VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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¿CÓMO REALIZAR HOY LO QUE LA IGLESIA DE DIOS ES?

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<<Se ha dicho, y con bastante acierto, que en los días primitivos del Cristianismo, había congregaciones de creyentes, pero ¡no había <<Congregacionalistas>>! Los creyentes fueron bautizados, pero ¡no eran <<Bautistas>>! Había presbíteros o ancianos en sus asambleas, pero ¡no se dieron el nombre de <<Presbiterianos>>! Tenían método en sus cultos, pero ¡no por eso se llamaron <<Metodistas>>! Cada iglesia tenía sus Obispos, pero ¡no por eso era una <<Iglesia Episcopal>>! Se llamaban hermanos, pero ¡no <<Los Hermanos>>!...
E.B.
 
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        La verdad acerca de la Iglesia o Asamblea de Dios es muy sencilla, como toda la Palabra de Dios, siempre y cuando no intentemos ponerla de acuerdo con nuestros propios pensamientos.

        Fue el apóstol Pablo al que el Señor eligió para enseñar a los santos o creyentes todo cuanto se refiere a la Iglesia. La gran verdad de la unión de los creyentes con Cristo en los cielos, está contenida ya en la respuesta del Señor a Saulo, camino de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues..." (Hechos 9:5); Saulo aprende, pues, que persiguiendo a los santos, perseguía al mismo Señor Jesús.

        Desde aquel entonces, el Señor reveló al apóstol Pablo toda la verdad acerca de la Iglesia: su carácter celestial, la unión de todos los hijos de Dios, judíos y gentiles, en un solo cuerpo cuya Cabeza glorificada en los cielos es Cristo, así como todo cuanto se refiere al orden y administración de la misma:

        "Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti." (Hechos 26: 16-18; véase además Efesios, Colosenses y I y II Corintios.)

        En cada sitio donde Pablo anunciaba el Evangelio, los nuevos convertidos eran reunidos como miembros del cuerpo de Cristo y formaban en su respectiva ciudad, pueblo o aldea, la Iglesia o Asamblea de Dios en aquel lugar. Así cuando Pablo se dirigió a los Corintios, escribió a "a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos (es decir: santos por llamamiento divino) con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro." (1 Corintios 1:2).

        Esta sigue siendo la posición de los creyentes hoy en día, que viven en determinado lugar; ellos todos siguen formando la Asamblea de Dios en esta localidad; ¡la verdad no ha cambiado!, pero, ¿cómo la entendemos, hermanos míos? ¿cómo la ponemos por obra?

        Vemos en las Escrituras que, en cualquier lugar, los cristianos estaban reunidos hacia el Nombre del Señor; es decir, que la persona bendita de Cristo era el centro de sus reuniones y el único fundamento sobre el cual se congregaban, sin añadiduras humanas, a saber: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." (Mateo 18:20); "Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio." (Hebreos 13:13), y seguían en todo las enseñanzas del Apóstol tales como las conservamos en las epístolas. "Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados." (Romanos 6:17); "Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús." (2 Timoteo 1:13). En la reunión de adoración, o culto propiamente dicho, el primer día de la semana ("El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan..." Hechos 20:7), participaban de la Cena del Señor, tal como Él la había instituido la noche que fue entregado; es lo que el Señor mismo recordó al apóstol Pablo en 1 Corintios 11: 23-25, "Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí." Al mismo tiempo que hacían memoria del Señor Jesús crucificado por ellos, y por todos nosotros, manifestaban en Su Mesa la comunión, no sólo entre ellos, sino con todos los creyentes del mundo entero, miembros de cuerpo de Cristo.

        En la Palabra de Dios, la Mesa del Señor es el lugar donde se lleva a cabo la plena comunión (Véase, entre otras citas: 2 Samuel 9:13; Mateo 22: 1-10 y Apocalipsis 3:20). En 1 Corintios 10: 15, 16, dice el apóstol: "Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?" Notad, pues, cuidadosamente que se trata de comunión, y no solamente de recuerdo o sencillo memorial, aunque lo sea también. Y, ¿qué es comunión?, preguntarán muchos. Tener comunión es tener parte en común de una misma cosa. Dicha comunión se realiza no sólo con miras a la sangre y al cuerpo del Señor, sino entre todos los miembros del cuerpo de Cristo, la verdadera Iglesia, según leemos en el versículo 17 del mismo capítulo 10: "Porque habiendo un solo pan, nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo; porque todos participamos de aquel pan, que es uno solo." (Versión Moderna). Este pasaje presenta, pues, otra verdad muy importante, y algunas veces bastante descuidada: saber que el pan sobre la Mesa del Señor es la expresión de su cuerpo espiritual entero, compuesto de todos los creyentes nacidos del Espíritu, mientras que en la Cena, representa el cuerpo de Cristo sobre la cruz, "molido por nuestros pecados" (Isaías 53:5). Así pues, cada iglesia o asamblea reunida alrededor de la Mesa del Señor es, en el sitio donde peregrina, la expresión local de la Iglesia entera. Allí se "parte el pan" como miembro del cuerpo de Cristo y no como miembro de determinada Iglesia o denominación, ni tampoco por haber cumplido ciertos ritos o requisitos fuera de éste, que es primordial: haber realmente nacido de nuevo por obra del Espíritu Santo (1 Corintios 12:13 "Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu."). Para entender y practicar dicha unidad, un creyente que es recibido en una asamblea local, lo es en todas las demás reunidas sobre el mismo fundamento, con sólo mostrar una carta de recomendación, porque este miembro del cuerpo de Cristo ha sido recibido en una asamblea o iglesia local que representa la Iglesia en su totalidad o plenitud, aunque aquella sea compuesta de dos o tres creyentes como de doscientos o trescientos, o más; no importa el número para que sea aquella asamblea local una parte integrante del cuerpo de Cristo. Así resulta bien claro que las iglesias locales no pueden ser, ni son, independientes entre sí. Del mismo modo, si un miembro es excluido de una asamblea, lo es automáticamente de todas las demás. Basta escudriñar y meditar detenidamente unos pasajes como 1 Corintios 12: 11-27, y Efesios 4: 1-16, para que el Espíritu del Señor nos convenza de esa gran verdad de la UNIDAD del CUERPO. Lea ahora mismo, amado hermano, estos pasajes y entenderá por qué "si un miembro padece, todos los miembros á una se duelen; y si un miembro es honrado, todos los miembros á una se gozan. Pues vosotros", añade el apóstol, "sois el cuerpo de Cristo, y miembros en parte." (1 Corintios 11:26 - RVA).

        Son verdades muy sencillas, que eran bien comprendidas en tiempos de los apóstoles en cada asamblea. Una cosa digna de notar es que en un escrito anónimo del año 95, la "Didaqué" o "Doctrina de los doce Apóstoles", se menciona todavía la magna verdad de la unidad del cuerpo expresada por el pan sobre la Mesa del Señor: "Como este fragmento (el pan partido) estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino" (9:4).

        Pero bien pronto todo esto ha sido estropeado por la mano del hombre, como todo lo que ha sido confiado a su responsabilidad. A pesar de ello, lo que es de Dios queda firme: Su Iglesia tal como Él la considera en sus sabios designios, resultado de la obra de Su Hijo y edificada por Él; toda la verdad encerrada en las Escrituras, nada de eso cambia. Se trata de la Asamblea de Dios y la Palabra del Señor tiene la misma autoridad hoy que en los tiempos apostólicos. De manera que si deseamos sinceramente acatar dicha autoridad, encontraremos en la Palabra los inmutables recursos para realizar lo que es la Asamblea según los pensamientos de Dios, y eso en medio de las ruinas y escombros de la Iglesia profesante. Podemos aún como aquellos discípulos en Jerusalén, perseverar "en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones." (Hechos 2:42).

        Hoy en día, cuando los hijos de Dios se hallan dispersos y divididos en las más diversas congregaciones, con principios más o menos erróneos, el hecho de ser hijo de Dios en una misma localidad no es ya el único motivo que permite que estemos todos reunidos. ¿Cuáles son, pues, las cosas que necesitamos además de lo que había en aquella primavera de la Iglesia para que podamos congregarnos según la Palabra de Dios? Esta misma nos lo enseña.

        El Señor permitió que falsas enseñanzas fuesen introducidas en una asamblea local mientras aún vivía el apóstol Pablo para que éste pudiera darnos la enseñanza bíblica que precisamos en estos días en que abundan falsas doctrinas por doquier y que pudiésemos realizar lo que es la Iglesia como en el principio, según la verdad de Dios que permanece inmutable.

        La enseñanza que precisamos y que no era aún necesaria cuando Pablo reunía a aquellos que habían recibido el Evangelio, se encuentra en la segunda Epístola a Timoteo.

        Habían en aquel entonces, cristianos que enseñaban errores; se habían apartado de la verdad y trastornaban la fe de algunos diciendo que la resurrección se había verificado ya (2 Timoteo 2:18). "Pero", dice el apóstol, "el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo." (2 Timoteo 2:19). En medio de la Cristiandad en la que se ha introducido el mundo y donde resulta imposible conocer a todos los verdaderos creyentes, tenemos la preciosa seguridad de que el Señor los conoce. Esto es una cara o faceta del "sello", veamos ahora la otra: se refiere a la responsabilidad de aquellos que invocan el nombre del Señor y nos manda apartarnos de la iniquidad, es decir, de no asociar este bendito nombre a la iniquidad o injusticia. En otras palabras, somos exhortados a limpiarnos de todo mal moral o doctrinal, de aquellas inmundicias "de la carne y del espíritu" (Versión Moderna) mencionadas en 2 Corintios 7:1. Al hablar de "iniquidad", la Palabra no se refiere solamente a pecados groseros, sino a una enseñanza o doctrina injusta, contraria al pensamiento de Dios. Acaso, ¿era justo decir que la resurrección se había verificado ya? Esto trastornaba la fe de aquellos, y además, al negar la resurrección corporal, negaba la de Cristo, fundamento de nuestra fe (1 Corintios 15: 12-17). La inmoralidad, la violencia, el crimen son pecados graves que provocan la indignación general; pero el poner deliberadamente de lado el pensamiento de Dios claramente expuesto en Su palabra para hacer valer el suyo propio es cosa de igual gravedad, aunque ofenda menos a los hombres. No se puede permanecer en comunión con semejante mal, el cual se manifiesta bajo formas tan diversas en el seno de la cristiandad. Así como los "utensilios para uso honroso" no pueden ser utilizados por el Señor de la casa mientras estén mezclados con los "utensilios para usos viles" (2 Timoteo 2:20), aquellos que invocan el nombre del Señor no pueden serle útiles quedando asociados o identificados con el error, y no hay otro modo de purificarse del error sino apartándose de aquellos que lo admiten a sabiendas o de aquellos que permanecen en comunión con éstos, aun cuando personalmente consienten dicho error (2 Timoteo 2: 20, 21). Es pues preciso purificarse de ello, y huir del mal bajo todas sus facetas y, en vez de quedarse solo (porque es individualmente que es menester apartarse del mal), hace falta seguir la justicia, el amor y la paz con los que invocan al Señor de puro corazón. Sólo entonces, aquel que obra de este modo será un "instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra." (2 Timoteo 2:21).

        Una vez separados del mal, los cristianos fieles vuelven a encontrar todas las doctrinas acerca de la Iglesia, las cuales han quedado intactas en medio de la ruina espiritual. Pueden llevar a la práctica lo que en un principio enseñó el apóstol Pablo: ¡la verdad no cambia!

        La separación del mal se impone para participar de la Cena en la Mesa del Señor; el mal no puede estar en comunión con esta Mesa. Si incluso creyentes que no profesan personalmente falsas doctrinas participan de una mesa a la cual se admite a otros que las propagan, se identifican con esta mesa y, al acercarse a una Mesa limpia del mal, ponen a la misma en comunión con el mal. Esta verdad, que a algunos puede parecer "dura", se enseña claramente en 1 Corintios 10: 19:22, donde vemos que al participar al mismo tiempo de las mesas de los ídolos y de la Mesa del Señor, los Corintios ponían a esta última en comunión con la mesa de los demonios. Hoy en día, aunque no tenemos siempre que tratar con la grosera idolatría, el principio es el mismo, ¡la verdad no cambia! (véase también Hageo 2: 11-13). Si admitimos a la Mesa del Señor creyentes que profesan errores, ponemos esta Mesa en comunión con el error, y al mismo tiempo a todas las asambleas establecidas sobre el terreno de la verdad. Es lo que muchos queridos hijos de Dios no pueden o no quieren comprender. Unos pretenden que lo referente a una iglesia no tiene nada que ver con las demás: es la independencia. Otros dicen: "Yo participo de la Cena para hacer memoria de mi Salvador, no me preocupo de lo demás", esto es negar la comunión. Ambas cosas son el fruto de la voluntad propia. Notemos de paso, que la Cena no es la Cena del Salvador, sino la del Señor, de Aquel cuya autoridad reconocemos, al cual debemos estricta obediencia, porque somos suyos, habiendo sido rescatados a alto precio (1 Pedro 1: 18, 19 "sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.").

        En un lugar, ciudad o pueblo, donde hay cristianos reunidos en varias denominaciones o sectas, aquellos que se separan de todo mal, tanto moral como doctrinal (tras haberse examinado a sí mismos), para ser fieles al Señor, ¿formarán, acaso, la Iglesia de Dios en aquel lugar? ¡De ninguna manera! La iglesia en determinado lugar se compone de todos los verdaderos hijos de Dios -conocidos o no- que viven allí; pero aquellos que se reúnen según la Palabra hacia el solo Nombre de Jesús, representan a esta iglesia local y también a la Iglesia universal, porque el cuerpo de Cristo es UNO (véase 1 Corintios 12:13; Efesios 4:4). En vez de creerse los únicos que forman la Asamblea de Dios en su localidad, cada vez que están reunidos alrededor de la Mesa del Señor, ellos ven a la Iglesia local y universal expresada por el solo pan mencionado en 1 Corintios 10:17; abarcando en sus pensamientos y corazones a todos los verdaderos creyentes ausentes, siendo afligidos al no poder estar en comunión con todos ellos. Es únicamente de este modo como podemos realizar la preciosa verdad de la unidad del cuerpo de Cristo en medio de la ruina actual de la cristiandad responsable, en contraste con las "iglesias" o sociedades independientes las unas de las otras, y congregadas de modo opuesto a las enseñanzas uniformes de la Palabra de Dios.

        El deseo de ser fieles al Señor ha de ser más precioso para el corazón del redimido que el placer de poder confraternizar con todos los hijos de Dios sin distinción alguna y esto no le impide amarlos a todos. El estar separados es un motivo de sufrimiento, pero si es para obedecer al Señor, el pensar que se tiene Su aprobación y el gozo de Su presencia nos infunde ánimo. Si invocamos el nombre del Señor -lo cual implica reconocer en todo su autoridad, su señorío-, debemos guardar toda su Palabra y no negar su solo nombre, el del Santo y del Verdadero (Apocalipsis 3:7). Hemos de aceptar incluso ser incomprendidos por nuestros propios hermanos. ¿Quién fue menos comprendido que el Señor? Podemos estar satisfechos si somos comprendidos por Él.

        Obedecer en primer lugar y luego gozar ha de ser la norma del creyente: en vez de buscar el gozo fraternal a expensas de la verdad. El Señor tomará en cuenta el sufrimiento provocado ante la imposibilidad de andar, sin distinción alguna, con todos los hijos de Dios.

        Dice al apóstol Juan. "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos." (1 Juan 5:2). Mientras que muchos dicen: "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando andamos todos juntos, poco importa la manera en que interpretan la Palabra de Dios y el valor que le dan, ya que somos todos hermanos y que estaremos todos juntos en el cielo." No se puede separar el amor de la obediencia a la Palabra de Dios, a sus mandamientos. Dicha obediencia será la manifestación del verdadero amor para con Dios y para con sus hijos (véase Juan 14: 21-23).

        Tenemos que amar a todos nuestros hermanos; el amor fraternal no tiene límite, pero existe un verdadero padecimiento en no poder manifestarlo al andar con todos ellos (el amor fraternal y la comunión son, pues, dos cosas distintas aunque no opuestas).

        Hemos de humillarnos ante el actual estado de división y de desobediencia y tomar nuestra parte en esa ruina de la iglesia y dela división de tantos hijos de Dios, porque todos, al nacer de nuevo, forman parte del cuerpo de Cristo, de esta Asamblea una e indivisible en cuanto a su posición ante Dios; esto nos guardará del orgullo espiritual al cual estamos fácilmente expuestos si nos aislamos en nuestros pensamientos y en nuestros corazones.

        ¡El Señor nos conceda a todos el andar en la verdad durante el breve período que nos separa de Su venida, cada día más próxima!

S.P.

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1953, No.5.-

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