Sinopsis de los Libros de la Biblia (John N. Darby)

LUCAS 9 - 24

ÍNDICE SINOPSIS N.T.
INTRODUCCIÓN AL NUEVO TESTAMENTO
MATEO 1 - 14
MATEO 15 - 28
MARCOS
LUCAS 1 - 8
LUCAS 9 - 24
JUAN 1 - 12
JUAN 13 - 20
HECHOS
LAS EPÍSTOLAS: INTRODUCCIÓN
ROMANOS
1 CORINTIOS
2 CORINTIOS
GÁLATAS
EFESIOS
2 TESALONICENSES
TITO
APOCALIPSIS

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SINOPSIS

de los Libros

de la Biblia

 

LUCAS

Capítulos 9 - 24

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y estas han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español por Francisco Lacueva (Editorial Clie)

Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

Capítulo 9

 

Enviando a los doce discípulos;

un testimonio categórico contra el pueblo

 

         En el capítulo 9 el Señor encomienda a los discípulos la misma misión en Israel que Él mismo cumplió. Ellos predican el reino, sanan a los enfermos y echan fuera demonios. Pero se añade esto: que su obra tome el carácter de una misión final. No que el Señor hubiera cesado de obrar, pues Él también envió a los setenta, sino que final en este sentido, en que esta obra se convertía en un testimonio categórico contra el pueblo si éste la rechazaba. Los doce tenían que sacudirse el polvo de sus pies al dejar las ciudades que los rechazaran. Esto es entendible en el punto donde hemos llegado en el Evangelio. Se repite, con un énfasis todavía mayor, en el caso de los setenta. Hablaremos de ello en el capítulo que se relaciona con su envío. La misión de ellos viene después de la manifestación de Su gloria a los tres  discípulos. Pero mientras el Señor estuviera allí, continuó Su ejercicio de poder en misericordia, pues esto fue lo que Él era aquí en persona, y la bondad soberana en Él estaba por encima de todo el mal con el cual Él se encontraba.

 

La fama de las obras maravillosas del Señor

 

         Siguiendo con nuestro capítulo, lo que viene a continuación del versículo 7 muestra que la fama de Sus maravillosas obras había llegado a oídos del rey. Israel se quedaba sin excusa. Por muy pequeña que fuese la conciencia, ésta sintió el efecto de Su poder. El pueblo también le siguió. Apartado con los discípulos, quienes habían regresado de su misión, Él pronto es rodeado por la multitud; nuevamente, el siervo de ellos en gracia, sin importar cuán grande fuese la incredulidad de ellos, Él les predica y sana a todo el que lo necesitaba.

 

Aquel que satisface a Su pueblo con pan:

una prueba especial de su divino poder y presencia

 

         Pero Él les daría una prueba nueva y muy especial del poder divino y de la presencia que se hallaba entre ellos. Se había dicho que en el tiempo de la bendición de Israel de parte del Señor, cuando Él haría retoñar el poder de David, Él saciaría a los pobres con pan (Salmo 132: 15, 17). Jesús lo hace ahora. Pero hay más que esto aquí. Hemos visto a través de este Evangelio que Él ejercita este poder, en Su humanidad, mediante la inconmensurable energía del Espíritu Santo. De ello se desprende una bendición maravillosa para nosotros, otorgada conforme a los consejos soberanos de Dios, a través de  la perfecta sabiduría de Jesús al seleccionar Sus instrumentos. Él hará que los discípulos lo hagan. No obstante, el poder que lo lleva a cabo es todo de Él. Los discípulos no ven nada más allá de lo que sus ojos pueden estimar. Pero, si Aquel que los alimenta es Jehová, Él siempre toma Su lugar en la  dependencia de la naturaleza que ha asumido. Él se retira con Sus discípulos, y allí, lejos del mundo, Él ora. Y, al igual que en los dos notables casos [25] del descenso del Espíritu Santo, y la selección de los Doce, aquí también Su oración es la ocasión de la manifestación de Su gloria - una gloria que era propiamente de Él, pero que el Padre le dio como Hombre, y en relación con los sufrimientos y la humillación, bajo los cuales, en Su amor, padeció voluntariamente.

 

[25] Observen también aquí, que no es solamente en los casos de actos de poder, o en el del testimonio a la gloria de Su Persona en respuesta a Sus oraciones. Su conversación con los discípulos con referencia a los cambios en las dispensaciones de Dios (en la que Él habla de Sus sufrimientos, y les prohíbe que le den a conocer como el Cristo), es introducida por medio de Su oración cuando estaba en un lugar desierto con ellos. Que Su pueblo iba a ser abandonado por un tiempo, era lo que ocupaba Su corazón, tanto como lo ocupaba la gloria. Además, derrama Su corazón ante Dios, cualquiera que fuese el asunto que le ocupa conforme a los caminos de Dios.

 

 

El sufriente Hijo del Hombre

 

         La atención del pueblo fue estimulada, pero ellos no fueron más allá de las especulaciones de la mente humana con respecto al Salvador. La fe de los discípulos reconoció sin vacilación al Cristo en Jesús. Pero Él ya no iba a ser más proclamado como tal - el Hijo del Hombre tenía que sufrir. Consejos más importantes, una gloria más excelente que la del Mesías, debían ser comprendidos; pero tenía que ser a través del sufrimiento - sufrimiento que, en cuanto a las pruebas humanas, los discípulos iban a  compartir al seguirle a Él. Pero, al perder su vida por Él, la ganarían; pues al seguir a Jesús, el asunto  era la vida eterna del alma, y no meramente el reino. Además, Aquel que era ahora rechazado volvería en Su propia gloria, a saber, como Hijo del Hombre (el carácter que Él toma en este Evangelio), en la gloria del Padre, pues Él era el Hijo de Dios, y en la de los ángeles como Jehová el Salvador, tomando lugar sobre ellos, aunque era (sí, como) hombre: Él era digno de esto, porque Él los creó. La salvación del alma, la gloria de Jesús reconocida conforme a Sus derechos, todo les advertía de que le confesaran mientras era rechazado y menospreciado. Ahora bien, para fortalecer la fe de aquellos a quienes Él haría columnas, y a través de ellos la fe de todos, Él anuncia que algunos de ellos, antes de que gustasen la muerte (no debían esperar ni la muerte, en la que sentirían el valor de la vida eterna, ni el regreso de Cristo), verían el reino de Dios.

 

La transfiguración; la nueva gloria y bendición

dependientes de la muerte de Cristo

 

         Como consecuencia de esta declaración, ocho días después Él tomó a los tres que más tarde fueron columnas, y subió a un monte a orar. Allí Él es transfigurado. Él aparece en gloria, y los discípulos la ven. Pero Moisés y Elías la comparten con Él. Los santos del Antiguo Testamento tienen parte con Él en la gloria del reino fundamentado sobre Su muerte. Hablan con Él de Su muerte. Ellos habían hablado  hasta ahora de otras cosas. Habían visto establecerse la ley, o habían intentado hacer volver al pueblo a ella, para la introducción de la bendición; pero ahora que esta nueva gloria es el tema, todo depende de la muerte de Cristo, y sólo de eso. Todo lo demás desaparece. La gloria celestial del reino y la muerte están en relación inmediata. Pedro ve solamente la entrada de Cristo en una gloria igual a la de ellos; relacionando mentalmente esta última con lo que ellos dos eran para un Judío, y asociando a Jesús con ella. Es entonces cuando los dos desaparecen completamente, y Jesús queda solo. Era a Él solo a quien tenían que oír. La conexión de Moisés y Elías con Jesús en la gloria dependía del rechazo de su testimonio por parte del pueblo, al cual ellos se dirigieron.

 

Los discípulos asociados en la tierra con

la morada de la gloria

 

         Pero esto no es todo. La Iglesia, propiamente dicha, no es contemplada aquí. Pero, la señal de la gloria excelente, de la presencia de Dios, se muestra - la nube en la que Jehová habitaba en Israel. Jesús trae  a los discípulos a ella como testigos. Moisés y Elías desaparecen, y, habiendo Jesús acercado a los discípulos a la gloria, el Dios de Israel se manifiesta como el Padre, y reconoce a Jesús como el Hijo en quien tenía complacencia. Todo es cambiado en las relaciones de Dios con el hombre. El Hijo del Hombre, a quien se le dio muerte en la tierra, es reconocido como el Hijo del Padre en la gloria excelente. Los discípulos le conocen así por el testimonio del Padre, y son asociados a Él, y, por decirlo así, son introducidos a la relación con la gloria en la cual el Padre reconoció así a Jesús - gloria en la que se encuentran el Padre y el Hijo. Jehová se da a conocer como Padre revelando al Hijo. Y los  discípulos se hallan asociados en la tierra con la morada de gloria, desde donde, en todo tiempo, Jehová mismo había protegido a Israel. Jesús estaba allí con ellos, y Él era el Hijo de Dios. ¡Qué posición! ¡Qué cambio para ellos! Es, de hecho, el cambio de todo lo que era muy excelente en el Judaísmo a la relación con la gloria celestial, que fue obrado en aquel momento, para hacer nuevas todas las cosas. [26]

 

[26] Se trata de la manifestación del reino, no de la iglesia en lugares celestiales. Supongo que las palabras "al entrar" deben  referirse a Moisés y Elías. Pero la nube cubrió a los discípulos. Aun así, esto nos lleva más allá de esa manifestación. La palabra "cubrió" es la misma que la utilizada en la LXX (Septuaginta) para la nube que venía y llenaba el tabernáculo. Leemos en Mateo que era una nube de luz. Era la Shekinah de gloria que había estado con Israel en el desierto - me permito decir la casa del Padre. Su voz salió desde ella. Ellos entraron en ella. En Lucas, es esto lo que hace que los discípulos tengan temor. Dios había hablado con Moisés estando este último fuera de ella; pero aquí ellos entran en ella. Así, además del reino, está el lugar de habitación apropiado de los santos. Esto se encuentra solamente en Lucas. Tenemos el reino, Moisés y Elías en la misma gloria con el Hijo, y otros en la carne en la tierra, pero también la habitación celestial de los santos.

 

La gloria celestial; la intimidad de los tres discípulos

con el Señor

 

         El provecho personal de este pasaje es grande, en cuanto nos revela, de manera muy sorprendente, el estado celestial y glorioso. Los santos están en la misma gloria que Jesús, están con Él, conversan familiarmente con Él, ellos conversan de lo que está más cercano a Su corazón - de Sus sufrimientos y muerte. Ellos hablan con los sentimientos que fluyen de las circunstancias que afectan al corazón. Él iba a morir en la Jerusalén amada, en vez de recibir ellos el reino. Ellos hablan como si entendieran los consejos de Dios, pues eso no había sucedido aún. Tales son las relaciones de los santos con Jesús en el reino. Porque, hasta este momento, se trata de la manifestación de la gloria tal como el mundo la verá, con el añadido de la comunicación entre los glorificados y Jesús. Los tres estuvieron en el monte. Pero, los tres discípulos, de esta manera, van más allá. Ellos son enseñados por el Padre. Les son dados a conocer Sus propios afectos por Su Hijo. Moisés y Elías han dado testimonio a Cristo, y serán glorificados con Él; pero Jesús permanece ahora solo para la iglesia. Esto es más que el reino, es la comunión con el Padre y con Su Hijo Jesús (no comprendida, seguramente, en ese tiempo, pero lo es ahora por el poder del Espíritu Santo). Es maravilloso, esta entrada de los santos en la gloria excelente, en la Shekinah, la morada de Dios, y estas revelaciones de parte de Dios de Su propio afecto por Su Hijo. Esto es más que la gloria. Jesús, sin embargo, es siempre el objeto que llena la escena para nosotros. Observen asimismo que, para nuestra posición aquí abajo, el Señor habla tan íntimamente de Su muerte a Sus discípulos en la tierra, como a Moisés y Elías. Éstos no tienen más intimidad con Él de la que tienen Pedro, Santiago y Juan. ¡Dulce y precioso pensamiento! Y noten qué delgado velo hay entre nosotros y lo que es celestial. [27]

 

[27] Noten también que si Jesús lleva a los discípulos a ver la gloria del reino, y la entrada de los santos en la gloria excelente donde el Padre estaba, Él descendió también y se encontró con la muchedumbre de este mundo y con el poder de Satanás, allí donde nosotros tenemos que andar.

 

La falta de poder de los discípulos;

la gracia de Cristo no impedida

 

         Lo que viene a continuación es la aplicación de esta revelación al estado de cosas aquí abajo. Los discípulos son incapaces de beneficiarse del poder de Jesús, ya manifestado, para echar fuera el poder del enemigo. Esto justifica a Dios en aquello que fue revelado de Sus consejos en el monte, y conduce a que el sistema Judío sea desechado, para presentar el cumplimiento de estos consejos. Pero esto no impide la acción de la gracia de Cristo al liberar a los hombres mientras Él estaba aún con ellos, hasta que el hombre le hubiese rechazado finalmente. Pero, sin fijarse en el infructuoso asombro del pueblo, Él insiste con Sus discípulos sobre Su rechazo y sobre Su crucifixión; haciendo avanzar este principio hasta la renunciación del yo, y a la humildad que recibiría aquello que fuese más pequeño.

 

Diferentes rasgos de egoísmo y de la carne

contrastados con la gracia y devoción de Cristo

 

         En lo que resta del capítulo, desde el versículo 46, el Evangelio nos presenta las distintas características del egoísmo y de la carne que están en contraste con la gracia y la consagración manifestadas en Cristo, y que tienden a evitar que el creyente camine en Sus pisadas. Los versículos 46-48; 49 y 50; 51-56, respectivamente, presentan ejemplos [28] de esto; y, desde el 57 al 62, tenemos el contraste entre la voluntad engañosa del hombre y el llamamiento eficaz de la gracia; el descubrimiento de la repugnancia de la carne, cuando hay un llamamiento verdadero; y la renunciación absoluta a todas las cosas, a fin de obedecerlo, nos es presentada por el Espíritu de Dios. [29]

 

[28] Estos tres pasajes señalan, cada uno en sucesión, primero, un egoísmo más sutil que cada vez es menos fácil de detectar por el hombre: egoísmo personal total; en segundo lugar, el egoísmo de grupo; y en tercer lugar, el egoísmo que se viste de la apariencia de celo por el Señor, pero que no se conforma a Él.

 

[29] Observen que, cuando la voluntad del hombre actúa, él no siente las dificultades, pero está cualificado para la obra. Cuando hay un verdadero llamamiento, los impedimentos se sienten.

 

         El Señor (en respuesta al espíritu que procuraba el engrandecimiento de la propia compañía de ellos, olvidándose de la cruz), expresa a los discípulos lo que no ocultaba de Sí mismo, la verdad de Dios, de que todos estaban de tal manera contra ellos que, si alguno no tenía esta actitud, es que estaba definitivamente por ellos. Así de minuciosa era la prueba a la cual la presencia de Cristo sometía al corazón. La otra razón, presentada en otro lugar, no se repite aquí. El Espíritu, en relación con esto, se limita al punto de vista que estamos considerando. Así rechazado, el Señor no juzga a nadie. No toma venganza por Sí mismo: Él vino a salvar las vidas de los hombres. El que un Samaritano rechazara al Mesías era, para los discípulos, digno de destrucción. Cristo vino a salvar las vidas de los hombres. Él se somete al insulto, y se va a otro lugar. Había quienes deseaban servirle aquí abajo. Él no tenía ningún hogar al que llevarlos. Entre tanto, por esta misma razón, la predicación del reino era la cosa única para Su amor inagotable; los muertos (para Dios) podían enterrar a sus muertos. Aquel que había sido llamado, que estaba vivo, tiene que ocuparse de una cosa, del reino, para dar testimonio de él; y hacerlo sin mirar atrás, la urgencia del asunto elevándole por sobre todos los otros pensamientos. Aquel que había puesto su mano en el arado, no debía mirar atrás. El reino, en presencia de la enemistad - la ruina - del hombre, de todo lo que se le oponía, requería que el alma fuese absorbida plenamente en sus intereses por el poder de Dios. La obra de Dios, en presencia del rechazo de Cristo, demandaba una completa consagración.

 

Capítulo 10: 1-37

 

La misión de los setenta; su carácter;

testimonio entregado en poder

 

         La misión de los setenta viene a continuación en el capítulo 10, una misión importante en su carácter para el desarrollo de los caminos de Dios.

         Este carácter es, de hecho, diferente en algunos aspectos de aquel del principio del capítulo 9. La misión se fundamenta en la gloria de Cristo manifestada en el capítulo 9. Esto, necesariamente, zanja más decisivamente la cuestión de las relaciones de Dios con los Judíos: porque Su gloria venía después, y, en cuanto a Su posición humana, fue el resultado de Su rechazo por la nación.

         Este rechazo no se cumplía aún: esta gloria fue revelada solamente a tres de Sus discípulos; de modo que el Señor ejercía todavía Su ministerio entre el pueblo. Pero vemos estas alteraciones en él. Él insiste sobre lo que es moral y eterno, la posición a la cual traería a Sus discípulos, el verdadero efecto de Su testimonio en el mundo, y el juicio que estaba a punto de caer sobre los Judíos. Sin embargo, la mies era mucha. Porque el amor, no desalentado por el pecado, veía la necesidad a través de la oposición exterior; pero hubo unos pocos movidos por este amor. El Señor de la mies solo podía enviar a los verdaderos obreros.

         Ya el Señor anuncia que ellos son como corderos en medio de lobos. ¡Qué cambio desde la presentación del reino al pueblo de Dios! Tenían que confiar (como los doce) en el cuidado del Mesías presente en la tierra, y quien influenciaba el corazón con poder divino. Tenían que ir como los obreros del Señor, manifestando abiertamente su objetivo, no esforzándose por su comida, sino como teniendo derechos de parte de Él. Completamente consagrados a su obra, no debían saludar a nadie. El tiempo apremiaba. El juicio venía. Existían en Israel aquellos que no eran hijos de paz. El remanente se distinguiría por el efecto de su misión en el corazón, aún no judicialmente. Pero la paz reposaría con los hijos de paz. Estos mensajeros ejercían el poder obtenido por Jesús sobre el enemigo, y que Él podía así conferir (y esto era mucho más que un milagro); y tenían que declarar a quienes visitaban que el reino de Dios se había acercado a ellos. ¡Importante testimonio! Cuando no se ejecutaba juicio, se precisaba fe para reconocer el reino en un testimonio. Si no eran recibidos, debían imprecar a la ciudad, asegurándoles que, recibido o no, el reino de Dios se había acercado. ¡Qué solemne testimonio, ahora que Jesús iba a ser rechazado - un rechazo que llenaba la medida de la iniquidad del hombre! Sería más tolerable para la infame Sodoma, el día en que el juicio se iba a ejecutar, que para esa ciudad.

         Esto señala claramente el carácter del testimonio. El Señor impreca [30] a las ciudades en las que había obrado, y asegura a Sus discípulos que rechazarlos en su misión era lo mismo que rechazarle a Él, y que, al rechazarle a Él, Aquel que le había enviado era rechazado - el Dios de Israel - el Padre. A su regreso, ellos anuncian el poder que había acompañado su misión; los demonios se sujetaron a su palabra. El Señor les contesta que, efectivamente, esas señales de poder habían presentado a Su mente el pleno establecimiento del reino. Satanás echado completamente fuera del cielo (un establecimiento del cual estos milagros eran sólo una muestra); pero que había algo más excelente que esto, y en lo que podían regocijarse - sus nombres estaban escritos en el cielo. El poder manifestado era verdadero, sus resultados seguros, en el establecimiento del reino; pero algo más comenzaba a aparecer - un pueblo celestial estaba comenzando a existir, un pueblo que tendría su parte con Él, a quien la  incredulidad de los Judíos y del mundo estaban enviando de regreso al cielo.

 

[30] En el versículo 25 de este capítulo, así como en el capítulo 13:34, tenemos ejemplos del orden moral en Lucas, del que hemos hablado. Los testimonios del Señor están perfectamente en orden. Son de una ayuda infinita al comprender toda la relación del pasaje, y su posición aquí arroja gran luz sobre su significado. No se trata aquí del orden histórico. La posición tomada por Israel - por los discípulos - por todos, a través del rechazo de Cristo, es el tema del que trata el Espíritu Santo. Estos pasajes se relacionan con este rechazo, y muestran muy claramente la condición del pueblo que había sido visitado por Jesús, su verdadero carácter, los consejos de Dios al introducir las cosas celestiales mediante la caída de Israel, y la relación entre el rechazo de Cristo y la introducción de las cosas celestiales, y de la vida eterna, y del alma.

No obstante, la ley no fue quebrantada. De hecho, su lugar fue ocupado por la gracia, la cual, fuera de la ley, hizo aquello que no podía haber sido hecho a través de la ley. Veremos esto a medida que avancemos en nuestro capítulo.

 

La posición celestial de un pueblo celestial

 

         Esto expone muy claramente la posición tomada ahora. Habiéndose dado el testimonio del reino en poder, dejando a Israel sin excusa, Jesús pasó a otra posición - a la celestial. Éste fue el verdadero asunto de gozo. Los discípulos, no obstante, todavía no lo comprendían, pero la Persona y el poder de Aquel que iba a introducirlos en la gloria celestial del reino, Su derecho al reino glorioso de Dios, les habían sido revelados por el Padre. La ceguera del orgullo humano, y la gracia del Padre hacia los niños, fueron apropiadas a Él, quien cumplió los consejos de Su gracia soberana a través de la humillación de Jesús, y que estaban en conformidad con el corazón de quien vino a cumplirlos. Además, todas las cosas fueron dadas a Jesús. El Hijo era demasiado glorioso para ser conocido, salvo por el Padre, quien era Él mismo conocido sólo por la revelación del Hijo. A Él debían ir los hombres. La raíz de la dificultad en recibirle yacía en la gloria de Su Persona, la cual era conocida sólo por el Padre, y en esta acción y gloria del Padre, que necesitaba que el Hijo la revelara. Todo esto se hallaba en Jesús allí en la tierra. Pero Él podía decir a Sus discípulos en privado que, habiendo visto en Él al Mesías y Su gloria, habían visto aquello que reyes y profetas desearon ver en vano. El Padre había sido proclamado a ellos, sin embargo no entendieron casi nada. En la mente de Dios esta era la porción de ellos, comprendida más tarde por la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de adopción.

 

El poder del reino; el llamamiento del Señor a regocijarse

por tener un lugar y un nombre en el cielo

 

         Podemos observar aquí, el poder del reino otorgado a los discípulos; su gozo en ese momento (por la presencia del Mesías, trayendo consigo el poder del reino que vencía el del enemigo) a la vista de aquellas cosas de las cuales los profetas habían hablado; y, al mismo tiempo, el rechazo de su testimonio, y el juicio de Israel entre quienes éste era rendido; y, finalmente, el llamamiento del Señor, (mientras se reconocía en la obra del remanente todo el poder que establecerá el reino), no para regocijarse en el reino establecido así en la tierra, sino en la gracia soberana de Dios quien, en Sus consejos eternos, les había otorgado un lugar y un nombre en el cielo, en relación con el rechazo de ellos en la tierra. La importancia de este capítulo es evidente bajo este punto de vista. Lucas introduce constantemente la parte mejor e inadvertida en un mundo celestial.

 

La relación y la gloria del Padre y el Hijo;

la pregunta del intérprete de la ley

en cuanto a la vida eterna

 

         El alcance del dominio de Jesús en relación con este cambio, y la revelación de los consejos de Dios que lo acompañaban, nos son dados en el versículo 22, así como el descubrimiento de las relaciones y la gloria del Padre y del Hijo; al mismo tiempo, también la gracia mostrada a los humildes conforme al carácter y a los derechos de Dios el Padre. Más tarde encontramos el desarrollo del cambio en cuanto al carácter moral. El maestro de la ley deseaba saber las condiciones de la vida eterna. Esto no es el reino, ni el cielo, sino una parte de la manera Judía de comprender la relación del hombre con Dios. La posesión de la vida fue propuesta a los Judíos mediante la ley. Se había descubierto, mediante desarrollos escriturarios subsiguientes a la ley, que se trataba de la vida eterna, la cual ellos entonces, al menos los Fariseos, vinculaban, como tal, a la observancia de la ley - algo poseído por los glorificados en el cielo, por los bienaventurados en la tierra, durante el milenio, lo cual nosotros poseemos ahora en vasos de barro; aquello que la ley, interpretada por conclusiones extraídas de los libros proféticos, proponía como el resultado de la obediencia [31]. "El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas."

 

[31] Se debe hacer notar, que el Señor nunca utilizó la expresión vida eterna al hablar del efecto de la obediencia. "La dádiva de Dios es vida eterna." Si ellos hubiesen sido obedientes, esa vida no habría tenido final; pero, de hecho, ahora que el pecado había entrado, la obediencia no era la manera de tener vida eterna, y el Señor no lo declara así.

 

La respuesta del Señor; la ley quebrantada

 

         Por consiguiente, el intérprete de la ley pregunta qué es lo que debía hacer. La respuesta fue clara: la ley (con todas sus ordenanzas, sus ceremonias, todas las condiciones del gobierno de Dios, las cuales  el pueblo había quebrantado, y cuya violación condujo al juicio anunciado por los profetas - juicio que debía ser seguido por el establecimiento, de parte de Dios, del reino en gracia), la ley, como digo, contenía la semilla de la verdad en este aspecto, y expresaba claramente las condiciones de vida, si el hombre iba a gozarla conforme a la justicia humana - justicia obrada por él mismo, por la cual viviría. Estas condiciones se resumían en muy pocas palabras - amar a Dios perfectamente y al prójimo como a uno mismo. Habiendo dado el intérprete de la ley este resumen, el Señor lo acepta y repite las palabras del Legislador: "Haz esto, y vivirás." Pero el hombre no lo ha hecho y es consciente de que no lo ha hecho. En cuanto a Dios, él está alejado; el hombre se aparta de Él con facilidad; le rendirá algunos  servicios exteriores, y se jactará de ellos. Pero el hombre está cerca; su egoísmo le hace comportarse conforme a la interpretación de este precepto, el cual, si se observara, sería su felicidad - hacer de  este mundo en una clase de paraíso. La desobediencia a este precepto se repite a cada momento, en las circunstancias de cada día, lo cual hace que este egoísmo actúe. Todo lo que le rodea (sus vínculos sociales) hacen al hombre consciente de estas violaciones de estos preceptos, aunque el alma misma no se sienta turbada por ello. Aquí el corazón del intérprete de la ley se traiciona a sí mismo. ¿Quién, pregunta, es mi prójimo?

 

La gracia manifestada e introducida por el

Hombre Cristo Jesús; el amor del Buen Samaritano

 

         La respuesta del Señor exhibe el cambio moral que ha tenido lugar por la introducción de la gracia - mediante la manifestación de esta gracia en el hombre, en Su propia Persona. Nuestras relaciones los unos con los otros son medidas ahora por la naturaleza divina en nosotros, y esta naturaleza es amor. El hombre bajo la ley se medía por la importancia que él se daba a sí mismo, lo que es siempre opuesto al amor. La carne se gloriaba de una cercanía a Dios que no era real, que no pertenecía a la participación de Su naturaleza. Por otra parte, el sacerdote y el levita pasan de largo. El Samaritano, despreciado como tal, no preguntó quién era su prójimo. El amor que estaba en su corazón hacía de él un prójimo para cualquiera que estuviese en necesidad. Esto es lo que Dios mismo hizo en Cristo; pero entonces, las diferencias legales y carnales desaparecieron ante este principio. El amor que actuaba según sus propios impulsos halló la ocasión de ejercerse en la necesidad que vino ante él.

         Aquí termina esta parte de los discursos del Señor. Un nuevo asunto comienza en el versículo 38.

 

Capítulos 10:38 - 11:13

 

Los dos grandes medios de bendición:

la Palabra y la oración

 

         Desde ese versículo hasta el final del versículo 13 en el capítulo 11, el Señor da a conocer a Sus discípulos los dos grandes medios de bendición - la Palabra y la oración. En relación con la Palabra, hallamos la energía que se une al Señor, a fin de recibirla de Él mismo, y que deja todo para escuchar Su Palabra, porque el alma es asida por las comunicaciones de Dios en gracia. Podemos observar que estas circunstancias están relacionadas con el cambio que había sido obrado en aquel momento solemne. El recibimiento de la Palabra ocupa el lugar de las atenciones debidas al Mesías. Estas atenciones eran requeridas por la presencia de un Mesías en la tierra; pero, viendo la condición en que estaba el hombre (pues él rechazó al Salvador), él necesitaba la Palabra; y Jesús, en Su amor perfecto, no permitirá nada más. Para el hombre, para la gloria de Dios, sólo era necesaria una cosa, y es esta cosa lo que Jesús desea. En cuanto a Él, hubiera dejado todo por tener esa cosa. Pero Marta, aunque preparaba para el Señor, lo que seguramente estaba correcto, con todo, ella muestra qué gran cantidad del yo es inherente a esta clase de cuidados; pues no le gustaba tener que ocuparse de todo.

 

La oración enseñada a los discípulos

 

         La oración que Él enseñó a Sus discípulos (cap. 11) se refiere también a la posición en la que entraron antes de ser dado el Espíritu Santo [32]. Jesús mismo oró, como el hombre  dependiente en la tierra. Él no había recibido aún la promesa del Padre, a fin de derramarla sobre Sus discípulos, y no pudo hacerlo hasta Su ascensión al cielo. Éstos, sin embargo, están en relación con Dios como Padre de ellos. La gloria de Su nombre, la venida de Su reino, tenían que mantener ocupados sus primeros pensamientos. Dependían de Él para su pan diario. Necesitaban perdón, y ser guardados de la tentación. La oración contenía el deseo de un corazón sincero delante de Dios; la necesidad corporal confiada al cuidado del Padre de ellos; la gracia requerida para su andar cuando hubiesen pecado, y para que no se manifestase su carne, que fueran salvados del poder del enemigo.

 

[32] El deseo de tener una forma de oración dada por el Señor ha llevado a una corrupción del texto aquí, reconocida por todos los que lo han investigado seriamente (con el objetivo de conformar la oración dada aquí a aquella presentada en Mateo). Reza así: 'Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, el pan nuestro de cada día dánoslo hoy, y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos metas en tentación.

 

Perseverancia en oración al Padre

 

         El Señor insiste luego sobre la perseverancia, que las peticiones no debían ser las de un corazón indiferente al resultado. Les asegura que sus oraciones no serían en vano; también, que su Padre celestial daría el Espíritu Santo a aquellos que lo pidieran. Los pone en Su propia relación en la tierra con Dios. Escuchando a Dios, demandando de Él como Padre - se trata del todo de la vida práctica cristiana.

 

Capítulo 11: 14-54

 

Echando fuera demonios

 

         Después, las dos grandes armas de Su testimonio son mostradas, a saber, la expulsión de demonios, y la autoridad de Su Palabra. Él había manifestado el poder que echaba fuera demonios; ellos lo atribuyeron al príncipe de los demonios. Sin embargo, Él había atado al hombre fuerte; Él había saqueado sus bienes, y esto probó que verdaderamente el reino de Dios había llegado. En un caso tal  como éste, habiendo venido Dios para liberar al hombre, todo tomaba su verdadero lugar; o bien todo era del diablo, o todo era del Señor. Además, si el espíritu inmundo había salido y Dios no estaba allí, el espíritu malo volvería con otros más malos que él; y el postrer estado sería peor que el primero.

 

La autoridad de la Palabra proclamada;

los motivos de los que la oían

 

         Estas cosas estaban sucediendo en aquel momento. Pero los milagros no eran todo. Él había proclamado la Palabra. Una mujer, sensible al gozo de tener un hijo como Jesús, declara en voz alta el valor de una relación tal con Él según la carne; el Señor pone esta bendición, como lo hizo en el caso de María, sobre aquellos que oían y guardaban Su Palabra. Los Ninivitas habían oído a Jonás, la reina de Saba a Salomón, sin siquiera haberse obrado un milagro, y uno mayor que Jonás estaba ahora entre ellos. Había dos cosas allí - el testimonio claramente exhibido (vers. 33), y los motivos que gobernaban a aquellos que le oían. Si la luz verdadera resplandecía plenamente en el corazón, no quedaba ninguna tiniebla en él. Si la verdad perfecta era presentada conforme a la sabiduría propia de Dios, era el corazón el que la rechazaba. El ojo era maligno. Los conceptos y motivos de un corazón alejado de Dios solamente lo oscurecían: un corazón que no tuviera más que un objeto, Dios y Su gloria, estaría lleno de luz. Además, la luz no sólo se manifiesta, sino que ilumina todo a su alrededor. Si la luz de Dios estuviera en el alma, estaría llena de ella y no teniendo parte alguna de tinieblas.

 

En casa del Fariseo; juicio que sigue al rechazo

 

         Versículos 37-52. Invitado a la casa del Fariseo, Él juzga la condición de la nación, y la hipocresía de su pretendida justicia, poniendo Su dedo sobre la blanqueada ostentación y la codicia interior y el egoísmo, al hacer que la ley de Dios fuese una carga para otros, mientras ellos descuidaban su cumplimiento,  anunciando la misión de los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento, el rechazo de quienes llenarían la medida de la iniquidad de Israel, y trae ante una prueba final a aquellos que hipócritamente construyeron las tumbas de los profetas cuyos padres habían dado muerte. Y entonces toda la sangre, con respecto a la cual Dios había ejercido su paciencia, enviando testimonios para iluminar al pueblo, y que había sido derramada a causa de esos testimonios, sería demandada finalmente de manos de los rebeldes. Las palabras del Señor no hicieron más que despertar la malicia de los Fariseos, quienes procuraban sorprenderle en Sus dichos. En una palabra, tenemos, por una parte, la palabra del testimonio establecida en pleno relieve, en lugar del Mesías cumpliendo las promesas; y, por otra, el juicio de una nación que había rechazado ambas cosas, y que rechazaría también incluso aquello que les sería enviado después para hacerles regresar.

 

Capítulo 12

 

Los discípulos estimulados en el lugar de testimonio

en el mundo

 

         El capítulo 12 sitúa a los discípulos en este lugar de testimonio por el poder del Espíritu Santo, y con el mundo en oposición a ellos, después de la partida del Señor. Se trata de la Palabra y del Espíritu Santo, en vez del Mesías en la tierra. No debían temer la oposición, ni confiar en ellos mismos, sino que debían temer a Dios y confiar en Su ayuda; y el Espíritu Santo les enseñaría qué decir. Todas las cosas serían reveladas. Dios alcanza al alma: el hombre sólo puede tocar el cuerpo. Aquí, aquello que va más allá de las promesas presentes, la relación del alma con Dios, es puesta en consideración. Se trata de salir del Judaísmo para estar ante Dios. El llamamiento de ellos era a manifestar a Dios en el mundo a toda costa - manifestar a Él a la fe antes de que todas las cosas fuesen manifestadas. Esto podría resultar en una gran cantidad de sufrimientos y problemas delante de los hombres: Jesús los confesaría delante de los ángeles. Se trata de traer a los discípulos a la luz como Dios está en ella, y al temor de Dios mediante la Palabra, y a la fe, cuando el poder del mal estuviese presente; todo ese mal, por muy secreto que fuese, sería traído a la luz.

         No sólo esto. La blasfemia contra el testimonio dado sería, en el caso de ellos, peor que blasfemar a  Cristo. Esto podría ser perdonado (en realidad ha sido, y les será perdonado a los Judíos al final como nación); pero todo aquel que hablase blasfemando contra el testimonio de los discípulos, blasfemaba contra el Espíritu Santo. Esto no sería perdonado. Pero el Señor trata con el corazón de ellos así como con su conciencia. Él les anima mediante tres cosas: la primera, la protección de Aquel que contaba los cabellos de su cabeza, cualesquiera que pudiesen ser las pruebas de su fe; en segundo lugar, el hecho  de que, en el cielo y ante los ángeles, su fidelidad a Cristo en esta dolorosa misión sería reconocida por Él; y en tercer lugar, la importancia de su misión, siendo el rechazo de ella mucho más condenatorio  que el rechazo de Cristo mismo. Dios había dado un paso, y un paso final, en Su gracia y en Su testimonio. El hecho de traer a la luz todas las cosas, el cuidado divino, el hecho de ser ellos  confesados por Cristo en el cielo, el poder del Espíritu Santo con ellos - éstos son los motivos y los estímulos dados aquí a los discípulos para su misión después de la partida del Señor.

 

La importancia del alma y la vida futura

 

         Lo que sigue a continuación expone aún más intensamente la posición en la que los discípulos fueron situados, conforme a los consejos de Dios, por el rechazo de Cristo (vers. 13). El Señor se niega formalmente a   ejecutar justicia en Israel. Éste no era Su lugar. Él trata con almas, y dirige su atención a otra vida que dura más que la vida presente; y, en lugar de dividir la herencia entre los hermanos, Él advierte a la multitud que se guarde de la codicia, enseñándoles mediante la parábola del hombre rico, el cual fue repentinamente llamado desde allí en medio de sus proyectos. ¿Qué pasó con su alma?

 

Los grandes principios prácticos que guían

el andar de los discípulos

 

         Pero, habiendo establecido esta base general, Él se vuelve a Sus discípulos y les enseña los grandes principios prácticos que tenían que dirigir su andar. No debían pensar en el mañana, sino confiar en Dios. Además, no tenían poder sobre el mañana. Que ellos busquen el reino de Dios, y todo lo que necesitasen les sería añadido. Ésta era su posición en el mundo que le rechazó a Él. Pero, además, el corazón del Padre se interesaba en ellos: no tenían nada que temer. Extranjeros y peregrinos aquí, el tesoro de ellos tenía que estar en el cielo; y, de este modo, su corazón estaría también allí [33].

 

[33] Observen aquí que el corazón persigue su tesoro. No es, como dicen los hombres, que donde está tu corazón está tu tesoro  - mi corazón no está en él; sino, "donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón."

 

         Además de esto, ellos tenían que esperar al Señor. Tres cosas debían influenciar sus almas: el Padre les daría el reino, el tesoro del corazón de ellos en el cielo, y la expectación del regreso del Señor. Hasta que el Señor viniera, se les pedía que velaran - que tuvieran sus lámparas encendidas; toda su posición debería manifestar el efecto de la continua espera del Señor - debería expresar esta expectación. Ellos debían ser como hombres que le esperaban a Él, con sus lomos ceñidos; y en ese caso, cuando todo esté conforme al propio corazón del Señor, cuando todo sea restablecido mediante Su poder, y ellos traídos a la casa de Su Padre, Él los sentaría, y, a Su turno, se ceñiría para servirles.

 

Esperando a Cristo, la actitud del corazón

 

         Es muy importante fijar la atención del lector sobre el punto, que lo que el Señor busca aquí no es el tener en mente, por muy claro que esto sea, la venida del Señor al fin del siglo, sino que el Cristiano debería estar esperándole, en una profesión plena de Cristo, y teniendo su corazón espiritualmente en orden. A éstos, el Señor hará que se sienten como convidados, pero estos para siempre, en la casa de Su Padre, donde Él los ha traído, y en amor Él mismo les servirá la bendición. Este amor hará que las bendiciones sean diez mil veces más preciosas, recibidas todas ellas de Su mano. Al amor le agrada servir, al egoísmo ser servido. Pero Él no vino para ser servido. A este amor Él nunca renunciará. Nada puede ser más exquisito que la gracia expresada en estos versículos 35 y 37. [34]

 

[34] Tenemos aquí la porción celestial de aquellos que esperan al Señor durante Su ausencia. Es el carácter del verdadero discípulo en su aspecto celestial, así como el servicio es en la tierra.

Observen también que el Señor fue un siervo aquí abajo. Según Juan 13, Él llega a ser un siervo cuando asciende al cielo, un Abogado, para lavar nuestros pies. En ese lugar, Él se hace a Sí mismo siervo para nuestra bendición en el cielo. En Éxodo 21, si el siervo que había cumplido su servicio no deseaba salir libre, él era llevado a los jueces, y reclinado sobre la puerta una lesna le horadaba la oreja como señal de perpetua servidumbre. Jesús había cumplido Su servicio perfectamente para Su Padre al final de Su vida en la tierra. En el Salmo 40, 'oídos fueron abiertos' (es decir, un cuerpo preparado, lo cual es la posición de obediencia: comparar con Filipenses 2). Esto es la encarnación. Ahora bien, Su servicio había concluido en Su vida en la tierra como hombre, pero Él nos amó demasiado  - Él amó a Su Padre demasiado en el carácter de siervo - como para abandonar este carácter; y en Su muerte, Su oreja, según Éxodo 21, fue horadada, y Él se hizo siervo para siempre - un hombre para siempre - para lavarnos los pies ahora: en un futuro en el cielo, cuando nos tomará a Sí mismo según el pasaje que estamos considerando. ¡Qué glorioso retrato del amor de Cristo!

 

La expectativa del regreso del Señor

con fidelidad en el servicio

 

         En la pregunta de Pedro, deseoso de saber a quiénes Jesús dirigía estas enseñanzas, el Señor le remite a la responsabilidad de aquellos a los que Él encomendó deberes durante Su ausencia. De este modo, tenemos las dos cosas que caracterizan a los discípulos tras el rechazo de Cristo - la expectación de Su regreso, y el servicio. La expectación, la vigilancia que vela con los lomos ceñidos para recibirle, halla su recompensa en el reposo, y en la fiesta (la felicidad ministrada por Él) en la que Jesús se ciñe para servirles; fidelidad en el servicio, al tener mando sobre todo lo que pertenece al Señor de gloria. Hemos visto, aparte de estas relaciones especiales entre el andar de los discípulos y su posición en el mundo venidero, la verdad general de la renunciación al mundo en el cual el Salvador había sido rechazado, y la posesión del reino mediante el don del Padre.

 

Siervos infieles y su Maestro

 

         En lo que Él dice después acerca del servicio de aquellos que llevan Su nombre durante Su ausencia, el Señor también señala a los que estarán en esta posición, pero que serán infieles; caracterizando así a aquellos que, mientras ejercían públicamente el ministerio en la Iglesia, tendrían su parte con los incrédulos. El secreto del mal que caracteriza su incredulidad se encontraría en esto, en que sus corazones desecharían el retorno de Jesús, en lugar de desearlo y apresurarlo mediante sus aspiraciones, y servirle con humildad en el deseo de ser hallados fieles. Ellos dirán, Él no viene inmediatamente, y, en consecuencia, harán su propia voluntad, se acomodarán al espíritu del mundo, y asumirán autoridad sobre sus consiervos. ¡Qué retrato de lo que ha ocurrido! Pero su Maestro (porque Él lo era, aunque ellos no le hayan servido de veras), vendría en el momento en que no le esperaban, y como un ladrón en la noche; y, aunque profesando ser Sus siervos, ellos deben tener su parte con los incrédulos. No obstante, habría una diferencia entre los dos; pues el siervo que conocía la voluntad de su propio Maestro, y no se preparó para Él, como fruto de sus esperanzas, y no llevó a cabo la voluntad de su Maestro, sería severamente castigado; mientras que aquel que no poseía el conocimiento de Su voluntad, sería castigado con menor severidad. He añadido la palabra 'propio' a la palabra 'Maestro' según el original, lo cual da a entender una relación reconocida con el Señor, y sus consiguientes obligaciones. El otro ignoraba la voluntad explícita del Señor, pero cometió el mal que de ningún modo debería haber cometido. Se trata de la historia de los siervos verdaderos y falsos de  Cristo, de la Iglesia profesante, y del mundo en general. Pero no puede haber un testimonio más solemne en cuanto a lo que trajo la infidelidad dentro de la iglesia, y la condujo a su ruina y al juicio venidero, a saber, el abandono de la expectación presente de la venida del Señor.

         Si van a ser pedidas cuentas a las personas que hayan actuado según sus ventajas, ¿quién de ellas será tan culpable como aquellas que se llaman a sí mismas ministros del Señor, si no le sirven como esperando Su retorno?

 

El Señor rechazado viene a traer conflicto

y fuego a la tierra

 

         No obstante, el Señor rechazado de este modo, había venido a traer conflicto y fuego en la tierra. Su presencia encendía este fuego incluso antes de que se cumpliera Su rechazo, en el bautismo de muerte por el cual Él tenía que pasar. Sin embargo, no fue sino hasta después de esto que Su amor tendría plena libertad para mostrarse en poder. Así, Su corazón, el cual era amor conforme a la infinidad de la Deidad, fue constreñido hasta que la expiación le dio libre curso, y al cumplimiento de todos los propósitos de Dios, en los cuales Su poder había de ser manifestado conforme a ese amor, y para los que esta expiación era absolutamente necesaria como la base de la reconciliación de todas las cosas en el cielo y en la tierra. [35]

 

[35] Es de bendición ver aquí, sea cual fuere el mal en el hombre, como esto conduce, después de todo, al cumplimiento de los consejos de Su gracia. La incredulidad del hombre hizo retroceder el amor divino dentro del corazón de Cristo, sin debilitarse, por cierto, pero incapaz de fluir y expresarse; pero su efecto pleno en la cruz hizo que fluyera sin ser obstaculizado, en la gracia que reina por la justicia, hacia los más viles. Es un pasaje singularmente interesante y bendito.

 

La maldad del corazón humano hecha salir

por la presencia del Salvador

 

         Versículos 51-53. Él muestra detalladamente las divisiones que resultarían de Su misión. El mundo no soportaría más la fe en el Salvador de lo que soportó al Salvador mismo, quien era su objeto y a quien la fe confesaba. Es bueno notar de qué manera la presencia del Salvador hace salir el mal del corazón humano. El estado descrito aquí lo encontramos en Miqueas, la descripción del más terrible estado concebible del mal (Miqueas 7:1-7).

 

Advertencia de las señales existentes de los tiempos

 

         Él, entonces, se dirige al pueblo, para prevenirlos sobre las señales que existían en los tiempos en que vivían. Él pone este testimonio sobre un terreno doble: las señales evidentes que Dios daba; y las pruebas morales que, incluso sin las señales, la conciencia debía reconocer, y que los obliga así a recibir este testimonio.

         Pero siempre ciegos, se hallaban de camino hacia el juez. Una vez entregados, no iban a salir hasta que el castigo de Dios fuese ejecutado plenamente sobre ellos [36] (comparar con Isaías 40:2).

 

[36] Resumamos aquí, en una nota, el contenido de estos dos capítulos para que podamos entender mejor la enseñanza contenida en ellos. En el primero (12) el Señor habla, para apartar de este mundo los pensamientos de todos - a los discípulos,  dirigiéndolos hacia Aquel que tenía poder sobre el alma así como sobre el cuerpo, y les anima con el conocimiento del fiel cuidado de su Padre, y de Sus propósitos de darles el reino; mientras tanto, debían ser extranjeros y peregrinos, sin mostrarse ansiosos ante lo que sucedía alrededor - a la multitud, les habla mostrándoles que el hombre más próspero no podía asegurarse ni un día de vida. Pero Él añade algo positivo. Sus discípulos debían esperarle día a día, constantemente. No sólo el cielo sería su porción, sino que allí poseerían todas las cosas. Ellos se sentarán a la mesa, y Él mismo les servirá. Ésta es la porción celestial de la Iglesia al regreso del Señor. Ella ha de mantenerse en servicio hasta que Él venga - un servicio que precisa una vigilancia incesante; entonces será Su turno para servirles. Seguidamente tenemos la herencia de ellos, y el juicio de la Iglesia profesante y del mundo. Su enseñanza produjo división, en lugar de establecer el reino en poder. Pero Él debía morir. Esto nos conduce a otro asunto - el juicio presente de los Judíos. Ellos estaban en el camino, con Dios, hacia el juicio (cap. 13). El gobierno de Dios no se manifestaría poniendo en evidencia a los impíos en Israel mediante juicios parciales. Todos perecerían, a menos que se arrepintieran. El Señor estaba cultivando la higuera para el año final; si el pueblo de Dios no producía fruto, ella echaba a perder Su jardín. Hacer de la ley un pretexto en oposición a la presencia de un Dios con ellos (que incluso era Aquel que les había dado la ley), era hipocresía. El reino no iba a ser establecido mediante la manifestación del poder del Rey en la tierra. Este reino crecería a partir de una minúscula semilla hasta llegar a ser un inmenso sistema de poder en la tierra, y una doctrina que, como sistema, penetraría toda la masa.

Sobre la pregunta que se hizo acerca de si el remanente era numeroso, Él insiste en que hay que entrar por la puerta angosta de la conversión, y de la fe en Él mismo, pues muchos buscarían entrar en el reino y no podrían: una vez que el Padre de familia se hubiera levantado y cerrado la puerta (es decir, Cristo siendo rechazado por Israel), en vano dirían que Él había estado en sus ciudades. Los hacedores de maldad no entrarían en el reino. El Señor está hablando aquí enteramente acerca de los Judíos. Ellos verán a los patriarcas, a los profetas - incluso a Gentiles de todas partes - en el reino, y ellos estarían fuera. No obstante, el cumplimiento del rechazo de Cristo no dependió de la voluntad del hombre, del falso rey que buscaba, por la información de los Fariseos, librarse de Él. Los propósitos de Dios y ¡ay! la maldad del  hombre, se cumplieron juntamente. Jerusalén tenía que llenar la medida de su iniquidad. No podía ser que un profeta muriese si no era en Jerusalén. Pero más tarde, el someter a prueba al hombre en su responsabilidad concluye en el rechazo de Jesús. Él habla, en un lenguaje conmovedor y magnífico, como Jehová mismo. ¡Cuántas veces este Dios de bondad habría juntado a los hijos de Sión bajo Sus alas, y no quisieron! Hasta donde dependió de la voluntad del hombre, fue una completa separación y desolación. Y de hecho así fue. Todo había terminado ahora para Israel con Jehová, pero no para Jehová con Israel. Era la parte del profeta contar con la fidelidad de su Dios y - seguro de que esta no podía fallar, y que, si los juicios venían, sólo sería por un tiempo - podía decir: "¿Hasta cuándo?" (Isaías 6:11; Salmo 79:5). La angustia es completa cuando no hay fe, no hay nadie que diga: "¿Hasta cuándo?" (Salmo 74:9). Pero aquí, el mismo gran Profeta es rechazado. No obstante, afirmando Sus derechos de gracia, como Jehová, Él les declara, sin ser preguntado, el fin de su desolación: "no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor." Esta repentina manifestación de los derechos de Su divinidad, y de Su divinidad misma, en gracia, cuando en cuanto a su responsabilidad todo estaba perdido, a pesar de Su cultivo lleno de gracia, es de una belleza insuperable. Es Dios mismo el que aparece al fin de todos Sus tratos. Vemos a partir de esta recapitulación que el capítulo 12 nos entrega la porción celestial de la iglesia, el cielo, y la vida venidera: el capítulo 13 añade a ello (con los versículos 54-59 del capítulo 12), el gobierno de Israel y el de la tierra, con la forma exterior de aquello que los sustituiría aquí abajo.

 

Capítulo 13

 

La higuera en la viña de Dios;

la falta de fruto seguida por el juicio justo

 

         Ahora, en este momento, ellos le recordaron al Señor un juicio terrible que había caído sobre alguno de entre ellos. Él les declara que ni este caso, ni otro que Él recuerda a sus mentes, es excepcional: que a menos que se arrepintieran, lo mismo les sucedería a todos ellos. Y Él añade una parábola a fin de hacerles comprender su posición. Israel era la higuera en la viña de Dios. Por tres años Él había estado amenazando con cortarla; ella no hacía más que estropear Su viña - no hacía más que estorbar y cubrir inútilmente el terreno. Pero Jesús estaba intentando, por última vez, todo lo que se podía hacer para que diese fruto; si esto no tenía éxito, la gracia no podía más que dejar paso al justo juicio del Dueño de la viña. ¿Por qué cultivar lo que sólo perjudicaba?

 

Gracia y poder mostrados al individuo

 

         Sin embargo, Él actúa en gracia y en poder para con la hija de Abraham, conforme a las promesas hechas a aquel pueblo, y demuestra que su resistencia, con la que pretendían enfrentar la ley y la gracia, era solamente hipocresía.

 

Profesión y doctrina exteriores en el reino de Dios

 

         Sin embargo, el reino de Dios iba a asumir una forma inesperada a consecuencia de Su rechazo. Sembrado mediante la Palabra, y al no ser introducido el poder, crecería en la tierra hasta que llegaría a ser un poder mundano; y, como una profesión y una doctrina exteriores, penetraría toda la esfera preparada para ella en los consejos soberanos de Dios. Ahora bien, no se trataba del reino establecido en poder actuando en justicia, sino de algo dejado a la responsabilidad del hombre, aunque los consejos de Dios se estuvieran cumpliendo.

 

La puerta angosta del reino

 

         Finalmente, el Señor trata, de manera directa, la cuestión de la posición del remanente y de la suerte de Jerusalén (versículos 22-35).

         Mientras pasaba por las ciudades y aldeas, cumpliendo la obra de gracia, a pesar del desprecio del pueblo, alguien le preguntó si el remanente, aquellos que escaparían del juicio de Israel, iban a ser muchos. Él no contesta en cuanto a la cantidad; pero se dirige a la conciencia de aquel que pregunta  instándole a que usara toda su energía para que pudiera entrar por la puerta angosta. No sólo la multitud no entraría, sino que muchos, despreciando esa puerta, desearían entrar en el reino y no podrían hacerlo. Y además, una vez que el padre de familia se hubiera levantado y cerrado la puerta, sería demasiado tarde. Él les diría: "No sé de dónde sois." Ellos alegarían que Él había estado en su ciudad. Él declararía que no los conocía, que eran hacedores de maldad: no había paz para los impíos (Isaías 57:21). La puerta del reino era moral, real ante Dios - la conversión. La multitud de Israel no entraría por esta puerta; y fuera, llorando y angustiados, verían a los Gentiles sentándose con los depositarios de las promesas, mientras ellos, los hijos del reino según la carne, eran excluidos, y tanto más miserables por haber estado cerca. Y aquellos que parecían ser los primeros serían postreros, y los postreros serían primeros.

 

La última visitación; la suerte de Jerusalén predicha

 

         Los Fariseos, fingiendo consideración para con el Señor, le aconsejan que se vaya. Acto seguido, Él se refiere finalmente a la voluntad de Dios en cuanto al cumplimiento de Su obra. No se trataba del poder del hombre sobre Él. Él cumpliría Su obra, y se marcharía; porque Jerusalén no conoció el tiempo de su visitación. Él mismo, el verdadero Señor, Jehová, ¡cuántas veces quiso juntar a los hijos de esta ciudad rebelde bajo Sus alas, y ellos no quisieron! Ahora este último intento en gracia se cumplió, y su casa  dejada desierta, hasta que se arrepintiesen, y, volviéndose al Señor, dijesen según el Salmo 118: "Bendito el que viene en el nombre de Jehová." Entonces Él aparecerá, y ellos le verán.

         Nada puede ser más evidente que la relación y la fuerza de estas conversaciones. Para Israel fue el último mensaje, la última visitación de Dios. Ellos la rechazaron. Fueron abandonados por Dios (aunque  amados aún) hasta que invoquen a Aquel que habían rechazado. Entonces, ese mismo Jesús aparecería otra vez, e Israel le vería. Éste sería el día que el Señor había hecho.

         Su rechazo - admitiendo el establecimiento del reino como un árbol y como levadura, durante su ausencia - produjo su fruto entre los Judíos hasta el fin; y el avivamiento que se producirá entre esa nación en los últimos días, y el retorno de Jesús ante el arrepentimiento de ellos, se referirán a aquel gran hecho de pecado y rebelión. Pero esto hace surgir más enseñanzas importantes con respecto al reino.

 

Capítulo 14

 

Los derechos de la gracia; la hipocresía juzgada;

el lugar del Cristiano en este mundo

 

Algunos detalles morales son explicados en este capítulo [37].

 

[37] Los capítulos 15-16 presentan la energía soberana de la gracia, sus frutos, y sus consecuencias, en contraste con toda la aparente bendición terrenal, y el gobierno de Dios en la tierra en Israel, y el antiguo pacto. El capítulo 14, antes de entrar en  esta completa revelación, nos muestra el lugar que debemos ocupar en un mundo como éste, en vista de la justicia distributiva de Dios, y del juicio que Él ejecutará cuando regrese. La exaltación propia en este mundo conduce a la humillación. Humillarse a uno mismo - ocupando el lugar más bajo conforme a lo que somos, por una parte, y por otra, actuar en amor - conduce a la exaltación de parte de Aquel que juzga moralmente. Después de esto, tenemos presentada ante nosotros, la responsabilidad que fluye de la presentación de la gracia; y lo que cuesta esto en mundo como este. En una palabra, existiendo allí el pecado, la  exaltación de uno mismo, la exaltación propia, ministra a favor de éste; es egoísmo, y amor al mundo en el que se desenvuelve. Uno se hunde moralmente. Es estar moralmente lejos de Dios. Cuando el amor actúa, lo hace representando a Dios a los hombres de este mundo. Sin embargo, es a costa de todas las cosas que nos convertimos en Sus discípulos.

 

         El Señor, siendo invitado a comer con un Fariseo, vindica los derechos de la gracia sobre aquello que era el sello del antiguo pacto, juzgando la hipocresía que de todas formas quebrantaba el día de reposo cuando el propio interés de ellos estaba  en consideración. Él muestra, entonces, el espíritu de humildad y mansedumbre que convenía al hombre en presencia de Dios, y la unión de este espíritu con el amor, cuando existía la posesión de ventajas mundanas. Mediante esa forma de andar, que en realidad era la Suya propia, en oposición al espíritu del mundo, el lugar de uno allí se perdería; las reciprocidades de la sociedad no existirían: pero otra hora comenzaba a amanecer a través de Su rechazo, y que, de hecho, fue su necesaria  consecuencia - la resurrección de los justos. Echados por el mundo fuera de su seno, ellos tendrían su lugar aparte en aquello que el poder de Dios efectuaría. Habría una resurrección de los justos. Entonces ellos tendrían la recompensa por todo lo que hubiesen hecho por amor al Señor y a causa de Su  nombre. Vemos la fuerza con la que esta alusión se aplica a la posición del Señor en aquel momento, preparado para ser muerto en este mundo.

 

La gran cena de gracia; las responsabilidades

de aquellos que entran en la casa de Dios

 

         Y el reino, ¿qué sería, entonces, de él? Con referencia a él en ese momento, el Señor da su imagen en la parábola de la gran cena de la gracia (versículos 16-24). Despreciado por la mayor parte de los Judíos, cuando Dios los invitó a entrar, Él buscó a los pobres del rebaño. Pero había lugar en Su casa, y  manda a buscar a los Gentiles, y manda introducirlos en ella por Su llamamiento, el cual salió en poder eficaz cuando ellos no le buscaban a Él. Se trataba de la actividad de Su gracia. Los Judíos, como tales, no tendrían parte en ella. Pero aquellos que entraban tenían que calcular el costo (vers. 25-33). Todo lo hay en este mundo debe ser abandonado; todo vínculo con este mundo debe ser roto. Cuanto más querida fuese cualquier cosa al corazón, tanto más peligrosa era, tanto más debía ser aborrecida. No significa que los afectos sean algo malo; pero, al ser rechazado Cristo por este mundo, todo lo que nos ata a la tierra ha de ser sacrificado por Él. Cueste lo que cueste, hay que seguirle a Él; y uno tiene que  aprender a aborrecer su propia vida, e incluso a perderla, antes que desmayar siguiendo al Señor. Todo se perdía en esta vida natural. La salvación, el Salvador, la vida eterna, estaban en juego. Por consiguiente, tomar uno mismo la cruz, y seguirle a Él, era la única manera de ser Su discípulo. Sin esta fe, sería mejor no empezar a edificar; y, estando conscientes de que el enemigo es exteriormente más fuerte que nosotros, deberá comprobarse si, pase lo que pase, nos atrevemos, con un firme  propósito, salirle al encuentro mediante la fe en Cristo. Se debe romper con todo lo relacionado con la carne como tal.

 

Llamados a testificar del carácter de Dios como

rechazado en Cristo

 

         Además, (vers. 34-35), ellos fueron llamados a dar un testimonio peculiar, a testificar del carácter de Dios, cuando Él era rechazado en Cristo, de lo cual la cruz fue la verdadera medida. Si los discípulos no eran también rechazados, carecían de toda dignidad. Ellos eran discípulos en este mundo para ningún otro propósito. ¿Ha mantenido la iglesia este carácter? ¡Solemne pregunta para todos nosotros!

 

Capítulo 15

 

La energía soberana de la gracia; la gracia de Dios contrastada con la justicia propia del hombre

 

         Habiendo puesto de manifiesto de este modo la diferencia de carácter entre las dos dispensaciones, y las circunstancias de la transición de la una a la otra, el Señor se vuelve a principios más elevados - a las fuentes de lo que fue introducido por gracia.

         Es, de hecho, un contraste entre las dos, así como un contraste entre los capítulos por los que hemos estado discurriendo. Pero este contraste se eleva hasta su gloriosa fuente en la propia gracia de Dios, contrastada con la miserable justicia propia del hombre.

Los publicanos y pecadores se acercan para oír a Jesús. La gracia tenía su verdadera dignidad para  aquellos que la necesitaban. La justicia propia rechazaba todo lo que no fuese tan despreciable como lo era ella, y, al mismo tiempo, rechazaba a Dios en Su naturaleza de amor. Los Fariseos y los escribas murmuraban contra Aquel que fue en Sí mismo un testimonio de esta gracia al cumplirla.

         No puedo meditar sobre este capítulo, que ha sido el gozo de tantas almas, y tema de tantos testimonios a la gracia, desde el momento en que el Señor lo pronunció, sin explayarme sobre la gracia, perfecta en su aplicación al corazón. Sin embargo, debo limitarme aquí a los grandes principios, dejando su aplicación a aquellos que predican la Palabra. Esta es una dificultad que se presenta constantemente en esta porción de la Palabra.

 

El gozo de Dios al mostrar gracia

 

         En primer lugar, el gran principio que exhibe el Señor, y sobre el cual Él fundamenta la justificación de los tratos de Dios (¡triste es el estado del corazón que lo requiere! ¡Maravillosas la gracia y la paciencia que lo da!), el gran principio, repito, es que Dios halla Su propio gozo mostrando gracia. ¡Qué respuesta al horrendo espíritu de los Fariseos que la objetaban!

         Es el Pastor quien se regocija cuando la oveja es hallada, es la mujer la que se regocija cuando la moneda está en su mano, es el Padre que se regocija cuando Su hijo está en Sus brazos. ¡Qué expresión de aquello que Dios es! ¡Cuán verdaderamente es Jesús Aquel que la da a conocer! Es en esto solo sobre lo que puede estar fundamentada toda la bendición del hombre. Es en esto que Dios es glorificado en Su gracia.

 

El amor que busca; la oveja perdida y la moneda perdida:

la obra de Cristo y la del Espíritu Santo

 

         Pero hay dos partes distintas en esta gracia - el amor que busca, y el amor con el cual uno es recibido. Las dos primeras parábolas describen el primer carácter de esta gracia. El pastor busca su oveja, la mujer su moneda: la oveja y la moneda son pasivas. El pastor busca (y la mujer también) hasta que encuentra, porque él tiene interés en el asunto. La oveja, agotada en su vagar, no tiene que dar ni un paso para volver. El pastor la pone sobre sus hombros y la lleva a casa. Él se encarga de todo, feliz por recuperar su oveja. Ésta es la mentalidad del cielo, cualquiera que sea el corazón del hombre en la  tierra. Es la obra de Cristo, el Buen Pastor. La mujer pone ante nosotros los dolores que Dios acepta en Su amor; de modo que se trata más de la obra del Espíritu, que es representada mediante la de la mujer. La lámpara es traída - ella barre la casa hasta encontrar la moneda que había perdido. Así actúa Dios en el mundo, buscando pecadores. El aborrecible y odioso celo de la justicia propia no encuentra  ningún lugar en los pensamientos del cielo, donde Dios habita, y produce, en la felicidad que le rodea, el reflejo de Sus propias perfecciones.

 

El amor que recibe; el hijo pródigo y el padre

 

         Pero aunque ni la oveja ni la moneda hacen nada por ser recuperadas, existe una obra real en el corazón de uno que es traído de regreso; pero esta obra, necesaria como ella es, para el hallazgo o incluso para la búsqueda de paz, no es aquella en la que la paz se fundamenta. Por lo tanto, el retorno y el recibimiento del pecador son descritos en la tercera parábola. La obra de gracia, llevada a cabo solamente por el poder de Dios, y completa en sus efectos, nos es presentada en las dos primeras. Aquí el pecador regresa, con sentimientos que examinaremos ahora - sentimientos producidos por la gracia, pero que nunca se elevan a la altura de la gracia manifestada en su recibimiento hasta que él no ha regresado.

 

El corazón del padre: la única medida de los modos de Dios

 

         En primer lugar, se describe su alejamiento voluntario de Dios. Aun cuando es culpable en el momento en que cruza el umbral paterno, volviendo su espalda a su padre, como cuando comía algarrobas con los cerdos, el hombre, engañado por el pecado, es presentado aquí en el último estado de degradación al que le había llevado el pecado. Habiendo malgastado todo lo que cayó en sus manos según la naturaleza, la indigencia en que se encuentra (y muchas almas sienten la gran hambre en la que se han introducido, la vaciedad de todo alrededor sin un deseo de Dios ni de santidad, y a menudo introducidas en lo que es degradante en el pecado) no le inclina hacia Dios, sino que le conduce a buscar un recurso en aquello que el país de Satanás (donde nada es gratis) puede suplir; y él se encuentra entre los cerdos. Pero la gracia opera; y se despierta en su corazón el pensamiento acerca de la felicidad de la casa de su padre, y de la bondad que bendecía todo lo que la rodeaba. Donde obra el Espíritu de Dios, siempre se encuentran dos cosas, la convicción en la conciencia y la atracción del  corazón. Es realmente la revelación de Dios al alma, y Dios es luz y Él es amor; como luz, se produce  convicción en el alma, pero como amor existe la atracción de la bondad, y se produce una confesión verdadera. No se trata meramente de que hemos pecado, sino que tenemos que ver con Dios, y lo deseamos, pero tememos por causa de lo que Él es, con todo, somos conducidos a ir. Así ocurre con la mujer del capítulo 7. Así con Pedro en la barca. Esto produce la convicción de que estamos pereciendo, y una conciencia, que puede ser débil, sin embargo verdadera, de la bondad de Dios y de la felicidad a ser encontrada en Su presencia, aunque no podemos sentirnos seguros de ser recibidos; y nosotros no permanecemos en el lugar donde estamos pereciendo. Hay la conciencia del pecado, hay humillación; la conciencia de que hay bondad en Dios; pero no la conciencia de lo que la gracia de Dios es verdaderamente. La gracia atrae - uno va hacia Dios, pero uno quedaría satisfecho en ser recibido  como un siervo - una prueba de que, aunque el corazón es trabajado por la gracia, éste no ha  encontrado aún a Dios. Además, el progreso, aunque sea real, nunca da paz. Hay un cierto reposo de corazón al ir; pero uno no sabe qué recibimiento esperar, después de haber sido culpable de dejar a Dios. Cuanto más se acercaba el hijo pródigo a la casa, tanto más palpitaría su corazón al pensar en encontrarse con su padre. Pero el padre se adelanta a su llegada, no según el abandono de su hijo, sino conforme a su propio corazón como un padre - la única medida de los modos de Dios para con nosotros. Él estaba echado sobre el cuello de su hijo mientras este último llevaba aún sus andrajos, y antes de que éste hubiese tenido tiempo de decir, "hazme como a uno de tus jornaleros." Ya no era tiempo de decirlo. Esto pertenecía a un corazón que se anticipaba a la manera en que iba a ser recibido, no a uno que había encontrado a Dios. Un corazón tal sabe cómo ha sido recibido. El hijo pródigo se las arregla para decirlo (así como la gente habla de un humilde anhelo, y de un humilde lugar); pero aunque la confesión se completa cuando él llega, no dice entonces 'hazme un jornalero.' ¿Cómo podía él hacerlo? El corazón del padre había decidido su posición mediante sus propios sentimientos, mediante su amor hacia él. La posición del padre decidió la del hijo. Esto fue entre él y su hijo; pero esto no fue todo. Él amaba a su hijo, aún como era, pero no lo introdujo en la  casa en aquella condición. El mismo amor que le recibió como un hijo le haría entrar en la casa como un hijo, y del modo que debía entrar un hijo de un padre tal. Los sirvientes reciben órdenes de traerle el mejor vestido y de vestirle. Amados de este modo, recibidos por amor, en nuestra miseria, nosotros  somos vestidos de Cristo para entrar en la casa. Nosotros no traemos el vestido: Dios nos lo proporciona. Se trata de algo enteramente nuevo, y somos hechos justicia de Dios en Él. Este es el mejor vestido del cielo. Todos los demás participan en el gozo, excepto el hombre justo ante sus propios ojos, el verdadero Judío. El gozo es el gozo del padre, pero toda la casa lo comparte. El hijo mayor no está en la casa. Él se acerca, pero no va a entrar. Él no tendrá nada que ver con la gracia que hace del hijo pródigo el sujeto del gozo del amor. Sin embargo, la gracia actúa; el padre sale y le ruega que entre. Es así como Dios actuó, en el Evangelio, para con el Judío. Sin embargo, la justicia del hombre, la cual no es otra cosa que egoísmo y pecado, rechaza la gracia. Pero Dios no abandonará Su gracia. Es apropiada a Él. Dios será Dios; y Dios es amor.

         Es esto lo que ocupa el lugar de las pretensiones de los Judíos, quienes rechazaron al Señor, y el cumplimiento de las promesas en Él.

         Aquello que da paz, y que caracteriza nuestra posición, no son los sentimientos obrados en nuestros corazones, aunque ciertamente ellos existen, sino aquellos de Dios.

 

Capítulo 16

 

El efecto de la gracia en la conducta Cristiana;

el mayordomo infiel

 

         En el capítulo 16, se presenta el efecto de la gracia sobre la conducta, y el contraste que existe (al ser cambiada la dispensación) entre la conducta que el Cristianismo requiere con respecto a las cosas del mundo, y la posición de los Judíos en este aspecto. Ahora bien, esta posición era solamente la expresión de aquello que la ley ponía en evidencia en el hombre. De este modo, la doctrina  personificada por la parábola es confirmada por la historia parabólica en la historia del hombre rico y Lázaro, alzando el velo que oculta el otro mundo en el que se manifiesta el resultado de la conducta del hombre.

         El hombre es el mayordomo de Dios (es decir, Dios ha encomendado Sus bienes al hombre). Israel está, sobre todo, en esta posición.

         Pero el hombre ha sido infiel; en verdad, Israel también lo ha sido. Dios le ha retirado su mayordomía;  pero el hombre está aún en posesión de los bienes para administrarlos, por lo menos, de hecho (como Israel lo estaba en aquel momento). Estos bienes son las cosas de la tierra - aquello que el hombre puede poseer según la carne. Habiendo perdido su mayordomía a causa de su infidelidad, y estando aún en posesión de los bienes, él los utiliza para hacer amigos de entre los deudores de su amo  haciéndoles bien. Esto es lo que los Cristianos deberían hacer con las posesiones terrenales, emplearlas para los demás, poniendo sus ojos en el futuro. El mayordomo podría haberse apropiado del dinero que se le debía a su amo; él prefirió hacer amigos mediante éste dinero (es decir, sacrifica el presente por las ventajas del futuro). Podemos convertir las riquezas miserables de este mundo en medios para el  cumplimiento del amor. El espíritu de la gracia que llena nuestros corazones (siendo nosotros mismos los objetos de gracia), se ejercita con respecto a las cosas temporales, las cuales utilizamos para otros. Para nosotros es en vista a las moradas eternas. "Para que . . ., os reciban" (Lucas 16:9) equivale a decir 'para que seas recibido' - una forma común de expresión en Lucas, para designar el hecho sin hablar de los individuos que lo realizan, aunque usando la palabra "os".

 

Riquezas terrenales y celestiales

 

         Observen que las riquezas terrenales no son cosas nuestras; las riquezas celestiales, en el caso de un verdadero Cristiano, son las suyas propias. Estas riquezas son injustas, en el sentido de que pertenecen al hombre caído, y no al hombre celestial, ni tenían ningún lugar cuando Adán era inocente.

 

El contraste entre la dispensación Judía y la Cristiana

 

         Ahora bien, cuando el velo es alzado dejando ver el otro mundo, la verdad es sacada a la luz plenamente. Y el contraste entre la dispensación Judía y la Cristiana, es develada claramente; pues el Cristianismo revela aquel mundo, y, en cuanto a su principio, pertenece al cielo.

         El Judaísmo, conforme al gobierno de Dios en la tierra, prometía a los justos una bendición temporal; pero todo estaba en desorden: incluso el Mesías, la cabeza del sistema, fue rechazado. En una palabra, Israel, contemplado como puesto bajo responsabilidad, y para gozar de la bendición terrenal sobre la base de la obediencia, ha fracasado completamente. El hombre, en este mundo, ya no podía, sobre esa base, de ninguna manera, ser el medio de dar testimonio a los modos de Dios en gobierno. Habrá un tiempo de juicio terrenal, pero todavía no había llegado. Mientras tanto, la posesión de las riquezas era cualquier cosa, en lugar de ser una demostración del favor de Dios. El egoísmo personal y ¡cuán lamentable! la indiferencia hacia un hermano necesitado a su puerta, era, en cambio, la característica del hecho de poseerlas entre los Judíos. La revelación abre el otro mundo a nuestra vista. El hombre, en este mundo, está caído, es impío. Si ha recibido sus cosas buenas aquí, él tiene la porción del hombre pecador; será atormentado, mientras que el otro al cual había despreciado encontrará la felicidad en el otro mundo.

 

La historia en forma de parábola del hombre rico y Lázaro:

este mundo y el otro

 

         No se trata aquí de aquello que da derecho a entrar al cielo, sino del carácter y el contraste entre los principios de este mundo y los del mundo invisible. El Judío escogió este mundo; él ha perdido este, y también el otro. El pobre de quien había pensado en forma tan despreciativa, se encuentra en el seno de Abraham. El tenor completo de esta parábola muestra su conexión con el asunto de las esperanzas de Israel, y la idea de que las riquezas eran una prueba del favor de Dios (una idea que, aunque es  falsa en cada caso, es bastante comprensible si este mundo es la escena de bendición bajo el gobierno de Dios). El asunto de la parábola es mostrado también por lo que se encuentra al final de ella. El miserable hombre rico, desea que sus hermanos puedan ser advertidos por alguien que se hubiera levantado de entre los muertos. Abraham le declara la inutilidad de este procedimiento. Todo había terminado con Israel. Dios no ha presentado nuevamente a Su Hijo a la nación que le rechazó, despreciando a la ley y a los profetas. El testimonio de Su resurrección se enfrentó con la misma incredulidad que le había rechazado cuando vivía, así como con los profetas antes de Él. No hay  consuelo en el otro mundo si el testimonio de la Palabra a la conciencia es rechazado en este mundo. La gran sima (abismo) no puede ser cruzada. Un Señor que regresase no convencería a aquellos que habían despreciado la Palabra. Todo está relacionado con el juicio de los Judíos, el cual daría fin a la dispensación; así como la parábola anterior muestra cual debería ser la conducta de los Cristianos con respecto a las cosas temporales. Todo fluye de la gracia la cual, en amor de parte de Dios, llevó a cabo la salvación del hombre, y desechó la dispensación legal y sus principios, introduciendo las cosas celestiales.

 

Capítulo 17

 

Instrucciones para el andar Cristiano; los diez leprosos

 

         La gracia es la fuente del andar del Cristiano, y proporciona instrucciones para este andar. El Cristiano  no puede menospreciar al débil y quedar impune. No debe cansarse de perdonar a su hermano. Si tuviera fe como un grano de mostaza, el poder de Dios está, por decirlo así, a su disposición. No obstante, cuando haya hecho todo esto, no habrá hecho más que cumplir con su deber (vers. 5-10). El Señor muestra luego (vers. 11-37) la liberación del Judaísmo, el cual Él aún reconocía; y, después de eso, el juicio de éste. Él estaba pasando a través de Samaria y Galilea: diez leprosos vienen hacia Él rogándole, desde lejos, que los sanase. Él los envía a los sacerdotes. Esto fue, de hecho, tanto como decir, Ustedes están limpios. Habría sido inútil haberles declarado inmundos; y ellos lo sabían. Ellos aceptan la Palabra del Señor, y se marchan con esta convicción, y son sanados inmediatamente en el camino. Nueve de ellos, satisfechos con cosechar el beneficio de Su poder, prosiguen su camino hacia los sacerdotes, y continúan siendo Judíos, sin salir del antiguo redil. Jesús, en realidad, todavía reconocía este redil; pero ellos solamente le reconocían a Él mientras podían beneficiarse de Su presencia y quedarse donde estaban. No vieron nada en Su Persona, ni en el poder de Dios en Él, que les atrajese. Ellos siguen siendo Judíos. Sin embargo, este pobre desconocido - el décimo - reconoce la buena mano de Dios. Él cae a los pies de Jesús, dándole gloria. El Señor le dice que se vaya en la libertad de la fe: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado." Ya no necesita ir al sacerdote. Él había encontrado a Dios y la fuente de la bendición en Cristo, y se va liberado del yugo que pronto iba a ser roto judicialmente para todos.

 

El reino de Dios entre ellos

con el Rey en medio de ellos

 

         Porque el reino de Dios estaba entre ellos. Para aquellos que lo podían discernir, el Rey estaba allí en medio de ellos. El reino no vino de forma tal como para atraer la atención del mundo. Estaba allí, para que los discípulos deseasen pronto ver uno de aquellos días que habían disfrutado durante el tiempo de la presencia del Señor en la tierra, pero no lo verían. Él anuncia, entonces, las pretensiones de los falsos Cristos, habiendo sido rechazado el verdadero, de modo que el pueblo sería presa de las asechanzas del enemigo. Los discípulos no tenían que seguirlos. En relación con Jerusalén, ellos estarían expuestos a estas tentaciones, pero tenían las instrucciones del Señor como guía para pasar a través de ellas.

 

Los postreros días; el regreso del Hijo del Hombre a la tierra

en juicio discernidor, diferenciador, en la tierra

 

         Luego el Hijo del Hombre, en Su día, sería como el relámpago: pero, antes de eso, Él debe sufrir muchas cosas de parte de los Judíos incrédulos. El día sería como aquel de Lot y de Noé: los hombres estarían confiados, continuando con sus ocupaciones carnales, como el mundo sorprendido por el diluvio, y como Sodoma por el fuego del cielo. Será la revelación del Hijo del Hombre - Su revelación pública - súbita y vívida. Esto se refería a Jerusalén. Siendo advertidos así, la preocupación de ellos era escapar del juicio del Hijo del Hombre el cual, en el tiempo de Su venida, caería sobre la ciudad que le había rechazado; porque este Hijo del Hombre, a quien ellos habían desconocido, vendría de nuevo en Su gloria. No se debía mirar atrás; eso sería tener el corazón en el lugar de juicio. Mejor perderlo todo, aún la vida misma, que estar asociado con aquello que iba a ser juzgado. Si lograban escapar y salvar sus vidas mediante la infidelidad, el juicio era el juicio de Dios; Él sabría cómo alcanzarlos en su cama, y distinguir entre dos que estuvieran en una cama, y entre dos mujeres que molieran el grano de la familia en el mismo molino.

         Este carácter del juicio muestra que no es la destrucción de Jerusalén por mano de Tito lo que se da a entender. Era el juicio de Dios que podía discernir, quitar, y salvar. Ni es el juicio de los muertos, sino un juicio en la tierra: ellos están en cama, están en el molino, están en las azoteas y en los campos. Advertidos por el Señor, debían abandonar todo, y ocuparse solamente de Aquel que venía a juzgar. Si preguntaban dónde sucedería todo esto - dondequiera que yaciera el cuerpo, allí sería el juicio que vendría como un águila, la cual ellos no podían ver, pero de la cual la presa no escaparía.

 

Capítulo 18

 

La perseverancia en oración es el recurso del fiel

en el tiempo del juicio

 

         Pero, en presencia de todo el poder de sus enemigos y opresores (porque existirían los tales, como hemos visto, de modo que ellos podrían incluso perder sus vidas), había un recurso para el remanente afligido. Ellos tenían que perseverar en oración, el recurso, además, en todo momento, del fiel - el recurso del hombre, si él lo comprendiera. Dios vengaría a Sus escogidos, aunque, en cuanto al ejercicio de su fe, Él, de hecho, la probaría. Pero cuando Él venga, ¿hallará el Hijo del Hombre esta fe que esperaba Su intervención? Esa era la solemne pregunta, cuya respuesta es dejada a la responsabilidad del hombre - una pregunta que implica que apenas se podía esperar hallar esta fe, pese a que tenía que existir. No obstante, si había algo de fe que fuera aceptable a Aquel que la buscaba, esta no sería defraudada o confundida.

 

La doble presentación del reino en los postreros días;

el día del juicio de los malos

 

         Se observará que el reino (y éste es el tema) es presentado de dos maneras entre los Judíos en aquel momento - en la Persona de Jesús a la sazón presente (cap. 17:21), y en la ejecución del juicio, en el cual los escogidos serían preservados, y la venganza de Dios ejecutada en nombre de ellos. Por este motivo, ellos sólo tenían que pensar en agradarle, por muy cruel y confiado que el mundo pudiera ser. Se trata del día del juicio de los impíos, y no del día en que los justos serán arrebatados al cielo. Enoc y Abraham tipifican más este segundo día; Noé y Lot tipifican aquellos que serán preservados para vivir en la tierra; sólo que hay opresores de quienes el remanente será vengado. El versículo 31 (del capítulo 17) muestra que ellos deben pensar sólo en el juicio, y que, como hombres, no deben relacionarse con nada. Desligados de todo, su única esperanza estaría en Dios en esos momentos.

 

Caracteres adecuados al reino de Dios;

el espíritu de un niño muy pequeño

 

         El Señor reanuda entonces, en el versículo 9 del capítulo 18, la descripción de esos caracteres que eran los adecuados al reino, para entrar ahora en este reino siguiéndole a Él. A partir del versículo 35 [38], se aproxima, históricamente, la gran transición.

         Entonces, el versículo 8 del capítulo 18, pone fin a la advertencia profética con respecto a los postreros días. Después, el Señor reanuda la consideración de  los caracteres que convienen al estado de cosas introducido por la gracia. La justicia propia está lejos de ser una recomendación para entrar en el reino. El pecador más miserable, confesando su pecado, es justificado delante de Dios, más bien que aquel que exhibe su justicia propia. El que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido. ¡Qué modelo y testimonio de esta verdad fue el mismo Señor Jesucristo!

         El espíritu de un niño muy pequeño - simple, creyendo todo lo que le dicen, confiando, de poca importancia ante sus propios ojos, que tiene que ceder ante todo - este era el espíritu correcto para el reino de Dios. ¿Qué otra cosa admitiría Él?

 

[38] El caso del ciego en Jericó es, como ya observamos, el comienzo (en todos los Evangelios sinópticos) de los últimos sucesos  de la vida de Cristo.

 

El hombre principal rico, joven,

y sus bendiciones temporales

en contraste con el rechazo de Cristo

 

         Nuevamente, los principios del reino, establecido por el rechazo de Cristo, estaban en pleno contraste  con las bendiciones temporales unidas a la obediencia a la ley, excelente como era esa ley en su lugar. No había bondad alguna en el hombre: solamente Dios es bueno. El joven que había cumplido la ley en su andar exterior, es llamado a dejar todo para que pudiese seguir al Señor. Jesús conocía sus circunstancias y su corazón, y puso Su dedo en la codicia que lo gobernaba y que era alimentada por las riquezas que él poseía. Tenía que vender todo lo que poseía y seguir a Jesús; él debía tener un tesoro en el cielo. El joven se marchó triste. Las riquezas que, ante los ojos de los hombres, parecían ser una señal del favor de Dios, no fueron más que un obstáculo cuando el corazón y el cielo fueron considerados. El Señor anuncia, al mismo tiempo, que cualquiera que abandonase cualquier cosa apreciada a causa del reino de los cielos, recibiría mucho más en este mundo, y, en el venidero, la vida eterna. Podemos reparar que es solamente el principio el que es presentado aquí en referencia al reino.

 

El camino a la cruz

 

         Finalmente el Señor, en Su camino a Jerusalén, dice claramente a Sus discípulos, en privado, que Él iba a ser entregado, que iba a ser maltratado y muerto, para resucitar después. Era el cumplimiento de todo lo que los profetas habían escrito. Pero los discípulos no entendieron ninguna de estas cosas.

         Si el Señor iba a hacer que aquellos que le siguieran tomaran la cruz, no podía hacerlo si no la llevaba Él mismo. Él fue delante de Sus ovejas, en esta senda de negación propia y consagración, para preparar el camino. Él fue solo. Fue un sendero que Su pueblo no había pisado aún, ni en realidad  podían pisarlo hasta que Él no lo hubiera hecho.

 

El último acercamiento del Señor a Jerusalén

 

         La historia de Su último acercamiento a Jerusalén y de Su relación con ella, comienza ahora (vers. 35).

         Aquí, entonces, Él se presenta nuevamente como el Hijo de David, y por última vez; poniendo sobre la conciencia de la nación Sus derechos a ese título, al tiempo que manifiesta las consecuencias de Su rechazo.

 

Gracia para el ciego cerca de Jericó,

la ciudad de la maldición

 

         Cerca de Jericó [39], el lugar de maldición, Él da la vista a un ciego que cree en Su título de Hijo de David. De la misma manera, de hecho, aquellos que poseían esa fe recibieron su vista para seguirle a Él, y vieron cosas aún mayores que estas.

 

[39] En Lucas, la llegada a Jericó es expresada como un hecho general, en contraste con Su viaje general, que está en consideración desde el capítulo 9:51. En realidad, fue saliendo de Jericó que Él vio al ciego. El hecho general es todo lo que tenemos aquí, para dar a toda la historia, Zaqueo y todos, su lugar moral.

 

Capítulos 19-20

 

Gracia trayendo salvación en Jericó para los perdidos

 

         En Jericó, Él presenta la gracia a pesar del espíritu farisaico. No obstante, es como hijo de Abraham que Él señala a Zaqueo, el cual - en realidad, en una falsa posición como tal - poseía una conciencia tierna y un corazón generoso [40].

 

[40] No dudo que Zaqueo pone ante Jesús aquello que él hacía habitualmente, antes de que Jesús viniera a él. No obstante, la salvación vino ese día a su casa.

 

         Su posición, a los ojos de Jesús, no le quitó el carácter de hijo de Abraham (si tuviera ese efecto, ¿quién podría haber sido bendecido?), y no obstruyó el camino a esa salvación que había venido para salvar a los perdidos. Esta salvación entró con Jesús en la casa de este hijo de Abraham. Él trajo salvación, quienquiera que fuese heredero de ella.

 

 

La partida del Señor anunciada con anticipación;

la responsabilidad de Sus siervos en Su ausencia

 

         No obstante, Él no les oculta Su partida, y el carácter que el reino asumiría, debido a Su ausencia. En cuanto a ellos, Jerusalén y la expectativa del reino venidero, llenaban sus mentes. El Señor, por consiguiente, les explica lo que habría de suceder. Él se va a  recibir un reino y volver. Entretanto, Él encomienda algunos de Sus bienes (los dones del Espíritu) a Sus siervos para que comercien con ellos durante Su ausencia. La diferencia entre esta parábola y aquella en el Evangelio de Mateo es esta: Mateo presenta la soberanía y la sabiduría del dador, quien varía Sus dones según la aptitud de Sus siervos (Mateo 25: 14-30); en Lucas se trata más particularmente de la responsabilidad de los siervos, quienes reciben cada uno la misma suma, y uno gana con ella, en interés de su maestro, más que el otro. Conforme a esto, no se dice, como en Mateo, "entra en el gozo de tu Señor", la misma cosa a todos, y la cosa más excelente; pero a uno le es dada autoridad sobre diez ciudades; al otro, sobre cinco (es decir, una participación en el reino conforme a la labor de ellos). El siervo no pierde lo que ha ganado, aunque fuera para su maestro. Él disfruta de ello. No sucede lo mismo con el siervo que no hizo uso de su talento; aquello que le había sido confiado a él le es dado al otro que había ganado diez.

         Aquello que ganamos espiritualmente aquí, en inteligencia espiritual, y en el conocimiento de Dios en poder, no se pierde en el otro mundo. Por el contrario, recibimos más, y la gloria de la herencia nos es dada en proporción a nuestra obra. Todo es gracia.

 

Rechazo persistente de los Judíos predicho

 

         Pero, había aún otro elemento en la historia del reino. Los ciudadanos (los Judíos) no sólo rechazan al rey, sino que, cuando él se ha ido para recibir el reino, envían un mensajero tras Él para decirle que ellos no aceptarán que reine sobre ellos. De este modo los Judíos, cuando Pedro les presenta el pecado de ellos, y les declara que si se arrepentían Jesús volvería, y con Él los tiempos de refrigerio, ellos rechazan este testimonio y, por así decirlo, envían a Esteban tras Jesús para testificar que ellos no quieren tener nada que ver con Él. Cuando Él regrese en gloria, la nación perversa es juzgada ante Sus ojos. Los enemigos declarados de Cristo, ellos reciben la recompensa de su rebelión.

 

La última y personal presentación del Señor del reino,

al pueblo de Jerusalén

 

         Él había declarado lo que era el reino - aquello que iba a ser. Él viene ahora para presentarlo por última vez en Su Persona a los habitantes de Jerusalén, conforme a la profecía de Zacarías. Esta notable escena ha sido considerada en su aspecto general al estudiar Mateo y Marcos; pero algunas circunstancias particulares requieren ser notadas aquí. Todo es reunido alrededor de Su entrada. Los discípulos y los Fariseos están en contraste. Jerusalén está en el día de su visitación, y ella no lo sabe.

         Algunas notables expresiones son pronunciadas, en esta ocasión, por Sus discípulos, movidos por el Espíritu de Dios. Si hubieran guardado silencio, las piedras habrían prorrumpido proclamando la gloria del Rechazado. El reino, en sus aclamaciones de triunfo, no es simplemente el reino en su aspecto terrenal. En Mateo fue: "¡Hosanna al Hijo de David!", y "Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" Esto era, de hecho, cierto; pero aquí tenemos algo más. El Hijo de David desaparece. Él es realmente el Rey, que viene en el nombre del Señor; pero ya no se trata del remanente de Israel  que busca salvación en el nombre del Hijo de David, reconociendo Su título. Aquí es "¡...paz en el cielo, y gloria en las alturas!" El reino depende de que la paz sea establecida en los lugares celestiales. El Hijo de David, exaltado en las alturas y victorioso sobre Satanás, ha reconciliado los cielos. La gloria de la gracia en Su Persona es establecida para la eterna y suprema gloria del Dios de amor. El reino en la tierra no es sino una consecuencia de esta gloria que la gracia ha establecido. El poder que echó fuera a Satanás ha establecido la paz en el cielo. Al principio, en Lucas 2:14, tenemos, en la gracia manifestada, "¡Gloria en (lo) más alto a Dios y sobre (la) tierra paz entre (los) hombres de (su) buena voluntad *!" (Lucas 2:14 - Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español de Francisco Lacueva, Editorial CLIE). Para establecer el reino, la paz es hecha en el cielo; la gloria de Dios se establece plenamente en lo más alto.

 

* De buena voluntad. Esto es, de la benevolencia de Dios (no de los hombres)

 

El llanto del Señor sobre Jerusalén; su destrucción venidera;

la viña entregada a otros

 

         Se observará aquí que, mientras se acerca a Jerusalén, el Señor llora sobre la ciudad. No es ahora como en Mateo, donde, mientras discutía con los Judíos, Él la señala como aquella que habiendo rechazado y matado a los profetas - y también a Emanuel, el Señor, quien tan a menudo había querido reunir a sus hijos bajo Sus alas, siendo ignominiosamente rechazado - quedaba ahora abandonada a la desolación hasta Su regreso. Es la hora de su visitación, y ella no la ha conocido. ¡Si solamente hubiera oído, incluso ahora, el llamamiento del testimonio de su Dios! Es entregada, entonces, en manos de los Gentiles, sus enemigos, los cuales no dejarán en ella una piedra sobre otra. Es decir, no habiendo  conocido esta visitación de Dios en gracia en la Persona de  Jesús, ella es desechada - el testimonio no continúa - ella cede el lugar a un nuevo orden de cosas. Así, la destrucción de Jerusalén por Tito es aquí prominente. Es, también, del carácter moral del templo de lo que habla aquí el Señor. El Espíritu no pone en claro aquí que éste ha de ser el templo de Dios para todas las naciones. Se trata simplemente (cap. 20:16) de la viña dada a otros. Ellos cayeron sobre la piedra de tropiezo entonces: cuando caiga sobre ellos - cuando Jesús venga en juicio - ésta los desmenuzará.

 

Los Saduceos reciben respuesta;

la certeza de la resurrección; vida futura

 

         En Su respuesta a los saduceos, se añaden tres cosas importantes a lo que se dice en Mateo. En primer lugar, no se trata solamente de la condición de aquellos que resucitan y de la certidumbre de la resurrección; se trata de una época, la cual sólo una cierta clase, considerada digna de ella, obtendrá una resurrección separada de los justos (vers. 35). En segundo lugar, esta clase está compuesta por los hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (vers. 36). En tercer lugar, mientras esperan esta resurrección, sus almas sobreviven a la muerte; todos viven para Dios, aunque ellos puedan estar ahora ocultos a los ojos de los hombres (vers. 38).

 

Características y diferencias de los relatos de Mateo

y Lucas, de los discursos proféticos del Señor

 

         La parábola de la fiesta de bodas es omitida aquí. En el capítulo 14 de este Evangelio la hallamos con elementos característicos, una misión en las calles de la ciudad, y a los despreciados de las naciones, elementos que no están en Mateo, quien nos presenta, en cambio, el juicio de Jerusalén, antes de anunciar la evangelización de los Gentiles. Todo esto es característico. En Lucas se trata de la gracia, una condición moral del hombre ante Dios, y el orden nuevo de cosas fundamentado sobre el rechazo de Cristo. No me detendré sobre esos puntos que Lucas relata en común con Mateo. Ellos coinciden naturalmente en los grandes hechos concernientes al rechazo del Señor por los Judíos, y sus consecuencias.

         Si comparamos Mateo 23 y Lucas 20: 45-47, veremos enseguida la diferencia. En Lucas, el Espíritu nos entrega en tres versículos aquello que aparta moralmente a los escribas. En Mateo se desarrolla toda la posición de ellos con respecto a la dispensación; ya sea como teniendo un lugar, en tanto  Moisés continuase, o con referencia a su culpabilidad ante Dios en dicho lugar.

 

Capítulo 21

 

El carácter del Evangelio de Lucas es mostrado;

el período presente y su final es indicado

 

         El discurso del Señor en el capítulo 21 muestra el carácter del Evangelio de una manera peculiar. El espíritu de gracia, en contraste con el espíritu Judaico, es contemplado en el relato de la ofrenda de la viuda pobre. Pero la profecía del Señor requiere una atención más detallada. El versículo 6, como vimos al final del capítulo 19, habla sólo de la destrucción de la Jerusalén de aquel entonces. Esto también se aplica a la pregunta de los discípulos. Ellos no dicen nada del final del siglo. El Señor plantea, después,  las obligaciones y las circunstancias de Sus discípulos antes de esa hora. En el versículo 8 se dice: "El tiempo está cerca", lo cual no hallamos en Mateo (Mateo 24:4). Él entra mucho más en el detalle con respecto al ministerio de ellos durante ese período, Él les anima, les promete la ayuda necesaria. La persecución se convertiría en un testimonio para ellos. Desde la mitad del versículo 11 hasta el final del 19, tenemos detalles relativos a Sus discípulos, que no se encuentran en el correspondiente pasaje de Mateo. Estos versículos presentan el estado general de cosas en el mismo sentido, añadiendo la condición de los Judíos, especialmente de aquellos que, en mayor o menor medida, profesaban haber recibido la Palabra. Toda la corriente del testimonio, dado en relación con Israel, pero extensivo a las naciones, se encuentra en Mateo al final del versículo 14 (Mateo 24:14). En Lucas, se trata del servicio venidero de los discípulos, hasta el momento en que el juicio de Dios ponga fin a aquello que prácticamente terminó con el rechazo de Cristo.  Consecuentemente, el Señor no dice nada en el versículo 20 sobre la abominación desoladora mencionada por Daniel, pero presenta el hecho del sitio de Jerusalén y su desolación cercana - no del final del siglo, como en Mateo. Éstos eran los días de  venganza sobre los Judíos, quienes habían llegado al cenit de su rebelión al rechazar al Señor. Por lo tanto, Jerusalén sería hollada por los Gentiles, hasta que los tiempos de los Gentiles se cumplieran, es decir, los tiempos destinados a la soberanía de los imperios Gentiles conforme al consejo de Dios revelado en las profecías de Daniel. Éste es el período en el cual nosotros vivimos ahora. Hay una interrupción aquí en este discurso. Su tema principal está concluido; pero hay aún algunos acontecimientos de la última escena que han de ser revelados, los cuales cierran la historia de esta supremacía Gentil.

 

El fin de la edad; la venida del Hijo del Hombre

 

         Veremos también que, aunque sea el comienzo del juicio, del cual Jerusalén no se levantará hasta que todo se cumpla y el cántico de Isaías 40 sea dirigido a ella, no obstante, la gran tribulación no es mencionada aquí. Hay gran angustia, e ira sobre el pueblo, como fue realmente el caso en el sitio de Jerusalén por Tito; y los Judíos fueron conducidos cautivos también. No se dice tampoco:  "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días." (Mateo 24:29). Sin embargo, sin ser designada la época, pero después de haber hablado de los tiempos de los Gentiles, el fin del siglo viene. Hay señales en el cielo, angustia en la tierra, un poderoso movimiento en las olas de la población humana. El corazón del hombre, alarmado por la profecía, vislumbra las calamidades que, desconocidas aún, le están amenazando; pues todas las influencias que gobiernan a los hombres son conmovidas. Entonces ellos verán al Hijo del Hombre, una vez rechazado de la tierra, viniendo del cielo con los estandartes de Jehová, con poder y gran gloria - el Hijo del Hombre, de quien este Evangelio ha hablado continuamente. Allí acaba la profecía. No tenemos aquí la reunión de los Israelitas escogidos, los cuales fueron dispersados, y de los que habla Mateo.

 

Exhortaciones a velar;

el día de angustia, una señal de liberación para la fe

 

         Lo que viene a continuación consiste en exhortaciones, a fin de que ese día de angustia pueda ser como una señal de liberación para la fe de aquellos que, confiando en el Señor, obedecen la voz de Su siervo. La "generación" (una palabra ya explicada cuando consideramos Mateo) no pasaría hasta que todo se cumpliera. La extensión de tiempo que ha transcurrido desde entonces, y que debe transcurrir hasta el fin, es mantenido en la oscuridad. Las cosas celestiales no se miden con fechas. Además, ese momento está escondido en el conocimiento de Su Padre (Mateo 24:36).Con todo, el cielo y la tierra pasarían, pero no las palabras de Jesús. Luego, Él les dice que, mientras morasen en la tierra, deben ser vigilantes, para que sus corazones no se abrumaran por cosas que los hundirían en este mundo, en medio del cual iban a ser testigos. Porque ese día vendría como lazo sobre todos los que tuviesen su morada aquí, los que estuviesen arraigados aquí. Ellos tenían que orar y velar, a fin de escapar de todas esas cosas, y tenían que permanecer en la presencia del Hijo del Hombre. Éste es todavía el gran asunto de nuestro Evangelio. Estar con Él, como aquellos que han escapado de la tierra, estar entre los 144.000 sobre el Monte Sión, será un cumplimiento de esta bendición, pero el lugar no se menciona; así que, suponiendo que aquellos a quienes se dirigía personalmente fueran fieles a Él, la esperanza despertada por Sus palabras se cumpliría de manera más excelente ante Su presencia celestial en el día de gloria.

 

Capítulo 22

 

Acercándose al final de la vida del Señor;

los principales sacerdotes y Judas; la Pascua

 

         En el capítulo 22 comienzan los detalles del final de la vida de nuestro Señor. Los principales sacerdotes, temerosos del pueblo, buscan la forma de matarle. Judas, bajo la influencia de Satanás, se ofrece como instrumento, para que ellos puedan prenderle en ausencia de la multitud. El día de la Pascua se acerca, y el Señor prosigue con lo que pertenecía a Su obra de amor en estas inmediatas circunstancias. Pondré atención en los puntos que pertenecen al carácter de este Evangelio, en el  cambio que se produjo en relación inmediata y directa con la muerte del Señor. De este modo, Él deseó comer esta última Pascua con sus discípulos, porque no la iba a comer más hasta que se cumpliese en el reino de Dios, es decir, mediante Su muerte. No bebe más vino hasta que el reino de Dios venga. Él no dice, hasta que Él lo beba nuevo en el reino de Su Padre (como en Mateo 26:29), sino solamente que Él no lo bebería hasta que el reino viniese: precisamente como los tiempos de los Gentiles son considerados como algo presente, así también el Cristianismo aquí, el reino como es ahora, no el milenio. Observemos también qué expresión tan conmovedora de amor tenemos aquí: Su corazón necesitaba este último testimonio de afecto antes de dejarlos.

 

El fundamento del nuevo pacto

 

         El nuevo pacto está fundamentado en la sangre bebida aquí en figura. El antiguo se había acabado. Se requería sangre para establecer el nuevo. Al mismo tiempo, hay que decir que el pacto mismo no fue establecido; pero todo fue hecho de parte de Dios. La sangre no fue derramada para consolidar un pacto de juicio como fue el primero; ella fue derramada para aquellos que recibieran a Jesús, mientras esperan el momento en que el pacto mismo sería establecido con Israel en gracia.

 

La ignorancia e inocencia de los discípulos

 

         Los discípulos, creyendo las palabras de Cristo, ignoran, y se preguntan unos a otros, cuál de ellos sería el que le traicionaría, una sorprendente expresión de fe en todo aquel que la pronunciaba - pues ninguno, excepto Judas, tenía una mala conciencia - una expresión que señalaba la inocencia de ellos. Y al mismo tiempo, pensando en el reino de una forma carnal, ellos disputan por el primer lugar en él; y esto, en presencia de la cruz, a la mesa donde el Señor les estaba dando las últimas muestras de Su amor. Había sinceridad de corazón, pero ¡qué corazón el que tiene esta verdad! En cuanto a Él, había tomado el lugar más bajo, y ese lugar - como el más excelente para el amor - era de Él solo. Ellos tenían que seguirle lo más cercanamente que pudieran. Su gracia reconoce que así lo habían hecho, como si Él fuese el deudor de ellos al cuidarlos durante Su tiempo de dolor en la tierra. Él lo recordaba. En el día de Su reino, y de entre aquellos que le hubieran seguido, ellos tendrían doce tronos, como cabezas de Israel.

 

Zarandeados por Satanás, el Señor ruega por ellos

 

         Pero ahora era un asunto de pasar por la muerte; y, habiéndole seguido hasta aquí, ¡qué oportunidad del enemigo para zarandearlos puesto que ellos ya no podían seguir al Señor, como hombres vivos en la tierra! Todo lo que pertenecía a un Mesías vivo había sido subvertido, y la muerte estaba allí. ¿Quién podía pasar por ella? Satanás iba a aprovecharse de ello, y deseaba tenerlos para zarandearlos. Jesús no busca evitarles a Sus discípulos este zarandeo. No era posible, pues Él debía pasar por la muerte, y la esperanza de ellos estaba en Él. No pueden escapar de esto: la carne debía ser sometida a la prueba de la muerte. Pero Él ruega por ellos, para que la fe de uno, a quien Él menciona especialmente, no faltase. Simón, vehemente en la carne, se expuso más que ninguno al peligro al que una falsa confianza en la carne podía conducirle, pero en el cual ésta no podía sostenerle. Siendo, no obstante, el objeto de esta gracia de parte del Señor, su caída proveería el medio de su fortaleza, al conocer lo que la carne era, y también al conocer la perfección de la gracia; él estaría capacitado para fortalecer a sus hermanos. Pedro afirmó que podía hacer cualquier cosa - las cosas mismas en las que fracasaría totalmente. El Señor le advierte brevemente acerca de lo que él haría realmente.

 

La advertencia anticipada de cambio

en la ausencia del Señor; el poder del enemigo

 

         Luego, Jesús toma ocasión para prevenirlos de que todo estaba a punto de cambiar. Durante Su presencia aquí abajo, el verdadero Mesías, Emanuel, los había resguardado de todas las dificultades; cuando los envió a través de todo Israel, no les faltó de nada. Pero ahora (pues el reino no venía aún en poder) ellos estarían expuestos, al igual que Él, al desprecio y la violencia. Humanamente hablando, ellos tendrían que cuidar de sí mismos. A Pedro, siempre atrevido, tomando las palabras del Señor literalmente, se le permitió poner al desnudo sus pensamientos exhibiendo dos espadas. El Señor le detiene con una palabra que le mostró que era inútil ir más lejos. Ellos no estaban capacitados para eso en aquel momento. En cuanto a Él, prosigue con perfecta tranquilidad Sus hábitos diarios.

         Abrumado en espíritu por lo que se acercaba, Él exhorta a Sus discípulos a orar, para que no entren en tentación; es decir, para que cuando llegara el momento de ser puestos a prueba, caminando con Dios, esto fuera para ellos ocasión de mostrar obediencia a Dios, y no un medio para alejarse de Él. Existen tales momentos, si Dios permite que vengan, en los que todo es puesto a prueba mediante el poder del enemigo.

 

El Hombre perfecto, dependiente, en Getsemaní

 

         La dependencia del Señor como hombre es entonces exhibida de la manera más sorprendente. La escena entera de Getsemaní y de la cruz, en Lucas, es el hombre dependiente perfecto. Él ora: Él se somete a la voluntad de Su Padre. Un ángel le fortalece: este era el servicio de ellos para con el Hijo del Hombre [41].

 

[41] Hay elementos del más profundo interés que aparecen al comparar este Evangelio con otros en este lugar; y son elementos que sacan a la luz el carácter de este Evangelio de un modo de lo más sorprendente. En Getsemaní, tenemos el conflicto del Señor presentado más plenamente en Lucas que en cualquier otro lugar; pero en la cruz tenemos Su superioridad en los sufrimientos en los que Él estaba. No hay ninguna expresión de ellos: Él pues está por encima de ellos. No se trata, como en Juan, del lado divino de esta escena. Allí (Juan cap. 18), en Getsemaní, no tenemos la agonía, pero cuando Él dice Su nombre ellos retroceden y caen a tierra (Juan 18: 5, 6). Sobre la cruz, no es "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46), sino que entrega Su propio espíritu a Dios. Esto no es así en Lucas. En Getsemaní tenemos al Hombre de dolores, a un hombre sintiendo en todas sus profundidades lo que estaba ante Él, y contemplando a Su Padre. "Y estando en agonía, oraba con mayor fervor." (Lucas 22:44 - Versión Moderna). En la cruz, tenemos a Uno que como hombre se ha inclinado a la  voluntad de Su Padre, y es en la serenidad de Uno que, en cualquier dolor y sufrimiento, está por sobre todo eso. Les dice a las  mujeres que lloraban que llorasen por ellas (Lucas 23: 27, 28), no por Él, el árbol verde, ya que el juicio se acercaba. Él ora por aquellos que le estaban crucificando; habla paz y gozo celestial al pobre ladrón que se convirtió; Él iba a entrar al Paraíso antes de que el reino viniera. Lo mismo se ve especialmente sobre el hecho de Su muerte. No es, como en Juan, que Él entregó Su espíritu, sino: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." (Lucas 23:46). Él encomienda Su espíritu en la muerte a Él, como un hombre que conoce y cree en Dios Su Padre, a quien así conocía. En Mateo tenemos el abandono de Dios y la conciencia que Jesús tiene de ello. Este carácter del Evangelio, que revela a Cristo distinguiéndole como perfecto Hombre, como el Hombre perfecto, está lleno del más profundo interés. Él pasó a través de sus dolores con Dios, y después, en perfecta paz, se sobrepuso a ellos; Su confianza en Su Padre fue perfecta, incluso en la muerte - una senda no pisada por el hombre hasta ahora, y que  nunca será pisada por parte de los santos. Si el Jordán se desbordaba por todas sus riberas en el tiempo de la siega, el arca en las profundidades de su lecho lo convertía en un pasaje a pié en seco que conducía a la heredad del pueblo de Dios.

 

         Más tarde, en profundo combate, Él ora con más fervor: como hombre dependiente, Él es perfecto en toda Su dependencia. La intensidad del conflicto hace más profunda Su relación con el Padre. Los discípulos estaban angustiados al sólo ver la sombra de lo que llevó a Jesús a orar. Ellos se refugian en el olvidadizo sueño. El Señor, con la paciencia de la gracia, repite Su advertencia, y la multitud llega.  Pedro, sintiéndose confiado al ser advertido, durmiendo ante la cercanía de la tentación cuando el Señor oraba, golpea cuando Jesús se entrega para ser llevado como oveja al matadero, y entonces, ¡cuán lamentable! él niega al tiempo que Jesús confiesa la verdad. Pero, sumiso como el Señor era a la voluntad de Su Padre, muestra claramente que Su poder no se había apartado de Él. Sana la herida que Pedro infligió al siervo del sumo sacerdote, y luego permite que se lo lleven, con la observación de que esa era la hora de ellos y la potestad de las tinieblas. ¡Triste y terrible asociación!

 

El juicio inicuo; la defección de Pedro;

el Hijo del Hombre es el Hijo de Dios

 

         En toda esta escena contemplamos la completa dependencia del hombre, el poder de la muerte sentido, como una prueba, en toda su fuerza; pero aparte de todo aquello que estaba sucediendo en Su alma y delante de Su Padre, en lo cual vemos la realidad de estas dos cosas, había la más perfecta tranquilidad, la calma más gentil para con los hombres [42], - gracia que nunca se contradice.

 

[42] Es muy sorprendente ver cómo Cristo afrontó, conforme a la perfección divina, cada circunstancia en la que estuvo. Éstas sólo extraen la perfección. Él las sintió todas, no fue gobernado por ninguna, pero Él las afrontó siempre. Esto que siempre fue  verdad fue mostrado brillantemente en esta escena. Él ora con el más pleno sentido de lo que se le aproximaba - la copa que tenía que beber - se vuelve y les advierte, y reprende y excusa suavemente a Pedro, como si estuvieran caminando por Galilea,  la carne era débil (Mateo 26: 40, 41); y luego vuelve a sumirse en una agonía más profunda con Su Padre. La gracia le predispuso para con Pedro; la agonía, para la presencia de Dios; y Él fue todo gracia con Pedro - en la agonía al pensar en la copa.

 

         Así, cuando Pedro le niega como Él había predicho, Él le mira en el momento apropiado. Toda la puesta en escena de ese juicio mentiroso no distrae Sus pensamientos, y Pedro es quebrantado mediante esa mirada. Cuando es interrogado, Él tiene poco que decir. Su hora había llegado. Sometido a la voluntad del Padre, aceptó la copa de Su mano. Sus jueces no hicieron más que cumplir esa voluntad, y le traen la copa. No da ninguna respuesta a la pregunta de si Él es el Cristo. Ya no era el tiempo de hacerlo. Ellos no lo habrían creído - y tampoco le hubieran respondido si Él les hubiera hecho preguntas que  hubieran sacado la verdad a la luz; tampoco le hubiesen dejado marchar. Pero Él ofrece el más claro testimonio del lugar que, desde esa hora, tomó el Hijo del Hombre. Esto lo hemos visto repetidamente al leer este Evangelio. Él se iba a sentar a la diestra del poder de Dios. Vemos también que es el lugar que ocupa en el presente [43].

 

[43] La expresión "desde ahora" (Lucas 22:69 - RVR60) debería ser "de ahora en adelante" (Lucas 22:69 - Versión Moderna). Es decir, a partir de esa hora ellos no le verían más en humillación, sino como el Hijo del Hombre en poder.

 

         Ellos sacan inmediatamente la conclusión correcta: "¿Luego eres tú el Hijo de Dios?" (Lucas 23:70). Él da testimonio de esta verdad, y todo termina; es decir, queda pendiente la pregunta de si Él era el Mesías - eso había pasado para Israel - Él iba a sufrir; Él es el Hijo del Hombre, pero de ahora en adelante solamente como entrando en la gloria; y Él es el Hijo de Dios. Todo había terminado con Israel en cuanto a su responsabilidad; la gloria celestial del Hijo del Hombre, la gloria personal del Hijo de Dios pronto iba a resplandecer; y Jesús (cap. 23) es conducido a los Gentiles, para que todo se cumpla.

 

Capítulo 23

 

La culpabilidad de los Gentiles; injusticia flagrante

 

         Los Gentiles, no obstante, no son presentados en este Evangelio como siendo voluntariamente culpables. Vemos, sin dudas, una indiferencia que llega a ser una injusticia flagrante en un caso como éste, y una insolencia que nada puede excusar; pero Pilato hace lo que puede para liberar a Cristo, y Herodes, decepcionado, lo envía de vuelta sin haberle juzgado. La voluntad está totalmente en el lado de los Judíos. Ésta es la característica de esta parte de la historia en el Evangelio de Lucas. Pilato hubiera preferido no haberse cargado con este crimen inútil, y despreciaba a los Judíos; pero ellos estaban resueltos a crucificar a Jesús y pidieron que Barrabás fuera soltado - un hombre sedicioso y un homicida (véase vers. 20-25). [44]

 

[44] Esta culpa voluntariosa de los Judíos es mostrada con rigor también en el Evangelio de Juan, es decir, su culpa nacional. Pilato los trata con desprecio; y allí es cuando dicen, "No tenemos más rey que César." (Juan 19:15).

 

El Rey de los Judíos en la cruz

para la salvación eterna de almas

 

         Jesús, por consiguiente, mientras era conducido al Calvario, anunció a las mujeres, quienes hacían lamentación por Él con sentimientos naturales, que todo había terminado para Jerusalén, que ellas tenían que lamentarse por su propia suerte y no por la de Él; pues vendrían días sobre Jerusalén que las harían llamar felices a aquellas que nunca habían sido madres - días en los cuales buscarían refugiarse en vano del terror y del juicio. Porque si en Él, el verdadero árbol verde, habían sido hechas estas cosas, ¿qué llegaría a ser del árbol seco del Judaísmo sin Dios? Sin embargo, en el momento de Su crucifixión, el Señor intercede a favor del desdichado pueblo: ellos no sabían lo que hacían; intercesión para la cual el discurso de Pedro a los Judíos (Hechos 3) es la notable respuesta por el Espíritu Santo descendido del cielo. Los gobernantes de entre los Judíos, completamente ciegos, al igual  que el pueblo, se burlan de Él diciendo que era incapaz de salvarse a Sí mismo de la cruz - ignorando  que era imposible que lo hiciera si Él era un Salvador, y que todo les había sido quitado, y que Dios estaba estableciendo otro orden de cosas, fundamentado en la expiación, en el poder de la vida eterna por la resurrección. ¡Temible ceguera, de la que los soldados no eran sino simples imitadores, conforme a la malignidad de la naturaleza humana! Pero el juicio de Israel estaba en boca de ellos, y (de parte de Dios) sobre la cruz. Era el Rey de los Judíos quien colgaba allí - humillado ciertamente, pues un ladrón colgado a Su lado pudo injuriarle - pero en el lugar al que el amor le había llevado para la salvación presente y eterna de las almas. Esto se manifestó en aquel mismo momento. Los insultos que le reprocharon por no haber querido salvarse Él mismo de la cruz, tuvieron su respuesta en la suerte del ladrón convertido, el cual se reunió con Él en aquel mismo día en el Paraíso.

 

Un tosco pecador convertido por gracia en el

lugar de ejecución; la maldad del otro ladrón

 

         Esta historia es una asombrosa demostración del cambio al que nos conduce este Evangelio. El Rey de los Judíos, por la propia confesión de ellos, no es liberado - Él es crucificado. ¡Qué final para las esperanzas de este pueblo! Pero al mismo tiempo, un vulgar ladrón, convertido por gracia estando a punto de morir, entra directamente en el Paraíso. Un alma es salvada eternamente. No se trata del reino, sino de un alma - fuera del cuerpo - en la felicidad con Cristo. Y observen aquí cómo la manera en que Cristo es presentado descubre la maldad del corazón humano. Ningún ladrón se burlaría o injuriaría a otro ladrón estando a punto de morir. Pero en el momento en que es Cristo quien está allí, esto ocurre.

 

Señales de conversión y de fe notable; la respuesta del Señor; las primicias del amor que los situó lado a lado

 

         Pero yo añadiría unas pocas palabras más sobre la condición del otro ladrón, y sobre lo que le respondió Cristo. Vemos toda señal de conversión, y de la fe más notable. El temor de Dios, el principio de la sabiduría, está aquí; la conciencia es recta y valiente. No le dice a su compañero 'y justamente', sino "Nosotros, a la verdad, justamente . . ."(Lucas 23:41); el conocimiento de la perfecta e inmaculada justicia de Cristo como hombre; el reconocimiento de Él como Señor, cuando Sus propios discípulos le habían abandonado y le habían negado, y cuando no quedaba rastro de Su gloria o de la dignidad de Su Persona. Él fue considerado por el hombre como uno igual a él mismo. Su reino no era más que un tema de escarnio para todos. Pero el pobre ladrón es enseñado por Dios; y todo es claro. Él está tan seguro de que Cristo recibirá el reino como si estuviera Él reinando en gloria. Todo su deseo es que Cristo le recordara entonces, y qué confianza en Cristo es mostrada aquí a través del conocimiento de Él, ¡a pesar de su reconocida culpa! Ello muestra de qué manera Cristo llenó su corazón, y cómo su confiar en la gracia por su resplandor, excluyó la vergüenza humana, pues ¡quién querría ser recordado en la vergüenza de ser ajusticiado! La enseñanza divina es mostrada singularmente aquí. ¿No sabemos nosotros, mediante la enseñanza divina, que Cristo era sin pecado, y que para estar seguros de Su reino había una fe por sobre todas las circunstancias? El ladrón solo es un consuelo para Jesús en la cruz, y Le hace pensar (al responder a su fe) en el Paraíso que le aguardaba cuando hubiese acabado  la obra que Su Padre le había dado que hiciese. Observen el estado de santificación en que se hallaba este pobre hombre por la fe. En todas las agonías de la cruz, y creyendo que Jesús es el Señor, no busca ningún alivio que provenga de Sus manos, sino que le pide que le recuerde en Su reino. Un pensamiento llena su mente - tener su porción con Jesús. Cree que el Señor volverá; cree en el reino,  mientras el Rey es rechazado y crucificado, y cuando, en cuanto al hombre, no había ya ninguna esperanza. Pero la respuesta de Jesús va más lejos en la revelación de lo que es adecuado a este Evangelio, y añade aquello que introduce, no el reino, sino la vida eterna, la felicidad del alma. El ladrón le había pedido a Jesús que le recordase cuando volviese en Su reino. El Señor responde que Él no esperaría ese día de gloria manifiesta que sería visible para el mundo, sino que aquel mismo día estaría con Él en el Paraíso. ¡Precioso testimonio y perfecta gracia! Jesús crucificado era más que Rey - Él era Salvador. El pobre malhechor fue un testimonio a esto, y al gozo y al consuelo del corazón del Señor - las primicias del amor que los había puesto lado a lado en el lugar donde, si el pobre ladrón soportaba el fruto de sus pecados de parte del hombre, el Señor de gloria estaba a su lado soportando el fruto de esos pecados de parte de Dios, tratado Él mismo como un malhechor en la misma condenación. A través de una obra desconocida para el hombre, excepto por medio de la fe, los pecados de Su compañero fueron quitados para siempre, dejaron de existir, siendo sólo su recuerdo aquel de la gracia que se los había llevado, y la cual había limpiado para siempre su alma de ellos, haciéndole en ese momento tan apto para entrar en el Paraíso como compañero de Cristo allí.

 

La muerte; el último hecho de la vida del Señor;

Dios se revela

 

         El Señor, entonces, habiendo cumplido todas las cosas, y lleno aún de vigor, encomienda Su espíritu al Padre. Lo encomienda a Él, el último hecho de aquello de lo que se compuso Su vida entera - la perfecta energía del Espíritu Santo actuando en una perfecta confianza en Su Padre, y en una perfecta dependencia de Él. Encomienda Su espíritu a Su Padre y expira. Pues era la muerte lo que tenía delante de Sí - pero una muerte en una fe absoluta que confiaba en Su Padre - muerte con Dios por la fe; y no la muerte que separaba de Dios. Entretanto, la naturaleza se ocultó a sí misma - reconoció la partida desde este mundo de Aquel que la había creado. Todo es tinieblas. Pero, por otro lado, Dios se revela - el velo del templo se rasga en dos, de arriba abajo. Dios se había ocultado en densas tinieblas - el camino al lugar santísimo no había sido aún manifestado. Pero ahora ya no hay más un velo; aquello que ha quitado el pecado mediante el amor perfecto resplandece ahora, mientras que la santidad de la presencia de Dios es un gozo para el corazón, y no un tormento. Lo que nos introduce en la presencia de la santidad perfecta sin un velo, fue lo que quitó el pecado que nos prohibía estar allí. Nuestra comunión es con Él a través de Cristo, santos y sin culpa delante de Él en amor.

 

La confesión del centurión

 

         El pobre centurión, estremecido por todo lo que había sucedido, confiesa - tal es el poder de la cruz sobre la conciencia - que este Jesús a quien él había crucificado era ciertamente el hombre justo. Digo la conciencia, porque no pretendo decir que fue más allá de eso en el caso del centurión. Vemos el mismo efecto en los espectadores: se marchan golpeándose el pecho. Ellos percibieron que algo solemne había sucedido - que ellos mismos se habían comprometido fatalmente con Dios.

 

La sepultura del Señor; todo preparado

 

         Pero el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, había preparado todo para la sepultura de Su Hijo, quien le había glorificado entregándose a la muerte. Con los ricos fue en Su muerte. José, un hombre justo que no había consentido el pecado de su pueblo, pone el cuerpo del Señor en una tumba que nunca se había usado aún. Era la preparación antes del día de reposo; pero el día de reposo se acercaba. En el momento de Su muerte, las mujeres - fieles (aunque ignorantes) a su aflicción por Él mientras aún vivía - ven dónde es puesto el cuerpo, y van a preparar todo lo necesario para ungir el cuerpo. Lucas habla de estas mujeres solamente en términos generales: por lo tanto, entraremos en detalles en otra parte, siguiendo nuestro Evangelio como se nos presenta.

 

Capítulo 24

 

La resurrección y sus muchas pruebas

 

         Vienen las mujeres, hallan removida la piedra, y hallan que el sepulcro ya no contiene el cuerpo de Aquel a quien habían amado. Estando ellas perplejas por esto, ven a dos ángeles cerca de ellas, quienes preguntan por qué vinieron a buscar entre los muertos al que vive, y les recuerdan las claras palabras que Jesús les había hablado en Galilea. Se van y cuentan todas estas cosas a todos los discípulos, los cuales no pueden creer lo que ellas dicen; pero Pedro corre al sepulcro, ve todo en orden, y se marcha, maravillándose de lo que había sucedido allí. En todo esto no había fe en las palabras de Jesús, ni en lo que las Escrituras habían dicho. En el camino a Emaús, el Señor relaciona  las escrituras con todo lo que le había sucedido, mostrando a sus mentes donde rondaba aún el pensamiento de un reino terrenal, que según estas escrituras, los consejos revelados de Dios, el Cristo  tenía que sufrir y entrar en Su gloria, un Cristo rechazado y celestial. Él despierta esa ardiente atención  que siente el corazón cada vez que es tocado. Luego se revela a Sí mismo al partir el pan - la señal de Su muerte: no que esto fuera la eucaristía, sino que este acto particular estaba relacionado con ese acontecimiento. Entonces sus ojos fueron abiertos, y Él desaparece. Era el verdadero Jesús; pero en resurrección. Aquí, Él explicó todo lo que las escrituras habían hablado, y se presentó en vida con el símbolo de Su muerte. Los dos discípulos vuelven a Jerusalén.

         El Señor ya se había mostrado a Simón - una aparición de la que no tenemos detalles. Pablo también la menciona como siendo esta aparición la primera, con respecto a los apóstoles. Mientras los dos discípulos hablaban de lo que les había sucedido, Jesús se puso en medio de ellos. Pero sus mentes no se habían adecuado aún a esta verdad, y Su presencia les alarma. No pueden comprender la idea de la resurrección del cuerpo. El Señor usa la confusión de ellos (muy natural, humanamente hablando), para nuestra bendición, dándoles las pruebas más razonables de que era Él resucitado; pero Él, cuerpo y alma, lo mismo que antes de Su muerte. Los invita a tocarle, y come delante de ellos [45]. Era realmente Él mismo.

 

[45] Nada puede ser más conmovedor que la manera en que Él cultivó la confianza de ellos como Aquel a quien habían conocido, el hombre, aún un verdadero hombre (aunque con un cuerpo espiritual) ¡como lo había sido antes! "Yo mismo soy; palpad, y ved." (Lucas 24:39). Bendito sea Dios, para siempre hombre, el mismo que ha sido conocido en amor viviente en medio de nuestra debilidad.

 

 

La base de la fe verdadera

 

         Quedaba una cosa importante - la base de la fe verdadera: las palabras de Cristo y el testimonio de las escrituras. Esto es lo que Él pone ante ellos. Pero aún eran necesarias dos cosas. Primero, necesitaban capacidad para entender la Palabra. Por consiguiente, Él les abre el entendimiento para que puedan comprender las escrituras, y los establece como testigos que no sólo pueden decir: 'Es así, porque lo hemos visto', sino 'Así fue necesario que haya sido, porque así lo ha dicho Dios en Su Palabra'; y el testimonio de Cristo mismo fue cumplido en Su resurrección.

 

La gracia debía ser predicada a todas las naciones

 

         Pero ahora la gracia debía ser predicada - Jesús rechazado por los Judíos, inmolado y resucitado para la salvación de las almas, habiendo hecho la paz, y habiendo otorgado vida conforme al poder de la resurrección, habiendo sido cumplida la obra que limpiaba del pecado y garantizaba el perdón con este otorgamiento. La gracia debía ser predicada en todas las naciones, es decir, arrepentimiento y perdón a los pecadores; empezando en ese lugar (Jerusalén), con el cual, verdaderamente, la paciente gracia de Dios todavía reconocía un vínculo, a través de la intercesión de Jesús, pero que solamente podía ser alcanzado por la gracia soberana, y en donde el pecado más gravoso hacía más necesario el perdón, mediante un testimonio el cual, viniendo del cielo, tuvo que tratar con Jerusalén de la forma que trató con todos. Comenzando en Jerusalén, ellos tenían que predicar el arrepentimiento y la remisión de  pecados en todas las naciones. El Judío, un hijo de ira, como los demás, tiene que entrar en el mismo terreno. El testimonio poseía una fuente más alta, aunque fuera dicho "al Judío primeramente."

 

Los discípulos iban a ser investidos de poder para su misión

 

         Pero, en segundo lugar, se necesitaba algo más, por consiguiente, para el cumplimiento de esta misión, es decir, se necesitaba poder. Tenían que esperar en Jerusalén hasta que fueran investidos de poder desde lo alto. Jesús enviaría el Espíritu Santo que había prometido, de quien los profetas también habían hablado.

 

 

 

 

La ascensión del Señor al cielo

caracterizada por bendición y gran gozo

 

         Mientras bendecía a Sus discípulos - el cielo y la gracia celestial caracterizando Su relación con ellos -  Jesús se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo, y ellos volvieron a Jerusalén con gran gozo.

 

Los grandes principios fundamentales de las doctrinas

y las pruebas de la resurrección

 

         Se habrá observado que la narrativa de Lucas es muy general aquí, y contiene los grandes principios sobre los que se fundamentan las doctrinas y las pruebas de la resurrección; la incredulidad del corazón natural se describe detalladamente en los relatos más simples y conmovedores; el apego de los discípulos a sus propias esperanzas del reino, y la dificultad con que la doctrina de la Palabra tomó posesión de sus corazones, aunque, en proporción a la comprensión de ellos, sus corazones se abrieron a ella con gozo; la Persona de Jesús resucitado, aún un hombre, Aquel lleno de gracia que ellos conocieron; la doctrina de la Palabra; el otorgamiento de la comprensión de la Palabra; el poder del Espíritu Santo dado - todo lo que pertenecía a la verdad y al orden eterno de las cosas manifestadas.

 

LUCAS (Resumen)

 

Betania como el punto de contacto y conexión entre

Jesús y los discípulos

 

         No obstante, Jerusalén todavía era reconocida como el primer objeto de la gracia en la tierra, conforme a las dispensaciones de Dios para con ella; sin embargo, ella no fue, aún como lugar, el punto de contacto y conexión entre Jesús y Sus discípulos. Él no los bendice desde Jerusalén, aunque, en los tratos de Dios con la tierra, tenían que esperar allí el don del Espíritu Santo; para ellos mismos y sus relaciones con Él, los saca fuera hasta Betania. Desde allí había salido para presentarse como Rey a Jerusalén. Fue allí donde la resurrección de Lázaro tuvo lugar; fue allí que la familia, la cual representa el carácter del remanente - unida a Su Persona, ahora rechazada, con mejores esperanzas - recibió a Jesús de la manera más asombrosa. Fue allí a donde se retiró cuando Su testimonio a los Judíos finalizó, para que Su corazón pudiese reposar por unos pocos momentos entre aquellos que Él había amado, y quienes, por gracia, le amaban a Él. Fue allí donde estableció el vínculo (en lo que a las circunstancias se refiere) entre el remanente unido a Su Persona y el cielo. Y desde allí, Él asciende.

         Jerusalén no es más que el punto de partida público del ministerio de ellos, así como había sido la última escena de Su testimonio. Para ellos, eran Betania y el cielo los que se conectaban en la Persona de Jesús. Desde allí habría de salir el testimonio para alcanzar a la misma Jerusalén. Esto es tanto más sorprendente cuando lo comparamos con Mateo. Allí Él va a Galilea, el lugar de asociación con el remanente Judío, y no hay ninguna ascensión, y la misión es exclusivamente a las naciones. Se trataba de llevar a las naciones, aquello que en ese entonces estaba limitado a los Judíos, y que estaba prohibido llevar más allá de ese límite.

 

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NOTA DEL AUTOR: En el texto yo he seguido estrictamente el pasaje; añado algunos sucesos aquí, relacionando este Evangelio con los otros.

 

Las dos partes distintas en los sufrimientos de Cristo

 

         Hay dos partes distintas en los sufrimientos de Cristo: en primer lugar, aquello que Él sufrió por los intentos de Satanás - como hombre en conflicto con el poder del enemigo que tiene dominio sobre la muerte, pero con el sentido de qué era lo de Dios en perspectiva - y esto, en comunión con Su Padre, presentando Sus peticiones a Él; y en segundo lugar, aquello que Él padeció para cumplir la expiación por el pecado, cuando verdaderamente llevó nuestros pecados, y cuando fue hecho pecado por nosotros, y al beber la copa que la voluntad de Su Padre le había dado a beber.

 

Las tentaciones del Señor en el desierto;

Sus sufrimientos en Getsemaní y en la cruz

 

         Cuando hablaremos sobre el Evangelio de Juan, entraré más en el carácter de las tentaciones; pero ahora quisiera hacer notar aquí que, al comienzo de Su vida pública, el tentador trató de desviar a Jesús poniendo ante Él lo atractivo de todo aquello que, como privilegio, le pertenecía a Él, todo lo que podía ser agradable a Cristo como hombre, cosas ante las cuales Su voluntad propia podría obrar. El enemigo fue derrotado mediante la perfecta obediencia de Cristo. Él hubiera querido que Cristo, siendo Hijo, hubiese salido de la posición que Él había tomado como siervo. Pero bendito sea Dios, él fracasó. Cristo, mediante la simple obediencia, ató al hombre fuerte en lo que a esta vida se refiere, y luego, al regresar en el poder del Espíritu a Galilea, saqueó sus bienes. Quitar el pecado y llevar nuestros pecados, era otra cuestión. Satanás, entonces, se apartó de Él por un tiempo. En Getsemaní, él regresa, valiéndose del temor que produce la muerte para angustiar el corazón del Señor. Y era necesario que Él gustase la muerte; y la muerte no sólo era el poder de Satanás, sino el juicio de Dios sobre el hombre, si es que el hombre tenía que ser librado de este juicio, ya que ésta era la porción del hombre; y Él solo, por haber descendido a la muerte, pudo romper sus cadenas. Él se había hecho hombre para que el hombre pudiera ser liberado e, incluso, glorificado. La angustia de Su alma fue completa. "Tristísima está mi alma, hasta la muerte." (Mateo 26:38 - Versión Moderna). Así estaba Su alma, estaba de la manera en que el alma de un hombre debería estar en presencia de la muerte,  cuando Satanás extiende todo su poder en ella, con la copa del juicio de Dios todavía sin ser vaciada  en ella: sólo Él fue perfecto en ella; esto era una parte de Su perfección sometida a prueba en todo lo que era posible para el hombre. Pero con lágrimas y súplicas, Él hace Su petición a Aquel que tenía poder para salvarle de la muerte. Por el momento, Su agonía aumenta: al presentársela a Dios, se volvía más aguda. Este es el caso en nuestros pequeños conflictos. Pero así, la cosa está zanjada ante Dios, conforme a la perfección. Su alma entra en ella con Dios; Él ora más fervientemente. Es ahora evidente que esta copa - que Él pone ante los ojos de Su Padre cuando Satanás se la presenta como siendo el poder de la muerte en Su alma - debe ser bebida. Como obediencia a Su Padre, Él la toma en paz. Beberla no es otra cosa que perfecta obediencia, en vez de ser el poder de Satanás. Pero deber ser bebida en realidad; y Jesús sobre la cruz, el Salvador de nuestras almas, entra en la segunda fase de Sus sufrimientos. Él se somete a morir a través del juicio de Dios, lo cual es la separación del alma de la luz de Su rostro. Todo aquello que un alma que no gozaba de nada más que de la comunión con Dios podía sufrir al verse privada de ella, El Señor lo sufrió conforme a la perfecta medida de la comunión que fue interrumpida. No obstante, Él dio gloria a Dios: "Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel." (Salmo 22:3). La copa - pues yo paso por alto los ultrajes e insultos de los hombres: los podemos perdonar - la copa fue bebida. ¿Quién puede contar los horrores de ese  sufrimiento? Los verdaderos dolores de la muerte, entendida como Dios la entendía, sentidos - conforme al valor de Su presencia - divinamente, como por un hombre que dependía de esa presencia como hombre. Pero todo es cumplido; y lo que Dios requería con respecto al pecado está hecho - agotado, y Él es glorificado en cuanto a ello: de modo que Él sólo le queda bendecir a quienquiera que viene a Él por medio de Cristo, quien está vivo y estuvo muerto, y que vive para siempre como hombre, para siempre ante Dios.

 

Cristo hecho pecado; abandonado por Dios

 

         Los sufrimientos de Cristo en Su cuerpo (reales como lo fueron), los insultos y las imprecaciones de los hombres, no fueron más que el prólogo de Sus aflicciones, las cuales, privándole como hombre de toda consolación, le dejaron, a Él mismo hecho pecado, completamente en el lugar de juicio, a Sus sufrimientos [46] en relación con el juicio del pecado, cuando el Dios que hubiera sido Su pleno consuelo fue, al abandonarle, la fuente de dolor que dejó todo lo demás sin ser sentido y olvidado.

 

[46] El Salmo 22 es Su apelación a Dios desde la violencia y la impiedad del hombre, hallándose Él abandonado y hecho pecado ante Sus ojos, pero perfecto. Cristo sufrió todo de parte del hombre - hostilidad, injusticia, deserción, negación, traición, y después, confiándose a Dios, padeció el abandono. ¡Pero qué espectáculo, ver al Único Hombre justo que puso Su confianza en Él, teniendo que declarar, al final de Su vida, y abiertamente ante todos, que Él fue abandonado por Dios!

 

J. N. Darby

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - 2006.-

Título original en inglés:
LUKE, by J.N.Darby 
Synopsis of the Books of the Bible, Volume 3, Matthew - John 
Publicado en Inglés por: Bible Truth Publishers, 59 Industrial Road, Addison, IL 60101, U.S.A.
Traducido con permiso
Publicado en Español por: Bible Truth Publishers

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