VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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«HACIA ÉL, FUERA DEL CAMPAMENTO...»

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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

JND = Traducción textual de la Biblia Inglesa de  J. N. Darby.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024,  Lansing, MI 48909 USA)

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

TA = Biblia Torres Amat

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

«Hacia Él, fuera del campamento…»

 

 

Resumen de reuniones de estudio sobre Hebreos 13: 13-14; 2 Timoteo 2: 19-22; 1 Juan 5: 1-5; 1 Crónicas 13: 6-11; 1 Crónicas 15: 2-26 y Jeremías 15.-

 

 

El tema propuesto hoy para nuestra meditación interesa en un alto grado a nuestra vida práctica individual y a la vida práctica de las asambleas. Estamos en medio de la Cristiandad, de la que formamos parte; sería erróneo creer, por una parte, que estamos fuera de ella, y por otra, que no hay más hijos de Dios que aquellos que se reúnen con nosotros alrededor del Señor. Conviene recordar que !a Iglesia está integrada por todos cuantos han nacido de nuevo, en quienes han obrado la Palabra y el Espíritu de Dios, y están así colo­cados en una nueva posición delante de Dios, conociéndole como Padre. Hay hijos de Dios dispersos en este mundo, en múltiples de­nominaciones cristianas, y con ellos se hallan muchas otras personas que llevan tal vez el nombre de Cristo, pero que no tienen más que una profesión cristiana; conviene, en efecto, distinguir en la cris­tiandad entre la mera profesión sin la vida y la profesión que va acompañada de la vida. No hay medio o ambiente cristiano - ni siquiera el testimonio constituido por la gracia de Dios - que pueda imaginarse que solamente él agrupe a todos los hijos de Dios, es decir, los que poseen la vida de Dios. Nuestros corazones deben ser, pues, lo suficiente amplios para abarcar en nuestros afectos a todos cuantos estamos unidos por lazos indestructibles, a todos cuántos tienen el mismo Salvador y han recibido un solo y mismo Espíritu, y esto cualquiera que sea el grado de su conocimiento y de su desarrollo espiritual.

Puede ser que muchos creyentes en las denominaciones cristianas estén poco adelantados en el conocimiento de la verdad, que sólo conozcan las verdades de la salvación, que - tal vez - no gozan de su salvación; pero no dejan de ser, por eso, hijos de Dios. Y cuando el primer día de la semana, partimos el pan a la mesa del Señor, nos alegra pensar en la multitud de creyentes dispersos así, los cua­les integran el solo cuerpo del cual nos habla el pan que está sobre la mesa. ¡Guardémonos de cualquier espíritu sectario! ¡Amemos a los hijos de Dios dondequiera se hallen! Puede haber, y existen, grados en la comunión; sin embargo, que entiendan nuestros cora­zones que somos una misma familia, que

 

¡El Espíritu Santo, el Hijo, el Padre,

nuestra fe, todo es común!

 

Pero existe otro escollo: el de dejarnos llevar por los sentimien­tos de nuestro corazón - incluso si estos sentimientos, insuficiente­mente controlados por la verdad, nos inducen a perder de vista las verdades referentes al testimonio, la posición en la cual la gracia de Dios nos ha colocado en esta tierra y todo cuanto se deriva de dicha posición de testimonio. Esta nos es dada por pura gracia, y haga Dios que nuestros corazones estén preservados de enorgullecemos por la porción que nos ha sido concedida de este modo.

En esto no hay la menor gloria ni el menor mérito para nosotros: no somos mejores que los demás. Por el contrario, puede haber cristianos mucho menos adelantados en el conocimiento de la verdad y que, sin embargo, manifiestan mucha más piedad que nosotros. Guardémonos de todo pensamiento orgulloso, pero tengamos aprecio a las verdades referentes al testimonio y a la posición del testimonio; es la gracia de Dios que nos invita a ello; que la marcha, individual y colectiva corresponda a semejante posición.

Pero, ¿cómo mantener, en la vida práctica personal y en la vida de asamblea, relaciones según Dios con creyentes que nos rodean y que forman parte de tal o cual denominación cristiana? Ambos escollos están delante de nosotros: por una parte faltar de amor según Dios para ellos; y por otra, manifestar en nuestra marcha una am­plitud de vista que no correspondería a la enseñanza de la Palabra. En este último supuesto, perderíamos de vista la posición de separa­ción en la cual hemos sido colocados, por la gracia de Dios, y que es según Dios y según las enseñanzas de su Palabra.

Estos pensamientos han sido condensados en una expresión, cita­da a menudo: «el creyente debe andar en un sendero estrecho con un corazón ancho.» Este es el principio que define nuestra relación con los creyentes de todas las denominaciones cristianas. Pero hace falta aplicar el principio, y allí es donde surgen las dificultades dia­rias, donde precisamos sabiduría y discernimiento espiritual; nece­sitamos ser dependientes, guardados y conducidos.

Conviene recordar, en primer lugar, que la Iglesia ha sido formada después del descenso del Espíritu Santo y por este mismo des­censo; no empezó antes de que el Señor estuviese presente como hombre a la diestra de Dios, y esto vincula la Iglesia a un Cristo celestial.

Es la base de todas las verdades que caracterizan a la Iglesia: la Iglesia es celestial y por haber olvidado de guardar esto en su corazón, vino a tomar un aspecto y un carácter terrenales.

En el principio de la Iglesia, ellos eran un pequeño número, teniendo las características de la belleza moral de la misma. Y si queremos percatarnos realmente de lo que la situación actual es, y sacar las consecuencias de ello, precisamos nada menos que volver a este prin­cipio de la historia de la Iglesia tal como nos lo describen los pri­meros capítulos del libro de los Hechos. Nada mejor para demostrar la decadencia. Quienes la integraban en aquel momento eran - en conjunto - judíos convertidos en cristianos. Sabemos asimismo que, durante cierto tiempo hubo cristianos que practicaban a la vez el judaísmo y el cristianismo, y que hasta unos doctores enseñaban que era preciso guardar el judaísmo. Por eso, tenemos en Hebreos 13 esta exhortación: "Salgamos, pues, a él, fuera del campamento" (Hebreos 13:13); mas dicha exhortación no sólo se dirige a los cristianos de origen judío, porque la historia de la Iglesia, desde su origen, muestra claramente - y eso en demasía, por desgracia - que se ha formado allí un cam­pamento. De este modo, el llamamiento va dirigido a los fieles tanto en el tiempo actual como en otros tiempos, para animarles a salir del campamento.

Porque se ha formado un campamento también en la Iglesia, y no es el campamento judío, sino el cristiano; y la expresión, no lo olvidemos, tiene ante todo un alcance religioso más bien que mundano, aunque ambos estén estrechamente vinculados. Al correr los siglos hubo fieles que salieron de ese campamento de una forma individual, pero debe ser difícil, históricamente hablando, hallar una respuesta colec­tiva a la voz 'salir del campamento', hasta la respuesta que Dios produjo en el siglo pasado (el autor se refiere al siglo 19).

Hubo en aquel entonces, una respuesta colectiva caracterizando a un grupo de testigos bien definidos, tanto en lo que respecta a la historia como a las Escrituras; un grupo de cristianos que 'tenien­do oídos para oír lo que el Espíritu decía', realizaron colectivamen­te, lo que es salir "fuera del campamento." Esto fue el despertamiento que el Señor suscitó en el siglo pasado (siglo 19), del cual ningún hermano ni herma­na debieran ignorar su alcance. Es difícil admitir que un herma­no o una hermana pueda declarar que ama al Señor si no se inte­resa por el testimonio que Él mismo produjo, toda vez que la pre­sencia actual de este hermano o hermana en la asamblea es, en su aspecto exterior, la continuación de este testimonio. En el mundo vemos, tanto en las naciones como en las familias, una diligencia persistente para investigar los hechos notables de su linaje o de su país. Una nación no subsiste prácticamente sin esto. Ahora bien, un hecho - que puede ser - doloroso situar ante nuestra meditación, es que nosotros, cristianos que formamos en las filas del testimonio, no mostramos el mismo ardor (que en el fondo no es otra cosa que el fervor afectivo) para saber lo que el Señor ha hecho relativo a este testimonio, y saber por consiguiente también, cuál es nuestra posición en él, en los días que vivimos.

Un estudio diligente de todo esto, tendría por efecto producir un estímulo en sondear el intento del Señor en la Escritura y para considerar lo que Él obró en los tiempos que nos precedieron. Y todo esto redundaría, no solamente en provecho personal, sino que alcan­zaría al testimonio entero.

Otro pensamiento íntimamente ligado a esto, y que es una ver­dad que corre a través de toda la Escritura, es que somos ante Dios, y ante el Señor, responsables no solamente en lo que nosotros reali­zamos de un verdadero cristianismo, sino también de la posición que ocupamos exteriormente. Un hermano, una hermana - y aunque en otro grado - cualquiera que siga con fidelidad las reuniones, es responsable de la posición que ocupa en el testimonio; es más responsable que aquél que no vivió ni tuvo noticia de la existencia de éste, pues seremos juzgados según la posición exterior que tomemos; aun en el caso del "siervo malvado" como está escrito: este es llama­do "siervo" y sin embargo, era un incrédulo, mas será juzgado como siervo, pues exteriormente tuvo esta posición y pretendió serlo: «Tú apelaste a Mi nombre como siendo este el nombre de tu señor, ¡así también serás juzgado de acuerdo con la posición que tú mismo reivindicaste!» Se trata de un principio universal. Por consecuencia, amados hermanos, somos responsables según la posición que ocupamos; so­mos descendientes de los que nos instruyeron, por lo cual somos también responsables de saber lo que nos enseñaron, pues esto no es una cosa que ha brotado en este mismo instante como fruto de una revelación cualquiera que nos haya sido dada. ¡En modo algu­no! Ellos (los conductores) nos instruyeron haciéndonos remontar hasta el punto donde el mismo Señor les había llevado; es decir, a "lo que era desde el principio".

Si algunos pretenden que el cristianismo envejece y que el testi­monio asimismo envejece también, recordemos que este no tiene aún ciento cincuenta años (estas líneas fueron escritas durante el siglo 20) y que las verdades del testimonio según el Señor, se acercan a los dos mil años, sin que por ello hayan perdido ni su vigor ni la lozanía de los primeros tiempos.

 

El pueblo de Israel es llamado "el campamento" y esta expresión co­rresponde a la posición del pueblo ordenado como un ejército alre­dedor del tabernáculo; este carácter de Israel permaneció de hecho hasta la cruz, pero moralmente finalizó allí. Sabemos, sin embargo, que aún prosiguió por un poco de tiempo en virtud de la interce­sión del Señor en la cruz, pero, de una forma efectiva, este carácter cesó de existir como reconocido de Dios, cuando Esteban - el protomártir - fue lapidado. Rechazado el testimonio de Esteban por Israel, éste fue dejado de lado y desde entonces las verdades con­cernientes a la Asamblea - esta Asamblea que tuvo su origen visi­ble el día de Pentecostés - fueron plenamente reveladas por el mi­nisterio de Pablo. Desde entonces dejó de ser "el campamento" un testimonio de Dios en la tierra, ya que no se trataría en lo sucesivo de un pue­blo reunido alrededor del tabernáculo con sus ceremonias exteriores, sino que serían las almas que se congregarían en torno a Cristo; se trata de un pastor que reúne su rebaño, es cuestión de una reunión por el poder del Espíritu de Dios. Así, el pensamiento de Dios queda de­finido por estas palabras: "Salgamos, pues, a él, fuera del campamento." En el dominio cristiano el hombre ha establecido "el campamento" cuando Dios precisamente había puesto de lado todo lo que carac­teriza este "campamento", estableciendo en lugar de él, un orden de cosas enteramente nuevo; a saber: la reunión por el poder del Espíritu. Este campamento, que el hombre ha establecido en el cristianismo, es un mundo religioso, un dominio, en el cual uno entra por ceremonias exteriores, por una profesión de fe; un dominio del cual se puede for­mar parte sin tener el nuevo nacimiento - o sea, sin la vida divina en el alma - y en donde convertidos e inconversos ocupan el mis­mo rango. He aquí lo que caracteriza el campamento actualmente.

La llamada de Hebreos 13:13 resonó de un modo particular hace ya más de un siglo, y los que nos precedieron salie­ron "a Él, fuera del campamento." Sería necesario pensar cuáles pudieron ser los ejercicios que les movieron para realizar la posición de sepa­ración a la cual algunas veces concedemos tan poco valor. El Espíritu de Dios trabajó para moverles a salir hacia Cristo fuera del "campamento". Es cierto que hubo combates, rupturas y dolores, pero cuando el poder del Espíritu obra, Él permite sobrepasar todo lo que el corazón puede sentir y la fidelidad a Cristo ocupa el primer lugar. Porque el pensa­miento de Dios es que los Suyos sean testigos en el mundo y que todos los que poseen la vida divina salgan hacia Cristo fuera del campamento llevando Su vituperio.

Cuando decimos que sería provechoso que los hermanos y her­manas consideren de cerca cuál ha sido el trabajo del Señor en las generaciones originarias del testimonio en particular, no nos apar­tamos de las Escrituras en ello, porque el espíritu general de las mismas confirma lo antedicho y este mismo capítulo que considera­mos nos habla de nuestros conductores, la fe de los cuales debemos imitar; deseamos, pues, que el examen de lo que fue la iniciación del testimonio sea el ejercicio de muchos. Remarcamos que el mandato de salir del campamento - o campamento religioso -, así como expresiones aná­logas, no son en sí mismas expresiones doctrinales, sino más bien llamamientos que el Espíritu dirige al corazón y a la conciencia, para que la marcha responda a una doctrina fundamental ya de antemano recibida, es a saber: "la doctrina de Cristo" (Romanos 6:17; 2 Juan 9) y la forma en que uno responde, o no, a esta doctrina revela el verdadero estado de corazón en el preciso momento en que se enfrenta con ella. Muchos cristianos oyeron y han oído el grito 'salgamos fuera del campamento', grito que algunos fieles lanzaron, no sim­plemente desarrollándola, sino andando en ella, es decir, siguiendo la doctrina que habían conocido (es el llamamiento vivido). ¿Por qué en aquellos momentos todos los creyentes - y los hay extremada­mente piadosos y consagrados en numerosos medios del testimonio - no siguieron una llamada que no es de hombre ni hacia hombre? Porque la llamada es: 'salgamos hacia Cristo fuera del campamento'. ¿Por qué no salieron? Dios lo sabe. Así es en todas las generaciones, y esto de muchas maneras; uno recibe con provecho una palabra, un llamamiento, una exhortación, una enseñanza, y sobre otro la misma palabra pasa sin efecto alguno, lo cual es revelador del estado de alma del uno y del otro.

Podemos aún remarcar que si los que nos precedieron escucharon la invitación a salir fuera del campamento, tal vez sea necesario lanzar hoy un llamamiento invitando a velar para no volver al mismo campamento.

Resalta aún lo que otras veces se ha dicho, y esto es, que en la misma epístola donde encontramos el llamamiento a salir "fuera del campamento", está escrito: "Entrar en el Lugar Santísimo" (Hebreos 10:19); lo cual es en sí el fundamental y doble carácter de la posición de todo verdadero creyen­te. Entrar en el mismo cielo y permanecer allí es un privilegio común a todos los rescatados, pero es imposible realizar esta entrada y esta permanencia en el Lugar Santísimo celestial - con todo lo que esto implica - si uno no salió antes del campamento; e inversamente, la necesidad de salir fuera del campamento religioso no se hace sentir en uno que ve su lugar dentro del Lugar Santísimo.

En ambos casos (tanto en el salir como en el entrar) se trata de encontrar a Cristo. El gozo del Lugar Santísimo y la posición fuera del campamento se tocan; y esto es una verdad en extremo importante para la vida moral y la espiritual, no solamente de los individuos, sino de las asambleas.

Nuestra posición está ligada al hecho que, por una parte, Cristo rechazado por el campamento religioso padeció fuera de la puerta Hebreos 13:12), y que, por otra parte, Él entró en el Lugar Santísimo celestial por nosotros, habién­donos adquirido una eterna redención y ahora la posición del creyente se desprende del gran hecho de que él es llamado a salir fuera del campamento y a entrar dentro del Lugar Santísimo. El lado celestial del cristianismo es en extremo importante y puede decirse que no es demasiado conocido en el campamento religioso, por no decir que es enteramente desconocido.

Puede que en el campamento religioso haya bellas apariencias, un hermoso cristianismo terrenal; la Palabra de Dios no es rechazada, se acepta en numerosos puntos, mas el gozo y el conocimiento de la posición celestial del creyente, de la posición celestial de la asamblea y de todo lo que se desprende de una tal posición, son prácticamente ignorados. Estas cosas tan importantes que la Palabra nos revela son las que el creyente es invitado, más bien dicho, llamado a apropiar­se, saliendo hacia el Señor, fuera del campamento.

Es un hecho que la formación del cristiano depende del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, los cuales agrupan creyentes a en­contrar así su vida espiritual en lugares celestiales. Es necesario re­cordar esto de un modo especial en el día de hoy a las asambleas, porque la tendencia universal, producto de la flaqueza, es de no pen­sar en otra cosa que en un cristianismo terrenal; a lo que hacemos en la tierra; en lo único que se piensa es en el servicio terrenal; cierto, hay un servicio terrenal, pero no es el primero a realizar, pues el celestial es la fuente de todo.

 

El hecho de salir hacia Él, fuera del campamento, es evidente que conduce al lugar donde ha prometido Su presencia. De ahí proviene la impor­tancia de esta maravillosa porción de la Palabra y que precisamente cobró particular relieve en el siglo 19 con una fuerza tal, que cambió el rumbo de muchos pensamientos. "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos." (Mateo 18:20). El mundo, o campamento religioso, no podía perdonar a nuestros conduc­tores de realizarla en su integridad, y ellos debieron responder: «¿No os dais cuenta que esta palabra es válida para todos los tiempos, por grande que sea la ruina?» El testimonio de los últimos días no tiene pretensión eclesiástica alguna, pero se caracteriza por la búsqueda y el descubrimiento de Cristo cuando todo está en ruina.

El campamento ha sido un conjunto de cosas judío, instituido por Dios - es necesario insistir en ello - para poner al hombre a prueba, para mostrar si el pueblo judío - una clase de hombres elegidos, cuidados y rodeados de privilegios, de los cuales Dios se ocupa de manera especial en medio del mundo - llevaría frutos.

Dios quería, al darles tan inmensos privilegios (los profetas y la Palabra) mostrar si del hombre era posible esperar algún bien. Allí estaban los sacerdotes, por lo cual había unas relaciones establecidas entre el pueblo y Dios. Había allí instrucciones divinas; indirectas e incompletas, lo cual queda demostrado por el hecho de que el velo no estaba aún rasgado, pero a pesar de eso los judíos tenían rela­ciones con Dios y en esto eran únicos entre las demás naciones. Todo esto era una puesta a prueba; en la cruz todo quedó definiti­vamente liquidado, Dios no habla más de ello desde entonces.

Ahora bien, la grave pretensión del campamento cristiano, su grave pecado, sea cual sea el grado que presenta - y esto puede hallarse aun en una asamblea si ella toma el carácter del campamento y olvida lo que ella es a los ojos de Dios -, su grave pecado es, pues, el siguiente: haber olvidado que tanto el mundo religioso como el mundo en su generalidad ha sido moralmente juzgado y esto de for­ma definitiva en la cruz del calvario; su grave pecado es el haber restablecido bajo etiqueta cristiana lo que Dios había dicho: ¡Basta! Es una ofensa a Dios que está permanentemente ante sus ojos. Es una ofensa que los testigos suscitados por el Señor han sentido y a propósito de la cual han llevado duelo toda la vida. ¿Dónde está el camino - han preguntado - a la faz de este ultraje constituido por el hecho de restablecer una cosa que Dios ha condenado y de dejar y hacer creer, de una forma más grave que Caín, que alguien pueda hacer algo cuando Él ha dicho que nadie puede nada? ¿Dónde está el camino para ser agradable al Señor? El camino, amados herma­nos, era de abandonar todo eso; y hoy continúa siendo el único y mismo camino.

Todas las veces que, tanto en una asamblea como en la vida per­sonal del creyente, en las relaciones entre creyentes o entre asam­bleas, todas las veces que en el testimonio hagamos algo que tienda a conferir algún crédito y de estimar que el hombre en sí mismo posee aptitudes para producir fruto agradable a Dios, no hacemos otra cosa que tomar del espíritu del campamento, del espíritu de la religión de la carne, que en el fondo es el espíritu de Caín y todo esto va muy lejos. De lo que el hombre puede dar, Dios ya tiene bastante y el creyente fiel también debe tener bastante.

Cuidemos de que nuestro afecto para los hijos de Dios que pueden hallarse en el "campamento" no nos induzca a perder de vista el verdadero carácter del campamento, y lo que éste representa a los ojos de Dios.

 

Nunca insistiremos lo suficiente sobre la doble acción de la Pala­bra y del Espíritu. Ambos van a la par, no sólo para traer la vida nue­va, sino también para formar al creyente, instruirle, enseñarle. Van a la par en la asamblea. ¿Es conservado este aspecto en la cristiandad? Desde luego, no queremos decir que el Espíritu no está obrando en el campamento. La Escritura nos enseña que "el Espíritu sopla donde quiere" (Juan 3:8 - BTX), pero ¿existe en el campamento el reconocimiento del Espíri­tu, de la dependencia del Espíritu en todo cuanto regula la vida de la reunión? Por el contrario, ¿no hay allí el servicio del hombre, servi­cio a menudo preparado, organizado de antemano según ritos recono­cidos, un orden de cosas arreglado de tal manera que, efectivamente, no existe allí la libre acción del Espíritu, la que sólo puede producir en la reunión, por medio de la Palabra, edificación, exhortación y con­solación según las mismas enseñanzas de dicha Palabra? Es otra de las características del campamento que no conviene perder de vista.

El hecho de que Dios ya hubiese tenido el pensamiento de tener un testi­monio aparte desde el principio de la existencia del campamento de Israel, pero donde el pueblo había quebrantado ya el pacto, nos lo muestra Éxodo 33: Moisés levanta la tienda "fuera del campamento, lejos del campamento." Los fieles que toman en serio la gloria de Jehová salen hacia la tienda y el testimonio que así dan es visible y debe serlo para todos cuantos están aún en el campamento (Éxodo 33:7) "Y Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión. Y cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento." Jehová selló el acto de Moisés, la gloria de Jehová vino y la nube descendió sobre el Tabernáculo de Reunión.

El final de este párrafo de Éxodo 33 nos presenta dos importantes verdades que conviene recordar también: Josué, que representa el poder del Espíritu de Cristo, no salía del interior de la tienda (Éxodo 33:11). Este es el lugar del fiel, o creyente. Pero Moisés volvía al campamento. ¿Cabe pensar que Moisés volvía al campamento porque había conservado el espíritu del mismo tras haber levantado el Tabernáculo de Reunión? Es imposible. Moisés volvía al campamento por cuanto tenía que realizar un servi­cio en el mismo.

Si un siervo tiene, en efecto, un servicio que cumplir de parte de Dios, puede entrar en el campamento y trabajar en el mismo en la medida en que el Señor le llama a ir allí; pero, desde luego, guarda­do, preservado del espíritu del campamento, separado del campamen­to, como Moisés lo era de hecho. Sin embargo, subrayamos que exis­te un gran peligro para los hermanos recién convertidos o jóvenes que desean servir al Señor, yendo al campamento. Hemos recordado que debemos andar en un camino estrecho con un corazón ancho; todo esto lo hallamos en este versículo 13 de Hebreos 13: "Salgamos, pues, a él, fuera del campamento", esto es el camino estrecho; "llevando su vituperio", esto es el hecho de un corazón ancho; el Señor Jesús estaba en el vituperio con un corazón ancho. "Porque de tal manera amó Dios al mundo..." He aquí el amplio corazón del Hijo de Dios. Todo lo cual debe ser verdaderamente llevado a la práctica con el poder que podemos hallar, no en nosotros, pues no existe, sino en el Espíritu Santo que está en nosotros.

 

El campamento conviene muy bien a la carne, ella está a gusto allí porque la carne no sólo es mundana, sino también religiosamente mundana. La carne se acomoda muy bien al campamento por cuan­to éste no significa su muerte. Mientras que el cristianismo de Dios - el testimonio del Señor por consiguiente - está fundado sobre el hecho de que la carne está muerta, que el viejo hombre está muerto. Dios tan sólo reconoce al nuevo hombre, vinculado al hombre resu­citado y glorificado que es Cristo, y todo tiene su fuente en Cristo. Todo cuanto es el hombre según la naturaleza, con sus pretensiones religiosas y sus capacidades o facultades naturales para servir a Dios, es puesto a muerte. Pero entonces, el nuevo hombre se relaciona con Cristo, y depende de Él. He aquí los fundamentos de la posi­ción del testimonio. Es lo que la carne no puede aguantar, según lo notamos en muchos cristianos, y también en cada uno de nosotros en diversos grados; porque estamos lejos de ser consecuentes y fie­les en cuanto a realizar nuestra posición fuera del campamento. Pero que comprendamos, por lo menos, que la posición de la asamblea, de una asamblea local, es ésta.

Se dice: «¡Pero usted que pretende haber salido del campamento, y que se mantiene fuera, usted tiene la carne dentro de sí también!» Sí, la tenemos, y la tendremos hasta el fin. Se nos dice: «usted tiene que hacerla morir.» Por supuesto, más exactamente, tenemos que hacer morir sus 'acciones' (sus miembros), aplicándoles la muerte donde Dios, El sólo, la ha colocado por la cruz; la hemos crucificado (Gálatas 5:24) por la fe en Cristo, de modo que no salimos con el pensa­miento de que la carne puede algo. Sabemos que ella nada puede, no en virtud de un razonamiento, sino porque Dios lo ha dicho. Deja­mos bien sentada esta verdad fundamental de que la carne delante de Dios y para la fe debe considerarse como absolutamente inca­paz, tanto religiosamente como de otro modo, y que todo cuanto tiende a darle importancia, todo cuanto dejaría entender o suponer que tiene algún valor a los ojos de Dios, nosotros lo consideramos como falso y procediendo del enemigo. Esto es lo que - por lo menos - tendríamos que conservar como verdad básica, y si la guardamos en nuestro corazón, Dios nos ayudará a realizar prácticamente este apartamiento del hombre a quien tanto le gusta tener una apariencia religiosa, y edificar toda clase de cosas extrañas a la mente de Dios. Lo notamos al enterarnos de la historia de la Iglesia profesante.

Nuestros predecesores no tuvieron que hacer su testamento, no tuvieron iglesias que legar; han servido al Señor hasta la muerte. Nada visible dejaron, salvo lo que el Señor ha producido por su trabajo, hombres con corazones adheridos a Cristo; pero este fruto era para Cristo, y no para los hombres; no tuvieron un rebaño, ni una iglesia propia. En el campamento, hay iglesias, rebaños de fulano; fuera del campamento, no hay nada de eso, tan sólo existe Cristo. Es una inmensa diferencia moral y, digámoslo claramente, una fuente de felicidad sin par. Cuanto más es apartado el hombre - religiosa y colectivamente hablando - tanto más bendice Dios, tanto más feli­ces son los santos.

 

Detengámonos para considerar lo que significa esta expresión: "llevando su vituperio". En relación con lo anteriormente dicho, es este testimonio del Señor - y en todas las épocas, la fidelidad de los individuos y de los cuerpos de cristianos ha sido vinculada al desprecio de parte del campamento. En éste no hay vituperio; los judíos se han vanagloriado de que su religión era la primera del mundo; era la primera, desde luego, y esta primera religión del mundo ha constituido un sólido cuerpo de fariseos, y este sólido cuerpo de fariseos ha sido el primero, el más constante enemigo de Dios.

Allí donde se ejerce la fe y la fidelidad, habrá vituperio para los creyentes. Es un privilegio, el vituperio de Cristo (Hebreos 11:26) y al mismo tiempo Dios se sirve del mismo para mantenerlos hu­mildes y pequeños, pequeños de hecho y pequeños a sus propios ojos. Es una gracia inmensa cuando Dios hace penetrar verdade­ramente en nuestros corazones, nuestras conciencias y nuestros espí­ritus, la convicción de que nada somos; es uno de los mayores dones de gracia que Dios pueda hacernos; es lo que nos falta hoy día en las asambleas.

Por otra parte, existe un hecho comprobado, y es que el testimonio - allí donde ha sido fiel - ha sido siempre puesto fuera del mundo. Se ha mantenido aparte del mundo, y el mundo ha hecho otro tanto y lo hará siempre.

Hay un vituperio ligado al hombre de Cristo, doquier donde dicho nombre se lleva; nada podemos en contra de ello, es un hecho absoluto; allí donde se ama y busca a Jesús, hay el vituperio de parte del mundo, sea éste religioso o no.

Mientras que el campamento es reconocido prácticamente de modo oficial en el mundo; tiene un lugar en el mundo. Recordemos, por lo con­trario, la expresión de Hechos 28:22: "porque de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella." Lo que llamaban "esta secta" era el testimonio en los días de Pablo, con todas las características que presentaba entonces, y el vituperio era conocido y probado en mucha mayor escala de lo que lo es hoy en día.

Pero el creyente, individualmente, no pierde nada por amar al Señor y seguirle. Es un tesoro mayor que las riquezas de Egipto. En Juan 14 se dice: "Si alguno me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada con él." (Juan 14:23 - BTX). Es una bendición individual. La bendición colectiva está descrita, en particular, en el Salmo 133. "Porque allí Jehová la bendición ha mandado, es a saber, la vida para siempre jamás." (Salmo 133:3 - VM).

 

Esta expresión tan sencilla, conocida de cada uno de nosotros: "Salgamos, pues, a él, fuera del campamento", de la cual podemos pedir a Dios que nos conceda medir bien su alcance, no implica el que debamos 'or­denar' a los demás: «Salid hacia Cristo.» Nada nos autoriza a emplear este lenguaje; la fe obedece a la palabra: «Salgamos.» Es un asunto de fe práctica. El por qué ciertas personas no quieren salir, sólo Dios lo sabe. Pero repetimos, que lo que debemos velar, es en no volver, ni en espíritu ni de hecho, dentro de este campamento. Una asamblea que volviera a identificarse con el "campamento" perdería su carácter de asamblea de Dios.

Mas entre tanto, el corazón abierto que todo hijo debe manifestar, le permitirá dar testimonio cerca de aquellos otros hijos de Dios que permanecen en el "campamento", porque desconocen las verdades que la ma­yoría de nosotros conocemos desde tierna edad.

 

En relación con lo antedicho, este testimonio del Señor - y en todo tiempo la fidelidad de los individuos y de congregaciones de cristianos - ha sido inseparable del menosprecio por parte del campo religioso. En el "campamento", el vituperio no existe; los judíos se jactaban y se alababan acerca de que su religión era la primera del mundo; en efecto era la primera, y esta primera religión ha constituido un sólido cuerpo de fariseos que ha sido el primero y más constante enemigo de Dios.

Donde exista el ejercicio de la fe y de la fidelidad, ello irá acompa­ñado del vituperio. El vituperio de Cristo es un privilegio (Hebreos 11: 25, 26) por el cual Dios se sirve para tenernos pequeños de hecho y ante nuestros propios ojos. Es una gracia inmensa cuando Dios hace penetrar verdaderamente en nuestros espíritus, corazones y concien­cias, la convicción de que nada somos; es uno de los más grandes dones de gracia que Dios puede hacernos partícipes; es precisamente lo que hoy nos falta en las asambleas.

Por otra parte, es un hecho sobradamente conocido que allí donde el testimonio ha sido fiel ha sido también puesto de lado en el mundo. Él se ha considerado separado del mundo, y el mundo se lo ha hecho bien sentir por su parte; esto será siempre así.

Hay un vituperio unido al nombre de Cristo, por donde quiera que este nombre es llevado; no podemos nada contra esto, pues es un hecho absoluto; allí donde Jesús es amado y buscado, existe el vituperio de parte del mundo, sea éste religioso o no. Y si decimos que no debemos forzar a otros a entrar, es decir, a hacer labor de proselitismo (pues los hermanos fieles jamás hicieron esta labor, y han escrito a menudo que no debemos hacerla), nosotros decimos tam­bién que, ayudar, instruir, explicar la posición y la marcha, es un deber de todo tiempo. Si tuviéramos más Aquilas y Priscilas - se ha repetido algunas veces - tendríamos también más Apolos.

El hecho de 'salir fuera del campamento' debería ser realizado moralmente por todo hijo de creyente que convertido, forma parte del tes­timonio; para él todo esto debería significar algo más que una simple limitación de ejemplos que pasan ante sus ojos,  aun concordando que estos ejemplos son buenos. Mas es de desear que este trabajo de con­ciencia se realice en él, pues precisamente una de las causas de la debilidad actual, depende del hecho de que la cosa, en muchos casos, no ha sido así.

Esto hace posible que una cierta tendencia a volver hacia el campamento religioso proviene del hecho de que este ejercicio no ha tenido lugar y que no se ha comprendido de una manera efectiva lo que es el "campamento" y lo que es salir 'hacia Cristo, fuera del campamento'. Cuando los ejercicios no han tenido lugar, cuando alguien se encuentra en el testimonio solamente por el hecho de haber nacido de padres que pertenecen a él y porque es nece­sario seguirles, se corre el grave riesgo de perder de vista, a la vez, el carácter del testimonio por un lado, y el del campo religioso por otro, así como la propensión de volver fácilmente al "campamento", y además cre­yendo obrar bien en ello. Para ir al "campamento" hay que tener la conciencia de un servicio a cumplir de parte del Señor, para esclarecer, ins­truir un alma y mostrarle lo que la Palabra nos enseña. Si no lo hace­mos así, corremos el peligro de dejarnos atraer y arrastrar.

En relación con esto hay otro punto muy importante a conside­rar: en todo contacto con el "campamento" y en toda actividad ejercida en su seno, lo que es peligroso y malo con toda certeza, es todo lo que puede promover el equívoco sobre el carácter del testimonio. En rela­ción con esto, todo hermano debe estar en guardia referente a su con­ducta, que ella no sea inconsecuente y se preste al equívoco, tanto por parte de los que están en el testimonio como por los que no están. Si tene­mos una posición separada y sabemos el por qué, somos volubles e infieles si hacemos algo que contribuya a oscurecer a los demás el sen­tido y el valor de esta posición.

El valor del testimonio, su sentido a los ojos del Señor, para Su corazón y para Su gloria, reside precisamente en esto: en mostrarlo prácticamente de cara a ese campamento religioso, en el cual hay cosas que Dios produce y aprueba, pero que no está instituido según las Santas Escrituras. El testimonio es esto; si no tomamos esta actitud, no tiene sentido alguno y es mejor que desaparezca. Todo equívoco con res­pecto a esto es cosa grave, y es lo que hace que los hermanos rehúsen a dar su mano en asociación práctica en cuanto al servicio para no comprometer el carácter del testimonio.

Olvidar - bajo el pretexto de tener un corazón abierto - que he­mos de mantener una posición de separación, es manifestar un amor que no es según Dios, pues este amor no va del brazo con la verdad. Obrando así haremos creer que esta posición de separación es algo que no tiene importancia y que debería quedar olvidada.

La posición de los que están en el "campamento" es, por lo demás, prácti­camente muy grave; estar en el campamento implica el hecho de dar la mano al mundo y la mano del mundo es una mano roja manchada con la san­gre de Jesús. Como decía un hermano: «Si los habitantes de una ciudad hubiesen escupido el rostro de mi padre, ¿les iría yo con zalamerías?» Esto es lo que el mundo ha hecho con Cristo, de ma­nera que la separación del mundo, sea directa o indirecta, es un asunto tanto de corazón como de conciencia. No se trata aquí de ser un sabio en el conocimiento de las Escrituras, bien que la doctrina y la enseñanza ayuden al corazón a tener la luz y a seguirla. He aquí donde fallamos, cuando mundanizamos, sea religiosamente o no. En el "campamento" se emplea - y en esto existe el peligro de que ello ser imitado den­tro del testimonio, si no tenemos cuidado - medios que Dios no puede aprobar: Dios jamás aprueba la voluntad del hombre, aunque éste se proponga (al menos en apariencia) un buen fin; podemos comprobar esta afirmación en las Escrituras.

La pregunta para nosotros es: ¿Qué es lo que Cristo quiere? ¿Dónde está Cristo? "Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto" (Juan 20:13), decía María Magdalena. Los hermanos que nos prece­dieron pudieron decir esto también. Hallaban a Cristo, pero no todo el Cristo de las Escrituras; ellos lo necesitaban íntegramente; eso es lo que necesita el creyente fiel. Necesitamos no solamente un Cristo muerto sobre la cruz, sino que nos es necesario también un Cristo viviente, un Cristo glorificado que puede volver de un momento a otro.

Es incontestable que si todos los cristianos instruidos en la ver­dad divina fueran rectos y no tuvieran otros motivos que el amor de Cristo, todos marcharían en Su camino; hay muchos que no marchan por falta de instrucción, pero si estuvieran instruidos y fuesen rectos en sus motivos todos andarían en él, pues no hay más que un camino.

Dejemos, pues, a Dios el cuidado de aclarar los motivos por los cuales hay tantos y diversos caminos; mas como decía un cristiano: «Si he hallado el camino de Cristo, no voy a buscar los caminos que se pierden en el desierto, no tengo necesidad de probarlos uno a uno.» Es necesario saber dónde estamos. Y el hecho que el Espíritu de Dios puede trabajar y obrar en el campamento religioso, no empequeñece en nada el alcance de lo que hemos dicho relativo al "campamento". Repita­mos una vez más un pensamiento recordado a menudo: El Espíritu sopla donde quiere, mas yo debo obedecer. La responsabilidad del creyente es de obedecer; si el Espíritu de Dios obra y opera en el "campamento" y frutos son producidos en consecuencia; si las almas son lle­vadas al conocimiento de la verdad gocémonos en ello y aún gocémonos si el Evangelio es predicado por espíritu de partido. El apóstol Pablo así lo hacía (Filipenses 1:18). Pero, ¿se hubiese él asociado a los que predicaban por contención?

En una escena del Antiguo Testamento podemos ver a Medad y Eldad que profetizan en el campamento - no era cuestión de prohibirles su tarea -; Moisés no podía menos que regocijarse, y sin embargo, ¿quién como Moisés separado del campamento y del espíritu del campamento? (Números 11). Cuando ellos debían estar alrededor del tabernáculo (Números 11:24), ellos habían, en cambio, perdido de vista la orden de Moisés, y no tomaron la posición de los ancianos, que era la legítima. "Y profetizaron en el campamento. Y corrió un joven y dio aviso a Moisés, y dijo: Eldad y Medad profetizan en el campamento. Entonces respondió Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés, uno de sus jóvenes, y dijo: Señor mío Moisés, impídelos", y él quería que Moisés les impidiera hablar. "Y Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos." (Números 11: 26-29). Así, nosotros, no podemos menos que regocijarnos si el Espíritu de Dios sopla en el campamento, y una obra es realizada, si vemos que hombres como Medad y Eldad obran y hay frutos manifiestos; pero esto no puede en forma alguna autorizarnos a desconocer lo que es el espí­ritu del campamento y la posición del testimonio que debemos mantener.

 

Un carácter deseable para los hermanos y hermanas, es la hu­mildad, ser vacíos de sí mismos, de los deseos y pensamientos; en esto no tenemos en vista los malos pensamientos, más sí el hecho de apetecer o ambicionar alguna cosa. Esto es mucho más sutil y tenaz, como bien sabemos unos y otros por experiencia. Todo consiste en no desear nada para sí mismo, sino esperarlo todo del Señor y no organizar nada en las asambleas. Fuera del campamento religioso - o "real" (Hebreos 13:13 - RVR1865; RVR1909) - sola­mente cuenta un poder: el Espíritu de Dios; en el "campamento" se ejerce muchos poderes: el del Espíritu que habita solamente en los cre­yentes genuinos, y el de la carne que está en todos. La carne, lo mismo tiene lugar en el "campamento" que fuera de él, pero en el "campamento" se la nutre y fuera del "campamento" se la juzga. En el campamento religioso será necesario que un hombre esté instruido y haya cursado estudios para llenar un ministerio público; si no ha pasado esta prueba es que no se somete a las disciplinas humanas, y por lo tanto no puede ministrar. Claro que Dios se ríe de las pretensiones de los hombres; Él toma a un hombre, lo califica con un don y este hombre, predica y presenta la Palabra según la cualidad divina que recibió. Pero en el campamento, son las capacidades humanas las que privan, y no solamente privan sino que son presentadas como indispensables para la obra de Dios. He aquí lo que es el campamento; y luego a dedicarse a organizar esto y a fundar lo otro.

Que hayan desfallecimientos y que existan otros poderes aparte del Espíritu que obran fuera del campamento es, por desgracia, demasiado cierto, pero solamente uno es reconocido: el poder del Espíritu Santo. Cuando el Señor dota a hermanos y hermanas de esta autoridad, de este poder espiritual, desgraciado de aquel que no lo reconoce. Al mismo tiempo existe el peligro de que la carne se mezcle en todo esto; ay de aquel que alimentara su propia carne en vez de combatirla. Combatir nuestra carne fuera del campamento, he aquí lo que debemos y deberemos hacer hasta el fin; pero el terreno debe ser ese: hacer morir la carne y ser dependientes del Señor y del Espíritu Santo.

Cuando decaemos, es decir, cuando el Espíritu Santo obra con menos fuerza porque la carne no es juzgada como debe serlo, los carac­teres del campamento reaparecen y lo que condenamos como principio en su origen, corre el riesgo de reaparecer como principio y no como mero accidente.

Las tendencias a querer organizar, edificar algo que el Señor no edifica, pueden reaparecer. Que el Señor nos conceda tanto a jóvenes como a personas maduras, el darse cuenta en ello.

No admitamos nada que no tenga los caracteres propios de la asamblea de Dios, sea enseñanza, sea actividad (aparte del servicio individual en favor de los hombres). En consonancia con su servicio, un hermano evangelista trabaja para edificar la asamblea, pues es un instrumento por el cual las almas son añadidas a la misma; si hace otra cosa ajena a este servicio, obra mal. Debemos velar de cerca sobre todo lo que germina en el sentido, tendencias de las cuales venimos hablando.

La Iglesia debería ser - y el testimonio, podemos bien decir, que ha sido y debería ser ahora también - el vaso del poderoso desplie­gue de la gracia y del poder del Espíritu Santo y nada más. Sin duda alguna el Señor se sirve de un hermano o de una hermana; un her­mano posee más capacidad que otro, pero las capacidades que posee son las capacidades del vaso. El vaso es lo que en sí es, pero para que pueda ser empleado por el Espíritu, es necesario que Dios lo que­brante primero. Ciertos hermanos, por sus capacidades naturales han estado a una altura muy superior a la media de los demás hombres. Dios ha empezado en ellos un quebrantamiento que ha completado hasta el fin. La capacidad permanecía pero la voluntad quedaba - en lo que tiene de propia - eliminada y así podían servir "fuera del campamento." Por otra parte, ya sea que se trate de un servicio individual o en la asam­blea, este no puede realizarse de otro modo que en la constante depen­dencia del Espíritu Santo y en una vida de fe; todo esto es incompatible con el espíritu de organización que, de hecho, constituye la negación de la obra del Espíritu de Dios y de la obra de la fe que espera en Dios y sólo de Dios, cada día, las directrices para el ser­vicio a cumplir, sea en la asamblea, sea en el mundo.

Esto abarca, todos los puntos de la vida y de la actividad. Un hecho digno de notar es que los apóstoles - y los hermanos que nos precedieron, en su medida - no dejaron ninguna herencia rela­tiva a sí mismos. Obras de caridad organizadas, no las vemos; no hallamos de ellas la menor traza, lo cual es bien notable. Por otra parte vemos al Señor que, salvo los que él iba hallando en su camino, no se ocupó en sanar los males de la humanidad doliente. Jamás animó a sus discípulos a fundar obras filantrópicas. Y bien, la Iglesia ha dejado este camino, lo ha abandonado. Cuando la fe pierde vigor, el poder espiritual es reemplazado por buenas actividades des­tinadas al alivio de la humanidad.

No es que en sí estas obras sean malas, pero no son propiamente el testimonio cristiano. Que cada creyente es llamado a dar alivio a la miseria que existe a su alrededor, en la medida de lo posible, es una cosa evidente, pero debe ser hecho para la gloria de Dios, pues de lo contrario, será hecho para la gloria del hombre.

Un creyente de los que nos precedieron, decía incluso esto (y era en tiempos cuando se luchaba por la abolición de la esclavitud): «Si la Iglesia se ocupara de estos asuntos de la esclavitud, manifes­taría el espíritu del mundo.» Esto no quiere decir que no deseemos el alivio de las penas de esta vida, pero el diablo puede servirse de esto para cerrar los ojos de los hombres a una cosa mucho más te­rrible que la enfermedad, la pobreza y la esclavitud, es a saber: ser lanzado en el infierno.

Leamos en el libro de los Hechos, consideremos el carácter del servicio tal como nos es presentado y busquemos alguna justificación de lo que vemos desarrollarse en el día de hoy a nuestro alrededor; no hallaremos absolutamente nada. Consideremos la manera cómo servía un apóstol, Pablo por ejemplo, sigámosle a lo largo de todo su servicio: va a Filipos, donde permanece varios días y el Señor le da la ocasión de anunciar el evangelio, ¡y de qué forma! Va a Corinto y construye tiendas, trabaja con sus propias manos y disputa en la sinagoga. Se traslada a Éfeso, y allí les es impedido servirse de la sinagoga, pero enseña en la escuela de Tiranno. En todos los lugares es el Espíritu del Señor quien le guía. Su vida es una vida de fe y dependencia diaria; nada hay en ella que llame la atención de los hombres, nada que haga ostentación de una manera que sirva para seducir los corazones; todo está hecho con temor y temblor. Sabe aprovechar la ocasión sin provocarla, pero tiene la seguridad de que Dios proveerá en el momento oportuno. De manera que es cosa bien manifiesta que el trabajo del apóstol ha sido el trabajo de Dios; que es la obra es del Señor; hay frutos de los cuales el libro de los Hechos nos dice cuáles son. Es precisamente esto lo que tenemos necesidad de realizar. Hemos llegado a un tiempo donde se busca realizar grandes cosas y esto en todos los dominios; esto es lo que caracteriza el espíritu del mundo, y este espíritu del mundo gana partido en el mismo testimonio. Seamos pequeños, no perdamos de vista la debilidad de nuestra fe, realicemos nuestra pobreza espiritual y mar­chemos siguiendo la medida de fe que Dios nos impartió; dejemos los resultados en las manos de Dios; no son los resultados que nos­otros podríamos pensar producir los que tienen valor, sino los que Dios producirá; Él se glorificará en nuestra flaqueza, pues el poder es de Él y cuando el vaso es quebrado, entonces queda de manifiesto que el poder es de Dios y no del hombre. No busquemos lo que nues­tros corazones pueden pensar como cosa feliz o deseable, mas reten­gamos lo que Dios nos presenta en Su Palabra, dependiendo de Él, dependiendo del Espíritu, realizando cada día mejor lo que es la vida de la fe. Entonces podremos ser siervos útiles al divino Maestro.

 

Las actividades colectivas siempre tienen un alcance muy serio, porque la fe es una cosa individual y puede arrastrarse a alguien a obrar por encima de la medida de su fe haciéndole tropezar en esto. Se puede incluso llegar a persuadir a personas no convertidas, a que colaboren en un servicio determinado y esto es de una grave respon­sabilidad.

El pasaje de 2 Timoteo 2:20 establece claramente la posi­ción de separación del testimonio. No es por el hecho de que los her­manos y hermanas hayan tenido el pensamiento de reunirse fuera de las denominaciones cristianas ya existentes y de los organismos ofi­ciales religiosos que el testimonio ha quedado establecido. El pensa­miento de Dios desde el principio, ha sido siempre tener un testimo­nio, y el Espíritu Santo obra con el objeto de reunir las almas alrede­dor de Cristo; el testimonio se define entre otras cosas, en la san­tidad, la verdad y el amor, pues el Espíritu es entre otras cosas, Espíritu de santidad, Espíritu de verdad y Espíritu de amor; y "guar­dar la unidad del Espíritu" no puede realizarse si olvidamos el amor, la santidad y la verdad. Si prosiguiendo la historia de la Iglesia, el testimonio del principio ha sido manchado por la infidelidad de los testigos, sin embargo, Dios, jamás se dejó - en relación con los hombres - sin testimonio a través de los siglos. Aun a través de los días más sombríos, siempre ha tenido sus testigos.

El testimonio queda establecido en la separación. En la Segunda Epís­tola del apóstol Pablo a Timoteo 2:19, dice en primer lugar: "conoce el Señor los que son suyos". Nosotros podríamos preguntar­nos: ¿Por qué estamos separados? Hay tantos hijos de Dios que existen por doquier. ¿Por qué tantas barreras? Este pensamiento se exprime a menudo y encontramos muchos deseos de demoler barreras a fin de que los hijos de Dios sean todos uno. Sin duda el pensamiento de Dios es que Sus hijos sean uno, unidos, pero unidos en el amor y en la verdad pues no existe una unidad según Dios fuera de este terreno. Y es bien cierto que muchas barreras que se han establecido debe­rían ser derribadas, por ejemplo: las que son el resultado del pen­samiento del corazón natural: el orgullo, la voluntad propia, el espíritu sec­tario y otras tantas que deberían venir abajo, mas hay otras sin em­bargo, que no solo deben ser establecidas, sino mantenidas, para que el testimonio sea realizado de una forma práctica sobre este terreno de santidad y verdad que la Palabra nos declara en estos pasajes con­siderados.

Sin duda podríamos preocuparnos por los hijos de Dios que están dispersos por aquí y por allá; mas la Palabra nos indica expresa­mente: "conoce el Señor los que son suyos". Es Él quien sabe los que le pertenecen de entre todos los medios de la cristiandad, sobre toda la faz de la tierra; Él les conoce, forman parte de la Asamblea tal como Dios la ve y el Señor la nutre y la ama. Él la purifica por el lavacro del agua por la Palabra, tiene cuidado de ella, conoce Sus ovejas nom­bre por nombre y tiene cuidado de cada una de ellas. Este pensamien­to consuela nuestros corazones: el Señor conoce. Y nuestra respon­sabilidad queda definida por estas palabras de invitación: "Apártese de iniquidad todo aquél que invoca el nombre de Cristo" (2 Timoteo 2:19). Esta es la responsabilidad de los fieles. No debe darnos tanta pena el hecho de que existan tantos creyentes en las denominaciones con los cuales no podemos andar y que sin embargo, Dios conoce como suyos. Nues­tra responsabilidad aquí es, como en Hebreos 13:13, y es una res­ponsabilidad primordialmente individual: "Apártese de iniquidad todo aquél que invoca el nombre de Cristo".

Todo lo que lleva el sello de la voluntad humana en su estado natural - la carne - constituye la iniquidad. El hombre camina en una senda que es la de la voluntad propia; este sendero no siempre tiene apariencia de ser malo, es cierto, pero lo que es malo es el prin­cipio, pues este se basa en la voluntad del hombre y esto repito, es la iniquidad.

Cuando un creyente ha comprendido que se halla en un medio donde a pesar de bellas apariencias, existe un fondo de estos prin­cipios (es decir: la voluntad propia), su responsabilidad ante Dios consiste en retirarse de la iniquidad, si es que él pronuncia el nom­bre de Cristo, a saber, si él conoce y acepta los derechos del Señor como Jefe o Cabeza de la Asamblea; es responsable de apartarse del medio en el cual pretendía administrar su vida espiritual según Dios y seguidamente seguir - no quedarse aislado - sino seguir "en pos de la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón puro invocan al Señor." (2 Timoteo 2:22 - BTX). He aquí la reunión sobre el terreno de la santidad y de la verdad con un solo objeto que debe proseguir todo aquél que ha comprendido su responsabilidad de 'apartarse de la iniquidad'. Esto nos conduce al servicio y nuestros versículos nos dicen, como puede uno ser "un vaso de honra, santificado, útil para su amo, preparado para toda buena obra." (2 Timoteo 2:21 - BTX).

Es interesante retener lo que se ha dicho respecto a la iniquidad, porque de buena fe podría suponerse que se trata de cosas que la conciencia natural encuentra reprobable; sin duda lo que la conciencia natural reprueba es iniquidad y no podría admitirse en la Iglesia; pero la iniquidad de la cual nos habla la Segunda Epístola a Timoteo va más lejos que todo esto pues, de una manera general, se trata de la presencia de la carne tolerada, o lo que es peor todavía, animada a manifestarse y a gobernar en la Iglesia. Nada es más cierto que la carne está presente en todos los lados. No existe lugar en el mundo en que no sea manifiesta, ni grupo de cristianos en medio de los cuales esté inactiva: solamente en el cielo no existirá más. Pero hay una dife­rencia capital entre que la carne sea admitida o que ella sea juzgada. El Señor anima a los que tienen en el corazón la gloria de Su nombre. Les ayuda por Su Espíritu a discernir la iniquidad y a situar la carne en el lugar que le corresponde. He aquí el estado de cosas que el Señor ama y del cual se ocupa para purificarle de antemano. Mientras que donde un cuerpo de cristianos se establece tomando como punto de partida y fundamento la excitación de la carne, aun siendo en sus ex­presiones más sublimes, quedando así nutrida y con unos derechos más o menos reconocidos, el Señor no puede dar Su aprobación. Pue­de ser que le soporte; mas un creyente iluminado por la Palabra no se compromete a seguir un camino semejante, pues no quiere perder su vida; no tenemos dos vidas para vivir a un mismo tiempo. Cuan­do el camino se terminó, ya no tenemos ocasión de volverlo a empe­zar de nuevo; es esto lo que confiere seriedad a nuestra forma de comportarnos.

Si por nuestra voluntad determinativa establecemos algo que no es según el Señor, puede ser que toda nuestra vida andemos así como nos propusimos, para apercibirnos demasiado tarde - tal vez en el tribu­nal de Cristo - que perdimos o empleamos vanamente nuestra vida.

Vemos pues que el principio definido por la palabra iniquidad va muy lejos. No es que hablemos como personas que no corren el pe­ligro de admitir la iniquidad pues vivimos aquí y estamos expuestos a tolerarla igualmente que otros. No es pues la forma exterior de reunimos lo que nos guarda, tampoco el conocimiento; quien nos guarda es Dios.

Otra enseñanza evidente en la invitación "apártese de iniquidad..." es que no debemos barrer la iniquidad que exista ni en la tierra ni en la cristiandad; sino que debemos apartarnos de la iniquidad. Es una pretensión el querer establecer la paz sobre la tierra por medio del Evangelio, pues esto la Escritura no nos lo enseña. También es otra pretensión el querer establecer la Iglesia a su estado primitivo. En cierto sentido, y guardando las distancias, sería como el caso de Caín querer levantar la frente y los ojos hacia Dios como si la Igle­sia estuviera en el esplendor de sus primeros días, cuando lo que conviene es poner las frentes en el polvo y regar la tierra con nuestras lágrimas, al contemplar el estado en que ésta se halla. Es esta actitud la que el Señor quiere ver en nosotros.

La regla divina es la separación del mal - sea este mal moral o doctri­nal. Separarse del mal es declarar públicamente que Dios está en contra del mal ('Tiene los ojos demasiado puros para ver el mal') y por nuestra parte situarnos lo más lejos posible de él.

Esto es también la confesión de nuestra debilidad, lo cual es la parte opuesta al orgullo. Uno de los hombres más piadoso que hemos conocido ha podido decir: «Si hubiese sido educado entre ladrones, probablemente hubiese sido un ladrón.» No tenía ninguna confianza en sí mismo y esto es precisamente lo que nos es necesario, pues es el más piadoso de los hombres quien se creerá capaz de cometer cual­quier maldad. La consecuencia práctica, es que me separe y pida a Dios que me guarde de todas las ocasiones por las cuales pueda yo mostrar quien soy por naturaleza; esto es una regla de oro, tanto para los jóvenes como para los ancianos, lo mismo para el individuo, como para una asamblea.

 

Un punto a subrayar, porque es necesario, ya que bastantes cre­yentes separados se imaginan un poco que esta separación es realiza­da en virtud de alguna superioridad sobre los demás creyentes (y esto es precisamente reprochado a los que se reúnen en el nombre del Señor) es, que la separación no es una posición de superioridad, sino una posición de obediencia a la Palabra. Somos conducidos, porque esta Palabra nos enseña a obedecer y porque - aunque poco - nos damos cuenta de lo que Dios desea para nosotros.

En resumen, el camino que Dios traza al creyente, es la separación de la iniquidad, y después, sobre el terreno de la separación, el pro­seguir el bien. "Sigue en pos de la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón puro invocan al Señor." (2 Timoteo 2:22 - BTX). Un corazón puro es aquel en el cual la Palabra ha operado, santificando los motivos, y que puede, por lo tanto, producir por el poder de Dios, frutos que son para Su gloria. Estos frutos debería ser constantemente el bagaje de aquellos que la gracia del Señor ha reunido sobre el terreno de la separación y es lo que manifestaría el poder del testimonio.

La cristiandad es comparada a una casa grande en la cual hay vasos de honra y de deshonra. "Si, por tanto, uno se habrá purificado a sí mismo de estos, separándose él mismo de ellos, él será un vaso para honra, santificado, útil para el Amo, preparado para toda buena obra." (2 Timoteo 2:21 - JND). Lo que caracteriza a los vasos de honra, es que se purifican de los vasos de deshonra. No es porque en él existan cualidades morales más elevadas y más bellas que un vaso adquiere el título de "honra", sino que este título se adquiere por la purificación del mal; preparado para Su servicio puede ser 'útil para los usos del Señor'. Para estar preparado para toda buena obra verdaderamen­te "útil" según la mente de Dios, es necesario mantener y realizar esta separación.

Recordemos que las buenas obras, "Dios [las] preparó de antemano para que anduviésemos en ellas"; Él las prepara y también prepara al siervo para realizarlas. El pasaje que consideramos nos enseña de qué forma un siervo puede ser preparado para cumplir las buenas obras que Dios determinó para que anduviera en ellas (Ver Efesios 2:10).

La separación del mal no se limita únicamente al terreno de la reunión, pues ella tiene un alcance general. Sin ella no puede tenerse la inteligencia tocante a los pensamientos de Dios. Si no nos separa­mos del mal la luz falta. Si nos separamos, es Dios mismo quien nos da la luz. Dios siempre nos da la luz cuando de antemano nuestros pasos caminaron en ella. Separarse del mal puede costar; sí somos exhortados, es porque ello no es consecuencia de ninguna tendencia natural. Separarse de ciertos males groseros, se admite fácilmente, pero poner de lado la voluntad del hombre y las cosas agradables que hay en él, esto no resulta tan fácil.

Mas si nosotros queremos, a la vez, nutrir al hombre y glorificar a Dios, jamás la luz será nuestra porción, ni el discernimiento el lote de nuestra alma. Es por ello por lo que ciertas almas no progresan; caminan vacilantes porque jamás dan el paso decisivo que les colocaría en la luz: no se retiran de la confusión por diversas razones. Pueden existir fuertes afectos a los cuales más o menos se debe renunciar. Hemos visto cristianos entre nosotros, llamados por el Señor, los cuales han debido romper lazos muy queridos para vivir el testimonio. El Señor ha querido retirarlos de cosas que no aprueba, aunque las soporte, e incluso las bendiga. Que el Señor bendiga una cosa no quiere decir que la apruebe en todo; si bendice a una asamblea, esto no significa que Él bendiga todo lo que se hace en ella.

'Apartarse, huir, seguir' (2 Timoteo 2: 19-22): he aquí dos actitudes negativas que convienen en primer lugar, después 'seguir'; que es la positiva. ¡Pero cuántos creyentes - y esto nos alcanza a todos en los detalles - quisiéramos escoger lo que es bueno, sin retirarnos de lo que el Señor nos dice que no le agrada!

Pensemos en lo que el Señor ha dicho durante Su vida a cada uno de nosotros, y que Sus palabras aniden en nuestro corazón; ciertamente podemos meditarlas con la cabeza baja: 'el que ama a alguien más que a mí no es digno de mí'. Está escrito. Se puede comentar, disertar, etc., pero no cuando la cosa es simple y clara como la luz del día, y es esto precisamente lo que nos juzgará cuando comparezcamos ante el Señor.

Un niño en Cristo comprenderá claramente esto, no es preciso ser un doctor en la verdad: 'Aquél que ama a alguien más que a mí, no es digno de mí y no puede ser mi discípulo'.

Las razones que habían retenido a los creyentes en este lugar o en el otro en su día, serán manifiestas, y asimismo también la falta de consagración de hermanos que les habrá conducido a apartarse del camino trazado; todo será manifiesto. A menudo estas razones ya­cen muy profundamente en el corazón y se da el caso de que esta ca­rencia de afecto por la persona de Cristo queda en apariencia cubier­ta por la actividad; el movimiento se inicia, porque la capacidad para obedecer falla; ¿Y por qué no se obedece? Pues sencillamente por esto: no se obedece porque no se ama. La obediencia es el amor, es el renun­ciamiento de sí mismo; no se puede amar a Cristo y conservar a la vez la propia voluntad; tener una voluntad es amarse uno a sí mismo, lo cual no es primordialmente amar a Dios. Tocamos los resortes pro­fundos que nos confieren movimiento. No es precisamente a base de discusiones que tendremos la luz; sino que cuando nos situemos ante Dios, ésta nos ayudará a ver los motivos que nos hacen ir aquí o allá, hacer esto o aquello, y nos hará sentir que buscamos lo nuestro pro­pio en lugar de buscar a Cristo y así seremos juzgados. No seremos juzgados según lo que hayamos hecho exteriormente solamente, sino que el Señor juzgará 'los secretos de los corazones según mi evan­gelio' dice Pablo. (Romanos 2:16). Si emprendemos una obra sin que sea producto de la obediencia a Cristo - y en ella podríamos haber empleado toda la vida - seremos reprendidos una y otra vez, o si no, al menos estemos seguros, lo seremos ante su tribunal.

¿Qué es lo que responde a un "corazón puro" ? Es un corazón que sólo tiene a Dios como único objeto. El conocimiento nos envanecerá si únicamente poseemos esto; y si una conciencia ejercitada ante Dios no lo acompaña, este conocimiento (el conocimiento tocante a las cosas de Dios) no nos guardará cuando Satanás nos presente alguna cosa al borde del cami­no, sino que en cambio, el conocimiento de Dios no envanece, pues él apor­ta a Dios en el alma. Con Dios en el alma, o dicho de otra manera, con la conciencia de que Dios nos conoce, la carne es tenida constantemente a raya, es decir, impedida. De ninguna otra forma se la puede vencer.

Leamos Mateo 6: 22-23: "Si, pues, tu ojo fuere sencillo [no tiene más que un solo objeto], todo tu cuerpo estará lleno de luz", es decir, el sentido moral; "mas si tu ojo fuere malo" - fijémonos que no dice 'si tu ojo fuere un ojo doble', pues es una iniquidad para los que pertenecen al Señor entregar sus afectos a otro objeto que no sea Él - "todo tu cuerpo será tenebroso; si, pues, la luz que en ti hay son tinieblas, aquellas tinieblas ¡cuán grandes no serán!" (Mateo 6: 22-23; BTX). Esto explica la falta de discernimiento espiritual. Hay tal falta de discernimiento que proviene del mal, que conduce a llamar bien lo que es del mal y obrar lo malo creyendo que se hace lo bueno.

Un corazón puro ha sido purificado por la verdad: "Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro." (1 Pedro 1:22). Y esta purificación por la obediencia a la verdad, es la Palabra recibida en el corazón, no solamente oída, sino recibida de una forma efectiva y puesta en práctica y que gobierna los pensamientos del corazón, orientándolos hacia un único objeto que es Cristo: "Salgamos, pues, a él." (Hebreos 13:13). He aquí el objeto que cautiva el corazón e invita al alma a salir fuera del campamento. He aquí el mismo objeto presentado en nuestro pasaje y conduciendo al fiel a realizar esta posición de separación, siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro.

 

Nutrir la grandeza humana en la Iglesia, es una iniquidad; considerar las cosas humanas, porque parecen hermosas, como elemento de valor en el cristianismo, es una iniquidad; pensar o contar con que los poderes humanos pueden aportar alguna cosa a la Iglesia, es una iniquidad; el poder del dinero ejerciéndose en la Iglesia es otra gran iniquidad. He aquí el por qué en todo tiempo y lugar, más sobre todo en la Iglesia, el testimonio de Dios y del Señor, es un testimonio pequeño, pobre, sin fuerza; y si en este testimonio hay algunos que son "sabios según la carne… poderosos… nobles", ellos no son muchos (1 Corintios 1:26), y si éstos son testigos fieles, el Señor empieza por em­pequeñecerlos; es lo que siempre hemos visto. Retengamos lo antedi­cho, pues es de singular importancia. La grandeza humana es cosa que generalmente se acepta de buen grado, lo peligroso es que somos inclinados a situarla en el mismo platillo de la balanza que las cosas elevadas según Dios; esto no debe ser así; es necesario que lo consi­deremos en el temor de Dios. Asimismo las capacidades humanas no tienen otro valor sino en la medida en que Dios usa del vaso, y el po­der del dinero debería ser absolutamente nulo en la Iglesia. Los hermanos que poseen bienes materiales tienen que ver con el Señor. Es lo que la Escritura nos enseña sobre esto; cada cual es responsable de administrar los bienes materiales que le fueron confiados por el Señor. Pero nosotros hablamos aquí de la atmósfera moral y espiri­tual que debe caracterizar a la Iglesia, el testimonio...

La influencia del dinero se ha acrecentado considerablemente en la Iglesia profesante. Quiera Dios que esta influencia no invada el tes­timonio, pues puede manifestarse de muchas maneras. Vemos entre nosotros también, tendencias que se acrecientan, referentes a introducir medios humanos y materiales para predicar. Ahora bien, estamos en lo cierto cuando decimos que lo que el Espíritu Santo no obra, no queda establecido y por lo tanto será deshecho.

¡Ejercitémonos en no mezclar en la vida de la Asamblea elementos que no son de Dios!

Debe de ser un ejercicio en todo lugar y para cada uno de nos­otros. Remarquemos que hay otras cosas aparte de la fortuna que pueden ser nefastas; la atención de cada cual es requerida sobre este punto. ¿Podríamos pedir el apoyo y el dinero del mundo para un testimonio que es contra el mundo? En ese caso no obraríamos con rectitud respecto al mundo.

 

Consideremos ahora el último pasaje leído en 1 Crónicas 13: 6-11.

¿Qué significa el arca y qué simboliza llevar el arca? El arca es un tipo de Cristo; su construcción era de madera de acacia, recubier­ta de oro, lo cual representa, en tipo, la persona del Señor en su per­fección humana y divina, y este es el objeto del testimonio que somos invitados a presentar en este mundo. El testimonio es Cristo, Dios so­bre todas las cosas, bendito eternamente, venido a esta tierra como hombre, Dios manifestado en carne; Cristo hombre aquí, Cristo en Su muerte, Cristo en Su gloriosa resurrección. Llevar a Cristo, pre­sentar a Cristo en el mundo, he aquí el testimonio.

Hemos considerado ya, que Cristo como objeto del corazón, nos llama a salir hacia Él, fuera del campamento. Hemos recordado que un cora­zón puro está orientado hacia Cristo. Y el testimonio es Cristo. Somos por tanto responsables de presentar a Cristo en este mundo y de 'lle­varle' a Él tal como hacía Israel con el arca, una etapa tras otra; cada uno de nosotros somos llamados individualmente a hacer lo propio, y con más fuerte motivo, y esencialmente, como testimonio colectivo.

¿Cuáles son los medios por los cuales podemos presentar a Cris­to a este mundo? Los medios humanos son puestos en evidencia en el capítulo 13 de 1 Crónicas: un carro tirado por bueyes. ¡Cuán superior podría parecer esto a los medios que Dios había indicado! Pero Dios había dado enseñanzas explícitas referentes a cómo llevar el arca: nadie podía llevarla a excepción de los Levitas, y aun entre los hijos de Leví cada cual tenía su servicio particular. El capítulo 4 de Números, nos da enseñanzas detalladas sobre este interesante asunto. Pero alguien ha tenido la idea de hacer llevar el arca sobre un carro nuevo tirado por bueyes. ¡Qué gozo! ¡Qué de cánticos entonados! parece como si el ruido de los himnos y cánticos hubieran ahogado una protesta si esta hubiera sido elevada; en apariencia, todo era tan bello, tan re­gocijante! Si alguien hubiese querido recordar las enseñanzas de la Palabra, su voz hubiese sido ahogada seguidamente y se le hubiese dicho: «Sí, pero nosotros hemos hallado algo mejor!»

Se cree que el fin justifica los medios; pues bien, la Palabra nos muestra lo que resultó de todo esto: los bueyes se desmandaron, esto no ocurrió jamás con los levitas. ¿Por qué? La respuesta la tenemos en 1 Crónicas 15:26 cuando más tarde Dios ayudó a los Levitas que llevaban el arca. Los Levitas tenían ayuda y poder de Dios y en esto consistía la capacidad para llevar el testimonio. Los bueyes se des­mandaron; he aquí a qué conduce la utilización de medios humanos. Para intentar retener el arca, alguien alarga la mano; en el mismo instante es herido de Dios, es el "quebrantamiento de Uza" (Pérez-uza), y David se irrita en contra de Jehová. Tal es el resultado producido. Es necesario que los corazones sean vueltos a la obediencia de la Palabra, que el arca sea trasladada por los Levitas según la enseñanza que Jehová había dado al pueblo, y entonces 'Dios ayudó a los Levitas' (1 Crónicas 15:26). El arca es conducida al lugar preparado para ella; el canto de alabanza puede entonces cantarse. En ese momento todo es para la gloria de Dios. He aquí una enseñanza importante que nos es necesario retener y que nos debe conducir a no fiarnos de los medios humanos y marchar por el camino del testimonio con los recursos de Dios, según las enseñanzas de la Palabra, enseñanzas que son idénticas en todo tiempo, lo mismo hoy que en los albores de la Iglesia.

 

Los pasajes de 2 Timoteo 2, nos ponen en guardia igual­mente, contra el empleo de estos medios humanos o contra las asocia­ciones que pueden parecemos favorables a la propagación del evan­gelio o a la presentación del testimonio.

Es - recordémoslo - cuando uno se purifica de los vasos de des­honra que uno viene a ser un vaso de honra, santificado, útil al Maestro, preparado para toda buena obra; la preparación se realiza en la se­paración y no en las asociaciones que la Palabra condena.

Se piensa en fortificar el testimonio, se piensa en obtener buenos resultados y se pierde de vista que lo único que se lograría, que es exactamente lo contrario de lo que se busca. Se buscan estos resultados, puede que con la mejor intención, pero los deseos de nuestro corazón no corres­ponden precisamente al pensamiento de Dios.

"No le buscamos", dice David, "según su ordenanza." Con esta declaración David pone el dedo en la llaga: ¿Por qué los bueyes se desman­daron? ¿Por qué había sido hecho un "quebrantamiento"? ¿Por qué David se irritó contra Jehová? porque "no le buscamos según su ordenanza". (1 Crónicas 15:13).

Si por nuestra parte hacemos ciertas cosas sin que sean "según su ordenanza" (1 Crónicas 15:13) corremos el riesgo de vivir expe­riencias de la misma índole.

Muchos cristianos - y no solamente entre los 'hermanos' - están de acuerdo en reconocer y declarar que en la salvación de su alma todo proviene y es de Dios. Esta verdad, no solamente ha sido guar­dada como verdad abstracta en un aspecto general, sino como una verdad sentida en el corazón. Pero la verdad que consiste en sentir que una vez que somos cristianos, tenemos necesidad de Dios para todo, lo mis­mo que la tuvimos para ser salvos, esta verdad es mucho más costosa de aprender, porque ella corre a la par con el conocimiento que uno tiene de sí mismo y esto no se adquiere en un día.

Tenemos necesidad de Dios para servirle, y quien verdaderamente lo sepa, no tendrá necesidad de planes y no pretenderá crear un comi­té que estudie tal o cual asunto en vista de emprender cualquier ac­ción; esto no lo hallamos en la Escritura; ni en el testimonio del Señor, y tampoco lo encontramos correspondiendo a los que nos precedieron. Que cada cual se consulte a sí mismo, sí; todos los siervos y siervas que buscaron obedecer la Escritura han consultado al Señor. Pero con­sultar al Señor no es hacer oración para apaciguar la conciencia y después continuar obrando como antes.

Podemos dudar del llamamiento de un hermano evangelista que tenga necesidad de ser encuadrado por otros hermanos, si no es por la oración. Si uno es llamado a un servicio, sus relaciones son con el Maestro, el cual le ayudará por las oraciones de los santos, sin duda alguna, pero no por el brazo del hombre, y en el servicio de la Pa­labra los hermanos pueden decir que el sostén del siervo, en el grado que sea, es el Señor; no debemos conocer otro sostén; este es el que nunca falta, así es que debemos ir con el Señor en todo lo que haga­mos: servicio en la Asamblea, visitas, etc.. Nosotros no edificamos ninguna obra; seguimos al Señor, y si no lo hacemos así, pecamos.

No es posible que a un cristiano sencillo, humilde, recto, ejer­citado, piadoso, temiendo y amando al Señor, que espera en El y sola­mente en El, Él no le responda de una manera u otra. Y aunque puede co­meter torpezas - ¿y quién no las comete? - el Señor le ayuda.

 

Aunque no sea nuestro tema, recordemos aún una vez, en relación con la separación, que lo que también caracteriza al Testimonio cris­tiano según las Escrituras, es que está establecido sobre el terreno de la unidad del cuerpo. El sólo pan que partimos habla de todo el cuer­po de Cristo; nosotros pensamos en todos los cristianos del mundo cuando partimos el pan; aunque no podemos tener comunión con todos, porque hemos de guardar los derechos y la gloria del Señor, hemos de guardar la Mesa del Señor limpia de toda inmundicia.

El testimonio, en los días en que estamos viviendo, no puede llevar este nombre, si no está compuesto de cristianos que tengan el sentimiento de la ruina, que lleven esta ruina en su corazón, que tengan dolor y lleven luto, que sean gobernados por la Palabra y por el Espí­ritu de Dios, que se separen de la iniquidad y que esperen al Señor. Los diferentes caracteres del testimonio fiel en los días del fin, no pue­den en manera alguna ser compatibles con lo que a veces se querría hacer: un testimonio numeroso teniendo grande apariencia. Todo lo contrario - el Libro de los Jueces en su capítulo 7 lo enseña - el testi­monio en todo tiempo, y más particularmente en un tiempo de ruina, y por consecuencia en los días del fin, es poco numeroso; tiene poca apariencia.

El crecimiento que podemos - y debemos - desear en el testimo­nio, es un crecimiento espiritual: que las almas sean nutridas de Cristo, que el Espíritu obre con poder - pues el Espíritu siempre es, invariablemente, un Espíritu de poder (o fortaleza) (2 Timoteo 1:7) - en los días más sombríos de la historia del testimonio, y es esta fortaleza la que hemos buscar. La obra de Dios se lleva a cabo por el poder del Espíritu.

Los recursos y los medios que el hombre añade, cuando estos no pueden ser considerados como recibidos de Dios para ser emplea­dos en la obediencia y la dependencia, tendrán como resultado im­pedir el despliegue del poder del Espíritu, y de tal forma es así que, el dar cabida a estos medios y recursos humanos, que pretenden grandes resultados, seguramente se malogrará la obra que Dios hubie­ra querido hacer por el poder Su Espíritu. Se puede también repetir lo que recibimos y nos fue enseñado en relación con el testi­monio: que este no ha sido suscitado en vista de la evangelización, aunque gracias a Dios ha habido y hay hermanos evangelistas. ¡Oja­lá que cada vez hagan más con tal que sea Dios quien los establezca! Pero el testimonio tiene por objeto, ante todo, la proclamación de la gloria del Señor, tanto de Su Persona como de Su obra, de la inte­gridad de la Palabra de Dios, y esto es en particular el objeto del tes­timonio de los últimos días: "Has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre" (Apocalipsis 3:8); las obras de Filadelfia - como alguien dijo - estaban demasiado bajo la faz de lo visible como para que nadie las pudie­ra ver, pues no eran evidentes, pero eran muy queridas para Cristo, porque ellas tenían y daban en sí, la prueba del amor; es a saber: la obediencia. Se puede desear y pedir que el Señor produzca esto, que los hermanos y hermanas que vienen no olviden que el testimonio es un testimonio para la gloria del Señor, un testimonio a Su verdad y a Su persona en el tiempo de ruina general y de iniquidad en la cristiandad.

No nos engañemos: si a los que el Señor ha confiado este testimo­nio desconocen un tal privilegio, El podrá reemplazar estos siervos por otros, estos testigos por otros, y esto será para los primeros, una pérdida inmensa.

 

Es muy adecuado precisar aquí el importante tema de la evangelización. El deber de evangelizar que le era impuesto al apóstol (¡ay de mí si no anunciare el Evangelio!), ciertamente, permanece. Pero no por eso vamos a pensar que la Iglesia sea una especie de asociación para la propagación del evangelio. Tampoco hemos de perder de vista que el avivamiento de Filadelfia (y el testimonio consecuente) tiene un origen común - una  obra poderosa del Espíritu de Dios - con el movimiento de difusión del evangelio que se esbozó a principio del siglo 19 y se amplió en períodos sucesivos, pero que jamás se identificó con él, y que es preciso no confundirlos. El deseo de evan­gelizar es extremadamente gozoso, y si comprendemos por esto pre­sentar Cristo al mundo, entonces sí que es el trabajo de la Asamblea sobre la tierra. Esto no nos cansaremos de repetirlo demasiado. Pero lo que se entiende más comúnmente, cuando se oye hablar de evangelización, es referente a la actividad de los "evangelistas", bajo la for­ma de predicaciones, reuniones de llamamiento a las almas, distribución de tratados, obra de colportor, etc. Bendito sea Dios de que la puerta esté abierta y un vasto campo de trabajo pueda ser ofrecido a los verdaderos "evangelistas", obreros calificados por el Señor, dones pro­vistos por él en favor de la Iglesia, "para la edificación del Cuerpo de Cristo", y que trabajan en el mundo. Pero estamos llamados a una evangelización mucho más amplia y extensa y en un sentido mucho más difícil, porque se trata - y eso de forma continua - de una evangelización en hecho más que en palabras. Es el testimonio de cada creyente y también el de la asamblea que es en el mundo y de cara al mundo, "la columna y apoyo de la verdad" (1 Timoteo 3:15 - VM).

Las personas no convertidas que son traídas a una reunión de asam­blea, deberían contemplar un organismo viviente en su funciona­miento, cada cual llenando el servicio y la función a la cual Dios le llamó, un organismo funcionando íntegramente bajo la dependencia del Espíritu y por el poder de éste Espíritu, de tal manera que sea manifestado que el Señor está presente en medio de los dos o tres reunidos hacia Su Nombre, y que esas personas, tal como leemos en 1 Corintios 14 puedan postrarse sobre el rostro diciendo: "verdadera­mente Dios está entre vosotros" (1 Corintios 14:25).

Actualmente se busca grandes medios de evangelización, pero nadie piensa - por así decirlo - en esto: Una asamblea donde la pre­sencia del Señor es realizada, donde todo se hace en obediencia a la Palabra, donde cada cual funciona en su propio lugar, donde se siente la vida de Dios, el poder y la actividad del Espíritu y donde un hom­bre o una mujer no convertidos, pueden darse cuenta que han sido conducidos a la presencia de Dios. He aquí la más poderosa evangelización. Sintamos en el cora­zón el deseo de realizarla de forma verdadera, entonces Dios podrá desplegar un poder espiritual que conducirá a las almas al reconoci­miento de Cristo. Esto es lo que nos conviene desear; de esta manera, trabajaremos en la obra de Dios, proseguiremos la obra de Dios en la Asamblea con los medios de Dios y con la seguridad de que tendre­mos la bendición de Dios para cada uno de los hermanos y hermanas y para la Asamblea.

La bendición desbordará los límites de ésta y todos los que de una forma u otra serán puestos en contacto con ella, probarán que la bendición de Dios está allí. Es lo que pasaba en Tesalónica: la Palabra de Dios había sido divulgada partiendo de los tesalonicenses en todo lugar, y su fe en Dios se había extendido (1 Tesalonicenses 1:8). El simple apego al Señor, en la Asamblea es un extraordinario testimonio de poder.

 

Consideremos aún en 1 Juan 5: 1 al 5. La posición de separa­ción que la gracia de Dios nos ha dado a conocer y que es según las enseñanzas de la Palabra, no puede llevarnos al aislamiento en los afectos del corazón de todos los que constituyen la familia de Dios. "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al Padre, ama al que ha nacido de Él." (1 Juan 5:1 - LBLA). He aquí lo que caracteriza a un hijo de Dios en cualquier medio cristiano en que se halle; amamos a los hijos de Dios porque amamos a Dios. Pero ¿cómo manifestar ese amor? "En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos." (1 Juan 5:2 - LBLA).

Este pasaje apoya lo que ha sido dicho, que es en la obediencia a la Palabra y por la obediencia a la Palabra que podemos amar a tan­tos hijos de Dios como hay dispersos en las múltiples denominacio­nes cristianas. No es abandonando o perdiendo de vista la posición de separación que podemos mostrarles un amor según Dios. La piedra de toque del amor según Dios es la obediencia a la verdad; es esto y por esto que podemos mostrar a los hijos de Dios que les amamos; y esto supone, bien entendido, que les seamos útiles "recobrando en cierto modo el tiempo perdido." (Efesios 5:16 - TA). Esta expresión de Efesios no se aplica solamente a la pre­sentación del evangelio; significa ciertamente: aprovechar todas las ocasiones de manifestar la vida que poseemos, y podemos hacerlo en un amor verdadero hablando a nuestros hermanos y hermanas, en cualquier medio cristiano que se hallen situados, mostrándoles las enseñanzas de la Palabra. No se trata de hacer prosélitos. En la pre­sentación del evangelio a los pecadores, hay como un forzamiento a realizar: "fuérzalos a entrar" (Lucas 14:23); pero en lo que concierne al testimonio, jamás debemos hacerlo.

Podremos ser útiles a alguien que se halle en un lugar como Tiatira y que verdaderamente posea la vida de Dios, pero iríamos - pue­de ser - en contra del pensamiento de Dios si le constriñésemos a dejar ese lugar; no sabemos cuál sea el propósito de Dios respecto a eso.

Podremos serles útiles presentándole el pensamiento de Dios en relación a la forma de reunirse los santos, pero dejemos a Dios cum­plir Su obra y conducir a esa alma, si Él lo halla bueno. En todo caso sólo podremos ser útiles a un alma, en la medida que vivamos en un terreno de separación. Es precisamente esto lo que se le ordenó a Je­remías (Jeremías 15:19), "Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos." En estos versículos vemos, al igual que en los capítulos que preceden, cómo Jeremías, en lugar de pensar en la gloria de Dios, había pensado en el pueblo, y estos son precisamente y a menudo los pensamientos que llenan nuestro corazón.

Pensamos en los hijos de Dios, en el pueblo de Dios y perdemos de vista la gloria de Dios. El Señor debe decir al profeta: "Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás." (Jeremías 15:19). Jeremías no podía ser un instrumento para el bien del pueblo de Dios sino en la medida en que buscara la gloria de Dios. Y así el pueblo al convertirse a Jeremías se convertía a Dios: "Si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca" (Jeremías 15:19). La posición de Jeremías era de una medida análoga a la posición del creyente fiel de nuestros días, porque Jerusalén iba a ser destruida y porque Jeremías era llamado a separar lo "precioso de lo vil". Pero el hijo de Dios en el tiempo actual está en una posi­ción más próxima a Dios que la suya: tiene el Espíritu Santo, el Espíritu de adopción, toda la Escritura, la revelación de todos los pensamientos de Dios: nada de esto poseía Jeremías. El peligro consiste ahora en que se haga 'beber vino a los profetas' y que los profetas o los nazareos - que somos llamados a ser - no tengan el discerni­miento necesario para separar lo precioso de lo vil (Amós 2:12). Oremos de tal manera para que el Señor suscite siervos y siervas que mantengan esta separación entre lo que es precioso y lo que es vil. El vino, todo lo que embriaga, todo lo que excita la carne en nosotros, quita el discernimiento. Si a la carne no se la combate, si en lugar de com­batírsela se la nutre, el discernimiento desaparece y a lo que es impuro le damos el nombre de puro. Retengamos esto: el discernimiento va siempre a la par de la separación del mundo. El discernimiento espi­ritual siempre va ligado, no a la suma de conocimientos seguros, exactos, de verdades, sino a la separación del mundo; este hecho ha sido siempre reconocido. Cuanto más realicemos la separación, tanto más discernimiento tendremos, y la separación es realizada en la me­dida en que el carácter celestial del creyente es comprendido, retenido, puesto en práctica, como así también el carácter celestial de la asam­blea.

Si la asamblea realiza su posición fuera del campamento y en los lugares celestiales, probará la poderosa acción del Espíritu de Dios, será nu­trida de las cosas celestiales, la espiritualidad se desarrollará y enton­ces habrá ese sano discernimiento de las cosas. Es necesario, en los días actuales, velar más que nunca, pues el enemigo astuto y sutil no presenta las cosas que uno sabe que debe rechazar de plano, sino otras cosas que tienen una hermosa apariencia para descarriarnos y hacernos perder el gozo de las cosas celestiales.

Es preciso, pues, realizar nuestra posición en lugares celestiales en Cristo. No solamente el cristianismo práctico en las circunstancias del desierto, sino también el carácter celestial del cristianismo, y es en esta medida que, nutridos del "alimento sólido [que es] es para los que han alcanzado madurez", tendremos "los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal." (Hebreos 5:14), entonces no llamaremos al mal bien, sabremos recha­zar prestamente lo que sea malo aunque esté recubierto de bellas apa­riencias, y Dios nos mostrará Su camino, un camino de dependencia, de humildad y de fidelidad. Nos enseñará qué cosa es la vida de la fe, la vida cotidiana en el sendero donde nada hay que sea del hom­bre, donde todo lo que es del viejo hombre es puesto de lado, pero donde en cambio, existe el poder de una nueva vida; de una vida celestial.

Sea lo que fuere y no importa el qué, lo vil es lo que tenemos en tanto que somos hombres naturales. Cuando somos jóvenes y aun jóvenes cristianos, somos propensos a dejarnos deslumbrar - y esta ilusión a menudo, en la vida, va muy lejos - por elementos brillantes del hombre y que este alía con lo que es de Cristo, y nos sorprendemos que hayan cristianos de más edad que sean estrictos en la separación. Pero después, cuando se ha avanzado en el camino, vemos lo que es el hom­bre y, en consecuencia, lo que somos nosotros y también lo que es el mundo y entonces decimos: «¡Cuánta razón tenían esos cristianos!» Aunque se tenga por hermoso lo concerniente a las buenas apariencias, y sobre todo el estar impregnado de cristianismo y aun del cristianismo más auténtico, el hombre permanece vil. Lo único que es precioso es Cristo, y Cristo solamente (un Cristo glorioso en Su vida y en Su muerte), y además todo lo que es de Cristo. La vida divina en un cristiano, he aquí lo que es preciso, porque por ella se manifiesta Cristo en el hombre.

Dios no mezcla un poco de hombre natural y el resto de Cristo, no. Ante Dios solo hay dos hombres bien definidos, el primero y el segundo; Adán y el postrer Adán. Todo lo que es del primer Adán es vil; todo lo que es de Cristo es precioso, tanto si es en la vida, en el servicio, en la actividad o en todas las cosas juntas. La condena­ción de todo lo que es del hombre es una maravillosa liberación, tanto colectiva como individual; no hay otro progreso mayor a desear que conocerla realmente. Pero, como decían nuestros ancianos: «¡el terminar con uno mismo toma largo tiempo!» Es preciso progresar en ello.

He aquí lo que ha caracterizado al testimonio. No se trata de dar importancia al hombre; dejad al hombre tranquilo, dejémosle donde está; allí en su tumba, que bien mirado es su verdadero lugar. Es en­tonces, cuando la gloria de Cristo, llenará nuestra alma, y, contem­plando al Señor a cara descubierta, seremos transformados en la mis­ma semejanza, de gloria en gloria. (2 Corintios 3:18).

Vivir en el testimonio toda una vida y vivirlo hasta la venida del Señor, vivirlo en la senda de la humildad, de la separación con Cristo, ¿es esto suficiente para el alma? No es pequeña cosa; los afectos del corazón son puestos a prueba. Y sin duda alguna los hermanos y hermanas que fueron guardados en este camino, que gozaron del Señor; al término de su carrera no tuvieron pesar alguno de que el Señor los guardara separados; antes bien estuvieron pesarosos más de una vez, de no haber realizado lo suficiente la separación inteligente, con­sagrada en favor de los demás, en favor de todos, pero en primer lugar, consagrados a Cristo. Tendremos bastantes cosas que lamentar al final de nuestra vida sin necesidad de añadir a ellas el abandono positivo de lo que el Señor nos confió!

 

Traducido de "Le Messager Evangélique".

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1959, Nos. 40, 41, 42; Año 1960, Nos. 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49 y 50.-

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