Las Escenas Finales de Malaquías y Judas
Al comparar estos dos escritos inspirados, encontramos muchos puntos de semejanza, y muchos puntos de contraste. Ambos,
el profeta y el apóstol, retratan escenas de ruina, corrupción y apostasía. El primero se ocupa de la ruina del Judaísmo;
el último con la ruina de la Cristiandad. El profeta Malaquías presenta, ya en sus primeras
frases, con claridad poco común, la fuente de la bendición de Israel, y el secreto de la caída de ellos. "Yo os he amado,
dice Jehová." (Malaquías 1:2). Aquí estaba la gran fuente de toda su bienaventuranza, de toda su gloria, de toda su dignidad.
El amor de Jehová explica todas las glorias más radiantes del pasado de Israel y todas las glorias más radiantes del futuro
de Israel. Por otra parte, su desafío intrépido e infiel, "¿En qué nos has amado?"
(Malaquías 1:2 - VM), explica los abismos más profundos de la degradación de Israel en ese instante.
Formular una pregunta semejante, después de todo lo que Jehová había hecho por ellos desde los días de Moisés hasta
los días de Salomón, puso en evidencia una condición de corazón insensible hasta el grado máximo. Aquellos que, con la maravillosa
historia de las acciones de Jehová delante sus ojos, podían decir, "¿En qué nos
has amado?", estaban más allá de toda exhortación moral. Por consiguiente, no necesitamos sorprendernos ante las vehementes
palabras del profeta. Nosotros estamos preparados para frases como la siguiente: "si yo soy Padre, ¿dónde está mi honra? y
si soy Señor, ¿dónde está el temor que se me debe? dice Jehová de los Ejércitos a vosotros, oh sacerdotes que despreciáis
mi Nombre. Y decís: ¿En qué hemos despreciado tu Nombre?" (Malaquías 1:6 - VM). Había la insensibilidad más completa tanto
al amor del Señor como a sus propios caminos perversos. Había la dureza de corazón que podía decir, "¿En qué nos has amado?" (Malaquías 1:2 - VM), y "¿En qué te hemos deshonrado?" (Malaquías 1:7). Y todo esto con la
historia de mil años delante de sus ojos - una historia traslapada por la gracia,
la misericordia y la paciencia sin precedentes de Dios, una historia manchada desde el principio hasta el final con el registro
de la infidelidad, la insensatez y el pecado de ellos.
Pero escuchemos
las conmovedoras reconvenciones del contristado y ofendido Dios de Israel. "Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio,
¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará
de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos. Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros.
Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice Jehová de los ejércitos. ¿Quién también hay de vosotros que cierre
las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra
mano aceptaré ofrenda. Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo
lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos.
Y vosotros lo habéis profanado cuando decís: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando decís que su alimento es despreciable.
Habéis además dicho: !Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o
cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? dice Jehová." (Malaquías 1: 8-13).
Tenemos
aquí, entonces, un triste y deprimente cuadro de la condición moral de Israel. La adoración pública a Dios había caído en
el desprecio absoluto. Su altar fue insultado, Su servicio despreciado. En cuanto a los sacerdotes, se trataba de un mero
asunto de dinero. En cuanto al pueblo, toda la cosa había llegado a ser un fastidio, una formalidad vacía, una rutina apagada
y sin corazón. No había corazón para Dios. Había abundancia de corazón para la ganancia. Cualquier sacrificio, sin importar
si había sido mutilado y hurtado, era considerado lo suficientemente bueno para el altar de Dios. Lo cojo, lo ciego, lo enfermo,
exactamente lo peor que se podía tener, tanto que ellos no se habrían atrevido a ofrecerlo a un gobernante humano, era puesto
en el altar de Dios. Y si se tenía que abrir una puerta o encender un fuego, se tenía que pagar por ello. Sin pago no se hacía
nada. Tal era la lamentable condición de cosas en los días de Malaquías. Contemplar esta condición enferma el corazón.
Pero, gracias
y alabanzas sean dadas a Dios, hay otro aspecto del cuadro. Había algunas raras y preciosas excepciones a la oscura regla
- algunas sorprendentes y hermosas formas resaltando del oscuro trasfondo. Es verdaderamente refrescante leer palabras como
estas en medio de toda esta venalidad y corrupción, frialdad y falta de sinceridad, esterilidad y falta de corazón, orgullo
y terquedad de corazón, a saber: "Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno con su compañero; y Jehová escuchó, y
los oyó; y fué escrito un libro de memoria delante de él, a favor de los que temen a Jehová, y de los que piensan en su nombre."
(Malaquías 3:16 - VM).
¡Cuán precioso
es este breve registro! ¡Cuán delicioso es contemplar este remanente en medio de la ruina moral! No hay pretensión, o presunción;
no hay ningún intento de establecer algo, ningún esfuerzo para reconstruir la economía caída, ninguna exhibición de poder
fingida. Aquí se trata de una debilidad sentida y de acudir a Jehová. Este es el verdadero secreto de todo poder real. Necesitamos
no temer jamás el hecho de estar conscientes de la debilidad. Es de la fuerza impresionante que nosotros tenemos que temer
y huir. La norma para el pueblo de Dios siempre es: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12:10) - una norma
bendita, muy ciertamente. Siempre se ha de contar con Dios. Nosotros podemos establecer como un gran principio fundamental
que, sin importar cual sea el estado actual del cuerpo profesante, la fe individual puede gozar de la comunión con Dios conforme
a la más elevada verdad misma de la dispensación.
Este es
un gran principio que hay que asir y retener. Que el pueblo profesante de Dios esté formado siempre por individuos que se
juzguen a sí mismos y se humillen delante de Dios, que puedan gozar de Su presencia y bendición sin obstáculo o límite. Vean
a los Danieles, los Mardoqueos, los Esdras, los Nehemías, los Josías, los Ezequías, y a multitudes de otros que anduvieron
con Dios, que llevaron a la práctica los principios más elevados y gozaron de los más extraordinarios privilegios de la dispensación,
cuando todo yacía en irremediable ruina alrededor de ellos. Hubo una pascua celebrada en los días de Josías como no se había
conocido desde los días de Samuel el profeta (2 Crónicas 35:18). El débil remanente, a su regreso de Babilonia, celebró la
fiesta de los tabernáculos, un privilegio que no se había experimentado desde los días de Josué el hijo de Nun (Nehemías 8:17).
Mardoqueo, sin dar un solo golpe, ganó una victoria tan espléndida sobre Amalec como la llevada a cabo por Josué en los días
de Éxodo 17 (Ester 6: 11-12). En el libro de Daniel vemos al monarca más altivo de la tierra postrarse a los pies de un Judío
cautivo. (Daniel 2:46).
¿Qué nos
enseñan todos estos casos? ¿Qué lección nos dicen en nuestros oídos? Sencillamente que al alma humilde, creyente y obediente,
se le permite gozar de la más profunda y más rica comunión con Dios, a pesar del fracaso y la ruina del pueblo profesante
de Dios y de la gloria pasada de la dispensación en la que le ha tocado su porción.
Así fue
en las escenas finales de Malaquías. Todo estaba en irremediable ruina, pero eso no impidió que quienes amaban y temían al
Señor se juntaran para hablar acerca de Él y meditar en Su precioso Nombre. Es verdad que este remanente débil no fue como
la gran congregación que se reunió en los días de Salomón, desde Dan hasta Beerseba, pero tuvo una gloria única para sí mismo.
Tuvo la presencia divina de un modo no menos maravilloso, aunque no tan impresionante. No se nos habla acerca de algún "libro
de memoria" en los días de Salomón. No se nos habla acerca de Jehová escuchando y oyendo. Quizás se podría decir que no hubo
necesidad. De acuerdo, pero ello no oscurece el esplendor de la gracia que brilló sobre el pequeño grupo en los días de Malaquías.
Podemos afirmar audazmente que el corazón de Jehová fue tan confortado por los amorosos suspiros de ese pequeño grupo como
por los esplendidos sacrificios en los días de la dedicación de Salomón. El amor de ellos resplandeció aún más brillante en
contraste con el duro formalismo del cuerpo profesante, y la corrupción de los sacerdotes.
"En
el día que yo preparo, ha dicho Jehovah de los Ejércitos, ellos serán para mí un especial tesoro. Seré compasivo con ellos,
como es compasivo el hombre con su hijo que le sirve. Entonces os volveréis y podréis apreciar la diferencia entre el justo
y el pecador, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve. Porque he aquí viene el día ardiente como un horno, y todos
los arrogantes y todos los que hacen maldad serán como paja. Aquel día que vendrá los quemará y no les dejará ni raíz ni rama,
ha dicho Jehovah de los Ejércitos. Pero para vosotros, los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas
traerá sanidad. Vosotros saldréis y saltaréis como terneros de engorde. Pisotearéis a los impíos, los cuales, el día que yo
preparo, serán como ceniza bajo las plantas de vuestros pies, ha dicho Jehovah de los Ejércitos." (Malaquías 3: 17, 18; 4:1-3;
RVA).
Daremos ahora una breve mirada a la epístola
de Judas. Tenemos aquí un cuadro aún más aterrador de apostasía y corrupción. Es un dicho familiar entre nosotros que la corrupción
de lo mejor es la peor de las corrupciones. De ahí que el Apóstol Judas extienda ante nosotros una página muchísimo más oscura
y más terrible que la presentada por el profeta Malaquías. Se trata del registro del absoluto fracaso y la ruina absoluta
del hombre bajo los privilegios más elevados y ricos que se le podían conceder.
Al comienzo de este solemne discurso, el
apóstol nos da a conocer que le fue impuesta en su corazón la necesidad de escribirnos "acerca de nuestra común salvación."
(Judas 3). Esto habría sido su tarea más deleitable. Habría sido su gozo y su refrigerio explayarse sobre los privilegios
presentes y las glorias futuras envueltos en los amplios pliegues de esa preciosa palabra "salvación." Pero él sintió que
le era "necesario" apartarse de este trabajo más agradable para fortalecer nuestras almas contra la marea creciente de error
y mal que amenazaba los fundamentos mismos del Cristianismo. "Amados, mientras me esforzaba por escribiros acerca de nuestra
común salvación, me ha sido necesario escribir para exhortaros a que contendáis eficazmente por la fe que fue entregada una vez a los santos." (v. 3 - RVA). Todo lo que era vital
y fundamental estaba en juego. Se trataba de contender eficazmente (o, ardientemente) por la fe misma. "Porque algunos hombres
han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten
en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo." (v. 4).
Esto es muchísimo peor de todo lo que tenemos
en Malaquías. Allí se trataba de un asunto de la ley, como leemos, "Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué
en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel." (Malaquías 4:4). Pero en Judas no se trata del olvido de la ley, sino, en realidad,
de convertir en sensualidad la gracia pura y preciosa de Dios, y de negar el Señorío de Cristo. Por consiguiente, en lugar
de extenderse sobre la salvación de Dios, el apóstol procura fortalecernos contra la perversidad e iniquidad de los hombres.
"Mas quiero recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor, habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después
destruyó a los que no creyeron. Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha
guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día." (vv. 5, 6).
Todo esto es de lo más solemne, pero no podemos
detenernos en los rasgos oscuros de esta escena: el espacio no lo permite. Además, deseamos más bien presentar al lector Cristiano
el retrato encantador del remanente Cristiano en las líneas finales de esta Escritura tan escrutadora. Así como en Malaquías
tenemos entre las ruinas irremediables del Judaísmo un devoto grupo de adoradores Judíos que amaban y temían al Señor y que
obtenían dulce consuelo al estar juntos, así en Judas, entre las más espantosas ruinas de la profesión Cristiana, el Espíritu
Santo presenta una compañía a quienes Él se dirige como "Amados." Estos son "llamados, santificados en Dios Padre, y guardados
en Jesucristo." (v. 1). Él advierte solemnemente a estos contra las variadas formas de error y mal que ya estaban comenzando
a hacer su aparición, pero que desde entonces han asumido formidables proporciones. A estos Él se vuelve, con la gracia más
exquisita, y les dirige la siguiente exhortación, "Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas
por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según
sus malvados deseos. Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu. Pero vosotros, amados,
edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia
de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna." (vv. 17-21).
Tenemos aquí la seguridad divina contra todas
las oscuras y terribles formas de apostasía - el camino de Caín, el error de Balaam, la contradicción de Coré, los murmuradores
y los querellosos, las cosas infladas, las fieras ondas del mar, las estrellas errantes, la adulación a las personas para
sacar provecho (vv. 11-16). Los "amados" han de edificarse sobre su santísima fe (v. 20).
Que el lector observe esto: no hay aquí ni
una sílaba acerca de un orden de hombres que sucedan a los apóstoles, ni una palabra acerca de hombres dotados de ninguna
clase. Es bueno ver esto y tenerlo siempre en mente. Nosotros escuchamos bastante de nuestra falta de don y poder, de que
no tenemos pastores y maestros. ¿Cómo podríamos esperar tener mucho don y poder? ¿Los merecemos? Lamentablemente nosotros
hemos fracasado y hemos pecado y hemos sido privados de ellos. Reconozcamos esto y entreguémonos al Dios viviente quien nunca
falla a un corazón confiado.
Vean el conmovedor discurso de Pablo a los
ancianos de Éfeso en Hechos 20. ¿A quién nos encomienda él allí en vista de que el ministerio apostólico llegaría a su fin?
¿Hay allí una palabra acerca de sucesores de los apóstoles? Ni una, a menos que sean, de hecho, los "lobos rapaces" de los
que él habla o esos hombres que se iban a levantar en el seno mismo de la
Iglesia, hablando cosas perversas para arrastrar tras de sí a los discípulos. ¿Cuál es, entonces, el recurso
de los fieles? "Os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados."
(Hechos 20:32).
¡Qué precioso
recurso! Ni una palabra acerca de hombres dotados, valiosos como los tales puedan ser en su lugar correcto. Dios no permita
que desestimemos de ninguna manera los dones que, a pesar de todo el fracaso y el pecado, nuestro amable Dios pueda considerar
apropiado conceder a Su Iglesia. Pero aún es válido que el apóstol bendito, al despedirse de la Iglesia, no nos encomienda a hombres dotados, sino a Dios mismo y a la Palabra de Su gracia. De ahí se desprende que, por muy grande que sea nuestra debilidad,
nosotros tenemos que acudir a Dios y apoyarnos en Él. Él nunca abandona a quienes confían en Él. No hay absolutamente ningún límite a la bendición que nuestras almas pueden experimentar, si sólo acudimos a Dios
en humildad de mente y con la confianza de un niño.
Aquí yace
el secreto de toda verdadera bienaventuranza y de todo verdadero poder espiritual - humildad de mente y sencilla confianza.
Tiene que haber, por una parte, ninguna presunción de poder, y por la otra, nosotros no debemos, en la incredulidad de nuestros
corazones, limitar la bondad y fidelidad de nuestro Dios. Él puede, y lo hace, dar dones para la edificación de Su pueblo.
Él daría muchos más si no estuviéramos tan dispuestos para actuar por nosotros mismos. Si la Iglesia no hiciera otra cosa sino mirar más a Cristo, su Cabeza viviente y amante Señor, en lugar
de mirar los arreglos de los hombres y los métodos de este mundo, ella tendría un cuento muy diferente para contar. Pero si
nosotros, mediante nuestros planes incrédulos y nuestros esfuerzos incansables para proporcionarnos un sistema, apagamos,
obstaculizamos y contristamos el Espíritu Santo, ¿es necesario que nos maravillemos si se nos deja probar la esterilidad y
la vaciedad, la desolación y la confusión de todas esas cosas? Cristo es suficiente, pero Él debe ser probado, se debe confiar
en Él, se le debe permitir actuar. El estrado debe ser dejado totalmente diáfano para que el Espíritu Santo exhiba sobre él
la preciosidad, la plenitud, toda la suficiencia de Cristo.
Pero es
precisamente en esta cosa que nosotros fracasamos tan notablemente. Tratamos de ocultar nuestra debilidad en lugar de reconocerla.
Procuramos cubrir nuestra desnudez con paños de nuestra propia provisión, en lugar de confiar sencilla y enteramente en Cristo
para todo lo que necesitamos. Nos cansamos de la actitud de humilde espera paciente. Nos damos prisa en asumir una apariencia
de fortaleza. Esta es nuestra insensatez y nuestra pérdida dolorosa. Si sólo se nos pudiera inducir a creer esto: nuestra
verdadera fortaleza es conocer nuestra debilidad y aferrarnos a Cristo en fe absoluta de día en día.
Es a este
excelentísimo camino que el Apóstol exhorta al remanente Cristiano en sus líneas finales. "Pero vosotros, amados, edificándoos
sobre vuestra santísima fe." (v. 20). Estas palabras presentan la responsabilidad de todos los Cristianos verdaderos de ser
hallados juntos en lugar de estar divididos y esparcidos. Nosotros debemos ayudarnos unos a otros en amor, según la medida
de gracia dada y la naturaleza del don comunicado. Se trata de una cosa mutua - "edificándoos." No se trata de mirar un orden
de los hombres, ni se trata de quejarnos de nuestra falta de dones, sino que se trata sencillamente de que cada uno haga lo
que él puede para promover la bendición y el provecho común de todos.
El lector
notará las cuatro cosas que se nos exhorta a hacer, y que se expresan en las palabras: "Edificándoos", "Orando", "Conservaos",
"Esperando." ¡Qué bendito trabajo hay aquí! Sí, y es un trabajo para todos. No existe ningún Cristiano verdadero en la faz
de la tierra que no pueda llevar a cabo alguno o todos estos ramos del ministerio. De hecho, toda persona es responsable de
hacerlo así. Podemos edificarnos sobre nuestra santísima fe, podemos orar en el Espíritu Santo, podemos conservarnos en el
amor de Dios, y mientras hacemos estas cosas nosotros podemos esperar la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. (vv. 20,
21).
Se podría preguntar, «¿Quienes son los amados? ¿A quienes corresponde este término?» Nuestra respuesta es, «A quienquiera
que le corresponda.» Ocupémonos de estar sobre el terreno de aquellos a quienes corresponde este título. No se trata de arrogarse el título, sino de ocupar el terreno moral verdadero. No se trata de una profesión vacía,
sino de una posesión real. No se trata de reclamar el nombre, sino de serlo.
Ni tampoco termina aquí la responsabilidad del remanente Cristiano. Ellos no tienen que pensar meramente en ellos mismos.
Ellos deben dar una amorosa mirada y extender una mano ayudadora más allá de la circunferencia de su propio círculo. "A algunos
que dudan, convencedlos. A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun
la ropa contaminada por su carne." (vv. 22, 23). ¿Quienes son los "algunos"? ¿y quienes son los "otros"? ¿No hay la misma
hermosa falta de definición acerca de estos como la hay acerca de los "Amados"? Estos últimos sabrán cómo descubrir a los
anteriores. Estas son almas preciosas dispersas por todas partes entre las aterradoras ruinas de la Cristiandad, "algunos" de ellos han de ser considerados con tierna compasión,
"otros" han de ser salvados con temor piadoso, ¡no sea que los "amados" se vean involucrados en la contaminación!
Es un error fatal suponer que, para sacar a las personas del fuego, nosotros mismos tenemos que entrar en el fuego.
Esto jamás será de utilidad. La mejor manera de librar a las personas de una mala posición es que yo mismo esté completamente fuera de esa posición. ¿Cuál es
la mejor forma en que yo puedo sacar a un hombre de un pantano? Ciertamente no es que yo entre en el pantano, sino que yo
permanezca en terreno firme y desde allí le extienda una mano ayudadora. Yo no puedo sacar a un hombre de ninguna situación
a menos que yo mismo esté fuera de ella. Si nosotros queremos ayudar al pueblo de Dios que está mezclado con la ruina circundante,
lo primero que nos corresponde hacer es estar en completa y decidida separación. Lo siguiente es tener nuestros corazones
repletos y desbordantes con amor tierno y fervoroso para con todos los que llevan el precioso nombre de Jesús.
Aquí tenemos que finalizar, y al hacerlo, citaremos para el lector esa doxología bendita con que el apóstol resume
su solemne e importante discurso. "Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de
su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por
todos los siglos. Amén." (vv. 24, 25). Tenemos una gran cantidad acerca de 'caídas' en esta epístola - Israel cayendo, ángeles
cayendo, ciudades cayendo, pero bendito sea Dios, ¡hay Uno que puede guardarnos sin caída, y es a Su Santo cuidado que nosotros
somos encomendados!
C. H. Mackintosh
Traducido por: B.R.C.O. - Mayo
2007.-