprendidos en el asunto. La razón del hombre juzgó
de forma suficientemente correcta las pruebas dadas, el resto de su naturaleza no fue despertada. Pero el Señor conocía al
hombre; Él sabía, con inteligencia divina, lo que había en él. No había falta de sinceridad, quizás, pero lo que sucedió con
estos hombres es que fue nada más que una conclusión, una convicción humana, que no tuvo ningún poder sobre la voluntad del
hombre, ni contra sus pasiones, ni contra las asechanzas del príncipe de este mundo. "Pero Jesús mismo no se confiaba a ellos."
(Juan 2:24 - RVR77). Tiene que haber una obra divina, y una naturaleza divina, para gozar de la comunión divina, y para andar
en la senda divina a través del mundo. Lo que sigue es muy distintivo.
CAPÍTULO
3
Nicodemo viene a Jesús
con la declaración del mismo principio que había producido la convicción de aquellos en quienes Jesús no confiaba - los milagros
eran para él una demostración de que Jesús era un maestro enviado por Dios. Incluso yo pienso que los demás fueron más allá
que Nicodemo; se dice que ellos creyeron en Su nombre (Juan 2:23). En cuanto a Nicodemo, él estaba convencido de que las enseñanzas
de Cristo tenían que tener a Dios como fuente, así él estaba dispuesto a escuchar. La creencia de los anteriores no produjo
ninguna necesidad en sus almas; en este caso la convicción puede ir hasta donde a usted le agrade, sin que el alma sea atribulada,
o se produzca algún efecto en absoluto: no cuesta nada - nosotros vemos esto a menudo.
Pero en el caso de Nicodemo
hubo más, y fue una prueba de la acción de Dios; hubo en él una necesidad. El Espíritu Santo de Dios actúa siempre así, incluso
en el Cristiano. Este sentimiento de necesidad que Él engendra produce actividad en el alma; esto es lo que le sucedió a Nicodemo.
Y más, cuando el Espíritu de Dios actúa en un alma, la Palabra
de Dios afirma su autoridad sobre ella, y crea el deseo de oír esa Palabra; esto nunca falla. Hay tantos deseos insatisfechos
en el alma que, cuando es despertada, se produce en ella la necesidad de conocer lo que Dios ha dicho. El alma tiene la conciencia
de que tiene que ver con Él, y la necesidad de conocer qué es lo que Él ha dicho se convierte en el manantial de su actividad,
y la caracteriza. No se trata de la recepción de un sistema de doctrina, o de dogmas acerca de una Persona divina; es el alma
que siente hambre y sed por lo que Dios ha dicho; ignorante de todo excepto de su necesidad, desea recibir. Es algo bueno
para el alma confiar en la Palabra de Dios, en la fuente
de la verdad (y esto ya es fe implícita), sin que la verdad haya sido, hasta ahora, comunicada de hecho; porque ella escucha
con confianza. Nicodemo estaba en este estado; la mujer Samaritana también, pero, en el caso de ella la conciencia estuvo
más en consideración; de igual modo con los doce; cuando varios de los discípulos abandonaron a Jesús, ellos no le dejarían,
pues Él tenía palabras de vida eterna. Cuando Dios actúa, el vínculo entre Dios y la conciencia y el alma no se rompe; no
estoy hablando de unión, sino de una obra moral en el corazón. Pero observen que en cuanto la necesidad se produce en el corazón
de Nicodemo, él siente instintivamente que el mundo, y las autoridades religiosas - la peor parte del mundo - estarán en contra
suya. Hay temor; Nicodemo viene a Jesús de noche. ¡Pobre criatura humana! Si un alma se pone en relación con Dios, al reconocer
Su Palabra, el mundo no lo tolerará. Sabemos esto. Pero la fe de Nicodemo no fue más allá del reconocimiento de la autoridad
de la palabra del Salvador como una palabra que venía de Dios, habiendo producido la gracia en su corazón la necesidad de
estas comunicaciones de parte de Dios.
Es una gran cosa tener
una necesidad real, aunque sea débil moralmente; pues aquí, en el caso de Nicodemo, hubo poca necesidad en la conciencia,
y ningún conocimiento de sí mismo. Él se estaba apegando a esperanzas religiosas, a doctrinas, y a una revelación dada por
Dios; él estaba buscando enseñanza de parte de Jesús, pero tuvo su parte en la convicción general de que los milagros de Jesús
producían una convicción fortalecida por medio de la rectitud, y por la necesidad personal; Jesús era un maestro enviado por
Dios. Pero Jesús detiene de repente a Nicodemo; la resurrección y el reino no habían venido, pero para recibir la revelación
que había sido dada de ello, tiene que haber una operación divina, una nueva naturaleza; era necesario participar de una vida
enteramente nueva. El reino no estaba viniendo de un modo que atrajera la atención, pero el Rey, con toda la perfección que
le pertenecía a Él, estaba presente allí, y, por consiguiente, el reino mismo, presentado en Su Persona; sólo que este reino,
no siendo revelado en poder, siendo la causa del rechazo que sufrió Él la propia perfección de Su Persona, así como la obra
consumada en Su rechazo, introdujo una herencia celestial. Además esta obra, y este rechazo, llevó a quienes habrían de identificarse
con un Cristo rechazado a esos atrios en lo alto donde Dios exhibía Su gloria, y esto es mucho más elevado que la gloria del
Mesías, si se hubiese cumplido entonces. Ya era el amanecer del cumplimiento de los consejos de Dios aún no realizados
Dos cosas nos son presentadas
en la primera mitad del capítulo que está ante nosotros:
1.-
antes que nada, el reino, y lo que se necesita para tener parte en él, y, hasta cierto punto, las cosas terrenales, y qué
es necesario para disfrutarlas con Dios, pero también el reino, tal como fue entonces presentado en su carácter moral.
2.-
Luego, en segundo lugar, el cielo, la vida eterna, aquello que es esencial para nuestra relación más real e íntima con Dios,
a saber, la posesión de la vida eterna delante de Él, en contraste con el pensamiento de perderse. Aquí no es el reino lo que está en consideración, se trata de la vida eterna, tal como Jesús,
venido del cielo, nos la pudo revelar. Pero eso supone la cruz: no es un asunto del Mesías, sino del Hijo del Hombre, y del
amor que Dios había tenido para con el mundo, no se trata de Sus intenciones con respecto al reino, y de las promesas conectadas
con este reino, sino de planes mucho más vastos y exaltados, celestiales en su carácter, en los que Dios revela lo que Él
es; y Jesús, rechazado como Mesías, muere, y entra en la gloria como el Hijo del Hombre que ha sufrido. Sin duda este nuevo
nacimiento es en cualquier caso necesario, subjetivamente, incluso para que nosotros podamos ver el reino, y disfrutarlo,
y mucho más, para que podamos disfrutar las cosas celestiales en la presencia de Dios. Pero, así como el pasaje habla del
nuevo nacimiento, esto no se trata de la gloria celestial, para esto la cruz debe ser introducida también. Sin embargo, es
bueno hacer notar que todo este pasaje, en sus dos partes, presupone el nuevo orden de cosas, donde la gracia estuviese actuando,
y eso no limitado a los Judíos. Se trataba de una cosa enteramente nueva que estaba siendo introducida; el reino no fue establecido
en gloria, sino fundamentado y recibido en la Persona del
Rey, requiriendo una nueva naturaleza para verlo, y extendiéndose a todo aquel a quien la gracia podía alcanzar. Era moral
y subjetivamente, la cosa nueva; sólo que en la primera parte nosotros no tenemos ni las cosas celestiales, ni la vida eterna;
en la segunda, no tenemos el reino.
La primera cosa que el
Señor hace al detener de repente a Nicodemo - quien sólo habló de ser enseñado en el estado en que estaba, él, un hijo del
reino según la carne - es decirle que no se trataba de eso, sino que él tenía que nacer enteramente de nuevo. Consideraremos
los detalles en un momento más; sin embargo, es importante, antes que nada, darse cuenta que el Señor habla de los dos caracteres
de bendición, es decir, de la gloria celestial, y del reino conforme a la promesa, pero que Él habla de ellos según los aspectos
que ellos presentaban en ese preciso momento. Podemos decir que Él los presenta, con respecto a Su Persona, en su carácter
espiritual; por una parte, el Rey despreciado, y lo que era celestial enfrentándose con la cruz en Su Persona; pero, por otra
parte, el nuevo nacimiento y el poder dador de vida, el Hijo del Hombre, el amor de Dios, y, por consiguiente, lo que estaba
relacionado con el mundo y el hombre, no solamente con las dispensaciones y los Judíos. Pues, por muy fiel que Dios sea a
Sus promesas, Él no puede, cuando se revela, limitarse Él mismo a los Judíos.
Entonces, antes que nada,
el reino estaba siendo revelado de un modo que no atrajo la atención, no por un poder que habría de gobernar sobre el mundo,
ni por su gloria externa; se necesitaba una nueva naturaleza para percibirlo. El Rey estaba allí, y dio pruebas de una misión
divina y de la presencia de Aquel que iba a venir, pero en humillación; para el ojo natural Él era el hijo del carpintero.
Nicodemo razonó bien al decir, en el versículo 2, "Sabemos . . . porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, a menos que Dios esté con él." (v. 2 - RVA). Pero Dios tenía lo Suyo, "a menos que uno nazca de nuevo! (v. 3 -
RVA) - nacer enteramente de nuevo. Esta vida es un nuevo comienzo de la vida, de una nueva fuente, de una nueva naturaleza
- una vida que venía de Dios. Pero Nicodemo permanecía aún dentro de los términos y límites de la carne, del hombre natural.
Son los límites de lo que el hombre es, de su comprensión. El hombre no puede ser más de lo que él es; no puede ir más allá
de su naturaleza. Pero la clase de infieles que se jacta de haber hecho este inmenso descubrimiento, muestra, por un lado,
el límite del entendimiento humano, de modo que ellos no pueden discernir nada más allá de lo que el hombre es; y, por otro
lado, la ausencia de un sólido razonamiento en ellos; pues, a partir de lo que ellos han descubierto, no hay prueba de que
un Ser más poderoso no pueda introducir algo nuevo. La sabiduría de ellos es un hecho manifiesto; el hombre, por sí mismo,
no puede ver más allá de lo que él es en sí mismo; su conclusión carece absolutamente de fuerza. Por el principio de ellos,
no pueden deducir nada que esté más allá de los límites de su humanidad, pero los límites del poder activo no son necesariamente
los de la receptividad.
Volvamos a nuestro capítulo,
y procuremos oír y comprender las palabras del Salvador mejor que Nicodemo.
Nicodemo, como hemos dicho,
se limita a la experiencia de lo que sucede en el hombre; Cristo reveló lo que se estaba llevando a cabo de parte de Dios
- la llave de toda la historia del Señor. Él había hablado de lo que se necesitaba para ver, para discernir el reino: uno
debe nacer de agua y del Espíritu. Se trata del reino de Dios, cualquiera sea el estado en que está, y uno debe ser hecho
apto para este reino, tiene que tener una naturaleza adecuada para tener parte en él. Dos cosas se hallan aquí, agua y el
Espíritu - una naturaleza caracterizada de esta forma, moralmente y en su fuente. El agua como figura, es siempre la Palabra aplicada por el Espíritu; trae los pensamientos celestiales de
Dios, divinos, pero adaptados al hombre; juzga lo que se halla en él, pero introduce estos pensamientos divinos, y purifica
así el corazón. Porque el agua purifica lo que existe; pero también es el nuevo hombre quien la bebe, y esto no está separado
de lo que es enteramente nuevo. "Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (v. 6), participa de la naturaleza de aquello
de lo cual nace; esto es, en verdad, la nueva naturaleza. La purificación práctica de nuestros pensamientos y corazones, de
la que hemos hablado, es efectivamente el efecto de lo que esta naturaleza recibe, de cosas por las que la carne no siente
ningún deseo. Nosotros no podríamos decir, «Lo que es nacido de agua, agua es.» El agua purifica lo que existe; pero nosotros
recibimos una nueva vida, la cual es realmente el propio Cristo en poder de vida en nosotros, aquello que el inocente Adán
no tuvo. Nosotros participamos de la naturaleza divina, como Pedro lo expresa (2 Pedro 1:4); y en el lugar donde se halla
esta expresión, en la Segunda Epístola de Pedro,
ella está conectada con el nacimiento por agua; nosotros escapamos de la corrupción que hay en este mundo a causa de la concupiscencia.
Es solamente así que nosotros
entramos en el reino. El reino de Dios es más que un paraíso para el hombre, es lo que es digno para Dios, y es necesario
que nosotros tengamos una naturaleza que corresponda a él. Adán, en su estado de inocencia, no tenía esta naturaleza, su nivel
era el hombre, tal como Dios le había creado. Para el reino de Dios, aquel que se halle allí, debe tener eso que - en el hombre,
no obstante - es adecuado a Dios mismo. Noten, que el Señor sale de todos los asuntos acerca de las dispensaciones, Él tiene
en consideración la naturaleza moral, lo que es nacido de la carne, es carne, tiene esa naturaleza; lo que es nacido del Espíritu
es espíritu, es decir, corresponde a la naturaleza divina, la cual es su fuente. Pero entonces no podía ser un asunto solamente
de los Judíos; si alguno tenía esta naturaleza, él era apto para el reino. No era una cuestión de un pueblo escogido ya por
Dios, sino de una naturaleza apropiada para Dios.
Dos cosas son sacadas a
relucir cuando estos principios han sido expuestos; antes que nada, la necesidad de este nuevo nacimiento, para gozar las
promesas hechas a los Judíos para la tierra; y, en segundo lugar, que esta obra era de Dios, quien comunicaba esta nueva naturaleza.
Dios podía comunicarla por Su Espíritu a quien Él quisiera, y esto abría la puerta a los Gentiles. Jesús le dijo a Nicodemo
que no debería haberse maravillado de que el Salvador dijera que los Judíos tenían que nacer de nuevo; los profetas habían
anunciado esto (vean Ezequiel 36: 24-28), y Nicodemo, como maestro en Israel, debería haberlo sabido. El viento, asimismo,
soplaba de donde quería (v. 8); así era la operación del Espíritu. Era una obra de Dios, y así podía ser llevada a cabo en
cualquiera.
Estaban aún las cosas celestiales.
Ahora, si Nicodemo no comprendía estas cosas terrenales de la bendición de Israel, ¿cómo comprendería si el Señor le hablase
de cosas celestiales? Ahora bien, nadie había subido al cielo como para estar capacitado para hablar de lo que había allí,
y de lo que necesitaba para estar capacitado para disfrutarlo, excepto Aquel que había descendido desde allí, quien hablaba
de lo que Él sabía, y daba testimonio de lo que había visto; no el Mesías - eso tenía que ver con la tierra - sino el Hijo
del Hombre, quien, en cuanto a Su naturaleza divina, estaba en el cielo.
Tenemos así una revelación
de cosas celestiales traída directamente del cielo por Cristo, y en Su Persona. Él las reveló en todo su frescor, un frescor
que se hallaba en Él, y que Él, quien estaba siempre en el cielo, gozaba; Él las reveló en la perfección de Su Persona, quien
hizo la gloria del cielo, cuya naturaleza es la atmósfera que respiran todos quienes se hallan allí, y mediante la cual ellos
viven; Él, el objeto de los afectos que animan este santo lugar desde el propio Padre hasta el último de los ángeles que llenan
los atrios del cielo con sus alabanzas; Él, el centro de toda la gloria. Tal es el Hijo del Hombre, Aquel que descendió para
revelar al Padre - gracia y verdad - pero quien permanecía divinamente en el cielo en la esencia de Su naturaleza divina,
en Su Persona, ¡inseparable de la humanidad con la que Él estaba revestido! La deidad que llenaba esta humanidad era inseparable
en Su Persona de toda la perfección divina, pero Él nunca dejó de ser hombre, real y verdaderamente hombre delante de Dios.
Pero tenemos otra verdad
aquí: el Hijo del Hombre iba a entrar de nuevo en el cielo como Hombre, para ser Cabeza sobre todas las cosas. Como Hijo de
Dios Él ha sido designado Heredero (Hebreos 1); Él es tal como Creador (Colosenses 1), pero también como Hombre e Hijo del
Hombre, según los consejos de Dios. (Salmo 8, citado en Efesios 1, en 1 Corintios 15, en Hebreos 2 - pasajes que desarrollan
claramente Su lugar en este respecto.) Proverbios 8 nos enseña que Aquel que era el deleite de Jehová antes de la fundación
del mundo, se regocijaba entonces en Su tierra habitada, y Sus delicias, era estar con los hijos de los hombres ("regocijándome
en su tierra habitada, y mis delicias, el estar con los hijos de los hombres." Proverbios 8:31 - VM). Los ángeles (Lucas 2)
recuerdan esta verdad, o más bien las pruebas que Su encarnación dio de los pensamientos de Dios en este respecto; ellos hablan
de esta encarnación como la manifestación de la buena complacencia de Dios en los hombres. Como entonces Él ha sido la manifestación
de Dios en la tierra, Él entra como Hombre en la gloria de Dios en lo alto. Él reinará sobre la tierra como Cabeza de la creación,
reuniendo todas las cosas bajo Su autoridad* (Colosenses 1); pero Él habla aquí de cosas celestiales. El Hijo del Hombre toma
Su lugar en lo alto para ser Cabeza sobre todas las cosas (1 Pedro 3:22; Juan 13:3; 16:15). El Hombre, en Su Persona, ha entrado
en el cielo, en presencia de Dios mismo, sin un velo, y todas las cosas han de someterse bajo Sus pies. Pero, ¿se someterán
ellas así, tal como son, y los hombres que han de ser Sus coherederos, serán ellos esto, tal como están en pecado, enemigos
de Dios por sus obras perversas? Es imposible. Se necesita otra cosa fundamental: redención. El Hombre, con mil veces más
pecado que aquel que hizo que fuese echado irrevocablemente del paraíso terrenal - el hombre, quien había ido tan lejos como
para haber acumulado sobre su cabeza, el rechazo de Dios, de la gracia, y del Hijo de Dios - no podía, tal como era, entrar
en el paraíso celestial: era imposible. Entonces, si Cristo había de poseer como Hombre la gloria que en los consejos de Dios
era la porción del hombre, y si Él había de tener coherederos, e introducirles en la casa de Su Padre, Él debe redimirles
y purificarles conforme a la gloria de Dios. Él también debe redimir a la creación del yugo bajo el cual el pecado la había
colocado, y del dominio de Satanás. Aquí solamente se tiene en consideración el estado de los herederos, y su liberación de
la muerte y la condenación. Ahora bien, cuando se nos presenta al Hijo del Hombre, Sus sufrimientos y muerte son introducidos
constantemente. Como Mesías, Él fue rechazado en la tierra por Su pueblo; pero el único resultado de esto fue que Él pasó
a la esfera más amplia de Hijo del Hombre, Cabeza de la creación entera, y Cabeza, de un modo especial, de quienes Él no se
avergüenza de llamarles Sus hermanos (Hebreos 2:11). Pero para esto, era necesaria la redención; aprendemos esto en Mateo
16: 20, 21, y más claramente en Marcos 8: 29-31, y en Lucas 9: 20-22, con las consecuencias que resultaron de ello para nosotros.
En el Evangelio de Juan también, antes de que Él dejara el mundo, el Padre habrá rendido un testimonio a los títulos de gloria
de Jesús. Como Hijo de Dios, Él fue glorificado por la resurrección de Lázaro; como Hijo de David, por Su entrada en Jerusalén
montado sobre un pollino de asna ("sentado sobre una cría de asna", Juan 12:15 - RVA); finalmente, los Griegos, quienes habían
subido a Jerusalén a adorar, habiendo buscado a los discípulos en su deseo de ver a Jesús, y habiéndole comunicado esto los
discípulos a Él, el Señor dice, "Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo,
que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto." Juan 12: 23, 24.
{*
En cuanto a la tierra, ver Salmo 80:17, donde es en relación con Israel.}
Así, en todos los Evangelios,
hallamos al Mesías dando lugar al Hijo del Hombre, pero, en cada caso, al Hijo del Hombre pasando por la muerte, para entrar
en Su nueva y universal posición de gloria. Él podría haber tenido doce legiones de ángeles, pero entonces los consejos de
Dios, tal como están revelados en las Escrituras, no se habrían cumplido; Cristo habría estado sin coherederos.
Ya hemos hecho notar, y
llamamos al lector a que ponga su atención en ello, que en este capítulo, la presentación ya sea de la vida, o de la obra
que la procura para nosotros, es dada en conexión con su aplicación presente y personal; se trata de una presentación de lo
que estas dos cosas son en su naturaleza, no en cuanto al alcance de su resultado, sino en su aplicación a nosotros como un
medio de tener parte ya sea en el reino, o en las cosas celestiales. El levantamiento del Hijo de Dios sobre la cruz corresponde
a aquí abajo, tanto en el aspecto de nuestra necesidad, y la de Dios, a la revelación de las cosas celestiales que el Hijo
del Hombre trajo hacia abajo - a lo que se halla en el cielo. Es un asunto de estar delante de Dios cuando Él es plenamente
revelado, no solamente cuando el Mesías prometido a los Judíos haya sido rechazado (de modo que el derecho al cumplimiento
de las promesas se perdía para aquellos que poseían este derecho, después que la ley había sido quebrantada), sino cuando
el odio del hombre contra Dios había sido claramente manifestado. Ya no eran más solamente los pecados, y la violación de
la ley, era el rechazo de la gracia cuando los pecados y la violación de la ley ya estaban allí. El hombre no iba a tolerar
a Dios a ningún precio (vean Juan 15: 22-24); ¿cómo podía él tener parte con Cristo en la presencia de Dios, una parte en
la gloria celestial? Con todo, el pecado del hombre no ha anulado la gracia de Dios. Pero si, como Hijo del Hombre, Cristo
había tomado a Su cargo la causa del hombre, Él debía sufrir las consecuencias de esto, puesto que Él se había hecho responsable
por ella delante de Dios; Hebreos 2:10. Para que nosotros pudiéramos tener parte en las cosas celestiales, fue necesario que
el Hijo del Hombre fuese levantado*, y eso conforme a la gloria de Dios, en conexión con lo que le había deshonrado tanto;
ahora es, como hecho pecado, Cristo cumplió esto, llevando también Él mismo nuestros pecados. Lejos de Dios, nosotros debíamos
haber perecido en nuestros pecados; Él se presentó por nosotros, recibiendo todo, como Hombre, de la mano de Su Padre, y obedeciéndole
siempre; Él tomo la forma de un siervo en una naturaleza que Él nunca dejará, y en esta naturaleza Él ha llegado a ser, por
derecho, conforme a la justicia y según los consejos de Dios, Señor de todas las cosas; Él a quien nadie conoce sino el Padre
solamente, pero que nos revela al Padre, Él quien descendió cerca de nosotros - que nos ha tocado, por decirlo así - que tomó
nuestra naturaleza, aunque podía decir, "Antes que Abraham naciera, yo soy." (Juan 8:58 - VM). Él de quien nuestras lenguas
e inteligencia no pueden hablar sino imperfectamente, es el Creador de todas las cosas; pero Su lugar como Hombre es a la
cabeza de la creación. Es Él quien vino a revelarnos las cosas celestiales, y a mostrar el efecto de ellas en Su Persona como
Hombre, al tiempo que vive en medio de cosas celestiales todo el tiempo; de modo que, siendo Hombre aquí abajo, Él las revelaría
en toda su frescura, adaptadas al mismo tiempo al hombre, de modo que él viviese por ellas, y pudiese entrar en espíritu con
Él allí, donde estaba aquello que Él revelaba, y después entrar allí glorificado y semejante a Él.
{*
El resultado final es, que el pecado será quitado del cielo y de la tierra, como ya hemos observado. Otros tres motivos son
dados en Hebreos 2 para los sufrimientos de Cristo (Vean el versículo 9.) La destrucción del poder de Satanás; la expiación
de los pecados; la capacidad de compadecerse de nosotros.}
El Hijo del Hombre es,
entonces, Aquel que, como Hombre, ha de ser Cabeza sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra, según los consejos de
Dios. Siendo ya Mesías e Hijo de Dios cuando estuvo en la tierra, y siendo rechazado como tales (ver Salmo 2), Él debe tomar
la posición más amplia de Hijo del Hombre, establecida sobre las obras de Dios, siendo puestas todas las cosas bajo Sus pies;
Salmo 8. Le hallamos, asimismo, en Daniel 7, presentado delante del Anciano de días para recibir el reino ("Estaba yo mirando
en las visiones de la noche, y he aquí que en las nubes del cielo venía alguien como un Hijo del Hombre. Llegó hasta el Anciano
de Días, y le presentaron delante de él." Daniel 7:13 - RVA). El hecho de que Él había creado todas las cosas nos es dado
en la Epístola a los Colosenses como el motivo (al tomar
Su lugar en el resultado de los consejos de Dios en Su creación) para estar allí como Primogénito, en primer lugar, para llevar
los dolores de ello delante de Dios, para ser la propiciación por nuestros pecados, y para borrarlos para siempre, para que
no perezcamos. Fue allí que, de una manera absoluta, Aquel que no había conocido pecado fue hecho pecado delante de Dios,
fue allí que la obediencia absoluta fue perfecta; "Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así
hago." (Juan 14:31). Él debía ser levantado, la necesidad de ello pesaba sobre
nosotros; la justicia - la naturaleza misma de Dios - requería que nuestro pecado fuese quitado. Pero el pecador no podía
quitar su propio pecado; cargado como estaba ya con su pecado, ¿qué podía él hacer para quitarlo? Pero el Hijo del Hombre,
rechazado por los hombres, ha sido levantado delante de Dios, para ser hecho pecado, sin ninguna otra cosa o persona - solo
delante de Dios. Aquí ya no se trataba de alguna cuestión del Judío o de la promesa, sino de satisfacer la gloria de Dios
en este lugar; era el postrer Adán, no desobediente, cuando él estaba disfrutando de todas las bendiciones de Dios, pero obediente,
allí, incluso donde Él estaba soportando - Él, quien había morado eternamente en el amor del Padre, y en la santidad misma
- no solamente el sufrimiento de la muerte, sino el de la maldición y del abandono de Dios. Nadie pudo sondear tal cosa; sin
embargo, nosotros podemos, incluso por medio de esto, reconocer que el sufrimiento fue infinito, pero necesario por causa
de lo que nosotros éramos, si la gloria de Dios iba a ser guardada, y si nosotros íbamos a ser salvos. Mientras más vemos
quién era Él, más sentimos la profundidad del abismo al que Él descendió; pero
en eso mismo Él pudo decir, "Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar", Juan 10:17. La gloria
de Dios ha sido manifestada como nunca antes, y como nunca habría podido ser conocida.
El Hijo del Hombre debía
ser levantado. Al tomar este lugar (que Él tomó por nosotros, también, en gracia), Él era libre. "Entonces dije, he aquí que
vengo." (Hebreos 10:7). Sus sufrimientos fueron necesarios para nosotros. ¡Oh,
solemne palabra! Pero Dios, habiendo sido perfectamente glorificado, y la obra en todo su valor estando perfectamente consumada,
todo aquel que cree no perecerá, sino que tiene vida eterna. Nuestra porción era perdernos (perecer); tener vida eterna, estar
con Cristo, y semejantes a Cristo en gloria, es el resultado de los sufrimientos, de la obra del Salvador para todos los que
creen. Este es un lado de la verdad: como Hijo del Hombre, Jesús fue a enfrentar el juicio que estaba por caer sobre nosotros.
El Hijo del Hombre debía ser levantado, para que todo aquel que cree en Él no se pierda; pero, mucho más, él posee vida eterna,
ahora como vida, pronto como gloria celestial con Cristo. Levantado de la tierra, Jesús atrae a todos los hombres a Él. Un
Mesías vivo era para las ovejas perdidas de la casa de Israel; en el Hijo del Hombre levantado en la cruz, ya no es una cuestión
de las promesas, sino de una obra consumada, disponible ante la faz de Dios para todos los que creen. Porque de tal manera
amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo; esta es la fuente de todo. Aquí el objetivo es el mismo; "para que todo aquel que cree
en El, no se pierda, mas tenga vida eterna." Estos son dos aspectos de la misma Persona; Hijo del Hombre aquí abajo, pero
al mismo tiempo Hijo de Dios. Dios no perdonó a Su propio Hijo. Pero es un principio, un hecho trascendental. Las dos expresiones
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