VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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"Mas tú, cuando ores. . ."

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"Mas tú, cuando ores. . ."

 

         La oración es el ambiente en el cual debe vivir el cristiano; es tan necesaria a la nueva vida como el aire lo es a la vida natural. En estas líneas trataremos de la oración individual, de la cual nos habla el Señor en Mateo 6:6.

 

         Es el principio práctico de una vida de santidad (véase el hermoso dechado de Saulo en Hechos 9: 11); sin la oración, no se puede conce­bir una vida para Dios. Es a solas con Dios - aislándonos en nues­tra habitación - como podemos realizar mejor nuestras relaciones de proximidad con el Padre, y es así como recibimos también la palabra destinada a nuestras almas. ¡Con cuánta energía podemos avanzar para vencer las dificultades de cada día si, desde la mañana, hemos buscado la presencia de Dios y su comunión y saboreado el "maná escondido"! La oración individual, o en secreto es, en verdad, el pan cotidiano necesario para nuestras almas y, sin duda alguna, la mayo­ría de nuestras faltas y de nuestros extravíos tienen como origen el abandono o descuido de la misma. Esta negligencia abre la puerta de nuestros corazones a toda clase de males e influencias externas, que se combinan en nosotros con la vieja naturaleza no juzgada... y el re­sultado sería fatal si no interviniera la gracia ilimitada de nuestro Dios y Padre. Ningún celo, por abnegado que sea, ninguna actividad en el ministerio, pueden compensar la pérdida que experimentamos al descuidar la oración individual. El celo, sin la oración, es más bien repulsivo, porque carece del sentimiento de la gracia; de igual modo la actividad sin la oración no es más que el fruto de la energía carnal.

 

         CONFIANZA EN DIOS Y SENTIMIENTO DE NUESTRA INCA­PACIDAD. - Cuanto más entera sea nuestra confianza en Dios, tan­to más celo mostraremos para presentarle en detalle nuestras necesi­dades y peticiones; cuanto más realicemos nuestra completa incapa­cidad (teniendo el sentimiento de que Dios cuida de nosotros) tanto más le confiaremos todas las cosas. Las dificultades nos inquietan y turban en la medida en que sentimos nuestra incapacidad; pero si presentamos a Dios todas nuestras súplicas, con fe y entera confianza, "la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento" (Filipenses 4:7) guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos en el Señor, y esa paz inefable alejará la inquietud de nuestras mentes. Amados hermanos, acerquémonos a Dios de manera real y consciente, confiémosle todos nuestros afanes y cuidados, gocémonos de la libre entrada que a Él nos da, y estémosle agradecidos por tantos privilegios.

 

         EXAMEN DE CONCIENCIA. - Quisiera insistir ahora sobre el hecho que sólo nos hallamos verdaderamente libres para descargar sobre Dios todas nuestras inquietudes cuando tenemos buena concien­cia, cuando nos examinamos a nosotros mismos ante Dios, no tenien­do confianza alguna en nuestras fuerzas. Si hay en nosotros la menor mancha, el más leve pecado, vacilamos en acercarnos a Dios; y si tenemos confianza en nuestras propias fuerzas, es indudablemente por­que confiamos mucho menos en Dios. Sin embargo, no hemos de ol­vidar que Dios siempre está atento a los clamores de los que le in­vocan (véase por ejemplo Salmo 107), y que - por alejado del Señor que este el creyente - Él le escucha. Más de un hijo de Dios, que se había extraviado siguiendo el camino de la voluntad propia, encon­tró la ayuda y el socorro del Señor, al invocar nuevamente su Nombre bendito. Pero el creyente que no disfruta de la comunión con Dios - aunque Él haya oído y contestado a menudo sus ruegos - no se acerca suficientemente a Dios para gozar su paz, la única que puede guardar nuestros corazones en Cristo Jesús.

 

         AYUDA DEL ESPÍRITU SANTO. - En la oración individual tenemos también al Espíritu Santo que ayuda nuestra flaqueza: porque, "qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos." (Romanos 8: 26, 27). Dios, quien sondea mi corazón, sabe lo que me conviene, no por mis palabras, sino por la intercesión del Espíritu.

 

         DISCERNIMIENTO DE LA VOLUNTAD DIVINA. - Por cierto, discernimos lo que el Espíritu pide por nosotros cuando permanece­mos en su dependencia, examinándonos a nosotros mismos, y es en­tonces cuando adquirimos el conocimiento de la voluntad de Dios tocante a lo que pedimos. Notemos también que la oración por el Espíritu tiene un efecto santificador para el creyente; toda creyente "por la palabra de Dios y por la oración es santificado." (1 Timoteo 4:5). La palabra traducida por "oración", significa en el original: «Rela­ciones, o trato, con una persona»; se trata, pues, de alguien que se dirige personalmente a otro. ¡Qué favor más insigne nos es otorgado, amados hermanos, en poder hablar libremente con el Dios bendito! ¡Qué privilegio más santificador para nuestras almas! Si permanece­mos en el Espíritu tendremos fe - y discernimiento - para pedir una cosa y no para pedir otra, pues conoceremos el pensamiento de Dios. Si se puede decir, tiene por figura el "Urim y Tumim" ("luces y perfecciones") que llevaba el sumo sacerdote sobre el pectoral del juicio (Éxodo 28:30), y por cuyo conducto consultaba con Jehová para conocer Su pensamiento.

         Si consulto con el Señor en todas las cosas disfruto de Su paz en todo, y además me es concedido el discernir si una cosa es según Su voluntad o no. "Si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho." (1 Juan 5: 14, 15). Si quedo en mi propio nivel, o en el del hombre en general, estoy influenciado por los sentimientos natu­rales ; mientras que si consulto con el Señor, a solas con Él, libre de toda influencia externa, recibo la comunicación de Su pensamiento, como resultado de mi comunión con Él. Penetro en el Santuario de Dios; toda mi sabiduría se desvanece ante la Suya, y estoy influencia­do y transformado de tal modo que considero las cosas según Su placer. De modo que, cuando pido a Dios una cosa, confío en Su amor, pero también procuro saber lo que Él piensa acerca de esta cosa.

         Podemos, pues, presentar a Dios nuestras súplicas, con fe, en la confianza absoluta de su respuesta; puede ocurrir también que sea­mos corregidos, o reprendidos, en nuestros deseos, como lo fue el apóstol Pablo después de haber orado tres veces para que le fuese quitado el aguijón en la carne (2 Corintios 12:8). En el primer caso - ilustrado por Hechos 4: 23-31 - los apóstoles estaban en armonía con el pensamiento del Señor. En el segundo, el pensamiento del Señor no concordaba con el del apóstol de los Gentiles; con todo, apenas estuvo enterado de la voluntad del Señor, se sometió a ella, con un gozo completo y en perfecta armonía.

         Pienso, queridos hermanos, que si sabemos confiar sencilla y humildemente en el Señor, esto influye sobre nosotros - quizá sin que nos demos cuenta - para que nuestros pensamientos estén en armonía con los designios de Dios. En la cumbre del Sinaí, Moisés había tan perfectamente comprendido cuanto requería la Santidad del Eterno, que, al volver a los israelitas caídos en la idolatría, supo muy bien cómo obrar para gloria de Dios (Éxodo 32). De igual modo, cuando el Salmista, inquieto y turbado, ha entrado en el Santuario, las cosas le aparecen muy distintas…a cuando estaba fuera.

 

         Es solamente "en lo secreto" de nuestras cámaras como podemos conocer a Dios; es asimismo la condición indispensable para poder interceder por los demás, en particular o en las reuniones de oración colectivas.

 

Le Messager Evangélique

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1955, No.15.-

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