VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


Página Principal VIDA CRISTIANA (1953-1960)

LA PARÁBOLA DE LA CIZAÑA (W. J. Lowe)

MOBI

EPUB

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60)

 

LA PARÁBOLA DE LA CIZAÑA

 

 

(Mateo 13: 24-30)

 

 

Después de haber declarado a Sus discípulos el significado de la parábola del "sembrador", el Señor les propone otras seis parábolas, teniendo por objeto la presentación de los "misterios" del Reino de los cielos. Las tres primeras fueron dirigidas a las multitudes (Mateo 13: 1, 2); las otras tres fueron comunicadas en secreto, "en la casa" (Mateo 13:36), cuando los discípulos, hallándose solos con Jesús, le pidieron la explicación de la parábola de "la cizaña".

 

Las tres primeras parábolas presentan, de un modo general, el aspecto exterior del Reino de los cielos, tal cual los hombres pueden verlo con sus propios ojos; las otras dan a conocer, 'a los discípu­los del Reino' y solo a ellos por un especial favor, las cosas inte­riores del Reino que permanecen ocultas a los hombres.

 

"El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo." (Mateo 13:24).

 

Notemos aquí, de paso, que de las diez semejanzas [1] del Rei­no que hallamos en el Evangelio de Mateo, solamente la última (Mateo 25:1) empieza por las palabras: "El Reino de los cielos será semejante a..." Las otras hablan de lo que sucede durante el curso actual de Reino: "El reino de los cielos es semejante a…"

 

[1] Mateo 13: 24, 31, 33, 44, 45, 47; Mateo 18: 23; Mateo 20:1; Mateo 22:2; Mateo 25:1.-

 

Sin embargo, no debe sacarse de eso la conclusión que el Reino de los cielos hubiese ya empezado a existir cuando Jesús hablaba sobre la tierra; el carácter y la historia nos son presentadas por anticipa­ción; porque, así como ya lo hemos visto, la autoridad del Reino es dada al Hijo del Hombre en el cielo; y antes que Jesús fuese as­cendido allí como "Hijo del Hombre", el Reino de los cielos, aun­que se hubiese "acercado", no existía aún de hecho. Veremos más adelante que, tras la ascensión de Jesús al cielo, el apóstol Pedro, el primero, abrió la puerta del Reino; porque es a él que Jesús había confiado las llaves. Hasta este momento todo se hallaba en un estado de transición, estado que nos es descrito en estas palabras de Jesús a las gentes (Mateo 11:12): "Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan." Los que reconocían la autoridad de Jesús, el Mesías recha­zado, y querían gozar de la bendición del Reino, debían obrar como 'por esfuerzo', costase lo que costare, adelantándose al momento en que el reino sería formalmente establecido.

 

En el estudio de estas parábolas, es necesario, pues, recordar que el Reino de los cielos empieza, de hecho, al momento de la ascensión de Jesús al cielo, y es menester comprender bien que la forma bajo la cual es presentado por el Señor cuando dice: "el Reino de los cielos es semejante a..." no había sido nunca un asunto de pro­fecía; es un estado de cosas intermedio entre la ascensión de Jesús y Su reaparición aquí abajo en gloria, período que no se halla mencionado en los escritos del Antiguo Testamento [2].

 

[2] La venida del Espíritu Santo y la predicación de "la justicia de Dios" caracterizan necesariamente este intervalo, como el Señor nos lo dice en el capítulo 16 de Juan; porque es Jesús glorificado quien ha enviado el Espíritu Santo (Juan 7:39; Juan 16:7). Los capítulos 13 al 17 del Evangelio de Juan, sin hablar de la Iglesia como tal, muestran cuáles son para nosotros los resultados de la gloria actual de Jesús en relación con la misión del Espíritu Santo y el testimonio rendido en la tierra en medio de un mundo que ha rechazado al Señor. En Mateo hallamos el efecto producido sobre la tierra por la predica­ción de la palabra del Reino por el Hijo del Hombre (el Mesías rechazado que ha tomado este carácter) y por Sus enviados, el enemigo esforzándose para rendir la predicación infructuosa.

 

Por la interpretación que el mismo Señor da de esta parábola a Sus discípulos (Mateo 13:38), vemos que el mundo es considerado como Suyo propio. Él siembra buena semilla en su campo" (Mateo 13:24), y el campo "es el mundo", y especialmente aquella parte del mundo donde la palabra es 'sembrada'. Según esto, no se ve todavía que el mundo pertenezca a Cristo, porque el "príncipe" usurpador de este mun­do desde la crucifixión de Jesús, es el diablo (Juan 14:30; Juan 16:11; 2 Corintios 4:4). No obstante, el Señor dice a Sus discípulos después de Su resurrección: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra." (Mateo 28:18). He aquí lo que nos hace comprender clara­mente porqué se trata de los "misterios" del Reino. La autoridad que el creyente reconoce parece contradicha por lo que pasa en torno de él, en este mundo. "Pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas" (Hebreos 2:8), pero sabemos que Él tiene ya autoridad sobre todo hallándose actualmente a la diestra de Dios en el cielo, y muy pronto Su poder será manifestado. Somos dichosos de reconocer por anti­cipación que el mundo está en Su mano - hasta en la nuestra también a causa de Él (1 Corintios 3:22) -, y de saber que por Su muerte el mundo es juzgado y el príncipe del mundo será echado fuera (Juan 12:31).

 

Pero si el Campo es de Jesús, ello no quiere decir que esté en buen estado. El fondo de la parábola no es, sin embargo, el estado del mundo en sí, sino la obra hecha en la tierra por el Hijo del Hombre. Él ha sembrado buena semilla en Su campo. Esta buena semilla son "los hijos del reino" (Mateo 13:38). La parábola del Sem­brador' nos enseña cómo "los hijos del reino" son engendrados y manifestados, a saber: por la recepción de la Palabra en el corazón. La parábola de la cizaña nos presenta particularmente lo que ha sucedido sobre la tierra como efecto de esta buena semilla sembra­da por el Hijo del Hombre, que se ha ido al cielo, pero quien, hasta cierto límite, ha confiado Su obra al cuidado de Sus siervos.

 

¡Es lamentable! los hombres, como siempre, han fracasado. En lugar de velar, los servidores han dormido; y mientras duermen, "el enemigo", el diablo, viene y siembra la cizaña entre el trigo y se va. Notad la expresión: "Entre el trigo" (Mateo 13:25), pues es la clave del pasaje. En el mundo existían hombres malos antes que el Señor empezase a sem­brar los hijos del reino; mas lo que el Señor establece aquí como obra del enemigo, es que éste ha sembrado "los hijos del malo" entre "los hijos del reino." Los hijos del malo no son, pues, los pa­ganos, es decir, gentes que no conocen el cristianismo [3]. La cizaña se parece mucho al trigo antes de dar su fruto. La obra del diablo consiste en introducir entre el buen trigo alguna cosa falsa, que sin embargo, se parezca, tanto como posible sea, a lo verdadero.

 

[3] Aprendemos en 1 Juan 3:10, que el vocablo "hijos del malo", que quiere decir 'hijos del maligno', o de Satanás, puede aplicarse a "cualquiera que no hace justicia" y al "que no ama a su hermano" - dos expresiones que se refieren al Cristianismo, a la plena revelación de Dios el Padre. La "justicia" es la de Dios (1 Juan 2:29; 1 Juan 3:7); la palabra "hermano" supone la relación de familia, que dimana de la revelación del Padre. El apóstol Juan, hablando de la manifestación de los hijos del diablo, no se ocupa de la apariencia de ellos o de su carácter exterior; dice que no se halla en ellos el único fruto por el cual se puede reconocer un hijo de Dios. Primeramente: "todo aquel que no hace justicia… no es Dios"; y en segundo lugar: "el que no ama a su hermano."

 

Somos llevados, pues, a la conclusión que la cizaña representa aquellos, que, a la verdad, hacen profesión de cristianismo, mas cuyo corazón no ha sido realmente tocado por la gracia de Dios. Estos son incapaces de practicar la justicia que desconocen, son incapa­ces de amar a los hermanos, porque no han conocido y creído el amor que Dios tiene por nosotros.

 

Luego que la cizaña aparece, los siervos quedan atónitos vién­dola entre el trigo que el mismo Señor había sembrado. Él les dice que es obra del enemigo. Los siervos querían luego arrancar la ciza­ña y separarla del trigo. El Señor no lo permite, diciéndoles, "No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero." (Mateo 13: 29, 30). "La siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles." (Mateo 13:39).

 

En primer lugar, el Señor no quería confiar la recolección a aquellos que, durmiéndose, habían mostrado ya su incapacidad para evitar las astucias del enemigo. Después, el obrar en juicio no se aviene con el reino actual de la gracia. Sin embargo, los hombres creyén­dose más sabios que el Señor, están lejos de haberse atenido a los mandamientos que Él da en esta ocasión para Sus servidores. Las terribles persecuciones que manchan las páginas de la historia de la Cristiandad, ponen de relieve que queriendo arrancar la cizaña o exterminar los herejes, como se les llamaba, antes se ha quitado el trigo.

 

El Señor Jesús ha indicado con anticipación lo que sería la obra del enemigo en donde Él mismo había ya sembrado la buena semilla. Pero no quiere aportar remedio a ello por el juicio mientras dure el día actual de la gracia. Hacia el fin de este "día", al tiempo de la siega, El dirá [4] a los ángeles que recojan la cizaña y que la aten en manojos. La cizaña es, pues, reservada para el fuego al cual ella está destinada y el trigo es recogido en el granero. El "granero" no es el campo; es el lugar preparado por el Señor para recibir a los "hijos del reino", el lugar donde gozarán del reposo y estarán al abrigo de los juicios que pronto alcanzarán a los que obran iniqui­dad. En el capítulo 14, del Evangelio de Juan, Jesús nos dice que este lugar preparado es 'la casa de Su Padre'. El forma el corazón de Sus redimidos, a quienes deja por el momento en la tierra, anun­ciándoles el bienaventurado porvenir que les espera, y en virtud del cual son llamados a marchar aquí abajo de un modo digno del lugar que ellos tendrán allá arriba.

 

[4] No dice aquí que 'Él enviará los ángeles': es por una obra subsiguiente a aquella de la cual trata el versículo 30 de Mateo 13 que les envía (compárese con Mateo 13:49; Mateo  24: 30, 31; Mateo 25:31).

 

La parábola no va más lejos. No nos dice siquiera que la cizaña es quemada. La razón de eso probablemente es que el juicio no se efectúa sobre la cizaña antes que el trigo sea recogido en el granero.

 

Luego que el Señor, después de haber despedido las gentes, ex­plica la parábola a Sus discípulos solos, añade algunos detalles: No habla más del trigo, ni del granero; pero Él vuelve a tomar el mundo y su historia bajo el punto de vista de Su Reino terrenal. Entonces Su reino será públicamente establecido sobre la tierra, donde tendrá lugar una obra de apartamiento semejante a la separación hecha de la cizaña y del trigo. Esto será el fin del "siglo" actual y la intro­ducción del reino milenario de Cristo. Jesús dice: "De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga." (Mateo 13: 40-43).

 

La manifestación en gloria del Reino, presenta una idea del todo diferente a la reunión del trigo en el granero. El Señor no quería ha­blar de esta gloria de una manera abierta a los que le habían públicamente rechazado [5]. Es éste un secreto que El confía a Sus siervos para regocijar sus corazones y animarles en el camino a tra­vés de los sufrimientos y de las persecuciones que han venido a ser su parte sobre la tierra.

 

[5] Más tarde (Mateo 16:20), Jesús prohíbe a Sus discípulos decir a nadie que Él sea el Cristo. "Cristo" o "Ungido", éste es el nombre que va ligado a Su gloria real y que encierra la fuente de toda bendición predicha para la tierra (véase Salmo 2; Isaías 32: 1-5; Isaías 33: 14-24).

 

Esta parábola, explicada por el Señor, parece de tal manera simple que es difícil concebir como se han podido servir de ella para justificar el descuido de la disciplina Escritural en la Iglesia. Por no decir nada del grave pecado que se comete intentando poner las Es­crituras en contradicción consigo mismas, no se puede tomar una tal aberración de espíritu más que como un triste indicio del hecho que, a fuerza de hacerla mundano, se ha perdido totalmente de vista lo que es la Iglesia, y que se ha olvidado que el Campo, según el dicho del Señor, es el Mundo, y no la Iglesia.

 

No es cuestión de la Iglesia, ni en esta parábola, ni aún en todos los evangelios, salvo en Mateo 16 y 18 [6]. Cuando el Señor habla de ella en Mateo 16, dice que es Él quien la edificará. Es una obra que reserva a Su propio poder y que Él no confía a la mano de los hombres; por consiguiente, no es posible que el enemigo de las almas detenga o estropee esta obra. La Iglesia es el "Cuerpo de Cristo" (Efesios 1:23). Al mismo tiempo es la "Casa de Dios", cuando ella es considerada como edificada por Cristo o como la obra de Dios (Mateo 16:18; Efesios 2: 19-22; 1 Pedro 2: 4-5). El "Cuerpo de Cristo" se compone de todos aquellos que 'habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído en Él, han sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa'. (Efesios 1: 13, 14). Ellos son 'bautizados por un Espíritu para ser un Cuerpo' (1 Corintios 12:13). Este "cuerpo" es, por consiguiente, formado por el Espíritu Santo, por el cual los verdaderos creyentes son unidos a Cristo glorificado. Todo santo en una asamblea de Cristianos reunida según la Palabra, está en el deber de guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; la asam­blea entera debe mantener el honor y la santidad del Señor cuya pre­sencia la caracteriza; ella, por consiguiente, tiene la obligación de quitar el perverso de su seno (Efesios 4: 3-4; 1 Corintios 12: 12-13; Colosenses 2:19; 1 Corintios 5: 7-13). Pero, el Señor no autoriza que el malo sea recogido y echado fuera del Reino: este Reino y la Iglesia son, pues, dos cosas distintas, aunque las mismas personas puedan hallarse a la vez en el Reino y formar parte de la Iglesia.

 

[6] Se puede también exceptuar la alusión evidente a la Iglesia en la parábola del mercader que halla "una perla preciosa." (Mateo 13:46).

 

Se puede preguntar: ¿Es la Cristiandad el Reino de los cielos, re­sultado sobre la tierra de la Palabra sembrada, con sus misterios re­velados a los discípulos solos? Respondemos que, en el aspecto actual, mientras que el Rey está escondido en los cielos, la Cristiandad se nos presenta bajo la forma y el carácter descritos en las parábolas; al mismo tiempo, ella se presenta también, según 1 Corintios 3: 9-17, como un edificio, resultante de la intervención de los hombres, llamados a ser colaboradores de Dios en el trabajo de edificación. Pablo, es decir, un hombre, habiendo puesto el fundamento, el úni­co que puede ponerse, a saber, Jesucristo, otros hombres han sido llamados a edificar sobre el fundamento, y son responsables de su trabajo. Ellos pueden edificar piedras preciosas, pero también heno u hojarasca que serán consumidos cuando llegará el día; porque "el día" será 'declarado por el fuego', es decir, que será un día de juicio, que manifestará el verdadero carácter de todo el trabajo de los obreros. Bueno será, sin embargo, hacer notar que no se halla en ninguna parte en las Escrituras que Dios haya dado a este estado de cosas un nombre cualquiera, que implique en manera alguna que Él le reconozca como cosa Suya. La Escritura no ha hecho más que anunciar y describir de antemano la corrupción que sobrevendría a todo lo que ha sido confiado a la responsabilidad de los hombres.

 

W. J. Lowe

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1960, No. 44.-

volver a la página de contenidos de EDIFICACIÓN CRISTIANA