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EL NUEVO PACTO Y LA IGLESIA

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EL NUEVO PACTO Y LA IGLESIA

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

Es de mucho interés y edificación considerar lo que la Palabra de Dios nos declara acerca del "nuevo pacto" para conocer su verdadero alcance y significado. ¿Concierne so­lamente a Israel, al pueblo terrestre, o se aplica también a la Iglesia, a los creyentes de la dispensación de la gracia, como podría deducirse, aparentemente, de escrituras como Lucas 22:20: "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama."?

 

Leemos en Jeremías 31: 31-34: "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres…; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová."

 

Este nuevo pacto tendrá dos caracteres esenciales: En pri­mer lugar, la ley divina será escrita en sus corazones, la ten­drán en sus entrañas (Jeremías 31:33 "sino que éste será el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" - VM). En segundo lugar, todos la cono­cerán, desde el más pequeño hasta el más grande; ninguno enseñará a su prójimo, o a su hermano (Jeremías 31:34).

 

El nuevo pacto tiene como base la sangre de Cristo, cuya virtud es mucho más eficaz que la de la sangre de los anima­les inmolados bajo la ley. Traerá al pueblo terrestre las ricas bendiciones del reino milenial: la justicia, la paz, la prospe­ridad, el gozo. La Iglesia no es participante de este pacto, el cual concierne especialmente a la casa de Israel, pero ella se halla en el beneficio de la obra de Cristo, y goza de privile­gios mucho más elevados y gloriosos que los que gozará el pueblo de Israel en virtud del Nuevo Pacto.

 

En efecto, la Iglesia ocupa un lugar preeminente en los pensamientos de Dios. Ella se halla colocada fuera del re­cinto de Israel y de las diferentes dispensaciones relacionadas con la tierra. Su historia es como un paréntesis en los modos de obrar de Dios tocante a Su pueblo terrestre. La Iglesia es celestial, tan­to en su origen como en su destino. Sus bendiciones son espi­rituales y celestiales (Efesios 1:3), y no terrenales, como lo serán – en su conjunto – las bendiciones del Nuevo Pacto para el pueblo restablecido en la tierra de la promesa. Ade­más – y es de suma importancia – la mayor diferencia en­tre el pueblo de Israel y la Iglesia reside en el hecho de que la Iglesia ha sido introducida en una relación maravillosa e incomparable: ella es la Esposa de Cristo, y el objeto de Su más profundo y ardiente amor. La unión de Cristo y de la Iglesia es el misterio escondido en Dios desde antes de los siglos, y por cierto no existe otra compañía de santos que tenga una posición tan elevada.

 

Si meditamos y escudriñamos la Palabra de Dios sobre este precioso tema, estaremos de acuerdo en que Dios, en Sus consejos, no ha colocado a todas las clases de salvados sobre el mismo terreno de bendición. Y esta observación puede aplicarse tam­bién a los creyentes considerados individualmente. Habrá di­ferencias, todos los creyentes no ocuparán el mismo rango en el cielo; y bien podemos pensar, por ejemplo, que en la gloria, el apóstol Pablo será distinguido entre otros muchos creyentes. Como se ha dicho, todos los creyentes serán como vasos de diferentes tamaños zambullidos en el océano del amor divino. Sus respectivas capacidades no serán iguales, pero to­dos se hallarán llenos de una plenitud de Dios.

 

Varias diferencias subsistirán más tarde entre Israel y las naciones, aunque no se puede decir que la pared inter­media de separación será restablecida. Israel se hallará a la cabeza de las naciones, y éstas serán bendecidas en Israel, o sea a causa de Israel. Ocupará una posición preeminente, mos­trando así que sigue siendo el pueblo elegido para siempre.

 

Recordemos pues que no hay ningún pacto establecido con los cristianos. El Nuevo Pacto será para Israel, como lo fue el Antiguo. Los creyentes gozamos espiritualmente de todos sus beneficios y bendiciones, y mucho más aún, como lo hemos visto más arriba. El Nuevo Pacto tiene su base o fundamento, en la sangre de Cristo, pero los judíos lo rechazaron. En es­píritu, la Iglesia participa del Nuevo Pacto, es decir que ob­tenemos el perdón de nuestros pecados y el conocimiento di­recto de Dios. Pero los privilegios de la Iglesia son mucho más elevados, porque ella va unida a Cristo, y su vocación es celestial.

 

En conclusión, recordemos pues que Dios ha hecho lo ne­cesario para establecer el Nuevo Pacto: la sangre fue derra­mada para remisión de los pecados. Los judíos, como nación, han rechazado este Nuevo Pacto, de modo que Dios aplazado su establecimiento. Por otra parte, habiendo Dios colocado los fundamentos de este Pacto, los creyentes nos beneficiamos de la gracia que se halla en él; pero, otras revelaciones de la Palabra de Dios nos han colocado en un terreno mucho más elevado y sublime, y nos han dado a conocer privilegios mucho más excelentes.

 

(a. r.)

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1961, No. 54.-

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