VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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DEL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y DE LA GRACIA (Juan de Valdés)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

DEL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y DE LA GRACIA

 

 

         Cuanto más profundamente me pongo a considerar el beneficio de Cristo, considerando como Él está en todos, y sobre todos los que le aceptan, tanto más me maravillo de que todos los hombres, no corran en pos de Él, y no le abracen y Le pongan en sus corazones; estándoles ofrecida en don, la remisión de pecados, y la reconciliación con Dios, y por consiguiente, la inmortalidad y la vida con Cristo.

 

         Y habiéndome, muchas veces, puesto a considerar, de dónde puede provenir el que no acepten esta singularísima gracia, todos los que de ella tienen noticia, he entendido que proviene, del no conocer al hombre, ni a sí mismo, ni a Dios.

 

         Y en efecto acontece, que no conociendo el hombre en sí la impie­dad, y la malignidad, y la rebeldía, que le son naturales por el pecado original, no desconfía de sí mismo, de poder por sí mismo satisfacer a Dios, y ser justo delante de Dios. Asimismo acontece, que no cono­ciendo el hombre en Dios la bondad, misericordia y fidelidad, no se fía de Dios, y así no se puede persuadir, ni asegurar en su ánimo, de que le pertenezca la justicia de Cristo, de que por lo que padeció Cristo, Dios lo acepta a él por justo. Y si el hombre se conociese, considerándose impío, maligno y rebelde no solamente por sí, sino por ser - como es - hijo de Adán, desconfiaría de sí, de poderse justificar por sí: y si conociese a Dios, conociendo en Él bondad, misericordia y fidelidad, fácilmente se fiaría de Él, aceptando el perdón que le ofrece el Evangelio, y tanto más, cuanto que conociéndose a sí, no le parecería muy extraño, que Dios le perdonase, sin propio mérito suyo, los males e inconvenientes en los cuales se conoce caído, parte sin culpa suya propia, y parte con culpa suya propia, nacida y de­rivada de aquella ajena: con cuya cosa, entiendo que excusaba David el pecado, diciendo 'He aquí, en pecado he sido concebido,...' (Salmo 51:5).

        

         De donde entiendo, que así como es imposible que el hombre, no conociéndose a sí mismo, ni conociendo a Dios, acepte la gracia del Evan­gelio, y se asegure con ella; así es imposible que el hombre pretenda, conocién­dose a sí mismo y conociendo a Dios, ni piense justificarse por sus propias obras; ni por esquivar las malas, ni por aplicarse a las buenas.

 

         Y si uno me dijere: - ¿pues, cómo los santos hebreos, que se conocían a sí mismos y conocían a Dios, pretendían justificarse con los sacrificios que la Ley manda? Le responderé: - que los santos hebreos no constituían sus justificaciones en sus sacrificios, sino en la Palabra de Dios, que le prometía perdonarles, haciendo ellos aque­llos sacrificios. Y aquí entiendo que era mucho más difícil a los santos hebreos, porque se conocían a sí mismos y conocían a Dios, el re­ducirse a tenerse por justos, sacrificando; que no lo es, a los santos cristianos, que se conocen a sí mismos y conocen a Dios, el reducirse a tenerse por justos, creyendo y aceptando la gracia del Evangelio. Por cuanto es ciertísimo que los santos hebreos, sacrificando, conocían que daban a Dios lo que ellos propios, por inclinación suya natural, se complacían darle; y lo que conocían, que en sí y de por sí, no agrada ni satisface a Dios, como consta por muchas cosas que leemos en la Santa Escritura antigua (es decir, el Antiguo Testamento), y particularmente en los Salmos, y en Isaías. Y por cuanto es ciertísimo también y muy verdadero, que los santos cristianos, creyendo, conocen que dan a Dios lo que, por su inclinación natural, no querrían darle, y lo que Dios se agrada y quiere que le sea dado, como consta por toda la Santa Escritura nueva (es decir, el Nuevo Testamento).

 

         Por lo cual yo adopto esta resolución: que los hombres, que en tiempo del Evangelio pretenden justificarse, obrando (esto es: con sus obras); dan testimonio de sí, que no se conocen a sí mismos, ni conocen a Dios; que los que pretenden ser justos, creyendo, dan testimonio de sí, que se conocen a sí mismos, y conocen a Dios.

 

         En este discurso aprendo, entre otras, dos cosas importantísimas. La primera es: que puesto que es cierto, que ya Dios no pide a los hombres que sacrifiquen, pidiéndoles que crean, que acepten la gracia, la remisión de los pecados y la reconciliación con Dios que les ofrece el Evangelio, mostrándoles cómo, habiendo puesto Dios en Cristo los pecados de todos los hombres, en Él los ha castigado todos; y así queda satisfecha su justicia. El hombre, por pecador y malo que sea, que no se tuviere por perdonado, y por reconciliado con Dios, y así por justo, por el hecho mismo, dará testimonio de sí, que no conoce a Dios, pues no se fía de Su Palabra; y que no conoce a CRISTO, ya que no está cierto de que es justo en Cristo. Y si este tal hom­bre pretendiere justificarse, obrando; dará testimonio de sí, que des­conoce la inclinación natural del hombre: de manera, que o debo yo conocerme justo en CRISTO, aunque yo me conozco pecador en mí, o debo negar lo que afirma el Evangelio, que en Cristo Dios ha castigado las iniquidades, y los pecados de todos los hombres, y los míos con ellos; o soy constreñido a decir, que Dios es injusto, casti­gando dos veces los pecados, una en Cristo, y otra en mí: y porque decir esto sería impiedad, y negar lo otro sería incredulidad; queda solamente que yo me esfuerce a tenerme por perdonado y reconciliado con Dios, y así, por justo en CRISTO, sometiendo la luz natural a la luz espiritual.

 

         La segunda cosa que aprendo es: que siendo cierto, que la impo­sibilidad que el hombre tiene de aceptar este santo Evangelio de Cris­to, proviene del no conocerse el hombre a sí mismo, ni conocer a Dios; a todo hombre le corresponde aplicarse muy de veras a conocerse a sí propio, y a su inclinación natural, tomándola desde Adán, y a conocer a Dios; tomando por principal aplicación la continua ora­ción, rogando afectuosamente, y fervientemente a Dios, que le abra los ojos del ánimo, de suerte que llegue a estos conocimientos: y ro­gándole, que si ha empezado a abrírselos, se los abra cada hora más.

 

         Y de este modo, si no hubiere principiado a aceptar el santo Evan­gelio de CRISTO, yéndose quitando la imposibilidad, le principiará a aceptar: - y si hubiere empezado a aceptarlo, habiéndosele quitado la dificultad que halla en recibirlo, le aceptará más y mejor, sien­do eficaz la fe en Él, para mortificarle y vivificarle: con las cuales cosas, se confirma en nosotros la fe cristiana, la cual es fundamento de esta divinísima confesión de Simón Pedro, cuando dijo a Cristo: - "¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!". (Mateo 16:16 - VM)

 

         A Él sea gloria por siempre. Amén.

 

Juan de Valdés (1509 - 1541) (de "Ciento i Diez Consideraciones Divinas" — 1539)

 

Nota del Transcriptor: "Ciento i Diez Consideraciones divinas"; todas las copias del original español fueron suprimidas por la Inquisición Española; treinta y nueve de las Consideraciones fueron publicadas con los Trataditos, desde un manuscrito de Viena.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1955, No. 16.-

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