VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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PERDONAR COMO DIOS PERDONA (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

Perdonar como Dios perdona

 

 

         La Biblia nos exhorta a perdonarnos los unos a los otros, «como Dios también nos perdonó en Cristo» y «de la manera que Cristo nos perdonó.» (Efesios 4:32; Colosenses 3:13). Estas expresiones nos dan la medida del perdón: es un perdón completo, sin reserva alguna, y que no deja permanecer en nuestro corazón el menor residuo, el más ínfimo recuerdo del agravio que se nos ha hecho, a imitación de Aquél que declara "Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones" (Hebreos 10:17). También nos enseñan cuál es el ca­rácter del perdón que hemos de conceder.

 

         En realidad, ocurre a menudo que comprendemos muy mal lo que es el perdón que debemos otorgar y faltamos en este aspecto, tanto en lo que se refiere al carácter del perdón como en cuanto a su medida. Por lo respecta a su medida, si bien consentimos en declarar «yo perdono», ¿acaso no añadimos muchas veces - con el pensamiento, si no en voz alta - «pero no lo olvidaré nunca»"? Esto no es per­donar como el Señor nos exhorta a hacerlo en los versículos ya cita­dos. Pero el extremo opuesto sería también peligroso: no hemos de creer que, en todos los casos y seguidamente, debemos ir hacia quien nos perjudicó, pecando contra nosotros, para otorgarle un perdón sin reserva, cualquiera que sea el estado moral en el cual se halle. Tampoco esto sería perdonar como hemos de hacerlo, pues sería des­conocer la esencia y el verdadero carácter del perdón, e incitar al culpable a considerar con ligereza el mal, en vez de ayudarle a examinarse y a juzgarse a sí mismo.

 

         No olvidemos que cualquier pecado se comete primero contra Dios, como nos lo enseñan el versículo 4 del Salmo 51 y otros pa­sajes. Por lo tanto, perdonar a quien no ha comprendido cuán grave es el pecado que ha cometido contra Dios, no sería buscar su bien. No sería manifestarle el verdadero amor. Eso nos explica porqué a continuación de Colosenses 3:13, viene la exhortación del versículo 14: "soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto." El amor procura siempre el bien de la persona amada de acuerdo con el pen­samiento de Dios, y no según nuestra manera de pensar. En cada caso, sabrá sugerir los medios oportunos para tocar el corazón y alcanzar la conciencia del que haya cometido la falta, de tal modo que la confiese con rectitud de corazón y se humille. Solo entonces se le podrá perdonar.

 

         ¿De qué manera nos perdonó Dios en Cristo? Cuando le confe­samos nuestros pecados, demostrando un sincero arrepentimiento. Dios puede perdonar a todo pecador, en virtud de la obra perfecta de la cruz, estando Su justicia plenamente satisfecha por el sacrificio expiatorio de Cristo; pero este perdón, sólo lo puede otorgar a un pecador que se arrepiente, porque aquel que no realiza y siente la necesidad de ser perdonado, ¿cómo podrá confesar su maldad y esperar el perdón del Señor?

 

         Este principio es de suma importancia, se trata del perdón otorga­do al pecador arrepentido que se allega a Dios, hallando en Cristo la salvación de su alma, o bien del perdón que implora un creyente confesando que ha cometido una falta y que sufre las consecuencias de su des­obediencia bajo el justo gobierno de Dios.

 

         Consideremos el caso de David. ¿En qué momento pudo decir a Jehová: "Tu perdonaste la maldad de mi pecado" (Salmo 32:5)? Tan sólo cuando hubo «declarado su pecado» y «confesado sus rebeliones» (Salmo 32:5). Antes de gozar del perdón, mientras seguía ocultando su crimen, experimenta­ba lo que declara en los versículos 3 y 4 del Salmo 32: "se gastaron mis huesos con mi continuo gemido", (Salmo 32:3 - VM), pues ignoraba el gozo que produ­ce el perdón. El único hecho, o motivo, que le hizo pasar del estado descrito en los versículos arriba mencionados al que cita al final del versículo 5 ("perdonaste la maldad de mi pecado"), fue - notémoslo bien - la confesión: "Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová." (Salmo 32:5).

 

         Asimismo, el principio enunciado conserva toda su fuerza cuan­do se trata del pueblo de Dios, y ya no sólo de un creyente conside­rado individualmente. Leamos, por ejemplo, la oración de Salomón cuando la consagración del templo, y mayormente 1 Reyes 8: 45-53. Citemos, también, una parte de la contestación de Jehová a esta súpli­ca, tal como la tenemos en 2 Crónicas 7: 13-14, "Si yo cerrare los cielos, de modo que no haya lluvia, o si mandare la langosta que consuma la tierra, o si enviare peste entre mi pueblo; si entonces se humillare mi pueblo, que es llamado de mi nombre, y oraren y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos, yo también oiré desde el cielo, y perdonaré su pecado…" (2 Crónicas 7: 13-14; VM). Bien se trate de una falta individual, o bien del pecado del pueblo, el camino o re­medio es siempre el mismo: humillarse, confesar el pecado delante de Dios y abandonar el mal. Sólo entonces Dios puede perdonar y se complace en hacerlo.

 

         Volvemos a encontrar la misma enseñanza en el Nuevo Testamento: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad." (1 Juan 1:9 - VM).

 

         ¡Cuánto deseaba Moisés que Jehová perdonara el pecado del pueblo cuando éste levantó el becerro de oro! ¡Qué intercesión más fervorosa fue la suya cuando volvió a Jehová: "Te ruego,… que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito."! (Éxodo 32: 31, 32). Mas no podía Jehová contestar favorable­mente la oración de su siervo: "...el día que yo los visite, los castigaré por su pecado." (Éxodo 32:34 - LBLA). Y, ¿por qué no perdonó Jehová en aquel entonces? Fue porque el pueblo no había confe­sado su pecado y no se había arrepentido. Sin embargo, para incitarlos a hacerlo públicamente, Moisés había quemado el becerro de oro, lo había molido hasta reducirlo a polvo que luego esparció sobre las aguas que dio a beber a los israelitas. Mas ni siquiera manifestó el pueblo el menor sentimiento de arrepentimiento. El mismo Aarón - el más culpable sin duda alguna, ya que, con Hur, él es­taba encargado del pueblo mientras Moisés estaba en el monte: - el mismo Aarón desconocía por completo su propia responsabilidad, echando sobre el pueblo toda la culpa: "tú conoces al pueblo, que es inclinado al mal" (Éxodo 32:22), dándole a Moisés un relato muy inexacto de lo que había ocurrido, a fin de disculparse.

 

         Si comparamos los mismos hechos con la versión que Aarón da de ellos, no dejamos de asombrarnos: "Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y los trajeron a Aarón; y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición…" (Éxodo 32: 2-4). Ahora bien, en su relato, Aarón declara: "Y yo les respondí: ¿Quién tiene oro? Apartadlo. Y me lo dieron, y lo eché en el fuego, y salió este becerro." (Éxodo 32:24). Según su relato, Aarón pretende que no hizo más que «echar en el fuego» el oro que el pue­blo le había traído; en cuanto al becerro de fundición, Aarón habla como si no tuviera responsabilidad alguna: "... salió este becerro..."

 

         Hermanos, ¿no ocurre también, a veces, que procuramos en­contrar disculpas para nuestras faltas, a semejanza de Aarón, en vez de confesarlas con rectitud de corazón? Meditémoslo, y no imi­temos su actitud. Ningún sentimiento de culpabilidad, ninguna con­fesión del pecado, ningún arrepentimiento hallamos, ni en el pueblo, ni en Aarón a quien Moisés se lo había confiado; por lo tanto, Jehová no podía perdonar.

 

         Las distintas porciones de la Palabra que acabamos de considerar nos enseñan cuál es el carácter del perdón que debemos otorgar si queremos ser "imitadores de Dios" (Efesios 4:32; Efesios 5:1). Esta ense­ñanza se halla confirmada por las declaraciones del Señor en los evangelios: "Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale." (Lucas 17: 3-4).

 

         Desde luego, debe haber en nuestros corazones sentimientos de gracia y deseos de perdonar a aquel que nos ofenda o perjudique; no obstante, el perdón sólo se conoce después de la confesión o re­conocimiento del pecado y del arrepentimiento.

 

         Por cierto, la confesión resulta, muchas veces, difícil y penosa; difícil y penoso también es el arrepentimiento. A un incrédulo no le gusta tomar semejante postura delante de Dios; desde luego, con­sentirá a veces y de buena gana, en escuchar himnos, pero le es sumamente difícil pasar de los versículos 3 y 4 del Salmo 32, al versí­culo 5; es decir confesar su falta. Para un creyente que ha pecado, la dificultad viene a ser casi siempre la misma, pues el corazón hu­mano sigue siendo el mismo, y le cuesta trabajo confesar su falta con rectitud, y arrepentirse. Para llegar a este resultado, debe ser ejercitada la conciencia del culpable, y sólo Dios puede obrar en ella.

 

         Lo que acabamos de decir no significa que si el culpable no se humilla ni arrepiente, el que haya sido perjudicado deba perma­necer siempre en una actitud indiferente, sin intentar alguna inter­vención oportuna. Adoptar dicha actitud sería falta de amor, del mismo modo que lo sería el hecho de conceder un perdón completo al cul­pable no arrepentido.

 

         Bien es verdad que sólo Dios puede obrar en las almas; sin em­bargo, en numerosos casos, Él se complace en valerse de Sus hijos como instrumentos suyos. Nuestra incapacidad no ha de ser pretex­to para que perdamos de vista la responsabilidad que es nuestra en un servicio que nos incumbe. Este servicio debemos llevarlo a cabo, no pretendiendo obrar nosotros mismos en el corazón del cul­pable, sino con la seguridad de que Dios mismo obrará en «Su» momento, contestando así a la esperanza de la fe.

 

         El amor, del cual debemos "vestirnos" (Colosenses 3:14), lle­vará aquel que está dispuesto a perdonar - pero que todavía no puede hacerlo - hacia el culpable cuya conciencia ha de ser ejer­citada. Este amor manifestado en la verdad, sabrá hacer mella en el corazón; obrará con perseverancia, sin dejarse entibiar o des­alentar por cuanto podría desanimarla, y dicho servicio sólo termi­nará cuando el culpable - ganado por la poderosa gracia divina - se arrepienta y confiese su pecado con rectitud de corazón y pro­funda humillación. Entonces, cuando Dios habrá obrado plenamen­te, los resultados serán manifiestos, y el perdón podrá ser otorga­do sin restricción ni reserva alguna. Tanto en su medida, como en su carácter, será verdaderamente un perdón según Dios.

 

         Si entendiéramos mejor estas enseñanzas, veríamos entre los cre­yentes un feliz desenvolvimiento de las relaciones fraternales, y muy pronto desaparecerían las nubes y nubarrones que, a veces - demasiadas veces -, las enturbian.

 

         Desgraciadamente, debemos confesar que faltamos a menudo en este aspecto. Unas veces (y eso ocurre bastante a menudo) dejamos de ocuparnos de disensiones o de faltas graves, evitando así en ambas partes los ejercicios y las actividades a las cuales la Palabra de Dios nos exhorta. Otras veces, faltamos, otorgando el perdón sin demora, sin procurar reproducir la confesión o el arrepentimiento. Desde luego, eso resulta mucho más cómodo, pues no exige ningún verdadero ejercicio de corazón, ninguna muestra de sincera solici­tud, pero es una actitud que estorba la restauración del culpable. En ambos casos, hay una pérdida para los interesados, como tam­bién para la asamblea. No lo olvidemos, hermanos, y pidamos al Señor que nos ayude para poner en práctica las enseñanzas de su bendita Palabra.

 

Paul Fuzier

 

Revista "Vida Cristiana", Año 1956, No. 24.-

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