EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

UNIDAD DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA INSPIRADA (W.Kelly)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BJ = Biblia de Jerusalén

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

UNIDAD DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA INSPIRADA

 

 

Contenido:

 

1.- UNIDAD SEGÚN EL APÓSTOL JUAN

2.- UNIDAD EN LAS EPÍSTOLAS PAULINAS

3.- UNIDAD DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA INSPIRADA

 

 

         1.- UNIDAD SEGÚN EL APÓSTOL JUAN

 

         La gran verdad y privilegio de la unidad aparece de forma destacada en el Evangelio de Juan y en las Epístolas de Pablo; pero es considerada de un modo diferente por estos dos siervos eminentes del Señor, estando subordinada en los escritos de cada uno de ellos al propósito que el inspirador Espíritu de Dios tuvo en la obra que se les dio a hacer respectivamente. En los escritos de ambos, la unidad supone y está basada en la muerte del Señor, como en el evangelio de la gracia y en la iglesia de Dios. Sin el cumplimiento de la redención, así como sin la encarnación, ninguna de estas cosas podía ser. Cada creyente inteligente conoce qué lugar le fue dado asignar al apóstol de los Gentiles a la obra de la cruz, por la cual Dios fue glorificado, la puerta fue abierta a los Gentiles con no menos libertad que a los Judíos, y donde el misterio de Cristo y la iglesia se manifestó. Pero no es menos claro en el Evangelio de Juan, el cual este el presente artículo considera solamente, aunque su principal ámbito de aplicación es, indudablemente, presentar la gloria personal de Cristo, y la misión del Espíritu Santo para estar aquí en los Suyos después de Su partida al cielo.

 

         De ahí que en Juan 10 el Señor explica el hecho de que Él da Su vida, como el Buen Pastor, por las ovejas, en contraste tanto con el ladrón como con el asalariado (versículos 10 al 13). Él repite que Él pone Su vida por las ovejas en el versículo 15, antes de que Él hable de Sus otras ovejas, "que no son de este redil" (el Judaísmo), sino que son creyentes de entre los Gentiles, a quienes Él debe traer también, al oír su voz; "y habrá un solo rebaño, y un solo pastor." (Juan 10:16 - VM). Aquí está en este Evangelio el primer anuncio explícito de unidad para el rebaño respondiendo al solo Pastor. Ello se debe a Su gloria y a Su amor, a Su persona y a Su obra. Ellas son Sus ovejas, ellas oyen Su voz. A Él le abre el portero, y sólo Él es el Pastor, quien llama a Sus ovejas por nombre y las saca fuera. Pues Él desconoce ahora el recinto cerrado condenado, que una vez tuvo aprobación divina; y cuando haya sacado todas las Suyas propias, Él va delante de ellas, y las ovejas le siguen. De este modo, Él es el camino, la protección y la garantía de ellas. Ellas no seguirán al extraño. No se trata de que ellas conozcan cada trampa, sino que ellas conocen Su voz (ya sea en Él mismo o en cualquiera en quien Él hable), no la voz de los extraños. ¡Cuán y sencillo y seguro para aquel que oye!

 

         Tan claro e importante como esto fue, pues se trata de la introducción del Cristianismo, fue como un oscuro adagio cuando se habló de ello por primera vez. "Ellos no entendieron qué era lo que les decía." (Juan 10:6 - VM). Así fue cuando, incluso antes de Su ministerio Galileo, Él habló de levantar el templo de Su cuerpo (Juan 2: 19-22). La resurrección aclaró mucho esto, y la venida del Espíritu aclaró lo que quedaba. Pero Él añade una figura nueva y más profunda con suma solemnidad; Él era "la puerta", no del redil, no de Israel, sino "de las ovejas" (Juan 10:7). A todos quienes las reclamaron como suyas antes, Él declara que son ladrones y salteadores. ¿No son todos, desde entonces, aún más irreverente e impíamente culpables? ¡Cuán terrible es para ambos! Pues el Padre ha dado toda la ejecución de juicio al Hijo, Cuyos derechos ellos usurpan, Cuyo título ellos, de hecho, niegan, así como aquellos que Le honran, honran también al Padre. Las ovejas le oyen a Él, no a los simuladores; y Él es la puerta, de modo que si alguno entra por Él (pues se trata de gracia soberana), será salvo, y entrará y saldrá, y hallará pastos (Juan 10:9). Por medio de Él (no por medio de la ley) son la salvación, la libertad, y el alimento. En contraste con el ladrón que viene a robar, matar, y destruir, Cristo vino para que las ovejas tengan vida, sí, abundantemente en Él resucitado. ¿Qué puede entorpecerle a Él y a Su gracia para los Suyos?

 

         Así Él se presenta como el Buen Pastor, y presenta el hecho de que Él ponga Su vida por las ovejas como ejercicio y demostración de que Él es lo que dice, en contraste con el asalariado, de quien no son propias las ovejas, el cual viendo venir al lobo, deja las ovejas, y huye; de modo que el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Lejos del 'yo', Él se preocupa hasta lo sumo por las ovejas, y repite Su título de gracia (versículo 14), declarando su mutuo conocimiento según el conocimiento que el Padre tenía de Él, y Él del Padre, diciendo, nuevamente, que Él pone Su vida por las ovejas. Esto introduce a las ovejas Gentiles, las cuales, de forma consistente con los modos de obrar divinos, no podían ser traídas, y forman con las ovejas Judías "un rebaño", hasta que murió, resucitó, y ascendió al cielo. Aquí el Señor, sin embargo, aunque revela y reitera Su consagración para morir por Sus ovejas, habla con la autoridad de Su persona conforme a los consejos divinos. Tampoco hay un pasaje en la Escritura que afirme más claramente que el "solo rebaño" depende de Él, o que excluya en tono más perentorio la pretensión de los hombres de apropiarse de este lugar que es de Él, de Aquel único competente y digno, el centro de todo.

 

         Ni por un momento se pasa por alto el hecho de que, al restaurar a Pedro de su penosa caída, Él hizo que la plenitud de esa restauración fuera evidente delante de testigos escogidos, encargándole que apacentara a Sus corderos, que pastoreara o cuidara y apacentara las ovejas. De nuevo, tampoco uno olvida que el Cristo ascendido dio dones a los hombres, no apóstoles y profetas como fundamento (Efesios 2, Efesios 4), sino evangelistas, y pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, etc., hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios (Efesios 4: 12, 13 - VM). Pero Él no ha abnegado, de ninguna manera, a Sus relaciones, porque Él da y sostiene a subordinados, cada uno en su lugar para servir y hacer Su voluntad tal como está expuesta en Su palabra. Ni existe noción menos digna que aquella que relega el "solo rebaño" y el "solo Pastor" solamente al futuro y al cielo. Es aquí que necesitamos reconocer a ambos, tal como Él los reconoce. Es ahora cuando el enemigo sutil y persistentemente y por todas partes tienta a los santos para que renuncien a la verdad de la relación como un hecho actual, y a la responsabilidad en la cual nos involucra para andar fielmente en conformidad a ella. Ello se revela para que actúe sobre nuestra fe y práctica mientras estamos en la tierra. En el cielo, dentro de poco, no habrá ninguna pregunta, pues habrá venido lo que es perfecto.

 

         En Juan 11: 51, 52 está la próxima referencia. Aquí se encuentra el comentario del Espíritu Santo acerca de las palabras que Caifás dirigió al consejo Judío, no en forma de parábola como lo hace nuestro Señor en Juan 10, sino en términos desprovistos de figura. "Esto no lo dijo por sí mismo (gr., φ αυτο), sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos."

 

         Aquí encontramos, sin ambigüedades, más de una verdad trascendental negada en la Cristiandad. Dios le dio un giro de gracia incomparable al sentimiento cínico del malvado sumo sacerdote. El hecho de que este sentimiento fuera adoptado en incredulidad apóstata por los Judíos en el sentido político de Caifás fue la ruina de su lugar y su nación por medio de los Romanos. En el futuro la misericordia prevalecerá conforme al juramento hecho a Abraham, glorificándose ella sobre el juicio. Jesús murió por la nación, no para congregarla en la iglesia, como algunos se imaginan vanamente, ni, ciertamente, para convertirla en un objeto de irreversible infortunio, como la Babilonia de las siete colinas, sino para salvar y bendecir a Israel como tal, al final y para siempre, más allá de todo lo que alguna vez fue gustado al principio bajo David y Salomón. Pues Aquel que murió por ellos vendrá y reinará sobre ellos, y será infinitamente mayor que cualquiera de los dos (para citar algunas pruebas decisivas tenemos: Isaías 4: 2-6; Isaías 9: 7, 8; Isaías 11).

 

         Pero Él iba debería morir, dijo el Espíritu, para otro propósito completamente distinto, y que está por recibir su cumplimiento en el muy cercano futuro mientras Él está sentado a la diestra de Dios en lo alto. La virtud de Su muerte iba a ser mostrada entonces en la obra nueva y maravillosa de congregar en uno a los dispersos hijos de Dios. Hasta que Jesús murió y fue al cielo y envió el Espíritu Santo, nada similar se había conocido o podía existir. En el Judaísmo, como establecido provisionalmente por Dios (y Él no tuvo tratos religiosos de una naturaleza pública en otra parte) no se pensaba en tal reunión. Se trataba de una nación elegida responsable a ser gobernada por Su ley; y ellos estaban confinados a estar separados de todas las otras naciones. Él moró allí, Él quien los sacó de Egipto para este fin, Jehová su Señor.

 

         Ahora que los Judíos rechazaron a Aquel quien no sólo era Mesías sino Dios, Su muerte (el atroz pecado de ellos) se convirtió, en los modos de obrar de Dios, en la base de una completamente diferente e incomparablemente "cosa mejor" (Hebreos 11:40), el congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Se trata de la iglesia, indudablemente, pero no contemplada como "un cuerpo", lo cual fue revelado en otra parte de la Escritura. Se trata de una unión familiar, en la relación más cercana con la vida eterna, y es la verdad prominente a través de todo el Evangelio y las Epístolas de Juan, la base de comunión con el Padre y con el Hijo, tal como la hallamos explícitamente allí.

 

         La separación entre los creyentes Gentiles y los Judíos era, en esto, intolerable. Aun así, antes de la cruz esta barrera subsistía, y ello es notorio, como el orden concreto de Dios; y Jesús, mientras aún vivía en la carne, dio un encargo a los doce diciendo, "No vayáis por el camino de los gentiles, y no entréis en ninguna ciudad de los samaritanos." (Mateo 10:5 - LBLA). Resucitado de entre los muertos, Él les dice expresamente, "Id, pues, y haced discípulos entre todas las naciones." (Mateo 28:19 - LBLA). Pues los hijos de Dios iban a ser congregados en uno en virtud de Su muerte, siendo ellos "un solo rebaño" así como Él "un solo pastor." (Juan 10: 16 - VM). Las distinciones carnales, y las ordenanzas externas, se desvanecían ante la eficacia infinita de esa muerte que borró los pecados de todos los creyentes en el evangelio, y mediante la gracia que los unía. Aquí no se hace referencia a Juan 15, debido a que en la enseñanza de la Vid y sus pámpanos no presenta nuestra unidad con Él mismo, sino nuestra necesidad de depender continuamente de Él para llevar fruto. El punto es la necesidad de comunión con Él de forma práctica, no el privilegio de la unión.

 

         Pero es en Juan 17 donde tiene su expresión más plena esta gran verdad de la unión familiar. Y no es de extrañar; pues se trata del Hijo derramando los deseos de Su corazón acerca de los Suyos al Padre antes de Su partida. Hay tres ocasiones en el discurso del nuestro Señor en los cuales se pide la unidad para Sus santos, y cada una de estas ocasiones tiene su propio carácter distintivo.

 

         En primer lugar, en el versículo 11 de Juan 17 Él dice, "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros." Es para aquellos que entonces le rodeaban (tal como se puede ver en el versículo 12, etc.), que estaban a punto de predicar, enseñar, y actuar con autoridad apostólica cuando Él mismo se hubiera ido a lo alto, la nueva obra de Dios tenía que ver la luz como el testimonio de Cristo aquí abajo. Él no se contenta con solicitar que así como Él estaba tomando una nueva posición como el Hombre glorificado en la gloria celestial, en virtud de Su persona y de Su obra (Juan 17: 1-5), ellos pudieran compartirla en la medida de lo posible, tanto delante del Padre (Juan 17: 6-13), como delante del mundo (Juan 17: 14-21); Él pide que en esto, ellos puedan ser "uno", añadiendo además "así como nosotros." Esto va maravillosamente lejos en Su petición al Padre. Y fue maravillosamente respondido en esa unidad de mente y propósito, de palabra y hecho, de corazón y servicio que caracterizó a ese grupo santo. ¿Dónde y cuándo hubo algo que se le comparase en cualquier época antes y desde entonces? Ello es aún más llamativo en los doce; pues nosotros oímos de sus marcadas diferencias, y de sus mutuos celos, (¡cuán lamentable! tal como otros santos y otros siervos del Señor en todas las edades), que la presencia del Señor sólo controló, pero de ningún modo excluyó, tal como los Evangelios nos dicen fielmente. Vean a los mismos hombres cuando el Espíritu Santo fue dado: ¡de qué manera sus palabras y sus modos de actuar por medio de Su poder sólo evidenciaron las actividades y los afectos de la vida que ellos tenían en Cristo! "Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once" (Hechos 2:14), ellos eran ahora verdaderamente uno. Si la multitud de aquellos que creyeron pudo ser, y se dice que eran "de un solo corazón y una sola alma" (Hechos 4:32 - BJ), y las posesiones terrenales sólo brindaban ocasión para el amor, era aún más enfáticamente verdadero de aquellos a quienes Dios estableció en primer lugar en la iglesia.

 

         En segundo lugar, en Juan 17: 20 y 21, el Señor pide no sólo por estos, sino también por los que creen en Él (Cristo) por medio de la palabra de ellos. Esto amplia la esfera, y abarca la masa de los santos que siguieron, quienes recibieron el evangelio en el amor de la verdad. Aquí, por lo tanto, anticipando el testimonio mundial y sus ricos resultados, Él dice "para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste." No es, de ninguna manera, tan sencillo y absoluto como en el primer caso, donde el divino poder obraba para asegurar un fin de tanta importancia. El vasto rango de la misión de ellos fue un testimonio asombroso de la gracia que operaba frente a cada obstáculo, pero el resultado del poder fue atenuado antes de que transcurriera mucho tiempo y nunca fue tan completo. Se trata de la unidad de la gracia, de Cristianos en el Padre y el Hijo ("uno en nosotros"), elevándose sobre obstáculos internos y externos, por medio del poder de lo que era revelado y de Él, que era Quien hacía que la bendición fuera de ellos: para el mundo, que los había conocido tan diferentes en cada manera de obrar y que ahora los contemplaba siendo todos ellos "uno", fue un testimonio mucho más poderoso que los milagros, por muy llamativos y numerosos que ellos fueran. Y así continúa, "para que el mundo crea que tú me enviaste." Pues esto fue lo que se divulgó en cada lugar - que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo, siendo ellos ejemplos vivientes de esto en su medida, a pesar de todos los prejuicios.

 

         En tercer lugar leemos, "Y yo, la gloria que me diste les he dado; para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa; que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también á mí me has amado." (Juan 17: 22, 23 - RVR1909). Aquí, aunque el Señor dio entonces el derecho, Él considera la gloria, y la gloria mostrada en este mundo. Se trata de unidad en aquel día, y es un carácter sin aleación, respondiendo completamente al de la nueva Jerusalén en Apocalipsis 21, donde el mundo contempla la gloria de la ciudad celestial, la Esposa del Cordero; no se trata de la mutualidad de la gracia como ahora, sino del orden de la gloria, Cristo en los santos glorificados, y el Padre en Cristo. De ahí que sólo entonces ellos serán "consumadamente una cosa" (Juan 17: 23 - RVR1909), o, "perfectos en unidad" (como reza la versión RVR1960); y sólo entonces el mundo 'conocerá' que el Padre envió al Hijo. Pues, ¿de qué otra manera los que una vez fueron pecadores podían estar en la gloria celestial sino por Su Hijo enviado para salvación de ellos? ¿De qué otra forma, que el Padre los amó como Él amó al Hijo, pero por la manifestación de ellos con Él en gloria? Ahora se trata de que el mundo 'crea': en aquel día el mundo 'conocerá', porque verá la gloria en la cual Cristo y la iglesia van a resplandecer juntos.

 

         2.- UNIDAD EN LAS EPÍSTOLAS PAULINAS

 

         No obstante, es en las Epístolas del apóstol a los Gentiles donde hallamos más plena luz, donde la unidad surge (más allá de la unión de los hijos de Dios, no obstante lo segura, dulce, y bienaventurada que es, como se ve en el testimonio de Juan), en las verdades de la habitación de Dios, y el cuerpo de Cristo. Ser edificados juntos es ciertamente algo que acerca; pero que se nos constituya en un cuerpo orgánico, el un cuerpo de Cristo, es aún más, es la unidad más compacta posible. Examinemos esta cosa nueva para Su alabanza.

 

         En la Epístola a los Romanos la unidad es aplicada de manera práctica, después que el evangelio de Dios ha sido elaboradamente presentado en Romanos 1 al 8, y la gracia soberana de Dios presentada de igual manera en Romanos 8 al 11 conciliada con Sus promesas especiales a Israel. Los santos son exhortados a presentar sus cuerpos como sacrificio vivo, a no conformarse a este siglo (edad), ni que tengan alto concepto de sí sino que tengan sobriedad (Romanos 12: 1-3). "Pues así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función" (de esta manera se enseña la comunión, cada uno llenando su lugar en el un solo cuerpo, pero no excediendo su medida), "así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros." (Romanos 12: 4, 5 - LBLA).

 

         Así, en esta Epístola así como en todo el Nuevo Testamento y en la naturaleza de las cosas, Dios no deja de hacer evidente que le corresponde al individuo arrepentirse y creer. Nosotros somos reconciliados con Dios y justificados individualmente. Antes de que el cuerpo de Cristo fuera formado o revelado, el creyente tenía, por medio de Su sangre, la remisión de pecados, y era un hijo de Dios por la fe en Cristo Jesús. La obra de redención estaba ahora cumplida; Cristo había tomado Su asiento a la diestra de Dios; y el Espíritu Santo había descendido a bautizar a todos los que recibían el evangelio en un solo cuerpo, y a morar en ellos como Casa de Dios. La iglesia de Dios fue formada en ese preciso momento y lugar. "Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos." (Hechos 2:47 - LBLA) (N. del T.: la expresión "a la iglesia" (como en RVR1960) no aparece en los manuscritos más antiguos); y este cuerpo unido fue llamado a su debido tiempo, "la iglesia" (Hechos 5:11).

 

         Los santos que creían por medio de la gracia ya no eran dejados, como antiguamente, entre sus hermanos según la carne ("Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre." Malaquías 3:16), sin importar la lentitud con que ellos abandonaban costumbres y prejuicios. Ellos tenían ahora "a los suyos" (Hechos 4:23) (N. del T.: gr. pros tous idious, su propia gente - Comentario al Texto Griego del Nuevo Testamento de A. T. Robertson, Traducido por Santiago Escuain, Editorial Clie), fuera de Israel y, por supuesto, fuera de los Gentiles. Sus corazones, sus oraciones, sus alabanzas, subían a Dios y a Su Ungido, cuyos esclavos ellos eran, comprados por precio y, por lo tanto, para glorificar a Dios en sus cuerpos. Fueron sacados de Israel e introducidos en el cuerpo de Cristo mediante el poder unificador del Espíritu Santo antes de que ellos pudieran explicar su naturaleza y carácter. Pero ellos conocían bien Su descenso y el hecho de que Le habían recibido. A Pablo le correspondió, a su debido tiempo, interpretar el resultado e incluso revelarlo como vinculado con Cristo, "constituído cabeza sobre todas las cosas, con respecto a su Iglesia, la cual es su cuerpo, el complemento de aquel que lo llena todo en todo." (Efesios 1: 22, 23 - VM). La presencia del Espíritu enviado desde el cielo era el vínculo que hacía de ellos un solo cuerpo, no la fe de ellos ni siquiera la vida que ellos tuvieron precedentemente como individuos. Ellos ya no eran hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:53), sino que estaban reunidos juntos en uno; ya no eran invisibles como unidades en medio de un pueblo exteriormente escogido, sino que eran un cuerpo colectivo en la tierra, uno con su Cabeza en el cielo, y tan distinto de los Judíos como de los Gentiles (1 Corintios 10:32).

 

         En 1 Corintios 12 el apóstol, antes de escribir a los santos Romanos, había discutido el principio constitutivo en el aspecto de la presencia y acción del Espíritu Santo en la iglesia, en el curso de lo cual la verdad es establecida tanto por sobre los sistemas Reformados o los que disentían de ellos, como por sobre los antiguas y así llamadas demandas de Grecia, Roma, o cualesquiera otros. De Él era el poder (del Espíritu Santo) que obraba en todos los dones, variados como ellos eran, algunos de los cuales los Corintios estaban destacando para ostentación, todos ellos dados para exaltar al Señor Jesús. El hecho de que el amor, un camino aún más excelente, debe animar y dirigir a cada uno para un correcto ejercicio de cualquier don se muestra claramente en 1 Corintios 13, y que ese poder ha de estar sometido a la autoridad del Señor en la regulación de todo es el objetivo de 1 Corintios 14.

 

         En estas distintas manifestaciones, entonces, el mismo Espíritu distribuye, el mismo Señor es servido, el mismo Dios efectúa, por medio de cada uno para el beneficio común. Pues así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y los miembros, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también, él dice con denuedo, "es el Cristo" (gr.: ουτως και ο χριστος en 1 Corintios 12:12), el cuerpo y la Cabeza. Entonces, ¡cuán verdadero es que hay "un solo cuerpo en Cristo"! (Romanos 12:5 - RVA). De esta unidad el Espíritu Santo, ahora dado y presente, es el poder. "Porque también [además de obrar en cada uno] todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, tanto Judíos como Griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu." (1 Corintios 12:13 - Traducción de la Versión Inglesa de la Biblia de J. N. Darby). No se trata del nuevo nacimiento, aun menos del bautismo en agua, sino del efecto del Espíritu dado cuando Jesús fue glorificado.

 

         Pero en el cuerpo hay muchos miembros, no meramente uno. Los inferiores son tan esenciales como los superiores (1 Corintios 12: 15, 16). Todos son apropiados al cuerpo, y Dios colocó a cada uno de los miembros en el cuerpo según le agradó. ¡Cuán bienaventurado y conclusivo para la fe! "Si pues todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Mas es el caso que son muchos los miembros, pero uno solo el cuerpo" (1 Corintios 12: 19, 20 - VM); y el miembro más importante no puede prescindir de los miembros más humildes: todos se necesitan unos a otros (1 Corintios 12:21). El orgullo está tan fuera de lugar como el desagrado. No, aquellos que parecen más débiles son "necesarios", más que los más elevados (1 Corintios 12:22);" y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro." (1 Corintios 12:23). "Así formó Dios el cuerpo, . . . , a fin de que en el cuerpo no haya división." (1 Corintios 12: 24, 25 - LBLA). De ahí que si un miembro sufre, todos sufren juntos; si un miembro es honrado, todos se regocijan (1 Corintios 12:26). Tal es la verdadera organización de la iglesia por medio del Espíritu, sin cuya Persona ella no podría existir.

 

         Soy muy importantes, también, los versículos 27 y 28 de 1 Corintios 12. El primero demuestra que la asamblea local (aquí principalmente en Corinto) es el cuerpo de Cristo, y miembros individualmente. Ella representa en la localidad a ese cuerpo, ciertamente no como independiente de todo el cuerpo en la tierra, sino como siendo ellos uno con este cuerpo. Comparen con 1 Corintios 1:2. Todos los santos aquí abajo eran la asamblea de Dios, y cada miembro era miembro no de una asamblea, sino de la asamblea, el cuerpo de Cristo. Así, el segundo versículo demuestra que si Dios puso a algunos en la asamblea, ello no significa, por supuesto, que Él lo hizo localmente, sino que Él los puso en ella como un todo en la tierra. Ciertamente los apóstoles, etc., no fueron puestos en la iglesia Corintia o en cualquier otra localidad en particular. Dios pone los dones en la asamblea como un todo. Ellos son, al igual que los más humildes de los Cristianos, miembros del cuerpo, y el Espíritu Santo actúa en ese respecto por medio de cada uno según le place aquí abajo, pues, obviamente, no se trata de un asunto en el cielo. De este modo, puesto que el Espíritu permanece con nosotros para siempre (Juan 14), es incredulidad dudar del hecho de que el cuerpo de Cristo existe aún aquí, o pensar que Él puede fallar de Su parte. Que los miembros de Cristo se aseguren de que estén sometidos a la Palabra escrita que es lo único que garantiza la verdad.

 

         1 Corintios 14 proporciona lo que era tan necesario: la regulación del Señor de la asamblea. Porque el ejercicio del don dentro de ella (cualquiera sea la libertad que hay donde está el Espíritu del Señor) no se deja al arbitrio, y menos a la autoridad, del hombre. Es para Su gloria, para la gloria de Quien es el Segundo Hombre. El apóstol, por lo tanto, no sólo explica el valor relativo de los dones, que los hombres eran propensos a confundir, sino el orden que corresponde a la presencia de Dios y que promueve la edificación de santos. Lo que él escribió, ellos debían reconocerlo como el mandamiento del Señor. Ahora bien, todo esto tan merecido por Él, tan pleno de gozo y crecimiento y comunión, ¿es obsoleto? ¿No solamente se ha perdido para nuestro andar, nuestra edificación, y nuestra adoración conjuntos (1 Corintios 14: 15-17), sino que se ha perdido tan fatalmente que no debemos procurar reunirnos de este modo, o contar con la bendición de Dios en el único orden que Él prescribe para la apropiada reunión de los Suyos aquí abajo? Por supuesto que el evangelismo, o el abusar de los dones, no es el asunto aquí.

 

         En Efesios 2 la verdad aparece no menos claramente, aunque no es contemplada en el aspecto de la presencia y acción del Espíritu para glorificar al Señor, sino del amor de Cristo por la iglesia. De ahí que se omitan todas las referencias a los dones señales tales como las lenguas, las interpretaciones, los milagros, las sanaciones. Pero en ninguna parte la unidad de la iglesia es revelada más claramente, en ninguna parte con mayor elevación, o de tan profundo amor. Con todo, aquí como siempre (y se debe a Cristo y a Dios, por no decir nada del alma), la bendición individual de los santos es tratada cuidadosamente antes de que la iglesia sea por lo menos nombrada, en un contraste más fuerte con el sistema católico, el cual hace que toda bendición dependa de la iglesia para su propia gloria, siendo realmente para su propia vergüenza. Ahora los creyentes Gentiles que creen en Cristo Jesús, que estaban una vez alejados, han sido acercados por la sangre de Cristo. Pues Él es nuestra paz que de ambos pueblos (Judíos y Gentiles) hizo uno, y derribó la pared intermedia de separación . . . "para crear en sí mismo de los dos un hombre nuevo, haciendo así la paz; y para reconciliar a entrambos (unidos en un solo cuerpo) con Dios, por medio de la cruz, matando en ella la enemistad." (Efesios 2: 15, 16 - VM). De modo que al final del capítulo 2 de Efesios se dice que nosotros somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, tal como los santos Efesios también estaban siendo edificados juntamente para ser morada de Dios en el Espíritu. De esta manera se demuestra que la casa de Dios, como el cuerpo de Cristo, es la iglesia, fundamentada sobre la redención, y realizada por el Espíritu enviado desde el cielo para ese fin.

 

         Efesios 4 presenta la unidad del Espíritu con gran plenitud antes de tratar los dones: "Hay un mismo cuerpo, y un mismo Espíritu, así como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un mismo Señor, una misma fe, un mismo bautismo, un mismo Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas las cosas, y por medio de todas las cosas, y en todos vosotros [o, nosotros]." (Efesios 4: 4 al 6 - VM). La diversidad en los dones sigue a continuación, los cuales no son aquí simplemente poderes como en 1 Corintios 12, sino personas dotadas para fines especiales en el amor de Cristo a los Suyos. Su ascensión es el punto de partida manifiesto después de Su extraordinaria humillación y su fruto. "Por lo cual se dice: Subiendo a lo alto, llevó multitud de cautivos, y dió dones a los hombres. (Y esto de subir, ¿qué quiere decir, sino que descendió también a las partes inferiores de la tierra? El que descendió es el mismo que ascendió muy por encima de todos los cielos, para que lo llene todo.) Y constituyó a algunos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros evangelistas; y a otros, pastores y maestros; para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que todos lleguemos...etc." (Efesios 4: 8 al 13 - VM). Esto es inequívoco si nosotros somos sencillos derivando de Cristo en lo alto, después de Su victoria sobre Satanás para nuestra liberación, tanto el un solo cuerpo como los varios dones, y esa obra de redención que ha glorificado perfectamente a Dios incluso en cuanto al pecado y a nuestros pecados, de modo que Su amor pueda fluir hasta lo sumo. De este modo y por consiguiente, Cristo ha sido constituido cabeza sobre todas las cosas, con respecto a la Iglesia, Su cuerpo. ¡Qué lugar glorioso esto da no solamente a la iglesia sino a esos dones, el ejercicio de los cuales constituye el ministerio de la Palabra!

 

         Por encima de la controversia, los dones fundamentales son los apóstoles y profetas. Ellos colocaron tan bien la base de la verdad del Nuevo Testamento que no hubo espacio para su continuación, menos aún para el engaño de su resurgimiento. Los otros dones, evangelistas así como pastores y maestros, son dados "hasta que todos lleguemos", etc. (Efesios 4:13). ¿Deseamos nosotros una mejor seguridad que la Palabra escrita? ¿Nos tienta la incredulidad a pensar que el un solo cuerpo admite cambio sin que ello signifique pecado, o que los dones de Cristo fallan, de modo que nosotros necesitamos imitaciones humanas para sustituir su lugar? ¿Creemos nosotros que el cuerpo de Cristo permanece en la tierra desde el principio, como siendo el único cuerpo al que pertenecemos dondequiera que nosotros vivamos, conforme al cual somos llamados a andar y en ningún otro? ¿Creemos nosotros que Él ha dado evangelistas para ganar al inconverso, o pastores y maestros para cuidar y alimentar a Sus ovejas, siendo esto tan cierto ahora como lo fue en el día de Pentecostés?

 

         La Epístola a los Colosenses no enseña ninguna otra doctrina, aunque su intención es afirmar la gloria de Cristo, la Cabeza, más bien que desarrollar la naturaleza y privilegios del cuerpo. Ciertamente el aspecto especial del misterio dado a conocer a los santos Gentiles es Cristo en ellos, la esperanza de gloria, es decir, en lo alto (Colosenses 1:27), siendo esto lo contrario a lo que enseñan los profetas del Antiguo Testamento, a saber, que Cristo es la gloria de Su pueblo Israel con todas las naciones bendecidas pero subordinadas. Se hace una marcada advertencia acerca de no asirse "a la Cabeza, de la cual todo el cuerpo, nutrido y unido por las coyunturas y ligamentos, crece con un crecimiento que es de Dios." (Colosenses 2:19 - LBLA). La filosofía pagana y las ordenanzas judías eran los peligros; y aún lo son hasta el día de hoy. Cristo, no meramente como Señor, ni aun como Salvador de pecadores, sino Como Cabeza del cuerpo, es el objeto de la fe, Cristo trabajando siempre para el mejor bien de todo el cuerpo, no sólo a través de un don tal como Pablo, sino a través de dones menos dignos de consideración y menos marcados, "las coyunturas y ligamentos" (comparen con Efesios 4:16). De esta manera "todo el cuerpo" debía crecer con el crecimiento de Dios.

 

         ¡Qué contraste con el crecimiento del hombre cuando la extensión de la profesión llegó a ser multitudinaria! Veamos un ejemplo de ello: "En la angustia de la batalla de Tolbiac [año 496 d.C.], Clodoveo [o, Clovis], primer rey de los Francos [siendo todavía un pagano] invocó a gran voz al Dios de Clotilda y de los Cristianos; y la victoria le dispuso para escuchar con respetuosa gratitud al elocuente Remigio, obispo católico de Reims, quien mostró enérgicamente las ventajas temporales y espirituales de su conversión. El rey se declaró satisfecho de la verdad de la fe católica; y las razones políticas que podrían haber interrumpido su profesión pública fueron removidas por la aclamación devota y leal de los Francos, quienes se mostraron igualmente preparados para seguir a su heroico líder al campo de batalla o a la fuente bautismal. . . El 'nuevo Constantino' fue bautizado inmediatamente con tres mil de sus belicosos súbditos; y el ejemplo de ellos fue imitado por el resto de los bárbaros gentiles, quienes en obediencia al victorioso dignatario adoraron la cruz que ellos habían quemado, y quemaron los ídolos que ellos habían adorado anteriormente." (Gibbon's Decline and Fall of the Roman Empire, capítulo 28, 496 d. C).

 

         El alejamiento de los sistemas antiguos para entrar en el error y el mal aceptados es, sin duda, verdad. Los sistemas Protestantes Reformados comenzaron sin ninguna inteligencia acerca de la iglesia de Dios; los Disidentes se separaron con menos sentido de ella, si es que  esto era posible. Si nosotros sentimos algo por el honor herido del Señor, y si amamos a la iglesia, ¿no estamos obligados a limpiarnos de los vasos de deshonra, tal como se hace en una casa grande? ¿Qué podemos hacer sino humillarnos delante de Dios por esa ruina en la Cristiandad que todos hemos compartido, y recurrir a todo lo que está abierto a nosotros para obedecer en este día malo? Nosotros somos santificados por el Espíritu para la obediencia: la Palabra Divina es la norma, y Él es aún el poder permanente. Nosotros estamos aquí y para seguir siempre al Señor, no a los hombres. ¿Hemos de menospreciar la organización del cuerpo de Cristo y Sus dones, atendiendo a antiguos ardides, o bien a nuevas invenciones que están a nuestro alrededor? Yo confío en que no.

 

         3.- UNIDAD DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA INSPIRADA

 

         Los hechos presentados en el libro de los Hechos de los Apóstoles están en pleno acuerdo con lo que se ha demostrado a partir del Evangelio de Juan y de las epístolas Paulinas. Los discípulos habían nacido de Dios y tenían fe genuina. Desde la profunda angustia ellos tuvieron gozo en su Señor resucitado. Pero, hasta ese momento, ellos todavía estaban esperando "la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.2 (Hechos 1: 4, 5). Ellos no tenían aún Su presencia personal como para hacer de todos ellos 'uno'. Ellos eran unidades vivientes, pero no poseían ni podían poseer la unidad prometida. Siendo santos de Dios individualmente, ellos pronto iban a ser bautizados por virtud de un mismo Espíritu en un en un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo: "Porque por un mismo Espíritu todos nosotros fuimos bautizados, para ser constituídos en un solo cuerpo." (1 Corintios 12:13 - VM). Mientras tanto, todos ellos se entregaron, María, etc., con ellos, a perseverar en oración.

 

         Cuando en el día de Pentecostés se cumplió la promesa (Hechos 2), vino la asombrosa respuesta. El Espíritu Santo, acompañado de señales significativas, los llenó a todos; y ellos comenzaron a hablar en otras lenguas (idiomas). Judíos piadosos procedentes de todas las naciones estaban morando entonces en Jerusalén, quienes pudieron reconocer sus propios idiomas por labios Galileos que hablaban las grandiosas obras de Dios, no ahora en la creación, sino en la redención. Tampoco se trataba allí solamente de la iglesia de Dios sino del evangelio de la gracia. Pues para aquellos compungidos de corazón mediante la verdad predicada y que estaban diciendo "¿qué haremos?", la Palabra fue, "¡Arrepentíos, y sed bautizados, cada uno de vosotros, en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo!" (Hechos 2:38 - VM). De este modo había de continuar la bendición, tal como había comenzado; el estado de santidad (separación) precede a la gracia que establecía la unidad y los dones. El arrepentimiento para vida, y el lavamiento de pecados en el bautismo, fueron seguidos no meramente por dones sino que el Espíritu Santo fue dado.

 

         Así, "se agregaron a los discípulos en aquel mismo día como tres mil almas. Y continuaban perseverando todos en la enseñanza de los apóstoles, y en la comunión unos con otros, en el partir el pan, y en las oraciones." (Hechos 2: 41, 42 - VM). No se trató de una asociación humana o voluntaria, sino de una institución divina de carácter inigualable, el 'un solo' cuerpo de Cristo. "Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos." (Hechos 2:47 - LBLA). (Comparen el versículo 47 con el versículo 44). El bautismo era la marca o el distintivo sacramental para el individuo; la cena del Señor, lo era para la comunión de los santos como un solo cuerpo (1 Corintios 10: 16, 17).

 

         Pero, por encima de la controversia, la articulación de la iglesia se basaba, no en la verdad de la justificación por fe, sino en la presencia y acción del Espíritu Santo. Cuando esto fue una cosa nueva, la gracia dio pruebas claras, características e incontrarrestables. Parece que estas pruebas no continuaron más allá de la era apostólica y del cierre del canon del Nuevo Testamento, el cual proporcionó en lo sucesivo el aval de más peso de autoridad permanente en la Palabra de Dios. Al principio, al igual que Cristo, así también los Suyos, disfrutaron de la estimación general de todo el pueblo; pues el amor desinteresado, la felicidad, y la santidad, todos pendiendo sobre el nombre del Jesús crucificado pero exaltado, afectaban la conciencia y el corazón, por no mencionar las maravillas y señales.

 

         Pero a medida que la obra creció, los gobernantes Judíos se sintieron exasperados y amenazados en vano; pues con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia estaba sobre todos ellos. (Hechos 4:33). El hecho de mentir fue juzgado severamente 'adentro' y se lo consideró como mentir al Espíritu Santo, pues Dios estaba allí como nunca antes (Hechos 5:4). Las señales fueron aún más abundantes posteriormente, así como antes el lugar en que estaban congregados tembló en respuesta a sus oraciones (Hechos 4:31). Sí, es verdad, sus abiertos adversarios religiosos podrían encarcelar o golpear a los apóstoles, pero, ¿qué se podía hacer con hombres que se gozaban de ser tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre? (Hechos 5:41). "Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y predicar a Jesús como el Cristo." (Hechos 5:42 - LBLA). La sobrecogedora apelación de Esteban a los Judíos, resistiendo ellos siempre al Espíritu Santo tal como lo hacían sus padres, hizo que su odio se derramara hasta cometer un hecho de sangre (Hechos 7); y todos los santos fueron esparcidos, salvo los apóstoles (Hechos 8:1). Pero inmediatamente después, la libre acción del Espíritu en la obra del evangelio siguió adelante fuera de los Judíos. Incluso Saulo, quien había consentido, en su furia ciega, la muerte de Esteban, fue llamado como apóstol a los Gentiles (Hechos 9), y llegó a ser también, preeminentemente, ministro de la iglesia, cuya unión con Cristo fue comunicada en las palabras de nuestro Señor en su conversión, "Yo soy Jesús, a quien tú persigues." (Hechos 9:5).

 

         Ahora bien, nadie discute que los santos se reunían al principio en casas privadas para recordar al Señor en Su cena, el centro de la adoración de ellos. Ello se llevaba a cabo expresamente κατ οκον, es decir, "en casa" (Hechos 2:36 - VM), en contraste con el templo (Hechos 2:46); y allí  enseñarían a los discípulos, si es que no predicaban más abiertamente (Hechos 2:42). Antes de que pasara mucho tiempo, incluso en Jerusalén, ellos podrían necesitar cien aposentos altos en lugar de aquel que les bastó antes de Pentecostés. La unidad no depende, en absoluto, de que todos los creyentes se reúnan dentro de una misma habitación. Esto haría que la unidad fuera algo material. Y la unidad es realmente en el poder del Espíritu Santo. De ahí que la expresión "os reunís" = π τ ατ (1 Corintios 11:20) admite que la reunión se lleva a cabo en tantos lugares como sea apropiado a la conveniencia de los santos morando, algunas veces, en todos los barrios de una extensa ciudad. Por numerosas que puedan ser las reuniones, la Escritura (es decir, el pensamiento de Dios, la mente de Dios) considera a los santos como la iglesia reunida junta para el mismo propósito. Un Espíritu, no el de ellos sino el de Dios, creaba y mantenía la unidad para la manifestación de la gloria de Dios en Cristo. De ahí que nosotros nunca oímos acerca de 'iglesias' (plural) sino únicamente de "la iglesia" (singular) en una ciudad como Jerusalén, Antioquía, Corinto, Éfeso, etc. (o sea, ciudades, pueblos o lugar); aunque leemos acerca de "las iglesias" (plural) de Judea, Galacia, Macedonia, Asia, etc.(o sea, provincias o países)

 

         Sin embargo, la noción de "iglesias" (plural) solamente en la tierra, contrastada con "la iglesia" (singular) en el cielo, no sólo es sin fundamento sino que es opuesta a la Palabra de Dios. Pues esto revela, no solamente el hecho de que existen asambleas locales arriba y abajo en la tierra, sino que lo santos allí son miembros de un cuerpo, en el cual ellos están puestos por Dios conforme a Su voluntad para Su gloria. El hecho de que algunos ya no estén vivos sino que han ido a estar con Cristo de ninguna manera está en conflicto con el hecho de los que están vivos; pues el Espíritu descendió aquí a establecer la unidad. Incluso entre los hombres, el regimiento permanece el mismo, aunque soldados individuales ya no estén más allí. Independencia es, por tanto, la negación directa de esa unidad de los santos en un cuerpo aquí abajo, manifestada una vez por todas partes, la cual cada uno y todos son responsables de manifestar, aunque ahora sea manifestada solamente por pocos. No había más que una sola comunión en la tierra conforme a la voluntad de Dios y a la enseñanza de los apóstoles. Un cristiano (cuando no lo impedía la disciplina piadosa) era miembro de la iglesia en todas partes; un pastor y maestro era el don de Cristo dondequiera que él pudiera estar. "Dios ha colocado" dones en la iglesia. La Escritura no reconoce un pensamiento tal como una membresía o un don en una iglesia. Bernabé y Simón Niger y Lucio, Manaén y Saulo (Hechos 13:1), trabajaban juntos en Antioquía; pero ellos hacían lo mismo cuando visitaban Jerusalén o cualquier otro lugar. La intercomunión era la norma invariable, y la libertad, por no decir responsabilidad, de ministerio en amor. Se trataba del derecho de Cristo, no del hombre.

 

         Indudablemente había también cargos locales, ancianos y diáconos, a su debido tiempo y lugar. En Jerusalén, los "siete" fueron buscados por la multitud de los discípulos, y fueron designados por imposición de manos apostólica (Hechos 6: 1-6). La Escritura guarda silencio acerca de qué manera los ancianos (Hechos 11:30; Hechos 15: 2-29) entraron allí en sus deberes; pero sabemos a partir de la lectura de Hechos 14:23, que los apóstoles los escogieron para los discípulos, o un delegado apostólico como Tito (Tito 1:5) los establecía allí donde el apóstol no podía actuar. En ningún caso hubo allí una elección popular de ancianos. Se trataba de una tarea demasiado delicada y difícil para los santos como una compañía, y demandaba autoridad apostólica directa o indirecta. Cuando los discípulos contribuyeron con su dinero, fue apropiado que ellos buscaran distribuidores en quienes ellos confiaran; a los apóstoles o a sus delegados les correspondió elegir sobreveedores o presbíteros, a quienes el resto no podía darles ninguna autoridad.

 

         Los apóstoles obtenían autoridad, al igual que dones, de Cristo, la fuente de ambos. Así como Cristo confirió la más elevada y amplia autoridad a los apóstoles, de igual modo ellos designaban presbíteros o ancianos y diáconos en sus lugares locales respectivamente; siendo uno de los cargos de carácter espiritual, y teniendo que ver los otros cargos con las cosas temporales, tal como es explicado plenamente por el apóstol, no a la asamblea, sino a Timoteo en el tercer capítulo de su primera Epístola dirigida a él. Uno ve en la cita de Clemente de Alejandría (? - 215) que Eusebio (260 - 240) utiliza en su "Historia Eclesiástica" III, 3, hasta dónde se había perdido la verdad así de temprano en la historia de la iglesia; pues ¡cuán absurdo es imaginar al apóstol Juan recurriendo a echar suertes! una manera adoptada antes de que el Espíritu Santo fuera dado (Hechos 1), tal como Crisóstomo (?345-407) reconoce correctamente.

 

         Pero el cargo local es, en principio, distinto de los dones que la Cabeza ascendida del cuerpo dio para perfeccionar a los santos. Nunca aparecen ancianos o diáconos en algún terreno semejante. Pues los dones emanan directamente de Cristo, y son para Su cuerpo en cualquier lugar que este pueda estar. Tampoco 1 Corintios 12 difiere en esto de Efesios 4, o Romanos 12 de Colosenses 2. Y por esta razón, ¡qué inefable misericordia a los santos! Pues el suministro de esos dones que son de trascendental importancia depende de Su gracia y fiel cuidado, Quien no puede fallar más ahora que Él está en lo alto que cuando Él descendió para consumar la redención para la gloria de Dios. En ninguna de estas Escrituras nosotros podemos restringir la iglesia o el cuerpo a una asamblea local, aunque una asamblea local estaba totalmente equivocada si no lo representaba. Se contempla a la asamblea en la tierra como un todo; y en ella, siendo manifiestamente un solo cuerpo, los dones eran establecidos. De ahí que el apóstol la trate como no menos visible que los Judíos o los Griegos (1 Corintios 10:32).

 

         Esta es la unidad que se da por supuesta en la muy importante Escritura de 1 Timoteo 3:15. "Por si tardare más largo tiempo, para que sepas cómo debes portarte en la casa de Dios (la cual es la iglesia del Dios vivo) columna y apoyo de la verdad." (1 Timoteo 3:15 - VM). La invisibilidad está fuera de toda consideración. La manifestación responsable es la esencia de lo que el apóstol tiene ante él y que urgentemente presenta con insistencia. Tampoco podía haberse sostenido cualquier otro pensamiento, sino para la ruina práctica que tan pronto sobrevino, y el subsiguiente y más profundo fracaso cuando la verdad fue sumergida bajo la tradición que no era más que preceptos de hombres. Entonces comenzó el deseo de abogar por un conjunto invisible de santos dentro de una multitud mezclada visible, como si la iglesia fuese solamente otro Israel. La verdad más bien es que la iglesia se ha alejado de manifestar su unidad original, conforme a la triste historia de todos los variados juicios del hombre bajo responsabilidad aquí abajo. ¿Quién puede ver iglesias independientes en el fallo de Hechos 15? ¿Quién puede limitar "toda la grey", o "la iglesia de Dios" en Hechos 20:28 (LBLA), a la ciudad de Éfeso? Los Católicos Romanos han abusado del hecho de la iglesia como una unidad visible en todas partes a su mera propia mayoría y el sectarismo, la heterodoxia y la idolatría más groseros. Esto no justifica a los Protestantes cuando niegan la responsabilidad y la santa unidad conforme a las instituciones de Dios, o cuando reclaman tener licencia para establecer iglesias independientes unas de otras.

 

         Entonces, ¿estamos nosotros atados impotentemente, desesperadamente, por una cadena de pecado, ya sea individualmente, o en nuestro lugar colectivo? Si, como se nos ordena, nos alejamos de aquellos que crean divisiones y escándalos (Romanos 16:17 - VM), ¿acaso no hay manera, mediante la gracia, de estar de pie aprobados cuando aparecen, no meramente divisiones, sino facciones (1 Corintios 11: 18, 19 - VM)? Dios ha respondido a esta dificultad misma en 2 Timoteo 2: 19-21, texto que contempla un estado de desorden más allá de la rectificación. "Sin embargo el fundamento de Dios se mantiene firme, teniendo este sello, El Señor conoce a los que son suyos; y, Todo aquel que nombra el Nombre del Señor apártese de la iniquidad. Pero en una casa grande no sólo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y algunos son para honra, y algunos para deshonra. Si, por consiguiente, uno se habrá purificado a sí mismo de estos, separándose de ellos, él será un vaso para honra, santificado, útil para el Maestro, preparado para toda obra buena." (Traducción de la Versión Inglesa de la Biblia de J. N. Darby).

 

         Antes de que la iglesia comenzara, el Señor había dado el gran recurso de seguridad para el día más oscuro: "donde dos o tres se hallan reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." (Mateo 18:20 - VM). En el día más resplandeciente no hay ningún privilegio más elocuente de bendición. Nosotros no podemos esperar que todos los santos reconozcan su relación como miembros, y rechacen todo cuerpo excepto el un solo cuerpo de Cristo; pero nosotros mismos podemos creer y actuar en fe. Esto no es una secta o facción, sino que es el modo de ser guardado de ello, mientras miramos al Señor, y reconocemos la ruina en amoroso dolor. Pero sin una verdadera participación en el sentido que Cristo tiene de la deshonra hecha de esta manera a Su nombre, el hecho de conocer el privilegio de la iglesia, y procurar realizarlo, sólo termina en soberbia, mal y en una peor confusión.

 

         Nosotros somos libres, por no decir que estamos obligados, para recordarle a Él en el partimiento del pan, pero solamente en la unidad de Su cuerpo, y, por lo tanto, recibiendo a todos los que son Suyos, excepto donde Su disciplina lo impida. "El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama." (Mateo 12:30 - LBLA). Indudablemente nosotros necesitamos que el Espíritu de Dios nos guíe rectamente en medio de los desbarajustes y perplejidades de la Cristiandad; pero le tenemos a Él morando en nosotros, y que viviendo en el Espíritu podamos andar en el Espíritu, no solamente como individuos sino guardando Su unidad en el vínculo de la paz. La obediencia, conforme a la Palabra de Dios, es la salvaguardia de la santidad en todos los aspectos: para esta obediencia nosotros somos santificados por el Espíritu.

 

William Kelly (1820 - 1906)

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Marzo 2008.-

Título original en inglés:
"UNITY OF THE CHURCH IN THE INSPIRED HISTORY" by William Kelly 
Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com

Versión Inglesa
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