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CONVERSIÓN:
¿qué es?
PARTE
1 (publicada en Enero 1878)
El primer capítulo de la Primera Epístola a los Tesalonicenses presenta una descripción
sorprendente y hermosa de lo que nosotros podemos llamar una conversión genuina. Nos proponemos estudiar la descripción en compañía del lector. Si no nos equivocamos,
hallaremos este estudio interesante y provechoso de inmediato. Ello proporcionará, muy ciertamente, una respuesta, distintiva
y clara, al asunto que indica el encabezado de este artículo, a saber, ¿Qué es la
Conversión?
Tampoco es este, de ninguna forma, un asunto pequeño. Es bueno en días como estos, tener una respuesta divina a una
pregunta semejante. Nosotros oímos bastante, en estos días, acerca de casos de conversión; y bendeciríamos a Dios de corazón
por cada alma verdaderamente convertida a Él.
No necesitamos decir que creemos en la necesidad absoluta, indispensable, universal, de conversión divina. Sea el hombre
lo que sea; sea él Judío, o Griego, bárbaro, Escita, esclavo o libre, Protestante o Católico Romano; en resumen, cualquiera
que sea su nacionalidad, su posición eclesiástica, o su credo teológico, el se debe convertir, o de lo contrario él está en el camino ancho y directo a un infierno eterno.
Nadie ha nacido siendo un Cristiano, en el sentido divino de esa palabra. Tampoco nadie puede ser educado para entrar
al Cristianismo. Es un error fatal, un engaño mortal, un embuste del archienemigo de las almas, que alguno piense que puede
ser un Cristiano, ya sea por nacimiento o por educación, o que puede ser hecho un Cristiano por el bautismo en agua, o por
cualquier ceremonia religiosa de cualquier clase. Un hombre llega a ser un Cristiano solamente siendo convertido divinamente.
Qué es esta conversión, lo veremos en el curso de nuestro presente estudio. Sobre lo que quisiéramos insistir, en el comienzo
mismo, y llamar fervientemente la atención de todos aquellos que puedan estar interesados, es sobre la necesidad urgente y
absoluta, en todos los casos, de una verdadera conversión a Dios.
Esto no se puede desechar. Es el colmo de la locura que alguno trate de ignorar esto o de no tomarlo en serio. Para
un ser inmortal - uno que tiene una eternidad infinita extendiéndose delante de él - descuidar la solemne cuestión de su conversión,
es la más desenfrenada fatuidad de la que alguien posiblemente puede ser culpable. En comparación con este asunto del mayor
peso, todas las demás cosas menguan hasta hacerse totalmente insignificantes. Los varios objetos que comprometen los pensamientos
y absorben las energías de los hombres y las mujeres en la atareada escena a nuestro alrededor, no son más que polvo menudo
que sobra en comparación con este gran, trascendental asunto de la conversión del alma a Dios. Todas las especulaciones de
la vida comercial, todos los esquemas para hacer dinero, la absorbente cuestión de la inversión rentable, todo lo que persigue
aquel que anda a la caza del placer - el teatro, el concierto, la sala de baile, el salón de billar, la mesa para el juego
de cartas, el cubilete de dados, el hipódromo, el coto de caza, la taberna - todas las cosas innumerables e inexpresables
que el pobre corazón insatisfecho anhela, y a las que se aferra - todas ellas son nada y se asemejan a la bruma de la mañana,
a la espuma sobre el agua, al humo que sale del extremo de la chimenea, a la hoja marchita de otoño - todas estas cosas se
desvanecen, y dejan un doloroso vacío tras ellas. El corazón permanece insatisfecho, el alma sin ser salva, debido a que no
hay conversión.
¿Y qué, entonces? ¡Ah!, sí: ¿qué, entonces? ¡Tremenda pregunta! ¿Qué queda al final de toda esta escena de excitación
comercial, disputa política y ambición, de hacer dinero y de andar a la caza de placeres? Bueno, ¡entonces el hombre tiene
que afrontar la muerte! "Está establecido que los hombres mueran una sola
vez." (Hebreos 9:27 - RVA). No hay forma de pasar por alto esto. No hay forma de obtener licencia en esta guerra. Toda la
riqueza del universo no podría comprar una suspensión temporal de manos del cruel enemigo. Toda la destreza médica con que
la tierra cuenta, todo el cariñoso interés de afectuosos parientes y amigos, todas sus lágrimas, todos sus suspiros, todas
sus súplicas no pueden impedir el temido momento, o hacer que el rey de los terrores envaine su terrible espada. La muerte
no puede ser evitada por ninguna estratagema del hombre. El momento debe llegar cuando el vínculo que conecta el corazón con
todas las escenas bellas y fascinantes de la vida humana se ha de quebrar. Amigos afectuosamente amados, encantadoras ocupaciones,
objetos deseados, a todo se ha de renunciar. Mil mundos no podrían evitar el golpe. Se debe mirar a la muerte cara a cara.
Es un misterio terrible - un hecho tremendo - una dura realidad. Se yergue delante de todo hombre, mujer y niño inconversos
bajo el dosel del cielo; y es meramente una cuestión de tiempo, horas, días, meses, o años, cuando se deba cruzar la línea
del límite que separa el tiempo, con todas sus búsquedas vacías, vanas, insubstanciales, de la eternidad con todas sus estupendas
realidades.
¿Y qué, entonces? Dejemos que la Escritura responda.
Nada más puede hacerlo. Los hombres responderían de buena gana conforme a sus propias nociones vanas. Ellos querrían que nosotros
creyésemos que después de la muerte viene la aniquilación. "Comamos y bebamos, porque mañana moriremos." (1 Corintios 15:32).
¡Vacía presunción! ¡Vano engaño! ¡Necio sueño de la imaginación humana cegada por el dios de este mundo! ¿Cómo puede un alma
inmortal ser aniquilada? El hombre, en el jardín del Edén, se convirtió en el poseedor de un espíritu que nunca muere. "Jehová
Dios. . .sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser (un alma) viviente." (Génesis 2:7) - no un ser (un alma) moribunda.
El alma debe vivir para siempre. Convertida o inconversa, ella tiene la eternidad ante sí. ¡Oh! ¡el peso abrumador de esta
consideración para cada espíritu meditativo! Ninguna mente humana puede asir su inmensidad. Está más allá de nuestra comprensión,
pero no más allá de nuestra creencia.
Escuchemos la voz de Dios. ¿Qué enseña la Escritura?
Una línea de la Santa Escritura es completamente
suficiente para eliminar diez mil argumentos y teorías de la mente humana. ¿La muerte aniquila? ¡No! "Está establecido para
los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio." (Hebreos 9:.27).
Recuerden estas palabras, "después de esto
el juicio." Y esto se aplica solamente a quienes mueren en sus pecados - solamente a los incrédulos. Para el Cristiano, el
juicio pasó para siempre, como la Escritura enseña en
múltiples lugares. Es importante notar esto, debido a que los hombres nos dicen que, por cuanto hay vida eterna solamente
en Cristo, por consiguiente todos los que no están en Cristo serán aniquilados.
La Palabra de Dios no lo dice así. Hay juicio después
de la muerte. y, ¿cuál será el tema del juicio? Nuevamente la Escritura
habla en lenguaje tan claro como solemne e impresionante. "Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de cuya presencia huyeron la tierra y el cielo, y no se halló lugar para ellos. Y vi
a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono, y los libros
fueron abiertos; y otro libro fue abierto, que es el libro de la vida, y
los muertos fueron juzgados por lo que estaba escrito en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Hades entregaron a los muertos que estaban en ellos; y fueron juzgados, cada uno según sus obras. Y la Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda:
el lago de fuego. Y el que no se encontraba inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego." (Apocalipsis 20).
Todo esto es tan claro como las palabras pueden expresar. No existe el más insignificante terreno para la objeción
y la dificultad. Para todos aquellos cuyos nombres están en el libro de la vida, no hay juicio en absoluto. Aquellos cuyos
nombres no están en ese libro serán juzgados conforme a sus obras. ¿Y qué, entonces? ¿Aniquilación? ¡No!, sino "el lago de
fuego"; y eso para siempre jamás.
¡Cuán sobrecogedor es pensar en esto! Ciertamente debería despertar cada alma a la consideración seria del gran tema
que ahora está ante nosotros, a saber, la urgente necesidad de conversión a Dios. Esta es la única vía de escape. Una persona
inconversa, cualquiera o quienquiera que sea, tiene la muerte, el juicio, y el lago de fuego delante de ella, y cada latido
de su pulso le acerca más y más a esas horribles realidades. No es más seguro que el sol se levante, en un cierto momento,
mañana por la mañana, que el lector deba, antes que pase mucho tiempo, pasar a la eternidad; y si su nombre no está en el
libro de la vida - si no es convertido - si no es de Cristo, él será, ciertamente, juzgado conforme a sus obras, y la consecuencia
cierta de aquel juicio será el lago que arde con fuego y azufre, y eso a través de tiempos interminables de una eternidad
oscura y tenebrosa. ¡Oh! ¡la terrible monotonía del infierno!
El lector puede maravillarse quizás por extendernos tan largamente sobre este terrible tema. Puede sentirse dispuesto
a preguntar, «¿Convertirá esto a las personas?» Respondemos: si esto no las convierte, las puede conducir a ver su necesidad
de conversión. Puede conducirlas a ver su inminente peligro. Puede inducirlas a escapar de la ira venidera. ¿Por qué el bendito
apóstol disertó ante Félix sobre el asunto del "juicio venidero"? Ciertamente para que pudiese persuadirle a volverse de sus
malos caminos y su mala vida. ¿Por qué nuestro bendito Señor insistió tan constantemente sobre Sus oidores acerca de la realidad
solemne de la eternidad? ¿Por qué Él habló tan a menudo del gusano que no muere y del fuego que no puede ser apagado? Ciertamente
fue con el propósito de despertarles para que tuviesen conciencia de su peligro, para que ellos pudiesen huir en busca de
refugio para asirse (echar mano) de la esperanza puesta ante ellos. ("tengamos un poderoso consuelo los que hemos huído para
refugiarnos en él echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros." Hebreos 6:18 - VM).
¿Somos nosotros más sabios que Él? ¿Somos más tiernos? ¿Hemos descubierto algún modo mejor para convertir personas?
¿Hemos de tener temor de insistir a nuestros lectores u oidores acerca del mismo tema solemne sobre el que nuestro Señor insistió
sobre los hombres de Su tiempo? ¿Tenemos que evitar ofender oídos amables mediante la llana declaración de que todos los que
mueren inconversos deben inevitablemente estar de pie ante el gran trono blanco, y pasar al lago de fuego? ¡Dios no lo permita!
Exhortamos solemnemente al lector inconverso en este nuestro artículo de apertura para el año 1878, para que fije su atención
a la cuestión importantísima de la salvación de su alma. Que ni las preocupaciones, ni los placeres, y tampoco los deberes
lo mantengan ocupado de tal manera que oculte de su vista la magnitud y la profunda seriedad de este asunto. "Pues, ¿de qué
le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? Porque, ¿qué dará el hombre en rescate por su alma?" (Marcos 8:
36, 37 - RVA).
¡Oh! lector, si no eres salvo, si no te has convertido, permítenos rogarte fervientemente que ponderes estas cosas.
Si Dios lo permite, esperamos, en un artículo futuro, exponer qué es la conversión - cómo es llevada a cabo, y qué involucra.
Pero, por ahora, parece que estamos constreñidos en forma de un deber solemne, a procurar despertarte a un sentido de tu necesidad
de ser convertido a Dios y salvo. Esta es la única manera de entrar a Su reino. Así nos dice claramente nuestro Señor Cristo;
y esto te confiamos ahora, por lo menos, que ni una jota ni una tilde de Sus dichos santos podrán jamás pasar. El cielo y
la tierra pasarán; pero Su palabra no puede pasar nunca. Todo el poder de la tierra y del infierno, hombres y diablos, no
pueden anular las palabras de nuestro Señor Jesucristo. Una de las dos cosas son para ti - conversión aquí, o condenación eterna de aquí en adelante.
Esta es la situación si nosotros hemos de guiarnos por la Palabra
de Dios; y, en vista de esto, ¿es posible que nosotros seamos demasiado fervientes, demasiado vehementes, demasiado inoportunos
insistiendo ante toda alma inconversa con la cual podemos ponernos en contacto, ya sea por medio de nuestra voz o de nuestra
pluma, acerca de la necesidad indispensable, en este mismo momento, de huir de la ira venidera, huyendo hacia aquel bendito
Salvador quien murió en la cruz para nuestra salvación; quien está con los brazos abiertos para recibir a todos aquel que
viene; y quien anuncia Su propia dulce y preciosa gracia, "Al que a mí viene, de ningún modo le echaré fuera."? (Juan 6:37 - RVR77).
PARTE
2
En nuestro artículo para Enero (1878), nosotros procuramos presentar la absoluta necesidad, en todos los casos, de
conversión. La Escritura establece este punto de un modo
tal como para no dejar ningún terreno posible de objeción para cualquiera que se incline a su santa autoridad. "En verdad
os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos." (Mateo 18:3 - LBLA).
Esto se aplica, en toda su fuerza moral y su profunda solemnidad, a todo hijo e hija del caído Adán. No existe algo
similar a una solitaria excepción, en todos los miles de millones que pueblan este globo. Sin conversión, no hay - no puede
haber, entrada al reino de Dios. Toda alma inconversa está fuera del reino de Dios. No importa, en el más mínimo grado, quién
soy yo, o qué soy yo; si yo no estoy convertido, estoy en «el reino de las tinieblas», bajo el poder de Satanás, en mis pecados,
y camino al infierno.
Yo puedo ser una persona de una ética irreprensible; de una reputación sin mancha; un elevado profesante de la religión;
un trabajador en la viña; un maestro de Escuela Dominical; puedo ostentar un cargo en alguna rama de la iglesia profesante;
puedo ser un ministro ordenado; un diácono, anciano, pastor u obispo; un individuo muy caritativo; un munificente donante
a instituciones religiosas y de beneficencia; respetado, buscado, muy demandado, y reverenciado por todos debido a mi valor
personal e influencia moral. Yo puedo ser todo esto y más; puedo ser, y puedo tener, todo lo que es posible que un ser humano
sea o tenga, y con todo, no ser convertido, y por ello estar fuera del reino de Dios, y en el reino de Satanás, en mi culpabilidad,
y en el camino ancho que conduce directamente hacia abajo, al lago que arde con fuego y azufre.
Tal es el significado llano y obvio, y la fuerza, de las palabras de nuestro Señor en Mateo 18:3. No hay posibilidad
de evadirlo. Las palabras son tan claras como un rayo de sol. No podemos pasarlas por alto. Ellas abruman, con lo que podemos
verdaderamente llamar solemnidad, a toda alma inconversa en la faz de la tierra. "Si no os convertís . . . , no entraréis en el reino de los cielos." Esto se aplica, con igual
fuerza, al degradado borracho que rueda a lo largo de la calle, peor que una bestia, y al buen temperante o abstemio inconverso
que se enorgullece de su sobriedad, y que se está jactando perpetuamente del número de días, semanas, o años durante los cuales
él se ha abstenido de toda bebida embriagadora. Ambos están igualmente fuera del reino de Dios; ambos en sus pecados; ambos
están de camino a la destrucción eterna.
Es verdad que uno de ellos ha sido convertido de la embriaguez a la sobriedad - una bendición muy grande efectivamente, bajo un punto de vista moral y social - pero
la conversión de la embriaguez a una sociedad de abstinencia no es conversión a Dios; no es volverse de las tinieblas a la
luz; no es entrar en el reino del amado Hijo de Dios. Hay simplemente esta diferencia entre las dos: que el abstemio puede
estar edificando sobre su temperancia, vanagloriándose de su moralidad, y engañándose así él mismo en la vana noción de que
él está bien, mientras que en realidad, él está totalmente mal. El borracho está palpable e inequívocamente mal. Todos saben
que un bebedor está yendo precipitadamente, y con pasos pasmosamente rápidos, a aquel lugar donde no encontrará ni una gota
de agua para refrescar su lengua. Está claro que ningún borracho puede heredar el reino de Dios (1 Corintios 6:10); y tampoco
lo puede heredar un abstemio inconverso. Ambos están fuera. La conversión a Dios es absolutamente indispensable tanto para
el uno como para el otro; y lo mismo se puede decir de todas las clases sociales, de todas las categorías, de todos los matices
de pensamiento, de todas las castas y condiciones de los hombres bajo el sol.
No hay diferencia en cuanto a esta gran cuestión. Ello es válido para todos por igual, cualquiera que sea su carácter externo
o su condición social - ""Si no os convertís . . . , no entraréis en el reino de los cielos."
Cuán importante es, entonces - sí, cuán trascendental es la pregunta para cada uno, «¿Soy yo convertido?» No es posible para el lenguaje humano presentar la
magnitud y solemnidad de esta interrogante. Que alguno piense continuar, de día en día, y de año en año, sin un claro y acabado
arreglo de esta pregunta de tan gran peso, sólo puede ser considerado como la locura más atroz de la que un ser humano puede
ser culpable. Si un hombre tuviera que dejar sus asuntos terrenales en una condición incierta, pendiente, él se expondría
a ser acusado de la negligencia más culpable y descuidada. Pero, ¿qué son los asuntos más urgentes y de peso cuando son comparados
con la salvación del alma? Todas las preocupaciones del momento no son sino como el tamo de las eras del verano, cuando se
comparan con los intereses del alma inmortal - las grandes realidades de la eternidad.
Por ello es, en el mayor de los grados, irracional que alguien permanezca por una sola hora sin una clara y zanjada
seguridad de que es verdaderamente convertido a Dios. Un alma convertida ha cruzado el límite que separa el que es salvo del
que no es salvo - los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas - la iglesia de Dios de este presente siglo malo. El alma
convertida tiene la muerte y el juicio detrás de ella, y la gloria delante de ella. Está tan segura de estar en el cielo como
si ya estuviese allí; de hecho ya está allí en espíritu. Tiene un título sin mancha, y una perspectiva sin una nube. Conoce
a Cristo como su Salvador y Señor; a Dios como Su Padre y Amigo; al Espíritu Santo como su bendito Consolador, Guía y Maestro;
conoce el cielo como su resplandeciente y feliz hogar. ¡Oh! la inefable bendición de ser convertido. ¿Quién puede expresarlo?
"COSAS QUE OJO NO VIO, NI OIDO OYO, NI HAN ENTRADO AL CORAZON DEL HOMBRE, son LAS COSAS QUE DIOS HA PREPARADO PARA
LOS QUE LE AMAN. Pero Dios nos las reveló [a los creyentes] por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña,
aun las profundidades de Dios." (1 Corintios 2: 9, 10 - LBLA).
Y ahora indaguemos qué es la conversión, de la que nosotros hablamos. Bueno será para nosotros, de hecho, que seamos
divinamente enseñados en cuanto a esto. Un error aquí demostrará ser desastroso en proporción a los intereses que están en
juego.
Muchas son las nociones equivocadas referidas a la conversión. Verdaderamente podríamos concluir, del hecho mismo de
la inmensa importancia del tema, que el gran enemigo de nuestras almas y del Cristo de Dios procurará, en todos las maneras
posibles, sumergirnos en el error con respecto a ello. Si él no puede tener éxito en mantener a las personas en una indiferencia
con una risa disimulada en cuanto al tema de la conversión, él se esforzará en cegar sus ojos en cuanto a su verdadera naturaleza.
Si, por ejemplo, una persona ha sido despertada, por alguno u otro medio, para tomar conciencia de la completa vanidad y de
la falta de satisfacción de los entretenimientos mundanos, y de la urgente necesidad de un cambio de vida, el archi-engañador procurará persuadir a tal persona a hacerse religiosa, para que se ocupe de ordenanzas,
ritos y ceremonias, para que abandone bailes y fiestas, teatros y conciertos, la bebida, las apuestas, la caza y las carreras
de caballos; en una palabra, que abandone toda clase de alegre diversión y entretenimiento, y que se comprometa en lo que
es llamado 'una vida religiosa', ser diligente prestando atención a las ordenanzas públicas de la religión, leer la Biblia, decir oraciones, y dar limosnas, contribuir al apoyo de las grandes
instituciones religiosas y de beneficencia del país.
Ahora bien, esto no es conversión. Una persona puede hacer todo esto, y con todo, ser totalmente inconversa. Un religioso
devoto cuya vida es gastada en vigilias, ayunos, oraciones, auto-mortificaciones y actos de misericordia, puede ser tan completamente
inconversa, estar tan lejos del reino de Dios como el incauto cazador de placeres, que gasta su vida completa en la prosecución
de objetos tan inservibles como la hoja marchita o la mustia flor. Los dos caracteres, sin duda, se diferencian ampliamente
- tan ampliamente, quizás, como dos cosas se pueden diferenciar. Pero ambos son inconversos, ambos están fuera del bendito
círculo de la salvación de Dios, ambos en sus pecados. Es verdad, uno está empeñado en "malas obras", y el otro en "obras
muertas"; ambos están fuera de Cristo; no son salvos; están en camino a la miseria sin esperanza e interminable. El uno, tan
ciertamente como el otro, si no son convertidos en forma salvadora, hallarán su porción en el lago que arde con fuego y azufre.
De nuevo, la conversión no es que uno se cambie de un sistema religioso a otro. Un hombre puede volverse del Judaísmo, Paganismo,
de la religión Musulmana, o Catolicismo, al Protestantismo, y sin embargo, ser totalmente inconverso. Sin duda, mirado desde
un punto de vista social, moral, o intelectual, es mucho mejor ser un Protestante que un Musulmán; pero con respecto a nuestra
presente tesis, ambos están en una plataforma común, ambos son inconversos. De uno, tan verdaderamente como del otro, se puede
decir que, a menos que sea convertido, no puede entrar en el reino de Dios. La conversión no es unirse a un sistema religioso,
por muy puro que sea ese sistema, por muy sano, por muy ortodoxo. Un hombre puede ser un miembro del cuerpo religioso más
respetable que pueda existir a todo lo largo y ancho de la Cristiandad,
y sin embargo ser un hombre inconverso, no salvo, en su camino a la eterna perdición.
Así también en cuanto a los credos religiosos. Un hombre puede suscribir cualquiera de las grandes normas de la creencia
religiosa, los Treinta y Tres Artículos, la Confesión
de Westminster, los Sermones de John Wesley, Fox y Barclay, o cualquier otro credo, y con todo, ser totalmente inconverso,
muerto en delitos y pecados, siguiendo su camino a aquel lugar donde ni un solo rayo de esperanza puede irrumpir en la horrible
oscuridad de la eternidad.
¿De qué le sirve, podemos lícitamente preguntar, un sistema religioso o un credo teológico a un hombre que no tiene
ni una sola chispa de vida divina? Los sistemas y los credos no pueden dar vida, no pueden salvar, no pueden dar vida eterna.
Un hombre puede trabajar en su maquinaria religiosa como un caballo en un molino, dando vueltas y vueltas, de un fin de año
a otro, partiendo justo del lugar donde antes había comenzado, en una deprimente monotonía de obras muertas. ¿Qué valor tiene
todo esto? ¿Qué resulta de todo esto? ¡Muerte!
Sí; y entonces, ¿qué? ¡Ah! esa es la pregunta. ¡Quisiera Dios que el peso y la seriedad de esta pregunta fuese más plenamente
comprendida!
Pero además, el mismo Cristianismo, plenamente circundado de toda su luz, puede ser adoptado como un sistema de creencia
religiosa. Una persona puede estar intelectualmente encantada - casi extasiada con las gloriosas doctrinas de la gracia, un
evangelio pleno, libre, la salvación sin obras, la justificación por fe; en resumen, todo lo que hace a nuestro glorioso Cristianismo
Neo-Testamentario. Una persona puede profesar creer y deleitarse en esto; incluso puede llegar a ser un poderoso escritor
en defensa de la doctrina cristiana, un ferviente predicador elocuente del evangelio. Todo esto puede ser verdad, y con todo,
el hombre puede estar completamente inconverso, muerto en delitos y pecados, endurecido, engañado y destruido por su misma
familiaridad con las preciosas verdades del evangelio - verdades que nunca han ido más allá de la región de su entendimiento
- que nunca alcanzaron su conciencia, nunca tocaron su corazón, nunca convirtieron su alma.
Esto es acerca del caso que causa más consternación de todos. Nada puede ser más horroroso, más terrible, que el caso
de un hombre que profesa creer y se deleita, sí, efectivamente, predicando el evangelio, en toda su plenitud, y enseñando
las grandes verdades características del Cristianismo, y no obstante ser completamente inconverso, no salvo, y en su camino
a una eternidad de miseria inefable - miseria que necesariamente es intensificada hasta el grado máximo, por el recuerdo del
hecho que una vez él profesó creer, y realmente emprendió la predicación de las más gloriosas nuevas que alguna vez cayeron
en oídos mortales.
¡Oh! lector, quienquiera que tú seas, te rogamos, pon tu atención fija en estas cosas. No descanses, ni por una hora,
hasta que estés seguro de tu genuina, inequívoca, conversión a Dios.
PARTE 3
Habiendo visto hasta ahora la absoluta necesidad, en todos los casos, de conversión, y habiendo, en alguna medida,
procurado señalar lo que no es la conversión,
tenemos que indagar ahora, qué es.
Y aquí tenemos que mantenernos junto a la enseñanza verdadera de la
Santa Escritura. No podemos aceptar nada menos, nada diferente. Se ha de temer grandemente que mucho de lo
que pasa en estos días por conversión, no es conversión en absoluto. Hay muchos casos de conversión, así llamados, que son
publicados y se habla de ellos, los cuales no pueden resistir la prueba de la
Palabra de Dios. Muchos profesan ser convertidos, y se les acredita como tales, los cuales demuestran ser
meramente oidores pedregosos. (Mateo 13:5). No existe la profundidad de una obra espiritual en el corazón, ninguna acción
real de la verdad de Dios sobre la conciencia, ningún rompimiento completo con el mundo. Puede ser que los sentimientos sean
muy conmovidos por influencia humana, y que ciertos sentimientos evangélicos tomen posesión de la mente; pero el yo no es juzgado; existe un apego a la tierra y a la naturaleza;
una falta de esa seriedad profundamente templada y de una realidad genuina que caracterizan tan notablemente las conversiones
registradas en el Nuevo Testamento, y por las que podemos siempre contemplar donde la obra de conversión es divina.
No intentamos aquí dar razón de todos estos casos superficiales; meramente nos referimos a ellos para que todos los
que están involucrados en la bendita obra de evangelización puedan ser conducidos a considerar el asunto en la luz de la Santa Escritura, y ver en qué medida su manera de trabajar puede
requerir una santa corrección. Puede ser que haya mucho del elemento meramente humano en nuestra labor. No dejamos actuar
al Espíritu Santo. Carecemos de una fe profunda en el poder y la eficacia de la propia sencilla Palabra de Dios. Puede haber
mucho esfuerzo para influir en los sentimientos, demasiado de lo emocional y de lo sensacional. Quizás, también, en nuestro
deseo de alcanzar resultados - un deseo que puede ser suficientemente correcto en sí mismo - estamos demasiado dispuestos
a dar crédito y a anunciar, como casos de conversión, muchos que, ¡es lamentable! son meramente efímeros.
Todo esto exige nuestra seria consideración. Es de la más indispensable importancia que permitamos al Espíritu de Dios
obrar y exhibir - como muy ciertamente Él lo hará - el fruto de Su obra. Todo lo que Él hace es hecho bien, y hablará por
sí mismo a su debido tiempo. No hay necesidad que nosotros divulguemos por doquier nuestros casos de conversión. Todo lo que
es divinamente real resplandecerá para alabanza de Aquel a quien toda alabanza es debida; y entonces el obrero tendrá su profundo
y santo gozo. Verá los resultados de Su obra, y pensará en ellos con pleitesía y adoración a los pies de su Maestro - el único
lugar seguro y verdaderamente feliz donde pensar en ellos.
¿Disminuirá esto nuestra diligencia? Muy por el contrario; ello intensificará inmensamente nuestra diligencia. Seremos
más diligentes rogando a Dios, en secreto, y rogando a nuestros semejantes en público. Sentiremos más profundamente la divina
seriedad de la obra, y nuestra total insuficiencia. Abrigaremos siempre la sana convicción que la obra debe ser de Dios de
principio a fin. Esto nos mantendrá en nuestro lugar correcto, a saber, el bendito lugar de la dependencia de Dios una vez
que nos hemos despojado del yo, quien es el Hacedor de todas las obras que son hechas en la tierra. Estaremos más sobre nuestros
rostros delante del propiciatorio, tanto en privado como en la asamblea, con referencia a la obra gloriosa de la conversión;
y entonces, cuando las doradas gavillas y los racimos maduros aparezcan, cuando genuinos casos de conversión acontezcan -
casos que hablen por sí mismos, y lleven sus propias cartas credenciales con ellos a todos los que son capaces de juzgar -
entonces verdaderamente nuestros corazones se llenarán de alabanza al Dios de toda gracia que ha engrandecido el nombre de
Su Hijo Jesucristo en la salvación de almas preciosas.
¡Cuán mejor es esto que tener nuestros pobres corazones envanecidos con soberbia y auto-complacencia considerando nuestros
casos de conversión! ¡Cuán mucho mejor, más seguro y más feliz, es estar inclinados en adoración delante del trono, que tener
nuestros nombres pregonados hasta los confines de la tierra como grandes predicadores y maravillosos evangelistas! No hay
comparación, a juicio de una persona verdaderamente espiritual. Se comprenderá la dignidad, la realidad, y la seriedad de
la obra; florecerán la felicidad, la seguridad moral, y la real utilidad del obrero; y la gloria de Dios será asegurada y
mantenida.
Veamos de qué manera todo esto es ilustrado en 1 Tesalonicenses 1: " PABLO,
y Silvano, y Timoteo, a la iglesia de los Tesalonicenses, que es en Dios el Padre, y en el Señor Jesu Cristo. Gracia a vosotros,
y paz de Dios Padre nuestro, y del Señor Jesu Cristo. Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de
vosotros en nuestras oraciones: Sin cesar acordándonos de vuestra obra de fé, y trabajo de amor,
y paciencia de esperanza" - los grandes
elementos del verdadero Cristianismo - "en el Señor nuestro Jesu Cristo, delante del Dios y Padre nuestro: Sabiendo (o, conociendo),
hermanos, amados de Dios, vuestra elección." (1 Tesalonicenses 1: 1 - 4 - RVR1865). ¿Cómo sabía, o conocía, él la elección
de ellos? Por la clara e incuestionable evidencia dada en la vida práctica de ellos - la única forma en que la elección de
alguien puede ser conocida. "pues nuestro evangelio no vino a vosotros solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción; como sabéis qué clase de personas demostramos ser entre vosotros por amor a vosotros." (1 Tesalonicenses 1:5
- LBLA).
El bendito apóstol era, en su vida diaria, el exponente del evangelio que él predicaba. Él vivía el evangelio. No demandó ni exigió nada de ellos. No fue una
carga para ellos. Él les predicó el precioso evangelio de Dios dadivosamente; y para que él pudiese hacerlo, el llevó a cabo
esto con trabajos y fatigas, de noche y de día (1 Tesalonicenses 2:9). Él fue como una amorosa, tierna nodriza, entrando y
saliendo entre ellos. No había en él ninguna palabra altisonante sobre él mismo, o su cargo, o su autoridad, o sus dones,
o su predicación, o sus hechos maravillosos en otros lugares. Él era el obrero amoroso, humilde, modesto, honesto, consagrado,
cuya obra hablaba por sí misma, y cuya vida entera, su espíritu, estilo, conducta, y costumbres, estaban en amorosa armonía
con su predicación.
¡Cuán necesario es, para todos los obreros, ponderar estas cosas! Podemos estar seguros que mucha de la superficialidad
de nuestra obra es el fruto de la superficialidad del obrero. ¿Dónde está el poder? ¿Dónde está la demostración del Espíritu?
¿Dónde está la "plena convicción"? ¿Acaso no existe una terrible falta de estas cosas en nuestra predicación? Puede haber
una amplia cantidad de palabras fluidas; una gran cantidad de la así llamada 'habilidad'; y mucho de lo que puede deleitar
el oído actúa en la imaginación, despertando un interés temporal, y ministra a la mera curiosidad. Pero, ¡oh! ¿dónde está
la santa unción, el vivir honestamente, la seriedad profunda? Y luego lo que expone la vida diaria y las costumbres - ¿dónde
está esto? Que el Señor reavive Su obra en los corazones de Sus obreros, y entonces nosotros podremos buscar más resultados
de la obra.
¿Intentamos nosotros enseñar que la obra de conversión depende del obrero? ¡Que esté lejos la monstruosa noción! La
obra depende total y absolutamente del poder del Espíritu Santo, tal como el mismo capítulo que ahora está abierto ante nosotros
demuestra más allá de toda consideración (1 Tesalonicenses 1). Siempre debe permanecer cierto, en cada esfera y cada etapa
de la obra, que no es "con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha
dicho Jehová de los ejércitos. " (Zacarías 4:6).
Pero, ¿qué clase de vasos (utensilios) utiliza comúnmente el Espíritu? ¿No es esta una pregunta de peso para nosotros
los obreros? ¿Qué clase de vasos (utensilios) son útiles
para el Señor? Vasos vacíos - vasos limpios. ¿Somos nosotros vasos semejantes? ¿Nos hemos vaciado de nosotros mismos?
¿Nos hemos curado de nuestra deplorable costumbre de ocuparnos de nosotros mismos? ¿Estamos nosotros limpios? ¿Tenemos manos limpias? ¿Son nuestras asociaciones, nuestros
caminos, nuestras circunstancias, limpias? Si la respuesta es no, ¿cómo puede el Maestro usarnos en Su servicio santo? ¡Que
podamos tener toda la gracia para sopesar estos interrogantes en la presencia divina! ¡Pueda el Señor despertarnos a todos,
y hacernos más y más, vasos tales que Él pueda utilizar para Su gloria!
Proseguiremos, ahora, con nuestra cita de la Palabra. Todo
el pasaje está lleno de poder. El carácter del obrero, por un lado, y la obra, por el otro lado, requiere nuestra más seria
atención.
"Por vuestra parte, os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones. De esta manera os habéis
convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Partiendo de vosotros, en efecto, ha resonado la Palabra del Señor y vuestra fe en Dios se ha difundido no sólo en Macedonia
y en Acaya, sino por todas partes, de manera que nada nos queda por decir. Ellos mismos cuentan de nosotros cuál fue nuestra
entrada a vosotros." (1 Tesalonicenses 1: 6-9, BJ).
Esta era una obra real. Llevaba sus propias credenciales con ella. No había nada vago o insatisfactorio acerca de ella
- ninguna ocasión para alguna reserva o para formar o expresar un juicio respecto a ella. Era clara, distintiva, e inequívoca.
Llevaba estampada la mano del Maestro, y llevaba convicción a toda mente capaz de sopesar la evidencia. La obra de conversión
fue llevada a cabo, y los frutos de la conversión siguieron en deliciosa profusión. El testimonio salió por todas partes,
de modo que el obrero no tuvo ocasión para que él contase y publicase el número de conversiones en Tesalónica. Todo era divinamente
real. Era una completa obra del Espíritu de Dios con referencia a la cual no podía haber ninguna equivocación posible, y sobre
la cual era superfluo hablar.
El apóstol simplemente había predicado la Palabra
en el poder del Espíritu Santo, con plena convicción. No hubo nada vago, nada dudoso acerca de su testimonio. Él predicó como
uno que creía plenamente y que había entrado completamente en aquello de lo cual estaba predicando. No era la mera expresión
de ciertas verdades conocidas y reconocidas - no era la declaración cortante y seca de ciertos dogmas estériles. No; se trataba
del desbordamiento viviente del glorioso evangelio de Dios, viniendo de un corazón que sentía profundamente cada expresión,
y cayendo en corazones preparados por el Espíritu de Dios para su recepción.
Tal fue la obra en Tesalónica - una obra profunda, sólida, bendita, completamente divina - toda ella sana y real, el fruto genuino del Espíritu de Dios.
No se trató de una mera excitación religiosa, de nada sensacional, nada de presiones elevadas, ningún intento de despertar un avivamiento. Todo fue hermosamente tranquilo. El obrero,
como se nos dice en Hechos 17, llegó "a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. Y de acuerdo con su costumbre,
Pablo entró a reunirse con ellos, y por tres sábados [tres días de reposo] discutió
con ellos basándose en las Escrituras." (Hechos 17: 1, 2 - RVA) - ¡Preciosa, poderosa discusión! ¡quisiera Dios que nosotros
tuviéramos más de ello en medio nuestro! - "explicando y demostrando que era necesario que el Cristo padeciese y resucitase
de entre los muertos. El decía: "Este Jesús, a quien yo os anuncio, es el Cristo."" (Hechos 17:3 - RVA).
Cuán sencillo, ¡predicar a Jesús basándose en las Escrituras! Si, aquí estriba el gran secreto de la predicación de
Pablo. Él predicaba a una Persona viva, en poder vivo, sobre la autoridad de una Palabra viva, y esta predicación fue recibida
con una fe viva, y produjo fruto vivo, en las vidas de los convertidos. Esta es la clase de predicación que queremos. No es
entregar sermones, no es hablar de religión, sino que es la poderosa predicación de Cristo por el Espíritu Santo hablando
a través de hombres que tienen completamente inculcado lo que ellos están predicando. ¡Que Dios nos conceda más de esto!
PARTE 4
Los dos últimos versículos de nuestro capítulo (1 Tesalonicenses 1) exigen nuestra muy especial atención. Ellos proporcionan
una notable declaración de la verdadera naturaleza de la conversión. Ellos muestran, muy distintivamente, la profundidad,
claridad, plenitud, y realidad de la obra del Espíritu de Dios en aquellos Tesalonicenses convertidos. No había equivocación
al respecto. Llevaba sus propias credenciales con ella. No era una obra incierta. No requería un examen cuidadoso antes que
pudiese ser acreditada. Se trataba de una obre de Dios manifiesta, inequívoca, cuyos frutos eran evidentes para todos. "Porque
ellos cuentan de nosotros cuál entrada tuvimos á vosotros; y cómo os convertisteis de los ídolos á Dios, para servir al Dios
vivo y verdadero. Y esperar á su Hijo de los cielos, al cual resucitó de los muertos; á Jesús, el cual nos libró de la ira
que ha de venir." (1 Tesalonicenses 1: 9, 10 - RVR1909).
Aquí, entonces, tenemos una clara definición de la conversión - breve, pero completa. Se trata de un convertirse de, y un volverse a. Ellos se convirtieron de los ídolos. Hubo un completo rompimiento
con el pasado, una actitud de dar la espalda, de una vez y para siempre, a su vida y costumbres anteriores; una renunciación
completa a todos esos objetos que habían gobernado sus corazones y regido sus energías. Esos queridos Tesalonicenses fueron
conducidos a juzgar, a la luz de la verdad divina, su curso previo completo, y no sólo a juzgarlo, sino a abandonarlo abiertamente.
No fue un trabajo a medias. No hubo nada vago o inequívoco acerca de él. Fue una época marcada en la historia de ellos - un
gran momento crucial en la carrera moral y práctica de ellos. No se trató de un mero cambio de opinión, o de la recepción
de una nueva colección de principios, una cierta alteración en sus opiniones intelectuales. Fue mucho más que cualquiera o
todas estas cosas. Se trató del solemne descubrimiento de que toda su pasada carrera había sido una gran, oscura, monstruosa
mentira. Fue la real convicción de corazón de esto. La luz divina se había abierto paso en sus almas, y en el poder de esa
luz ellos se juzgaron a ellos mismos y la totalidad de su historia previa. Hubo una renunciación a fondo de ese mundo que
había gobernado hasta aquí los afectos de sus corazones; ni una pizca de él debía ser exceptuada.
Podemos preguntar, ¿y qué produjo este cambio maravilloso? Simplemente la
Palabra de Dios convenció a sus almas en el gran poder del Espíritu Santo. Hemos hecho referencia al relato
inspirado de la visita del apóstol a Tesalónica. Se nos dice que él "discutió con ellos basándose en las Escrituras." (Hechos
17:2 - RVA). Él procuró traer sus almas al contacto directo con la Palabra
de Dios viva y eterna. Él no trajo una mera influencia humana para imponerla sobre ellos. No hubo ningún esfuerzo para actuar
sobre sus sentimientos e imaginación. El bendito obrero juzgaba que todas estas cosas eran absolutamente sin valor. No tenía
confianza de ninguna clase en ellas. Su confianza estaba en la Palabra
y en el Espíritu de Dios. Él asegura justamente esto a los Tesalonicenses de la manera más conmovedora, en el capítulo 2 de
su epístola. " Por lo cual", él dice, "también nosotros sin cesar damos
gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros,
la recibisteis no como palabra de hombres,
sino según es en verdad, la palabra de Dios,
la cual actúa en vosotros los creyentes." (1 Tesalonicenses 2:13).
Esto es lo que podemos llamar un punto cardinal y vital. La Palabra
de Dios, y sólo eso, en la poderosa mano del Espíritu Santo, produjo estos grandes resultados en el caso de los Tesalonicenses,
quienes llenaron el corazón del amado apóstol con sincera acción de gracias a Dios. Él se regocijó que ellos no estuviesen
unidos a él, sino al propio Dios vivo, por medio de Su Palabra. Este es un vínculo imperecedero. Es tan permanente como la
Palabra que lo forma. La palabra del hombre es tan perecedera como él mismo; mas la Palabra del Señor permanece para siempre. El apóstol, como un obrero verdadero,
comprendió y sintió todo esto, y de ahí su santo celo, en todo su ministerio, para que las almas a las que él les predicaba
no se apoyasen en él, de ninguna manera, en lugar de apoyarse en Aquel de quien él era mensajero y ministro.
Oigan lo que él dice a los Corintios: "Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.
Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad,
y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté
fundada en la sabiduría de los hombres, sino en
el poder de Dios." 1 Corintios 2: 1-5.
Aquí tenemos verdadero ministerio - "el testimonio de Dios," y la "demostración del Espíritu" - la Palabra y el Espíritu Santo. Toda mera influencia humana, poder humano, y los resultados
producidos por la sabiduría o la energía humanas, son perfectamente inservibles. - sí, positivamente dañinos. El obrero se
envanece cuando se hace ostentación y se habla de los aparentes resultados de su obra, y las pobres almas sobre las que actúa
esta falsa influencia son engañadas, y conducidas a una posición y profesión absolutamente falsas. En una palabra, la cosa
completa es algo desastroso en extremo.
No es así cuando la Palabra de Dios, en su gran poder
moral, y la energía del Espíritu Santo, son traídas para tener que ver con el corazón y la conciencia. Es entonces cuando
vemos resultados divinos, como en el caso de los Tesalonicenses. Entonces, efectivamente, se hace evidente, más allá de todo cuestionamiento, quien es el obrero.
No es Pablo, o Apolos, o Cefas, sino el propio Dios, cuya obra se acredita a sí misma, y permanecerá para siempre; ¡Toda adoración
sea dada a Su Nombre santo! El apóstol no tenía necesidad de contar y publicar los resultados de su obra en Tesalónica, o
más bien la obra de Dios por medio de él. Ella hablaba por sí misma. Era profunda, minuciosa, y genuina. Llevaba, con inequívoca
nitidez, el sello de Dios sobre ella, y esto era absolutamente suficiente para Pablo; y es absolutamente suficiente para todo
obrero sincero de corazón, y despojado de sí mismo. Pablo predicaba la Palabra,
y esa Palabra convenció, en la energía vivificante del Espíritu Santo, los corazones de los Tesalonicenses. Cayó en buen terreno,
echó raíz, y produjo fruto en abundancia.
Y señalemos el fruto. "Os convertisteis
de los ídolos." Tenemos aquí, en una palabra, la vida completa de todo inconverso, hombre, mujer, o niño, sobre la faz de la tierra. Todo está envuelto y presentado a nuestra
vista en la expresión única, "ídolos." No es de ninguna manera necesario inclinarse ante un linaje o una piedra para ser un idólatra. Cualquier cosa que domina el
corazón es un ídolo, la rendición del corazón a esa cosa es idolatría, y el que lo rinde de ese modo es un idólatra. Tal es
la verdad clara, solemne, en este asunto, por muy desagradable que ella pueda ser para el orgulloso corazón humano. Tomen
ese pecado grande, quejumbroso, universal, de la "avaricia" (o, "codicia"). ¿Cómo la llama el apóstol inspirado? Él la llama
"idolatría" (Colosenses 3:5 - RVR60; traducida "codicia" en la BJ
- N. del T.). ¡Cuántos corazones son dominados por el dinero! ¡Cuántos adoradores se inclinan delante del ídolo del oro! ¿Qué
es la avaricia? Es, o el deseo de obtener más, o el amor a lo que tenemos. Tenemos ambas formas en el Nuevo Testamento. El
idioma Griego tiene una palabra para representar ambas. Pero, sea el deseo de poseer, o el deseo de acumular, en ambos casos
se trata de idolatría.
Y con todo, las dos cosas pueden ser muy diferentes en su desarrollo exterior. El primero, es decir, el deseo de obtener
más, puede ser hallado a menudo en conexión con una disposición favorable para gastar; lo último, por el contrario, está vinculado
generalmente con un intenso espíritu de acumulación. Hay, por ejemplo, un hombre de gran capacidad comercial - un completo
genio comercial - en cuyas manos todo parece prosperar. Él tiene un entusiasmo real por los negocios, una sed inextinguible
por hacer dinero. Su único objetivo es obtener más, añadir miles a los miles, fortalecer su base comercial, y ampliar su esfera.
Él vive, prospera, y se deleita, en la atmósfera del comercio. Él comenzó en su carrera con unos pocos centavos en su bolsillo,
y se ha elevado a la orgullosa posición de un príncipe comerciante. Él no es un tacaño. Él está tan dispuesto para malgastar
como para obtener. Él viaja suntuosamente, agasaja con una hospitalidad espléndida, da con gran generosidad a múltiples objetivos
públicos. Él es tenido en estima y respetado por todas las clases sociales.
Pero él ama obtener más. Él es un hombre codicioso - un idólatra. Es verdad, él desprecia al pobre tacaño que pasa
sus noches sobre sus bolsas de dinero, 'manteniendo una extraña comunión con su oro'; deleitando su corazón y proveyendo un
banquete para sus ojos con la vista misma del fascinante polvo dorado; negándose a él mismo y a su familia las provisiones
necesarias de la vida; andando en harapos y miseria, antes que gastar siquiera un centavo del precioso tesoro escondido; que
ama el dinero, no por lo que él puede obtener o dar, sino simplemente por lo que el dinero es; que ama acumular, no para poder
gastar, sino para poder atesorar; cuyo único deseo rector es morir merecedor de tan miserable polvo - !deseo extraño, desdeñable!
Ahora bien, estas dos personas son aparentemente muy distintas, pero ellas se encuentran en un punto; ellas se ubican
en una plataforma común; ambas son codiciosas (avaras), ambos son idólatras.* Esto puede parecer áspero y severo, pero es
la verdad de Dios, y nosotros debemos inclinarnos delante de su autoridad santa.
{* Las
dos palabras Griegas a las que hemos aludido en el texto son, pleonexia - el deseo de obtener más, y, philarguria - el amor al dinero. Ahora bien, es la primera de ellas la que aparece en Colosenses 3:5 - "avaricia,
que es idolatría"; y allí está colocada en la terrible categoría con algunos de los pecados más viles que manchan las páginas
de la historia humana.}
Es verdad que, aparentemente, nada
es más difícil que hacer ver claramente a la conciencia que el pecado de avaricia (o, de codicia) - ese mismo pecado que el
Espíritu Santo declara que es idolatría. Miles de personas pueden verlo en el caso del pobre tacaño degradado, quienes, no
obstante, se sentirían asombrados por su aplicación a un príncipe de los negocios. Una cosa es verlo en los demás, y absolutamente
otra es juzgarlo en nosotros. El hecho es, que nada más que la luz de la
Palabra de Dios resplandeciendo en el alma, y penetrando cada recoveco de nuestro ser moral, puede capacitarnos
para detectar el pecado odioso de la avaricia (o, codicia). La búsqueda de ganancia - el deseo de tener más - el espíritu
comercial - la habilidad para hacer dinero - el 'fac rem' (N. del T.: Expresión latina que significa 'haz la cosa') - el deseo
de medrar - todo esto "que los hombres tienen por sublime" (Lucas 16:15), hace que muy pocos, comparativamente, estén preparados
para ver que positivamente "delante de Dios es abominación." (Lucas 16:15 - RVR60).
El corazón natural está formado por los pensamientos de los hombres. Este corazón ama, idolatra, y adora los objetos que halla
en este mundo; y cada corazón tiene su propio ídolo. Uno adora el oro, otro adora el placer, otro adora el poder. Todo hombre
no convertido es un idólatra; e incluso hombres convertidos no están fuera del alcance de las influencias idolátricas, como
es evidente a partir de la nota de advertencia planteada por el venerable apóstol, "Hijitos, guardaos de los ídolos." (1 Juan
5:21).
Lector, ¿permitirás que nosotros pongamos a tu consideración una pregunta clara, directa, antes que sigamos adelante? ¿Eres tú convertido? ¿Profesas tú serlo? ¿Tomas tú el terreno de ser un Cristiano?
Si es así, ¿abandonaste los ídolos? ¿Has roto realmente con el mundo, y con tu antiguo yo? ¿Ha entrado la Palabra viva de Dios en tu corazón, y te ha conducido a juzgar la totalidad de
tu vida pasada, haya sido ella una vida de diversión y de irreflexiva extravagancia, una vida de laborioso enriquecimiento,
una vida de vicio y maldad abominables, o una vida de mera rutina religiosa - una religión sin Cristo, sin fe, sin valor?
Di, estimado amigo, ¿cómo
es? Se completamente serio. Ten por seguro que hay una demanda urgente por una seriedad a fondo en este asunto. No podemos
ocultarte el hecho de que estamos dolorosamente concientes de la triste falta de minuciosa decisión entre nosotros. No hemos,
con suficiente énfasis o claridad, abandonado los ídolos (o, convertido de los ídolos). Las viejas costumbres son retenidas;
antiguas pasiones y objetivos gobiernan el corazón. El temperamento, el estilo, el espíritu, y la conducta, no indican conversión.
Somos, tristemente, muy parecidos a lo que éramos antiguamente - muy parecidos a la gente abierta y confesadamente mundana
a nuestro alrededor.
Todo esto es realmente terrible. Tememos que es un triste impedimento para el progreso del evangelio y para la salvación
de almas. El testimonio cae impotente en los oídos de aquellos a quienes hablamos, porque parece que nosotros mismos no creemos
aquello de lo cual estamos hablando. El apóstol no podría decirnos, como dijo a sus amados Tesalonicenses convertidos, "Porque
partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor . . . . de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada"
(1 Tesalonicenses 1:8). Hay una falta de profundidad, de poder, y de marcación en nuestra conversión. El cambio no es suficientemente
evidente. Incluso donde hay una obra, hay una timidez, una debilidad, y una vaguedad acerca de ella verdaderamente deplorable
y descorazonadora.
Pero hablaremos más de esto en nuestra siguiente entrega, si el Señor así lo quiere.
PARTE
5
Somos llamados ahora a considerar lo que podríamos denominar el lado positivo del gran asunto de la conversión. Nosotros
hemos visto que es un volverse (convertirse) de
los ídolos - un volverse (convertirse) de todos esos objetos que gobernaban nuestros
corazones y comprometían nuestros afectos - las vanidades y las necedades, las pasiones y los placeres, que conformaban el
todo de nuestra existencia en los días de nuestra oscuridad y ceguera. Es, como leemos en Hechos 26:18, un volverse (convertirse)
de las tinieblas, y del poder de Satanás;
y, como leemos en Gálatas 1:4, un volverse (convertirse) del presente siglo malo ("de la presente época malvada" - RVA).
Pero la conversión es mucho más que todo esto. No sería, en un sentido, más que una pobre cosa, si fuera meramente
un volverse 'del pecado, el mundo,
y Satanás.' Sin duda, es una misericordia de proporciones el ser liberado, de una vez y para siempre, de toda la desdicha
y de la degradación moral de nuestra vida anterior; de la terrible servidumbre del dios y príncipe de este mundo; de toda
la falsedad y vanidad de un mundo que yace en los brazos del maligno; y del amor y práctica del pecado - los viles afectos
que una vez gobernaban sobre nosotros. Nosotros nunca podemos estar demasiado
agradecidos por todo lo que se incluye en este aspecto del asunto.
Pero, repetimos, hay efectivamente mucho más que esto. El corazón puede sentirse dispuesto a inquirir, «¿Qué hemos obtenido en lugar de todo lo que hemos abandonado? ¿Es el Cristianismo meramente un sistema de
negaciones? Si nosotros hemos roto con el mundo y con el 'yo' - si hemos abandonado nuestros antiguos placeres y entretenciones
- si, en resumen, si hemos dado la espalda a lo que hace a la vida en este mundo, ¿que tenemos en cambio?»
1 Tesalonicenses 1:9 proporciona,
en una palabra, la respuesta a todos estos interrogantes - una respuesta plena, clara, distintiva, y comprensiva. Aquí está
- "os convertisteis . . . A DIOS."
¡Preciosa respuesta! Sí,
indeciblemente preciosa para todos los que conocen algo su significado. ¿Qué he conseguido en lugar de mis "ídolos" anteriores"?
¡A Dios! ¿En lugar de los vanos y pecaminosos
placeres de este mundo? ¡A Dios! ¿En
lugar de sus riquezas, honores, y distinciones? ¡A
Dios! ¡Oh, bendito, glorioso, perfecto Substituto! ¿Qué tuvo el hijo prodigo en lugar de los trapos de la provincia
apartada? ¡El mejor vestido en la casa de su padre! ¿En lugar de las algarrobas de los cerdos? ¡El becerro gordo de la provisión
de víveres del padre! ¿En lugar de la degradante servidumbre de la provincia apartada? ¡La bienvenida del padre, su seno,
y su mesa! (Lucas 15: 11-32)
Lector, ¿no es éste un
bendito intercambio? ¿No tenemos nosotros, en la historia familiar, pero siempre encantadora, del hijo pródigo, una ilustración
muy conmovedora e impresionante de la verdadera conversión en ambos de sus aspectos? ¿No podemos bien exclamar, mientras contemplamos
fijamente el retrato inimitable, «¡Qué conversión!»? ¡Qué volverse de y convertirse a!
¿Quien puede pronunciarlo? ¿Qué lengua humana puede exponer adecuadamente los sentimientos del retornado vagabundo, cuando
fue estrechado al seno del Padre, y bañado en la luz y el amor de la casa del Padre? Los trapos, las algarrobas, los cerdos,
la esclavitud, el frío egoísmo, la destitución, el hambre, la miseria, la degradación moral - todas estas cosas ya no están,
y nunca más estarán; y, en lugar de eso, el inefable deleite de aquel resplandeciente y feliz hogar; y, sobre todo, el exquisito
sentimiento de que todo ese alegre gozo que lo rodeó fue despertado por el hecho mismo de su regreso - ¡de que ello alegró
al padre por tenerle de regreso!
Pero quizás se nos dirá
que todo esto no es más que una figura. Sí; pero, ¿una figura de qué? De una realidad preciosa, divina; una figura de lo que
sucede en cada caso de una conversión verdadera, si solamente se contempla desde un punto de vista celestial. No se trata
de un mero abandono del mundo, con sus mil y una vanidades y locuras. Es esto, sin duda; pero es muchísimo más. Es ser traído
a Dios, traído al hogar, traído al
seno del Padre, traído a la familia; es ser hecho - no en el lenguaje de una estéril formalidad, sino en el poder del Espíritu,
y por la poderosa acción de la Palabra - un hijo de Dios,
un miembro de Cristo, y un heredero del reino.
Esto, y nada menos que
esto, es la conversión. Que el lector vea que él lo entiende completamente. Que no se satisfaga con nada menos que esta gran
realidad - con este volverse de las tinieblas a la luz, del poder de Satanás, y de la adoración de ídolos, a Dios. El Cristiano
está, en un sentido, como realmente traído a Dios ahora, como si él estuviera, de hecho, en el cielo. Esto puede parecer fuerte,
pero es dichosamente verdad. Oigan lo que el apóstol Pedro dice en cuanto a este punto: "Cristo padeció una sola vez por los
pecados, el justo por los injustos, para llevarnos" - ¿Qué? ¿Al cielo cuando morimos? No, sino "para llevarnos a Dios" ahora. (1 Pedro 3:18). Así también en
Romanos 5 leemos, "Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados,
seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien
hemos recibido ahora la reconciliación." (Romanos 5: 10, 11).
Este es un principio inmenso.
No está dentro del ámbito del lenguaje humano expresar lo que está implicado en 'volverse' ('convertirse'), o 'traído a Dios'.
Nuestro adorable Señor Jesucristo lleva a todos quienes creen en Su nombre a la presencia de Dios, en toda Su perfecta aceptabilidad.
Ellos vienen en todo el mérito, y la virtud, y el valor de la sangre de Jesús, y en toda la fragancia de Su muy excelente
Nombre. El nos lleva a la misma posición con Él mismo. Él nos vincula con Él mismo, y comparte con nosotros todo lo que Él
tiene, y todo lo que Él es, excepto Su Deidad, la cual es incomunicable. Nosotros somos perfectamente identificados con Él.
"Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis." (Juan 14:19). De nuevo, " La paz
os dejo, mi paz os doy; yo no os la
doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo." (Juan 14:27). "Estas cosas os he dicho, para que quede mi gozo en vosotros, y vuestro gozo
sea completo." (Juan 15:11 - VM). "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado
amigos, porque todas las cosas que oí de mi
Padre, os las he dado a conocer." (Juan 15:15).
Del mismo modo, en aquella
maravillosa oración en Juan 17, leemos, "las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente
que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque
tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos." (Juan 17: 8 - 10). "Yo les he dado tu palabra;
y el mundo los aborreció, porque no son del
mundo, como tampoco yo soy del mundo." (Juan 17:14). "Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo." (Juan 17:18). "La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros
somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste,
y que los has amado a ellos como también a
mí me has amado. Padre, aquellos que
me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque
me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos
han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos." (Juan
17: 22 - 26).
Ahora bien, es completamente
imposible concebir nada más elevado o más bendito que esto. Ser así tan plenamente identificados con el Hijo de Dios, ser
tan completamente uno con Él como para compartir en el mismo amor con el que Él es amado por el Padre, participar de Su paz,
Su gozo, Su gloria - todo esto implica la medida y el carácter de bendición más elevados posible con los que cualquier criatura
pudiese ser dotada. Ser salvos de los horrores eternos del abismo del infierno; ser perdonados, lavados, y justificados: ser
reinstalados en todo lo que Adán perdió; que se nos permita entrar en el cielo, sobre cualquier terreno, o en cualquier carácter
de cualquier clase, sería maravillosa misericordia, bondad, y benevolencia; pero ser llevados a Dios en todo el amor y el
favor de Su amado Hijo, ser íntimamente asociado con Él en toda Su posición delante de Dios - Su aceptabilidad ahora - Su
gloria de aquí a poco - esto, verdaderamente, es algo sobre lo cual sólo el corazón de Dios pudo pensar, y sólo Su gran poder
pudo llevar a cabo.
Bueno, lector, todo esto
está involucrado en la conversión de la que hablamos. Tal es la gracia magnífica de Dios, tal es el amor con que Él nos ha
amado, aún cuando nosotros estábamos muertos en delitos y pecados, enemigos en nuestras mentes haciendo malas obras, esclavos
de concupiscencias y deleites diversos, adorando ídolos, ciegos, degradados, esclavos del pecado y Satanás, hijos de ira.
y yendo directo al infierno.
Y lo mejor de todo ello
es, que, al mismo tiempo, ello glorifica el nombre, y gratifica el corazón de Dios, el traernos a este lugar de bienaventuranza
inconcebible, amor, y gloria. No satisfaría el amor de Su corazón darnos cualquier lugar inferior que el de Su propio Hijo.
Bien podía el inspirado apóstol exclamar, en vista de toda esta gracia estupenda, "¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, el cual nos ha bendecido en Cristo con toda suerte de bendiciones espirituales, en las regiones celestiales;
según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprensibles delante de él: habiéndonos
predestinado, en su amor, a la adopción de hijos, por medio de Jesucristo, para sí mismo, según el beneplácito de su
voluntad; para loor de la gloria de su gracia,
de que nos hizo merced en el amado Hijo suyo: en quien tenemos redención
por medio de su sangre, la remisión de nuestros pecados, según las riquezas de su gracia." (Efesios 1: 3 - 7; VM).
¡Qué profundidad de amor,
qué plenitud de bendición, nosotros tenemos aquí! Es el propósito de Dios glorificarse a Sí mismo, a lo largo de los innumerables
siglos de la eternidad, en Sus tratos con nosotros. Él exhibirá, a la vista de toda inteligencia creada, las riquezas de Su
gracia, en Su bondad hacia nosotros, por medio de Cristo Jesús. Nuestro perdón, nuestra justificación, nuestra perfecta liberación,
nuestra aceptación - todas las bendiciones concedidas a nosotros en Cristo - son para la exhibición de la gloria divina a
través del vasto universo, para siempre. No satisfaría las demandas de Dios, ni respondería a los afectos de Su corazón, tenernos
en cualquier otra posición que la de Su propio bienamado y unigénito Hijo.
Todo esto es maravilloso.
Parece demasiado bueno para ser verdad. Pero es digno de Dios, y es Su beneplácito actuar así hacia nosotros. Esto es suficiente
para nosotros. Puede ser, y muy ciertamente lo es, demasiado bueno para que nosotros lo consigamos, pero no es demasiado bueno
para Dios darlo. Él actúa hacia nosotros conforme al amor de Su corazón, y sobre el terreno del mérito de Cristo. El hijo
pródigo podía pedir ser hecho como uno de los jornaleros, pero esto no podía ser. No sería conforme al corazón del Padre tenerle
en la casa como un siervo. Tiene que ser como un hijo, o de ninguna manera. Si fuera una cuestión de mérito, nosotros no merecemos
el lugar de un siervo, ni menos el de un hijo. Pero, bendito sea Dios, no es en absoluto según nuestros méritos, sino conforme
al ilimitado amor de Su corazón, y a la gloria de Su santo Nombre.
Esto, entonces, es conversión.
Así nosotros somos llevados a Dios.
Nada menos que esto. No meramente nos volvimos de nuestros ídolos, cualesquiera que ellos fueran, sino que somos, de hecho, llevados a la presencia misma de
Dios, para hallar nuestro deleite en Él, para gozarnos en Él; para andar con Él, para hallar todas nuestras fuentes en Él,
para recurrir a Sus inagotables recursos, para hallar en Él una respuesta perfecta a todas nuestras necesidades, de modo que
nuestras almas estén satisfechas, y eso para siempre.
¿Queremos nosotros regresar
a los ídolos? ¡Jamás! ¿Sentimos algún anhelo por nuestros antiguos objetos? No si nuestros corazones están comprendiendo nuestro
lugar y nuestra porción en Cristo. ¿Tuvo el hijo pródigo algún anhelo por las algarrobas y los cerdos, cuando descansó en
el seno del padre, cuando fue vestido en la casa del padre, y cuando se sentó a la mesa del padre? Nosotros no, y no podemos,
créalo. No podemos imaginar que tuviera un solo suspiro por la provincia apartada, una vez que él se halló dentro del círculo
bendito de esa resplandeciente y dichosa casa de amor.
Nosotros hablamos conforme
a la norma divina. ¡Es lamentable! ¡muy lamentable! muchos profesan ser convertidos, y parecen seguir adelante por una temporada,
pero antes de que pase mucho tiempo ellos comienzan a enfriarse, y sentirse cansados e insatisfechos. La obra no fue real.
Ellos no fueron realmente traídos a Dios. Pueden haber renunciado a los ídolos por un tiempo, pero Dios mismo nunca fue alcanzado.
Ellos nunca hallaron en Él una porción satisfactoria para sus corazones - nunca conocieron el significado real de la comunión
con Él - nunca gustaron la satisfacción de corazón, el reposo del corazón, en Cristo. De ahí que, con el transcurso del tiempo,
el pobre corazón comenzó a añorar una vez más al mundo, y regresaron, y se zambulleron en sus locuras y vanidades con mayor
avidez que nunca.
Casos semejantes son muy
tristes, muy decepcionantes. Ellos acarrean gran vituperio sobre la causa de Cristo, y son utilizados como un argumento para
el enemigo, y como una piedra de tropiezo para averiguadores ansiosos. Pero dejan el asunto de la conversión divina justo
donde estaba. El alma que es verdaderamente convertida es una que no meramente se ha vuelto (convertido) de este presento
siglo malo, y todas sus promesas y pretensiones, sino que ha sido conducida por el precioso ministerio del Espíritu Santo
a hallar en el Dios vivo, y en Su Hijo Jesucristo, todo lo que puede posiblemente necesitar ahora y por los siglos. Un alma
semejante ha terminado divinamente con el mundo. Ha roto con él para siempre. Ha tenido sus ojos abiertos para ver, por completo,
la cosa en su totalidad. Lo ha juzgado en la luz de la presencia de Dios. Lo ha medido por la norma de la cruz de Cristo.
Lo ha pesado en las balanzas del santuario, y le ha vuelto sus espaldas para siempre, para hallar un objeto absorbente y dominante
en la Persona de aquel Bendito que fue clavado al madero
maldito, para librarla, no sólo de las llamas eternas, sino también de este presente siglo malo.
PARTE 6
Mientras más nos detenemos
en 1 Tesalonicenses 1:9, más nos impresionamos con su maravillosa profundidad, plenitud, y poder. Es como excavar un pozo
dentro de una mina inagotable. Nos hemos detenido brevemente en esa cláusula fructífera y sugestiva, "os volvisteis de los ídolos a Dios." (1 Tesalonicenses 1:9 - VM). ¡Cuánto
está envuelto en ella! ¿Entendemos realmente la fuerza y la plenitud de ella? Es una cosa maravillosa para el alma ser traída
a Dios - conocerle ahora a Él como nuestro recurso en toda nuestra debilidad y necesidad -
el manantial de todas nuestras alegrías - nuestra fortaleza y escudo - nuestro Guía y Consejero - nuestro todo en todo
- estar absoluta y completamente confinados a Él, completamente dependientes de Él.
Lector, ¿conoces la profunda
bienaventuranza de todo esto en tu propia alma? Si tú eres un hijo de Dios, un alma verdaderamente convertida, entonces es
tu feliz privilegio saberlo, y no deberías estar satisfecho sin ello. Si nos hemos 'vuelto a Dios', ¿para qué es sino para
hallar en Él todo lo que posiblemente podemos necesitar ahora y por los siglos? Nada puede satisfacer nunca el alma humana
sino Dios mismo. No está dentro del
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