VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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FRUTOS DEL AMOR DIVINO (J. N. Darby)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

FRUTOS DEL AMOR DIVINO

 

 

"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira."

(Léase Romanos 5: 6-11)

 

 

         Hemos llegado a aquel período en la historia de las relaciones de Dios para con los hombres, cuando Su amor se revela como perfecto, en conexión con la cruz de Cristo. La verdadera condición del ser humano - desde Adán hasta Cristo - ha sido ya considerada en sus diversas fases: Dios en su mucha paciencia ha realizado una prueba perfecta de lo que el hombre era, y sigue siendo; y el resul­tado es él que se encuentra sin nada absolutamente bueno delante de Dios. Ésta es la triste, tristísima condición de todo "el que nace de mujer" (Job 25:4). Más de cuatro mil años de prueba y toda justa tentativa bajo todas las circunstancias posibles en que el hombre ha sido colocado, han demostrado su verdadero carácter y condición. Pero no sólo se halla él desprovisto de todo lo bueno en la presencia de un Dios clemente y misericordioso, sino que hay en su corazón y en sus actos, la presencia de todo lo malo. Negativa y positivamente, en principio y en práctica, es el hombre esencialmente impío.

 

         Dios supo esto desde el principio; pero es sólo después de haberlo probado plenamente cuando puede tomar Su lugar hacia el pecador en la persona de Cristo Jesús, conforme a la grandeza de Su amor y las riquezas de Su gracia. Éste es un punto de inestimable importancia práctica en la historia de las almas. ¡Cuántas veces hemos visto un creyente novicio sumamente turbado y sin disfrutar la paz de Dios, porque experimenta que hay muchas cosas en su interior que son contrarias al Señor! Y él se pregunta: - ¿Cómo puedo creer que Dios me ama? ¿Cómo puedo imaginarme que Él oye mis oraciones? ¿Cómo estaré seguro de ser Su hijo, con todo el pecado que mora en mi interior?

 

         Dicha inquietud es natural, y hasta cierto punto es bueno estar turbado a causa del pecado interior; pero el objeto que se propone Satanás es que el alma no salga de este estado, haciendo que se ocupe en buscar evidencias interiores, y de este modo acosar e inquietar al débil en la fe. Tales almas no han aprendido la gran verdad que el apóstol está anunciando aquí y que estamos considerando ahora: el amor perfecto de Dios hacia el pecador (después de la prueba que Aquel hizo con el hombre), basado en la obra perfecta de Cristo. Una vez conocida y apreciada esta grande, consoladora y pacífica verdad, todas las dudas, temores e inquietudes desaparecen inmediatamente. Nada sino una perfecta paz y un gozo inconmensurable debiera llenar el alma del creyente, y nada debería inquietar su dulce calma. Ha venido a ser una sola cosa con Cristo en la resurrección - fuera del alcance de cualquier enemigo - y poseedor de Sus "inescrutables riquezas".

 

         Si Dios hubiera manifestado Su amor hacia el hombre antes de haber probado lo que había en éste, se hubiera 'arrepentido' después (como dicen muchos a causa de la ingratitud y desobediencia humanas; con demasiada razón pudiéramos dudar entonces de lo que Dios dijera ahora, en caso de que Él no se alejara de nosotros) abandonándonos por ser tan realmente depravados. Pero, ¡oh preciosa! ¡bendita!, sí ¡verdad tres veces bendita para nuestras almas! No fue sino después de haber probado la terrible culpabilidad del ser humano en la muerte del Señor Jesucristo el amado Hijo de Dios, cuando nos reveló plenamente Su amor. Y si Dios puede amar, y en verdad ama, al pecador, en Cristo Jesús, después de esta manifestación de odio, rebelión y maldad, ¿cuál no será este amor? Y exclama el corazón, descansando a la luz esplendorosa de aquel amor, que jamás nube alguna podrá empañar; ¡oh amor poderoso, admirable, sorpren­dente y sin igual! Es cual océano sin playa, sin medida ni límites, de donde nacen las diez mil corrientes de la gracia viva, para refrescar a los cansados en el camino, y para confirmar nuestras almas en fe y santidad.

 

         Era este amor el que inundó el corazón del apóstol Pablo mientras escribía los once primeros versículos de este capítulo - quizás los más ricos que se nos hayan dado -, en manifestación del amor divino.

 

"Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." (Romanos 5: 6-8).

 

         Este es el Evangelio de la gracia de Dios; el nuevo principio esta­blecido por Dios en Sus relaciones, o trato, para con el hombre, el cual está ahora en Su presencia, completamente perdido. Desde el principio hasta la Cruz, todas las relaciones de Dios con la huma­nidad - ya sea con individuos, ya sea colectivamente por dispensa­ciones -,  sólo han demostrado que el ser humano es absolutamente opuesto a Dios en su naturaleza y sin esperanza de remediar su con­dición: por consecuencia, el amor que Dios le ha demostrado después, debe ser por excelencia gratuito y perfecto. Jamás se ha encontrado en el hombre algo que pudiera inducirle a Él a manifestar Su divino amor; sino al contrario, se ha hallado en el hombre mucho para disuadirle a Él.

 

         Mas ahora todo ha cambiado. Dios desiste de los derechos de su soberanía: la gracia reina; pero no sobre las ruinas de la ley y de la justicia (no por desconocer las demandas de Dios, ni pasando por alto la culpabilidad del hombre) sino por medio de la justicia consumada para con Dios y la vida eterna para el perdido pecador, por Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. "Pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia." (Romanos 5: 20-21; LBLA).

 

         Afirmamos que éste es el Evangelio en su relación hacia Dios: sus efectos respecto al hombre se manifestarán en verdadera fe, arre­pentimiento según Dios, y una vida de santidad: ¡ojalá comprendiéramos mejor esto, pues cuando se acepta con sencillez hasta la menor duda queda cancelada! Si yo sé que Él me ama con un amor perfecto, después de haber conocido mi pecado y culpabilidad en su pleno alcance, entonces ningún mal puede brotar en mi corazón que El no supiera de antemano, y que no haya juzgado plenamente en la cruz de Cristo, y apartado de su vista para siempre.

 

         Pero tal vez alguien preguntará: «¿No amaba Dios al pecador antes de la muerte de Cristo?» Por cierto que sí. Un perfecto amor anidó siempre en el corazón de Dios para con el hombre. La muerte del Señor Jesucristo nos muestra la expresión del amor de Dios hacia nosotros, y el carácter o grandeza de aquel amor se revela comparando la condición de aquellos por quienes Cristo murió. Un amor pleno, perfecto y activo siempre moró en Su corazón: y Su grande objeto fue siempre la reconciliación del hombre con Él. Dios nunca fue enemigo del ser humano, por lo tanto Él no necesitaba reconciliarse: al contrario, Él "estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados." (2 Corintios 5:19).

 

         Muchísimos pasajes de las Sagradas Escrituras vienen a la memoria en prueba de esta pacificadora verdad, tales como: "En esto fué manifestado el amor de Dios hacia nosotros, en que ha enviado Dios a su Hijo unigénito al mundo, para que nosotros vivamos por medio de él." Y este: "nosotros hemos visto y testificamos que el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo." (1 Juan 4: 9-19; VM).

 

         , ¡qué bendición para nosotros al estar este amor siempre allí!; aun siendo rechazado, no menoscabó en lo más mínimo. Pero la muerte de Cristo abrió el camino para su plena revelación, y para consumar todo propósito de la gracia. Ningún lazo de unión existió entre Dios y el hombre en la carne: a cambio de tanto amor, solo recibió odio; jamás hubo respuesta alguna en el corazón humano a Su más tierna invitación. Pero Cristo, en Su muerte glorifico a Dios respecto al pecado; Él cumplió con toda justicia; Él lleno o satisfizo las mayores demandas del cielo y las más hondas necesidades del hombre. Así fue exaltada la ley y la promesa establecida en Su persona; y con respecto al pecado, en Su muerte y resurrección ha obrado una base justa para la perfecta manifestación de la naturaleza y carácter divinos. Ahora Dios toma Su propio lugar, y revela lo que Él es hacia el pecador, en Cristo Jesús.

 

         Ya vimos lo que es el hombre: ahora, veamos lo que Dios es, y cuáles son los frutos de Su amor.

 

         El apóstol dirige después nuestra atención a lo que nosotros lla­maremos las primicias del perfecto amor: la muerte de Cristo, un Objeto de meditación para la fe, pero fuera de nosotros mismos. "Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos." (Romanos 5:6). Jamás fue revelada verdad alguna tan difícil de creerse por el hombre como lo es ésta. Es tan opuesta a todos los pensamientos, afectos, ideas y obras humanas que el hombre no puede comprenderla. ¿Quién ha oído jamás hablar de un amor por el cual hayan sido esparcidos sus más preciosos dones sobre implacables enemigos aunque sin fuerzas? - «¡Harás esto!...» «¡No hagas aquello, o su­frirás las consecuencias!...» Estos mandamientos el hombre puede fácil­mente comprenderlos, son lógicos, conformes a su razón. Pero que por amor se le diga (tras haber probado que no hay nada en el ser humano sino un odio que no cambiará jamás, y cruel como la muerte), «He abierto las cataratas del cielo para que Mi amor fluya plenamente, sin medida ni obstáculo capaz de detenerlo, para vuestra eter­na salvación», esto sobrepasa los pensamientos más elevados que pue­dan ocupar la mente humana. Que Dios ame al justo, al bueno, al santo, no causa sorpresa alguna; pero que ame a los impíos, injustos y pecadores, y haya dado a Su Hijo amado para que sufriese la muerte que ellos merecían, esto brillará siempre a través de los siglos sin fin en la eternidad como la maravilla de las maravillas.

 

         Pero, ¿quién lo creyera?, aun en este oráculo de amor ha encontrado la criatura algo que le desagrada y de lo cual se queja. No puede sufrir la idea de que se le proclame flaco, débil, impotente. Con mayor agrado aceptaría ser llamado impío que sin fuerzas. Con repetidas pruebas y vanos intentos, espera dejar de ser impío y mejorar, rehusando doblegarse ante la humillante verdad que está com­pletamente "sin fuerza".

 

         Pero, aquí es donde principia el Evangelio, y a donde todo hombre debe venir si es que quiere salvar su alma. Luchará por mucho tiempo contra la verdad, a semejanza de muchos, pensando que pueden hacer algo, o cuando menos sentir que están mejorándose por medio de sus obras, tal vez por medio de la oración, por leer la Palabra de Dios, o por hacer uso de los medios de gracia. Pero, ¡no!, Dios esperará hasta que - una vez despierto el pecador - él se doblegue ante el resultado de Su propia historia, conforme la ha escrito Dios mismo: incapaz de obrar el bien; muerto, moral y espiritualmente; conde­nado ya y culpable de la muerte de Cristo.

 

         Éste es - lo repetimos -, éste es el Evangelio; no lo que el hombre es ni lo que Dios exige del hombre; sino lo que Dios es, tras haber demostrado que el ser humano es tanto impío como impotente. Una vez creído esto, la luz del cielo inunda el alma. Con su primer aliento el creyente podrá exclamar: «Dios me ama con un amor perfecto, a pesar de todo lo que soy y cuanto he hecho: Cristo murió por y todos los beneficios de Su muerte son míos; así que mi salvación depende no de mi propia consistencia (aunque debo ser consistente) sino de la inmutabilidad del amor de Dios y de la eterna eficacia de la sangre de Cristo. Sólo tengo que descansar en Su amor, y gozarme de los resultados de la obra de Cristo, la cual me hace idóneo para Su santa presencia.»

 

         Pero, ¿cuál será la culpa de aquellos que rechazan al Señor Jesucristo lleno de gracia y de bondad, de aquellos que rechazan hasta el mismo Dios que quiere reconciliarlos en amor? Ellos rechazan todo aquello en que se les ofrece bendición, y el alma se condenara eternamente, porque se dio muerte a sí misma. El solo recuerdo de tal amor, y tan menospreciado, de tantas oportunidades siempre despreciadas, dará vehemencia a las llamas del fuego que no se extinguirá jamás, y vitalidad al gusano que nunca muere.

 

         ¡Tenga el Señor misericordia del lector que aún fuese inconverso, y lo guíe a tomar su verdadero lugar a los pies de Jesús y a creer lo que ha sido tan plenamente revelado. "Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos."

 

* * *

 

         ¡Que vuestro servicio esté vinculado únicamente con Dios; solamente con Él, y no con individuos particulares! Vosotros podéis ser animados por la comunión fraternal; vuestro trabajo puede hallar en ello refrigerio; pero tenéis que trabajar según la medida de vuestra fe y de vuestras energías individuales sin apoyaros en nadie, pues si obráis de otra manera, no podéis ser siervos fieles. El servicio ha de ser medido siempre por la fe y la comunión personal con Dios. En todo tiempo, es por la actividad individual cómo la bendición ha sido llevada a las almas, y desde el momento en que esta actividad se ha perdido, el poder del testimonio ha sido perdido también en esta tierra. La tendencia a la asociación tiene por resultado el apoyarnos los unos sobre los otros, y no siempre en el Señor.

 

J. N. Darby

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 21.-

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