VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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LUCAS 22 (UNAS MEDITACIONES)

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LUCAS 22

 

(UNAS MEDITACIONES)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

LA MALDAD DEL HOMBRE (VERSÍCULOS 1 AL 6)

 

 

El pensamiento de la carne se ha manifestado tal cual es: enemistad contra Dios, por el rechazamiento de Cristo. La iniquidad fue puesta a la luz, puesta en evidencia en todos; pueblo, sacerdotes, conductores. ¿El amigo? - es un traidor. ¿Los discípulos? - huyen cuando se acerca el peligro. ¿Aquél que se ha tenido por más adepto? - Al verse en peligro de ser identificado, niega a su maestro. ¿Los jefes religiosos, aquéllos que hubieran debido reconocer al Mesías? - Estos le entregan al poder idólatra del mundo. ¿Aquél que ocupa la presidencia del tribunal? - Lava sus manos en reconocimien­to de la inocencia de Aquél que ha sido conducido delante de su autoridad, y le entrega a la voluntad y al furor de los hombres. Así, el pecado del hombre ha sido puesto en claro y completo contraste con la perfección que era en Cristo Jesús, si consideramos la muerte del Justo. Es inútil buscar el bien en el hombre - : no que puedan faltar algunos rasgos ama­bles en el carácter natural, sino que Dios no tiene absoluta­mente lugar alguno en el corazón del hombre cuando éste es puesto a prueba. Al mismo tiempo, encontramos en esta por­ción de la Palabra de Dios la exposición de la perfecta pa­ciencia del Señor manifestada a través de todo. No era sola­mente el hombre, sino Satanás también quien se encontraba allí para la tentación. Era el poder de las tinieblas así como la hora del hombre. Jesús atraviesa esta escena de la maldad del hombre y del poder de Satanás; Su corazón se fundía como la cera, pero el efecto fue siempre la manifestación de la perfección. Un ángel vino a fortificarle, puesto que Jesús era realmente hombre, pero un hombre perfecto, llevando todo lo que podía ser objeto de prueba, y no manifestando otra cosa que la gracia y la obediencia perfectas. Dondequie­ra se manifieste el dolor, Su amor sobrepasa a Su propio sufri­miento para consolar a los demás y venir en su ayuda.

 

Meditando el caso de Judas, cuán solemne es considerar que, tanto más uno está cerca del Señor, si la vida espiritual desfallece, tanto más resiste a Dios y tanto más uno viene a constituirse en un seguro y triste instrumento del Enemigo. Si la verdad ha sido presentada, pero sin ser recibida en el corazón, entonces Satanás goza en tal alma de mayor autori­dad que en parte alguna. La concupiscencia fue el medio em­pleado por Satanás en el caso de Judas; pero los príncipes de los sacerdotes y los escribas se hallan prestos a intrigar con él para crucificar a Jesús secretamente, por miedo al pueblo. ¡Dios no lo permitirá!: ellos deben cumplir su crimen según los designios de Dios.

 

 

LA PASCUA (versículos 7 al 23)

 

 

Pero, tras esta escena brilla la luz. Es el Señor; y sean cuales sean Sus sufrimientos y los obstáculos que surjan en Su camino, encontramos siempre la manifestación de la sabi­duría y del poder divinos. ¡He aquí el aposento! ¡Qué pacífica y dulce dignidad! Ningún esfuerzo, nada que revele ningún sentimiento opuesto a esto. Todo se inclina ante la autoridad de aquél Salvador rechazado, todo, menos lo que ha sido pues­to más de relieve, es decir el corazón no renovado del hom­bre. Para el dueño de la casa, desconocido de todos aparente­mente, salvo de Uno solo, es suficiente oír: "el Maestro te dice" (Lucas 22:11).

 

Consideremos esta escena. Cuán precioso es ver afectos humanos perfectos unidos a un conocimiento divino de todas las cosas. "¡Cuán intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes que padezca!" (Lucas 22:15 - BTX). El Señor habla en esta forma como quien, antes de dejar Su familia, desea tener aún con ella una reunión de despedida. Cuando contemplamos la gloria divi­na en la Persona del Salvador, vemos brillar en Él humanos afectos. (compárese con Mateo 17:27). Ello es lo que da a Jesús un poder y un atractivo que ningún otro ser posee, en tal manera que Dios puede encontrar Su placer en el hombre y el hom­bre en Dios. El Señor rompe todos los lazos con el viejo orden de cosas (Lucas 22:16). No establece el reino aquí abajo, pero pone al hombre en comunicación con Dios cuando las antiguas rela­ciones se habían vuelto imposibles. Él tomaba una nueva po­sición en la cual la carne y la sangre no pueden ser admiti­das; Su muerte y Su resurrección conducen a una nueva rela­ción con Dios.

El Señor hace aquí una distinción entre el Cordero pas­cual y el vino, distinguiendo los dos de la Cena. Penetra de la manera más completa en todos los sentimientos de Israel, el Israel de Dios, en los intereses del pueblo como tal, hasta que Su rechazamiento les coloca sobre otro terreno, y que el favor divino sea colocado en otra escena por la resurrección, viniendo a ser Él mismo el sustituto, el verdadero Cordero pascual. Los discípulos estaban en primer lugar respecto a esta comunión con El, como vemos en otra parte a Husai (2 Samuel 15:37; 2 Samuel 16: 16-17), el amigo del rey. Es a ellos a quien quiere dar este último testimonio de Su amor antes de separarse de ellos... Empero, aun expresando así Su afecto para con ellos, Él toma de una manera manifiesta el carácter de Nazareno que fue siempre moralmente el Suyo, pero que, en adelante, lo será exterior y dolorosamente: "porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga." (Lucas 22:18). Aplaza el momento de Su gozo con ellos en el común disfrute del reino hasta el tiempo de éste.

A continuación, en los versículos 19 y 20, el Señor instituye el memorial de Su mejor redención, de Su amor que va desde el sacrificio hasta la muerte de mismo. Si en aquel momento se separaba por Dios, en su gozo, no era una falta de amor para con Sus discípulos, sino al contrario, el pleno desarrollo de Su amor. "Haced esto en memoria de mí" (Lucas 22:19).

Nos acordamos de Él como sufriendo, muerto, ausente, pero Le conocemos como un Salvador presente y viviente. El nuevo pacto es esta­blecido en Su sangre. En el gozo y disfrute de la comunión con Cristo en el cielo, no podemos olvidar lo que nos trajo esta bendición, es decir Su obra. Por un lado, es Su cuerpo quebrantado y Su sangre derramada, y por el otro, es Él mismo y toda la perfección del amor en Su muerte por nosotros... Somos unidos a Él, a un Cristo resucitado, pero nos llama a recordarle como a un Cristo muerto. La bendición de esta muerte se halla en la Obra que Él ha cumplido solo: en vir­tud de Su muerte, soy unido a Él mismo, y vivo para siempre. En cuanto a la parte o participación del hombre en esta obra, ella era: la traición y la iniquidad (Lucas 22: 21-23).

 

 

LA CARNE EN LOS DISCÍPULOS (versículos 24 al 38)

 

 

A continuación, asistimos a una contienda entre los dis­cípulos: quieren saber quién de ellos había de ser tenido por el mayor. Entonces el divino Maestro interviene, y les mues­tra claramente cuán necesario es que no imiten al mundo, y que - al contrario - sigan como Él la senda de la humilla­ción y abnegación. Por cierto, los judíos reconocían la gran­deza humana, es decir todo lo que reviste un carácter de no­bleza, de superioridad o primacía; pero, desde entonces, en lo sucesivo, esta grandeza o superioridad, y con ella todo el sistema judaico, se hallaban juzgados y condenados como "ru­dimentos del mundo". Toda dignidad o superioridad huma­na era, pues, del mundo, aunque se presentara bajo la forma de 'bienhechores'. Cristo había venido para servir; sin re­proche alguno, manifestando Su gracia, enseña a Sus discípu­los el lugar que les corresponde: "mas no así vosotros" (Lucas 22:26). Les declara que, de todas maneras, Él tomaba la posición más hu­milde: "yo estoy entre vosotros como el que sirve" (Lucas 22:27). Hu­biera podido reprenderles, reprocharles su egoísmo: ¡pero no! Le oímos decir: "Vosotros empero sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones" (Lucas 22:28 - VM). ¡Qué gracia más compa­siva! Pensemos, hermanos, que el Señor es el mismo con nos­otros, en nuestros días; Él no cambiará nunca.

¡Ojalá le manifestemos nuestro amor, siendo también 'co­mo los que sirven', en la asamblea y en todas partes, sirvién­dole con más humildad y abnegación, apartados de todo sentimiento y deseo de superioridad, llevando en nuestros cora­zones los intereses de Su Iglesia, compartiendo los sufrimien­tos y dificultades de la misma en una mayor medida! Si su­frimos con El, sabemos que Su corazón está con nosotros, y gozamos Su bendita comunión.

 

En los versículos 31 al 34, vemos que Pedro tenía tanta confianza en la carne que se dejó llevar por la tentación. Pero al hombre le es imposible permanecer firme cuando se trata del bien y del mal, es decir de evitar el mal. Él es pecador, y no puede vencer en esta prueba. La carne no puede nada; el hombre ha manifestado su vil y lamentable condición como pecador, y se halla sujeto a la muerte por el juicio de Dios; además se halla bajo el dominio de Satanás. De modo que la carne es incapaz, impotente, y no aprovecha para nada: ésta es una lección que un día u otro debemos aprender los cre­yentes. Pero si no la aprendemos con Dios, es decir estando atentos a las enseñanzas de la gracia divina, tendremos que aprenderla con el enemigo de las almas, con amargas expe­riencias de lo que somos. El Señor oró por Simón Pedro para que su fe no desfalleciera; pero toda la confianza de Pedro en sí mismo debía desaparecer, debía morir. El resultado de la intercesión de Cristo fue que Pedro no perdió su confianza en Cristo, como hizo Judas, que no tenía fe en el Señor, y si más tarde Pedro fue capaz de confortar y confirmar a sus hermanos, es que comprendió que, a pesar de sus mejores inten­ciones, no había en el más que pecado, y que, en Cristo, no había más que gracia y amor.

 

El párrafo siguiente (versículos 35-38) nos presenta un cambio completo de circunstancias. Hasta aquel momento, el Señor había protegido a los Suyos y les había provisto a todas sus necesidades, siendo como el Mesías que disponía de todo sobre la tierra. Pero aquel tiempo había pasado ya, y el Justo iba a ser rechazado con más enemistad cada día. Él había venido con la capacidad de vencer el poder de Satanás: era el Señor, pero el hombre no quiso reconocerle como tal, y ésta es la condición actual del mundo: un mundo que ha rechaza­do a Cristo. Entonces, ¿qué vínculo o relación podía subsistir entre Dios y el hombre? La humanidad es condenada, porque ha rechazado a Cristo, porque Cristo fue traicionado y cru­cificado. Los discípulos contaban todavía con la fuerza del hombre, y no con un Mesías crucificado en flaqueza; por eso dicen "he aquí dos espadas". Al contestarles: "Basta" el Señor se refiere a las palabras de los discípulos (Lucas 22:38), y les da a entender que no comprendían Su pensamiento, que no com­partían Sus sufrimientos. No olvidemos en nuestros días que la fe halla sus delicias en la Persona de Cristo rechazado y crucificado; pero se necesita una fe activa, y la gracia de Dios para confesar a Cristo despreciado de los hombres, para con­tar con Él en todas las circunstancias y dificultades. Él es nuestro divino recurso ¡abandonemos los medios y recursos humanos!

 

 

GETSEMANÍ (versículos 39 al 46)

 

 

Consideremos a Cristo en esta escena tan solemne. Mu­chas veces es necesario que - como Pedro - seamos zaran­deados como trigo, para que lleguemos a juzgar la carne y a ser ejercitados para no tener confianza alguna en ella. En cuanto a Cristo, es inútil decir que no lo necesitaba, pues en todo se hallaba en perfecta comunión con Su Padre. Para Él, la tentación era una oportunidad de hacer la voluntad de Dios, pues Su camino fue siempre el de la obediencia. Para Pedro entonces, y para nosotros ahora, ocurre que la tentación significa: 'poder del Enemigo', pues nos halla sin recursos. Ante la tentación, Cristo no habla de la maldad de los sacer­dotes, del odio que le profesaban, de la implacable voluntad del pueblo, de la injusticia de Pilato ¡no! habla de la copa que le había dado su Padre para que la bebiera. Es que Él, como hombre, había tenido comunión y relaciones positivas con Su Padre respecto a la tentación, antes de que ella se pre­sentara.

Por lo que nos concierne, tengamos bien presente, her­manos, que es tarde, demasiado tarde para revestir la arma­dura cuando ya ha empezado el combate. En su medida, el hombre que vive con Dios, en su comunión, sobrelleva y vence la prueba, la tentación, como lo ha hecho Cristo. Resiste cuan­do llega el día malo, porque ha tomado la armadura en los días buenos (compárese con Efesios 6:13). En Getsemaní, el Señor está pues en comunión con Su Padre tocante al poder de Sa­tanás, que debía caer sobre Él. Él lo sentía todo, era sensible a todo, pero nada lo hacía sucumbir. En las circunstancias más difíciles, en vez de entrar en tentación, se hallaba en comu­nión intensa y espiritual con Su Padre, y, en una sumisión perfecta, a cualquier precio, cumplía la voluntad de Dios.

Es evidente que Dios no puede inducirnos a pecar, llevarnos a pecar, pero puede dejarnos caer en tentación, es decir que puede permitir que seamos zarandeados como trigo, que la carne sea abandonada a misma, a causa de la dure­za o de la ligereza de nuestros corazones, o de nuestra indife­rencia ante sus repetidas advertencias. Es el último recurso - más de una vez necesario - que Dios emplea para discipli­narnos y enseñarnos a juzgar la carne. Él lo hace en Su gra­cia, ocupándose así de nosotros, porque nos ama. Pero, si somos conscientes de nuestra flaqueza y de la violencia del combate contra el Enemigo, conviene que oremos para que no tengamos que pasar por el horno encendido de la tenta­ción, como el Señor nos invita a hacerlo, declarando dos veces a sus discípulos: "orad para que no entréis en tentación" (versículos 40 y 46 - BTX; compárese también con Mateo 6:13). En la prueba de la tentación, una mala conciencia lleva a la desesperación: con una culpable ligereza, la carne va hacia la prueba sin áni­mo, o animada por una posición carnal, y forzosamente su­cumbe. Pero si confiamos en Dios, cuando surge la tentación sabemos considerar nuestra incapacidad y verdadera posición ante Dios; velamos, oramos, suplicamos, dejando todo en las manos de Dios, con el humilde deseo de que sea hecha Su voluntad.

El Señor era plena y verdaderamente hombre, pues vemos que un ángel le apareció y le confortó, tal era la intensidad de Su angustia; pero esta intensidad de la prueba le llevó a orar con mayor insistencia (versículo 44). Vemos el poder del mal y del dolor sobre el cuerpo del Hombre perfecto cuando Su sudor vino a ser como grandes gotas de sangre que caían hasta el suelo. Jesús se dirigió a Dios llamándole "Padre", mien­tras que durante las horas de la expiación, abandonado de Dios, y privado de su comunión, clamó "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46). Él era el Hijo y hablaba a Su Padre como tal. Él no era todavía la víctima delante de Dios, pero sufría en Su espíritu, realizando la profundidad de las aguas que le entraron hasta el alma (Salmo 69:1). En Getsemaní, Satanás tentó a Cristo para que abandonara el camino de la obediencia y lo hizo suscitándole dificultades, su­frimientos, pues no había podido conseguirlo en el desierto ofreciéndole cosas agradables, "los reinos del mundo y la gloria de ellos" (Mateo 4:8); Cristo le resistió en todo, pues siempre estaba en comunión con Su Padre. Pero en la cruz era dis­tinto: se trataba del poder de Dios y Su ira contra el pecado.

 

 

JESÚS TRAICIONADO Y NEGADO (versículos 47 al 62)

 

 

Aún estaba hablando el Señor cuando llegó una turba guia­da por Judas, y con un beso el Señor fue entregado; uno de los que estaban con Él hirió al siervo del sumo sacerdote cortándole una oreja que Jesús bondadosamente curó. ¿Qué vemos en el Señor? A la vez una paciencia sin límites, y un poder que disponía de todo. En la angustia, en la agonía de Getsemaní, Cristo estaba con Dios; ante los hombres, en pre­sencia de su maldad, permanece perfectamente tranquilo y sereno. Pedro saca su espada y corta la oreja al siervo del sumo sacerdote: Él extiende Su mano, le toca la oreja y le cura. ¡Qué cuadro más solemne en el cual vemos obrar al hombre y a Dios!

 

Y Pedro niega a su Maestro. Cuando tememos y temblamos ante los hombres, es que no hemos estado con Dios. Pe­dro cae, traiciona, siendo testigo de su propia flaqueza y del carácter engañador de la carne. Cristo no olvida a Su discí­pulo, a pesar de Su dolor, de Sus sufrimientos; en cualquier momento, ellos no impiden en Él el magnífico y perfecto curso de la gracia. Cuando el gallo canta, el Señor se vuelve, y fijando la mirada en Pedro, éste sale fuera y llora amarga­mente.

 

 

JESÚS ANTE SUS JUECES

 

 

Jesús no pasó la noche con sus jueces; ellos esperaron has­ta la mañana siguiente para hacerle comparecer ante su pre­sencia, dejándole en medio de sus siervos, objeto de su odio e insultos. Luego le llevaron ante el concilio de los ancianos del pueblo, pero para Él no había venido el momento de dar testimonio, y los dejó a su propia flaqueza. La presentación del Mesías a los judíos había terminado; ellos le rechazaban; en adelante estaría sentado a la diestra de Dios. La prueba del hombre había fracasado y terminado, podían ir más ade­lante en su camino de maldad. Ellos mismos sacan la verda­dera conclusión: "luego eresel Hijo de Dios" (Lucas 22:70). De modo que no serán culpables y condenados por un error, sino por haber condenado a Jesús porque era el Hijo de Dios y lo confesaba ante ellos. ¡Qué culpabilidad y terrible responsabilidad!

 

Traducido de "Le Messager Evangélique"

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1961, Nos. 53, 54 y Año 1962 No. 55.-

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