VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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EL TRIBUNAL DE CRISTO (C. H. Mackintosh)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

 

EL TRIBUNAL DE CRISTO

 

 

         Hemos recibido varias consultas de hermanos que desean ver claro en lo relativo al asunto importante y solemne del tribunal de Cristo; sin duda que muchos otros también han sido ejercitados sobre esto.

 

         Uno entre ellos nos escribe: «Desde hace un tiempo estoy turbado al pensar, que en el tribunal de Cristo todos los secretos y motivos de mi corazón serán manifestados a todos.»

 

         Otro dice lo siguiente:

         «En presencia de las verdades benditas y eternamente importantes de Juan 5:24, 1 Juan 1: 7-9, 1 Juan 2:12, Hebreos 10: 1-17, deseo saber qué es lo que Vd. comprende de lo que declaran los pasajes siguientes:

         "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo." (2 Corintios 5:10).

         "De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí." (Romanos 14:12).

         "Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas." (Colosenses 3:25).

         Es sobre la interpretación y la aplicación de estos textos que deseo quedar establecido y le ruego se sirva dar su opinión en lo relativo a ello.»

 

         Los pasajes que aquellos que nos escriban citan, son tan simples, tan preciosos y definidos referentes a la pregunta, que no hemos de hacer otra cosa sino tomarlos tal como son, para permitirles que con todo su peso, graviten sobre nuestros corazones y conciencias.

 

         "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo." "De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí." "Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere."

 

         Tales son las verdades que estos pasajes establecen con claridad diáfana. ¿Tendríais el deseo de debilitar la fuerza, redondear los ángulos y cambiar su finalidad? ¡Dios os libre! Busquemos antes presionar nuestra naturaleza, sus vanidades, su incontinencia y todas sus características. Pues Dios sabe que al obrar nosotros así, no lo hacemos con un espíritu legalista, ni por debilitar nuestra confianza en Cristo y en Su salvación. Jamás vendremos a juicio por nuestros pecados: es un asunto resuelto: Juan 5:24 ("De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no va a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida." Juan 5:24 - BTX), Romanos 8:1 ("Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús." Romanos 8:1 - BTX), 1 Juan 4:17 ("En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo." 1 Juan 4:17), son concluyentes sobre este punto; pero seguidamente, nuestro servicio debe pasar bajo la mirada del Maestro. El trabajo en la obra del Señor de todo hombre, sea ese trabajo del género que sea, debe de ser probado. Él manifestará todas las cosas. Esto es solemnísimo y debe producir en nosotros una grande vigilancia, trátese de nuestras obras, pensamientos, palabras, motivos o deseos. El sentimiento profundo de la gracia y la clara concepción de nuestra justificación como pecadores, no debe jamás aminorar el sentimiento de la solemnidad del tribunal de Cristo, ni nuestro deseo de conducirnos de una forma agradable a Él. Es un asunto importante que debe quedar bien establecido. El apóstol trabajaba a fin de ser acepto, el golpeaba (1 Corintios 9:27) su cuerpo [1] en el temor de no ser aprobado. Todo creyente debería hacer lo mismo. Nosotros somos ya aceptos en Cristo y es como tales que trabajamos para ser aceptables a Él. Debemos buscar el situar cada verdad en su propio lugar y el medio de hacerlo es permanecer con perseverancia en la presencia de Dios y considerar esta presencia en conexión inmediata con Cristo. Siempre existe el peligro de desplazar una verdad para reemplazarla por otra.

 

[1] 'Golpeaba su cuerpo', es decir, amortiguaba sus deseos.  No agradaba a su carne. No la complacía aún en las cosas legítimas. No se trata pues de la pagana costumbre de hacerse sajaduras y otros tormentos  (1 Reyes 18:28) indigno medio de querer conseguir la aprobación de Dios, cuando hemos conocido la venturosa felicidad de saber que si el Hijo nos libertare seremos verdaderamente libres (Juan 8:36).

 

         Nosotros creemos que habrá una plena manifestación de cada uno y de cada cosa también, delante del tribunal de Cristo. Todo será puesto a la luz. Lo que parecía brillante y admirable, que tenía tanta resonancia entre los hombres aquí en esta tierra, será quemado como la madera, el heno y la hojarasca. Las cosas que han sido hechas para rodear al hombre de una aureola humana serán probadas por el fuego y reducidas a ceniza. Los intentos de todos los corazones serán manifestados; todo motivo, todo propósito, todo deseo será pesado en la balanza del santuario. El fuego probará toda obra del hombre; nada subsistirá sino lo que habrá sido el fruto de la divina gracia en nuestros corazones. Todos los motivos impuros serán juzgados, condenados y consumados. Todo prejuicio, todo juicio erróneo, toda sospecha de mal en otros, todo será descubierto y lanzado al fuego; entonces veremos las cosas como Cristo las ve y las juzgaremos como Cristo las juzga. Nadie más gozoso que yo mismo al contemplar allí mi obra consumada por el fuego. Ya ahora al crecer en la luz espiritual, más próximos al Señor, semejándonos más a Él, ¡cuántas cosas condenamos que anteriormente hubiésemos considerado justas! ¡Cuánto más será así a la luz resplandeciente del tribunal de Cristo!

 

         Así, ¿cuál debe ser el efecto práctico de todo esto en el creyente? ¿Hacerle dudar de la salvación? ¿Ponerle en la incertidumbre de si es acepto o no? ¿Preguntarse en cuanto a su relación con Dios en Cristo? Seguramente que no. ¿Entonces qué? Invitarle a caminar día tras día en santa vigilancia, bajo la mirada de nuestro Señor y Maestro, para que produzca en nosotros la sobriedad, el juicio propio, la diligencia, la integridad en todo nuestro servicio y camino.

 

         Tomad un simple ejemplo: Un padre parte de su casa por un tiempo; antes de partir instruye a sus hijos en lo relativo a sus conductas y trabajos durante su ausencia. A su regreso sin duda alabará a unos y censurará a otros por su desobediencia. ¿Debe renegar de estos últimos? ¿Romper su relación? En modo alguno, ellos son tan hijos como los otros, no obstante haya tenido que censurarles fielmente. Si se han mordido y devorado unos a otros en lugar de hacer la voluntad paterna, si uno juzga el trabajo del otro en lugar de consagrarse al suyo; si ha habido envidia, celos, en lugar de un deseo sincero de obediencia a las intenciones del padre; todo esto merece su reprobación. La cosa no podrá ser de otra manera.

 

         Tal vez otros que no sean las personas que nos escriben temblarán de horror a la sola idea de que los secretos serán manifestados a todos delante de este tribunal. Cierto, el Espíritu Santo declara que el Señor "aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios." (1 Corintios 4:5). No se dice a quién debemos ser manifiestos. ¿El juicio de un condiscípulo, nos impresionará más que el del Maestro? Con tal de que plazca a Cristo no debo inquietarme demasiado de lo que dirán los hombres. Si soy más turbado por la idea de que todos mis motivos serán expuestos a la vista de los hombres que a la de Cristo, esto prueba de que estoy ocupado de mí y que no soy recto; cuanto antes hagamos juicio sobre nosotros mismos mucho mejor.

 

         Después de todo, ¿qué diferencia habrá por el hecho de que todas nuestras faltas sean manifiestas a todos? ¿Pedro y David son acaso menos felices porque millones de almas han leído el detalle de sus vergonzosas caídas? ¡No por cierto! Antes bien, ellos saben que el registro de sus pecados sirve para magnificar la gracia de Dios e ilustrar el valor de la sangre de Cristo, lo cual es para ellos motivo de regocijo.

 

         Y en todos los casos es así. Mientras más desocupados estemos en cuanto a nuestras personas y más ocupados de Cristo, tendremos opiniones más simples y correctas cuanto al Tribunal de Cristo y sobre toda cuestión parecida.

 

         El Señor nos conceda el ser guardados en su fidelidad durante su ausencia, a fin de que a Su aparición no debamos avergonzarnos ante Él. Que nuestras obras sean comenzadas, perseveradas y finalizadas en Él, a fin de que nuestros corazones no sean turbados por Su estimación en presencia de Su gloria. Que seamos más bien constreñidos por el amor de Cristo, que por el pensamiento del tribunal; más por el hecho de vivir para Aquel que murió y resucitó por nosotros. Podemos remitir con seguridad y felicidad todas las cosas entre Sus manos, sabiendo que Él llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero. No hay razón para temer, pues sabemos que cuando aparecerá seremos semejantes a Él. Transformados a Su imagen, seremos arrebatados e introducidos en Su gloria, y allí consideraremos el pasado y nuestro peregrinaje terrenal, desde aquella elevada, gozosa y feliz posición. Entonces veremos las cosas en una luz bien distinta a la actual. Puede que seamos sorprendidos al considerar cosas a las que dimos aquí un lugar preponderante y que en realidad eran defectuosas; y por otro lado, muchos de nuestros pequeños actos realizados por consagración y amor a Jesús, estarán cuidadosamente registrados y abundantemente recompensados. También estaremos capacitados para ver a la plena luz del Maestro, muchos errores y faltas que escaparon del campo de nuestra visión.

 

         ¿Cuál será el efecto de todo esto? Precisamente el evocar en nuestros corazones alabanzas sonoras y entusiastas a Aquel que, a través de todas las penas, los peligros, y a pesar de nuestras faltas y yerros, nos ha asignado un lugar en Su reinado eterno, para brillar en Su gloria a Su imagen para siempre.

 

C. H. Mackintosh

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1958, No. 35.-

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