VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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"de Gedeón, de Barac" (Paul Fuzier)

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"…de Gedeón, de Barac…"

 

(Hebreos 11:32)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

¿Por qué el enemigo libra contra el pueblo de Dios fre­cuentes y rudos asaltos? ¿Por qué los permite Dios? La his­toria de Israel, tal como nos es presentada en el libro de los Jueces (que es la segunda Epístola a Timoteo del Antiguo Testa­mento) da la respuesta a estas preguntas: y es "porque los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová" que Él interviene para librarlos de entre las manos de Jabín rey de Canaán o de Madián (Jueces 4: 1, 2; 6:1). El enemigo se desencadena porque Jehová por un mo­mento le permite zarandear a Su pueblo. Es el amor de Dios en favor de Israel lo que Le conduce a ejercer sobre éste, un juicio gubernamen­tal; sin duda que en vez de esto, hubiese preferido poder ben­decir a Su pueblo y hacerlo prosperar en paz, pero las reno­vadas infidelidades de los hijos de Israel Le constriñen a dejar que el enemigo obre, sea Madián o bien el rey de Canaán.

Son nuestras faltas repetidas, toleradas y no juzgadas, las que conducen a Aquel que, a pesar de todo, nos ama siempre, a dejar que el enemigo opere en contra nuestra por medio de sus terribles asaltos. Pasamos con tanta facilidad por encima de nuestras faltas, y creemos a veces que el hecho de citar el ejemplo de hijos de Dios que pueden haber hecho aún peor, esto nos excusa, y que la pretendida culpabilidad de los tales si no establece nuestra inocencia cuando menos justifica nuestra manera de obrar. Terminamos por acostumbrarnos a una multitud de de­bilidades, una suerte de endurecimiento se produce en nosotros y somos llevados a creer que puesto que las cosas han sido así por cierto tiempo, siempre continuarán de la misma forma. Pero Dios, por el hecho de amarnos, no lo permite en manera alguna. Sin duda que Su gracia opera y Su paciencia en favor nuestro es manifiesta haciéndonos entender repetidas veces Sus advertencias de manera diferente según lo que nos corresponde en cada caso, pero si permanecemos insensibles y persevera­mos en la obstinación de nuestros corazones endurecidos, en­tonces, Él es constreñido a obrar en Su gobierno hacia nos­otros. Entonces Su pueblo, es ¡como entregado al enemigo!

¡Que nos sea concedido comprender el porqué de estos asaltos del adversario, en lugar de pararnos a considerar causas se­cundarias! Que esto nos conduzca en primer lugar, a juzgar ante Dios todo lo que en nuestras vidas individuales y en la vida de las asambleas no ha sido según Su voluntad y para Su gloria. Ciertamente, es ahí donde Dios quiere conducirnos y este es, precisamente, el fin de la disciplina que nos dispensa.

Cuando el enemigo se presenta, sea con todo su poder, o en forma de celadas o astucias es necesario combatirlo.

Orando, ¡qué duda cabe! – en el libro de Jueces, hallamos a menudo que los hijos de Israel "clamaron a Jehová" – pero combatiendo también, el mismo libro nos lo enseña igualmente. Este combate viene a ser más difícil para nosotros cuando nuestro encarnizado adversario ha trabajado de antemano en vista de arrebatarnos el sustento necesario para el alma y de quitarnos las armas indispensables para la lucha. ¿Cómo rea­lizar entonces Efesios 6: 10-11: "… fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo."? – Los hombres de Madián "destruían los frutos de la tierra," y "no dejaban qué comer en Israel" (Jueces 6:4), mientras que en los días de Jabín rey de Canaán 'no se veía escudo ni lanza entre cuarenta mil en Israel', ni las armas defensi­vas tipificadas por el "escudo", ni las ofensivas, por "la lan­za" (Jueces 6: 3 al 6; 5:8). Esto nos ayudará a compren­der el porqué, en los días en que deberíamos combatir, esta­mos generalmente poco dispuestos a ello. No estamos reves­tidos de "toda la armadura de Dios"; por otra parte – y esto es la consecuencia – sintiendo más o menos la debilidad que nos caracteriza, en vez del combate preferimos la paz, aunque sea a costa de las más graves concesiones.

Heber ceneo, es un ejemplo de esos que en lugar de combatir al adversario, pac­tan con él; se había separado de su propia tribu y tenía paz con Jabín, el enemigo del pueblo (Jueces 4: 11 al 17). Pero recalquemos aquí la fidelidad de Jael, su esposa: a pesar de la debilidad culpable de su marido, ella no vacilará en su propia tienda, en matar a Sisara, general del ejército de Jabín – (imagen de lo que una mujer firme en su piedad puede ser conducida a hacer en su propio hogar, si su marido se caracteriza por una debilidad notoria). Además, el adversa­rio viene a sugerirnos pensamientos como el siguiente: «las con­cesiones que debemos de hacer para tener la paz, representan bien poca cosa en el fondo, ¿no es preferible ceder antes que enzarzarse en combates en los cuales no podemos prever las consecuencias? – por otra parte, estos combates ¿no son lu­chas fraternales? y en fin ¿no será preferible y aun convenien­te dejar que Dios obre en su preciso momento, esperando pacientemente en oración que nos conceda la liberación?» En apariencia todo esto es excelente, pero de hecho, un tal com­portamiento deja campo libre al adversario que prosigue gus­tosamente su trabajo de destrucción.

 

En Barac tenemos la ilustración de esa falta de energía moral que le conducirá a rehuir el combate. Ha sido precisa toda la gracia de Dios – la determinación de Débora en este caso -- para persuadirle al fin, a reunir diez mil hombres de Zabulón y de Neftalí, acudir con ellos al campo de batalla, donde ha sido el espectador de la victoria conseguida por Jehová, el cual ha entregado a Sísara en sus manos (Jueces 4: 8 al 16). La ilustración es más parecida aun con Rubén, Galaad, Dan, Aser o los habitantes de Meroz, gentes que ha­llaron muchos pretextos y objeciones para mantenerse aleja­dos del combate. Sin embargo Gedeón, a pesar de su debili­dad reconocida y confesada, irá a la batalla, habiendo sido formado y preparado para ello.

Después de leer lo que nos dice el libro de los Jueces no hay duda de que nosotros no hubiésemos inscrito a Barac en manera alguna en el registro de los héroes de la fe que halla­mos en Hebreos 11. Pero Aquel que no toma cuenta la apa­riencia exterior ha discernido en el corazón de Barac la rea­lidad de una fe verdadera. ¡Qué estímulo para nosotros: podemos manifestar la falta de energía de un Barac, pero Dios considerará aun por encima de esto, si tenemos al menos un poco de fe que nos sirva para luchar por Su gloria!

 

Como hemos recalcado, a pesar de las vacilaciones de un Barac sin energía, la victoria, de todas maneras, es con­seguida. De hecho es el Señor quien la obtiene y solo Él y nadie más que Él es quien puede obtenerla: "Y Jehová quebrantó a Sísara, a todos sus carros y a todo su ejército, a filo de espada delante de Barac" (Jueces 4:15 – compárese con Jueces 6:16; 7: 7 y 22). Pero, ¿de qué instrumentos se sirve? De un Barac, de una Débora, de una Jael. Esto nos habla con elocuencia de la ruina del pueblo en aquellos días.

 

El capítulo 4 nos da pocos detalles del combate, los halla­remos más abundantes en el capítulo 5. En su cántico – cántico al cual se asocia Barac – Débora celebra la liberación que mar­ca un momentáneo avivamiento del pueblo. Exhorta a los hijos de Israel a bendecir a Jehová, y esto en primer lugar y por dos motivos: "Por haber tomado el mando los caudillos en Israel" y "por haberse ofrecido voluntariamente el pueblo." (Jueces 5:2 – VM).

A pesar de la ruina, la debilidad del pueblo y su falta de energía para la batalla, cuanto menos, Dios ha operado en algunos de los jefes que 'han tomado el mando' y de una manera general en el conjunto del pueblo, pues aquí no nos dice otra cosa más que 'se ha ofrecido voluntariamente'. Cuando las cosas son así, cuánto agradecimiento debemos a Dios.

Aquellos a quienes Dios ha confiado una responsabilidad especial en medio de Su pueblo, en el día de la batalla, son 'los que deben tomar el mando'. Se comprende que las vacilacio­nes no falten – se dirá de buena gana: «no soy muy califica­do para esto, hay otros con más aptitudes, etc."...» -- pues en todas las batallas se reciben golpes y heridas. Es necesario, también, que aquellos que constituyen el conjunto del pueblo, comprendan su propia responsabilidad y 'se ofrezca voluntariamente'. Nadie puede decir: «Esta batalla no me interesa, pues no tengo parte ninguna en este asunto» -- pues muchos son los que, una vez acabada la lucha acabada, están contentos de gozar en paz, de los frutos de la victoria (comparar Jueces 5:10), cuando solamente unos pocos fueron los que combatieron. A pesar de que todo Israel fue llamado al combate, no todos vinieron a librar la batalla, solamente el "resto de los nobles" (Jueces 5:13). ¡Cuán precioso estímulo para este resto de nobles: El Señor 'descendió contra los fuertes'! (Jueces 5:23).

¡Qué otro motivo de estímulo también para el fiel: Dios conoce los que están dispuestos a combatir y también sobre los que prefieren quedar atrás! Efraín, Benjamín, Zabulón e Isacar con sus príncipes no han retrocedido; sin vacilar se pre­sentan para librar los combates de Jehová (Jueces 5: 14-15).

Pero su ejemplo no ha sido imitado por Rubén, Galaad, Dan o Aser, ¡ni tampoco por los habitantes de Meroz!

 

Rubén tuvo "grandes determinaciones" y "grandes deliberaciones de corazón" (Jueces 5: 15 y 16 – VM). ¿Quién contará 'las grandes determinaciones y deliberaciones de corazón' que han retenido a tantos creyentes que fueron llamados a tomar parte en los combates de Dios; combates por la verdad, combates "por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos." (Judas 3: LBLA)? Los sentimientos de afecto legítimamente experimentados hacia un familiar o un hermano en Cristo, a menudo tomando toda consideración sobre todo lo demás y así vemos que en el día de la batalla, la vanguardia es bien escuálida. El ejemplo de Abraham nos es ofrecido también en Hebreos 11, no entre los héroes de la fe del versículo 32, mas entre los que mani­festaron la paciencia, la confianza y la obediencia de la fe. Cuando se trata de obedecer a Dios (Hebreos 11: 17 al 19), Abraham hace enmudecer todos los sentimientos del corazón, y sin embargo, Dios le pedía mucho: debía de ofrecer en holo­causto "su hijo", "su único" "a quien amaba", ¡Isaac! Y en su corazón ha ido hasta el sacrificio: Dios sabía que si el brazo de Abraham no hubiese sido detenido en el monte de Moría, este hubiese obedecido hasta el fin. ¡En cambio en Rubén ha­llamos una cosa bien diferente! En lugar de acudir a la bata­lla se quedó "entre los rediles, para oír los balidos de los rebaños" (Jueces 5:16); deseaba gozar de la prosperidad material, de las bendiciones acordadas por Dios y esto constituía para él un obstáculo en el día de la batalla. ¡Qué lamentable! Bien podemos compro­bar que Rubén tiene más imitadores que Abraham, imitadores caracterizados por una falta de energía moral, los cuales en vez de obedecer, prestos a combatir cuando están en juego los intereses y la gloria de Cristo, se mantienen a parte después de largas 'consideraciones y deliberaciones de corazón', consideraciones y deliberaciones de las cuales nada hallamos en Génesis 22: 3 y 9, 10.

 

Asimismo, Galaad no se halla muy dispuesto al combate. Genealógicamente, Galaad desciende de Manases (en 1 Crónicas 5:14 hallamos incluso un Galaad entre los Gaditas) y el país de Galaad se dividía entre Rubén, Gad y la media tribu de Manasés; ahora bien, sabemos que Rubén, Gad y la media tribu de Manasés habitaban en la otra parte del Jordán en lugar de haber tomado posesión del país de Canaán. Esto nos permite comprender lo que nos dice de Galaad en Jueces 5:17 "Galaad se quedó al otro lado del Jordán". Triste imagen de los creyentes que no conocen de manera práctica su po­sición celestial y se conforman a un cristianismo terrestre, de lo cual se desprende la falta de interés y deseo en tomar parte en las batallas que es preciso librar, si se toma en serio el mantener un testimonio fiel, un testimonio para Cristo. En el fondo, ellos no saben lo que es este testimonio: ¿podrán, por lo tanto, tenerlo en estima o ser de algún valor a sus ojos? Y bien pro­bado es, que uno está dispuesto a luchar y a vencer solamente por aquello a lo cual atribuye un valor.

 

Dan 'se estuvo junto a las naves', Aser 'se mantuvo a la ribera de la mar y se quedó en sus puertos' (Jueces 5:17). Cuántos creyentes están absorbidos por sus negocios, sus in­tereses terrenales hasta el punto de consagrarse casi por en­tero a lo que debemos dejar para siempre jamás... ¡Tienen de­masiadas ocupaciones, no tienen tiempo para pensar en los combates a librar por Cristo y Su testimonio, y menos aun de tomar parte! Además ¿representa esto para los tales algún in­terés?

 

Mientras que Rubén, Galaad, Dan y Aser desfallecen, hay otros, ¡y bendito sea Dios! que manifiestan una verdadera consagración a los intereses y a la gloria de Dios. "El pueblo de Zabulón expuso su vida a la muerte". "Y Neftalí..." (Jueces 5:18 compárese con Jueces 4:10).

¡Qué recompensa tendrán estos fieles que, a pesar del oprobio y el sufrimiento, a despecho de tantos desfallecimientos a su alrededor, han llegado hasta el sacrificio de sus vidas! De estos puede decirse: "y no amaron sus vidas, exponiéndolas hasta la muerte." (Apocalipsis 12:11 – VM).

Estos luchadores no se glorían de sus victorias: saben, como el propio David dirá más tarde – que "de Jehová es la batalla" (1 Samuel 17:47): "¡Desde los cielos, pelearon! ¡los astros, desde sus órbitas, pelearon contra Sísara!" (Jueces 5:20 – VM; compárese con Jueces 5: 4, 6, 7, y 14 a 16). En la batalla, realizan su gran debilidad, y cuentan sobre Quién es todopoderoso, el cual quiere manifestar Su poder en la debilidad de los instrumen­tos que se place en levantar.

 

A continuación vemos una maldición pronunciada sobre Meroz y sus habitantes: Jueces 5:23. ¿Por qué son malde­cidos? Pues, porque no vinieron al combate, ni se unieron a los que son nombrados "hombres fuertes" porque su fuerza radica sólo en Dios. La expresión que se usa aquí es notable: los habitantes de Meroz "no vinieron al socorro de Je­hová". La batalla a librar es por Jehová y no por tal o cual hombre o grupo de hombres. Es Jehová, es Su testimonio lo que está en peligro y es en socorro de El que es preciso acu­dir. Si por una parte es cierto que 'la batalla es de Jehová', que solo Él puede dar la victoria, por la otra, Él llama a los suyos a fin de que vengan a combatir y de alguna suerte 'socorrer­le' en el peligro latente. ¡Qué precio más grande y qué impor­tancia dan estas cosas, en relación con el combate a librar! ¿Quién es pues aquel que rehusará venir "al socorro de Jehová, al socorro de Jehová?".

 

En estos capítulos del libro de Jueces, hallamos también, en relación con el combate, una instrucción útil a obtener en la historia de Gedeón.

Todos los esfuerzos del adversario tendían a privar al pueblo de alimentos. Mas Gedeón teniendo conciencia plena de las consecuencias resultantes de todo esto, se ocupa activa­mente, con los recursos y medios que posee, a poner un poco de trigo al abrigo de la rapacidad madianita. (Jueces 6: 3 - 6 y 11).

Dios sabe en qué están ocupados nuestros corazones y cuál es la finalidad que perseguimos; por lo cual el Ángel de Jehová apareciendo a Gedeón le declara seguidamente: "Jehová está contigo..." En otros términos: «Eres aprobado en lo que haces, el interés que te guía en favor de Su pueblo, te asegura la presencia de Jehová a tu lado y todo Su apoyo.» Más en Gedeón hallamos aún otro rasgo remarcable: no se encuentra en él ninguna pretensión de fuerza: todo lo contrario, tiene conciencia de su debilidad y la confiesa: "He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre." (Jueces 6:15). Un hombre semejante está calificado para librar los combates de Jehová: las ideas que le ocupan, el interés que tiene hacia el pueblo de Dios, la actividad que despliega para asegurar algún alimento a ese pueblo, el sentimiento que tiene de su propia pequeñez, de su incapacidad, ¡todas estas cosas hacen de él un instrumento del cual Dios podrá valerse!

¿Será llamado súbitamente a combatir contra Madián, ese enemigo del pueblo? No. El servicio empieza siempre por la casa de uno; el combate, a veces, también. En la casa de Joás, padre de Gedeón había un altar de Baal, una imagen de Asera... ¡Qué humillación! Era allí que debía dar la batalla en primer lugar contra el adversario. Combate bien difícil por cierto. Sólo de pensarlo, Gedeón tiembla ante la idea de derribar el  altar de Baal y derribar la imagen de Asera. Podemos comprender perfectamente sus temores. ¿Acaso nosotros no hubiésemos retrocedido? ¡Cuántos argumentos hallaríamos para no hacer lo que está ordenado! ¡Más la fe no razona jamás y, tal como Abraham en otro tiempo, sin presentar objeción alguna, Ge­deón obedece. Obedece "de noche", es cierto, pero al menos, obe­dece!

El versículo 31 de Jueces 6 nos dice cuál fue el resultado de la obediencia: a los hombres de la ciudad que le habían de­clarado: "Saca a tu hijo para que muera, porque ha derribado el altar de Baal y ha cortado la imagen de Asera que estaba junto a él", Joás responde, "¿Contenderéis vosotros por Baal? ¿Defenderéis su causa? Cualquiera que contienda por él, que muera esta mañana. Si es un dios, contienda por sí mismo con el que derribó su altar."

Al igual que de los Tesalonicenses, sin duda puede decirse también de él, que se 'había convertido de los ídolos a Dios' (1ª. Tesalonicenses 1:9). Después de los temores sentidos, Gedeón con toda certeza ha conocido un gozo profundo al oír las palabras de su padre.

¡He aquí un ejemplo a imitar en las batallas que puedan ofrecernos alguna analogía con esta! Los únicos combates a librar debieran ser contra el enemigo que está en Canaán... "las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:12), pero, ¡cuántas veces debemos encontrar el enemigo en nuestra propia casa o en la casa de los nuestros! ¿Estamos dispuestos y preparados a afron­tarlo y a salir triunfadores? ¿Hallaremos en nuestros días muchos Gedeones? Pocos, muy pocos sin duda alguna, como tam­poco hallaremos muchas Jaeles!

Habiendo librado victoriosamente – a pesar de su debi­lidad y su temor – este primer combate, Gedeón está capaci­tado para enfrentarse con Madián. Partirá a la lucha con treinta y dos mil hombres, un ejército poderoso en apariencia, capaz de lograr la victoria. Pero en ese caso Israel se gloria­ría de la victoria y es preciso que todo sea a la gloria de Dios. Por lo cual el Señor desecha a los que no eran propios para la lid; entre treinta y dos mil, solamente trescientos po­drán acompañar a Gedeón, al cual el Señor declara: "Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos…" (Jueces 7: 1 a 8). "Os salvaré" "y entregaré a los Madianitas en tus manos", todo es en El. Pero recalquémoslo aún. Dios quiere emplear instrumentos para combatir: "Con estos trescientos hombres..." ¡Qué estímulo para los combates que es preciso librar con­tra un adversario que nunca rinde las armas, mas cuyos asal­tos son cada vez especialmente peligrosos!

 

Dios nos enseña por Su Palabra. ¡Que nos conceda un oído atento, la fuerza y la energía que a veces nos falta para com­batir en la pelea, tantas veces necesaria para Su gloria y para el sostén de un fiel testimonio!

 

"¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac,…" (Hebreos 11:32).

¡Estos dos hombres figuran en la línea de la fe de Hebreos 11, entre los siete que se citan como ejemplo de los héroes de la fe! Han combatido en días de ruina, su debilidad era gran­de... ¡Tal como ellos, vivimos también días de relajamiento y decadencia, y nuestra debilidad es más grande de lo que po­demos pensar! Jueces 5:2 nos habla de "los caudillos" que 'tomaron el mando' (VM) y 'del pueblo que se ofreció de buena voluntad'. ¡Qué responsabilidad para aquellos que 'to­man el mando' (compárese con 1ª. Tesalonicenses 5: 12-13) y que puede ser que vacilen a veces como Barac cuando era necesario que se pu­siera 'a la cabeza' para el combate a librar! Pero, ¡qué respon­sabilidad también, no lo olvidemos, para los que son llamados a tomar parte en la batalla y que son exhortados a imitar, no a Rubén, Galaad, Dan, Aser o Meroz, sino al contrario, a Efraín, Benjamín, Zabulón, Neftalí e Isacar!

 

Permita el Señor que no sea dicho de nosotros: "no vinie­ron al socorro de Jehová, al socorro de Jehová..." (Jueces 5:23).

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1962, No. 57.-

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