VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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SANTIDAD o SEPARACIÓN

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BJ = Biblia de Jerusalén

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano; conocida también como Santa Biblia "Vida Abundante")

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

SANTIDAD o SEPARACIÓN

 

 

"Dichoso el hombre que es

siempre temeroso de ofender a Dios."

Proverbios 28:14 - VM

 

 

Bien puede decirse que la separación es la base de la obra de Dios en este mundo. Nosotros lo vemos en el terreno de la física, al principio de la acción creadora de los seis días: "Y dijo Dios: Haya luz, y hubo luz. Y vió Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y hubo tarde y hubo mañana el día primero." (Génesis 1: 3-5; VM).

 

Dios se revela en Sus obras; Él da a conocer Su carácter que excluye todo lo que no está en armonía con Sí mismo. ¿No aprende­mos ya - como por anticipación - que "Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él."? (1 Juan 1:5).

 

Este mismo principio se encuentra en el terreno moral y espiri­tual. Cuando las tinieblas de la idolatría cubrían la tierra y el nom­bre de Dios, por así decirlo, había desaparecido de la escena de este mundo, Dios en Su soberana gracia, llamó a Abraham y le hizo depo­sitario de la promesa: La separación hacia Dios y para Él - como alguien ha dicho - es la base de su vida de fe: "El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven a la tierra que yo te mostraré." (Hechos 7: 2-3).

 

Notémoslo, el Dios de la gloria no podía bajo ningún concepto asociar Su nombre al estado de cosas de los cuales Abraham debía separarse; sino que era todo lo contrario, Él estaba absolutamente opuesto a ello. Y habiendo obedecido, Abraham fue puesto en íntima relación con Dios. Fue justificado delante de los hombres por las obras de la fe: (Santiago 2: 21-23). El patriarca anduvo con Dios y fue íntegro por lo cual le llamaron: "amigo de Dios". (Isaías 41:8; Santiago 2:23). A pesar de sus faltas, por las cuales tuvo que ser reprendido por Dios - he aquí el testimonio que Dios se complace dar de Su piedad: "Porque lo he escogido para que instruya a sus hijos y a su casa y a sus sucesores a mantenerse en el camino de YHVH practicando justicia y derecho, para que cumpla YHVH sobre Abraham todo cuanto ha predicho acerca de él." (Génesis 18:19 - BTX). La separación moral para Dios, iba pues a la par con la separación exterior. La primera justificaba en alguna manera a ésta y le daba todo su valor. ¡Bienaventurado aquel que anda en las pisadas de la fe del patriarca! (Romanos 4:12).

 

Si en Abraham tenemos el principio de la separación del mun­do manifestado en un individuo públicamente, también podemos ob­servar el caso en un pueblo: nos referimos a Israel. Veamos de qué manera ha respondido este pueblo a su llamamiento o vocación.

 

Conviene tener presente que es en virtud de un sacrificio como esta separación para Dios tiene lugar; porque, ¿cómo el hombre pe­cador podría responder por sí mismo al pensamiento de Dios si primero no está reconciliado con Él? Fue gracias a la sangre del cordero pascual - figura de la de Cristo - como Israel amparado por Dios, escapo del juicio que cayó sobre Egipto, y fue vinculado con Jehová. (Éxodo 12). Pero a partir de aquella fecha, el pueblo llevado ante Dios y puesto aparte para Él, fue llamado a realizar la santidad práctica. Esto, lo podemos notar en algunos pasajes de la Palabra: "Vosotros por tanto habéis de serme santos, porque yo, Jehová, soy santo; y os he separado de entre las naciones para que seáis míos." (Levítico 20:26 - VM). ¿Ha respondido Israel al propósito de Dios? No era sino con esta condición que el Eterno sería glorificado y el pueblo bendecido, como Moisés se los recordó: "Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, y que andarás en sus caminos, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz. Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; a fin de exaltarte sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho." (Deuteronomio 26: 17-19).

 

Cuantas veces ellos son exhortados a la santidad práctica: "Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo." (Levítico 11:44). Solamente con esta condición, Israel podía ser el testigo del verdadero Dios en el mundo: su separación de las naciones debía ser, por así decirlo, como la contrapartida, el resultado que depende de su posición de separación para Jehová.

 

No olvidemos que Israel era un pueblo según la carne, en el cual, el estado del hombre pecador bajo los cuidados de Dios iba a ser manifestado; pero los principios inalienables del gobierno de Dios son los mismos en todos los tiempos; y la historia de Israel es para nuestra instrucción, a quienes ha llegado el fin de los siglos (1 Corintios 10:11 - VM).

 

Aquí, cabe formularse una pregunta: ¿cómo este pueblo, privile­giado entre todos, ha respondido a los pensamientos de Dios? ¡Es lamentable!, aprendemos de fuente fidedigna, que toda la historia de este pueblo - desde el principio hasta el fin - testifica de un modo evidente de su infidelidad a su Dios a pesar de todos los cuidados y de la larga paciencia de la cual fue objeto de parte Suya. Sólo mencionaremos un pasaje entre otros muchos, para hacerlo resaltar, y que lo trans­cribiremos en su totalidad:

"Por cuanto han dejado mi ley, que yo puse delante de ellos, y no han escuchado mi voz, ni han caminado según ella, sino que han caminado en la dureza de su corazón, y en pos de los Baales, según les enseñaron sus padres, por tanto, así dice Jehová de los Ejércitos; el Dios de Israel: He aquí que a este pueblo yo le daré a comer ajenjo, y haré que beban aguas de hiel. Y los esparciré entre las naciones, que ni ellos ni sus padres han conocido; y enviaré en pos de ellos la espada…" (Jeremías 9: 13-16; VM).

 

Este pasaje basta para mostrarnos cuáles fueron para Israel las consecuencias de su infidelidad: "Lo-Ammi" (no es mi pueblo) fue pro­nunciando sobre ellos (Oseas 1:9), que permanecerá hasta el momen­to en que por gracia, Dios les hará gozar de la bendición prometida: "Porque los dones y la vocación [el llamamiento] de Dios no están sujetos a cambio de ánimo." (Romanos 11:29 - VM). Toda la historia podría resumirse en las siguientes pa­labras del profeta Malaquías: "Y no me temen a mí, dice Jehová de los Ejércitos." (Malaquías 3:5 - VM).

 

Ahora bien, ¿qué enseñanza podemos sacar de esto para nos­otros? Que a pesar de una separación exterior, no hay testimonio para el Señor sin la santidad práctica y, por consiguiente, ninguna bendi­ción; estas son dos cosas íntimamente unidas en la santa Escritura.

 

Consideremos ahora el asunto que nos ocupa, en el Nuevo Testa­mento. Una cosa nueva en él es revelada: La Asamblea de Dios que Él mismo ha adquirido por la sangre de su Hijo. ("Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo." Hechos 20:28 - BJ). Esta es integrada por todos los llamados y santificados en Cristo Jesús (1 Corintios 1:2), sacados y separados tanto de entre los gentiles como de entre los judíos. Veamos cual era la condición de los cre­yentes procedentes del judaísmo en relación con el medio en el cual se hallaban.

 

El principio del libro de los Hechos los presenta reunidos en Jerusalén, esperando el cumplimiento de la promesa del Señor. (Lucas 24:49). Estaban congregados en un mismo lugar cuando el Es­píritu Santo descendió sobre ellos y estableció por Su presencia la casa de Dios. (Hechos 2:1). Después de la primera predicación del apóstol Pedro, tres mil almas fueron añadidas a la Asamblea cristiana claramente separada del pueblo que le era hostil. Es por lo que se dice a esos nuevos convertidos: "Sed salvos de esta perversa genera­ción." (Hechos 2:40). Esta "perversa generación" estaba integrada ¡es lamentable!, por los judíos, siempre opuestos a la obra de Dios.

 

Como vemos al principio de la época evangélica, los cre­yentes procedentes del judaísmo eran separados del ambiente en el cual se hallaban y formaban la Iglesia de Dios.

 

Estos creyentes eran puestos aparte para la obediencia de Jesu­cristo y para ser rociados con Su sangre, así como el apóstol Pedro lo escribe a los elegidos de la dispersión. Hijos de obediencia. (1 Pe­dro 1: 1, 2, 14), ellos tenían que poner su conducta - según la par­ticular mención hecha en las epístolas de Pedro - en armonía con su posición de separación exterior. Tres motivos les son presentados a estos 'elegidos de la disper­sión' en atención a un andar santo:

El primero fue dirigido ya al antiguo pueblo de Dios: "Sed santos, porque yo, Jehovah vuestro Dios, soy santo." (Levítico 19:2 - RVA; 1 Pedro 1: 14, 16).

El segundo motivo deriva del hecho de que invocaban a Dios como Padre, "Aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno." (1 Pedro 1:17).

Y el tercero - de los más importantes para ser retenido en lo más profundo de nuestro ser - es que, sabiendo que habían sido redimidos o rescatados de su vana manera de vivir..., por la sangre preciosa de Cristo. (1 Pedro 1: 18, 19 - Biblia versión Inglesa de J. N. Darby). Notémoslo con sumo cuidado, el carácter de Dios - del Dios santo - debe manifestarse en la vida diaria de aquellos que están vinculados con Él; y el temor de Dios es como el broche de la santidad: "Portaos durante el tiempo de vuestra pere­grinación con temor" les es recordado aún. (1 Pedro 1:17 - VM).

 

Consideremos ahora el estado de los cristianos de entre los genti­les; y para empezar diremos algo de quien fue su apóstol, y cuya vida práctica ilustra de modo tan excelente la carrera del creyente: apartado él del pueblo judío, como de los gentiles, por el llamamiento del Señor viene a ser Su testigo y Su siervo para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe por la predicación del Evangelio (Hechos 26: 15-18).

 

Los muy amados de Dios en Roma, a los cuales dirigió una de sus epístolas, eran los santos - puestos aparte para Dios - en virtud del llamamiento del Evangelio. (Romanos 1:7). Pero no eran los únicos en este caso: los Corintios, a los cuales Pablo escribe también, eran igualmente "santificados en Cristo Jesús", santos por su llamamiento, es decir: consagrados en virtud del llamamiento de Dios; y además con ellos estaban comprendidos: "todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo." (1 Corintios 1: 2, 3 - VM).

 

La Asamblea en Corinto - compuesta de los santificados en Cris­to Jesús - era un testimonio para Cristo, carta de Cristo para todos aquellos que les rodeaban y que estaban hundidos en las tinieblas de la idolatría. ¿Cómo realizaban esto los Corintios? A pesar de los dones de gracia que poseían - pues no les faltaba ningún don - (1 Corintios 1:7), estos creyentes son reprendidos por el apóstol, precisa­mente en la primera carta que les dirige, a causa de su conducta des­ordenada. En el cap. 1 se menciona divisiones que habían surgido entre ellos; en el cap. 5, fornicación; y en el cap. 6, pleitos. Todas estas cosas eran sobremanera incompatibles con el honor debido al Señor con quien ellos profesaban hallarse en comunión (1 Corintios 1:9). Es por esto que el apóstol, al principio de su epístola, reconociendo lo que son ellos y lo que poseen, desea llevarles e introducirles a la conducta digna en relación con su posición y sus privilegios. Pues de ningún modo el Señor asociaría Su nombre a un tal estado de cosas. ¿Qué efecto produjo aquella reprensión? La segunda epístola nos enseña, que los Corintios fueron inducidos a juzgarse a sí mismos así como su propia conducta; por lo tanto el apóstol puede darles este testimonio: "siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros." (2 Corintios 3:3). Y su cora­zón puede derramarse ahora hacia su propósito: "Nuestra boca os está abierta, oh Corintios, nuestro corazón, se ha ensanchado. No tenéis un lugar estrecho en nuestro corazón; es en vuestros afectos donde no hay lugar para mí. Así pues para recompensa de lo mismo (hablo como a hijos míos), ensanchaos también vosotros." (2 Corintios 6: 11-13 VM).

 

Y he aquí en qué sentido debían ellos ensancharse: ¿Los cre­yentes, los cuales son llamados a practicar la justicia, pueden acaso unirse bajo un mismo yugo con aquellos que practican la iniquidad? (Levítico 19:19; Deuteronomio 22:10). ¿Siendo ellos luz en el Señor, cómo podrían permanecer asociados con aquellos que en su estado natural andan en tinieblas? ¿Estando, pues, en relación con Cristo, y en comunión con Él, estarían quizá al mismo tiempo en concordia con Belial? ¿Siendo su porción aquella que Cristo les ha adquirido, como a su vez podrían ser también partícipes de aquella en donde el in­crédulo se encuentra siendo del mundo? ¿Siendo los cristianos el templo de Dios, qué acuerdo puede haber entre ellos y los ídolos? Porque escrito está: "Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo:…y  ellos serán mi pueblo." (Levítico 26: 11, 12; 2 Corintios 6:16).

 

Todos estos motivos que vienen a sumarse los unos a los otros exigen esta conclusión: "…salid de en medio de ellos y separaos, dice el Señor, y no toquéis a cosa inmunda; y yo os recibiré…" (Isaías 52:11; 2 Corintios 6:17).

 

¡Qué estímulo más precioso hay a continuación en lo que sigue para aquel que desee ser obediente! ¡"Y seré vuestro padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso!" (2 Corintios 6:18 - VM). Pero dos cosas son añadidas aún a lo que prece­de - ¡y cuán importantes son para retenerlas y para ponerlas en práctica! - la verdadera santidad y el temor de Dios: "Teniendo pues tales promesas, amados míos, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios." (2 Corintios 7:1 - VM). Este temor, como lo notamos, y como ya lo hemos dicho, es el broche de la santidad práctica; no es de ningún modo un temor servil, sino un temor filial producido por el senti­miento de la dignidad de Aquel al cual pertenecemos y por el deseo de serle agradables, haciendo Su voluntad. Tal es pues, creemos, el senti­do de este pasaje: "Dichoso el hombre que es siempre temeroso de ofender a Dios." (Proverbios 28:14 - VM).

 

Al principio de la economía o época evangélica, existían sobre la tierra, los Judíos, los Gentiles y la Iglesia de Dios. (1 Corintios 10:32). Estas tres divisiones existen todavía en nuestros días, con la diferencia de que el estado del mundo ha empeorado, y que la Asamblea de Dios, considerada en cuanto a lo que ha sido confiado a la res­ponsabilidad del hombre, se halla en un estado decadente y la línea divisoria entre ésta y el mundo tiende a perderse de vista cada vez más. En estas condiciones, ¿cuál es la conducta digna que el creyente debe seguir? Es cierto que la responsabilidad individual siempre subsiste, a pesar de la ruina ocasionada por nuestra infidelidad. La segunda epístola a Timoteo nos da las directrices necesarias. Con­viene no olvidarlo, el creyente debe ser testigo de Cristo y también Su siervo en todo tiempo. Por ello, tres cosas importantes le son recordadas:

Si Dios conoce a los suyos en medio de la confusión que existe en el seno de la cristiandad - y el sólido fundamento de Dios sub­siste - como hemos dicho, no es menos verdad que la responsabilidad del creyente permanece; y el primer deber que le incumbe está ex­presado en estas solemnes palabras: "Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor." (2 Timoteo 2:19). Se compren­de perfectamente que no se podría ser un testigo de Cristo de otra manera, ya que de ningún modo puede ser asociado el nombre del Señor con el mal, cualquiera que sea.

 

Habiendo venido a ser la casa de Dios ya una casa grande que contiene toda especie de vasos, los unos para honra y los otros para deshonra, el deber del creyente está indicado en este sentido: "Si pues se purificase [limpiase, apartase] alguno de éstos [vasos o personas], será un vaso para honra, santi­ficado, útil a su divino Dueño, y preparado para toda buena obra". (2 Timoteo 2:21 - VM). Aquí aprendemos a qué condición puede el siervo ser útil a su divino Soberano y estar preparado para toda buena obra. Si es que queremos obrar prudentemente según el Señor, ex­perimentaremos la necesidad de conformarnos a estas normas. Pero observemos aún, que no hemos de limitarnos a eso. Queda pues, una tercera cosa para realizar; y está explicada en los términos siguientes: "Mas huye de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro" (2 Timoteo 2:22 - VM). Recomendación de suma importancia para ponerla por obra en estos días malos a los cuales hemos llegado. Se ha insistido última­mente sobre todo esto, en otros libros y artículos, así que ya no volveremos a insistir en ello, pero deseamos señalar un punto que nos tomamos la libertad de exponer al interés de los amados lectores: "Seguid el amor". ¿No es esto lo que el bienaventurado apóstol recomendaba de modo especial a los creyentes de Corinto? (1 Corintios 14:1). ¿No es esto lo que practicaban tan admirablemente los pri­meros discípulos y lo que el Señor mismo les enseñó antes de partir de este mundo? (Hechos 4:32; Juan 13: 34, 35)."En esto" les dijo: "conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos a los otros." (Juan 13:35 - VM).

 

Alguien ha dicho muy bien: «Hermanos aún apegados al mundo en múltiples formas, se conducen a menudo mucho mejor, por su ab­negación para con sus hermanos, que aquellos otros que insisten con énfasis sobre la separación exterior. Si estas dos cosas no van a la par, el testimonio cristiano no tiene ningún valor real.» Y no ol­videmos nunca que el mundo será más constreñido por un testimonio dado bajo la forma del amor fraternal, que bajo la separación ex­terior. Por eso Nehemías dijo a los príncipes: "¿No andaréis en el temor de nuestro Dios, para no ser oprobio de las naciones enemigas nuestras?" (Nehemías 5:9).

 

Para terminar deseamos dejar sobre el corazón de nuestros que­ridos lectores las siguientes palabras del Señor: "La santidad conviene a tu casa, Oh Jehová, por los siglos y para siempre." (Salmo 93:5). "Porque ésta es la voluntad de Dios, es a saber, vuestra santificación." (1 Tesalonicenses 4:3 - VM). Y "Dichoso el hombre que es siempre temeroso de ofender a Dios." Proverbios 28:14 - VM).

 

L. P. B.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1957, No. 26.-

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