VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR (W. J. Lowe)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60).-

 

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

 

 

Las parábolas que empiezan en el capítulo 13 de Mateo, denotan en el ministerio del Señor un cambio notable, que Él mismo explica a Sus discípulos diciendo que no era dado a las muchedumbres co­nocer "los misterios" del reino de los cielos (Mateo 13:11). La causa de este cambio la motivaba la obstinación del pueblo de Israel en no reconocer a Jesús como el Cristo.

 

Antes que su rechazamiento fuese plenamente probado, Jesús se dirigía a la nación en general, mostrando a los Judíos el poder divino, y declarándoles los principios morales de Su Reino. Después de Su rechazamiento, se dirige sobre todo a los discípulos que se habían sido asociados a Él de una manera especial como "hermano, hermana y madre" (Mateo 12: 46-50); y si todavía dice alguna cosa a las multitudes, so­lamente es por medio de las parábolas, cuyo sentido íntimo les estaba oculto a causa de la dureza de su corazón; pero, en particular, Él lo declaraba todo a Sus discípulos.

 

Mediante la primera parábola, la del "sembrador" (Mateo 13: 3-9), Jesús enseña que la palabra misma del Reino había ya mudado de carácter para la nación de Israel. En lugar de abrir al pueblo, como en el principio de Su predicación, una puerta de bendición nacional - presentándose a él como Jehová su Salvador, el Mesías Rey -, Él presenta la palabra como hecha semejante a la semilla que, echada al vuelo sobre la tierra, produce fruto, o queda infructuosa según la naturaleza del lugar en que cae. De cuatro clases de auditores de la Palabra, una sola la comprende; en este caso, la pa­labra es realmente recibida en el corazón: es como la simiente caída en buena tierra que lleva fruto y produce, un grano a ciento, otro a sesenta y otro a treinta. El enemigo de las almas está activo por todas partes en donde la Palabra es sembrada; cuando no puede arrebatarla inmediata­mente del corazón, halla medio de hacerla infructuosa, sea ello mediante las pruebas de la vida y la persecución, o por el bienestar y los cuidados del mundo.

 

En resumen, pues, la predicación de la Palabra del Reino que­daba sin efecto saludable para la masa del pueblo Judío; porque no había más que algunos de entre ellos que la aprovechaban, y produ­cían fruto para la gloria de Dios. Pero la desobediencia de Israel, lejos de restringir la maravillosa gracia de Dios, ha tenido por efecto extender los límites de la esfera en que la gracia obra, de manera que los Gentiles han venido a ser 'los objetos de la misericordia' (Ro­manos 11:30). Es esto lo que dice el Espíritu de Cristo en Isaías 49: 4-6: "Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios. Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza); dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas MI SALVACIÓN hasta lo postrero de la tierra."

 

Israel, no habiéndose rendido al llamamiento del Señor, los Judíos no habiendo querido que Jesús les reuniese como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas (Mateo 23:37) - el Señor ha debido dejarles hasta el momento en que, convertidos de corazón, di­rán: "Bendito el que viene en el nombre del Señor". Mas Jesús, el perfecto siervo de Dios, debía ser glorificado a los ojos de Jehová a pesar de la falta de éxito aparente de Su obra cerca del pueblo de Israel; Él debía ser una luz para las naciones, la salud de Dios hasta lo postrero de la tierra. He aquí por qué Jesús, rechazado por la casa de Israel, toma el carácter de sembrador. De aquí adelante es la palabra misma de Dios sembrada en el corazón que debe producir los efectos de los cuales Dios tomará conocimiento, y sobre este terre­no el Gentil, lo mismo que el Judío, pueden tener parte al privilegio de ser asociados al Señor.

 

Jesús no empieza a hablar de los secretos del Reino de los cielos antes que su rechazamiento fuese evidenciado como fruto de la vo­luntad y del propósito deliberado de la nación de Israel. Lo hizo cuando los jefes le hubieron tratado como un impostor y hubieron atribuido al jefe de los demonios el poder que Él desplegaba delante de ellos en Sus milagros y en Sus obras de gracia.

 

Israel debía ser puesto a prueba hasta el extremo, por querer Dios en la historia de este pueblo mostrar lo que el hombre es. Así cuando Dios da a Israel las promesas, éste no atiende a ellas; si Dios le pone bajo la ley, no la observa: cuando Dios le advierte por sus profetas, rehúsa escucharles, les ultraja, les persigue y les entrega a muerte. En fin, Juan el Bautista viene a llamar el pueblo al arre­pentimiento; le dice que el Reino de los cielos se ha acercado, puesto que Aquel que debía reinar estaba allí, aun cuando ellos no le cono­ciesen; pero, al mismo tiempo, se ve obligado a llamarles raza de víboras, porque la mayoría de ellos no eran sinceros: aparentaban haberse arrepentido, mientras que sus corazones estaban muy alejados de Dios. Entonces el Mesías mismo se presenta a los suyos; mas cuando le han visto, le aborrecen, y tan luego como éste estuvo en Su poder, le clavaron a la cruz. El pueblo, entregándose a las falsas vanidades, había abandonado la misericordia que Dios les había ofrecido (Jonás 2:8); entonces Dios rechaza esta generación mala y hace caer sobre ella la sentencia de ceguera judicial ya decre­tado por Isaías (Isaías 6). Históricamente esto no se cumplió hasta que ellos hubieron también rechazado al Espíritu Santo; pero en el Evangelio de Mateo la historia de las dispensaciones está trazada con anticipación.

 

"Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado. Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo:

 De oído oiréis, y no entenderéis;

 Y viendo veréis, y no percibiréis.

 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado,

 Y con los oídos oyen pesadamente,

 Y han cerrado sus ojos;

 Para que no vean con los ojos,

 Y oigan con los oídos,

 Y con el corazón entiendan,

 Y se conviertan,

 Y yo los sane.

Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron." (Mateo 13: 10-17).

 

Las cosas que los discípulos de Jesús veían y oían entraban se­guramente en la categoría de las "cosas mejores reservadas para nosotros (los creyentes de esta dispensación), y de las cuales se trata en el final del capítulo 11 de la epístola a los Hebreos. Ellas son mejores que aquellas de que los profetas de la antigua alianza tenían conoci­miento, a causa de que Jesús, rechazado de la tierra, toma Su asiento en los cielos, "a la diestra de la Majestad en las alturas", y que Dios le asocia "muchos hijos" (véase Hebreos 2:10).

 

Desde el momento que el Hijo del Hombre entra en el cielo, el Reino de los cielos es, de hecho, inaugurado. La profecía de Da­niel (Daniel 7) nos lo ha demostrado ya. Por otra parte, puesto que la autoridad del Señor es desconocida sobre la tierra, los que reco­nocen esta autoridad se hallan necesariamente unidos a Jesús en Su rechazamiento, y se hallan, por consiguiente, en una posición de su­frimientos aquí abajo, para tener luego participación en Su gloria.

 

Se sigue de todo esto que el Reino actualmente es en misterio o que está 'escondido', es decir, que existe realmente, puesto que el Hijo del Hombre que ejerce la autoridad de él está en el cielo; pero en mis­terio, porque Dios tolera hasta el tiempo de la siega los escándalos en el Reino, y porque la gloria y el poder del Reino no son aún manifestados al mundo, y no lo podrán ser antes que venga el Rey. "Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria." (Mateo 24:30). Hasta que llegue ese momento, el Reino toma un carácter 'misterioso' comprendido solamente por aquellos que son instruidos en estas cosas por el Señor mismo.

 

La posición de Jesús en el cielo da necesariamente a las bendicio­nes prometidas, un carácter celestial que sobrepuja infinitamente todo lo que los profetas habían comprendido y anunciado; porque los cre­yentes de ahora somos asociados a Jesús allí donde Él está. Para nosotros, el Reino no es ya la gloria celestial manifestada sobre la tierra (esto es de lo que los profetas habían hablado), sino una parte con Jesús en la gloria del mismo cielo. Nuestras bendiciones, espe­ranzas y goces han venido a ser celestiales. De ahí viene también que Jesús, en Sus parábolas, podía descubrir secretos 'que habían sido escondidos desde la fundación del mundo' (Mateo 13:35), secre­tos que pertenecen a la posición de Jesús en el cielo y que son la porción de los que le estamos unidos por un tiempo en una posición de sufrimiento sobre la tierra.

 

El reino de Jesús sobre la tierra, es decir, la manifestación del Reino de los cielos, es diferido en tanto que dura "el día de Salvación." Al final de este tiempo, que está determinado en los consejos secre­tos del Padre, el Hijo del Hombre volverá en gloria y, mediante el juicio, quitará todo escándalo de Su Reino aquí abajo. En tanto esto se cumple, los creyentes tienen participación en todo lo que es celestial en el Reino; tienen delante de sí la esperanza de hallarse pronto en la gloria con Jesús porque están unidos a Él de una manera infinitamen­te más íntima que si ellos tuviesen parte en Su Reino terrenal. Sin hacer mención de lo que les pertenece como siendo el "cuerpo" de Cristo - su Iglesia como tal -, no solamente son un pueblo bende­cido, sino que son personalmente los compañeros de Jesús rechazado de la tierra y glorificado en el cielo. Es esta unión con Jesús que da al creyente su verdadero carácter. ¡Que Dios nos conceda compren­der y gozar de ello siempre más! "Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor." (1 Corintios 1:9).

 

"Todo escriba docto en el reino de los cielos" - dice el Señor - "es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas." (Mateo 13:52). Las "cosas viejas" anunciadas por los profetas y poseídas por los creyentes en virtud de la redención, tienen siempre su realidad para la fe, porque los que se hallan sobre el principio de la fe son bendecidos con el creyente Abraham (Gálatas 3:9) ; pero hay, además, las "cosas nuevas" que dimanan, como consecuencia, de la muerte y de la resurrección de Jesús y de Su ascensión al cielo - cosas de las cuales ningún profeta del pacto antiguo había oído hablar -, cosas que habían estado escondidas en Dios desde las pasadas edades, pero que son reveladas ahora a los santos (1 Corintios 2:10; Efesios 3:5).

 

La forma escogida por el Señor para descubrir a Sus discípulos los misterios del Reino de los cielos, la de parábolas, se amoldaba bien al carácter escondido o misterioso que tomaba el reino por causa del rechazamiento del Rey, y servía admirablemente para poner los secretos al alcance de aquellos que tenían oídos para oír. Pero las mismas parábolas eran un juicio sobre el pueblo incrédulo, como Jesús lo dice citando contra ellos las palabras de Isaías. No quisieron recibir las palabras de Jesús y todo poder de comprenderlas les fue quitado.

 

Será útil recordar aquí, en resumen, la manera cómo el testi­monio de Juan el Bautista y el de Jesús habían sido recibidos por la nación. El mismo Señor nos lo dice en la comparación referida en Mateo 11: 16-19. Juan había sido para las gentes de "esta gene­ración" como uno que endechaba; Él había venido en camino de jus­ticia y les había hablado de la ira de Dios, mas ellos no se lamenta­ron. Jesús había sido para ellos como un tocador de flauta; Él les había predicado la gracia, mas ellos no danzaron. - La conciencia de ellos no había sido herida para sentir y confesar su pecado, y el corazón de ellos quedaba insensible al amor de Dios.

 

Este doble testimonio preparaba, sin embargo, el camino al desen­volvimiento del Reino en su estado actual. La ejecución del juicio que Juan anunciaba está suspendida durante este "día de salvación" en que la gracia reina. El jefe del Reino está en el cielo, mientras que los que le son fieles sufren sobre la tierra. Pronto una multitud de profesantes se introducen entre los verdaderos creyentes; los cuales pretenden reconocer la autoridad del Señor, mas su corazón está muy lejos de Él. Es el estado de cosas producidas por las siembras: Dios, en sus designios, permite al Malo sembrar la cizaña allí donde el Hijo del Hombre ha sembrado la buena simiente; porque sólo el juicio hace separación entre lo verdadero y lo falso, y el juicio no se realizará hasta el fin del siglo.

 

Notemos, para finalizar, que el rechazamiento de Jesús por el pueblo de Israel era, en los consejos de Dios, el medio de cumplir lo que es moralmente necesario para establecer más tarde Su Reino en el mismo lugar donde reina el pecado, y para hacer que los pecadores tengan parte con Él en la gloria, - Jesús ha debido morir por la nación de Israel, y no solamente por esta nación, mas también para congregar en uno los hijos de Dios dispersos (Juan 11:52). Es así que allí donde el pecado creció, la gracia ha sobreabundado (Roma­nos 5:20).

 

William Joseph Lowe

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1959, No. 42.-

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