VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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SEPARACIÓN (A. Gibert)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024,  Lansing, MI 48909 USA)

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

SEPARACION

 

 

"Y separó Dios la luz de las tinieblas."

(Génesis 1:4)

 

         El principio propio del testimonio es manifestar la separación que Dios mismo establece entre los suyos y el mundo.

 

         Ese principio se encuentra a lo largo de la Sagrada Escritura y cada uno sentirá interés y provecho en buscar las numerosas expre­siones e ilustraciones que allí se encuentran. Dios separó la luz de las tinieblas en el primer día de la creación. Noé, por su perfección, ofrece un contraste notable con los hombres de su tiempo. Abram se retira a la montaña, abandonando la llanura de los placeres impíos (Génesis 13). El pueblo de Israel es apartado para Jehová (Números 23:9). Daniel y sus compañeros evitan cuidadosamente tocar la ración de la comida, los manjares delicados del rey. El Señor dice a los suyos: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mun­do" (Juan 17:16). Y escribe el Apóstol: "¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿y qué concordia tiene Cristo con Belial? "(2 Corintios 6: 14, 15 - VM). Y todas las exhortaciones de las epístolas nos llaman incesantemente a la santidad práctica, a una separación efectiva en nuestro sendero, de aquella maldad en que el mundo está puesto. ("Sabemos que somos de Dios, y todo el mundo está puesto en maldad." 1 Juan 5:19 - RVR1909). "Guardarse sin mancha de este mundo" es uno de los dos aspectos de "la religión pura y sin mácula", según Santiago 1:27.

 

         Para todo aquel que ha nacido de nuevo, ese principio es sencillo y claro. Cuando uno ha sido librado, por gracia, de la potestad de las tinieblas, y moralmente ha salido del mundo, se ha vuelto limpio, aceptable, para el cielo, uno siente bien que no se puede servir a la vez al mundo y a Jesús.

 

         Pero, si la necesidad de semejante separación es una verdad que es recibida por nuestra nueva naturaleza sin la menor reserva, ¿cómo se presenta en la práctica?

 

         Dicha pregunta nos obliga a todos a bajar la cabeza, y a con­fesar que estamos muy lejos de vivir separados de este mundo como tendríamos que estar. Y, en los pormenores de su propia existencia individual, cada uno nota cuán difícil es guardar siempre viva, esta santa vi­gilancia que se nos pide.

 

         Es que nuestra vida terrenal está llamada a desarrollarse en el marco mismo de este mundo, del cual, sin embargo, debemos salir. Tenemos que estar "en el mundo", sin ser "del mundo", según las propias palabras del Señor en Juan capítulo 17. Hay que vivir en medio del mundo, trabajar con él, ganar los medios de proveer para las nece­sidades de esta vida por los mismos medios que él, y al mismo tiempo huir de él. ¿Por qué no confesar que esta obligación, en principio sen­cilla, lleva en sí muchos casos delicados y que nos ponen a prueba? Numerosas preguntas se plantean, variando de una persona a otra, según la ocupación de cada cual, según la educación que ha recibido, su temperamento propio, el grado de experiencia que posee, su am­biente, etc.

 

         Muchos dicen, y particularmente los jóvenes, aunque no les falten las buenas intenciones: «¿Dónde está esa frontera, esa línea divisoria entre el mundo y la vida cristiana?» Y a las advertencias y reprensiones, se les oye contestar: «Usted exagera, es usted demasiado estricto, las cosas no se pueden llevar así a rajatabla, no se podría vivir más en la tierra entonces.» O también: «Yo me permito hacer aquello que está desaprobado por tal hermano. ¿Acaso no hace él cosas que yo no me permitiría? En el fondo, estas distracciones, estas diversiones que yo me permito, no son, en verdad, más culpables que sus viajes o sus costumbres de bienestar.»

 

         Estar en el mundo sin ser del mundo... Algunos, viéndose delante de las dificultades de realizar dicho programa de vida, han deseado más de una vez, una vida absolutamente retirada de la agitación de la sociedad humana y de sus tentaciones. Pero no es en el convento, ni en el desierto, donde hemos de testificar; es en medio de los hombres. Por lo demás, mortificar su carne es rendirle indebidamente honor (Colosenses 2:23). Incluso en la más absoluta soledad encon­traríais siempre el mundo en la única compañía que os quedara, la peor: vuestro propio corazón.

 

         ¿Quién no ha deseado, por lo menos una vez, consagrarse ente­ramente, exclusivamente, a «la obra del Señor» con la secreta espe­ranza de ver así rotos de golpe los más fuertes lazos que aún nos unen a este mundo? Amados hermanos, quiera el Señor llevar un mayor número de obreros suyos en la mies: evangelistas, predicadores, misioneros; que Dios capacite a muchos para esa labor. Y al mismo tiempo, que dé a los demás creyentes el saber utilizar mejor, para Su servicio, las oportunidades, que se les presentan y el tiempo libre de que disponen. Recordemos, sin embargo, que las epístolas del Nuevo Testamento consideran siempre la masa o conjunto de los cristianos como ocupados en los acostumbrados quehaceres de la vida, «comiendo su pan - trabajando con reposo.» (2 Tesalonicenses 3:12), y llamados a dar testimonio en ocupaciones exteriormente idénticas a las del mun­do. Resultaría sumamente peligroso soñar solamente con un probable servicio o ministerio - al cual el Señor no nos llamará quizás ja­más - y olvidar de testificar de Él en nuestra vida diaria. En el campo, en la oficina, en el negocio, en el taller, en casa, el cristiano - ocupado en un trabajo cuyo objeto puede parecerle únicamente terrenal - puede y debe hacerlo para el Señor; su corazón y su con­ciencia estando felizmente puestos a prueba delante de Él.

 

         Pero esto supone, precisamente, muchos combates, provoca muchas perplejidades y - dicho con sinceridad - actualmente se hace cada vez más difícil poder trabajar solo, para sí mismo, en la familia o entre cristianos. Uno es arrastrado por la inmensa maquinaria so­cial, con el peligro de caer preso en el engranaje que nos aplasta a pesar nuestro. Conozco a más de un joven de ahora, que habrá dicho o pensado: «Antes, la vida no tenía esta agitación febril que la caracteriza hoy día, los negocios no iban de modo tan vertiginoso; podía uno recogerse más, aislarse de los ruidos de este mundo. Ahora, a cada momento tenemos que enfrentarnos con nuevas necesidades, nuevas tentaciones, al paso que inventos, nuevos procedimientos, y agrupaciones recientes transforman nuestros países, ¿cómo apartarse de ellos? Uno no puede ignorar todo cuanto hay en nuestro tiempo, y, sin embargo, ¡cuánto veneno hay en los periódicos!, ¡cuánto qui­siéramos desconocer tantas teorías y sistemas políticos, religiosos u otros! ¿Cómo orientarse? ¿Pueden ustedes, verdaderamente trazar una divisoria exacta y decirnos: eso es del mundo, no lo toquéis; lo otro es legítimo, no os preocupéis?»

 

         ¡Lamentablemente!, bosquejar tan solamente un límite, ya sea en materia de lecturas, de nuevos procedimientos, de distracciones de vestidos, que sé yo, sería dar inmediatamente a nuestros corazones la tentación de traspasarlo. Este fue siempre el resultado práctico de toda ley. Cada vez que el legalismo quiso levantarse con rigidez, provocó tristes reacciones.

 

         Pero, por otra parte, a cuáles catástrofes no iríamos si dijéramos: «sea libre cada cual de escoger su propio camino. Mi conciencia es mi única regla.» Sabéis lo que sucedió en Israel, cuando cada uno hacía lo que le parecía bien. ¿La conciencia? Cada cual tiene la suya. Pero ella habla diferentemente del uno al otro. No es ninguna regla segura, sino el instrumento que indica si uno se aparta de una regla dada. El apóstol mismo decía que el hecho de no tener nada sobre la conciencia no le justificaba (1 Corintios 4:4). Hay que despertarla, reani­marla. Tiene que ser puesta a prueba; hay que hacer progresos en el "discernimiento del bien y del mal" (Hebreos 5:14). En una pala­bra, la conciencia tiene que ser iluminada.

 

         Volvemos así a la ilustración por excelencia de la separación; Dios separó la luz de las tinieblas. "!Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz…! (Isaías 5:20).

 

         Cualquiera que ve puede notar el contraste entre la luz y las ti­nieblas, tiene una idea de la plena luz y de la oscuridad completa. Todo el mundo sabe lo que es pasar de las tinieblas a la luz. Estoy en un cuarto oscuro, abro la puerta y me encuentro en seguida en una habitación bañada de luz; nada más sencillo. Pero no todo es tan sencillo en la realidad. Generalmente uno pasa gradualmente de la luz a las tinieblas. El círculo luminoso de una lámpara decrece a medida que uno se aleja, se debilita gradualmente, uno entra en la penumbra y poco a poco - muy lentamente - uno llega a la más den­sa noche, donde el ojo más ejercitado ya no distingue nada en abso­luto. El día aparece y desaparece, no de modo repentino, sino por medio del crepúsculo indistinto.

 

         Creo que tocamos aquí el fondo mismo del problema. Así es como, moralmente, se nos presentan tantas preguntas. Muy a menudo estamos en la penumbra, estamos en la luz debilitada del crepúsculo y uno se pregunta entonces qué camino seguir. Uno bien sabe que tal pe­cado grosero, tal compañía, tal modo de obrar, son del dominio de las tinieblas. Pero, de este lado, en los confines de la claridad y de la sombra, ¡cuántas dudas no hay! y razonan así: «Me parece que puedo aceptar esta invitación por cierto, no hay mal alguno en ella. Esta música es, en verdad, muy correcta… Este pequeño 'arreglo' en la contabilidad no es un engaño… hay que pagar, desde luego, los impuestos, pero todo el mundo se las arregla para evitar este grava­men desagradable... Y fulano y mengano lo hacen aún peor...»

 

         Amado lector, es verdad que, demasiado a menudo, nosotros caminamos por el límite entre la luz y las tinieblas, a media luz. Sólo en el cielo estaremos en la plena y verdadera luz. Entonces, ¿cómo podremos en­contrar nuestro camino aquí abajo, en este mundo? Sólo de una ma­nera: puesto que estar en la penumbra significa estar entre la luz y las tinieblas, debemos únicamente volver los ojos hacia el Manantial de la luz. Lector, ¿hacia dónde fijas tu vista? Esa es la única pre­gunta que debemos formularnos; y nadie más sino uno mismo puede contestarla. Decimos que no vemos con claridad nuestro camino. Pue­de ser; pero, ¿en qué sentido lo seguimos? ¿Hacia la penumbra o hacia la claridad? Todos sabemos que sólo existe una luz: Jesucristo. Acaso ¿hacemos todas las cosas mirando a Jesús? Volvamos los ojos hacia la luz y todo será hecho. "La luz del cuerpo es el ojo: así que si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso." (Mateo 6:22 - RVR1865). El verdadero dechado (o ejemplo y modelo de virtudes y perfecciones) es aquel que siempre ha puesto a Jehová delante de sí. (Salmo 16:8).

 

         Confesémoslo. Casi siempre planteamos mal el problema en cuan­to a lo que está permitido o prohibido al cristiano: «¿Qué mal hay en entrar aquí, o en ir allá?», solemos decir. En cambio, desaparecerá toda incertidumbre si nos preguntamos: «Si voy ahí, ¿seguiré viendo a Jesús?» No podemos figurarnos cuánta sencillez daría a nuestra vida esta manera de pensar, esta sencilla pregunta. Pero sólo se llega a este estado, cultivando con el Señor relaciones personales, por medio de la oración frecuente y de la acción de la Palabra de Dios sobre nuestra conciencia. Entonces, verdaderamente, dicha Palabra será siem­pre «lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestros caminos«, según nos dijo el Salmista. En otras palabras, será la respuesta a todas nues­tras preguntas acerca del camino que debemos seguir.

 

         No olvidemos nunca que es solamente mirando a Cristo como refle­jaremos a Cristo, testimonio al cual somos llamados en verdad (Efesios 5: 8-14). Es para dar aquel testimonio que Dios, después de nuestra conversión, nos ha dejado en esta tierra, para que Cristo sea visto en nosotros. Esto es «andar en luz» (1 Juan 1:7).

 

         Ocupémonos de Él y para Él. Conozcámosle siempre mejor. Mirémosle a Él y no a los demás. Así es como, guardados en nuestros caminos y reflejando al mismo Señor, viviremos esta vida cristiana, fuera de la cual no hay vida para nosotros (Gálatas 2:20), en la separación necesaria para poder ser útil al Señor (2 Timoteo 2:21).

 

A. Gibert

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 20.-

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