VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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RELACIONES ENTRE CRISTIANOS (C.H.Mackintosh)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

RELACIONES ENTRE CRISTIANOS

 

 

I. - LOS CRISTIANOS ENTRE SI

 

         Las relaciones de los cristianos entre sí constituyen un asunto mu­cho más importante de lo que a primera vista parece. No hago alu­sión aquí a las relaciones que tenemos los creyentes al estar congre­gados para el culto, la edificación o la oración; quisiera más bien llamar nuestra atención sobre los temas de nuestras conversaciones cuando, entre creyentes, solemos encontrarnos y entretenernos fami­liarmente. Sobre este punto, hemos de desplegar la mayor vigilancia, para que el enemigo no nos induzca a desprendernos de los caracteres de santidad, pureza y de elevación que debe distinguir a aquellos que profesan ser los miembros del Cuerpo de Cristo y el Templo del Espíritu Santo.

 

         Triste y humillante, por cierto, es oír la clase de conversaciones que tienen a menudo aquellos cuyos principios deberían manifestarse por resultados prácticos muy diferentes. Al presenciar sus pláticas, muchas veces no podemos menos que exclamar: - ¿Cómo es posible que aquéllos crean realmente lo que profesan? ¿Creen de veras que han muerto y resucitado con Cristo? ¿Que su vocación es celestial, que forman parte del cuerpo de Cristo, que están crucificados con Él, que ya no están en la carne sino "en el Espíritu"? ¿Creen, acaso, que son extranjeros y peregrinos en la tierra, y que esperan de los cielos al Hijo de Dios? Estas preciosas e importantes verdades, sin duda, forman parte de la profesión de fe a la cual se han adherido nominalmente; pero resulta moralmente imposible que hayan tenido efecto alguno en sus corazones.

 

         Un corazón que se hallara bajo la bendita influencia de tan maravillosas verdades, ¿hallaría, acaso, el menor gozo, el más mínimo aliciente en participar en esas conversaciones vanas, frívolas y vacías, en pláticas que tratan de personas o de circunstancias con las cuales el creyente no tiene nada que ver: cine, fútbol, eventos deportivos típicos del país, ma­niobras políticas, boxeo, y de todas las demás futilidades en boga?... ¿Serían éstas las ocupaciones de un corazón lleno de Cristo? Con todo, hay que reconocer que éste es el caso de muchos cristianos profesantes, o que lo son «de labios para afuera».

 

II. - NUESTRAS RELACIONES CON EL MUNDO

 

        Desgraciadamente, no sólo es en nuestro contacto con los demás cristianos cuando nos olvidamos de lo que somos por gracia, o mejor dicho, cuando olvidamos al Señor; es también en nuestro trato con el mundo. ¡Cuántas veces, al encontrarnos con personas inconversas, nos dejamos arrastrar por el curso de sus pensamientos, y nos hallamos, finalmente, sobre el mismo terreno que ellas! Por cierto, algunos cristianos lamentan dicho estado de cosas. Pero los hay también que lo justifican, interpretando erróneamente la declaración del Apóstol Pablo en 1 Corintios 9:22, "A todos me he hecho de todo"; esto no quiere decir que Pablo participaba de todas las aberraciones del mundo, sino que hacía negación de su persona entre todas las clases de hombres a quienes se dirigía para que, "de todos modos salve a algunos." Su objeto era, pues, el de llevar pecadores a Cristo, y no complacerse a sí mismo participando en sus varias e insulsas conversaciones.

 

         Amados hermanos, consideremos al Señor, nuestro divino Ejemplo, y veamos cómo obraba para con los hombres en este mundo. ¿Tenía, acaso, algún objeto, o alguna preocupación común con ellos? De ningún modo. Hallaba sus delicias en un solo objeto, estaba lleno de él, y de él hablaba siempre. Constantemente procuraba, dirigir hacia Dios los pensamientos de los hombres. Es también la meta que hemos de proponernos los creyentes, ¡no lo olvidemos! Cualquiera que sea el lugar, o el momento en que encontramos a la gente del mundo, tendríamos que dirigir sus pensamientos hacia la Persona de Cristo. Y si no hallamos el camino abierto para ello, por lo menos no deberíamos tolerar que influya sobre nosotros el curso de sus pensamientos.

         Si es que tenemos asuntos o negocios que arreglar con los hom­bres, es natural que los llevemos a cabo, pero no por eso hemos de tener comunión con ellos en su modo de pensar o de hablar, pues nuestro Maestro nunca la tenía: CONTACTO NO SIGNIFICA CO­MUNION. Lo que sí tendremos que aprovechar en estas circunstan­cias es la ocasión de presentar el Evangelio de Cristo, no sólo de boca, sino también por la rectitud de nuestra conducta práctica. Cuan­to más se apartará nuestra senda de la del Señor, tanto más iremos perdiendo el carácter de santidad que debería ser nuestro; vendremos a ser, entonces, como la sal «que ha perdido ya su sabor, y que no sirve ya para nada Tengo por cierto que la falta de paz profunda y permanente, de la cual muchos creyentes se quejan, tiene su origen en las frívolas e inútiles conversaciones que suelen tener, como tam­bién en la lectura asidua de periódicos y libros mundanos. Semejantes costumbres entristecen al Espíritu Santo; y si el Espíritu Santo está contristado en nosotros, no podemos gozar de Cristo, pues sólo el Espíritu puede presentar Cristo a nuestras almas, por medio de la Palabra de Dios.

 

         Desde luego, no quiero afirmar con esto que todos los creyentes que carecen de paz interior hayan forzosamente seguido este camino. Pero proclamo que HEMOS DE VIGILAR MUCHO, pues son cosas que no dejan nunca de comprometer nuestra salud espiritual y de mante­ner en el alma un estado de languidez que deshonra a Cristo.

 

III. - ¿LEGALISMO U OBEDIENCIA?

 

         Algunos pensarán, tal vez, que ocuparse de estas cosas es fijarse en consideraciones algo vulgares y de poco vuelo espiritual. Se las tacha­rá de «legalismo», y se acusará al autor de querer sujetar al creyente a una especie de servidumbre, replegándole sobre sí mismo. ¡En ninguna manera! Si es legalismo el llamar nuestra atención sobre la materia de nuestras conversaciones, entonces resulta ser el legalismo de la Epístola a los Efesios; pues leemos en ella que ni las palabras torpes, ni las necedades o truhanerías, deben nombrarse entre nos­otros, "como conviene a santos" (Efesios 5: 3, 4). Asimismo, leemos en Colosenses 4:6, "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal". Tales son las diáfanas enseñanzas de la Palabra de Dios, y hemos de obedecerlas; observemos además que van estrechamente relacionadas con algunas de las más elevadas doctrinas de la inspiración. Resulta, pues - y lo experimentamos en la práctica - que si estas enseñanzas no obran poderosamente sobre nuestra conciencia, tampoco podremos gozar de las verdades más elevadas y más sublimes. Es imposible que goce de mi vocación celestial, ni que camine de manera digna de la misma, si consiento esas "truhanerías y chocarrerías" (Efesios 5:4 - VM).

 

         Por otra parte, hemos de guardarnos sobremanera y con sumo cuidado de toda clase de santidad afectada o fingida - llámese gaz­moñería, o fariseísmo - como también de cuanto vendría a ser obli­gación carnal. No vale más esa gazmoñería que la dejadez o la lige­reza espiritual. Pero, ¿por qué no evitaríamos ambas cosas? El Evan­gelio nos enseña algo mucho mejor: en vez de esa fingida "santidad", nos habla de una santificación real, efectiva; y en vez de la dejadez o liviandad espiritual, nos brinda el verdadero gozo. No hay la menor necesidad de FINGIR una cosa u otra, pues si me alimento con la Persona de Cristo, todo será en mí la misma realidad, y eso sin es­fuerzo alguno para aparentar. Si obro como por obligación, todo es incapacidad y flaqueza, si afirmo que estoy obligado, o me veo for­zado a hablar de Cristo, esto viene a ser una esclavitud, descubriendo asimismo mi flaqueza y extravío. Pero si mi alma se halla en comu­nión con Él, será para mí una cosa natural y fácil, un gozoso pri­vilegio, pues "de la abundancia del corazón habla la boca". Existe un pequeño insecto que siempre toma el color de la hoja con la cual se alimenta; pasa exactamente lo mismo con el cristiano: resulta fácil discernir con qué nutre su alma.

 

         «Pero» - dirán algunos - «¡no podemos hablar siempre de Cristo!» Amados hermanos, es en la medida en la cual somos guiados por el Espíritu, como nuestros pensamientos y nuestras palabras reflejarán a Cristo. Si somos hijos de Dios, estaremos ocupados con Él durante la eternidad: Él será el tema de nuestra contemplación y de nuestra adoración, ¿por qué no empezar ahora ya? Nuestra separación del mundo no es actualmente menos real o efectiva de lo que será entonces, en la eternidad; pero, desgraciadamente - de una forma general - no andamos por el Espíritu.

 

         Bien es verdad que al tratar de las conversaciones que los cristia­nos solemos tener, nos colocamos en un terreno algo ordinario y muy "terrenal"; pero ES NECESARIO HACERLO. Sería mucho más pre­ferible si supiéramos mantenernos sobre un terreno espiritualmente elevado, mas, por desgracia, es precisamente en esto cuando falta­mos. Por eso, la Palabra y el Espíritu de Dios se ocupan de nues­tras inconsecuencias, y es una manifestación más de la gracia divina. Notemos, por ejemplo, que si la Escritura nos dice: que estamos senta­dos "en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:6), nos exhorta por otra par­te a no hurtar. Recomendar a hombres celestiales que no hurten es, por cierto, colocarles sobre un nivel espiritual poco elevado; no obstante, es el mismo nivel de la Escritura, y ello ha de bastarnos. Bien sabía el Espíritu de Dios que no sólo bastaba revelar nuestra posi­ción: sentados EN LOS CIELOS, sino que también necesitábamos enseñanzas para conducirnos SOBRE LA TIERRA. Y no olvidemos, hermanos, que será por medio de nuestra marcha práctica sobre la tierra como manifestaremos que hemos comprendido nuestra posición celestial. De modo que si la conducta de un cristiano es carnal y mundanal, esto evidencia que no realiza su posición santa y elevada como miembro del Cuerpo de Cristo y templo de Dios.

 

IV.- EL REMEDIO

 

         Por eso quisiera exhortar - afectuosa pero solemnemente - a los que suelen tomar parte en conversaciones frívolas, y decirles: - Ama­dos hermanos, ¡tened sumo cuidado de vuestro estado de salud espi­ritual! Tales costumbres son síntomas de una enfermedad interna, la cual puede llegar a perjudicar en vosotros las mismas fuentes de la vida. No permitáis que esta enfermedad progrese: acudid al sobe­rano Médico. Nada podrá restaurar vuestro estado espiritual, sino lo que sólo el Señor puede daros.

 

         Una nueva contemplación de la excelencia, del valor y de la per­fección de Cristo, es lo único que puede elevar nuestras almas por encima de su baja condición. Toda nuestra esterilidad, nuestra com­pleta incapacidad, provienen del hecho de haber abandonado a Cristo. No fue Él quien nos abandonó. ¡NO! ¡Bendito sea su Nombre, esto no puede ser! Pero, en la práctica, nosotros le hemos abandonado; y, por lo tanto, ha bajado tanto nuestro nivel espiritual que resulta, a veces, muy difícil discernir en nosotros algo que sea cristiano, a no ser el solo nombre. Nos hemos detenido repentinamente en nuestra marcha práctica. No hemos realizado, como lo debíamos hacer, lo que signi­fican la «copa de amargura» de Cristo y su bautismo; no hemos pro­curado tener comunión con Él en Sus sufrimientos, Su muerte y Su resurrección. Conocemos el resultado de estas cosas, como siendo efectuadas en Él, pero no las hemos experimentado en la práctica. ESTA ES la causa de nuestra flaqueza y de nuestro declive espiritual Nada lo podrá remediar, sino una mayor contemplación y realización de la plenitud de Cristo.

 

C. H. Mackintosh

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 19.-

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