Sinopsis de los Libros de la Biblia (John N. Darby)

1 TESALONICENSES

ÍNDICE SINOPSIS N.T.
INTRODUCCIÓN AL NUEVO TESTAMENTO
MATEO 1 - 14
MATEO 15 - 28
MARCOS
LUCAS 1 - 8
LUCAS 9 - 24
JUAN 1 - 12
JUAN 13 - 21
HECHOS
LAS EPÍSTOLAS: INTRODUCCIÓN
ROMANOS
1 CORINTIOS
2 CORINTIOS
GÁLATAS
EFESIOS
FILIPENSES
COLOSENSES
1 TESALONICENSES
2 TESALONICENSES
1 TIMOTEO
TITO
APOCALIPSIS

MOBI

EPUB

SINOPSIS

de los Libros

de la Biblia

 

1 TESALONICENSES

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

JND = Una traducción literal del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby (1800-82), traducido del Inglés al Español por: B.R.C.O.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

INTRODUCCIÓN

 

La fecha de las epístolas Tesalonicenses, las circunstancias

que las ocasionaron y sus asuntos

 

Nosotros encontramos en estas epístolas a los Tesalonicenses, y especialmente en la primera (porque en la segunda ya no fue necesario guardar esa frescura de los pérfidos ataques del enemigo), la condición y la esperanza del Cristiano como tal en este mundo en toda su frescura. Estas dos epístolas son las primeras que Pablo escribió, a menos que exceptuemos la de a los Gálatas, cuya fecha de composición es incierta. Ocupado hacía ya mucho tiempo en la obra, es solamente cuando esta obra estuvo considerablemente avanzada que, al velar sobre ella, él la protege mediante sus escritos — escritos que, como hemos visto, son de carácter diverso, conforme al estado de las iglesias, y según la sabiduría divina que, por este medio, depositaba en las Escrituras aquello que sería necesario para todos los tiempos.

 

Recientemente convertidos, los Cristianos en Tesalónica sufrían mucho por la persecución del mundo — una persecución que los Judíos de aquel lugar habían ya provocado previamente contra el propio Pablo. Feliz por la obra de gracia allí, y regocijándose en el estado de sus hijos queridos en la fe (un testimonio que era rendido en todas partes, incluso por el mundo), el apóstol abre su corazón; y el Espíritu Santo expone, por boca del apóstol, cuál era esa condición cristiana en la tierra que era la fuente de su gozo en el caso de los Tesalonicenses, y cuál la esperanza que proyectaba su luz sobre la existencia del creyente, resplandeciendo alrededor de él a través de su vida completa, e iluminando su senda en el desierto. En una palabra, el carácter cristiano es desvelado a nuestros ojos con todos sus motivos y sus gozos, y eso en conexión con el testimonio de Dios y la esperanza que es nuestra fortaleza al llevarlo.

 

La doctrina de la venida de Cristo especialmente presentada

como vinculada con toda relación espiritual

 

Todos nosotros conocemos que la doctrina de la venida de Cristo, la cual acompaña universalmente la obra del Espíritu que une nuestros corazones a Él en el primer germen de una nueva vida, nos es presentada especialmente en estas dos epístolas. Y ella no es enseñada meramente como una doctrina; ella es unida con toda relación espiritual de nuestras almas, es exhibida en todas las circunstancias de la vida del Cristiano. Nosotros nos convertimos para esperarle a Él. El gozo de los santos en los frutos de sus trabajos es una realidad en Su presencia. Es en la venida de Cristo que la santidad tiene todo su valor, siendo vista la medida de esta santidad en lo que entonces es manifestado. Es la consolación cuando los Cristianos mueren. Es el juicio inesperado del mundo. Es para la venida de Cristo que Dios preserva a los Suyos en santidad, y sin mancha. Nosotros veremos estos puntos expuestos en detalle en los diferentes capítulos de la primera epístola. Sólo los señalamos aquí. En general, encontraremos que las relaciones personales, y la expectación de Su aparición, tienen una frescura notable y vivificante en esta epístola en todo aspecto. El Señor es presentado al corazón —es su objeto; y los afectos cristianos brotan en el alma, causando que el fruto del Espíritu abunde.

 

CAPÍTULO 1

 

Conociendo al Padre: la relación y el afecto de los "hijitos"

 

Solamente en estas dos epístolas se dice acerca de la asamblea que ella está "en Dios Padre", es decir, asentada en su relación, teniendo su existencia moral — su manera de ser — en ella. La vida de la asamblea se desarrollaba en la comunión que emanaba de esta relación. El Espíritu de adopción la caracteriza. Con el afecto de niños (hijitos) los Tesalonicenses conocían al Padre. Juan dice así cuando habla acerca de los hijitos en Cristo, "Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre." (1ª. Juan 2:13). Se trata de la primera introducción a la posición de libertad en la que Cristo nos ha situado — libertad delante de Dios en comunión con Él. ¡Preciosa posición! es ser como hijitos para Uno que ama como un Padre, con toda la libertad y el tierno afecto de esa relación, según la perfección divina. No se trata aquí de la adaptación de la experiencia humana de Cristo a las necesidades en que Él la adquirió (preciosa como es esa gracia); se trata de nuestra introducción al disfrute no adulterado de la luz, y de los afectos divinos exhibidos en el carácter del Padre. Es nuestra comunión, tierna y confiada pero pura, con Aquel cuyo amor es la fuente de toda bendición. Tampoco yo dudo que, recientemente sacados del paganismo como los Tesalonicenses habían sido, el apóstol se refiere al conocimiento que tenían ellos del único Dios el Padre en contraste con sus ídolos.

 

La vida Cristiana Tesalonicense y el recuerdo gozoso de Pablo

de sus primeras nuevas impresiones; los tres motivos

divinos de ello: su fuente y su manantial

 

El apóstol, al declarar (tal como era su costumbre) lo que él sentía con respecto a ellos — el aspecto en que ellos parecían a su corazón y mente, no habla de dones, como a los Corintios, ni de los grandes rasgos de una exaltación que incluye al Señor y a todos los santos, como a los Efesios e incluso a los Colosenses (con la adición de lo que el estado de ellos requería); ni del afecto y comunión fraternales de amor que los Filipenses habían manifestado en su relación con él; ni de una fe que existía aparte de sus trabajos, y en comunión con la que él esperaba renovarse, añadiendo a ella aquello que sus abundantes dones le permitían impartirles, tal como él escribe a los Romanos a quienes aún no había visto.

 

Aquí se trata de la vida misma del Cristiano en sus primeras nuevas impresiones, en sus cualidades intrínsecas, tal como dicha vida se desarrollaba mediante la energía del Espíritu Santo en la tierra, la vida de Dios aquí abajo en ellos, a los cuales él recuerda en sus oraciones con tanta satisfacción y gozo. Los tres grandes principios, él dice a los corintios (1ª. Corintios 13) forman la base, y permanecen siempre como el fundamento de esta vida — fe, esperanza, y amor. Estas tres cosas eran ahora los motivos poderosos y divinos de la vida de los Tesalonicenses. Esta vida no era meramente un hábito; ella emanaba, en sus actividades exteriores, de la comunión inmediata con su fuente. Estas actividades eran vivificadas y mantenidas por la vida divina, y por mantener la mirada constantemente fija en el objeto de la fe. Había obra, trabajo, y constancia (o, paciencia).

 

Éfeso y Tesalónica comparadas

 

Las mismas cosas estuvieron en Éfeso, tal como vemos en Apocalipsis 2. Pero la obra era una obra de fe, el trabajo era realizado por amor, la constancia alimentada por la esperanza. Fe, esperanza, y amor son, lo hemos visto, los manantiales del Cristianismo en este mundo. La obra, el trabajo, y la constancia continuaron en Éfeso, pero dejaron de estar caracterizados por estos principios grandes y poderosos. El hábito continuó, pero faltó la comunión. Los Efesios habían abandonado su primer amor.

 

La primera carta a los Tesalonicenses es la expresión del poder vivo en el cual la asamblea está asentada: Éfeso, en Apocalipsis 2, es la expresión de la primera desviación de la asamblea de aquel estado.

 

La obra de fe, el trabajo de amor,

la constancia de la esperanza  

 

¡Que nuestra obra sea una obra de fe, sacando su fuerza, incluso su existencia, de nuestra comunión con Dios nuestro Padre! ¡Que ella sea en cada momento el fruto de que hagamos realidad aquello que es invisible, de la vida que vive en la certeza, la certeza inmutable de la Palabra! Que ella lleve así la impronta de la gracia y verdad que vinieron por medio de Jesucristo, y sea un testimonio de ella.

 

¡Que nuestro trabajo en el servicio sea el fruto del amor, no llevada a cabo meramente como un deber y una obligación, aunque es esto, si sabemos que dicho trabajo está ante nosotros para que sea hecho!

 

¡Que la paciencia que debemos tener, para atravesar este desierto, no sea la necesidad que nosotros sentimos porque la senda está delante de nosotros, sino una constancia (o, una paciencia) sostenida por la esperanza que pertenece a nuestra visión de Jesús por medio de la fe, y que Lo está esperando!

 

El doble carácter de fe, la esperanza y el amor

para el corazón y la conciencia

 

Estos principios, fe, esperanza, y amor, forman nuestro carácter como Cristianos {*}: pero dicho carácter no puede, y no debiese, ser formado en nosotros sin tener objetos.

 

{*} Ellos son hallados con mayor frecuencia de lo que se piensa en los escritos de Pablo; como 1ª. Tesalonicenses 5:8, y Colosenses 1: 4-5. En 2ª. Tesalonicenses 1:3 nosotros tenemos fe y amor, pero él tiene que aclarar los pensamientos de ellos en cuanto a la esperanza.

 

Por consiguiente, el Espíritu los presenta aquí. Ellos tienen un doble carácter. El corazón descansa por fe en Jesús. Lo espera, cuenta con Él, se une con Él en su andar. Él ha andado aquí abajo, Él nos representa en el cielo. Él nos cuida como el buen Pastor. Él ama a los Suyos; Él los nutre y los abriga: nuestra fe y nuestra esperanza Lo mantienen siempre a la vista. La conciencia está delante de Dios nuestro Padre; ello no es en espíritu de temor: no hay incertidumbre alguna en cuanto a nuestra relación. Nosotros somos los hijos de un Padre que nos ama perfectamente; pero estamos delante de Dios. Su luz tiene autoridad y poder en la conciencia; nosotros andamos conscientes de que Su mirada está sobre nosotros, en amor pero sobre nosotros. Y la luz hace que todo sea manifiesto. Ella juzga todo lo que podría debilitar la dulce y pacífica realización de la presencia de Dios, y nuestra comunión con Jesús, y nuestra confianza en Él, la intimidad de la interrelación entre nuestras almas y el Señor. Estos dos principios son de suma importancia para la paz permanente, para el progreso de nuestras almas. Sin ellos el alma flaquea. Uno de estos principios sostiene la confianza, el otro nos mantiene en la luz con una buena conciencia. Sin el último, la fe (por no decir más) pierde su vitalidad; sin el primero, la conciencia se vuelve legal, y nosotros perdemos fortaleza espiritual, luz, y ardor.

 

El medio del progreso del alma;

la vida de Pablo confirmando su testimonio

 

El apóstol les recuerda también el medio usado por Dios para producir esta condición, es decir, el evangelio, la Palabra, traído en poder y en mucha seguridad al alma por el Espíritu Santo. La Palabra tuvo poder en el corazón de ellos — llegó a él como la palabra de Dios; el propio Espíritu se reveló en ella, dando la consciencia de Su presencia; y la consecuencia de esto fue la plena seguridad de la verdad en todo su poder, en toda su realidad. La vida del apóstol, toda su conducta, confirmaban el testimonio que él daba — formaba parte de él. Por consiguiente, (es siempre el caso) el fruto de sus trabajos respondía en carácter a aquel que trabajaba; el Cristianismo de los Tesalonicenses se asemejaba al de Pablo. Era como el andar del propio Señor a quien Pablo seguía tan de cerca. Era "en mucha aflicción" porque el enemigo no podía soportar un testimonio tan evidente, y Dios concedía Su gracia a un testimonio tal, y "con gozo del Espíritu Santo."

 

Testimonio verdadero en el poder del Espíritu

 

¡Feliz testimonio del poder del Espíritu Santo obrando en el corazón! Cuando esto es así, todo se convierte en un testimonio para los demás. Ellos ven que en el Cristiano hay un poder que ellos ignoran, motivos que ellos no han experimentado, un gozo del cual pueden burlarse pero que ellos no poseen; una conducta que les llama la atención, y que ellos admiran, aunque no la siguen; una paciencia que muestra la impotencia del enemigo para luchar contra un poder que todo lo soporta, y que se regocija a pesar de todos sus esfuerzos. ¿Qué podemos nosotros hacer con los que se dejan matar sin volverse menos gozosos, es más, con los que se vuelven más gozosos; los cuales están por encima de todos nuestros motivos cuando se los deja solos, y los que, si son oprimidos, poseen sus almas en perfecto gozo a pesar de toda nuestra oposición; y que son inconquistables por los tormentos, encontrando en estos últimos una ocasión para dar un testimonio más poderoso de que los Cristianos están más allá de nuestro poder? En paz, la vida es todo un testimonio; la muerte incluso en tortura, lo es aún más. Así es el Cristiano, donde existe el Cristianismo en su verdadero poder, en su condición normal conforme a Dios — la Palabra (del evangelio) y la presencia del Espíritu, reproducidos en la vida, en un mundo alejado de Dios.

 

El mundo como testigo del poder del Evangelio

 

Era así con los Tesalonicenses; y el mundo, a pesar de sí mismo, llegó a ser un testigo adicional del poder del evangelio. Siendo un ejemplo para creyentes en otros lugares, ellos eran tema de noticia y conversación para el mundo, el cual no se cansaba nunca de discutir este fenómeno, tan nuevo y tan raro, de personas que habían renunciado a todo lo que gobierna el corazón humano, a lo cual este estaba sometido, y adoraban al único Dios vivo y verdadero, de quien incluso la conciencia natural daba testimonio. Los dioses de los paganos eran los dioses de las pasiones, no de la conciencia. Y esto daba una realidad viva, una actualidad, a la posición de los Cristianos y a su religión. Ellos esperaban de los cielos a Su Hijo.

 

Verdaderamente felices eran esos Cristianos cuyo andar y cuya existencia completa hizo del mundo mismo un testigo para la verdad, los cuales eran tan claros en su confesión, tan consistentes en su vida, que un apóstol no necesitó hablar de lo que él había predicado, de lo que él había actuado entre ellos. El mundo habló de ello por él y por ellos.

 

La importancia del testimonio; el carácter del testimonio

presentado por los Tesalonicenses

 

Unas pocas palabras acerca del testimonio mismo, el cual, sencillo como puede ser, son de gran importancia y contienen principios de gran profundidad moral. Ello forma la base de la vida completa, y también de todos los afectos cristianos que son desplegados en esta epístola, la cual, además de este desarrollo, contiene solamente una revelación especial de las circunstancias y el orden de la venida de Cristo a llamar a Su pueblo a Sí mismo, y de la diferencia entre ese acontecimiento y el día del Señor para juzgar al mundo, aunque este último sigue al primero.

 

Lo que el apóstol puntualiza, tal como el testimonio dado por el fiel andar de los Tesalonicenses, contenía tres asuntos principales:

1º. Ellos habían abandonado sus ídolos para servir al Dios vivo y verdadero;

2º. Ellos estaban esperando de los cielos a Su Hijo, a quien Él había resucitado de entre los muertos;

3º. El Hijo era una salvaguardia de la ira que iba a ser revelada.

 

El cristianismo presentado un objeto positivo — Dios mismo —

para la necesidad del hombre

 

Un hecho inmenso — sencillo pero de enorme importancia — caracteriza al Cristianismo. Nos da un objeto positivo; y este objeto es nada menos que Dios mismo. La naturaleza humana puede descubrir el sinsentido de lo que es falso. Nos burlamos de los dioses falsos y de las imágenes talladas; pero no podemos ir más allá de nosotros mismos, no podemos revelarnos nada. Uno de los nombres más renombrados de la antigüedad se complace en decirnos que todo iría bien si los hombres siguieran a la naturaleza (es manifiesto que ellos no se podrían elevar por encima de ella); y, de hecho, él estaría en lo correcto si el hombre no estuviese caído. Pero requerir que el hombre siga a la naturaleza es la demostración que él está caído, que él se ha degradado hasta estar por debajo del estado normal de esa naturaleza. Él no la sigue en el andar que se conforma a su constitución. Todo está en desorden. La voluntad propia lo arrastra, y él actúa en sus pasiones. El hombre ha abandonado a Dios, y ha perdido el poder y el centro de atracción que lo mantenía en su lugar, y todo en su propia naturaleza en su lugar. El hombre no puede recuperarse, él no puede dirigirse a sí mismo; porque, aparte de Dios, no hay nada más que la voluntad propia que guía al hombre. Hay muchos objetos que proporcionan la ocasión para que las pasiones y la voluntad propia actúen; pero no existe objeto alguno que, como un centro, le de a él una posición moral habitual, constante, y durable en relación con ese objeto, para que su carácter lleve su sello y valor. El hombre debe tener un centro moral capaz de formarlo como un ser moral, por medio de atraerlo a él y llenar sus afectos, para que él sea el reflejo de aquel objeto; o él debe actuar en voluntad propia, y él es entonces juguete de sus pasiones; o, lo cual es la consecuencia necesaria, él es esclavo de cualquier objeto que tome posesión de su voluntad. Una criatura, la cual es un ser moral, no puede subsistir sin un objeto. Ser autosuficiente es la característica de Dios.

 

El hombre en inocencia y felicidad

 

El equilibrio que subsistía en la inconciencia del bien y el mal ha sido perdido. El hombre ya no anda como hombre, teniendo nada en su mente fuera de su condición normal. Fuera de lo que él poseía; no teniendo una voluntad, o, lo que viene a ser lo mismo, teniendo una voluntad que no deseaba nada más que lo que poseía, pero que disfrutaba agradecidamente todo lo que ya era apropiado a su naturaleza, y especialmente el acompañamiento de un ser como él mismo, una ayuda que tenía su propia naturaleza, y que respondía a su corazón — bendiciendo a Dios por todo.

 

La voluntad del hombre;

su condición bajo el Paganismo

 

Ahora el hombre dispone. Si bien él ha perdido aquello que formaba la esfera de su disfrute, hay en él una actividad que busca, que se ha vuelto incapaz de descansar sin pretender a algo más lejano; lo cual, como voluntad, se lanza a una esfera que no llena, en la que falta inteligencia para entender todo lo que está allí, y poder para hacer realidad incluso eso que desea.

 

El hombre, y todo lo que ha sido suyo, ya no satisface al hombre como disfrute. Él todavía necesita un objeto. Este objeto estará sobre el hombre o debajo del hombre. Si está abajo, él se degrada debajo de sí mismo; y ello es, de hecho, lo que ha sucedido. Él ya no vive conforme incluso a la naturaleza (como dice aquel a quien yo he aludido), un estado que el apóstol ha descrito en el comienzo de la Epístola a los Romanos con todos los horrores de la verdad evidente. Si este objeto está sobre él y debajo de Dios, aún no hay nada que gobierne su naturaleza, nada que lo coloque moralmente en su lugar. Un ser bueno no podría tomar este lugar para excluir a Dios de él. Si un objeto malo consigue ese lugar, para el hombre se convierte en un dios, que excluye al Dios verdadero y degrada al hombre en su más elevada relación — la peor de todas las degradaciones. También ha sucedido esto. Y dado que estos seres no son más que criaturas, ellos sólo pueden gobernar al hombre por medio de lo que existe, y por medio de lo que actúa sobre él. Es decir, ellos son los dioses de sus pasiones. Ellos degradan la idea de la Divinidad: degradan la vida práctica de la humanidad hasta hacerla esclava de las pasiones (que nunca se satisfacen, y que inventan el mal cuando se hartan de los excesos en lo que es natural para ellas) y son dejadas así sin recurso. Este era, de hecho, la condición del hombre bajo el Paganismo.

 

La necesidad del hombre satisfecha: Dios se ha revelado

en Cristo como el objeto del corazón del hombre

 

El hombre, y sobre todo, el hombre teniendo el conocimiento del bien y del mal, debe tener a Dios como su objeto; y un objeto que su corazón pueda recibir con agrado, y sobre el cual sus afectos puedan ser ejercitados; de lo contrario, él está perdido. El evangelio — el Cristianismo — le ha dado esto, le ha dado Dios, el cual llena todas las cosas el cual es la fuente de toda bendición, y en el que se centra toda ella, todo lo bueno— Dios, que es todo amor, que tiene todo el poder, que todo lo abarca en Su conocimiento, porque todo (excepto el abandono de Sí mismo) no es sino el fruto de Su mente y Su voluntad — Dios se ha revelado en Cristo al hombre, para que su corazón, ocupado con Él, con perfecta confianza en Su bondad, pueda conocerle, pueda disfrutar de Su presencia, y reflejar Su carácter.

 

El Objeto de Dios — Su Hijo; la inmensa gracia de Dios

Manifestada a los que están "en Cristo".

 

El pecado y la miseria del hombre no han hecho más que brindar la ocasión para un más completo desarrollo de lo que este Dios es, y de la perfección de Su naturaleza, en amor, en sabiduría, y en poder. Pero nosotros estamos considerando solamente el hecho de que Él se ha dado al hombre como un objeto. No obstante, aunque la miseria del hombre no ha hecho más que brindar espacio para una revelación de Dios mucho más admirable, aun así, Dios mismo debe tener un objeto digno de Él mismo para ser el sujeto de Sus propósitos, y para desplegar todos Sus afectos. El objeto es la gloria de Su Hijo — Su propio Hijo. Un ser de una naturaleza inferior no podía haber sido esto para Él, aunque Dios se puede glorificar en Su gracia a un tal. El objeto de los afectos, y los afectos que son ejercitados con respecto a él, son necesariamente correlativos. Dios ha mostrado así Su gracia inmensa y soberana con respecto a ese que era el más miserable, el más indigno, el más necesitado; y Él ha mostrado toda la majestad de Su ser, toda la excelencia de Su naturaleza, en relación con un objeto en el cual Él pudo encontrar toda Su delicia, y exhibir todo lo que Él es en la gloria de Su naturaleza. Pero es como hombre — ¡verdad maravillosa en los eternos consejos de Dios! — que este objeto de la delicia de Dios el Padre ha tomado Su lugar en esta revelación gloriosa mediante la cual Dios se da a conocer a Sus criaturas. Dios ha ordenado y preparado al hombre para esto. Por tanto, el corazón que es enseñado por el Espíritu conoce a Dios como revelado en esta inmensa gracia, en el amor que desciende desde el trono de Dios a la ruina y la miseria del pecador; él se encuentra, estando en Cristo, en el conocimiento y en el disfrute del amor que Dios tiene por el objeto de Su eterna delicia, el cual es también digno de serlo; de las comunicaciones mediante las cuales Él testifica de ese amor (Juan 17: 7, 8); y, finalmente, de la gloria que es Su demostración pública delante del universo. Esta última parte de nuestra inefable bienaventuranza es el tema de las comunicaciones de Cristo al final del Evangelio de Juan. (Capítulos 14, 16, y, en particular, 17) {*}

 

{*} Compárese con Proverbios 8:30, 31 y Lucas 2:14, donde dice, "beneplácito (o, complacencia) en los hombres" (Lucas 2:14 – JND: "good pleasure in men"). Es hermoso ver a los ángeles celebrarlo sin celos. El amor desciende en gracia conforme a la miseria y la indignidad del objeto; asciende como el afecto del alma conforme a la dignidad; vean los dos casos en Cristo, Efesios 5:2. En ambos casos en Cristo se renuncia completamente al yo. Él se entregó, no buscó. La ley toma el yo como una medida en cuanto al prójimo, y supone que él está en igualdad de condiciones. No hay amor descendente.

 

La posición y la relación inmediata de un hijo de Dios

 

Desde el momento en que un pecador se convierte y cree en el evangelio, y (para completar su estado, yo debo añadir) es sellado con el Espíritu Santo, ahora que el bendito Señor ha obrado la redención, él es introducido — en cuanto al principio de su vida — en esta posición, en estas relaciones con Dios. Quizás él no es más que un niño; pero el Padre que él conoce, el amor al cual él ha entrado, el Salvador sobre el cual sus ojos son abiertos, son lo mismo que el disfrutará cuando conocerá como él es conocido. Él es un Cristiano; a él se le hace volver de los ídolos a Dios, y esperar de los cielos a Su Hijo.

 

El carácter de la vida en su manifestación:

la vida de Dios y la vida que procede de Dios

 

Nosotros podemos observar que el tema no es aquí el poder que convierte, ni tampoco la fuente de vida. Otros pasajes hablan de esto claramente. Aquí se trata del carácter de la vida en su manifestación. Ahora bien, esto depende de sus objetos. La vida es ejercitada y desplegada en relación con sus objetos, y se caracteriza así. La fuente de la cual esta vida emana le da capacidad para disfrutarla; pero una vida íntima, esencial, que no tiene objeto alguno del cual ella dependa, no es la vida de una criatura. Una vida como esa es la prerrogativa de Dios. Esto muestra la locura de aquellos que tendrían una vida subjetiva, como ellos dicen, sin que ella tenga carácter positivamente objetivo; porque este estado subjetivo depende del objeto con el cual ella está ocupada. Es la característica de Dios ser la fuente de Sus propios pensamientos sin un objeto — y ser autosuficiente (porque Él es perfección, y el centro y fuente de todo), y crear objetos para Sí mismo, si Él no tendría alguno fuera de Él. En una palabra, aunque recibe una vida de parte de Dios que es capaz de disfrutar de Él, el carácter moral del hombre no puede ser formado en él sin un objeto que se lo imparte.

 

Dios Mismo es nuestro Objeto, manifestado en Cristo

El cual revela Su gracia como Dios y Padre

 

Ahora bien, Dios se ha dado a Sí mismo a nosotros como objeto, y se ha revelado en Cristo. Si nosotros nos ocupamos con Dios en Él mismo (suponiendo siempre que Él se ha revelado así), el tema es demasiado grande. Se trata de un gozo infinito; pero en eso que es sencillamente infinito hay algo que falta para la criatura, aunque es su más elevada prerrogativa disfrutarlo. Por una parte, para que él lo disfrute, le es necesario estar en su lugar, y que Dios pueda tener Su lugar con respecto a él, y por otro lado, eso que Lo exalta tan admirablemente. Debe ser así; y es el privilegio que nos es dado, y dado a nosotros en una intimidad inestimable, porque somos hijos, y vivimos en Dios, y Dios habita en nosotros; pero con esto, en sí mismo, hay un cierto peso sobre el corazón en el sentido de Dios solo. Nosotros leemos acerca de un "excelente y eterno peso {*} de gloria" (2ª. Corintios 4:17).

 

{*} Peso y gloria son la misma palabra en Hebreo.

 

Ello debe ser así: Su majestad debe ser mantenida cuando nosotros pensamos en Él como Dios, Su autoridad sobre la conciencia. El corazón — Dios lo ha formado así — necesita algo que no rebaje sus afectos, pero que pueda tener el carácter de compañero y amigo, a lo menos al que tiene acceso a ese carácter.

 

Esto es lo que nosotros tenemos en Cristo, nuestro precioso Salvador. Él es un objeto cercano a nosotros. Él no se avergüenza de llamarnos hermanos (Hebreos 2:11); todo lo que Él ha oído del Padre, Él nos lo ha dado a conocer (Juan 15:15). ¿Es Él, entonces, un medio para que nuestros ojos sean apartados de Dios? Por el contrario, es en Él que Dios es manifestado, es en Él que aun los ángeles ven a Dios. (1ª. Timoteo 3:16). Él es el que, estando en el seno del Padre, nos revela a Su Dios Padre en esta dulce relación, y tal como Él Le conoce. Y no sólo esto, sino que Él está en el Padre, y el Padre en Él (Juan 14:10). Él nos revela a Dios, en lugar de apartarnos de Él. En gracia, Él ya Le ha revelado, y nosotros esperamos la revelación de gloria en Él. También, estando ya en la tierra, desde el momento en que Él nació, los ángeles celebraron la buena voluntad de Dios en el hombre, porque el objeto de Su eterna delicia se había hecho hombre. Y ahora, Él ha consumado la obra que hace posible la introducción de otros, de pecadores, al disfrute con Él mismo de este favor de Dios. Siendo nosotros una vez enemigos, "fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Romanos 5:10).

 

Reconciliados con Dios para servirle con gozo

y esperar de los cielos  a Su Hijo

 

Es así como Dios nos ha reconciliado con Él mismo. Conociendo así a Dios por medio de la fe, nosotros nos volvimos (o, convertimos) "de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo." (1ª. Tesalonicenses 1: 9, 10). El Dios vivo y verdadero es el objeto de nuestro servicio gozoso. Su Hijo, que conocemos, que nos conoce, que nos hará estar donde Él está, que nos ha identificado con Su propia gloria y Su gloria con nosotros, Aquel que es un hombre glorificado para siempre y primogénito entre muchos hermanos, es el objeto de nuestra expectación. Nosotros Le esperamos de los cielos, porque nuestras esperanzas están allí, y allí está la sede de nuestro gozo.

 

Nosotros tenemos la infinidad de un Dios de amor, la intimidad y la gloria de Aquel que ha participado en nuestras debilidades (Hebreos 2:14), y, sin pecado, ha llevado todos nuestros pecados. ¡Qué porción es nuestra!

 

El juicio de Dios sobre el mal es imprescindible;

la ira resultante e inminente; liberación de ella

 

Pero hay otro aspecto de la verdad. Las criaturas son responsables, y, no obstante lo grande que son Su amor y Su paciencia, Dios no puede permitir el mal ni el desacato a Su autoridad: si Él lo hiciese, todo sería confusión y miseria. Dios mismo perdería Su lugar. Hay un juicio; hay ira venidera. Nosotros somos responsables; nosotros hemos fracasado. Entonces, ¿cómo disfrutaremos de Dios y del Hijo de la manera de la que he hablado?

 

Aquí llega la aplicación de la tercera verdad de la que habla el apóstol: "quien nos libra de la ira venidera." La obra de Cristo nos ha protegido perfectamente de esta ira; Él tomó nuestro lugar en la responsabilidad, en la cruz para quitar el pecado por nosotros mediante el sacrificio de Sí mismo.

 

Los tres grandes elementos de la vida Cristiana

 

Estos son los tres grandes elementos de la vida Cristiana. Nosotros servimos al Dios vivo y verdadero, habiendo abandonado nuestros ídolos en lo exterior o en lo interior. Esperamos a Jesús para la gloria; porque esta visión de Dios nos hace sentir lo que este mundo es, y nosotros conocemos a Jesús. En cuanto a nuestros pecados y a nuestra conciencia, nosotros hemos sido limpiados perfectamente; no tememos nada. La vida y el andar de los Tesalonicenses fue un testimonio rendido a estas verdades.

 

CAPÍTULO 2

 

El andar y la conducta del apóstol

 

 

Habiendo establecido estos grandes principios, el Apóstol, con un corazón abierto y desbordante, apela a todo su andar entre ellos como una prueba de que él ha andado en el mismo espíritu como era en el caso de ellos, en lo cual él se estaba regocijando. No se trató de que él exhortara a los demás, mientras se beneficiaba del afecto de ellos, para su propio beneficio. No se trató de que él los animase a soportar aflicciones sin tener, él mismo, el coraje para experimentar lo mismo. Maltratado e insultado en Filipos, él fue valiente en Dios para renovar sus ataques sobre el reino de tinieblas en Tesalónica, e hizo eso con gran energía. Él no había usado palabras aduladoras para ganarlos; él había puesto la verdad delante de ellos, como siendo él mismo siervo de Dios. Él había trabajado con sus propias manos, para no ser una carga para ellos. Todo fue hecho delante de Dios en la luz y mediante la energía del Espíritu Santo, y en un espíritu de consagración; así como él deseaba que ellos anduviesen como sabían que él había andado entre ellos, santa, justa e irreprensiblemente; y él los había exhortado también con todo afecto y ternura, a andar como es digno de Dios, que los había llamado a Su reino y gloria.

 

Nosotros vemos nuevamente en esta expresión la relación cercana del Cristiano, en su carácter individual, con Dios. Él tiene su porción en el reino y la gloria de Dios, y su conducta debía ser apropiada a esa posición. Aquí se trata de su posición en relación con Dios, como antes era su relación con Dios y el Señor Jesús.

 

La Palabra y la obra de Dios; el fruto del trabajo de sus siervos, respondiendo al carácter del trabajo de ellos

 

El apóstol habla después del medio por el cual este mundo de nuevos pensamientos era adquirido por el Cristiano. Fue que Dios había hablado para revelarse a Sí mismo y Sus consejos. Dios había encargado el evangelio a Pablo (1ª. Tesalonicenses 2:4), y él había actuado como estando en la presencia de Dios, y responsable ante Él.

 

También los Tesalonicenses, por su parte, habían recibido la palabra; no como la palabra de Pablo, sino como la palabra de Dios mismo dirigida a ellos mediante la boca de Pablo. Es interesante, y también para nosotros es un pensamiento serio, observar que (con respecto a la manifestación del poder de Dios aquí abajo), aunque la obra es de Dios, el fruto de los trabajos de Sus siervos responde al carácter y profundidad de ese trabajo mismo. Los vínculos de la gracia y la comunión son establecidos así; hay un entendimiento mutuo. El trabajo manifiesta al trabajador. El trabajador se regocija en eso que su corazón había deseado para las almas que son el fruto de su labor; y estas saben cómo apreciar el andar y el trabajo del trabajador, reconociendo el poder de la gracia en aquel que tiene el medio de llevarlos a esta posición; y el uno y los otros, conociendo a Dios, se regocijan en la comunión de Su gracia.

 

Pablo estaba en gran parte con Dios en su alma y en su trabajo. Los Tesalonicenses, por consiguiente, recibieron la Palabra en el mismo poder; y ellos, con él, estuvieron en comunión con Dios conforme a ese poder y esa intimidad.

 

Cristianos Judíos y gentiles padecen a manos

 de sus propios compatriotas

 

Nosotros vemos aquí, de paso, a los Judíos privados de esta relación con Dios, el remanente de este pueblo recibido, y padeciendo por la enemistad de la masa del pueblo. Los escogidos de entre los Gentiles despertaron, por su parte, la hostilidad de sus compatriotas por el testimonio que ellos daban contra el príncipe de este mundo en el andar Cristiano de ellos, y por su confesión de un Cristo celestial — un Cristo al que el mundo había rechazado.

 

Los celos de los judíos y el rechazo de la gracia de Dios,

transfiriendo nuestras esperanzas desde la tierra al cielo

 

La religión de los Judíos se había convertido sólo en celos de los demás. La pretensión a la posesión exclusiva de privilegios religiosos — muy preciosos cuando ellos los disfrutaron con Dios como un testimonio de Su favor— no fue sino un manantial de odio, cuando Dios, en la plenitud de Su gracia soberana, escogió bendecir a otros que no tenían derecho a nada. Mediante esta exclusiva pretensión ellos negaban los derechos de Dios que los había escogido anteriormente como pueblo; ellos negaron Su gracia, conforme a la cual Él actuaba hacia los pecadores, y que habría sido la fuente de mejores bendiciones para ellos mismos. Pero, mientras tanto, la negativa de ellos a entrar había transferido la escena de nuestras esperanzas y nuestras alegrías desde la tierra al cielo, donde conocemos al Señor, y donde Él permanecerá hasta que venga a afirmar Sus reivindicaciones sobre la tierra. Antes que Él las afirme, Él nos tomará a Sí mismo. (Juan 14: 1-3).

 

Los Judíos desestimados como nación; mejores privilegios

que los privilegios perdidos son concedidos a los Cristianos

 

Mientras tanto, la palabra de Dios es la fuente de nuestra confianza — la revelación de la gloria, de la verdad, y del amor. Ella es poderosa en los que creen. Los Judíos son desestimados. Por la oposición de ellos a la gracia hacia los Gentiles, ellos asumieron la posición de enemistad contra Dios en la gracia, y la ira ha venido sobre ellos hasta lo sumo. Esta ira no fue ejecutada aún; pero ellos mismos se habían puesto en esta posición. No fue solamente que ellos habían quebrantado la ley, ellos ya habían dado muerte a sus profetas que le fueron enviados en gracia; ellos ya habían matado al Cristo, a Jesús el Señor. Sólo la gracia soberana podía traer un remedio. Ellos resistieron esto; porque, según esa gracia, Dios era bueno con los Gentiles, y les concedía, al mismo tiempo que a ellos mismos, mejores privilegios que los que ellos habían perdido. Por lo tanto, la ira vino finalmente sobre ellos como una nación. Los Cristianos estaban ahora en el disfrute de mejores privilegios en lugar de los Judíos.

 

La recepción de la Palabra; lo que ello revela

 

No es aquí el momento para explicar los futuros tratos de Dios con el remanente de ese pueblo. El Apóstol habla aquí del pueblo para mostrar que los únicos que están en relación con Dios eran los Cristianos — aquellos que habían recibido la Palabra. Era la recepción de la Palabra por medio de la fe, y nada más, lo que llevaba realmente las almas a la relación con Dios. Se encontró que los privilegios hereditarios, en su naturaleza, están en oposición a la gracia y soberanía, y por tanto, al carácter y a los derechos de Dios mismo; porque Dios es soberano, y Dios es amor.

 

La Palabra revela la gracia; ella es obedecida creyéndola. Y, llevado a la relación con Dios, el Cristiano anda en Su comunión, y en Sus sendas y espera al Hijo, en quien Él se ha revelado a los hombres. Esto es el fruto de eso que el Cristiano ha recibido por creer — un principio eficaz de vida y una luz de parte de Dios para el camino.

 

Gozo mezclado con conflicto

 

El Apóstol bendecía a Dios de que ello era así con los Tesalonicenses; y, habiendo aclarado este asunto, él regresa al gozo de su comunión con ellos en la bendición positiva que la revelación de Dios en sus corazones por medio de la Palabra les había traído. Él gustosamente los habría visto disfrutar esta comunión en comunión con ellos cara a cara; pero mientras que era sólo por medio de la Palabra que el conocimiento de Dios era obtenido — en una palabra, por medio de la fe — mientras el Señor estaba ausente, otro resultado emanaba de este hecho; a saber, que estas alegrías estaban mezcladas con conflicto — conflicto, sin embargo, que, aunque a los ojos del hombre interrumpían el disfrute, en realidad lo hacían más dulce, más real, preservaba su carácter celestial, y hacía al propio Señor, de quien ellos no podían ser separados, el centro, el punto común en el cual los corazones eran unidos, con la conciencia de que ellos estaban en el desierto , y que estaban esperando una escena y un tiempo en que el mal y el poder del enemigo ya no existirían más, pero donde Cristo sería todo. ¡Esperanza gozosa, santa felicidad, poderoso vínculo del corazón con Cristo! Cuando Él será todo, nuestro gozo será completo, y todos los santos lo poseerán. Pablo deseó haberlos visto nuevamente, y lo había deseado incluso dos veces, Pero Satanás lo impidió. Llegaría el momento cuando él disfrutaría plenamente de ellos y de su trabajo entre ellos, viéndolos en plena posesión de la gloria en la venida de Cristo.

 

La vida Cristiana desarrollada plenamente

en amor y santidad

 

En el propio Apóstol, cuando estuvo en Tesalónica, la vida Cristiana se desarrolló en amor y santidad. Él había estado entre ellos en ternura, como una madre que cuida a sus hijos; dispuesto a impartirles no sólo el evangelio sino aun su propia vida, muy queridos eran ellos para él. Él había sido, al mismo tiempo, santo e irreprensible en toda su conducta. ¡Qué energía de vida y amor brotando por el poder de Dios, sin reparar en todas las consecuencias excepto la bendición de los escogidos y la gloria de Dios! Esto es vida Cristiana verdadera. El corazón, no lleno de interrogantes por la incredulidad, sino fuerte en fe, cuenta con Dios para servir a Dios. El amor es así libre, fuera de uno mismo, para Dios, prudente y lleno de consideración solamente por el bien de los demás. Y esto, ¡qué vínculos crea! La persecución sólo acelera la obra obligando a ir a otra parte, cuando quizás el obrero estaría tentado de disfrutar los frutos de su trabajo en la compañía de aquellos que habían sido bendecidos por medio de él (compárese con capítulo 2:2). Aunque estaba ausente, el corazón del Apóstol aún estaba unido a ellos; él recordaba a sus amados; él oraba por ellos; él bendecía a Dios por la gracia otorgada a ellos; asegurándose a sí mismo , cuando pensaba en ello, la porción de ellos en gloria como los escogidos por Dios (capítulo 1: 3-4; 2:13).

 

Esperando la venida del Señor Jesús

 

El vínculo permaneció firme; y, siendo obstruida la manera de presentar el disfrute de la comunión personal por los artilugios de Satanás (por permiso de Dios), su corazón se elevó más alto y buscó la satisfacción plena de la necesidad producida en él por amor, en el momento cuando un Cristo presente en Su poder debiese haber quitado todos los obstáculos y llevado a cabo los propósitos de Dios con respecto a los santos; cuando Su amor debiese haber producido todos sus preciosos frutos en ellos; y cuando Pablo y sus hijos queridos en la fe debiesen disfrutar juntos toda la gracia y el poder del Espíritu debería haber obrado en ellos. Incapaz, por el momento, de satisfacer los deseos de su corazón viéndolos, Pablo miraba a esa hora. Y observen que, si él lo hace, es porque su corazón ya estaba lleno de ellos para sí mismo. El poder del Espíritu, actuando conforme a la verdad, guía siempre el corazón a esa hora. Impulsa el corazón a trabajar en amor en medio de este mundo, hace así que la oposición de las tinieblas de este mundo a la luz (sea ella por parte del hombre o del príncipe de las tinieblas) sea advertida, y nos hace sentir siempre la necesidad de ese día de luz, cuando el mal ya no estará más presente para impedir la felicidad del nuevo hombre en su disfrute de eso que es bueno, en su comunión con los que son amados para Dios, y, sobre todo, en todo el disfrute de la presencia de su Salvador glorificado, el cual lo ha amado y quien (para el ejercicio de su fe) actualmente  está escondido de él.

 

La venida gozosa del Señor, llenando el corazón del creyente

 

Es Aquel que es la fuente y el objeto de todos estos afectos, el que los sostiene y los alimenta, el que los atrae siempre a Él mismo mediante Sus perfecciones y mediante Su amor, y, en los dolores de la vida Cristiana, lleva así al corazón al día cuando estemos con Él mismo, al día de Su venida, cuando el corazón estará libre para ocuparse de todo los que nos une a él sin interrupción. Este pensamiento acerca de Su presencia tiene la preponderancia, cuando el corazón es lozano en el gozo divino de la redención. Nosotros encontramos esto aquí. Nosotros nos convertimos para esperarlo a Él (capítulo 1); disfrutaremos la comunión de los santos y el fruto de nuestros trabajos cuando Él regrese (capítulo 2); aquel día da su fuerza y su medida a nuestros pensamientos con respecto a la santidad (capítulo 3); destruye la angustia del corazón que de otro modo acompañaría a la muerte de los santos (capítulo 4); es para ese día que nosotros somos guardados (capítulo 5). La venida del Señor, la presencia de Jesús, llena, por tanto, el corazón del creyente, cuando la vida está brotando en su frescura — la llena con la esperanza gozosa, cuyo cumplimiento resplandece ante nuestros ojos, allí donde se cumplirán todos nuestros deseos.

 

La oposición de Satanás convertida en bendición

 

Volviendo al final del capítulo 2, el vínculo que Satanás procura romper interrumpiendo su disfrute fue más bien fortalecido por estar relacionado con la venida del Señor. La corriente del Espíritu, contra la cual se le había permitido establecer este dique de contención, aunque apartada de su cauce natural, no pudo ser detenida, por que sus aguas fluyen siempre; ellas manaban en olas que enriquecían todo alrededor de ellas, tomando su curso hacia aquel mar que contenía la plenitud de esas aguas y alimentaba la fuente de la cual ellas brotaban.

 

El fruto de la obra del Espíritu en nosotros y por nosotros

para ser coronados en la venida de Cristo

 

Debería observarse aquí que los frutos especiales de nuestros trabajos no se pierden; ellos son hallados nuevamente en la venida de Cristo. Nuestro principal gozo personal es ver al Señor mismo y ser semejantes a Él. Esta es la porción de todos los santos; pero hay frutos particulares relacionados con la obra del Espíritu en nosotros y por nosotros. En Tesalónica la energía espiritual del Apóstol había llevado una cantidad de almas a Dios y a esperar a Jesús, y a una cercana unión en la verdad con Él mismo. Esta energía sería coronada a la venida de Cristo por la presencia de estos creyentes en la gloria como fruto de sus trabajos. Dios coronaría así la obra del Apóstol rindiendo un sorprendente testimonio de su fidelidad en la presencia de todos estos santos en gloria; y el amor que había obrado en el corazón de Pablo se satisfaría viendo sus objetos en la gloria y en la presencia de Jesús. Ellos serían su gloria y su gozo. Este pensamiento estrechó aún más los lazos que los unían, y consolaba al Apóstol en medio de sus trabajos y padecimientos.

 

CAPÍTULO 3

 

Las circunstancias que rodearon el cese forzoso de Pablo

de Tesalónica; su afecto y cuidado para con

los nuevos conversos de allí

 

Ahora bien, este cese forzado del Apóstol como el principal trabajador, sin debilitar el vínculo entre él y los discípulos, formó otros nexos que consolidarían y fortalecerían la asamblea, uniéndola por lo que cada coyuntura proveía (Efesios 4:16). Esto está relacionado (todas las cosas no son sino los instrumentos del poder y la sabiduría de Dios) con las circunstancias de las que el libro de los Hechos nos presenta los detalles principales (Hechos 17).

 

Después de las persecuciones provocadas por los Judíos, el Apóstol hizo una breve estadía en Tesalónica y fue obligado después a dejar la ciudad e ir a Berea. Los Judíos de Tesalónica lo siguieron incluso hasta allí e influenciaron a los de Berea, así que los hermanos Bereanos tuvieron que proveer para su seguridad. La persona a la cual ellos lo encomendaron lo llevó a Atenas; Silas y Timoteo permanecieron en Berea por el momento, pero pronto, por orden de Pablo, se volvieron a unir a él en Atenas. Mientras tanto una violenta persecución se propagó contra los Cristianos en Tesalónica, una ciudad de importancia, en la cual, tal como parece, los Judíos ya habían ejercido una medida considerable de influencia sobre la población pagana — una influencia que era socavada por el progreso del Cristianismo, el cual los Judíos, en su ceguera, rechazaban.

 

El Apóstol, enterándose de este estado de cosas por Silas y Timoteo, se preocupó ante el peligro que corrían sus nuevos conversos al ser sacudidos en la fe por las dificultades que acechaban a su paso mientras ellos eran aún jóvenes en la fe. Su afecto no le permitiría descansar sin ponerse él mismo en comunicación con ellos, y ya desde Atenas él había enviado a Timoteo a indagar acerca de la condición de ellos, y a establecer sus corazones recordándoles que mientras él estaba aún con ellos, él les había dicho que estas cosas sucederían. Durante su ausencia Pablo dejó Atenas y fue a Corinto, donde Timoteo lo consoló nuevamente mediante las buenas noticias que él trajo desde Tesalónica, y el Apóstol reanudó sus trabajos en Corinto con renovada energía y renovado coraje (véase Hechos 18:5).

 

La ocasión de la carta; el trabajador fortalecido y animado;

la mayor felicidad de ellos es su mayor gozo

 

Tras la llegada de Timoteo Pablo escribió esta carta. Timoteo le había informado acerca del buen estado de los Cristianos Tesalonicenses — que ellos retenían la fe, que mucho deseaban ver al Apóstol, y que ellos andaban juntos en amor. En medio de sus dolores y la oposición de los hombres—en una palabra, de las aflicciones del evangelio — el espíritu del Apóstol es reconfortado mediante estas noticias. Él mismo es fortalecido, porque si la fe del trabajador es el medio de bendición para las almas, y, en general, es la medida del carácter exterior del trabajo, la fe de los Cristianos que son el fruto de sus trabajos, y que corresponden a él, es, en compensación, una fuente de fortaleza y estímulo para el trabajador; así como las oraciones de ellos son un gran medio de bendición para él.

 

El amor encuentra en el bienestar espiritual de ellos su alimento y gozo; la fe; lo que lo sostiene y fortalece. La palabra de Dios es sentida en él. Yo vivo, dice el Apóstol, "si vosotros estáis firmes en el Señor." Él añade, "¿qué acción de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios?" Hermoso y conmovedor retrato del resultado de la operación del Espíritu de Dios, liberando almas de la corrupción del mundo y produciendo los más puros afectos, la más grande renunciación al yo por el bien de los demás, el mayor gozo en la felicidad de ellos — gozo divino, hecho realidad delante de Dios mismo, cuyo valor era apreciado en Su presencia por el corazón espiritual que permanecía en él, el corazón que, por parte de aquel Dios de amor, había sido el medio de su existencia.

 

Pablo como trabajador, no como amo,

dependiente de Dios para su obra

 

¡Qué vínculo es el vínculo del Espíritu! ¡De qué manera el egoísmo es olvidado y desaparece en el gozo de semejantes afectos! El Apóstol, animado por este afecto, el cual aumentaba en vez de cansarse por el hecho de ejercitarlo, y por la satisfacción que este afecto recibía en la felicidad de los demás, desea tanto más, de los Tesalonicenses así sustentados, verlos nuevamente; no ahora con el propósito de fortalecerlos, sino para edificar sobre eso que estaba ya tan establecido, y para completar la enseñanza espiritual de ellos impartiéndoles aquello que faltaba aún a su fe. Pero él es, y debía ser, un trabajador y no un amo (Dios hace que nosotros sintamos esto), y él depende enteramente de Dios para su obra y para la edificación de los demás. De hecho, pasaron años antes que él viese nuevamente a los Tesalonicenses. Él permaneció un largo tiempo en Corinto, donde el Señor tenía mucho pueblo; él visitó de nuevo Jerusalén, luego toda a Asia Menor donde él había trabajado antes; desde allí, él fue a Éfeso, lugar donde residió casi tres años; y después de eso él vio a los Tesalonicenses otra vez, cuando dejó esa ciudad para ir a Corinto, viajando por el camino a Macedonia, para no visitar Corinto antes de la restauración de los Cristianos de allí al orden.

 

La sumisión de Pablo a la voluntad de Dios como su Padre,

y a Cristo como el Hijo sobre la casa de Dios

 

"El mismo Dios"— es así como se expresa el deseo del Apóstol y su sumisión a la voluntad de Dios — "el mismo Dios y Padre nuestro… dirija nuestro camino a vosotros." Su deseo no es vago. Él se refiere a Dios como su Padre, la fuente de todos estos santos afectos, Aquel que ocupa el lugar de Padre para nosotros y ordena todas las cosas con vistas al bien de Sus hijos, conforme a esa sabiduría perfecta que abarca todas las cosas y todos Sus hijos a la vez. "El mismo Dios y Padre nuestro", dice el Apóstol. Pero hay otra consideración — no, ciertamente, en oposición a esto, porque Dios es uno —, sino que tiene otro carácter menos individual; y él añade, "y nuestro Señor Jesucristo." Cristo es Hijo sobre la casa de Dios, y además del gozo y la bendición y los afectos individuales, tenían que ser considerados el progreso, el bienestar y el desarrollo de toda la asamblea. Estas dos partes del Cristianismo actúan de cierto mutuamente

 

El bienestar de la asamblea y los afectos individuales,

dependientes del gobierno de un Señor como Jesús

y del amor de un Padre

 

Allí donde la operación del Espíritu es plena y sin trabas, el bienestar de la asamblea y los afectos individuales están en armonía. Si algo falta en lo uno, Dios usa el fracaso mismo para actuar poderosamente sobre lo otro. Si la asamblea como un todo es débil, la fe individual es ejercitada de una manera especial, y más inmediatamente en Dios mismo. No hay varios Elías y Eliseos en el reino de Salomón. Por otra parte, el cuidado vigilante de la asamblea por medio de los implicados divinamente en ello es la energía verdadera de su organización espiritual, fortalece la vida, y vuelve a despertar los afectos espirituales de sus miembros adormecidos. Pero las dos cosas son diferentes. Por consiguiente, el Apóstol añade, "el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo", el cual, tal como hemos dicho, según Hebreos 3, es Hijo sobre Su casa. Es una bendición que nuestra senda dependa del amor de un Padre, que es Dios mismo, actuando según los tiernos afectos expresados por ese nombre; y, en cuanto al bienestar de la asamblea, que ello dependa de un gobierno de un Señor como Jesús, el cual la ama con un amor perfecto; y que, si bien Él tomó semejante lugar, es el Dios que creo todas las cosas, el Hombre que tiene todo poder (potestad) en el cielo y en la tierra, para el cual los Cristianos son los objetos de un incesante y fiel cuidado — cuidado que Él dedica para llevar finalmente a la asamblea a Sí mismo en la gloria conforme a los consejos de Dios {*}

 

{*} Es bueno recordar aquí que, aunque Cristo es Hijo sobre la casa de Dios, como Señor Él no es Señor sobre la asamblea sino sobre individuos. Además de esto, Él es, en un sentido general, Señor de todo. Pero Su acción hacia los individuos provee (ministra) para el bienestar de la asamblea.

 

El poder y el ejercicio del amor

 

Ese fue, entonces, el primer deseo del Apóstol, y eso eran ellos con respecto a quien lo formó. Mientras tanto, él debe dejar a sus amados Tesalonicenses al cuidado inmediato del Señor de quien él dependía (compárese con Hechos 20:32). Su corazón se vuelve a eso. Que Dios dirija mi camino a vosotros. "Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos."

 

Y su corazón pudo presentar su afecto por ellos, como el modelo de eso que ellos debían sentir hacia los demás. Este poder del amor mantiene el corazón en la presencia de Dios y hace que él encuentre su gozo en la luz de Su presencia, y desea fervientemente que todos los santos puedan estar en Su presencia, siendo sus corazones aptos para ella y para estar allí. Porque Dios es amor, y el ejercicio del amor en el corazón del Cristiano (fruto de la presencia y la operación del Espíritu) es, de hecho, el efecto de la presencia de Dios; y nos hace sentir, a la vez, Su presencia, de modo que nos mantiene delante de Él y mantiene una comunión consciente en el corazón. El amor puede padecer y mediante ello demostrar su fuerza, pero nosotros estamos hablando del ejercicio espontáneo del amor hacia los objetos que Dios le presenta.

 

El amor como vínculo de la perfección, el medio verdadero

de bendición; dos grandes principios en cuanto a Dios

y a nuestro Señor Jesús

 

Ahora bien, siendo así el desarrollo de la naturaleza divina en nosotros y del sostenimiento de nuestros corazones en comunión con Dios mismo, el amor es el vínculo de la perfección (o, el vínculo perfecto), el verdadero medio de santidad, cuando el amor es real. El corazón es guardado, muy lejos de la carne y sus pensamientos, en la luz pura de la presencia de Dios, que el alma disfruta así. Por esta razón el Apóstol ora, mientras espera darles más luz, para que el Señor aumente el amor en ellos, para establecer sus corazones irreprensibles en santidad delante de nuestro Dios y Padre en la manifestación (venida) de nuestro Señor Jesucristo con todos Sus santos. Nosotros encontramos otra vez aquí los dos grandes principios de los que yo hablé al final del capítulo 1:

1. Dios en la perfección de Su naturaleza;

2. y el señor Jesús en la intimidad de Su relación con nosotros — no obstante, Dios como Padre, y Jesús como Señor.        

Nosotros estamos delante de Dios, y Jesús viene con Sus santos. Él los ha llevado a la perfección; ellos están con Él, y por tanto, delante de Dios conocido en la relación de Padre.

 

La expectación real y presente de la venida del Señor

y la consumación de la obra

 

Observen también que todo se refiere a esta esperanza: era una expectación real y presente. Si ellos se habían convertido, ello fue para servir a Dios y esperar de los cielos a Su Hijo. Todo estaba relacionado con ese maravilloso momento cuando Él vendrá. Lo que la santidad era sería demostrado cuando ellos estuviesen delante de Dios, y los santos estarían con su Cabeza; además, manifestados con Él en gloria, así como entonces ellos disfrutarán plenamente del fruto de su trabajo y de la recompensa de amor en el gozo de todos aquellos que ellos habían amado. {*}

 

{*} Es muy impresionante ver de qué manera la santidad y la manifestación en gloria son juntadas aquí como una sola cosa en la Escritura, solamente que el velo es descorrido cuando la gloria está allí. Incluso Cristo fue declarado Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad por la resurrección (Romanos 1:4). "Nosotros todos, contemplando la gloria del Señor con el rostro descubierto, somos transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor el Espíritu." (2ª. Corintios 3:18- JND). Es así aquí; nosotros hemos de andar en amor, para ser irreprensibles en santidad. Deberíamos haber dicho aquí; pero no, el velo es descorrido en la aparición de nuestro Señor Jesucristo con todos Sus santos. En Efesios 5 Él nos lava con la Palabra, a fin de presentarnos a Sí mismo como un cuerpo glorioso sin que tenga mancha.

 

La escena que sería la consumación de la obra es presentada aquí en toda su dimensión moral. Nosotros estamos delante de Dios, en Su presencia, donde la santidad es demostrada en su carácter verdadero; nosotros estamos allí para la perfecta comunión con Dios en la luz, donde la relación de la santidad con Su naturaleza y con la manifestación de Él mismo es evidente; así como esta manifestación está en relación con el desarrollo de una naturaleza en nosotros, la cual, por gracia, nos pone en relación con Él.

 

"Irreprensibles en santidad delante de Dios"

 

"Irreprensibles", él dice, "en santidad", y en santidad "delante de Dios." Él es luz. ¡Qué inmenso gozo, qué poder, a través de la gracia, hay en este pensamiento, para el momento actual, para mantenernos manifestados delante de Él! Pero sólo el amor, conocido en Él, puede hacer esto.

 

Una relación de amor dando la naturaleza de Dios

a Sus hijos

 

Pero él añade también, "nuestro Padre." Se trata de una relación conocida y real, que tiene su propio carácter peculiar, una relación de amor. No es una cosa que debe ser adquirida, y la santidad no es el medio de adquirirla. La santidad es el carácter de nuestra relación con Dios, dado que nosotros hemos recibido Su naturaleza como Sus hijos, y es la revelación de la perfección de esa naturaleza en Él en amor. El amor mismo nos ha dado esa naturaleza y nos ha situado en esa relación; la santidad práctica es el ejercicio de esta santidad en comunión con Dios, teniendo comunión con Él en Su presencia según el amor que conocemos así, es decir, Dios mismo tal como Él se ha revelado hacia nosotros.

 

La consumación de las sendas de Dios en cuanto

a los que Él ha dado a Jesús; el poder y el gozo del amor

 

Pero el corazón no está solo: hay compañerismo en este gozo y en esta perfección; y sobre todo, esto es con el propio Jesús. Él vendrá, Él estará presente, y no solamente Aquel que es la Cabeza, sino todos los santos con Él estarán allí también. Ello será la consumación de las sendas de Dios con respecto a aquellos que Él ha dado a Jesús. Nosotros Le veremos en gloria, la gloria que Él ha tomado en relación con Su venida por nosotros. Veremos a todos los santos en los cuales Él será admirado, y veremos en ellos la perfección que nuestros corazones desean para ellos ahora (véase 2ª. Tesalonicenses 1:10).

 

Observen también que el amor hace que nos elevemos sobre las dificultades, las persecuciones, los temores, que el enemigo procura producir. Ocupados con Dios, felices en Él, este peso de aflicción no es sentido. La fortaleza de Dios está en el corazón; el andar está conscientemente relacionado con la eterna felicidad poseída con Él, y se siente que la aflicción no es más que una cosa leve y por un momento. No sólo esto; nosotros padecemos por causa de Cristo: es gozo con Él, es intimidad de comunión, si sabemos de qué manera apreciarlo, y todo está investido con la gloria y la salvación que son encontradas al final — "en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos."

 

La venida del Señor vinculada con la vida práctica diaria

 

Al leer este pasaje uno no puede sino observar la manera inmediata y viva en que la venida del Señor está vinculada con la vida práctica diaria, de modo que la luz perfecta de ese día es proyectada sobre la senda que transitamos a cada hora del momento actual. Mediante el ejercicio del amor ellos iban a ser establecidos en santidad delante de Dios en la venida de Cristo. De día en día, ese día era buscado como la consumación y el único plazo que ellos contemplaban para la vida habitual de cada día aquí abajo. ¡De qué manera esto llevaba el alma a la presencia de Dios! Además, como yo ya he comentado en parte, ellos vivían en una relación conocida con Dios que brindaba espacio para esta confianza. Él era el Padre de ellos: Él es nuestro Padre. La relación de los santos con Jesús era igualmente conocida. Los santos eran "sus santos." Todos ellos iban a venir con Él. Ellos estaban asociados con Su gloria. En la expresión no hay nada equívoco, nada que pueda interpretarse en varios sentidos, o dar ocasión a juicios diversos. Jesús, el Señor, viniendo con todos Sus santos, no nos permite pensar en ningún otro acontecimiento más que en Su regreso en gloria. Entonces Él también será glorificado en Sus santos que ya se habrán reunido con Él para estar para siempre con Él. Será el día de la manifestación de ellos como siendo Suyos.

 

CAPÍTULO 4

 

Los peligros de las costumbres anteriores

 

El Apóstol se vuelve después a los peligros que acosaban a los Tesalonicenses como resultado de sus anteriores costumbres (y que eran aún los de las personas que los rodeaban), costumbres que estaban en directa contradicción con el gozo santo y celestial del cual él hablaba. Él ya les había mostrado de qué manera ellos debían andar y agradar a Dios. Él mismo había andado así entre ellos (capítulo 2:10). Él los exhortaría a una conducta similar con todo el peso que su propio andar le daba, así como él desearía el crecimiento de ellos en amor según el afecto que él tenía por ellos (compárese con Hechos 26:29). Esto es lo que da autoridad a la exhortación y a todas las palabras de un siervo del Señor.

 

Pureza: el nuevo y elevado terreno en el cual el Cristianismo

nos sitúa; despreciando a Dios y a Su Espíritu

 

El Apóstol se ocupa especialmente del tema de la pureza, porque la moral pagana estaba tan corrompida que la impureza ni siquiera era considerada pecado. Nos parece extraño que una exhortación semejante hubiese sido necesaria a Cristianos tan vitales como los Tesalonicenses; pero nosotros no tenemos suficientemente en cuenta el poder de esas costumbres en las cuales las personas habían sido educadas, y que llegaron a ser, por así decirlo, parte de nuestra naturaleza y de la corriente de nuestros pensamientos, y para la acción de dos naturalezas diferentes bajo la influencia de estas costumbres, aunque la permisividad o el cultivo de una pronto amortigua la otra. Pero los motivos presentados aquí muestran en qué terreno enteramente nuevo, en lo que se refiere a la moralidad más común, el Cristianismo nos sitúa. El cuerpo no era sino un vaso para ser usado a voluntad para cualquier servicio que ellos escogiesen. Ellos debían poseer este vaso, en vez de permitirse ellos mismos dejarse llevar por los deseos de la carne; porque ellos conocían a Dios. Ellos no debían engañar a sus hermanos en estas cosas {*}, porque el Señor tomaría venganza. Dios nos ha llamado a santidad; es con Él con quien nosotros tenemos que ver; y si alguno despreciaba a su hermano, aprovechándose de su debilidad de pensamiento para usurpar sus derechos en este respecto, ello no sería despreciar al hombre sino a Dios, el cual lo recordaría, y el cual nos ha dado Su Espíritu; y actuar así sería despreciar el Espíritu, tanto en uno mismo como en el hermano de uno en quien Él mora también.

 

{*} Εν τω πραγματι (en to pragmati) es un eufemismo para "todo esto.")

 

Aquel que era agraviado de este modo no era solamente el esposo de una esposa, él era también la morada del Espíritu Santo y debía ser respetado como tal. ¡En qué elevado terreno el Cristianismo sitúa al hombre, y eso en relación con nuestros mejores afectos!

 

Amor fraternal; glorificando al Señor en la vida diaria

 

En cuanto al enternecedor amor fraternal — ese nuevo impulso primario de la vida de ellos — no fue necesario exhortarlos: Dios mismo les había enseñado, y ellos eran un ejemplo de amor a los demás. Sólo que abunden en ello más y más: andando tranquilamente, trabajando con sus propias manos, como para no estar en deuda con nadie, para que también en este aspecto el Señor pudiese ser glorificado.

 

Una nueva revelación en cuanto a la esperanza de

los Tesalonicenses: los que habían muerto tendrían

igualmente  su parte en la venida del Señor; la distinción

entre la venida de Cristo por los suyos y

Su día de juicio sobre el mundo

 

Tales fueron las exhortaciones del Apóstol. Lo que sigue a continuación es una revelación absolutamente nueva para aliento y consuelo de ellos. Nosotros hemos visto que los Tesalonicenses estaban siempre esperando al Señor. Ello era su esperanza cercana e inmediata en relación con su vida diaria. Ellos estaban constantemente esperando que Él los tomara a Él mismo. Ellos habían sido convertidos para esperar de lo cielos al Hijo de Dios. Ahora (por falta de enseñanza) les parecía que los santos que habían muerto recientemente no estarían con ellos para ser arrebatados. El Apóstol aclara este asunto y hace la distinción entre la venida de Cristo a tomar a los Suyos y Su día, que era un día de juicio para el mundo. Ellos no debían estar preocupados con respecto a los que habían muerto en Cristo {*} como se preocupaban los demás que no tenían esperanza. Y la razón que él les da para esto es una demostración de la estricta relación de su vida espiritual entera con la expectación del regreso personal de Cristo para llevarlos a la gloria celestial.

 

{*} Se ha pensado que el Apóstol habla aquí de los que habían muerto por causa de Su nombre como mártires. Ello puede haber sido así como consecuencia de las persecuciones. Pero "διὰ τοῦ Ἰησοῦ (dia tou Jesou)" (véase 1ª. Tesalonicenses 4:14 en Griego: http://biblehub.com/interlinear/1_thessalonians/4.htm) sería una manera singular de expresarlo; "δια" con un genitivo, es usada para indicar un estado de cosas, una condición en la que nosotros estamos, que nos caracteriza. Estando en Cristo, el cese de la vida de ellos en esta tierra no era sino dormirse, no morir. Ellos tenían esa posición por medio de Jesús. No por causa de Su nombre (Compárese no obstante con 2ª. Corintios 4:14).

 

El Apóstol, al reconfortarlos con respecto a sus hermanos que habían muerto últimamente, no dice una palabra acerca de los supervivientes reuniéndose con ellos en el cielo. Ellos son mantenidos en el pensamiento de que debían esperar al Señor mientras vivieran para que Él los transforme a Su imagen gloriosa (compárese con 2ª. Corintios 5 y 1ª. Corintios 15). Se necesitaba una revelación especial para hacerlos entender que los que previamente habían muerto tendrían igualmente su parte en ese acontecimiento. La parte de ellos, por así decirlo, se asemejaría a la de Cristo. Él ha muerto, y ha resucitado. Y así será con respecto a ellos. Y cuando Él regrese en gloria, Dios los traerá — tal como Él traerá a los demás, es decir, a los que viven — con Él.

 

Revelación expresa en cuanto a los detalles de la venida

del Señor; los que duermen en Jesús estarán con Él cuando

Él aparezca; los muertos en Cristo resucitarán primero,

y los vivos serán arrebatados para encontrarse con el Señor

 

A continuación de esto, el Apóstol presenta una explicación algo más detallada de la venida del Señor en la forma de revelación expresa, mostrando de qué manera ellos estarían con Él como para venir con Él cuando Él apareciera. Los que viven no tendrán prioridad sobre los que duermen en Jesús. El Señor mismo vendrá como la Cabeza de Su ejército celestial, dispersado por un tiempo, para reunirlos a Sí mismo. Él da la orden. La voz del arcángel la transmite, y la trompeta de Dios es tocada. Los muertos en Cristo resucitarán primero, es decir, antes que los que viven suban. Entonces nosotros, los que estemos vivos y que hayamos quedado, iremos con ellos, todos juntos a las nubes, al encuentro del Señor en el aire. Así estaremos siempre con el Señor.

 

Su pueblo, tal como su Señor, va a ascender en las nubes;

la asociación celestial del Cristiano con Cristo

 

Fue así como el propio Señor ascendió; porque nosotros en todas las cosas hemos de ser semejantes a Él — una importante circunstancia aquí. Ya sea transformados o resucitados de los muertos, nosotros subiremos en las nubes. Él ascendió en las nubes, y nosotros estaremos así siempre con Él.

 

Arrebatados juntamente; el poder de Dios sellando la vida

del Cristiano y Su obra y llevándolos a la gloria de Cristo

 

En esta parte del pasaje, donde el Apóstol explica los detalles de nuestra ascensión al encuentro del Señor en el aire, nada se dice acerca de que Él desciende a la tierra; se trata de nosotros subiendo (como Él subió) para estar con Él. {*} Tampoco, en lo que concierne a nosotros, el Apóstol va más allá de nosotros reuniéndonos juntamente para estar para siempre con Él.

 

{*} Para que todos nosotros podamos regresar — llevados de regreso juntamente con Él.

 

Nada se dice acerca del juicio o de la manifestación; sino sólo el hecho de nuestra asociación celestial con Él en que hemos salido de la tierra precisamente como Él salió. Esto es muy precioso. Existe esta diferencia: Él subió en Su propio pleno derecho, Él ascendió; en cuanto a nosotros, Su voz llama a los muertos, y ellos salen del sepulcro, y, los vivos siendo transformados, todos son arrebatados juntamente. Se trata de un acto solemne del poder de Dios, que sella la vida del Cristiano y la obra de Dios, y lleva a los primeros a la gloria de Cristo como Sus compañeros celestiales. ¡Privilegio glorioso! ¡Gracia preciosa! Perder de vista esto destruye el carácter correcto de nuestro gozo y de nuestra esperanza.

 

Otras consecuencias siguen después, las cuales son el resultado de Su manifestación; pero lo arriba descrito es nuestra porción, nuestra esperanza. Nosotros abandonamos la tierra como Él lo hizo; nosotros estaremos para siempre con Él.

 

Palabras de consuelo si los creyentes mueren

 

Nosotros hemos de consolarnos con estas palabras si los creyentes mueren — se duermen en Jesús. Ellos regresarán con Él cuando Él se manifieste; pero, con referencia a la porción de ellos, ellos se irán como Él se fue, ya sea resucitados de los muertos o transformados, para estar para siempre con el Señor.

 

Todo el resto se refiere a su gobierno de la tierra: un tema importante, una parte de Su gloria; y nosotros participamos también en ello. Pero no se trata de nuestra porción peculiar. Nuestra porción es, estar con Él, ser semejantes a Él, e incluso (cuando llegará el tiempo) dejar el mundo de la misma manera que Él dejó el mundo que Le rechazó y que nos ha rechazado, y que ha de ser juzgado.

 

Yo lo repito: perder esto de vista es perder nuestra porción esencial. Todo radica en las palabras, "así estaremos siempre con el Señor." El Apóstol ha explicado aquí de que manera esto sucederá. {*} Observen aquí que los versículos 15 al 18 son un paréntesis, y que el capítulo 5:1 continúa el pensamiento desde el capítulo 4:14; mostrando el capítulo 5 lo que Él hará cuando Él traiga a los santos con Él según el capítulo 4:14.

 

{*} Compare 2ª. Corintios 5: 1-4. Nosotros ya hemos comentado como un hecho que este pasaje es una revelación nueva, distinta. Pero la relevancia de este hecho aparece aquí y demuestra que tiene mucha importancia. La vida Cristiana está tan relacionada con el día (es decir, con el poder de la vida de luz del cual Cristo vive), y Cristo que ya está en la gloria es tan verdaderamente la vida del creyente (Colosenses 3:4), que él no tiene ningún otro pensamiento más que pasar a ella por el poder de la vida de Cristo, la cual lo transformará (Véase 2ª. Corintios 5:4). Se requería una revelación nueva y adicional para explicar lo que faltaba a la comprensión de los Tesalonicenses, de qué manera los santos muertos no perderían su parte en ella. El mismo poder sería aplicado a sus cuerpos muertos así como a los cuerpos mortales de los santos que viven, y todos serían arrebatados juntamente. Pero la victoria sobre la muerte ya había sido obtenida, y Cristo, según el poder de la resurrección, siendo ya la vida del creyente, no era sino natural, conforme a ese poder, que él pasara sin morir a la plenitud de vida con Cristo. Este era tanto el pensamiento natural de la fe que requería una revelación expresa, y, como he dicho, adicional, para explicar de qué manera los muertos tendrían su parte en ella. Para nosotros ello no presenta dificultad alguna. Lo que nos falta es el otro aspecto de esta verdad, el cual pertenece a una fe mucho más viva y que se da cuenta mucho más del poder de la vida de Cristo y Su victoria sobre la muerte. Sin duda los Tesalonicenses debían haber considerado que Cristo había muerto y resucitado, y no debían haber permitido que el abundante poder del gozo de ellos al darse cuenta de su propia porción en Cristo ocultase de ellos la certeza de la porción de los que durmieron en Él. Pero nosotros vemos (y Dios permitió que lo viésemos) de qué manera la vida que ellos poseían estaba conectada con la posición de la Cabeza triunfante sobre la muerte. El Apóstol no debilita esta fe y esta esperanza, pero él añade (para que ellos pudiesen ser confortados mediante el pensamiento) que el triunfo de Cristo tendría el mismo poder sobre los que duermen como sobre los santos que viven; y que Dios traería a los primeros, así como a los segundos con Jesús en gloria, habiéndolos arrebatados juntamente ya que la porción de ellos es estar para siempre con Él.

 

Dios nos da también esta revelación. Esta revelación de Su poder. Él ha permitido que miles duerman, porque (¡bendito sea Su nombre!) Él tenía que llamar a otros miles; pero la vida de Cristo no ha perdido su poder, y tampoco la verdad ha perdido su certeza. Nosotros los que vivimos Le esperamos porque Él es nuestra vida. Nosotros Le veremos en resurrección, si acaso muriésemos antes que Él venga a buscarnos; y ese momento se acerca.

 

Observen también que esta revelación presenta otra instrucción para la esperanza de los Tesalonicenses, porque ella diferencia con mucha precisión entre nuestra partida desde aquí para unirnos con el Señor en el aire, y nuestro regreso a la tierra con Él. No sólo esto; sino que él muestra que lo primero es la cosa principal para los Cristianos, mientras que, al mismo tiempo, confirma y aclara el otro punto. Yo me pregunto si los Tesalonicenses no deberían haber entendido mejor este regreso con Cristo que nuestra partida desde aquí todos juntos a reunirnos con Él. Incluso en su conversión ellos habían sido llevados a esperar de los cielos a Jesús. Desde el principio, el gran y esencial principio fue establecido en sus corazones — la Persona de Cristo era el objeto de la expectación de sus corazones, y ellos fueron separados así del mundo.

 

Quizás ellos tenían alguna vaga idea acerca de que ellos iban a aparecer con Él en gloria, pero no sabían de qué manera esto se iba a llevar a cabo. Tenían que estar listos en cualquier momento para Su venida, e iban a ser glorificados juntamente ante el universo. Esto lo sabían. Es un resumen de la verdad.

 

Ahora bien, el Apóstol desarrolla más que un punto aquí en relación con esta verdad general. En primer lugar, ellos estarían con Cristo en Su venida. Yo creo que esto es una feliz aplicación de una verdad que ellos ya poseían, dándole un poco más de precisión a uno de sus preciosos detalles. Al final del capítulo 3 de 1ª. Tesalonicenses, tenemos la verdad definida claramente (aunque ella era aún poco clara en sus corazones, dado que pensaban que los muertos en Cristo serían privados de ella) de que todos los santos vendrían con Jesús — un punto esencial en cuanto al carácter de nuestra relación con Él. Así que Jesús era esperado — los santos estarían juntos con Jesús en el momento de Su venida — todos los santos vendrían con Él. Esto solucionó y dio precisión a las ideas de ellos acerca de un punto ya más o menos conocido. En segundo lugar, lo que sigue a continuación es una revelación nueva con ocasión del error de ellos con respecto a los que durmieron. Ellos pensaban realmente que los Cristianos que estaban listos serían glorificados cuando Él regresara a este mundo; pero los muertos — ¿estaban ellos listos? Ellos no estaban presentes para compartir la manifestación (aparición) gloriosa de Cristo en la tierra. Porque, yo no dudo, la vaga idea que poseía la mente de los Tesalonicenses era esta: Jesús regresaría a este mundo, y los que Le estaban esperando compartirían Su manifestación gloriosa en la tierra. Pues bien, el Apóstol declara que los santos muertos estaban en la misma posición como Jesús que había muerto. Dios no Le había dejado en el sepulcro; tampoco dejaría a aquellos que, como Él, habían estado allí. Dios los traería también con él cuando Él regresara en gloria a esta tierra. Pero esto no era todo. La venida de Cristo en gloria a la tierra (la manifestación) no era la cosa principal. Los muertos en Cristo serán resucitados y entonces, junto con los que viven, irán al encuentro del Señor en el aire, antes de Su manifestación, y regresarán con Él a la tierra en gloria; y así estarán para siempre con el Señor. Esta era la cosa principal, la porción del Cristiano; a saber, morar eternamente con Cristo y en el cielo. La porción de los fieles estaba en lo alto — era Cristo mismo, aunque ellos aparecerían con Él en la gloria. Para este mundo sería entonces el juicio.

 

La porción peculiar, esencial, del Cristiano:

"siempre con el Señor; viviendo diariamente esperando al Señor

 

Entonces, en este importante pasaje encontramos al Cristiano viviendo en una expectación del Señor, expectación que está relacionada con su vida diaria y que la completa. La muerte es entonces sólo un accesorio que puede tener lugar, y que no priva al Cristiano de su porción cuando Su Amo regresará. La correcta expectación del Cristiano está enteramente separada de todo aquello que sigue a continuación de la manifestación de Cristo, y que está en relación con el gobierno de este mundo.

 

La venida personal del Señor con plena autoridad

sobre la muerte; los santos muertos no pierden sus derechos;

todos dejan la tierra para estar con Cristo en el cielo

 

El Señor viene en Persona a recibirnos a Sí mismo; Él no envía a buscarnos. Con plena autoridad sobre la muerte, que Él ha conquistado, y con trompeta de Dios, Él convoca a los Suyos desde el sepulcro; y estos, juntamente con los que viven (transformados), van a Su encuentro en el aire. Nuestra salida del mundo se asemeja exactamente a la Suya: nosotros dejamos el mundo, al cual no pertenecemos, para ir al cielo. Una vez estando allí, nosotros hemos alcanzado nuestra porción. Somos semejantes a Cristo, estamos para siempre con Él, pero Él traerá a los Suyos con Él cuando Él aparecerá. Este era entonces el verdadero consuelo en el caso de la muerte de un Cristiano, y de ninguna manera deja de lado el hecho de esperar de los cielos al Señor. Por el contrario, este modo de ver el asunto lo confirmaba. El santo muerto no perdía sus derechos por el hecho de morir — de dormir en Jesús; él sería el primer objeto de la atención de su Señor cuando Él viniese a reunir a los Suyos. Sin embargo, el lugar desde el cual ellos van al encuentro de Él es la tierra. Los muertos resucitarían — esto era la primera cosa — para que pudiesen estar listos para ir con los demás; y entonces, desde esta tierra, todos juntos se irían para estar con Cristo en el cielo. Este punto de vista es de suma importancia para entender el carácter verdadero de aquel momento cuando se consumarán todas nuestras esperanzas.

 

CAPÍTULO 5

 

La venida del Señor otra vez al mundo; la posición

de los Cristianos y la incredulidad diferenciadas;

la luz y su juicio de los incrédulos

 

 

 

La venida del Señor otra vez a este mundo asume, por consiguiente, un carácter muy diferente del de un vago objeto de esperanza para el creyente como un período de gloria. En el capítulo 5 el Apóstol habla de ello, pero para diferenciar entre la posición de los Cristianos y la de los descuidados e incrédulos habitantes de la tierra. El Cristiano, vivo y enseñado por el Señor, siempre espera al Señor. Hay tiempos y ocasiones; no es necesario hablarle acerca de ellos. Pero (y él lo sabe) el día del Señor vendrá, y como ladrón en la noche, pero no para él; él es del día; él tiene parte en la gloria que aparecerá para ejecutar juicio sobre el mundo incrédulo. Los creyentes son hijos de la luz (VM); y esta luz, que es el juicio de los incrédulos, es la expresión de la gloria de Dios — una gloria que no puede tolerar el mal, y que cuando ella aparezca, lo desterrará de la tierra. El Cristiano es del día que juzgará y destruirá al inicuo y a la iniquidad misma de la faz de la tierra. Cristo es el Sol de Justicia, y los fieles resplandecerán como el sol en el reino de Su Padre.

 

El destino del mundo y de la iglesia profesante

 

El mundo dirá, "Paz y seguridad", y con toda seguridad creerán en la continuación de su prosperidad y el éxito de sus designios, y llegará el día súbitamente. (Comparen con 2ª. Pedro 3:3) El propio Señor lo ha declarado a menudo (Mateo 24: 36-44; Marcos 13: 33-36; Lucas 12:40; 17:26; 21:35).

 

Es una cosa muy solemne ver que la iglesia profesante (Apocalipsis 3:3) que dice que vive y que está en la verdad, que no tiene el carácter de corrupción de Tiatira, va a ser sin embargo tratada como el mundo — por lo menos, a menos que ella se arrepienta.

 

Seguridad y temor existentes;

la sombra de acontecimientos venideros

 

Quizás nosotros podemos maravillarnos al encontrar al Señor diciendo acerca de un tiempo como este, que los corazones de los hombres desfallecerán a causa del temor por la expectación de esas cosas que están viniendo sobre la tierra (Lucas 21:26). Pero nosotros vemos dos principios — tanto la seguridad como el temor existiendo ya. Progreso, éxito, la larga duración de un nuevo adelanto de la naturaleza humana — este es el lenguaje de los que se burlan de la venida del Señor; y sin embargo, debajo de todo esto, ¡cuántos temores por el futuro están al mismo tiempo poseyendo y agobiando el corazón! Yo uso la palabra 'principios', porque no pienso que el momento del cual el Señor habla ha llegado aún. Pero la sombra de acontecimientos venideros cae sobre el corazón. ¡Bienaventurados son los que pertenecen a otro mundo!

 

Los hijos de la luz, viviendo de día, son exhortados;

los tres grandes principios de 1ª. Corintios 13 para

caracterizar el coraje y la constancia del Cristiano

 

El Apóstol aplica esta diferencia de posición — a saber, que nosotros pertenecemos al día, y que, por lo tanto, ese día no puede venir sobre nosotros como ladrón — al carácter y al andar del Cristiano. Siendo un hijo de la luz, él ha de andar como tal. Él vive de día, aunque todo es noche y tinieblas a su alrededor. Uno no duerme de día. Los que duermen, duermen de noche; los que se embriagan, de noche se embriagan; estas son las obras de las tinieblas. Un Cristiano, el hijo del día, debe velar y ser sobrio, vistiéndose de todo lo que constituye la perfección de ese modo de ser que pertenece a su posición — a saber, con fe y amor y esperanza — principios que imparten coraje y le dan confianza para seguir adelante. Él tiene la coraza de la fe y el amor; por tanto, él avanza directamente contra el enemigo. Él tiene como yelmo la esperanza de esta salvación gloriosa, la cual le traerá completa liberación; así que él puede levantar su cabeza sin temor en medio del peligro. El Apóstol evoca aquí los tres grandes principios de 1ª. Corintios 13 para caracterizar el coraje y la constancia del Cristiano, tal como al principio él mostró que ellos eran el impulso primario del andar diario.

 

Fe, esperanza y amor ejercitados para nuestro consuelo

y nuestra edificación

 

La fe y el amor nos relaciona, de manera natural, con Dios, revelado tal como Él es en Jesús como el principio de comunión; de modo que nosotros andamos con confianza en Él: Su presencia nos da fortaleza. Por fe Él es el objeto glorioso delante de nuestros ojos. Por amor Él mora en nosotros, y nosotros nos damos cuenta de lo que Él es. La esperanza fija nuestros ojos especialmente en Cristo, el cual está viniendo para llevarnos al disfrute de la gloria con Él mismo. Por consiguiente, el Apóstol habla así, "Porque no nos ha puesto Dios para ira (el amor es entendido mediante la fe, lo que Dios quiere — Su pensamiento en cuanto a nosotros), "sino para alcanzar salvación." Esto lo que nosotros esperamos; y él habla de salvación como la liberación final "por medio de nuestro Señor Jesucristo"; y él añade de manera natural, "quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos (que hayamos muerto antes de Su venida o estemos vivos en aquel entonces), "vivamos juntamente con él." La muerte no nos priva de esta liberación y de esta gloria; porque Jesús murió. La muerte vino a ser el medio de obtenerla para nosotros; y si nosotros morimos, viviremos igualmente con Él. Él murió por nosotros, en lugar nuestro, para que, pase lo que pase, vivamos con Él. Todo aquello que lo impedía ha sido quitado de nuestro camino y ha perdido su poder; y, más que haber perdido su poder, ha llegado a ser una garantía de nuestro disfrute sin trabas de la vida plena de Cristo en gloria; para que nosotros podamos animarnos — y más que eso, podamos edificarnos — con estas verdades gloriosas, por medio de las cuales Dios suple todas nuestras carencias y todas nuestras necesidades. Este (versículo 10), es el final de la revelación especial con respecto a los que duermen antes de la venida del Señor Jesús, que comenzó con el capítulo 4:13.

 

Las diversas maneras en que el Apóstol habla aquí

de la venida del Señor

 

Yo llamaría aquí al lector a que ponga atención a la manera en que el Apóstol habla de la venida del Señor en los diferentes capítulos de esta epístola. Se observará que el Espíritu no presenta aquí la iglesia como un cuerpo. La vida es el tema — por tanto, la vida de cada Cristiano, individualmente: un punto muy importante, indudablemente.

 

Capítulo 1: la espera personal del Hijo de Dios,

Jesús, el deseo del corazón

 

En el capítulo 1 la expectación (la espera) del Señor es presentada de manera general como caracterizando al Cristiano. Ellos se han convertido para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a Su Hijo. Lo que es presentado aquí es el objeto mismo, La Persona del Señor. El propio Hijo de Dios vendrá y satisfará todo el deseo del corazón. Esto no es el reino, ni el juicio, ni siquiera el reposo; es el Hijo de Dios; y este Hijo de Dios es Jesús, resucitado de entre los muertos, y el que nos ha librado de la ira venidera; porque la ira está viniendo. Cada creyente, por lo tanto, espera personalmente al Hijo de Dios — Le espera viniendo de los cielos.

 

Capítulo 2: el amor con respecto a los demás es satisfecho

en Su venida; asociación con los santos

 

En el capítulo 2 está la asociación con los santos, gozo en los santos en la venida del Señor.

 

Capítulo 3: Responsabilidad en la libertad, el gozo

y la santidad; el Señor manifestado con Sus santos

 

En el capítulo 3 el tema es más la responsabilidad — responsabilidad en la libertad y el gozo; pero siendo aún una posición delante de Dios en relación con el andar y la vida del Cristiano aquí abajo. La aparición del Señor es la medida y el tiempo de prueba de la santidad. El testimonio dado por Dios a esta vida, dándole su lugar natural, tiene lugar cuando Cristo es manifestado con todos Sus santos. No se trata aquí de Su venida por nosotros, sino de Su venida con nosotros. Esta distinción entre los dos acontecimientos existe siempre. Incluso para los Cristianos y para la iglesia, aquello que se refiere a la responsabilidad se encuentra siempre en conexión con la aparición del Señor; y en lo que se refiere a nuestro gozo, en conexión con Su venida a tomarnos a Sí mismo.

 

Capítulo 4: Victoria sobre la muerte; nuestra común partida

desde aquí para estar con Jesús

 

Entonces, nosotros tenemos hasta aquí la espera general del Señor en Persona, esperar de los cielos a Su Hijo; el amor satisfecho en Su venida con respecto a los demás; la santidad en su valor y desarrollo plenos. En el capítulo 4 no es la relación de vida con su desarrollo pleno en el hecho de que estamos realmente con Cristo, sino la victoria sobre la muerte (lo cual no es una barrera para esto); y, al mismo tiempo, el fortalecimiento y el establecimiento de la esperanza en nuestra común partida desde aquí, de manera similar a la de Jesús, para estar para siempre con Él.

 

La feliz condición de los Tesalonicenses

 

Las exhortaciones que finalizan la epístola son breves; la poderosa acción de la vida de Dios en estos queridos discípulos los hacía comparativamente poco necesitados. La exhortación es siempre buena. No había nada entre ellos a lo que culpar. ¡Feliz condición! Quizás ellos no estaban suficientemente enseñados para un amplio desarrollo de la doctrina (el Apóstol esperaba verlos para ese propósito); pero había suficiente vida, una relación personal con Dios suficientemente verdadera y real, para edificarlos en ese terreno. Al que tiene más, más le será dado. El Apóstol pudo regocijarse con ellos y pudo confirmar la esperanza de ellos y añadir a ella algunos detalles como una revelación de parte de Dios. La asamblea en todas las épocas es beneficiada por ello.

 

La vida en el Espíritu tal como es vista

en Filipenses y en Tesalonicenses

 

En la epístola a los Filipenses nosotros vemos la vida en el Espíritu elevándose sobe toda las circunstancias como fruto de la larga experiencia de la bondad y fidelidad de Dios; y mostrando así su notable poder cuando la ayuda de los santos había fallado, y el Apóstol estaba en angustia, su vida en peligro, después de haber estado en la cárcel por cuatro años, situación provocada por un tirano inmisericorde. Es entonces cuando él decide su caso por los intereses de la asamblea. Es entonces que él puede proclamar que nosotros debiésemos regocijarnos siempre en el Señor, y que Cristo es todo para él, el vivir es Cristo, la muerte para él es ganancia. Es entonces que él puede hacer todas las cosas en Aquel que lo fortalece. Él ha aprendido esto. En Tesalonicenses tenemos la frescura del manantial cerca de su fuente; la energía del primer brote de vida en el alma del creyente, presentando toda la hermosura y pureza y vigor de su primer verdor bajo la influencia del sol que había salido sobre ellos, y que había hecho que la savia de vida surgiera, cuyas primeras manifestaciones no habían sido deterioradas por el contacto con el mundo, o por una debilitada visión de las cosas invisibles.

 

La obra de Dios y de Sus obreros ha de ser conocida,

apreciada y reconocida

 

El Apóstol deseaba que los discípulos reconociesen a aquellos que trabajaban entre ellos y los guiaban en gracia y los amonestaban, y que los tuvieran en muy alta estima por causa de su trabajo. La operación de Dios atrae siempre a un alma que es movida por el Espíritu Santo y exige su atención y su respeto: sobre este fundamento el Apóstol construye su exhortación. No es el cargo lo que está aquí en consideración (si el tal existía), sino la obra que atraía y ligaba el corazón. Ellos debían ser conocidos: la espiritualidad reconocía esta operación de Dios. El amor, la consagración, la respuesta a la necesidad de las almas, la paciencia al tratar con ellas de parte de Dios — todo esto era pertinente para el corazón del creyente: y ello bendecía a Dios por el cuidado que Él concedía a Sus hijos. Dios actuaba en el que trabajaba y en los corazones de los creyentes. ¡Bendito sea Dios, es un principio que siempre existe y uno que no se debilita jamás!

 

El mismo Espíritu producía paz entre ellos. Esta gracia era de gran valor. Si el amor apreciaba la obra de Dios en el que trabajaba, estimaría al hermano como estando en la presencia de Dios: la voluntad propia no actuaría.

 

La comunión con Dios es el poder y Su Palabra es la guía

para obedecer las exhortaciones del Apóstol

en cuanto a los demás

 

Ahora bien, esta renunciación de la voluntad propia, y este sentido práctico de la operación y presencia de Dios, da el poder para advertir a los indisciplinados (N. del T.: RVR1960 traduce "ociosos"), para animar a los desalentados, para ayudar a los débiles, y para ser paciente para con todos. El Apóstol los exhorta a ello. La comunión con Dios es el poder y Su Palabra es la guía para hacerlo. En ningún caso ellos debían devolver mal por mal, sino seguir lo bueno entre ellos mismos y para con todos. Toda esta conducta depende de la comunión con Dios, de Su presencia con nosotros, la cual nos hace superiores al mal. Él es esto en amor; y nosotros podemos ser así andando con Él.

 

La breve exhortación del Apóstol presentando un preciso

retrato del andar Cristiano

 

Tales fueron las exhortaciones del Apóstol para guiar el andar de ellos con los demás. Con respecto al estado personal de ellos, el gozo, la oración, la acción de gracias en todas las cosas, estas cosas debían ser la característica de ellos. Con respecto a los actos públicos del Espíritu Santo en medio de ellos, las exhortaciones del Apóstol a estos Cristianos sencillos y felices fueron igualmente breves. Ellos no debían estorbar la acción del Espíritu en medio de ellos (porque este es el significado de 'apagar al Espíritu'); ni despreciar lo que Él podría decirles, incluso por boca del más sencillo, si Él se complacía en usarla. Siendo espirituales, ellos podían juzgar todas las cosas. Por lo tanto, ellos no debían recibir todo lo que se les presentaba, incluso en el nombre del Espíritu, sino probar todas las cosas. Ellos debían retener lo que era bueno; los que por fe han recibido la verdad de la Palabra no vacilan. Uno no está siempre aprendiendo la verdad de lo que uno ha aprendido por parte de Dios. En cuanto al mal, ellos debían abstenerse de él, en todas sus formas. Tales fueron las breves exhortaciones del Apóstol a estos Cristianos que verdaderamente regocijaban su corazón. Y, a decir verdad, se trata de un retrato preciso del andar Cristiano, el cual encontramos aquí tan vivamente retratado en las comunicaciones del Apóstol.

 

El Dios de paz: paz disfrutada en Su presencia

 

Él concluye su epístola encomendándolos al Dios de paz, para que pudiesen ser preservados irreprensibles en la venida del Señor Jesús. ("Y el mismo Dios de paz os santifique del todo; y ruego que vuestro ser entero, espíritu y alma y cuerpo, sea guardado y presentado irreprensible en el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo." (1ª. Tesalonicenses 5:23 – VM).

 

Después de una epístola como esta, su corazón recurrió rápidamente al Dios de paz; porque nosotros disfrutamos de paz en la presencia de Dios — no solamente paz de conciencia sino paz de corazón.

 

Perfecto reposo de corazón; la razón de su ausencia

 

En la parte anterior nosotros encontramos la actividad del amor en el corazón; es decir, Dios presente y actuando en nosotros que somos vistos como participando, al mismo tiempo, de la naturaleza divina, la cual es el manantial de esa santidad que será manifestada en toda su perfección delante de Dios en la venida de Jesús con todos Sus santos. Aquí es el Dios de paz a quien el Apóstol mira para el cumplimiento de esta obra. Allí era la actividad de un principio divino en nosotros — un principio relacionado con la presencia de Dios y nuestra comunión con Él. Aquí se trata del reposo perfecto del corazón en el cual la santidad se desarrolla a sí misma. La ausencia de paz en el corazón surge de la actividad de las pasiones y de la voluntad, aumentada por el sentido de impotencia para satisfacerlas o incluso para complacerlas, para darles el gusto.

 

Encontrando nuestro reposo en Dios

 

Pero en Dios todo es paz. Él puede estar activo en amor; Él se puede glorificar a Sí mismo creando lo que Él quiere; Él puede actuar en juicio para echar fuera el mal que está delante de Sus ojos. Pero Él reposa siempre en Sí mismo, y tanto en el bien como en el mal Él conoce el final desde el principio y es imperturbable. Cuando Él llena el corazón, Él nos imparte este reposo: nosotros no podemos reposar en nosotros mismos; no podemos encontrar reposo de corazón en las actuaciones de nuestras pasiones, ya sea sin un objeto o sobre un objeto, ni tampoco en la energía desgarradora y destructiva de nuestra voluntad propia. Nosotros encontramos nuestro reposo en Dios — no el reposo que implica cansancio, sino el reposo de corazón en la posesión de todo lo que deseamos, y de aquello que forma incluso nuestros deseos y los satisface plenamente, en la posesión de un objeto en el que la conciencia no nos tiene que reprochar nada y no tiene otra cosa más que permanecer silente, en la certeza de que es el bien supremo que el corazón está disfrutando, la suprema y única autoridad a cuya voluntad el corazón responde — y esa voluntad es amor para con nosotros. Dios concede reposo, paz. Él nunca es llamado el Dios de gozo. Él da gozo, ciertamente, y nosotros debiésemos regocijarnos; pero el gozo implica algo sorprendente, inesperado, excepcional, al menos en contraste con el mal y como consecuencia de él. La paz que nosotros poseemos, que nos satisface, no tiene elemento alguno de este tipo, nada que esté en contraste, nada que perturbe. Ella es más profunda, más perfecta, que el gozo. Esta paz es más la satisfacción de una naturaleza en aquello que responde perfectamente a ella, y en la que ella se desarrolla, sin que sea necesario ningún contraste para realzar la satisfacción de un corazón que no tiene todo lo que desea o de lo que es capaz.

 

Dios, como hemos dicho, reposa así en Sí mismo — es este reposo para Él mismo. Él nos da, y es para nosotros, esta entera paz. Perfeccionada la conciencia a través de la obra de Cristo el cual ha hecho la paz y nos ha reconciliado con Dios, la nueva naturaleza — y, en consecuencia, el corazón — encuentra su perfecta satisfacción en Dios, y la voluntad permanece silente; además, ella no tiene nada más para desear.

 

Dios glorificándose en los Cristianos en la reconciliación

 

No es solamente que Dios satisface los deseos que tenemos: Él es la fuente de deseos nuevos para el nuevo hombre mediante la revelación de Sí mismo en amor. {*} Él es tanto la fuente de la naturaleza como su objeto infinito; y eso, en amor. Su parte es serlo. Es más que creación; es reconciliación, lo que es más que creación, porque en ello hay más desarrollo del amor, es decir, de Dios: y es así que nosotros conocemos a Dios. Eso es lo que Él esencialmente es en Cristo.

 

{*} Por eso, existe lo opuesto al cansancio en el disfrute celestial de Dios; porque Aquel que es el objeto infinito del disfrute, es la fuente y la fuerza infinitas de la capacidad de disfrutar, aunque nosotros disfrutamos como criaturas beneficiarias.

 

En los ángeles Él se glorifica a Sí mismo en la creación: ellos nos superan en fuerza. En los Cristianos Él se glorifica a Sí mismo en la reconciliación, para hacer de ellos las primicias de Su nueva creación, cuando Él habrá reconciliado todas las cosas en los cielos y en la tierra por medio de Cristo (Colosenses 1:20). Por lo tanto, está escrito: "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios." Ellos tienen Su naturaleza y Su carácter.  

 

El Dios de paz santificando a aquellos que son

el fruto de la redención y los objetos de Su amor

 

Es en estas relaciones con Dios — o, más bien, es Dios en estas relaciones con nosotros en paz, en Su comunión, el que desarrolla nuestra santificación, nuestra conformidad interior de afecto e inteligencia (y, en consecuencia, de nuestra conducta exterior) con Él y con Su voluntad. "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo." ¡Que en nosotros no haya nada que no ceda a esta influencia benigna de paz que disfrutamos en comunión con Dios! ¡Que ningún poder o fuerza en nosotros posea nada sino a Él mismo! ¡Que en todas las cosas Él sea nuestro todo, que Él solo gobierne nuestros corazones!

 

Él nos ha llevado perfectamente a este lugar de bienaventuranza en Cristo y por medio de Su obra. No hay nada entre nosotros y Dios sino el ejercicio de Su amor, el disfrute de nuestra felicidad, y la adoración de nuestros corazones. Nosotros somos la demostración delante de Él, el testimonio, el fruto, del cumplimiento a todo lo que Le es más preciado, de aquello que Le ha glorificado perfectamente, de aquello en que Él se deleita, y de la gloria de Aquel que lo ha consumado, a saber, de Cristo, y de Su obra. Nosotros somos el fruto de la redención que Cristo ha consumado y somos los objetos de la satisfacción que Dios debe sentir en el ejercicio de Su amor.

 

Dios, en gracia, es el Dios de paz para nosotros; porque la justicia divina encuentra aquí su satisfacción, y el amor su perfecto ejercicio.

 

El hombre — cuerpo, alma y espíritu —

consagrado a Dios en todas las partes de su ser

 

El Apóstol ora ahora para que, en este carácter, Dios pueda obrar en nosotros para hacer que todo responda a Él mismo revelado así. Solamente aquí es presentada esta exposición de la humanidad— cuerpo, alma, y espíritu. Ciertamente que el objetivo no es metafísico, sino expresar al hombre en todas las partes de su ser; el vaso mediante el cual él expresa lo que él es, los afectos naturales de su alma; el elevado funcionamiento de su mente, a través de lo cual él está sobre los animales y en una relación inteligente con Dios. ¡Que Dios pueda ser hallado en cada una de estas partes, como impulsor, como fuente y guía!

 

En general las palabras "alma" y "espíritu" son usadas sin hacer distinción alguna entre ellas, porque el alma del hombre está formada de manera muy diferente de la de los animales en que Dios sopló en su nariz aliento (espíritu) de vida, y fue así que el hombre vino a ser un ser (alma) viviente. Por lo tanto, basta decir alma en cuanto al hombre, y lo otro se da por supuesto. O, al decir espíritu, el elevado carácter de su alma es expresado en este sentido. El animal tiene también sus afectos naturales, tiene un alma viviente, se une, conoce a las personas que le hacen el bien, se consagra a su amo, lo ama, dará incluso su vida por él; pero este animal no tiene aquello que puede estar en relación con Dios (¡lamentablemente! aquello que puede ponerse en enemistad contra Él), que se puede ocupar con cosas que están fuera de su propia naturaleza como el amo de otros.

 

Entonces, el Espíritu quiere que el hombre, reconciliado con Dios, sea consagrado, en cada parte de su ser, al Dios que le ha traído a la relación con Él mismo mediante la revelación de Su amor y por la obra de Su gracia, y que nada en el hombre admita un objeto que esté por debajo de la naturaleza divina de la cual él es partícipe; para que sea así preservado irreprensible en la venida de Cristo ("Y el mismo Dios de paz os santifique del todo; y ruego que vuestro ser entero, espíritu y alma y cuerpo, sea guardado y presentado irreprensible en el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo." – 1ª. Tesalonicenses 5:23 – VM).

 

La voluntad de Dios en las diversas relaciones

en las que nos ha colocado

 

Observemos aquí que no está en modo alguno por debajo de la nueva naturaleza en nosotros cumplir fielmente en todas las varias relaciones en que Dios nos ha colocado, sino todo lo contrario. Lo que se requiere es traer a Dios a estar en ellas, Su autoridad, y la inteligencia que eso imparte. Por eso se dice a los maridos que vivan con sus esposas "sabiamente" o "según inteligencia" (VM) (1ª. Pedro 3:7); es decir, no solamente con afectos humanos y naturales (los cuales, así como están las cosas, ni siquiera se mantienen por sí mismos en su lugar), sino como delante de Dios y conscientes de Su voluntad. Puede ser que Dios nos llame, en relación con la obra extraordinaria de Su gracia, a consagrarnos enteramente a ella; pero, por lo demás, la voluntad de Dios es cumplida en las relaciones en las que Él nos ha colocado, y la inteligencia (comprensión) divina y la obediencia a Dios son desarrolladas en ellas. Finalmente, Dios nos ha llamado a esta vida de santidad con Él; Él es fiel, y Él lo llevará a cabo. ¡Qué Él nos permita aferrarnos a Él para que podamos realizarlo!

 

Irreprensible en la venida de nuestro Señor

 

"Y el mismo Dios de paz os santifique del todo; y ruego que vuestro espíritu y alma y cuerpo, sea guardado irreprensible en la venida de nuestro Señor Jesucristo." 1ª. Tesalonicenses 5:23 – JND).

 

Observen nuevamente aquí de qué manera la venida de Cristo es introducida, y la expectación de esta venida, como una parte integral de la vida Cristiana. La Escritura dice, Irreprensible en la venida de nuestro Señor Jesucristo." La vida que se ha desarrollado a sí misma en obediencia y santidad se encuentra con el Señor en Su venida. La muerte no es lo que se trata aquí. La vida que hemos encontrado ha de ser así cuando Él aparezca. El hombre, en cada parte de su ser, movido por esta vida, es hallado allí irreprensible cuando Jesús viene. La muerte fue vencida (no destruida aún): una vida nueva es nuestra. Esta vida y el hombre viviendo esta vida, se encuentran, con su Cabeza y fuente, en la gloria. Entonces la debilidad que está relacionada con esta condición actual desaparecerá. Lo que en nosotros es mortal será absorbido por la vida: eso es todo. (2ª. Corintios 5:4 – VM). Nosotros somos de Cristo: Él es nuestra vida. Nosotros Le esperamos, para poder estar con Él, y para que Él pueda perfeccionar todas las cosas en la gloria.

 

La diferencia entre estar perfectamente santificado en Cristo

como nacido de nuevo, y la santificación práctica

 

Examinemos también un poco aquí lo que este pasaje nos enseña con respecto a la santificación. Ella está relacionada, de hecho, con una naturaleza, pero está vinculada con un objeto; y depende para su realización de la operación de otro, a saber, de Dios mismo; y ella está fundamentada en una obra perfecta de reconciliación con Dios ya consumada. Dado que ella está fundamentada en una relación cumplida, en la que nosotros entramos mediante la recepción de una nueva naturaleza, la Escritura considera a los Cristianos como estando ya perfectamente santificados en Cristo. Ello es llevado a cabo de manera práctica por la operación del Espíritu Santo, el cual, al impartir esta naturaleza, nos separa — como nacidos así de nuevo — enteramente del mundo. Es importante mantener esta verdad y permanecer muy clara e inconfundiblemente en este terreno: de lo contrario, la santificación práctica se separa de una nueva naturaleza recibida y no es más que un mejoramiento del hombre natural. Y entonces ello viene a ser algo bastante legal, un retorno — después de la reconciliación — a la duda y a la incertidumbre, porque, aunque justificado, al hombre no se lo considera apto para el cielo — esto depende del progreso de modo que la justificación no da paz con Dios. La Escritura dice, "Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz." (Colosenses 1:12). Hay progreso, pero en la Escritura el progreso no está relacionado con la aptitud. El ladrón fue apto para el paraíso y fue allí. Semejantes opiniones son un debilitamiento, por no decir que son destructivas, de la obra de redención, es decir, de su apreciación en nuestros corazones por medio de la fe.

 

 Apartados para Dios personalmente y para siempre;

justificación consecuente; realización y desarrollo prácticos

de ello mediante la Palabra

 

Entonces, nosotros somos santificados (es así como la Escritura habla muy frecuentemente) por Dios el Padre, por la sangre y el sacrificio de Cristo, y por el Espíritu — es decir, somos apartados para Dios personalmente y para siempre. En este punto de vista la justificación es presentada en la Palabra como consecuente a la santificación, una cosa a la que entramos a través de ella. Acogidos como pecadores en el mundo, nosotros somos apartados por el Espíritu Santo para disfrutar toda la eficacia de la obra de Cristo según los consejos del Padre: apartados mediante la comunicación de una vida nueva, sin duda, pero colocados por este apartamiento en el disfrute de todo lo que Cristo ha ganado para nosotros. Yo digo nuevamente: es muy importante retener esta verdad tanto para la gloria de Dios como para nuestra propia paz: pero el Espíritu de Dios no habla de ello en esta epístola en este punto de vista, sino de la realización práctica del desarrollo de esta vida de separación del mundo y del mal. Él habla de este desarrollo divino en el hombre interior, que hace que la santificación sea una condición del alma real e inteligente, un estado de comunión práctica con Dios, conforme a esa naturaleza y a la revelación de Dios con la que ella está conectada.

 

En este respecto nosotros encontramos realmente un principio de vida que obra en nosotros — eso que es llamado un estado subjetivo: pero es imposible separar esta operación en nosotros de un objeto (si así fuese, el hombre sería Dios), ni tampoco, consecuentemente, separar esta operación en nosotros de una obra continua de Dios en nosotros que nos mantiene en comunión con ese objeto, el cual es Dios mismo. Por consiguiente, ello es a través de la verdad mediante la Palabra, ya sea al principio de la comunicación de la vida, o en detalle a lo largo de toda nuestra senda. "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." (Juan 17:17).

 

El nuevo hombre dependiente del amor y la fuerza de otro

 

Nosotros sabemos que el hombre se degradó. Él mismo se ha esclavizado a las pasiones de la parte animal de su ser. Pero, ¿cómo? Apartándose de Dios. Dios no santifica al hombre aparte del conocimiento de Él, dejando al hombre todavía distanciado de Él; pero, si bien le da una nueva naturaleza que es capaz de ello, dándole a esta naturaleza (que ni siquiera puede existir sin Él) un objeto — Él mismo — Él no hace que el hombre sea independiente, tal como él deseaba ser: el nuevo hombre es el hombre dependiente, ello es su perfección — Jesucristo ejemplificó esto en Su vida. El nuevo hombre es un hombre dependiente en sus afectos, que desea serlo, que se deleita en serlo, y no puede ser feliz sin serlo, y cuya dependencia es del amor, mientras es aún obediente como un ser dependiente debiese ser.

 

La nueva naturaleza, santa en sus deseos y gustos

 

Por tanto, los que han sido santificados poseen una naturaleza que es santa en sus deseos y sus gustos. Es la naturaleza divina en ellos, la vida de Cristo. Pero ellos no dejan de ser hombres. Ellos tienen a Dios revelado en Cristo como su objeto. La santificación es desarrollada en comunión con Dios y en afectos que vuelven a Cristo y que Le esperan. Pero la nueva naturaleza no puede revelar un objeto a sí misma; y menos aún tener su objeto desechando a Dios a su voluntad. Ella es dependiente de Dios para la revelación de Él mismo. Su amor es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que Él nos ha dado; y el mismo Espíritu toma de las cosas de Cristo y nos las comunica (Juan 16:14). Nosotros crecemos así en el conocimiento de Dios, siendo fortalecidos poderosamente por Su Espíritu en el hombre interior, para que podamos "comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento", y ser llenos de la plenitud de Dios (Efesios 3: 14-21). Así, "nosotros todos, mirando la gloria del Señor a cara descubierta, somos transformados conforme a la misma imagen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor." (2ª. Corintios 3:18 – JND). "Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad." (Juan 17:19).

 

Nosotros vemos, mediante estos pasajes, que podrían ser multiplicados, que somos dependientes de un objeto, y que somos dependientes de la fuerza de otro. El amor actúa para obrar en nosotros conforme a esta necesidad.

 

Santificación práctica obrada en nosotros

por el poder del Espíritu Santo

 

Nuestro apartamiento para Dios, el cual es completo (porque es por medio de una naturaleza que es puramente de Él mismo, y en absoluta responsabilidad para con Él, porque ya no somos más nuestros, sino que hemos sido comprados por precio, y santificados mediante la sangre de Cristo según la voluntad de Dios, el cual nos tendrá como Suyos), nos coloca en una relación, cuyo desarrollo (mediante un creciente conocimiento de Dios, el cual es el objeto de nuestra nueva naturaleza) es la santificación práctica, obrada en nosotros por el poder del Espíritu Santo, el testigo en nosotros del amor de Dios. Él une el corazón a Dios, revelándole siempre más y más, y desplegando, al mismo tiempo, la gloria de Cristo en todas las cualidades divinas que fueron exhibidas en Él en naturaleza humana, formando así las nuestras como nacidos de Dios.

 

El amor, la actividad de la nueva naturaleza,

el medio de santificación

 

Por eso, tal como hemos visto en esta epístola, el amor, obrando en nosotros, es el medio de santificación (1ª. Tesalonicenses 3: 12.13). Es la actividad de la nueva naturaleza, de la naturaleza divina en nosotros; y eso relacionado con la presencia de Dios; porque el que permanece en amor, permanece en Dios (1ª. Juan 4:16). Y en este capítulo 5 los santos son encomendados a Dios mismo, para que Él pueda obrarlo en ellos; mientras a nosotros se nos tiene siempre en la visión de los gloriosos objetos de nuestra fe para lograrlo.

 

El efecto santificador de la comunión

y de esperar a Cristo

 

Nosotros podemos llamar aquí al lector a poner más particularmente la atención a estos objetos. Ellos son Dios mismo y la venida de Cristo: por una parte, la comunión con Dios; por la otra, esperar a Cristo. Es muy evidente que la comunión con Dios es la posición práctica de la santificación más elevada. El creyente que sabe que nosotros estaremos con Jesús tal como Él es ahora, y que seremos semejantes a Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro (1ª. Juan 3:3). Mediante nuestra comunión con el Dios de paz nosotros somos santificados totalmente. Si Dios es nuestro todo de manera práctica, nosotros somos santos del todo. (No estamos hablando de algún cambio en la carne, la cual no puede someterse a Dios ni agradarle a Él). El hecho de pensar en Cristo y en Su venida nos preserva irreprensibles de manera práctica y en detalle, y de manera inteligente. Es el propio Dios quien nos preserva así, y quien obra en nosotros para ocupar nuestros corazones y nos hace crecer continuamente.

 

El gozo de la comunión con Dios y con Cristo;

esperando con Cristo así como esperándole a Él

 

Pero este punto merece aún unas pocas palabras más. La lozanía de la vida Cristiana en los Tesalonicenses hacía que ello fuese, por así decirlo, más objetivo; de modo que estos objetos son prominentes, y muy claramente reconocidos por el corazón. Nosotros ya hemos dicho que ellos son Dios el Padre y el Señor Jesús. Con referencia a la comunión de amor con los santos como su corona y gloria, el Apóstol habla solamente del Señor Jesús (1ª. Tesalonicenses 2:19). Esto tiene un carácter especial de recompensa, si bien es una recompensa en la cual el amor reina. Jesús mismo tuvo el gozo que fue puesto delante de Él como sostenimiento en sus padecimientos, un gozo que fue, por tanto, personal para Él (Hebreos 12:2). También el Apóstol, en lo que concernía a su trabajo y su labor, esperaba sus frutos con Cristo. Además de este caso del Apóstol (capítulo 2), nosotros encontramos a Dios mismo y a Jesús como el objeto delante de nosotros, y el gozo de la comunión con Dios — y esto, en la relación de Padre — y con Cristo, cuya gloria y posición nosotros compartimos a través de la gracia.

 

La esfera de comunión fundamentada en la relación

con Dios como Padre

 

Así pues, es solamente en las dos epístolas a los Tesalonicenses que nosotros encontramos la expresión 'a la iglesia… (que está) en Dios Padre." {*}. La esfera de la comunión de ellos es así mostrada, fundamentada en la relación en la cual ellos se encontraban con Dios mismo en el carácter de Padre. (1ª. Tesalonicenses 1:3, 9-10; 3:13; 4: 15-16; y aquí el versículo 23).

 

{*} Quizás, también, en relación con la reciente liberación d ellos de los ídolos al Dios único verdadero Dios el Padre y el Señor Jesucristo.

 

Es importante resaltar aquí que mientras más vigoroso y vivo es el Cristianismo, más objetivo es él. Ello no es sino decir que Dios y el Señor Jesús tienen un lugar mayor en nuestros pensamientos; y que nosotros descansamos más realmente en ellos. Esta epístola a los Tesalonicenses es la parte de la Escritura que enseña acerca de este punto; y es el medio con que se juzgan muchas falacias en el corazón, y el medio con el cual se da una gran sencillez a nuestro Cristianismo.

 

La epístola había de ser leída a todos; la relación del Apóstol

es mantenida; el más pequeño de los santos de Dios

no es olvidado

 

El Apóstol finaliza su epístola pidiendo las oraciones de los hermanos, saludándolos con la confianza del afecto, e instando solemnemente que hiciesen leer esta epístola a todos los santos hermanos. Su corazón no olvidó a ninguno de ellos. Él estaba en relación con todos según este afecto espiritual y este vínculo personal. Apóstol hacia todos ellos, él querría que ellos reconocieran a los que trabajaban entre ellos, pero él mantuvo además su propia relación. Su corazón fue un corazón que abrazó todos los consejos de Dios revelados, por una parte, y por la otra, no perdió de vista al más pequeño de los santos.

 

La manera de enseñanza del Apóstol: verdades preciosas

y poseídas aplicadas para que los Tesalonicenses pudiesen

ser establecidos y tener claridad antes que él mencionara

el error y las equivocaciones de ellos

 

Resta que tengamos en cuenta una interesante circunstancia en cuanto a la manera en que el Apóstol les enseñaba. Él toma, en el primer capítulo, las verdades que eran preciosas para el corazón de ellos, pero que estaban aún vagamente entendidas por la inteligencia de ellos, y en cuanto a las cuales ellos estaban verdaderamente cayendo en equivocaciones, y las emplea (en la claridad en que él mismo las poseía) en sus enseñanzas prácticas y las aplica a relaciones conocidas y experimentadas, para que sus almas pudiesen estar bien establecidas sobre la verdad positiva, y claras en cuanto a su uso, antes que él mencionara el error y las equivocaciones que ellos habían hecho. Ellos esperaban del cielo a Su Hijo. Ellos ya poseían esto claramente en sus corazones; pero ellos estarían en la presencia de Dios cuando Jesús venga con todos Sus santos. Esto fue aclarar un punto muy importante sin mencionar directamente el error. El corazón de ellos entendió claramente en cuanto a la verdad en su aplicación práctica a lo que el corazón poseía. Ellos entendieron lo que era estar delante de Dios el Padre. Ello era mucho más íntimo y real que una manifestación de gloria extraterrestre y finita. Además, ellos estarían delante de Dios cuando Jesús viniese con todos Sus santos: una verdad sencilla que se demostraba a sí misma al corazón por el simple hecho de que Jesús no podía tener solamente algunos en Su asamblea. El corazón entendió esta verdad sin un esfuerzo; aun así, al hacerlo ella se estableció, así como lo fue también el entendimiento, en lo que hacía que toda la verdad fuese clara, y eso en vista de la relación de los Tesalonicenses con Cristo y con los que eran Suyos. El gozo, incluso del Apóstol, al encontrarse con todos ellos (los que habían muerto, por lo tanto, así como los que estén vivos) en la venida de Jesús colocaba el alma en un terreno enteramente diferente de aquel de ser hallado aquí y bendecido por la llegada de Jesús cuando ellos estuviesen aquí abajo.

 

Teniendo una cierta base fija de verdad, ellos podían

dejar de lado sin dificultad un error que

no estaba de acuerdo con ella

 

Enseñados así, confirmados, establecidos en la verdadera relevancia de la verdad que ellos ya poseían mediante un desarrollo de ella que se relacionaba a sí misma con los mejores afectos de ellos, y con el conocimiento espiritual más íntimo de ellos fundamentado en su comunión con Dios, ellos estaban preparados con cierta base fija de verdad para abordar y dejar de lado sin dificultad un error que no estaba de acuerdo con lo que ellos sabían apreciar ahora en su justo valor, como formando parte de  sus posesiones morales. La revelación especial dejó todo claro en cuanto a los detalles. Esta manera de proceder es muy instructiva.   

 

J. N. Darby

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Julio/Agosto 2018

Título original en inglés:
1 THESSALONIANS, by J.N.Darby 
Synopsis of the Books of the Bible
Traducido con permiso
Publicado por:
Bible Truth Publishers
59 Induustrial Road
P. O. Box 649
Addison, IL 60101, U.S.A


Versión Inglesa
Versión Inglesa

VOLVER A SITIO PRINCIPAL DE "EDIFICACIÓN CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD"