EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

CONSIDERACIONES ACERCA DE LA NATURALEZA Y UNIDAD DE LA IGLESIA DE CRISTO (J.N.Darby)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BJ = Biblia de Jerusalén

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

NVI =Santa Biblia, Nueva Versión Internacional, Copyright 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024,  Lansing, MI 48909 USA)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

Collected Writings (Escritos Compilados) Vol. 1, Ecclesiastical No.1

CONSIDERACIONES ACERCA DE LA NATURALEZA Y

UNIDAD DE LA IGLESIA DE CRISTO

 

(Dublín, 1828)

 

 

"Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste." - Juan 17:21.

 

"Sed vosotros mismos como hombres que aguardan a su señor." - Lucas 12:36 - VM.

 

         El escritor de estas páginas (y él confía que él es sólo el escritor y no el autor de ellas) agregaría cualquier cosa que Dios pudiera proporcionarle al ministrar para el progreso de la Iglesia a través de los varios ejercicios a los cuales la fe de la Iglesia está expuesta. Este autor no puede dudar que una gran cantidad de la verdad moral sobre las cuales dependen las siguientes consideraciones ha sido comprendida por la mente de los creyentes, de los estudiantes de la Palabra divina; pero él ha sentido en la poca comunión que los tales tienen los unos con los otros (aunque existe gran trato social entre ellos), que la expresión de estos pensamientos podrían, por medio de la bendición de Dios, dirigir la atención de los creyentes a sus justos objetivos, y a manifestar más explícitamente a la Iglesia, a partir de la Palabra divina, estos mismos objetivos, y, por consiguiente, mediante la recepción de estos objetivos, determinar su carácter y conducta, asegurando, bajo la bendición de Dios, más consistencia al obrar. Estos objetivos podrían también establecerlos, fortalecerlos, asentarlos en sus esperanzas propias, y lograr que ellos exhiban con más claridad y poder la gracia de Dios al mundo.

 

         Estos pensamientos podrían también conducir a los creyentes a una confianza más explícita en las operaciones del Espíritu divino, y a poner menos atención a los planes de los hombres y a las cooperaciones humanas, o a lo que al final se hallará que sólo son intereses humanos. Aunque los objetivos y propósitos de los creyentes están muy mezclados en su naturaleza, y caen muy por debajo de la norma para la cual Dios los ha reunido, y que Él propone como el objetivo esencial de su fe y, por consiguiente, como el motivo de su conducta, la división y el sectarismo son, incluso en la misericordia de la providencia de Dios, el resultado inevitable, ya sea que esto asuma el carácter de lo establecido o de la disensión.

 

         Yo estoy suponiendo aquí, por supuesto, que las grandes verdades del evangelio constituyen la fe profesante de las iglesias, puesto que ellos están en todas las iglesias Protestantes genuinas. Pues la consecuencia justa de la recepción de los hechos del evangelio por medio de la fe y su objetivo en el hombre es la purificación de los deseos en amor - una vida para Aquel que murió por nosotros y resucitó, una vida de esperanza en Su gloria. Por consiguiente, suponer que hay unidad donde la vida de la Iglesia no corresponde a las justas consecuencias de su fe, equivale a suponer que el Espíritu de Dios consentiría la inconsistencia moral del hombre degenerado, y que Dios se satisfaría con que Su Iglesia se hundiera por debajo de la gloria de su gran Cabeza, sin siquiera un testimonio de que Él fue deshonrado por ello.

 

         A decir verdad, ello nunca ha sido así: por un buen tiempo el juicio desde el exterior marcó Su disgusto mientras ella se estaba hundiendo; y cuando ella estuvo completamente hundida en la apostasía, Él levantó a Sus testigos, quienes debían suspirar y clamar por las abominaciones que se estaban llevando a cabo en ella; los cuales, en mucha tiniebla de entendimiento espiritual, dieron testimonio contra la corrupción moral que había agobiado a la Iglesia; y que, en el reconocimiento de que por la redención por medio del Señor Jesús estaban fuera de este mundo, testificaron acerca de la apostasía de la iglesia profesante. Cuando complació a Dios levantar este testimonio en el lugar de la aprobación pública, si bien la verdad doctrinal (podemos creer) estaba plenamente revelada para el fundamento y la edificación de la fe de los creyentes, ello de ninguna manera trajo como consecuencia que la Iglesia emergió, acto seguido, plenamente en espíritu y poder desde la depresión, y que asumió el carácter que ella tenía en el propósito de su Autor, y que llegó a ser un testigo adecuado y distintivo de Sus pensamientos para el mundo. Ese, de hecho, no obstante lo bienaventurado que es, no fue el caso, aunque todos estamos obligados a reconocer con mucho agradecimiento lo que la fue la Reforma: ella se mezcló mucho y manifiestamente con medios humanos. Y aunque la exhibición de la Palabra, como aquello sobre lo cual el alma podía reposar, fue proporcionada misericordiosamente, con todo, hubo mucho del antiguo sistema que permaneció en la constitución de las iglesias, y que no fue, de ninguna manera, el resultado de la revelación de la mente de Cristo, por medio del establecimiento de la luz y autoridad de la Palabra. Esto dio al estado y a la práctica de la Iglesia (cualquiera que pueda haber sido la excelencia de los individuos) un carácter que muchos percibieron que carecía de lo que era aceptable para Dios: y habiendo sido reconocida la autoridad de la Palabra como la base de la Reforma, muchos procuraron seguirla, como ellos supusieron, más perfectamente. De ahí que surgieran todas las ramas del Inconformismo y la Disensión que, cuando el Espíritu de Dios fue derramado, prevalecieron proporcionalmente a la secularidad o alejamiento de Dios del cuerpo reconocido públicamente como la Iglesia. Porque se debe advertir que, desde la época cuando el Papado prevaleció sobre las naciones hasta recientemente, entre quienes ocuparon un lugar en el avivamiento de religión, eso es lo que, en general, ha sido llamado la Iglesia y que ha sido recibida como tal por los gobernantes de este mundo, no aquellos que fueron librados del poder de las tinieblas, y trasladados al reino del amado Hijo de Dios; quienes se han acercado "a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en el cielo." (Hebreos 12:23 - VM). Estas observaciones son aplicables, en alguna medida, a todos los grandes cuerpos Protestantes nacionales puesto que la forma y constituciones exteriores llegaron a ser un asunto muy prominente, lo cual no fue el caso originalmente cuando la liberación de Babilonia estuvo en consideración.

 

         De todo esto ha emanado una consecuencia anómala y agobiante, a saber, que la verdadera Iglesia de Dios no tiene ninguna comunión reconocida. No hay, supongo, ninguno de sus miembros que no reconozcan el hecho de que hijos de Dios individuales han de ser hallados en todas las distintas denominaciones, que profesan la misma fe pura; pero, ¿dónde está su vínculo de unión? No es que los profesantes incrédulos estén mezclados con el pueblo de Dios en su comunión, sino que el vínculo de comunión no es la unidad del pueblo de Dios, sino realmente (en realidad) sus diferencias.

 

         Los vínculos de unión nominal (o solamente de nombre) son los que separan a los hijos de Dios los unos de los otros; de tal modo que, en lugar de que se encuentren incrédulos mezclados con ellos (y esto ya es en sí mismo un estado imperfecto), el pueblo de Dios se encuentra diseminado, como individuos, entre cuerpos de Cristianos profesantes unidos en comunión sobre otros y diferentes terrenos; de hecho, no como el pueblo de Dios en absoluto.

 

         Yo pienso que la verdad de esto no puede ser negada, y ciertamente es un estado muy extraordinario para que la Iglesia esté en él. Pienso que el estudio de la historia de la Iglesia (teniendo en mente lo que la verdadera Iglesia de Dios es) nos capacitará para darnos cuenta de ello. Ese no es mi propósito presente, puesto que estoy escribiendo meramente sobre el principio de ese carácter investigativo, fortalecedor, en el cual los que temían al Señor hablaron a menudo unos con otros. Pero este estado debe constituir, sin duda, un asunto práctico de gran importancia para el juicio de quienes, amando Jerusalén - "del polvo de ella tienen compasión" (Salmo 102:14) - de los que esperaban "la consolación de Israel." (Lucas 2:25). Yo creo, de hecho, que habrá un desenvolvimiento gradual del pueblo de Dios, mediante una separación del mundo, algo en lo cual muchos de ellos, quizás, piensan ahora poco. El Señor estará presente con Su pueblo en la hora cuando ellos sean tentados, y los esconderá secretamente en el tabernáculo de Su presencia; pero no es mi propósito seguir presuntuosamente mis propios pensamientos acerca de esto. Nosotros podemos observar que el pueblo de Dios ha encontrado, desde el creciente derramamiento de Su Espíritu*, una clase de remedio para esta desunión (manifiestamente una clase imperfecta, aunque no falsa), en la Sociedad Bíblica, y en esfuerzos Misioneros, los cuales dieron - la primera de ellas, una clase de unidad vaga en el reconocimiento común de la Palabra, que, si se la investiga, se hallará que es en parte inherente a ella, aunque no reconocida en su poder, el germen de la unidad verdadera - y el esfuerzo misionero dio una unidad de deseo y acción, que tendió en pensamiento hacia ese reino, cuyo carencia de poder fue sentida. Y en esto ellos hallaron algún alivio debido a ese sentido de carencia, que había sido producido en ellos por el obrar del Espíritu divino.

 

{* Dejo sin cambio esta y otras expresiones incorrectas.}

 

         A partir del estado de cosas del que he hablado, han resultado otros esfuerzos, ya sea de las energías del conocimiento, o de los deseos de vida espiritual, ejercitándose ellos mismos, a menudo para peligro del individuo, en (como se imagina) equivocados esfuerzos en producir una separación o reunión de creyentes, adoptando un terreno de separación absolutamente distinto tanto de los disidentes comunes como la de la Iglesia Establecida. El espíritu y el deseo en los cuales mucho de esto fue llevado a cabo fueron, indudablemente, en muchas instancias, los genuinos esfuerzos de una mente impelida por el Espíritu de Dios; pero a menudo han sido defectuosos, en el sentido de no esperar en forma práctica en Su voluntad; y, aunque proporcionando, indudablemente, una parte de ese testimonio a lo que la Iglesia era, lo cual era consistente con la debilidad de nuestra naturaleza y de la posición efectiva de la Iglesia, con todo, incluso cuando estos esfuerzos eran del orden más elevado, ello ha fracasado por la razón mencionada, como de hecho funcionó antes del avance general de los consejos divinos.

 

         Pero esos anhelos del Espíritu en nosotros (pues eso es lo que yo creo que son) merecen, ciertamente, la seria atención del pueblo de Dios. Este doloroso sentido de nuestra inmensa distancia de esa exhibición genuina del propósito de Dios en Su iglesia, este hecho de buscar Su poder y gloria, debería conducirnos al agradecimiento por el hecho de que Él aún trata así con nosotros, y a recibirlo como una promesa de esa fidelidad que hará que el pueblo de Dios, a su debido tiempo, resplandezca en la gloria del Señor. Ello debería conducirnos, también, a buscar asiduamente cuál es el pensamiento de Cristo en cuanto a la senda de los creyentes en el presente día; que pueda ser, aunque no exactamente conforme a los propios deseos de ellos, sin embargo, perfectamente conforme a lo que es Su presente voluntad concerniente a ella.

 

         Nosotros sabemos que el propósito de Dios fue reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos, como las que están la tierra (Efesios 1:10); reconciliadas consigo en Él, y que la iglesia debe ser, aunque necesariamente imperfecta en Su ausencia, sin embargo, por la energía del Espíritu, testigo de esto en la tierra, juntando en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:52 - VM). Los creyentes saben que todos aquellos que han nacido del Espíritu tienen unidad sustancial de pensamiento, de tal modo que se conocen unos a otros, y se aman unos a otros, como hermanos. Pero esto no es todo, incluso si esto se cumpliera en la práctica, algo que no sucede; pues ellos debían ser uno de manera tal que el mundo pudiera conocer que Jesús fue enviado por Dios: en esto todos debemos confesar nuestro triste fracaso.

 

         No procuraré demasiado proponer medidas aquí para los hijos de Dios, sino más bien procuraré establecer principios saludables: pues es algo manifiesto para mí que ello debe emanar de la influencia cada vez mayor del Espíritu de Dios y Su enseñanza invisible; pero podemos observar cuales son los obstáculos positivos, y en qué consistía esa unión.

 

         En primer lugar, lo que es deseable no es una unión formal de los cuerpos profesantes exteriores; de hecho es sorprendente que haya Protestantes reflexivos que la deseen: lejos de hacerlo bien, yo creo que sería absolutamente imposible que un cuerpo semejante pudiera ser reconocido como la iglesia de Dios. Sería una contraparte a la unidad Católica Romana; en ese caso deberíamos dar por perdidos la vida de la iglesia y el poder de la Palabra, y la unidad de la vida espiritual sería completamente excluida. Cualesquiera que sean los planes en el orden de la Providencia, nosotros sólo podemos actuar en los principios de la gracia; y la unidad verdadera es la unidad del Espíritu, y ella debe ser forjada por la operación del Espíritu.

 

         En la gran oscuridad de la Iglesia hasta ahora, la división exterior ha sido un apoyo principal, no solamente del celo (tal como se admite generalmente), sino también de la autoridad de la Palabra, la cual es, instrumentalmente, la vida de la iglesia; y la Reforma no consistió en la institución de una forma pura de iglesia, como se dice comúnmente, sino en el establecimiento de la Palabra, y del gran fundamento y piedra angular de la 'Justificación por medio de la fe', en la cual los creyentes pudieran hallar vida. Pero, además, si la visión que ha sido captada del estado de la iglesia es correcta, nosotros podemos dictaminar que aquel que procura los intereses de una denominación en particular es un enemigo de la obra del Espíritu de Dios; y que aquellos que creen en "el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo" (2 Pedro 1:16) deberían guardarse cuidadosamente de un espíritu semejante; pues es hacer retroceder a la iglesia a un estado ocasionado por la ignorancia acerca de la Palabra y por la falta de sujeción a ella, y transformar en un deber sus peores y anticristianos resultados. Esta es una enfermedad mental muy sutil y prevaleciente, y es el hecho de declarar "él no nos sigue" (Marcos 9:38), incluso cuando los hombres son realmente Cristianos. Que el pueblo de Dios vea si ellos no están obstaculizando la manifestación de la iglesia por medio de este espíritu. Yo creo que escasamente hay un acto público de hombres Cristianos (por lo menos de las ordenes más elevadas, o de quienes que están activos en las iglesias nominales), que no esté infectado con esto; sino que su tendencia es manifiestamente hostil a los intereses espirituales del pueblo de Dios, y a la manifestación de la gloria de Cristo. Los Cristianos están poco apercibidos de qué manera esto prevalece en sus mentes; de cómo ellos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús (Filipenses 2:21); de qué manera esto seca los manantiales de la gracia y de la comunión espiritual; de qué forma ello impide ese orden al cual la bendición está ligada - el reunirse juntos en el nombre del Señor. Ninguna reunión que no logre o considere, o se lleve a cabo, sin abarcar a todos los hijos de Dios basada plenamente en el reino del Hijo, puede hallar la plenitud de bendición, porque no la contempla - debido a que su fe no la abarca.

 

         Donde hay dos o tres reunidos en Su nombre, Su nombre está registrado allí para bendición; porque ellos están reunidos en la plenitud del poder de los intereses inmutables de ese reino eterno en el cual se ha complacido el glorioso Jehová glorificarse a Sí mismo, y hacer que Su nombre y Su salvación sea conocida en la Persona del Hijo, por el poder del Espíritu.

 

         En el nombre de Cristo, por tanto, ellos entran (en cualquiera sea su medida de fe) en los consejos plenos de Dios, y son "colaboradores de Dios." (1 Corintios 3:9; 1 Tesalonicenses 3:2). De esta manera, cualquier cosa que pidan es hecha, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. (Juan 14:13).

 

         Pero el fundamento mismo sobre el cual reposan estas promesas está roto, y su consistencia destruida, mediante vínculos de comunión que no están formados en el ámbito de los propósitos de Dios en Cristo. Yo no digo, en realidad, que ellos no puedan encontrar una débil medida de alimento espiritual, el cual, aunque generalmente parcial en su carácter, puede ser adecuado para fortalecer su esperanza personal de vida eterna. Pero la gloria del Señor está muy cerca del alma creyente y, en proporción a cómo la busquemos, se hallará la bendición personal. Ello me recuerda, verdaderamente (así como todos tienen, indudablemente, alguna porción disímil de la forma de la iglesia), a quienes partieron entre sí los vestidos del Señor (Mateo 27:35); mientras que con respecto a ese vestido interior, Su túnica, la cual no podía ser rasgada, que era inseparablemente una en su naturaleza, ellos echaron suertes para ver de quién sería (Juan 19: 23, 24); pero entretanto, Su nombre, la presencia del poder de la vida que los uniría a todos en el orden apropiado, es dejado expuesto y deshonrado. De hecho, me temo que estas vestimentas han caído demasiado en manos de aquellos a quienes Él no les importa, y que el Señor nunca se vestirá de ellas nuevamente, contempladas en su presente estado.

 

         Ciertamente ello no podría ser cuando Él aparezca en Su gloria. Yo no lo digo presuntuosamente o con disgusto (pues el vituperio de ello es una carga gravosa, es un pensamiento humillante, que causa mucha aflicción): pero nosotros hemos aprendido a confiar demasiado en ese segundo templo, el cual había sido erigido por la misericordia de Dios después de la larga cautividad Babilónica, considerándolo como "¡... el Templo de Jehová, el Templo de Jehová son estos edificios!" (Jeremías 7:4 - VM); hemos sido altivos debido al monte santo del Señor; lo hemos contemplado como estando adornado con piedras y dones piadosos; y hemos dejado de mirar al Señor del templo - casi hemos dejado de andar por fe, o de tener comunión en la esperanza de que el regreso del mensajero del pacto sea la gloria postrera de esta casa. El espíritu inmundo de idolatría puede haber sido removido; pero la gran pregunta permanece aún, a saber, ¿está allí la presencia eficaz del Espíritu del Señor, o está simplemente vacía, barrida y adornada? Si es que hemos sido bendecidos, ¿no estamos haciendo caso omiso a Aquel de quien vino la bendición, a causa de nuestra soberbia, y auto-complacencia, y estamos procurando volver esa bendición para nuestro propio beneficio, en lugar de continuar haciéndolo todo para Su gloria?

 

         Pasemos entonces, hermanos amados del Señor - ustedes que le aman en sinceridad, y se regocijarían al oír Su voz - a la exigencia práctica de nuestra situación actual. Sopesemos Su pensamiento con respecto a nosotros.

 

         El Señor ha dado a conocer Sus propósitos en Él, y de qué manera esos propósitos son llevados a cabo. Él nos ha dado "a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia..." (Efesios 1: 9-11) - en uno y en Cristo. En Él solo, por tanto, nosotros podemos encontrar esta unidad; pero la bendita Palabra (y, ¿quién puede estar lo suficientemente agradecido por ella?) nos informará aún más. "Congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Juan 11:52) es en cuanto a sus miembros terrenales. ¿Y cómo es esto? Que un hombre muera por ellos (Juan 11:50). Tal como declara nuestro Señor en la visión del fruto de la aflicción de Su alma, "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir." (Juan 12: 32, 33). Entonces, es Cristo quien atraerá - atraerá a Sí mismo (y nada más escaso o menor que esto puede producir unidad, "el que conmigo no recoge, desparrama." - Mateo 12:30); y atrae a Sí mismo mediante el hecho de ser levantado de la tierra. En una palabra, encontramos que Su muerte es el centro de comunión hasta que Él regrese, y en esto descansa todo el poder de la verdad.

 

         En consecuencia, el símbolo e instrumento exterior de unidad es la participación de la cena del Señor - "porque siendo muchos, somos un solo pan, y un solo cuerpo; porque todos participamos de aquel mismo pan." (1 Corintios 10:17 - RVR1865). ¿Y cuál es, conforme a lo que declara Pablo, la verdadera intención y el verdadero testimonio de ese rito? Es que "todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga." (1 Corintios 11:26). Aquí se encuentran, entonces, el carácter y la vida de la iglesia, aquello a lo que ella es llamada, aquello en que la verdad de su existencia subsiste, y solamente en lo cual hay unidad verdadera. Es anunciando la muerte del Señor, por cuya eficacia ellos eran congregados, y que es la simiente fructífera de la gloria propia del Señor; que es, en realidad, la reunión de Su cuerpo, " la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo." (Efesios 1:23); y anunciándola en la certeza de Su regreso, "cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron." (2 Tesalonicenses 1:10). En consecuencia, la esencia y la sustancia de la unidad, que aparecerá en gloria en Su venida, es la semejanza a Su muerte, mediante la cual toda esa gloria fue forjada. Y se hallará como resultado, que la semejanza a Su muerte será nuestro marco para la gloria con Él en Su manifestación; tal como el apóstol desea, "a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos." (Filipenses 3: 10, 11). ¿Tenemos nosotros fe en estas cosas? ¿Cómo la demostraremos? Actuando por estas instrucciones de nuestro Señor, que están fundamentadas en Su conocimiento divino de los objetivos de la fe.

 

         ¿Qué sigue a continuación de la declaración de nuestro Señor, en vista de Su gloria, de que debe ser por Su muerte? "El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará." (Juan 12: 25, 26). El servidor es quien va a ser honrado. Si nosotros queremos ser servidores, debemos serlo siguiendo a Aquel que murió por nosotros. Y siguiéndole a Él, nuestra honra será estar con Él en "su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles." (Lucas 9:26).

 

         Es un motivo de gran agradecimiento que, a pesar de la dispersión de la iglesia, por haber llegado a ser de este mundo como un cuerpo, y de su muy imperfecto despertar mediante el descubrimiento de la libre esperanza de gloria, los creyentes tengan una senda ante ellos señalada en la Palabra; y que, si no es dado ver aún la gloria de los hijos de Dios, la senda de esa gloria en el desierto nos sea revelada. Estamos ciertos, en doctrina, de que la muerte del Señor, en quien vino el don, es el único fundamento sobre el cual un alma es edificada para la gloria eterna. En realidad, yo me dirijo solamente a creyentes en cuanto a esto. Nuestro deber como creyentes es ser testigos de lo que creemos. "Vosotros", dice el Dios de los Judíos por medio del profeta Isaías, "sois mis testigos" (Isaías 43:10), en Su desafío a los dioses falsos; y así como Cristo es el Testigo fiel y verdadero, así debería ser la iglesia. "Vosotros, al contrario, sois una raza escogida, un sacerdocio real, nación santa, pueblo de posesión exclusiva; a fin de que manifestéis las excelencias de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz maravillosa." (1 Pedro 2:9 - VM).

 

         Entonces, ¿de qué debe ser testigo la iglesia contra la gloria idólatra de este mundo? De esa gloria en la que Cristo ha resucitado, mediante la semejanza práctica de los que son parte de ella a Su muerte; de la creencia verdadera de ellos en la cruz, mediante el hecho de que ellos están crucificados para el mundo, y el mundo para ellos. Unidad, la unidad de la iglesia, a la que "el Señor añadía a la Iglesia los salvados, de día en día." (Hechos 2:47 - VM), fue cuando nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones (Hechos 4:32 - NVI), y su ciudadanía estaba en los cielos (Filipenses 3:20); pues ellos no podían ser divididos en la esperanza común de aquello. Ello entrelazaba necesariamente los corazones de los hombres. El Espíritu de Dios ha dejado registrado, que la división comenzó acerca de los bienes de la iglesia, aun en el mejor uso de ellos, de parte de los interesados en ellos; pues allí podía haber división, allí podía haber intereses egoístas.

 

         ¿Estoy deseando que los creyentes corrijan a las iglesias? Yo les estoy implorando que ellos se corrijan a sí mismos, viviendo a la altura, en alguna medida, de la esperanza de su llamamiento. Les imploro que demuestren su fe en la muerte del Señor Jesús, y que se gloríen en la gloriosa certeza que han obtenido mediante ella, siendo semejantes a Él en Su muerte (Filipenses 3:10) - que demuestren su fe en Su venida, y esperándola de forma práctica mediante una vida adecuada a deseos fijos en dicha venida. Que ellos testifiquen contra la secularidad y la ceguera de la iglesia; pero que sea consistente con su propia conducta. "Que vuestra mesura sea conocida de todos los hombres." (Filipenses 4:5 - BJ).

 

         Mientras el espíritu del mundo prevalezca (yo estoy persuadido que pocos creyentes están del todo conscientes cuánto prevalece este espíritu en la iglesia) la unión espiritual no puede subsistir. Pocos creyentes están del todo conscientes de qué manera el espíritu que abrió gradualmente la puerta al dominio de la apostasía, aún vierte su debilitante y funesta influencia sobre la iglesia profesante. Ellos piensan, debido a que fueron liberados de su dominio secular, que están libres del espíritu práctico que le dio surgimiento; y debido a que Dios ha obrado mucha liberación, por lo tanto ellos han de estar satisfechos. Nada podría ser un testimonio de un mayor alejamiento del pensamiento del Espíritu de la promesa, el cual, teniendo el premio del supremo llamamiento de Dios ante él, insta siempre hacia él, procura siempre semejanza a la muerte, para que pueda llegar a la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3:11). Este pensamiento espera al Señor, y, contemplando Su gloria a cara descubierta, es transformado "en la misma semejanza, de gloria en gloria." (2 Corintios 3:18 - VM). Porque, preguntemos, ¿es la iglesia de Dios del modo que los creyentes quisieran? ¿Acaso no creemos que, como cuerpo, se alejó totalmente de Él? ¿Ha sido restaurada como para que Él se glorifique en ella cuando Él aparezca? ¿Es la unión de los creyentes de la manera que Él señala como siendo su característica peculiar? ¿Acaso no existen estorbos sin remover? ¿No existe un espíritu práctico de mundanalidad en discrepancia esencial con los verdaderos términos del evangelio - la muerte y el regreso del Señor Jesús como Salvador? ¿Pueden los creyentes decir que ellos actúan sobre el precepto de que su mesura sea conocida por todos los hombres? (Filipenses 4:5 - BJ).

 

         Yo sí creo que Dios está obrando, por medios y de modos sobre los cuales se piensa poco, preparando el camino del Señor, enderezando Sus sendas - llevando a cabo la obra de Elías mediante una mezcla de providencia y testimonio. Estoy persuadido que Él abatirá el orgullo de la gloria humana, "La mirada altiva del hombre será abatida, y humillada la soberbia de los hombres; el SEÑOR solo será exaltado en aquel día. Porque el día del SEÑOR de los ejércitos vendrá contra todo el que es soberbio y altivo, contra todo el que se ha ensalzado, y será abatido. Y esto será contra todos los cedros del Líbano altos y erguidos, contra todas las encinas de Basán, contra todos los montes encumbrados, contra todos los collados elevados, contra toda torre alta, contra toda muralla fortificada, contra todas las naves de Tarsis y contra toda obra de arte preciada. Será humillado el orgullo del hombre y abatida la altivez de los hombres; el SEÑOR solo será exaltado en aquel día, y los ídolos desaparecerán por completo. Se meterán los hombres en las cuevas de las rocas y en las hendiduras de la tierra, ante el terror del SEÑOR y ante el esplendor de su majestad, cuando Él se levante para hacer temblar la tierra. Aquel día el hombre arrojará a los topos y a los murciélagos, sus ídolos de plata y sus ídolos de oro que se había hecho para adorarlos; y se meterá en las cavernas de las rocas y en las hendiduras de las peñas, ante el terror del SEÑOR y ante el esplendor de su majestad, cuando Él se levante para hacer temblar la tierra." (Isaías 2: 11-21 - LBLA).

 

         Pero hay una parte práctica para que los creyentes actúen. Ellos pueden poner su mano sobre muchas cosas que hay en ellos mismos que son prácticamente inconsistentes con el poder de aquel día - cosas que demuestran que el interés de ellos no está puesto en ese poder - el conformarse al mundo, algo que demuestra que la cruz no tiene su propia gloria ante sus ojos. Que ellos sopesen estas cosas. Estas cosas son sólo sugerencias inconsistentes; pero, ¿son ellas el testimonio del Espíritu o no? Que sean puestas a prueba por la Palabra. Que la doctrina todopoderosa de la cruz sea testificada a todo hombre, y que el ojo del creyente esté dirigido a la venida del Señor. Pero no privemos a nuestras almas de toda la gloria que acompañaba a esa esperanza, poniendo nuestros afectos sobre cosas cuyo origen mundano será demostrado, y que han de terminar en él. ¿Permanecerán estas cosas cuando Él venga?

 

         Además, la unidad es la gloria de la iglesia; pero unidad para asegurar y promover nuestros propios intereses no es la unidad de la iglesia, sino que es una confederación y la negación de la naturaleza y esperanza de la iglesia. La unidad, que es de la iglesia, es la unidad del Espíritu, y sólo puede ser en las cosas del Espíritu, y, por tanto, sólo puede ser perfeccionada en personas espirituales.

 

         Se trata ciertamente del carácter esencial de la iglesia, y esto da testimonio poderosamente al creyente acerca de su estado actual. Pero, yo pregunto, si la iglesia profesante busca intereses mundanos, y si el Espíritu de Dios está entre nosotros, ¿será Él, entonces, el ministro de unidad en búsquedas tales como estas? Si las varias iglesias profesantes los buscan, cada una por su cuenta, no se necesita dar respuesta alguna. Pero si ellas se reúnen para buscar un interés común, no nos dejemos engañar; esto no es mejor que lo otro, si no es la obra del Señor. En este caso hay dos cosas que debemos considerar. Primero, ¿Son nuestros objetivos en nuestra obra exclusivamente los objetivos del Señor, y ningunos otros? Si no lo han sido en cuerpos religiosos separados los unos de los otros, tampoco lo serán si es que ellos deciden unirse. Que el pueblo del Señor sopese esto. En segundo lugar, que nuestra conducta dé testimonio de nuestros objetivos. Si nosotros no estamos viviendo en el poder del reino del Señor, ciertamente no seremos consistentes al procurar sus fines. Dejemos que entre en nuestras mentes, mientras estamos pensando acerca de qué cosa buena podemos hacer para heredar la vida eterna, la decisión de vender todo lo que tenemos, tomar nuestra cruz, y seguir a Cristo. ¿No llega esto muy cerca del corazón de muchos?

 

         Entonces, tengamos en mente fuertemente las verdades siguientes - lo que son llamadas 'comuniones' son (en cuanto al pensamiento del Señor acerca de Su iglesia) desuniones; y son, de hecho, una negación de Cristo y de la Palabra. "¿No sois carnales, y andáis como hombres?" (1 Corintios 3:3). "¿Acaso está dividido Cristo?" (1 Corintios 1:13). ¿Acaso Él no lo está, por lo que concierne a nuestros corazones desobedientes? Yo pregunto a los creyentes, "habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" (1 Corintios 3:3).

 

         Sí, efectivamente, no hay unión profesada entre ustedes en absoluto. Mientras los hombres se enorgullezcan de pertenecer a la Iglesia Establecida, o de ser Presbiterianos, Bautistas, Independientes, o cualquier otra cosa, ellos son anticristianos. Entonces, ¿cómo debemos estar unidos? Yo respondo: debe ser la obra del Espíritu de Dios. ¿Siguen ustedes el testimonio de ese Espíritu en la Palabra como siendo aplicable de forma práctica a sus conciencias, para que ese día no venga de improviso sobre ustedes? "En aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa." (Filipenses 3:16). "Y si en algo sentís de otra manera, también eso os lo declarará Dios" (Filipenses 3:15 - BJ), y nos mostrará la senda correcta. Descansemos en la promesa de Aquel que no puede mentir. Que los que son fuertes soporten las flaquezas de los que son débiles, y no se complazcan a ellos mismos. (Romanos 15:1 - VM).

 

         Las iglesias que profesan ser iglesias (especialmente las establecidas) han pecado grandemente insistiendo en cosas que son indiferentes y entorpeciendo la unión de los creyentes, y esta acusación recae en gran medida sobre las jerarquías de las varias iglesias. Ciertamente el orden es necesario, pero donde ellos decían 'las cosas son indiferentes y son nada en sí mismas: por lo tanto ustedes deben utilizarlas para el bien de nuestro placer', la Palabra del Espíritu de Cristo dice, 'ellas son indiferentes: por lo tanto no nos someteremos a vuestra debilidad, y no ofenderemos a un hermano por quien Cristo murió.' Pablo no habría comido carne mientras el mundo perdurara, si ello hubiese herido la conciencia de un hermano débil, aunque el hermano débil hubiera estado equivocado. ¿Y por qué se insistía en estas cosas? Porque ellas daban distinción y un lugar en el mundo.

 

         Si el orgullo de la autoridad y la soberbia de la separación fueren disueltos (y ninguna de las dos cosas son del Espíritu de Cristo), y la Palabra del Señor fuese tomada coma la única guía práctica, y si los creyentes actuasen conforme a ella, nos ahorraríamos mucho juicio, aunque quizás no hallaríamos totalmente la gloria del Señor, y muchos pobres creyentes, sobre quienes los ojos del Señor están puestos para bendición, hallarían consuelo y reposo. Con todo, a los tales digo, No teman, ustedes saben en quien han creído, y si el juicio viene, queridos hermanos, ustedes pueden levantar la cabeza, "porque vuestra redención está cerca." (Lucas 21:28).

 

         Pero para las iglesias (si, con todo, el Señor pudiera tener misericordia, pues el Señor no puede darles el visto bueno en su estado actual, como ellas deben reconocerlo), que ellas se juzguen a ellas mismas por la Palabra. Que los creyentes quiten los estorbos a la gloria del Señor que sus propias inconsistencias presentan, y por medio de las cuales ellos están unidos al mundo, y su juicio está pervertido. Que hablen el uno con el otro, buscando Su voluntad en la Palabra, y que vean si no es acompañada por una bendición; de todos modos, los asistirá a ellos mismos; se encontrarán con el Señor como aquellos que le han esperado, y se pueden regocijar sinceramente en Su salvación. Que ellos comiencen estudiando el capítulo 12 de la epístola a los Romanos, si es que piensan que participan de la inefable redención forjada mediante la cruz.

 

         Permítanme que formule a las iglesias profesantes, en todo amor, una pregunta. Ellas a menudo han profesado ante los Católicos Romanos, y verdaderamente también, su unidad en la fe doctrinal, ¿por qué, entonces, no hay una unidad real? Si ellas ven el error unas en otras, ¿no deberían humillarse las unas por las otras? ¿Por qué, en la medida de lo que se ha logrado, no siguen una misma regla, no hablan una misma cosa; y si en alguna cosa hubiera diversidad de pensamiento (en vez de contender fundamentados sobre la ignorancia), por qué no esperan en oración, que Dios les pueda revelar también esto a ellas? ¿Acaso no deberían, los que de entre ellos aman al Señor, ver si no podrían discernir una causa? Con todo, yo sé muy bien que, hasta que el espíritu del mundo sea limpiado de entre ellos, la unidad no puede existir, ni los creyentes pueden hallar seguro reposo. Yo temo que esto no sea sino mediante "espíritu de juicio y con espíritu de devastación" (Isaías 4:4). Los hijos de Dios sólo pueden seguir una cosa - la gloria del nombre del Señor, y eso conforme al modo señalado en la Palabra; si la iglesia profesante está orgullosa de sí misma, y descuida esto, ya no les queda nada más, sino del mismo modo que Él, para que Él pudiera santificar el pueblo con Su propia sangre, "padeció fuera de la puerta", salir "a Él, fuera del campamento, llevando su vituperio." (Hebreos 13: 12, 13).

 

         Sería bueno sopesar profundamente el segundo y el tercer capítulo de Sofonías. ¿Qué es lo que está sucediendo en Inglaterra en estos momentos - un momento de ansiedad y angustia de juicio entre sus hombres políticos y pensadores? Vaya, nosotros vemos las iglesias Disidentes utilizando el apoyo de verdaderos incrédulos, y a la iglesia Establecida (a saber, la Anglicana) utilizando el apoyo de incrédulos prácticos (y digo esto sin despreciarlos), para obtener una participación en, o para mantener para ellas mismas, las ventajas y los honores seculares de ese mundo del cual el Señor vino a redimirnos. ¿Se parece esto en algo a Su pueblo peculiar? ¿Qué es lo que yo tengo que ver con estas cosas? Nada. Pero como hay hermanos relacionados tanto con unas como con las otras, todo el que piense en ello tiene que testificar con toda su fuerza, para que de alguna forma u otra él pueda mantenerse libre de ello, para que no sea avergonzado en el día de la venida del Señor. Y muchos de aquellos en quienes el pueblo de Dios ha confiado, y se ha fiado, considerándolos como siendo los que tienen entendimiento, siguen adelante formando parte del séquito; y los simples, como los que siguieron a Absalón, van tras ellos, sin saber hacia dónde ellos se dirigen.

 

         Es muy posible imaginarnos de qué se trata este apoyo. Pero, qué clase de substituto para apoyarse en el Señor Jehová, el Salvador, para la prosperidad espiritual de Su pueblo, como sus siervos en oración y ministerio a causa de Su nombre: mientras que, como podríamos suponer bien, los que los apoyan los utilizan solamente como instrumentos de sus propios propósitos partidarios. Pera tales alianzas no pueden prosperar. Pero, ¿qué es lo que debe hacer el pueblo del Señor? Que esperen en el Señor, y que esperen conforme a la enseñanza de Su Espíritu, y en conformidad a la imagen, mediante la vida del Espíritu, de Su Hijo. Que ellos sigan andando su camino por las huellas del rebaño, si ellos han de conocer dónde el buen Pastor apacienta a Su rebaño por la tarde. Que ellos sean seguidores de los que por medio de la fe y la paciencia heredan las promesas, recordando la palabra: "Ata el rollo del testimonio, y sella la ley entre mis discípulos. Y yo aguardaré a Jehová, que ha escondido su rostro de la casa de Jacob; sí, le esperaré a él." (Isaías 8: 16, 17 - VM). Y si entre ellos el camino parece oscuro, que ellos se acuerden de la palabra de Isaías: "¿Quién hay de entre vosotros que teme a Jehová, que escucha la voz de su siervo; que sin embargo anda en tinieblas y no tiene luz? ¡Confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios!" (Isaías 50:10 - VM).

 

         Si se me preguntase nuevamente acerca de qué es lo que yo tengo que ver con ellos, solamente puedo responder que sinceramente me importan mucho: me importan los Disidentes por su integridad de conciencia, y por su gran comprensión que a menudo tienen de la mente de Cristo; y me importa la iglesia, aunque no fuera más que por el recuerdo de esos hombres, quienes, no obstante la manera en que ellos se puedan haber enredado exteriormente con lo que no correspondía con su propio espíritu y puedan haber fracasado al no haberse librado de ello, parecen haber bebido interiormente más profundamente del Espíritu de Aquel que los llamó, que cualquiera desde los días de los apóstoles; hombres en cuya comunión me deleito agradecidamente, a quienes me deleito honrar. Pero, ¿no hay nadie que traiga a su mente el espíritu al cual ellos pertenecían? Nosotros tenemos muchas ventajas que ellos no tuvieron. ¡Oh, que Dios pueda poner la presencia* de Su Espíritu en muchos para llevar a cabo la obra mientras se dice hoy: que Él pueda quitar el espíritu de letargo de los que duermen, y conducirlos en Su propia senda - la angosta pero bienaventurada senda que conduce a la vida - la senda en la que el Señor de gloria anduvo  - a aquellos que Él ha despertado, para que ellos puedan caminar en la luz del Señor.

 

{* Nota del Editor en Inglés: sería más correcto utilizar aquí la palabra poder. Quizás es un error tipográfico en el original.}

 

         Pero si alguien va a decir: «si tú ves estas cosas, ¿qué estás haciendo al respecto?» Yo sólo puedo reconocer profundamente los extraños e infinitos defectos, y me duelo y me lamento acerca de ellos; reconozco la debilidad de mi fe, pero busco fervientemente dirección. Y déjenme añadir que, cuando tantos de los que deberían guiar van por su propio camino, esto da como resultado que aquellos que con agrado los habrían seguido se hacen más lentos y débiles por temor a errar de alguna manera en andar por la senda recta, e impide el servicio de ellos aunque sus almas puedan ser salvas. Pero yo repetiría solemnemente lo que dije antes - es imposible encontrar la unidad de la iglesia hasta que el objetivo común de los que son miembros de ella sea la gloria del Señor, quien es el Autor y consumador de su fe: una gloria que será manifestada en su brillantez en Su venida, cuando la forma de este mundo actual desaparecerá (1 Corintios 7:31 - NVI), y, por consiguiente, una gloria que obra en conformidad y comienza en espíritu cuando somos plantados juntamente con Él en la semejanza de Su muerte. Porque la unidad puede, en la naturaleza de las cosas, estar solamente allí; a menos que el Espíritu de Dios quien reúne a Su pueblo, los reúna para propósitos que no son de Dios, y los consejos de Dios en Cristo sean reducidos a nada. El propio Señor dice, "para que todos ellos sean uno; así como tú, oh Padre, eres en mí, y yo en ti, para que ellos también sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Y la gloria que me has dado a mí, yo se la he dado a ellos: para que ellos sean uno, así como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que ellos sean hechos perfectos en la unidad; para que conozca el mundo que tú me enviaste, y que los has amado a ellos, así como me has amado a mí." (Juan 17: 21, 22, 23 - VM).

 

         Qué bueno sería que la iglesia sopesara esta palabra, y viera si su estado actual no imposibilita necesariamente que cada uno de sus miembros resplandezca en la gloria del Señor, o si no imposibilita el llevar a cabo ese propósito para el que cada uno fue llamado. Y yo les pregunto, ¿todos procuran o desean esto? ¿o se satisfacen ellos sólo con sentarse y decir que Su promesa ha llegado completamente a su fin por siempre jamás? Ciertamente si nosotros no podemos decir, "Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del SEÑOR ha amanecido sobre ti" (Isaías 60:1 - LBLA), deberíamos decir, "Despierta, despierta, vístete de poder, oh brazo del SEÑOR; despierta como en los días de antaño, en las generaciones pasadas. ¿No eres tú el que despedazó a Rahab, el que traspasó al dragón?" (Isaías 51:9 - LBLA). Ciertamente "jamás oyeron los hombres, ni con los oídos percibieron, ni ojo de nadie ha visto, fuera de ti, oh Dios, las cosas que hará el Señor por aquel que le espera." (Isaías 64-4 - VM). ¿Dará Él Su gloria a un grupo u otro? O, ¿dónde hallará Él un lugar para que SU gloria repose entre nosotros? ¿O es que hallaste el vigor de tu mano, y así no te debilitaste? (Isaías 57:10 - BJ). Con todo, Él ciertamente reunirá a Su pueblo y los que no lo sean serán avergonzados.

 

         He ido más allá de lo que era originalmente mi intención en este artículo; si en algo he ido más allá de la medida del Espíritu de Jesucristo, aceptaré con agradecimiento la reprobación, y oro a Dios que ello sea olvidado.

 

J. N. Darby (1800 - 1882)

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Enero 2008.-

Título original en inglés: 
CONSIDERATIONS ON THE NATURE AND UNITY OF THE CHURCH OF CHRIST by J.N.Darby
Traducido con permiso

Versión Inglesa
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