EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

¿QUÉ ES LA IGLESIA, TAL COMO ERA AL PRINCIPIO? Y, ¿CUÁL ES SU ESTADO ACTUAL? (J.N.Darby)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y estas han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:
 
LBLA (La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso)
Versión Reina-Valera 1909 Actualizada (Publicada por Editorial Mundo Hispano).
Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

Collected Writings Vol. 14, Ecclesiastical No. 3.

 

¿QUÉ ES LA IGLESIA, TAL COMO ERA AL PRINCIPIO? Y, ¿CUÁL ES SU ESTADO ACTUAL?

 

 

Podemos considerar la Iglesia bajo dos puntos de vista. Primero, es la formación de los hijos de Dios en un cuerpo unido a Cristo Jesús ascendido al cielo, el hombre glorificado; y esto, por el poder del Espíritu Santo. En segundo lugar, es la casa o habitación de Dios por el Espíritu. El Salvador se dio a sí mismo, no solamente para salvar perfectamente a todos los que creen en Él, sino también para reunir juntos en uno, a los hijos de Dios que estaban esparcidos por todas partes. Cristo llevó perfectamente a cabo la obra de redención; habiendo ofrecido un sacrificio por los pecados, Él está sentado a la diestra de Dios. Porque por una sola ofrenda Él ha purificado para siempre y perfectamente a aquellos que son santificados: de lo cual también el Espíritu Santo nos da testimonio, "y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones" (Hebreos 10: 17). El amor de Dios nos ha dado a Jesús; la justicia de Dios está totalmente satisfecha por Su sacrificio; y Él está sentado a la diestra de Dios como un testimonio continuo al cumplimiento de la obra de redención, a nuestra aceptación en Él, y a la posesión de la gloria a la que nosotros somos llamados. Según Su promesa, Jesús ha enviado el Espíritu Santo desde el cielo, el Consolador quien mora en nosotros quienes creemos en Jesús, y quién nos ha sellado para el día de redención, es decir, de la glorificación de nuestros cuerpos. El mismo Espíritu es, además, la prenda (las arras) de nuestra herencia.

 

Pero todo esto siempre sería verdad, aun cuando no hubiese una Iglesia en la tierra. Es decir, una cosa es que haya individuos salvados, hijos de Dios, herederos de gloria en el cielo; otra completamente distinta es su unión con Cristo, el ser miembros de Su cuerpo, de Su carne y de Sus huesos; y aún otra es ser la habitación de Dios por el Espíritu. Nosotros hablaremos de estos últimos puntos.

 

Nada hay más claro en toda la santa escritura de la verdad, que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. No sólo tenemos la salvación por Cristo, sino que nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros. El verdadero Cristiano que disfruta Sus privilegios sabe que, por medio del Espíritu Santo, él está en Cristo y Cristo en él. "En aquel día", dice el Señor, "vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros" (Juan 14: 20). En aquel día, es decir, en el día cuando nosotros debimos haber recibido el Espíritu Santo enviado desde el cielo. "Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él." (1a. Corintios 6: 17).  De acuerdo con esto, nosotros estamos en Cristo y somos miembros de Su cuerpo. Esta doctrina es ampliamente revelada en Efesios 1-3. ¿Qué hay allí más claro que esta palabra, "y le ha constituido cabeza sobre todas las cosas, con respecto a la iglesia, la cual es su cuerpo"? (Efesios 1: 22, 23 - Versión Moderna). Observen que este hecho maravilloso empezó, o se encontró existiendo, tan pronto como Cristo fue glorificado en los cielos, aunque todo lo que se encuentra contenido en estos versículos todavía no se ha cumplido. Dios, dice el apóstol, nos ha resucitado con Él y nos ha sentado a todos en los lugares celestiales en Él -no aún con Él, sino "en Él". Y en el capítulo 3, "misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, . . . para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales." (Efesios 3: 5, 6 y 10).

 

Aquí está, entonces, la Iglesia formada en la tierra por el Espíritu Santo que bajó del cielo, después de la glorificación de Cristo. Está unida a Cristo, su Cabeza celestial; y todos los verdaderos creyentes son Sus miembros por medio del mismo Espíritu. Esta verdad preciosa es confirmada en otros pasajes; por ejemplo, en Romanos 12, "Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros." (Romanos 12: 4, 5).

 

No será necesario citar otros pasajes: solamente solicitaremos la atención del lector a 1a. Corintios 12. Está claro como la luz del día, que aquí el apóstol habla de la Iglesia en la tierra, no de una Iglesia futura que será hecha perfecta en el cielo, y ni siquiera de iglesias esparcidas a través del mundo, sino de la Iglesia como un todo, representada, sin embargo, por la Iglesia en Corinto. Por consiguiente se dice, al comienzo de la epístola, "a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro". La totalidad de la Iglesia es vista claramente en las palabras, "Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan," etc. Es evidente que los apóstoles no estaban en una iglesia en particular, y que los dones de sanidad no podían ser ejercidos en el cielo. Es la Iglesia universal en la tierra. Esta Iglesia es el cuerpo de Cristo, y los verdaderos creyentes son sus miembros. Es una por el bautismo del Espíritu Santo. "Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo" versículo 12.  Entonces, después de haber dicho que todos estos muchos miembros trabajan en el cuerpo, cada uno en su propia función,  él agrega (versículo 27), "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular". Tengan presente que esto sucede por el bautismo del Espíritu Santo que descendió del cielo. Por consiguiente, este cuerpo existe en la tierra e incluye a todos los Cristianos, dondequiera que ellos puedan estar; ellos han recibido el Espíritu Santo, por lo cual ellos son miembros de Cristo y miembros unos de otros. ¡Oh, cuán hermosa es la unidad! Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros se gozan juntos con él.

 

Aquí la palabra nos enseña, además, que los dones son miembros de todo el cuerpo, y que ellos pertenecen al cuerpo como un todo. Los apóstoles, los profetas, los maestros, están en la Iglesia y no en una iglesia en particular. Por consiguiente estos dones, dados por el Espíritu Santo, son ejercidos en toda la Iglesia dónde el miembro se encuentre, porque él es un miembro del cuerpo. Si Apolos enseñaba en Éfeso, también enseña cuando él está en Corinto, y en cualquier localidad en la que él pueda estar.

 

La Iglesia es, entonces, el cuerpo de Cristo, unido a Él, su Cabeza, en el cielo, y uno es un miembro por el Espíritu que mora en nosotros, y todos los Cristianos son miembros unos de otros. Esta Iglesia que pronto será hecha perfecta en el cielo, es formada en la actualidad en la tierra por el Espíritu Santo enviado desde el cielo, quien mora con nosotros y por quien todos los verdaderos creyentes son bautizados en un cuerpo. Los dones, en siguiente lugar, son ejercidos como miembros de este un cuerpo, en la Iglesia entera.

 

Como hemos dicho, hay otro carácter de la Iglesia en la tierra; es decir, es la habitación de Dios en la tierra. Es interesante ver, al examinarlo, que esto no tuvo lugar antes de la redención. Dios ni siquiera moró con Adán mientras él era inocente; ni con Abraham, aunque Él visitó con mucha condescendencia a ambos, al primer hombre en el paraíso y al padre del creyente. No obstante, Él nunca moró con ellos. Pero no fue antes de que Israel fuera redimido de Egipto, que Dios vino a morar en medio de Su pueblo. Tan pronto como el edificio del tabernáculo fue revelado y regulado, Dios dice, "Y habitaré entre los hijos de Israel; y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos." Éxodo 29: 45, 46. Así, el propósito de la liberación era la morada de Dios en medio del pueblo: la  presencia de Dios en medio del pueblo es su mayor privilegio.

 

La presencia del Espíritu Santo es lo que caracteriza a los verdaderos creyentes en Cristo. "Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo," 1a. Corintios 6: 19. "Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Romanos 8: 9). Los Cristianos tomados en forma conjunta son también el templo de Dios; y el Espíritu de Dios mora en ellos; 1a. Corintios 3: 16.

 

Para no hablar más del Cristiano individual, diré entonces, que la Iglesia es la habitación de Dios en la tierra por el Espíritu. ¡Muy precioso privilegio! ¡La presencia de Dios mismo, la fuente de gozo, fortaleza, y sabiduría para Su pueblo! Pero al mismo tiempo, hay una muy grande responsabilidad con respecto a la manera en que nosotros tratamos a un invitado tal. Citaré algunos pasajes para demostrar esta verdad. En Efesios 2,  "Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu".  Aquí vemos que, aunque esta edificación ya se ha comenzado en la tierra, la intención de Dios es tener un templo formado, compuesto de todos los que creen después que Dios hubo derribado la pared intermedia de separación que mantenía afuera a los Gentiles; y que este edificio crece hasta que todos los Cristianos sean unidos en la gloria. Pero mientras tanto, los creyentes en la tierra forman un tabernáculo de Dios, Su habitación por medio del Espíritu, el cual mora en medio de la Iglesia.

 

En 1a. Timoteo 3 el apóstol dice, "Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas como debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad" (1a. Timoteo 3: 15). Por estas palabras vemos que la Iglesia en la tierra es la casa del Dios viviente; que esta epístola le enseña a Timoteo cómo comportarse en esta casa. Vemos también que el Cristiano es responsable de mantener la verdad en el mundo. La Iglesia no enseña, pero los apóstoles enseñaron. Los maestros instruyen, pero el Cristiano mantiene la verdad siendo fiel a ella. Es el testigo de la verdad en el mundo. Aquellos que buscan la verdad, no la buscan entre los Paganos o los Judíos o los Mahometanos, sino en la Iglesia Cristiana. No es la autoridad para la verdad, sino que su autoridad es la palabra. La Iglesia es el vaso que contiene la verdad; y donde no está la verdad, no hay Iglesia. Tal es la Iglesia, el cuerpo de Cristo, quien es su Cabeza celestial.* Tal es la casa de Dios por medio del Espíritu en la tierra. Cuando la Iglesia esté completa, se unirá a Cristo en el cielo, vestida con la misma gloria de su Esposo.

 

{* Ésta es una prueba indiscutible de que el papa no puede ser la cabeza de la Iglesia, porque si Cristo es la Cabeza, un cuerpo no puede tener dos cabezas.}

 

Antes de hablar del estado de la Iglesia, tal como era al principio, es necesario ahora notar una diferencia que se encuentra en la palabra de Dios acerca de la casa. El Señor dijo, "Sobre esta roca edificaré mi iglesia" (Mateo 16: 18). Es el propio Cristo quién edifica Su Iglesia; y por consiguiente las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.* Aquí no es el hombre quien edifica, sino Cristo. Por lo cual el apóstol Pedro, hablando de la casa espiritual, no dice nada de los constructores, "Allegándoos a él, como a piedra viva. . .vosotros también, como piedras vivas, sois edificados en un templo espiritual, para que seáis un sacerdocio santo;" 1a. Pedro 2 (Versión Moderna).  Ésta es la obra de la gracia en el corazón del individuo por medio de la cual el hombre se acerca a Cristo. De acuerdo con esto, una vez más, en los Hechos se dice que "el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos" (Hechos 2: 47) . Siendo la obra de Dios, esta obra no podía fallar, eficaz para la eternidad y manifestada a su tiempo. Es más, leemos en Efesios 2, "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra principal del ángulo: en la cual todo el edificio, bien trabado consigo mismo, va creciendo para ser un templo santo en el Señor" (Versión Moderna). Este edificio que crece puede ser manifestado ante los ojos de los hombres; pero si el efecto de esta obra de la gracia eficaz no se manifiesta en su unidad exterior ante los hombres, no por eso Dios va a fracasar en hacer Su obra, reuniendo a Sus hijos para la vida eterna. Las almas vienen a Cristo y son edificadas sobre Él.

 

{* Obsérvese que no hay llaves para la Iglesia. Uno no edifica con llaves. Las llaves son para el reino.}

 

Los apóstoles Juan y Pablo, y más particularmente el último, hablan de una unidad manifestada ante los hombres, para testimonio a los hombres del poder del Espíritu Santo. En Juan 17 leemos, "Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste." (Juan 17: 20, 21). Aquí, la unidad de los hijos de Dios es un testimonio puesto ante el mundo, de que Dios ha enviado a Jesús para que el mundo pueda creer. Por consiguiente, ahora esta verdad es el deber evidente de los hijos de Dios. Todos saben de qué manera el estado opuesto a esta verdad es un arma en las manos de los enemigos de esta verdad.

 

El carácter de la casa y la doctrina de la responsabilidad de los hombres son enseñadas aún más claramente en la palabra de Dios. Pablo dice, "vosotros sois. . ., edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima, pero cada uno mire cómo sobreedifica." (1a. Corintios 3: 9, 10). Aquí los que edifican son los hombres. La casa de Dios es manifestada en la tierra. La Iglesia es el edificio de Dios; pero nosotros no sólo encontramos allí la obra de Dios (es decir, aquellos que vienen a Dios movidos por el Espíritu Santo), sino también el efecto de la obra de los hombres que han edificado a menudo con madera, heno y hojarasca. Los hombres han confundido en una misma cosa la casa exterior edificada por los hombres y la obra de Cristo, que de hecho puede ser idéntica a la obra de los hombres, pero también puede diferir ampliamente. Falsos maestros atribuyeron todos los privilegios del cuerpo de Cristo a la gran casa compuesta de toda clase de iniquidad y de hombres corruptos. Pero este error fatal no destruye la responsabilidad de los hombres en lo referente a la casa de Dios, Su habitación por medio del Espíritu; no más de lo que es destruida con respecto a la manifestación de la unidad del Espíritu en un cuerpo en la tierra.

 

Yo consideré importante hacer notar esta diferencia, porque arroja mucha luz sobre las interrogantes del presente. Prosigamos ahora con nuestro asunto. ¿Cuál era el estado de la Iglesia en el comienzo, cuándo esta empezó en Jerusalén? Nosotros encontramos que el poder del Espíritu de Dios fue manifestado maravillosamente. "Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos." Hechos 2.  Y en el capítulo 4, "Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad" Hechos 4: 32-35. ¡Qué maravilloso retrato del efecto del poder del Espíritu en sus corazones! un efecto que muy pronto iba a desaparecer para siempre; pero los Cristianos deben buscar darse cuenta de ello tanto como sea posible.

 

La maldad del corazón del hombre apareció pronto; y Ananías y Safira, así como  también la murmuración de los Griegos contra los Hebreos porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria, manifestaron que el pecado del corazón del hombre, unido a la obra del diablo, ya estaba obrando en el seno de la Iglesia. Pero al mismo tiempo el Espíritu Santo estaba en la Iglesia y actuó allí, y era suficiente para echar fuera el mal y cambiarlo en bien. La Iglesia era sin embargo una, conocida por el mundo; y uno podría decir que los apóstoles, habiéndoseles permitido marcharse, fueron a su propio grupo. Una sola Iglesia, llena con el Espíritu Santo, daba testimonio a la salvación de Dios y a Su presencia en la tierra; y a esta Iglesia, Dios añadía todos aquellos que habían de ser salvos. Esta Iglesia fue totalmente esparcida al extranjero debido a la persecución, salvo los apóstoles que moraban en Jerusalén. Entonces Dios levantó a Pablo para ser Su mensajero a los Gentiles. Él empieza a edificar la Iglesia entre los Gentiles y enseña que en ella no hay ni Gentil ni Judío, sino que todos son uno y el mismo cuerpo en Cristo. No sólo la existencia de la Iglesia entre los Judíos, sino que más aún, la doctrina de la Iglesia, de su unidad, de la unión de Judíos con Gentiles en un cuerpo, es proclamada y se puso en ejecución. Ya era el objeto de los consejos de Dios antes de la fundación del mundo, pero oculta en Dios; un misterio que había estado escondido desde los siglos en Dios, a fin de que ahora por medio de la Iglesia, sea dado a conocer a las potestades y autoridades en las regiones celestiales, la multiforme sabiduría de Dios: que en otras edades no fue dado a conocer a los hijos de los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas* por medio del Espíritu. Así también en Colosenses 1: 26, "el misterio que ha estado oculto a los siglos y a las generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos."

 

{* Obsérvese que el apóstol habla solamente de los profetas del Nuevo Testamento.}

 

Todos los Cristianos eran conocidos, todos eran admitidos públicamente en la Iglesia, tanto los Gentiles así como los Judíos. La unidad fue manifiesta. Todos los santos eran miembros de un cuerpo, del cuerpo de Cristo; la unidad del cuerpo era reconocida; y era una verdad fundamental de la Cristiandad. En cada localidad estaba la manifestación de esta unidad de la Iglesia de Dios en la tierra; de modo que una epístola de Pablo dirigida a la Iglesia de Dios en Corinto llegó a una sola asamblea; y el apóstol pudo agregar además a ella "con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro." No obstante, si nosotros hablamos especialmente de aquellos en Corinto, él dice, "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo,  y miembros cada uno en particular." Si un Cristiano, miembro del cuerpo de Cristo, iba de Éfeso a Corinto, él habría sido igualmente y necesariamente miembro del cuerpo de Cristo en esta última asamblea. Los Cristianos no son miembros de una iglesia, sino de Cristo. El ojo, la oreja, el pie, o cualquier otro miembro que estaba en Corinto, era igualmente un miembro en Éfeso. No encontramos en la palabra la idea de miembros de una iglesia, sino de Cristo.

 

El ministerio, tal como es presentado en la palabra, es igualmente una prueba de esta misma verdad. Los dones, fuente del ministerio, dados por el Espíritu Santo, están en la Iglesia (1a. Corintios 12: 8-12, 28). Aquellos que los poseyeron eran miembros del cuerpo. Si Apolos era un maestro en Corinto, él también era un maestro en Éfeso. Si él era el ojo, la oreja, o cualquier otro miembro del cuerpo de Cristo en Éfeso, él también lo era en Corinto. Para este asunto no hay nada más claro que 1a. Corintios 12: un cuerpo, muchos miembros; una es la Iglesia, en la que se encontraban los dones que el Espíritu Santo había dado -dones que eran ejercidos en cualquier localidad donde pudiese estar el que los poseía. En Efesios 4 se expone la misma verdad. Cuando Cristo ascendió a lo alto, Él "dio dones a los hombres. . . Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor."

 

Esta unidad y la libre actividad de los miembros se encuentran realizadas en el tiempo de los apóstoles. Cada don se reconocía plenamente como eficaz en llevar a cabo la obra del Señor, y se ejerció libremente. Los apóstoles trabajaron como apóstoles, e igualmente aquellos que habían sido esparcidos en ocasión de la primera persecución, trabajaron en la obra según la medida de sus dones. Es así como enseñaron los apóstoles (1 Pedro 4: 10, 11; 1a. Corintios 14: 26-29). Y así lo hicieron los Cristianos. El diablo buscó destruir esta unidad; pero él no pudo tener éxito mientras los apóstoles vivieron. Él empleó al Judaísmo para esta obra; pero el Espíritu Santo preservó la unidad, tal como leemos en Hechos 15. Él buscó crear sectas en ella por medio de la filosofía (1a. Corintios 2), y de ambos juntos (Colosenses 2). Pero todos estos esfuerzos fueron vanos. El Espíritu Santo actuó en medio de la Iglesia, y la sabiduría dada a los apóstoles para mantener la unidad y la verdad de la Iglesia contra el poder del enemigo. Mientras más uno lee los Hechos de los Apóstoles, mientras más uno lee las Epístolas, más ve uno esta unidad y esta verdad. La unión de estas dos cosas puede tener efecto solamente por medio de la acción del Espíritu Santo. La libertad individual no es unión; y la unión de los hombres no deja a los individuos en plena libertad. Pero el Espíritu Santo, cuando Él gobierna, necesariamente une a los hermanos y actúa en cada uno según el propósito que Él se ha propuesto al unirlos, es decir, según Su propio propósito. La presencia del Espíritu Santo reúne de esta forma a todos los santos en un cuerpo, y obra en cada uno según Su voluntad, guiándolos en el servicio del Señor para la gloria de Dios y la edificación del cuerpo.

 

Tal era la Iglesia: ¿cómo es ella ahora y dónde existe? Será perfeccionada en el cielo. Aceptado: ¿pero dónde se encuentra ahora en la tierra? Los miembros del cuerpo de Cristo ahora están dispersos; muchos escondidos en el mundo, otros en medio de la corrupción religiosa; algunos en una secta, algunos en otra, en rivalidad unos con otros para obtener provecho de los salvados. Muchos, gracias sean dadas a Dios, realmente buscan la unidad; ¿pero quién es el que la ha encontrado? No es suficiente decir que por el mismo Espíritu nosotros nos amamos; porque por un Espíritu nosotros hemos sido bautizados en un cuerpo. "Para que todos sean uno. . . " dice el Señor, "para que el mundo crea que tú me enviaste." Pero nosotros no somos uno; la unidad del cuerpo no se manifiesta. Al principio fue manifestada claramente, y en cada ciudad esta unidad era evidente a todo el mundo. Todos los Cristianos caminaban en todo lugar como una Iglesia. El que era un miembro de Cristo en una localidad, también lo era en otra, y él que tenía una carta de recomendación era recibido en todas partes, porque allí existía sólo una sociedad.

 

La Cena era la señal externa de esta unidad. "Nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo; porque todos participamos de aquel pan, que es uno solo" 1a. Corintios 10: 17(Versión Moderna). El testimonio que la Iglesia da ahora es más bien el de proclamar que el Espíritu Santo con Su poder y gracia es incapaz de vencer las causas de las divisiones. La mayor parte de lo que se llama la Iglesia, es el asiento de la más grosera corrupción, y la mayoría de aquellos que alardean de su luz, son incrédulos. Ortodoxos, Romanistas, Luteranos, Reformadores, no pueden tomar la Cena juntos; ellos se condenan unos a otros. La luz de los hijos de Dios que se encuentran en las sectas está escondida bajo un almud; y aquellos que están separados de tales cuerpos, porque no pueden soportar la corrupción, se dividen en centenares de bandos que no tomarán la Cena juntos. Ni uno ni otro pretenden ser la Iglesia de Dios, y ellos dicen que se ha vuelto invisible; ¿pero cuál es el valor de una luz invisible? No obstante, no hay ninguna humillación o confesión viendo a la luz hacerse invisible. La unidad, con respecto a su manifestación, está destruida. La Iglesia -una vez hermosa, unida, celestial- ha perdido  su carácter, está oculta en el mundo; y los mismos Cristianos -mundanos, codiciosos, ávidos de riquezas, honor, poder- como hijos del siglo. Es una carta [epístola] en la cual uno no puede leer ni una sola palabra de Cristo.* La mayor parte de lo que lleva el nombre de Cristo es el asiento del enemigo o del infiel; y los verdaderos Cristianos están perdidos en medio de la multitud. ¿Dónde podemos encontrar un pan, la señal de un cuerpo? ¿Dónde está el poder del Espíritu que une a los Cristianos en un solo cuerpo? ¿Quién puede negar que los Cristianos fueran así? ¿y no son ellos culpables por no ser más lo que ellos eran? ¿o nosotros llamaremos estar bien, al estar en un estado totalmente diferente de aquel en el que la Iglesia estaba al principio y de aquello que la palabra demanda de nosotros? Nosotros debemos estar profundamente afligidos por un estado tal de la Iglesia en el mundo, porque este no responde de ninguna manera al corazón y al amor de Cristo. Los hombres descansan satisfechos asegurándoles su salvación eterna.

 

{* No se dice que nosotros deberíamos ser la carta [epístola] de Cristo, sino "[vosotros] sois carta [epístola] de Cristo".}

 

¿Buscamos nosotros lo que la palabra dice sobre este punto? Aquí está lo que leemos allí, de una manera general, por lo que respecta a cada economía o dispensación, y los caminos de Dios para con los judíos y hacia las ramas de entre los Gentiles que sustituyeron a los judíos (Romanos 11). "Para con los que cayeron, severidad; mas para contigo, la bondad de Dios, si tú permanecieres en esa bondad; de otra manera tú también serás cortado."(Versión Moderna) ¿No es algo serio, cuándo el pueblo de Dios en la tierra es cortado? Ciertamente los creyentes son y serán guardados; porque Dios no tiene ninguna intención de fracasar en Su fidelidad; pero todos los sistemas en los que Dios se glorifica a Sí mismo en la tierra pueden ser juzgados y cortados. La gloria de Dios, Su verdadera presencia visible, estuvo una vez en Jerusalén, Su trono estaba encima de los querubines; pero desde la cautividad Babilónica, Su presencia abandonó Jerusalén, y Su gloria, así como Su presencia, no estuvieron más en el templo en medio del pueblo. Y aunque Su gran paciencia soportó mucho tiempo, hasta que Cristo fue rechazado, sin embargo Dios los cortó con respecto a ese pacto. El remanente llegó a ser los Cristianos, pero todo el sistema fue terminado por medio de juicio. Así será el problema del sistema cristiano, si no continúa en la bondad de Dios. Pero no ha continuado en la bondad de Dios.

 

Por consiguiente, aunque creo firmemente que todo verdadero Cristiano será preservado y arrebatado al cielo, sin embargo, por lo que concierne al testimonio de la Iglesia en la tierra, la casa de Dios por medio del Espíritu, no existirá nunca más. Pedro ya había dicho, que "es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios" (1a. Pedro 4: 17). Y en la época de Pablo, el misterio de iniquidad ya estaba en acción e iba a continuar hasta que el hombre de pecado apareciera; ya en el tiempo del apóstol todos buscaron lo suyo propio, no las cosas que son de Jesucristo. El apóstol nos dice, además, que después de su partida iban a entrar entre los Cristianos en la Iglesia, lobos rapaces que no perdonarían el rebaño; y que en los últimos días vendrían tiempos peligrosos, hombres teniendo apariencia de piedad pero negando la eficacia de ella; que malos hombres y engañadores irían de mal en peor, engañando y siendo engañados; y que finalmente debía venir la apostasía. ¿Está ahora todo esto continuando en la bondad de Dios?

 

Y esta infidelidad, ¿es una cosa desconocida en la historia de hombre? Dios siempre ha comenzado poniendo a Su criatura en una buena posición; pero la criatura invariablemente abandona la posición en la que Dios la puso, volviéndose infiel en esto. Y Dios, después de larga paciencia, nunca la restaura a la posición de la que cayó. No está de acuerdo con Sus métodos el remendar una cosa que ha sido estropeada; sino que Él la corta, para introducir después algo completamente nuevo y mucho mejor de lo que fue antes. Adán cayó; y Dios tendrá el postrer Adán, el Señor del cielo. Dios dio la ley a Israel, que hizo el becerro de oro antes de que Moisés bajara de la montaña; y Dios escribirá la ley en los corazones de Su pueblo. Dios ordenó el sacerdocio de Aarón, pero sus hijos desde el mismo comienzo ofrecieron fuego extraño; y desde ese momento Aarón no pudo entrar nunca más en el lugar santísimo con sus vestiduras de gloria y belleza. Dios hizo que el hijo de David se sentase en el trono de Jehová; pero, habiendo sido la idolatría introducida por él, el reino fue dividido, y el trono del mundo fue entregado por Dios a Nabucodonosor, quien hizo una gran imagen de oro y lanzó al fiel en un abrasador horno ardiente. En cada caso el hombre careció de fe; y Dios, habiéndolo soportado por mucho tiempo, interpone el juicio y lo sustituye por un sistema mejor.

 

Es interesante observar cómo todas las cosas en las que el hombre fue quebrantado, son establecidas de una manera más excelente en el segundo Hombre. El hombre será exaltado en Cristo, la ley será escrita en el corazón de los Judíos, el sacerdocio será ejercido por Jesucristo. Él es el Hijo de David que reinará sobre la casa de Israel; Él gobernará las naciones. De igual forma con respecto a la Iglesia; ella ha sido infiel; ella no ha mantenido la gloria de Dios que se le había confiado. Por consiguiente será cortada como un sistema en la tierra, el orden de cosas establecido por Dios se cerrará por medio de juicio, el fiel subirá al cielo en un estado mucho mejor, para ser conformado a la imagen del Hijo de Dios, y el reino del Salvador será establecido en la tierra. Todo esto será un testimonio admirable a la fidelidad de Dios, quien logrará todos Sus consejos, a pesar de la infidelidad de hombre. Pero, ¿elimina esto la responsabilidad del hombre? ¿Cómo entonces, como dice el apóstol, podría Dios juzgar el mundo? ¿No deberían nuestros corazones sentir que nosotros hemos lanzado la gloria del Señor al polvo? El mal empezó en la época de los apóstoles: cada uno agregó a éste lo suyo propio; y la iniquidad de los siglos se amontona sobre nosotros; y pronto la casa de Dios será juzgada. La sangre de todos los justos ha sido requerida de la nación Judía por Jesús, así como también Babilonia será encontrada culpable de la sangre de todos los justos.

 

Es verdad que nosotros seremos arrebatados al cielo; pero, junto con eso, ¿no deberíamos lamentarnos acerca de la ruina de la casa de Dios? Sí: anteriormente una, un hermoso testimonio a la gloria de su Cabeza por el poder del Espíritu Santo; unida, celestial, para que el mundo pudiera reconocer el efecto del poder del Espíritu Santo que puso a los hombres sobre todos los motivos humanos, y causando que desaparecieran las distinciones y diversidades entre ellos, creyentes hechos en todos los países y de todas las clases para ser una familia, un cuerpo, una Iglesia, un testimonio poderoso a la presencia de Dios en la tierra en medio de los hombres.

 

Pero se objeta que nosotros no somos responsables por los pecados de aquellos que se han ido antes que nosotros. ¿No somos responsables por el estado en el qué nos encontramos? ¿Acaso los Nehemías, los Daniel se excusan a sí mismos por los pecados del pueblo? O más bien, ¿acaso no se lamentaron ellos sobre la miseria del pueblo de Dios como si perteneciera a ellos? Si nosotros no fuésemos responsables, ¿por qué entonces Dios debe apartarlos, por qué juzga y destruye todo el sistema? ¿Por qué Él debe decir, "vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido"? ¿Por qué juzga Él a Tiatira, reemplazándola por el reino? ¿Por qué Él dice, "te vomitaré de mi boca"? Yo creo que las siete iglesias nos proporcionan la historia de la Iglesia desde el principio al fin; en todos los casos nosotros tenemos allí la responsabilidad de los Cristianos acerca del estado de la Iglesia. Se dirá quizás que nada más que las iglesias locales son responsables, y no la Iglesia universal. Lo que es seguro es que Dios cortará a la Iglesia como un sistema establecido en la tierra.

 

Hay todavía más para demostrar, continuamente desde el principio al fin, la responsabilidad, leamos en Judas, "se han entrado disimuladamente ciertos hombres impíos (hombres que desde antiguo fueron señalados para esta condenación)" (Judas 4 - Versión Moderna). Ellos ya se habían infiltrado al interior. "Y también de éstos profetizó Enoc, el séptimo contando desde Adam, diciendo: ¡He aquí que viene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos." (Judas 14, 15 - Versión Moderna). De esta forma, los que en el tiempo de Judas ya habían entrado disimuladamente, atraerían los juicios sobre los profesantes profanos de la Cristiandad. En esta epístola  tenemos las tres clases de iniquidad y su progreso. En Caín está la iniquidad puramente humana; en Balaam, la iniquidad eclesiástica; y la rebelión en Coré, y entonces ellos perecen. Mientras los hombres dormían, el enemigo sembró cizaña en el campo dónde el Señor había sembrado la buena semilla. Es una gran verdad que la buena semilla se recoge en el granero, pero la negligencia de los siervos le ha dejado al enemigo la oportunidad de estropear el trabajo del Amo. ¿Amados del Señor, seremos nosotros indiferentes al estado de la Iglesia, indiferentes a las divisiones que el Señor ha prohibido? No;* humillémonos a nosotros mismos, amados hermanos, reconozcamos nuestra falta y acabemos con esto. Caminemos fielmente, cada uno como le corresponde, y esforcémonos en encontrar una vez más la unidad de la Iglesia y el testimonio de Dios. Limpiémonos de todo mal y de toda iniquidad. Si es posible para nosotros reunirnos en el nombre del Señor, es una gran bendición; pero es esencial que esto se haga en la unidad de la Iglesia de Dios y en la verdadera libertad del Espíritu.

 

{* En 1a. Timoteo tenemos el orden de la Iglesia, la casa de Dios; en 2a. Timoteo tenemos la regla a seguir cuando la Iglesia está en desorden. Porque nuestro Dios ha provisto para todas las dificultades. Que nosotros seamos fieles y que nos separemos de toda iniquidad.}

 

Si la casa de Dios está todavía en la tierra y el Espíritu Santo mora en ella, ¿no está Él afligido por el estado de la Iglesia? Y si Él mora en nosotros, ¿no deberían estar afligidos y humillados nuestros corazones por la deshonra hecha a Cristo y la destrucción del testimonio para el que el Espíritu Santo bajó del cielo para llevar en la unidad de la Iglesia de Dios? Él, quien confrontará el estado de la Iglesia como nos es descrita en el Nuevo Testamento con su estado presente, sentirá su corazón profundamente entristecido al ver la gloria de la Iglesia arrastrada en el polvo y al enemigo triunfando en la confusión del pueblo de Dios.

 

Finalmente, Cristo ha confiado Su gloria en la tierra a la Iglesia. Era la depositaria de esa gloria. Allí el mundo debería haberla visto manifestada por el poder del Espíritu Santo, un testimonio a la victoria de Cristo sobre Satanás, sobre la muerte, y sobre todos los enemigos que Él ha llevado cautivos, triunfando sobre ellos en la cruz. ¿Ha preservado la Iglesia este depósito y ha mantenido la gloria de Cristo en la tierra? Si esto no ha sido hecho, dime, Cristiano, ¿es la Iglesia la responsable de esto?  ¿Era responsable o no por el estado de la casa de su Amo, el siervo a quien el Señor encomendó el cuidado de Su casa (Mateo 24)? Se podrá decir, quizás, que el siervo malo es la iglesia exterior, que está corrompida y la cual realmente no es la Iglesia: en cuanto a mí, yo no soy en absoluto un miembro de ella. Pero respondo que en la parábola, el siervo está solo; y la pregunta es referente a si este siervo que está solo, ¿es fiel o infiel? Puede ser verdad que usted está separado de la iniquidad que llena la casa de Dios, y usted ha hecho bien; ¿pero acaso su corazón no se doblega debido al estado de esa casa? El Señor vertió lágrimas de pesar sobre Jerusalén; ¿y nosotros no verteremos ninguna sobre de lo que es aún más estimado a Su corazón? Aquí la gloria del Señor ha sido hollada bajo los pies:  ¿diremos que no somos responsables por esto? Su siervo solitario es encontrado responsable. Aunque  individualmente, guiado por la palabra, yo puedo estar separado de toda la iniquidad que corrompe la casa de Dios, no obstante, como siervo de Cristo, yo debo identificarme con la gloria de Cristo, y con sus manifestaciones al mundo. En esto consiste que la fe sea mostrada: no meramente creyendo que Dios y Cristo poseen la gloria, sino identificando esta gloria con Su pueblo (Éxodo 32: 11, 12; Números  14: 13-19; 2a. Corintios 1: 20). Primero, Dios confía Su gloria al hombre, quién es responsable de mantenerse en su posición, y de ser fiel en ella, sin dejar su primer estado; luego Dios establecerá Su propia gloria según Sus consejos. Pero, antes que nada, el hombre es responsable donde Dios lo ha puesto. Nosotros hemos sido puestos en la Iglesia de Dios, en Su casa, en la habitación de Su gloria en la tierra: ¿dónde está ella?

 

J.N.DARBY (1800-1882)

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O.

 

TEXTO REVISADO EL: 28.10.2002.-

Título original en inglés:
WHAT IS THE CHURCH, AS IT WAS AT THE BEGINNING?
AND WHAT IS ITS PRESENT STATE? by J.N.Darby
(Collected Writings Vol. 14, Ecclesiastical No. 3.) 
Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com

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