VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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LOS PELIGROS DEL SENTIMENTALISMO (Paul Fuzier)

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LOS PELIGROS DEL SENTIMENTALISMO

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

         Los sentimientos que podamos manifestar hacia los miembros de nuestras familias, o bien hacia la familia de Dios, ciertamente, son legítimos. Sería una anormalidad el que un creyente no sintiera, sino tibiamente, el afecto que debemos a los que nos unen tanto en lazos de sangre, como en los de la fe en un común Salvador y Señor. Pero en el ejercicio de este afecto, existe un lazo que no siempre sabemos discernir, el cual el enemigo sitúa ante nosotros con el objeto de hacernos tropezar en lo concerniente a la obediencia a la Palabra.

 

         Cuando los afectos de familia, o el afecto fraternal, no son gobernados por la Palabra y el Espíritu de Dios, cuando les damos una importancia que va más allá de lo que conviene, cuando, en defi­nitiva, nos dejamos guiar y dirigir por ellos, somos conducidos a obrar de tal manera, que damos prioridad a lo que es para su satis­facción, en vez de lo que debe ser para que los derechos de Dios ocupen el lugar que les corresponde. Con cuánta facilidad peligramos de caer en esta celada - la mayor parte de las veces sin darnos cuen­ta - que a menudo hallamos ante nosotros; pensamos haber hecho el bien y tener por ello la aprobación del Señor porque hemos ma­nifestado mucho afecto a uno de los nuestros o a hermanos y herma­nas en Cristo y no tenemos conciencia de haberlo hecho en detri­mento de los derechos de Dios y de lo que conviene a Su gloria. Hemos desconocido totalmente el principio establecido por el mismo  Señor: "El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí." (Mateo 10:37).

 

         No es que el Señor prohíba amar al padre, la madre, al hijo o a la hija, no, pero El quiere ocupar el primer lugar en nuestro corazón y que le manifestemos ese amor, guardando Su Palabra (comparar con Juan 14:21 y 23). Es esto lo que debe guiar siempre nues­tros afectos, en lugar de los sentimientos de afecto que nuestros corazones puedan experimentar. Antes que otra cosa: el Señor, Su Palabra, Sus derechos, Su gloria; tal debiera ser el principio rector, la regla de nuestros pensamientos y de nuestras acciones, tanto en los deta­lles de nuestra vida, por pequeños que sean, como en el examen de los asuntos más importantes.

 

         El desorden en nuestros afectos forma parte de nuestros "miembros que están sobre la tierra" ("Haced morir pues vuestros miembros que están sobre la tierra", los cuales somos exhortados a "hacer morir" de igual manera que la "fornicación, inmundicia, pasiones desordenadas, malos deseos, y avaricia, la cual es idolatría; a causa de las cuales cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia." (Colosenses 3: 5, 6 - VM). Estos afectos son los que no están sometidos a regla alguna, ni aun a las de la moral humana, afectos que se tienen hacia personas que no debieran ser objeto de ellas - y este no es el caso si hablamos de afecciones hacia la familia, o hacia los hijos de Dios-. Así diremos: que afectos desordenados responden a los que no son gobernados por la Palabra y que por lo tanto nos llevan a obrar de una forma que no responde a la mente de Dios. Tales y parecidos afectos están en la fuente de todas las acciones puramente senti­mentales, muy bellas en apariencia, y loables a los ojos de los hom­bres, como también a los ojos de todo cristiano poco o nada espiritual.

  

En el fondo de este sentimentalismo existe el deseo de gustar una satisfacción personal, el gozo que se experimenta al expresar a otro su afecto, aunque uno no deba de ser correspondido; y lo grave es, que este gozo que se experimenta tiene más valor que el que se gusta en una senda de obediencia a la Palabra, y más si es necesario sufrir a causa de la justicia y por fidelidad al Señor en una manifestación de amor para o hacia Él (comparen Mateo 5: 10 al 12).

        

         Si conociéramos más estos goces, no vacilaríamos en darles prio­ridad sobre los otros y con ello mostraríamos que, para nosotros, los derechos del Señor priman por encima de todo.

 

         Los afectos que no estén en consonancia con la Palabra y el Espíritu de Dios, nos conducirán siempre a una debilidad cierta, y jamás nos conducirán a la firmeza que un hijo de Dios debe manifestar sin cesar en su marcha práctica, es decir, este será nuestro carácter. Un ejemplo de debilidad culpa­ble nos lo ofrece Elí: el afecto por sus hijos era tal que fue incapaz de obrar en vista de la salvaguardia de los derechos de Dios. Se limi­tó a una reprensión sin efecto, cuando lo que correspondía era una acción necesaria para poner fin al estado de cosas que deshonraba a Dios. Pues le vemos, a su vez, solidario con la conducta de sus hijos, por lo cual debe oír estas palabras:"¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí…?" (1 Samuel 2:29). ¿Cuál será la consecuencia bajo el justo gobierno de Dios? Elí es puesto de lado, porque fue infiel a Su dignidad y a su responsabilidad: "sus hijos iban atrayendo sobre sí maldición" y él "no los refrenó." (1 Samuel 2: 35 y 3:13 - VM). ¡Qué enseñanza, qué advertencia más solemne para los padres critianos! Nunca podrán educar a sus hijos "en disciplina y amones­tación del Señor" (Efesios 6:4) si los rodean de un afecto que no esté ordenado por la Palabra de Dios. Y así, cuando los niños habrán crecido, los padres co­rrerán el peligro de darles consejos poco susceptibles de interesarlos a andar en el camino que Dios querría para ellos.

 

         Los verdaderos hijos de Leví, deseosos de mostrar que, ante todo y por encima de otra consideración, ellos "están por Jehová", no vaci­larán en hacer valer, sin murmuraciones y razonamientos, los derchos de Dios, la obediencia a Su Palabra, antes que los sentimientos de afecto que puedan sentir por un hermano, un compañero o un amigo (Éxodo 32: 26 a 29). Esta es la bendición, tal como nos muestra el último versículo de este pasaje. En cambio, ¡cuántas veces obramos de manera diametralmente opuesta cuando lo que convendría es, ante todo, pensar en el testimonio del Señor! He aquí, por ejemplo, una acción a llevar a cabo - disciplina o excomunión - relacionada con una per­sona de nuestra familia, o de un hermano que nos sea particularmente querido. ¡En cuántos casos de éstos los sentimientos ocupan el pri­mer lugar! Una cierta oposición, más o menos destacada, o una abs­tención tomando una actitud nociva para la comunión de los santos, y para la acción de la asamblea, sea cual sea nuestra conducta sentimental, va en contra de las directrices señaladas por la Palabra y el Espíritu de Dios.

 

         Deuteronomio 13: 6 al 11, nos presenta el caso de uno - miembro de la familia, o bien amigo - que incita, hablando "en secreto", a abandonar al solo Dios verdadero, acción que dejando que se ejerza libre­mente conduce a romper la unidad del pueblo.

 

         El peligro para uno consiste en dejarse seducir por sus sentimientos. Al con­trario, en semejante caso es necesario, se impone, la enseñanza de Deuteronomio 13 de dar muerte al culpable, que en el terreno del Nuevo Testamento significa la exclusión de la comunión de la asam­blea, la cual debe de purificarse, quitando al "perverso de entre vosotros" (1 Corintios 5:13). Aquel que, por lazos de parentesco, o amistad, está ligado a un tal hombre, ¿debe oponerse o abstenerse? Todo lo contrario: La Palabra le dice: "tu mano se alzará primero sobre él para matarle" (Deuteronomio 13:9).

 

         ¿Se objetará en esto una falta de los deberes familiares o de constancia a la amistad? Contrariamente a lo que pueda pensarse, obrando así, se satisfacen plenamente todos estos deberes. En efecto, ¿cuál es el fin que se persigue cuando la asamblea quitando "al perverso"? Por lo que le concierne, es la purificación del mal; en vista de quien pecó, es una restauración completa. ¿Y quién es aquel que debe desear más la restauración de quien ha debido ser excluido de la comunión de la asamblea sino su hermano, su hijo, su hija, su esposa o su íntimo amigo? Mientras más íntimos son los lazos de afecto, más se mani­festará el deseo de ver restaurado a aquel que pecó. He aquí por qué, quien está ligado por lazos familiares, o por los de la amistad, obe­decerá sin vacilar al mandato de la Escritura: "tu mano se alzará primero sobre él." Ciertamente que en ello no hay ningún deseo de venganza; es en vista del bien, y esto es lo que conviene a la gloria de Dios entre los suyos.

 

         Cuán poco sondeamos estos pensamientos, ¿verdad? La mayor parte de las veces preferimos obrar sentimentalmente, persuadidos que hacemos el bien y que el Señor nos aprueba, desconociendo con ello lo que la Escritura nos enseña, esa Escritura que pone cada cosa en su lugar: primeramente los derechos de Dios y después el ejercicio del afecto del corazón unido a un amor verdadero en obediencia a la Palabra.

 

         En la misma línea de ideas, podemos aún tomar otro ejemplo y que es de los más frecuentes. En 1 Corintios 5: 9 al 11, se nos ofrece una ense­ñanza particularmente clara en relación con la conducta a seguir ha­cia aquel que debió ser excluido de la comunión de la asamblea: "Os escribí, en aquella carta, que no tuvieseis compañía con los fornicarios: no queriendo decir ciertamente los fornicarios de este mundo, ni los avaros, ni los rapaces, ni los idólatras: pues entonces tendríais que salir del mundo. Mas, siendo como es el caso, os escribí que no tuvieseis compañía con ninguno que se llame hermano, si es fornicario, o avaro, o idólatra, o  maldiciente, o borracho, o rapaz; con el tal, ni aun habéis de comer." (1 Corintios 5: 9-11; VM). 

 

         Una enseñanza tan clara como esta ¡y tan a menudo dejada de lado! Se pretende no estar sujeto a la obediencia porque nos unen lazos familiares, o de estrecha amistad, con aquel que la Palabra llama el "perverso" y con el cual ella nos advierte de no tener trato ni relación alguna, y damos así primacía a los sentimientos de nuestro corazón antes que a la Palabra. ¿Es así como manifestamos un amor verdadero? ¿Es de esta forma como colaboramos a la restauración del culpable?

 

         Añadimos que los hermanos ejercitados en cuanto al bien de la asamblea, que tienen en su corazón un verdadero interés por la restauración de quien debió ser excluido, velarán para que 1 Corintios 5: 9 al 11 no se pierda de vista. Si hay necesidad, se harán las obser­vaciones que fueran pertinentes con dulzura y con amor; en caso de necesidad se repetirán, pero si no surtieran efecto, otras advertencias serias llamando la atención sobre la gravedad de lo que representa la desobediencia a la Palabra se dirigirán aún, y en caso extremo, aquel que rehúse tomar cuenta de estas observaciones y advertencias, puede hallarse sujeto a la acción de la asamblea en disciplina y su obstinación - pues está escrito que es como "idolatría" (1 Samuel 15:23). Sería susceptible, si el caso fuera irreductible, a que la excomunión tuviera que ser aplicada. Todo esto - en la práctica - exige sabiduría y discernimiento, paciencia y firmeza a la par.

 

         También es echar al olvido la enseñanza de la Escritura en ocasión de la presentación del Evangelio, cuando se hace gala de este sentimentalismo que tiene como propósito y finalidad hacer vibrar la cuerda sensible de los sentimientos del auditorio. Expresiones de la naturaleza humana destinadas a producir emociones, desarrollo de hechos puramente imaginativos, citación de imágenes más o menos bien escogidas, pro­vocación de entusiasmo, grandilocuencia, todo esto que es confundido por el verdadero poder de la predicación, puede, sin duda, conseguir que ciertas almas reciban 'la Palabra con gozo', pero "no tienen raíz en sí" y todo termina en nada a fin de cuentas (Marcos 4: 16 y 17).

 

        Y otra cosa aún más grave. Una acción sentimental, aunque sea efectuada por un creyente lleno de amor por el Señor, deseoso de testificar acerca de este amor, aunque esto no se trate de afecto por los miem­bros de su familia o por sus hermanos en Cristo, más para el mismo Señor, puede conducirnos a ser instrumentos del adversario. Pedro ha hecho la triste experiencia. El Señor había mostrado a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén, y padecer mucho de los an­cianos, y de los principales sacerdotes, y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Pedro prodiga su lenguaje senti­mental: ama a su Señor y no quiere verle sufrir y menos aún morir; y la expresión de los sentimientos de su corazón le llevan a decir: "Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca." En el mismo instante que el Señor dice "que le era necesario...", Pedro afirma osadamente "de ninguna manera esto te ha de acon­tecer" (Mateo 16:22 - VM). Sin que él fuera consciente en esos momentos, es el juguete del enemigo. Por lo cual debe escuchar esta palabra de la boca del Señor: "¡Apártate de mi vista, Satanás! ¡de tropiezo me sirves: porque no piensas en lo que es de Dios, sino en lo que es de los hombres!" (Mateo 16: 21 al 23 - VM).

 

         Aún podríamos hallar en las Escrituras otros ejemplos en apoyo de lo que hemos presentado, pero los citados son suficientes para mostrarnos cuán importante es el que velemos con respecto a nues­tros corazones. Guardémonos   de obrar según los sentimientos, aun de los más legítimos, y demos prioridad a los derechos del Señor y a la obediencia a la Palabra por sobre el afecto que sentimos por los miem­bros de nuestras familias, o por los hermanos en Cristo. Que se nos conceda unir "a la fraternidad, amor" (2 Pedro 1:7 - VM).

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1961, No. 51.-

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