VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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"CON LOS QUE INVOCAN AL SEÑOR CON CORAZÓN PURO" (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano; conocida también como Santa Biblia "Vida Abundante")

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

"Con los que invocan al Señor con corazón puro."

 

(2.a Timoteo 2:22 - VM)

 

 

 

"Sin embargo el fundamento de Dios se mantiene firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de la iniquidad todo aquel que nombra el nombre de Cristo. Empero en una casa grande, hay no solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y algunos son para honra, y otros para deshonra. Si pues se purificare alguno de éstos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena. Mas huye de las pasiones juveniles, y sigue tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro."

(2a. Timoteo 2: 19-22; VM)

 

 

 

         Puede parecer sorprendente que sea necesario insistir y volver sobre las enseñanzas de 2a. Timoteo 2: 19 al 22, las cuales debieran ser bien conocidas de todos, pero, de forma general, lo que las Escrituras nos enseñan debe sernos recordado, por el hecho de tener unos cora­zones olvidadizos; así - por ejemplo - el apóstol escribía a los Filipenses: "El escribiros las mismas cosas que antes os he dicho, a mí no me es molesto, mas para vosotros es seguro." (Filipenses 3:12 - VM); ver también 2a. Pedro 1: 12 al 15). Si actualmente parece oportuno hacer memoria, mas particu­larmente de las enseñanzas de 2a. Timoteo, es porque el adversario prosigue con ardor los esfuerzos que siempre ha desplegado y por lo cual los hermanos que nos precedieron debieron escribir: «La salvaguarda de la verdad y de la santidad es una condición esencial del testimonio debido al Señor. El enemigo hace lo posible para hacernos considerar con ligereza cosas que en realidad tienen toda la im­portancia. Todos - entretanto - admiten que la verdad debe ser mantenida y retenida, pero el deseo de unión entre los cristianos, la obra de evangelización, el amor fraternal, hacen considerar la verdad como cosa secundaria. Actualmente, el gran fin que persigue el enemigo es debilitar el de por sí débil testimonio que el Señor ha suscitado hasta Su próximo retorno. Y cuán fácil hacemos la tarea al adversario a consecuencia de nuestra mundanalidad, nuestra debilidad espiritual y la indiferencia que nos conduce a tratar como si fuera estrechez y falta de amor el principio de retener la verdad. Des­pués de debilitar el testimonio mediante numerosas divisiones, el empeño del enemigo es arruinarlo   más aún; por lo cual busca reunir, primeramente a los que dividió; pero no sobre el terreno de la verdad (lo cual sería desea­ble) sino sobre un terreno que niega, o atenúa, los errores que causa­ron estas divisiones, errores con los cuales no pueden transigir los que desean ser fieles al Señor guardando su Palabra y no negando Su nombre. Para reunir a los cristianos fuera del terreno de la verdad, el enemigo insinúa que es necesario volver atrás y volver a examinar si los errores eran de tal magnitud que haya sido necesario separarse unos de otros. Bien es verdad que, en ciertos casos, esta separación no hubiese sido necesaria usando un poco más de paciencia y un poco menos de voluntad propia. Pero, ¿somos acaso más espirituales de los que en aquel entonces estaban en la brecha y que tenían un juicio más exacto que el nuestro proveniente de una vida de más ín­tima separación del mal y del mundo? Al contrario, en virtud de nuestra debilidad, nos dejamos influenciar por las circunstancias y sólo con manos temblonas retenemos las verdades que nos legaron los que nos precedieron, los cuales estaban especialmente capacitados para sacarlas a la luz; verdades fundamentales de la Asamblea, olvi­dadas durante largos siglos. Pero si no poseemos la calidad para juzgar de nuevo lo que otros más espirituales que nosotros hicieron bajo la mirada del Señor, tenemos la responsabilidad, en cambio, de obrar según los principios escriturales, en las circunstancias en que nos hallemos.» (de la revista "Mensajero Evangélico (francés) año 1923 pág. 320, mirar especialmente las págs. 327 y 328).

 

         Quiera Dios darnos plena conciencia de los peligros que amenazan el testimonio y, más aún, concedernos el permanecer firmes y comunicarnos la energía necesaria para contender "ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos." (Judas 3).

 

         Esta santa energía debe manifestarse no solamente en el combate por la fe, más también en todas las acciones en que puedan ser útil para juzgar el mal.

 

         Que el Señor nos guarde de imitar el ejemplo de Elí, quien que fue un sacerdote infiel al contentarse con reprender el mal cuando tenía la responsabilidad de obrar, evitándolo.

 

         En el seno de la cristiandad, comparado a una "casa grande", "todo aquel que invoca el nombre de Cristo" reconociendo Su auto­ridad como Cabeza de la Iglesia y deseoso de someterse a esta auto­ridad, es responsable de «apartarse de la iniquidad.» Con el objeto de quitar importancia o debilitar el alcance de este mandato, hay quien

da al término "iniquidad", el mismo sentido que tiene en 1a. Juan 3:4 en donde significa «un camino sin freno y sin ley» (versión Reina-Valera 1960: "infracción de la ley"; versión Darby "iniquidad") y caracteriza el estado del hombre natural, no poseyendo la vida de Dios. Si la cosa debiera interpretarse así, «retirarse de la iniquidad» consisti­ría en apartarse de los incrédulos. Pero en 2a. Timoteo 2:19, la palabra iniquidad (en griego "adikia") tiene el sentido de injusticia (considerar, en oposición "la Justicia", Justicia práctica, a la que se refiere el versículo 22). «Apartarse de la iniquidad» consiste en separarse no solamente de los que no poseen la vida de Dios, sino también de los que, en la práctica, no andan según la verdad de Dios cuando esta "iniquidad" (o injusticia, o falta, culpa o error) es retenida como doctrina. Este último punto es importante: en efecto, dos hechos bien idénticos en apariencia, son diferentes uno del otro, si el primero se realiza a consecuencia de una falta ocasio­nal a la sana doctrina, mientras que el segundo es resultado de la obediencia o de falsas enseñanzas. El creyente fiel debe separarse, no sólo de la falsa doctrina, sino de aquellos que la propagan, y aun de los que la aceptan, sea tácitamente o no; manifestará así los caracteres de un "vaso para honra"  tal como queda definido en 2a. Timoteo 2: 20, 21, "Empero en una casa grande, hay no solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y algunos son para honra, y otros para deshonra. Si pues se purificare alguno de éstos [a saber, de los vasos para deshonra, es decir, de aquellos que no andan conforme a la verdad de Dios], será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena." (2a. Timoteo 2: 20, 21 - VM). Su corazón debe ser "puro", según la expresión empleada en el versículo siguiente, "Mas huye de las pasiones juveniles, y sigue tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro." (2a. Timoteo 2:22 - VM). Y el creyente queda exhortado, finalmente, a seguir tras "la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro." Pero seguir, ¿con quién? ¿Con todos los que reclaman para sí exteriormente el nombre de Cristo y profesan el Cristianismo? No. La Escritura inspirada por Dios dice que solamente con los que invocan al Señor con "corazón puro." Que el creyente fiel deba separarse, que no pueda caminar junto con todos los componentes de la casa de Dios, resalta de manera evidente la enseñanza con­tenida en los versículos 19 al 22 del Capítulo 2 de la 2a. Epístola a Timoteo. "Sin embargo el fundamento de Dios se mantiene firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de la iniquidad todo aquel que nombra el nombre de Cristo. Empero en una casa grande, hay no solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y algunos son para honra, y otros para deshonra. Si pues se purificare alguno de éstos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena. Mas huye de las pasiones juveniles, y sigue tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro." (2a. Timoteo 2: 19-22; VM).

 

         Preguntémonos: ¿Qué es un corazón puro? Para que la pureza exista, el corazón debe ser "purificado" y ello se logrará solamente por medio de la "obediencia  a la verdad", por la salvación y la conducta subsiguiente, "Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro." (1a. Pedro 1:22). Un corazón es puro cuando la verdad de Dios es ley para él, poniendo de lado los pensamientos (aun los mejores) que podamos tener. La verdad obedecida, purifica el corazón.

 

         La primera responsabilidad del cristiano que desea ser fiel al Señor en su marcha eclesiástica, consiste, primeramente, en examinarse a sí mismo: antes de considerar lo que le rodea, él debe hacerlo con su propio  corazón, escudriñándose íntimamente según Dios. ¡Cuán fácil sería, entonces, el testimonio colectivo si cada cual empezara sometiendo su corazón en simplicidad, sin razonamientos, a la sola y única autoridad de la Palabra de Dios, dejándola obrar en él, a fin de que gobernará el ser interior y formara  los pensamientos!

 

         La acción que se desprende del pensamiento puesto en actividad, conduciría al creyente a obedecer la verdad, no solamente en el dominio de lo individual, sino en el dominio de lo colectivo, «teniendo un corazón puro» hecho tal por la "obediencia a la verdad".

 

         Un "corazón puro" es aquel que, al «apartarse de la iniquidad», «invoca al Señor.» La segunda epístola a Timoteo 2:22 une estrechamente  las dos expresiones:

1.- un "corazón puro" - es la separación;

2.- "invocan al Señor" - es la adhesión a Su Persona.

 

         Cristo debe ser, para nosotros, el objeto de todos los afectos del corazón; si esto es una realidad, si el corazón está lleno de Él tal como la Palabra lo presenta, entonces podremos hablar con propie­dad de un "corazón puro", que jamás querrá asociar a la iniquidad un Nombre que para él tiene todo el valor. Para un "corazón puro", el Nombre del Señor posee toda su estimación y todo el precio, y Su autoridad [la autoridad del Nombre del Señor] queda reconocida y por lo tanto obedecida.

 

         Usando otros términos podemos decir: la obediencia a la verdad es asunto fácil para un corazón que halla su placer y su gozo en Costo. Es, pues, la adhesión a su Persona lo que debe ser para nosotros el punto de partida. Es precisamente esto lo que caracteriza el testimonio de Filadelfia: la Palabra de Cristo es guardada, el Nombre del Santo y Verdadero no es negado, porque Cristo tiene todo el valor para el corazón de un testigo fiel. El corazón orientado hacia Él, el alma nutrida de Él, todos los afectos volcados hacia su Persona, la separación de toda "iniquidad" queda entonces realizada de la manera que debe ser, es decir: para el Señor y como fruto de adhesión a su Persona. Este es el punto capital al cual debemos quedar atentos si queremos evitar el peligro que constituiría una separación exterior fría y seca motivada por el hecho de obedecer estrictamente un principio legal. Pero, al contrario, observada como proviniendo de nuestra adhesión a Cristo, permitirá el desarrollo total de la nueva vida, recibida por la fe. Cuando hablamos de adhesión a Cristo, nos referirnos al Cristo de las Escrituras y de lo que representa una verdadera comunión con El. "La obediencia a la verdad" queda realizada de una forma natural, pues la nueva naturaleza se complace en obedecer; su gozo estriba en eso.

 

         La obediencia a la verdad se traduce en la vida práctica, por la separación del mal, tanto si este es doctrinal   como moral. Es necesario insistir sobre ello, pues muchos creyentes piadosos en su vida personal permanecen asociados a medios cristianos donde las enseñanzas de la Palabra de Dios no son conocidas en muchos puntos que son fundamentales - no obstante el hecho de que otros puntos puedan ser observados - y ellos rehúsan admitir que no se hallan en un camino de obediencia a la verdad.

 

         Es frecuente, entonces, que en vez de ser útiles a estos creyentes mostrándoles qué significa y qué es la reunión de los hijos de Dios según la Palabra en un terreno de separación, les induzcamos al error asociándonos a ellos de una manera más o menos estrecha: su piedad personal es un reclamo, y puede suceder, también, que en su celo en un servicio cristiano, se aleguen las diferentes verdades mantenidas en la denominación a la que ellos pertenecen y uno se autoriza [en su propia conciencia] a caminar con ellos, dándoles o haciéndoles suponer la seguridad de que se hallan en el camino verdadero. Entonces seremos conducidos a decir: «Bah . . .,tiene poca importancia; nada fundamental nos separa . . . .» Esto es engañar, consciente o inconscientemente, a las almas.

        

         Si la mayoría de los creyentes tomaran su responsabilidad tocan­te al versículo 19 de 2a. Timoteo, cuán fácil sería obedecer la exhortación de 2a. Timoteo 2:22. Pero no es así. Surge, pues ante nosotros una segunda pregunta: ¿có­mo discernir, a fin de «seguir» con ellos, con "los que invocan al Señor con corazón puro corazón"? Algunos pretenden que es imposible reconocerlos en el seno de la cristiandad. Pero, ¿es que acaso la Palabra de Dios nos exhortaría a un imposible? La gracia divina guiará y esclarecerá a todo aquel que teme a Dios y vive en la comunión de Sus pensamientos, y que humilde se somete a Su Palabra; ésta le dará discernimiento y sabiduría; y le mostrará quiénes son aquéllos con los cuales puede reunirse y peregrinar "¿Quién es el hombre que teme a Jehová? a éste le dirigirá por el camino que él escogiere . . ." (Salmo 25:12 - VM).

 

         "El secreto de Jehovah es para los que le temen; a ellos hará conocer su pacto." (Salmo 25:14 - RVA). La inteligencia espiritual es comunicada por la operación de la Palabra y del Espíritu de Dios obrando en el corazón del redimido.  No existe otro modo por el que pueda ser comunicada.

 

         Entonces, y nada más que entonces, será conocido, gustado y rea­lizado el amor fraternal - no nos referimos a la manifestación de ciertos sentimientos que nosotros denominamos amor y que en el fondo difieren del amor que es según Dios - sino a un amor verdadero; un amor inseparable de la verdad de Dios. Eso es lo que nos enseña el final del versículo 22 de la 1a. Pedro 1:22, del cual hemos citado ya la primera parte: "Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro." No es precisamente abandonan­do la verdad que los creyentes pueden amarse "unos a otros entrañablemente, de corazón puro": la Palabra nos enseña, al contrario, que es manteniéndola y obedeciéndola.

 

         La obediencia a la verdad no puede conducirnos, bajo pretexto de amor fraternal, a peregrinar con todos e ir a todo lugar donde se reúnan los creyentes.

 

         La verdad nos guardará en la separación. Según la enseñanza de los pasajes considerados, es evidente a todo espíritu (sin prevención al­guna) sometido a la autoridad de las Escrituras, que la separación es la posición - o la porción - de los que desean ser fieles. Separación no quiere decir aislamiento. 2a.Timoteo 2:22 nos lo muestra con toda claridad. Es precisamente en la casa de Dios (que bajo la administración del hombre ha llegado a ser la "casa grande" de 2a. Timoteo 2:20) donde debemos separarnos de unos (de los vasos para deshonra - versículos 19), y donde somos exhortados a seguir "la Justicia, la fe, el amor, la paz" con los otros (versículo 22).

 

         No podremos negar, que el enemigo ha logrado suscitar en el seno de la Cristiandad muchas divisiones que son nuestra vergüenza por­que a menudo hemos sido sus instrumentos en el cumplimiento de esta obra de destrucción, pero aun en estas circunstancias, la gracia de Dios ha obrado para sostener en la separación, obedeciendo a la Palabra, a los que desean (aun a pesar de las muchas debilidades y flaquezas de las cuales se sienten culpables) seguir "tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro." (2a. Timoteo 2:22 - VM). ¡Que esta misma gracia sea la que obre, para guardar los fieles hasta el fin, en separación  interior y exterior!

 

         ¿Es que tienen, los que desean seguir "tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro", la pretensión que se les atribuye gratuitamente, de ser los únicos hijos de Dios? Acusación cien veces rechazada y refutada y sin embargo renovada sin cesar . . . Ellos saben bien, que en las nu­merosas denominaciones cristianas se encuentran esparcidos muchos hijos de Dios. El mismo pasaje del capítulo 2 de 2a. Timoteo nos dice que "conoce el Señor a los que son suyos" sin que se trate aquí ni de grado de conocimiento, ni aun de fidelidad en la marcha práctica. Todos tienen su lugar en la casa del Padre. Todos los nacidos de nuevo serán reunidos allí por la eternidad. Y es precisamente acerca de esto que se esgrime el siguiente argumento: «puesto que el cielo será nuestra común morada, ¿por qué no vivimos juntos aquí en la tierra?» ¡Qué duda cabe de la hermosura de un tal espec­táculo! ¡Ver a todos los hijos de Dios reunidos anticipando aquí lo que será gustado en lo alto! Y es que si cada creyente tuviera un "corazón puro" ¿no sería acaso una realidad lo que hoy es una mera utopía? El cielo será el lugar de la perfecta pureza, todo será luz, como también todo será amor; nada que sea sucio penetrará, ni puede penetrar, pues de ser así, no sería el cielo. De manera que no puede conocerse nada del cielo aquí en la tierra entre los hijos de Dios, sino en la medida en que se hallen mantenidas inseparable­mente la santidad, la verdad y el amor.

 

         Esto es precisamente el testimonio que los hijos de Dios han rendido aquí. Todos los que lo han comprendido,   son responsables ante Dios de mantener, con la indispensable ayuda de Su paciencia y de Su gracia, un testimonio tal rendido a Aquel que es "el Santo, el Verdadero" (Apocalipsis 3:7), el "testimonio de nuestro Señor", un testimonio del cual conviene no avergonzarse ("No te avergüences pues del testimonio de nuestro Señor." - 2a. Timoteo 1:8 - VM). ¿Y no es avergonzarse en el fondo del corazón, el caso de aquel que desea ser consi­derado como un espíritu abierto y tolerante, presto a caminar con todos los cristianos, no teniendo en cuenta las enseñanzas de 2a. Timoteo  2: 19-22 y 1a. Pedro 1: 22?  Al escribir esto, no olvi­damos que el Señor es el único que conoce Sus testigos y Su testimo­nio. Nuestro privilegio y nuestra responsabilidad es, al mismo tiempo, de poder juntarnos con los que Él nos hace conocer como invocándole con un "corazón puro", a fin de dar testimonio con ellos.

 

         Las verdades que recordamos son bien sencillas de comprender. Pueden suscitar, lo hemos visto, ciertas preguntas que la misma Es­critura responde de por sí; pero también provocarán, a veces, preguntas de carácter distinto, provenientes de una falta de simplicidad, y de una falta de sumisión a la Palabra, denotando un espíritu que se deja llevar por el razo­namiento: de hecho, a eso corresponde la pregunta "¿con que Dios os ha dicho?" de Génesis 3:1. Y sin duda, en los días del apóstol la cosa ya era así. Es bastante notable que en la misma frase en donde se halla primeramente la exhortación a huir de "las pasiones juveniles" y a seguir "tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro." (2a. Timoteo 2:22 - VM), seguidamente se añade: "Pero evita las cuestiones necias, y nacidas de la ignorancia, sabiendo que engendran contiendas." (2a. Timoteo 2:23 - VM). Sin duda, esto se trata de todas las cuestiones susceptibles de ser resaltadas, ­a propósito de la marcha del creyente en estos días de ruina y declinación; pero puede ser que de una forma particular hace más énfasis en las cuestiones relativas a la enseñanza, dada en los versículos 19 al 22 de 2a. Timoteo capítulo 2, toda vez que a continuación tenemos la exhortación del versículo 23.

 

         En todos los tiempos, ha habido «contradictores» que contradicen la verdad de Dios, y también personas que los apoyaron. ¿No fue así en los días de Esdras, cuando este fiel sacerdote constriñe al pueblo a separarse "de los pueblos de la tierra, y de las mujeres extranjeras (Esdras 10:11 - VM)? Se nos dice, "Tan solo Jonatán hijo de Asael, y Jahazías hijo de Ticva se pusieron en contra de esto; y Mesullam y Sabetai, levitas, los apoyaron." (Esdras 10: 10, 11 y 15 - VM). Estos de los cuales habla aquí el apóstol no podrían ser reducidos - y esto es un principio general - salvo que "Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad", zafándose así "del lazo del diablo, en que están cautivos." (2a. Timoteo 2: 25-26). Una vez realizado en ellos este trabajo de la gracia de Dios, serían conducidos a «hacer Su voluntad» (la de Dios) y no la suya propia. ¿No corresponde esto acaso al "co­razón puro" por la "obediencia a la verdad"? El versículo 25 nos muestra que los que "se oponen" desconocen la verdad, y en el fondo es a ella - es decir - es a Dios  mismo a quien se oponen; sólo la gracia de Dios puede concederles que se arrepientan. El versículo 26 resalta la gravedad de su condición: han sido tomados en el "lazo del diablo", oponiéndose a Dios, ¡son instrumentos en las manos del adversario!

 

         Para oponerse  al testimonio, para procurar arruinarlo, el enemigo usa mil astucias, tiende trampas en las cuales corremos el riesgo de dejarnos caer si no velamos, si no permanecemos muy cerca del Señor, nuestro único recurso. Una de las trampas, y la más peligrosa que Satanás usa, es la de exaltar el amor de Dios por encima de todo, pero dejando enteramente de lado las verdades que se relacionan con el hecho de que Dios es Luz. Presentado como Satanás lo hace, ¡no es ni el amor de Dios, ni la verdad de Dios! El adversario ensaya, prueba de persuadir a los cristianos de que Dios es amor, pero que no siempre es Luz. En el cielo, él sugiere, todos los creyentes serán reunidos para gozar del amor de Dios; y puesto que ésta será la incesante ocupación por la eternidad, ¿no es de esto, y sólo de esto, que debemos ocuparnos ya ahora aquí? En apariencia, esto es excelente y uno comprende el porqué el corazón de algunos es seducido. ¡Cuán astuto es el enemigo, qué pericia la suya para hacer errar a las almas! Él "es mentiroso, y padre de mentira", "y no hay verdad en él." (Juan 8:44).  Lo que nos dice, y ya lo hemos comentado, es que en el cielo todo será amor, mas también luz; todo resplandecerá de la gloria divina en amor y luz. Los rescatados gozarán del amor en perfección porque ellos estarán en la residencia de la luz pura, en el lugar de la san­tidad perfecta.

 

         Desde ahora, podemos gustar del amor de Dios en la medida en que permanezcamos en la luz.

 

         Repitámoslo, el objeto del testimonio que "la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad" (1a. Timoteo 3:15) está llamada a rendir en este mundo, es Dios, Luz y Amor (1a. Juan 1:5; 4:8), el Dios que se ha revelado plenamente en la Persona y por la obra de Su Hijo. "Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: El fue manifestado en la carne, justificado por el Espíritu, visto por los ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, y recibido arriba en gloria." (1a. Timoteo 3:16 - RVA).

 

         Una vida de piedad, de fidelidad en el testimonio que somos res­ponsables de mantener en estos "tiempos peligrosos" de los "postreros días" (2a. Timoteo 3:1), nos procurará la aprobación de Dios y el gozo de su comunión. Pero también nos podría conducir al enfriamiento: "Sí, y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución." (2a. Timoteo 3:12 - VM). En otro tiempo estas persecuciones han condu­cido a muchos fieles a sufrir el martirio; actualmente en nuestros países, cuando menos, estos sufrimientos son ante todo morales (el autor es francés y habla de los países de lengua francesa) y deben ser soportados sobre todo - aunque   la cosa parezca sorprendente -, de parte de los que se hallan en la casa de Dios. En el versículo pre­cedente (2a. Timoteo 3:11), el apóstol, hablando de sus "persecuciones" y de "sus padecimientos", menciona solamente las que ha sufrido de la parte de los Judíos, pueblo terrenal de Dios, pueblo de quien él mismo formaba parte. ¿No se limitaba a recordar estos sufrimientos, para mostrar que, en un tiempo de ruina, el fiel los había de soportar de parte de aquellos que, al menos exteriormente, forman parte de la casa de Dios, del pueblo de Dios, en el seno del cual se hallan también "los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús"? Se trata - y es preciso remarcarlo - de los padecimientos que hemos de padecer si somos fie­les; bien diferentes, por cierto, de los que podemos padecer a causa de nuestras infidelidades. En el primer caso, conocemos algo del vitu­perio de Cristo; en el segundo, cubrimos de oprobio Su nombre y el de Su testimonio.

 

         Nuestra pereza espiritual, corriendo pareja a menudo con una gran actividad en el dominio de las cosas materiales, con el interés que manifestamos por todas las novedades, interés que crece generalmente en sentido inverso del que tenemos por la Palabra, y una falta de de­pendencia de Dios que nos conduce a dejarnos conducir por nuestros propios pensamientos, nuestros sentimientos, todo esto nos lleva a desear y a buscar cualquier otra cosa en vez de lo que Dios nos propone, y esto explica la diversidad de asociaciones (por ejemplo: en cuanto

al matrimonio, al servicio o de cualquier otra clase que sea) más o menos es­trechas y bajo los más diversos motivos, excelentes en apariencia, pero las cuales la Palabra nos invita formalmente a evitar y nos manda separarnos. ¡Y nuestra debilidad espiritual es tan grande que no sola­mente nos falta la fuerza necesaria para juzgar el mal, sino que, en muchas circunstancias, no tenemos ni tan siquiera el discernimiento! En otros tiempos, cuando a consecuencia de alianzas profanas, el pueblo de Dios abandonó la posición de separación que debía caracterizarlo, un Esdras se humillaba, confesaba el pecado del pueblo y después se levantaba para obrar, exhortando a todos los hombres de Judá y Benjamín a «confesar a Jehová» primeramente, a «hacer lo que le es agradable» y, seguidamente, a realizar una entera separación de "de los pueblos de la tierra, y de las mujeres extranjeras." (Esdras 10: 11 - VM; leer los capítulos 9 y 10).

 

         ¡Quiera Dios suscitar actualmente un idéntico espíritu de humi­llación y de confesión a la par que una misma energía para actuar! Que conceda despertar el celo de aquellos a los cuales, por pura gracia, ha querido confiar Su testimonio a fin de que sean hechos tales en capacidad, de mantenerlo en una santa separación, según las ense­ñanzas de 2a. Timoteo 2: 19 al 26 y 1a. Pedro 1:22, no perdiendo de vista que esta separación no debe circunscribirse a su aspecto exterior, lo cual sería una suerte de fanatismo, sino, ante todo, al inte­rior, para el Señor, de tal manera que llenemos el servicio de una manera fiel, ese servicio al cual somos exhortados a cumplir: "Si, por lo tanto, uno se habrá limpiado de estos [de los vasos para deshonra], separándose él mismo de ellos, él será un vaso para honra, santificado, útil para los usos del Señor, preparado para toda buena obra." (2a. Timoteo 2:21 - Nota del Transcriptor.: Traducción de la  Versión Inglesa de la Santa Biblia de J. N. Darby).

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1960, Nos. 47 y 48.-

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