VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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"LA IGLESIA QUE ESTÁ EN TU CASA" (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

«LA IGLESIA QUE ESTÁ EN TU CASA»

(Reflexiones sobre la epístola a Filemón)

 

 

         La epístola que el apóstol Pablo dirige a Filemón es, por cierto, muy breve, pero ello no debe llevarnos a atribuirle menor importancia. La Palabra de Dios es rica e inagotable, y suele darnos en pocas palabras enseñanzas de sumo interés y provecho para nuestras almas. Esta observación bien se puede aplicar a la epístola a Filemón. En las presentes líneas, deseamos subrayar un punto muy útil de considerar en relación con circunstancias y necesidades actuales.

 

         El apóstol dirige su carta "al amado Filemón, colaborador nuestro, y a la amada hermana Apia, y a Arquipo nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está (o, que se reúne) en tu casa." (Filemón 1, 2). Indudablemente, y en muchos casos, las necesidades locales hacen que sea oportuno tener un local especial para las reuniones de la asamblea, mayormente cuando el número de los que se reúnen es elevado, y por lo tanto no podrían reunirse en casa de un hermano de la localidad. A este propósito, no hemos de establecer reglas; cada asamblea debe ser ejercitada ante el Señor para determinar las condiciones materiales en que debe congregarse. Nos limita­remos aquí a presentar algunas observaciones personales, sugeridas a la vez por lo que la Palabra nos declara en el versículo 2 de la epístola a Filemón, y por algunas experiencias realizadas en la práctica.

 

         En la cristiandad, cada denominación quiere tener su iglesia, su templo, su capilla, o su local de reunión; lo cual se considera como una casa absolutamente indispensable. Pero, hermanos, preguntémonos también si no existe en nosotros - inconscientemente quizá - cierta tendencia a conformarnos al mundo religioso. Llegamos a pensar, y a decir, que la presencia de un testimonio en una localidad va condicio­nada primeramente por la existencia de una sala de reunión.

 

         Esta consideración nos lleva a buscar un local - y lo hacemos al­gunas veces en condiciones materiales que sobrepasan los recursos que Dios nos da, lo cual debería incitarnos a mucha prudencia y reser­va (por no decir más), cuando sucede que un hermano podría tener el ines­timable privilegio, como Filemón, de recibir a la asamblea en su casa. Volvamos a decir que pueden existir numerosos casos particulares. Con todo, la Palabra dice claramente: "la iglesia que está en tu casa". Es de temer, hermanos, que hayamos llegado insensiblemente a con­siderar lo excepcional, o lo particular, como si fuera una regla general, y a estimar esta enseñanza que nos da la epístola a Filemón como aplicable solamente en casos excepcionales; y alguna vez ello habrá sido causa de tropiezo.

 

         Cabe decir que estas observaciones son presentadas aquí, no con espíritu de juicio o crítica, sino como siendo el fruto de la medi­tación, y con el objeto de incitar a los hermanos a considerar y me­ditar esos problemas, los cuales no son solamente de orden material, sino que tienen repercusiones en el dominio espiritual mucho más de lo que se pensar.

 

         ¿No existe también en nosotros, hermanos, la tendencia a buscar el número; la superioridad numérica, todo lo que cobra apariencia, y hasta la propensión a jactarnos de esas cosas'? Es evidente que si son numerosos los creyentes en una asamblea, ellos necesitan un local adecuado y espacioso… Ambos problemas van ligados. Pero la expresión de Filemón 2, "la iglesia que está en tu casa" debe llevarnos a discernir cuán diferente de esta enseñanza es lo que vemos hoy aplicado como regla general. Citaremos aquí un extracto de una carta de J. N. Darby publi­cada en el "Messager Evangélique", año 1914, la cual merece nues­tra atención, y podremos meditarlo con provecho:

        

         «...Pienso que los hijos de Dios no deberían pretender establecer cosas que sobrepasen la fuerza que nos queda en el estado actual de la Iglesia. De un modo general, creo que una reunión o asamblea numerosa es un inconve­niente, a causa de nuestra flaqueza. Con todo, es cierto que el poder y la gracia de Dios no tienen límites. Pero considero que debemos seguir los dos principios siguientes:

1.- tenernos el deber y el privilegio de reunirnos en el Nombre de Jesús, para hallar la presencia del Señor, aprovechando todo lo que Dios nos da;

2.- No debemos ir más allá de la fuerza que en realidad poseemos, llevados por la pre­tensión de establecer iglesias.

         Me temo que en algunos casos hayamos olvidado lo que es la verdadera posición de los hijos de Dios. Cuando

somos demasiado flacos para congregar, o sea para atraer a otros cre­yentes sobre el terreno de la verdad, el Espíritu Santo nos sigue concedien­do el privilegio de congregarnos en Asamblea; luego, si somos fieles en la primera posición, habrá gracia y bendición y Dios permi­tirá hasta cierto punto la realización de la segunda, llevando a otros creyentes al testimonio. Muchas veces, las pretensiones de congregar o reunir van más allá del verdadero poder espiritual. Reunirse es siempre un deber y un privilegio de los cristianos, y creo que, al mis­mo tiempo, deben desear la reunión de todos, tendiendo a ello por su fidelidad. Hagamos cuanto podamos para ello, pero cuidemos mucho de no pretender más de lo que permite nuestra verdadera fuerza espi­ritual pues, si lo hacemos, corremos el riesgo de apartar o alejar las almas cuando vean la falta de bendición.»

 

         ¿Qué diría hoy el autor de esta carta acerca de «la fuerza que nos queda»?

 

         Se alega, a veces, que es indispensable tener un local propio y pú­blico para que las almas puedan ser invitadas y atraídas, y - de todos modos - para que cualquiera tenga la posibilidad de entrar. La carta que acabamos de citar contesta, en parte, a esta objeción, y añadire­mos lo siguiente: ¿Dónde hallamos, en la Palabra de Dios, algo que apoye este modo de ver? y ¿qué poder espiritual ganaremos con grandes locales y reuniones numerosas? ¿Creemos acaso que Dios no puede bendecir abundantemente como testimonio a "la iglesia que está en tu casa"? El secreto de la bendición, amados hermanos, lo encontramos al final del capítulo 2 del libro de los Hechos. Vemos primero el estado espi­ritual de los santos, en los versículos 42 al 47: «perseveraban ... tenían temor.... estaban juntos... unánimes en el templo». Luego, viene la ben­dición dispensada: "Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos." (Hechos 2:47 - LBLA). ¡Qué cuadro más hermoso y notable del estado de una asamblea!: hermanos y hermanas que "perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones." (Hechos 2:42), caracterizados por el temor de Dios, realizando unánimes una verdadera comunión los unos con los otros, "alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo" (Hechos 2:47). Sobre un semejante estado espiritual y moral, Dios no deja de poner el sello de su bendición, y Él mismo produce la prosperidad y el crecimiento numérico del testimonio.

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1960, No. 46.-

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