VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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COSAS DIFÍCILES DE EXPLICAR (Paul Fuzier)

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

COSAS DIFÍCILES DE EXPLICAR

 

 

La epístola a los Hebreos abre el cielo para que nosotros poda­mos contemplar la Persona excelente de Aquel que - habiendo venido a esta tierra para cumplir la obra de nuestra redención - "soportó la cruz, despreciando la vergüenza " y está ahora "sentado a la diestra de Dios." (Hebreos 12:2 - VM). Hasta entonces, el "camino al Lugar Santísimo" (Hebreos 9:8) no se había hecho patente todavía, pero habiéndose ofrecido Cristo a Sí mismo sin mancha a Dios (Hebreos 9:14), "entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención." (Hebreos 9:12). "Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios." (Hebreos 9:24).

 

Los sacrificios ofrecidos según la ley nunca podían perfeccionar a los que así se acercan a Dios (Hebreos 10:1); Cristo, "con una sola ofrenda", nos ha hecho "perfectos para siempre" (Hebreos 10:14), de tal modo que ahora se nos puede exhortar a acercarnos "con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura." (Hebreos  10:22). Esta exhortación nos es dirigida por cuanto tenemos plena "libertad para entrar en el Lugar Santísimo" (Hebreos 10:19) y "un gran sacerdote sobre la casa de Dios" (Hebreos 10:21).

 

¿Y quién es ese "gran sacerdote sobre la casa de Dios"? Es Aquel de quien habla el apóstol en el capítulo 5 de Hebreos. Los escritos del Antiguo Testamento nos presentan a dos hombres esta­blecidos en el cargo del sacerdocio: Aarón y Finees (Levítico 8 y 9; Números 25). Aarón fue llamado a ejercer el sacerdocio (Hebreos 5:4), mientras que Finees adquirió el derecho de ejercerlo, por cuanto hizo "expiación por los hijos de Israel" (Números 25: 10-13). Ambos aspectos son puestos en evidencia en el sacerdocio de Cristo: "De manera que ni aun Cristo se glorificó a sí mismo, para hacerse sumo sacerdote, sino antes le glorificó aquel que le dijo:

 

Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy.

Así como dice también en otro lugar:

Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec." (Hebreos 5: 5-6).

 

Y en otro lugar: Él es "la propiciación por nuestros pecados" (1 Juan 2:2).

 

Pero ¡qué camino no tuvo que recorrer desde que dejó la gloria hasta el momento en que fue nombrado por Dios sumo sacerdote "según el orden de Melquisedec"! Aquel es el "gran sacerdote sobre la casa de Dios", es Aquel que "en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec." (Hebreos 5: 7-10).

 

¡Cuán maravilloso tema tiene el apóstol delante de él! ¡Y cómo hubiera querido poder desarrollarlo presentando a los creyentes he­breos un Cristo glorificado después que hubo padecido, un Cristo celestial! "Respecto de quien", dice, "tenemos mucho que de­cir" (Hebreos 5:11 - VM).

 

Así como el apóstol tenía "mucho que decir" respecto de Aquel que fue nombrado por Dios sumo sacerdote según el orden de Mel­quisedec, Dios tiene también mucho que comunicarnos acerca de la Persona adorable de su Hijo amado. ¿No ardemos en deseos de oír­lo? Dicha Persona, ¿no enciende nuestros corazones? ¿No es Él de quien deseamos ocuparnos en el camino? ¿Acaso anhelamos crecer "en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo"? - ¿Quién no contestaría que sí? Pero ¿es de labios solamente, o desde lo más profundo de nuestros corazones?

 

Desgraciadamente, bien es verdad que tanto para nosotros como para los creyentes Hebreos estas cosas son 'difíciles de explicar' (Hebreos 5:11), o de expresarse. Y tal vez por el mismo motivo: ¡por cuanto nos hemos vuelto "tardos para oír", o sea "perezosos"!

 

Reconocemos a menudo que precisamos un ministerio que nutra nuestras almas de Cristo; que nos presente las variadas glorias de Su Persona; que Le coloque ante nuestros ojos como el Hijo de Dios y como el Hijo del Hombre; que llene nuestros corazones de lo que Él es como Salvador, Señor, Pastor, Sumo Sacerdote, Abogado; ministerio que exalte a la Cabeza del Cuerpo, al Esposo de la Iglesia. Y, por cierto, es de Él de quien el Espíritu Santo quiere hablarnos y Dios tiene mucho que decir a cada uno de nosotros acerca de la gloriosa Persona que será el único objeto de nuestros corazones por la eter­nidad.

 

Pero, para nosotros también, estas cosas resultan 'difíciles de ex­plicar' porque, en el fondo, estamos ocupados con otros temas en lugar de ocuparnos de Cristo, y tan sólo estaremos verdaderamente dispuestos a oír y aptos para entenderlo cuando el tema presentado cautive nuestros corazo­nes. En el caso contrario, tan sólo se presta un oído distraído, inca­paz de hacer el menor esfuerzo para seguir su desarrollo. Un tema resulta fácil de explicar a un auditorio cautivado por él y que desea entrar o ahondar en lo que se le presenta; en cambio, es difícil de explicar a quienes tienen otras preocupaciones y cuyo espíritu está distraído...

 

Nuestros predecesores estaban mucho más familiarizados que nos­otros con todas las verdades referentes a la Persona de Cristo, es decir, al conjunto de las verdades cristianas. ¿No nos ha ocurrido, a veces, de dejar de lado los escritos de los cuales ellos se alimenta­ban porque no podíamos seguir ante la profundidad de ciertas pá­ginas? Las mismas verdades que la mayoría de nuestros predecesores 'captaban' muy de prisa con el entendimiento renovado - porque, tal vez, las entendían antes con el corazón - nos son a menudo 'di­fíciles de explicar'. Nuestros padres tomaban ella "alimento sólido", la de los "hombres hechos" ("Pero el alimento sólido es de los hombres hechos; es decir, de aquéllos que por medio del uso, tienen sus sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal." Hebreos 5:14 - VM), que han entendido su posición en Cristo y están ocupados con un Cristo celestial; es un nivel generalmente de­masiado elevado para nosotros: precisamos la "leche", el alimento de los niñitos ("Porque debiendo de ser ya maestros de otros, a causa del tiempo que habéis creído, tenéis necesidad que alguien os enseñe otra vez a vosotros cuáles sean los primeros rudimentos de los oráculos de Dios; y habéis venido a ser como los que necesitan de leche, y no de alimento sólido. Pues cada uno que usa de leche, está sin buena experiencia de la palabra de justicia; porque es un niño. Pero el alimento sólido es de los hombres hechos; es decir, de aquéllos que por medio del uso, tienen sus sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal." Hebreos 5: 12-14 VM; véase 1 Corintios 3: 1-2).

 

Conservamos el recuerdo de muchos hermanos a quienes el Señor ha recogido en Su seno y que han sido siervos útiles para la Asam­blea. El ministerio de ellos ha sido una rica bendición para muchos. Con­servamos, desde luego, sus escritos, pero ellos ya no están para en­señarnos, exhortarnos y alentarnos - para ayudarnos con sus conse­jos o intervenir con todo el peso de su autoridad moral. ¡Cuántas veces hemos echado de menos los notables dones del siglo pasado (Siglo 19) y del principio de éste (Siglo 20)! ¿Sería difícil para nuestro Dios suscitar a otros? De ningún modo. Mas no olvidemos que Dios nos priva de bendiciones espirituales, como antes privaba a Israel de bendiciones materiales. Preguntémonos, pues, si ya no tenemos - fuera del ministerio escrito de ellos - los dones que supieron apreciar nuestros prede­cesores, ¿no es por cuanto nos hemos vuelto "tardos para oír"?

 

Formulémonos también esta segunda pregunta: - ¿Seríamos ca­paces de apreciar hoy el ministerio de quienes suscitó el Señor en los días del despertar y en la época inmediatamente posterior, cuando nos hemos aprovechado tan poco de su ministerio escrito?

 

Dicho ministerio está a nuestra disposición, ¡bendito sea Dios! Pero entristece ver el reducido número de los que desean beneficiarse del mismo. Sí, ¡hemos venido a ser tardos, perezosos para oír! Por lo tanto, las verdades que deberían ser el pasto diario de nuestras almas, las que se refieren a la Persona misma de Cristo, son verdades en las cuales penetramos muy poco y de las cuales disfrutamos en una débil medida. El Espíritu Santo está ocupado con otra cosa que en desplegar ante nosotros las glorias de nuestro Señor y Salva­dor Jesucristo; demasiadas veces contristado, Él se ocupa en corregir en nosotros lo que le impide ejercer el servicio que es Suyo por ex­celencia, aquel del cual hablaba el Señor a sus discípulos cuando les decía: "El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber." (Juan 16:14).

 

¡Humillémonos por nuestra pereza espiritual, cuando estamos a menudo muy activos - tal vez demasiado - en otras tantas cosas! ¡Meditemos sobre cuánto perdemos de este modo! Dios tiene muchas cosas que decirnos acerca de Aquel que conocemos tan poco y para Quien tendríamos que arder en deseos de conocer mejor. Estas cosas son 'difíciles de explicar' por cuanto hemos venido a ser "tardos para oír".

 

Uno se vuelve 'perezoso para oír' cuando se deja invadir por el sopor espiritual, cuando la persona de Cristo deja de tener precio para el corazón. Los creyentes Hebreos ya no contemplaban un Cristo glorificado en los cielos, por lo cual les escribe el apóstol esta epís­tola en la cual les presenta a Cristo a la diestra de Dios, nombrado por Él "sumo sacerdote según el orden de Melquisedec". (Hebreos 5:10). Pero al colocar ante ellos a un Cristo celestial tenía dificultad para explicarles las cosas que quería decirles, ¡porque ellos dirigían sus miradas hacia la tierra en lugar de ponerlas en los cielos!

 

Deseamos recordar cuanto escribía 'a los jóvenes hermanos', hace 35 años, uno de nuestros venerados conductores, el cual ha entrado ya en el reposo [1]:

 

«El olvido de esta Palabra es el gran peligro que corren los jóvenes hermanos de la generación presente. Ante todo quisiera que los jóvenes cristianos no se contentasen con una lectura diligente de la Biblia, como para descargarse de un deber, lo que equivale a no leerla del todo. Pero, aún más, yo quisiera verles estudiar la Palabra con oración y con el deseo ardiente de ser enseñados por el Espíritu Santo para comprenderla.» Y acerca de los escritos que están a nuestra disposición añade:

«Muchos de estos escritos tienen un valor incomparable para edificaros, y pensad bien que el Señor no nos los ha dado para que los ignoréis o los paséis por alto sin leerlos. Aquellos que prescinden de su lec­tura viven generalmente ignorando el alcance de muchos pensamien­tos de Dios. Para los unos hay pereza culpable que teme al esfuerzo exigido para aprovechar el fruto de estos escritos; y así menospre­cian estos dones de Dios, como si Él los hubiese enviado sin necesi­dad. Otros, confundidos por su orgullo, piensan poder adquirir por sí mismos, y sin ser ayudados en ello, los conocimientos que estos escritos encierran. He notado a menudo que este orgullo recibe su castigo judicial en la ignorancia en que estos cristianos se encuen­tran sobre verdades elementales en las cuales se hallan familiarizados muchos que son jóvenes en la fe.»

«Vuestros antecesores, queridos jóvenes hermanos, se han nutrido en estos escritos y han sido fortalecidos por ellos en el conocimiento de las verdades que la Palabra nos presenta, pues la Palabra es la salvaguardia por excelencia de aquellos que atraviesan los decadentes tiempos actuales. Leed, estudiad, meditad, para convenceros de ello, toda la segunda epístola a Timoteo.»

«Queridos jóvenes hermanos, ¿habéis comprendido suficientemen­te las verdades capitales sin las cuales el testimonio que os es confiado no existiría? ¿Habéis sentido la inmensa importancia de estas ver­dades desde el principio, que sois responsables de mantener frente a todas las sectas de la cristiandad profesante que os rodea? El Señor os ha concedido el privilegio de formar parte de su testimonio hasta Su venida, siendo éste el último testimonio, y es un hecho solemne que, si sólo pertenecéis al mismo de una manera exterior, perderéis el beneficio y la recompensa. Es, en efecto, una inmensa bendición estar ligado a un testimonio suscitado para estos últimos tiempos, pero trae, al mismo tiempo, una inmensa responsabilidad. Si la tratamos ligeramente, ella puede constituir, al final de nuestra carrera, la pérdida de toda recompensa, una corona perdida que no será nunca más recobrada.»

 

[1] Nunca recomendaremos lo suficiente a los jóvenes hermanos la lectura de esta carta publicada en "VIDA CRISTIANA", el año 1958, pág. 67 y que se puede leer en la siguiente página web:

http://www.graciayverdad.net/sanaspalabras/id83.html

 

El final del capítulo 5 de la Epístola a los Hebreos (versículos 12 al 14) nos muestra cuáles son las consecuencias - algunas de ellas por lo me­nos - de dicha pereza espiritual: nuestro conocimiento está estanca­do, cuando a causa del tiempo deberíamos ser capaces de enseñar a los demás, estamos reducidos a seguir tomando el alimento de las criaturas. El alimento sólido está a un nivel demasiado elevado para nosotros; sólo conviene "a los hombres hechos" (a los adultos), es decir, a quienes han comprendido y realizado su posición en Cristo, en lugares celes­tiales, los cuales, entrando por la fe en el mismo cielo, habitan en él y gozan de Cristo, el "gran sacerdote [establecido] sobre la casa de Dios". A éstos, las cosas referentes a la Persona de Cristo y las verdades que se derivan del conocimiento de Cristo (de hecho son todas las verdades cristianas) no son difíciles de explicar, por cuanto Cristo es el objeto del corazón de ellos. ¡Tienen hambre y sed de Él, y lejos de ser "tardos para oír" nunca se cansarían de oírle!

 

Los "hombres hechos" (adultos)... tienen los sentidos ejercitados en el co­nocimiento del bien y del mal. ¿No debemos humillarnos por el escaso discernimiento espiritual que poseemos? Hoy día resulta di­ficilísimo vivir el Cristianismo en un mundo que está madurando para el juicio y en medio de una Cristiandad caracterizada por la tibieza y la indiferencia, donde se ve una apariencia de piedad, pero sin ningún poder. ¡Cuánto discernimiento no necesitamos para ser fieles, para obrar siempre según el pensamiento de Dios! Desgraciadamente ¡cuán poco tenemos! Somos a menudo tan poco capaces de ver la realidad y llamamos "bien" a lo que rechazaríamos resueltamente si tuviésemos "los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal." (Hebreos 5:14). Esta falta de discernimiento es la consecuencia de nuestra pereza espiritual, ¡no nos engañemos!

 

Demasiado a menudo están nuestros corazones ocupados con otras cosas que con Cristo, por lo tanto, concedemos poca atención a las cosas referentes a Él. Hemos considerado mayormente el ministerio escrito, pero ¿no ocurre otro tanto con el ministerio oral? Lo que leemos en el Libro del profeta Ezequiel, ¿no podría aplicarse a nos­otros también? "Sí, habla uno con otro, y cada uno con su compañero, diciendo: ¡Ea, vamos, y oigamos cuál sea la palabra que procede de Jehová! Y vienen a ti como viene el pueblo, y se sientan delante de ti como pueblo mío, y oyen tus palabras; mas no las ponen por obra; . . . Pues he aquí que eres para ellos como una canción de amores de quien tenga hermosa voz y que toque bien porque escuchan tus palabras, mas no las ponen por obra." (Ezequiel 33: 30-32; VM). Aquel que es "tardo (perezoso) para oír" es un "oidor olvidadizo" y no un "hacedor de la obra" (véase Santiago 1:25).

 

Dios tendría mucho que decirnos acerca de su Hijo - Su Palabra está llena de ello -, pero estas cosas son 'difíciles de explicar' a quienes son "tardos para oír". De modo que sólo en una débil me­dida entramos en el conocimiento de las cosas gloriosas referentes a Cristo, y sólo realizamos en una pequeña medida también nuestra posición en Él y con Él. Así que, en vez de crecer y desarrollarnos, no pasamos del alimento de los niñitos, de las verdades elementales del cristianismo y, por lo tanto, carecemos del discernimiento espiri­tual necesario para andar fielmente en este mundo, bien sea indivi­dual, bien sea colectivamente. El ministerio se ejerce "para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo: para que ya no seamos niños, fluctuando de acá para allá, y llevados en derredor por todo viento de enseñanza, por medio de las tretas de los hombres, y su astucia en las artes sutiles del error; sino que, hablando la verdad con amor, vayáis creciendo en todos respectos en el que es la cabeza, es decir, en Cristo." (Efesios 4: 12-15; VM).

 

Cristo "descendió también a las partes inferiores de la tierra", pero "El que descendió es el mismo que ascendió muy por encima de todos los cielos" y "subiendo a lo alto, dio dones a los hombres (Efesios 4: 8-11; VM). En otros pasajes, estos dones nos son presentados como dones de Dios, o dones del Espíritu. Que sean considerados como procedentes de Dios (Romanos 12), dados por Cristo (Efesios 4) o repartidos por el Espíritu (1 Corintios 12), manifiestan siempre la activi­dad del Espíritu, si son ejercitados en la debida dependencia. Es, pues, el Espíritu Santo que obra a fin de producir los resultados a los cuales alude el apóstol en el citado pasaje de Efesios 4: 12-15. Quiere alimentar nuestras almas para que podamos crecer y llegar a ser "hombres hechos (adultos)" en vez de ser "niños".

 

Antes de dejarles, el Señor anunció a sus discípulos la venida del Espíritu Santo como Persona sobre la tierra, de este "otro Consolador" que había de venir para morar con ellos y en ellos (Juan 14: 16, ­17; véase también Juan 14:25-26; Juan 15:26); les dijo cuál sería Su acción para con este mundo y en favor de los santos (Juan 16: 7-15). Y añade: "Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar." (Juan 16:12). El Espíritu Santo no estaba sobre la tierra, con ellos y en ellos, para dárselos a entender (véase Juan 7:39; Juan 16:13); el hecho de que el Señor no podía presentarles todo cuanto tenía que decirles no era pues consecuencia del estado espiritual de ellos. Mientras que, cuando escribía el apóstol a los creyentes Hebreos, el Espíritu Santo estaba presente para llevarles "a toda verdad", para tomar lo que es de Cris­to y dárselos a conocer (Juan 16:14); si, pues, el apóstol que tenía mucho que decir acerca de Cristo estaba impedido por la dificultad que experimentaba de explicárselos, era debido al estado espiritual de ellos: la acción del Es­píritu Santo en ellos era impedida por cuanto se habían vuelto "tardos para oír".

 

Hemos intentado arrojar luz sobre una de las principales causas de nuestra flaqueza, del poco discernimiento espiritual que tenemos y de las faltas consiguientes. A veces, intentamos excusarnos, invocando nuestra ignorancia, ¡mas olvidamos que es una ignorancia culpable, y por lo tanto inexcusable!

 

¡Quiera Dios mismo obrar en nuestros corazones para que Cristo sea su único tema! Nuestros oídos estarán entonces siempre abiertos y no seremos nunca "tardos para oír"; tendremos así el discernimien­to espiritual necesario para obrar siempre según el pensamiento de Dios, para obrar el bien y evitar el mal. Ojalá podamos decir nos­otros también: "Da pues a tu siervo un corazón que sepa escuchar, . . . para discernir entre lo bueno y lo malo." (1 Reyes 3:9 - BTX).

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1959 No. 42.-

 

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