DANIEL (William Kelly)

DANIEL- Capítulo 9














ÍNDICE | Prefacio | Introducción | Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4 | Capítulo 5 | Capítulo 6 | Capítulo 7 | Capítulo 8 | Capítulo 9 | Capítulos 10 y 11 | Capítulo 12





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Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

LAS GRANDES PROFECÍAS DE DANIEL

Una serie de conferencias sobre

Las Profecías y Principios del Libro de Daniel

 

por William Kelly

 

 

Capítulo 9.

 

JERUSALÉN Y LOS JUDÍOS

 

Reunión Final de Israel

 

         La caída de Babilonia estaba relacionada, en las profecías de Isaías, así como en las de Jeremías, con esperanzas más radiantes para los Judíos. La restauración parcial que tuvo lugar como consecuencia de esto, proporciona el tipo de la reunión final de Israel. Esto explica el concepto, que ha prevalecido entre algunos Cristianos, de que lo que sucedió en ese entonces es todo lo que nosotros tenemos que esperar de Israel como tal, y que su pecado posterior al rechazar a su Mesías, y la misericordia del evangelio a los Gentiles, los ha involucrado en una irreparable ruina nacional.

         Aunque en semejantes pensamientos hay elementos verídicos, ellos están, de hecho, muy lejos de ser la verdad completa. Dios no abandona al pueblo que Él llamó. Él nunca da un don de gracia y lo retira luego totalmente. Porque la misma gracia que promete trata con la persona y el corazón del creyente, y obra hasta que ello se hace moralmente evidente por el poder del Espíritu Santo. De esta manera, junto con la misericordia, sea a un individuo o a un pueblo que Él llama, existen también la fidelidad y el poder pacientes que, al final, siempre triunfan.

         La historia del pasado, sin duda, ha sido la historia de un fracaso total. La razón de esto se debió a que Israel escogió apoyarse en su propia fuerza con Dios, y no en la bondad de Dios hacia ellos. Esto es siempre y necesariamente fatal por un tiempo. "De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca." (Mateo 24:34). Es decir, todo lo que fue amenazado y predicho debe acontecer aún a la generación de Israel, la cual presumió de su propia justicia, y que, finalmente, demostró su real carácter al rechazar a Cristo y el evangelio. Una verdadera conciencia de ruina (es decir, arrepentimiento hacia Dios) acompaña siempre a la fe verdadera, a la fe viva. Israel ha pasado a través de esta fase de confianza en ellos mismos, o están aún pasando a través de ella. "Esta generación" no ha pasado todavía: no se han cumplido todas las cosas. Ellos no han sufrido aún el resultado pleno de su propia locura y odio hacia el Hijo de Dios. Han de sufrir aún el más severo castigo por ello: pues, aunque el pasado ha sido lo suficientemente amargo, cosas más terribles hay aún en el futuro. Pero cuando todo esto haya sucedido, ellos comenzarán una nueva escena, cuando no será la generación que rechazó a Cristo la que continúe, sino aquella de la cual la Escritura habla como la 'generación venidera': un nuevo tronco del mismo Israel, quienes serán hijos de Abraham por fe en Cristo Jesús - hijos, no sólo en palabra, sino en espíritu. Seguirá luego la historia, no del fracaso del hombre, sino de un pueblo a quien el Señor bendice en Su gracia; cuando ellos reconocerán gozosamente a aquel mismo Salvador, a quien los padres crucificaron y mataron con manos impías.

 

         Este capítulo se ocupa, especialmente, de Jerusalén y de los Judíos. Es una especie de episodio en la historia general de Daniel, pero de ninguna manera un episodio inconexo. Pues nosotros hallaremos que la historia final de Israel los relaciona peculiarmente con estos personajes que han de figurar aún contra Dios y Su pueblo, tal como lo hemos leído en capítulos anteriores. Debe ser evidente para cualquier persona que lee inteligentemente el capítulo, que su objeto principal es el destino de Jerusalén y el lugar futuro del pueblo de Dios. Ahora bien, Daniel estaba sumamente interesado en esto. Él era uno de los que los amaba, no meramente debido a que eran su pueblo, sino porque ellos eran el pueblo de Dios. Él se parece a Moisés en esto - que aun cuando la condición moral del pueblo impidió que Dios pudiera hablar de ellos como Su pueblo (Él podría preocuparse por ellos secretamente, pero yo hablo ahora acerca de Dios reconociéndolos públicamente), Daniel continúa aún argumentando de que ellos eran Su pueblo. Él nunca renuncia a la verdad de que Jerusalén era la ciudad de Dios, e Israel Su pueblo. El ángel podría decir, el pueblo y la ciudad de Daniel - todo eso era muy cierto; pero Daniel se aferra aún a la preciosa verdad a la que la fe no debería renunciar jamás - Dejen que el pueblo sea lo que ellos quieran, aun así ellos son el pueblo de Dios. Por esa misma razón ellos podrían ser castigados cada vez más dolorosamente. En verdad, nada trae más castigo sobre un alma que pertenece a Dios, y que ha caído en pecado, que el hecho mismo de que ella pertenece a Dios. No se trata meramente de un asunto de lo que es bueno para el hijo. Dios actúa para Sí mismo y de Él mismo; y esto es el punto esencial y el eje mismo de toda nuestra bendición. ¿Qué sería para nosotros si fuera meramente verdad que Dios estaba obrando para nuestra gloria? Nosotros nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:2). Tendremos algo muchísimo mejor, porque será Dios bendiciéndonos conforme a lo que es digno de Él.

         Ahora bien, Daniel fue uno que entró, enfáticamente en este pensamiento. Es el rasgo prominente de la fe. Pues la fe nunca ve una cosa relacionada meramente con uno mismo, sino con Dios. Siempre es así. Si se trata de paz, ¿se trata meramente de que yo quiero paz? Indudablemente que yo la quiero, como un pobre pecador que ha estado en guerra con Dios toda mi vida. Pero cuán infinitamente más bienaventurado es cuando llegamos a encontrar que se trata de la "paz con Dios": no meramente una paz con el  corazón y la conciencia de uno mismo, ¡sino con Dios! Él da una paz que está ante Sus ojos. Todo Su propio carácter sale a la luz al dármela, y en colocarla sobre una base tal que Satanás nunca será capaz de tocar. Es para librarme, para romper el cuello mismo del pecado; y nada lo hace tan completamente como esto - que Dios me encontró cuando yo no merecía nada más que la muerte y el juicio eterno, y entregó a Su amado Hijo al darme una paz digna de Él. Y Él lo ha hecho; Él lo ha dado; y toda la práctica Cristiana fluye de la certeza de que yo he encontrado esta bendición en Cristo.

         Aquí, entonces, tenemos a Daniel profundamente interesado en Israel, porque ellos eran el pueblo de Dios. Por consiguiente, él busca en la Palabra de Dios lo que Él ha revelado acerca de Su pueblo. Esto aconteció "en el primer año de Darío hijo de Asuero, del linaje de los medos." (Daniel 9:1 - RVA). No se trató de una nueva comunicación. "En el primer año de su reinado, yo, Daniel, entendí de los libros que, según la palabra de Jehovah dada al profeta Jeremías, el número de los años que habría de durar la desolación de Jerusalén sería setenta años." (Daniel 9:2 - RVA).

         Además de ser un profeta, Daniel entendió que Israel iba a ser restaurado a su tierra, antes de que ocurriera el acontecimiento. Él no esperó hasta verlo cumplido, y entonces decir meramente, «La profecía se ha cumplido.» Sino que él entendió "de los libros", no de las circunstancias. Sin duda existieron las circunstancias en la caída de Babilonia; pero él entendió mediante de lo que Dios había dicho, y no meramente por lo que el hombre había hecho. Esta es la manera verdadera de entender la profecía. Así que es notable que cuando nosotros estamos a punto de entrar en una profecía muy distinta, que se ocupa casi exclusivamente de la estrecha esfera de Israel, Dios nos muestra la llave verdadera al entendimiento de la profecía. Daniel leyó la profecía de Jeremías, y de ella vio claramente que a Israel se le permitiría regresar, una vez que Babilonia fuese derrocada. ¿Y cuál es el efecto de esto sobre su alma? Él se acerca a Dios. Él no va al pueblo, a quienes la profecía se refería tan íntimamente, diciéndoles las buenas nuevas, sino que se acerca a Dios. Este es otro rasgo de la fe. Ella tiende siempre a llevar a la presencia de Dios a aquel que entiende de tal modo el pensamiento de Dios en alguna cosa. Él tiene comunión con Dios acerca de lo que él recibe de parte de Dios, antes incluso de que él lo dé a conocer a aquellos que son los objetos de la bendición. Hemos visto anteriormente la misma cosa en Daniel 2. Podemos observar que no es ahora con acción de gracias, sino con confesión. Nosotros podríamos entender fácilmente que si el pueblo de Israel estuviera recién marchando a la cautividad, él debería sentirlo como un castigo profundo, y el hecho de reconocer el pecado e inclinarse bajo Su vara sería ante Dios. Pero ahora Dios había juzgado al opresor de Israel y estaba a punto de liberar al pueblo. No obstante, Daniel se acerca y ¿qué dice? Cuando él habla a Dios, no es meramente acerca de la liberación de ellos. Es una oración, llena de confesión a Dios.

 

El Fracaso del Pueblo de Dios

 

         En cuanto a esto, yo haría otra observación de carácter general. Si el estudio de la profecía no tiende a darnos un sentido más profundo del fracaso del pueblo de Dios en la tierra, yo estoy persuadido de que perdemos uno de sus usos prácticos más importantes. Es debido a la ausencia de este sentimiento que la investigación profética es, generalmente, tan improductiva. Se la transforma más en una cuestión de fecha y países, de papas o reyes; mientras que Dios no la dio para ejercitar el ingenio de las personas, sino para que sea la expresión de Su propia mente tocante a la condición moral de ellas: así que, independientemente de cuales sean las pruebas y juicios retratados allí, ellos deberían ser asumidos por el corazón, y se debería sentir en ellos la mano de Dios sobre Su pueblo, debido a su pecado. Este fue el efecto en Daniel. Él fue uno de los profetas más estimados - tal como el propio Señor Jesús dijo, "el profeta Daniel." (Mateo 24:15; Marcos 13:14). Y el efecto en él fue, que él nunca perdió el designio moral en las estrictas circunstancias de la profecía. Él vio el gran propósito de Dios. Él oyó Su voz hablando al corazón de Su pueblo en todas estas comunicaciones. Y él expone aquí todo delante de Dios. Pues, habiendo leído acerca de la liberación de Israel, que venía con ocasión de la caída de Babilonia, él vuelve su rostro a Dios el Señor, "buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente," etc. (Daniel 9: 3-5).

 

La Noble Confesión de Daniel

 

         Observen aquí otra cosa. Si había un hombre en Babilonia de quien, por su propia conducta y estado de alma, se supondría que habría estado fuera de la necesidad de confesión del pecado, este hombre era Daniel. Él era un hombre santo y devoto.  Más que eso, él fue llevado desde Jerusalén a una edad tan tierna que resulta claro que el golpe no había sobrevenido por algo en que él hubiera tomado parte. Pero no obstante él dice, "hemos pecado, hemos cometido iniquidad." (Daniel 9:5). No, incluso yo soy audaz como para decir que mientras más separado ustedes estén del mal, más lo sienten: de la misma forma en que una persona que emerge a la luz siente mucho más la oscuridad que ha dejado. Igualmente Daniel, siendo uno cuya alma estaba con Dios, y que entraba en Sus pensamientos acerca de Su pueblo - conociendo el gran amor de Dios, y contemplando lo que Él había hecho por Israel, (pues no oculta esto en su oración), él no se limita a hacer notar las grandes cosas que Dios había hecho por Israel, sino que hace notar también los juicios que Él les había infligido. Por consiguiente, ¿pensó él que Dios no amaba a Israel? Por el contrario, ningún hombre tenía un sentimiento más profundo del vínculo de afecto que existía entre Dios y Su pueblo; y por esa razón fue que él evaluaba tan profundamente la ruina en que el pueblo de Dios estaba. Él midió el pecado de ellos mediante la profundidad del amor divino, y la tremenda degradación que les había sobrevenido. Todo era de parte de Dios. Él no imputó los juicios que habían caído sobre ellos a la maldad de los Babilonios, o a las habilidades marciales de Nabucodonosor. Él vio a Dios en todo ello. Él reconoce que era el pecado de ellos - la extrema iniquidad de ellos; y él incluyo todo en esto. No se trató meramente de que las pequeñas personas imputaran sus penas a las grandes personas, ni las grandes a las pequeñas, tal como es a menudo el caso entre los hombres. Él no se detiene sobre la ignorancia y la maldad de unos pocos; sino que toma al conjunto - a los gobernantes, a los sacerdotes, al pueblo. No había ninguno que no fuera culpable. "Hemos pecado, hemos cometido iniquidad." Y este es otro efecto dondequiera que la profecía es estudiada con Dios. Ello siempre introduce la esperanza de que Dios está a favor de Su pueblo - una esperanza del día resplandeciente y bendito cuando el mal desaparecerá, y el bien será establecido por el poder divino. Daniel no deja esto fuera. Nosotros encontramos esto colocado como una especie de portada a este capítulo. Los detalles de las setenta semanas muestran a ustedes el pecado y el sufrimiento continuos del pueblo de Dios. Pero antes de esto, antes del final, la bendición es traída ante el alma. ¡Qué bueno es esto de parte de Dios! Él toma la ocasión para darme, antes que nada, la certeza de la bendición final, y entonces Él me muestra la senda dolorosa que conduce a ella.

         No necesito entrar ahora en los pensamientos sugeridos por esta hermosa oración de Daniel, excepto por una cosa de importancia práctica. Se trata de esto: que la profecía vino de Dios como la respuesta al estado de alma que se halló en Daniel. Él ocupó el lugar de humilde confesión delante de Dios, llegó a ser la expresión del pueblo, el representante del pueblo, al divulgar sus pecados ante Dios. Quizás no hubo ninguna otra alma que lo hiciera, ciertamente no hubo muchas. Es raro, efectivamente, encontrar muchas almas tomando el lugar de verdadera confesión ante Dios. ¡Cuán pocos tienen ahora un sentido adecuado de la ruina de la Iglesia de Dios! ¡Cuán pocos sienten la deshonra echa, aun por los fieles, al Señor! En Babilonia, los que eran los más culpables lo sintieron menos; mientras que el hombre que estaba más libre de culpa, fue quien la divulgó de la forma más honesta ante Dios.

         En respuesta a este genuino y profundo sentimiento del estado de Israel, Dios envía la profecía. El alma que rechaza examinar tales palabras de Dios como lo son estas, no sabe la pérdida que ello conlleva. Y dondequiera que el hijo de Dios es mantenido ignorante de lo que Dios comunica en cuanto al futuro, (yo no hablo ahora de las meras especulaciones, las cuales no valen nada, sino de las grandes lecciones morales contenidas en la profecía), hay siempre allí una debilidad y falta de capacidad para juzgar el presente.

         Pero hay que observar otra cosa antes de pasar a las setenta semanas. Aunque Daniel divulga ante Dios el gran fracaso de ellos, y recurre a Sus grandes misericordias, con todo, él nunca cita las promesas que fueron dadas a Abraham. Él no va más allá de lo que fue dicho a Moisés. Esto es de interés e importancia. Es la verdadera respuesta a cualquiera que suponga que la restauración de Israel que tuvo lugar en aquel tiempo, fue el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham. Daniel no tomó este terreno. No había nada semejante en ese entonces a la presencia de Cristo entre Su pueblo como Rey de ellos. Ahora bien, las promesas hechas a los padres suponen la presencia de Cristo, debido a que Cristo es, en el sentido pleno y apropiado, la Simiente de Abraham. ¿Qué serían las promesas sin Él? Por consiguiente, con sabiduría divina, Daniel fue conducido a tomar el terreno verdadero. Independientemente de la restauración que iba a ocurrir en ese entonces, ella no era la restauración completa. Esta profecía nos trae la bendición final de Israel cuando las setenta semanas sean consumadas. Pero el regreso, después de la caída de Babilonia, fue el cumplimiento de lo que era parcial y condicional, no fue el cumplimiento de las promesas dadas a los padres. Esto es digno de ser observado. Las promesas hechas a Abraham, etc., fueron absolutas, porque ellas dependían de Cristo, quien es la Simiente verdadera en la mente de Dios, aunque Israel era la simiente según la letra. Así que hasta que Cristo viniera, y Su obra fuera hecha, no podía haber la restauración plena del pueblo de Israel. Cuando Israel tomó el terreno de la ley, en el tiempo de Moisés, ellos pronto la quebrantaron y fueron quebrantados. Aun antes de que la ley hubiera sido puesta en sus manos, en las tablas de piedra, ellos estaban adorando el becerro de oro. La consecuencia fue que Moisés tomó, desde ese momento, un lugar nuevo - el lugar de un mediador. Él sube nuevamente al monte, y aboga ante Dios por el pueblo. Él dice a Moisés, "tu pueblo" (Éxodo 32:7), y no los reconocería como Suyos. Moisés, no obstante, no dejará que Dios siga adelante, sino aboga ante Él en el sentido de que, independientemente de lo que haya hecho el pueblo, ellos son "tu pueblo" (Éxodo 32:11); «prefiero ser borrado antes que Israel pierda su herencia.» Esto fue aquello en lo que Dios se deleitó - el reflejo de Su propio amor por ellos. Puede que hayas encontrado una falta en alguien a quien tú amas, pero no te gustaría oír que otra persona la encuentre. Así que el pedido de Moisés a favor de Israel fue lo que satisfizo el corazón de Dios. Indudablemente ellos habían cometido un gran pecado, y Moisés lo sintió y lo confesó, pero él insiste, además, que ellos son el pueblo de Dios.

         Dios deja que el corazón de Moisés hable más y más; pone grandes cosas delante de él, ofrece exterminar al pueblo, y hacer de él una gran nación. «No», dice Moisés, «preferiría perder todo antes de que ellos se pierdan.» Esta fue la respuesta de gracia a la gracia que estaba en el corazón de Dios acerca de Su pueblo. Por consiguiente, cuando Dios dio la ley por segunda vez, no fue dada como antes; sino que el Señor proclamó Su nombre como Uno que era grande en misericordia y verdad, mientras que Él mostró, a la vez, que Él "de ningún modo tendrá por inocente al malvado." (Éxodo 34: 6, 7). En otras palabras, la primera vez se trató de pura ley, pura, justa, lo cual terminó en el becerro de oro, es decir, pura injusticia de parte del pueblo. Y ellos debían ser destruidos justamente, pero que, por la súplica de Moisés, Dios introduce un sistema mezclado, parcialmente ley y parcialmente gracia.

         Este era el terreno que Daniel toma aquí. Él suplica que, aunque ellos habían quebrantado la ley, Dios había pronunciado Su nombre como "grande en misericordia y verdad." (Éxodo 34:6). Él cree esto. Él no retrocede a las promesas hechas a Abraham; sobre cuyo terreno la restauración habría sido plena y final, mientras que esta restauración no lo era. Y si ustedes toman ahora a un hombre que se coloca parcialmente sobre lo que Cristo ha hecho por él, y parcialmente sobre lo que él hace por Cristo, ¿encontrarán ustedes alguna vez a este hombre siendo feliz? Jamás. Aquel era el terreno en que estaban los Israelitas. Por lo tanto, Daniel no va más allá de este terreno allí. Cristo no había venido aún. Por otra parte, cuando Cristo nace, ustedes encontrarán, si miran el cántico de Zacarías (Lucas 1) o el de los ángeles (Lucas 2), que el terreno tomado no fue lo que Dios había dicho a Moisés, sino las promesas hechas a los padres. Hasta el momento designado por Dios, Zacarías había estado mudo, una señal de la condición de Israel. Pero ahora que el precursor es nombrado, en la víspera de la venida de Cristo, su boca es abierta.

 

Profecía de las Setenta Semanas

 

         Antes que entremos más plenamente en la profecía de las setenta semanas, así como el Señor pueda capacitarnos, me gustaría llamar su atención, en primer lugar, a esto: - "Y mientras yo estaba aún hablando, y orando, y confesando mi pecado, y el pecado de mi pueblo Israel." (Daniel 9:20 - VM). Observen que todos sus pensamientos son acerca de Israel y acerca de Jerusalén. La profecía no es acerca del Cristianismo, sino acerca de Israel. No hay ninguna comprensión de ella a  menos que retengamos esto. "Y mientras yo estaba aún hablando . . . y mientras derramaba mis ruegos delante de Jehová mi Dios, por el santo monte de mi Dios, sí, mientras aun hablaba en mi oración, el varón Gabriel, que yo había visto en visión al principio, habiendo volado arrebatadamente, me tocó como a la hora de la oblación de la tarde." (Daniel 9: 20, 21 - VM). Luego, en el versículo 24, la profecía comienza. Ella tiene que ver con el pueblo de Daniel - "sobre tu pueblo." Habla de un período especial que fue definido en relación con la liberación plena de Israel. "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad." Cualquier persona debe ver que se refiere a los Judíos y a Jerusalén. Es para "terminar con la transgresión, para acabar con el pecado, para expiar la iniquidad, para traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía, y para ungir el lugar santísimo." (Daniel 9: 24 - RVA). Desde principio a fin este era un período que estaba marcado en la mente de Dios, y revelado a Daniel, referente al destino futuro de la ciudad y el pueblo de Dios aquí abajo.

         Algunos están asustados, y preguntan, ¿nosotros no tenemos nada que ver, entonces, con el hecho de "expiar la iniquidad" y "la justicia eterna"? Yo pregunto, ¿De quienes habla este versículo? Ustedes encontrarán otras Escrituras que revelan nuestro interés en el hecho de que los pecados son borrados, y en la justicia que nosotros hemos sido hechos en Cristo. Pero nosotros tenemos que adherirnos a esta norma de oro al leer la Palabra de Dios - nunca forzar la Escritura para relacionarla con nosotros o con los demás. Cuando una persona se convierte pero aún no está en paz, si esta persona ve algo acerca de "acabar con el pecado", ella se aplica eso de inmediato a sí misma. Sintiendo su necesidad ella se aferra, como alguien que se está ahogando, de lo que no puede soportar su peso, o a lo menos, a algo que no se dice acerca de ella. Si es dirigida a las declaraciones de la gracia de Dios a nosotros pobres pecadores de los Gentiles, en lugar de pérdida, su ganancia sería grande; tendría una Escritura mucho más definida para satisfacer su necesidad, y, de ser atacada por Satanás, no sentiría debilidad, ni temor, ni incertidumbre. Mientras que, si tomara pasajes que se aplican a los Judíos, Satanás podría tocarla en cuanto al terreno de su confianza, y se vería obligada a decir, «Ciertamente y literalmente esto no es, en absoluto, acerca de mí.» Las "setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad." Pero yo no pertenezco a ellos. Allí reside la importancia de comprender la Escritura, y de ver acerca de qué Dios está hablando.

         Si esto hubiese sido tenido en mente, la mayor parte de la controversia que ha surgido sobre el pasaje no habría tenido lugar jamás. Las personas estaban presurosas y ansiosas de introducir algo acerca de ellos como Gentiles o Cristianos; mientras que la actitud del profeta, las circunstancias del pueblo, y las palabras de la profecía misma, excluyen todo otro pensamiento, excepto el que concierne a los Judíos y su ciudad. Nosotros tenemos que mirar en otra parte para encontrar lo que se relaciona con los Gentiles. Permítanme, no obstante, hacer la observación de que el hecho de acabar con el pecado para esa ciudad y ese pueblo descansa exactamente sobre el mismo fundamento que tenemos nosotros. Así, el apóstol Juan nos dice que Jesús murió "no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos." (Juan 11:52). Yo encuentro allí dos propósitos distintos en la muerte de Cristo. Esta profecía incluye sólo el primero. Él murió por aquella nación - la nación Judía. Pero Él también, en el mismísimo acto de muerte, no sólo hizo provisión para la salvación que Dios ha traído para los pecadores, sino también para congregar en uno "a los hijos de Dios que estaban dispersos."

         De esta manera, si tomamos la Biblia como lo que es, sin estar demasiado ansiosos por encontrarnos a nosotros mismos aquí o allá, en lugar de perder, seremos siempre ganadores, en extensión, profundidad, y, sobre todo, en el asimiento claro, firme, de la bendición; y no sentiremos que hemos estado tomando la propiedad de otras personas, y reclamando bienes en base a una posesión que puede ser disputada, sino que lo que tenemos es lo que Dios nos ha dado libre y ciertamente. Esto que acabo de decir jamás será el caso, si yo tomo las profecías acerca de Israel y fundamento en ellas mi derecho a la bendición; porque ellas no son el evangelio para el pecador, ni la revelación de la verdad acerca de la Iglesia.

 

"Hasta el Mesías Príncipe"

 

         Esta es, entonces, la relevancia apropiada de los versículos finales del capítulo que está ante nosotros. Los detalles de las semanas siguen a continuación de la primera declaración general. "Setenta semanas", él dice, "están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar con la transgresión, para acabar con el pecado, para expiar la iniquidad, para traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía, y para ungir el lugar santísimo." (Daniel 9:24 - RVA). Luego, en el versículo 25, el primer detalle aparece, después de definir el punto de partida. "Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas." Ahora bien, en el Libro de Esdras (capítulo 7), nosotros tenemos una orden del rey Artajerjes, llamado en la historia profana Artajerjes Longimano, uno de los monarcas del Imperio Persa. La primera orden fue dada a Esdras, el escriba, "en el séptimo año del rey Artajerjes." (Esdras 7:7). En el año veinte del reinado del mismo monarca, otra orden fue dada a Nehemías. Ahora bien, es importante que nosotros decidamos a cuál de estas dos se refiere Daniel. La más temprana de ellas está registrada en Esdras 7, la segunda en Nehemías 2. Un examen cuidadoso de las dos demostrará a cuál de estas corresponde la referencia. Muchas excelentes personas lo han interpretado de una manera que difiere de la que yo creo que es correcta. Pero sólo la Escritura puede decidir los interrogantes que surgen de la Escritura. Los elementos extraños conducen, a menudo, a la perplejidad. Observen que no se trata meramente de una orden general dada a los Judíos, como la de Ciro permitiendo su regreso, sino que se trata de una orden especial para restaurar su forma de gobierno. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre las dos órdenes en el reinado de Artajerjes? La orden dada a Esdras fue principalmente con miras a la reedificación del templo; la otra orden dada a Nehemías mira hacia la ciudad. ¿De cuál se trata aquí? "Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén." (Daniel 9:25). Evidentemente es la ciudad la que se da a entender en Daniel; y si ello es así, entonces nosotros debemos ver cuál de las dos órdenes se refiere a la ciudad. Puede haber poca duda que se trataba de la segunda orden, no de la primera. Fue la comisión dada a Nehemías en el año veinte de Artajerjes y no la que se le dio a Esdras trece años antes. Una comparación con Nehemías confirmará esto.

 

          Lo que llevó a algunos a tomar el primero de estos decretos, como siendo aquel al cual se hace referencia aquí, fue la idea de que las setenta semanas iban a terminar con la venida del Mesías. Pero esto no es lo que se dice. El versículo 24 nos presenta mucho más que la venida del Mesías. "Setenta semanas están determinadas . . . , para acabar con el pecado, para expiar la iniquidad." Allí tienen ustedes, por lo menos, Su obra. Sabemos que Sus sufrimientos y Su muerte están implicados. Pero, más que esto: "para traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía, y para ungir el lugar santísimo" (Daniel 9:25 - RVA), expresión esta última que sería entendida por todo Israelita como correspondiendo al santuario de Dios. Es claro que todo esto no sucedió cuando vino el Mesías, ni aun cuando Él murió. Pues aunque el fundamento de la bendición residía en Su sangre, con todo, la introducción de ello no se realizó aún para Israel; y estas setenta semanas suponen que Israel será plenamente bendecido después de ellas. Esto nos muestra la gran importancia de ocuparse de la profecía misma; no meramente de considerar los acontecimientos, sino interpretando los acontecimientos mediante la profecía. "Desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe [sin definir qué tiempo], habrá" - no setenta semanas - sino "siete semanas, y sesenta y dos semanas", es decir, sesenta y nueve semanas. Allí yo aprendo inmediatamente que, por una razón inexplicada, al comienzo de la profecía, sesenta y nueve semanas de las setenta son escindidas de la última semana. La cadena está rota: una semana está separada del resto. Se me dice que, desde la orden para restaurar y edificar Jerusalén (colocada aquí como el punto de partida, o el tiempo desde el que nosotros comenzamos a calcular las setenta semanas), hay siete semanas, y sesenta y dos semanas - períodos algo separados, pero que hacen, en total, sesenta y nueve semanas hasta el Mesías, el Príncipe. Tenemos allí, evidentemente, un hecho muy notable. Y podemos preguntar, ¿por qué las siete semanas están separadas de las sesenta y dos semanas? La Palabra a continuación lo muestra: "se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos." Las siete semanas, yo entiendo, iban a ser ocupadas reconstruyendo la ciudad de Jerusalén. En el lapso de siete semanas, o cuarenta y nueve años (porque supongo que ningún lector dudará que son semanas de años), desde el punto de partida, la edificación que había comenzado sería finalizada. La plaza [lit. la calle] se volvería a edificar, y los muros, en tiempos angustiosos. Ahora bien, los relatos de estos tiempos de dificultad y apuro los tenemos en el Libro de Nehemías, quien nos presenta la época más tardía que la historia del Antiguo Testamento registra. Luego, continuando el otro período, no sólo después de las siete semanas, sino de las sesenta y dos semanas, "se quitará la vida al Mesías." (Daniel 9:26).

 

Una Semana - al Mesías se le Quita la Vida

 

           Antes de continuar yo haría notar que el significado de la expresión "después de las sesenta y dos semanas" - es decir, sumándolas a las siete semanas utilizadas para edificar la ciudad de Jerusalén - "se quitará la vida al Mesías, mas no por sí" (Daniel 9:26 - RVR60), es más apropiadamente de la siguiente manera: "Después de las sesenta y dos semanas el Mesías será muerto y no tendrá nada." (Daniel 9:26 - LBLA). La idea es que el Mesías, en lugar de ser recibido por Su pueblo, y de introducir las bendiciones prometidas al final de las setenta semanas, sería muerto, después de sesenta y nueve semanas, y no tendría nada. El completo rechazo del Mesías, por parte de Su propio pueblo, se insinúa en estas palabras. Y aquí está la consecuencia. La clave viene ahora, y explica la dificultad, declarada al principio, de por qué las sesenta y nueve semanas están separadas de la semana setenta. La muerte de Cristo rompió la cadena, y quebró las relaciones del pueblo de Israel con Dios. De ahí que, habiendo rechazado los Judíos a su propio Mesías, la última semana es puesta a un lado por un período de tiempo. Esta semana termina en bendición plena; pero los propios Judíos son rechazados por su pecado contra su Mesías. Esa es la razón de por qué leemos, después de esto, "el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones." (Daniel 9:26). Él había dicho antes que setenta semanas estaban determinadas para poner fin al pecado, y para traer la justicia perdurable, etc.; es decir, al final de este tiempo designado, la plena bendición ha de ser introducida. Mientras que nosotros encontramos ahora que, lejos de que la bendición haya entrado, ellos mataron a su Mesías, quien no tiene nada; y la consecuencia es que la ciudad y el santuario no son bendecidos, sino por el contrario, "el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario," etc. No habrá nada más que guerras y devastaciones sobre el pueblo Judío. La interrupción de las setenta semanas tiene lugar después de la muerte de Cristo, y los próximos acontecimientos relacionados no son el cumplimiento de aquella serie, en absoluto.

          Nadie puede negar que un largo período de tiempo transcurrió entre la muerte de Cristo y la conquista de Jerusalén. Hasta Cristo son sesenta y nueve semanas, y luego ocurren acontecimientos que la profecía revela claramente, pero al mismo tiempo revela claramente que ellos ocurren después de las sesenta y nueve semanas, y antes de la semana setenta. Nosotros tenemos a otro pueblo, perteneciente a un príncipe bastante diferente del Mesías recientemente rechazado, y este pueblo viene y destruye la ciudad y el santuario. Fueron los Romanos quienes vinieron, a pesar del terrible recurso de Caifás - no, más bien debido a él (Juan 11:50). Ellos vinieron y destruyeron la ciudad y el santuario. Pero de este modo fue traído el cumplimiento de esta parte de la profecía. Al Mesías se le quitó la vida, y los Romanos, a quienes tanto habían deseado aplacar, los barrió de la faz de la tierra, y no ha habido más que miseria en la ciudad de ellos hasta el tiempo presente.* A partir de entonces, Jerusalén iba a ser hollada por los Gentiles, hasta que los tiempos de los Gentiles se cumplan (Lucas 21:24). Hay un período que aún continúa. Desde entonces, Jerusalén solamente ha estado cambiando un amo por otro. En nuestros días, hemos visto una guerra emprendida acerca de esa misma ciudad y santuario, y nadie puede decir si acaso pronto no puede haber otra. Los objetivos de esa guerra no han sido sino logrados y están en paz. Pero los mismos elementos de disensión y combustión existen aún. Israel mostrará a los Gentiles en el futuro que es igual a Jonás cuando estaba en la nave. No habrá reposo para ellos - nada más que tempestades, si es que ellos se entrometen con aquel pueblo con quienes el Señor tiene una controversia. El pueblo Judío está en un estado miserable; ellos están sufriendo las consecuencias de su propio pecado. Pero encontrarán su propio peligro aquellos Gentiles que se entremezclen con esa ciudad y ese santuario que Dios no destina aún a ser purificados. Si nosotros no hemos llegado aún a ese período de bendición, se debe admitir que la semana setenta no se ha cumplido aún. Al llegar aquella semana, la plena bendición entra para Israel y Jerusalén. Pero ninguna bendición semejante se ha realizado; y, por lo tanto, podemos estar bastante seguros que la última de las setenta semanas no se ha cumplido aún.

 

[* N. del T.: Recuerde el lector que el autor de este escrito escribió a mediados del siglo 19.]

 

          La profecía misma debería prepararnos para esto. Existe un encadenamiento regular hasta el cierre de la semana sesenta y nueve, y luego viene un gran intervalo. La muerte de Cristo rompió el vínculo de relación entre Dios y Su pueblo, y no hubo ahora ningún vínculo viviente entre ellos. Ellos le quitaron la vida a su propio Mesías, y han perdido desde entonces, por un tiempo, su lugar nacional. Un alud de problemas cayó sobre ellos. "El rey, . . . enviando sus tropas, destruyó a aquellos homicidas, y puso a fuego su ciudad." (Mateo 22:7 - VM). La última parte del versículo 26 de Daniel 9 nos muestra la devastación continua que ha acontecido a su ciudad y su raza, y esto fue posterior a la cruz del Mesías: y, como nadie puede pretender que algo parecido a esto ocurrió dentro de los siete años subsiguientes a la crucifixión, se debe permitir un intervalo, más o menos extendido, entre la semana sesenta y nueve y la semana setenta.

          Noten la exactitud de la Escritura. No se dice que la venida del príncipe fue para destruir la ciudad y el santuario, sino que su "pueblo" lo haría. El Mesías Príncipe ya había venido, y le habían quitado la vida. Oímos ahora acerca de otro futuro príncipe, un príncipe Romano; ya que todos saben que fueron los Romanos quienes vinieron y quitaron tanto el lugar como la nación de los Judíos. Se dice sencillamente, "el pueblo del príncipe que ha de venir" (Daniel 9:26 - LBLA), implicando que este pueblo vendría antes de un cierto príncipe que estaba todavía en el futuro. Yo sostengo que esto es muy importante. Sin duda hubo un príncipe que condujo al pueblo Romano a la conquista de Jerusalén, pero Tito Vespasiano no es el personaje al cual se alude aquí. Si el pueblo viene primero, y el príncipe que se tiene en mente aquí iba a venir a continuación en alguna época futura, nada es más sencillo. "Su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones." (Daniel 9:26). Un largo período de enemistad y devastación es insinuado. Esto es exactamente donde Israel está ahora. Ellos han sido expulsados de aquella ciudad y de aquel santuario, y nunca la han tenido desde ese entonces. Es verdad que ellos han adquirido para ellos mismos una notable posición en la mayoría de los países de la tierra; su influencia se extiende hasta el interior de toda corte [círculo cercano al gobierno] y gabinete del mundo; pero ellos jamás han obtenido ni siquiera el más mínimo poder en su propia tierra y ciudad - de todas las personas que están allí, ellos son los más proscritos. Y ahí vemos que continúan estas devastaciones [o, desolaciones].

          En el versículo 27 viene la escena final. "Por una semana él confirmará un pacto con muchos." (Daniel 9:27 - RVA). La nota en el margen lo presenta correctamente. No se debe traducir "el" pacto (como en RVR60; VM; etc.). La pequeña palabra "el" ha inducido a error a muchos. Se trata de "un", o más bien que la idea es general, significando "confirmar pacto. "Si ustedes lo leen como "el pacto", el lector inmediatamente tiende a deducir que 'el príncipe' significa el Mesías y que Él iba a confirmar Su pacto. Pero el pasaje reza, "por una semana él confirmará pacto [o un pacto] con muchos. Sin duda el Mesías introdujo la sangre del nuevo pacto; pero, ¿es esto lo que se quiere significar aquí? Aquí se suponen las devastaciones [desolaciones] continuando todo este tiempo, después de lo cual viene el fin de la eras, el cual incluye, o sucede en, la semana setenta. La muerte del Mesías ocurrió hace mucho tiempo; la destrucción de Jerusalén ocurrió treinta o cuarenta años después. Después de esto siguió un largo período de devastaciones [desolaciones] y guerras en relación con Jerusalén. Después de todo esto, de nuevo, tenemos la mención de un pacto. Así, nosotros debemos examinar el pasaje para ver quien es aquel que hace este pacto. Se mencionan dos personas. En el versículo 25 tenemos al Mesías Príncipe; pero Él ha venido y se le ha quitado la vida. En el versículo 26 tenemos "el pueblo de un príncipe que ha de venir." Es a este futuro príncipe Romano a quien el versículo 27 alude. Él es aquel que confirmará pacto con muchos, o más bien 'los muchos', es decir, con 'la masa' o la mayoría. El remanente no tendrá parte alguna en ello. Observen que ahora es, por primera vez, que la semana setenta se presenta. "Y él confirmará pacto con la mayoría por una semana" [Traducción libre.]

          Yo pregunto ahora a quienes contienden por la suposición de que era Cristo a quien se tenía en mente en este pasaje, ¿qué sentido da aquí el hecho de suponer esto? Una semana no puede significar nada más que un período de siete años. ¿El nuevo pacto fue hecho, alguna vez, por siete años? Un pensamiento semejante implica un mero absurdo. ¿No es bastante claro que la idea de interpretar que esto es el pacto de Cristo acarrea absurdidad sobre la dignidad de este pacto? Porque el pacto de Cristo es un pacto eterno - este pacto del que leemos aquí es hecho solamente por siete años. ¿Cuándo y cómo hizo Cristo un pacto por siete años? "Por una semana él confirmará un pacto con muchos, y en la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda." (Daniel 9:27 - RVA). Estoy al tanto de que también hay personas que aplican esto a la muerte de Cristo. Pero hemos tenido la muerte de Cristo hace mucho tiempo - antes de que comenzara la semana setenta; luego, las devastaciones de Israel entraron como inundación después de aquello; y, posteriormente, otro príncipe viene, el cual confirma un pacto por una semana. Él, y no Cristo, hace este pacto con ellos por siete años. Pero, en medio de este período, él pone término a la adoración de ellos. Ellos tienen sacrificio y ofrenda nuevamente en este tiempo, y él hace que todo cese.

          Pero, ¿no tenemos otra luz acerca de este pasaje? ¿Es aquí solamente donde leemos de un pacto semejante, y de la terminación repentina de los ritos y ceremonias Judíos? En cuanto al pacto, si nosotros consultamos Isaías 28:15, se dice allí, "Hemos realizado un pacto con la muerte; con el Seol hemos hecho un convenio. Cuando pase el torrente arrollador, no llegará a nosotros." (Isaías 28:15 - RVA). Y en el versículo 18, "Entonces vuestro pacto con la muerte será anulado, y vuestro convenio con el Seol no prevalecerá. Cuando pase el torrente arrollador, seréis aplastados por él." (Isaías 28:18 - RVA). No tengo dudas en cuanto a que este es el pacto al cual se hace referencia aquí en Daniel. Y el significado de ello es confirmado por otra cosa: es decir, que a consecuencia de que este príncipe Romano haya hecho un pacto inicuo con el pueblo Judío, y a continuación haya interrumpido sus sacrificio y haya introducido la idolatría (o lo que en la Escritura es denominada "la abominación desoladora" (Daniel 11:31; 12:11; Mateo 24.15; Marcos 13:14), él hará cesar el ritual Judío, y levantará un ídolo, y para ser adorado él mismo allí. Cuando la abierta idolatría se relaciona con el santuario, Dios envía un azote (o un torrente) sobre ellos. Ellos habían tenido la esperanza de escapar haciendo un pacto con este príncipe, pensando ingenuamente, como se dice en Isaías, que así se librarían del "torrente arrollador", es decir, yo supongo, el rey del norte que llega a ser la gran cabeza de los poderes orientales (o del este) del mundo organizados contra los poderes occidentales (o del oeste). La masa de los Judíos hará un pacto con el gran príncipe occidental (o del oeste), quien será en aquel entonces, nominalmente, amigo de ellos. Y cuando la mitad del tiempo haya expirado, este personaje introducirá la idolatría, y se las impondrá. Entonces vendrá la catástrofe final para Israel.

 

La Catástrofe Final para Israel

 

          Tomen nota que el cese de las ceremonias Judías no depende solamente de esta Escritura. En Daniel 7, el cuerno pequeño es el emperador del occidente (oeste) o el "príncipe que ha de venir" (Daniel 9:26). De él se dice que "proferirá palabras contra el Altísimo y afligirá a los santos del Altísimo, e intentará cambiar los tiempos y la ley; y le serán entregados en sus manos por un tiempo, por tiempos y por medio tiempo." (Daniel 7:25 - LBLA). Pongan atención a la analogía entre esa declaración y lo que tenemos aquí. ¿Qué es lo que se quiere decir por "un tiempo, por tiempos y por medio tiempo."? Tres años y medio, ciertamente. ¿Y qué se quiere decir por media semana? Exactamente el mismo período de tiempo. En medio del período por el cual se había hecho pacto con Israel, él hará cesar la adoración de ellos, y tomará todas sus ceremonias Judías en sus propias manos. Él tampoco permitirá que ellos guarden sus fiestas. "Le serán entregados en sus manos" (Daniel 7:25 - LBLA) - es decir, los tiempos y la ley de los Judíos. Dios no reconocerá la adoración Judía en ese entonces; y, por consiguiente, Él no los preservará en ella. Él permitirá que este hombre haga todo a su manera, quien, aunque haya hecho un pacto con Israel como siendo un amigo, lo romperá y lo sustituirá con la idolatría. Entonces vendrá el "torrente arrollador" (Isaías 28:18 - RVA). "A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda." (Daniel 9:27).

          Pero yo estoy obligado a reclamar otra y una más correcta interpretación de las palabras que siguen a continuación. Los traductores Ingleses estaban muy dudosos acerca de su significado verdadero. Hay diferentes maneras de tomarlo, pero la versión literal es esta: "Y a causa del ala [de la protección] de las abominaciones, [vendrá] un desolador." (Daniel 9:27 literal). Es decir, debido a que él toma ídolos bajo su protección, habrá un desolador, a saber, el "torrente arrollador" (Isaías 28:18 - RVA), o el Asirio. El "príncipe que ha de venir" no devasta Jerusalén. En este tiempo él ha hecho un pacto con ellos; y, aunque él rompe este pacto, con todo, siendo cabeza y patrocinador de ellos, y teniendo a su acólito, el falso profeta, quien tendrá su sede allí como el gran sumo sacerdote de aquel día, él continuará, con la ayuda de su falso profeta, la adoración de su imagen en el templo de Dios. Comparen con la abominación desoladora en el lugar santo (Mateo 24:15). A consecuencia de esto, el rey del norte descenderá como un desolador. Habrá así dos enemigos en aquel tiempo para los Judíos justos. El desolador, el Asirio, es el enemigo externo. El enemigo interno es el Anticristo, o su obstinado rey, que los corrompe en relación con el príncipe Romano. De este modo, el significado verdadero del texto es: "Debido a la protección de las abominaciones [habrá] un desolador, hasta que la consumación [destrucción],  la que está decretada, sea derramada sobre la desolada." (Daniel 9:27 - traducción literal). "La desolada" significa Jerusalén. Y la destrucción completa, o lo que Dios ha decretado contra los Judíos, debe tomar su curso. "No pasará esta generación hasta que todo esto acontezca." (Mateo 24:34). Estos serán los últimos representantes de la porción de Israel que rechaza a Cristo, y Dios permitirá que todos Sus juicios desciendan sobre ellos. Ellos serán barridos, y entonces quedará la simiente santa, el remanente piadoso, a quienes Dios constituirá como el gran núcleo de bendición para todo el mundo bajo el reinado del Señor Jesús.

 

William Kelly

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Octubre 2008.-

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Título original en Inglés:
THE GREAT PROPHECIES OF DANIEL, A Series of Lectures on The Prophecies and Principles of the Book of Daniel, by William Kelly
Publicado en Inglés por:
Pickering & Inglis, London, England