VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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LA GRAVEDAD DE LA HORA PRESENTE

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

LA GRAVEDAD DE LA HORA PRESENTE

 

 

         El tiempo corre sin esperar a nadie: la alegoría lo representa con una guadaña segando sin cesar. Nada ni nadie puede detener su marcha. Adelanta, corre y vuela sin interrupción. Las manecillas del reloj giran inexorablemente. Cada latido del corazón nos acerca a la hora en la cual, estemos listos o no, tendremos que dejar la escena de este mundo inquieto y febril para desembocar en la eternidad.

         Es un asunto, serio, grave y de honda humillación al mismo tiem­po. El hombre con todas las ventajas y la energía, con su inteligencia e ingenio de lo cual se glorifica, su ciencia y su potencia, no puede resistir, por más que lo intente, ante ese duro e implacable enemigo: debe capitular ante la muerte.

         Al final de esta vida, bien sea larga o corta, tan sólo encuentra una fría y estrecha fosa debajo de la tierra: "la paga del pecado es muerte." (Romanos 6:23).

 

         Hace ya algunos milenios exclamó Job: "Pero el hombre muere y yace inerte. El hombre expira, ¿y dónde está?" (Job 14:10 - LBLA). Sí, ¿Dónde está? ¿Dónde estará? El instante en que cada hombre debe dejar esta tierra se acerca constantemente, y ¿qué pa­sará entonces? Otros tomarán su lugar en esta tierra y seguirán sus negocios, sus trabajos y el mundo seguirá funcionando, exactamente como si el difunto no hubiera jamás existido. Seguramente sus fami­liares se acordarán de él por algún tiempo, mas luego se desvanecerá en el olvido. Mas ¿dónde está su alma en el cielo o en el infierno?

 

         Nos estremecemos a menudo al oír hablar de espantosos acciden­tes ferroviarios; de terribles catástrofes mineras, en que centenares de seres agonizan lentamente, sin esperanza, de naufragios en la noche, de guerras y revoluciones sangrientas y de cosas semejantes. Y cuando leemos los reportajes detallando la horrenda catástrofe, cuando nos enteramos de los padecimientos de los heridos, cuando pensamos en la desesperación de los que han sido sepultados vivos en una mina, tenemos una expresión de la más viva compasión hacia las víctimas y no sólo para ellas sino también para sus apenadas fami­lias sumidas en la desesperación y a menudo en la mayor necesidad.

 

         Sin embargo, hay una desgracia aún mucho mayor que ésta: desgracia que contemplamos diariamente, pero a la cual se le suele conceder, relativamente poca atención. Pienso en la multitud de hom­bres y mujeres, jóvenes y ancianos y niños que parten de este mundo, por la enfermedad y a veces la miseria - consecuencia de esta ho­rrible peste que es el pecado. Se van, el tiempo los arrastra, sin Dios y sin Cristo, sin arrepentimiento, sin creer en el Evangelio, habiendo perdido la razón por el hecho mismo del pecado: corren al encuen­tro del Tribunal de un Dios Santo, del ardiente fuego y de las llamas eternas, del lloro y el crujir de dientes, allí donde el gusano no muere y el fuego no se apaga jamás...

 

         ¡Cuán horrible! ¡Cuán espantosa realidad! ¿Qué terror podría igualar a éste? Miles y miles de seres humanos van caminando ha­cia la perdición eterna. Y no son solamente los que se han hundido en el cieno de la corrupción moral, sino también la gente honesta, aquellos que han sido arrastrados también por el torbellino de los negocios o en el arrebato de los placeres. Ni un sólo instante más les está concedido para reflexionar cuando terminan sus carreras y la suerte de sus almas inmortales está fijada para siempre.

         Vuelvo a repetirlo: Es una espantosa realidad acerca de la cual la risa burlona y despreocupada del hombre engañado por Sata­nás, constituye un motivo más de sufrimiento para el verdadero cristiano ya que aunque esté caminando el tal hombre, hacia la eternidad, rechaza con desdén todas las advertencias que recibe en cuanto al peligro que le amenaza y se niega a "huir de la ira venidera."

 

         ¿Hay acaso, entre los lectores de esta revista, alguno que se encuentre en semejante situación? Si este fuere el caso, pedimos que Dios en Su gracia haga resplandecer Su luz en su corazón, de modo que reconozca su estado de perdición y se arrepienta, antes de que sea demasiado tarde.

        

         Una cosa es cierta: "Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará." (Gálatas 6:7). Dios no olvida ninguno de los pecados cometidos contra Él. ¡Con cuanta rapidez, la risa estrepitosa del pecador que está en esta tierra puede cambiarse en un grito de angustia eterna! ¡Cuán rápidamente padecimientos y desesperación sin fin pueden seguir a las diver­siones y placeres! Nos duele el corazón pensando en ellos y clama­mos: ¡Oh, Dios ten misericordia de estas desdichadas muchedum­bres antes de que sea demasiado tarde!... ¡Arranca sus almas cul­pables de la perdición a fin de que no lleven las eternas consecuen­cias de su locura y de sus pecados!

 

         Podemos considerar, además, el caso del inconverso bajo otro punto de vista todavía. ¡Cuán digno es de compasión, inclu­so sin mencionar el peligro continuo en el cual se halla! ¡Cuánto pierde ya en esta tierra!... Es ajeno al tierno y afectivo amor de Jesús, ajeno a Su consoladora compasión; desconoce el perdón de sus pecados, desconociendo por lo tanto, la verdadera paz y el gozo verdadero. Recorre el camino de la vida, penoso la mayor parte de las veces, sin estar iluminado por el amor y cuidado de Dios, y cuando se acumulan sobre él los problemas y preocupaciones no conoce al amigo "más unido que un hermano". (Proverbios 18:24). Anda a tientas en la obscuridad y no discierne los lazos y acechanzas del maligno, mientras que, por el contrario, "la senda de los justos es como la luz de la aurora, que se va aumentando en resplandor, hasta que el día es perfecto." (Proverbios 4:18 - VM). Y aquel va avanzando con el corazón y las manos vacías.

         Amado lector creyente, es para ti, para quien mayormente escri­bo estos renglones, están destinados a recordarte tu responsabili­dad para con los inconversos, recordándote hacia cuán terrible fin se encaminan, y también cuán pobres son, privados de todo consuelo espiritual, dignos de honda compasión.

 

         El tiempo apremia, pronto nuestro amado Salvador vendrá a recoger a los Suyos. ¿Cuántos que hubieran tenido tiempo de convertirse, pero que siempre han pensado que era demasiado temprano, serán entonces dejados para el juicio? ¿Cuánto no habrán tenido más que ligeras advertencias acerca de su salvación? Estos podrán decir con cierta razón: -«¡Nadie se inquietó por mi alma!»- ¡0jalá pensáramos más en su suerte! ¡Que toda nuestra conducta, nuestra vida entera, esté bajo dicha impresión! Cuántos cristianos se han vuelto tibios e indiferentes en estos días del fin en los cuales tendría­mos que redoblar nuestras energías, nuestro celo y nuestra actividad en el Señor!

 

         ¡Ojalá se nos conceda un verdadero avivamiento! ¡Cuántos cris­tianos están satisfechos con el hecho de ser ellos mismos salvos, mientras que sus corazones permanecen fríos y carentes de amor para con su próji­mo! Quiera Dios que se sobrecojan, pensando que, además del amor y de la gracia que les pertenece, tienen una responsabilidad y que el tiempo que pierden o perdemos en este mundo está perdido para siempre.

 

         Aprendamos pues, todos a conocer algo más de ese amor para con los demás hermanos y, sobre todo, para con esas pobres almas perdidas, ese amor que llevó a nuestro bendito Salvador hasta la muerte, el cual arrancó a su fiel siervo, el apóstol Pablo, esta ex­clamación: "desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne." (Romanos 9:3 - LBLA).

 

         ¡Quiera el Señor darnos un deseo semejante a todos nosotros que esperamos Su venida en las nubes del Cielo!

 

R. B.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 24.-

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