VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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EL DISCÍPULO AMADO (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

NTPESH =  NUEVO TESTAMENTO DE LA BIBLIA PESHITTA En Español, Traducción de los Antiguos Manuscritos Arameos. Editorial: Broadman & Colman Publishing Group. Copyright: © 2006 por Instituto Cultural Álef  y Tau, A.C.

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano; conocida también como Santa Biblia "Vida Abundante")

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

EL DISCÍPULO AMADO

 

 

         Algunos pasajes del Evangelio según Juan nos presentan un alma que gozaba de una manera real del amor de Cristo, un alma «arraigada y cimentada en el amor.» (Efesios 3:17). Pedro amaba al Señor, pero sabemos cuál fue su caída y lo que la había causado: su confianza en su propio amor. Sin duda es de desear que nuestros corazones sean más henchidos de amor para Aquel que tanto nos amó, pero nuestro amor es de­masiado inconstante para que po­damos edificar sobre este terreno. Necesitamos cimientos más sóli­dos. Juan - tantas veces presentado con Pedro en los evangelios - no habla de su amor por el Se­ñor; no dice: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré", "Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte", "Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti." (Mateo 26:33; Lucas 22:33; Juan 13:37). Pero él es llamado "el discípulo a quien amaba Jesús" (Juan 21:20). Lo que le ocupa, no es su amor hacia su Maestro, es el amor con el cual Él le ama. ¡Le basta saber que es amado por Jesús!

 

         Gozar del amor del Señor pro­duce resultados prácticos en los cuales es útil fijar nuestra aten­ción. Primero, el yo es puesto de lado; Juan no está ocupado de sí mismo, no  piensa más  que en Aquél que le ama. Si se ve obli­gado, conducido por el Espíritu, a hablar de sí mismo, se olvida de sí hasta ni siquiera dar su nom­bre; todas las cosas las hace converger en Jesús, él no es otra cosa que el objeto de Su amor. En el evan­gelio que ha escrito, divinamente inspirado, ni una sola vez cita su nombre; cada vez que ha de ha­blar de sí mismo, es siempre "el discípulo a quien amaba Jesús." Algunos han llegado hasta dudar de que éste evangelio haya sido es­crito por él: es un pensamiento erróneo, pero esto muestra hasta qué punto Juan se olvida de sí mismo, ¡se halla tan ocupado del amor del Señor!  Todos experi­mentamos cuán difícil es despren­dernos del yo egoísta alrededor del cual gravita generalmente toda nuestra existencia. "El discípulo a quien amaba Jesús" nos da el secreto para ello.

 

         En la primera parte del capítulo 13 del evangelio según Juan, vemos al Señor ejerciendo el oficio que aún hoy sigue siendo el Suyo. Quiere otorgarnos una parte con Él, y para eso nos purifica de toda inmundicia. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin." (Juan 13:1 - VM). Esta parte con Él, es el conocimiento de Su amor introduciéndonos en el gozo de su comunión. Pero, ¿es que dejamos siempre al Señor lavar nuestros pies? ¡Cuán lamentable! ¡muchas veces la Palabra ejerce tan poca acción en nues­tras conciencias!

 

         La segunda parte del capítulo nos ocupa del reposo que dimana de la acción purificadora de la Pa­labra. ¿Por qué gozamos tan po­co de este reposo? Precisamente porque nuestros pies no siempre están lavados. Cuando no hay la acción purificadora del agua - es decir, la Palabra - no se conoce el reposo. Juan no había opuesto ninguna resistencia a la obra que el Señor quería realizar, porque estaba "recostado al lado de Jesús", gozando de Su amor. En él hay un sitio para cada uno de los redi­midos, tal como lo expresamos a veces en un himno: «En el cielo Señor, Tú nos has preparado un lugar, junto a Ti... » Permanecer recostado sobre el pecho de Jesús, es estar tan cerca de Él que Su amor inunde nuestros corazones. Pero primero es necesario que todo esté en regla entre Él y nosotros.

 

         El Señor dijo a sus discípulos: "uno de vosotros me va a entregar." (Juan 13:21). Solemne palabra que les preocupa a todos. Un peso abrumador que cae sobre el corazón de cada uno. ¿Es posible que uno de los que le habían seguido, uno de los que poseían la vida eterna entregara a su Maestro? ¡Qué propicia era esta palabra del Señor para sondear sus corazones y sus conciencias!, y ¡qué  apresuramiento tienen ellos de ver quitado este peso que les oprime y angustia a todos! Sólo el Señor puede decir quién es el que le ha de entregar. Pero, ¿quién puede preguntárselo? ¿Será Pedro? No, Pedro en sí mismo no ha comprendido muy bien que uno solo se halla en estado de recibir las comunicaciones del Señor, es "el discípulo a quien amaba Jesús." Es a él a quien se dirige: le hace señas para que pregunte "quién era aquel de quien hablaba." ¡Y Juan se recuesta cerca del pecho de Jesús! Está en el lugar bendito en el cual se recibe la comunicación de Sus pensamientos. Es siempre verdad que "El secreto de Jehovah es para los que le temen." (Salmo 25:14 - RVA). Por este motivo, podemos notar que Juan recibió más tarde las revelaciones consignadas en el libro del Apocalipsis. Es, proféticamente, testigo de la venida del Señor (Juan 21:22) y el libro del Apo­calipsis nos presenta Su venida en gracia como también en juicio. ¡Maravillosa revelación dada al "discípulo a quien amaba Jesús"! ¡En cuántas circunstancias de nuestras vidas individuales, de nuestras vi­das de familia, o en la vida de la asamblea quisiéramos conocer el pensamiento del Señor! Permane­cemos preocupados, no sabiendo qué hacer, careciendo de discer­nimiento espiritual. ¿Por qué? Porque no estamos en el lugar que ocupaba "el discípulo a quien amaba Jesús." Sólo el goce de Su amor nos conducirá al conoci­miento de Su pensamiento.

 

         En el capítulo 19 de este mis­mo evangelio, contemplamos a nuestro adorable Salvador cru­cificado. Todos están contra Él: los ancianos, los príncipes de los sacerdotes, los jefes del pueblo, cuantos pasaban por allí. Algunos, no obstante, estaban "junto a la cruz de Jesús". ¡Cuán sensible a ello fue el Señor! Los nombres de los que allí estaban han sido inscritos en el Santo Li­bro. Hoy todavía, en este mundo, todos están contra Él, sigue sien­do "despreciado y desechado entre los hombres." (Isaías 53:3). ¡Qué gozo para Su corazón cuando algunos toman parte con Él en Su posición de rechazamiento! ¿Pensamos bastante en ello, y somos dicho­sos en asociarnos a Él para pro­porcionarle tal gozo? La primera que es nombrada entre las perso­nas que estaban cerca de su cruz es "su madre". ¡Qué dolor para el corazón de esta madre! Había llegado el momento en que se rea­lizaba la profecía del anciano Simeón: "Una espada traspasará tu misma alma." (Lucas 2:35). Sólo el Señor podía compren­der tal dolor, sólo Él podía simpa­tizar con tal sufrimiento. ¡Aún más! si Él comprende la angustia de un corazón de madre, ¿qué di­rá tratándose de "su madre"? Ha terminado el tiempo del servicio, durante el cual estaba obligado a hablar así: "Mujer ¿qué tengo yo que ver contigo?" (Juan 2:4 - VM). Aho­ra puede dar libre curso a los afectos de Su corazón. Es muy de notar el ver que en el evangelio que pone de relieve la divinidad de Su persona, tenemos la expre­sión de Sus sentimientos humanos, cuando pasa por los dolores de la cruz. En medio de sufrimientos indecibles, piensa en Su madre. ¡Qué modelo tan perfecto!... Nos­otros, los que todavía tenemos una madre a quien amar, no olvidemos nunca lo que hubo en el co­razón del Señor para con "su madre" en el momento supremo.

 

         "Cuando vio Jesús a su madre..." Ella es lo que tiene de más querido aquí abajo, sin duda - y comprende su dolor. No quiere dejarla sola en medio de este mundo. ¿A quién confiarla? ¿Quién podría cuidarla como "el discípulo a quien amaba Jesús"? Un objeto común unirá a María y a Juan: la persona de Jesús.

 

         Al que goza de su amor, al que está "arraigado y cimentado en el amor", es a quien el Señor con­fiará lo que le es más precioso en la tierra. Hoy día, ¿no es Su Asamblea? Para servir a los san­tos, para servir a la Asamblea, hay que conocer el amor de Aquél que "amó a la iglesia, y se entre­gó a sí mismo por ella" (Efesios 5:25). Según la medida en que gozaremos de este amor, podrá Él concedernos el privilegio de ser­vir, de ocuparnos de esta Asam­blea a la que Él sustenta y regala.

 

         La escena que podemos consi­derar en el primer párrafo del capítulo 21 del evangelio según Juan nos permite descubrir una cuarta enseñanza. Siete discípulos salieron a pescar, ilustración de un servicio cumplido sin ninguna dirección del Maestro, según el pensamiento del corazón natural. Tal servicio es sin fruto alguno. El Señor quiere hacernos ver pal­pablemente la vanidad de nues­tros propios esfuerzos: "Hijitos, ¿tenéis algo de comer?" Él sabía que ellos no tenían nada, pero esta pregunta es para llevarnos - como a los discípulos en otro tiempo - a confesar nuestra incapacidad: "Le respondieron: No." Cuando esta lección ha sido aprendida, el Señor Su poder, ¡y con qué amor lo hace! Los discí­pulos echan la red allí donde ordenó el Maestro, y "no la podían sacar, por la gran cantidad de peces." ¿Quién era Aquél que había obrado así? Nadie lo sabía, antes de que obrara: "los discípulos no se daban cuenta de que era Jesús." (Juan 21:4 - NTPESH). Pero, después de Su intervención, ¿quién le reconocerá? ¿No había de ser Pedro? Ya le había visto de semejante manera en la escena del lago de Genesaret (Lucas 5: 1-11). Pero para reconocer al Señor, no se debe recurrir ni a la energía, ni a la memoria, es la comunión con Él lo que es necesario. Por esto, únicamente "aquel discípulo a quien Jesús amaba" es el que puede exclamar: "¡Es el Señor!" (Juan 21:7). Había gozado de tal manera de Su amor que cuando discierne las manifestaciones en poder, tiene forzosamente que decir: «¡sólo Él puede obrar así!»

 

         El conocimiento de Su Persona, el disfrute de Su amor nos conducirán a reconocer Su mano, potente y misericordiosa, en las circunstancias que tenemos que atrave­sar. Podemos decir con reconoci­miento y adoración: le conozco, sólo Él puede obrar así. En Sus hechos Le discerniremos.

 

         Finalmente, la última parte del capítulo  21 nos dará una quinta enseñanza. Pedro es restaurado, el Señor le ha llevado a juzgar lo que le había conducido a tan dolorosa caída y ahora puede decir­le: "Sígueme." Entonces, volviéndo­se, ve que les seguía "el discípulo a quien amaba Jesús." Juan no necesitó ser impulsado a seguir al Señor, después de una restau­ración consecutiva de su caída. La confianza que podríamos tener en nuestro amor hacia el Señor nos llevará a las tristes experien­cias de Pedro, mientras que el go­ce del amor del Señor nos preser­vará de toda caída. No fue nece­saria ninguna llamada del Señor para que Juan le siguiera. La per­sona de Jesús tenía para él tal atractivo que no necesitaba ninguna orden ni ningún alien­to. Es Su amor que atrae al co­razón. Así podremos seguirle sin ningún esfuerzo, sin ningún cons­treñimiento.

 

         Pero, ¿cómo realizar lo que tan perfectamente realizaba "el discípulo a quien amaba Jesús"? Sen­timos en nosotros nuestra inmen­sa flaqueza y clamamos a Aquél en el cual reside la fuerza para ayudarnos. Pero, ¿lo hacemos con bastante fe? Pedimos, pero sin confiar mucho que podremos gozar bas­tante del amor del Señor para ma­nifestar prácticamente lo que he­mos podido considerar en estos diferentes pasajes. Pedimos mu­chas veces sin gran convicción, más o menos resignados a que no haya ninguna transformación en nuestra vida cristiana. ¿Por qué sucede esto? Nuestra flaqueza es grande, es verdad. Pero nos dirigimos a "aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos." (Efesios 3:20 - RVA). Y, añade el apóstol, "según el poder que actúa en nosotros." (Efesios 3:30 - RVA). No se trata de liberaciones exteriores que Él puede obrar en nuestro fa­vor - algo que hace a menudo - si­no de una obra interior. Es el poder que actúa "en nosotros". Él quiere pues obrar en nuestro co­razón y realizar a este respecto "mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos." ¡Contemos con Él para este trabajo que nos lleva­rá a gozar profundamente en nuestras almas de Su amor inson­dable e inconmensurable!

 

         ¡Qué resultados serán manifes­tados entonces en nuestra vida in­dividual, como también "con todos los santos", estando todos sus­tentados y ocupados de su amor! El nombre del Señor será glorifi­cado en cada uno de los Suyos y en la Asamblea. "A él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén." (Efesios 3:21).

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 21.-

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