VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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MAMMÓN

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

MAMMÓN

 

 

         El amor al dinero es, hoy día, una de las peores formas de la idolatría; con dinero, todo se compra en este mundo; todo… menos la felicidad de un alma que disfruta de la paz con Dios.

B. S.

 

* * *

 

"Ninguno puede servir a dos señores… no podéis servir a Dios y a Mammón."

(Mateo 6:24 - RVR1909)

 

"Raíz de todos los males es el amor al dinero."

(1 Timoteo 6:10)

 

 

         Mammón es el dios del dinero y de las riquezas. Es un ídolo hoy en día universalmente venerado. El mundo entero le reverencia; lo mismo que antaño, toda el Asia y el mundo honraban a la gran diosa Diana (Hechos 19). Vivimos en el siglo de oro, o del dinero; las riquezas se apoderan de los corazones: todos las desean, las buscan, las aman. El culto a Mammón es universal... y esto no ha de sor­prendernos, tratándose de los hombres del mundo, cuyo único objeto y afán es éste, en esta vida. Para ellos, nada hay tan legítimo como este amor al dinero; en vez de moderarlo, lo excitan; lejos de pensar que es la raíz de toda clase de males, pretenden, al contrario, que las riquezas son una fuente de felicidad; ellos son del mundo, aman y seguirán amando siempre lo que - en este mundo perecedero - les proporciona la felicidad y el bienestar...

 

         Pero, dejémonos del mundo. ¿Sería fuera de lugar recordar a aquellos que ya "no son del mundo", a los amados redimidos de Cristo, algunas advertencias de la Palabra de Dios sobre tan impor­tante asunto? ¡Por cierto que no! ¿No ocurre a veces que los creyentes nos dejamos conmover, deslumbrar y hasta seducir por la buena apariencia de este ídolo, por sus sonrisas, sus halagos y sus pro­mesas? ¿Acaso no corremos el peligro de dejarnos arrastrar por la impetuosa corriente que, en nuestros días, precipita los hombres hacia Mammón?

 

         Creo que hallaríamos difícilmente a un creyente que expresara abiertamente el deseo de enriquecerse, pero no hemos de deducir de ello que no anide semejante deseo en su corazón. Puede ser que lo ocultemos a los demás... pero estoy casi convencido de que muy po­cos son los creyentes que no tienen que luchar contra él. Sea lo que fuere, la Palabra de Dios nos advierte solemnemente sobre el peligro que representa el amor a las riquezas, y sus enseñanzas en este aspec­to son claras positivas y poderosas. Ellas pueden ser divididas en dos partes distintas, o sea dos aspectos: los ejemplos y la doctrina.

 

 

LOS EJEMPLOS

 

 

         Empecemos por éstos, meditando tres casos que nos presenta la Palabra para demostrar con especial énfasis que el amor al dinero es la raíz de toda clase de males.

 

         Recordemos primero el caso de BALAAM. Respecto al oro, ¡qué desprecio más completo finge aquel hombre! "Aunque Balac me diese su casa llena de plata y oro, no puedo traspasar la palabra de Jehová mi Dios para hacer cosa chica ni grande." (Números 22:18). Estas fueron las palabras de Balaam a los príncipes de Moab, cuan­do vinieron a él con dádivas y promesas del rey. Más tarde, habló al mismo rey de idéntica manera.

 

         ¿No parece, pues, tener sumo desprecio a las riquezas? ¿no pa­rece impulsado por una conciencia escrupulosa, por un corazón lleno de rectitud? No obstante, en 2 Pedro 2, nos declara el Espíritu de Dios que el amor al dinero fue precisamente lo que le llevó a Bala­am a obrar tan indignamente: "amó el premio de la maldad". Bajo el aparente desdén que manifiesta para el oro, Dios discierne un alma entregada por completo al culto de Mammón. Impulsado por un poder divino, sobrenatural, Balaam bendijo por fuerza al pueblo - en vez de maldecirlo - y pronunció preciosas y hermosas profe­cías; mas asimismo, impulsado por el amor al premio de la maldad "enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación." (Apocalipsis 2:14). El amor al dinero es el resorte o secreto de tan infa­me conducta...

 

         En segundo lugar, consideramos el caso de GIEZI, criado de Eliseo. En él, la pasión por el oro es manifiesta, aunque intente ocultarlo a los demás. Miente a Naamán; miente a Elíseo, y acaba por ser leproso, blanco como la nieve... ¡Estos son los frutos que produce este amor inmundo el cual es, en verdad, "raíz de todos los males"!

 

         Amados hermanos, si ocurre alguna vez que nuestros corazones se dejan atraer por el pérfido encanto del oro, meditemos el solemne caso de Giezi, y las palabras del profeta, siempre actuales: "¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas?" (2 Reyes 5:26).

 

         Para terminar, tenemos en el Nuevo Testamento el caso de JU­DAS. A semejanza de Balaam y de Giezi, Judas hace cuanto puede para ocultar a los ojos de los demás ese amor culpable que abriga en el fondo de su alma: - "¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella." (Juan 12: 5-6). "Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata." (Mateo 26: 14, 15). "Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros?  !Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó." (Mateo 27: 3-5).

 

         Este último caso no precisa comentario alguno: el amor al dinero llevó a Judas a cometer el más odioso crimen que se pudiera cometer; arrastró Giezi a la mentira y le cubrió de lepra; y Balaam fue en­vuelto en un camino de perversidad... todos desembocaron en la rui­na... pues dicha pasión es la raíz de toda clase de males.

 

 

LA DOCTRINA

 

 

         Pero, como hemos dicho, hay en el Nuevo Testamento una doctrina claramente expresada sobre el tema que nos ocupa. Citaremos aquí algunos pasajes que bastarán para destacarla, recomendando expresamente al amado lector abra su Biblia, los lea y medite detenidamente:

 

         - Mateo 6: 19 al 21, 24 y 31 al 33 -

         - Lucas 12: 13 al 21 y 32 al 34 -

         - Hebreos 13: 5 -

         - 1 Timoteo 6: 6 al 11 -

          - Colosenses 3: 1 al 3 -

 

         Preguntémonos ahora; estas enseñanzas, ¿no expresan con per­fecta claridad el pensamiento del Señor? ¿se trata acaso de una doctrina obscura y sujeta a una posible controversia? ¿no tienden a apartarnos del servicio - de la esclavitud, diríamos - de Mammón, del amor y del afán para las riquezas? ¿no nos revelan todos los motivos capaces de apartar nuestros corazones de lo que "la polilla y el orín corrompen"? La insensatez y la vanidad de las inquietudes, los tiernos cuidados de nuestro Padre celestial, el efímero valor de los bienes terrenales, la excelencia de los que somos llamados a bus­car,... son otras tantas verdades presentadas con especial énfasis en las páginas del Nuevo Testamento.

 

         Por otra parte, conviene evitar un error bastante difundido recordando que lo que censura con tanta fuerza el Espíritu Santo no es la posesión de las riquezas, y mucho menos el hecho de ser rico sino el amor y la aspiración a las riquezas, lo que es muy diferente. Es verdad que el apóstol Santiago reprende con vehemencia a ciertos ricos, aquellos que restaron de su jornal a los obreros que segaron sus tierras, y que en modo alguno se puede aprobar o defender. Pero notemos bien que la Escritura no dice que la posesión de las riquezas lleva necesariamente al amor a las mismas; creerlo sería un error. El amor al dinero puede estar arraigado tan profundamente en el corazón de un pobre como en el de un rico. Si un hermano es rico, puede - sin deshonrar al Señor - conservar sus bienes y hacerlos prosperar, con tal que siga el camino que le enseña la Palabra en pasajes como Hebreos 13:16, "Mas del bien hacer, y de la comunicación de beneficios [o de los bienes], no os olvidéis; porque en los tales sacrificios Dios se complace mucho." (Hebreos 13:16 - VM); y 1 Timoteo 6: 17 al 19, "A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir…" (1 Timoteo 6: 17, 18 - LBLA). Si­guiendo este camino, un creyente rico gozará siempre de la aprobación divina.

 

 

¿COMO EMPLEAMOS LO QUE GANAMOS?

 

 

         El trabajo es de institución divina; aun en el jardín de Edén, Adán labraba la tierra (Génesis 2:15). El concepto popular especialmente en los países hispano-americanos presenta el tra­bajo como un castigo de Dios. ¡Nada más falso! Leyendo atentamen­te la Biblia, vemos en Génesis 3: 17 al 19 que, como consecuencia de la caída del hombre, Dios maldice la tierra y que el castigo de Adán y de sus descendientes consiste en que, después de mucho afanarse, el trabajo no rinda en consonancia con el esfuerzo desarrollado. De una ocupación placentera, el trabajo se ha vuelto duro y agotador: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan...". El cristianismo confirma aquella ordenanza de Dios, declarando: "Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma." (2 Tesalonicenses 3:10). Nadie tiene pues derecho a sustraerse a dicho mandato. El trabajo es obligatorio para todos; vivir en la ociosidad es vivir en el desorden, es despreciar este divino estatuto. Notemos también que Dios ha querido que en toda labor haya fruto (Proverbios 14:23); "el obrero es digno de su salario" (Lucas 10:7); "¿Quién ha servido alguna vez como soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta una viña y no come de su fruto……?" (1 Corintios 9:7 - LBLA).

 

         Consideremos ahora lo que nos enseña la Palabra acerca del uso o empleo que debemos hacer de lo que ganamos trabajando, es decir, nuestro jornal o sueldo. "Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y las de los que estaban conmigo. En todo os mostré que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Más bienaventurado es dar que recibir", declaró Pablo a los ancianos de Éfeso (Hechos 20: 34-35; LBLA); y el mismo apóstol escribió: "El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad." (Efesios 4:28), y, "algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales . . . exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan." (2 Tesalonicenses 3: 11-12).

 

         Resulta pues que nuestro sueldo, jornal u honorarios han de servir:

 

         1) Para cubrir nuestras necesidades, para facilitarnos al pan cotidiano, el vestido y la casa.

 

         2) Para satisfacer las necesidades de los débiles, de los lisia­dos y de los ancianos que no pueden trabajar.

 

         Por otra parte, si nuestro sueldo es más que suficiente para nos­otros, y si no hay alrededor nuestro ninguna necesidad, el más ele­mental discernimiento nos enseñará a conservar lo que sobrara para cuando se manifieste una necesidad, y no con el deseo de enriquecer­nos. Para corresponder a las dos enseñanzas del Señor referente a lo que ganamos, es preciso que trabajemos con todas nuestras fuer­zas pero que vigilemos también a fin de reducir en lo posible nuestras necesidades. Pensémoslo, hermanos, y abstengámonos, por ejemplo de aquel lujo desenfrenado, inútil, ridículo e insolente que reina en el mundo, y que - a veces - se ve hasta entre los santos.

 

         Para terminar, observemos que las enseñanzas de la Palabra acer­ca de las riquezas están en perfecta armonía con la vocación celestial del cristiano. La cruz de Cristo nos ha librado del presente siglo malo; aunque estando en el mundo, no somos del mundo, y para nosotros (como para nuestro Maestro) no hay nada en este desierto donde podamos reclinar nuestra cabeza. Por otra parte, estamos in­troducidos en un mundo nuevo: el que está en Cristo "nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." (2 Corintios 5:17). Todos nuestros intereses y bienes se hallan, pues, en esta nueva esfera: allí está Jesús, nuestra vida y tesoro, nuestra heredad y nuestras rique­zas, todo está allí. - Sin peligro alguno, nuestro corazón puede amar y buscar las "cosas de arriba", invisibles, gloriosas y eternas. Si amamos al mundo, a sus bienes, honores y deleites, demostramos que no realizamos nada de la vocación cristiana, y que nuestro cora­zón no ha salido "fuera del campamento" para penetrar dentro del velo, lugar donde nos coloca la obra de Cristo.

 

         "Mas esto digo, hermanos: el tiempo ha sido acortado; . . . los que tienen mujer sean como si no la tuvieran; y los que lloran, como si no lloraran; y los que se regocijan, como si no se regocijaran; y los que compran, como si no tuvieran nada; y los que aprovechan el mundo, como si no lo aprovecharan plenamente; porque la apariencia de este mundo es pasajera." (1 Corintios 7: 29 al 31 - LBLA).

 

Le Messager Evangélique (1910)

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, Nos. 22 y 23.-

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