EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

Espíritu Santo como Dador de Vida y Testigo (F. G. PATTERSON)

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Duración: 34 minutos y 27 segundos

El Espíritu Santo como Dador de Vida y Testigo

 

1ª Parte del escrito: Acciones Personales y Colectivas del Espíritu Santo.

 

F. G. Patterson

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RV60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

De la revista "Words of Faith", 1883, páginas 113 a 125.

   

"¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?

 

"El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida". (Juan 6: 63).

 

"Empero éste, el sacerdote nuestro, cuando hubo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios, de entonces en adelante esperando, hasta que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies: porque con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que son santificados".

 

"De lo cual el Espíritu Santo también nos da testimonio; porque después de haber dicho: Éste es el pacto que haré con ellos, después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en su corazón, y también en su mente las escribiré; luego añade: Y de sus pecados y sus iniquidades no me acordaré más".

 

"Y en donde hay remisión de éstos, ya no hay más ofrenda por el pecado". (Hebreos 10: 12 a 18 – VM).

 

En estas dos Escrituras encontramos las dos grandes verdades que yo deseo presentar a mis lectores, — a saber,

 

1. La acción del Espíritu de Dios aquí en la tierra dando vida a las almas de los pecadores, despertándolas así al sentido de su necesidad a los ojos de Dios; y —

 

2. Su presencia aquí en la tierra como Testigo para nosotros de la perfección de la obra del Señor Jesús, y de su aceptación por parte de Dios; proporcionando así una respuesta al alma despertada mediante un testimonio del valor de esa obra por medio de la cual ella es salvada.

En primer lugar, seamos claros en cuanto al hecho de que si bien el Hijo de Dios es el Actor mediante el cual todas las acciones son realizadas, el Espíritu de Dios ha sido siempre el Agente directo en cada acción de la Deidad que alguna vez ha sido hecha, ya sea en creación, o en providencia, o en gobierno, o en redención. Nosotros vemos referencias a esto en todas partes de la Escritura, incluso en cuanto a esas acciones que tuvieron lugar antes que el mundo existiera. En Génesis 1: 14 a 19, donde fue hecha la designación del sol y la luna para señorear el día y la noche, nosotros leemos que Dios, habiendo hecho estas dos grandes luces (el sol y la luna), "hizo también las estrellas". Y leemos en el libro de Job (capítulo 26 versículo 13), que el Espíritu de Dios fue el Agente que lo hizo, pues por medio de "Su espíritu adornó los cielos". Así también, cuando desde el caos de la materia hallado en Génesis 1, Dios formaría la tierra Adánica como una morada para el hombre, nosotros leemos que "el Espíritu de Dios incubaba [o se movía] sobre la faz de las aguas". Él también llenó a Bezaleel hijo de Uri; y a Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan, con el Espíritu de Dios, en sabiduría e inteligencia para hacer toda la obra del tabernáculo en el cual Dios estaba punto de morar en Israel. Así también David tuvo "por el Espíritu" el modelo del templo que Salomón edificó. Leemos, "Asimismo el diseño de todo lo que tenía ideado, por el Espíritu, respecto de los atrios de la Casa de Jehová, y de todas las cámaras al rededor, y de las tesorerías de la Casa de Dios, y de las tesorerías de las cosas santificadas", etc." (1º Crónicas 28: 12 – VM – JND). Él vino sobre los profetas; inspiró la palabra de Dios; dio a Sansón su gran fuerza; y, en resumen, todas las acciones divinas han sido siempre por la agencia directa del Espíritu Santo. Esto es visto más plenamente cuando llegamos al Nuevo Testamento, tanto en el ministerio del Señor como en los hechos de poder (Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, etc. – Mateo 12: 28), así como después en la iglesia formada en Pentecostés, lo cual nos trae hasta el intervalo actual. Yo me refiero a estos hechos solamente de paso, para que podamos tener esta gran verdad establecida en nuestras mentes, antes que pasemos al tema especial que tenemos ante nosotros.

 

También será necesario señalar aquí que Dios no se había revelado plenamente a Sí mismo en los días del Antiguo Testamento. Él es conocido allí bajo varios nombres, en conexión con ciertas acciones y relaciones que fueron entabladas, ya sea en la creación, o después de la caída del hombre, o con almas individuales de los escogidos, o con la nación de Israel, — Su pueblo terrenal escogido. Nosotros Le hallamos como Elohim, y sus derivados; como Jehová, como El Shaddai (Dios Todopoderoso), como Elyón (Altísimo); como Adonai, y sus palabras afines; así como mediante otros nombres.

 

Aun así, "un Dios" fue la gran verdad presentada en contraste con la pluralidad de los dioses de los paganos; y, para dar testimonio de esta unidad de la Deidad, Israel fue escogido y llamado aparte del mundo. "Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es". (Deuteronomio 6: 4). Pero la Trinidad de las Personas de la Deidad no fue en aquel entonces el tema de la revelación directa. Hubo indicios de ello en todas las épocas; pero el hecho no fue dado a conocer en aquel entonces. Yo puedo aducir muchos ejemplos acerca de esto, tal como el carácter plural del nombre Elohim — Dios; y también la atribución de los serafines hecha tres veces en Isaías 6 comparada con Juan 12: 39 a 41, y con Hechos 28: 25 a 27. Véase asimismo Isaías 48: 16, "Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu". Las triunas Personas de la Deidad son claramente vistas.

 

Por consiguiente, el hecho de dar a conocer la Trinidad de las Personas estuvo reservado para el advenimiento del Hijo de Dios a este mundo, cuando Él asumió definitivamente la humanidad, y tomó Su lugar como hombre en la tierra. Esto sucedió en el momento cuando el Señor Jesús comenzó Su servicio en la tierra, a los treinta años de edad. El Bautista había estado despertando a Israel con el testimonio del solemne asunto de su misión como aquel que estaba yendo delante de la presencia del Señor para preparar Sus caminos. (Lucas 1: 76). Su clamor a Israel era, "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". (Mateo 3: 2). El hacha ya estaba puesta a la raíz de los árboles; no era ahora el momento de podar las ramas, ya se había llegado a la raíz, y todo árbol que no daba buen fruto iba a ser cortado y echado al fuego. El juicio era inminente sobre todos. El Señor apareció entre la multitud que venía a ser bautizada por Juan — confesando sus pecados. A Juan le incomodó este acercamiento de Jesús, "Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" El Mesías podía perdonar pecados; pero no podía confesarlos, porque no tenía ninguno. Pero la gracia se estaba moviendo en los corazones de Israel. Dios había tocado sus almas; y en lugar de decir, "A Abraham tenemos por padre", ellos estuvieron aceptando su verdadero lugar de pecadores convictos, — no teniendo derecho alguno sobre ninguna base a las promesas, excepto a la de la misericordia soberana. El propio Jesús se identificó con este movimiento de gracia en las almas de ellos. Las ovejas de Israel estaban en las aguas; ¡el Pastor de Israel también estaría allí! Y Su respuesta al Bautista es, "Consiente ahora; porque así nos conviene [a Él y a él] cumplir toda justicia. Entonces lo consintió" (Mateo 3: 15 – VM);  «tú para recibir la confesión de Israel de sus pecados;  YO para ir con la gracia que los trajo allí; y para recibirlos, y deleitarme en ellos como los íntegros de la tierra. (Salmo 16)». ¡Inmediatamente los cielos fueron abiertos! Un objeto digno de todos los cielos fue visto por primera vez. El Señor, como un hombre en la tierra, recibe el Espíritu de Dios. Él es sellado como hombre por el Espíritu Santo, — una demostración de la excelencia y la perfección de Su Persona, sobre la cual el Espíritu pudo descender como paloma y permanecer, sin derramamiento de sangre o sacrificio. La voz del Padre es oída desde el cielo, "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia." La Trinidad en pleno es dada aquí a conocer por primera vez claramente, — Padre, Hijo, y Espíritu, — la gloria de la Deidad es revelada en la Trinidad de las Personas mediante las cuales las operaciones de la gracia son llevadas a cabo.

 

Pero ahora debemos volver sobre nuestros pasos un poco para determinar las variadas esferas en las que el Espíritu de Dios ha obrado con los hombres en los días anteriores. Debemos, por lo tanto, regresar a los días anteriores al diluvio. Aquí encontramos que los esmeros del Espíritu de Dios tuvieron como objeto toda la raza humana. Durante los ciento veinte años anteriores a ese momento de juicio, la palabra fue: "No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre". (Génesis 6: 3). No se podría decir acerca de cualquiera de los períodos posteriores que la raza fue el sujeto de sus esmeros. Por eso podemos decir que ahora realmente no hay salvación para el hombre como raza en la Escritura; si bien hay salvación para los hombres. "Reduces al hombre hasta convertirlo en polvo, y dices: Volved, hijos de los hombres". (Salmo 90:3 – RV1977).

 

Ese período de trato pasó. Su Espíritu se esmeró por ese tiempo asignado, y el diluvio de aguas finalizó la escena. La raza ya no sería más el objeto de tal gracia. Pero cuando la tierra se renovó, y los hombres volvieron a poblar su superficie, y luego se dispersaron en Babel por su orgullo, Dios llamó a un hombre (Abraham) y en él a una nación, mediante la cual y en la cual Él comenzó un nuevo trato. Esta fue la nueva esfera en la cual, o mediante la cual, el Espíritu Santo volvería a llevar a cabo Sus operaciones, — ya sea obrando en el interior, en medio de ese pueblo por los muchos modos de obrar de la gracia utilizados en aquel entonces, o por medio de ese pueblo para atraer a las naciones de la tierra a ese centro de los modos de obrar de Dios.

 

En ese nuevo escenario Israel corrompió su senda, y fueron expulsados de la tierra de Canaán. Aun así, la palabra para la fe fue, "Mi Espíritu permanece en medio de vosotros; ¡no temáis!" (Hageo 2: 1 – VM). Y el remanente piadoso fue sostenido en la fe hasta que el Mesías vino. Cuando llegó ese momento, sólo Jesús fue Aquel a quien le fue dado el Espíritu sin medida. Él es el Centro al que todos deben ahora reunirse, en los modos de obrar de Dios. Pero, expulsado y habiéndosele dado muerte, Él asciende al cielo y allí recibe de nuevo del Padre el Espíritu Santo, y "ha derramado esto [como Pedro dijo en el día de Pentecostés] que vosotros veis y oís". (Hechos 2: 32, 33). Este envío del Espíritu constituye a los discípulos en una casa espiritual en la tierra, una "morada de Dios en el Espíritu" (Efesios 2: 22), que llega a ser (como todavía lo es, aunque ampliada en la cristiandad) la nueva esfera de las operaciones del Espíritu de Dios. En la actualidad no hay ninguna acción del Espíritu de Dios directamente desde el cielo sobre los paganos que nos rodean. No hay ninguna acción aparte de la esfera donde el Espíritu de Dios mora ahora. Dios obra en ella, o por medio de ella, dondequiera que Su obra es hecha. Muchos ejemplos pueden ser aducidos para ilustrar este hecho. Dios ha encendido una portadora de luz en la tierra, para ser una carta de Cristo, conocida y leída por todos los hombres, pues, "una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder". Él no reconoce ninguna otra luz, y no obra a por medio de ningún otro canal que no sea la iglesia de Dios. Nosotros vemos esto al principio de los Hechos de los apóstoles, cuando esta morada de Dios fue formada. Los judíos debieron ser convencidos por el Espíritu Santo desde esa plataforma, por medio de la boca de Pedro, del pecado de ellos, y encontrar el remedio de Dios para ello, y entrar en la morada de Dios. El Gentil (Hechos 10) que hasta entonces había sido atraído hacia el Dios de Israel, y había amado a Su pueblo como canal de misericordia en un día anterior, debe ahora mandar traer a Pedro y oír sus palabras por las que él y toda su casa serían salvos. El ángel enviado a él desde el cielo sólo puede señalar la verdadera esfera en la tierra donde se encontraría salvación.

 

Y aunque la iglesia de Dios ha corrompido su senda en la tierra, Dios no conoce ningún otro canal para los de "afuera", ni ninguna otra esfera para Su Espíritu sino "adentro", donde la buena palabra de Dios es oída, y las operaciones de Su Espíritu son llevadas a cabo. El pagano o el judío, siempre que es alcanzado por la palabra del evangelio, la oye por medio del testimonio del Cristianismo. El cristiano profesante dentro de esa esfera es el objeto de las variadas operaciones del Espíritu de Dios. Nosotros oímos hablar de un pagano, el hombre principal en …, el cual solía razonar, «Yo hice esta canoa; alguien formó el árbol del que la hice», pero allí terminaba su razonamiento. Los cristianos habían establecido un asentamiento misionero en esas partes muchos años antes, pero no habían encontrado ningún fruto. Por último, este hombre vino a oír. Él oyó acerca de un Dios Creador, y Uno que había dado a Su propio Hijo cuando Su criatura cayó. «Ah», dijo él, «esto es lo que yo he estado buscando», y abrazó el evangelio. Él se entera de la verdad por medio de la luz que Dios había instalado en la tierra. Su razonamiento preparó el camino para que el testimonio de Cristo y Su palabra resplandecieran en su corazón; pero el debió enterarse a través de la manera ordenada por Dios. Como el centurión de antaño, cuya fe sobrepasó eventualmente la de Israel (Lucas 7), y había amado a la nación de ellos, y les había construido una sinagoga; sin embargo, ahora que Cristo había venido, su fe se dirigía a un objeto más elevado, y aprende del propio Cristo acerca de Su gracia.

 

Nosotros también oímos (para citar un caso de "adentro") acerca de dos mineros que se encontraron un día en lo profundo de su mina en…, cuando uno dijo al otro, «¿Sabes tú que existen personas que vienen a los alrededores predicando, las cuales dicen que deberías saber que tus pecados son perdonados en esta vida?». «Oh», dijo su compañero, «eso es un sinsentido; nadie podría saber eso aquí». Ellos se separaron por el momento, pero sucedió que se volvieron a encontrar en el transcurso de algunos días. «¿Sabes», «dijo uno al otro», "que yo sé que mis pecados han sido perdonados"? «¡Tú!» dijo su camarada; «¡imposible!» «En absoluto», dijo el otro; «ven y oye tú mismo». Él vino, y también conoció el evangelio. Aquí estaba uno de los diez mil casos de "adentro", así como el otro era de "afuera", ilustrando la esfera de acción, o canal de bendición, del cual Dios no se aparta mientras las cosas presentes permanecen, aunque la luz sea tenue, y el candelabro ya no brille con su luz primera. Aun así, el Espíritu de Dios permanece y obra, morando en la iglesia de Dios durante toda Su senda aquí, aunque, exteriormente, ampliada a la cristiandad.

 

Yo no voy a atraer su atención al modo en que la promesa del Espíritu Santo salió a relucir durante la estada del Señor con Su pueblo en la tierra; aquel "otro Consolador" que iba a tomar Su lugar entre ellos, — "en vosotros" y "con vosotros", — cuando el Señor Jesús se hubiese ido. Él permanecería con ellos para siempre; mientras que el Señor Jesús debía partir después de Su breve estada con ellos en la tierra. Esto sale a relucir claramente en el evangelio de Juan. En el evangelio de Lucas, cuando los corazones y las conciencias son tan ejercitadas por el Señor, y cuando las necesidades del alma son sugeridas con antelación acerca del estado de ellos en aquel entonces, nosotros encontramos al Señor, después de enseñar a Sus discípulos a orar (Lucas 11), y de mostrarles mediante parábolas de qué manera, mientras el hombre necesitaba ser importunado para conceder una petición cuando su propia conveniencia estaba en juego, Dios como Padre de los suyos, "¿cuánto más… dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?". (Lucas 11: 5 a 13). Así, mientras que en realidad el Espíritu fue dado en respuesta a la oración del propio Jesús al Padre (Juan 14), el Señor produciría deseos en el corazón de Su pueblo por lo que Él estaba a punto de conferir.

 

Cuando pasamos a Juan, capítulo 14, nos enteramos que Él estaba a punto de marcharse, y que antes que Él regresara a recibirlos a Él mismo, el Espíritu Santo sería dado para morar con ellos, — no por unos pocos años y luego partir, como Jesús, sino "para siempre". Leemos, "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora [o morará] con vosotros, y estará en vosotros". (Juan 14: 16, 17). Además, "El Consolador, es decir, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo cuanto os he dicho". (Juan 14: 26 – VM). En estos pasajes encontramos al Señor orando al Padre para que el Espíritu Santo sea dado, y luego encontramos al Padre enviándole en el nombre del Hijo.

 

En Juan 15: 26 tenemos aún otro paso en antelación a estos, "Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí". En este pasaje el Señor Jesús, ido a lo alto, es el que envía el Espíritu Santo mismo. "Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado". (Juan 16: 8 a 11). Todo esto aconteció en Hechos 2. Leemos, "Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo". (Hechos 2: 1 a 4). Y al explicar esto, Pedro dice, "A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís". (Hechos 2: 32, 33). Así se cumplió la promesa, — el Espíritu Santo fue enviado, y llenando a cada uno, llenó también toda la casa donde ellos se encontraban, — formando a estos discípulos en una morada de Dios por el Espíritu. Esta fue, desde entonces, esa esfera en la que, o, por medio de la que, como hemos visto, la obra de la gracia sería llevada a cabo en la tierra.

 

Ahora bien, la facultad en el hombre en la cual, y mediante la cual, el Espíritu obra es la conciencia; la fe brota en el alma en la cual se ha obrado así. Por tanto, el alma es consciente de su verdadero estado, en alguna medida, delante de Dios. En general, a esto le sigue una gran angustia en el alma. Pero ello es así una demostración de que la vida está allí, y, como consecuencia, el alma se vuelve a Dios, aunque en miseria. También hay veces en que solamente la conciencia natural del hombre es conmovida por la Palabra o la verdad usada por el Espíritu Santo; y el resultado es, entonces, hacer que el alma se aleje de Dios. Este es siempre el caso cuando sólo la conciencia natural del hombre es despertada. El caso de Adán cuando él cayó y comió el fruto prohibido demuestra esto. Él llego a ser como Dios, conociendo el bien y el mal. Esto fue la conciencia; el principio que él recibió cuando cayó, y cuando aceptó su responsabilidad al comer el fruto que estaba prohibido. Se trató de la prohibición dada por Dios para ser la prueba si su voluntad estaría sometida a su Creador o no. El hombre y su mujer cayeron, — el sentido de culpa y desnudez fueron suyos, y como ellos no pudieron cambiarlo procuraron ocultarlo el uno del otro. Una vez hecho esto, ellos oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día, y se escondieron de Dios. Este es el efecto de la palabra en la conciencia natural del pecador, a saber, lo aleja de Dios. Pero en el momento que Dios habla al hombre, — Adán, "¿Dónde estás tú?" — la conciencia es trabajada por la palabra de Dios, y ellos salen, — culpables y desnudos, y aun así son atraídos hacia Él.

 

Se encontrará que esto es el hecho presentado constantemente en la Escritura, especialmente cuando la conciencia está directamente ante nosotros en los tratos de Dios en el Nuevo Testamento. Cuando ella es despertada o vivificada, ello acerca a Dios, pero a menudo en miseria. Cuando la conciencia no es despertada, el efecto de la palabra de Dios, o de las verdades vigentes de ella, aleja de Él incluso más lejos que antes; y el corazón del hombre le mantiene lejos de Dios. El caso del hijo pródigo, tan lleno de enseñanza divina para nosotros, nos muestra el efecto del despertar del alma cuando está absorta en el estado lamentable de la provincia apartada de este mundo. Cuando él volvió en sí, el sentido de su condición alcanzó su conciencia y de inmediato el sentido de la bondad de Dios brotó en su alma, y él es atraído hacia Él, en profundo juicio propio y en profunda miseria. Él no encuentra ninguna respuesta a este despertar del alma hasta que se encuentra con el Padre. "Dios es amor", y "Dios es luz"; las únicas dos cosas que son dichas de lo que Él es. Estas responden al corazón y a la conciencia en el hombre. La luz trata con la conciencia y expone nuestro verdadero estado como pecadores a los ojos de Dios; pero el amor atrae el corazón y suscita esperanza en Él en el alma. Uno u otro puede preponderar, o prepondera, antes que Dios es plenamente conocido en Cristo; y el alma fluctúa entre los dos hasta entonces. La luz presiona sobre la conciencia del hijo pródigo y le muestra su ineptitud; pero el amor le envía en su camino a encontrarse con el Padre. Entre tanto, el Padre había anticipado todo y estaba dispuesto a satisfacer tanto a la conciencia como al corazón con la respuesta que ellos necesitaban. Muchos ejemplos son encontrados en la palabra de Dios en cuanto a esta obra del Espíritu Santo, y muchos son vistos a nuestro alrededor todos los días.

 

Pero a veces, la conciencia natural es trabajada por un tiempo por el Espíritu, y, al igual que Herodes, en quien vemos un hombre que, al oír a Juan el Bautista predicar, "hacía muchas cosas, y le escuchaba con gusto" (Marcos 6: 20 – VM), y aun así, regresó a sus concupiscencias y decapitó a Juan; y cuando Cristo estuvo de pie ante su tribunal (Lucas 23) fue entregado a estos deseos desordenados, y Cristo no le respondió ni una palabra. Él guardó silencio hacia él, como Uno cuyo día había pasado.

 

Ahora bien, en estas verdades encontramos la acción del Espíritu de Dios sobre almas despertándolas a un sentido de su estado delante de Dios; una necesaria acción preparatoria a la de ser testigos de esa obra de Cristo que proporciona una respuesta a la necesidad así producida. Examinaremos ahora la verdad presentada en la segunda Escritura citada en el encabezamiento de este escrito. Ya hemos tratado acerca de la primera cita mostrando la acción del Espíritu Santo como dador de vida, produciendo vida en el alma del pecador mediante una obra en la conciencia, efectuada por la palabra de Dios, sin que la carne sirva para nada. "Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida". (Juan 6: 63).

 

En cuanto a la segunda cita, pasaremos a la epístola a los Hebreos — a la cual podríamos caracterizar generalmente como la aceptación de la obra de Cristo, y el testimonio del Espíritu Santo en la tierra de esta gran verdad. Hebreos 9 se ocupa especialmente en contrastar el antiguo ritual repetido a menudo en Israel, con la una sola obra perfecta de Cristo, el cual obtuvo eterna redención para nosotros por medio de ofrecerse a Sí mismo por el Espíritu eterno sin mancha a Dios una sola vez y para siempre. Al final de este capítulo Le encontramos representado como apareciendo de tres maneras distintas. En Hebreos 9: 26 leemos, "Ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado". Por otra parte, en Hebreos 9: 24 leemos, "Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios". Y en Hebreos 9: 28, "Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación". (Hebreos 9: 28 - LBA). La primera de estas «apariciones» fue en la obra de la cruz, cuando toda la prueba del primer hombre terminó, para consumar allí esa obra cuyo resultado final será visto en el estado de eterna bienaventuranza, en los cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. La segunda ya está madurando, a saber, Él aparece ante la faz de Dios por todos los que creen. Y la tercera: el hecho de que Él es visto por todo ojo en Su segunda venida, será para introducirnos en el resultado de toda Su obra. Esta tercera aparición es manifiestamente futura.

 

En los dos últimos versículos de este capítulo encontramos el estado del hombre pecador contrastado con el de aquellos que creen. Un versículo (Hebreos 9: 27) comienza con, "De la manera", y el otro con, "Así", colocando cada uno en contraste con el otro, y leemos, "De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio". Encontramos aquí las dos solemnes certezas que llenan el corazón del hombre con terror, — "muerte", y luego, "juicio". ¡Qué mundos no daría el hombre para escapar de estas terribles realidades! Luego vienen las dos certezas bienaventuradas para los que creen, — "Así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación". (Hebreos 9: 28 - LBA). ¡Bienaventuradas certezas, efectivamente! El resultado final de Su primera venida es conocido, y nuestros pecados llevados, y quitados para siempre! ¡El resultado final de Su segunda venida es presentado para nuestra esperanza; Él vendrá nuevamente, aparte en aquel entonces de toda cuestión acerca del pecado, ¡para una plena y final salvación! Entonces, nosotros estamos situados entre la primera y la segunda venida del Señor; limpiados de nuestra culpa por medio de Su primera venida y Su cruz, puesto el corazón entonces en Aquel que viene de nuevo a llevarnos al cumplimiento de todo.

 

Con estos dos pensamientos ante nosotros, leeremos el capítulo siguiente correctamente. Hebreos 10 comienza con el grandioso resultado de Su primera venida, y de la obra consumada en aquel entonces, y finaliza con la esperanza de Su regreso: "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará". (Hebreos 10: 37). Pero en el intervalo entre estos dos puntos encontramos, de la lectura de este capítulo, de qué manera el Espíritu Santo es un "testigo" para nosotros aquí abajo de las perfecciones de todos. Él llama a nuestras conciencias a mirar hacia atrás a la obra de Jesús en la cruz, y a saber que el adorador, una vez purificado, no debe tener más conciencia de pecado. Él nos lleva a mirar hacia lo alto al Lugar Santísimo, y a entrar allí, por medio de la fe y en paz, para alabar a nuestro Dios; y Él conduce el corazón a mirar hacia adelante, a ese momento en que Cristo vendrá de nuevo, y los afectos estén en paz.

 

¡cuán bienaventurado! es tener una Persona Divina aquí tan verdaderamente como lo fue cuando el propio Señor estuvo aquí en la tierra, dándonos testimonio, — a toda alma cargada, despertada, — "Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones". (Hebreos 10: 17). ¡Cuán dulce para ellos es someterse a esta certidumbre de este Testigo digno de fe! No necesitamos escudriñar nuestros pobres corazones para un testimonio tal, — ellos sólo nos dirán lo contrario. Una Persona Divina desde el cielo para morar en la tierra; para dar testimonio de que la sola obra perfecta de Cristo es acepta para Dios, en lugar de las obras de nuestras almas arruinadas; para conducir nuestros corazones, fuera de nosotros mismos, a contemplar en Él la respuesta divinamente dada a nuestra culpa. Aquí podemos descansar en plena certidumbre de fe, — asegurados por Dios de que nuestros pecados e iniquidades nunca más serán recordados. Esto no requiere ninguna experiencia en nosotros para que nos demos cuenta; sólo necesita que el alma se vuelva a Dios, el cual pensó en nosotros cuando estábamos arruinados y perdidos; que se vuelva a Su Hijo que vino a cumplir toda Su voluntad, el cual, cuando lo hubo hecho, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas; y que el alma se vuelva al Espíritu que fue enviado del Padre y del Hijo para traer las nuevas de Dios, — Padre, Hijo, y Espíritu Santo, estando todos, ¡"por nosotros", dando a nuestras almas perfecto y eterno descanso!

 

Conduciéndonos, también, a esperar, con nuestras almas en paz, a Aquel que vendrá nuevamente para tomarnos para estar con Él y ser semejantes a Él, ¡para siempre!

 

Es así, querido lector, que el Espíritu Santo no sólo despierta nuestras almas a esta necesidad de un Salvador, sino que Él mismo se convierte en el testigo para nosotros de esa obra del Salvador, que responde a la conciencia despertada con eso único que puede eliminar nuestros pecados, y limpiar nuestras conciencias, y hacernos tan blancos como la nieve.

 

F. G. Patterson

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Diciembre 2020.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:


JND = Una traducción del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby, versículos traducidos del Inglés al Español por: B.R.C.O.

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RV1977 = Versión Reina-Valera Revisión 1977 (Publicada por Editorial Clie).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).


Título original en inglés:
The Holy Spirit as a Quickener and a Witness, by F. G. Patterson 
Traducido con permiso
Publicado por:

Versión Inglesa