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Acerca
del Misticismo
J. N. Darby
Collected
Writings (Escritos Compilados) Vol. 32, Miscellaneous No.1
Montpellier (Francia), 29
de mayo, 1849.
Querido Hermano,
Mientras viajaba leí su libro "Vida de Madame de Krüdener"*, y debo decirle que me hizo bien. La ocupación, sin ningún
tipo de esparcimiento tiende, si uno no está muy cerca del Señor, a dañar los afectos más íntimos; y cuando los detalles de
la obra constituyen la parte principal de tal ocupación, ellos tienden a estrechar el corazón. No es así en el momento en
que uno está cerca de Él: entonces, al contrario, tales detalles ejercitan los mejores afectos; y nos deleitamos en Él. Fue
así con Cristo, porque Su vida de detalles fluía del hecho de que Él vivía por medio de Su Padre (Juan 6:57 - VM), y no fue
otra cosa que la manifestación perfecta, en el hombre, de lo que Dios era. Fue el producto de un corazón lleno de un perfecto
amor, la expresión de un amor infinito.
{* Nota del Traductor: Bárbara Juliana de Vietinghoff, baronesa de Krüdener; nació en Riga (Letonia) en 1764
y murió en Karasubasar (Crimea, Imperio Ruso) en 1824 - Visionaria mística, escritora y aventurera rusa, quien renunció a
su vida de placeres que llevaba entre la nobleza rusa. Vivió separada de su marido el barón de Krüdener, en Francia (1789),
Letonia (1792) y Suiza (1796-1798). Conoció a Jean-Paul Richter, a Achim von Arnim, a Chateaubriand, a Benjamin Constant y
a Mme. de Staël. Publicó unos Pensamientos (1802) y la novela autobiográfica Valeria (1803). Convertida a la
fe de los Hermanos Moravos, ejerció cierta influencia sobre el zar Alejandro I de Rusia (1815). Por haberse declarado partidaria
de la independencia griega, fue enviada al exilio en Crimea.
MOMIEROS: Secta fundada por la señora Krüdener en la ciudad de Ginebra (Suiza)
el año 1814, que fue apoyada más tarde por los metodistas.
Su intención era regenerar el Cristianismo en su aspecto de religión oficial.
En 1848 se juntaron con varias comunidades disidentes formando la Iglesia
Evangélica.}
La vida de Madame de Krüdener, la cual transcurrió fuera de la estrechez de las cuestiones secundarias, me recordó
este amor; pues ella tenía ciertamente un corazón de amor espiritual por el Señor; y, por mi parte, yo no tengo ninguna dificultad
en juzgar las cosas que han de ser condenadas en su andar, de modo que no necesito explayarme sobre ellas. Aquella que constantemente
es una abeja obrera dentro de la colmena, es libre de recolectar miel solamente cuando se acerca a flores que están al aire
libre, cualesquiera que ellas sean. Pero diré unas pocas palabras en cuanto a lo que me asombra cuando yo considero el misticismo,
tal como se halla en sus mejores formas en Madame de Krüdener y otros.
El deseo y el amor pueden ser diferenciados muy exactamente. El deseo presupone la capacidad de disfrutar la cosa que
deseamos, es decir, los afectos espirituales, los cuales, en cuanto a su naturaleza misma, tienen a Dios como su objeto. Presupone
que uno es nacido de Él, aunque Satanás a menudo, en una manera sorprendente, imita esta clase de sentimientos; pero este
estado supone también que uno no posee lo que uno desea.
El amor presupone que tenemos completa posesión del objeto de nuestro deseo. Ya no es más una necesidad, sino que es
un disfrute, una apreciación, un deleitarse en el objeto mismo.
Ahora bien, el misticismo, al jactarse mucho de sus sentimientos, nunca va más allá del deseo; mientras que el sencillo
cristianismo, dando el conocimiento de la salvación, nos pone en plena posesión del amor de Dios. Yo se que Él ama a Cristo;
que el amor me ha salvado; fue Él quien me deseó. En amor Él tenía necesidad de mí, y este amor es perfección en Cristo. En
paz yo contemplo este amor, y lo adoro en Cristo. Permanezco en Él y Él en mí.
Yo nunca he visto a un místico (a) cuya idea del amor no fuera enteramente defectuosa en su naturaleza: se trataba
de algo en el hombre, que necesitaba
ser satisfecho, en lugar de ser algo en Dios, que satisficiera el corazón profunda, infinita y perfectamente. De ahí que uno
no oiga acerca de de cosas tales como el esfuerzo para humillarse uno mismo, para vilipendiarse uno mismo, y para hablar mal
de uno mismo, como si una persona salvada pudiera ser algo en la presencia del Salvador, en lugar de ser nada y olvidarse
de él mismo en presencia de tanto amor. Cuando uno está verdaderamente encantado en la presencia de Dios, y contemplando Su
hermosura excelente en Su templo, ¿se ocupa uno de las formas horrorosas que se ocultan en el corazón del hombre? Yo creo
que no. Nosotros pensamos en Él. Él nos ha dado el derecho de hacer esto, por medio de una gracia que ha desechado realmente
todo lo que éramos como vivos fuera de Cristo, como estando en la carne. ¿No hacemos, entonces, ninguna experiencia que humille
al yo? Yo digo que no la hacemos. Sí, hay momentos cuando Dios nos revela los secretos espantosos de ese corazón en el cual
no existe nada bueno; pero no nos jactamos, no decimos mucho acerca de ello, si es que realmente hemos visto a Dios. Si nosotros
tratamos de encontrar en el hombre, en su amor a Dios, algo tan bueno como el amor de Dios para con nosotros, entonces hablamos
acerca de ello, y nos imaginamos que nos estamos humillando. Esto no es más que la vanidad del corazón que no conoce a Dios,
y que tampoco se conoce a sí mismo; se trata del verdadero carácter del misticismo.
Pero, ¿acaso tal visión de Dios no produce un humillante conocimiento de uno mismo? Sí, cuando no hemos conocido lo
que somos, ni hemos conocido el evangelio que nos da el derecho de decir, "ya no vivo yo." (Gálatas 2:20). Tal fue el caso
con Job, así como con muchos otros. Él había pensado acerca de sí mismo, de la gracia en él; después él tuvo que aprender en la presencia de Dios. Pero el evangelio
es la respuesta a todas estas perturbaciones
del alma, mediante la revelación de lo que Dios es, de lo que Dios ha hecho por aquel que Él conocía a fondo, tal como era,
y que ha aprendido en la cruz de Jesús lo que es el amor de Dios cuando no había nada más que pecado, y pecado visto por Dios
de un modo que nosotros no podíamos verlo, pero visto solamente para ser la ocasión de una obra perfecta de amor.
Dios en Su santidad, Su majestad, Su justicia, Su amor, ha hallado su reposo en la obra y la Persona de Cristo: yo
he hallado el mío allí. El místico (a) nunca tiene reposo, porque él busca vanamente en el hombre lo que debería buscar en
Dios, quien ha llevado a cabo todo antes de que él (ella) siquiera pensara alguna vez en ello. Esta es la razón por la que
ellos (ellas) buscan un amor desinteresado;
pero, ¿dónde? ¡En el hombre! Pobres adoradores del hombre deificado en la propia
imaginación de ellos (ellas); ¡de un hombre que nunca será hallado! Aquí el pecado está en él, en el cielo él pensará solamente
en Dios. Esta es la razón por la cual la imaginación juega una parte tan grande en el misticismo, y Satanás puede engañar
tan a menudo mediante ella, porque la imaginación y el corazón del hombre son puestos en juego. Yo no digo que los afectos
espirituales no están nunca allí: lejos de ello; ni digo tampoco que Dios nunca se revela a tales afectos. Yo no dudo que
Él lo hace y hace a la persona feliz de este modo, pero usted le (la) hallará, después de todo, ocupado (a) con los afectos
y no con Dios mismo. Se trata del defecto principal del misticismo. En una palabra, yo lo veo como un esfuerzo del corazón
humano, tratando de producir en sí mismo algo lo suficientemente fuerte a manera de afecto para satisfacer un corazón despertado
por la excelencia de su Objeto: pues estoy presuponiendo ahora un verdadero despertar del corazón.
En Cristo yo veo un corazón divino, reflejando la certeza perfecta de un amor cuya perfección no puede ser cuestionada.
Es paz. Ahora bien, Él nos dice, "La paz os dejo, mi paz os doy." (Juan 14:27). Qué paz es expresada allí en esas palabras:
"yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo." (Juan 11:42 - NC). Y esta misma paz es nuestra
ahora; vean 1 Juan 5: 14, 15. ¿Qué paz nuevamente en esas palabras, "yo sé a quién he creído" (2 Timoteo 1:12), así como en
tantos otros pasajes?
¿No hay, entonces, estos ejercicios del deseo del alma delante de Dios? Sí; pero esto saca a la luz nuevamente una
marcada diferencia. Antes de haber entendido la redención por medio de la cruz y nuestra porción en Cristo, lo cual es su
consecuencia, el alma despertada es ejercitada; a menudo busca paz y reposo en un progreso espiritual y en un amor por Dios
que nunca son hallados. Pero el resultado de todo este ejercicio, bajo la gracia, es involucrar la conciencia y producir la convicción de su inutilidad; de que en nosotros,
es decir, en nuestra carne, no mora ninguna cosa buena. La conciencia se da cuenta de toda la importancia de lo que pasa en el corazón y de lo que nosotros somos,
para que seamos llevados a renunciar a todo intento de encontrar paz en el estado de nuestras almas. Nosotros necesitamos
ser perdonados, salvados; nos colocamos al pie de la cruz, pero no como teniendo afectos inmutables. Hemos descubierto que
no los tenemos, y no sólo es el corazón el que está atribulado por esto, aunque tal es el caso, sino que la conciencia sabe
que estamos perdidos, muertos bajo condenación. Vemos las cosas como son en la presencia de Dios; necesitamos ser salvados.
Ya no buscamos lo bueno en nosotros mismos, bajo la forma de afectos divinos; sino que lo hallamos en Dios, en Su bondad para
con nosotros en Cristo Jesús (Efesios 2:7); y tenemos paz.
¿Han cesado los profundos afectos con los cuales la cruz me inspiró, debido a que yo ya no estoy aplastado con el sentido
de necesidad? No; la conciencia ha intervenido, y me ha puesto en mi lugar. Lo que Dios ha hecho, lo que Él es, me ha dado
paz; y yo tengo asueto divino (porque nada es incierto en mi porción) para contemplar lo que es perfecto en el objeto de mis
afectos, sin estar ocupado conmigo mismo.
El místico (a) se humilla a sí mismo (a) porque aún espera hallar el bien en sí mismo (a), o de ocupa de sí mismo (a)
en esto, como si pudiera haber algo de ello, y encuentra solamente maldad. El Cristiano es humilde (y eso es totalmente otra
cosa), porque ha renunciado a buscar algo bueno en sí mismo, para adorar al Único en
quien no hay nada más que bien. Ahora bien, no es que el Cristiano se engañe a sí mismo, sino que la intervención de la conciencia,
por medio de la luz del Espíritu y la verdad, le ha puesto en su lugar. Yo creo, por ejemplo, que Madame de Krüdener, sólo
alcanzó plenamente esa posición en su última enfermedad. Esto es lo que sucede a menudo. Los Moravos, a pesar de que disfrutan
dulcemente de Cristo, a menudo permanecen en este punto. Ella estaba bajo una obligación de amar: una cosa verdadera, pero
ella no conocía el amor. Ella sabía que Dios es amor, pero ella deseaba serlo también; y esto está estrechamente ligado al
orgullo de corazón, y subsiste hasta que hemos tomado nuestro lugar, como muertos en delitos y pecados, y hemos entendido
el amor para con nosotros en que Cristo murió, y que estamos muertos y resucitados en Él.
La verdad es esta: todavía hay conflicto porque la carne está en nosotros, y el Espíritu Santo algunas veces tienes
que ocuparnos de nosotros mismos, y humillarnos. Siendo Dios Infinito y Su obra perfecta, siempre hay en Él, incluso cuando
nuestra paz es perfecta, eso que despierta toda la energía de un afecto que no se puede satisfacer a sí mismo, aunque es perfectamente
asegurado del amor de Aquel con quien él tiene que ver. Esto se adapta a las relaciones de una criatura con Dios, y es una
cosa buena para nosotros y no disminuye nuestra paz. Es una cosa bastante diferente del deseo místico (a) de amar, el cual
es verdadero, pero que gira en torno del yo, pues no conoce ni a Dios ni a sí mismo (a). Con todo, algunas veces me hace bien
encontrar mi corazón tan frío, pues yo se bastante bien que estaba perdido y soy salvo, no para mezclar esto con mi conocimiento
de una salvación gratuita, llevada a cabo sin mí, y que glorifica plenamente a Dios, y a Dios solo. Pero ello a menudo hace
daño a las almas que no se han vaciado delante de Dios, no habiendo tenido la obra transferida del corazón a la conciencia
en Su presencia.
Es asombroso de cuántos errores libra esto sin haber sido dicha una palabra. Mis afectos humanos pueden apegarse a
la Virgen, pero ¿y la conciencia......? ¿Hay allí algún derramamiento de sangre? La Virgen no es más, en cuanto a eso, que
el pecador más miserable; ella es una criatura delante de Dios. El Purgatorio, la supuesta repetición del sacrificio (la misa), la absolución, la santa unción, y muchas
otras cosas se desvanecen sin controversia, como sombras, como apariciones de tinieblas ante la luz, delante de una conciencia
que ya se ha encontrado a sí misma, tal como ella es, en la presencia de Dios, y ha sido purificada completamente allí por
el conocimiento de Su obra en Cristo. Las necesidades de la conciencia pueden lanzar a un alma sincera a estas prácticas supersticiosas;
pero para una conciencia purificada que conoce a Dios, ellas son nada. Esto es lo que me produce semejante horror acerca de
un sistema que trafica con los terrores de la conciencia para ocultar el amor de Dios: siendo esto manifiestamente la obra
del enemigo. Pero vean, para no decir más, 1 Juan 4: 7 - 9, pasaje que toca las fronteras del misticismo, pero con el dedo
de Dios, de qué manera, lado a lado con la más alta elevación de comunión con Él, Él siempre pone de nuevo en su lugar al
alma sobre el sencillo terreno de la salvación mediante la fe objetiva. Esto es lo que corrige el corazón del hombre con sus alas de Ícaro.
Ahora, unas pocas palabras sobre tu obra. Tú estás conciente que está hecha más bien para el mundo, de modo que debe
ser considerada con respecto a esto. Una vida como la de Madame de Krüdener nos lleva a estar en medio de emperadores, reinas,
y títulos nobiliarios. Estoy de acuerdo con el pensamiento que a uno le agrada ver gracia en todas partes, esa gracia que
no desprecia ni al grande ni al pequeño. Sin embargo, los modos de Dios son diferentes cuando Él actúa en el poder que le
es apropiado. El mundo es dejado entonces en su verdadero lugar; y Su Hijo, con Sus apóstoles, y Sus siervos, son traídos
delante de sus grandes hombres sentados en el tribunal, y esto se transforma en un testimonio. Es así como Dios hace penetrar
Su voz en los lugares más distantes de Él, preservando al mismo tiempo, en su perfección, el carácter de los Suyos, y de lo
que le pertenece a Él. Yo admiro Su gracia que se digna actuar de otro modo, pero admiro Su perfección tal como Él mismo me
la ha presentado.
He dicho que tomo como un hecho la forma mundana del libro, y que, por consiguiente, has dejado a cada uno la responsabilidad
de formarse un juicio acerca de la vida mundana de Madame de Krüdener, pasando a la ligera, y sin comentario, sobre sus divagaciones;
siendo la gracia que todo lo perdona el verdadero contraste con el mal. Pienso que esto se reprodujo y se halla nuevamente
en sus divagaciones espirituales, pues los caminos de Dios son justos.
Su devoción despertó mi más profundo interés. Es refrescante ver en un mundo egoísta, al esclavo (o esclava) de las
formalidades detrás del cual se oculta; porque es demasiado horroroso ser visto, deseando preservar su egoísmo tan intacto
como es posible, sin confesarlo - un mundo sin corazón - un mundo sin independencia debido a que no tiene corazón. Es refrescante,
yo digo, hallar algo que sobrepasa las barreras y actúa desde los motivos que demuestran corazón y amor - ese amor que sólo
es libertad verdadera.
De este modo, la devoción de Madame de Krüdener me interesó y también me humilló mucho. Lo poco que yo he tenido de
esta devoción en mi vida me hizo disfrutar de la suya, y ha sido tan poco lo que he tenido de devoción que ello hace que yo
admire lo que veo en ella. Pero aquí nuevamente yo sigo el rastro de los caminos de Dios. Cuando la devoción vino directamente
de Él y se manifestó en los caminos de ella, la energía que se halló en dicha devoción alcanzó un resultado que fue totalmente
de Él, y fue protegida de las seducciones del enemigo. Ahora bien, Dios nunca puede abandonar Sus propios caminos. Si un hombre
(o una mujer) los abandona, aún mientras se consagra, el resultado es del enemigo bajo una u otra forma. Uno a veces se extraña
de que una buena parte de la vida de una persona consagrada y espiritual deba transcurrir en errores y vicisitudes; uno se
pregunta cómo la presencia del Espíritu de Dios, necesario para producir esta vida, concuerda con estos errores. Yo digo,
al contrario, que en el gobierno de Dios ello es una consecuencia necesaria. ¿Puede Dios poner su sello sobre lo que es contrario
a Sus pensamientos? ¿Rechazará Él bendecir como respuesta a una consagración verdadera, debido a que hay error? Él no puede
aprobar lo primero, ni negarse a Sí mismo para lo segundo. ¿Cuál es la consecuencia? La bendición es encontrada, así como
Su tierno cuidado. Él mantiene el fundamento, aún a través de todas las vaguedades; pero Él abandona al mal y a la falsa confianza
que lo acompaña a sus consecuencias naturales; de otro modo Él justificaría el mal.
Si la obra de Madame de Krüdener hubiera tenido el carácter de la obra de Pablo, el sello de Dios habría estado sobre
aquello que era contrario a Su voluntad. La misericordia de Dios no permite eso. Una mujer fogosa, impulsiva, llena de imaginación,
actuando bajo impresiones e influencias, sometida a la excitación de las circunstancias - esto era Madame de Krüdener. El
principio, en el fondo, era divino, eso se encuentra en la obra: pero Satanás se entromete en ella; él siempre utiliza la
carne cuando permitimos que ella actúe. Esta es la historia de todos estos casos, y si el mundo se juzgara correctamente a
sí mismo, si estuviera en la verdad delante de Dios, no habría dificultad alguna en desentrañarlo. Pero Dios no explica estas
cosas a los que no las tienen: esto sería aprobar el mal, aunque Él puede sacarnos de este estado de gracia, y Él es fiel
para no permitir que seamos tentados más allá de lo que somos capaces. Si nosotros esperamos en Él, no hay peligro. Si tenemos
prisa, Él debe permitirnos ver las consecuencias de ello. Si lo que es espiritual existe en el fondo, esto se encontrará de
nuevo en eterna felicidad; pero, en el gobierno, cada cosa trae su propia consecuencia. Él puede, en gracia, honrar al instrumento,
utilizar a una mujer arrepentida y consagrada, Él lo ha hecho en Su gracia, pero a una mujer entusiasmada, y una que, me parece,
tenía poca conciencia de lo que ella había sido, no es el instrumento perfecto según los modos de actuar de Dios, para asumir
una obra. Vemos las consecuencias de esto, para que la perfección de los caminos de Dios puedan ser conocidos.
Pienso, incluso, que un cierto estado de cosas en el reino de Dios, o en los Cristianos, no puede, conforme a los pensamientos
de Dios, concordar con un instrumento y un modo de acción perfectos. Ello estaría fuera de lugar; esto ni siquiera llevaría
a cabo Su obra. Una cosa semejante puede ser extraordinaria, pero yo no se lo que el apóstol Pablo haría (o más bien, Pablo
no sabría qué hacer) en el actual estado de cosas. Dios sabe siempre qué hacer, porque Él está sobre todo. Él juzgará al final.
Él hará que Su gracia resplandezca transportando a la gloria a aquellos que son fieles en la confusión; pero las energías creativas de un orden perfecto no son apropiadas
para la confusión y la culpabilidad moral que resulta de haber estropeado ese orden. Ello sería deshonrar esa luz nueva del
primer amor del cual Cristo es el Centro y Objeto.
El propio Cristo comienza con - "Bienaventurados. . ., Bienaventurados...."; era natural que esto viniera desde el
corazón de Aquel que había venido del cielo; pero Él finaliza con, "¡Ay de vosotros. . .! ¡Ay de vosotros. . .!" ¿Ha disminuido
Su gracia? No, ciertamente, sino que ha sido probada, aprobada como más gloriosa, Su inagotable fidelidad hecha, más que nunca,
cierta para nuestros corazones. Pero Él no podía ser al final lo que Él fue al principio.
Es lo mismo con respecto a la obra. Con todo, el amor y la bienaventuranza de aquel que entiende esta gracia son mayores
que antes. Pablo en la Epístola a los Filipenses es más maduro, se conoce más profundamente a sí mismo en Cristo, que cuando
él estuvo en la energía mediante la cual él confundía a sus adversarios. Su experiencia de Cristo es más completa, y, de este
modo, su corazón es más perfecto en sus sentimientos. Elías podría compararse él mismo con Moisés, pues fueron glorificados
juntos como compañeros del Salvador en el monte; pero Elías, en presencia de los becerros de oro no pudo hacer un tabernáculo
como lo hizo Moisés. Él fue, por esta misma razón, un testigo aún más sorprendente de la gracia de Dios.
Un comentario más acerca de Madame de Krüdener, menos importante, sin duda, pero que yo
pienso que es cierto. Había en ella una falta de originalidad espiritual, no una falta de sinceridad: esta falta grave se
revela también en su obra, y, entre otras cosas, ha dado a esa obra ese carácter. Ella recibió impresiones de Jun. Stilling,
de Oberling, de Tersteegen, de María Kummrin. Quizás esto era natural en una mujer; pero esa es la razón por la que una mujer
no puede ser un agente principal en la obra. Ello es contrario a los modos de actuar de Dios. Ella puede ayudar, ayudar GRANDEMENTE, pero no puede ser un agente principal; ella puede hacer cosas que el
hombre no puede hacer, pero no debe hacer lo que él hace. Esto es cierto en un punto de vista más importante. Ella no podía
recibir de Cristo impulsos para una posición que Él no le dio. El amor de Cristo estaba allí; el impulso vino de otra parte.
Ahora bien, cuando es Cristo mismo quien pone el corazón en movimiento, Él actúa sobre el hombre, pues Él forma también en
nosotros ese hombre nuevo que el maligno no
toca. Su presencia actúa sobre la conciencia, silencia la carne, hace que el hombre sea nada - su vanidad, su amor
propio, y sus buenas opiniones de sí mismo. El hombre completo es juzgado, cualquiera que sea el vaso. Si existe un peligro
de que sea de otra manera, se envía un aguijón en la carne.
Cuando nosotros recibimos nuestras impresiones e impulsos de segunda mano, la carne y el corazón no son juzgados en
absoluto, aunque el amor puede estar en nosotros. La carne y el corazón se reproducen, y el agente es expuesto, por su actividad
misma, a toda clase de trampas del enemigo, las cuales, nuevamente por su parte, se reproducen en la obra. Este fue el caso
con Madame de Krüdener; pero ella ciertamente no perderá el fruto de su devoción, del cual, por mi parte, yo no dudo en lo
más mínimo acerca de su sinceridad. Pero hubo también mucho del hombre en ella, y el hombre es siempre falso. Es tan cierto
(es importante observarlo) que, mientras probaba el amor de Cristo, ella nunca conoció realmente el evangelio, como estando
ella misma en la presencia de Dios, hasta su última enfermedad. Y entonces, ella percibió inmediatamente que ella había confundido
a menudo la voz de Dios por su imaginación; pues es solamente allí que el hombre muere, y que Dios solo se muestra tal como
Él es. Ahora bien, mientras el hombre no esté muerto, Satanás puede usarlo, y le falta discernimiento
espiritual. El hecho del cumplimiento de visiones no prueba nada en estas cosas. Todo eso acompaña también el poder del enemigo;
pero el hombre espiritual, siendo humilde, juzga fácilmente estas cosas cuando Dios le sitúa ante ellas, y cuando él toma
la Palabra de Dios como la guía absoluta de su juicio.
Mi amado hermano, tú dirás «Estos son comentarios sobre Madame de Krüdener y no sobre mi obra. Salvo algunas pocas
palabras de censura, tú no has dicho nada acerca del libro: este es un pobre elogio.» Yo respondo, Tú estás equivocado. En
cuanto a los cumplidos, es cierto, yo no hago ninguno; pero la mejor alabanza, la verdadera alabanza de una obra es cuando
se dice que ella produce pensamientos en aquel que lee, y esa ha sido el efecto de tu obra.
En nuestro estado de imperfección, cada posición moral tiene su propia temporada, y, en lugar de comenzar lúcidos desde
la perfección y riquezas de Cristo, el proceso con nosotros es, generalmente, gradual, y de este modo ¡cuán lamentable! nos
reproducimos a nosotros mismos en nuestra obra, aun después que pensamos que hemos juzgado todo.
En la vida de Madame de Krüdener sería importante saber qué obras leía ella habitualmente; ¡estas se delatan a sí mismas
alguna veces! El Sr. Oberlin (John Frederic) puede ser reconocido. Él fue un hombre devoto, pero con una imaginación desenfrenada,
un hereje, cuyos errores producen fruto ahora, mientras aquello que podría ser admirado por el hombre, e incluso por la iglesia,
está perdido y olvidado, pues el juicio de Dios no es el del hombre. Tersteegen (Gerhard) también puede ser reconocido: yo
no se si podemos rastrear algunos otros; pero este sería uno de los elementos que formaron el carácter público de Madame de
Krüdener. Es bueno, para no alimentar la curiosidad del público, que tus volúmenes contengan tan poco de las opiniones que
actuaron tan poderosamente sobre la vida de ella; sin embargo, para juzgar correctamente su vida, necesitaríamos saber un
poco más.
J. N. Darby
Traducido por: B.R.C.O. - Noviembre
2007.-
Título original en inglés: ON MYSTICISM, by J.
N. Darby
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