VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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EL VERDADERO FUNDAMENTO DE LA PAZ

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EL VERDADERO FUNDAMENTO DE LA PAZ

 

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

 

 

"Cuando yo vea la sangre pasaré sobre vosotros" (Éxodo 12:13 – LBLA)

 

 

La sangre sobre el dintel aseguró la paz de Israel. No precisaba otra cosa que la aspersión de la sangre para gozar perfecta paz a cubierto del ángel destructor. Dios no añadió nada a la sangre porque nada más precisaba para poder sal­var de la espada de la divina justicia. Dios no dijo: «Luego que viere la sangre y los panes sin levadura, o las yerbas amargas, pasaré por encima de vosotros

De ningún modo; esas cosas tenían su propio lugar y en él su justo valor; pero jamás podían ser consideradas como base de la paz en presencia de Dios. Se hace muy preciso presentar bien clara y sencillamente a la inteligencia de todos nosotros los verdaderos e inmutables fundamentos en que des­cansa la paz. Tantas cosas se han mezclado a la obra de Cris­to, que muchas almas se encuentran a oscuras a este respecto, y en medio de la incertidumbre en lo que toca a su acepta­ción por Dios. Bien saben que no hay otro camino de salvación que el de la sangre de Cristo; también los diablos saben esto, pero el saberlo de nada les aprovecha. Lo necesario es saber que estamos salvados, que somos salvos, absoluta, perfecta y eternamente. El es­tar salvado en parte, o perdido en parte; absuelto en parte y en parte condenado; muerto a la vez que vivo; y nacido de Dios en parte y en parte no, eso no existe, ni puede existir según Dios. Existen solamente los dos estados, y es preciso que cada uno de nosotros se encuentre en el uno o en el otro y no en los dos a la vez. El Israelita no se hallaba en parte abrigado por la sangre, y en parte expuesto a la espada justiciera; sabía que estaba ya a salvo. No lo esperaba como una cosa futura, o una contingencia dudosa. Estaba enteramente a salvo. ¿Y por qué? Porque Dios había dicho: "Cuando yo vea la sangre pasaré sobre vosotros." Se apoyó sencillamente sobre el testimonio de Dios acerca de la sangre; afirmó que Dios era verdadero.

Creyó a la palabra de Dios, y esto le dio la paz. Podía tomar su lugar en la fiesta de la Pascua con toda confianza, quietud y seguridad, sabiendo que el Ángel destructor no po­día tocarle puesto que una víctima sin defecto había muerto por él. Si se hubiese preguntado a un israelita sobre la paz que gozaba: ¿qué hubiera contestado? ¿Hubiera dicho: «Yo sé que no hay otro modo de escapar, sino por la sangre del cordero, y yo sé que este camino es divinamente perfecto, y, además, yo sé que aquella sangre ha sido vertida y rociada sobre los postes de mi puerta; sin embargo, no me siento satisfecho, no puedo asegurarme que estoy en salvo; temo de no dar a la sangre su justo valor y de no amar al Dios de mis padres como es debido»? ¿Hubiera un Israelita respondido así? No, por cierto. Pero entre los que profesan ser cristianos se cuentan por cientos de miles los que usan tal lenguaje cuan­do se les pregunta si tienen la paz con Dios, la paz de sus con­ciencias. Ponen sus propios pensamientos respecto de la san­gre en el lugar de la sangre misma; y así, resulta que hacen depender la salvación solamente de ellos mismos, como si hu­bieran de ser salvados por sus obras.

El Israelita era salvado por la sangre sola y no por sus propios pensamientos. – Sus pensamientos podían ser pro­fundos, o superficiales; pero ni lo uno ni lo otro tenían nada que ver con su salvación; no era salvado por sus pensamientos, ni por sus sentimientos de la sangre, pero sí por la sangre. Dios no había dicho: «Cuando vosotros veréis la sangre, pasaré por encima de vosotros» sino que dijo: "Cuando yo vea la sangre". Lo que dio la paz al Israelita fue la certeza de que el ojo de Jehová perma­necía fijo sobre la sangre. Esto solo sosegó su corazón. La sangre estaba fuera y el Israelita quedaba dentro con la puer­ta cerrada, de manera que no le era posible verla; pero Dios la veía y esto bastaba.

Esto tiene fácil aplicación a la paz de un pecador. Cristo, habiendo derramado su sangre como perfecta expiación por el pecado, la ha rociado en presencia de Dios, y el testimonio de Él asegura al creyente que todo está hecho a su favor, y nada más queda que hacer. Todas las demandas de la jus­ticia han sido satisfechas; el pecado ha sido alejado una vez para siempre de sus santos ojos, de manera que todo el amor que existía en el seno de Dios por nosotros, halla modo de expresarse así, y puede correr por el camino que Cristo ha abierto por el sacrificio de Sí mismo. El Espíritu Santo da testimonio de esta verdad. Muestra siempre la estimación en la que Dios tiene la sangre de Cristo. Presenta al pecador la obra consumada sobre la Cruz. Declara que todo está hecho, que el pecado ha sido quitado y la justicia satisfecha, apron­tada 'para todos los que han creído.' ¿Creído qué? Lo que Dios dice, porque Él lo dice y no porque ellos lo sientan.

Empero, tenemos siempre la tendencia de buscar en nos­otros mismos el fundamento de la paz. Consideramos la obra del Espíritu en nosotros, en lugar de la obra de Cristo por nosotros, como el fundamento de la paz. Esto es un gran error. Sabemos que las operaciones del Espíritu de Dios tie­nen su propio lugar de acción en el cristianismo, pero nuestra paz no se fundamenta sobre Su obra. El Espíritu Santo no hizo la paz; fue Cristo quien la hizo. No se puede decir que el Espíritu Santo sea nuestra paz – Cristo es nuestra paz. Dios no anunció las buenas nuevas de la paz por medio del Espíritu Santo sino por medio de Jesucristo. (Hechos 10:36.) Dios envió palabra a los hijos de Israel anunciando la paz por medio de Jesucristo: este es el Señor de todos. "Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca." (Efesios 2: 14 al 17). "Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz." (Colosenses 1:20).

El Espíritu Santo nos presenta a Cristo; nos hace conocer, gozar, y alimentar de Cristo. Da testimonio a Cristo, toma de las cosas de Cristo y nos las enseña a nosotros. Él es el poder de comunión, el sello, el testigo, las arras, la unción; en fin, Sus operaciones son esenciales. Sin Él, no podemos ni ver, ni oír, ni sentir, ni experimentar, ni gozar nada de Cristo, esto es claro, y todo cristiano verdadero e instruido comprende y acepta esto. Sin embargo, la obra del Espíritu no es el fun­damento de la paz, aunque nos pone en estado de gozar de la paz, Él no es nuestro título, aunque nos manifiesta nuestro título, y nos pone en estado de gozarlo.

El Espíritu Santo continúa siempre su obra en el alma del creyente. "Intercede por nosotros con gemidos indecibles." (Romanos 8:26). Tra­baja para conformarnos al Señor Jesucristo. Aspira a pre­sentar todo hombre perfecto en Jesucristo. Es el autor de todo buen deseo, de toda santa aspiración, de toda inclinación pura y celestial, de toda divina experiencia, pero Su obra en nosotros, y para con nosotros, no será consumada hasta que hayamos dejado la escena presente y una vez hayamos sido llevados a nuestro lugar con Cristo en la gloria: como sucedió en el caso del criado de Abraham, su obra no fue terminada hasta que hubo presentado Rebeca a Isaac.

La obra de Cristo por nosotros difiere de la del Espíritu; aquélla es absoluta y eternamente consumada. Él podía decir: "He acabado la obra que me diste que hiciese" (Juan 17:4), y otra vez "Consumado es" (Juan 19:30). El Espíritu Santo no puede aún decir que ha consumado Su obra. Es verdad que ha trabajado con paciencia y fidelidad durante casi dos mil años – el divino Vicario de Cristo sobre la tierra. Todavía obra entre las diversas influencias hostiles que rodean Sus operaciones; todavía obra en los corazones del pueblo de Dios para que su progreso en la vida cristiana les lleve en práctica y experimentalmente a alcanzar la medida divina que Dios nos ha dado. Pero nunca enseña a un alma apoyarse sobre Su obra para obtener paz en la presencia de la santidad divina. Su misión es hablar de Jesús; no de Sí mismo. Dice Cristo: "To­mará de lo mío, y os lo hará saber". (Juan 16:14). No puede presentar al alma otro fundamento sobre el cual pueda morar para siempre con seguridad, sino la obra de Cristo. Es sobre el funda­mento y en virtud de la perfecta expiación de Cristo, que el Espíritu Santo mora y obra en el creyente, "En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa." (Efesios 1:13). El Espíritu Santo no tiene poder ninguno para abolir el pecado. Esto es hecho por la sangre de Cristo. "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado." (1 Juan 1:7). Muy importante es distinguir entre la obra del Espíritu en nosotros, y la obra de Cristo por nosotros. Donde exista esa confusión, raramente se halla perfecta paz con referencia al pecado. El tipo de la Pascua evidencia esa diferencia muy claramente. La paz del Israelita no se fundaba en los panes sin levadura, ni en las yerbas amargas, sino en la sangre. No era cuestión de lo que él pensara de la sangre, sino de lo que Dios pensaba. Esto da gran consuelo al corazón. Dios ha provisto un rescate y nos lo manifiesta a nosotros pecadores, para que nosotros podamos descansar en Él sobre la autoridad de Su palabra, y por la virtud del Espíritu Santo. Y aunque nece­sariamente nuestras ideas y sentimientos no logran jamás ponerse a la altura del valor infinito de este precioso rescate, sin embargo, puesto que Dios nos dice que Él está perfectamente satisfecho acerca de nuestros pecados, podemos y de­bemos también nosotros quedar satisfechos. Bien puede nues­tra conciencia hallar perfecta paz donde la santidad de Dios también la ha hallado.

Amado lector: Si usted todavía no ha hallado la paz en Jesús, le rogamos medite este asunto detenidamente. Vea la sencillez del fundamento sobre el cual se basa nuestra paz. A Dios le agrada la obra completa de Cristo. Se complació en Él "por amor de su justicia." (Isaías 42:21).

Esta paz no se debe fundamentar sobre sus sentimientos, ni sobre su expe­riencia, pero sí sobre la sangre derramada por el Cordero de Dios, y de esta manera Su paz no deriva de sus sentimientos o de su experiencia personal, sino que lleva el sello de la misma sangre preciosa, que es de valor y poder inmutable a juicio de Dios.

¿Entonces, qué queda para el creyente? ¿A qué es llama­do? A observar la fiesta de los panes sin levadura, a apartarse de todo lo que es contrario a la santa pureza de su elevada po­sición. Es su privilegio alimentarse de aquel Cristo precioso cuya sangre ha borrado todo su pecado. Librado así de la es­pada del destructor, a él le toca celebrar la fiesta en santo reposo, dentro de la puerta rociada de sangre, bajo el per­fecto abrigo que el amor de Dios ha provisto por la sangre vertida por Cristo en la Cruz.

Que el Espíritu Santo guíe a todo corazón temeroso y va­cilante a hallar la paz, en el testimonio divino que estas pala­bras encierran: "Cuando yo vea la sangre pasaré sobre vosotros" (Éxodo 12:13 – LBLA)

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1962, No. 58.-

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