VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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SOBRE LA PRESENTACIÓN DEL EVANGELIO (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

 

SOBRE LA PRESENTACIÓN DEL EVANGELIO

 

 

         El evangelio es "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree." (Romanos 1:16.) Predicado hoy día todavía, por cuanto el Se­ñor es paciente para con este mundo "no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento." (2 Pedro 3:9), seguirá siéndolo mientras dure el "día" de la gracia. Más aun que en los días del profeta Elíseo, "hoy es día de buena nueva" (2 Reyes 7:9), ¡no nos callemos, pues! Una de las responsabilidades que nos incumbe es ciertamente el presentar a las almas inconversas las bue­nas nuevas de la salvación perfecta y eterna, gratuita y sobre la base de la fe. Que el Señor nos dé el poder para cumplirla.

 

         Para esto - como en todo -, ¡cuán necesario es obrar con sabi­duría y discernimiento, en la dependencia de Dios, no olvidando nun­ca que somos meros instrumentos en Sus manos! Cuanto menos im­portancia demos al instrumento y a los medios que éste utiliza, tanto más dejaremos obrar a Dios mismo, Aquel que sólo puede conmover un corazón y obrar en una conciencia. El poder no reside en el ins­trumento - por activo y elocuente que sea -, ni tampoco en los medios utilizados - por muy llamativos e ingeniosos que sean -, sino tan sólo en Dios; si bien esto lo olvidamos demasiado a menudo.

 

         Desde luego, aquellos que se ocupan en presentar el evangelio se hacen cargo de las dificultades con las cuales tiene que enfrentarse el siervo de Dios que se dirige a una persona inconversa: el corazón humano se inclina naturalmente hacia el mundo, lo de Dios no tiene ningún atractivo para él. ¿Cómo captar su interés? De esta manera uno puede ser fácilmente inducido a hacer que el evangelio sea atractivo y ¡cuántos medios no se utilizan con este fin! La intención de los que se valen de aquellos medios es digna de alabanza, porque grande es su afán de llevar almas al conocimiento del Señor, pero ¿no revela cierta confianza en los medios? En cierto modo, ¿no es perder de vista esta verdad que el evangelio es "poder de Dios" y que la palabra de Dios es "viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta dividir el alma y el espíritu, y hasta las coyunturas y los tuétanos…" (Hebreos 4:12 - BTX). La palabra de Dios lleva en sí su propio poder, no lo olvidemos, para que no seamos tentados de buscar el poder en otra parte.

 

         ¡Qué la Palabra sea siempre presentada en toda su sencillez y su pureza! Dios sabrá valerse de ella para aquellos que busca y quiere salvar, y Él mismo hará en ellos la obra del nuevo nacimiento. ¿Quién, fuera de Él, puede realizar semejante obra? ¡Entonces es cuando veremos verdaderas conversiones!

 

         Para presentar la Palabra con sencillez y pureza, es preciso ha­cerlo con moderación, evitando todo lo que sea el fruto de nuestra imaginación, todo cuanto sea susceptible de incitar la curiosidad, de despertar un interés ficticio; en una palabra, de todo lo que - de hecho - no es el evangelio! "Predica la Palabra" dice el após­tol a Timoteo, y luego le advierte: "vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina", volviéndose el corazón "a las fábulas", y termina con esta exhortación: "Pero tú sé sobrio en todo, soporta los sufrimientos, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio." (2 Timoteo 4: 2-5; BTX). Cumplir la obra de un evangelista, según las enseñanzas de la palabra de Dios, requiere moderación "en todo."

 

         Por cuanto el corazón humano prefiere la alegría a las lágrimas, para atraer a las almas, presentan a menudo en primer lugar el gozo y los cánticos, la felicidad del cielo, la felicidad eterna allí donde no habrá más gemido, ni clamor, ni dolor. Pero, ¡es preciso haber llorado antes de poder cantar! En la parábola del sembrador (Mar­cos 4) se trata de cuatro terrenos distintos en los cuales se siembra la semilla. Al ser esparcida "en pedregales", se dice que la reciben al momento "con gozo", ¡mas no tienen raíz en sí! No ha sido preparado el corazón para recibir la Palabra, de modo que desde un momento de gozo que ha podido engañar a muchos, todo se viene abajo tan pronto como haya oposición, "el sol" del opro­bio, la aflicción o la persecución por motivo de la Palabra: se ve entonces las consecuencias que se derivan de haber escuchado la Pa­labra, ¡y la abandonan!

 

         Si la presentación del evangelio produce en primer lugar gozo, es generalmente porque la conciencia no ha sido realmente ejerci­tada. Es preciso que, por medio de la Palabra, el hombre abra los ojos sobre su condición pecaminosa, a todo cuanto tiene en su des­ahuciado corazón; esta es la "labor" que prepara la tierra, para que luego, la semilla esparcida produzca fruto. Tal vez no nos gusta decir a inconversos que son pecadores perdidos y que, en su estado de ruina moral, son incapaces de obrar el bien y tan sólo pueden pecar; ¡y no les gusta a ellos que se lo digamos!

 

         Esa verdad es difícil de aceptar. Y sin embargo, conviene pre­sentarla, insistiendo mucho en ella a fin de que se produzca en los corazones un verdadero arrepentimiento para con Dios. No hay verdadera conversión sin el sentimiento profundo de lo que es el pecado; de lo que es sobre todo a los ojos de Dios; y este sentimiento produce el arrepentimiento. Este comprende, en primer lugar, el dolor por el pecado, producido por la contemplación de Cristo en cruz hecho pecado a causa de nosotros (2 Corintios 5:21); luego el deseo de abandonarlo.

 

         Es la benignidad de Dios la que conduce al arrepentimiento y el puro evangelio presenta el "arrepentimiento para con Dios" y "la fe en nuestro Señor Jesucristo." (Romanos 2:4; Hechos 20:21.) Después, el alma salvada prorrumpirá en cánticos de gozo (véase Salmo 126: 2, 3) y habrá en la conducta, un santo temor porque el corazón habrá entendido - por lo menos en cierta medida - lo que es el pecado a los ojos de Dios y lo que Cristo ha padecido para expiarlo, ¡lo que no suele ser el caso cuando se ha cantado primero en vez de llorar!

 

         Presentemos el evangelio con mucha sencillez y mucha modera­ción, sin querer hacerlo atrayente, sin intentar mezclarlo inadverti­damente - por así decirlo - entre las cosas que agradan al corazón humano. Los hombres de este mundo emplean medios de este gé­nero para hacer aceptar lo que - abiertamente presentado - sería probablemente rechazado. ¡La Palabra de Dios merece otra consi­deración! Intentar atraer una persona extraña a las cosas de Dios, cautivar la atención de un lector con un título más o menos equí­voco es probablemente un engaño, y el fin buscado - por loable que sea - no podría justificar la estratagema. Pensar que conviene valerse de procedimientos capaces de despertar la curiosidad del lec­tor o del oyente con sistemas de propaganda asemejándose más o menos a la publicidad comercial, ¡todo eso es indigno del evangelio cuya presentación no puede ser rebajada a dicho nivel! Obrar así es desconocer, lo repetimos, que el evangelio es el "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree." Nos cuidaremos mucho, desde luego, de juzgar las intenciones de quienes utilicen estos medios, estando profundamente convencidos de su amor para las almas y de su afán de llevarlas al conocimiento de la verdad, pero ¿no debe el amor de Dios figurar en primer lugar? Y, ¿no se manifiesta por la obediencia a la Palabra? ¡Así es como podremos mostrar un amor verdadero para las almas que perecen!

 

         Pedro y Juan eran "hombres sin letras y del vulgo", sin em­bargo predicaban el evangelio con todo el poder del Espíritu Santo, sin buscar humanos recursos para atraer a las muchedumbres e  inducirlas a oír sus predicaciones. Así, en una ocasión, "se añadieron aquel día como tres mil personas", mientras que en otra "muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil." (Hechos 4:13; Hechos 2:41; Hechos 4:4.)

 

         Estando en Corinto, ¿tuvo el apóstol que pronunciar sabios dis­cursos para 'adaptar la Verdad a sus oyentes' como se dice hoy, intentando hallar con esto una excusa? Él mismo contesta la pre­gunta, escribiendo a los corintios: "Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios." (1 Corintios 2: 1-5).

 

         En Atenas, donde "en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo", ¿era pues necesario colocarse sobre esta base, presentar cautivadoras 'novedades' para interesar al pú­blico y, en medio de todo esto, introducir, más o menos 'a hurta­dillas', el evangelio? Con sencillez y moderación, el apóstol les anun­ciaba a "Jesús" y "la resurrección." (Hechos 17: 16-31; véase en par­ticular en los versículos 22 a 31 del discurso de Pablo en el Areópago.) Ni en Corinto ni en Atenas intentó Pablo agradar a sus oyentes colocándose en el nivel de ellos, por inteligentes y cultos que fuesen.

 

         Lo que Pablo escribe en su 1.a Epístola a los Corintios (9: 19-23) es cosa completamente diferente y que no puede justificar la conducta de los que intentan adaptar lo que presentan - el fondo mismo de su mensaje - a sus oyentes o a sus lectores. Que en la predicación del Evangelio sea necesario usar una forma de lenguaje, expresiones que puedan fácilmente ser entendidas por los oyentes, no cabe la menor duda y es lo que quiere decir el apóstol en este pasaje. ¡Y que no sirva de pretexto para usar ciertas expresiones vulgares o fuera de sitio, incompatibles con el carácter del Evan­gelio y del Dios que da a conocer! La comparación de las dos apologías pronunciadas por Pablo, en dos circunstancias distintas explican la enseñanza que da en 1 Corintios 9: 19-23: la de Hechos 22 va dirigida a los judíos; por lo tanto, el apóstol presenta todo cuan­to era propio para alcanzar la conciencia de ellos, mientras que no dirá nada de eso en Hechos 26, ante Agripa y Festo.

 

         Es imposible hacer que dos pasajes de la Palabra se contradi­gan: (1 Corintios 9: 19-23 no se opone para nada a 2 Corintios 10: 3-5, el cual nos enseña - así como 1 Corintios 2: 1-5 y Hechos 17: 16-31 - que el pensamiento de Dios no es el de ver a Sus siervos rebajando el evangelio al nivel de los inconversos: "Pues aunque andamos en la carne, no luchamos según la carne; porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo…" (2 Corintios 10: 3-5; LBLA). ¡Cuán­tas enseñanzas no tenemos en las Escrituras, que nos dan a entender que habría resultados completamente diferentes en la obra de evangelización si entendiésemos mejor que el evangelio es "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree."!

 

         ¡Concédanos el Señor poder presentarlo, dejando el menor lugar posible al instrumento y a los medios humanos, recordando que se trata de Su Evangelio! arrostremos nuestra responsabilidad al res­pecto y dejemos a Dios el cuidado de obrar en los corazones y las conciencias, cumpliendo en ellos una obra que es suya y no la nuestra.

 

         La obra del Señor es una obra en la cual participamos por pura gracia, pero es una obra realizada de tal modo que todo cuanto sea del instrumento desaparezca, para que se vea que es el mismo Señor quien ha obrado, ¡para que a Él sólo sea la gloria!

 

         Hay un segundo punto sobre el cual me parece oportuno dete­nerme.

 

         A pesar de muchas flaquezas y de todas las imperfecciones que han caracterizado los instrumentos de los cuales Dios se valió, se ha cumplido una gran obra de evangelización desde el principio del siglo pasado (Siglo 19). Se dice a Filadelfia: "he puesto delante de ti una puerta abierta". Dicho movimiento de evangelización se inició al mismo tiempo que fue suscitado el testimonio filadelfio; la Epís­tola dirigida a Sardis no hace ninguna mención de la "puerta abierta". Es tal vez necesario recordarlo, en los días en los cuales se está fácilmente dispuesto a exaltar el trabajo de evangelización realizado por otros - y que no despreciamos, regocijándonos, por el contra­rio, de que "de todas maneras... Cristo es anunciado" (Filipenses 1:18) -, desconociendo a veces lo que se hace silenciosamente por obreros deseosos de mantener, en primerísimo lugar, las características del testimonio filadelfio.

 

         Recordemos que la "puerta abierta", puesta por el Señor delante de Filadelfia, es un privilegio, un aliento concedido a la fidelidad: "tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no negaste mi Nombre." (Apocalipsis 3:8 - BTX) Primero el hondo sentir de una extrema fla­queza; la Palabra guardada, prueba de amor por el Señor; por fin la verdad mantenida, no renegándose el nombre del "santo" y del "verdadero". Luego, como consecuencia, el privilegio concedido: "he puesto delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar, porque aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no negaste mi Nombre." (Apocalipsis 3:8 - BTX).

 

         La tendencia de nuestros corazones, ¿no sería pensar única­mente en la "puerta abierta", dejando de lado, como de menor im­portancia, las tres características recordadas al final de Apocalipsis 3:8, y olvidando el "porque" que une la primera parte del versículo a la segunda? ¿No es esto un ardid del adversario, cuanto más sutil y peligroso cuando tendremos un mayor anhelo de pregonar el evan­gelio a las almas inconversas? Y además, ¿no intenta el adversario persuadirnos de que trabajamos para fortalecer el testimonio colectivo ocupándonos mayormente de la "puerta abierta", y dejando más o menos de lado los principios filadelfios?

 

         Mas, por el contrario, una de las principales causas de flaqueza de dicho testimonio, y ciertamente la más peligrosa, no es otra sino el afán de dar a la puerta abierta el papel principal, perdiendo de vista los principios de Apocalipsis 3:8, los cuales han de caracterizar el testimonio colectivo y denotar la evangelización según el pensamien­to de Dios.

 

         ¡Quiera Dios guardarnos de nuestros propios pensamientos, que creemos a menudo ser los Suyos, y concedernos la gracia de buscar todavía más las enseñanzas que nos da en Su Palabra! Nos engañaríamos mucho si creyésemos - por desgracia, ¿no se admite a menudo? - que ¡el fin justifica los medios! Esforcémonos para seguir una meta según Dios, con los medios que Él quiere que utilicemos, esperando en Él para producir frutos, porque si uno planta y el otro riega, El sólo da el crecimiento. (1 Corintios 3: 6-8.).

 

PAUL FUZIER

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1957, No. 29.-

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