VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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¿UNIDAD O CONFUSIÓN?

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

¿UNIDAD O CONFUSIÓN?

 

 

         Las presentes líneas van dirigidas a cristianos que se hallan más o menos ejercitados, e incluso turbados, por las cuestiones de co­munión fraternal, expresadas de modo especial al participar de la Cena del Señor. Son creyentes que anhelan obedecer plenamente la Palabra de Dios y aprecian la reunión de los "dos o tres" (Mateo 18:20) en la bendita presencia del Señor, a Su Mesa. Desean amar a todos los hijos de Dios y demostrárselo efectivamente. Por eso, com­prenden difícilmente que haya creyentes que no tengan la libertad de admitir a uno a la Mesa del Señor, sin tomar precauciones que les parecen excesivas; tampoco entienden que no se sienten libres de participar de la Cena en cualquier lugar donde se celebra.

 

         Este asunto es, sin duda, de la mayor importancia y solemnidad. Digamos y repitamos ante todo que aquellos que adoptaron esta posición que se les echa en cara, no lo hicieron llevados por un or­gulloso «exclusivismo», sino después de dolorosas pruebas y expe­riencias. Por cierto, lamentan y sienten hondamente este estado de cosas, pero dan gracias a Dios, el cual nos revela en Su Palabra cuál es su senda: la de la obediencia.

 

         Veamos, pues, cuáles son, a este respecto, las enseñanzas de la Palabra de Dios fuente de toda verdad. Quisiera insistir especial­mente sobre dos puntos de capital importancia.

 

         El primero es el siguiente: Si participamos de una "mesa" de culto, afirmamos que estamos en comunión con aquellos que también par­ticipan de ella (1 Corintios 10: 14-21). Ello no quiere decir que haya entre todos los participantes una absoluta identidad de pensamiento sobre todas las cosas, pero sí que la hay sobre lo que les reúne a dicha mesa, y lo que en ella se proclama. Ya no existen, literal­mente, en nuestros países «mesas de demonios»; no obstante conserva toda su fuerza la lección que se desprende del ejemplo citado por el apóstol: "no quiero que tengáis comunión con los demonios" (1 Corintios 10:20 - VM), dirigiéndose a cristianos quienes no pensaban que un ídolo fuera algo, y mucho menos creían tener comunión con los demonios, pero que, en los banquetes, se sentaban con aquellos que sacrificando a los ídolos, sacrificaban a los demonios. Por más que protestaran esos cristianos, alegando que no pensaban como aquellos idólatras y que sólo participaban de un festín pagano, sin embargo, al asociarse a su "mesa", tenían comunión con los demonios.

 

         El segundo punto es que la Mesa a la cual el Señor reúne los suyos, no es la mesa de un grupo, o círculo de comunión cualquiera de creyentes unidos entre sí sobre la base de ciertas verdades: es la Mesa del SEÑOR, de la cual pueden participar todos los suyos: es la expre­sión y proclamación de la Unidad del Cuerpo de Cristo (1 Corintios 10: 16-17). Si nos reunimos para participar de la Cena como reformados, luteranos, evangélicos, metodistas, bautistas, greco-ortodoxos o cató­lico-romanos, contradecimos e invalidamos esta enseñanza de la Bi­blia. Y si nos reunimos como «exclusivistas» o aun como «los hermanos», como si fuésemos los únicos hijos de Dios - cuando por el contrario, los hay numerosos en todas partes, desparramados en casi todas las sectas de la Cristiandad -, también contradecimos la doctri­na Escritural y no podemos decir que estamos a la Mesa del Se­ñor. De igual modo, si nos congregamos con el pretencioso pensa­miento de ser más piadosos que los demás cristianos, perdemos de vista la significación de esta Mesa; aun más: mentimos, pues los he­chos demuestran que la "carne" obra en todas partes, y que faltamos mucho, de modo especial en el servicio de la evangelización, más abierta y fielmente reinvidicado y cumplido por otros creyentes. No usurpemos, pues, títulos o cualidades que no nos caracterizan.

 

         Pero si Dios obra para sacar a los Suyos de la diversidad y confu­sión de «Iglesias», denominaciones y sectas, congregándoles en - o hacia - el nombre de Jesús (Mateo 18:20), hemos de prestar mu­cha atención a lo que Él requiere de aquellos que así reúne por obra de su Espíritu Santo.

 

         Nos enseña la Palabra que ellos:

- Deben haber nacido de nuevo (1 Corintios 12:13; 2 Corintios 6: 14, 15)

- Deben reconocer el Señorío de Cristo sobre la Asamblea, y la acción del Espíritu Santo que reparte "a cada uno en particular como él quiere" los dones y los ministerios (1 Corintios 12: 4-11).

- Deben so­meterse a la autoridad del Señor en la Asamblea, ya para mantener la paz entre hermanos (Mateo 18: 17-20), ya para «quitar al perverso» de su seno (1 Corintios 5).

        

         La Palabra de Dios enseña, asimismo, que la Iglesia, o Asamblea, es una, de modo que lo que ella «liga» en nombre del Señor en un lugar, queda ligado en todas partes; de otro modo, la autoridad del Señor sería reconocida por unos e ignorada, o ne­gada, por otros.

 

         Los grupos o las congregaciones «abiertas», «independientes» o «libres» niegan, pues, ambas cosas: la unidad del Cuerpo de Cristo y la autoridad absoluta del Señor sobre su Asamblea, presente «en medio de los dos o tres». Y si no lo hacen «teóricamente», lo practican en la realidad. Nunca meditaremos esto con suficiente reco­gimiento: una asamblea local no sería la expresión de la Iglesia en­tera (Lo que ella testimonia o proclama en la Mesa del Señor), si cuanto hace en nombre del Señor no comprometiera a las demás asam­bleas; el hecho de no reconocer sus decisiones sería negar la unidad del cuerpo de Cristo [1].

 

[1] NOTA: El afirmar que una decisión tomada por una asamblea congregada en el nombre del Señor es obligatoria para toda la Iglesia de Dios, no es pretender a la infalibilidad. Creerlo sería apoyarse sobre el miserable sofisma que confunde la autoridad con la infalibilidad. (Véase «La disciplina» por J. N. Darby, páginas 50-58).

 

         Un cristiano que ha comprendido lo que significa «salir del campamento» (Hebreos 13:13), es decir, fuera del campamento religioso hoy integrado por la Cristiandad, ad­mitirá, en principio, la mayor parte de estos puntos. Pero, donde surgen las dificultades, en la práctica, es a propósito de la respon­sabilidad y la autoridad de la asamblea local. Examinemos dicho asun­to con la mayor atención.

 

         No es posible - sin faltar a los derechos de Cristo - estar en co­munión, a la Mesa del Señor, con un hombre que llevara una vida de pecado manifiesto; y si este hombre participa ya de la Mesa, la asamblea tiene el deber de limpiarse de la "vieja levadura" la cual hace fermentar toda la masa (1 Corintios 5: 6-8). La unidad que ella pre­gona en la Cena lo exige. La asamblea es colectivamente responsable, la responsabilidad de cada uno subsiste, desde luego, pero englobada en la suya (1 Corintios 5: 6-8 y 11: 28-30). No actúa la asamblea como si fuera un tribunal; el mal en su seno es el pecado de todos, y todos tienen que confesarlo y humillarse cuando - no habiéndose juzgado a sí mismo el culpable, en la presencia del Señor - dicho mal o pecado ha crecido y aparece manifiestamente, tal como la lepra en la casa (Levítico 14: 39-40).

        

         Hay que ejercer para con él una disciplina, con amor y paciencia. Si no hace caso de ella, habrá que separarle, en vista de su propia restauración, y también porque la asamblea tiene que purificarse. Pierde su carácter una asamblea de Dios si ella rehúsa purificarse de esta manera, y si tolera el mal, declarando dejarlo a la sola respon­sabilidad individual.

 

         La Palabra no es menos formal y positiva cuando prescribe que no recibamos en casa al que no permanece en la "doctrina de Cristo" (2 Juan). No esperemos, por cierto, llegar al mismo parecer so­bre todos los puntos, sobre la profecía por ejemplo, sobre los tipos o figuras, o aun sobre la Iglesia; pero acerca de esta doctrina de Cris­to, "Jesucristo venido en carne", muerto, resucitado, glorificado, no puede haber equívoco. Tratándose de los fundamentos mismos del cristianismo, no se puede tolerar ni la ignorancia, ni las divergencias de interpretaciones que sobre otros puntos se podría alegar de bue­na fe.

 

         Es, pues, necesario, para admitir a la Mesa del Señor a un creyente que desea participar de ella, que la asamblea - como testimo­nio local - no tenga ninguna reserva, tanto sobre la conducta per­sonal del solicitante (tiene ella el deber de preservarse del mal mo­ral) como acerca de su fe (ya que, con más vigilancia, quizá, ha de guardarse del mal doctrinal). Si un cristiano se halla de paso en una localidad donde no es conocido, el requisito más elemental es que sea recomendado, ya por hermanos conocidos, ya por una asamblea conocida, y con la cual se mantiene estrecha comunión.

 

         Para contestar a una acusación formulada repelidas veces, añado que no se trata de ningún modo de recibir a alguien como «exclusivista», como miembro de una denominación, o círculo de comunión, cuyo nombre debemos rechazar hasta en nuestros pensamientos, sino de recibirle como sacer­dote que ha dado la prueba de su genealogía (Esdras 1:62). Obrar de otro modo sería negar el Señorío de Cristo sobre la Asamblea.

 

         Por otra parte, ¿podría ser que cristianos conscientes de aquel señorío de Cristo se hallasen libres de ir a partir el pan en una con­gregación en la cual el mal moral o doctrinal, y a veces ambos, sería tolerado, dejando a cada uno la responsabilidad de su conducta y de su fe? Nuestra conciencia, y los afectos, el amor, para Cristo nos enseñan el único camino.

 

         Pero, dirán algunos, se trata de una asamblea de creyentes, sepa­rada de las organizaciones humanas, y en la que no se enseña nada opuesto a la "doctrina de Cristo". Bien; pero, no obstante, este de­seo de dar la mano a todos sin las precauciones necesarias, lleva a admitir para el partimiento del pan a todos los que lo quieren, bajo la propia responsabilidad de cada uno. Es consentir asociar la Mesa - estando a la cual se proclama la comunión -, con el mal, bajo una forma u otra. Y si (como ocurre probablemente) se recibe a uno que fue separado o excomulgado en otra asamblea, se niega la unidad del cuerpo, la cual es, no lo olvidemos, la única realidad palpable para guiarnos en la creciente confusión del caos eclesiástico.

 

         Lejos de nosotros está el pensamiento que un creyente que se es­timara libre de participar de la Cena a su antojo no pudiera ser un verdadero creyente, tal vez más fiel y abnegado que todos los demás, en su conducta personal. Con todo, al participar de la Cena del Se­ñor un día en un grupo, más adelante en otro, yendo así de un sitio a otro, se relaciona precisamente con un estado de cosas del cual el mismo Señor quiere sacarnos, dicho cristiano buscará la mezcolanza, cuando el Señor ordena la separación (2 Corintios 6:17). En este caso (por lamentable y doloroso que sea) es imposible recibir a este cre­yente a la Mesa del Señor, sin negar, al hacerlo, la misma enseñanza de la Palabra, y no los pretendidos «principios de los hermanos», expresión, esta última, que hemos de rechazar resueltamente. Si no ad­mitimos a dicho creyente a la Mesa del Señor, no es porque rechaza las opiniones de J. N. Darby o de cualquier otro, sino porque - bajo pretexto de unión - anula la unidad, y - probablemente sin darse cuenta de ello - favorece la confusión.

 

         ¿Quién es responsable de sembrar la división entre los hijos de Dios? ¿los que al querer vincularse con todos evidencian la desga­rradora división y parcelamiento del cuerpo de Cristo, o aquellos que mantienen que sólo existe un terreno, una base de reunión común a todos los hijos de Dios en el cual se proclama la unidad del cuerpo de Cristo?

 

         Desde luego, hemos de rogar al Señor que nos guarde de esta­blecer reglas o reglamentos. Cada caso debe ser examinado individualmente. Un creyente cuya conducta y fe aparecen sanas, pero que no fijó nunca su atención en estas cosas, y que, de buena fe, pidiera para participar de la Cena no podría ser apartado sin que esto fuese sectarismo.

 

         Antes de terminar, repitámoslo aquí: Nosotros No somos La Asamblea, ni somos LOS hermanos, la Mesa del Señor no nos pertenece. Pero to­dos los cristianos son responsables de mantener lo que la Biblia enseña en cuanto a la Asamblea de Dios, de andar como hermanos en Cris­to y de participar de la Mesa del Señor, apreciándola como es de­bido.

 

         Guardémonos constantemente del espíritu sectario, y exhortémonos mutuamente a andar personalmente de tal manera que el Enemigo no pueda engañarnos. Él redoblará sus esfuerzos y ataques; pero lo importan­te para nosotros es que nos revistamos de "toda la armadura de Dios" no de la nuestra: la separación exterior no sería nada sin una verdade­ra santificación procediendo de corazones que aman a Cristo y a los suyos, en pureza y en sincera humildad.

 

         Amados hermanos, no levantemos otra muralla distinta de la que la Palabra de Dios nos manda edificar. Pero, para aquella, edifique­mos "cada uno delante de su casa" (Nehemías 3) y todos juntos alrededor de la sola y misma ciudad. La Iglesia es una. En el trans­curso de los siglos ha venido a ser sobre la tierra la "casa grande" (2 Timoteo 2:20), o Cristiandad, de la cual seremos parte integrante hasta la venida del Señor. Hemos, pues, de aguantar sus do­lencias, gemir sobre sus infidelidades, humillarnos de sus corrupcio­nes, y lamentar y sentir como heridas nuestras sus divisiones. Tam­bién - no lo olvidemos - hemos de reconocer la fidelidad del Señor para con su Asamblea, proclamando aquella unidad, siempre mara­villosa a sus ojos, gozando de los dones que confiere - no a deter­minado grupo de cristianos - sino a la Iglesia entera. Hasta el fin, Él obra para santificarla, y nunca se cansa de aconsejar y de adver­tir, en su tierno amor, a aquella que - en la tierra - lleva Su nombre.

 

         Pero, dentro de esta misma casa a la cual pertenecemos, es el Es­píritu de Dios, y no un hombre, quien nos dice: "Apártese de ini­quidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo" (2 Timoteo, 2: 19-23).

 

"Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo." (Efesios 6:23).

 

A. Gibert

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 19.-

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