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Edificación Cristiana en Gracia y Verdad

ACERCA DEL EVANGELIO DE JUAN (J.N.Darby) (Capítulos 11 al 21)

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024,  Lansing, MI 48909 USA)

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

RVR1977 = Versión Reina-Valera Revisión 1977 (Publicada por Editorial Clie)

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)

RVR1995 = Versión Reina-Valera Revisión 1995 (Publicada por Sociedades Bíblicas Unidas)

NVI =Santa Biblia, Nueva Versión Internacional, Copyright 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

NBLH = Nueva Biblia de los Hispanos, Copyright 2005 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

BJ = Biblia de Jerusalén

N-C = Biblia Nacar-Colunga

NTHA = Nuevo Testamento Versión Hispano-Americana (Publicado por: Sociedad Bíblica Británica y Extranjera y por la Sociedad Bíblica Americana, 1ª. Edición 1916)

SPTE = Versión de la Septuaginta en Español

ATIHE = Antiguo Testamento Interlineal Hebreo-Español (Publicado por Editorial Clie)

NTIGE = Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español, de Francisco Lacueva (Publicado por, Editorial Clie)

Collected Writings (Escritos Compilados) Vol. 33, Miscellaneous No. 2

 

CAPÍTULOS 11 al 21

CAPÍTULO 11

 

         En el capítulo 10 finaliza la parte histórica, propiamente llamada así, del Evangelio de Juan. El Señor había dejado Judea en el capítulo 4; pero la historia de Su ministerio habitual en Galilea no está registrada para nosotros en este Evangelio; en los capítulos 5 al 7, el Señor, por el contrario, está con los Judíos en Jerusalén, presentándoles las cosas nuevas que están conectadas con Su Persona, Su muerte, y el hecho de Ser glorificado. Estas comunicaciones finalizan por el rechazo de Su Persona, de Su testimonio, y de Sus obras, todo lo cual cierra la cuestión acerca de la responsabilidad de ellos. Luego, en el capítulo 10, tenemos su obra real en Israel, y lo que seguiría, conforme a los consejos de Dios, y mediante Su poder en Su Persona. Los capítulos 11 y 12 contienen el testimonio que Dios da de Jesús, y eso en cada respecto, cuando el hombre le rechaza; luego tenemos la declaración del Señor, de que la muerte es necesaria, para que pueda tomar Su título de Hijo del Hombre; el capítulo 13 le contempla como volviendo a Dios nuevamente.

 

         El capítulo 11 presenta a Jesús como Hijo de Dios: resucitar y  dar vida a un hombre muerto es el testimonio de ello.

 

         Lázaro, miembro de una familia amada por Jesús, estaba enfermo. El propio Jesús, lejos de Jerusalén, se había retirado al otro lado del Jordán (Juan 10:40). Las hermanas de Lázaro, una de las cuales, cuando Él frecuentó la casa, había permanecido sentada a Sus píes para escucharle, en tanto la otra se preocupaba con los quehaceres de la casa, y se había quejado de que la habían dejado sola (Lucas 10: 38-42), enviaron a decir al Señor que su hermano estaba enfermo. Jesús respondió: "Esta enfermedad no es para muerte, sino la para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella." (v. 4 - RVR1977); después de esto, Él se quedó dos días más en el lugar donde estaba; luego dijo a Sus discípulos, "Vamos a Judea otra vez." (v. 7). Los discípulos plantean la objeción de que los Judíos, hacía poco, habían procurado matarle. La respuesta del Señor nos revela los principios que gobernaban Su conducta. Durante estos dos días Él no había recibido ninguna instrucción de Su Padre para ir a Betania, y, a pesar del afecto que Él tenía por esta familia, el cual le fue recordado por las dos hermanas, Él se queda allí donde estaba, sin agitarse. Luego, al serle revelada la voluntad del Padre, Él se marcha sin vacilación al lugar de peligro que había dejado anteriormente. La luz del día estaba en Su senda, la luz de la voluntad de Su Padre. Él siempre caminó allí.

 

         Después de esto, Jesús dijo a Sus discípulos, "Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle del sueño." (v. 11 - VM). Jesús habló así, debido a que la muerte tomaba este carácter en Sus ojos, al estar en Él el poder de resurrección y de vida. Los apóstoles aplican Sus palabras literalmente al sueño natural, palabras que Él les explica. ¡Cuántas cosas pasaron en el corazón de Jesús que no salieron a la luz! Para Su andar, la voluntad de Su Padre era suficiente, y Él tenía el discernimiento de esa voluntad. Pero estaban ante Sus ojos:

- Su propia muerte,

- el dominio de la muerte sobre el hombre,

- el poder de vida en Él,

- la gloria de Dios manifestada en el ejercicio de este poder,

- el hecho de que Él era el Hijo de Dios en quien la resurrección y la vida habían venido,

- los caminos de Dios que le habían traído de regreso allí, donde, en efecto, le esperaba la muerte,

- el afecto de la familia del que había muerto, el cual, siendo real como era, ni por un momento hizo descartar Su espera en la voluntad de Dios,

- Su aislamiento - pues Sus discípulos no le comprendían,

- todas las inmensas consecuencias de su jornada, hacia donde estaba el dominio de la muerte sobre el hombre,

- la presencia de la Resurrección y la Vida,

- el sometimiento a la muerte de Aquel que era tanto lo uno como lo otro, y eso por el hombre,

todas estas cosas pesaban en el Espíritu del Salvador, ¡Su espíritu solo en medio del mundo! Pero para Él, repito, la voluntad de Su Padre era suficiente para alumbrar Su senda; Él no necesitaba nada más que esto. Enseñanza de incalculable valor para nosotros, y para nuestros débiles corazones, pero que tiene el poder divino con ellos en esa senda. Uno no tropieza allí. El precioso Salvador nunca falló en ella, ya sea en vida o en muerte; Él llevó una vida escondida con Su Padre, una vida que se mostró en obediencia y amor perfecto por Él, pero cuya voluntad constituyó Su vida donde el odio y la muerte reinaban, cosas estas, no obstante, que sólo le condujeron al fin que Él estaba procurando, a saber, la perfecta obediencia a Su Padre, y la absoluta gloria de Su Padre. ¡Oh! ¡que nosotros podamos seguirle a Él; y, si es de lejos, por lo menos que pueda ser a Él a quien seguimos mientras andamos en Sus pisadas, en la vida interior que mira a Él, y en obediencia, y buscando lo que Él desea!

         "Vamos a él", dijo Jesús (v. 15). Él se va a encontrar con la muerte como un poder que ejerce su dominio sobre el hombre; y a sufrirla Él mismo, Él que era la Resurrección y la Vida, en vista de nuestra salvación y para la gloria de Dios. En Su andar de obediencia aquí abajo, el Padre siempre le oye, y Él ejerce así poder divino, incluso para resucitar a un muerto; pero Él anda en esta senda de obediencia para obedecer hasta el fin, encontrando que no podía ser oído hasta que la copa, de la cual Él tenía un santo temor, hubiera sido bebida; esa copa que Él iba a beber, al ser abandonado por Dios en Su alma, siendo luego oído, sin duda, y glorificado, pero después de haber experimentado hasta el fin lo que era no ser oído.

         Pero, cualesquiera que puedan haber sido los pensamientos del Salvador y la presión de la circunstancias sobre Su alma, ellos nunca le vencieron, ni impidieron el ejercicio del más perfecto amor. "Por causa de vosotros me alegro de no haber estado allí." (v. 15 - LBLA). Si Él era probado por parecer estar careciendo de afecto hacia estas pobres mujeres, no sólo estaba Él obedeciendo perfectamente la voluntad de Su Padre, lo que es confirmado aquí, sino que - en medio de profundos ejercicios de Su corazón, el poder de vida y todo el peso de la muerte concurriendo en Su mente - Él se regocijó ante el provecho que los discípulos estaban a punto de obtener de ello.

        

         (V. 16). Otro testimonio de la gracia de Dios es hallado aquí, en el hecho de que la devoción de Tomás, a quien, más tarde, le faltó fe, está registrada, de modo que nosotros no podemos dudar de su lealtad a Jesús. Pero sigamos esta importante historia de la resurrección de Lázaro.

 

         El hecho de la muerte de Lázaro fue claramente establecida, por la demora que la sabiduría de Dios había causado a la intervención del Señor; Lázaro había estado cuatro días en el sepulcro. Aquello que no es sino obediencia a la voluntad de Dios en el momento cuando de someterse a ella se trata, despliega después la sabiduría de Dios. Jesús había sanado muchas otras personas; pero aquí, cerca de Jerusalén, ante los ojos de los Judíos, el poder de vida, el poder divino en Jesús fue manifestado en el momento en que Él estaba por morir, y eso de una manera muy asombrosa. Era un poder desconocido para todos, aunque Él, quien lo ejerció, y quien era este poder, ya había devuelto la vida a los muertos. Jesús, entonces, habiendo llegado, encuentra que Lázaro había estado ya cuatro días en el sepulcro (v. 17). Al estar Betania cerca de Jerusalén, muchos Judíos habían ido allí, para testificar sus condolencias a las hermanas del hombre muerto, y para consolarlas; una multitud de testigos fue traída así sobre el terreno, para verificar la maravillosa obra del Señor, para extender el informe acerca de ella en la ciudad santa, y establecer su autenticidad sin contradicción posible, y conducir así a la crisis que pronto iba a tener un resultado solemne en la muerte del Salvador, conforme a los consejos y al determinado propósito de Dios.

 

         La noticia de la llegada de Jesús llegó a Betania, y Marta la oyó, y se levantó inmediatamente y fue a encontrar al Señor (vv. 19, 20). El corazón de Marta estaba gobernado por las circunstancias, y la llegada tardía del Señor la pone en acción de inmediato. ¿Qué diría Jesús? En Marta había confianza en Él, pero nada se sopesó. María fue más seria; ella estaba acostumbrada a sentarse a los pies de Jesús, para oír el testimonio divino que brotaba de Su boca; había, quizás, más perplejidad en su corazón en cuanto a porqué el Señor no había venido antes, pero con más reverencia para con Su Persona, ella fue más influenciada por el sentido de Su carácter divino; ella permanece tranquilamente en casa, esperando que Dios le ordenara que tenía que encontrarse con Jesús; su corazón lleno, listo para derramarse, todavía contaba con Jesús y confiaba en Él, un  corazón abatido, no lo dudo, pero sabiendo que en el Señor había un corazón más profundo, más pleno de amor que el suyo propio. Marta, habiendo ido a encontrar a Jesús, está preparada con una palabra; ella le reconoce verdaderamente como Señor, ella cree en Él verdaderamente, pero con una fe que poco conoce lo que Él es. "Señor, si hubieses estado aquí", ella dice, "mi hermano no habría muerto" (v. 21), pero con todo, ella sabía que como Mesías, lo que Jesús pidiera a Dios, Dios se lo daría. No se trata aquí de un asunto del Padre, o del Hijo que tenía vida en Sí mismo; sino que Marta sabía muy bien lo que Jesús había hecho como para suponer que Dios no le oiría. Todo este pasaje es interesante, pues nos muestra un alma que creía en Jesús, un alma que le amaba, pero una fe - y uno ve muchas almas así - donde todo era vago, una fe que reconocía en Jesús a un Mediador, a quien Dios oiría, pero que no sabía nada de Su Persona como venido a este mundo, ni del poder dador de vida que se hallaba en el Hijo de Dios, venido al medio de la escena donde la muerte reinaba. La respuesta del Señor plantea este asunto y da lugar al testimonio público de Dios acerca de este tema. "Tu hermano resucitará" (v. 23), dijo Jesús. Marta, una Farisea ortodoxa, responde, "Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero." (v. 24); ella podría haber dicho otro tanto de los mayores enemigos de Cristo. Estos ciertamente resucitarán, el poder de Dios lo llevará a cabo. La respuesta de Marta no dijo más de ello, no dijo ni una palabra de lo que el Salvador era. Jesús dice, "Yo soy la resurrección y la vida." (v. 25). Al igual que en todo el Evangelio, tenemos aquí lo que Jesús es como luz y vida, en Su Persona, como venido al mundo, en contraste con todas las promesas hechas a los Judíos, aunque ellas habían sido justamente apreciadas. Aquí, ellas eran escasamente apreciadas, por lo menos eran apreciadas de una manera muy vaga.

         El Señor habla aquí (vv. 25, 26) como estando ya presente para llevar a cabo el gran resultado de Su poder, aún oculto en Su Persona, pero del que iba a dar prueba en la resurrección de Lázaro. Cuando Él ejerza este poder, aquel que cree* en Él, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive, y cree en Él, no morirá jamás.

 

{* Literalmente, "el creyente", se trata de su carácter.}

 

El poder está en Su Persona; la prueba presente de ello se halló en la resurrección de Lázaro; el cumplimiento de ello será cuando Él regresará para ejercer este poder en su plenitud. En el entretanto, la cosa se lleva a cabo conforme al lugar que Cristo ha tomado; Él levantó a Lázaro para que viviese en este mundo donde Él estaba. Ahora que Él está ausente, el alma que es vivificada por Su poder va a Él adonde Él está; cuando Él vuelva, resucitará en gloria a los creyentes muertos; los creyentes que estén vivos no morirán. Evidentemente hallamos en esto el poder de vida que está en la Persona del Salvador, en contraste con el vago pensamiento de Marta, tan común también entre los Cristianos, de que Dios resucitará a todos los hombres al final de los tiempos. Las Palabras del Señor son aplicables solamente a creyentes.

         Observen que, aquí, la resurrección precede a la vida, pues la muerte estaba delante de los ojos de Jesús, y pesaba sobre todos los corazones. Pero Jesús tenía también el poder de vida para resucitar de los muertos, cuando la muerte había ejercitado ya su poder, y esto es lo que se necesitaba para el hombre sobre quien reinaba la muerte.

         El Señor formula formalmente la pregunta a Marta: "¿Crees esto?" (v. 26). Verdaderamente esta era la gran pregunta crucial, pues la muerte reinaba sobre el hombre, y Cristo mismo está a punto de padecerla. ¿Había algo más poderoso en el mundo, de parte de Dios? Marta no se había sentado a los pies de Jesús; ella no sabe cómo responder, ni la propia María: no obstante, la precipitación de Marta, había servido para sacar a la luz la pregunta que ella no supo como responder, y el estado de ignorancia en que estaban todos los corazones. Pero la gloriosa Persona de Jesús, la Resurrección y la Vida, estaba allí. Marta, sintiendo que el Señor iba más allá de su inteligencia espiritual, hace una correcta confesión de fe, según el Salmo 2, pero totalmente general; y sintiendo que María  conocía mejor la mente del Señor, ella va a llamarla, diciendo, "El Maestro . . . te llama" (v. 28); lo cual, aunque no era formalmente verdadero, expresó lo que ella sentía moralmente, aquello que implicó la pregunta del Salvador; pues, la pregunta "¿Crees esto?" ella sintió que iba dirigida, no tanto a ella, sino a María.

         María se levanta inmediatamente, y va a Jesús. Su corazón estaba - las necesidades de su corazón estaban - ya allí; su respeto por el Señor, y la perplejidad de su alma, agitados por el poder de la muerte, la habían mantenido en casa hasta entonces: pero eso demostró que la muerte pesaba también sobre el alma de María; todo estaba sometido a ella. Jesús podía sanar; pero la muerte gobernaba sobre los vivos así como sobre los muertos. María, con un corazón sumiso, aunque ejercitado y perplejo, pues el Libertador en quien ella confiaba no había detenido el mal, se acerca a Jesús. Unida al Señor, quien poseía la confianza de su corazón, una confianza que las palabras de Marta habían revivido, pero teniendo aún el peso de la muerte sobre su alma, María cae postrada ante Él tan pronto como le ve, pues su devoción estaba conectada con una profunda reverencia para con la Persona de Jesús, una reverencia engendrada por Su palabra. Pero María, también, estaba bajo el peso de la muerte; en ese respecto ella no fue más allá que Marta, pero estando segura de la bondad de Jesús, como de hecho Marta también lo había estado, dice, "si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano." (v. 32). La muerte estaba entre su esperanza y Jesús, en vista de que Jesús no había estado entre Lázaro y la muerte. La muerte, para ella, había cerrado la puerta a toda esperanza; Lázaro ya no estaba en la tierra de los vivos, no había ya nadie para ser sanado.

         Los Judíos, viendo que María se había levantado y había salido, la siguieron, pensando que ella iba al sepulcro a llorar allí; de este modo, ellos no hacen sino añadir su voz al testimonio dado del poder de la muerte sobre el cuerpo y el alma, "¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?" (v. 37). Jesús lo siente; Él "fué profundamente conmovido en su espíritu, y se turbó"* (v. 33 - VM), pero el amor que le anima y el testimonio que Él había venido a dar de la verdad, le impulsan hacia el sepulcro donde yace el cuerpo de Lázaro. Él pregunta, "¿Dónde le pusisteis?" (v. 34). Ellos le conducen al sepulcro. Allí Jesús se consuela mediante lágrimas, las cuales dan testimonio de Su estado como hombre, y de su compasión por los hombres y como hombre, pero que son también la expresión de un corazón movido por amor divino.

 

{* La expresión utilizada aquí es una expresión muy fuerte.}             

 

Sin embargo, la causa de esas lágrimas no fue la muerte de Lázaro, ni Su amor por las hermanas del hombre que había muerto, pues Jesús, en ese mismo momento, iba a resucitar a Lázaro. Al pensar en esto último, lo que Él iba a hacer habría hecho brotar el gozo en Su corazón. No, estas lágrimas del Salvador eran causadas por una profunda compasión por la raza humana aplastada bajo el peso de la muerte, de la que no podía levantarse por sí misma, y por estas almas atribuladas también. Los Judíos pensaron que las lágrimas de Jesús tenían su fuente en Su afecto por Lázaro: "Mirad cómo le amaba" (v. 36) dicen ellos. Esto fue muy natural, pero lo que Él iba a hacer nos impide abrigar un pensamiento similar. La observación, ya citada, de algunos de entre ellos (v. 37) sólo hace que Jesús se conmueva otra vez, al recordar el pensamiento del sometimiento de los hombres, no sólo a la muerte, sino al dominio de la muerte sobre sus espíritus.

         Esto es lo que causó que las lágrimas del Señor fluyeran. La pobre Marta no puede ocultar su incredulidad, es decir, la influencia que las circunstancias externas ejercían sobre su alma. ¡Lázaro ya había estado en el sepulcro por cuatro días! Ella dice que la corrupción tenía que haber comenzado ya. Dios permite que no hubiese la más ligera duda, y que la prueba de la realidad de la muerte de Lázaro fuese dada; pero la gloria de Dios no dependía de la facilidad de la obra, ella se mostraba a sí misma en su imposibilidad. Entonces quitaron la piedra que cerraba el sepulcro donde yacía el cuerpo muerto de Lázaro.

        

         Jesús aquí, como siempre en este Evangelio, atribuye la obra a la voluntad del Padre, y cumple la obra como oída por Él: siendo el hecho de que Él (el Padre) le oiga, la prueba de que el Padre le había enviado, y el testimonio de ello. Esta es la posición en que el propio Jesús se coloca; Él no deja el carácter de Siervo que había tomado; Él podía hacer, y lo hizo, todo lo que Su Padre hacía: pero lo hizo como enviado por Él a cumplirlo, como habiéndose hecho Él mismo un Siervo, siendo a la vez uno con el Padre. Él nunca se glorifica a Sí mismo, ni se aparta de su dependencia de Su Padre, en el curso de Su vida aquí abajo. Él habría fallado en Su perfección al hacer esto; Él no podía hacerlo. Asimismo, Su misión desde el cielo, de parte de Dios, era el punto principal para la multitud.

 

         Entonces, con la voz poderosa que resucita a los muertos, la voz del Hijo de Dios, Él clama, "!Lázaro, ven fuera!" (v. 43) y el que había estado muerto salió, atado con la venda en la que había sido sepultado, y con su rostro envuelto en un sudario. Jesús ordenó a los que estaban presente que le desataran y le dejaran ir (v. 44).

         El efecto de este milagro fue, que muchos de los Judíos creyeron en Él; pero otros, endurecidos por sus prejuicios, fueron a los Fariseos, y les dijeron lo que Jesús había hecho. Israel estaba puesto bajo la necesidad de creer o de mostrar un odio incurable contra Dios, y contra Su voluntad; pues, recordémoslo, casi bajo las murallas de Jerusalén, y conocido por todos, el Dios de luz y verdad se mostró a Sí mismo como la resurrección y la vida, y resucitó de entre los muertos a un hombre cuyo cuerpo iba a la corrupción. A la palabra poderosa de Aquel que, no obstante, reconocía haber sido enviado por el Padre, el hombre sepultado ya por cuatro días, sale vivo del sepulcro. El poder de Dios entró, incluso en cuanto al cuerpo, en el dominio de la muerte, de cuyo dominio ningún ser humano podía librarse, que ningún ser viviente podía evitar, que todos estaban condenados a sufrir por el poder de Satanás y por el juicio de Dios. Aquí estaba un Hombre, quien, insistiendo que Él había sido enviado por el Padre en gracia, llama a un muerto del sepulcro con autoridad, y realmente le da vida y le resucita. El Hijo de Dios estaba allí, derribando el poder de Satanás, destruyendo el dominio de la muerte, y librando al hombre del estado al que había estado sometido por el pecado: Él era allí el Hijo de Dios, la Resurrección y la Vida, presentado al hombre, declarado Hijo de Dios con poder. ¿Le recibiría el hombre?

 

         Habiendo llegado a oídos de los Fariseos la noticia de este suceso maravilloso de la resurrección de Lázaro, ellos se reunieron para deliberar en cuanto a qué se debía hacer. Adversarios confesos de Cristo, sin importar lo que pudiera suceder, pensando solamente en su importancia nacional, sus conciencias y sus corazones permaneciendo igualmente insensibles, ellos temieron que la manifestación de semejante poder despertara el celo de los Romanos; siendo, sin embargo, mayor el odio de ellos contra la luz divina, y teniendo esto más efecto en ellos que el temor a los Romanos, pues cuando surgía la ocasión no les costaba mucho excitar disturbios y rebeliones. Caifás - pues los consejos de Dios están a punto de cumplirse - declara que es mejor que un hombre muera por la nación, y no que toda la nación perezca. "Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca." (v. 50). Dios puso estas palabras en su boca; el evangelista añade que Jesús iba a morir, no sólo por la nación, sino que Él iba a juntar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (v. 52). La enemistad contra la luz venida y manifestada en gracia, y contra el poder divino, que no procuró ahora resguardarse, sino que cumplió la voluntad de Dios - enemistad absoluta contra el Hijo de Dios, en quien estas cosas se realizaban, y quien se manifestaba mediante estas cosas - fue verdaderamente decidida, y sin escrúpulo. Desde aquel día, por lo tanto, ellos planearon que podrían matarle (v. 53). Fue una voluntad diabólica dar muerte a Aquel en quien estaba la vida, y en quien Dios mismo había visitado en gracia a este pobre mundo - una voluntad sin ningún escrúpulo en absoluto, pues ellos querían matar también a Lázaro (Juan 12:10), un testigo demasiado irrefragable del poder que le había resucitado. Nada es más pavoroso, pero se trata del hombre puesto al desnudo.

         Jesús, por consiguiente, ya no anduvo más en público entre los Judíos; Él se fue de allí hasta que llegase Su hora. Ellos se preguntaban unos a otros si Él vendría a la fiesta, pues estaba cerca la pascua de los Judíos; "Y los principales sacerdotes y los Fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba Jesús, diera aviso, para que le prendiesen.2 (v. 57 - NTHA).

 

         ¡Qué testimonio tenemos aquí de la entrada del poder de vida en este mundo de muerte, de su entrada en gracia, y una entrada victoriosa sobre la muerte, no obstante lo real que esto es! Recordemos que la resurrección viene primero, pues en realidad todos nosotros estamos muertos. Sin embargo, se necesitaba otra cosa, la muerte de Aquel que poseía esta vida; pues nosotros somos pecadores, y "el ánimo carnal es enemistad contra Dios" (Romanos 8:7 - VM): se necesitaba redención así como se necesitaba vida donde reinaba la muerte, y donde reinaba por medio del pecado. (Comparen con 1 Juan 4: 9, 10). Pero nosotros poseemos el testimonio del poder divino que vino al dominio de la muerte - de qué manera Dios se glorifica a Sí mismo - y al Hijo de Dios revelado como Uno en quien está la vida para nosotros; vemos, asimismo, quién es Él, quien iba a entregarse por nosotros en la cruz.

 

CAPÍTULO 12

 

            Pero la hora solemne de la muerte del Señor se estaba acercando, y seis días antes de la Pascua de la que Él iba a ser el cordero verdadero, Jesús regresa a Betania (v. 1), y ¡qué maravillosa escena se despliega allí! Sentado a la misma mesa, estaban, Lázaro resucitado, regresado del hades, y Aquel que le había traído de regreso, el Hijo de Dios. Marta, según su práctica habitual, estaba ocupada con el servicio; María, completando el cuadro moral, estaba ocupada con Jesús. María había gustado la palabra del Señor: esa palabra, llena de amor y de luz, había penetrado en su corazón. Jesús le había devuelto su hermano amado. Ella vio cómo aumentaba el odio de los Judíos contra Aquel que ella amaba, y que había introducido en su corazón el sentimiento de amor divino; y en proporción al aumento del odio, su afecto por el Salvador aumentaba también, y le dio valor a este afecto para mostrarse. Fue el instinto del afecto el que sintió que la muerte estaba echando su sombra sobre Aquel que era la vida, y Jesús lo sintió también; - el único caso en que Jesús halló compasión en la tierra. El Señor da al acto de María, fruto instintivo del afecto y de la devoción, una palabra que vino de Su inteligencia divina: lo que ella hizo, lo había hecho para Su sepultura. Él sabía que se iba; María había gastado todo para Él; para su corazón, Jesús era digno de ello. Como he dicho, su afecto se acrecentaba en la medida en que el odio de los Judíos aumentaba. La sombra de Su rechazo que estaba próximo ya la había alcanzado. De hecho, todo estaba centrado, todo asumía su forma, en Él y alrededor de Él; en Él, tenemos el poder de vida, y la consagración hasta la muerte; en María, tenemos el afecto que hizo que Jesús fuera todo para su corazón; en Judas, tenemos el espíritu de mentira y de traición; en los Judíos, tenemos odio contra aquello que era divino, incluso deseando dar muerte al propio Lázaro - ¡malignidad y dureza inconcebibles que no tolerarían la luz! En la ocasión de la observación de Judas, el Señor expresa la conciencia que Él tenía de Su cercana partida de este mundo, pero con asombrosas paciencia y ternura.

 

            Esta breve historia contenida en los primeros versículos de este capítulo, tiene un carácter especial, introducida, como lo está, en medio del testimonio que Dios hizo que fuera dado de la gloria personal de Su Hijo, en el momento de Su rechazo. Pero, en este mismo momento, y en medio de un odio creciente de los jefes de la nación, este pequeño rebaño se reúne, un testimonio del poder divino del cual uno de entre ellos había sido objeto, un poder que llevó a muchos de los Judíos a creer en Jesús (v.11). Jesús debe marcharse, Él debe morir; pero antes de morir, hay hombres que son testigos del poder dador de vida del Hijo de Dios, y ven en este poder la gloria de Dios, testigos de lo que Él ya era, de lo que Él era en Su Persona. Los versículos que siguen muestran lo que Él iba a ser en Su posición - aquello que le pertenecía, pero que no se apropió para Sí mismo, y que, en un modo, Él no podía apropiárselo así antes de que Él muriese.

 

            Los primeros dos títulos de los que se da testimonio aquí, pertenecían al Señor mientras Él estaba vivo, pero el primero se conectaba con Su Persona, era inherente a Él; Él era Hijo de Dios, Él era la Resurrección y la Vida, de modo que la pequeña asamblea que le rodeaba, estaba reunida alrededor de Él sobre un principio con el que se conectaba la vida eterna, y sobre el cual la posición Cristiana (no revelada aún ni conocida, es verdad, ya sea como un principio o como un hecho) se fundamentó por anticipado - sobre Cristo, Hijo de Dios, Resurrección y Vida, yendo al Padre, por el camino de sombra de muerte, y Su rechazo aquí abajo. En resumen, los tres caracteres de Cristo se hallan nuevamente aquí, de los cuales los dos primeros se hallan en el Salmo segundo, y son reconocidos por Natanael al principio de nuestro Evangelio, y el tercero de los cuales, contenido en el Salmo 8, es reproducido en la respuesta del Salvador a Natanael; sólo que hay esta diferencia con el Salmo 2, que el primero de estos nombres es presentado aquí no sólo como por derecho de nacimiento en este mundo, sino como el ejercicio del poder divino que resucita y da vida. En cuanto a los otros dos, nosotros estamos a punto de continuar con la manifestación de ellos tal como es presentada en nuestro capítulo.

 

            Antes de ir más allá, deseo atraer la atención una vez más al hecho solemne de juntar el poder de la muerte sobre el corazón del hombre, sobre el primer Adán, y el poder de la vida divina en el Hijo de Dios, presente en un hombre en el corazón mismo del dominio de la muerte, destruyendo este dominio, y Aquel que lo poseía en Su Persona, entregándose Él mismo a la muerte, para librar de ella a aquellos que estaban sometidos a ella. El hecho de que Jesús tenía esto en mente es evidente: (Vean cap. 10: 31, 40; cap. 11: 16, 53, 54; cap. 12:7). Él lo tenía en Su espíritu cuando regresó a Jerusalén, y cuando habló con Marta y María; Él debe sufrir la muerte por nosotros.

 

            El siguiente día (v. 12, etc.) el pueblo, habiendo oído que Jesús venía a Jerusalén, impresionado por este gran milagro de la resurrección de Lázaro, sale a encontrarle con ramas de palmera, y le saludan como el Rey de Israel que viene en el nombre de Jehová, según el Salmo 118. Es el segundo carácter en que Dios haría que Jesús fuera reconocido, no obstante Su rechazo. La resurrección de Lázaro le había mostrado a Él como Hijo de Dios; Él es reconocido ahora como Hijo de David. Aquí el evento está en conexión directa con la resurrección de Lázaro, y el título de Hijo de Dios; en Lucas, e incluso en Mateo y Marcos, la circunstancia está conectada más bien con el título de Señor, y hallamos allí los detalles de la manera en que Jesús encontró el pollino de asna. También en estos tres Evangelios, aunque esta diferencia es menos impresionante en Mateo, los discípulos son presentados, mientras que aquí se trata más del pueblo, movido por el alboroto que la resurrección de Lázaro había provocado. Se trata de la profecía de Zacarías, pero dejando fuera aquello que, en el profeta, se refiere a la liberación de Israel (ver Zacarías 9: 9-17). Juan y Mateo lo mencionan, pues fue sólo después que Jesús fue glorificado que los discípulos pudieron conectar la profecía con lo que ellos mismos habían hecho para honrarle, y hacer que Él entrara a Jerusalén en triunfo, no obstante, habiendo dado Jesús la orden acerca del pollino de asna.

            Tales son, además del poder divino que da vida, los dos títulos que pertenecían a Jesús, como el Cristo manifestado en la tierra, los títulos del Salmo 2.

 

            Después de esto los Griegos, de entre los que habían subido a adorar durante la fiesta, llegan y desean ver a Jesús (v. 20, 21, etc.). Ellos se acercan a Felipe, quien se lo dice a Andrés, y luego Andrés y Felipe se lo dicen a Jesús. Aunque han venido a adorar a Jerusalén, ellos estaban ajenos a los pactos de la promesa; se necesitaba un orden de cosas enteramente nuevo para introducirlos en ello. Ellos no tenían ningún derecho a las promesas; Jesús tiene que morir para poner el fundamento para este nuevo orden de cosas. Jesús está aquí, no el Mesías prometido, sino el segundo Hombre, cabeza de todas las cosas que Dios había creado, que Él mismo había creado: pero Él tiene que recibirlos mediante la redención, y especialmente a sus coherederos. "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto." (v. 24). Él debe redimir a los coherederos para tenerlos con Él. Si Él fuera Rey de Israel e Hijo de Dios conforme al salmo 2, Él era, como Hijo del Hombre, Señor de toda la creación; sólo que Él debe morir para que Sus coherederos tengan parte en la herencia que Él había adquirido. "Ha llegado la hora", Él dijo, "para que el Hijo del Hombre sea glorificado." (v. 23).

           

            Es bueno recordar los testimonios que el Antiguo y el Nuevo Testamento proporcionan sobre el significado de este título de Hijo del Hombre. Los Salmos y Daniel hablan de él. Nosotros lo encontramos en el Salmo 80:17, donde el punto es la bendición de los Judíos, cuando ellos se volverán a Jehová; en el Salmo 8, después de haber sido rechazado en el Salmo 2 como Hijo de Dios y Rey de Israel, el Hijo del Hombre aparece como Señor de todas las cosas; aún es aquí - cuando el nombre de Jehová, el Dios de los Judíos, es "grande . . . en toda la tierra." (Salmo 8:9), pero Su gloria es exaltada también sobre los cielos - que el Hombre, siendo al mismo tiempo el Hijo del Hombre, es puesto sobre todas las obras de Dios. Este Salmo 8 (Salmo 8:2) es citado por el Señor para justificar las aclamaciones de los muchachos cuando Él entró en Jerusalén (Mateo 21:16); y por el apóstol Pablo (Efesios 1: 21, 22; 1 Corintios 15:27), en vista de la posición de Cristo como Cabeza sobre todas las cosas; y en Hebreos 2, para mostrar Su gloria en esta posición sobre los ángeles (habiendo presentado el capítulo 1 de esta epístola esta posición como consecuencia de Su divinidad), pero cuando esta supremacía humana aún no había tenido lugar, aunque Él fue coronado de gloria y de honra. Estos tres pasajes revelan claramente la posición de Jesús como Hijo del Hombre; otro pasaje más (Daniel 7: 13, 14) completa el cuadro del lugar del Hijo del Hombre en el gobierno de Dios. En este pasaje el Hijo del Hombre es traído hasta el Anciano de Días para asumir el gobierno, no sólo de los Judíos, sino de todos los reinos, ejerciendo desde lo alto, desde el cielo, el dominio universal del cual Él sostiene las riendas, reemplazando mediante ello todos los poderes que han sostenido un predominio más o menos universal después que el trono de Dios había dejado Jerusalén en el cautiverio Babilónico.

 

            Ahora bien, para tomar esta posición de dominio no solamente sobre Israel y sobre las naciones, sino sobre todas las obras de Dios, sobre todo lo que Él mismo había creado, Jesús debe morir, no para tener derecho a todas las cosas, sino para poseer sobre el terreno de la redención, todas las cosas reconciliadas con Dios, y luego tener coherederos, según los consejos de Dios, siendo Él el Primogénito entre muchos hermanos. Esta muerte es el primer pensamiento que viene a la mente del Señor cuando la llegada de los Griegos expone Su dignidad como Hijo del Hombre. La muerte y la maldición eran la herencia del hombre; Jesús debe experimentarlas para levantar al hombre del estado en que se hallaba, y para colocarle en el señorío que había sido destinado para él según los consejos de Dios. Él era el segundo Hombre, el postrer Adán; pero habiendo entrado el pecado en el mundo, Él debe redimir a los coherederos, purificarlos, para que pudieran tener un lugar con Él; Él debe quitar todo derecho del enemigo, de tal modo de privarle luego de su poder sobre la herencia que él había adquirido por el pecado del hombre, e incluso por el juicio de Dios, y para reconciliar todas las cosas con Dios habiendo hecho la paz mediante la sangre de la cruz. En esta senda de muerte, pues ello era verdaderamente la muerte de cruz, si alguno le sirve, él debe seguirle a Él. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará (v. 25). ¡Palabra solemne! Pero ya hemos visto que Su rechazo debe, conforme al Salmo 2, estar asociado con Su carácter de Mesías e Hijo del Hombre: Él ya no sería más de este mundo. Su posición como Hijo del Hombre, Cabeza sobre todas las cosas, sólo viene después en el Salmo 8.

 

            Desde el décimo capítulo, nos hallamos históricamente a la sombra de Su muerte, la que hizo así una brecha absoluta entre Él y el mundo, y que fue también la muerte en todo su terror como el juicio de Dios. Él ha soportado el juicio en nuestro lugar; pero allí fue el juicio de un mundo que no le vería más. La amistad del mundo sería, de aquí en adelante, enemistad contra Dios; en realidad siempre lo ha sido, pero ahora el hecho era manifestado públicamente; el Salvador es el Señor rechazado. Es Él a quien el hombre ha crucificado, a quien Dios le ha resucitado y le colocado a Su diestra. Él había revelado plenamente al Padre, y ellos habían visto y habían aborrecido a Él y al Padre, como Él dice (Juan 15:24), y apelando al juicio de Dios, "Padre justo, el mundo no te ha conocido." (Juan 17:25). Para ser un Salvador, Él tenía que ser levantado de la tierra; el Hijo del Hombre tenía que sufrir y morir; un Cristo vivo era para los Judíos. La sombra de la muerte sólo se hizo más densa hasta el Getsemaní, donde sus sombras más profundas envolvieron el alma de Jesús, y donde Él tomó en Su mano la copa que contenía aquello que había arrojado su sombra sobre Su alma a lo largo de todo el camino, pero que ahora la penetraba con su oscuridad más profunda. Solamente una cosa le quedaba a Él mientras iba a la cruz, e incluso en los sufrimientos de obediencia perfecta - la comunión con Su Padre; en la cruz, la obediencia se cumplió, y la comunión se perdió, para que Su obediencia y Su perfección resplandecieran más. Era la hora del hombre y el poder de las tinieblas que sólo le condujeron a seguir adelante hacia el juicio de Dios, más terrible que los instrumentos subordinados que oscurecían la senda de obediencia y de sufrimientos, en el cual Él glorificó perfectamente a Dios, allí donde Él ha sido hecho pecado por nosotros, y ha borrado nuestros pecados para siempre.

 

            El Señor habla en una manera abstracta, como de una regla o de un principio, del terreno que Él mismo iba a disponer para todos; sólo que Él se estaba entregando para que otros pudiesen tener vida eterna; y Él se podía haber librado, o haber obtenido doce legiones de ángeles; pero entonces, ¿cómo se podrían haber cumplido las Escrituras? La cosa no podía ser; Él no había venido para librarse a Sí mismo. Él habría permanecido en el cielo, y nos habría dejado expuestos al justo juicio de Dios; pero eso tampoco podía ser: Su amor no le permitió hacer esto. Él también tenía muy en mente el cumplimiento de los consejos de Dios; y la gloria de Dios Su Padre, que se iban a ser evidentes así, en una manera notable y perfecta. El rechazo del Salvador por parte del mundo ha sido el rechazo del mundo por parte de Dios. Se había hecho el último esfuerzo para hallar o despertar el bien en el corazón del hombre, y ellos habían "visto y", habían "aborrecido a mí y a mi Padre." (Juan 15:24). Dios podía salvar de este mundo, en gracia; pero el mundo estaba perdido, estaba en un estado de enemistad contra Dios. Por lo tanto, quien se une al mundo, quien busca su vida en él, o quien la guarda como una vida a la que él se aferra, en contraste con el Cristo rechazado, la pierde. Nosotros no siempre somos llamados a sacrificar nuestras vidas exteriormente, aunque esto podría suceder, y como ha sucedido a menudo; pero esto es siempre aplicable moralmente: el que ama su vida, que se aferra a ella como si ella perteneciera a este mundo, la pierde. Es una vida de vanidad, apartada de Dios como el mundo mismo al que ella se apega, una vida que finaliza sólo en muerte; pues Jesús no habla aquí de juicio.

            El Señor añade, "Si alguno me sirve, sígame" (v. 26). Será en principio, a través de la muerte, que debemos seguirle - muerte al pecado y al mundo; pero la consecuencia de una senda tal es sencilla; donde el Salvador está, allí estarán Sus servidores. Los tales le siguen a Él a través de la muerte a la gloria celestial donde Él ha entrado, y "Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará." (v. 26 - RV95).

 

            Pero el corazón del Señor, si Él exhortaba a otros a tomar el camino estrecho en el que uno tenía que negarse a uno mismo, y al mundo que era enemistad contra Dios, mientras que se pierde una vida identificada con el mundo que rechazó la luz cuando ella había venido a él en gracia - Su corazón, yo digo, comprendió que la muerte armada con su aguijón estaba ante Él, pues Él iba a enfrentar la muerte - el juicio de Dios contra el pecado, y el poder de Satanás - pero una muerte en la que encontramos tanto más la perfección de Jesús. Él dice, "Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (v. 27 - BJ); «era para esto que yo vine al mundo.» Luego el Salvador regresa al verdadero motivo de todo, un motivo siempre presente en Su corazón: "¡Padre, glorifica tu nombre!" (v. 28 - VM). Sin que importara el costo, esto era lo que Él deseó siempre. No hubo ninguna demora en la respuesta del Padre. "Ya lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré." (v. 28 - VM). No tengo ninguna duda de que esta expresión "otra vez lo glorificaré" se iba a cumplir en la resurrección. El Padre había glorificado Su nombre en la resurrección de Lázaro, una resurrección en este mundo; Él lo iba a hacer nuevamente en Cristo mismo, en una mejor resurrección, una respuesta verdadera a la muerte, donde el poder soberano de Dios en gracia, y hacia Cristo en justicia, ha sido manifestado; un nuevo estado en que el hombre no había estado jamás, pero que era, según los consejos de Dios, la expresión de lo que Él es en Sí mismo, y la bendición perfecta para el hombre. "Cristo (dice el apóstol) resucitó de los muertos por la gloria del Padre." (Romanos 6:4).

 

            La multitud no supo qué pensar de esta voz que había oído; ellos decían que era un estampido de trueno; otros, que un ángel le había hablado. Jesús responde: "No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros" (v. 30); la voz del Padre estaba en Su corazón; para el pueblo, fue necesario tener lo que era perceptible; la gracia dio esto a ellos. Pero el Señor explica esta solemne señal, por medio de lo que estaba en Su corazón, y que Él sabía que estaba ocurriendo en ese momento: "Ahora es el juicio de este mundo." (v. 31). Entonces, efectivamente, ocurrió el juicio del mundo, el cual es condenado absoluta y finalmente el rechazar al Señor; pero en esto se cumple también la obra que ha quebrantado para siempre el poder de Satanás, príncipe de este mundo; y, por otra parte, un Salvador ha sido manifestado, punto de atracción para todos los hombres, en vez y en lugar de un Mesías de los Judíos, pues Él dijo estas cosas para dar a entender de qué clase de muerte iba a morir (v. 33). La multitud (v. 34) le contrapone aquello que estaba escrito del Mesías, y pregunta: "¿Cómo, pues, dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado [de la tierra]? ¿Quién es este Hijo del Hombre?" El Señor responde advirtiéndoles que se estaba acercando el momento cuando la luz, Él mismo, se apagaría para ellos, y cuando ellos la perderían para siempre: ellos caminarían en tinieblas, sin saber adónde iban; para ellos, la sabiduría era creer en la luz antes de que se fuera, para que pudieran ser hijos de la luz (v. 36 - VM); entonces Él se fue.

 

            Observen también aquí, una expresión muy importante. El Señor dice, "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo." (v. 32). Él ya no es más, en absoluto, de este mundo, ni tampoco está en el cielo. Se trata de un Salvador rechazado, sufriendo, muriendo, que ha dejado el mundo para siempre, un Salvador ignominiosamente rechazado, expulsado, echado fuera por el mundo; es Él quien, no estando más en la tierra, ni en el cielo tampoco, lo repito, expuesto a la mirada de los hombre, levantado de la tierra y no aún en el cielo, sino solo, entre lo uno y lo otro con Dios, como el altar que no estaba ni en el campamento ni en el tabernáculo - es Él quien es el refugio que atrae a los que huirían del mundo que le ha rechazado para entrar en el cielo, al cual Él abre así el camino para nosotros.

 

            Lo que resta del capítulo es un resumen de la posición. En la primera parte (vv. 37 al 43), es el evangelista quien registra la obstinada incredulidad del pueblo, y los tristes motivos que gobernaban sus mentes, preocupados de la aprobación de los hombres, más bien que de mirar a Dios. En la segunda parte (vv. 44 al 50), el propio Jesús muestra dos cosas; antes que nada, que al rechazarle a Él de este modo, los que lo hacían, rechazaban la luz misma, venida al mundo, y que los que creían en Dios no permanecerían en tinieblas; luego, que al rechazarle a Él, ellos rechazaban al Padre, porque lo que Él decía eran las palabras del Padre. De esta manera, Él no juzgaba a quien oía Su palabra pero no la guardaba, pues Él no había venido a juzgar al mundo sino a salvarlo; Sus palabras los juzgarían en el día postrero. Ahora bien, lo que Él decía era el mandamiento del Padre, y este mandamiento (Él lo conocía, Él tenía fe en él, la conciencia segura en Él mismo) era vida eterna. Todo lo que Él dijo entonces, Él lo 'habló', como el Padre se lo había dicho.

 

            Este resumen del rechazo de Aquel de quien los profetas habían hablado, de la luz, y de las palabras del Padre, cierra la historia, propiamente llamada así, de la vida del Salvador. Lo que sigue a continuación se refiere a Su partida, al don del Espíritu Santo, así como al ministerio de aquellos que Él dejó aquí abajo como testigos en Su lugar. Pero antes de entrar en esta nueva porción de nuestro Evangelio, yo les recordaría que el versículo 41, citando Isaías 6, y aplicándolo a Cristo, demuestra que Jesús era el Jehová del Antiguo Testamento. Yo señalaría también, de qué manera el temor del hombre y la búsqueda de su aprobación, obscurece el testimonio de Dios en el corazón, y asfixia la conciencia. Si el ojo es sencillo, todo el cuerpo estará lleno de luz (Lucas 11:34 - VM).

 

CAPÍTULO 13

 

            En el capítulo 13 comienzan las enseñanzas que tienen relación con un Salvador celestial. Aunque Él estaba en la tierra, Él era la Luz venida del cielo, la vida eterna que era del cielo; pero, rechazado en la tierra, Él toma ahora Su lugar en el cielo - no se trata de Dios manifestado en humillación humana aquí abajo, sino del Hombre glorificado en la gloria de Dios en lo alto; y Él exhibe y desvela lo que Él es para nosotros en esta posición, antes de entrar en ella.

 

            Entonces, desde este capítulo trece, el Salvador se presenta a Sí mismo como habiendo terminado Su testimonio en la tierra, y yendo al Padre. Esto le conduce a hablar de Su posición y de Su servicio en lo alto en el cielo, de la posición de los discípulos, y del otro Consolador, que Él - y en Padre en Su nombre - enviarían desde lo alto. Él estaba sentado cenando con Sus discípulos, amigo y compañero de ellos en la mesa aquí abajo, uno de ellos, cualquiera que pudiera ser Su gloria, y siervo de ellos en gracia. Pero Él tiene que dejarlos e ir al Padre; momento solemne para ellos: ¿qué sería de ellos, y cuál sería su relación con Él? Los pensamientos de ellos apenas iban más allá de esto con respecto a Él; ellos pensaban que habían hallado al Mesías que iba a establecer el reino de Dios en Israel, aunque el Espíritu Santo los había unido a Su Persona por medio de un poder divino. Ellos sabían que Él era el Hijo del Dios viviente, Aquel que tenía palabras de vida eterna. Pero Él los iba a dejar: Él había estado entre ellos como uno que sirve; ¿debe llegar a su fin Su servicio de amor? El Padre le había dado todas las cosas en las manos (v. 3), Él lo sabía; Él había salido de Dios e iba a Dios; ¿podía continuar el vínculo de Su servicio de amor con los Suyos? Si podía, era necesario que ellos fueran aptos para estar en la presencia de Dios mismo, y para la asociación con Aquel a quien se le encomendaron todas las cosas.

 

            Ahora bien, Jesús había amado a los Suyos que estaban en el mundo: ello es la fuente preciosa de toda Su relación con nosotros, y Él no cambia. Él había amado a los Suyos, Él los amó hasta el fin; Su corazón no los abandonó, pero Él sabía que tenía que dejarlos. ¿Dejaría Él de ser siervo de ellos en amor? No, Él lo sería para siempre. Todo estaba listo para Su partida, incluso el corazón de Judas. Pero, ni la inicua traición de Judas abajo, ni la gloria a la que Él iba a entrar arriba, separó Su corazón de Sus discípulos. Él deja de ser compañero de ellos; Él sigue siendo Siervo de ellos; es lo que nosotros leemos en Éxodo 21: 2-6.

 

            Jesús se levanta de la cena y se quita Sus vestiduras (VM); Él toma una toalla y se la ciñe: luego, echando agua en una vasija, Él comienza a lavar los pies de los discípulos, y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. Él es siempre un Siervo, y hace el servicio de un esclavo. Maravillosa verdad y gracia infinita, que el Hijo del Altísimo, humillándose incluso por nosotros, se complace, en Su amor, en hacernos aptos para gozar de la presencia y la gloria de Dios. Él tomo el lugar de un Siervo para llevar a cabo esta obra de amor, y Su amor nunca lo abandona. (Vean esto en la gloria, Lucas 12:37). Él es un Siervo para siempre, pues el amor se deleita en servir.

 

            Pedro, quien, al dar curso a sus propios sentimientos, aunque en forma muy natural, brinda tan a menudo ocasión a las palabras del Señor que nos revelan los pensamientos de Dios, objeta fuertemente que el Señor lave sus pies. La respuesta de Jesús revela el significado espiritual de lo que Él estaba haciendo, un significado que Pedro no podía comprender entonces, pero que entendería después, pues el Espíritu Santo les haría entender todas estas cosas. Uno debe ser lavado por el Señor para tener parte con Él: esta es la clave de todo lo que estaba llevando a cabo. Jesús ya no podría tener parte con Sus discípulos aquí abajo, y los discípulos no podrían tener parte con Él, y delante de Dios mismo, a quien Él iba, a menos que Él los lavara. Tiene que haber una limpieza tal que pueda ser apta para la presencia y la casa de Dios. Entonces, con su espíritu vehemente, Pedro desea que el Señor lave sus manos y su cabeza, y Jesús le explica la importancia de lo que Él estaba haciendo.

            Debemos recordar que aquí es una cuestión de agua, no de sangre, no obstante lo necesaria que la sangre del Salvador es. Se trata de una cuestión de pureza, no de expiación. Observen, después, que la Escritura utiliza dos palabras aquí que no deben ser confundidas; una significa lavar todo el cuerpo, bañar; la otra significa lavar las manos, los pies, o cualquier cosa pequeña. El agua en sí misma, empleada aquí o en cualquier parte como una figura, significa purificación por la Palabra, aplicada conforme al poder de Dios. Uno es nacido "de agua"; - luego todo el cuerpo está lavado: hay una purificación de los pensamientos y de las acciones por medio de un objeto que forma y gobierna el corazón. Estos son los pensamientos divinos en Cristo, la vida y el carácter del nuevo hombre, la recepción de Cristo mediante la Palabra. Cristo tenía palabras de vida eterna: esto se expresaba y comunicaba en Sus palabras, donde la gracia actuaba, pues ellas eran espíritu y vida. Los discípulos habían recibido estas palabras, excepto aquel que le traicionaría; pero aunque ellos estaban así lavados, convertidos, purificados en realidad, por las palabras del Señor, con todo, ellos iban a caminar en un mundo contaminado, donde ellos podían, de hecho, ensuciar sus pies. Ahora bien, esta contaminación (o suciedad) no es apta para la casa de Dios, y el amor del Señor hace lo que es necesario para que el remedio sea aplicado pronto, si es que ellos contraían suciedad (o contaminación) que los excluía. Dispuesto a hacer todo para que ellos pudieran ser bendecidos, Jesús lava sus pies. Esta acción era el servicio de un esclavo en esos países, donde tal acción era la primera y constante expresión de hospitalidad, y del cuidado atento que ella demandaba. (Ver Génesis 18:4; Lucas 7:44).

            Con este lavamiento de los pies está conectada la verdad de que la conversión no se repite. Una vez que la Palabra ha sido aplicada por el poder del Espíritu Santo, esta obra es hecha, y nunca puede deshacerse, de igual manera que el rociamiento de sangre no puede ser repetido o renovado. Pero si yo peco, yo ensucio mis pies; mi comunión con Dios se interrumpe. Entonces el Salvador se ocupa de mí, en Su amor.

 

            Será bueno notar aquí la diferencia que hay entre el Sacerdote y el Abogado. En la práctica la diferencia es importante. Ambos oficios tienen que ver con intercesión; pero el Abogado es para pecados que han sido cometidos; el Sacerdote está allí para que no pequemos, y para que la bondad pueda ser ejercitada con respecto a nuestra debilidad; yo hablo del Sacerdocio en el cielo. En la cruz Jesús fue Sacerdote y Víctima (el macho cabrío a Azazel, o macho cabrío expiatorio - Levítico 16); pero allí el sacerdote representaba a todo el pueblo, confesando sus pecados sobre la cabeza del macho cabrío. Esto era, de hecho, el trabajo del sacerdote, pero no propiamente un acto sacerdotal; y, como recién he dicho, el sacerdote actuaba allí como el representante de todo el pueblo, siendo considerados estos últimos como culpables. Esta obra se cumple "mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre" (Hebreos 10:10): "con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que son santificados." (Hebreos 10:14 - VM), así que no tenemos ya más conciencia de pecado (Hebreos 10:2). Pero Cristo intercede por nosotros, para que podamos obtener misericordia, y para que podamos hallar gracia en tiempo de necesidad; para que, en nuestra debilidad, podamos ser objetos del cuidado de la bondad de Dios, y para que no pequemos. El Abogado intercede, cuando hemos pecado, para restablecer la comunión interrumpida, pues se trata de una cuestión de comunión en 1 Juan 2: 1, 2. El efecto de esta gracia en Cristo es, que el Espíritu aplica la Palabra (el agua en figura), nos humilla al convencernos de pecado, y nos trae cerca de Dios. La vaca alazana (Números 19) es una situación muy instructiva de esta renovación de comunión. Noten aquí, que el Abogado hace Su obra para que podamos ser limpiados, no cuando hemos sido limpiados: asimismo, nosotros no vamos a Él para que Él lo haga; es Él quien toma la iniciativa en gracia, así como Él lo hizo por Pedro, para que Su discípulo no fracasara, cuando Él fuese obligado a dejarle solo por un momento, para que experimentara su debilidad.

            El lavamiento de los pies es, por lo tanto, un servicio con el que Cristo está ocupado ahora por nosotros. Cuando por nuestra negligencia (pues nunca hay necesidad que lo hagamos) hemos ensuciado (o, contaminado) nuestros pies, y nos hemos hecho ineptos para entrar espiritualmente a la presencia de Dios, Cristo nos purifica por medio de la Palabra, de modo que la comunión pueda ser restablecida entre nuestras almas y Dios. Se trata, esencialmente, de nuestro andar aquí abajo. Cuando el sacerdote entre los Judíos era consagrado, su cuerpo era lavado, luego él lavaba sus pies y manos en el tiempo del cumplimiento de cada servicio. Aquí son solamente los pies los que tenían que ser lavados; ya no es un servicio de labor lo que está en consideración, sino nuestro andar aquí abajo.

            El Señor presenta lo que Él había estado haciendo recién como un ejemplo de humildad; pero la inteligencia espiritual de lo que Él había hecho vendría solamente cuando el Espíritu Santo hubiera sido dado. Con todo, nosotros llamados, en este sentido también, a lavarnos los pies unos a otros, a aplicar la Palabra en gracia a la conciencia de un hermano que la necesite, y en la humildad, de la cual Cristo ha dado el ejemplo. Pero la enseñanza se refiere a lo que Cristo está haciendo por nosotros en lo alto, permaneciendo siempre como nuestro Siervo en gracia.

 

            El Señor, al hablar aquí a Sus discípulos, hace una excepción con Judas, pues Él sabía que Judas le traicionaría, y Él advierte a los discípulos de ello, para que ello no fuese una piedra de tropiezo. Con todo, al recibir a uno enviado por el Señor, como enviado por Él, ellos le recibían a Él; y al recibirle a Él, ellos recibían al Padre que le había enviado. Pero aunque el Señor sabía quién le traicionaría, el sentimiento de que era uno de Sus propios compañeros le entristeció; Él incluso abre Su corazón delante de ellos: "uno de vosotros me va a entregar." (v. 21). Seguros, por lo menos, de la verdad de Sus palabras, de la certeza de ellas, ellos se miran unos a otros con la sinceridad de la inocencia. Ahora bien, Juan estaba cerca del Señor; Pedro, siempre vehemente, desea saber quién es, y hace una seña a Juan para que le pregunte a Jesús, pues él no estaba lo suficientemente cerca de Él para hacer la pregunta. Pedro amaba al Señor, una fe sincera lo ligaba a Él, pero él carecía de esa concentración de espíritu que le habría mantenido cerca del Señor, así como María, la hermana de Marta, fue mantenida allí. Juan no se había colocado cerca de Jesús para recibir esta comunicación; él la recibió debido a que, conforme al hábito de su corazón, se mantenía cerca de Él, gloriándose en el título, "el discípulo a quien Jesús amaba." (Juan 21:20 - NTHA). De esta manera, Juan estaba allí donde podía recibir la comunicación del Señor. Este es nuestro secreto, también, para tener las comunicaciones íntimas del Señor. Bendito lugar, donde el corazón disfruta los afectos del Salvador, y donde Él nos comunica lo que Su corazón contiene para aquellos que Él ama.

            Pero la cercanía a Jesús, sin fe en Él, si el corazón supera la influencia de Su presencia, endurece en una manera terrible; el pan mojado que demostraba que uno estaba comiendo del mismo plato, el pan mojado que Judas recibió, mojado por Su mano, no es sino la señal de la entrada de Satanás en su corazón. Satanás entra en este corazón para endurecerlo, incluso contra cualquier sentimiento amable de la naturaleza, contra cualquier recuerdo de lo que podía actuar en la conciencia. Hay muchas personas inconversas que no traicionarían a un compañero íntimo cubriéndole con besos; muchas personas impías que habrían recordado los milagros que habían visto - quizás hechos a ellas mismas. La avaricia había estado allí, nunca había sido reprimida; entonces Satanás sugiere a Judas el medio de satisfacerla. Para mí, no tengo ninguna duda que Iscariote pensó que el Señor escaparía de manos de los hombres, como Él lo había hecho, cuando aún no había llegado Su hora: su remordimiento, cuando supo que Jesús había sido condenado, me hace pensar esto - un remordimiento que sólo encontró otros corazones tan duros como el suyo, e indiferentes a su miseria; un cuadro espantoso del corazón humano bajo la influencia de Satanás. Luego, casi en la fase final de esta influencia, Satanás endurece a Judas contra todo sentimiento de humanidad, y del hombre hacia el hombre conocido suyo, y termina todo abandonándole, entregándole a la desesperación en la presencia de Dios.

 

            Moralmente, todo había terminado cuando Judas había tomado el pan que había sido mojado: y Jesús le encarga que haga pronto lo que él estaba haciendo. Los discípulos no supieron por qué el Señor dijo esto; ellos pensaron en la fiesta, o en el uso que se le podía dar a lo que estaba en la bolsa; pero en el corazón del Señor es comprendida toda la importancia de este momento solemne. En cuanto Judas salió, Él lo declara: " Ahora es glorificado el Hijo del Hombre." (v. 31), Ya no es más afecto, herido por la traición de uno de los Suyos, el que se expresa en la angustia de Su corazón; Su alma se eleva, cuando el hecho está allí, a la altura de los pensamientos de Dios en este solemne suceso, que se yergue solo en la historia de la eternidad, y del cual depende toda bendición, desde el principio, hasta los cielos nuevos y la tierra nueva. Se eleva incluso sobre las bendiciones, a la naturaleza de Dios, y a las relaciones de Dios y de Cristo, fundamentadas en Su obra gloriosa. Este pasaje es, de esta manera, de gran importancia; la cruz hace la gloria del Hijo del Hombre. Él aparecerá en gloria, el Padre sujetará todas las cosas a Él; pero no es esta gloria la que está aquí en consideración; es la gloria moral y personal del Salvador. Él, que es hombre, quien (aunque de manera milagrosa, de modo que Él fuese sin pecado) era, por parte de Su madre, de la naturaleza de Adán, había estado sufriendo, siendo este el medio de establecer y de traer a la luz todo lo que se encuentra en Dios, Su gloria. Dios es justo, santo, y aborrece el pecado; Dios es amor: es imposible reconciliar estos caracteres de alguna otra forma, fuera de la cruz. Allí, donde el justo juicio de Dios está en ejercicio contra el pecado, el amor infinito es manifestado hacia el pecador. Sin la cruz es imposible reconciliar estas dos cosas, es imposible manifestar a Dios tal como Él es: en ella, la santidad, la justicia, el amor, son manifestados como un todo; entonces la obediencia y el amor hacia el Padre fueron cumplidos en el hombre, en circunstancias que los pusieron a prueba en una manera absoluta. Nada faltó en esta prueba, sea de parte del hombre, de Satanás, o de Dios mismo. Es en Cristo, hecho pecado, que la obediencia ha sido perfecta; es en Él, desamparado por Dios, que Su amor por Dios estuvo en su punto culminante. El desamparo del hombre y su odio, el poder de Satanás, han sido realizados plenamente, así que cuando Él apeló a Dios, Él no encontró respuesta, pero que en la soledad de Sus sufrimientos, Él tuvo la ocasión de mostrar perfección en el hombre, y de sacar a la luz la gloria de Dios en todo lo que Dios es, el fundamento en justicia, de la bendición de los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales mora la justicia - una justicia que ya ha colocado al Hijo del Hombre, en la gloria, justicia divina que no puede sino reconocer el valor de esta obra, colocando ya a Su diestra, al Hombre que la ha consumado, hasta que todo será manifestado en los siglos venideros.

            Así ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en Él; y Dios, habiendo sido glorificado en Él, le ha glorificado a Él en Sí mismo, y no ha esperado la exhibición de toda Su gloria en el futuro, sino que le ha glorificado en seguida a Su diestra (vv. 31, 32).

            Allí se encuentra la demostración de la justicia de Dios; es decir, en la exaltación del Señor Jesús como hombre a la diestra de Dios, habiéndole retirado Dios del mundo, de manera que el mundo no le viera ya más, del mismo modo que fue cerrado el camino al árbol de la vida cuando el hombre abandonó a Dios por el pecado. Pero el segundo Hombre, el postrer Adán, habiendo pasado a través de la muerte, habiendo sido hecho pecado, habiendo muerto del poder del diablo y del juicio de Dios, toma Su lugar en el cielo, en la gloria divina en justicia cuando el primer Adán había salido del huerto de Edén en pecado.

 

            Por el momento, nadie le podía seguir. ¿Quién podía pasar a través de la muerte, del poder de Satanás, y del juicio de Dios, ser  hecho pecado delante de Dios, y entrar más allá de todo ello en la gloria? Fue así para ellos, así como para los Judíos. Para los Judíos, se trataba de una cosa exterior, pero considerada en conexión con la gloria de Dios y el poder del mal; pero una cosa tan imposible para los discípulos así como para ellos. El Señor muestra a Sus discípulos que la fortaleza de ellos estaría en el amor que tendría cada uno de ellos al otro, amándose los unos a los otros así como Él los amó: este fue el mandamiento nuevo que Él les dio (v. 34). Él era amor; Él los había amado; Su amor había sido como un eje central resistente, que sostenía todas las varas que se encontraban alrededor de él. Él había sido el vínculo de la unión de ellos; ahora, este mismo amor en sus corazones tenía que unirlos juntos, como varas que se sostuvieran unas a otras, cuando el soporte central fuese quitado. En realidad, este sería el poder del Espíritu Santo quien llenaría sus corazones con este amor divino de Cristo mismo, y, de este modo, haría que todos ellos fueron uno. El amor de ellos, de los unos por los otros, sería la prueba característica de que ellos eran discípulos de Jesús, pues Él los había amado, y Él era mostrado por el amor en ellos.

 

            Pedro, siempre vehemente, pregunta a Jesús adónde se iba (v. 36). El Señor le responde que él no le podía seguir ahora, pero que lo haría después, anunciándole su martirio. Pedro insiste: "dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte" (Lucas 22:33), "¡mi vida pondré yo por ti!" (Juan 13:37 - VM); pero Jesús dijo: "no cantará el gallo sin que antes me hayas negado tres veces." (v. 38 - LBLA).

 

CAPÍTULO 14

 

            En el capítulo 14 el Señor presenta a Sus discípulos las consolaciones que eran aptas para hacerles aceptar la revelación

que Él les había hecho de Su cercana partida.

 

            La