VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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LEGALISMO Y LIVIANDAD (C.H.Mackintosh)

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LEGALISMO Y LIVIANDAD

 

       

         Conscientes de nuestra responsabilidad, tanto para con nuestros lectores creyentes como frente a la verdad de Dios, quisiéramos pre­sentar una breve pero directa palabra de advertencia contra dos ma­les que vemos obrar entre los cristianos en el momento presente. Estos son el legalismo, por una parte y la ligereza o liviandad por otra.

 

         En cuanto al primero de estos males, hemos intentado en nuestros anteriores escritos, liberar las preciosas almas de un estado legalista, ya que este, en primer lugar, deshonra a Dios y luego, pervierte la propia paz y libertad del creyente.

 

         Nos hemos esforzado en presentar la libre gracia de Dios, el valor de la sangre de Cristo, la posición del creyente delante de Dios, pose­yendo una perfecta justicia siendo acepto en Cristo.

 

         Cuando estas preciosas verdades se aplican al corazón por el po­der del Espíritu Santo, han de librarse de cualquier influencia lega­lista.

 

         Sin embargo, ocurre a veces que personas que están aparentemente liberadas del legalismo caen en el mal opuesto, que es el de la liviandad. Esto suele acontecer cuando las doctrinas de gracia sólo se asimilan intelectualmente en lugar de ser introducidas en el alma por el poder del Espíritu Santo.

 

         Muchas verdades cristianas han sido aceptadas por personas que viven de modo muy ligero tocante a lo que profesan, estos son aque­llos casos donde no hubo un profundo trabajo de conciencia, donde no hubo una real humillación, donde no hubo una completa sujeción de la carne en la presencia de Dios.

 

         Cuando esto ocurre habrá de seguro ligereza espiritual de una for­ma o de otra. Habrá así un amplísimo margen para mucha clase de mundanalidad, una libertad otorgada a la vieja naturaleza, incompati­ble con el cristianismo práctico. Además de estas cosas, se manifes­tará una muy deplorable falta de conciencia en los detalles prácticos del diario andar:

- deberes olvidados,

- trabajo mal ejecutado,

- compro­misos no fielmente cumplidos,

- deberes religiosos tratados con frivo­lidad, cuando no burlados,

- contraer deudas y,

- permitir costumbres ex­travagantes.

 

         Todas estas cosas las encabezamos bajo el calificativo de liviandad, y son - por desgracia - demasiado comunes entre los que profesan lo que suele llamarse la verdad cristiana.

 

         Todo esto, lo sentimos profundamente, y quisiéramos tener nuestras propias almas, así como las de nuestros lectores cristianos, realmente ejercitadas delante de Dios a este respecto. Tememos que haya gran parte de falsa profesión, que nuestras actividades sean solamente una «fachada» o máscara, que haya gran escasez de formalidad, de vera­cidad y de realidad en nuestros caminos. Que no estemos suficiente­mente compenetrados con el genuino espíritu del cristianismo, o guiados en todas las cosas por la Palabra de Dios. Que no concedamos suficiente atención a tener los lomos «ceñidos con la verdad» y a vestirnos "con la coraza de justicia." (Efesios 6:14). Si seguimos este camino, el alma no tarda en caer, por cierto, en un malísimo estado, ya no reacciona su conciencia. Paulatina, pero seguramente, su sensibilidad moral se em­bota. No responde ya debidamente a las exigencias de la verdad. El mal positivo es tratado con ligereza y se aboca hacia la relajación moral. Lejos de tener el poder del amor de Cristo constriñendo e in­duciendo a hacer lo bueno, ya no hay siquiera el temor de Dios res­tringiendo y alejando de las obras del mal.

 

         Apelamos solemnemente a la conciencia de nuestros lectores acerca de estas cosas. El presente es un tiempo muy grave v solemne para nosotros los cristianos. Se requiere de nosotros formalidad, bondad, devoción y entrega a Cristo, pero esto no puede llevarse a cabo mien­tras no se hace caso de las exigencias de una justicia práctica.

 

         Hemos de recordar siempre que la misma gracia que libra efec­tivamente el alma del legalismo, es el único escudo que tenemos contra toda clase de liviandad.

 

         Muy poco habremos hecho a favor de un hombre, si le libramos de su estado legalista, es decir de estar bajo la ley, para dejarle emprender un camino ligero, fácil, descuidado e inconsciente. Y sin embargo, hemos notado muchas veces en la historia de las almas, este hecho desgra­ciado: una vez libradas de las tinieblas y la esclavitud, ellas se volvieron menos tiernas y sensibles. La carne está siempre dispuesta a cambiar la gracia de Dios en disolución, y por tanto ha de estar sujetada.

 

         Es preciso que el poder de la Cruz se aplique a todo lo que es la carne. Necesitamos mezclar las "hierbas amargas" a nuestra fiesta pascual. En otras palabras, nos hacen falta aquellos ejercicios profun­dos y espirituales que resultan de una verdadera compenetración del poder de los sufrimientos de Cristo. Necesitamos meditar más honda­mente en la muerte de Cristo, en Su Muerte como víctima bajo la mano de Dios, en su Muerte como «mártir» bajo la mano del hombre.

 

         Amado lector, este es a la vez el remedio tanto para el legalismo como para la liviandad. La Cruz en su doble aspecto, libra de ambas cosas. Cristo "se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre." (Gálatas 1:4).

 

         Por medio de la Cruz, el creyente está tan completamente librado del presente mundo malo, como absuelto de sus pecados. No es salvo con el fin de poder disfrutar del mundo, sino para ser separado del mismo. Pocas cosas hay más peligrosas para el alma como la combi­nación de la verdad cristiana con la mundanalidad, la comodidad y la indulgencia propia: el adoptar cierta fraseología de la verdad, cuando la conciencia no está en la presencia de Dios; una mera acep­tación intelectual de la posición sin ninguna relación formal con el estado práctico: profesar una clara doctrina sin guardar relación con su posición moral.

 

         Confiamos en que nuestros lectores comprenderán la presente amo­nestación: no nos consideraríamos fieles a nosotros mismos si no la hiciésemos. Es verdad que no es cosa agradable llamar la atención sobre los males prácticos: recordar el solemne deber de juzgarle a sí mismo; el aplicar a la conciencia las exigencias de la fe tradu­cidas a la práctica. Sería mucho más grato al corazón el desarrollar la verdad abstracta, de hacer hincapié sobre la libre gracia de Dios y la que ha hecho para nosotros; extenderse sobre la gloria moral del Libro inspirado, en una palabra, el insistir sobre los privilegios que son nuestros en Cristo.

 

         Pero hay momentos en que el verdadero estado de cosas entre cris­tianos pesa hondamente sobre el corazón e impulsa el alma a hacer un urgente llamamiento a la conciencia acerca de los asuntos de la marcha y conducta: y estamos persuadidos de que esta es la condición presente. El maligno está siempre activo y alerta. En estos últimos años el Señor ha arrojado mucha luz sobre su Palabra. El Evangelio ha sido pregonado con particular claridad y potencia. Miles de cris­tianos han sido librados de una condición legalista; y ahora el diablo está tratando de entorpecer el testimonio, induciendo a las almas a una condición ligera, descuidada y carnal.

 

         Es nuestro hondo sentimiento por estas cosas, lo que nos sugirió una palabra de advertencia acerca del "legalismo" y la "liviandad''.

 

C. H. Mackintosh

 

 

Extracto: "Permanecer sobre la base de la verdad conocida, es decir, practicarla, es el deber de cada cristiano".

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1955, No. 14.-

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