VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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TRES LIBERACIONES (Romanos, Capítulos 1 al 8)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

NC = Biblia Nácar-Colunga

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

TRES LIBERACIONES

 

 

Epístola a los Romanos Capítulos 1 al 8

 

 

         Dios es el Dios bienaventurado. Su propósito es el de salvar y hacer fe­lices a aquellos que fueron separados de Él por el pecado y están hundidos en la miseria. Con este fin, Él ha realizado el mayor de los sacrificios en la persona de su único y amado Hijo. "Porque de tal manera amó Dios al mun­do que ha dado a su Hijo unigénito..." (Juan 3:16).

 

         El Evangelio nos revela el único Nombre que nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos. (Hechos 4:12) Y este Evangelio es "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree." (Romanos 1:16).

 

         En la epístola a los Romanos, hallamos una notable exposición de lo que es el Evangelio de Dios. Según vemos allí, Dios es LA FUENTE del Evan­gelio y su Hijo EL SUJETO o TEMA del mismo. Es el Evangelio de Dios acerca de su Hijo (Romanos 1: 1-3), la, manifestación de la justicia de Dios sobre el principio de la fe para fe (Romanos 1:17). Respondiendo al estado del pecador, el Evangelio procura a aquel que lo reciba una completa liberación, pues ne­cesitamos ser librados:

 

De la culpabilidad que pesa sobre nosotros a causa de nuestros pe­cados.

 

  De nuestro estado en Adán - o vieja naturaleza -, es decir, del poder del pecado sobre nosotros; y,

 

  De la presencia del pecado en nuestra carne mortal.

 

         Examinaremos, ante todo, la primera de estas tres cosas.

 

* * *

         Antes de aplicar el remedio al mal del cual padecemos, Dios quiere meramente que conozcamos este mal. ¿Y quién sino Él para informarnos de modo seguro? Es esto lo que Él hace en su Palabra.

 

         El estado del hombre se nos presenta en la epístola a los Romanos desde el versículo 18 del capítulo 1 al versículo 20 del capítulo 3. En tres cuadros sucesivos desfilan ante nuestros ojos:

 

  Los paganos, o gentiles, que tuvieron el conocimiento de Dios por medio de Noé y que tenían delante de ellos el testimonio de la creación.

 

  Los «moralistas» que tenían hermosos principios, pero... cuyas vidas no respondían a ellos.

 

  Los judíos, objeto de los cuidados de Dios, pero que distaban mucho de corresponder a los mismos.

 

         ¿Cuál es el designio de Dios acerca de estas tres clases de hombres? En cuanto a la primera, la justa sentencia de Dios es que los que practican tales cosas son dignos de muerte. (Romanos 1:32).

 

         En cuanto a aquellos que indicaban a los demás la senda que habían de seguir, sin practicarla ellos mismos, no escaparán del juicio de Dios. (Romanos 2: 1-4).

 

         Por último, en cuanto a los judíos que tenían la Ley como norma de todos sus actos, ellos no tenían motivo para gloriarse de su condición. Sus propias Es­crituras, es decir, el Antiguo Testamento, les condenaban. (Romanos 3).

         Así, pues, unos y otros eran plenamente culpables en cuanto a la justicia, y la Escritura decía acerca de los más favorecidos de ellos, "Ahora bien, sabemos que cuanto dice la Ley, lo dice a los que viven bajo la Ley, para tapar toda boca y que todo el mundo se confiese reo ante Dios." (Romanos 3:19 - NC).

 

         He aquí la verdad de la cual tenemos que estar plenamente convencidos antes de poder recibir el mensaje de la salvación. Este cuadro del estado del hombre, intercalado entre el versículo 17 del capítulo 1 de Romanos, donde se vuelve a tratar y desarrollar dicho tema, no es de ningún modo un paréntesis en el gran asunto que nos es presentado. El alcance de este pasaje y los detalles que encierra demuestran suficientemente la importancia de ello. Si el Evangelio nos revela LA JUSTICIA DE DIOS, Cristo - su persona y su obra -, aprendemos también que LA IRA DE DIOS SE MANIFIESTA DESDE EL CIELO, contra toda iniquidad e injusticia de los hombres, ¿no nos in­ducirá esto a humillarnos, a juzgarnos a nosotros mismos en la Santa Presencia de Dios? Es preciso que nuestras conciencias sean convictas de nuestra culpabilidad y que seamos llevados a confesarla ante Dios sin reserva alguna. ¿Hay acaso un creyente que no haya experimentado las angustias de una conciencia tocada por el sentimiento de sus pecados contra Dios?

 

         Amado lector, inconverso tal vez, ¿no se reconoce usted en esta descripción del estado del hombre bosquejada por el Espíritu Santo? ¡Pluguiese a Dios que fuese usted llevado a exclamar arrepentido: «¡Yo soy aquel hom­bre; desgraciado de mí!»! Si estos son los sentimientos que agitan su alma, escuche usted ahora el Evangelio de Dios, que le revelará a usted como puede ser

 

LIBRADO DE SU CULPABILIDAD

 

         Como ya vimos en el versículo 17 del capítulo 1 de Romanos, en el Evangelio la justicia de Dios se revela sobre el principio de la fe. Tal es la respuesta que da Dios ahora a nuestro estado. Se nos recuerda y se desarrolla ampliamente este concepto desde Romanos 3:21. Según leemos, esta justicia - Cris­to mismo - es PARA TODOS, y SOBRE TODOS LOS QUE CREEN. Escu­che a Dios en esta importante declaración con respecto a esto: "Más ahora sin Ley es manifestada la justicia de Dios, a la cual dan testimonio la Ley y los profetas, la justicia de Dios, digo, por la fe de Jesucristo hacia todos, y sobre todos los que creen; porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y no alcan­zan la gloria de Dios.» (Romanos 3: 21-23. Traducción del Inglés de la Versión Darby).

 

         La fe - entiéndase bien - es el medio para participar de esta justicia, se llama la fe de Jesucristo, porque tiene a Cristo por objeto y procede de Él.

 

         En lo que sigue a continuación se nos recuerdan tres cosas en cuanto a la justicia de Dios:

 

  La justificación del pecador es absolutamente gratuita; Dios no exige nada de él, sino la fe, que sella, por así decirlo, las palabras de Dios.

 

  Sólo la gracia, la pura y libre gracia de Dios es el origen de la jus­tificación.

 

  La obra de Cristo es el medio por el cual podemos conseguirla; así Dios demuestra ser justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26).

 

         En el capítulo 4 de Romanos, la Palabra de Dios nos presenta dos ejemplos, los de Abraham y de David, los cuales, siendo preclaros antecesores del pueblo judío, no han sido justificados de otro modo delante de Dios sino por la fe, el uno antes de la Ley, el otro bajo la Ley: "Creyó Abraham a Dios", dice la Escritura. "Y le fue contado por justicia." (Romanos 4:3), y leemos además: " Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación." (Romanos 4: 23-25).

 

         ¿Cuál es la parte que aportó el hombre en toda esta obra? Absoluta­mente ninguna, sino solamente sus pecados. Aquel que entregó a su propio Hijo también le resucitó de entre los muertos, tras haber cumplido la obra de la reconciliación. Dios manifestó así lo que significa para Él la excelencia de la Persona y la perfección del sacrificio de nuestro divino sustituto, de­clarando por este mismo acto, que la deuda del que ahora es creyente es inte­gralmente saldada, que para siempre jamás es libre de su culpabilidad. Una triple bendición viene a ser la porción inmediata:

 

  El PASADO de aquel que cree, es perfectamente solucionado; posee la paz para con Dios por me­dio de nuestro Señor Jesucristo en cuanto a sus pecados se refiere.

 

  Su PRESENTE le coloca en el favor de Dios, que es mejor que la vida; y,

 

  su PORVENIR es nada menos que la gloria de Dios, en cuya esperanza puede gloriarse (Romanos 5: 1-3).

 

         Observémoslo bien: todo es de Dios, tanto en esa preciosa liberación, como en los resultados de la misma: LA PAZ CON DIOS, el FAVOR DE DIOS, la GLORIA DE DIOS. Notemos bien que aquel que se encontraba en la imposibilidad de alcanzar la gloria de Dios, puede ahora regocijarse de tener parte en ella (Romanos 3:23). Además, ¡bendición suprema! tiene el pri­vilegio de poder gloriarse en Dios mismo, "Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación." (Romanos 5:11).

 

         A partir del versículo 12 del capítulo 5 de Romanos, entramos en una nueva división de la epístola, que se extiende hasta, el final del capítulo 8. Aquí ya no se trata de lo que hemos hecho de nuestros pecados y del medio de ser librados de ellos, sino de lo que somos, de nuestro estado en Adán. Anteriormente, teníamos los frutos del mal árbol (los pecados), ahora tenemos el árbol mismo (el pecado), y el medio de acabar con él.

 

         Los dos 'cabezas', o jefes de raza, Adán y Cristo, están delante de nos­otros; el primero ha legado a sus descendientes el pecado y la condenación; el segundo nos ha adquirido la justicia y la vida eterna.

 

         Surge una pregunta: ¿cómo podemos ser librados de nuestro estado en Adán y de todo cuanto se relaciona con ello? Romanos 6 nos da la contesta­ción: Por nuestra muerte con Cristo, de la cual el bautismo cristiano es la figura o imagen (Romanos 6: 3-4). Por fe recibimos dicha verdad. De modo que para Dios y para la fe, ya no existe nuestro viejo hombre con su responsabilidad propia: acabó con la muerte de Cristo sobre la cruz. Desde ahora en adelante, Dios mira al creyente en una posición completamente diferente y nueva: el creyente está en Cristo delante de Él.

 

         Al gozo del primer instante, sucede a veces, para el recién nacido en Cristo, una profunda decepción cuando vuelve a encontrar al pecado en él, este pecado que se figuraba que había desaparecido para siempre. ¡Es lamentable!, incluso puede llegar a dudar de su conversión. Sin embargo, el capítulo 6 de Romanos ha previsto aquello, recordándole que no es el pecado lo que ha muerto, sino que somos nosotros los que estamos muertos al pecado, por nuestra muerte con Cristo; y que se nos exhorta a considerarnos como tales (Romanos 6:11). Así es como somos librados de nuestro estado en Adán y de nuestro antiguo amo: el pecado. Somos de otro, de Aquel que ha resucitado de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.

 

         Pero es imposible realizar esta verdad, si no nos hemos previamente exa­minado a nosotros mismos, si no hemos llegado a experimentar lo que somos. Alguien ha dicho: «Hace falta experiencia para aprender una cosa que sólo por experiencia se adquiere.»

 

         Cuando el creyente recientemente convertido descubre los movimientos de su vieja naturaleza, intenta domarlos. Llevado a Dios, en quien ha podido gloriarse, aspira a esa santidad que la presencia de Dios exige y se afana para llevarla a la práctica por medio de sus propios recursos. De allí viene la lucha, más o menos larga, mencionada en el capítulo 7 de Romanos, donde el alma nacida de nuevo - pero moralmente bajo la ley - intenta desesperadamente vencer al pecado, pero sin lograrlo. El combate que siempre vuelve a entablarse acaba invariablemente por una lamen­table derrota. Completamente agotada, cansada de sí misma en esta lucha sin salida, sintiendo que tiene necesidad, no de una ayuda, sino de un Libertador, el alma exclama: "¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me libertará . . .? (Romanos 7:24 - VM).

 

         El alma tiene, pues, necesidad de ser

 

LIBERTADA DEL PODER DEL PECADO

 

que es demasiado fuerte para ella. Llegado ese punto, la liberación es inmediata, de tal modo que el alma liberada puede en seguida dar gracias a Dios. Cuando el alma, ya sin recursos, se apropia para sí misma de la plenitud de la obra de Cristo como de algo que corresponde a su estado, se da cuenta que Dios ha provisto ya para su liberación en el sacrificio de Su amado Hijo. Es por eso que el alma puede regocijarse y bendecir a Dios sin tardar.

 

         El creyente entiende ahora que ya no está en la carne ni bajo la ley, sino en Cristo, delante de Dios. ¿Quién hubiera podido hacer frente a este estado sino Dios mismo en sus infinitos recursos? Así leemos: "Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley (lit., la justa demanda de la ley) se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu." (Romanos 8: 3, 4 - LBLA).

 

         Durante este penoso e inevitable combate para llegar a la liberación del pecado, lucha mencionada en el capítulo 7, el alma liberada ha aprendido tres importantes lecciones:

 

          - La primera (Romanos 7:18), es que en ella misma - en su carne - (y esto lo sabe por experiencia) no mora el bien.

         - La segunda (Romanos 7: 19-21), que la vieja naturaleza sigue existiendo en el creyente y que no es ni cambiada ni mejorada por la presencia de la nueva vida.

 

         - La tercera (Romanos 7: 22-23), que abandonada a sus propios recursos, no tiene fuerza alguna en sí misma para hacer el bien.

 

         Anidan en el alma dos naturalezas, cada una teniendo su ley respectiva pero, por así decirlo, la nueva naturaleza ha suplantado la vieja en el mo­mento de la liberación. Tenemos un notable ejemplo de ello en el árbol que ha sido injertado. Sin cultivo, el árbol silvestre no producirá sino malos frutos; los abonos, cuidados y el cultivo aumentarán el rendimiento del mismo, pero la calidad del árbol no cambiará, porque depende de su naturaleza. Para conse­guir buenos frutos, hace falta acabar con el árbol mismo, desmochándolo, o sea cortándole la copa. Entonces se injertará en ese tronco una rama de un buen árbol y esta rama acabará por ser el árbol mismo: un buen árbol que llevará buenos frutos. Notemos que hay dos naturalezas diferentes en ese nuevo árbol; pero la nueva ha suplantado la antigua. Con eso, queda por cierto que si el viejo tronco vuelve a retoñar y a llevar frutos, éstos serán siempre de la natu­raleza del árbol silvestre; pero el cultivador entendido no dejará retoñar los malos brotes: a medida que vayan apareciendo los podará inmediatamente. Así tendrá un buen árbol que no podrá dar sino buenos frutos, aunque haya dos naturalezas en él.

 

         La presencia de la carne, del pecado en nosotros no nos turba, ni hace que nuestra conciencia sea inquietada; pero la acción de esa naturaleza en nosotros pro­duce turbación. Por lo tanto hace falta que, por el Espíritu Santo por el cual hemos sido sellados (y que es la potencia de la nueva vida) mortifiquemos todas las manifestaciones de la vieja naturaleza (Romanos 8:13). La consecuencia de las experiencias descritas en el capítulo 7 de Romanos es que el alma, liberada del poder del pecado, puede comprender y llevar a la práctica la verdad pre­sentada en el capítulo 6. Estas cosas son fundamentales en la vida del cristiano, en su andar en este mundo. ¡Cuán precioso es saber estas cosas!

 

 Estamos muertos en Cristo.

 

  Tenemos que considerarnos como tales, como muertos al pecado, más vivos para Dios.

 

3º Hace falta que llevemos estas cosas a la práctica mortificando (es decir, aplicando la muerte a) las manifestaciones interiores de la vieja naturaleza, y esto por el poder del Espíritu Santo.

 

         El capítulo 8 describe nuestra nueva posición en Cristo, delante de Dios. La primera parte, sobre todo, es en contestación al capítulo 7. Vemos que la nueva vida, Cristo y el Espíritu Santo se emplean para designar nuestra nueva condición delante de Dios (versículos 6, 9 y 10). A partir del versículo 12, se menciona al Espíritu como una Persona de la Divinidad que el creyente posee en sí mismo juntamente con la nueva vida. Y, al final del capítulo 8, tenemos además a 'Dios estando por nosotros.' (Romanos 8: 31 al 39). ¡Cuánta plenitud de liberación y de bendición poseemos así de parte de Dios, en Cristo!

 

* * *

 

         Las exhortaciones están relacionadas con las verdades presentadas en esta epístola: somos exhortados por las misericordias de Dios (reveladas éstas en el Evangelio) 'a presentar nuestros cuerpos en sacrificio, vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional.' (Romanos 12:1).

         Sin embargo, sabemos que la carne, nuestra mala naturaleza, está en nos­otros todo el tiempo que estamos en el cuerpo de nuestra bajeza. Vendrá el momento, y no está lejano, en que seremos

 

LIBRADOS DE LA PRESENCIA DEL PECADO EN NOSOTROS,

 

porque esperamos la adopción, la redención de nuestro cuerpo: y esto en espe­ranza. Toda la creación gime a una y está de parto hasta ahora, esperando la manifestación de los hijos de Dios; el momento bienaventurado cuando serán manifestados con Cristo; siendo el cristiano, por así decirlo, la expresión inte­ligente de este continuo anhelar y quien espera, también, el cuerpo glorioso que le está destinado y del cual se revestirá en la Venida de Cristo. Ahora ya tene­mos consciencia de nuestra adopción y nos gozamos en ella, pero su manifes­tación perfecta está reservada para el instante en que seremos revestidos de un cuerpo glorioso semejante al de nuestro Redentor.

 

         "Pues, en verdad, en esta morada gemimos," - y he aquí la causa de este gemir - "anhelando ser vestidos con nuestra habitación celestial; y una vez vestidos, no seremos hallados desnudos. Porque asimismo, los que estamos en esta tienda, gemimos agobiados, pues no queremos ser desvestidos, sino vestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos preparó para esto mismo es Dios, quien nos dio el Espíritu como garantía." (2 Corintios 5: 2-5; LBLA). Si tenemos semejante liberación en perspectiva, el objeto de nuestra inmediata esperanza será Cristo mismo. "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas." (Filipenses 3: 20-21).

 

         En cuanto a nuestras personas - espíritu, alma y cuerpo -, habiendo sido rescatadas por la sangre del Salvador, la salvación será completa cuando nuestros cuerpos participaran de ella (Romanos 8:23). Esperamos esto con paciencia, sabiendo que lo que Dios ha prometido, lo cumplirá de modo seguro.

 

         ¡Cuán grande es Dios que se ha dignado ocuparse así de nosotros mismos para salvarnos al precio del sacrificio de su amado hijo! Individualmente nos ha conocido de antemano y predestinado a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29).

 

         Y a Aquel que puede confirmarnos según este Evangelio, "al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén." (Romanos 16: 25, 27).

 

L. P. B.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1953, No. 5.-

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