VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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NUBES . . . (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

NUBES . . .

 

 

         Era Job "hombre perfecto y recto, y temeroso de Dios y apartado del mal" (Job 1:1), ricamente bendecido en su familia y en sus bienes. Cosa re­lativamente extraña y siempre difícil: en medio de la prosperidad material, manifestaba una vida de devoción; el hecho de poseer riquezas no había apartado su corazón de Dios. ¡Cuán bueno es gozar así de felicidad en esta tierra, colmado de bienes, sin preocupación de nin­guna clase, andando en el temor del Señor! ¿Quién no tuviera envidia de semejante situación? Se trata de un día tranquilo y sereno en la vida del patriarca, sin la menor sombra que venga a perturbarla. Su cielo es azul, de un azul intenso y sereno...

 

         Pero, he aquí que surgen nubes en el horizonte. Las veremos amontonarse unas tras otras con extraordinaria rapidez, de tal modo que, en breve tiempo, sólo quedará el recuerdo de días felices y apacibles. Quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas arrebatadas y los mozos heridos a filo de espada por los Sabeos; siete mil ovejas con sus pastores consumidas por el "Fuego de Dios"; tres mil camellos robados y los mozos heridos por los Caldeos. Son tres nubes sucesivas. Ha desaparecido toda la hacienda de Job. Una cuarta nube alcanza­rá en sus afecciones de padre: ¡han perecido sus propios hijos, sin escapar ninguno, al derrumbarse la casa del primogénito! La quinta nube hiere al mismo Job "con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza." (Job 2:7). Tres amigos vienen luego para simpatizar con él y consolarle, sentándose con él en tierra por siete días y siete noches, contemplando su dolor, sin proferir la menor palabra: sexta nube que, en la persona de Job, alcanza e irrita el 'Yo' de tal modo que no pueda aguantarlo: abre la boca para maldecir su día. Un séptimo nubarrón había de obscurecer todavía su horizonte, ¿oirá de parte de Elifaz, Bildad y Zofar algunas palabras de comprensión y consuelo? ¡Ninguna! Ni uno de ellos será capaz de ha­blar de Dios como conviene (Job 42: 7,8). Los tres sólo tendrán para el afligido amigo palabras de reproche y de condenación.

 

         Siete nubes en la vida de aquel del cual Dios pudo decir: que era "hombre perfecto y recto, y temeroso de Dios y apartado del mal", siete pruebas cada cual más profunda y más dolorosa. ¿Cuál es el hombre que fue jamás probado como Job? Tal vez ninguno, úni­camente el santo Hijo de Dios vio la más sombría nube descargarse sobre Él en la Cruz del Calvario, nubarrón tan denso que, desde mediodía hasta las tres de la tarde, hubo tinieblas en todo el país. Du­rante estas horas de oscuridad y de abandono Él llevaba nuestros pe­cados sobre Su cuerpo en el madero de la cruz; Él fue hecho pecado por nosotros. De modo que puede decirnos, como lo hizo antes a su pueblo: "Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados." (Isaías 44:22). Esta nube que velaba la faz de Dios y que nos hubiera alejado de Él por la eternidad, jamás tendremos que conocerla. ¿No hay motivos para que nuestros corazones agradecidos canten alabanzas al Señor sin cesar?

 

         Hoy, muchas nubes obscurecen nuestro horizonte. No sabemos exac­tamente cuántas hay en la vida de cada uno de los redimidos del Señor; pero Él lo sabe... En estos días de crecidas pruebas, considere­mos algo de lo que Job aprendió mientras el horizonte de su vida era ennegrecido por densas y sombrías nubes. Después que sus tres amigos han dejado de hablar para condenarle, Eliú hace oír su voz: "porque lleno estoy de palabras, me constriñe el espíritu dentro de mí." (Job 32: 18 - VM). Se expresa como oráculo de Dios y el poderoso soplo del Espíritu anima sus dichos. ¡Cuántas ense­ñanzas hay, dadas por Dios por medio de su siervo, en los cap. 32 al 37!

 

         A Job se le formula una pregunta: "¿Comprendes tú los equilibrios de las nubes, las obras de Aquel que es perfecto en saber?" (Job 37:16 - VM). Desde luego, se trata primero del dominio de las cosas físicas. Cristo no había aparecido aún en la escena de este mundo y Job no poseía las Escrituras. Es contemplando los cielos y la tierra, las maravillas de la creación, como podía conocer algo de las revelacio­nes divinas y como poseía el testimonio de la majestad y del poder de Dios, así como de su fidelidad y de su misericordia. Pero las imá­genes, o figuras, que nos son presentadas tienen una significación más honda; nos hacen penetrar en el dominio de las cosas espirituales.

 

         ¿Podía comprender Job el equilibrio (o balanceo) de las nubes? ¿Por qué un cielo tan negro después de días tan felices? ¿Por qué siete nubes? Job no podía entenderlo, tómese esta expresión en su sentido propio o figurado. No podemos entenderlo mejor que él. ¿Por qué surgen dificultades en el camino? ¿Por qué tantas pruebas que parecen agobiarnos? No lo comprendemos. Mas para la fe queda una certidumbre; "las obras de aquel que es perfecto en saber", o como también puede traducirse: "las maravillas del Perfecto en sabiduría". Con perfecto conocimiento de lo que somos y de cuanto necesitamos, Él envía las nubes o las esparce y, en Su maravilloso equilibrio, pode­mos ver la mano de Aquel que nunca se equivoca y que nos dice también, como a Pedro: "Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después." (Juan 13:7). ¡Maravillosas obras!

 

         Pero, hay algo más; esta nube que surge y lo obscurece todo en un corazón, en una casa, en una asamblea, está también cargada de humedad, de agua ("También él carga las nubes de humedad, y extiende el nublado de su relámpago." Job 37:11 - VM). El designio de Dios es siempre bendecir. Si nos aflige y nos prueba, es para a la postre hacernos bien (Deuteronomio 8:16). La nube que ha llenado los cora­zones de tristeza, que tal vez hizo correr las lágrimas, está cargada de la bendición de lo alto. ¡En los días aciagos, no olvidemos nunca que Él carga la nube de humedad! ¿Cómo se derramará dicha agua? Por Sus designios, a Su solo mandato (Job 37:12); vendrá unas veces por azote, como tromba, otras "por misericordia" (Job 37:13). En el primer caso es la devastación, es un castigo - Su obra ocasional -, mientras que Él desea enviar la bendición; enton­ces, destilan las nubes la lluvia que va goteando en abundancia sobre los hombres (Job 36:28), rocío de bendición, lluvia fina y penetrante que fertiliza y enriquece.

 

         Habrá frutos producidos en los corazones, semejantes a la tierra ablandada con el aguacero bienhechor. ¿No es mayormente por la Palabra de Dios que recibimos dicha lluvia de bendición? "Goteará como la lluvia mi enseñanza; Destilará como el rocío mi razonamiento; Como la llovizna sobre la grama, Y como las gotas sobre la hierba." (Deuteronomio 32:2). "Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, . . . así será mi palabra que sale de mi boca . . ." (Isaías 55: 10, 11). Cuán necesario es, por consiguiente, leer esta Palabra, y aún más, conformar nuestra vida a ella, porque esta lluvia descenderá sobre nosotros en la medida en que 'vivamos los mandamientos.' (Deuteronomio 11: 13-15 y 27).

 

         Es repartida de tal manera que podemos recibir y recogerla sin desperdiciar nada; por eso caen las nubes "como las gotas sobre la hierba"'. Y no es que Dios ponga límites a Sus bendiciones, por el contrario, Él bendice abundantemente. Así acontecerá en los días felices del reino, cuando Aquel delante de quien se prosternaran los reyes y a quien servirán todas las naciones "Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada; Como el rocío que destila sobre la tierra." (Salmo 72:6). Entonces, la tierra regada reblandecida por las lluvias, será 'enriquecida en gran manera' (Salmo 65: 9-13).

 

         ­A partir del capítulo 38, Jehová mismo se dirige a Job: "¿Alzarás tú a las nubes tu voz?" (Job 38:34). No entra en la facultad del hom­bre - por grande y poderoso que sea - el regular el curso de las nubes, y esto es un pensamiento animador. Es verdad que, tal vez, el equilibrio o movimiento de las nubes se producirá por la ferviente oración del justo, cuya petición está de acuerdo con lo que Dios desea obrar (Santiago 5: 17-18), pero nunca por orden directa del hombre. Tampoco el enemigo podrá hacer algo sin el permiso divino y obrará sólo en los estrictos límites que le habrán sido fijados; hay, cada vez, un "solamente" (Job 1:12) y un "mas" (Job 2:6); una condición establecida por Dios. Si incluso puede obrar el maligno en contra de un redimido, siempre será como instrumento del cual Dios se valdrá para cum­plir Sus designios de gracia para con uno de los Suyos (Job 1:8; 2:3).

 

Otra pregunta adicional es hecha a Job, y sirve al mismo tiempo de estímulo para un corazón atribulado "¿Quién puede contar las nubes con su sabiduría?" (Job 38:37). ¡Gracia inconmensurable! Aquellas nubes, el Señor las ha contado todas. ¿Pensaremos, tal vez pen­saremos, que no serían demasiadas aquellas siete densas y sombrías nubes en la vida de Job? ¡Contadas todas, una por una! Y esto, en Su sabiduría. Ni una más, ni una menos de lo que es necesario. Es el mismo que "cuenta el número de las estrellas" (Salmo 147:4), que cuenta asimismo todos nuestros pasos (Job 14:16; 31: 4), nues­tras huidas (Salmo 56: 8) y los cabellos de nuestra cabeza (Lucas 12:7), el que ha contado también las nubes que vienen a echar su negro crespón en nuestro horizonte, ¡con el mismo poder ilimitado, la misma inescrutable sabiduría y el mismo amor que nunca varía!

 

         El capítulo 42 del Libro de Job nos muestra los resultados del "equi­librio de las nubes". Todas han sido contadas en Su sabiduría, car­gadas de agua, y dejan correr ahora sobre el patriarca una lluvia de bendiciones, goteando, pero, abundantemente. ¡Cuántas riquezas, y cuántos conocimientos; las primeras dadas, los demás adquiridos, a través de un cielo cargado de nubes! "De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven'' (Job 42:5). ¿Acaso, no valía la pena haber visto las siete nubes surgir una tras otra, hasta, 'taponar' el cielo, para luego poder exclamar: "mis ojos te ven"? Conocimiento y contemplación de Cristo, que tuvieron, asimismo los tres jóvenes hebreos en el horno ardiente, "He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo." (Santiago 5:11). Lo que enriquece proviene de la aflicción: 'el oro' - o dorada claridad - "viene del Norte." (Job 37:22). Puede el patriarca contar su 'oro' cuando ha pasado el viento, ha barrido las nubes y ha producido un cielo sereno, ahora ve la dorada claridad, la brillante luz, ve a Aquel que es la luz verdadera. Ha sido enriquecido en el conocimiento de Su persona. De los siete nubarrones, sólo queda la bendición otorgada con abun­dancia: "Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, Cuando la lluvia llena los estanques (o la cubre de bendición)." (Salmo 84:6).

 

         ¡Quiera Dios que cuanto antecede nos anime a leer y meditar nuevamente el Libro de Job, para sacar de ello preciosas exhortaciones en estos días tan cargados de nubes! Habrá, desde luego una palabra que hará mella en nuestras conciencias: consideremos nuestros ca­minos, y escudriñémoslos a fin de que el agua de la cual está cargada la nube no caiga sobre nosotros 'como castigo', lo cual constituiría otra prueba además de la nube. ¡Cuántos sufrimientos, entonces, justo castigo de nuestra infidelidad! Aumentado además por el pesar de haber desperdiciado la bendición que nuestro Dios había preparado para nosotros. Porque es la lluvia de bendición lo que Él prepara al cubrir los cielos con las nubes (Salmo 147:8). Pero, sobre todo, Él quiere dar en este libro una palabra de consolación y de esperanza a todos cuantos están ejercitados por las nubes que Él envía; en medio de la tristeza del 'presente', dirige las miradas hacia el 'después' cuando se producirá el "fruto apacible de justicia" (Hebreos 12:11).

 

         Pronto surgirá 'mañana sin nube'. Ya no harán falta nubes para traer la bendición durante, estos gloriosos días del reino, en los que 'Aquel que domina entre los hombres será justo, señoreando en el temor de Dios'. Una rica y abundante, bendición será esparcida "Cuando la hierba de la tierra brota por medio del resplandor después de la lluvia." (2 Samuel 23:4 - RVR1909). Entonces, Aquel sobre quien se pronunciaron estas palabras, "será príncipe en medio de ellos" (Ezequiel 34:24), será Él, el verdadero David.

 

         Sobre Su pueblo restaurado, "haré descender la lluvia en su tiem­po, lluvias de bendiciones serán." (Ezequiel 34: 23-31). En espera del día aquel en que nacerá el Sol de justicia llevando la salud en sus alas, sepamos mirar, no sólo a la nube, más por encima de la nube, a Aquel que la cargó de agua. Todo está oscuro, cada vez más oscuro en derredor nuestro... mas ¡miremos a Jesús! Él disipa cualquier som­bra; por encima de la nube, miremos Su gloria y resplandor; que Su mirada nos anime y nos colme de felicidad.

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1955, No. 16.-

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