VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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CONTIENDAS (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)
VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

CONTIENDAS

 

 

         "Seis cosas aborrece Jehová..." las que son obra del "que anda en perversidad de boca... el hombre malo (lit. "un hombre de Belial"), el hombre depra­vado" (Proverbios 6:16 y Proverbios 6: 12-14). Y la que viene men­cionada en último lugar - quizá por ser la más detestable de todas -, la que nos revela aquella obra o actividad del hombre inicuo, es la de encender rencillas o contiendas (versículo 14).

 

         Pero si Jehová "seis cosas aborrece", vemos también que "aun siete (cosas) abomina su alma"(versículo 16), y la que viene citada otra vez en último lugar, como si fuera la peor de todas, es obra de aquel que "siembra discordia (o, encien­de rencillas) entre hermanos" (Proverbios 6:19).

 

         Ambas enumeraciones terminan, pues, por las discordias (rencillas) o contien­das. Sembrar discordias es hacer siempre la obra del Enemigo, pero ¿qué pensar de aquel que "siembra discordia entre hermanos", her­manos que Dios quiere ver habitar juntos, en armonía, "igualmente en uno" (Salmo 133:1 - RVR1909)? ¡Sólo hace lo que abomina el alma de Je­hová! Tal vez vacilaríamos nosotros en usar semejante expresión, pero Dios se vale de ella para pronunciar una condenación moral sobre aquel que realiza tan vil y despreciable faena. Meditémoslo, amados hermanos, y que dicha consideración alcance nuestras con­ciencias, haciendo mella en ellas, para que seamos guardados de hacer o decir cualquier cosa que podría turbar la paz y la comunión, sembrando gérmenes de discordia entre hermanos.

 

         Cuando Moisés, siendo ya hombre, salió a donde estaban sus her­manos - tipo o figura del Señor en Su encarnación y humillación voluntaria - vio "dos hebreos que reñían". Él se acercó a ellos mien­tras peleaban, y fue a poner paz entre ellos diciendo: "hermanos sois, ¿por qué os hacéis agravio el uno al otro?" (Éxodo 2: 11-13; Hechos 7: 26 - VM).

 

         ¡Cuán triste es ver a hermanos que tienen la misma vida y una común esperanza porque tienen un mismo Salvador y Señor, injuriar gravemente, infamar de palabra y disputar uno con otro, en vez de vivir en paz y armonía, "ha­bitar los hermanos igualmente en uno" (Salmo 133:1 - RVR1909). Lo que Moisés presenció entre estos dos hebreos, el apóstol Pablo habría de verlo entre los Corintios. Ellos también se perjudicaban unos a otros, aunque fuesen hermanos en Cristo, de tal modo que tuvo que escribirles: "Ahora, pues, es ya una culpa grave entre vosotros, el que tengáis pleitos unos contra otros. ¿Por qué no sufrís antes la injusticia? ¿Por qué no permitís antes que seáis de­fraudados? Pero vosotros mismos hacéis injusticia y defraudáis, y esto a vuestros hermanos. ¿Acaso no sabéis que los injustos no he­redarán el reino de Dios?" (1 Corintios 6: 7; VM).

 

         Citemos ahora dos recortes de artículos escritos ya sobre el mismo tema. "Entre siete cosas que son abominación para Jehová, se halla y culmina aquel que "siembra discordia (rencillas) entre hermanos" ¡Quiera el Señor que todos los hermanos sepan dejar de lado toda cuestión de orden personal, o cualquier otra, que producen disputas para ocuparse ellos sólo de Su bendita Persona! Así es como nos podremos mantener en continua y preciosa comunión fraternal, sacar provecho de nuestras almas y ser útiles a nuestros hermanos".

 

            El otro recorte es éste: "Las dificultades que surgen muchas veces entre los hijos de Dios, y los debates, o disputas que ocasionan, evi­dencian el miserable estado en que nos hallamos; esto nos debería llevar a una constante y profunda humillación. Al meditar uno sobre tantas cuestiones o dificultades que se plantean, que agitan y turban las almas, uno no puede menos que preguntarse: ¿qué clase de bien hay en todo esto para las almas? ¿Qué provecho para los pobres del rebaño, para los sencillos y los pequeños? Lo que necesitan es Cristo, un Cristo completo, tal como nos lo presenta la Palabra: en Su magnifi­cencia como Hijo de Dios, en Su tierna condescendencia como Hijo del Hombre, siempre la misma y adorable Persona "ayer, y hoy, y por los siglos", contestando Él solo y perfectamente, a todas nuestras ne­cesidades" (Pasajes sacados del "Messager Evangélique", años 1934 y 1890, respectivamente).

 

         En el ya mencionado Libro de los Proverbios, hallamos precio­sas enseñanzas acerca de las discordias o contiendas. Parecen ser como la contestación a cuatro preguntas, que iremos examinando aquí, con la ayuda del Señor:

 

I.- ¿DE DONDE VIENEN LAS CONTIENDAS?

 

"Ciertamente la soberbia concebirá contienda;

Mas con los avisados (lit.: con quien toma consejo)

está la sabiduría."

(Proverbios 13:10.)

 

         Aquel que se halla imbuido de su propia importancia y superiori­dad, defiende su propio punto de vista con gran empeño, y no acepta nunca confesar sus yerros; pues está persuadido de que no puede equivocarse. Nada tiene de esta humildad que nos lleva a estimar a nuestros hermanos como superiores a nosotros mismos; muy al contrario, obra "por contienda (o espíritu de competencia) o por vanagloria" (Filipenses 2:3).

 

         En su epístola, el apóstol Santiago, empleando la misma palabra (Santiago 3: 14 y 16), se eleva también contra la envidia y la contención entre hermanos, es decir las contiendas y el deseo de superar a los demás. El orgullo produce la contienda, y la contienda o las disputas suelen dar origen a la formación de partidos, o «bandos». Los "pendencieros" y los que apoyan algún partido van animados por el mismo es­píritu, y - si Dios no interviene en gracia - las contiendas y los partidos acarrean la ruina de una asamblea local. Una asamblea en la cual las discordias han echado raíces hasta el punto que se halle dividida en varios partidos corre el peligro - si no se humilla y persiste en este estado - de perder su carácter de asamblea de Dios: la unidad del Espíritu ya no es «guardada», por haber sido roto "el vínculo de la paz" (Efesios 4: 1-3). La existencia de partidos o bandos en la asamblea es la negación práctica de la verdad fun­damental de la unidad del Cuerpo.

 

         El apóstol exhorta a los corintios a hablar "todos una misma cosa", a no tener disensiones entre sí, y a estar "perfectamente uni­dos en una misma mente y en un mismo parecer" (1 Corintios 1:20). Lo hacía porque había "celos" y "contiendas" en esta asamblea, y aquella actividad car­nal, unida al orgullo (ver 1 Corintios 5:2) había provocado la constitución de partidos o fracciones: "pues mientras haya entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois carnales, andando según el uso de los hombres? Pues cuando uno dice: Yo soy de Pablo; y otro: Yo soy de Apolos; ¿no sois como hombres mundanos?" (1 Corintios 3: 3-4; VM, y también 1 Corintios 1: 11-13).

 

         Si en la primera epístola el apóstol estigmatiza, es decir, reprende y censura aquella tendencia de los Corintios a declararse afecto a un jefe de partido, a un hombre a quien seguir; en cambio, en la segunda carta, él lo hace con mayor fuerza aún: hablándoles de su propósito de volver a visitarles, les declara cuánto teme encontrar entre ellos "pleitos, celos, enojos, rivalidades, difamaciones, chismes, arrogancia, desórdenes…" y añade "si voy otra vez, no seré indulgente." Su ardiente deseo era usar de aquella autoridad que el Señor le había dado "para edificación", pero, en caso que ellos no oyeran, tendría que usarla "para destrucción." (2 Corintios 12:20; 2 Corintios 13: 2 y 10 - LBLA).

 

         En aquel que obra " por contienda (o espíritu de competencia) o por vanagloria", no cabe el menor sentimiento de humildad, aunque hable - quizá - de ella. Tarde o temprano, semejante conducta producirá contiendas sin contar los amargos frutos que siempre llevan; y demuestra la carencia total de sabiduría, aquella sabiduría "que desciende de lo alto" y que " primeramente es pura, después pacífica, modesta, be­nigna, llena de misericordia y de buenos frutos, no juzgadora (es decir: sin parcialidad), no fingida". Tener en su corazón "envidia amarga y contención", es mentir contra la verdad, y ello produce "perturbación y toda obra perversa" (Santiago 3: 13-18; RVR1909).

 

         «Con quien toma consejo está la sabiduría». Para aceptar que se nos aconseje, es necesario ser animados por otros sentimientos que el orgullo o la soberbia. Comprender que estamos expuestos a equivo­carnos, que muchas veces nuestros hermanos son capaces de juzgar las cosas con mayor discernimiento que nosotros, y que varios de ellos pueden hacer que nosotros nos beneficiemos de los frutos de su larga expe­riencia, nos llevará a buscar el oportuno y benéfico consejo. Demos­traremos así que tenemos sabiduría, que somos animados e impul­sados por aquella "sabiduría de lo alto... primeramente pura, después pacífica". Si obrásemos siempre con ese espíritu no habría nunca discordias entre nosotros que somos hermanos.

 

         "Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la sabiduría" (Proverbios 11:2). "El que obedece al consejo es sabio" (Proverbios 12:15). "En la multitud de consejeros hay seguridad." (Proverbios 11:14). "Y en la multitud de consejeros está la victoria." (Proverbios 24:6). Los consejeros que conviene escuchar son aquellos que nos muestran lo que Dios enseña por Su Palabra y Su Espíritu. En efecto, ¿podría ser que un sabio consejo no pro­cediera de Dios? iOjalá podamos decir, en verdad, como el salmista: "Tus testimonios son mis deleites y mis consejeros" (Salmo 119:24 - RVR1909).

 

II.- ¿QUIEN SIEMBRA LAS CONTIENDAS?

 

         A esta pregunta contestan los versículos ya citados de Proverbios 6: 12-19, pero también Proverbios 16:28: "El hombre perverso levanta contienda; y el chismoso aparta a los mejores amigos". El varón per­verso sólo busca y procura el mal, "cava" para la maldad (Proverbios 16:27), como si hallara satisfacción en cometerla. Para "cosechar" ese fruto, siembra las contiendas. Alega motivos de discordia, plantea problemas o asun­tos susceptibles de provocar disputas, arma contiendas de una manera u otra: tal es su faena acostumbrada, y muchas veces él mismo es también el chismoso que "aparta a los mejores amigos".

 

         "Las palabras del chismoso son bocados muy suaves; pues descienden a lo más interior del cuerpo (esto es: de las entrañas)" (Proverbios 18: 8 - VM). Este versículo se halla repetido, palabra por palabra, en Proverbios 26:22, cosa muy digna de llamar nuestra atención, pues escasamente ocurre en este libro. En Proverbios 18, las palabras del "necio" o del "insensato" producen las disputas o pleitos: "Los labios del insensato se meten en las disputas, y su boca incita a las heridas. La boca del insensato es su misma perdición; y sus labios son un lazo para su alma." (Proverbios 18: 6 y 7 - VM); en el capítulo 26, el chismoso excita, por su actividad, las contiendas. ¡Cuánta perversidad - generalmente consciente - encierran las "palabras del chismoso" (Proverbios 26:22). Él se las arregla para presentar las cosas bajo un aspecto tal, que lo bueno aparece como esencialmente malo. Y aún más: si no altera los hechos, no vacila un momento en desvelar lo que sería mejor callar. Tan funesta y culpable actividad suele tener lamentables resultados: allí donde había relaciones fraternales llenas de confianza mutua y de gozo, surgen la turbación y las contiendas, con sus tristes y dolorosas consecuencias.

        

         Si "las palabras del chismoso son bocados muy suaves", si agra­dan al que las oye, es porque corresponden a los deseos del corazón natural. No es de extrañar, pues, que produzcan lo que la Palabra de Dios menciona entre las "obras de la carne" en Gálatas, 5: 19-21.

 

III.- ¿COMO SE DESARROLLAN LAS CONTIENDAS?

 

         Una vez sembrada la discordia (Proverbios 16:28), el enemigo va a incrementar su actividad para que la simiente brote y crezca. Utiliza, para lograrlo, varios medios o procedimientos: el odio, la ira o la violencia, la altivez o soberbia.

 

         a) El odio. - " El odio despierta rencillas; Pero el amor cubrirá todas las faltas." (Proverbios 10:12).

 

         ¡Cuán verdadero es que el odio despierta las rencillas y discor­dias!, y no olvidemos, hermanos - por triste que sea - que este sen­timiento puede anidar en el corazón de un hijo de Dios. La primera epístola de Juan nos enseña que el amor es el fruto del nuevo nacimiento, y que dicha virtud no halla cabida en el viejo hombre. A éste, en efec­to, le es imposible amar con un amor según Dios; sólo puede odiar. De modo que si no juzgamos en nosotros la actividad de la carne, si no nos consideramos "muertos al pecado" (Romanos 6:11), podremos llegar hasta sentir y manifestar para con nuestros hermanos un verdadero odio, y cual un activo fermento favorecerá el desarrollo de las con­tiendas.

 

         En este versículo de Proverbios 10:12, y en la primera epístola de Juan, hallamos el mismo antagonismo entre el amor y el odio. Si "el odio despierta rencillas", en cambio "el amor cubrirá todas las faltas". Esto no significa, desde luego, que el amor tolera el mal, pues el amor, según Dios, "aborrece lo malo" (Romanos 12:9), y no lo puede sufrir. Sólo que se ocupa del mal siguiendo las enseñanzas de la Pa­labra, como ejerciendo un servicio de sacerdote. El amor nunca nos incitará a pregonar tal o cual inconsecuencia, o pecado, de un creyente; muy al contrario, "cubrirá todas las faltas" y nos llevará a realizar Mateo 5: 23-24, o Mateo 18:15 (reconciliación), o bien Gálatas 6:1 (res­tauración).

 

         b) La ira o la violencia. - "El hombre iracundo promueve contiendas; Mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla." (Proverbios 15:18).

 

         El hombre iracundo, violento, nos es presentado en oposición o contraste con aquel que "tarda en airarse", que es lento en airarse. Cuando empieza una contienda, la ira y las palabras agresivas o vio­lentas (frutos de la carne), no podrán sino excitarla, hincharla, y así las cosas irán de mal en peor. La ira, lo mismo que la contienda, pertenece a las "obras de la carne" mencionadas en Gálatas 5: 19-24. El creyente que, permaneciendo en la dependencia de Dios, no con­testa a las actividades de la "carne" por medio de la misma, será capaz de ejercer una acción apaciguadora, obrando eficazmente para restablecer la paz. Pero si no le es posible intervenir con este espí­ritu, hará bien en obedecer lo que prescribe Proverbios 17:14: "El que comienza la discordia es como quien suelta las aguas; Deja, pues, la contienda, antes que se enrede."

 

         "El hombre iracundo levanta contiendas, y el furioso muchas veces peca" (Proverbios 29:22). "El que provoca la ira causará contienda" (Proverbios 30:33).

 

         c) La soberbia.- "El orgulloso de espíritu excita las contien­das; mas el que confía en Jehová, prosperará" (Proverbios 28:25 - VM).

 

         Por la soberbia no viene más que contiendas, hemos visto ya en Proverbios 13:10, y vemos todavía que es la soberbia, la altivez de ánimo, lo que la excita. El orgullo atiza el odio que ha producido y, por consiguiente, aviva la contienda que originó; sus consecuencias, por tanto, pueden ser irreparables: "El hermano ofendido es más difícil de ganar que una ciudad fortificada, y las contiendas son como cerrojos de fortaleza." (Proverbios 18:19 - LBLA).

 

         En Proverbios 28:25, el hombre altivo o soberbio es presentado en oposición o contraste con "el que confía en Jehová". Confiar en Dios es la misma expresión que la dependencia de Él: es reconocer su incapacidad propia y sentir la imperiosa necesidad de ser ayudado y guiado; es lo propio de la humildad, y en este camino nos promete la prosperidad el Dios en quien no nos confiamos nunca en vano.

 

         En cambio, no puede haber provecho ni crecimiento espiritual para "el orgulloso de espíritu (o, "altivo de ánimo") quien asimismo "excita las contiendas".

 

         ¡Guárdenos el Señor del odio, de la ira o violencia y de la sober­bia, tristes manifestaciones de la actividad de la carne!

 

IV.- ¿COMO SE APACIGUAN LAS CONTIENDAS?

 

         Como hemos visto, "El amor cubre todas las faltas", y " el que tarda en airarse apacigua la rencilla." (Proverbios 10:12 y 15:18). Leemos, también, en Proverbios 26:20: "Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda". Cese de una vez la funesta actividad de los "chismosos", y seguidamente acabará la contienda de la misma manera que se apaga el fuego cuando ya no se alimenta.

 

         Pero, para apaciguar las discordias, hay una cosa de primordial importancia, y es el estado de las almas en la presencia de Dios. Ci­temos a este propósito una solemne advertencia, sacada de una carta de J. N. Darby, escrita en el año 1876: "El estado de las almas es, en realidad, lo importante, y mientras no se humillen todos, no habrá paz..." ¿Qué será del testimonio si el espíritu de «partidos» se va extendiendo y si el Espíritu de Dios está contristado semejantemen­te? Un hermano tiene su opinión, otro la suya. Ambas pueden ser justas: no pretendo apreciarlo aquí; pero, de todas maneras, las opi­niones son una cosa, y el estado de las almas es otra: y esto último es lo único im­portante. Una verdadera humillación en cuanto al estado de las cosas revelaría un espíritu de gracia. Aun si tenemos una opinión justa, ello no significa que estemos delante de Dios, y no hay paz mientras no gozamos de su presencia."

 

         Estas observaciones son de la mayor importancia. Las contiendas que surgen entre hermanos, ¿no son el indicio de un malestar espi­ritual en unos y otros? ¿No es Dios quien las permite para que dicho estado sea manifestado y juzgado? Por lo tanto, lo esencial no es saber primero quién se equivoca y quién tiene razón, sino ante todo llevar las almas "delante de Dios". Si se realiza esto, acabarán muy pronto las contiendas, y mientras no se haga, "no habrá paz". Escu­chemos este consejo de un venerado siervo del Señor, acordándonos que "el que obedece el consejo es sabio".

 

         Para terminar, recordemos las palabras del Señor a sus discípulos: "Tened sal en vosotros mimos, y tened paz los unos con los otros" (Marcos 9:50). Ambas cosas van emparejadas, y la segunda depende de la primera. Viviremos en paz los unos con los otros si tenemos sal en nosotros, es decir, si realizamos en nuestros corazones una verdadera separación del mal (la sal es, en efecto, lo que preserva de la corrupción). Si no hay en nosotros esta separación interna, que forzosamente se manifestará exteriormente, tarde o temprano surgirán las discordias.

        

         Dios desea que los hermanos habiten "igualmente en uno" (Salmo 133:1 - RVR1909), en ar­monía, y esto es una cosa "buena" y "deliciosa". ¡Ojalá lo realicemos para Su gloria y nuestro gozo! Es nuestra ferviente oración al termi­nar estas líneas.

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, Nos. 19 y 20.-

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