VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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"Hombre que os he hablado la verdad"

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"…Hombre que os he hablado la verdad…"

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

El ejemplo está en El; "...hombre que os he hablado la verdad..." "...ahora procuráis matarme". (Juan 8:40). Todos los que de algún modo pisaron Sus huellas, cosecharon idénticos resultados: "persecuciones, padecimientos, como los que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra; persecuciones que he sufrido … Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución." (2 Timoteo 3: 11-12).

 

En todos los órdenes de la vida cristiana, en todo lo que sabemos del movedizo testimonio de los siglos hasta nuestros días, si algún rasgo, si algún carácter, si algún paso, si alguna acción de Cristo ha brillado o brilla en la vida de Sus santos, hallaron exacta respuesta de parte del enemigo. Al igual que el envidioso sapo de nuestra española fábula, cuando la can­dorosa luciérnaga pregunta el porqué del veneno que la extingue, un soberbio '¡por no brillar!' es la respuesta. Esta es la empresa a la cual Satanás se consagró con persistencia, sin desmayo; ladinamente y con astucia; con violencia o con se­ducción, no importa los medios con tal de lograr los fines. El Señor dijo: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mateo 5:14); el diablo quiere, o bien que nuestras lámparas estén cubiertas con vasijas, o bien debajo de la cama. Y todos los resultados a los cuales hemos llegado, y todos los principios que hacen germinar la disolución del Testimonio en su carácter colectivo, provie­nen del hecho de una voluntad no sumisa - o mejor dicho - de una voluntad no quebrantada. De ahí que, al igual que en la historia de los Jueces contemplamos típicamente la de la Iglesia hasta llegar al bochornoso estado de que "en aquellos días no había rey en Israel; cada cual hacía lo que era recto a sus propios ojos." (Jueces 21:25 - VM), también hoy vivimos los oscuros y desmoralizadores días de 2ª. Timoteo, Judas y 2ª. Pedro.

 

No es honrado buscar paliativos. Vivimos estos días. Ellos pasan y pesan sobre nuestra conducta, nuestra actividad y nuestra responsabilidad. Escandalizarse, en vez de estar pre­parados para vivirlos según la exhortación de Pablo a Timo­teo (2.a Timoteo 2:19), es emprender el ruinoso camino de una apostasía posicional en donde hablar del Testimonio sólo sería una petulante quimera.

 

Si pretendemos hablar de paz en el conjunto, de poder en lo colectivo, Jeremías 6:14 ("Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz") y Apocalipsis 3:8 ("Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre") se encargarán de llevar las aguas a su cauce, desmintiendo ambas audaces afirmaciones. Lamentaciones 4:1 es la verdad ("¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo! Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles."). Si alguien trata de presentar las cosas seductoramente, 2ª. Timoteo nos dice que "los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados." (2ª. Timoteo 3:13).

 

Si no existieran en la Asamblea (y nos referimos a lo que los hombres han hecho de ella), elementos tales como la diplomacia, la política (no en su aspecto secular, sino como principio), la corriente corrosiva del sentimentalismo (si consideramos de qué manera obró Jesús en relación con Su madre, con Sus hermanos, con Sus discípulos, ¡qué lección más provechosa recogeríamos!), el barniz de una educación que no es producto de la forma­ción cristiana, sino de los elementos de la llamada civilización que tanta dosis de cinismo encierra por un lado, y tanta de hipocresía por otro - máscara o apariencia de piedad - no tendríamos por qué expresarnos en semejantes términos. Pero, amados hermanos, este peligro está latente en la médula misma de nuestros testimonios locales. Ejemplos no nos faltan en la Palabra de Dios para instruirnos y mostrarnos los móviles que Satanás persigue al alentar la corrosiva disolución del testimonio colectivo. ¿Qué diremos de la plaga de las consideraciones personales? ¿y de las familiares? Cuando un 'clan' o una familia quiere gobernar la asamblea, ¿a qué extremos las cosas pueden llegar? Tomemos Jueces 9 por ejemplo: La am­bición y el espíritu de venganza inclinaron a Abimelec a engendrar el complot con los de Siquem. Eran los unos para los otros. Hermanos en cuanto a la carne, todos dispuestos a ocupar un lugar preeminente derivado del éxito de la confabulación. ¿Pero a qué precio? Setenta varones muertos sobre una peña, todos ellos hijos de Gedeón (Jerobaal).

 

Con cuánta simpatía recordamos la historia del hombre menor en la casa de su padre la cual era "pobre en Manasés..." (Jueces 6:15). Al igual que David, Gedeón era también pequeño en su propia estimación. No podía mucha cosa, y menos en los aciagos días de Jueces 6, pero en su ejercicio sincero, procuraba algún alimento para los suyos. No podía hacerlo en la era, como hu­biera sido deseable, mas lo hacía en el lagar. Las circunstancias no permitían otra cosa, pero su fin era preservar la nutrición. Tampoco podía hacerlo con la suficiencia y grandeza principescas de los días de gloria de un José en Egipto (Génesis 45 : 5 al 7), sino  que en el ignorado lagar, Dios le invistió del título de "varón esforzado" (Jueces 6:12). Días de ago­bio para el pueblo de Dios en que fueron liberados por la fe de un hombre que no se fiaba de sí, sino que por el contrario, se abandonó ciegamente en el poder de Quien, con trescientos que supieron 'quebrar sus cántaros', la luz de las antorchas de un genuino testimonio, se unió a la confesión del Nombre por quien luchaban. "La espada de Jehová..." por lo cual la victoria quedaba confirmada.

 

La ingratitud, tan corriente también hoy, cual víbora pon­zoñosa se ensañó con la posteridad de Gedeón. "Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán" (Juan 15:20). Setenta varones muertos. Las manos del fratricida Abimelec fueron corroboradas con las dádivas de los hombres de Siquem, el cual se rodeó de hombres ociosos y vagabundos. El diablo tiene dinero. Su templo (Baal-Berit) es un banco que financia la iniquidad. Setenta varones muertos. ¿Sabéis qué representa? Es la extinción de un testimonio. El Señor, en Lucas 10, envió a setenta con potestad para testificar tocante al reino de Dios, al ministerio de Su augusta Persona, así como a la potencia de la misión de amor que del mismo cielo traía para el eterno solaz de los hombres.

 

¿Ganó Israel con Abimelec? ¿Ganó éste con los Siquemitas? ¿Ganará una asamblea que sacrifique los legítimos inte­reses de Cristo en aras de una independencia mal interpre­tada?

En tiempos de Gedeón la tierra reposó cuarenta años. (Jueces 8:28). Había paz; no tanto como resultado de una fidelidad absoluta (Jueces 8:27), sino por la misericordia de Dios que se apiadaba de su pueblo, con tal de hallar unos pocos, aunque fueran trescientos, que para beber lamieran "las aguas con su lengua como lame el perro" (Jueces 7:5). En la paz sembraban, segaban y se nutrían. Cuando Abimelec y su familia gobernaron por usurpación, la guerra fratricida fue la parte de aquel desgraciado pueblo que con tanta insistencia hacia "lo que era malo ante los ojos de Jehová" (Jueces 3: 7, 12; 4:1; 6:1; 8:33; 10:6; 13:1). Primeramente, asechanzas por las cumbres de los montes (Jueces 9:25), después, complots en los que la vanagloria y la arrogancia van del brazo con la cobardía, pues cuando los ídolos ocupan el corazón en vez de ser este la morada de Dios, el hombre se convierte en impotente, al echar de sí la única energía que puede liberarle (Jueces 9: 28 al 30), y por último la guerra feroz descarada y sin disimulo (Jueces 9 : 38 al 52). El juicio de Dios en tal estado de cosas no se hace esperar (Jueces 9: 53 al 57). El asiento de la paz es la justicia, sobre todo en las cosas santas, y siendo esto así, tal como Jotam predijo (Jueces 9: 7 al 20), la cosa no podía terminar de otra forma: Unos gozaron de otros; y en verdad que gozaron bien...

 

Solemne y seria advertencia. Cuidemos amados hermanos de no establecer 'clanes', ni supremacías familiares, ni espíritu de grupo o de partido, etc., etc. La Asamblea no es eso. La Iglesia es un cuerpo que funciona divinamente, porque la Cabeza que da salud a este cuerpo, es Cristo. Los nombres fueron borrados para siempre jamás; los apellidos también y si alguien reclama (sea de palabra o conducta) ser de otro nombre que no sea Cristo, que él mismo se aplique 1ª. Corintios 1: 12-13.

 

No podemos evitar la ruina y la decadencia, pero aún en medio de ella, podemos vivir agradando y sirviendo a Dios. No podemos salir de la "casa", pero sí podemos purificarnos de los vasos malos que hay en ella. "Empero en una casa grande, hay no solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y algunos son para honra, y otros para deshonra. Si pues se purificare alguno de éstos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena." (2ª. Timoteo 2: 20-21; VM).

 

No hay duda que el sufrimiento será la porción del fiel; pero merece la pena. Y aún más; el fiel habrá de sufrir de parte de sus propios, más inconscientes e inconstantes herma­nos, pero esto también merece la pena si se hace con el espíritu del apóstol y se puede decir "... aunque amándoos más, sea amado menos" (2ª. Corintios 12:15); "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución" (2ª. Timoteo 3:12 - BTX); y recordando que el Señor Jesús dijo: "Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán" (Juan 15:20).

 

Permita el Señor que Su gracia nos sostenga cuando esto sea así; no transigiendo, pero haciéndolo con el sentimiento de ese amor que no se "goza de la injusticia, mas se goza de la verdad" (1ª. Corintios 13:6); una verdad como la 'del Hombre que la había hablado' y que no se amedrentaba ante nada ni ante nadie.

 

C. S. C.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1962, No. 56.-

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